Capítulo XXV. Que trata de las estrañas cosas que en Sierra Morena
sucedieron al valiente caballero de la Mancha, y de la imitación que hizo a
la penitencia de Beltenebros
Despidióse del cabrero don Quijote, y, subiendo otra vez sobre Rocinante,
mandó a Sancho que le siguiese, el cual lo hizo, con su jumento, de muy
mala gana. Íbanse poco a poco entrando en lo más áspero de la montaña, y
Sancho iba muerto por razonar con su amo, y deseaba que él comenzase la
plática, por no contravenir a lo que le tenía mandado; mas, no pudiendo
sufrir tanto silencio, le dijo:
-Señor don Quijote, vuestra merced me eche su bendición y me dé licencia;
que desde aquí me quiero volver a mi casa, y a mi mujer y a mis hijos, con
los cuales, por lo menos, hablaré y departiré todo lo que quisiere; porque
querer vuestra merced que vaya con él por estas soledades, de día y de
noche, y que no le hable cuando me diere gusto es enterrarme en vida. Si ya
quisiera la suerte que los animales hablaran, como hablaban en tiempos de
Guisopete, fuera menos mal, porque departiera yo con mi jumento lo que me
viniera en gana, y con esto pasara mi mala ventura; que es recia cosa, y
que no se puede llevar en paciencia, andar buscando aventuras toda la vida
y no hallar sino coces y manteamientos, ladrillazos y puñadas, y, con todo
esto, nos hemos de coser la boca, sin osar decir lo que el hombre tiene en
su corazón, como si fuera mudo.
-Ya te entiendo, Sancho -respondió don Quijote-: tú mueres porque te alce
el entredicho que te tengo puesto en la lengua. Dale por alzado y di lo que
quisieres, con condición que no ha de durar este alzamiento más de en
cuanto anduviéremos por estas sierras.
-Sea ansí -dijo Sancho-: hable yo ahora, que después Dios sabe lo que será;
y, comenzando a gozar de ese salvoconduto, digo que ¿qué le iba a vuestra
merced en volver tanto por aquella reina Magimasa, o como se llama? O, ¿qué
hacía al caso que aquel abad fuese su amigo o no? Que, si vuestra merced
pasara con ello, pues no era su juez, bien creo yo que el loco pasara
adelante con su historia, y se hubieran ahorrado el golpe del guijarro, y
las coces, y aun más de seis torniscones.
-A fe, Sancho -respondió don Quijote-, que si tú supieras, como yo lo sé,
cuán honrada y cuán principal señora era la reina Madásima, yo sé que
dijeras que tuve mucha paciencia, pues no quebré la boca por donde tales
blasfemias salieron; porque es muy gran blasfemia decir ni pensar que una
reina esté amancebada con un cirujano. La verdad del cuento es que aquel
maestro Elisabat, que el loco dijo, fue un hombre muy prudente y de muy
sanos consejos, y sirvió de ayo y de médico a la reina; pero pensar que
ella era su amiga es disparate digno de muy gran castigo. Y, porque veas
que Cardenio no supo lo que dijo, has de advertir que cuando lo dijo ya
estaba sin juicio.
-Eso digo yo -dijo Sancho-: que no había para qué hacer cuenta de las
palabras de un loco, porque si la buena suerte no ayudara a vuestra merced
y encaminara el guijarro a la cabeza, como le encaminó al pecho, buenos
quedáramos por haber vuelto por aquella mi señora, que Dios cohonda. Pues,
¡montas que no se librara Cardenio por loco!
-Contra cuerdos y contra locos está obligado cualquier caballero andante a
volver por la honra de las mujeres, cualesquiera que sean, cuanto más por
las reinas de tan alta guisa y pro como fue la reina Madásima, a quien yo
tengo particular afición por sus buenas partes; porque, fuera de haber sido
fermosa, además fue muy prudente y muy sufrida en sus calamidades, que las
tuvo muchas; y los consejos y compañía del maestro Elisabat le fue y le
fueron de mucho provecho y alivio para poder llevar sus trabajos con
prudencia y paciencia. Y de aquí tomó ocasión el vulgo ignorante y mal
intencionado de decir y pensar que ella era su manceba; y mienten, digo
otra vez, y mentirán otras docientas, todos los que tal pensaren y dijeren.
-Ni yo lo digo ni lo pienso -respondió Sancho-: allá se lo hayan; con su
pan se lo coman. Si fueron amancebados, o no, a Dios habrán dado la cuenta.
De mis viñas vengo, no sé nada; no soy amigo de saber vidas ajenas; que el
que compra y miente, en su bolsa lo siente. Cuanto más, que desnudo nací,
desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; mas que lo fuesen, ¿qué me va a mí? Y
muchos piensan que hay tocinos y no hay estacas. Mas, ¿quién puede poner
puertas al campo? Cuanto más, que de Dios dijeron.
-¡Válame Dios -dijo don Quijote-, y qué de necedades vas, Sancho,
ensartando! ¿Qué va de lo que tratamos a los refranes que enhilas? Por tu
vida, Sancho, que calles; y de aquí adelante, entremétete en espolear a tu
asno, y deja de hacello en lo que no te importa. Y entiende con todos tus
cinco sentidos que todo cuanto yo he hecho, hago e hiciere, va muy puesto
en razón y muy conforme a las reglas de caballería, que las sé mejor que
cuantos caballeros las profesaron en el mundo.
-Señor -respondió Sancho-, y ¿es buena regla de caballería que andemos
perdidos por estas montañas, sin senda ni camino, buscando a un loco, el
cual, después de hallado, quizá le vendrá en voluntad de acabar lo que dejó
comenzado, no de su cuento, sino de la cabeza de vuestra merced y de mis
costillas, acabándonoslas de romper de todo punto?
-Calla, te digo otra vez, Sancho -dijo don Quijote-; porque te hago saber
que no sólo me trae por estas partes el deseo de hallar al loco, cuanto el
que tengo de hacer en ellas una hazaña con que he de ganar perpetuo nombre
y fama en todo lo descubierto de la tierra; y será tal, que he de echar con
ella el sello a todo aquello que puede hacer perfecto y famoso a un andante
caballero.
-Y ¿es de muy gran peligro esa hazaña? -preguntó Sancho Panza.
-No -respondió el de la Triste Figura-, puesto que de tal manera podía
correr el dado, que echásemos azar en lugar de encuentro; pero todo ha de
estar en tu diligencia.
-¿En mi diligencia? -dijo Sancho.
-Sí -dijo don Quijote-, porque si vuelves presto de adonde pienso enviarte,
presto se acabará mi pena y presto comenzará mi gloria. Y, porque no es
bien que te tenga más suspenso, esperando en lo que han de parar mis
razones, quiero, Sancho, que sepas que el famoso Amadís de Gaula fue uno de
los más perfectos caballeros andantes. No he dicho bien fue uno: fue el
solo, el primero, el único, el señor de todos cuantos hubo en su tiempo en
el mundo. Mal año y mal mes para don Belianís y para todos aquellos que
dijeren que se le igualó en algo, porque se engañan, juro cierto. Digo
asimismo que, cuando algún pintor quiere salir famoso en su arte, procura
imitar los originales de los más únicos pintores que sabe; y esta mesma
regla corre por todos los más oficios o ejercicios de cuenta que sirven
para adorno de las repúblicas. Y así lo ha de hacer y hace el que quiere
alcanzar nombre de prudente y sufrido, imitando a Ulises, en cuya persona y
trabajos nos pinta Homero un retrato vivo de prudencia y de sufrimiento;
como también nos mostró Virgilio, en persona de Eneas, el valor de un hijo
piadoso y la sagacidad de un valiente y entendido capitán, no pintándolo ni
descubriéndolo como ellos fueron, sino como habían de ser, para quedar
ejemplo a los venideros hombres de sus virtudes. Desta mesma suerte, Amadís
fue el norte, el lucero, el sol de los valientes y enamorados caballeros, a
quien debemos de imitar todos aquellos que debajo de la bandera de amor y
de la caballería militamos. Siendo, pues, esto ansí, como lo es, hallo yo,
Sancho amigo, que el caballero andante que más le imitare estará más cerca
de alcanzar la perfeción de la caballería. Y una de las cosas en que más
este caballero mostró su prudencia, valor, valentía, sufrimiento, firmeza y
amor, fue cuando se retiró, desdeñado de la señora Oriana, a hacer
penitencia en la Peña Pobre, mudado su nombre en el de Beltenebros, nombre,
por cierto, significativo y proprio para la vida que él de su voluntad
había escogido. Ansí que, me es a mí más fácil imitarle en esto que no en
hender gigantes, descabezar serpientes, matar endriagos, desbaratar
ejércitos, fracasar armadas y deshacer encantamentos. Y, pues estos lugares
son tan acomodados para semejantes efectos, no hay para qué se deje pasar
la ocasión, que ahora con tanta comodidad me ofrece sus guedejas.
-En efecto -dijo Sancho-, ¿qué es lo que vuestra merced quiere hacer en
este tan remoto lugar?
-¿Ya no te he dicho -respondió don Quijote- que quiero imitar a Amadís,
haciendo aquí del desesperado, del sandio y del furioso, por imitar
juntamente al valiente don Roldán, cuando halló en una fuente las señales
de que Angélica la Bella había cometido vileza con Medoro, de cuya
pesadumbre se volvió loco y arrancó los árboles, enturbió las aguas de las
claras fuentes, mató pastores, destruyó ganados, abrasó chozas, derribó
casas, arrastró yeguas y hizo otras cien mil insolencias, dignas de eterno
nombre y escritura? Y, puesto que yo no pienso imitar a Roldán, o Orlando,
o Rotolando (que todos estos tres nombres tenía), parte por parte en todas
las locuras que hizo, dijo y pensó, haré el bosquejo, como mejor pudiere,
en las que me pareciere ser más esenciales. Y podrá ser que viniese a
contentarme con sola la imitación de Amadís, que sin hacer locuras de daño,
sino de lloros y sentimientos, alcanzó tanta fama como el que más.
-Paréceme a mí -dijo Sancho- que los caballeros que lo tal ficieron fueron
provocados y tuvieron causa para hacer esas necedades y penitencias, pero
vuestra merced, ¿qué causa tiene para volverse loco? ¿Qué dama le ha
desdeñado, o qué señales ha hallado que le den a entender que la señora
Dulcinea del Toboso ha hecho alguna niñería con moro o cristiano?
-Ahí esta el punto -respondió don Quijote- y ésa es la fineza de mi
negocio; que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni
gracias: el toque está desatinar sin ocasión y dar a entender a mi dama que
si en seco hago esto, ¿qué hiciera en mojado? Cuanto más, que harta ocasión
tengo en la larga ausencia que he hecho de la siempre señora mía Dulcinea
del Toboso; que, como ya oíste decir a aquel pastor de marras, Ambrosio:
quien está ausente todos los males tiene y teme. Así que, Sancho amigo, no
gastes tiempo en aconsejarme que deje tan rara, tan felice y tan no vista
imitación. Loco soy, loco he de ser hasta tanto que tú vuelvas con la
respuesta de una carta que contigo pienso enviar a mi señora Dulcinea; y si
fuere tal cual a mi fe se le debe, acabarse ha mi sandez y mi penitencia; y
si fuere al contrario, seré loco de veras, y, siéndolo, no sentiré nada.
Ansí que, de cualquiera manera que responda, saldré del conflito y trabajo
en que me dejares, gozando el bien que me trujeres, por cuerdo, o no
sintiendo el mal que me aportares, por loco. Pero dime, Sancho, ¿traes bien
guardado el yelmo de Mambrino?; que ya vi que le alzaste del suelo cuando
aquel desagradecido le quiso hacer pedazos. Pero no pudo, donde se puede
echar de ver la fineza de su temple.
A lo cual respondió Sancho:
-Vive Dios, señor Caballero de la Triste Figura, que no puedo sufrir ni
llevar en paciencia algunas cosas que vuestra merced dice, y que por ellas
vengo a imaginar que todo cuanto me dice de caballerías y de alcanzar
reinos e imperios, de dar ínsulas y de hacer otras mercedes y grandezas,
como es uso de caballeros andantes, que todo debe de ser cosa de viento y
mentira, y todo pastraña, o patraña, o como lo llamáremos. Porque quien
oyere decir a vuestra merced que una bacía de barbero es el yelmo de
Mambrino, y que no salga de este error en más de cuatro días, ¿qué ha de
pensar, sino que quien tal dice y afirma debe de tener güero el juicio? La
bacía yo la llevo en el costal, toda abollada, y llévola para aderezarla en
mi casa y hacerme la barba en ella, si Dios me diere tanta gracia que algún
día me vea con mi mujer y hijos.
-Mira, Sancho, por el mismo que denantes juraste, te juro -dijo don
Quijote- que tienes el más corto entendimiento que tiene ni tuvo escudero
en el mundo. ¿Que es posible que en cuanto ha que andas conmigo no has
echado de ver que todas las cosas de los caballeros andantes parecen
quimeras, necedades y desatinos, y que son todas hechas al revés? Y no
porque sea ello ansí, sino porque andan entre nosotros siempre una caterva
de encantadores que todas nuestras cosas mudan y truecan y les vuelven
según su gusto, y según tienen la gana de favorecernos o destruirnos; y
así, eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí el yelmo de
Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa. Y fue rara providencia del sabio
que es de mi parte hacer que parezca bacía a todos lo que real y
verdaderamente es yelmo de Mambrino, a causa que, siendo él de tanta
estima, todo el mundo me perseguirá por quitármele; pero, como ven que no
es más de un bacín de barbero, no se curan de procuralle, como se mostró
bien en el que quiso rompelle y le dejó en el suelo sin llevarle; que a fe
que si le conociera, que nunca él le dejara. Guárdale, amigo, que por ahora
no le he menester; que antes me tengo de quitar todas estas armas y quedar
desnudo como cuando nací, si es que me da en voluntad de seguir en mi
penitencia más a Roldán que a Amadís.
Llegaron, en estas pláticas, al pie de una alta montaña que, casi como
peñón tajado, estaba sola entre otras muchas que la rodeaban. Corría por su
falda un manso arroyuelo, y hacíase por toda su redondez un prado tan verde
y vicioso, que daba contento a los ojos que le miraban. Había por allí
muchos árboles silvestres y algunas plantas y flores, que hacían el lugar
apacible. Este sitio escogió el Caballero de la Triste Figura para hacer su
penitencia; y así, en viéndole, comenzó a decir en voz alta, como si
estuviera sin juicio:
-Éste es el lugar, ¡oh cielos!, que diputo y escojo para llorar la
desventura en que vosotros mesmos me habéis puesto. Éste es el sitio donde
el humor de mis ojos acrecentará las aguas deste pequeño arroyo, y mis
continos y profundos sospiros moverán a la contina las hojas destos
montaraces árboles, en testimonio y señal de la pena que mi asendereado
corazón padece. ¡Oh vosotros, quienquiera que seáis, rústicos dioses que en
este inhabitable lugar tenéis vuestra morada, oíd las quejas deste
desdichado amante, a quien una luenga ausencia y unos imaginados celos han
traído a lamentarse entre estas asperezas, y a quejarse de la dura
condición de aquella ingrata y bella, término y fin de toda humana
hermosura! ¡Oh vosotras, napeas y dríadas, que tenéis por costumbre de
habitar en las espesuras de los montes, así los ligeros y lascivos sátiros,
de quien sois, aunque en vano, amadas, no perturben jamás vuestro dulce
sosiego, que me ayudéis a lamentar mi desventura, o, a lo menos, no os
canséis de oílla! ¡Oh Dulcinea del Toboso, día de mi noche, gloria de mi
pena, norte de mis caminos, estrella de mi ventura, así el cielo te la dé
buena en cuanto acertares a pedirle, que consideres el lugar y el estado a
que tu ausencia me ha conducido, y que con buen término correspondas al que
a mi fe se le debe! ¡Oh solitarios árboles, que desde hoy en adelante
habéis de hacer compañía a mi soledad, dad indicio, con el blando
movimiento de vuestras ramas, que no os desagrade mi presencia! ¡Oh tú,
escudero mío, agradable compañero en más prósperos y adversos sucesos, toma
bien en la memoria lo que aquí me verás hacer, para que lo cuentes y
recetes a la causa total de todo ello!
