Capítulo XIV. Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor,
con otros no esperados sucesos

Canción de Grisóstomo

Ya que quieres, cruel, que se publique,
de lengua en lengua y de una en otra gente,
del áspero rigor tuyo la fuerza,
haré que el mesmo infierno comunique
al triste pecho mío un son doliente,
con que el uso común de mi voz tuerza.
Y al par de mi deseo, que se esfuerza
a decir mi dolor y tus hazañas,
de la espantable voz irá el acento,
y en él mezcladas, por mayor tormento,
pedazos de las míseras entrañas.
Escucha, pues, y presta atento oído,
no al concertado son, sino al rüido
que de lo hondo de mi amargo pecho,
llevado de un forzoso desvarío,
por gusto mío sale y tu despecho.

El rugir del león, del lobo fiero
el temeroso aullido, el silbo horrendo
de escamosa serpiente, el espantable
baladro de algún monstruo, el agorero
graznar de la corneja, y el estruendo
del viento contrastado en mar instable;
del ya vencido toro el implacable
bramido, y de la viuda tortolilla
el sentible arrullar; el triste canto
del envidiado búho, con el llanto
de toda la infernal negra cuadrilla,
salgan con la doliente ánima fuera,
mezclados en un son, de tal manera
que se confundan los sentidos todos,
pues la pena cruel que en mí se halla
para contalla pide nuevos modos.

De tanta confusión no las arenas
del padre Tajo oirán los tristes ecos,
ni del famoso Betis las olivas:
que allí se esparcirán mis duras penas
en altos riscos y en profundos huecos,
con muerta lengua y con palabras vivas;
o ya en escuros valles, o en esquivas
playas, desnudas de contrato humano,
o adonde el sol jamás mostró su lumbre,
o entre la venenosa muchedumbre
de fieras que alimenta el libio llano;
que, puesto que en los páramos desiertos
los ecos roncos de mi mal, inciertos,
suenen con tu rigor tan sin segundo,
por privilegio de mis cortos hados,
serán llevados por el ancho mundo.

Mata un desdén, atierra la paciencia,
o verdadera o falsa, una sospecha;
matan los celos con rigor más fuerte;
desconcierta la vida larga ausencia;
contra un temor de olvido no aprovecha
firme esperanza de dichosa suerte.
En todo hay cierta, inevitable muerte;
mas yo, ¡milagro nunca visto!, vivo
celoso, ausente, desdeñado y cierto
de las sospechas que me tienen muerto;
y en el olvido en quien mi fuego avivo,
y, entre tantos tormentos, nunca alcanza
mi vista a ver en sombra a la esperanza,
ni yo, desesperado, la procuro;
antes, por estremarme en mi querella,
estar sin ella eternamente juro.

¿Puédese, por ventura, en un instante
esperar y temer, o es bien hacello,
siendo las causas del temor más ciertas?
¿Tengo, si el duro celo está delante,
de cerrar estos ojos, si he de vello
por mil heridas en el alma abiertas?
¿Quién no abrirá de par en par las puertas
a la desconfianza, cuando mira
descubierto el desdén, y las sospechas,
¡oh amarga conversión!, verdades hechas,
y la limpia verdad vuelta en mentira?
¡Oh, en el reino de amor fieros tiranos
celos, ponedme un hierro en estas manos!
Dame, desdén, una torcida soga.
Mas, ¡ay de mí!, que, con cruel vitoria,
vuestra memoria el sufrimiento ahoga.

Yo muero, en fin; y, porque nunca espere
buen suceso en la muerte ni en la vida,
pertinaz estaré en mi fantasía.
Diré que va acertado el que bien quiere,
y que es más libre el alma más rendida
a la de amor antigua tiranía.
Diré que la enemiga siempre mía
hermosa el alma como el cuerpo tiene,
y que su olvido de mi culpa nace,
y que, en fe de los males que nos hace,
amor su imperio en justa paz mantiene.
Y, con esta opinión y un duro lazo,
acelerando el miserable plazo
a que me han conducido sus desdenes,
ofreceré a los vientos cuerpo y alma,
sin lauro o palma de futuros bienes.

Tú, que con tantas sinrazones muestras
la razón que me fuerza a que la haga
a la cansada vida que aborrezco,
pues ya ves que te da notorias muestras
esta del corazón profunda llaga,
de cómo, alegre, a tu rigor me ofrezco,
si, por dicha, conoces que merezco
que el cielo claro de tus bellos ojos
en mi muerte se turbe, no lo hagas;
que no quiero que en nada satisfagas,
al darte de mi alma los despojos.
Antes, con risa en la ocasión funesta,
descubre que el fin mío fue tu fiesta;
mas gran simpleza es avisarte desto,
pues sé que está tu gloria conocida
en que mi vida llegue al fin tan presto.

Venga, que es tiempo ya, del hondo abismo
Tántalo con su sed; Sísifo venga
con el peso terrible de su canto;
Ticio traya su buitre, y ansimismo
con su rueda Egïón no se detenga,
ni las hermanas que trabajan tanto;
y todos juntos su mortal quebranto
trasladen en mi pecho, y en voz baja
-si ya a un desesperado son debidas-
canten obsequias tristes, doloridas,
al cuerpo a quien se niegue aun la mortaja.
Y el portero infernal de los tres rostros,
con otras mil quimeras y mil monstros,
lleven el doloroso contrapunto;
que otra pompa mejor no me parece
que la merece un amador difunto.

Canción desesperada, no te quejes
cuando mi triste compañía dejes;
antes, pues que la causa do naciste
con mi desdicha augmenta su ventura,
aun en la sepultura no estés triste.

Bien les pareció, a los que escuchado habían, la canción de Grisóstomo,
puesto que el que la leyó dijo que no le parecía que conformaba con la
relación que él había oído del recato y bondad de Marcela, porque en ella
se quejaba Grisóstomo de celos, sospechas y de ausencia, todo en perjuicio
del buen crédito y buena fama de Marcela. A lo cual respondió Ambrosio,
como aquel que sabía bien los más escondidos pensamientos de su amigo:
-Para que, señor, os satisfagáis desa duda, es bien que sepáis que cuando
este desdichado escribió esta canción estaba ausente de Marcela, de quien
él se había ausentado por su voluntad, por ver si usaba con él la ausencia
de sus ordinarios fueros. Y, como al enamorado ausente no hay cosa que no
le fatigue ni temor que no le dé alcance, así le fatigaban a Grisóstomo los
celos imaginados y las sospechas temidas como si fueran verdaderas. Y con
esto queda en su punto la verdad que la fama pregona de la bondad de
Marcela; la cual, fuera de ser cruel, y un poco arrogante y un mucho
desdeñosa, la mesma envidia ni debe ni puede ponerle falta alguna.
-Así es la verdad -respondió Vivaldo.
Y, queriendo leer otro papel de los que había reservado del fuego, lo
estorbó una maravillosa visión -que tal parecía ella- que improvisamente se
les ofreció a los ojos; y fue que, por cima de la peña donde se cavaba la
sepultura, pareció la pastora Marcela, tan hermosa que pasaba a su fama su
hermosura. Los que hasta entonces no la habían visto la miraban con
admiración y silencio, y los que ya estaban acostumbrados a verla no
quedaron menos suspensos que los que nunca la habían visto. Mas, apenas la
hubo visto Ambrosio, cuando, con muestras de ánimo indignado, le dijo:
-¿Vienes a ver, por ventura, ¡oh fiero basilisco destas montañas!, si con
tu presencia vierten sangre las heridas deste miserable a quien tu crueldad
quitó la vida? ¿O vienes a ufanarte en las crueles hazañas de tu condición,
o a ver desde esa altura, como otro despiadado Nero, el incendio de su
abrasada Roma, o a pisar, arrogante, este desdichado cadáver, como la
ingrata hija al de su padre Tarquino? Dinos presto a lo que vienes, o qué
es aquello de que más gustas; que, por saber yo que los pensamientos de
Grisóstomo jamás dejaron de obedecerte en vida, haré que, aun él muerto, te
obedezcan los de todos aquellos que se llamaron sus amigos.
-No vengo, ¡oh Ambrosio!, a ninguna cosa de las que has dicho -respondió
Marcela-, sino a volver por mí misma, y a dar a entender cuán fuera de
razón van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me
culpan; y así, ruego a todos los que aquí estáis me estéis atentos, que no
será menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una
verdad a los discretos.
»Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera que, sin
ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura; y, por el
amor que me mostráis, decís, y aun queréis, que esté yo obligada a amaros.
Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo
hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté
obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, que
podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y, siendo lo feo
digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir ''Quiérote por hermosa; hasme
de amar aunque sea feo''. Pero, puesto caso que corran igualmente las
hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas
hermosuras enamoran; que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad;
que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las
voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cuál habían de parar;
porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser los
deseos. Y, según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de
ser voluntario, y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por
qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís
que me queréis bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me
hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades?
Cuanto más, que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que
tengo; que, tal cual es, el cielo me la dio de gracia, sin yo pedilla ni
escogella. Y, así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que
tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo
merezco ser reprehendida por ser hermosa; que la hermosura en la mujer
honesta es como el fuego apartado o como la espada aguda, que ni él quema
ni ella corta a quien a ellos no se acerca. La honra y las virtudes son
adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe de
parecer hermoso. Pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo
y al alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada
por hermosa, por corresponder a la intención de aquel que, por sólo su
gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda?
»Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos.
Los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos
arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis
pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los
que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras. Y si los
deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo
ni a otro alguno, el fin de ninguno dellos bien se puede decir que antes le
mató su porfía que mi crueldad. Y si se me hace cargo que eran honestos sus
pensamientos, y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo
que, cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me
descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en
perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi
recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él, con todo este
desengaño, quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento,
¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le
entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor
intención y prosupuesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido:
¡mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa! Quéjese
el engañado, desespérese aquel a quien le faltaron las prometidas
esperanzas, confíese el que yo llamare, ufánese el que yo admitiere; pero
no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni
admito.
»El cielo aún hasta ahora no ha querido que yo ame por destino, y el pensar
que tengo de amar por elección es escusado. Este general desengaño sirva a
cada uno de los que me solicitan de su particular provecho; y entiéndase,
de aquí adelante, que si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni
desdichado, porque quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos; que los
desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes. El que me llama fiera
y basilisco, déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata,
no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga;
que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta
desconocida, ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna
manera. Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué
se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza
con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda el que
quiere que la tenga con los hombres? Yo, como sabéis, tengo riquezas
propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de
sujetarme: ni quiero ni aborrezco a nadie. No engaño a éste ni solicito
aquél, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación
honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me
entretiene. Tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí
salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma
a su morada primera.
Y, en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y
se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejando
admirados, tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los que
allí estaban. Y algunos dieron muestras -de aquellos que de la poderosa
flecha de los rayos de sus bellos ojos estaban heridos- de quererla seguir,
sin aprovecharse del manifiesto desengaño que habían oído. Lo cual visto
por don Quijote, pareciéndole que allí venía bien usar de su caballería,
socorriendo a las doncellas menesterosas, puesta la mano en el puño de su
espada, en altas e inteligibles voces, dijo:
-Ninguna persona, de cualquier estado y condición que sea, se atreva a
seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignación mía.
Ella ha mostrado con claras y suficientes razones la poca o ninguna culpa
que ha tenido en la muerte de Grisóstomo, y cuán ajena vive de condescender
con los deseos de ninguno de sus amantes, a cuya causa es justo que, en
lugar de ser seguida y perseguida, sea honrada y estimada de todos los
buenos del mundo, pues muestra que en él ella es sola la que con tan
honesta intención vive.
O ya que fuese por las amenazas de don Quijote, o porque Ambrosio les dijo
que concluyesen con lo que a su buen amigo debían, ninguno de los pastores
se movió ni apartó de allí hasta que, acabada la sepultura y abrasados los
papeles de Grisóstomo, pusieron su cuerpo en ella, no sin muchas lágrimas
de los circunstantes. Cerraron la sepultura con una gruesa peña, en tanto
que se acababa una losa que, según Ambrosio dijo, pensaba mandar hacer, con
un epitafio que había de decir desta manera:

Yace aquí de un amador
el mísero cuerpo helado,
que fue pastor de ganado,
perdido por desamor.
Murió a manos del rigor
de una esquiva hermosa ingrata,
con quien su imperio dilata
la tiranía de su amor.

Luego esparcieron por cima de la sepultura muchas flores y ramos, y, dando
todos el pésame a su amigo Ambrosio, se despidieron dél. Lo mesmo hicieron
Vivaldo y su compañero, y don Quijote se despidió de sus huéspedes y de los
caminantes, los cuales le rogaron se viniese con ellos a Sevilla, por ser
lugar tan acomodado a hallar aventuras, que en cada calle y tras cada
esquina se ofrecen más que en otro alguno. Don Quijote les agradeció el
aviso y el ánimo que mostraban de hacerle merced, y dijo que por entonces
no quería ni debía ir a Sevilla, hasta que hubiese despojado todas aquellas
sierras de ladrones malandrines, de quien era fama que todas estaban
llenas. Viendo su buena determinación, no quisieron los caminantes
importunarle más, sino, tornándose a despedir de nuevo, le dejaron y
prosiguieron su camino, en el cual no les faltó de qué tratar, así de la
historia de Marcela y Grisóstomo como de las locuras de don Quijote. El
cual determinó de ir a buscar a la pastora Marcela y ofrecerle todo lo que
él podía en su servicio. Mas no le avino como él pensaba, según se cuenta
en el discurso desta verdadera historia, dando aquí fin la segunda parte.

Tercera parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

Capítulo XV. Donde se cuenta la desgraciada aventura que se topó don
Quijote en topar con unos desalmados yangüeses

Cuenta el sabio Cide Hamete Benengeli que, así como don Quijote se despidió
de sus huéspedes y de todos los que se hallaron al entierro del pastor
Grisóstomo, él y su escudero se entraron por el mesmo bosque donde vieron
que se había entrado la pastora Marcela; y, habiendo andado más de dos
horas por él, buscándola por todas partes sin poder hallarla, vinieron a
parar a un prado lleno de fresca yerba, junto del cual corría un arroyo
apacible y fresco; tanto, que convidó y forzó a pasar allí las horas de la
siesta, que rigurosamente comenzaba ya a entrar.
Apeáronse don Quijote y Sancho, y, dejando al jumento y a Rocinante a sus
anchuras pacer de la mucha yerba que allí había, dieron saco a las
alforjas, y, sin cerimonia alguna, en buena paz y compañía, amo y mozo
comieron lo que en ellas hallaron.
No se había curado Sancho de echar sueltas a Rocinante, seguro de que le
conocía por tan manso y tan poco rijoso que todas las yeguas de la dehesa
de Córdoba no le hicieran tomar mal siniestro. Ordenó, pues, la suerte, y
el diablo, que no todas veces duerme, que andaban por aquel valle paciendo
una manada de hacas galicianas de unos arrieros gallegos, de los cuales es
costumbre sestear con su recua en lugares y sitios de yerba y agua; y aquel
donde acertó a hallarse don Quijote era muy a propósito de los gallegos.
Sucedió, pues, que a Rocinante le vino en deseo de refocilarse con las
señoras facas; y saliendo, así como las olió, de su natural paso y
costumbre, sin pedir licencia a su dueño, tomó un trotico algo picadillo
y se fue a comunicar su necesidad con ellas. Mas ellas, que, a lo que
pareció, debían de tener más gana de pacer que de ál, recibiéronle con las
herraduras y con los dientes, de tal manera que, a poco espacio, se le
rompieron las cinchas y quedó, sin silla, en pelota. Pero lo que él debió
más de sentir fue que, viendo los arrieros la fuerza que a sus yeguas se
les hacía, acudieron con estacas, y tantos palos le dieron que le
derribaron malparado en el suelo.
Ya en esto don Quijote y Sancho, que la paliza de Rocinante habían visto,
llegaban ijadeando; y dijo don Quijote a Sancho:
-A lo que yo veo, amigo Sancho, éstos no son caballeros, sino gente soez y
de baja ralea. Dígolo porque bien me puedes ayudar a tomar la debida
venganza del agravio que delante de nuestros ojos se le ha hecho a
Rocinante.
-¿Qué diablos de venganza hemos de tomar -respondió Sancho-, si éstos son
más de veinte y nosotros no más de dos, y aun, quizá, nosotros sino uno y
medio?
-Yo valgo por ciento -replicó don Quijote.
Y, sin hacer más discursos, echó mano a su espada y arremetió a los
gallegos, y lo mesmo hizo Sancho Panza, incitado y movido del ejemplo de su
amo. Y, a las primeras, dio don Quijote una cuchillada a uno, que le abrió
un sayo de cuero de que venía vestido, con gran parte de la espalda.
Los gallegos, que se vieron maltratar de aquellos dos hombres solos, siendo
ellos tantos, acudieron a sus estacas, y, cogiendo a los dos en medio,
comenzaron a menudear sobre ellos con grande ahínco y vehemencia. Verdad es
que al segundo toque dieron con Sancho en el suelo, y lo mesmo le avino a
don Quijote, sin que le valiese su destreza y buen ánimo; y quiso su
ventura que viniese a caer a los pies de Rocinante, que aún no se había
levantado; donde se echa de ver la furia con que machacan estacas puestas
en manos rústicas y enojadas.
Viendo, pues, los gallegos el mal recado que habían hecho, con la mayor
presteza que pudieron, cargaron su recua y siguieron su camino, dejando a
los dos aventureros de mala traza y de peor talante.
El primero que se resintió fue Sancho Panza; y, hallándose junto a su
señor, con voz enferma y lastimada, dijo:
-¡Señor don Quijote! ¡Ah, señor don Quijote!
-¿Qué quieres, Sancho hermano? -respondió don Quijote con el mesmo tono
afeminado y doliente que Sancho.
-Querría, si fuese posible -respondió Sancho Panza-, que vuestra merced me
diese dos tragos de aquella bebida del feo Blas, si es que la tiene vuestra
merced ahí a mano. Quizá será de provecho para los quebrantamientos de
huesos como lo es para las feridas.
-Pues, a tenerla yo aquí, desgraciado yo, ¿qué nos faltaba? -respondió don
Quijote-. Mas yo te juro, Sancho Panza, a fe de caballero andante, que
antes que pasen dos días, si la fortuna no ordena otra cosa, la tengo de
tener en mi poder, o mal me han de andar las manos.
-Pues, ¿en cuántos le parece a vuestra merced que podremos mover los pies?
-replicó Sancho Panza.
-De mí sé decir -dijo el molido caballero don Quijote- que no sabré poner
término a esos días. Mas yo me tengo la culpa de todo, que no había de
poner mano a la espada contra hombres que no fuesen armados caballeros como
yo; y así, creo que, en pena de haber pasado las leyes de la caballería, ha
permitido el dios de las batallas que se me diese este castigo. Por lo
cual, Sancho Panza, conviene que estés advertido en esto que ahora te diré,
porque importa mucho a la salud de entrambos; y es que, cuando veas que
semejante canalla nos hace algún agravio, no aguardes a que yo ponga mano
al espada para ellos, porque no lo haré en ninguna manera, sino pon tú mano
a tu espada y castígalos muy a tu sabor; que si en su ayuda y defensa
acudieren caballeros, yo te sabré defender y ofendellos con todo mi poder;
que ya habrás visto por mil señales y experiencias hasta adónde se estiende
el valor de este mi fuerte brazo.
Tal quedó de arrogante el pobre señor con el vencimiento del valiente
vizcaíno. Mas no le pareció tan bien a Sancho Panza el aviso de su amo que
dejase de responder, diciendo:
-Señor, yo soy hombre pacífico, manso, sosegado, y sé disimilar cualquiera
injuria, porque tengo mujer y hijos que sustentar y criar. Así que, séale a
vuestra merced también aviso, pues no puede ser mandato, que en ninguna
manera pondré mano a la espada, ni contra villano ni contra caballero; y
que, desde aquí para delante de Dios, perdono cuantos agravios me han hecho
y han de hacer: ora me los haya hecho, o haga o haya de hacer, persona alta
o baja, rico o pobre, hidalgo o pechero, sin eceptar estado ni condición
alguna.
Lo cual oído por su amo, le respondió:
-Quisiera tener aliento para poder hablar un poco descansado, y que el
dolor que tengo en esta costilla se aplacara tanto cuanto, para darte a
entender, Panza, en el error en que estás. Ven acá, pecador; si el viento
de la fortuna, hasta ahora tan contrario, en nuestro favor se vuelve,
llevándonos las velas del deseo para que seguramente y sin contraste alguno
tomemos puerto en alguna de las ínsulas que te tengo prometida, ¿qué sería
de ti si, ganándola yo, te hiciese señor della? Pues ¿lo vendrás a
imposibilitar por no ser caballero, ni quererlo ser, ni tener valor ni
intención de vengar tus injurias y defender tu señorío? Porque has de saber
que en los reinos y provincias nuevamente conquistados nunca están tan
quietos los ánimos de sus naturales, ni tan de parte del nuevo señor que no
se tengan temor de que han de hacer alguna novedad para alterar de nuevo
las cosas, y volver, como dicen, a probar ventura; y así, es menester que
el nuevo posesor tenga entendimiento para saberse gobernar, y valor para
ofender y defenderse en cualquiera acontecimiento.
-En este que ahora nos ha acontecido -respondió Sancho-, quisiera yo tener
ese entendimiento y ese valor que vuestra merced dice; mas yo le juro, a fe
de pobre hombre, que más estoy para bizmas que para pláticas. Mire vuestra
merced si se puede levantar, y ayudaremos a Rocinante, aunque no lo merece,
porque él fue la causa principal de todo este molimiento. Jamás tal creí de
Rocinante, que le tenía por persona casta y tan pacífica como yo. En fin,
bien dicen que es menester mucho tiempo para venir a conocer las personas,
y que no hay cosa segura en esta vida. ¿Quién dijera que tras de aquellas
tan grandes cuchilladas como vuestra merced dio a aquel desdichado
caballero andante, había de venir, por la posta y en seguimiento suyo, esta
tan grande tempestad de palos que ha descargado sobre nuestras espaldas?
-Aun las tuyas, Sancho -replicó don Quijote-, deben de estar hechas a
semejantes nublados; pero las mías, criadas entre sinabafas y holandas,
claro está que sentirán más el dolor desta desgracia. Y si no fuese porque
imagino..., ¿qué digo imagino?, sé muy cierto, que todas estas
incomodidades son muy anejas al ejercicio de las armas, aquí me dejaría
morir de puro enojo.
A esto replicó el escudero:
-Señor, ya que estas desgracias son de la cosecha de la caballería, dígame
vuestra merced si suceden muy a menudo, o si tienen sus tiempos limitados
en que acaecen; porque me parece a mí que a dos cosechas quedaremos
inútiles para la tercera, si Dios, por su infinita misericordia, no nos
socorre.
-Sábete, amigo Sancho -respondió don Quijote-, que la vida de los
caballeros andantes está sujeta a mil peligros y desventuras; y, ni más ni
menos, está en potencia propincua de ser los caballeros andantes reyes y
emperadores, como lo ha mostrado la experiencia en muchos y diversos
caballeros, de cuyas historias yo tengo entera noticia. Y pudiérate contar
agora, si el dolor me diera lugar, de algunos que, sólo por el valor de su
brazo, han subido a los altos grados que he contado; y estos mesmos se
vieron antes y después en diversas calamidades y miserias. Porque el
valeroso Amadís de Gaula se vio en poder de su mortal enemigo Arcaláus el
encantador, de quien se tiene por averiguado que le dio, teniéndole
preso, más de docientos azotes con las riendas de su caballo, atado a una
coluna de un patio. Y aun hay un autor secreto, y de no poco crédito, que
dice que, habiendo cogido al Caballero del Febo con una cierta trampa que
se le hundió debajo de los pies, en un cierto castillo, y al caer, se halló
en una honda sima debajo de tierra, atado de pies y manos, y allí le
echaron una destas que llaman melecinas, de agua de nieve y arena, de lo
que llegó muy al cabo; y si no fuera socorrido en aquella gran cuita de un
sabio grande amigo suyo, lo pasara muy mal el pobre caballero. Ansí que,
bien puedo yo pasar entre tanta buena gente; que mayores afrentas son las
que éstos pasaron, que no las que ahora nosotros pasamos. Porque quiero
hacerte sabidor, Sancho, que no afrentan las heridas que se dan con los
instrumentos que acaso se hallan en las manos; y esto está en la ley del
duelo, escrito por palabras expresas: que si el zapatero da a otro con la
horma que tiene en la mano, puesto que verdaderamente es de palo, no por
eso se dirá que queda apaleado aquel a quien dio con ella. Digo esto porque
no pienses que, puesto que quedamos desta pendencia molidos, quedamos
afrentados; porque las armas que aquellos hombres traían, con que nos
machacaron, no eran otras que sus estacas, y ninguno dellos, a lo que se me
acuerda, tenía estoque, espada ni puñal.
-No me dieron a mí lugar -respondió Sancho- a que mirase en tanto; porque,
apenas puse mano a mi tizona, cuando me santiguaron los hombros con sus
pinos, de manera que me quitaron la vista de los ojos y la fuerza de los
pies, dando conmigo adonde ahora yago, y adonde no me da pena alguna el
pensar si fue afrenta o no lo de los estacazos, como me la da el dolor de
los golpes, que me han de quedar tan impresos en la memoria como en las
espaldas.
-Con todo eso, te hago saber, hermano Panza -replicó don Quijote-, que no
hay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que muerte no le consuma.
-Pues, ¿qué mayor desdicha puede ser -replicó Panza- de aquella que aguarda
al tiempo que la consuma y a la muerte que la acabe? Si esta nuestra
desgracia fuera de aquellas que con un par de bizmas se curan, aun no tan
malo; pero voy viendo que no han de bastar todos los emplastos de un
hospital para ponerlas en buen término siquiera.
-Déjate deso y saca fuerzas de flaqueza, Sancho -respondió don Quijote-,
que así haré yo, y veamos cómo está Rocinante; que, a lo que me parece, no
le ha cabido al pobre la menor parte desta desgracia.
-No hay de qué maravillarse deso -respondió Sancho-, siendo él tan buen
caballero andante; de lo que yo me maravillo es de que mi jumento haya
quedado libre y sin costas donde nosotros salimos sin costillas.
-Siempre deja la ventura una puerta abierta en las desdichas, para dar
remedio a ellas -dijo don Quijote-. Dígolo porque esa bestezuela podrá
suplir ahora la falta de Rocinante, llevándome a mí desde aquí a algún
castillo donde sea curado de mis feridas. Y más, que no tendré a deshonra
la tal caballería, porque me acuerdo haber leído que aquel buen viejo
Sileno, ayo y pedagogo del alegre dios de la risa, cuando entró en la
ciudad de las cien puertas iba, muy a su placer, caballero sobre un muy
hermoso asno.
-Verdad será que él debía de ir caballero, como vuestra merced dice
-respondió Sancho-, pero hay grande diferencia del ir caballero al ir
atravesado como costal de basura.
A lo cual respondió don Quijote:
-Las feridas que se reciben en las batallas, antes dan honra que la quitan.
Así que, Panza amigo, no me repliques más, sino, como ya te he dicho,
levántate lo mejor que pudieres y ponme de la manera que más te agradare
encima de tu jumento, y vamos de aquí antes que la noche venga y nos saltee
en este despoblado.
-Pues yo he oído decir a vuestra merced -dijo Panza- que es muy de
caballeros andantes el dormir en los páramos y desiertos lo más del año, y
que lo tienen a mucha ventura.
-Eso es -dijo don Quijote- cuando no pueden más, o cuando están enamorados;
y es tan verdad esto, que ha habido caballero que se ha estado sobre una
peña, al sol y a la sombra, y a las inclemencias del cielo, dos años, sin
que lo supiese su señora. Y uno déstos fue Amadís, cuando, llamándose
Beltenebros, se alojó en la Peña Pobre, ni sé si ocho años o ocho meses,
que no estoy muy bien en la cuenta: basta que él estuvo allí haciendo
penitencia, por no sé qué sinsabor que le hizo la señora Oriana. Pero
dejemos ya esto, Sancho, y acaba, antes que suceda otra desgracia al
jumento, como a Rocinante.
-Aun ahí sería el diablo -dijo Sancho.
Y, despidiendo treinta ayes, y sesenta sospiros, y ciento y veinte pésetes
y reniegos de quien allí le había traído, se levantó, quedándose agobiado
en la mitad del camino, como arco turquesco, sin poder acabar de
enderezarse; y con todo este trabajo aparejó su asno, que también había
andado algo destraído con la demasiada libertad de aquel día. Levantó luego
a Rocinante, el cual, si tuviera lengua con que quejarse, a buen seguro que
Sancho ni su amo no le fueran en zaga.
En resolución, Sancho acomodó a don Quijote sobre el asno y puso de reata a
Rocinante; y, llevando al asno de cabestro, se encaminó, poco más a menos,
hacia donde le pareció que podía estar el camino real. Y la suerte, que sus
cosas de bien en mejor iba guiando, aún no hubo andado una pequeña legua,
cuando le deparó el camino, en el cual descubrió una venta que, a pesar
suyo y gusto de don Quijote, había de ser castillo. Porfiaba Sancho que era
venta, y su amo que no, sino castillo; y tanto duró la porfía, que tuvieron
lugar, sin acabarla, de llegar a ella, en la cual Sancho se entró, sin más
averiguación, con toda su recua.