Y, diciendo esto, se apeó de Rocinante, y en un momento le quitó el freno y
la silla; y, dándole una palmada en las ancas, le dijo:
-Libertad te da el que sin ella queda, ¡oh caballo tan estremado por tus
obras cuan desdichado por tu suerte! Vete por do quisieres, que en la
frente llevas escrito que no te igualó en ligereza el Hipogrifo de Astolfo,
ni el nombrado Frontino, que tan caro le costó a Bradamante.
Viendo esto Sancho, dijo:
-Bien haya quien nos quitó ahora del trabajo de desenalbardar al rucio; que
a fe que no faltaran palmadicas que dalle, ni cosas que decille en su
alabanza; pero si él aquí estuviera, no consintiera yo que nadie le
desalbardara, pues no había para qué, que a él no le tocaban las generales
de enamorado ni de desesperado, pues no lo estaba su amo, que era yo,
cuando Dios quería. Y en verdad, señor Caballero de la Triste Figura, que
si es que mi partida y su locura de vuestra merced va de veras, que será
bien tornar a ensillar a Rocinante, para que supla la falta del rucio,
porque será ahorrar tiempo a mi ida y vuelta; que si la hago a pie, no sé
cuándo llegaré ni cuándo volveré, porque, en resolución, soy mal caminante.
-Digo, Sancho -respondió don Quijote-, que sea como tú quisieres, que no me
parece mal tu designio; y digo que de aquí a tres días te partirás, porque
quiero que en este tiempo veas lo que por ella hago y digo, para que se lo
digas.
-Pues, ¿qué más tengo de ver -dijo Sancho- que lo que he visto?
-¡Bien estás en el cuento! -respondió don Quijote-. Ahora me falta rasgar
las vestiduras, esparcir las armas y darme de calabazadas por estas peñas,
con otras cosas deste jaez que te han de admirar.
-Por amor de Dios -dijo Sancho-, que mire vuestra merced cómo se da esas
calabazadas; que a tal peña podrá llegar, y en tal punto, que con la
primera se acabase la máquina desta penitencia; y sería yo de parecer que,
ya que vuestra merced le parece que son aquí necesarias calabazadas y que
no se puede hacer esta obra sin ellas, se contentase, pues todo esto es
fingido y cosa contrahecha y de burla, se contentase, digo, con dárselas en
el agua, o en alguna cosa blanda, como algodón; y déjeme a mí el cargo, que
yo diré a mi señora que vuestra merced se las daba en una punta de peña más
dura que la de un diamante.
-Yo agradezco tu buena intención, amigo Sancho -respondió don Quijote-, mas
quiérote hacer sabidor de que todas estas cosas que hago no son de burlas,
sino muy de veras; porque de otra manera, sería contravenir a las órdenes
de caballería, que nos mandan que no digamos mentira alguna, pena de
relasos, y el hacer una cosa por otra lo mesmo es que mentir. Ansí que, mis
calabazadas han de ser verdaderas, firmes y valederas, sin que lleven nada
del sofístico ni del fantástico. Y será necesario que me dejes algunas
hilas para curarme, pues que la ventura quiso que nos faltase el bálsamo
que perdimos.
-Más fue perder el asno -respondió Sancho-, pues se perdieron en él las
hilas y todo. Y ruégole a vuestra merced que no se acuerde más de aquel
maldito brebaje; que en sólo oírle mentar se me revuelve el alma, no que el
estómago. Y más le ruego: que haga cuenta que son ya pasados los tres días
que me ha dado de término para ver las locuras que hace, que ya las doy por
vistas y por pasadas en cosa juzgada, y diré maravillas a mi señora; y
escriba la carta y despácheme luego, porque tengo gran deseo de volver a
sacar a vuestra merced deste purgatorio donde le dejo.
-¿Purgatorio le llamas, Sancho? -dijo don Quijote-. Mejor hicieras de
llamarle infierno, y aun peor, si hay otra cosa que lo sea.
-Quien ha infierno -respondió Sancho-, nula es retencio, según he oído
decir.
-No entiendo qué quiere decir retencio -dijo don Quijote.
-Retencio es -respondió Sancho- que quien está en el infierno nunca sale
dél, ni puede. Lo cual será al revés en vuestra merced, o a mí me andarán
mal los pies, si es que llevo espuelas para avivar a Rocinante; y póngame
yo una por una en el Toboso, y delante de mi señora Dulcinea, que yo le
diré tales cosas de las necedades y locuras, que todo es uno, que vuestra
merced ha hecho y queda haciendo, que la venga a poner más blanda que un
guante, aunque la halle más dura que un alcornoque; con cuya respuesta
dulce y melificada volveré por los aires, como brujo, y sacaré a vuestra
merced deste purgatorio, que parece infierno y no lo es, pues hay esperanza
de salir dél, la cual, como tengo dicho, no la tienen de salir los que
están en el infierno, ni creo que vuestra merced dirá otra cosa.
-Así es la verdad -dijo el de la Triste Figura-; pero, ¿qué haremos para
escribir la carta?
-Y la libranza pollinesca también -añadió Sancho.
-Todo irá inserto -dijo don Quijote-; y sería bueno, ya que no hay papel,
que la escribiésemos, como hacían los antiguos, en hojas de árboles, o en
unas tablitas de cera; aunque tan dificultoso será hallarse eso ahora como
el papel. Mas ya me ha venido a la memoria dónde será bien, y aun más que
bien, escribilla: que es en el librillo de memoria que fue de Cardenio; y
tú tendrás cuidado de hacerla trasladar en papel, de buena letra, en el
primer lugar que hallares, donde haya maestro de escuela de muchachos, o si
no, cualquiera sacristán te la trasladará; y no se la des a trasladar a
ningún escribano, que hacen letra procesada, que no la entenderá Satanás.
-Pues, ¿qué se ha de hacer de la firma? -dijo Sancho.
-Nunca las cartas de Amadís se firman -respondió don Quijote.
-Está bien -respondió Sancho-, pero la libranza forzosamente se ha de
firmar, y ésa, si se traslada, dirán que la firma es falsa y quedaréme sin
pollinos.
-La libranza irá en el mesmo librillo firmada; que, en viéndola, mi sobrina
no pondrá dificultad en cumplilla. Y, en lo que toca a la carta de amores,
pondrás por firma: "Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste
Figura". Y hará poco al caso que vaya de mano ajena, porque, a lo que yo me
sé acordar, Dulcinea no sabe escribir ni leer, y en toda su vida ha visto
letra mía ni carta mía, porque mis amores y los suyos han sido siempre
platónicos, sin estenderse a más que a un honesto mirar. Y aun esto tan de
cuando en cuando, que osaré jurar con verdad que en doce años que ha que la
quiero más que a la lumbre destos ojos que han de comer la tierra, no la he
visto cuatro veces; y aun podrá ser que destas cuatro veces no hubiese ella
echado de ver la una que la miraba: tal es el recato y encerramiento con
que sus padres, Lorenzo Corchuelo, y su madre, Aldonza Nogales, la han
criado.
-¡Ta, ta! -dijo Sancho-. ¿Que la hija de Lorenzo Corchuelo es la señora
Dulcinea del Toboso, llamada por otro nombre Aldonza Lorenzo?
-Ésa es -dijo don Quijote-, y es la que merece ser señora de todo el
universo.
-Bien la conozco -dijo Sancho-, y sé decir que tira tan bien una barra como
el más forzudo zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de
chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del
lodo a cualquier caballero andante, o por andar, que la tuviere por señora!
¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día
encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en
un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más de media legua, así
la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es
que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se
burla y de todo hace mueca y donaire. Ahora digo, señor Caballero de la
Triste Figura, que no solamente puede y debe vuestra merced hacer locuras
por ella, sino que, con justo título, puede desesperarse y ahorcarse; que
nadie habrá que lo sepa que no diga que hizo demasiado de bien, puesto que
le lleve el diablo. Y querría ya verme en camino, sólo por vella; que ha
muchos días que no la veo, y debe de estar ya trocada, porque gasta mucho
la faz de las mujeres andar siempre al campo, al sol y al aire. Y confieso
a vuestra merced una verdad, señor don Quijote: que hasta aquí he estado en
una grande ignorancia; que pensaba bien y fielmente que la señora Dulcinea
debía de ser alguna princesa de quien vuestra merced estaba enamorado, o
alguna persona tal, que mereciese los ricos presentes que vuestra merced le
ha enviado: así el del vizcaíno como el de los galeotes, y otros muchos que
deben ser, según deben de ser muchas las vitorias que vuestra merced ha
ganado y ganó en el tiempo que yo aún no era su escudero. Pero, bien
considerado, ¿qué se le ha de dar a la señora Aldonza Lorenzo, digo, a la
señora Dulcinea del Toboso, de que se le vayan a hincar de rodillas delante
della los vencidos que vuestra merced le envía y ha de enviar? Porque
podría ser que, al tiempo que ellos llegasen, estuviese ella rastrillando
lino, o trillando en las eras, y ellos se corriesen de verla, y ella se
riese y enfadase del presente.
-Ya te tengo dicho antes de agora muchas veces, Sancho -dijo don Quijote-,
que eres muy grande hablador, y que, aunque de ingenio boto, muchas veces
despuntas de agudo. Mas, para que veas cuán necio eres tú y cuán discreto
soy yo, quiero que me oyas un breve cuento. «Has de saber que una viuda
hermosa, moza, libre y rica, y, sobre todo, desenfadada, se enamoró de un
mozo motilón, rollizo y de buen tomo. Alcanzólo a saber su mayor, y un día
dijo a la buena viuda, por vía de fraternal reprehensión: ''Maravillado
estoy, señora, y no sin mucha causa, de que una mujer tan principal, tan
hermosa y tan rica como vuestra merced, se haya enamorado de un hombre tan
soez, tan bajo y tan idiota como fulano, habiendo en esta casa tantos
maestros, tantos presentados y tantos teólogos, en quien vuestra merced
pudiera escoger como entre peras, y decir: "Éste quiero, aquéste no
quiero"''. Mas ella le respondió, con mucho donaire y desenvoltura:
''Vuestra merced, señor mío, está muy engañado, y piensa muy a lo antiguo
si piensa que yo he escogido mal en fulano, por idiota que le parece, pues,
para lo que yo le quiero, tanta filosofía sabe, y más, que Aristóteles''».
Así que, Sancho, por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale
como la más alta princesa de la tierra. Sí, que no todos los poetas que
alaban damas, debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es
verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amariles, las Filis, las
Silvias, las Dianas, las Galateas, las Alidas y otras tales de que los
libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las
comedias, están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de
aquéllos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se
las fingen, por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados
y por hombres que tienen valor para serlo. Y así, bástame a mí pensar y
creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta; y en lo del
linaje importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle
algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo.
Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a
amar más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama; y estas dos
cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa ninguna
le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo,
yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada; y
píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la
principalidad, y ni la llega Elena, ni la alcanza Lucrecia, ni otra alguna
de las famosas mujeres de las edades pretéritas, griega, bárbara o latina.
Y diga cada uno lo que quisiere; que si por esto fuere reprehendido de los
ignorantes, no seré castigado de los rigurosos.
-Digo que en todo tiene vuestra merced razón -respondió Sancho-, y que yo
soy un asno. Mas no sé yo para qué nombro asno en mi boca, pues no se ha de
mentar la soga en casa del ahorcado. Pero venga la carta, y a Dios, que me
mudo.
Sacó el libro de memoria don Quijote, y, apartándose a una parte, con mucho
sosiego comenzó a escribir la carta; y, en acabándola, llamó a Sancho y le
dijo que se la quería leer, porque la tomase de memoria, si acaso se le
perdiese por el camino, porque de su desdicha todo se podía temer. A lo
cual respondió Sancho:
-Escríbala vuestra merced dos o tres veces ahí en el libro y démele, que yo
le llevaré bien guardado, porque pensar que yo la he de tomar en la memoria
es disparate: que la tengo tan mala que muchas veces se me olvida cómo me
llamo. Pero, con todo eso, dígamela vuestra merced, que me holgaré mucho de
oílla, que debe de ir como de molde.
-Escucha, que así dice -dijo don Quijote:
Carta de don Quijote a Dulcinea del Toboso
Soberana y alta señora:
El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón,
dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu
fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en
mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en
esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero
Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del
modo que por tu causa quedo. Si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no,
haz lo que te viniere en gusto; que, con acabar mi vida, habré satisfecho a
tu crueldad y a mi deseo.
Tuyo hasta la muerte,
El Caballero de la Triste Figura.
-Por vida de mi padre -dijo Sancho en oyendo la carta-, que es la más alta
cosa que jamás he oído. ¡Pesia a mí, y cómo que le dice vuestra merced ahí
todo cuanto quiere, y qué bien que encaja en la firma El Caballero de la
Triste Figura! Digo de verdad que es vuestra merced el mesmo diablo, y que
no haya cosa que no sepa.
-Todo es menester -respondió don Quijote- para el oficio que trayo.
-Ea, pues -dijo Sancho-, ponga vuestra merced en esotra vuelta la cédula de
los tres pollinos y fírmela con mucha claridad, porque la conozcan en
viéndola.
-Que me place -dijo don Quijote.
Y, habiéndola escrito,se la leyó; que decía ansí:
Mandará vuestra merced, por esta primera de pollinos, señora sobrina, dar a
Sancho Panza, mi escudero, tres de los cinco que dejé en casa y están a
cargo de vuestra merced. Los cuales tres pollinos se los mando librar y
pagar por otros tantos aquí recebidos de contado, que consta, y con su
carta de pago serán bien dados. Fecha en las entrañas de Sierra Morena, a
veinte y dos de agosto deste presente año.
-Buena está -dijo Sancho-; fírmela vuestra merced.
-No es menester firmarla -dijo don Quijote-, sino solamente poner mi
rúbrica, que es lo mesmo que firma, y para tres asnos, y aun para
trecientos, fuera bastante.
-Yo me confío de vuestra merced -respondió Sancho-. Déjeme, iré a ensillar
a Rocinante, y aparéjese vuestra merced a echarme su bendición, que luego
pienso partirme, sin ver las sandeces que vuestra merced ha de hacer, que
yo diré que le vi hacer tantas que no quiera más.
-Por lo menos quiero, Sancho, y porque es menester ansí, quiero, digo, que
me veas en cueros, y hacer una o dos docenas de locuras, que las haré en
menos de media hora, porque, habiéndolas tú visto por tus ojos, puedas
jurar a tu salvo en las demás que quisieres añadir; y asegúrote que no
dirás tú tantas cuantas yo pienso hacer.