Capítulo XVI. De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que él
imaginaba ser castillo

El ventero, que vio a don Quijote atravesado en el asno, preguntó a Sancho
qué mal traía. Sancho le respondió que no era nada, sino que había dado una
caída de una peña abajo, y que venía algo brumadas las costillas. Tenía el
ventero por mujer a una, no de la condición que suelen tener las de
semejante trato, porque naturalmente era caritativa y se dolía de las
calamidades de sus prójimos; y así, acudió luego a curar a don Quijote y
hizo que una hija suya, doncella, muchacha y de muy buen parecer, la
ayudase a curar a su huésped. Servía en la venta, asimesmo, una moza
asturiana, ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, del un ojo tuerta
y del otro no muy sana. Verdad es que la gallardía del cuerpo suplía las
demás faltas: no tenía siete palmos de los pies a la cabeza, y las
espaldas, que algún tanto le cargaban, la hacían mirar al suelo más de lo
que ella quisiera. Esta gentil moza, pues, ayudó a la doncella, y las dos
hicieron una muy mala cama a don Quijote en un camaranchón que, en otros
tiempos, daba manifiestos indicios que había servido de pajar muchos años.
En la cual también alojaba un arriero, que tenía su cama hecha un poco más
allá de la de nuestro don Quijote. Y, aunque era de las enjalmas y mantas
de sus machos, hacía mucha ventaja a la de don Quijote, que sólo contenía
cuatro mal lisas tablas, sobre dos no muy iguales bancos, y un colchón que
en lo sutil parecía colcha, lleno de bodoques, que, a no mostrar que eran
de lana por algunas roturas, al tiento, en la dureza, semejaban de
guijarro, y dos sábanas hechas de cuero de adarga, y una frazada, cuyos
hilos, si se quisieran contar, no se perdiera uno solo de la cuenta.
En esta maldita cama se acostó don Quijote, y luego la ventera y su hija le
emplastaron de arriba abajo, alumbrándoles Maritornes, que así se llamaba
la asturiana; y, como al bizmalle viese la ventera tan acardenalado a
partes a don Quijote, dijo que aquello más parecían golpes que caída.
-No fueron golpes -dijo Sancho-, sino que la peña tenía muchos picos y
tropezones.
Y que cada uno había hecho su cardenal. Y también le dijo:
-Haga vuestra merced, señora, de manera que queden algunas estopas, que no
faltará quien las haya menester; que también me duelen a mí un poco los
lomos.
-Desa manera -respondió la ventera-, también debistes vos de caer.
-No caí -dijo Sancho Panza-, sino que del sobresalto que tomé de ver caer a
mi amo, de tal manera me duele a mí el cuerpo que me parece que me han dado
mil palos.
-Bien podrá ser eso -dijo la doncella-; que a mí me ha acontecido muchas
veces soñar que caía de una torre abajo y que nunca acababa de llegar al
suelo, y, cuando despertaba del sueño, hallarme tan molida y quebrantada
como si verdaderamente hubiera caído.
-Ahí está el toque, señora -respondió Sancho Panza-: que yo, sin soñar
nada, sino estando más despierto que ahora estoy, me hallo con pocos menos
cardenales que mi señor don Quijote.
-¿Cómo se llama este caballero? -preguntó la asturiana Maritornes.
-Don Quijote de la Mancha -respondió Sancho Panza-, y es caballero
aventurero, y de los mejores y más fuertes que de luengos tiempos acá se
han visto en el mundo.
-¿Qué es caballero aventurero? -replicó la moza.
-¿Tan nueva sois en el mundo que no lo sabéis vos? -respondió Sancho
Panza-. Pues sabed, hermana mía, que caballero aventurero es una cosa que
en dos palabras se ve apaleado y emperador. Hoy está la más desdichada
criatura del mundo y la más menesterosa, y mañana tendría dos o tres
coronas de reinos que dar a su escudero.
-Pues, ¿cómo vos, siéndolo deste tan buen señor -dijo la ventera-, no
tenéis, a lo que parece, siquiera algún condado?
-Aún es temprano -respondió Sancho-, porque no ha sino un mes que andamos
buscando las aventuras, y hasta ahora no hemos topado con ninguna que lo
sea. Y tal vez hay que se busca una cosa y se halla otra. Verdad es que, si
mi señor don Quijote sana desta herida o caída y yo no quedo contrecho
della, no trocaría mis esperanzas con el mejor título de España.
Todas estas pláticas estaba escuchando, muy atento, don Quijote, y,
sentándose en el lecho como pudo, tomando de la mano a la ventera, le dijo:
-Creedme, fermosa señora, que os podéis llamar venturosa por haber alojado
en este vuestro castillo a mi persona, que es tal, que si yo no la alabo,
es por lo que suele decirse que la alabanza propria envilece; pero mi
escudero os dirá quién soy. Sólo os digo que tendré eternamente escrito en
mi memoria el servicio que me habedes fecho, para agradecéroslo mientras la
vida me durare; y pluguiera a los altos cielos que el amor no me tuviera
tan rendido y tan sujeto a sus leyes, y los ojos de aquella hermosa ingrata
que digo entre mis dientes; que los desta fermosa doncella fueran señores
de mi libertad.
Confusas estaban la ventera y su hija y la buena de Maritornes oyendo las
razones del andante caballero, que así las entendían como si hablara en
griego, aunque bien alcanzaron que todas se encaminaban a ofrecimiento y
requiebros; y, como no usadas a semejante lenguaje, mirábanle y
admirábanse, y parecíales otro hombre de los que se usaban; y,
agradeciéndole con venteriles razones sus ofrecimientos, le dejaron; y la
asturiana Maritornes curó a Sancho, que no menos lo había menester que su
amo.
Había el arriero concertado con ella que aquella noche se refocilarían
juntos, y ella le había dado su palabra de que, en estando sosegados los
huéspedes y durmiendo sus amos, le iría a buscar y satisfacerle el gusto en
cuanto le mandase. Y cuéntase desta buena moza que jamás dio semejantes
palabras que no las cumpliese, aunque las diese en un monte y sin testigo
alguno; porque presumía muy de hidalga, y no tenía por afrenta estar en
aquel ejercicio de servir en la venta, porque decía ella que desgracias y
malos sucesos la habían traído a aquel estado.
El duro, estrecho, apocado y fementido lecho de don Quijote estaba primero
en mitad de aquel estrellado establo, y luego, junto a él, hizo el suyo
Sancho, que sólo contenía una estera de enea y una manta, que antes
mostraba ser de anjeo tundido que de lana. Sucedía a estos dos lechos el
del arriero, fabricado, como se ha dicho, de las enjalmas y todo el adorno
de los dos mejores mulos que traía, aunque eran doce, lucios, gordos y
famosos, porque era uno de los ricos arrieros de Arévalo, según lo dice el
autor desta historia, que deste arriero hace particular mención, porque le
conocía muy bien, y aun quieren decir que era algo pariente suyo. Fuera de
que Cide Mahamate Benengeli fue historiador muy curioso y muy puntual en
todas las cosas; y échase bien de ver, pues las que quedan referidas, con
ser tan mínimas y tan rateras, no las quiso pasar en silencio; de donde
podrán tomar ejemplo los historiadores graves, que nos cuentan las acciones
tan corta y sucintamente que apenas nos llegan a los labios, dejándose en
el tintero, ya por descuido, por malicia o ignorancia, lo más sustancial de
la obra. ¡Bien haya mil veces el autor de Tablante de Ricamonte, y aquel
del otro libro donde se cuenta los hechos del conde Tomillas; y con qué
puntualidad lo describen todo!
Digo, pues, que después de haber visitado el arriero a su recua y dádole el
segundo pienso, se tendió en sus enjalmas y se dio a esperar a su
puntualísima Maritornes. Ya estaba Sancho bizmado y acostado, y, aunque
procuraba dormir, no lo consentía el dolor de sus costillas; y don Quijote,
con el dolor de las suyas, tenía los ojos abiertos como liebre. Toda la
venta estaba en silencio, y en toda ella no había otra luz que la que daba
una lámpara que colgada en medio del portal ardía.
Esta maravillosa quietud, y los pensamientos que siempre nuestro caballero
traía de los sucesos que a cada paso se cuentan en los libros autores de su
desgracia, le trujo a la imaginación una de las estrañas locuras que
buenamente imaginarse pueden. Y fue que él se imaginó haber llegado a un
famoso castillo -que, como se ha dicho, castillos eran a su parecer todas
las ventas donde alojaba-, y que la hija del ventero lo era del señor del
castillo, la cual, vencida de su gentileza, se había enamorado dél y
prometido que aquella noche, a furto de sus padres, vendría a yacer con él
una buena pieza; y, teniendo toda esta quimera, que él se había fabricado,
por firme y valedera, se comenzó a acuitar y a pensar en el peligroso
trance en que su honestidad se había de ver, y propuso en su corazón de no
cometer alevosía a su señora Dulcinea del Toboso, aunque la mesma reina
Ginebra con su dama Quintañona se le pusiesen delante.
Pensando, pues, en estos disparates, se llegó el tiempo y la hora -que para
él fue menguada- de la venida de la asturiana, la cual, en camisa y
descalza, cogidos los cabellos en una albanega de fustán, con tácitos y
atentados pasos, entró en el aposento donde los tres alojaban en busca del
arriero. Pero, apenas llegó a la puerta, cuando don Quijote la sintió, y,
sentándose en la cama, a pesar de sus bizmas y con dolor de sus costillas,
tendió los brazos para recebir a su fermosa doncella. La asturiana, que,
toda recogida y callando, iba con las manos delante buscando a su querido,
topó con los brazos de don Quijote, el cual la asió fuertemente de una
muñeca y, tirándola hacía sí, sin que ella osase hablar palabra, la hizo
sentar sobre la cama. Tentóle luego la camisa, y, aunque ella era de
harpillera, a él le pareció ser de finísimo y delgado cendal. Traía en las
muñecas unas cuentas de vidro, pero a él le dieron vislumbres de preciosas
perlas orientales. Los cabellos, que en alguna manera tiraban a crines, él
los marcó por hebras de lucidísimo oro de Arabia, cuyo resplandor al del
mesmo sol escurecía. Y el aliento, que, sin duda alguna, olía a ensalada
fiambre y trasnochada, a él le pareció que arrojaba de su boca un olor
suave y aromático; y, finalmente, él la pintó en su imaginación de la misma
traza y modo que lo había leído en sus libros de la otra princesa que vino
a ver el mal ferido caballero, vencida de sus amores, con todos los adornos
que aquí van puestos. Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo, que el
tacto, ni el aliento, ni otras cosas que traía en sí la buena doncella, no
le desengañaban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera
arriero; antes, le parecía que tenía entre sus brazos a la diosa de la
hermosura. Y, teniéndola bien asida, con voz amorosa y baja le comenzó a
decir:
-Quisiera hallarme en términos, fermosa y alta señora, de poder pagar
tamaña merced como la que con la vista de vuestra gran fermosura me habedes
fecho, pero ha querido la fortuna, que no se cansa de perseguir a los
buenos, ponerme en este lecho, donde yago tan molido y quebrantado que,
aunque de mi voluntad quisiera satisfacer a la vuestra, fuera imposible. Y
más, que se añade a esta imposibilidad otra mayor, que es la prometida fe
que tengo dada a la sin par Dulcinea del Toboso, única señora de mis más
escondidos pensamientos; que si esto no hubiera de por medio, no fuera yo
tan sandio caballero que dejara pasar en blanco la venturosa ocasión en que
vuestra gran bondad me ha puesto.
Maritornes estaba congojadísima y trasudando, de verse tan asida de don
Quijote, y, sin entender ni estar atenta a las razones que le decía,
procuraba, sin hablar palabra, desasirse. El bueno del arriero, a quien
tenían despierto sus malos deseos, desde el punto que entró su coima por la
puerta, la sintió; estuvo atentamente escuchando todo lo que don Quijote
decía, y, celoso de que la asturiana le hubiese faltado la palabra por
otro, se fue llegando más al lecho de don Quijote, y estúvose quedo hasta
ver en qué paraban aquellas razones, que él no podía entender. Pero, como
vio que la moza forcejaba por desasirse y don Quijote trabajaba por
tenella, pareciéndole mal la burla, enarboló el brazo en alto y descargó
tan terrible puñada sobre las estrechas quijadas del enamorado caballero,
que le bañó toda la boca en sangre; y, no contento con esto, se le subió
encima de las costillas, y con los pies más que de trote, se las paseó
todas de cabo a cabo.
El lecho, que era un poco endeble y de no firmes fundamentos, no pudiendo
sufrir la añadidura del arriero, dio consigo en el suelo, a cuyo gran ruido
despertó el ventero, y luego imaginó que debían de ser pendencias de
Maritornes, porque, habiéndola llamado a voces, no respondía. Con esta
sospecha se levantó, y, encendiendo un candil, se fue hacia donde había
sentido la pelaza. La moza, viendo que su amo venía, y que era de condición
terrible, toda medrosica y alborotada, se acogió a la cama de Sancho Panza,
que aún dormía, y allí se acorrucó y se hizo un ovillo. El ventero entró
diciendo:
-¿Adónde estás, puta? A buen seguro que son tus cosas éstas.
En esto, despertó Sancho, y, sintiendo aquel bulto casi encima de sí, pensó
que tenía la pesadilla, y comenzó a dar puñadas a una y otra parte, y entre
otras alcanzó con no sé cuántas a Maritornes, la cual, sentida del dolor,
echando a rodar la honestidad, dio el retorno a Sancho con tantas que, a su
despecho, le quitó el sueño; el cual, viéndose tratar de aquella manera y
sin saber de quién, alzándose como pudo, se abrazó con Maritornes, y
comenzaron entre los dos la más reñida y graciosa escaramuza del mundo.
Viendo, pues, el arriero, a la lumbre del candil del ventero, cuál andaba
su dama, dejando a don Quijote, acudió a dalle el socorro necesario. Lo
mismo hizo el ventero, pero con intención diferente, porque fue a castigar
a la moza, creyendo sin duda que ella sola era la ocasión de toda aquella
armonía. Y así como suele decirse: el gato al rato, el rato a la cuerda, la
cuerda al palo, daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a él,
el ventero a la moza, y todos menudeaban con tanta priesa que no se daban
punto de reposo; y fue lo bueno que al ventero se le apagó el candil, y,
como quedaron ascuras, dábanse tan sin compasión todos a bulto que, a
doquiera que ponían la mano, no dejaban cosa sana.
Alojaba acaso aquella noche en la venta un cuadrillero de los que llaman de
la Santa Hermandad Vieja de Toledo, el cual, oyendo ansimesmo el estraño
estruendo de la pelea, asió de su media vara y de la caja de lata de sus
títulos, y entró ascuras en el aposento, diciendo:
-¡Ténganse a la justicia! ¡Ténganse a la Santa Hermandad!
Y el primero con quien topó fue con el apuñeado de don Quijote, que estaba
en su derribado lecho, tendido boca arriba, sin sentido alguno, y,
echándole a tiento mano a las barbas, no cesaba de decir:
-¡Favor a la justicia!
Pero, viendo que el que tenía asido no se bullía ni meneaba, se dio a
entender que estaba muerto, y que los que allí dentro estaban eran sus
matadores; y con esta sospecha reforzó la voz, diciendo:
-¡Ciérrese la puerta de la venta! ¡Miren no se vaya nadie, que han muerto
aquí a un hombre!
Esta voz sobresaltó a todos, y cada cual dejó la pendencia en el grado que
le tomó la voz. Retiróse el ventero a su aposento, el arriero a sus
enjalmas, la moza a su rancho; solos los desventurados don Quijote y Sancho
no se pudieron mover de donde estaban. Soltó en esto el cuadrillero la
barba de don Quijote, y salió a buscar luz para buscar y prender los
delincuentes; mas no la halló, porque el ventero, de industria, había
muerto la lámpara cuando se retiró a su estancia, y fuele forzoso acudir a
la chimenea, donde, con mucho trabajo y tiempo, encendió el cuadrillero
otro candil.

Capítulo XVII. Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo
don Quijote y su buen escudero Sancho Panza pasaron en la venta que, por su
mal, pensó que era castillo

Había ya vuelto en este tiempo de su parasismo don Quijote, y, con el mesmo
tono de voz con que el día antes había llamado a su escudero, cuando estaba
tendido en el val de las estacas, le comenzó a llamar, diciendo:
-Sancho amigo, ¿duermes? ¿Duermes, amigo Sancho?
-¿Qué tengo de dormir, pesia a mí -respondió Sancho, lleno de pesadumbre y
de despecho-; que no parece sino que todos los diablos han andado conmigo
esta noche?
-Puédeslo creer ansí, sin duda -respondió don Quijote-, porque, o yo sé
poco, o este castillo es encantado. Porque has de saber... Mas, esto que
ahora quiero decirte hasme de jurar que lo tendrás secreto hasta después de
mi muerte.
-Sí juro -respondió Sancho.
-Dígolo -replicó don Quijote-, porque soy enemigo de que se quite la honra
a nadie.
-Digo que sí juro -tornó a decir Sancho- que lo callaré hasta después de
los días de vuestra merced, y plega a Dios que lo pueda descubrir mañana.
-¿Tan malas obras te hago, Sancho -respondió don Quijote-, que me querrías
ver muerto con tanta brevedad?
-No es por eso -respondió Sancho-, sino porque soy enemigo de guardar mucho
las cosas, y no querría que se me pudriesen de guardadas.
-Sea por lo que fuere -dijo don Quijote-; que más fío de tu amor y de tu
cortesía; y así, has de saber que esta noche me ha sucedido una de las más
estrañas aventuras que yo sabré encarecer; y, por contártela en breve,
sabrás que poco ha que a mí vino la hija del señor deste castillo, que es
la más apuesta y fermosa doncella que en gran parte de la tierra se puede
hallar. ¿Qué te podría decir del adorno de su persona? ¿Qué de su gallardo
entendimiento? ¿Qué de otras cosas ocultas, que, por guardar la fe que debo
a mi señora Dulcinea del Toboso, dejaré pasar intactas y en silencio? Sólo
te quiero decir que, envidioso el cielo de tanto bien como la ventura me
había puesto en las manos, o quizá, y esto es lo más cierto, que, como
tengo dicho, es encantado este castillo, al tiempo que yo estaba con ella
en dulcísimos y amorosísimos coloquios, sin que yo la viese ni supiese por
dónde venía, vino una mano pegada a algún brazo de algún descomunal gigante
y asentóme una puñada en las quijadas, tal, que las tengo todas bañadas en
sangre; y después me molió de tal suerte que estoy peor que ayer cuando los
gallegos, que, por demasías de Rocinante, nos hicieron el agravio que
sabes. Por donde conjeturo que el tesoro de la fermosura desta doncella le
debe de guardar algún encantado moro, y no debe de ser para mí.
-Ni para mí tampoco -respondió Sancho-, porque más de cuatrocientos moros
me han aporreado a mí, de manera que el molimiento de las estacas fue
tortas y pan pintado. Pero dígame, señor, ¿cómo llama a ésta buena y rara
aventura, habiendo quedado della cual quedamos? Aun vuestra merced menos
mal, pues tuvo en sus manos aquella incomparable fermosura que ha dicho,
pero yo, ¿qué tuve sino los mayores porrazos que pienso recebir en toda mi
vida? ¡Desdichado de mí y de la madre que me parió, que ni soy caballero
andante, ni lo pienso ser jamás, y de todas las malandanzas me cabe la
mayor parte!
-Luego, ¿también estás tú aporreado? -respondió don Quijote.
-¿No le he dicho que sí, pesia a mi linaje? -dijo Sancho.
-No tengas pena, amigo -dijo don Quijote-, que yo haré agora el bálsamo
precioso con que sanaremos en un abrir y cerrar de ojos.
Acabó en esto de encender el candil el cuadrillero, y entró a ver el que
pensaba que era muerto; y, así como le vio entrar Sancho, viéndole venir en
camisa y con su paño de cabeza y candil en la mano, y con una muy mala
cara, preguntó a su amo:
-Señor, ¿si será éste, a dicha, el moro encantado, que nos vuelve a
castigar, si se dejó algo en el tintero?
-No puede ser el moro -respondió don Quijote-, porque los encantados no se
dejan ver de nadie.
-Si no se dejan ver, déjanse sentir -dijo Sancho-; si no, díganlo mis
espaldas.
-También lo podrían decir las mías -respondió don Quijote-, pero no es
bastante indicio ése para creer que este que se vee sea el encantado moro.
Llegó el cuadrillero, y, como los halló hablando en tan sosegada
conversación, quedó suspenso. Bien es verdad que aún don Quijote se estaba
boca arriba, sin poderse menear, de puro molido y emplastado. Llegóse a él
el cuadrillero y díjole:
-Pues, ¿cómo va, buen hombre?
-Hablara yo más bien criado -respondió don Quijote-, si fuera que vos.
¿Úsase en esta tierra hablar desa suerte a los caballeros andantes,
majadero?
El cuadrillero, que se vio tratar tan mal de un hombre de tan mal parecer,
no lo pudo sufrir, y, alzando el candil con todo su aceite, dio a don
Quijote con él en la cabeza, de suerte que le dejó muy bien descalabrado;
y, como todo quedó ascuras, salióse luego; y Sancho Panza dijo:
-Sin duda, señor, que éste es el moro encantado, y debe de guardar el
tesoro para otros, y para nosotros sólo guarda las puñadas y los
candilazos.
-Así es -respondió don Quijote-, y no hay que hacer caso destas cosas de
encantamentos, ni hay para qué tomar cólera ni enojo con ellas; que, como
son invisibles y fantásticas, no hallaremos de quién vengarnos, aunque más
lo procuremos. Levántate, Sancho, si puedes, y llama al alcaide desta
fortaleza, y procura que se me dé un poco de aceite, vino, sal y romero
para hacer el salutífero bálsamo; que en verdad que creo que lo he bien
menester ahora, porque se me va mucha sangre de la herida que esta fantasma
me ha dado.
Levántose Sancho con harto dolor de sus huesos, y fue ascuras donde estaba
el ventero; y, encontrándose con el cuadrillero, que estaba escuchando en
qué paraba su enemigo, le dijo:
-Señor, quien quiera que seáis, hacednos merced y beneficio de darnos un
poco de romero, aceite, sal y vino, que es menester para curar uno de los
mejores caballeros andantes que hay en la tierra, el cual yace en aquella
cama, malferido por las manos del encantado moro que está en esta venta.
Cuando el cuadrillero tal oyó, túvole por hombre falto de seso; y, porque
ya comenzaba a amanecer, abrió la puerta de la venta, y, llamando al
ventero, le dijo lo que aquel buen hombre quería. El ventero le proveyó de
cuanto quiso, y Sancho se lo llevó a don Quijote, que estaba con las manos
en la cabeza, quejándose del dolor del candilazo, que no le había hecho más
mal que levantarle dos chichones algo crecidos, y lo que él pensaba que era
sangre no era sino sudor que sudaba con la congoja de la pasada tormenta.
En resolución, él tomó sus simples, de los cuales hizo un compuesto,
mezclándolos todos y cociéndolos un buen espacio, hasta que le pareció que
estaban en su punto. Pidió luego alguna redoma para echallo, y, como no la
hubo en la venta, se resolvió de ponello en una alcuza o aceitera de hoja
de lata, de quien el ventero le hizo grata donación. Y luego dijo sobre la
alcuza más de ochenta paternostres y otras tantas avemarías, salves y
credos, y a cada palabra acompañaba una cruz, a modo de bendición; a todo
lo cual se hallaron presentes Sancho, el ventero y cuadrillero; que ya el
arriero sosegadamente andaba entendiendo en el beneficio de sus machos.
Hecho esto, quiso él mesmo hacer luego la esperiencia de la virtud de aquel
precioso bálsamo que él se imaginaba; y así, se bebió, de lo que no pudo
caber en la alcuza y quedaba en la olla donde se había cocido, casi media
azumbre; y apenas lo acabó de beber, cuando comenzó a vomitar de manera que
no le quedó cosa en el estómago; y con las ansias y agitación del vómito le
dio un sudor copiosísimo, por lo cual mandó que le arropasen y le dejasen
solo. Hiciéronlo ansí, y quedóse dormido más de tres horas, al cabo de las
cuales despertó y se sintió aliviadísimo del cuerpo, y en tal manera mejor
de su quebrantamiento que se tuvo por sano; y verdaderamente creyó que
había acertado con el bálsamo de Fierabrás, y que con aquel remedio podía
acometer desde allí adelante, sin temor alguno, cualesquiera ruinas,
batallas y pendencias, por peligrosas que fuesen.
Sancho Panza, que también tuvo a milagro la mejoría de su amo, le rogó que
le diese a él lo que quedaba en la olla, que no era poca cantidad.
Concedióselo don Quijote, y él, tomándola a dos manos, con buena fe y mejor
talante, se la echó a pechos, y envasó bien poco menos que su amo. Es,
pues, el caso que el estómago del pobre Sancho no debía de ser tan delicado
como el de su amo, y así, primero que vomitase, le dieron tantas ansias y
bascas, con tantos trasudores y desmayos que él pensó bien y verdaderamente
que era llegada su última hora; y, viéndose tan afligido y congojado,
maldecía el bálsamo y al ladrón que se lo había dado. Viéndole así don
Quijote, le dijo:
-Yo creo, Sancho, que todo este mal te viene de no ser armado caballero,
porque tengo para mí que este licor no debe de aprovechar a los que no lo
son.
-Si eso sabía vuestra merced -replicó Sancho-, ¡mal haya yo y toda mi
parentela!, ¿para qué consintió que lo gustase?
En esto, hizo su operación el brebaje, y comenzó el pobre escudero a
desaguarse por entrambas canales, con tanta priesa que la estera de enea,
sobre quien se había vuelto a echar, ni la manta de anjeo con que se
cubría, fueron más de provecho. Sudaba y trasudaba con tales parasismos y
accidentes, que no solamente él, sino todos pensaron que se le acababa la
vida. Duróle esta borrasca y mala andanza casi dos horas, al cabo de las
cuales no quedó como su amo, sino tan molido y quebrantado que no se podía
tener.
Pero don Quijote, que, como se ha dicho, se sintió aliviado y sano, quiso
partirse luego a buscar aventuras, pareciéndole que todo el tiempo que allí
se tardaba era quitársele al mundo y a los en él menesterosos de su favor y
amparo; y más con la seguridad y confianza que llevaba en su bálsamo. Y
así, forzado deste deseo, él mismo ensilló a Rocinante y enalbardó al
jumento de su escudero, a quien también ayudó a vestir y a subir en el
asno. Púsose luego a caballo, y, llegándose a un rincón de la venta, asió
de un lanzón que allí estaba, para que le sirviese de lanza.
Estábanle mirando todos cuantos había en la venta, que pasaban de más de
veinte personas; mirábale también la hija del ventero, y él también no
quitaba los ojos della, y de cuando en cuando arrojaba un sospiro que
parecía que le arrancaba de lo profundo de sus entrañas, y todos pensaban
que debía de ser del dolor que sentía en las costillas; a lo menos,
pensábanlo aquellos que la noche antes le habían visto bizmar.
Ya que estuvieron los dos a caballo, puesto a la puerta de la venta, llamó
al ventero, y con voz muy reposada y grave le dijo:
-Muchas y muy grandes son las mercedes, señor alcaide, que en este vuestro
castillo he recebido, y quedo obligadísimo a agradecéroslas todos los días
de mi vida. Si os las puedo pagar en haceros vengado de algún soberbio que
os haya fecho algún agravio, sabed que mi oficio no es otro sino valer a
los que poco pueden, y vengar a los que reciben tuertos, y castigar
alevosías. Recorred vuestra memoria, y si halláis alguna cosa deste jaez
que encomendarme, no hay sino decilla; que yo os prometo, por la orden de
caballero que recebí, de faceros satisfecho y pagado a toda vuestra
voluntad.
El ventero le respondió con el mesmo sosiego:
-Señor caballero, yo no tengo necesidad de que vuestra merced me vengue
ningún agravio, porque yo sé tomar la venganza que me parece, cuando se me
hacen. Sólo he menester que vuestra merced me pague el gasto que esta noche
ha hecho en la venta, así de la paja y cebada de sus dos bestias, como de
la cena y camas.
-Luego, ¿venta es ésta? -replicó don Quijote.
-Y muy honrada -respondió el ventero.
-Engañado he vivido hasta aquí -respondió don Quijote-, que en verdad que
pensé que era castillo, y no malo; pero, pues es ansí que no es castillo
sino venta, lo que se podrá hacer por agora es que perdonéis por la paga,
que yo no puedo contravenir a la orden de los caballeros andantes, de los
cuales sé cierto, sin que hasta ahora haya leído cosa en contrario, que
jamás pagaron posada ni otra cosa en venta donde estuviesen, porque se les
debe de fuero y de derecho cualquier buen acogimiento que se les hiciere,
en pago del insufrible trabajo que padecen buscando las aventuras de noche
y de día, en invierno y en verano, a pie y a caballo, con sed y con hambre,
con calor y con frío, sujetos a todas las inclemencias del cielo y a todos
los incómodos de la tierra.
-Poco tengo yo que ver en eso -respondió el ventero-; págueseme lo que se
me debe, y dejémonos de cuentos ni de caballerías, que yo no tengo cuenta
con otra cosa que con cobrar mi hacienda.
-Vos sois un sandio y mal hostalero -respondió don Quijote.
Y, poniendo piernas al Rocinante y terciando su lanzón, se salió de la
venta sin que nadie le detuviese, y él, sin mirar si le seguía su escudero,
se alongó un buen trecho.
El ventero, que le vio ir y que no le pagaba, acudió a cobrar de Sancho
Panza, el cual dijo que, pues su señor no había querido pagar, que tampoco
él pagaría; porque, siendo él escudero de caballero andante, como era, la
mesma regla y razón corría por él como por su amo en no pagar cosa alguna
en los mesones y ventas. Amohinóse mucho desto el ventero, y amenazóle que
si no le pagaba, que lo cobraría de modo que le pesase. A lo cual Sancho
respondió que, por la ley de caballería que su amo había recebido, no
pagaría un solo cornado, aunque le costase la vida; porque no había de
perder por él la buena y antigua usanza de los caballeros andantes, ni se
habían de quejar dél los escuderos de los tales que estaban por venir al
mundo, reprochándole el quebrantamiento de tan justo fuero.
Quiso la mala suerte del desdichado Sancho que, entre la gente que estaba
en la venta, se hallasen cuatro perailes de Segovia, tres agujeros del
Potro de Córdoba y dos vecinos de la Heria de Sevilla, gente alegre, bien
intencionada, maleante y juguetona, los cuales, casi como instigados y
movidos de un mesmo espíritu, se llegaron a Sancho, y, apeándole del asno,
uno dellos entró por la manta de la cama del huésped, y, echándole en ella,
alzaron los ojos y vieron que el techo era algo más bajo de lo que habían
menester para su obra, y determinaron salirse al corral, que tenía por
límite el cielo. Y allí, puesto Sancho en mitad de la manta, comenzaron a
levantarle en alto y a holgarse con él como con perro por carnestolendas.
Las voces que el mísero manteado daba fueron tantas, que llegaron a los
oídos de su amo; el cual, determinándose a escuchar atentamente, creyó que
alguna nueva aventura le venía, hasta que claramente conoció que el que
gritaba era su escudero; y, volviendo las riendas, con un penado galope
llegó a la venta, y, hallándola cerrada, la rodeó por ver si hallaba por
donde entrar; pero no hubo llegado a las paredes del corral, que no eran
muy altas, cuando vio el mal juego que se le hacía a su escudero. Viole
bajar y subir por el aire, con tanta gracia y presteza que, si la cólera le
dejara, tengo para mí que se riera. Probó a subir desde el caballo a las
bardas, pero estaba tan molido y quebrantado que aun apearse no pudo; y
así, desde encima del caballo, comenzó a decir tantos denuestos y baldones
a los que a Sancho manteaban, que no es posible acertar a escribillos; mas
no por esto cesaban ellos de su risa y de su obra, ni el volador Sancho
dejaba sus quejas, mezcladas ya con amenazas, ya con ruegos; mas todo
aprovechaba poco, ni aprovechó, hasta que de puro cansados le dejaron.
Trujéronle allí su asno, y, subiéndole encima, le arroparon con su gabán. Y
la compasiva de Maritornes, viéndole tan fatigado, le pareció ser bien
socorrelle con un jarro de agua, y así, se le trujo del pozo, por ser más
frío. Tomóle Sancho, y llevándole a la boca, se paró a las voces que su amo
le daba, diciendo:
-¡Hijo Sancho, no bebas agua! ¡Hijo, no la bebas, que te matará! ¿Ves? Aquí
tengo el santísimo bálsamo -y enseñábale la alcuza del brebaje-, que con
dos gotas que dél bebas sanarás sin duda.
A estas voces volvió Sancho los ojos, como de través, y dijo con otras
mayores:
-¿Por dicha hásele olvidado a vuestra merced como yo no soy caballero, o
quiere que acabe de vomitar las entrañas que me quedaron de anoche?
Guárdese su licor con todos los diablos y déjeme a mí.
Y el acabar de decir esto y el comenzar a beber todo fue uno; mas, como al
primer trago vio que era agua, no quiso pasar adelante, y rogó a Maritornes
que se le trujese de vino, y así lo hizo ella de muy buena voluntad, y lo
pagó de su mesmo dinero; porque, en efecto, se dice della que, aunque
estaba en aquel trato, tenía unas sombras y lejos de cristiana.
Así como bebió Sancho, dio de los carcaños a su asno, y, abriéndole la
puerta de la venta de par en par, se salió della, muy contento de no haber
pagado nada y de haber salido con su intención, aunque había sido a costa
de sus acostumbrados fiadores, que eran sus espaldas. Verdad es que el
ventero se quedó con sus alforjas en pago de lo que se le debía; mas Sancho
no las echó menos, según salió turbado. Quiso el ventero atrancar bien la
puerta así como le vio fuera, mas no lo consintieron los manteadores, que
eran gente que, aunque don Quijote fuera verdaderamente de los caballeros
andantes de la Tabla Redonda, no le estimaran en dos ardites.