-Por amor de Dios, señor mío, que no vea yo en cueros a vuestra merced, que
me dará mucha lástima y no podré dejar de llorar; y tengo tal la cabeza,
del llanto que anoche hice por el rucio, que no estoy para meterme en
nuevos lloros; y si es que vuestra merced gusta de que yo vea algunas
locuras, hágalas vestido, breves y las que le vinieren más a cuento. Cuanto
más, que para mí no era menester nada deso, y, como ya tengo dicho, fuera
ahorrar el camino de mi vuelta, que ha de ser con las nuevas que vuestra
merced desea y merece. Y si no, aparéjese la señora Dulcinea; que si no
responde como es razón, voto hago solene a quien puedo que le tengo de
sacar la buena respuesta del estómago a coces y a bofetones. Porque, ¿dónde
se ha de sufrir que un caballero andante, tan famoso como vuestra merced,
se vuelva loco, sin qué ni para qué, por una...? No me lo haga decir la
señora, porque por Dios que despotrique y lo eche todo a doce, aunque nunca
se venda. ¡Bonico soy yo para eso! ¡Mal me conoce! ¡Pues, a fe que si me
conociese, que me ayunase!
-A fe, Sancho -dijo don Quijote-, que, a lo que parece, que no estás tú más
cuerdo que yo.
-No estoy tan loco -respondió Sancho-, mas estoy más colérico. Pero,
dejando esto aparte, ¿qué es lo que ha de comer vuestra merced en tanto que
yo vuelvo? ¿Ha de salir al camino, como Cardenio, a quitárselo a los
pastores?
-No te dé pena ese cuidado -respondió don Quijote-, porque, aunque tuviera,
no comiera otra cosa que las yerbas y frutos que este prado y estos árboles
me dieren, que la fineza de mi negocio está en no comer y en hacer otras
asperezas equivalentes.
-A Dios, pues. Pero, ¿sabe vuestra merced qué temo? Que no tengo de acertar
a volver a este lugar donde agora le dejo, según está de escondido.
-Toma bien las señas, que yo procuraré no apartarme destos contornos -dijo
don Quijote-, y aun tendré cuidado de subirme por estos más altos riscos,
por ver si te descubro cuando vuelvas. Cuanto más, que lo más acertado
será, para que no me yerres y te pierdas, que cortes algunas retamas de las
muchas que por aquí hay y las vayas poniendo de trecho a trecho, hasta
salir a lo raso, las cuales te servirán de mojones y señales para que me
halles cuando vuelvas, a imitación del hilo del laberinto de Teseo.
-Así lo haré -respondió Sancho Panza.
Y, cortando algunos, pidió la bendición a su señor, y, no sin muchas
lágrimas de entrambos, se despidió dél. Y, subiendo sobre Rocinante, a
quien don Quijote encomendó mucho, y que mirase por él como por su propria
persona, se puso en camino del llano, esparciendo de trecho a trecho los
ramos de la retama, como su amo se lo había aconsejado. Y así, se fue,
aunque todavía le importunaba don Quijote que le viese siquiera hacer dos
locuras. Mas no hubo andado cien pasos, cuando volvió y dijo:
-Digo, señor, que vuestra merced ha dicho muy bien: que, para que pueda
jurar sin cargo de conciencia que le he visto hacer locuras, será bien que
vea siquiera una, aunque bien grande la he visto en la quedada de vuestra
merced.
-¿No te lo decía yo? -dijo don Quijote-. Espérate, Sancho, que en un credo
las haré.
Y, desnudándose con toda priesa las calzones, quedó en carnes y en pañales,
y luego, sin más ni más, dio dos zapatetas en el aire y dos tumbas, la
cabeza abajo y los pies en alto, descubriendo cosas que, por no verlas otra
vez, volvió Sancho la rienda a Rocinante y se dio por contento y satisfecho
de que podía jurar que su amo quedaba loco. Y así, le dejaremos ir su
camino, hasta la vuelta, que fue breve.
Capítulo XXVI. Donde se prosiguen las finezas que de enamorado hizo don
Quijote en Sierra Morena
Y, volviendo a contar lo que hizo el de la Triste Figura después que se vio
solo, dice la historia que, así como don Quijote acabó de dar las tumbas o
vueltas, de medio abajo desnudo y de medio arriba vestido, y que vio que
Sancho se había ido sin querer aguardar a ver más sandeces, se subió sobre
una punta de una alta peña y allí tornó a pensar lo que otras muchas veces
había pensado, sin haberse jamás resuelto en ello. Y era que cuál sería
mejor y le estaría más a cuento: imitar a Roldán en las locuras desaforadas
que hizo, o Amadís en las malencónicas. Y, hablando entre sí mesmo, decía:
-Si Roldán fue tan buen caballero y tan valiente como todos dicen, ¿qué
maravilla?, pues, al fin, era encantado y no le podía matar nadie si no era
metiéndole un alfiler de a blanca por la planta del pie, y él traía siempre
los zapatos con siete suelas de hierro. Aunque no le valieron tretas contra
Bernardo del Carpio, que se las entendió y le ahogó entre los brazos, en
Roncesvalles. Pero, dejando en él lo de la valentía a una parte, vengamos a
lo de perder el juicio, que es cierto que le perdió, por las señales que
halló en la fontana y por las nuevas que le dio el pastor de que Angélica
había dormido más de dos siestas con Medoro, un morillo de cabellos
enrizados y paje de Agramante; y si él entendió que esto era verdad y que
su dama le había cometido desaguisado, no hizo mucho en volverse loco. Pero
yo, ¿cómo puedo imitalle en las locuras, si no le imito en la ocasión
dellas? Porque mi Dulcinea del Toboso osaré yo jurar que no ha visto en
todos los días de su vida moro alguno, ansí como él es, en su mismo traje,
y que se está hoy como la madre que la parió; y haríale agravio manifiesto
si, imaginando otra cosa della, me volviese loco de aquel género de locura
de Roldán el furioso. Por otra parte, veo que Amadís de Gaula, sin perder
el juicio y sin hacer locuras, alcanzó tanta fama de enamorado como el que
más; porque lo que hizo, según su historia, no fue más de que, por verse
desdeñado de su señora Oriana, que le había mandado que no pareciese ante
su presencia hasta que fuese su voluntad, de que se retiró a la Peña Pobre
en compañía de un ermitaño, y allí se hartó de llorar y de encomendarse a
Dios, hasta que el cielo le acorrió, en medio de su mayor cuita y
necesidad. Y si esto es verdad, como lo es, ¿para qué quiero yo tomar
trabajo agora de desnudarme del todo, ni dar pesadumbre a estos árboles,
que no me han hecho mal alguno? Ni tengo para qué enturbiar el agua clara
destos arroyos, los cuales me han de dar de beber cuando tenga gana. Viva
la memoria de Amadís, y sea imitado de don Quijote de la Mancha en todo lo
que pudiere; del cual se dirá lo que del otro se dijo: que si no acabó
grandes cosas, murió por acometellas; y si yo no soy desechado ni desdeñado
de Dulcinea del Toboso, bástame, como ya he dicho, estar ausente della. Ea,
pues, manos a la obra: venid a mi memoria, cosas de Amadís, y enseñadme por
dónde tengo de comenzar a imitaros. Mas ya sé que lo más que él hizo fue
rezar y encomendarse a Dios; pero, ¿qué haré de rosario, que no le tengo?
En esto le vino al pensamiento cómo le haría, y fue que rasgó una gran tira
de las faldas de la camisa, que andaban colgando, y diole once ñudos, el
uno más gordo que los demás, y esto le sirvió de rosario el tiempo que allí
estuvo, donde rezó un millón de avemarías. Y lo que le fatigaba mucho era
no hallar por allí otro ermitaño que le confesase y con quien consolarse. Y
así, se entretenía paseándose por el pradecillo, escribiendo y grabando por
las cortezas de los árboles y por la menuda arena muchos versos, todos
acomodados a su tristeza, y algunos en alabanza de Dulcinea. Mas los que se
pudieron hallar enteros y que se pudiesen leer, después que a él allí le
hallaron, no fueron más que estos que aquí se siguen:
Árboles, yerbas y plantas
que en aqueste sitio estáis,
tan altos, verdes y tantas,
si de mi mal no os holgáis,
escuchad mis quejas santas.
Mi dolor no os alborote,
aunque más terrible sea,
pues, por pagaros escote,
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.
Es aquí el lugar adonde
el amador más leal
de su señora se esconde,
y ha venido a tanto mal
sin saber cómo o por dónde.
Tráele amor al estricote,
que es de muy mala ralea;
y así, hasta henchir un pipote,
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.
Buscando las aventuras
por entre las duras peñas,
maldiciendo entrañas duras,
que entre riscos y entre breñas
halla el triste desventuras,
hirióle amor con su azote,
no con su blanda correa;
y, en tocándole el cogote,
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.
No causó poca risa en los que hallaron los versos referidos el añadidura
del Toboso al nombre de Dulcinea, porque imaginaron que debió de imaginar
don Quijote que si, en nombrando a Dulcinea, no decía también del Toboso,
no se podría entender la copla; y así fue la verdad, como él después
confesó. Otros muchos escribió, pero, como se ha dicho, no se pudieron
sacar en limpio, ni enteros, más destas tres coplas. En esto, y en suspirar
y en llamar a los faunos y silvanos de aquellos bosques, a las ninfas de
los ríos, a la dolorosa y húmida Eco, que le respondiese, consolasen y
escuchasen, se entretenía, y en buscar algunas yerbas con que sustentarse
en tanto que Sancho volvía; que, si como tardó tres días, tardara tres
semanas, el Caballero de la Triste Figura quedara tan desfigurado que no le
conociera la madre que lo parió.
Y será bien dejalle, envuelto entre sus suspiros y versos, por contar lo
que le avino a Sancho Panza en su mandadería. Y fue que, en saliendo al
camino real, se puso en busca del Toboso, y otro día llegó a la venta donde
le había sucedido la desgracia de la manta; y no la hubo bien visto, cuando
le pareció que otra vez andaba en los aires, y no quiso entrar dentro,
aunque llegó a hora que lo pudiera y debiera hacer, por ser la del comer y
llevar en deseo de gustar algo caliente; que había grandes días que todo
era fiambre.
Esta necesidad le forzó a que llegase junto a la venta, todavía dudoso si
entraría o no. Y, estando en esto, salieron de la venta dos personas que
luego le conocieron; y dijo el uno al otro:
-Dígame, señor licenciado, aquel del caballo, ¿no es Sancho Panza, el que
dijo el ama de nuestro aventurero que había salido con su señor por
escudero?
-Sí es -dijo el licenciado-; y aquél es el caballo de nuestro don Quijote.
Y conociéronle tan bien como aquellos que eran el cura y el barbero de su
mismo lugar, y los que hicieron el escrutinio y acto general de los libros.
Los cuales, así como acabaron de conocer a Sancho Panza y a Rocinante,
deseosos de saber de don Quijote, se fueron a él; y el cura le llamó por su
nombre, diciéndole:
-Amigo Sancho Panza, ¿adónde queda vuestro amo?
Conociólos luego Sancho Panza, y determinó de encubrir el lugar y la suerte
donde y como su amo quedaba; y así, les respondió que su amo quedaba
ocupado en cierta parte y en cierta cosa que le era de mucha importancia,
la cual él no podía descubrir, por los ojos que en la cara tenía.
-No, no -dijo el barbero-, Sancho Panza; si vos no nos decís dónde queda,
imaginaremos, como ya imaginamos, que vos le habéis muerto y robado, pues
venís encima de su caballo. En verdad que nos habéis de dar el dueño del
rocín, o sobre eso, morena.
-No hay para qué conmigo amenazas, que yo no soy hombre que robo ni mato a
nadie: a cada uno mate su ventura, o Dios, que le hizo. Mi amo queda
haciendo penitencia en la mitad desta montaña, muy a su sabor.
Y luego, de corrida y sin parar, les contó de la suerte que quedaba, las
aventuras que le habían sucedido y cómo llevaba la carta a la señora
Dulcinea del Toboso, que era la hija de Lorenzo Corchuelo, de quien estaba
enamorado hasta los hígados.
Quedaron admirados los dos de lo que Sancho Panza les contaba; y, aunque ya
sabían la locura de don Quijote y el género della, siempre que la oían se
admiraban de nuevo. Pidiéronle a Sancho Panza que les enseñase la carta que
llevaba a la señora Dulcinea del Toboso. Él dijo que iba escrita en un
libro de memoria y que era orden de su señor que la hiciese trasladar en
papel en el primer lugar que llegase; a lo cual dijo el cura que se la
mostrase, que él la trasladaría de muy buena letra. Metió la mano en el
seno Sancho Panza, buscando el librillo, pero no le halló, ni le podía
hallar si le buscara hasta agora, porque se había quedado don Quijote con
él y no se le había dado, ni a él se le acordó de pedírsele.
Cuando Sancho vio que no hallaba el libro, fuésele parando mortal el
rostro; y, tornándose a tentar todo el cuerpo muy apriesa, tornó a echar de
ver que no le hallaba; y, sin más ni más, se echó entrambos puños a las
barbas y se arrancó la mitad de ellas, y luego, apriesa y sin cesar, se dio
media docena de puñadas en el rostro y en las narices, que se las bañó
todas en sangre. Visto lo cual por el cura y el barbero, le dijeron que qué
le había sucedido, que tan mal se paraba.
-¿Qué me ha de suceder -respondió Sancho-, sino el haber perdido de una
mano a otra, en un estante, tres pollinos, que cada uno era como un
castillo?
-¿Cómo es eso? -replicó el barbero.
-He perdido el libro de memoria -respondió Sancho-, donde venía carta para
Dulcinea y una cédula firmada de su señor, por la cual mandaba que su
sobrina me diese tres pollinos, de cuatro o cinco que estaban en casa.
Y, con esto, les contó la pérdida del rucio. Consolóle el cura, y díjole
que, en hallando a su señor, él le haría revalidar la manda y que tornase a
hacer la libranza en papel, como era uso y costumbre, porque las que se
hacían en libros de memoria jamás se acetaban ni cumplían.
Con esto se consoló Sancho, y dijo que, como aquello fuese ansí, que no le
daba mucha pena la pérdida de la carta de Dulcinea, porque él la sabía casi
de memoria, de la cual se podría trasladar donde y cuando quisiesen.
-Decildo, Sancho, pues -dijo el barbero-, que después la trasladaremos.
Paróse Sancho Panza a rascar la cabeza para traer a la memoria la carta, y
ya se ponía sobre un pie, y ya sobre otro; unas veces miraba al suelo,
otras al cielo; y, al cabo de haberse roído la mitad de la yema de un dedo,
teniendo suspensos a los que esperaban que ya la dijese, dijo al cabo de
grandísimo rato:
-Por Dios, señor licenciado, que los diablos lleven la cosa que de la carta
se me acuerda; aunque en el principio decía: «Alta y sobajada señora».
-No diría -dijo el barbero- sobajada, sino sobrehumana o soberana señora.
-Así es -dijo Sancho-. Luego, si mal no me acuerdo, proseguía..., si mal no
me acuerdo: «el llego y falto de sueño, y el ferido besa a vuestra merced
las manos, ingrata y muy desconocida hermosa», y no sé qué decía de salud y
de enfermedad que le enviaba, y por aquí iba escurriendo, hasta que acababa
en «Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura».