Capítulo XVIII. Donde se cuentan las razones que pasó Sancho Panza con su
señor Don Quijote, con otras aventuras dignas de ser contadas

Llegó Sancho a su amo marchito y desmayado; tanto, que no podía arrear a su
jumento. Cuando así le vio don Quijote, le dijo:
-Ahora acabo de creer, Sancho bueno, que aquel castillo o venta, de que es
encantado sin duda; porque aquellos que tan atrozmente tomaron pasatiempo
contigo, ¿qué podían ser sino fantasmas y gente del otro mundo? Y confirmo
esto por haber visto que, cuando estaba por las bardas del corral mirando
los actos de tu triste tragedia, no me fue posible subir por ellas, ni
menos pude apearme de Rocinante, porque me debían de tener encantado; que
te juro, por la fe de quien soy, que si pudiera subir o apearme, que yo te
hiciera vengado de manera que aquellos follones y malandrines se acordaran
de la burla para siempre, aunque en ello supiera contravenir a las leyes de
la caballería, que, como ya muchas veces te he dicho, no consienten que
caballero ponga mano contra quien no lo sea, si no fuere en defensa de su
propria vida y persona, en caso de urgente y gran necesidad.
-También me vengara yo si pudiera, fuera o no fuera armado caballero, pero
no pude; aunque tengo para mí que aquellos que se holgaron conmigo no eran
fantasmas ni hombres encantados, como vuestra merced dice, sino hombres de
carne y hueso como nosotros; y todos, según los oí nombrar cuando me
volteaban, tenían sus nombres: que el uno se llamaba Pedro Martínez, y el
otro Tenorio Hernández, y el ventero oí que se llamaba Juan Palomeque el
Zurdo. Así que, señor, el no poder saltar las bardas del corral, ni apearse
del caballo, en ál estuvo que en encantamentos. Y lo que yo saco en limpio
de todo esto es que estas aventuras que andamos buscando, al cabo al cabo,
nos han de traer a tantas desventuras que no sepamos cuál es nuestro pie
derecho. Y lo que sería mejor y más acertado, según mi poco entendimiento,
fuera el volvernos a nuestro lugar, ahora que es tiempo de la siega y de
entender en la hacienda, dejándonos de andar de Ceca en Meca y de zoca en
colodra, como dicen.
-¡Qué poco sabes, Sancho -respondió don Quijote-, de achaque de caballería!
Calla y ten paciencia, que día vendrá donde veas por vista de ojos cuán
honrosa cosa es andar en este ejercicio. Si no, dime: ¿qué mayor contento
puede haber en el mundo, o qué gusto puede igualarse al de vencer una
batalla y al de triunfar de su enemigo? Ninguno, sin duda alguna.
-Así debe de ser -respondió Sancho-, puesto que yo no lo sé; sólo sé que,
después que somos caballeros andantes, o vuestra merced lo es (que yo no
hay para qué me cuente en tan honroso número), jamás hemos vencido batalla
alguna, si no fue la del vizcaíno, y aun de aquélla salió vuestra merced
con media oreja y media celada menos; que, después acá, todo ha sido palos
y más palos, puñadas y más puñadas, llevando yo de ventaja el manteamiento
y haberme sucedido por personas encantadas, de quien no puedo vengarme,
para saber hasta dónde llega el gusto del vencimiento del enemigo, como
vuestra merced dice.
-Ésa es la pena que yo tengo y la que tú debes tener, Sancho -respondió don
Quijote-; pero, de aquí adelante, yo procuraré haber a las manos alguna
espada hecha por tal maestría, que al que la trujere consigo no le puedan
hacer ningún género de encantamentos; y aun podría ser que me deparase la
ventura aquella de Amadís, cuando se llamaba el Caballero de la Ardiente
Espada, que fue una de las mejores espadas que tuvo caballero en el mundo,
porque, fuera que tenía la virtud dicha, cortaba como una navaja, y no
había armadura, por fuerte y encantada que fuese, que se le parase delante.
-Yo soy tan venturoso -dijo Sancho- que, cuando eso fuese y vuestra merced
viniese a hallar espada semejante, sólo vendría a servir y aprovechar a los
armados caballeros, como el bálsamo; y los escuderos, que se los papen
duelos.
-No temas eso, Sancho -dijo don Quijote-, que mejor lo hará el cielo
contigo.
Es estos coloquios iban don Quijote y su escudero, cuando vio don Quijote
que por el camino que iban venía hacia ellos una grande y espesa polvareda;
y, en viéndola, se volvió a Sancho y le dijo:
-Éste es el día, ¡oh Sancho!, en el cual se ha de ver el bien que me tiene
guardado mi suerte; éste es el día, digo, en que se ha de mostrar, tanto
como en otro alguno, el valor de mi brazo, y en el que tengo de hacer obras
que queden escritas en el libro de la Fama por todos los venideros siglos.
¿Ves aquella polvareda que allí se levanta, Sancho? Pues toda es cuajada de
un copiosísimo ejército que de diversas e innumerables gentes por allí
viene marchando.
-A esa cuenta, dos deben de ser -dijo Sancho-, porque desta parte contraria
se levanta asimesmo otra semejante polvareda.
Volvió a mirarlo don Quijote, y vio que así era la verdad; y, alegrándose
sobremanera, pensó, sin duda alguna, que eran dos ejércitos que venían a
embestirse y a encontrarse en mitad de aquella espaciosa llanura; porque
tenía a todas horas y momentos llena la fantasía de aquellas batallas,
encantamentos, sucesos, desatinos, amores, desafíos, que en los libros de
caballerías se cuentan, y todo cuanto hablaba, pensaba o hacía era
encaminado a cosas semejantes. Y la polvareda que había visto la levantaban
dos grandes manadas de ovejas y carneros que, por aquel mesmo camino, de
dos diferentes partes venían, las cuales, con el polvo, no se echaron de
ver hasta que llegaron cerca. Y con tanto ahínco afirmaba don Quijote que
eran ejércitos, que Sancho lo vino a creer y a decirle:
-Señor, ¿pues qué hemos de hacer nosotros?
-¿Qué? -dijo don Quijote-: favorecer y ayudar a los menesterosos y
desvalidos. Y has de saber, Sancho, que este que viene por nuestra frente
le conduce y guía el grande emperador Alifanfarón, señor de la grande isla
Trapobana; este otro que a mis espaldas marcha es el de su enemigo, el rey
de los garamantas, Pentapolén del Arremangado Brazo, porque siempre entra
en las batallas con el brazo derecho desnudo.
-Pues, ¿por qué se quieren tan mal estos dos señores? -preguntó Sancho.
-Quierénse mal -respondió don Quijote- porque este Alefanfarón es un
foribundo pagano y está enamorado de la hija de Pentapolín, que es una muy
fermosa y además agraciada señora, y es cristiana, y su padre no se la
quiere entregar al rey pagano si no deja primero la ley de su falso profeta
Mahoma y se vuelve a la suya.
-¡Para mis barbas -dijo Sancho-, si no hace muy bien Pentapolín, y que le
tengo de ayudar en cuanto pudiere!
-En eso harás lo que debes, Sancho -dijo don Quijote-, porque, para entrar
en batallas semejantes, no se requiere ser armado caballero.
-Bien se me alcanza eso -respondió Sancho-, pero, ¿dónde pondremos a este
asno que estemos ciertos de hallarle después de pasada la refriega? Porque
el entrar en ella en semejante caballería no creo que está en uso hasta
agora.
-Así es verdad -dijo don Quijote-. Lo que puedes hacer dél es dejarle a sus
aventuras, ora se pierda o no, porque serán tantos los caballos que
tendremos, después que salgamos vencedores, que aun corre peligro Rocinante
no le trueque por otro. Pero estáme atento y mira, que te quiero dar cuenta
de los caballeros más principales que en estos dos ejércitos vienen. Y,
para que mejor los veas y notes, retirémonos a aquel altillo que allí se
hace, de donde se deben de descubrir los dos ejércitos.
Hiciéronlo ansí, y pusierónse sobre una loma, desde la cual se vieran bien
las dos manadas que a don Quijote se le hicieron ejército, si las nubes del
polvo que levantaban no les turbara y cegara la vista; pero, con todo esto,
viendo en su imaginación lo que no veía ni había, con voz levantada comenzó
a decir:
-Aquel caballero que allí ves de las armas jaldes, que trae en el escudo un
león coronado, rendido a los pies de una doncella, es el valeroso
Laurcalco, señor de la Puente de Plata; el otro de las armas de las flores
de oro, que trae en el escudo tres coronas de plata en campo azul, es el
temido Micocolembo, gran duque de Quirocia; el otro de los miembros
giganteos, que está a su derecha mano, es el nunca medroso Brandabarbarán
de Boliche, señor de las tres Arabias, que viene armado de aquel cuero de
serpiente, y tiene por escudo una puerta que, según es fama, es una de las
del templo que derribó Sansón, cuando con su muerte se vengó de sus
enemigos. Pero vuelve los ojos a estotra parte y verás delante y en la
frente destotro ejército al siempre vencedor y jamás vencido Timonel de
Carcajona, príncipe de la Nueva Vizcaya, que viene armado con las armas
partidas a cuarteles, azules, verdes, blancas y amarillas, y trae en el
escudo un gato de oro en campo leonado, con una letra que dice: Miau, que
es el principio del nombre de su dama, que, según se dice, es la sin par
Miulina, hija del duque Alfeñiquén del Algarbe; el otro, que carga y oprime
los lomos de aquella poderosa alfana, que trae las armas como nieve blancas
y el escudo blanco y sin empresa alguna, es un caballero novel, de nación
francés, llamado Pierres Papín, señor de las baronías de Utrique; el otro,
que bate las ijadas con los herrados carcaños a aquella pintada y ligera
cebra, y trae las armas de los veros azules, es el poderoso duque de
Nerbia, Espartafilardo del Bosque, que trae por empresa en el escudo una
esparraguera, con una letra en castellano que dice así: Rastrea mi suerte.
Y desta manera fue nombrando muchos caballeros del uno y del otro
escuadrón, que él se imaginaba, y a todos les dio sus armas, colores,
empresas y motes de improviso, llevado de la imaginación de su nunca vista
locura; y, sin parar, prosiguió diciendo:
-A este escuadrón frontero forman y hacen gentes de diversas naciones: aquí
están los que bebían las dulces aguas del famoso Janto; los montuosos que
pisan los masílicos campos; los que criban el finísimo y menudo oro en la
felice Arabia; los que gozan las famosas y frescas riberas del claro
Termodonte; los que sangran por muchas y diversas vías al dorado Pactolo;
los númidas, dudosos en sus promesas; los persas, arcos y flechas famosos;
los partos, los medos, que pelean huyendo; los árabes, de mudables casas;
los citas, tan crueles como blancos; los etiopes, de horadados labios, y
otras infinitas naciones, cuyos rostros conozco y veo, aunque de los
nombres no me acuerdo. En estotro escuadrón vienen los que beben las
corrientes cristalinas del olivífero Betis; los que tersan y pulen sus
rostros con el licor del siempre rico y dorado Tajo; los que gozan las
provechosas aguas del divino Genil; los que pisan los tartesios campos, de
pastos abundantes; los que se alegran en los elíseos jerezanos prados; los
manchegos, ricos y coronados de rubias espigas; los de hierro vestidos,
reliquias antiguas de la sangre goda; los que en Pisuerga se bañan, famoso
por la mansedumbre de su corriente; los que su ganado apacientan en las
estendidas dehesas del tortuoso Guadiana, celebrado por su escondido curso;
los que tiemblan con el frío del silvoso Pirineo y con los blancos copos
del levantado Apenino; finalmente, cuantos toda la Europa en sí contiene y
encierra.
¡Válame Dios, y cuántas provincias dijo, cuántas naciones nombró, dándole a
cada una, con maravillosa presteza, los atributos que le pertenecían, todo
absorto y empapado en lo que había leído en sus libros mentirosos!
Estaba Sancho Panza colgado de sus palabras, sin hablar ninguna, y, de
cuando en cuando, volvía la cabeza a ver si veía los caballeros y gigantes
que su amo nombraba; y, como no descubría a ninguno, le dijo:
-Señor, encomiendo al diablo hombre, ni gigante, ni caballero de cuantos
vuestra merced dice parece por todo esto; a lo menos, yo no los veo; quizá
todo debe ser encantamento, como las fantasmas de anoche.
-¿Cómo dices eso? -respondió don Quijote-. ¿No oyes el relinchar de los
caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los atambores?
-No oigo otra cosa -respondió Sancho- sino muchos balidos de ovejas y
carneros.
Y así era la verdad, porque ya llegaban cerca los dos rebaños.
-El miedo que tienes -dijo don Quijote- te hace, Sancho, que ni veas ni
oyas a derechas; porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos
y hacer que las cosas no parezcan lo que son; y si es que tanto temes,
retírate a una parte y déjame solo, que solo basto a dar la victoria a la
parte a quien yo diere mi ayuda.
Y, diciendo esto, puso las espuelas a Rocinante, y, puesta la lanza en el
ristre, bajó de la costezuela como un rayo. Diole voces Sancho, diciéndole:
-¡Vuélvase vuestra merced, señor don Quijote, que voto a Dios que son
carneros y ovejas las que va a embestir! ¡Vuélvase, desdichado del padre
que me engendró! ¿Qué locura es ésta? Mire que no hay gigante ni caballero
alguno, ni gatos, ni armas, ni escudos partidos ni enteros, ni veros azules
ni endiablados. ¿Qué es lo que hace? ¡Pecador soy yo a Dios!
Ni por ésas volvió don Quijote; antes, en altas voces, iba diciendo:
-¡Ea, caballeros, los que seguís y militáis debajo de las banderas del
valeroso emperador Pentapolín del Arremangado Brazo, seguidme todos: veréis
cuán fácilmente le doy venganza de su enemigo Alefanfarón de la Trapobana!
Esto diciendo, se entró por medio del escuadrón de las ovejas, y comenzó de
alanceallas con tanto coraje y denuedo como si de veras alanceara a sus
mortales enemigos. Los pastores y ganaderos que con la manada venían
dábanle voces que no hiciese aquello; pero, viendo que no aprovechaban,
desciñéronse las hondas y comenzaron a saludalle los oídos con piedras como
el puño. Don Quijote no se curaba de las piedras; antes, discurriendo a
todas partes, decía:
-¿Adónde estás, soberbio Alifanfuón? Vente a mí; que un caballero solo soy,
que desea, de solo a solo, probar tus fuerzas y quitarte la vida, en pena
de la que das al valeroso Pentapolín Garamanta.
Llegó en esto una peladilla de arroyo, y, dándole en un lado, le sepultó
dos costillas en el cuerpo. Viéndose tan maltrecho, creyó sin duda que
estaba muerto o malferido, y, acordándose de su licor, sacó su alcuza y
púsosela a la boca, y comenzó a echar licor en el estómago; mas, antes que
acabase de envasar lo que a él le parecía que era bastante, llegó otra
almendra y diole en la mano y en el alcuza tan de lleno que se la hizo
pedazos, llevándole de camino tres o cuatro dientes y muelas de la boca, y
machucándole malamente dos dedos de la mano.
Tal fue el golpe primero, y tal el segundo, que le fue forzoso al pobre
caballero dar consigo del caballo abajo. Llegáronse a él los pastores y
creyeron que le habían muerto; y así, con mucha priesa, recogieron su
ganado, y cargaron de las reses muertas, que pasaban de siete, y, sin
averiguar otra cosa, se fueron.
Estábase todo este tiempo Sancho sobre la cuesta, mirando las locuras que
su amo hacía, y arrancábase las barbas, maldiciendo la hora y el punto en
que la fortuna se le había dado a conocer. Viéndole, pues, caído en el
suelo, y que ya los pastores se habían ido, bajó de la cuesta y llegóse a
él, y hallóle de muy mal arte, aunque no había perdido el sentido, y
díjole:
-¿No le decía yo, señor don Quijote, que se volviese, que los que iba a
acometer no eran ejércitos, sino manadas de carneros?
-Como eso puede desparecer y contrahacer aquel ladrón del sabio mi enemigo.
Sábete, Sancho, que es muy fácil cosa a los tales hacernos parecer lo que
quieren, y este maligno que me persigue, envidioso de la gloria que vio que
yo había de alcanzar desta batalla, ha vuelto los escuadrones de enemigos
en manadas de ovejas. Si no, haz una cosa, Sancho, por mi vida, porque te
desengañes y veas ser verdad lo que te digo: sube en tu asno y síguelos
bonitamente, y verás cómo, en alejándose de aquí algún poco, se vuelven en
su ser primero, y, dejando de ser carneros, son hombres hechos y derechos,
como yo te los pinté primero... Pero no vayas agora, que he menester tu
favor y ayuda; llégate a mí y mira cuántas muelas y dientes me faltan, que
me parece que no me ha quedado ninguno en la boca.
Llegóse Sancho tan cerca que casi le metía los ojos en la boca, y fue a
tiempo que ya había obrado el bálsamo en el estómago de don Quijote; y, al
tiempo que Sancho llegó a mirarle la boca, arrojó de sí, más recio que una
escopeta, cuanto dentro tenía, y dio con todo ello en las barbas del
compasivo escudero.
-¡Santa María! -dijo Sancho-, ¿y qué es esto que me ha sucedido? Sin duda,
este pecador está herido de muerte, pues vomita sangre por la boca.
Pero, reparando un poco más en ello, echó de ver en la color, sabor y olor,
que no era sangre, sino el bálsamo de la alcuza que él le había visto
beber; y fue tanto el asco que tomó que, revolviéndosele el estómago,
vomitó las tripas sobre su mismo señor, y quedaron entrambos como de
perlas. Acudió Sancho a su asno para sacar de las alforjas con qué
limpiarse y con qué curar a su amo; y, como no las halló, estuvo a punto de
perder el juicio. Maldíjose de nuevo, y propuso en su corazón de dejar a su
amo y volverse a su tierra, aunque perdiese el salario de lo servido y las
esperanzas del gobierno de la prometida ínsula.
Levantóse en esto don Quijote, y, puesta la mano izquierda en la boca,
porque no se le acabasen de salir los dientes, asió con la otra las riendas
de Rocinante, que nunca se había movido de junto a su amo -tal era de leal
y bien acondicionado-, y fuese adonde su escudero estaba, de pechos sobre
su asno, con la mano en la mejilla, en guisa de hombre pensativo además. Y,
viéndole don Quijote de aquella manera, con muestras de tanta tristeza, le
dijo:
-Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro.
Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de
serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas; porque no es posible
que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo
durado mucho el mal, el bien está ya cerca. Así que, no debes congojarte
por las desgracias que a mí me suceden, pues a ti no te cabe parte dellas.
-¿Cómo no? -respondió Sancho-. Por ventura, el que ayer mantearon, ¿era
otro que el hijo de mi padre? Y las alforjas que hoy me faltan, con todas
mis alhajas, ¿son de otro que del mismo?
-¿Que te faltan las alforjas, Sancho? -dijo don Quijote.
-Sí que me faltan -respondió Sancho.
-Dese modo, no tenemos qué comer hoy -replicó don Quijote.
-Eso fuera -respondió Sancho- cuando faltaran por estos prados las yerbas
que vuestra merced dice que conoce, con que suelen suplir semejantes faltas
los tan malaventurados andantes caballeros como vuestra merced es.
-Con todo eso -respondió don Quijote-, tomara yo ahora más aína un cuartal
de pan, o una hogaza y dos cabezas de sardinas arenques, que cuantas yerbas
describe Dioscórides, aunque fuera el ilustrado por el doctor Laguna. Mas,
con todo esto, sube en tu jumento, Sancho el bueno, y vente tras mí; que
Dios, que es proveedor de todas las cosas, no nos ha de faltar, y más
andando tan en su servicio como andamos, pues no falta a los mosquitos del
aire, ni a los gusanillos de la tierra, ni a los renacuajos del agua; y es
tan piadoso que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y llueve
sobre los injustos y justos.
-Más bueno era vuestra merced -dijo Sancho- para predicador que para
caballero andante.
-De todo sabían y han de saber los caballeros andantes, Sancho -dijo don
Quijote-, porque caballero andante hubo en los pasados siglos que así se
paraba a hacer un sermón o plática, en mitad de un campo real, como si
fuera graduado por la Universidad de París; de donde se infiere que nunca
la lanza embotó la pluma, ni la pluma la lanza.
-Ahora bien, sea así como vuestra merced dice -respondió Sancho-, vamos
ahora de aquí, y procuremos donde alojar esta noche, y quiera Dios que sea
en parte donde no haya mantas, ni manteadores, ni fantasmas, ni moros
encantados; que si los hay, daré al diablo el hato y el garabato.
-Pídeselo tú a Dios, hijo -dijo don Quijote-, y guía tú por donde
quisieres, que esta vez quiero dejar a tu eleción el alojarnos. Pero dame
acá la mano y atiéntame con el dedo, y mira bien cuántos dientes y muelas
me faltan deste lado derecho de la quijada alta, que allí siento el dolor.
Metió Sancho los dedos, y, estándole tentando, le dijo:
-¿Cuántas muelas solía vuestra merced tener en esta parte?
-Cuatro -respondió don Quijote-, fuera de la cordal, todas enteras y muy
sanas.
-Mire vuestra merced bien lo que dice, señor -respondió Sancho.
-Digo cuatro, si no eran cinco -respondió don Quijote-, porque en toda mi
vida me han sacado diente ni muela de la boca, ni se me ha caído ni comido
de neguijón ni de reuma alguna.
-Pues en esta parte de abajo -dijo Sancho- no tiene vuestra merced más de
dos muelas y media, y en la de arriba, ni media ni ninguna, que toda está
rasa como la palma de la mano.
-¡Sin ventura yo! -dijo don Quijote, oyendo las tristes nuevas que su
escudero le daba-, que más quisiera que me hubieran derribado un brazo,
como no fuera el de la espada; porque te hago saber, Sancho, que la boca
sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un
diente que un diamante. Mas a todo esto estamos sujetos los que profesamos
la estrecha orden de la caballería. Sube, amigo, y guía, que yo te seguiré
al paso que quisieres.
Hízolo así Sancho, y encaminóse hacia donde le pareció que podía hallar
acogimiento, sin salir del camino real, que por allí iba muy seguido.
Yéndose, pues, poco a poco, porque el dolor de las quijadas de don Quijote
no le dejaba sosegar ni atender a darse priesa, quiso Sancho entretenelle y
divertille diciéndole alguna cosa; y, entre otras que le dijo, fue lo que
se dirá en el siguiente capítulo.

Capítulo XIX. De las discretas razones que Sancho pasaba con su amo, y de
la aventura que le sucedió con un cuerpo muerto, con otros acontecimientos
famosos

-Paréceme, señor mío, que todas estas desventuras que estos días nos han
sucedido, sin duda alguna han sido pena del pecado cometido por vuestra
merced contra la orden de su caballería, no habiendo cumplido el juramento
que hizo de no comer pan a manteles ni con la reina folgar, con todo
aquello que a esto se sigue y vuestra merced juró de cumplir, hasta quitar
aquel almete de Malandrino, o como se llama el moro, que no me acuerdo
bien.
-Tienes mucha razón, Sancho -dijo don Quijote-; mas, para decirte verdad,
ello se me había pasado de la memoria; y también puedes tener por cierto
que por la culpa de no habérmelo tú acordado en tiempo te sucedió aquello
de la manta; pero yo haré la enmienda, que modos hay de composición en la
orden de la caballería para todo.
-Pues, ¿juré yo algo, por dicha? -respondió Sancho.
-No importa que no hayas jurado -dijo don Quijote-: basta que yo entiendo
que de participantes no estás muy seguro, y, por sí o por no, no será malo
proveernos de remedio.
-Pues si ello es así -dijo Sancho-, mire vuestra merced no se le torne a
olvidar esto, como lo del juramento; quizá les volverá la gana a las
fantasmas de solazarse otra vez conmigo, y aun con vuestra merced si le ven
tan pertinaz.
En estas y otras pláticas les tomó la noche en mitad del camino, sin tener
ni descubrir donde aquella noche se recogiesen; y lo que no había de bueno
en ello era que perecían de hambre; que, con la falta de las alforjas, les
faltó toda la despensa y matalotaje. Y, para acabar de confirmar esta
desgracia, les sucedió una aventura que, sin artificio alguno,
verdaderamente lo parecía. Y fue que la noche cerró con alguna escuridad;
pero, con todo esto, caminaban, creyendo Sancho que, pues aquel camino era
real, a una o dos leguas, de buena razón, hallaría en él alguna venta.
Yendo, pues, desta manera, la noche escura, el escudero hambriento y el amo
con gana de comer, vieron que por el mesmo camino que iban venían hacia
ellos gran multitud de lumbres, que no parecían sino estrellas que se
movían. Pasmóse Sancho en viéndolas, y don Quijote no las tuvo todas
consigo; tiró el uno del cabestro a su asno, y el otro de las riendas a su
rocino, y estuvieron quedos, mirando atentamente lo que podía ser aquello,
y vieron que las lumbres se iban acercando a ellos, y mientras más se
llegaban, mayores parecían; a cuya vista Sancho comenzó a temblar como un
azogado, y los cabellos de la cabeza se le erizaron a don Quijote; el cual,
animándose un poco, dijo:
-Ésta, sin duda, Sancho, debe de ser grandísima y peligrosísima aventura,
donde será necesario que yo muestre todo mi valor y esfuerzo.
-¡Desdichado de mí! -respondió Sancho-; si acaso esta aventura fuese de
fantasmas, como me lo va pareciendo, ¿adónde habrá costillas que la sufran?
-Por más fantasmas que sean -dijo don Quijote-, no consentiré yo que te
toque en el pelo de la ropa; que si la otra vez se burlaron contigo, fue
porque no pude yo saltar las paredes del corral, pero ahora estamos en
campo raso, donde podré yo como quisiere esgremir mi espada.
-Y si le encantan y entomecen, como la otra vez lo hicieron -dijo Sancho-,
¿qué aprovechará estar en campo abierto o no?
-Con todo eso -replicó don Quijote-, te ruego, Sancho, que tengas buen
ánimo, que la experiencia te dará a entender el que yo tengo.
-Sí tendré, si a Dios place -respondió Sancho.
Y, apartándose los dos a un lado del camino, tornaron a mirar atentamente
lo que aquello de aquellas lumbres que caminaban podía ser; y de allí a muy
poco descubrieron muchos encamisados, cuya temerosa visión de todo punto
remató el ánimo de Sancho Panza, el cual comenzó a dar diente con diente,
como quien tiene frío de cuartana; y creció más el batir y dentellear
cuando distintamente vieron lo que era, porque descubrieron hasta veinte
encamisados, todos a caballo, con sus hachas encendidas en las manos;
detrás de los cuales venía una litera cubierta de luto, a la cual seguían
otros seis de a caballo, enlutados hasta los pies de las mulas; que bien
vieron que no eran caballos en el sosiego con que caminaban. Iban los
encamisados murmurando entre sí, con una voz baja y compasiva. Esta estraña
visión, a tales horas y en tal despoblado, bien bastaba para poner miedo en
el corazón de Sancho, y aun en el de su amo; y así fuera en cuanto a don
Quijote, que ya Sancho había dado al través con todo su esfuerzo. Lo
contrario le avino a su amo, al cual en aquel punto se le representó en su
imaginación al vivo que aquélla era una de las aventuras de sus libros.
Figurósele que la litera eran andas donde debía de ir algún mal ferido o
muerto caballero, cuya venganza a él solo estaba reservada; y, sin hacer
otro discurso, enristró su lanzón, púsose bien en la silla, y con gentil
brío y continente se puso en la mitad del camino por donde los encamisados
forzosamente habían de pasar, y cuando los vio cerca alzó la voz y dijo:
-Deteneos, caballeros, o quienquiera que seáis, y dadme cuenta de quién
sois, de dónde venís, adónde vais, qué es lo que en aquellas andas lleváis;
que, según las muestras, o vosotros habéis fecho, o vos han fecho, algún
desaguisado, y conviene y es menester que yo lo sepa, o bien para
castigaros del mal que fecistes, o bien para vengaros del tuerto que vos
ficieron.
-Vamos de priesa -respondió uno de los encamisados- y está la venta lejos,
y no nos podemos detener a dar tanta cuenta como pedís.
Y, picando la mula, pasó adelante. Sintióse desta respuesta grandemente don
Quijote, y, trabando del freno, dijo:
-Deteneos y sed más bien criado, y dadme cuenta de lo que os he preguntado;
si no, conmigo sois todos en batalla.
Era la mula asombradiza, y al tomarla del freno se espantó de manera que,
alzándose en los pies, dio con su dueño por las ancas en el suelo. Un mozo
que iba a pie, viendo caer al encamisado, comenzó a denostar a don Quijote,
el cual, ya encolerizado, sin esperar más, enristrando su lanzón, arremetió
a uno de los enlutados, y, mal ferido, dio con él en tierra; y,
revolviéndose por los demás, era cosa de ver con la presteza que los
acometía y desbarataba; que no parecía sino que en aquel instante le habían
nacido alas a Rocinante, según andaba de ligero y orgulloso.
Todos los encamisados era gente medrosa y sin armas, y así, con facilidad,
en un momento dejaron la refriega y comenzaron a correr por aquel campo con
las hachas encendidas, que no parecían sino a los de las máscaras que en
noche de regocijo y fiesta corren. Los enlutados, asimesmo, revueltos y
envueltos en sus faldamentos y lobas, no se podían mover; así que, muy a su
salvo, don Quijote los apaleó a todos y les hizo dejar el sitio mal de su
grado, porque todos pensaron que aquél no era hombre, sino diablo del
infierno que les salía a quitar el cuerpo muerto que en la litera llevaban.
Todo lo miraba Sancho, admirado del ardimiento de su señor, y decía entre
sí:
-Sin duda este mi amo es tan valiente y esforzado como él dice.
Estaba una hacha ardiendo en el suelo, junto al primero que derribó la
mula, a cuya luz le pudo ver don Quijote; y, llegándose a él, le puso la
punta del lanzón en el rostro, diciéndole que se rindiese; si no, que le
mataría. A lo cual respondió el caído:
-Harto rendido estoy, pues no me puedo mover, que tengo una pierna
quebrada; suplico a vuestra merced, si es caballero cristiano, que no me
mate; que cometerá un gran sacrilegio, que soy licenciado y tengo las
primeras órdenes.
-Pues, ¿quién diablos os ha traído aquí -dijo don Quijote-, siendo hombre
de Iglesia?
-¿Quién, señor? -replicó el caído-: mi desventura.
-Pues otra mayor os amenaza -dijo don Quijote-, si no me satisfacéis a todo
cuanto primero os pregunté.
-Con facilidad será vuestra merced satisfecho -respondió el licenciado-; y
así, sabrá vuestra merced que, aunque denantes dije que yo era licenciado,
no soy sino bachiller, y llámome Alonso López; soy natural de Alcobendas;
vengo de la ciudad de Baeza con otros once sacerdotes, que son los que
huyeron con las hachas; vamos a la ciudad de Segovia acompañando un cuerpo
muerto, que va en aquella litera, que es de un caballero que murió en
Baeza, donde fue depositado; y ahora, como digo, llevábamos sus huesos a su
sepultura, que está en Segovia, de donde es natural.
-¿Y quién le mató? -preguntó don Quijote.
-Dios, por medio de unas calenturas pestilentes que le dieron -respondió el
bachiller.
-Desa suerte -dijo don Quijote-, quitado me ha Nuestro Señor del trabajo
que había de tomar en vengar su muerte si otro alguno le hubiera muerto;
pero, habiéndole muerto quien le mató, no hay sino callar y encoger los
hombros, porque lo mesmo hiciera si a mí mismo me matara. Y quiero que sepa
vuestra reverencia que yo soy un caballero de la Mancha, llamado don
Quijote, y es mi oficio y ejercicio andar por el mundo enderezando tuertos
y desfaciendo agravios.
-No sé cómo pueda ser eso de enderezar tuertos -dijo el bachiller-, pues a
mí de derecho me habéis vuelto tuerto, dejándome una pierna quebrada, la
cual no se verá derecha en todos los días de su vida; y el agravio que en
mí habéis deshecho ha sido dejarme agraviado de manera que me quedaré
agraviado para siempre; y harta desventura ha sido topar con vos, que vais
buscando aventuras.
-No todas las cosas -respondió don Quijote- suceden de un mismo modo. El
daño estuvo, señor bachiller Alonso López, en venir, como veníades, de
noche, vestidos con aquellas sobrepellices, con las hachas encendidas,
rezando, cubiertos de luto, que propiamente semejábades cosa mala y del
otro mundo; y así, yo no pude dejar de cumplir con mi obligación
acometiéndoos, y os acometiera aunque verdaderamente supiera que érades los
memos satanases del infierno, que por tales os juzgué y tuve siempre.
-Ya que así lo ha querido mi suerte -dijo el bachiller-, suplico a vuestra
merced, señor caballero andante (que tan mala andanza me ha dado), me ayude
a salir de debajo desta mula, que me tiene tomada una pierna entre el
estribo y la silla.
-¡Hablara yo para mañana! -dijo don Quijote-. Y ¿hasta cuándo aguardábades
a decirme vuestro afán?
Dio luego voces a Sancho Panza que viniese; pero él no se curó de venir,
porque andaba ocupado desvalijando una acémila de repuesto que traían
aquellos buenos señores, bien bastecida de cosas de comer. Hizo Sancho
costal de su gabán, y, recogiendo todo lo que pudo y cupo en el talego,
cargó su jumento, y luego acudió a las voces de su amo y ayudó a sacar al
señor bachiller de la opresión de la mula; y, poniéndole encima della, le
dio la hacha, y don Quijote le dijo que siguiese la derrota de sus
compañeros, a quien de su parte pidiese perdón del agravio, que no había
sido en su mano dejar de haberle hecho. Díjole también Sancho:
-Si acaso quisieren saber esos señores quién ha sido el valeroso que tales
los puso, diráles vuestra merced que es el famoso don Quijote de la Mancha,
que por otro nombre se llama el Caballero de la Triste Figura.
Con esto, se fue el bachiller; y don Quijote preguntó a Sancho que qué le
había movido a llamarle el Caballero de la Triste Figura, más entonces que
nunca.
-Yo se lo diré -respondió Sancho-: porque le he estado mirando un rato a la
luz de aquella hacha que lleva aquel malandante, y verdaderamente tiene
vuestra merced la más mala figura, de poco acá, que jamás he visto; y
débelo de haber causado, o ya el cansancio deste combate, o ya la falta de
las muelas y dientes.
-No es eso -respondió don Quijote-, sino que el sabio, a cuyo cargo debe de
estar el escribir la historia de mis hazañas, le habrá parecido que será
bien que yo tome algún nombre apelativo, como lo tomaban todos los
caballeros pasados: cuál se llamaba el de la Ardiente Espada; cuál, el del
Unicornio; aquel, de las Doncellas; aquéste, el del Ave Fénix; el otro, el
Caballero del Grifo; estotro, el de la Muerte; y por estos nombres e
insignias eran conocidos por toda la redondez de la tierra. Y así, digo que
el sabio ya dicho te habrá puesto en la lengua y en el pensamiento ahora
que me llamases el Caballero de la Triste Figura, como pienso llamarme
desde hoy en adelante; y, para que mejor me cuadre tal nombre, determino de
hacer pintar, cuando haya lugar, en mi escudo una muy triste figura.
-No hay para qué gastar tiempo y dineros en hacer esa figura -dijo Sancho-,
sino lo que se ha de hacer es que vuestra merced descubra la suya y dé
rostro a los que le miraren; que, sin más ni más, y sin otra imagen ni
escudo, le llamarán el de la Triste Figura; y créame que le digo verdad,
porque le prometo a vuestra merced, señor, y esto sea dicho en burlas, que
le hace tan mala cara la hambre y la falta de las muelas, que, como ya
tengo dicho, se podrá muy bien escusar la triste pintura.
Rióse don Quijote del donaire de Sancho, pero, con todo, propuso de
llamarse de aquel nombre en pudiendo pintar su escudo, o rodela, como había
imaginado.
En esto volvió el bachiller y le dijo a don Quijote:
-Olvidábaseme de decir que advierta vuestra merced que queda descomulgado
por haber puesto las manos violentamente en cosa sagrada: juxta illud: Si
quis suadente diabolo, etc.
-No entiendo ese latín -respondió don Quijote-, mas yo sé bien que no puse
las manos, sino este lanzón; cuanto más, que yo no pensé que ofendía a
sacerdotes ni a cosas de la Iglesia, a quien respeto y adoro como católico
y fiel cristiano que soy, sino a fantasmas y a vestiglos del otro mundo; y,
cuando eso así fuese, en la memoria tengo lo que le pasó al Cid Ruy Díaz,
cuando quebró la silla del embajador de aquel rey delante de Su Santidad
del Papa, por lo cual lo descomulgó, y anduvo aquel día el buen Rodrigo de
Vivar como muy honrado y valiente caballero.
En oyendo esto el bachiller, se fue, como queda dicho, sin replicarle
palabra. Quisiera don Quijote mirar si el cuerpo que venía en la litera
eran huesos o no, pero no lo consintió Sancho, diciéndole:
-Señor, vuestra merced ha acabado esta peligrosa aventura lo más a su salvo
de todas las que yo he visto; esta gente, aunque vencida y desbaratada,
podría ser que cayese en la cuenta de que los venció sola una persona, y,
corridos y avergonzados desto, volviesen a rehacerse y a buscarnos, y nos
diesen en qué entender. El jumento está como conviene, la montaña cerca, la
hambre carga, no hay que hacer sino retirarnos con gentil compás de pies,
y, como dicen, váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza.
Y, antecogiendo su asno, rogó a su señor que le siguiese; el cual,
pareciéndole que Sancho tenía razón, sin volverle a replicar, le siguió. Y,
a poco trecho que caminaban por entre dos montañuelas, se hallaron en un
espacioso y escondido valle, donde se apearon; y Sancho alivió el jumento,
y, tendidos sobre la verde yerba, con la salsa de su hambre, almorzaron,
comieron, merendaron y cenaron a un mesmo punto, satisfaciendo sus
estómagos con más de una fiambrera que los señores clérigos del difunto
-que pocas veces se dejan mal pasar- en la acémila de su repuesto traían.
Mas sucedióles otra desgracia, que Sancho la tuvo por la peor de todas, y
fue que no tenían vino que beber, ni aun agua que llegar a la boca; y,
acosados de la sed, dijo Sancho, viendo que el prado donde estaban estaba
colmado de verde y menuda yerba, lo que se dirá en el siguiente capítulo.

Capítulo XX. De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro
fue acabada de famoso caballero en el mundo, como la que acabó el valeroso
don Quijote de la Mancha