No poco gustaron los dos de ver la buena memoria de Sancho Panza, y
alabáronsela mucho, y le pidieron que dijese la carta otras dos veces, para
que ellos, ansimesmo, la tomasen de memoria para trasladalla a su tiempo.
Tornóla a decir Sancho otras tres veces, y otras tantas volvió a decir
otros tres mil disparates. Tras esto, contó asimesmo las cosas de su amo,
pero no habló palabra acerca del manteamiento que le había sucedido en
aquella venta, en la cual rehusaba entrar. Dijo también como su señor, en
trayendo que le trujese buen despacho de la señora Dulcinea del Toboso, se
había de poner en camino a procurar cómo ser emperador, o, por lo menos,
monarca; que así lo tenían concertado entre los dos, y era cosa muy fácil
venir a serlo, según era el valor de su persona y la fuerza de su brazo; y
que, en siéndolo, le había de casar a él, porque ya sería viudo, que no
podía ser menos, y le había de dar por mujer a una doncella de la
emperatriz, heredera de un rico y grande estado de tierra firme, sin
ínsulos ni ínsulas, que ya no las quería.
Decía esto Sancho con tanto reposo, limpiándose de cuando en cuando las
narices, y con tan poco juicio, que los dos se admiraron de nuevo,
considerando cuán vehemente había sido la locura de don Quijote, pues había
llevado tras sí el juicio de aquel pobre hombre. No quisieron cansarse en
sacarle del error en que estaba, pareciéndoles que, pues no le dañaba nada
la conciencia, mejor era dejarle en él, y a ellos les sería de más gusto
oír sus necedades. Y así, le dijeron que rogase a Dios por la salud de su
señor, que cosa contingente y muy agible era venir, con el discurso del
tiempo, a ser emperador, como él decía, o, por lo menos, arzobispo, o otra
dignidad equivalente. A lo cual respondió Sancho:
-Señores, si la fortuna rodease las cosas de manera que a mi amo le viniese
en voluntad de no ser emperador, sino de ser arzobispo, querría yo saber
agora qué suelen dar los arzobispos andantes a sus escuderos.
-Suélenles dar -respondió el cura- algún beneficio, simple o curado, o
alguna sacristanía, que les vale mucho de renta rentada, amén del pie de
altar, que se suele estimar en otro tanto.
-Para eso será menester -replicó Sancho- que el escudero no sea casado y
que sepa ayudar a misa, por lo menos; y si esto es así, ¡desdichado de yo,
que soy casado y no sé la primera letra del ABC! ¿Qué será de mí si a mi
amo le da antojo de ser arzobispo, y no emperador, como es uso y costumbre
de los caballeros andantes?
-No tengáis pena, Sancho amigo -dijo el barbero-, que aquí rogaremos a
vuestro amo y se lo aconsejaremos, y aun se lo pondremos en caso de
conciencia, que sea emperador y no arzobispo, porque le será más fácil, a
causa de que él es más valiente que estudiante.
-Así me ha parecido a mí -respondió Sancho-, aunque sé decir que para todo
tiene habilidad. Lo que yo pienso hacer de mi parte es rogarle a Nuestro
Señor que le eche a aquellas partes donde él más se sirva y adonde a mí más
mercedes me haga.
-Vos lo decís como discreto -dijo el cura- y lo haréis como buen cristiano.
Mas lo que ahora se ha de hacer es dar orden como sacar a vuestro amo de
aquella inútil penitencia que decís que queda haciendo; y, para pensar el
modo que hemos de tener, y para comer, que ya es hora, será bien nos
entremos en esta venta.
Sancho dijo que entrasen ellos, que él esperaría allí fuera y que después
les diría la causa por que no entraba ni le convenía entrar en ella; mas
que les rogaba que le sacasen allí algo de comer que fuese cosa caliente,
y, ansimismo, cebada para Rocinante. Ellos se entraron y le dejaron, y, de
allí a poco, el barbero le sacó de comer. Después, habiendo bien pensado
entre los dos el modo que tendrían para conseguir lo que deseaban, vino el
cura en un pensamiento muy acomodado al gusto de don Quijote y para lo que
ellos querían. Y fue que dijo al barbero que lo que había pensado era que
él se vestiría en hábito de doncella andante, y que él procurase ponerse lo
mejor que pudiese como escudero, y que así irían adonde don Quijote estaba,
fingiendo ser ella una doncella afligida y menesterosa, y le pediría un
don, el cual él no podría dejársele de otorgar, como valeroso caballero
andante. Y que el don que le pensaba pedir era que se viniese con ella
donde ella le llevase, a desfacelle un agravio que un mal caballero le
tenía fecho; y que le suplicaba, ansimesmo, que no la mandase quitar su
antifaz, ni la demandase cosa de su facienda, fasta que la hubiese fecho
derecho de aquel mal caballero; y que creyese, sin duda, que don Quijote
vendría en todo cuanto le pidiese por este término; y que desta manera le
sacarían de allí y le llevarían a su lugar, donde procurarían ver si tenía
algún remedio su estraña locura.
Capítulo XXVII. De cómo salieron con su intención el cura y el barbero, con
otras cosas dignas de que se cuenten en esta grande historia
No le pareció mal al barbero la invención del cura, sino tan bien, que
luego la pusieron por obra. Pidiéronle a la ventera una saya y unas tocas,
dejándole en prendas una sotana nueva del cura. El barbero hizo una gran
barba de una cola rucia o roja de buey, donde el ventero tenía colgado el
peine. Preguntóles la ventera que para qué le pedían aquellas cosas. El
cura le contó en breves razones la locura de don Quijote, y cómo convenía
aquel disfraz para sacarle de la montaña, donde a la sazón estaba. Cayeron
luego el ventero y la ventera en que el loco era su huésped, el del
bálsamo, y el amo del manteado escudero, y contaron al cura todo lo que con
él les había pasado, sin callar lo que tanto callaba Sancho. En resolución,
la ventera vistió al cura de modo que no había más que ver: púsole una saya
de paño, llena de fajas de terciopelo negro de un palmo en ancho, todas
acuchilladas, y unos corpiños de terciopelo verde, guarnecidos con unos
ribetes de raso blanco, que se debieron de hacer, ellos y la saya, en
tiempo del rey Wamba. No consintió el cura que le tocasen, sino púsose en
la cabeza un birretillo de lienzo colchado que llevaba para dormir de
noche, y ciñóse por la frente una liga de tafetán negro, y con otra liga
hizo un antifaz, con que se cubrió muy bien las barbas y el rostro;
encasquetóse su sombrero, que era tan grande que le podía servir de
quitasol, y, cubriéndose su herreruelo, subió en su mula a mujeriegas, y el
barbero en la suya, con su barba que le llegaba a la cintura, entre roja y
blanca, como aquella que, como se ha dicho, era hecha de la cola de un buey
barroso.
Despidiéronse de todos, y de la buena de Maritornes, que prometió de rezar
un rosario, aunque pecadora, porque Dios les diese buen suceso en tan arduo
y tan cristiano negocio como era el que habían emprendido.
Mas, apenas hubo salido de la venta, cuando le vino al cura un pensamiento:
que hacía mal en haberse puesto de aquella manera, por ser cosa indecente
que un sacerdote se pusiese así, aunque le fuese mucho en ello; y,
diciéndoselo al barbero, le rogó que trocasen trajes, pues era más justo
que él fuese la doncella menesterosa, y que él haría el escudero, y que así
se profanaba menos su dignidad; y que si no lo quería hacer, determinaba de
no pasar adelante, aunque a don Quijote se le llevase el diablo.
En esto, llegó Sancho, y de ver a los dos en aquel traje no pudo tener la
risa. En efeto, el barbero vino en todo aquello que el cura quiso, y,
trocando la invención, el cura le fue informando el modo que había de tener
y las palabras que había de decir a don Quijote para moverle y forzarle a
que con él se viniese, y dejase la querencia del lugar que había escogido
para su vana penitencia. El barbero respondió que, sin que se le diese
lición, él lo pondría bien en su punto. No quiso vestirse por entonces,
hasta que estuviesen junto de donde don Quijote estaba; y así, dobló sus
vestidos, y el cura acomodó su barba, y siguieron su camino, guiándolos
Sancho Panza; el cual les fue contando lo que les aconteció con el loco que
hallaron en la sierra, encubriendo, empero, el hallazgo de la maleta y de
cuanto en ella venía; que, maguer que tonto, era un poco codicioso el
mancebo.
Otro día llegaron al lugar donde Sancho había dejado puestas las señales de
las ramas para acertar el lugar donde había dejado a su señor; y, en
reconociéndole, les dijo como aquélla era la entrada, y que bien se podían
vestir, si era que aquello hacía al caso para la libertad de su señor;
porque ellos le habían dicho antes que el ir de aquella suerte y vestirse
de aquel modo era toda la importancia para sacar a su amo de aquella mala
vida que había escogido, y que le encargaban mucho que no dijese a su amo
quien ellos eran, ni que los conocía; y que si le preguntase, como se lo
había de preguntar, si dio la carta a Dulcinea, dijese que sí, y que, por
no saber leer, le había respondido de palabra, diciéndole que le mandaba,
so pena de la su desgracia, que luego al momento se viniese a ver con ella,
que era cosa que le importaba mucho; porque con esto y con lo que ellos
pensaban decirle tenían por cosa cierta reducirle a mejor vida, y hacer con
él que luego se pusiese en camino para ir a ser emperador o monarca; que en
lo de ser arzobispo no había de qué temer.
Todo lo escuchó Sancho, y lo tomó muy bien en la memoria, y les agradeció
mucho la intención que tenían de aconsejar a su señor fuese emperador y no
arzobispo, porque él tenía para sí que, para hacer mercedes a sus
escuderos, más podían los emperadores que los arzobispos andantes. También
les dijo que sería bien que él fuese delante a buscarle y darle la
respuesta de su señora, que ya sería ella bastante a sacarle de aquel
lugar, sin que ellos se pusiesen en tanto trabajo. Parecióles bien lo que
Sancho Panza decía, y así, determinaron de aguardarle hasta que volviese
con las nuevas del hallazgo de su amo.
Entróse Sancho por aquellas quebradas de la sierra, dejando a los dos en
una por donde corría un pequeño y manso arroyo, a quien hacían sombra
agradable y fresca otras peñas y algunos árboles que por allí estaban. El
calor, y el día que allí llegaron, era de los del mes de agosto, que por
aquellas partes suele ser el ardor muy grande; la hora, las tres de la
tarde: todo lo cual hacía al sitio más agradable, y que convidase a que en
él esperasen la vuelta de Sancho, como lo hicieron.
Estando, pues, los dos allí, sosegados y a la sombra, llegó a sus oídos una
voz que, sin acompañarla son de algún otro instrumento, dulce y
regaladamente sonaba, de que no poco se admiraron, por parecerles que aquél
no era lugar donde pudiese haber quien tan bien cantase. Porque, aunque
suele decirse que por las selvas y campos se hallan pastores de voces
estremadas, más son encarecimientos de poetas que verdades; y más, cuando
advirtieron que lo que oían cantar eran versos, no de rústicos ganaderos,
sino de discretos cortesanos. Y confirmó esta verdad haber sido los versos
que oyeron éstos:
¿Quién menoscaba mis bienes?
Desdenes.
Y ¿quién aumenta mis duelos?
Los celos.
Y ¿quién prueba mi paciencia?
Ausencia.
De ese modo, en mi dolencia
ningún remedio se alcanza,
pues me matan la esperanza
desdenes, celos y ausencia.
¿Quién me causa este dolor?
Amor.
Y ¿quién mi gloria repugna?
Fortuna.
Y ¿quién consiente en mi duelo?
El cielo
De ese modo, yo recelo
morir deste mal estraño,
pues se aumentan en mi daño,
amor, fortuna y el cielo.
¿Quién mejorará mi suerte?
La muerte.
Y el bien de amor, ¿quién le alcanza?
Mudanza.
Y sus males, ¿quién los cura?
Locura.
De ese modo, no es cordura
querer curar la pasión
cuando los remedios son
muerte, mudanza y locura.
La hora, el tiempo, la soledad, la voz y la destreza del que cantaba causó
admiración y contento en los dos oyentes, los cuales se estuvieron quedos,
esperando si otra alguna cosa oían; pero, viendo que duraba algún tanto el
silencio, determinaron de salir a buscar el músico que con tan buena voz
cantaba. Y, queriéndolo poner en efeto, hizo la mesma voz que no se
moviesen, la cual llegó de nuevo a sus oídos, cantando este soneto:
Soneto
Santa amistad, que con ligeras alas,
tu apariencia quedándose en el suelo,
entre benditas almas, en el cielo,
subiste alegre a las impíreas salas,
desde allá, cuando quieres, nos señalas
la justa paz cubierta con un velo,
por quien a veces se trasluce el celo
de buenas obras que, a la fin, son malas.
Deja el cielo, ¡oh amistad!, o no permitas
que el engaño se vista tu librea,
con que destruye a la intención sincera;
que si tus apariencias no le quitas,
presto ha de verse el mundo en la pelea
de la discorde confusión primera.
El canto se acabó con un profundo suspiro, y los dos, con atención,
volvieron a esperar si más se cantaba; pero, viendo que la música se había
vuelto en sollozos y en lastimeros ayes, acordaron de saber quién era el
triste, tan estremado en la voz como doloroso en los gemidos; y no
anduvieron mucho, cuando, al volver de una punta de una peña, vieron a un
hombre del mismo talle y figura que Sancho Panza les había pintado cuando
les contó el cuento de Cardenio; el cual hombre, cuando los vio, sin
sobresaltarse, estuvo quedo, con la cabeza inclinada sobre el pecho a guisa
de hombre pensativo, sin alzar los ojos a mirarlos más de la vez primera,
cuando de improviso llegaron.
El cura, que era hombre bien hablado (como el que ya tenía noticia de su
desgracia, pues por las señas le había conocido), se llegó a él, y con
breves aunque muy discretas razones le rogó y persuadió que aquella tan
miserable vida dejase, porque allí no la perdiese, que era la desdicha
mayor de las desdichas. Estaba Cardenio entonces en su entero juicio, libre
de aquel furioso accidente que tan a menudo le sacaba de sí mismo; y así,
viendo a los dos en traje tan no usado de los que por aquellas soledades
andaban, no dejó de admirarse algún tanto, y más cuando oyó que le habían
hablado en su negocio como en cosa sabida -porque las razones que el cura
le dijo así lo dieron a entender-; y así, respondió desta manera:
-Bien veo yo, señores, quienquiera que seáis, que el cielo, que tiene
cuidado de socorrer a los buenos, y aun a los malos muchas veces, sin yo
merecerlo, me envía, en estos tan remotos y apartados lugares del trato
común de las gentes, algunas personas que, poniéndome delante de los ojos
con vivas y varias razones cuán sin ella ando en hacer la vida que hago,
han procurado sacarme désta a mejor parte; pero, como no saben que sé yo
que en saliendo deste daño he de caer en otro mayor, quizá me deben de
tener por hombre de flacos discursos, y aun, lo que peor sería, por de
ningún juicio. Y no sería maravilla que así fuese, porque a mí se me
trasluce que la fuerza de la imaginación de mis desgracias es tan intensa y
puede tanto en mi perdición que, sin que yo pueda ser parte a estobarlo,
vengo a quedar como piedra, falto de todo buen sentido y conocimiento; y
vengo a caer en la cuenta desta verdad, cuando algunos me dicen y muestran
señales de las cosas que he hecho en tanto que aquel terrible accidente me
señorea, y no sé más que dolerme en vano y maldecir sin provecho mi
ventura, y dar por disculpa de mis locuras el decir la causa dellas a
cuantos oírla quieren; porque, viendo los cuerdos cuál es la causa, no se
maravillarán de los efetos, y si no me dieren remedio, a lo menos no me
darán culpa, convirtiéndoseles el enojo de mi desenvoltura en lástima de
mis desgracias. Y si es que vosotros, señores, venís con la mesma intención
que otros han venido, antes que paséis adelante en vuestras discretas
persuasiones, os ruego que escuchéis el cuento, que no le tiene, de mis
desventuras; porque quizá, después de entendido, ahorraréis del trabajo que
tomaréis en consolar un mal que de todo consuelo es incapaz.