-No es posible, señor mío, sino que estas yerbas dan testimonio de que por
aquí cerca debe de estar alguna fuente o arroyo que estas yerbas humedece;
y así, será bien que vamos un poco más adelante, que ya toparemos donde
podamos mitigar esta terrible sed que nos fatiga, que, sin duda, causa
mayor pena que la hambre.
Parecióle bien el consejo a don Quijote, y, tomando de la rienda a
Rocinante, y Sancho del cabestro a su asno, después de haber puesto sobre
él los relieves que de la cena quedaron, comenzaron a caminar por el prado
arriba a tiento, porque la escuridad de la noche no les dejaba ver cosa
alguna; mas, no hubieron andado docientos pasos, cuando llegó a sus oídos
un grande ruido de agua, como que de algunos grandes y levantados riscos se
despeñaba. Alegróles el ruido en gran manera, y, parándose a escuchar hacia
qué parte sonaba, oyeron a deshora otro estruendo que les aguó el contento
del agua, especialmente a Sancho, que naturalmente era medroso y de poco
ánimo. Digo que oyeron que daban unos golpes a compás, con un cierto crujir
de hierros y cadenas, que, acompañados del furioso estruendo del agua, que
pusieran pavor a cualquier otro corazón que no fuera el de don Quijote.
Era la noche, como se ha dicho, escura, y ellos acertaron a entrar entre
unos árboles altos, cuyas hojas, movidas del blando viento, hacían un
temeroso y manso ruido; de manera que la soledad, el sitio, la escuridad,
el ruido del agua con el susurro de las hojas, todo causaba horror y
espanto, y más cuando vieron que ni los golpes cesaban, ni el viento
dormía, ni la mañana llegaba; añadiéndose a todo esto el ignorar el lugar
donde se hallaban. Pero don Quijote, acompañado de su intrépido corazón,
saltó sobre Rocinante, y, embrazando su rodela, terció su lanzón y dijo:
-Sancho amigo, has de saber que yo nací, por querer del cielo, en esta
nuestra edad de hierro, para resucitar en ella la de oro, o la dorada, como
suele llamarse. Yo soy aquél para quien están guardados los peligros, las
grandes hazañas, los valerosos hechos. Yo soy, digo otra vez, quien ha de
resucitar los de la Tabla Redonda, los Doce de Francia y los Nueve de la
Fama, y el que ha de poner en olvido los Platires, los Tablantes, Olivantes
y Tirantes, los Febos y Belianises, con toda la caterva de los famosos
caballeros andantes del pasado tiempo, haciendo en este en que me hallo
tales grandezas, estrañezas y fechos de armas, que escurezcan las más
claras que ellos ficieron. Bien notas, escudero fiel y legal, las tinieblas
desta noche, su estraño silencio, el sordo y confuso estruendo destos
árboles, el temeroso ruido de aquella agua en cuya busca venimos, que
parece que se despeña y derrumba desde los altos montes de la luna, y
aquel incesable golpear que nos hiere y lastima los oídos; las cuales
cosas, todas juntas y cada una por sí, son bastantes a infundir miedo,
temor y espanto en el pecho del mesmo Marte, cuanto más en aquel que no
está acostumbrado a semejantes acontecimientos y aventuras. Pues todo esto
que yo te pinto son incentivos y despertadores de mi ánimo, que ya hace que
el corazón me reviente en el pecho, con el deseo que tiene de acometer esta
aventura, por más dificultosa que se muestra. Así que, aprieta un poco las
cinchas a Rocinante y quédate a Dios, y espérame aquí hasta tres días no
más, en los cuales, si no volviere, puedes tú volverte a nuestra aldea, y
desde allí, por hacerme merced y buena obra, irás al Toboso, donde dirás a
la incomparable señora mía Dulcinea que su cautivo caballero murió por
acometer cosas que le hiciesen digno de poder llamarse suyo.
Cuando Sancho oyó las palabras de su amo, comenzó a llorar con la mayor
ternura del mundo y a decille:
-Señor, yo no sé por qué quiere vuestra merced acometer esta tan temerosa
aventura: ahora es de noche, aquí no nos vee nadie, bien podemos torcer el
camino y desviarnos del peligro, aunque no bebamos en tres días; y, pues no
hay quien nos vea, menos habrá quien nos note de cobardes; cuanto más, que
yo he oído predicar al cura de nuestro lugar, que vuestra merced bien
conoce, que quien busca el peligro perece en él; así que, no es bien tentar
a Dios acometiendo tan desaforado hecho, donde no se puede escapar sino por
milagro; y basta los que ha hecho el cielo con vuestra merced en librarle
de ser manteado, como yo lo fui, y en sacarle vencedor, libre y salvo de
entre tantos enemigos como acompañaban al difunto. Y, cuando todo esto no
mueva ni ablande ese duro corazón, muévale el pensar y creer que apenas se
habrá vuestra merced apartado de aquí, cuando yo, de miedo, dé mi ánima a
quien quisiere llevarla. Yo salí de mi tierra y dejé hijos y mujer por
venir a servir a vuestra merced, creyendo valer más y no menos; pero, como
la cudicia rompe el saco, a mí me ha rasgado mis esperanzas, pues cuando
más vivas las tenía de alcanzar aquella negra y malhadada ínsula que tantas
veces vuestra merced me ha prometido, veo que, en pago y trueco della, me
quiere ahora dejar en un lugar tan apartado del trato humano. Por un solo
Dios, señor mío, que non se me faga tal desaguisado; y ya que del todo no
quiera vuestra merced desistir de acometer este fecho, dilátelo, a lo
menos, hasta la mañana; que, a lo que a mí me muestra la ciencia que
aprendí cuando era pastor, no debe de haber desde aquí al alba tres horas,
porque la boca de la Bocina está encima de la cabeza, y hace la media noche
en la línea del brazo izquierdo.
-¿Cómo puedes tú, Sancho -dijo don Quijote-, ver dónde hace esa línea, ni
dónde está esa boca o ese colodrillo que dices, si hace la noche tan escura
que no parece en todo el cielo estrella alguna?
-Así es -dijo Sancho-, pero tiene el miedo muchos ojos y vee las cosas
debajo de tierra, cuanto más encima en el cielo; puesto que, por buen
discurso, bien se puede entender que hay poco de aquí al día.
-Falte lo que faltare -respondió don Quijote-; que no se ha de decir por
mí, ahora ni en ningún tiempo, que lágrimas y ruegos me apartaron de hacer
lo que debía a estilo de caballero; y así, te ruego, Sancho, que calles;
que Dios, que me ha puesto en corazón de acometer ahora esta tan no vista y
tan temerosa aventura, tendrá cuidado de mirar por mi salud y de consolar
tu tristeza. Lo que has de hacer es apretar bien las cinchas a Rocinante y
quedarte aquí, que yo daré la vuelta presto, o vivo o muerto.
Viendo, pues, Sancho la última resolución de su amo y cuán poco valían con
él sus lágrimas, consejos y ruegos, determinó de aprovecharse de su
industria y hacerle esperar hasta el día, si pudiese; y así, cuando
apretaba las cinchas al caballo, bonitamente y sin ser sentido, ató con el
cabestro de su asno ambos pies a Rocinante, de manera que cuando don
Quijote se quiso partir, no pudo, porque el caballo no se podía mover sino
a saltos. Viendo Sancho Panza el buen suceso de su embuste, dijo:
-Ea, señor, que el cielo, conmovido de mis lágrimas y plegarias, ha
ordenado que no se pueda mover Rocinante; y si vos queréis porfiar, y
espolear, y dalle, será enojar a la fortuna y dar coces, como dicen, contra
el aguijón.
Desesperábase con esto don Quijote, y, por más que ponía las piernas al
caballo, menos le podía mover; y, sin caer en la cuenta de la ligadura,
tuvo por bien de sosegarse y esperar, o a que amaneciese, o a que Rocinante
se menease, creyendo, sin duda, que aquello venía de otra parte que de la
industria de Sancho; y así, le dijo:
-Pues así es, Sancho, que Rocinante no puede moverse, yo soy contento de
esperar a que ría el alba, aunque yo llore lo que ella tardare en venir.
-No hay que llorar -respondió Sancho-, que yo entretendré a vuestra merced
contando cuentos desde aquí al día, si ya no es que se quiere apear y
echarse a dormir un poco sobre la verde yerba, a uso de caballeros
andantes, para hallarse más descansado cuando llegue el día y punto de
acometer esta tan desemejable aventura que le espera.
-¿A qué llamas apear o a qué dormir? -dijo don Quijote-. ¿Soy yo, por
ventura, de aquellos caballeros que toman reposo en los peligros? Duerme
tú, que naciste para dormir, o haz lo que quisieres, que yo haré lo que
viere que más viene con mi pretensión.
No se enoje vuestra merced, señor mío -respondió Sancho-, que no lo dije
por tanto.
Y, llegándose a él, puso la una mano en el arzón delantero y la otra en el
otro, de modo que quedó abrazado con el muslo izquierdo de su amo, sin
osarse apartar dél un dedo: tal era el miedo que tenía a los golpes, que
todavía alternativamente sonaban. Díjole don Quijote que contase algún
cuento para entretenerle, como se lo había prometido, a lo que Sancho dijo
que sí hiciera si le dejara el temor de lo que oía.
-Pero, con todo eso, yo me esforzaré a decir una historia que, si la
acierto a contar y no me van a la mano, es la mejor de las historias; y
estéme vuestra merced atento, que ya comienzo. «Érase que se era, el bien
que viniere para todos sea, y el mal, para quien lo fuere a buscar...» Y
advierta vuestra merced, señor mío, que el principio que los antiguos
dieron a sus consejas no fue así comoquiera, que fue una sentencia de Catón
Zonzorino, romano, que dice: "Y el mal, para quien le fuere a buscar", que
viene aquí como anillo al dedo, para que vuestra merced se esté quedo y no
vaya a buscar el mal a ninguna parte, sino que nos volvamos por otro
camino, pues nadie nos fuerza a que sigamos éste, donde tantos miedos nos
sobresaltan.
-Sigue tu cuento, Sancho -dijo don Quijote-, y del camino que hemos de
seguir déjame a mí el cuidado.
-«Digo, pues -prosiguió Sancho-, que en un lugar de Estremadura había un
pastor cabrerizo (quiero decir que guardaba cabras), el cual pastor o
cabrerizo, como digo, de mi cuento, se llamaba Lope Ruiz; y este Lope Ruiz
andaba enamorado de una pastora que se llamaba Torralba, la cual pastora
llamada Torralba era hija de un ganadero rico, y este ganadero rico...»
-Si desa manera cuentas tu cuento, Sancho -dijo don Quijote-, repitiendo
dos veces lo que vas diciendo, no acabarás en dos días; dilo seguidamente y
cuéntalo como hombre de entendimiento, y si no, no digas nada.
-De la misma manera que yo lo cuento -respondió Sancho-, se cuentan en mi
tierra todas las consejas, y yo no sé contarlo de otra, ni es bien que
vuestra merced me pida que haga usos nuevos.
-Di como quisieres -respondió don Quijote-; que, pues la suerte quiere que
no pueda dejar de escucharte, prosigue.
-«Así que, señor mío de mi ánima -prosiguió Sancho-, que, como ya tengo
dicho, este pastor andaba enamorado de Torralba, la pastora, que era una
moza rolliza, zahareña y tiraba algo a hombruna, porque tenía unos pocos de
bigotes, que parece que ahora la veo.»
-Luego, ¿conocístela tú? -dijo don Quijote.
-No la conocí yo -respondió Sancho-, pero quien me contó este cuento me
dijo que era tan cierto y verdadero que podía bien, cuando lo contase a
otro, afirmar y jurar que lo había visto todo. «Así que, yendo días y
viniendo días, el diablo, que no duerme y que todo lo añasca, hizo de
manera que el amor que el pastor tenía a la pastora se volviese en omecillo
y mala voluntad; y la causa fue, según malas lenguas, una cierta cantidad
de celillos que ella le dio, tales que pasaban de la raya y llegaban a lo
vedado; y fue tanto lo que el pastor la aborreció de allí adelante que, por
no verla, se quiso ausentar de aquella tierra e irse donde sus ojos no la
viesen jamás. La Torralba, que se vio desdeñada del Lope, luego le quiso
bien, mas que nunca le había querido.»
-Ésa es natural condición de mujeres -dijo don Quijote-: desdeñar a quien
las quiere y amar a quien las aborrece. Pasa adelante, Sancho.
-«Sucedió -dijo Sancho- que el pastor puso por obra su determinación, y,
antecogiendo sus cabras, se encaminó por los campos de Estremadura, para
pasarse a los reinos de Portugal. La Torralba, que lo supo, se fue tras él,
y seguíale a pie y descalza desde lejos, con un bordón en la mano y con
unas alforjas al cuello, donde llevaba, según es fama, un pedazo de espejo
y otro de un peine, y no sé qué botecillo de mudas para la cara; mas,
llevase lo que llevase, que yo no me quiero meter ahora en averiguallo,
sólo diré que dicen que el pastor llegó con su ganado a pasar el río
Guadiana, y en aquella sazón iba crecido y casi fuera de madre, y por la
parte que llegó no había barca ni barco, ni quien le pasase a él ni a su
ganado de la otra parte, de lo que se congojó mucho, porque veía que la
Torralba venía ya muy cerca y le había de dar mucha pesadumbre con sus
ruegos y lágrimas; mas, tanto anduvo mirando, que vio un pescador que tenía
junto a sí un barco, tan pequeño que solamente podían caber en él una
persona y una cabra; y, con todo esto, le habló y concertó con él que le
pasase a él y a trecientas cabras que llevaba. Entró el pescador en el
barco, y pasó una cabra; volvió, y pasó otra; tornó a volver, y tornó a
pasar otra.» Tenga vuestra merced cuenta en las cabras que el pescador va
pasando, porque si se pierde una de la memoria, se acabará el cuento y no
será posible contar más palabra dél. «Sigo, pues, y digo que el
desembarcadero de la otra parte estaba lleno de cieno y resbaloso, y
tardaba el pescador mucho tiempo en ir y volver. Con todo esto, volvió por
otra cabra, y otra, y otra...»
-Haz cuenta que las pasó todas -dijo don Quijote-: no andes yendo y
viniendo desa manera, que no acabarás de pasarlas en un año.
-¿Cuántas han pasado hasta agora? -dijo Sancho.
-¡Yo qué diablos sé! -respondió don Quijote-.
-He ahí lo que yo dije: que tuviese buena cuenta. Pues, por Dios, que se ha
acabado el cuento, que no hay pasar adelante.
-¿Cómo puede ser eso? -respondió don Quijote-. ¿Tan de esencia de la
historia es saber las cabras que han pasado, por estenso, que si se yerra
una del número no puedes seguir adelante con la historia?
-No señor, en ninguna manera -respondió Sancho-; porque, así como yo
pregunté a vuestra merced que me dijese cuántas cabras habían pasado y me
respondió que no sabía, en aquel mesmo instante se me fue a mí de la
memoria cuanto me quedaba por decir, y a fe que era de mucha virtud y
contento.
-¿De modo -dijo don Quijote- que ya la historia es acabada?
-Tan acabada es como mi madre -dijo Sancho.
-Dígote de verdad -respondió don Quijote- que tú has contado una de las más
nuevas consejas, cuento o historia, que nadie pudo pensar en el mundo; y
que tal modo de contarla ni dejarla, jamás se podrá ver ni habrá visto en
toda la vida, aunque no esperaba yo otra cosa de tu buen discurso; mas no
me maravillo, pues quizá estos golpes, que no cesan, te deben de tener
turbado el entendimiento.
-Todo puede ser -respondió Sancho-, mas yo sé que en lo de mi cuento no hay
más que decir: que allí se acaba do comienza el yerro de la cuenta del
pasaje de las cabras.
-Acabe norabuena donde quisiere -dijo don Quijote-, y veamos si se puede
mover Rocinante.
Tornóle a poner las piernas, y él tornó a dar saltos y a estarse quedo:
tanto estaba de bien atado.
En esto, parece ser, o que el frío de la mañana, que ya venía, o que Sancho
hubiese cenado algunas cosas lenitivas, o que fuese cosa natural -que es lo
que más se debe creer-, a él le vino en voluntad y deseo de hacer lo que
otro no pudiera hacer por él; mas era tanto el miedo que había entrado en
su corazón, que no osaba apartarse un negro de uña de su amo. Pues pensar
de no hacer lo que tenía gana, tampoco era posible; y así, lo que hizo, por
bien de paz, fue soltar la mano derecha, que tenía asida al arzón trasero,
con la cual, bonitamente y sin rumor alguno, se soltó la lazada corrediza
con que los calzones se sostenían, sin ayuda de otra alguna, y, en
quitándosela, dieron luego abajo y se le quedaron como grillos. Tras esto,
alzó la camisa lo mejor que pudo y echó al aire entrambas posaderas, que no
eran muy pequeñas. Hecho esto -que él pensó que era lo más que tenía que
hacer para salir de aquel terrible aprieto y angustia-, le sobrevino otra
mayor, que fue que le pareció que no podía mudarse sin hacer estrépito y
ruido, y comenzó a apretar los dientes y a encoger los hombros, recogiendo
en sí el aliento todo cuanto podía; pero, con todas estas diligencias, fue
tan desdichado que, al cabo al cabo, vino a hacer un poco de ruido, bien
diferente de aquel que a él le ponía tanto miedo. Oyólo don Quijote y dijo:
-¿Qué rumor es ése, Sancho?
-No sé, señor -respondió él-. Alguna cosa nueva debe de ser, que las
aventuras y desventuras nunca comienzan por poco.
Tornó otra vez a probar ventura, y sucedióle tan bien que, sin más ruido ni
alboroto que el pasado, se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le
había dado. Mas, como don Quijote tenía el sentido del olfato tan vivo como
el de los oídos, y Sancho estaba tan junto y cosido con él que casi por
línea recta subían los vapores hacia arriba, no se pudo escusar de que
algunos no llegasen a sus narices; y, apenas hubieron llegado, cuando él
fue al socorro, apretándolas entre los dos dedos; y, con tono algo gangoso,
dijo:
-Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo.
-Sí tengo -respondió Sancho-; mas, ¿en qué lo echa de ver vuestra merced
ahora más que nunca?
-En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar -respondió don Quijote.
-Bien podrá ser -dijo Sancho-, mas yo no tengo la culpa, sino vuestra
merced, que me trae a deshoras y por estos no acostumbrados pasos.
-Retírate tres o cuatro allá, amigo -dijo don Quijote (todo esto sin
quitarse los dedos de las narices)-, y desde aquí adelante ten más cuenta
con tu persona y con lo que debes a la mía; que la mucha conversación que
tengo contigo ha engendrado este menosprecio.
-Apostaré -replicó Sancho- que piensa vuestra merced que yo he hecho de mi
persona alguna cosa que no deba.
-Peor es meneallo, amigo Sancho -respondió don Quijote.
En estos coloquios y otros semejantes pasaron la noche amo y mozo. Mas,
viendo Sancho que a más andar se venía la mañana, con mucho tiento desligó
a Rocinante y se ató los calzones. Como Rocinante se vio libre, aunque él
de suyo no era nada brioso, parece que se resintió, y comenzó a dar
manotadas; porque corvetas -con perdón suyo- no las sabía hacer. Viendo,
pues, don Quijote que ya Rocinante se movía, lo tuvo a buena señal, y creyó
que lo era de que acometiese aquella temerosa aventura.
Acabó en esto de descubrirse el alba y de parecer distintamente las cosas,
y vio don Quijote que estaba entre unos árboles altos, que ellos eran
castaños, que hacen la sombra muy escura. Sintió también que el golpear no
cesaba, pero no vio quién lo podía causar; y así, sin más detenerse, hizo
sentir las espuelas a Rocinante, y, tornando a despedirse de Sancho, le
mandó que allí le aguardase tres días, a lo más largo, como ya otra vez se
lo había dicho; y que, si al cabo dellos no hubiese vuelto, tuviese por
cierto que Dios había sido servido de que en aquella peligrosa aventura se
le acabasen sus días. Tornóle a referir el recado y embajada que había de
llevar de su parte a su señora Dulcinea, y que, en lo que tocaba a la paga
de sus servicios, no tuviese pena, porque él había dejado hecho su
testamento antes que saliera de su lugar, donde se hallaría gratificado de
todo lo tocante a su salario, rata por cantidad, del tiempo que hubiese
servido; pero que si Dios le sacaba de aquel peligro sano y salvo y sin
cautela, se podía tener por muy más que cierta la prometida ínsula.
De nuevo tornó a llorar Sancho, oyendo de nuevo las lastimeras razones de
su buen señor, y determinó de no dejarle hasta el último tránsito y fin de
aquel negocio.
Destas lágrimas y determinación tan honrada de Sancho Panza saca el autor
desta historia que debía de ser bien nacido, y, por lo menos, cristiano
viejo. Cuyo sentimiento enterneció algo a su amo, pero no tanto que
mostrase flaqueza alguna; antes, disimulando lo mejor que pudo, comenzó a
caminar hacia la parte por donde le pareció que el ruido del agua y del
golpear venía.
Seguíale Sancho a pie, llevando, como tenía de costumbre, del cabestro a su
jumento, perpetuo compañero de sus prósperas y adversas fortunas; y,
habiendo andado una buena pieza por entre aquellos castaños y árboles
sombríos, dieron en un pradecillo que al pie de unas altas peñas se hacía,
de las cuales se precipitaba un grandísimo golpe de agua. Al pie de las
peñas, estaban unas casas mal hechas, que más parecían ruinas de edificios
que casas, de entre las cuales advirtieron que salía el ruido y estruendo
de aquel golpear, que aún no cesaba.
Alborotóse Rocinante con el estruendo del agua y de los golpes, y,
sosegándole don Quijote, se fue llegando poco a poco a las casas,
encomendándose de todo corazón a su señora, suplicándole que en aquella
temerosa jornada y empresa le favoreciese, y de camino se encomendaba
también a Dios, que no le olvidase. No se le quitaba Sancho del lado, el
cual alargaba cuanto podía el cuello y la vista por entre las piernas de
Rocinante, por ver si vería ya lo que tan suspenso y medroso le tenía.
Otros cien pasos serían los que anduvieron, cuando, al doblar de una punta,
pareció descubierta y patente la misma causa, sin que pudiese ser otra, de
aquel horrísono y para ellos espantable ruido, que tan suspensos y medrosos
toda la noche los había tenido. Y eran -si no lo has, ¡oh lector!, por
pesadumbre y enojo- seis mazos de batán, que con sus alternativos golpes
aquel estruendo formaban.
Cuando don Quijote vio lo que era, enmudeció y pasmóse de arriba abajo.
Miróle Sancho, y vio que tenía la cabeza inclinada sobre el pecho, con
muestras de estar corrido. Miró también don Quijote a Sancho, y viole que
tenía los carrillos hinchados y la boca llena de risa, con evidentes
señales de querer reventar con ella, y no pudo su melanconía tanto con él
que, a la vista de Sancho, pudiese dejar de reírse; y, como vio Sancho que
su amo había comenzado, soltó la presa de manera que tuvo necesidad de
apretarse las ijadas con los puños, por no reventar riendo. Cuatro veces
sosegó, y otras tantas volvió a su risa con el mismo ímpetu que primero; de
lo cual ya se daba al diablo don Quijote, y más cuando le oyó decir, como
por modo de fisga:
-«Has de saber, ¡oh Sancho amigo!, que yo nací, por querer del cielo, en
esta nuestra edad de hierro, para resucitar en ella la dorada, o de oro. Yo
soy aquél para quien están guardados los peligros, las hazañas grandes, los
valerosos fechos...»
Y por aquí fue repitiendo todas o las más razones que don Quijote dijo la
vez primera que oyeron los temerosos golpes.
Viendo, pues, don Quijote que Sancho hacía burla dél, se corrió y enojó en
tanta manera, que alzó el lanzón y le asentó dos palos, tales que, si, como
los recibió en las espaldas, los recibiera en la cabeza, quedara libre de
pagarle el salario, si no fuera a sus herederos. Viendo Sancho que sacaba
tan malas veras de sus burlas, con temor de que su amo no pasase adelante
en ellas, con mucha humildad le dijo:
-Sosiéguese vuestra merced; que, por Dios, que me burlo.
-Pues, porque os burláis, no me burlo yo -respondió don Quijote-. Venid
acá, señor alegre: ¿paréceos a vos que, si como éstos fueron mazos de
batán, fueran otra peligrosa aventura, no había yo mostrado el ánimo que
convenía para emprendella y acaballa? ¿Estoy yo obligado, a dicha, siendo,
como soy, caballero, a conocer y destinguir los sones y saber cuáles son de
batán o no? Y más, que podría ser, como es verdad, que no los he visto en
mi vida, como vos los habréis visto, como villano ruin que sois, criado y
nacido entre ellos. Si no, haced vos que estos seis mazos se vuelvan en
seis jayanes, y echádmelos a las barbas uno a uno, o todos juntos, y,
cuando yo no diere con todos patas arriba, haced de mí la burla que
quisiéredes.
-No haya más, señor mío -replicó Sancho-, que yo confieso que he andado
algo risueño en demasía. Pero dígame vuestra merced, ahora que estamos en
paz (así Dios le saque de todas las aventuras que le sucedieren tan sano y
salvo como le ha sacado désta), ¿no ha sido cosa de reír, y lo es de
contar, el gran miedo que hemos tenido? A lo menos, el que yo tuve; que de
vuestra merced ya yo sé que no le conoce, ni sabe qué es temor ni espanto.
-No niego yo -respondió don Quijote- que lo que nos ha sucedido no sea cosa
digna de risa, pero no es digna de contarse; que no son todas las personas
tan discretas que sepan poner en su punto las cosas.
-A lo menos -respondió Sancho-, supo vuestra merced poner en su punto el
lanzón, apuntándome a la cabeza, y dándome en las espaldas, gracias a Dios
y a la diligencia que puse en ladearme. Pero vaya, que todo saldrá en la
colada; que yo he oído decir: "Ése te quiere bien, que te hace llorar"; y
más, que suelen los principales señores, tras una mala palabra que dicen a
un criado, darle luego unas calzas; aunque no sé lo que le suelen dar tras
haberle dado de palos, si ya no es que los caballeros andantes dan tras
palos ínsulas o reinos en tierra firme.
-Tal podría correr el dado -dijo don Quijote- que todo lo que dices viniese
a ser verdad; y perdona lo pasado, pues eres discreto y sabes que los
primeros movimientos no son en mano del hombre, y está advertido de aquí
adelante en una cosa, para que te abstengas y reportes en el hablar
demasiado conmigo; que en cuantos libros de caballerías he leído, que son
infinitos, jamás he hallado que ningún escudero hablase tanto con su señor
como tú con el tuyo. Y en verdad que lo tengo a gran falta, tuya y mía:
tuya, en que me estimas en poco; mía, en que no me dejo estimar en más. Sí,
que Gandalín, escudero de Amadís de Gaula, conde fue de la ínsula Firme; y
se lee dél que siempre hablaba a su señor con la gorra en la mano,
inclinada la cabeza y doblado el cuerpo more turquesco. Pues, ¿qué diremos
de Gasabal, escudero de don Galaor, que fue tan callado que, para
declararnos la excelencia de su maravilloso silencio, sola una vez se
nombra su nombre en toda aquella tan grande como verdadera historia? De
todo lo que he dicho has de inferir, Sancho, que es menester hacer
diferencia de amo a mozo, de señor a criado y de caballero a escudero. Así
que, desde hoy en adelante, nos hemos de tratar con más respeto, sin darnos
cordelejo, porque, de cualquiera manera que yo me enoje con vos, ha de ser
mal para el cántaro. Las mercedes y beneficios que yo os he prometido
llegarán a su tiempo; y si no llegaren, el salario, a lo menos, no se ha de
perder, como ya os he dicho.
-Está bien cuanto vuestra merced dice -dijo Sancho-, pero querría yo saber,
por si acaso no llegase el tiempo de las mercedes y fuese necesario acudir
al de los salarios, cuánto ganaba un escudero de un caballero andante en
aquellos tiempos, y si se concertaban por meses, o por días, como peones de
albañir.
-No creo yo -respondió don Quijote- que jamás los tales escuderos
estuvieron a salario, sino a merced. Y si yo ahora te le he señalado a ti
en el testamento cerrado que dejé en mi casa, fue por lo que podía suceder;
que aún no sé cómo prueba en estos tan calamitosos tiempos nuestros la
caballería, y no querría que por pocas cosas penase mi ánima en el otro
mundo. Porque quiero que sepas, Sancho, que en él no hay estado más
peligroso que el de los aventureros.
-Así es verdad -dijo Sancho-, pues sólo el ruido de los mazos de un batán
pudo alborotar y desasosegar el corazón de un tan valeroso andante
aventurero como es vuestra merced. Mas, bien puede estar seguro que, de
aquí adelante, no despliegue mis labios para hacer donaire de las cosas de
vuestra merced, si no fuere para honrarle, como a mi amo y señor natural.
-Desa manera -replicó don Quijote-, vivirás sobre la haz de la tierra;
porque, después de a los padres, a los amos se ha de respetar como si lo
fuesen.

Capítulo XXI. Que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de
Mambrino, con otras cosas sucedidas a nuestro invencible caballero