Los dos, que no deseaban otra cosa que saber de su mesma boca la causa de
su daño, le rogaron se la contase, ofreciéndole de no hacer otra cosa de la
que él quisiese, en su remedio o consuelo; y con esto, el triste caballero
comenzó su lastimera historia, casi por las mesmas palabras y pasos que la
había contado a don Quijote y al cabrero pocos días atrás, cuando, por
ocasión del maestro Elisabat y puntualidad de don Quijote en guardar el
decoro a la caballería, se quedó el cuento imperfeto, como la historia lo
deja contado. Pero ahora quiso la buena suerte que se detuvo el accidente
de la locura y le dio lugar de contarlo hasta el fin; y así, llegando al
paso del billete que había hallado don Fernando entre el libro de Amadís de
Gaula, dijo Cardenio que le tenía bien en la memoria, y que decía desta
manera:
«Luscinda a Cardenio
Cada día descubro en vos valores que me obligan y fuerzan a que en más os
estime; y así, si quisiéredes sacarme desta deuda sin ejecutarme en la
honra, lo podréis muy bien hacer. Padre tengo, que os conoce y que me
quiere bien, el cual, sin forzar mi voluntad, cumplirá la que será justo
que vos tengáis, si es que me estimáis como decís y como yo creo.
-»Por este billete me moví a pedir a Luscinda por esposa, como ya os he
contado, y éste fue por quien quedó Luscinda en la opinión de don Fernando
por una de las más discretas y avisadas mujeres de su tiempo; y este
billete fue el que le puso en deseo de destruirme, antes que el mío se
efetuase. Díjele yo a don Fernando en lo que reparaba el padre de Luscinda,
que era en que mi padre se la pidiese, lo cual yo no le osaba decir,
temeroso que no vendría en ello, no porque no tuviese bien conocida la
calidad, bondad, virtud y hermosura de Luscinda, y que tenía partes
bastantes para enoblecer cualquier otro linaje de España, sino porque yo
entendía dél que deseaba que no me casase tan presto, hasta ver lo que el
duque Ricardo hacía conmigo. En resolución, le dije que no me aventuraba a
decírselo a mi padre, así por aquel inconveniente como por otros muchos que
me acobardaban, sin saber cuáles eran, sino que me parecía que lo que yo
desease jamás había de tener efeto.
»A todo esto me respondió don Fernando que él se encargaba de hablar a mi
padre y hacer con él que hablase al de Luscinda. ¡Oh Mario ambicioso, oh
Catilina cruel, oh Sila facinoroso, oh Galalón embustero, oh Vellido
traidor, oh Julián vengativo, oh Judas codicioso! Traidor, cruel, vengativo
y embustero, ¿qué deservicios te había hecho este triste, que con tanta
llaneza te descubrió los secretos y contentos de su corazón? ¿Qué ofensa te
hice? ¿Qué palabras te dije, o qué consejos te di, que no fuesen todos
encaminados a acrecentar tu honra y tu provecho? Mas, ¿de qué me quejo?,
¡desventurado de mí!, pues es cosa cierta que cuando traen las desgracias
la corriente de las estrellas, como vienen de alto a bajo, despeñándose con
furor y con violencia, no hay fuerza en la tierra que las detenga, ni
industria humana que prevenirlas pueda. ¿Quién pudiera imaginar que don
Fernando, caballero ilustre, discreto, obligado de mis servicios, poderoso
para alcanzar lo que el deseo amoroso le pidiese dondequiera que le
ocupase, se había de enconar, como suele decirse, en tomarme a mí una sola
oveja, que aún no poseía? Pero quédense estas consideraciones aparte, como
inútiles y sin provecho, y añudemos el roto hilo de mi desdichada historia.
»Digo, pues, que, pareciéndole a don Fernando que mi presencia le era
inconveniente para poner en ejecución su falso y mal pensamiento, determinó
de enviarme a su hermano mayor, con ocasión de pedirle unos dineros para
pagar seis caballos, que de industria, y sólo para este efeto de que me
ausentase (para poder mejor salir con su dañado intento), el mesmo día que
se ofreció hablar a mi padre los compró, y quiso que yo viniese por el
dinero. ¿Pude yo prevenir esta traición? ¿Pude, por ventura, caer en
imaginarla? No, por cierto; antes, con grandísimo gusto, me ofrecí a partir
luego, contento de la buena compra hecha. Aquella noche hablé con Luscinda,
y le dije lo que con don Fernando quedaba concertado, y que tuviese firme
esperanza de que tendrían efeto nuestros buenos y justos deseos. Ella me
dijo, tan segura como yo de la traición de don Fernando, que procurase
volver presto, porque creía que no tardaría más la conclusión de nuestras
voluntades que tardase mi padre de hablar al suyo. No sé qué se fue, que,
en acabando de decirme esto, se le llenaron los ojos de lágrimas y un nudo
se le atravesó en la garganta, que no le dejaba hablar palabra de otras
muchas que me pareció que procuraba decirme.
»Quedé admirado deste nuevo accidente, hasta allí jamás en ella visto,
porque siempre nos hablábamos, las veces que la buena fortuna y mi
diligencia lo concedía, con todo regocijo y contento, sin mezclar en
nuestras pláticas lágrimas, suspiros, celos, sospechas o temores. Todo era
engrandecer yo mi ventura, por habérmela dado el cielo por señora:
exageraba su belleza, admirábame de su valor y entendimiento. Volvíame ella
el recambio, alabando en mí lo que, como enamorada, le parecía digno de
alabanza. Con esto, nos contábamos cien mil niñerías y acaecimientos de
nuestros vecinos y conocidos, y a lo que más se entendía mi desenvoltura
era a tomarle, casi por fuerza, una de sus bellas y blancas manos, y
llegarla a mi boca, según daba lugar la estrecheza de una baja reja que nos
dividía. Pero la noche que precedió al triste día de mi partida, ella
lloró, gimió y suspiró, y se fue, y me dejó lleno de confusión y
sobresalto, espantado de haber visto tan nuevas y tan tristes muestras de
dolor y sentimiento en Luscinda. Pero, por no destruir mis esperanzas, todo
lo atribuí a la fuerza del amor que me tenía y al dolor que suele causar la
ausencia en los que bien se quieren.
»En fin, yo me partí triste y pensativo, llena el alma de imaginaciones y
sospechas, sin saber lo que sospechaba ni imaginaba: claros indicios que me
mostraban el triste suceso y desventura que me estaba guardada. Llegué al
lugar donde era enviado. Di las cartas al hermano de don Fernando. Fui bien
recebido, pero no bien despachado, porque me mandó aguardar, bien a mi
disgusto, ocho días, y en parte donde el duque, su padre, no me viese,
porque su hermano le escribía que le enviase cierto dinero sin su
sabiduría. Y todo fue invención del falso don Fernando, pues no le faltaban
a su hermano dineros para despacharme luego. Orden y mandato fue éste que
me puso en condición de no obedecerle, por parecerme imposible sustentar
tantos días la vida en el ausencia de Luscinda, y más, habiéndola dejado
con la tristeza que os he contado; pero, con todo esto, obedecí, como buen
criado, aunque veía que había de ser a costa de mi salud.
»Pero, a los cuatro días que allí llegué, llegó un hombre en mi busca con
una carta, que me dio, que en el sobrescrito conocí ser de Luscinda, porque
la letra dél era suya. Abríla, temeroso y con sobresalto, creyendo que cosa
grande debía de ser la que la había movido a escribirme estando ausente,
pues presente pocas veces lo hacía. Preguntéle al hombre, antes de leerla,
quién se la había dado y el tiempo que había tardado en el camino. Díjome
que acaso, pasando por una calle de la ciudad a la hora de medio día, una
señora muy hermosa le llamó desde una ventana, los ojos llenos de lágrimas,
y que con mucha priesa le dijo: ''Hermano: si sois cristiano, como
parecéis, por amor de Dios os ruego que encaminéis luego luego esta carta
al lugar y a la persona que dice el sobrescrito, que todo es bien conocido,
y en ello haréis un gran servicio a nuestro Señor; y, para que no os falte
comodidad de poderlo hacer, tomad lo que va en este pañuelo''. ''Y,
diciendo esto, me arrojó por la ventana un pañuelo, donde venían atados
cien reales y esta sortija de oro que aquí traigo, con esa carta que os he
dado. Y luego, sin aguardar respuesta mía, se quitó de la ventana; aunque
primero vio cómo yo tomé la carta y el pañuelo, y, por señas, le dije que
haría lo que me mandaba. Y así, viéndome tan bien pagado del trabajo que
podía tomar en traérosla y conociendo por el sobrescrito que érades vos a
quien se enviaba, porque yo, señor, os conozco muy bien, y obligado
asimesmo de las lágrimas de aquella hermosa señora, determiné de no fiarme
de otra persona, sino venir yo mesmo a dárosla; y en diez y seis horas que
ha que se me dio, he hecho el camino, que sabéis que es de diez y ocho
leguas''.
»En tanto que el agradecido y nuevo correo esto me decía, estaba yo colgado
de sus palabras, temblándome las piernas de manera que apenas podía
sostenerme. En efeto, abrí la carta y vi que contenía estas razones:
La palabra que don Fernando os dio de hablar a vuestro padre para que
hablase al mío, la ha cumplido más en su gusto que en vuestro provecho.
Sabed, señor, que él me ha pedido por esposa, y mi padre, llevado de la
ventaja que él piensa que don Fernando os hace, ha venido en lo que quiere,
con tantas veras que de aquí a dos días se ha de hacer el desposorio, tan
secreto y tan a solas, que sólo han de ser testigos los cielos y alguna
gente de casa. Cual yo quedo, imaginaldo; si os cumple venir, veldo; y si
os quiero bien o no, el suceso deste negocio os lo dará a entender. A Dios
plega que ésta llegue a vuestras manos antes que la mía se vea en condición
de juntarse con la de quien tan mal sabe guardar la fe que promete.
»Éstas, en suma, fueron las razones que la carta contenía y las que me
hicieron poner luego en camino, sin esperar otra respuesta ni otros
dineros; que bien claro conocí entonces que no la compra de los caballos,
sino la de su gusto, había movido a don Fernando a enviarme a su hermano.
El enojo que contra don Fernando concebí, junto con el temor de perder la
prenda que con tantos años de servicios y deseos tenía granjeada, me
pusieron alas, pues, casi como en vuelo, otro día me puse en mi lugar, al
punto y hora que convenía para ir a hablar a Luscinda. Entré secreto, y
dejé una mula en que venía en casa del buen hombre que me había llevado la
carta; y quiso la suerte que entonces la tuviese tan buena que hallé a
Luscinda puesta a la reja, testigo de nuestros amores. Conocióme Luscinda
luego, y conocíla yo; mas no como debía ella conocerme y yo conocerla.
Pero, ¿quién hay en el mundo que se pueda alabar que ha penetrado y sabido
el confuso pensamiento y condición mudable de una mujer? Ninguno, por
cierto.
»Digo, pues, que, así como Luscinda me vio, me dijo: ''Cardenio, de boda
estoy vestida; ya me están aguardando en la sala don Fernando el traidor y
mi padre el codicioso, con otros testigos, que antes lo serán de mi muerte
que de mi desposorio. No te turbes, amigo, sino procura hallarte presente a
este sacrificio, el cual si no pudiere ser estorbado de mis razones, una
daga llevo escondida que podrá estorbar más determinadas fuerzas, dando fin
a mi vida y principio a que conozcas la voluntad que te he tenido y
tengo''. Yo le respondí turbado y apriesa, temeroso no me faltase lugar
para responderla: ''Hagan, señora, tus obras verdaderas tus palabras; que
si tú llevas daga para acreditarte, aquí llevo yo espada para defenderte
con ella o para matarme si la suerte nos fuere contraria''. No creo que
pudo oír todas estas razones, porque sentí que la llamaban apriesa, porque
el desposado aguardaba. Cerróse con esto la noche de mi tristeza, púsoseme
el sol de mi alegría: quedé sin luz en los ojos y sin discurso en el
entendimiento. No acertaba a entrar en su casa, ni podía moverme a parte
alguna; pero, considerando cuánto importaba mi presencia para lo que
suceder pudiese en aquel caso, me animé lo más que pude y entré en su casa.
Y, como ya sabía muy bien todas sus entradas y salidas, y más con el
alboroto que de secreto en ella andaba, nadie me echó de ver. Así que, sin
ser visto, tuve lugar de ponerme en el hueco que hacía una ventana de la
mesma sala, que con las puntas y remates de dos tapices se cubría, por
entre las cuales podía yo ver, sin ser visto, todo cuanto en la sala se
hacía.
»¿Quién pudiera decir ahora los sobresaltos que me dio el corazón mientras
allí estuve, los pensamientos que me ocurrieron, las consideraciones que
hice?, que fueron tantas y tales, que ni se pueden decir ni aun es bien que
se digan. Basta que sepáis que el desposado entró en la sala sin otro
adorno que los mesmos vestidos ordinarios que solía. Traía por padrino a un
primo hermano de Luscinda, y en toda la sala no había persona de fuera,
sino los criados de casa. De allí a un poco, salió de una recámara
Luscinda, acompañada de su madre y de dos doncellas suyas, tan bien
aderezada y compuesta como su calidad y hermosura merecían, y como quien
era la perfeción de la gala y bizarría cortesana. No me dio lugar mi
suspensión y arrobamiento para que mirase y notase en particular lo que
traía vestido; sólo pude advertir a las colores, que eran encarnado y
blanco, y en las vislumbres que las piedras y joyas del tocado y de todo el
vestido hacían, a todo lo cual se aventajaba la belleza singular de sus
hermosos y rubios cabellos; tales que, en competencia de las preciosas
piedras y de las luces de cuatro hachas que en la sala estaban, la suya con
más resplandor a los ojos ofrecían. ¡Oh memoria, enemiga mortal de mi
descanso! ¿De qué sirve representarme ahora la incomparable belleza de
aquella adorada enemiga mía? ¿No será mejor, cruel memoria, que me acuerdes
y representes lo que entonces hizo, para que, movido de tan manifiesto
agravio, procure, ya que no la venganza, a lo menos perder la vida?» No os
canséis, señores, de oír estas digresiones que hago; que no es mi pena de
aquellas que puedan ni deban contarse sucintamente y de paso, pues cada
circunstancia suya me parece a mí que es digna de un largo discurso.
A esto le respondió el cura que no sólo no se cansaban en oírle, sino que
les daba mucho gusto las menudencias que contaba, por ser tales, que
merecían no pasarse en silencio, y la mesma atención que lo principal del
cuento.
-«Digo, pues -prosiguió Cardenio-, que, estando todos en la sala, entró el
cura de la perroquia, y, tomando a los dos por la mano para hacer lo que en
tal acto se requiere, al decir: ''¿Queréis, señora Luscinda, al señor don
Fernando, que está presente, por vuestro legítimo esposo, como lo manda la
Santa Madre Iglesia?'', yo saqué toda la cabeza y cuello de entre los
tapices, y con atentísimos oídos y alma turbada me puse a escuchar lo que
Luscinda respondía, esperando de su respuesta la sentencia de mi muerte o
la confirmación de mi vida. ¡Oh, quién se atreviera a salir entonces,
diciendo a voces!: ''¡Ah Luscinda, Luscinda, mira lo que haces, considera
lo que me debes, mira que eres mía y que no puedes ser de otro! Advierte
que el decir tú sí y el acabárseme la vida ha de ser todo a un punto. ¡Ah
traidor don Fernando, robador de mi gloria, muerte de mi vida! ¿Qué
quieres? ¿Qué pretendes? Considera que no puedes cristianamente llegar al
fin de tus deseos, porque Luscinda es mi esposa y yo soy su marido''. ¡Ah,
loco de mí, ahora que estoy ausente y lejos del peligro, digo que había de
hacer lo que no hice! ¡Ahora que dejé robar mi cara prenda, maldigo al
robador, de quien pudiera vengarme si tuviera corazón para ello como le
tengo para quejarme! En fin, pues fui entonces cobarde y necio, no es mucho
que muera ahora corrido, arrepentido y loco.
»Estaba esperando el cura la respuesta de Luscinda, que se detuvo un buen
espacio en darla, y, cuando yo pensé que sacaba la daga para acreditarse, o
desataba la lengua para decir alguna verdad o desengaño que en mi provecho
redundase, oigo que dijo con voz desmayada y flaca: ''Sí quiero''; y lo
mesmo dijo don Fernando; y, dándole el anillo, quedaron en disoluble nudo
ligados. Llegó el desposado a abrazar a su esposa, y ella, poniéndose la
mano sobre el corazón, cayó desmayada en los brazos de su madre. Resta
ahora decir cuál quedé yo viendo, en el sí que había oído, burladas mis
esperanzas, falsas las palabras y promesas de Luscinda: imposibilitado de
cobrar en algún tiempo el bien que en aquel instante había perdido. Quedé
falto de consejo, desamparado, a mi parecer, de todo el cielo, hecho
enemigo de la tierra que me sustentaba, negándome el aire aliento para mis
suspiros y el agua humor para mis ojos; sólo el fuego se acrecentó de
manera que todo ardía de rabia y de celos.
»Alborotáronse todos con el desmayo de Luscinda, y, desabrochándole su
madre el pecho para que le diese el aire, se descubrió en él un papel
cerrado, que don Fernando tomó luego y se le puso a leer a la luz de una de
las hachas; y, en acabando de leerle, se sentó en una silla y se puso la
mano en la mejilla, con muestras de hombre muy pensativo, sin acudir a los
remedios que a su esposa se hacían para que del desmayo volviese. Yo,
viendo alborotada toda la gente de casa, me aventuré a salir, ora fuese
visto o no, con determinación que si me viesen, de hacer un desatino tal,
que todo el mundo viniera a entender la justa indignación de mi pecho en el
castigo del falso don Fernando, y aun en el mudable de la desmayada
traidora. Pero mi suerte, que para mayores males, si es posible que los
haya, me debe tener guardado, ordenó que en aquel punto me sobrase el
entendimiento que después acá me ha faltado; y así, sin querer tomar
venganza de mis mayores enemigos (que, por estar tan sin pensamiento mío,
fuera fácil tomarla), quise tomarla de mi mano y ejecutar en mí la pena que
ellos merecían; y aun quizá con más rigor del que con ellos se usara si
entonces les diera muerte, pues la que se recibe repentina presto acaba la
pena; mas la que se dilata con tormentos siempre mata, sin acabar la vida.
»En fin, yo salí de aquella casa y vine a la de aquél donde había dejado la
mula; hice que me la ensillase, sin despedirme dél subí en ella, y salí de
la ciudad, sin osar, como otro Lot, volver el rostro a miralla; y cuando me
vi en el campo solo, y que la escuridad de la noche me encubría y su
silencio convidaba a quejarme, sin respeto o miedo de ser escuchado ni
conocido, solté la voz y desaté la lengua en tantas maldiciones de Luscinda
y de don Fernando, como si con ellas satisficiera el agravio que me habían
hecho. Dile títulos de cruel, de ingrata, de falsa y desagradecida; pero,
sobre todos, de codiciosa, pues la riqueza de mi enemigo la había cerrado
los ojos de la voluntad, para quitármela a mí y entregarla a aquél con
quien más liberal y franca la fortuna se había mostrado; y, en mitad de la
fuga destas maldiciones y vituperios, la desculpaba, diciendo que no era
mucho que una doncella recogida en casa de sus padres, hecha y acostumbrada
siempre a obedecerlos, hubiese querido condecender con su gusto, pues le
daban por esposo a un caballero tan principal, tan rico y tan gentil hombre
que, a no querer recebirle, se podía pensar, o que no tenía juicio, o que
en otra parte tenía la voluntad: cosa que redundaba tan en perjuicio de su
buena opinión y fama. Luego volvía diciendo que, puesto que ella dijera que
yo era su esposo, vieran ellos que no había hecho en escogerme tan mala
elección, que no la disculparan, pues antes de ofrecérseles don Fernando no
pudieran ellos mesmos acertar a desear, si con razón midiesen su deseo,
otro mejor que yo para esposo de su hija; y que bien pudiera ella, antes de
ponerse en el trance forzoso y último de dar la mano, decir que ya yo le
había dado la mía; que yo viniera y concediera con todo cuanto ella
acertara a fingir en este caso.
»En fin, me resolví en que poco amor, poco juicio, mucha ambición y deseos
de grandezas hicieron que se olvidase de las palabras con que me había
engañado, entretenido y sustentado en mis firmes esperanzas y honestos
deseos. Con estas voces y con esta inquietud caminé lo que quedaba de
aquella noche, y di al amanecer en una entrada destas sierras, por las
cuales caminé otros tres días, sin senda ni camino alguno, hasta que vine a
parar a unos prados, que no sé a qué mano destas montañas caen, y allí
pregunté a unos ganaderos que hacia dónde era lo más áspero destas sierras.
Dijéronme que hacia esta parte. Luego me encaminé a ella, con intención de
acabar aquí la vida, y, en entrando por estas asperezas, del cansancio y de
la hambre se cayó mi mula muerta, o, lo que yo más creo, por desechar de sí
tan inútil carga como en mí llevaba. Yo quedé a pie, rendido de la
naturaleza, traspasado de hambre, sin tener, ni pensar buscar, quien me
socorriese.
»De aquella manera estuve no sé qué tiempo, tendido en el suelo, al cabo
del cual me levanté sin hambre, y hallé junto a mí a unos cabreros, que,
sin duda, debieron ser los que mi necesidad remediaron, porque ellos me
dijeron de la manera que me habían hallado, y cómo estaba diciendo tantos
disparates y desatinos, que daba indicios claros de haber perdido el
juicio; y yo he sentido en mí, después acá, que no todas veces le tengo
cabal, sino tan desmedrado y flaco que hago mil locuras, rasgándome los
vestidos, dando voces por estas soledades, maldiciendo mi ventura y
repitiendo en vano el nombre amado de mi enemiga, sin tener otro discurso
ni intento entonces que procurar acabar la vida voceando; y cuando en mí
vuelvo, me hallo tan cansado y molido, que apenas puedo moverme. Mi más
común habitación es en el hueco de un alcornoque, capaz de cubrir este
miserable cuerpo. Los vaqueros y cabreros que andan por estas montañas,
movidos de caridad, me sustentan, poniéndome el manjar por los caminos y
por las peñas por donde entienden que acaso podré pasar y hallarlo; y así,
aunque entonces me falte el juicio, la necesidad natural me da a conocer el
mantenimiento, y despierta en mí el deseo de apetecerlo y la voluntad de
tomarlo. Otras veces me dicen ellos, cuando me encuentran con juicio, que
yo salgo a los caminos y que se lo quito por fuerza, aunque me lo den de
grado, a los pastores que vienen con ello del lugar a las majadas.
»Desta manera paso mi miserable y estrema vida, hasta que el cielo sea
servido de conducirle a su último fin, o de ponerle en mi memoria, para que
no me acuerde de la hermosura y de la traición de Luscinda y del agravio de
don Fernando; que si esto él hace sin quitarme la vida, yo volveré a mejor
discurso mis pensamientos; donde no, no hay sino rogarle que absolutamente
tenga misericordia de mi alma, que yo no siento en mí valor ni fuerzas para
sacar el cuerpo desta estrecheza en que por mi gusto he querido ponerle».
Ésta es, ¡oh señores!, la amarga historia de mi desgracia: decidme si es
tal, que pueda celebrarse con menos sentimientos que los que en mí habéis
visto; y no os canséis en persuadirme ni aconsejarme lo que la razón os
dijere que puede ser bueno para mi remedio, porque ha de aprovechar conmigo
lo que aprovecha la medicina recetada de famoso médico al enfermo que
recebir no la quiere. Yo no quiero salud sin Luscinda; y, pues ella gustó
de ser ajena, siendo, o debiendo ser, mía, guste yo de ser de la
desventura, pudiendo haber sido de la buena dicha. Ella quiso, con su
mudanza, hacer estable mi perdición; yo querré, con procurar perderme,
hacer contenta su voluntad, y será ejemplo a los por venir de que a mí solo
faltó lo que a todos los desdichados sobra, a los cuales suele ser consuelo
la imposibilidad de tenerle, y en mí es causa de mayores sentimientos y
males, porque aun pienso que no se han de acabar con la muerte.
Aquí dio fin Cardenio a su larga plática y tan desdichada como amorosa
historia. Y, al tiempo que el cura se prevenía para decirle algunas razones
de consuelo, le suspendió una voz que llegó a sus oídos, que en lastimados
acentos oyeron que decía lo que se dirá en la cuarta parte desta narración,
que en este punto dio fin a la tercera el sabio y atentado historiador Cide
Hamete Benengeli.
Cuarta parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
Capítulo XXVIII. Que trata de la nueva y agradable aventura que al cura y
barbero sucedió en la mesma sierra
Felicísimos y venturosos fueron los tiempos donde se echó al mundo el
audacísimo caballero don Quijote de la Mancha, pues por haber tenido tan
honrosa determinación como fue el querer resucitar y volver al mundo la ya
perdida y casi muerta orden de la andante caballería, gozamos ahora, en
esta nuestra edad, necesitada de alegres entretenimientos, no sólo de la
dulzura de su verdadera historia, sino de los cuentos y episodios della,
que, en parte, no son menos agradables y artificiosos y verdaderos que la
misma historia; la cual, prosiguiendo su rastrillado, torcido y aspado
hilo, cuenta que, así como el cura comenzó a prevenirse para consolar a
Cardenio, lo impidió una voz que llegó a sus oídos, que, con tristes
acentos, decía desta manera:
-¡Ay Dios! ¿Si será posible que he ya hallado lugar que pueda servir de
escondida sepultura a la carga pesada deste cuerpo, que tan contra mi
voluntad sostengo? Sí será, si la soledad que prometen estas sierras no me
miente. ¡Ay, desdichada, y cuán más agradable compañía harán estos riscos y
malezas a mi intención, pues me darán lugar para que con quejas comunique
mi desgracia al cielo, que no la de ningún hombre humano, pues no hay
ninguno en la tierra de quien se pueda esperar consejo en las dudas, alivio
en las quejas, ni remedio en los males!
Todas estas razones oyeron y percibieron el cura y los que con él estaban,
y por parecerles, como ello era, que allí junto las decían, se levantaron a
buscar el dueño, y no hubieron andado veinte pasos, cuando detrás de un
peñasco vieron, sentado al pie de un fresno, a un mozo vestido como
labrador, al cual, por tener inclinado el rostro, a causa de que se lavaba
los pies en el arroyo que por allí corría, no se le pudieron ver por
entonces. Y ellos llegaron con tanto silencio que dél no fueron sentidos,
ni él estaba a otra cosa atento que a lavarse los pies, que eran tales, que
no parecían sino dos pedazos de blanco cristal que entre las otras piedras
del arroyo se habían nacido. Suspendióles la blancura y belleza de los
pies, pareciéndoles que no estaban hechos a pisar terrones, ni a andar tras
el arado y los bueyes, como mostraba el hábito de su dueño; y así, viendo
que no habían sido sentidos, el cura, que iba delante, hizo señas a los
otros dos que se agazapasen o escondiesen detrás de unos pedazos de peña
que allí había, y así lo hicieron todos, mirando con atención lo que el
mozo hacía; el cual traía puesto un capotillo pardo de dos haldas, muy
ceñido al cuerpo con una toalla blanca. Traía, ansimesmo, unos calzones y
polainas de paño pardo, y en la cabeza una montera parda. Tenía las
polainas levantadas hasta la mitad de la pierna, que, sin duda alguna, de
blanco alabastro parecía. Acabóse de lavar los hermosos pies, y luego, con
un paño de tocar, que sacó debajo de la montera, se los limpió; y, al
querer quitársele, alzó el rostro, y tuvieron lugar los que mirándole
estaban de ver una hermosura incomparable; tal, que Cardenio dijo al cura,
con voz baja:
-Ésta, ya que no es Luscinda, no es persona humana, sino divina.
El mozo se quitó la montera, y, sacudiendo la cabeza a una y a otra parte,
se comenzaron a descoger y desparcir unos cabellos, que pudieran los del
sol tenerles envidia. Con esto conocieron que el que parecía labrador era
mujer, y delicada, y aun la más hermosa que hasta entonces los ojos de los
dos habían visto, y aun los de Cardenio, si no hubieran mirado y conocido a
Luscinda; que después afirmó que sola la belleza de Luscinda podía
contender con aquélla. Los luengos y rubios cabellos no sólo le cubrieron
las espaldas, mas toda en torno la escondieron debajo de ellos; que si no
eran los pies, ninguna otra cosa de su cuerpo se parecía: tales y tantos
eran. En esto, les sirvió de peine unas manos, que si los pies en el agua
habían parecido pedazos de cristal, las manos en los cabellos semejaban
pedazos de apretada nieve; todo lo cual, en más admiración y en más deseo
de saber quién era ponía a los tres que la miraban.
Por esto determinaron de mostrarse, y, al movimiento que hicieron de
ponerse en pie, la hermosa moza alzó la cabeza, y, apartándose los cabellos
de delante de los ojos con entrambas manos, miró los que el ruido hacían; y
apenas los hubo visto, cuando se levantó en pie, y, sin aguardar a calzarse
ni a recoger los cabellos, asió con mucha presteza un bulto, como de ropa,
que junto a sí tenía, y quiso ponerse en huida, llena de turbación y
sobresalto; mas no hubo dado seis pasos cuando, no pudiendo sufrir los
delicados pies la aspereza de las piedras, dio consigo en el suelo. Lo cual
visto por los tres, salieron a ella, y el cura fue el primero que le dijo:
-Deteneos, señora, quienquiera que seáis, que los que aquí veis sólo tienen
intención de serviros. No hay para qué os pongáis en tan impertinente
huida, porque ni vuestros pies lo podrán sufrir ni nosotros consentir.