En esto, comenzó a llover un poco, y quisiera Sancho que se entraran en el
molino de los batanes; mas habíales cobrado tal aborrecimiento don Quijote,
por la pesada burla, que en ninguna manera quiso entrar dentro; y así,
torciendo el camino a la derecha mano, dieron en otro como el que habían
llevado el día de antes.
De allí a poco, descubrió don Quijote un hombre a caballo, que traía en la
cabeza una cosa que relumbraba como si fuera de oro, y aún él apenas le
hubo visto, cuando se volvió a Sancho y le dijo:
-Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son
sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas,
especialmente aquel que dice: "Donde una puerta se cierra, otra se abre".
Dígolo porque si anoche nos cerró la ventura la puerta de la que
buscábamos, engañándonos con los batanes, ahora nos abre de par en par
otra, para otra mejor y más cierta aventura; que si yo no acertare a entrar
por ella, mía será la culpa, sin que la pueda dar a la poca noticia de
batanes ni a la escuridad de la noche. Digo esto porque, si no me engaño,
hacia nosotros viene uno que trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino,
sobre que yo hice el juramento que sabes.
-Mire vuestra merced bien lo que dice, y mejor lo que hace -dijo Sancho-,
que no querría que fuesen otros batanes que nos acabasen de abatanar y
aporrear el sentido.
-¡Válate el diablo por hombre! -replicó don Quijote-. ¿Qué va de yelmo a
batanes?
-No sé nada -respondió Sancho-; mas, a fe que si yo pudiera hablar tanto
como solía, que quizá diera tales razones que vuestra merced viera que se
engañaba en lo que dice.
-¿Cómo me puedo engañar en lo que digo, traidor escrupuloso? -dijo don
Quijote-. Dime, ¿no ves aquel caballero que hacia nosotros viene, sobre un
caballo rucio rodado, que trae puesto en la cabeza un yelmo de oro?
-Lo que yo veo y columbro -respondió Sancho- no es sino un hombre sobre un
asno pardo, como el mío, que trae sobre la cabeza una cosa que relumbra.
-Pues ése es el yelmo de Mambrino -dijo don Quijote-. Apártate a una parte
y déjame con él a solas: verás cuán sin hablar palabra, por ahorrar del
tiempo, concluyo esta aventura y queda por mío el yelmo que tanto he
deseado.
-Yo me tengo en cuidado el apartarme -replicó Sancho-, mas quiera Dios,
torno a decir, que orégano sea, y no batanes.
-Ya os he dicho, hermano, que no me mentéis, ni por pienso, más eso de los
batanes -dijo don Quijote-; que voto..., y no digo más, que os batanee el
alma.
Calló Sancho, con temor que su amo no cumpliese el voto que le había
echado, redondo como una bola.
Es, pues, el caso que el yelmo, y el caballo y caballero que don Quijote
veía, era esto: que en aquel contorno había dos lugares, el uno tan pequeño
que ni tenía botica ni barbero, y el otro, que estaba junto, sí; y
así, el barbero del mayor servía al menor, en el cual tuvo necesidad un
enfermo de sangrarse y otro de hacerse la barba, para lo cual venía el
barbero, y traía una bacía de azófar; y quiso la suerte que, al tiempo que
venía, comenzó a llover, y, porque no se le manchase el sombrero, que debía
de ser nuevo, se puso la bacía sobre la cabeza; y, como estaba limpia,
desde media legua relumbraba. Venía sobre un asno pardo, como Sancho dijo,
y ésta fue la ocasión que a don Quijote le pareció caballo rucio rodado, y
caballero, y yelmo de oro; que todas las cosas que veía, con mucha
facilidad las acomodaba a sus desvariadas caballerías y malandantes
pensamientos. Y cuando él vio que el pobre caballero llegaba cerca, sin
ponerse con él en razones, a todo correr de Rocinante le enristró con el
lanzón bajo, llevando intención de pasarle de parte a parte; mas cuando a
él llegaba, sin detener la furia de su carrera, le dijo:
-¡Defiéndete, cautiva criatura, o entriégame de tu voluntad lo que con
tanta razón se me debe!
El barbero, que, tan sin pensarlo ni temerlo, vio venir aquella fantasma
sobre sí, no tuvo otro remedio, para poder guardarse del golpe de la lanza,
si no fue el dejarse caer del asno abajo; y no hubo tocado al suelo, cuando
se levantó más ligero que un gamo y comenzó a correr por aquel llano, que
no le alcanzara el viento. Dejóse la bacía en el suelo, con la cual se
contentó don Quijote, y dijo que el pagano había andado discreto y que
había imitado al castor, el cual, viéndose acosado de los cazadores, se
taraza y arpa con los dientes aquéllo por lo que él, por distinto natural,
sabe que es perseguido. Mandó a Sancho que alzase el yelmo, el cual,
tomándola en las manos, dijo:
-Por Dios, que la bacía es buena y que vale un real de a ocho como un
maravedí.
Y, dándosela a su amo, se la puso luego en la cabeza, rodeándola a una
parte y a otra, buscándole el encaje; y, como no se le hallaba, dijo:
-Sin duda que el pagano, a cuya medida se forjó primero esta famosa celada,
debía de tener grandísima cabeza, y lo peor dello es que le falta la mitad.
Cuando Sancho oyó llamar a la bacía celada, no pudo tener la risa; mas
vínosele a las mientes la cólera de su amo, y calló en la mitad della.
-¿De qué te ríes, Sancho? -dijo don Quijote.
-Ríome -respondió él- de considerar la gran cabeza que tenía el pagano
dueño deste almete, que no semeja sino una bacía de barbero pintiparada.
-¿Sabes qué imagino, Sancho? Que esta famosa pieza deste encantado yelmo,
por algún estraño acidente, debió de venir a manos de quien no supo conocer
ni estimar su valor, y, sin saber lo que hacía, viéndola de oro purísimo,
debió de fundir la otra mitad para aprovecharse del precio, y de la otra
mitad hizo ésta, que parece bacía de barbero, como tú dices. Pero, sea lo
que fuere; que para mí que la conozco no hace al caso su trasmutación; que
yo la aderezaré en el primer lugar donde haya herrero, y de suerte que no
le haga ventaja, ni aun le llegue, la que hizo y forjó el dios de las
herrerías para el dios de las batallas; y, en este entretanto, la traeré
como pudiere, que más vale algo que no nada; cuanto más, que bien será
bastante para defenderme de alguna pedrada.
-Eso será -dijo Sancho- si no se tira con honda, como se tiraron en la
pelea de los dos ejércitos, cuando le santiguaron a vuestra merced las
muelas y le rompieron el alcuza donde venía aquel benditísimo brebaje que
me hizo vomitar las asaduras.along
-No me da mucha pena el haberle perdido, que ya sabes tú, Sancho -dijo don
Quijote-, que yo tengo la receta en la memoria.
-También la tengo yo -respondió Sancho-, pero si yo le hiciere ni le
probare más en mi vida, aquí sea mi hora. Cuanto más, que no pienso ponerme
en ocasión de haberle menester, porque pienso guardarme con todos mis cinco
sentidos de ser ferido ni de ferir a nadie. De lo del ser otra vez
manteado, no digo nada, que semejantes desgracias mal se pueden prevenir, y
si vienen, no hay que hacer otra cosa sino encoger los hombros, detener el
aliento, cerrar los ojos y dejarse ir por donde la suerte y la manta nos
llevare.
-Mal cristiano eres, Sancho -dijo, oyendo esto, don Quijote-, porque nunca
olvidas la injuria que una vez te han hecho; pues sábete que es de pechos
nobles y generosos no hacer caso de niñerías. ¿Qué pie sacaste cojo, qué
costilla quebrada, qué cabeza rota, para que no se te olvide aquella burla?
Que, bien apurada la cosa, burla fue y pasatiempo; que, a no entenderlo yo
ansí, ya yo hubiera vuelto allá y hubiera hecho en tu venganza más daño que
el que hicieron los griegos por la robada Elena. La cual, si fuera en este
tiempo, o mi Dulcinea fuera en aquél, pudiera estar segura que no tuviera
tanta fama de hermosa como tiene.
Y aquí dio un sospiro, y le puso en las nubes. Y dijo Sancho:
-Pase por burlas, pues la venganza no puede pasar en veras; pero yo sé de
qué calidad fueron las veras y las burlas, y sé también que no se me caerán
de la memoria, como nunca se quitarán de las espaldas. Pero, dejando esto
aparte, dígame vuestra merced qué haremos deste caballo rucio rodado, que
parece asno pardo, que dejó aquí desamparado aquel Martino que vuestra
merced derribó; que, según él puso los pies en polvorosa y cogió las de
Villadiego, no lleva pergenio de volver por él jamás; y ¡para mis barbas,
si no es bueno el rucio!
-Nunca yo acostumbro -dijo don Quijote- despojar a los que venzo, ni es uso
de caballería quitarles los caballos y dejarlos a pie, si ya no fuese que
el vencedor hubiese perdido en la pendencia el suyo; que, en tal caso,
lícito es tomar el del vencido, como ganado en guerra lícita. Así que,
Sancho, deja ese caballo, o asno, o lo que tú quisieres que sea, que, como
su dueño nos vea alongados de aquí, volverá por él.
-Dios sabe si quisiera llevarle -replicó Sancho-, o, por lo menos, trocalle
con este mío, que no me parece tan bueno. Verdaderamente que son estrechas
las leyes de caballería, pues no se estienden a dejar trocar un asno por
otro; y querría saber si podría trocar los aparejos siquiera.
-En eso no estoy muy cierto -respondió don Quijote-; y, en caso de duda,
hasta estar mejor informado, digo que los trueques, si es que tienes dellos
necesidad estrema.
-Tan estrema es -respondió Sancho- que si fueran para mi misma persona, no
los hubiera menester más.
Y luego, habilitado con aquella licencia, hizo mutatio caparum y puso su
jumento a las mil lindezas, dejándole mejorado en tercio y quinto.
Hecho esto, almorzaron de las sobras del real que del acémila despojaron,
bebieron del agua del arroyo de los batanes, sin volver la cara a mirallos:
tal era el aborrecimiento que les tenían por el miedo en que les habían
puesto.
Cortada, pues, la cólera, y aun la malenconía, subieron a caballo, y, sin
tomar determinado camino, por ser muy de caballeros andantes el no tomar
ninguno cierto, se pusieron a caminar por donde la voluntad de Rocinante
quiso, que se llevaba tras sí la de su amo, y aun la del asno, que siempre
le seguía por dondequiera que guiaba, en buen amor y compañía. Con todo
esto, volvieron al camino real y siguieron por él a la ventura, sin otro
disignio alguno.
Yendo, pues, así caminando, dijo Sancho a su amo:
-Señor, ¿quiere vuestra merced darme licencia que departa un poco con él?
Que, después que me puso aquel áspero mandamiento del silencio, se me han
podrido más de cuatro cosas en el estómago, y una sola que ahora tengo en
el pico de la lengua no querría que se mal lograse.
-Dila -dijo don Quijote-, y sé breve en tus razonamientos, que ninguno hay
gustoso si es largo.
-Digo, pues, señor -respondió Sancho-, que, de algunos días a esta parte,
he considerado cuán poco se gana y granjea de andar buscando estas
aventuras que vuestra merced busca por estos desiertos y encrucijadas de
caminos, donde, ya que se venzan y acaben las más eligrosas, no hay quien
las vea ni sepa; y así, se han de quedar en perpetuo silencio, y en
perjuicio de la intención de vuestra merced y de lo que ellas merecen. Y
así, me parece que sería mejor, salvo el mejor parecer de vuestra merced,
que nos fuésemos a servir a algún emperador, o a otro príncipe grande que
tenga alguna guerra, en cuyo servicio vuestra merced muestre el valor de su
persona, sus grandes fuerzas y mayor entendimiento; que, visto esto del
señor a quien sirviéremos, por fuerza nos ha de remunerar, a cada cual
según sus méritos, y allí no faltará quien ponga en escrito las hazañas de
vuestra merced, para perpetua memoria. De las mías no digo nada, pues no
han de salir de los límites escuderiles; aunque sé decir que, si se usa en
la caballería escribir hazañas de escuderos, que no pienso que se han de
quedar las mías entre renglones.
-No dices mal, Sancho -respondió don Quijote-; mas, antes que se llegue a
ese término, es menester andar por el mundo, como en aprobación, buscando
las aventuras, para que, acabando algunas, se cobre nombre y fama tal que,
cuando se fuere a la corte de algún gran monarca, ya sea el caballero
conocido por sus obras; y que, apenas le hayan visto entrar los muchachos
por la puerta de la ciudad, cuando todos le sigan y rodeen, dando voces,
diciendo: ''Éste es el Caballero del Sol'', o de la Sierpe, o de otra
insignia alguna, debajo de la cual hubiere acabado grandes hazañas. ''Éste
es -dirán- el que venció en singular batalla al gigantazo Brocabruno de la
Gran Fuerza; el que desencantó al Gran Mameluco de Persia del largo
encantamento en que había estado casi novecientos años''. Así que, de mano
en mano, irán pregonando tus hechos, y luego, al alboroto de los muchachos
y de la demás gente, se parará a las fenestras de su real palacio el rey de
aquel reino, y así como vea al caballero, conociéndole por las armas o por
la empresa del escudo, forzosamente ha de decir: ''¡Ea, sus! ¡Salgan mis
caballeros, cuantos en mi corte están, a recebir a la flor de la
caballería, que allí viene!'' A cuyo mandamiento saldrán todos, y él
llegará hasta la mitad de la escalera, y le abrazará estrechísimamente, y
le dará paz besándole en el rostro; y luego le llevará por la mano al
aposento de la señora reina, adonde el caballero la hallará con la infanta,
su hija, que ha de ser una de las más fermosas y acabadas doncellas que, en
gran parte de lo descubierto de la tierra, a duras penas se pueda hallar.
Sucederá tras esto, luego en continente, que ella ponga los ojos en el
caballero y él en los della, y cada uno parezca a otro cosa más divina que
humana; y, sin saber cómo ni cómo no, han de quedar presos y enlazados en
la intricable red amorosa, y con gran cuita en sus corazones por no saber
cómo se han de fablar para descubrir sus ansias y sentimientos. Desde allí
le llevarán, sin duda, a algún cuarto del palacio, ricamente aderezado,
donde, habiéndole quitado las armas, le traerán un rico manto de escarlata
con que se cubra; y si bien pareció armado, tan bien y mejor ha de parecer
en farseto. Venida la noche, cenará con el rey, reina e infanta, donde
nunca quitará los ojos della, mirándola a furto de los circustantes, y ella
hará lo mesmo con la mesma sagacidad, porque, como tengo dicho, es muy
discreta doncella. Levantarse han las tablas, y entrará a deshora por la
puerta de la sala un feo y pequeño enano con una fermosa dueña, que, entre
dos gigantes, detrás del enano viene, con cierta aventura, hecha por un
antiquísimo sabio, que el que la acabare será tenido por el mejor caballero
del mundo. Mandará luego el rey que todos los que están presentes la
prueben, y ninguno le dará fin y cima sino el caballero huésped, en mucho
pro de su fama, de lo cual quedará contentísima la infanta, y se tendrá por
contenta y pagada además, por haber puesto y colocado sus pensamientos en
tan alta parte. Y lo bueno es que este rey, o príncipe, o lo que es, tiene
una muy reñida guerra con otro tan poderoso como él, y el caballero huésped
le pide (al cabo de algunos días que ha estado en su corte) licencia para
ir a servirle en aquella guerra dicha. Darásela el rey de muy buen talante,
y el caballero le besará cortésmente las manos por la merced que le face. Y
aquella noche se despedirá de su señora la infanta por las rejas de un
jardín, que cae en el aposento donde ella duerme, por las cuales ya otras
muchas veces la había fablado, siendo medianera y sabidora de todo una
doncella de quien la infanta mucho se fiaba. Sospirará él, desmayaráse
ella, traerá agua la doncella, acuitaráse mucho porque viene la mañana, y
no querría que fuesen descubiertos, por la honra de su señora. Finalmente,
la infanta volverá en sí y dará sus blancas manos por la reja al caballero,
el cual se las besará mil y mil veces y se las bañará en lágrimas. Quedará
concertado entre los dos del modo que se han de hacer saber sus buenos o
malos sucesos, y rogarále la princesa que se detenga lo menos que pudiere;
prometérselo ha él con muchos juramentos; tórnale a besar las manos, y
despídese con tanto sentimiento que estará poco por acabar la vida. Vase
desde allí a su aposento, échase sobre su lecho, no puede dormir del dolor
de la partida, madruga muy de mañana, vase a despedir del rey y de la reina
y de la infanta; dícenle, habiéndose despedido de los dos, que la señora
infanta está mal dispuesta y que no puede recebir visita; piensa el
caballero que es de pena de su partida, traspásasele el corazón, y falta
poco de no dar indicio manifiesto de su pena. Está la doncella medianera
delante, halo de notar todo, váselo a decir a su señora, la cual la recibe
con lágrimas y le dice que una de las mayores penas que tiene es no saber
quién sea su caballero, y si es de linaje de reyes o no; asegúrala la
doncella que no puede caber tanta cortesía, gentileza y valentía como la de
su caballero sino en subjeto real y grave; consuélase con esto la cuitada;
procura consolarse, por no dar mal indicio de sí a sus padres, y, a cabo de
dos días, sale en público. Ya se es ido el caballero: pelea en la guerra,
vence al enemigo del rey, gana muchas ciudades, triunfa de muchas batallas,
vuelve a la corte, ve a su señora por donde suele, conciértase que la pida
a su padre por mujer en pago de sus servicios. No se la quiere dar el rey,
porque no sabe quién es; pero, con todo esto, o robada o de otra cualquier
suerte que sea, la infanta viene a ser su esposa y su padre lo viene a
tener a gran ventura, porque se vino a averiguar que el tal caballero es
hijo de un valeroso rey de no sé qué reino, porque creo que no debe de
estar en el mapa. Muérese el padre, hereda la infanta, queda rey el
caballero en dos palabras. Aquí entra luego el hacer mercedes a su escudero
y a todos aquellos que le ayudaron a subir a tan alto estado: casa a su
escudero con una doncella de la infanta, que será, sin duda, la que fue
tercera en sus amores, que es hija de un duque muy principal.
-Eso pido, y barras derechas -dijo Sancho-; a eso me atengo, porque todo,
al pie de la letra, ha de suceder por vuestra merced, llamándose el
Caballero de la Triste Figura.
-No lo dudes, Sancho -replicó don Quijote-, porque del mesmo y por los
mesmos pasos que esto he contado suben y han subido los caballeros andantes
a ser reyes y emperadores. Sólo falta agora mirar qué rey de los cristianos
o de los paganos tenga guerra y tenga hija hermosa; pero tiempo habrá para
pensar esto, pues, como te tengo dicho, primero se ha de cobrar fama por
otras partes que se acuda a la corte. También me falta otra cosa; que,
puesto caso que se halle rey con guerra y con hija hermosa, y que yo haya
cobrado fama increíble por todo el universo, no sé yo cómo se podía hallar
que yo sea de linaje de reyes, o, por lo menos, primo segundo de emperador;
porque no me querrá el rey dar a su hija por mujer si no está primero muy
enterado en esto, aunque más lo merezcan mis famosos hechos. Así que, por
esta falta, temo perder lo que mi brazo tiene bien merecido. Bien es verdad
que yo soy hijodalgo de solar conocido, de posesión y propriedad y de
devengar quinientos sueldos; y podría ser que el sabio que escribiese mi
historia deslindase de tal manera mi parentela y decendencia, que me
hallase quinto o sesto nieto de rey. Porque te hago saber, Sancho, que hay
dos maneras de linajes en el mundo: unos que traen y derriban su
decendencia de príncipes y monarcas, a quien poco a poco el tiempo ha
deshecho, y han acabado en punta, como pirámide puesta al revés; otros
tuvieron principio de gente baja, y van subiendo de grado en grado, hasta
llegar a ser grandes señores. De manera que está la diferencia en que unos
fueron, que ya no son, y otros son, que ya no fueron; y podría ser yo
déstos que, después de averiguado, hubiese sido mi principio grande y
famoso, con lo cual se debía de contentar el rey, mi suegro, que hubiere de
ser. Y cuando no, la infanta me ha de querer de manera que, a pesar de su
padre, aunque claramente sepa que soy hijo de un azacán, me ha de admitir
por señor y por esposo; y si no, aquí entra el roballa y llevalla donde más
gusto me diere; que el tiempo o la muerte ha de acabar el enojo de sus
padres.
-Ahí entra bien también -dijo Sancho- lo que algunos desalmados dicen: "No
pidas de grado lo que puedes tomar por fuerza"; aunque mejor cuadra decir:
"Más vale salto de mata que ruego de hombres buenos". Dígolo porque si el
señor rey, suegro de vuestra merced, no se quisiere domeñar a entregalle a
mi señora la infanta, no hay sino, como vuestra merced dice, roballa y
trasponella. Pero está el daño que, en tanto que se hagan las paces y se
goce pacíficamente el reino, el pobre escudero se podrá estar a diente en
esto de las mercedes. Si ya no es que la doncella tercera, que ha de ser su
mujer, se sale con la infanta, y él pasa con ella su mala ventura, hasta
que el cielo ordene otra cosa; porque bien podrá, creo yo, desde luego
dársela su señor por ligítima esposa.
-Eso no hay quien la quite -dijo don Quijote.
-Pues, como eso sea -respondió Sancho-, no hay sino encomendarnos a Dios, y
dejar correr la suerte por donde mejor lo encaminare.
-Hágalo Dios -respondió don Quijote- como yo deseo y tú, Sancho, has
menester; y ruin sea quien por ruin se tiene.
-Sea par Dios -dijo Sancho-, que yo cristiano viejo soy, y para ser conde
esto me basta.
-Y aun te sobra -dijo don Quijote-; y cuando no lo fueras, no hacía nada al
caso, porque, siendo yo el rey, bien te puedo dar nobleza, sin que la
compres ni me sirvas con nada. Porque, en haciéndote conde, cátate ahí
caballero, y digan lo que dijeren; que a buena fe que te han de llamar
señoría, mal que les pese.
-Y ¡montas que no sabría yo autorizar el litado! -dijo Sancho.
-Dictado has de decir, que no litado -dijo su amo.
-Sea ansí -respondió Sancho Panza-. Digo que le sabría bien acomodar,
porque, por vida mía, que un tiempo fui muñidor de una cofradía, y que me
asentaba tan bien la ropa de muñidor, que decían todos que tenía presencia
para poder ser prioste de la mesma cofradía. Pues, ¿qué será cuando me
ponga un ropón ducal a cuestas, o me vista de oro y de perlas, a uso de
conde estranjero? Para mí tengo que me han de venir a ver de cien leguas.
-Bien parecerás -dijo don Quijote-, pero será menester que te rapes las
barbas a menudo; que, según las tienes de espesas, aborrascadas y mal
puestas, si no te las rapas a navaja, cada dos días por lo menos, a tiro de
escopeta se echará de ver lo que eres.
-¿Qué hay más -dijo Sancho-, sino tomar un barbero y tenelle asalariado en
casa? Y aun, si fuere menester, le haré que ande tras mí, como caballerizo
de grande.
-Pues, ¿cómo sabes tú -preguntó don Quijote- que los grandes llevan detrás
de sí a sus caballerizos?
-Yo se lo diré -respondió Sancho-: los años pasados estuve un mes en la
corte, y allí vi que, paseándose un señor muy pequeño, que decían que era
muy grande, un hombre le seguía a caballo a todas las vueltas que daba, que
no parecía sino que era su rabo. Pregunté que cómo aquel hombre no se
juntaba con el otro, sino que siempre andaba tras dél. Respondiéronme que
era su caballerizo y que era uso de los grandes llevar tras sí a los tales.
Desde entonces lo sé tan bien que nunca se me ha olvidado.
-Digo que tienes razón -dijo don Quijote-, y que así puedes tú llevar a tu
barbero; que los usos no vinieron todos juntos, ni se inventaron a una, y
puedes ser tú el primero conde que lleve tras sí su barbero; y aun es de
más confianza el hacer la barba que ensillar un caballo.
-Quédese eso del barbero a mi cargo -dijo Sancho-, y al de vuestra merced
se quede el procurar venir a ser rey y el hacerme conde.
-Así será -respondió don Quijote.
Y, alzando los ojos, vio lo que se dirá en el siguiente capítulo.

Capítulo XXII. De la libertad que dio don Quijote a muchos desdichados que,
mal de su grado, los llevaban donde no quisieran ir

Cuenta Cide Hamete Benengeli, autor arábigo y manchego, en esta gravísima,
altisonante, mínima, dulce e imaginada historia que, después que entre el
famoso don Quijote de la Mancha y Sancho Panza, su escudero, pasaron
aquellas razones que en el fin del capítulo veinte y uno quedan referidas,
que don Quijote alzó los ojos y vio que por el camino que llevaba venían
hasta doce hombres a pie, ensartados, como cuentas, en una gran cadena de
hierro por los cuellos, y todos con esposas a las manos. Venían ansimismo
con ellos dos hombres de a caballo y dos de a pie; los de a caballo, con
escopetas de rueda, y los de a pie, con dardos y espadas; y que así como
Sancho Panza los vido, dijo:
-Ésta es cadena de galeotes, gente forzada del rey, que va a las galeras.
-¿Cómo gente forzada? -preguntó don Quijote-. ¿Es posible que el rey haga
fuerza a ninguna gente?
-No digo eso -respondió Sancho-, sino que es gente que, por sus delitos, va
condenada a servir al rey en las galeras de por fuerza.
-En resolución -replicó don Quijote-, comoquiera que ello sea, esta gente,
aunque los llevan, van de por fuerza, y no de su voluntad.
-Así es -dijo Sancho.
-Pues desa manera -dijo su amo-, aquí encaja la ejecución de mi oficio:
desfacer fuerzas y socorrer y acudir a los miserables.
-Advierta vuestra merced -dijo Sancho- que la justicia, que es el mesmo
rey, no hace fuerza ni agravio a semejante gente, sino que los castiga en
pena de sus delitos.
Llegó, en esto, la cadena de los galeotes, y don Quijote, con muy corteses
razones, pidió a los que iban en su guarda fuesen servidos de informalle y
decille la causa, o causas, por que llevan aquella gente de aquella manera.
Una de las guardas de a caballo respondió que eran galeotes, gente de Su
Majestad que iba a galeras, y que no había más que decir, ni él tenía más
que saber.
-Con todo eso -replicó don Quijote-, querría saber de cada uno dellos en
particular la causa de su desgracia.
Añadió a éstas otras tales y tan comedidas razones, para moverlos a que
dijesen lo que deseaba, que la otra guarda de a caballo le dijo:
-Aunque llevamos aquí el registro y la fe de las sentencias de cada uno
destos malaventurados, no es tiempo éste de detenerles a sacarlas ni a
leellas; vuestra merced llegue y se lo pregunte a ellos mesmos, que ellos
lo dirán si quisieren, que sí querrán, porque es gente que recibe gusto de
hacer y decir bellaquerías.
Con esta licencia, que don Quijote se tomara aunque no se la dieran, se
llegó a la cadena, y al primero le preguntó que por qué pecados iba de tan
mala guisa. Él le respondió que por enamorado iba de aquella manera.
-¿Por eso no más? -replicó don Quijote-. Pues, si por enamorados echan a
galeras, días ha que pudiera yo estar bogando en ellas.
-No son los amores como los que vuestra merced piensa -dijo el galeote-;
que los míos fueron que quise tanto a una canasta de colar, atestada de
ropa blanca, que la abracé conmigo tan fuertemente que, a no quitármela la
justicia por fuerza, aún hasta agora no la hubiera dejado de mi voluntad.
Fue en fragante, no hubo lugar de tormento; concluyóse la causa,
acomodáronme las espaldas con ciento, y por añadidura tres precisos de
gurapas, y acabóse la obra.
-¿Qué son gurapas? -preguntó don Quijote.
-Gurapas son galeras -respondió el galeote.
El cual era un mozo de hasta edad de veinte y cuatro años, y dijo que era
natural de Piedrahíta. Lo mesmo preguntó don Quijote al segundo, el cual no
respondió palabra, según iba de triste y malencónico; mas respondió por él
el primero, y dijo:
-Éste, señor, va por canario; digo, por músico y cantor.
-Pues, ¿cómo -repitió don Quijote-, por músicos y cantores van también a
galeras?
-Sí, señor -respondió el galeote-, que no hay peor cosa que cantar en el
ansia.
-Antes, he yo oído decir -dijo don Quijote- que quien canta sus males
espanta.
-Acá es al revés -dijo el galeote-, que quien canta una vez llora toda la
vida.
-No lo entiendo -dijo don Quijote.
Mas una de las guardas le dijo:
-Señor caballero, cantar en el ansia se dice, entre esta gente non santa,
confesar en el tormento. A este pecador le dieron tormento y confesó su
delito, que era ser cuatrero, que es ser ladrón de bestias, y, por haber
confesado, le condenaron por seis años a galeras, amén de docientos azotes
que ya lleva en las espaldas. Y va siempre pensativo y triste, porque los
demás ladrones que allá quedan y aquí van le maltratan y aniquilan, y
escarnecen y tienen en poco, porque confesó y no tuvo ánimo de decir nones.
Porque dicen ellos que tantas letras tiene un no como un sí, y que harta
ventura tiene un delincuente, que está en su lengua su vida o su muerte, y
no en la de los testigos y probanzas; y para mí tengo que no van muy fuera
de camino.
-Y yo lo entiendo así -respondió don Quijote.
El cual, pasando al tercero, preguntó lo que a los otros; el cual, de
presto y con mucho desenfado, respondió y dijo:
-Yo voy por cinco años a las señoras gurapas por faltarme diez ducados.
-Yo daré veinte de muy buena gana -dijo don Quijote- por libraros desa
pesadumbre.
-Eso me parece -respondió el galeote- como quien tiene dineros en mitad del
golfo y se está muriendo de hambre, sin tener adonde comprar lo que ha
menester. Dígolo porque si a su tiempo tuviera yo esos veinte ducados que
vuestra merced ahora me ofrece, hubiera untado con ellos la péndola del
escribano y avivado el ingenio del procurador, de manera que hoy me viera
en mitad de la plaza de Zocodover, de Toledo, y no en este camino,
atraillado como galgo; pero Dios es grande: paciencia y basta.
Pasó don Quijote al cuarto, que era un hombre de venerable rostro con una
barba blanca que le pasaba del pecho; el cual, oyéndose preguntar la causa
por que allí venía, comenzó a llorar y no respondió palabra; mas el quinto
condenado le sirvió de lengua, y dijo:
-Este hombre honrado va por cuatro años a galeras, habiendo paseado las
acostumbradas vestido en pompa y a caballo.
-Eso es -dijo Sancho Panza-, a lo que a mí me parece, haber salido a la
vergüenza.
-Así es -replicó el galeote-; y la culpa por que le dieron esta pena es por
haber sido corredor de oreja, y aun de todo el cuerpo. En efecto, quiero
decir que este caballero va por alcahuete, y por tener asimesmo sus puntas
y collar de hechicero.
-A no haberle añadido esas puntas y collar -dijo don Quijote-, por
solamente el alcahuete limpio, no merecía él ir a bogar en las galeras,
sino a mandallas y a ser general dellas; porque no es así comoquiera el
oficio de alcahuete, que es oficio de discretos y necesarísimo en la
república bien ordenada, y que no le debía ejercer sino gente muy bien
nacida; y aun había de haber veedor y examinador de los tales, como le hay
de los demás oficios, con número deputado y conocido, como corredores de
lonja; y desta manera se escusarían muchos males que se causan por andar
este oficio y ejercicio entre gente idiota y de poco entendimiento, como
son mujercillas de poco más a menos, pajecillos y truhanes de pocos años y
de poca experiencia, que, a la más necesaria ocasión y cuando es menester
dar una traza que importe, se les yelan las migas entre la boca y la mano y
no saben cuál es su mano derecha. Quisiera pasar adelante y dar las razones
por que convenía hacer elección de los que en la república habían de tener
tan necesario oficio, pero no es el lugar acomodado para ello: algún día lo
diré a quien lo pueda proveer y remediar. Sólo digo ahora que la pena que
me ha causado ver estas blancas canas y este rostro venerable en tanta
fatiga, por alcahuete, me la ha quitado el adjunto de ser hechicero; aunque
bien sé que no hay hechizos en el mundo que puedan mover y forzar la
voluntad, como algunos simples piensan; que es libre nuestro albedrío, y no
hay yerba ni encanto que le fuerce. Lo que suelen hacer algunas mujercillas
simples y algunos embusteros bellacos es algunas misturas y venenos con que
vuelven locos a los hombres, dando a entender que tienen fuerza para hacer
querer bien, siendo, como digo, cosa imposible forzar la voluntad.
-Así es -dijo el buen viejo-, y, en verdad, señor, que en lo de hechicero
que no tuve culpa; en lo de alcahuete, no lo pude negar. Pero nunca pensé
que hacía mal en ello: que toda mi intención era que todo el mundo se
holgase y viviese en paz y quietud, sin pendencias ni penas; pero no me
aprovechó nada este buen deseo para dejar de ir adonde no espero volver,
según me cargan los años y un mal de orina que llevo, que no me deja
reposar un rato.
Y aquí tornó a su llanto, como de primero; y túvole Sancho tanta compasión,
que sacó un real de a cuatro del seno y se le dio de limosna.
Pasó adelante don Quijote, y preguntó a otro su delito, el cual respondió
con no menos, sino con mucha más gallardía que el pasado:
-Yo voy aquí porque me burlé demasiadamente con dos primas hermanas mías, y
con otras dos hermanas que no lo eran mías; finalmente, tanto me burlé con
todas, que resultó de la burla crecer la parentela, tan intricadamente que
no hay diablo que la declare. Probóseme todo, faltó favor, no tuve dineros,
víame a pique de perder los tragaderos, sentenciáronme a galeras por seis
años, consentí: castigo es de mi culpa; mozo soy: dure la vida, que con
ella todo se alcanza. Si vuestra merced, señor caballero, lleva alguna cosa
con que socorrer a estos pobretes, Dios se lo pagará en el cielo, y
nosotros tendremos en la tierra cuidado de rogar a Dios en nuestras
oraciones por la vida y salud de vuestra merced, que sea tan larga y tan
buena como su buena presencia merece.
Éste iba en hábito de estudiante, y dijo una de las guardas que era muy
grande hablador y muy gentil latino.
Tras todos éstos, venía un hombre de muy buen parecer, de edad de treinta
años, sino que al mirar metía el un ojo en el otro un poco. Venía
diferentemente atado que los demás, porque traía una cadena al pie, tan
grande que se la liaba por todo el cuerpo, y dos argollas a la garganta, la
una en la cadena, y la otra de las que llaman guardaamigo o piedeamigo, de
la cual decendían dos hierros que llegaban a la cintura, en los cuales se
asían dos esposas, donde llevaba las manos, cerradas con un grueso candado,
de manera que ni con las manos podía llegar a la boca, ni podía bajar la
cabeza a llegar a las manos. Preguntó don Quijote que cómo iba aquel hombre
con tantas prisiones más que los otros. Respondióle la guarda porque tenía
aquel solo más delitos que todos los otros juntos, y que era tan atrevido y
tan grande bellaco que, aunque le llevaban de aquella manera, no iban
seguros dél, sino que temían que se les había de huir.
-¿Qué delitos puede tener -dijo don Quijote-, si no han merecido más pena
que echalle a las galeras?
-Va por diez años -replicó la guarda-, que es como muerte cevil. No se
quiera saber más, sino que este buen hombre es el famoso Ginés de
Pasamonte, que por otro nombre llaman Ginesillo de Parapilla.
-Señor comisario -dijo entonces el galeote-, váyase poco a poco, y no
andemos ahora a deslindar nombres y sobrenombres. Ginés me llamo y no
Ginesillo, y Pasamonte es mi alcurnia, y no Parapilla, como voacé dice; y
cada uno se dé una vuelta a la redonda, y no hará poco.
-Hable con menos tono -replicó el comisario-, señor ladrón de más de la
marca, si no quiere que le haga callar, mal que le pese.
-Bien parece -respondió el galeote- que va el hombre como Dios es servido,
pero algún día sabrá alguno si me llamo Ginesillo de Parapilla o no.
-Pues, ¿no te llaman ansí, embustero? -dijo la guarda.
-Sí llaman -respondió Ginés-, mas yo haré que no me lo llamen, o me las
pelaría donde yo digo entre mis dientes. Señor caballero, si tiene algo que
darnos, dénoslo ya, y vaya con Dios, que ya enfada con tanto querer saber
vidas ajenas; y si la mía quiere saber, sepa que yo soy Ginés de Pasamonte,
cuya vida está escrita por estos pulgares.
-Dice verdad -dijo el comisario-: que él mesmo ha escrito su historia, que
no hay más, y deja empeñado el libro en la cárcel en docientos reales.
-Y le pienso quitar -dijo Ginés-, si quedara en docientos ducados.
-¿Tan bueno es? -dijo don Quijote.
-Es tan bueno -respondió Ginés- que mal año para Lazarillo de Tormes y para
todos cuantos de aquel género se han escrito o escribieren. Lo que le sé
decir a voacé es que trata verdades, y que son verdades tan lindas y tan
donosas que no pueden haber mentiras que se le igualen.
-¿Y cómo se intitula el libro? -preguntó don Quijote.
-La vida de Ginés de Pasamonte -respondió el mismo.
-¿Y está acabado? -preguntó don Quijote.
-¿Cómo puede estar acabado -respondió él-, si aún no está acabada mi vida?
Lo que está escrito es desde mi nacimiento hasta el punto que esta última
vez me han echado en galeras.
-Luego, ¿otra vez habéis estado en ellas? -dijo don Quijote.
-Para servir a Dios y al rey, otra vez he estado cuatro años, y ya sé a qué
sabe el bizcocho y el corbacho -respondió Ginés-; y no me pesa mucho de ir
a ellas, porque allí tendré lugar de acabar mi libro, que me quedan muchas
cosas que decir, y en las galeras de España hay mas sosiego de aquel que
sería menester, aunque no es menester mucho más para lo que yo tengo de
escribir, porque me lo sé de coro.
-Hábil pareces -dijo don Quijote.
-Y desdichado -respondió Ginés-; porque siempre las desdichas persiguen al
buen ingenio.
-Persiguen a los bellacos -dijo el comisario.
-Ya le he dicho, señor comisario -respondió Pasamonte-, que se vaya poco a
poco, que aquellos señores no le dieron esa vara para que maltratase a los
pobretes que aquí vamos, sino para que nos guiase y llevase adonde Su
Majestad manda. Si no, ¡por vida de...! ¡Basta!, que podría ser que
saliesen algún día en la colada las manchas que se hicieron en la venta; y
todo el mundo calle, y viva bien, y hable mejor y caminemos, que ya es
mucho regodeo éste.
Alzó la vara en alto el comisario para dar a Pasamonte en respuesta de sus
amenazas, mas don Quijote se puso en medio y le rogó que no le maltratase,
pues no era mucho que quien llevaba tan atadas las manos tuviese algún
tanto suelta la lengua. Y, volviéndose a todos los de la cadena, dijo:
-De todo cuanto me habéis dicho, hermanos carísimos, he sacado en limpio
que, aunque os han castigado por vuestras culpas, las penas que vais a
padecer no os dan mucho gusto, y que vais a ellas muy de mala gana y muy
contra vuestra voluntad; y que podría ser que el poco ánimo que aquél tuvo
en el tormento, la falta de dineros déste, el poco favor del otro y,
finalmente, el torcido juicio del juez, hubiese sido causa de vuestra
perdición y de no haber salido con la justicia que de vuestra parte
teníades. Todo lo cual se me representa a mí ahora en la memoria de manera
que me está diciendo, persuadiendo y aun forzando que muestre con vosotros
el efeto para que el cielo me arrojó al mundo, y me hizo profesar en él la
orden de caballería que profeso, y el voto que en ella hice de favorecer a
los menesterosos y opresos de los mayores. Pero, porque sé que una de las
partes de la prudencia es que lo que se puede hacer por bien no se haga por
mal, quiero rogar a estos señores guardianes y comisario sean servidos de
desataros y dejaros ir en paz, que no faltarán otros que sirvan al rey en
mejores ocasiones; porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios
y naturaleza hizo libres. Cuanto más, señores guardas -añadió don Quijote-,
que estos pobres no han cometido nada contra vosotros. Allá se lo haya cada
uno con su pecado; Dios hay en el cielo, que no se descuida de castigar al
malo ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean
verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello. Pido esto con esta
mansedumbre y sosiego, porque tenga, si lo cumplís, algo que agradeceros;
y, cuando de grado no lo hagáis, esta lanza y esta espada, con el valor de
mi brazo, harán que lo hagáis por fuerza.
-¡Donosa majadería! -respondió el comisario- ¡Bueno está el donaire con que
ha salido a cabo de rato! ¡Los forzados del rey quiere que le dejemos, como
si tuviéramos autoridad para soltarlos o él la tuviera para mandárnoslo!
Váyase vuestra merced, señor, norabuena, su camino adelante, y enderécese
ese bacín que trae en la cabeza, y no ande buscando tres pies al gato.
-¡Vos sois el gato, y el rato, y el bellaco! -respondió don Quijote.
Y, diciendo y haciendo, arremetió con él tan presto que, sin que tuviese
lugar de ponerse en defensa, dio con él en el suelo, malherido de una
lanzada; y avínole bien, que éste era el de la escopeta. Las demás guardas
quedaron atónitas y suspensas del no esperado acontecimiento; pero,
volviendo sobre sí, pusieron mano a sus espadas los de a caballo, y los de
a pie a sus dardos, y arremetieron a don Quijote, que con mucho sosiego los
aguardaba; y, sin duda, lo pasara mal si los galeotes, viendo la ocasión
que se les ofrecía de alcanzar libertad, no la procuraran, procurando
romper la cadena donde venían ensartados. Fue la revuelta de manera que las
guardas, ya por acudir a los galeotes, que se desataban, ya por acometer a
don Quijote, que los acometía, no hicieron cosa que fuese de provecho.
Ayudó Sancho, por su parte, a la soltura de Ginés de Pasamonte, que fue el
primero que saltó en la campaña libre y desembarazado, y, arremetiendo al
comisario caído, le quitó la espada y la escopeta, con la cual, apuntando
al uno y señalando al otro, sin disparalla jamás, no quedó guarda en todo
el campo, porque se fueron huyendo, así de la escopeta de Pasamonte como de
las muchas pedradas que los ya sueltos galeotes les tiraban.
Entristecióse mucho Sancho deste suceso, porque se le representó que los
que iban huyendo habían de dar noticia del caso a la Santa Hermandad, la
cual, a campana herida, saldría a buscar los delincuentes, y así se lo dijo
a su amo, y le rogó que luego de allí se partiesen y se emboscasen en la
sierra, que estaba cerca.
-Bien está eso -dijo don Quijote-, pero yo sé lo que ahora conviene que se
haga.
Y, llamando a todos los galeotes, que andaban alborotados y habían
despojado al comisario hasta dejarle en cueros, se le pusieron todos a la
redonda para ver lo que les mandaba, y así les dijo:
-De gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben, y uno de los
pecados que más a Dios ofende es la ingratitud. Dígolo porque ya habéis
visto, señores, con manifiesta experiencia, el que de mí habéis recebido;
en pago del cual querría, y es mi voluntad, que, cargados de esa cadena que
quité de vuestros cuellos, luego os pongáis en camino y vais a la ciudad
del Toboso, y allí os presentéis ante la señora Dulcinea del Toboso y le
digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar,
y le contéis, punto por punto, todos los que ha tenido esta famosa aventura
hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde
quisiéredes a la buena ventura.
Respondió por todos Ginés de Pasamonte, y dijo:
-Lo que vuestra merced nos manda, señor y libertador nuestro, es imposible
de toda imposibilidad cumplirlo, porque no podemos ir juntos por los
caminos, sino solos y divididos, y cada uno por su parte, procurando
meterse en las entrañas de la tierra, por no ser hallado de la Santa
Hermandad, que, sin duda alguna, ha de salir en nuestra busca. Lo que
vuestra merced puede hacer, y es justo que haga, es mudar ese servicio y
montazgo de la señora Dulcinea del Toboso en alguna cantidad de avemarías y
credos, que nosotros diremos por la intención de vuestra merced; y ésta es
cosa que se podrá cumplir de noche y de día, huyendo o reposando, en paz o
en guerra; pero pensar que hemos de volver ahora a las ollas de Egipto,
digo, a tomar nuestra cadena y a ponernos en camino del Toboso, es pensar
que es ahora de noche, que aún no son las diez del día, y es pedir a
nosotros eso como pedir peras al olmo.
-Pues ¡voto a tal! -dijo don Quijote, ya puesto en cólera-, don hijo de la
puta, don Ginesillo de Paropillo, o como os llamáis, que habéis de ir vos
solo, rabo entre piernas, con toda la cadena a cuestas.
Pasamonte, que no era nada bien sufrido, estando ya enterado que don
Quijote no era muy cuerdo, pues tal disparate había cometido como el de
querer darles libertad, viéndose tratar de aquella manera, hizo del ojo a
los compañeros, y, apartándose aparte, comenzaron a llover tantas piedras
sobre don Quijote, que no se daba manos a cubrirse con la rodela; y el
pobre de Rocinante no hacía más caso de la espuela que si fuera hecho de
bronce. Sancho se puso tras su asno, y con él se defendía de la nube y
pedrisco que sobre entrambos llovía. No se pudo escudar tan bien don
Quijote que no le acertasen no sé cuántos guijarros en el cuerpo, con tanta
fuerza que dieron con él en el suelo; y apenas hubo caído, cuando fue sobre
él el estudiante y le quitó la bacía de la cabeza, y diole con ella tres o
cuatro golpes en las espaldas y otros tantos en la tierra, con que la hizo
pedazos. Quitáronle una ropilla que traía sobre las armas, y las medias
calzas le querían quitar si las grebas no lo estorbaran. A Sancho le
quitaron el gabán, y, dejándole en pelota, repartiendo entre sí los demás
despojos de la batalla, se fueron cada uno por su parte, con más cuidado de
escaparse de la Hermandad, que temían, que de cargarse de la cadena e ir a
presentarse ante la señora Dulcinea del Toboso.
Solos quedaron jumento y Rocinante, Sancho y Don Quijote; el jumento,
cabizbajo y pensativo, sacudiendo de cuando en cuando las orejas, pensando
que aún no había cesado la borrasca de las piedras, que le perseguían los
oídos; Rocinante, tendido junto a su amo, que también vino al suelo de otra
pedrada; Sancho, en pelota y temeroso de la Santa Hermandad; don Quijote,
mohinísimo de verse tan malparado por los mismos a quien tanto bien había
hecho.

Capítulo XXIII. De lo que le aconteció al famoso don Quijote en Sierra
Morena, que fue una de las más raras aventuras que en esta verdadera
historia se cuentan

Viéndose tan malparado don Quijote, dijo a su escudero:
-Siempre, Sancho, lo he oído decir, que el hacer bien a villanos es echar
agua en la mar. Si yo hubiera creído lo que me dijiste, yo hubiera escusado
esta pesadumbre; pero ya está hecho: paciencia, y escarmentar para desde
aquí adelante.
-Así escarmentará vuestra merced -respondió Sancho- como yo soy turco;
pero, pues dice que si me hubiera creído se hubiera escusado este daño,
créame ahora y escusará otro mayor; porque le hago saber que con la Santa
Hermandad no hay usar de caballerías, que no se le da a ella por cuantos
caballeros andantes hay dos maravedís; y sepa que ya me parece que sus
saetas me zumban por los oídos.
-Naturalmente eres cobarde, Sancho -dijo don Quijote-, pero, porque no
digas que soy contumaz y que jamás hago lo que me aconsejas, por esta vez
quiero tomar tu consejo y apartarme de la furia que tanto temes; mas ha de
ser con una condición: que jamás, en vida ni en muerte, has de decir a
nadie que yo me retiré y aparté deste peligro de miedo, sino por complacer
a tus ruegos; que si otra cosa dijeres, mentirás en ello, y desde ahora
para entonces, y desde entonces para ahora, te desmiento, y digo que
mientes y mentirás todas las veces que lo pensares o lo dijeres. Y no me
repliques más, que en sólo pensar que me aparto y retiro de algún peligro,
especialmente déste, que parece que lleva algún es no es de sombra de
miedo, estoy ya para quedarme, y para aguardar aquí solo, no solamente a la
Santa Hermandad que dices y temes, sino a los hermanos de los doce tribus
de Israel, y a los siete Macabeos, y a Cástor y a Pólux, y aun a todos los
hermanos y hermandades que hay en el mundo.
-Señor -respondió Sancho-, que el retirar no es huir, ni el esperar es
cordura, cuando el peligro sobrepuja a la esperanza, y de sabios es
guardarse hoy para mañana y no aventurarse todo en un día. Y sepa que,
aunque zafio y villano, todavía se me alcanza algo desto que llaman buen
gobierno; así que, no se arrepienta de haber tomado mi consejo, sino suba
en Rocinante, si puede, o si no yo le ayudaré, y sígame, que el caletre me
dice que hemos menester ahora más los pies que las manos.
Subió don Quijote, sin replicarle más palabra, y, guiando Sancho sobre su
asno, se entraron por una parte de Sierra Morena, que allí junto estaba,
llevando Sancho intención de atravesarla toda e ir a salir al Viso, o a
Almodóvar del Campo, y esconderse algunos días por aquellas asperezas, por
no ser hallados si la Hermandad los buscase. Animóle a esto haber visto que
de la refriega de los galeotes se había escapado libre la despensa que
sobre su asno venía, cosa que la juzgó a milagro, según fue lo que llevaron
y buscaron los galeotes.
Así como don Quijote entró por aquellas montañas, se le alegró el corazón,
pareciéndole aquellos lugares acomodados para las aventuras que buscaba.
Reducíansele a la memoria los maravillosos acaecimientos que en semejantes
soledades y asperezas habían sucedido a caballeros andantes. Iba pensando
en estas cosas, tan embebecido y trasportado en ellas que de ninguna otra
se acordaba. Ni Sancho llevaba otro cuidado -después que le pareció que
caminaba por parte segura- sino de satisfacer su estómago con los relieves
que del despojo clerical habían quedado; y así, iba tras su amo sentado a
la mujeriega sobre su jumento, sacando de un costal y embaulando en su
panza; y no se le diera por hallar otra ventura, entretanto que iba de
aquella manera, un ardite.
En esto, alzó los ojos y vio que su amo estaba parado, procurando con la
punta del lanzón alzar no sé qué bulto que estaba caído en el suelo, por lo
cual se dio priesa a llegar a ayudarle si fuese menester; y cuando llegó
fue a tiempo que alzaba con la punta del lanzón un cojín y una maleta asida
a él, medio podridos, o podridos del todo, y deshechos; mas, pesaba tanto,
que fue necesario que Sancho se apease a tomarlos, y mandóle su amo que
viese lo que en la maleta venía.
Hízolo con mucha presteza Sancho, y, aunque la maleta venía cerrada con una
cadena y su candado, por lo roto y podrido della vio lo que en ella había,
que eran cuatro camisas de delgada holanda y otras cosas de lienzo, no
menos curiosas que limpias, y en un pañizuelo halló un buen montoncillo de
escudos de oro; y, así como los vio, dijo:
-¡Bendito sea todo el cielo, que nos ha deparado una aventura que sea de
provecho!
Y buscando más, halló un librillo de memoria, ricamente guarnecido. Éste le
pidió don Quijote, y mandóle que guardase el dinero y lo tomase para él.
Besóle las manos Sancho por la merced, y, desvalijando a la valija de su
lencería, la puso en el costal de la despensa. Todo lo cual visto por don
Quijote, dijo:
-Paréceme, Sancho, y no es posible que sea otra cosa, que algún caminante
descaminado debió de pasar por esta sierra, y, salteándole malandrines, le
debieron de matar, y le trujeron a enterrar en esta tan escondida parte.
-No puede ser eso -respondió Sancho-, porque si fueran ladrones, no se
dejaran aquí este dinero.
-Verdad dices -dijo don Quijote-, y así, no adivino ni doy en lo que esto
pueda ser; mas, espérate: veremos si en este librillo de memoria hay alguna
cosa escrita por donde podamos rastrear y venir en conocimiento de lo que
deseamos.
Abrióle, y lo primero que halló en él escrito, como en borrador, aunque de
muy buena letra, fue un soneto, que, leyéndole alto porque Sancho también
lo oyese, vio que decía desta manera:
O le falta al Amor conocimiento,
o le sobra crueldad, o no es mi pena
igual a la ocasión que me condena
al género más duro de tormento.
Pero si Amor es dios, es argumento

que nada ignora, y es razón muy buena
que un dios no sea cruel. Pues, ¿quién ordena
el terrible dolor que adoro y siento?
Si digo que sois vos, Fili, no acierto;
que tanto mal en tanto bien no cabe,
ni me viene del cielo esta rüina.
Presto habré de morir, que es lo más cierto;
que al mal de quien la causa no se sabe
milagro es acertar la medicina.
-Por esa trova -dijo Sancho- no se puede saber nada, si ya no es que por
ese hilo que está ahí se saque el ovillo de todo.
-¿Qué hilo está aquí? -dijo don Quijote.
-Paréceme -dijo Sancho- que vuestra merced nombró ahí hilo.
-No dije sino Fili -respondió don Quijote-, y éste, sin duda, es el nombre
de la dama de quien se queja el autor deste soneto; y a fe que debe de ser
razonable poeta, o yo sé poco del arte.
-Luego, ¿también -dijo Sancho- se le entiende a vuestra merced de trovas?
-Y más de lo que tú piensas -respondió don Quijote-, y veráslo cuando
lleves una carta, escrita en verso de arriba abajo, a mi señora Dulcinea
del Toboso. Porque quiero que sepas, Sancho, que todos o los más caballeros
andantes de la edad pasada eran grandes trovadores y grandes músicos; que
estas dos habilidades, o gracias, por mejor decir, son anexas a los
enamorados andantes. Verdad es que las coplas de los pasados caballeros
tienen más de espíritu que de primor.
-Lea más vuestra merced -dijo Sancho-, que ya hallará algo que nos
satisfaga.
Volvió la hoja don Quijote y dijo:
-Esto es prosa, y parece carta.
-¿Carta misiva, señor? -preguntó Sancho.
-En el principio no parece sino de amores -respondió don Quijote.
-Pues lea vuestra merced alto -dijo Sancho-, que gusto mucho destas cosas
de amores.
-Que me place -dijo don Quijote.
Y, leyéndola alto, como Sancho se lo había rogado, vio que decía desta
manera:
Tu falsa promesa y mi cierta desventura me llevan a parte donde antes
volverán a tus oídos las nuevas de mi muerte que las razones de mis quejas.
Desechásteme, ¡oh ingrata!, por quien tiene más, no por quien vale más que
yo; mas si la virtud fuera riqueza que se estimara, no envidiara yo dichas
ajenas ni llorara desdichas propias. Lo que levantó tu hermosura han
derribado tus obras: por ella entendí que eras ángel, y por ellas conozco
que eres mujer. Quédate en paz, causadora de mi guerra, y haga el cielo que
los engaños de tu esposo estén siempre encubiertos, porque tú no quedes
arrepentida de lo que heciste y yo no tome venganza de lo que no deseo.
Acabando de leer la carta, dijo don Quijote:
-Menos por ésta que por los versos se puede sacar más de que quien la
escribió es algún desdeñado amante.
Y, hojeando casi todo el librillo, halló otros versos y cartas, que algunos
pudo leer y otros no; pero lo que todos contenían eran quejas, lamentos,
desconfianzas, sabores y sinsabores, favores y desdenes, solenizados los
unos y llorados los otros.
En tanto que don Quijote pasaba el libro, pasaba Sancho la maleta, sin
dejar rincón en toda ella, ni en el cojín, que no buscase, escudriñase e
inquiriese, ni costura que no deshiciese, ni vedija de lana que no
escarmenase, porque no se quedase nada por diligencia ni mal recado: tal
golosina habían despertado en él los hallados escudos, que pasaban de
ciento. Y, aunque no halló mas de lo hallado, dio por bien empleados los
vuelos de la manta, el vomitar del brebaje, las bendiciones de las estacas,
las puñadas del arriero, la falta de las alforjas, el robo del gabán y toda
la hambre, sed y cansancio que había pasado en servicio de su buen señor,
pareciéndole que estaba más que rebién pagado con la merced recebida de la
entrega del hallazgo.
Con gran deseo quedó el Caballero de la Triste Figura de saber quién fuese
el dueño de la maleta, conjeturando, por el soneto y carta, por el dinero
en oro y por las tan buenas camisas, que debía de ser de algún principal
enamorado, a quien desdenes y malos tratamientos de su dama debían de haber
conducido a algún desesperado término. Pero, como por aquel lugar
inhabitable y escabroso no parecía persona alguna de quien poder
informarse, no se curó de más que de pasar adelante, sin llevar otro camino
que aquel que Rocinante quería, que era por donde él podía caminar, siempre
con imaginación que no podía faltar por aquellas malezas alguna estraña
aventura.
Yendo, pues, con este pensamiento, vio que, por cima de una montañuela que
delante de los ojos se le ofrecía, iba saltando un hombre, de risco en
risco y de mata en mata, con estraña ligereza. Figurósele que iba desnudo,
la barba negra y espesa, los cabellos muchos y rabultados, los pies
descalzos y las piernas sin cosa alguna; los muslos cubrían unos calzones,
al parecer de terciopelo leonado, mas tan hechos pedazos que por muchas
partes se le descubrían las carnes. Traía la cabeza descubierta, y, aunque
pasó con la ligereza que se ha dicho, todas estas menudencias miró y notó
el Caballero de la Triste Figura; y, aunque lo procuró, no pudo seguille,
porque no era dado a la debilidad de Rocinante andar por aquellas
asperezas, y más siendo él de suyo pisacorto y flemático. Luego imaginó don
Quijote que aquél era el dueño del cojín y de la maleta, y propuso en sí de
buscalle, aunque supiese andar un año por aquellas montañas hasta hallarle;
y así, mandó a Sancho que se apease del asno y atajase por la una parte de
la montaña, que él iría por la otra y podría ser que topasen, con esta
diligencia, con aquel hombre que con tanta priesa se les había quitado de
delante.
-No podré hacer eso -respondió Sancho-, porque, en apartándome de vuestra
merced, luego es conmigo el miedo, que me asalta con mil géneros de
sobresaltos y visiones. Y sírvale esto que digo de aviso, para que de aquí
adelante no me aparte un dedo de su presencia.
-Así será -dijo el de la Triste Figura-, y yo estoy muy contento de que te
quieras valer de mi ánimo, el cual no te ha de faltar, aunque te falte el
ánima del cuerpo. Y vente ahora tras mí poco a poco, o como pudieres, y haz
de los ojos lanternas; rodearemos esta serrezuela: quizá toparemos con
aquel hombre que vimos, el cual, sin duda alguna, no es otro que el dueño
de nuestro hallazgo.
A lo que Sancho respondió:
-Harto mejor sería no buscalle, porque si le hallamos y acaso fuese el
dueño del dinero, claro está que lo tengo de restituir; y así, fuera mejor,
sin hacer esta inútil diligencia, poseerlo yo con buena fe hasta que, por
otra vía menos curiosa y diligente, pareciera su verdadero señor; y quizá
fuera a tiempo que lo hubiera gastado, y entonces el rey me hacía franco.
-Engáñaste en eso, Sancho -respondió don Quijote-; que, ya que hemos caído
en sospecha de quién es el dueño, cuasi delante, estamos obligados a
buscarle y volvérselos; y, cuando no le buscásemos, la vehemente sospecha
que tenemos de que él lo sea nos pone ya en tanta culpa como si lo fuese.
Así que, Sancho amigo, no te dé pena el buscalle, por la que a mí se me
quitará si le hallo.
Y así, picó a Rocinante, y siguióle Sancho con su acostumbrado jumento; y,
habiendo rodeado parte de la montaña, hallaron en un arroyo, caída, muerta
y medio comida de perros y picada de grajos, una mula ensillada y
enfrenada; todo lo cual confirmó en ellos más la sospecha de que aquel que
huía era el dueño de la mula y del cojín.
Estándola mirando, oyeron un silbo como de pastor que guardaba ganado, y a
deshora, a su siniestra mano, parecieron una buena cantidad de cabras, y
tras ellas, por cima de la montaña, pareció el cabrero que las guardaba,
que era un hombre anciano. Diole voces don Quijote, y rogóle que bajase
donde estaban. Él respondió a gritos que quién les había traído por aquel
lugar, pocas o ningunas veces pisado sino de pies de cabras o de lobos y
otras fieras que por allí andaban. Respondióle Sancho que bajase, que de
todo le darían buena cuenta. Bajó el cabrero, y, en llegando adonde don
Quijote estaba, dijo:
-Apostaré que está mirando la mula de alquiler que está muerta en esa
hondonada. Pues a buena fe que ha ya seis meses que está en ese lugar.
Díganme: ¿han topado por ahí a su dueño?
-No hemos topado a nadie -respondió don Quijote-, sino a un cojín y a una
maletilla que no lejos deste lugar hallamos.
-También la hallé yo -respondió el cabrero-, mas nunca la quise alzar ni
llegar a ella, temeroso de algún desmán y de que no me la pidiesen por de
hurto; que es el diablo sotil, y debajo de los pies se levanta allombre
cosa donde tropiece y caya, sin saber cómo ni cómo no.
-Eso mesmo es lo que yo digo -respondió Sancho-: que también la hallé yo, y
no quise llegar a ella con un tiro de piedra; allí la dejé y allí se queda
como se estaba, que no quiero perro con cencerro.
-Decidme, buen hombre -dijo don Quijote-, ¿sabéis vos quién sea el dueño
destas prendas?
-Lo que sabré yo decir -dijo el cabrero- es que «habrá al pie de seis
meses, poco más a menos, que llegó a una majada de pastores, que estará
como tres leguas deste lugar, un mancebo de gentil talle y apostura,
caballero sobre esa mesma mula que ahí está muerta, y con el mesmo cojín y
maleta que decís que hallastes y no tocastes. Preguntónos que cuál parte
desta sierra era la más áspera y escondida; dijímosle que era esta donde
ahora estamos; y es ansí la verdad, porque si entráis media legua más
adentro, quizá no acertaréis a salir; y estoy maravillado de cómo habéis
podido llegar aquí, porque no hay camino ni senda que a este lugar
encamine. Digo, pues, que, en oyendo nuestra respuesta el mancebo, volvió
las riendas y encaminó hacia el lugar donde le señalamos, dejándonos a
todos contentos de su buen talle, y admirados de su demanda y de la priesa
con que le víamos caminar y volverse hacia la sierra; y desde entonces
nunca más le vimos, hasta que desde allí a algunos días salió al camino a
uno de nuestros pastores, y, sin decille nada, se llegó a él y le dio
muchas puñadas y coces, y luego se fue a la borrica del hato y le quitó
cuanto pan y queso en ella traía; y, con estraña ligereza, hecho esto, se
volvió a emboscar en la sierra. Como esto supimos algunos cabreros, le
anduvimos a buscar casi dos días por lo más cerrado desta sierra, al cabo
de los cuales le hallamos metido en el hueco de un grueso y valiente
alcornoque. Salió a nosotros con mucha mansedumbre, ya roto el vestido, y
el rostro disfigurado y tostado del sol, de tal suerte que apenas le
conocíamos, sino que los vestidos, aunque rotos, con la noticia que dellos
teníamos, nos dieron a entender que era el que buscábamos. Saludónos
cortésmente, y en pocas y muy buenas razones nos dijo que no nos
maravillásemos de verle andar de aquella suerte, porque así le convenía
para cumplir cierta penitencia que por sus muchos pecados le había sido
impuesta. Rogámosle que nos dijese quién era, mas nunca lo pudimos acabar
con él. Pedímosle también que, cuando hubiese menester el sustento, sin el
cual no podía pasar, nos dijese dónde le hallaríamos, porque con mucho amor
y cuidado se lo llevaríamos; y que si esto tampoco fuese de su gusto, que,
a lo menos, saliese a pedirlo, y no a quitarlo a los pastores. Agradeció
nuestro ofrecimiento, pidió perdón de los asaltos pasados, y ofreció de
pedillo de allí adelante por amor de Dios, sin dar molestia alguna a nadie.
En cuanto lo que tocaba a la estancia de su habitación, dijo que no tenía
otra que aquella que le ofrecía la ocasión donde le tomaba la noche; y
acabó su plática con un tan tierno llanto, que bien fuéramos de piedra los
que escuchado le habíamos, si en él no le acompañáramos, considerándole
cómo le habíamos visto la vez primera, y cuál le veíamos entonces. Porque,
como tengo dicho, era un muy gentil y agraciado mancebo, y en sus corteses
y concertadas razones mostraba ser bien nacido y muy cortesana persona;
que, puesto que éramos rústicos los que le escuchábamos, su gentileza era
tanta, que bastaba a darse a conocer a la mesma rusticidad. Y, estando en
lo mejor de su plática, paró y enmudecióse; clavó los ojos en el suelo por
un buen espacio, en el cual todos estuvimos quedos y suspensos, esperando
en qué había de parar aquel embelesamiento, con no poca lástima de verlo;
porque, por lo que hacía de abrir los ojos, estar fijo mirando al suelo sin
mover pestaña gran rato, y otras veces cerrarlos, apretando los labios y
enarcando las cejas, fácilmente conocimos que algún accidente de locura le
había sobrevenido. Mas él nos dio a entender presto ser verdad lo que
pensábamos, porque se levantó con gran furia del suelo, donde se había
echado, y arremetió con el primero que halló junto a sí, con tal denuedo y
rabia que, si no se le quitáramos, le matara a puñadas y a bocados; y todo
esto hacía, diciendo: ''¡Ah, fementido Fernando! ¡Aquí, aquí me pagarás la
sinrazón que me heciste: estas manos te sacarán el corazón, donde albergan
y tienen manida todas las maldades juntas, principalmente la fraude y el
engaño!'' Y a éstas añadía otras razones, que todas se encaminaban a decir
mal de aquel Fernando y a tacharle de traidor y fementido. Quitámossele,
pues, con no poca pesadumbre, y él, sin decir más palabra, se apartó de
nosotros y se emboscó corriendo por entre estos jarales y malezas, de modo
que nos imposibilitó el seguille. Por esto conjeturamos que la locura le
venía a tiempos, y que alguno que se llamaba Fernando le debía de haber
hecho alguna mala obra, tan pesada cuanto lo mostraba el término a que le
había conducido. Todo lo cual se ha confirmado después acá con las veces,
que han sido muchas, que él ha salido al camino, unas a pedir a los
pastores le den de lo que llevan para comer y otras a quitárselo por
fuerza; porque cuando está con el accidente de la locura, aunque los
pastores se lo ofrezcan de buen grado, no lo admite, sino que lo toma a
puñadas; y cuando está en su seso, lo pide por amor de Dios, cortés y
comedidamente, y rinde por ello muchas gracias, y no con falta de lágrimas.
Y en verdad os digo, señores -prosiguió el cabrero-, que ayer determinamos
yo y cuatro zagales, los dos criados y los dos amigos míos, de buscarle
hasta tanto que le hallemos, y, después de hallado, ya por fuerza ya por
grado, le hemos de llevar a la villa de Almodóvar, que está de aquí ocho
leguas, y allí le curaremos, si es que su mal tiene cura, o sabremos quién
es cuando esté en sus seso, y si tiene parientes a quien dar noticia de su
desgracia». Esto es, señores, lo que sabré deciros de lo que me habéis
preguntado; y entended que el dueño de las prendas que hallastes es el
mesmo que vistes pasar con tanta ligereza como desnudez -que ya le había
dicho don Quijote cómo había visto pasar aquel hombre saltando por la
sierra.
El cual quedó admirado de lo que al cabrero había oído, y quedó con más
deseo de saber quién era el desdichado loco; y propuso en sí lo mesmo que
ya tenía pensado: de buscalle por toda la montaña, sin dejar rincón ni
cueva en ella que no mirase, hasta hallarle. Pero hízolo mejor la suerte de
lo que él pensaba ni esperaba, porque en aquel mesmo instante pareció, por
entre una quebrada de una sierra que salía donde ellos estaban, el mancebo
que buscaba, el cual venía hablando entre sí cosas que no podían ser
entendidas de cerca, cuanto más de lejos. Su traje era cual se ha pintado,
sólo que, llegando cerca, vio don Quijote que un coleto hecho pedazos que
sobre sí traía era de ámbar; por donde acabó de entender que persona que
tales hábitos traía no debía de ser de ínfima calidad.
En llegando el mancebo a ellos, les saludó con una voz desentonada y
bronca, pero con mucha cortesía. Don Quijote le volvió las saludes con no
menos comedimiento, y, apeándose de Rocinante, con gentil continente y
donaire, le fue a abrazar y le tuvo un buen espacio estrechamente entre sus
brazos, como si de luengos tiempos le hubiera conocido. El otro, a quien
podemos llamar el Roto de la Mala Figura -como a don Quijote el de la
Triste-, después de haberse dejado abrazar, le apartó un poco de sí, y,
puestas sus manos en los hombros de don Quijote, le estuvo mirando, como
que quería ver si le conocía; no menos admirado quizá de ver la figura,
talle y armas de don Quijote, que don Quijote lo estaba de verle a él. En
resolución, el primero que habló después del abrazamiento fue el Roto, y
dijo lo que se dirá adelante.