A todo esto, ella no respondía palabra, atónita y confusa. Llegaron, pues,
a ella, y, asiéndola por la mano el cura, prosiguió diciendo:
-Lo que vuestro traje, señora, nos niega, vuestros cabellos nos descubren:
señales claras que no deben de ser de poco momento las causas que han
disfrazado vuestra belleza en hábito tan indigno, y traídola a tanta
soledad como es ésta, en la cual ha sido ventura el hallaros, si no para
dar remedio a vuestros males, a lo menos para darles consejo, pues ningún
mal puede fatigar tanto, ni llegar tan al estremo de serlo, mientras no
acaba la vida, que rehúya de no escuchar siquiera el consejo que con buena
intención se le da al que lo padece. Así que, señora mía, o señor mío, o lo
que vos quisierdes ser, perded el sobresalto que nuestra vista os ha
causado y contadnos vuestra buena o mala suerte; que en nosotros juntos, o
en cada uno, hallaréis quien os ayude a sentir vuestras desgracias.
En tanto que el cura decía estas razones, estaba la disfrazada moza como
embelesada, mirándolos a todos, sin mover labio ni decir palabra alguna:
bien así como rústico aldeano que de improviso se le muestran cosas raras y
dél jamás vistas. Mas, volviendo el cura a decirle otras razones al mesmo
efeto encaminadas, dando ella un profundo suspiro, rompió el silencio y
dijo:
-Pues que la soledad destas sierras no ha sido parte para encubrirme, ni la
soltura de mis descompuestos cabellos no ha permitido que sea mentirosa mi
lengua, en balde sería fingir yo de nuevo ahora lo que, si se me creyese,
sería más por cortesía que por otra razón alguna. Presupuesto esto, digo,
señores, que os agradezco el ofrecimiento que me habéis hecho, el cual me
ha puesto en obligación de satisfaceros en todo lo que me habéis pedido,
puesto que temo que la relación que os hiciere de mis desdichas os ha de
causar, al par de la compasión, la pesadumbre, porque no habéis de hallar
remedio para remediarlas ni consuelo para entretenerlas. Pero, con todo
esto, porque no ande vacilando mi honra en vuestras intenciones, habiéndome
ya conocido por mujer y viéndome moza, sola y en este traje, cosas todas
juntas, y cada una por sí, que pueden echar por tierra cualquier honesto
crédito, os habré de decir lo que quisiera callar si pudiera.
Todo esto dijo sin parar la que tan hermosa mujer parecía, con tan suelta
lengua, con voz tan suave, que no menos les admiró su discreción que su
hermosura. Y, tornándole a hacer nuevos ofrecimientos y nuevos ruegos para
que lo prometido cumpliese, ella, sin hacerse más de rogar, calzándose con
toda honestidad y recogiendo sus cabellos, se acomodó en el asiento de una
piedra, y, puestos los tres alrededor della, haciéndose fuerza por detener
algunas lágrimas que a los ojos se le venían, con voz reposada y clara,
comenzó la historia de su vida desta manera:
-«En esta Andalucía hay un lugar de quien toma título un duque, que le hace
uno de los que llaman grandes en España. Éste tiene dos hijos: el mayor,
heredero de su estado, y, al parecer, de sus buenas costumbres; y el menor,
no sé yo de qué sea heredero, sino de las traiciones de Vellido y de los
embustes de Galalón. Deste señor son vasallos mis padres, humildes en
linaje, pero tan ricos que si los bienes de su naturaleza igualaran a los
de su fortuna, ni ellos tuvieran más que desear ni yo temiera verme en la
desdicha en que me veo; porque quizá nace mi poca ventura de la que no
tuvieron ellos en no haber nacido ilustres. Bien es verdad que no son tan
bajos que puedan afrentarse de su estado, ni tan altos que a mí me quiten
la imaginación que tengo de que de su humildad viene mi desgracia. Ellos,
en fin, son labradores, gente llana, sin mezcla de alguna raza mal sonante,
y, como suele decirse, cristianos viejos ranciosos; pero tan ricos que su
riqueza y magnífico trato les va poco a poco adquiriendo nombre de
hidalgos, y aun de caballeros. Puesto que de la mayor riqueza y nobleza que
ellos se preciaban era de tenerme a mí por hija; y, así por no tener otra
ni otro que los heredase como por ser padres, y aficionados, yo era una de
las más regaladas hijas que padres jamás regalaron. Era el espejo en que se
miraban, el báculo de su vejez, y el sujeto a quien encaminaban,
midiéndolos con el cielo, todos sus deseos; de los cuales, por ser ellos
tan buenos, los míos no salían un punto. Y del mismo modo que yo era señora
de sus ánimos, ansí lo era de su hacienda: por mí se recebían y despedían
los criados; la razón y cuenta de lo que se sembraba y cogía pasaba por mi
mano; los molinos de aceite, los lagares de vino, el número del ganado
mayor y menor, el de las colmenas. Finalmente, de todo aquello que un tan
rico labrador como mi padre puede tener y tiene, tenía yo la cuenta, y era
la mayordoma y señora, con tanta solicitud mía y con tanto gusto suyo, que
buenamente no acertaré a encarecerlo. Los ratos que del día me quedaban,
después de haber dado lo que convenía a los mayorales, a capataces y a
otros jornaleros, los entretenía en ejercicios que son a las doncellas tan
lícitos como necesarios, como son los que ofrece la aguja y la almohadilla,
y la rueca muchas veces; y si alguna, por recrear el ánimo, estos
ejercicios dejaba, me acogía al entretenimiento de leer algún libro devoto,
o a tocar una arpa, porque la experiencia me mostraba que la música compone
los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu.
»Ésta, pues, era la vida que yo tenía en casa de mis padres, la cual, si
tan particularmente he contado, no ha sido por ostentación ni por dar a
entender que soy rica, sino porque se advierta cuán sin culpa me he venido
de aquel buen estado que he dicho al infelice en que ahora me hallo. Es,
pues, el caso que, pasando mi vida en tantas ocupaciones y en un
encerramiento tal que al de un monesterio pudiera compararse, sin ser
vista, a mi parecer, de otra persona alguna que de los criados de casa,
porque los días que iba a misa era tan de mañana, y tan acompañada de mi
madre y de otras criadas, y yo tan cubierta y recatada que apenas vían mis
ojos más tierra de aquella donde ponía los pies; y, con todo esto, los del
amor, o los de la ociosidad, por mejor decir, a quien los de lince no
pueden igualarse, me vieron, puestos en la solicitud de don Fernando, que
éste es el nombre del hijo menor del duque que os he contado».
No hubo bien nombrado a don Fernando la que el cuento contaba, cuando a
Cardenio se le mudó la color del rostro, y comenzó a trasudar, con tan
grande alteración que el cura y el barbero, que miraron en ello, temieron
que le venía aquel accidente de locura que habían oído decir que de cuando
en cuando le venía. Mas Cardenio no hizo otra cosa que trasudar y estarse
quedo, mirando de hito en hito a la labradora, imaginando quién ella era;
la cual, sin advertir en los movimientos de Cardenio, prosiguió su
historia, diciendo:
-«Y no me hubieron bien visto cuando, según él dijo después, quedó tan
preso de mis amores cuanto lo dieron bien a entender sus demostraciones.
Mas, por acabar presto con el cuento, que no le tiene, de mis desdichas,
quiero pasar en silencio las diligencias que don Fernando hizo para
declararme su voluntad. Sobornó toda la gente de mi casa, dio y ofreció
dádivas y mercedes a mis parientes. Los días eran todos de fiesta y de
regocijo en mi calle; las noches no dejaban dormir a nadie las músicas. Los
billetes que, sin saber cómo, a mis manos venían, eran infinitos, llenos de
enamoradas razones y ofrecimientos, con menos letras que promesas y
juramentos. Todo lo cual no sólo no me ablandaba, pero me endurecía de
manera como si fuera mi mortal enemigo, y que todas las obras que para
reducirme a su voluntad hacía, las hiciera para el efeto contrario; no
porque a mí me pareciese mal la gentileza de don Fernando, ni que tuviese a
demasía sus solicitudes; porque me daba un no sé qué de contento verme tan
querida y estimada de un tan principal caballero, y no me pesaba ver en sus
papeles mis alabanzas: que en esto, por feas que seamos las mujeres, me
parece a mí que siempre nos da gusto el oír que nos llaman hermosas.
»Pero a todo esto se opone mi honestidad y los consejos continuos que mis
padres me daban, que ya muy al descubierto sabían la voluntad de don
Fernando, porque ya a él no se le daba nada de que todo el mundo la
supiese. Decíanme mis padres que en sola mi virtud y bondad dejaban y
depositaban su honra y fama, y que considerase la desigualdad que había
entre mí y don Fernando, y que por aquí echaría de ver que sus
pensamientos, aunque él dijese otra cosa, mas se encaminaban a su gusto que
a mi provecho; y que si yo quisiese poner en alguna manera algún
inconveniente para que él se dejase de su injusta pretensión, que ellos me
casarían luego con quien yo más gustase: así de los más principales de
nuestro lugar como de todos los circunvecinos, pues todo se podía esperar
de su mucha hacienda y de mi buena fama. Con estos ciertos prometimientos,
y con la verdad que ellos me decían, fortificaba yo mi entereza, y jamás
quise responder a don Fernando palabra que le pudiese mostrar, aunque de
muy lejos, esperanza de alcanzar su deseo.
»Todos estos recatos míos, que él debía de tener por desdenes, debieron de
ser causa de avivar más su lascivo apetito, que este nombre quiero dar a la
voluntad que me mostraba; la cual, si ella fuera como debía, no la
supiérades vosotros ahora, porque hubiera faltado la ocasión de decírosla.
Finalmente, don Fernando supo que mis padres andaban por darme estado, por
quitalle a él la esperanza de poseerme, o, a lo menos, porque yo tuviese
más guardas para guardarme; y esta nueva o sospecha fue causa para que
hiciese lo que ahora oiréis. Y fue que una noche, estando yo en mi aposento
con sola la compañía de una doncella que me servía, teniendo bien cerradas
las puertas, por temor que, por descuido, mi honestidad no se viese en
peligro, sin saber ni imaginar cómo, en medio destos recatos y
prevenciones, y en la soledad deste silencio y encierro, me le hallé
delante, cuya vista me turbó de manera que me quitó la de mis ojos y me
enmudeció la lengua; y así, no fui poderosa de dar voces, ni aun él creo
que me las dejara dar, porque luego se llegó a mí, y, tomándome entre sus
brazos (porque yo, como digo, no tuve fuerzas para defenderme, según estaba
turbada), comenzó a decirme tales razones, que no sé cómo es posible que
tenga tanta habilidad la mentira que las sepa componer de modo que parezcan
tan verdaderas. Hacía el traidor que sus lágrimas acreditasen sus palabras
y los suspiros su intención. Yo, pobrecilla, sola entre los míos, mal
ejercitada en casos semejantes, comencé, no sé en qué modo, a tener por
verdaderas tantas falsedades, pero no de suerte que me moviesen a compasión
menos que buena sus lágrimas y suspiros.
»Y así, pasándoseme aquel sobresalto primero, torné algún tanto a cobrar
mis perdidos espíritus, y con más ánimo del que pensé que pudiera tener, le
dije: ''Si como estoy, señor, en tus brazos, estuviera entre los de un león
fiero y el librarme dellos se me asegurara con que hiciera, o dijera, cosa
que fuera en perjuicio de mi honestidad, así fuera posible hacella o
decilla como es posible dejar de haber sido lo que fue. Así que, si tú
tienes ceñido mi cuerpo con tus brazos, yo tengo atada mi alma con mis
buenos deseos, que son tan diferentes de los tuyos como lo verás si con
hacerme fuerza quisieres pasar adelante en ellos. Tu vasalla soy, pero no
tu esclava; ni tiene ni debe tener imperio la nobleza de tu sangre para
deshonrar y tener en poco la humildad de la mía; y en tanto me estimo yo,
villana y labradora, como tú, señor y caballero. Conmigo no han de ser de
ningún efecto tus fuerzas, ni han de tener valor tus riquezas, ni tus
palabras han de poder engañarme, ni tus suspiros y lágrimas enternecerme.
Si alguna de todas estas cosas que he dicho viera yo en el que mis padres
me dieran por esposo, a su voluntad se ajustara la mía, y mi voluntad de la
suya no saliera; de modo que, como quedara con honra, aunque quedara sin
gusto, de grado te entregara lo que tú, señor, ahora con tanta fuerza
procuras. Todo esto he dicho porque no es pensar que de mí alcance cosa
alguna el que no fuere mi ligítimo esposo''. ''Si no reparas más que en
eso, bellísima Dorotea -(que éste es el nombre desta desdichada), dijo el
desleal caballero-, ves: aquí te doy la mano de serlo tuyo, y sean testigos
desta verdad los cielos, a quien ninguna cosa se asconde, y esta imagen de
Nuestra Señora que aquí tienes''.»
Cuando Cardenio le oyó decir que se llamaba Dorotea, tornó de nuevo a sus
sobresaltos y acabó de confirmar por verdadera su primera opinión; pero no
quiso interromper el cuento, por ver en qué venía a parar lo que él ya casi
sabía; sólo dijo:
-¿Que Dorotea es tu nombre, señora? Otra he oído yo decir del mesmo, que
quizá corre parejas con tus desdichas. Pasa adelante, que tiempo vendrá en
que te diga cosas que te espanten en el mesmo grado que te lastimen.
Reparó Dorotea en las razones de Cardenio y en su estraño y desastrado
traje, y rogóle que si alguna cosa de su hacienda sabía, se la dijese
luego; porque si algo le había dejado bueno la fortuna, era el ánimo que
tenía para sufrir cualquier desastre que le sobreviniese, segura de que, a
su parecer, ninguno podía llegar que el que tenía acrecentase un punto.
-No le perdiera yo, señora -respondió Cardenio-, en decirte lo que pienso,
si fuera verdad lo que imagino; y hasta ahora no se pierde coyuntura, ni a
ti te importa nada el saberlo.
-Sea lo que fuere -respondió Dorotea-, «lo que en mi cuento pasa fue que,
tomando don Fernando una imagen que en aquel aposento estaba, la puso por
testigo de nuestro desposorio. Con palabras eficacísimas y juramentos
estraordinarios, me dio la palabra de ser mi marido, puesto que, antes que
acabase de decirlas, le dije que mirase bien lo que hacía y que considerase
el enojo que su padre había de recebir de verle casado con una villana
vasalla suya; que no le cegase mi hermosura, tal cual era, pues no era
bastante para hallar en ella disculpa de su yerro, y que si algún bien me
quería hacer, por el amor que me tenía, fuese dejar correr mi suerte a lo
igual de lo que mi calidad podía, porque nunca los tan desiguales
casamientos se gozan ni duran mucho en aquel gusto con que se comienzan.