Capítulo XXIV. Donde se prosigue la aventura de la Sierra Morena

Dice la historia que era grandísima la atención con que don Quijote
escuchaba al astroso Caballero de la Sierra, el cual, prosiguiendo su
plática, dijo:
-Por cierto, señor, quienquiera que seáis, que yo no os conozco, yo os
agradezco las muestras y la cortesía que conmigo habéis usado; y quisiera
yo hallarme en términos que con más que la voluntad pudiera servir la que
habéis mostrado tenerme en el buen acogimiento que me habéis hecho, mas no
quiere mi suerte darme otra cosa con que corresponda a las buenas obras que
me hacen, que buenos deseos de satisfacerlas.
-Los que yo tengo -respondió don Quijote- son de serviros; tanto, que tenía
determinado de no salir destas sierras hasta hallaros y saber de vos si el
dolor que en la estrañeza de vuestra vida mostráis tener se podía hallar
algún género de remedio; y si fuera menester buscarle, buscarle con la
diligencia posible. Y, cuando vuestra desventura fuera de aquellas que
tienen cerradas las puertas a todo género de consuelo, pensaba ayudaros a
llorarla y plañirla como mejor pudiera, que todavía es consuelo en las
desgracias hallar quien se duela dellas. Y, si es que mi buen intento
merece ser agradecido con algún género de cortesía, yo os suplico, señor,
por la mucha que veo que en vos se encierra, y juntamente os conjuro por la
cosa que en esta vida más habéis amado o amáis, que me digáis quién sois y
la causa que os ha traído a vivir y a morir entre estas soledades como
bruto animal, pues moráis entre ellos tan ajeno de vos mismo cual lo
muestra vuestro traje y persona. Y juro -añadió don Quijote-, por la orden
de caballería que recebí, aunque indigno y pecador, y por la profesión de
caballero andante, que si en esto, señor, me complacéis, de serviros con
las veras a que me obliga el ser quien soy: ora remediando vuestra
desgracia, si tiene remedio, ora ayudándoos a llorarla, como os lo he
prometido.
El Caballero del Bosque, que de tal manera oyó hablar al de la Triste
Figura, no hacía sino mirarle, y remirarle y tornarle a mirar de arriba
abajo; y, después que le hubo bien mirado, le dijo:
-Si tienen algo que darme a comer, por amor de Dios que me lo den; que,
después de haber comido, yo haré todo lo que se me manda, en agradecimiento
de tan buenos deseos como aquí se me han mostrado.
Luego sacaron, Sancho de su costal y el cabrero de su zurrón, con que
satisfizo el Roto su hambre, comiendo lo que le dieron como persona
atontada, tan apriesa que no daba espacio de un bocado al otro, pues antes
los engullía que tragaba; y, en tanto que comía, ni él ni los que le
miraban hablaban palabra. Como acabó de comer, les hizo de señas que le
siguiesen, como lo hicieron, y él los llevó a un verde pradecillo que a la
vuelta de una peña poco desviada de allí estaba. En llegando a él se tendió
en el suelo, encima de la yerba, y los demás hicieron lo mismo; y todo esto
sin que ninguno hablase, hasta que el Roto, después de haberse acomodado en
su asiento, dijo:
-Si gustáis, señores, que os diga en breves razones la inmensidad de mis
desventuras, habéisme de prometer de que con ninguna pregunta, ni otra
cosa, no interromperéis el hilo de mi triste historia; porque en el punto
que lo hagáis, en ése se quedará lo que fuere contando.
Estas razones del Roto trujeron a la memoria a don Quijote el cuento que le
había contado su escudero, cuando no acertó el número de las cabras que
habían pasado el río y se quedó la historia pendiente. Pero, volviendo al
Roto, prosiguió diciendo:
-Esta prevención que hago es porque querría pasar brevemente por el cuento
de mis desgracias; que el traerlas a la memoria no me sirve de otra cosa
que añadir otras de nuevo, y, mientras menos me preguntáredes, más presto
acabaré yo de decillas, puesto que no dejaré por contar cosa alguna que sea
de importancia para no satisfacer del todo a vuestro deseo.
Don Quijote se lo prometió, en nombre de los demás, y él, con este seguro,
comenzó desta manera:
-«Mi nombre es Cardenio; mi patria, una ciudad de las mejores desta
Andalucía; mi linaje, noble; mis padres, ricos; mi desventura, tanta que la
deben de haber llorado mis padres y sentido mi linaje, sin poderla aliviar
con su riqueza; que para remediar desdichas del cielo poco suelen valer los
bienes de fortuna. Vivía en esta mesma tierra un cielo, donde puso el amor
toda la gloria que yo acertara a desearme: tal es la hermosura de Luscinda,
doncella tan noble y tan rica como yo, pero de más ventura y de menos
firmeza de la que a mis honrados pensamientos se debía. A esta Luscinda
amé, quise y adoré desde mis tiernos y primeros años, y ella me quiso a mí
con aquella sencillez y buen ánimo que su poca edad permitía. Sabían
nuestros padres nuestros intentos, y no les pesaba dello, porque bien veían
que, cuando pasaran adelante, no podían tener otro fin que el de casarnos,
cosa que casi la concertaba la igualdad de nuestro linaje y riquezas.
Creció la edad, y con ella el amor de entrambos, que al padre de Luscinda
le pareció que por buenos respetos estaba obligado a negarme la entrada de
su casa, casi imitando en esto a los padres de aquella Tisbe tan decantada
de los poetas. Y fue esta negación añadir llama a llama y deseo a deseo,
porque, aunque pusieron silencio a las lenguas, no le pudieron poner a las
plumas, las cuales, con más libertad que las lenguas, suelen dar a entender
a quien quieren lo que en el alma está encerrado; que muchas veces la
presencia de la cosa amada turba y enmudece la intención más determinada y
la lengua más atrevida. ¡Ay cielos, y cuántos billetes le escribí! ¡Cuán
regaladas y honestas respuestas tuve! ¡Cuántas canciones compuse y cuántos
enamorados versos, donde el alma declaraba y trasladaba sus sentimientos,
pintaba sus encendidos deseos, entretenía sus memorias y recreaba su
voluntad!
»En efeto, viéndome apurado, y que mi alma se consumía con el deseo de
verla, determiné poner por obra y acabar en un punto lo que me pareció que
más convenía para salir con mi deseado y merecido premio; y fue el
pedírsela a su padre por legítima esposa, como lo hice; a lo que él me
respondió que me agradecía la voluntad que mostraba de honralle, y de
querer honrarme con prendas suyas, pero que, siendo mi padre vivo, a él
tocaba de justo derecho hacer aquella demanda; porque, si no fuese con
mucha voluntad y gusto suyo, no era Luscinda mujer para tomarse ni darse a
hurto.
»Yo le agradecí su buen intento, pareciéndome que llevaba razón en lo que
decía, y que mi padre vendría en ello como yo se lo dijese; y con este
intento, luego en aquel mismo instante, fui a decirle a mi padre lo que
deseaba. Y, al tiempo que entré en un aposento donde estaba, le hallé con
una carta abierta en la mano, la cual, antes que yo le dijese palabra, me
la dio y me dijo: ''Por esa carta verás, Cardenio, la voluntad que el duque
Ricardo tiene de hacerte merced''.» Este duque Ricardo, como ya vosotros,
señores, debéis de saber, es un grande de España que tiene su estado en lo
mejor desta Andalucía. «Tomé y leí la carta, la cual venía tan encarecida
que a mí mesmo me pareció mal si mi padre dejaba de cumplir lo que en ella
se le pedía, que era que me enviase luego donde él estaba; que quería que
fuese compañero, no criado, de su hijo el mayor, y que él tomaba a cargo el
ponerme en estado que correspondiese a la estimación en que me tenía. Leí
la carta y enmudecí leyéndola, y más cuando oí que mi padre me decía: ''De
aquí a dos días te partirás, Cardenio, a hacer la voluntad del duque; y da
gracias a Dios que te va abriendo camino por donde alcances lo que yo sé
que mereces''. Añadió a éstas otras razones de padre consejero.
»Llegóse el término de mi partida, hablé una noche a Luscinda, díjele todo
lo que pasaba, y lo mesmo hice a su padre, suplicándole se entretuviese
algunos días y dilatase el darle estado hasta que yo viese lo que Ricardo
me quería. Él me lo prometió y ella me lo confirmó con mil juramentos y mil
desmayos. Vine, en fin, donde el duque Ricardo estaba. Fui dél tan bien
recebido y tratado, que desde luego comenzó la envidia a hacer su oficio,
teniéndomela los criados antiguos, pareciéndoles que las muestras que el
duque daba de hacerme merced habían de ser en perjuicio suyo. Pero el que
más se holgó con mi ida fue un hijo segundo del duque, llamado Fernando,
mozo gallardo, gentilhombre, liberal y enamorado, el cual, en poco tiempo,
quiso que fuese tan su amigo, que daba que decir a todos; y, aunque el
mayor me quería bien y me hacía merced, no llegó al estremo con que don
Fernando me quería y trataba.
»Es, pues, el caso que, como entre los amigos no hay cosa secreta que no se
comunique, y la privanza que yo tenía con don Fernando dejada de serlo por
ser amistad, todos sus pensamientos me declaraba, especialmente uno
enamorado, que le traía con un poco de desasosiego. Quería bien a una
labradora, vasalla de su padre (y ella los tenía muy ricos), y era tan
hermosa, recatada, discreta y honesta que nadie que la conocía se
determinaba en cuál destas cosas tuviese más excelencia ni más se
aventajase. Estas tan buenas partes de la hermosa labradora redujeron a tal
término los deseos de don Fernando, que se determinó, para poder alcanzarlo
y conquistar la entereza de la labradora, darle palabra de ser su esposo,
porque de otra manera era procurar lo imposible. Yo, obligado de su
amistad, con las mejores razones que supe y con los más vivos ejemplos que
pude, procuré estorbarle y apartarle de tal propósito. Pero, viendo que no
aprovechaba, determiné de decirle el caso al duque Ricardo, su padre. Mas
don Fernando, como astuto y discreto, se receló y temió desto, por
parecerle que estaba yo obligado, en vez de buen criado, no tener
encubierta cosa que tan en perjuicio de la honra de mi señor el duque
venía; y así, por divertirme y engañarme, me dijo que no hallaba otro mejor
remedio para poder apartar de la memoria la hermosura que tan sujeto le
tenía, que el ausentarse por algunos meses; y que quería que el ausencia
fuese que los dos nos viniésemos en casa de mi padre, con ocasión que
darían al duque que venía a ver y a feriar unos muy buenos caballos que en
mi ciudad había, que es madre de los mejores del mundo.
»Apenas le oí yo decir esto, cuando, movido de mi afición, aunque su
determinación no fuera tan buena, la aprobara yo por una de las más
acertadas que se podían imaginar, por ver cuán buena ocasión y coyuntura se
me ofrecía de volver a ver a mi Luscinda. Con este pensamiento y deseo,
aprobé su parecer y esforcé su propósito, diciéndole que lo pusiese por
obra con la brevedad posible, porque, en efeto, la ausencia hacía su
oficio, a pesar de los más firmes pensamientos. Ya cuando él me vino a
decir esto, según después se supo, había gozado a la labradora con título
de esposo, y esperaba ocasión de descubrirse a su salvo, temeroso de lo que
el duque su padre haría cuando supiese su disparate.
»Sucedió, pues, que, como el amor en los mozos, por la mayor parte, no lo
es, sino apetito, el cual, como tiene por último fin el deleite, en
llegando a alcanzarle se acaba y ha de volver atrás aquello que parecía
amor, porque no puede pasar adelante del término que le puso naturaleza, el
cual término no le puso a lo que es verdadero amor...; quiero decir que,
así como don Fernando gozó a la labradora, se le aplacaron sus deseos y se
resfriaron sus ahíncos; y si primero fingía quererse ausentar, por
remediarlos, ahora de veras procuraba irse, por no ponerlos en ejecución.
Diole el duque licencia, y mandóme que le acompañase. Venimos a mi ciudad,
recibióle mi padre como quien era; vi yo luego a Luscinda, tornaron a
vivir, aunque no habían estado muertos ni amortiguados, mis deseos, de los
cuales di cuenta, por mi mal, a don Fernando, por parecerme que, en la ley
de la mucha amistad que mostraba, no le debía encubrir nada. Alabéle la
hermosura, donaire y discreción de Luscinda de tal manera, que mis
alabanzas movieron en él los deseos de querer ver doncella de tantas buenas
partes adornada. Cumplíselos yo, por mi corta suerte, enseñándosela una
noche, a la luz de una vela, por una ventana por donde los dos solíamos
hablarnos. Viola en sayo, tal, que todas las bellezas hasta entonces por él
vistas las puso en olvido. Enmudeció, perdió el sentido, quedó absorto y,
finalmente, tan enamorado cual lo veréis en el discurso del cuento de mi
desventura. Y, para encenderle más el deseo, que a mí me celaba y al cielo
a solas descubría, quiso la fortuna que hallase un día un billete suyo
pidiéndome que la pidiese a su padre por esposa, tan discreto, tan honesto
y tan enamorado que, en leyéndolo, me dijo que en sola Luscinda se
encerraban todas las gracias de hermosura y de entendimiento que en las
demás mujeres del mundo estaban repartidas.
»Bien es verdad que quiero confesar ahora que, puesto que yo veía con cuán
justas causas don Fernando a Luscinda alababa, me pesaba de oír aquellas
alabanzas de su boca, y comencé a temer y a recelarme dél, porque no se
pasaba momento donde no quisiese que tratásemos de Luscinda, y él movía la
plática, aunque la trujese por los cabellos; cosa que despertaba en mí un
no sé qué de celos, no porque yo temiese revés alguno de la bondad y de la
fe de Luscinda, pero, con todo eso, me hacía temer mi suerte lo mesmo que
ella me aseguraba. Procuraba siempre don Fernando leer los papeles que yo a
Luscinda enviaba y los que ella me respondía, a título que de la discreción
de los dos gustaba mucho. Acaeció, pues, que, habiéndome pedido Luscinda un
libro de caballerías en que leer, de quien era ella muy aficionada, que era
el de Amadís de Gaula...»
No hubo bien oído don Quijote nombrar libro de caballerías, cuando dijo:
-Con que me dijera vuestra merced, al principio de su historia, que su
merced de la señora Luscinda era aficionada a libros de caballerías, no
fuera menester otra exageración para darme a entender la alteza de su
entendimiento, porque no le tuviera tan bueno como vos, señor, le habéis
pintado, si careciera del gusto de tan sabrosa leyenda: así que, para
conmigo, no es menester gastar más palabras en declararme su hermosura,
valor y entendimiento; que, con sólo haber entendido su afición, la
confirmo por la más hermosa y más discreta mujer del mundo. Y quisiera yo,
señor, que vuestra merced le hubiera enviado junto con Amadís de Gaula al
bueno de Don Rugel de Grecia, que yo sé que gustara la señora Luscinda
mucho de Daraida y Geraya, y de las discreciones del pastor Darinel y de
aquellos admirables versos de sus bucólicas, cantadas y representadas por
él con todo donaire, discreción y desenvoltura. Pero tiempo podrá venir en
que se enmiende esa falta, y no dura más en hacerse la enmienda de cuanto
quiera vuestra merced ser servido de venirse conmigo a mi aldea, que allí
le podré dar más de trecientos libros, que son el regalo de mi alma y el
entretenimiento de mi vida; aunque tengo para mí que ya no tengo ninguno,
merced a la malicia de malos y envidiosos encantadores. Y perdóneme vuestra
merced el haber contravenido a lo que prometimos de no interromper su
plática, pues, en oyendo cosas de caballerías y de caballeros andantes, así
es en mi mano dejar de hablar en ellos, como lo es en la de los rayos del
sol dejar de calentar, ni humedecer en los de la luna. Así que, perdón y
proseguir, que es lo que ahora hace más al caso.
En tanto que don Quijote estaba diciendo lo que queda dicho, se le había
caído a Cardenio la cabeza sobre el pecho, dando muestras de estar
profundamente pensativo. Y, puesto que dos veces le dijo don Quijote que
prosiguiese su historia, ni alzaba la cabeza ni respondía palabra; pero, al
cabo de un buen espacio, la levantó y dijo:
-No se me puede quitar del pensamiento, ni habrá quien me lo quite en el
mundo, ni quien me dé a entender otra cosa (y sería un majadero el que lo
contrario entendiese o creyese), sino que aquel bellaconazo del maestro
Elisabat estaba amancebado con la reina Madésima.
-Eso no, ¡voto a tal! -respondió con mucha cólera don Quijote (y arrojóle,
como tenía de costumbre)-; y ésa es una muy gran malicia, o bellaquería,
por mejor decir: la reina Madásima fue muy principal señora, y no se ha de
presumir que tan alta princesa se había de amancebar con un sacapotras; y
quien lo contrario entendiere, miente como muy gran bellaco. Y yo se lo
daré a entender, a pie o a caballo, armado o desarmado, de noche o de día,
o como más gusto le diere.
Estábale mirando Cardenio muy atentamente, al cual ya había venido el
accidente de su locura y no estaba para proseguir su historia; ni tampoco
don Quijote se la oyera, según le había disgustado lo que de Madásima le
había oído. ¡Estraño caso; que así volvió por ella como si verdaderamente
fuera su verdadera y natural señora: tal le tenían sus descomulgados
libros! Digo, pues, que, como ya Cardenio estaba loco y se oyó tratar de
mentís y de bellaco, con otros denuestos semejantes, parecióle mal la
burla, y alzó un guijarro que halló junto a sí, y dio con él en los pechos
tal golpe a don Quijote que le hizo caer de espaldas. Sancho Panza, que de
tal modo vio parar a su señor, arremetió al loco con el puño cerrado; y el
Roto le recibió de tal suerte que con una puñada dio con él a sus pies, y
luego se subió sobre él y le brumó las costillas muy a su sabor. El
cabrero, que le quiso defender, corrió el mesmo peligro. Y, después que los
tuvo a todos rendidos y molidos, los dejó y se fue, con gentil sosiego, a
emboscarse en la montaña.
Levantóse Sancho, y, con la rabia que tenía de verse aporreado tan sin
merecerlo, acudió a tomar la venganza del cabrero, diciéndole que él tenía
la culpa de no haberles avisado que a aquel hombre le tomaba a tiempos la
locura; que, si esto supieran, hubieran estado sobre aviso para poderse
guardar. Respondió el cabrero que ya lo había dicho, y que si él no lo
había oído, que no era suya la culpa. Replicó Sancho Panza, y tornó a
replicar el cabrero, y fue el fin de las réplicas asirse de las barbas y
darse tales puñadas que, si don Quijote no los pusiera en paz, se hicieran
pedazos. Decía Sancho, asido con el cabrero:
-Déjeme vuestra merced, señor Caballero de la Triste Figura, que en éste,
que es villano como yo y no está armado caballero, bien puedo a mi salvo
satisfacerme del agravio que me ha hecho, peleando con él mano a mano, como
hombre honrado.
-Así es -dijo don Quijote-, pero yo sé que él no tiene ninguna culpa de lo
sucedido.
Con esto los apaciguó, y don Quijote volvió a preguntar al cabrero si sería
posible hallar a Cardenio, porque quedaba con grandísimo deseo de saber el
fin de su historia. Díjole el cabrero lo que primero le había dicho, que
era no saber de cierto su manida; pero que, si anduviese mucho por aquellos
contornos, no dejaría de hallarle, o cuerdo o loco.