»Todas estas razones que aquí he dicho le dije, y otras muchas de que no me
acuerdo, pero no fueron parte para que él dejase de seguir su intento, bien
ansí como el que no piensa pagar, que, al concertar de la barata, no repara
en inconvenientes. Yo, a esta sazón, hice un breve discurso conmigo, y me
dije a mí mesma: ''Sí, que no seré yo la primera que por vía de matrimonio
haya subido de humilde a grande estado, ni será don Fernando el primero a
quien hermosura, o ciega afición, que es lo más cierto, haya hecho tomar
compañía desigual a su grandeza. Pues si no hago ni mundo ni uso nuevo,
bien es acudir a esta honra que la suerte me ofrece, puesto que en éste no
dure más la voluntad que me muestra de cuanto dure el cumplimiento de su
deseo; que, en fin, para con Dios seré su esposa. Y si quiero con desdenes
despedille, en término le veo que, no usando el que debe, usará el de la
fuerza y vendré a quedar deshonrada y sin disculpa de la culpa que me podía
dar el que no supiere cuán sin ella he venido a este punto. Porque, ¿qué
razones serán bastantes para persuadir a mis padres, y a otros, que este
caballero entró en mi aposento sin consentimiento mío?''
»Todas estas demandas y respuestas revolví yo en un instante en la
imaginación; y, sobre todo, me comenzaron a hacer fuerza y a inclinarme a
lo que fue, sin yo pensarlo, mi perdición: los juramentos de don Fernando,
los testigos que ponía, las lágrimas que derramaba, y, finalmente, su
dispusición y gentileza, que, acompañada con tantas muestras de verdadero
amor, pudieran rendir a otro tan libre y recatado corazón como el mío.
Llamé a mi criada, para que en la tierra acompañase a los testigos del
cielo; tornó don Fernando a reiterar y confirmar sus juramentos; añadió a
los primeros nuevos santos por testigos; echóse mil futuras maldiciones, si
no cumpliese lo que me prometía; volvió a humedecer sus ojos y a acrecentar
sus suspiros; apretóme más entre sus brazos, de los cuales jamás me había
dejado; y con esto, y con volverse a salir del aposento mi doncella, yo
dejé de serlo y él acabó de ser traidor y fementido.
»El día que sucedió a la noche de mi desgracia se venía aun no tan apriesa
como yo pienso que don Fernando deseaba, porque, después de cumplido
aquello que el apetito pide, el mayor gusto que puede venir es apartarse de
donde le alcanzaron. Digo esto porque don Fernando dio priesa por partirse
de mí, y, por industria de mi doncella, que era la misma que allí le había
traído, antes que amaneciese se vio en la calle. Y, al despedirse de mí,
aunque no con tanto ahínco y vehemencia como cuando vino, me dijo que
estuviese segura de su fe y de ser firmes y verdaderos sus juramentos; y,
para más confirmación de su palabra, sacó un rico anillo del dedo y lo puso
en el mío. En efecto, él se fue y yo quedé ni sé si triste o alegre; esto
sé bien decir: que quedé confusa y pensativa, y casi fuera de mí con el
nuevo acaecimiento, y no tuve ánimo, o no se me acordó, de reñir a mi
doncella por la traición cometida de encerrar a don Fernando en mi mismo
aposento, porque aún no me determinaba si era bien o mal el que me había
sucedido. Díjele, al partir, a don Fernando que por el mesmo camino de
aquélla podía verme otras noches, pues ya era suya, hasta que, cuando él
quisiese, aquel hecho se publicase. Pero no vino otra alguna, si no fue la
siguiente, ni yo pude verle en la calle ni en la iglesia en más de un mes;
que en vano me cansé en solicitallo, puesto que supe que estaba en la villa
y que los más días iba a caza, ejercicio de que él era muy aficionado.
»Estos días y estas horas bien sé yo que para mí fueron aciagos y
menguadas, y bien sé que comencé a dudar en ellos, y aun a descreer de la
fe de don Fernando; y sé también que mi doncella oyó entonces las palabras
que en reprehensión de su atrevimiento antes no había oído; y sé que me fue
forzoso tener cuenta con mis lágrimas y con la compostura de mi rostro, por
no dar ocasión a que mis padres me preguntasen que de qué andaba
descontenta y me obligasen a buscar mentiras que decilles. Pero todo esto
se acabó en un punto, llegándose uno donde se atropellaron respectos y se
acabaron los honrados discursos, y adonde se perdió la paciencia y salieron
a plaza mis secretos pensamientos. Y esto fue porque, de allí a pocos días,
se dijo en el lugar como en una ciudad allí cerca se había casado don
Fernando con una doncella hermosísima en todo estremo, y de muy principales
padres, aunque no tan rica que, por la dote, pudiera aspirar a tan noble
casamiento. Díjose que se llamaba Luscinda, con otras cosas que en sus
desposorios sucedieron dignas de admiración.»
Oyó Cardenio el nombre de Luscinda, y no hizo otra cosa que encoger los
hombros, morderse los labios, enarcar las cejas y dejar de allí a poco caer
por sus ojos dos fuentes de lágrimas. Mas no por esto dejó Dorotea de
seguir su cuento, diciendo:
-«Llegó esta triste nueva a mis oídos, y, en lugar de helárseme el corazón
en oílla, fue tanta la cólera y rabia que se encendió en él, que faltó poco
para no salirme por las calles dando voces, publicando la alevosía y
traición que se me había hecho. Mas templóse esta furia por entonces con
pensar de poner aquella mesma noche por obra lo que puse: que fue ponerme
en este hábito, que me dio uno de los que llaman zagales en casa de los
labradores, que era criado de mi padre, al cual descubrí toda mi
desventura, y le rogué me acompañase hasta la ciudad donde entendí que mi
enemigo estaba. Él, después que hubo reprehendido mi atrevimiento y afeado
mi determinación, viéndome resuelta en mi parecer, se ofreció a tenerme
compañía, como él dijo, hasta el cabo del mundo. Luego, al momento, encerré
en una almohada de lienzo un vestido de mujer, y algunas joyas y dineros,
por lo que podía suceder. Y en el silencio de aquella noche, sin dar cuenta
a mi traidora doncella, salí de mi casa, acompañada de mi criado y de
muchas imaginaciones, y me puse en camino de la ciudad a pie, llevada en
vuelo del deseo de llegar, ya que no a estorbar lo que tenía por hecho, a
lo menos a decir a don Fernando me dijese con qué alma lo había hecho.
»Llegué en dos días y medio donde quería, y, en entrando por la ciudad,
pregunté por la casa de los padres de Luscinda, y al primero a quien hice
la pregunta me respondió más de lo que yo quisiera oír. Díjome la casa y
todo lo que había sucedido en el desposorio de su hija, cosa tan pública en
la ciudad, que se hace en corrillos para contarla por toda ella. Díjome que
la noche que don Fernando se desposó con Luscinda, después de haber ella
dado el sí de ser su esposa, le había tomado un recio desmayo, y que,
llegando su esposo a desabrocharle el pecho para que le diese el aire, le
halló un papel escrito de la misma letra de Luscinda, en que decía y
declaraba que ella no podía ser esposa de don Fernando, porque lo era de
Cardenio, que, a lo que el hombre me dijo, era un caballero muy principal
de la mesma ciudad; y que si había dado el sí a don Fernando, fue por no
salir de la obediencia de sus padres. En resolución, tales razones dijo que
contenía el papel, que daba a entender que ella había tenido intención de
matarse en acabándose de desposar, y daba allí las razones por que se había
quitado la vida. Todo lo cual dicen que confirmó una daga que le hallaron
no sé en qué parte de sus vestidos. Todo lo cual visto por don Fernando,
pareciéndole que Luscinda le había burlado y escarnecido y tenido en poco,
arremetió a ella, antes que de su desmayo volviese, y con la misma daga que
le hallaron la quiso dar de puñaladas; y lo hiciera si sus padres y los que
se hallaron presentes no se lo estorbaran. Dijeron más: que luego se
ausentó don Fernando, y que Luscinda no había vuelto de su parasismo hasta
otro día, que contó a sus padres cómo ella era verdadera esposa de aquel
Cardenio que he dicho. Supe más: que el Cardenio, según decían, se halló
presente en los desposorios, y que, en viéndola desposada, lo cual él jamás
pensó, se salió de la ciudad desesperado, dejándole primero escrita una
carta, donde daba a entender el agravio que Luscinda le había hecho, y de
cómo él se iba adonde gentes no le viesen.
»Esto todo era público y notorio en toda la ciudad, y todos hablaban dello;
y más hablaron cuando supieron que Luscinda había faltado de casa de sus
padres y de la ciudad, pues no la hallaron en toda ella, de que perdían el
juicio sus padres y no sabían qué medio se tomar para hallarla. Esto que
supe puso en bando mis esperanzas, y tuve por mejor no haber hallado a don
Fernando, que no hallarle casado, pareciéndome que aún no estaba del todo
cerrada la puerta a mi remedio, dándome yo a entender que podría ser que el
cielo hubiese puesto aquel impedimento en el segundo matrimonio, por
atraerle a conocer lo que al primero debía, y a caer en la cuenta de que
era cristiano y que estaba más obligado a su alma que a los respetos
humanos. Todas estas cosas revolvía en mi fantasía, y me consolaba sin
tener consuelo, fingiendo unas esperanzas largas y desmayadas, para
entretener la vida, que ya aborrezco.
»Estando, pues, en la ciudad, sin saber qué hacerme, pues a don Fernando no
hallaba, llegó a mis oídos un público pregón, donde se prometía grande
hallazgo a quien me hallase, dando las señas de la edad y del mesmo traje
que traía; y oí decir que se decía que me había sacado de casa de mis
padres el mozo que conmigo vino, cosa que me llegó al alma, por ver cuán de
caída andaba mi crédito, pues no bastaba perderle con mi venida, sino
añadir el con quién, siendo subjeto tan bajo y tan indigno de mis buenos
pensamientos. Al punto que oí el pregón, me salí de la ciudad con mi
criado, que ya comenzaba a dar muestras de titubear en la fe que de
fidelidad me tenía prometida, y aquella noche nos entramos por lo espeso
desta montaña, con el miedo de no ser hallados. Pero, como suele decirse
que un mal llama a otro, y que el fin de una desgracia suele ser principio
de otra mayor, así me sucedió a mí, porque mi buen criado, hasta entonces
fiel y seguro, así como me vio en esta soledad, incitado de su mesma
bellaquería antes que de mi hermosura, quiso aprovecharse de la ocasión
que, a su parecer, estos yermos le ofrecían; y, con poca vergüenza y menos
temor de Dios ni respeto mío, me requirió de amores; y, viendo que yo con
feas y justas palabras respondía a las desvergüenzas de sus propósitos,
dejó aparte los ruegos, de quien primero pensó aprovecharse, y comenzó a
usar de la fuerza. Pero el justo cielo, que pocas o ningunas veces deja de
mirar y favorecer a las justas intenciones, favoreció las mías, de manera
que con mis pocas fuerzas, y con poco trabajo, di con él por un
derrumbadero, donde le dejé, ni sé si muerto o si vivo; y luego, con más
ligereza que mi sobresalto y cansancio pedían, me entré por estas montañas,
sin llevar otro pensamiento ni otro disignio que esconderme en ellas y huir
de mi padre y de aquellos que de su parte me andaban buscando.
»Con este deseo, ha no sé cuántos meses que entré en ellas, donde hallé un
ganadero que me llevó por su criado a un lugar que está en las entrañas
desta sierra, al cual he servido de zagal todo este tiempo, procurando
estar siempre en el campo por encubrir estos cabellos que ahora, tan si
pensarlo, me han descubierto. Pero toda mi industria y toda mi solicitud
fue y ha sido de ningún provecho, pues mi amo vino en conocimiento de que
yo no era varón, y nació en él el mesmo mal pensamiento que en mi criado;
y, como no siempre la fortuna con los trabajos da los remedios, no hallé
derrumbadero ni barranco de donde despeñar y despenar al amo, como le hallé
para el criado; y así, tuve por menor inconveniente dejalle y asconderme de
nuevo entre estas asperezas que probar con él mis fuerzas o mis disculpas.
Digo, pues, que me torné a emboscar, y a buscar donde sin impedimento
alguno pudiese con suspiros y lágrimas rogar al cielo se duela de mi
desventura y me dé industria y favor para salir della, o para dejar la vida
entre estas soledades, sin que quede memoria desta triste, que tan sin
culpa suya habrá dado materia para que de ella se hable y murmure en la
suya y en las ajenas tierras.»
Capítulo XXIX. Que trata de la discreción de la hermosa Dorotea, con otras
cosas de mucho gusto y pasatiempo
-Esta es, señores, la verdadera historia de mi tragedia: mirad y juzgad
ahora si los suspiros que escuchastes, las palabras que oístes y las
lágrimas que de mis ojos salían, tenían ocasión bastante para mostrarse en
mayor abundancia; y, considerada la calidad de mi desgracia, veréis que
será en vano el consuelo, pues es imposible el remedio della. Sólo os ruego
(lo que con facilidad podréis y debéis hacer) que me aconsejéis dónde podré
pasar la vida sin que me acabe el temor y sobresalto que tengo de ser
hallada de los que me buscan; que, aunque sé que el mucho amor que mis
padres me tienen me asegura que seré dellos bien recebida, es tanta la
vergüenza que me ocupa sólo el pensar que, no como ellos pensaban, tengo de
parecer a su presencia, que tengo por mejor desterrarme para siempre de ser
vista que no verles el rostro, con pensamiento que ellos miran el mío ajeno
de la honestidad que de mí se debían de tener prometida.
Calló en diciendo esto, y el rostro se le cubrió de un color que mostró
bien claro el sentimiento y vergüenza del alma. En las suyas sintieron los
que escuchado la habían tanta lástima como admiración de su desgracia; y,
aunque luego quisiera el cura consolarla y aconsejarla, tomó primero la
mano Cardenio, diciendo:
-En fin, señora, que tú eres la hermosa Dorotea, la hija única del rico
Clenardo.
Admirada quedó Dorotea cuando oyó el nombre de su padre, y de ver cuán de
poco era el que le nombraba, porque ya se ha dicho de la mala manera que
Cardenio estaba vestido; y así, le dijo:
-Y ¿quién sois vos, hermano, que así sabéis el nombre de mi padre? Porque
yo, hasta ahora, si mal no me acuerdo, en todo el discurso del cuento de mi
desdicha no le he nombrado.
-Soy -respondió Cardenio- aquel sin ventura que, según vos, señora, habéis
dicho, Luscinda dijo que era su esposa. Soy el desdichado Cardenio, a quien
el mal término de aquel que a vos os ha puesto en el que estáis me ha
traído a que me veáis cual me veis: roto, desnudo, falto de todo humano
consuelo y, lo que es peor de todo, falto de juicio, pues no le tengo sino
cuando al cielo se le antoja dármele por algún breve espacio. Yo, Teodora,
soy el que me hallé presente a las sinrazones de don Fernando, y el que
aguardó oír el sí que de ser su esposa pronunció Luscinda. Yo soy el que no
tuvo ánimo para ver en qué paraba su desmayo, ni lo que resultaba del papel
que le fue hallado en el pecho, porque no tuvo el alma sufrimiento para ver
tantas desventuras juntas; y así, dejé la casa y la paciencia, y una carta
que dejé a un huésped mío, a quien rogué que en manos de Luscinda la
pusiese, y víneme a estas soledades, con intención de acabar en ellas la
vida, que desde aquel punto aborrecí como mortal enemiga mía. Mas no ha
querido la suerte quitármela, contentándose con quitarme el juicio, quizá
por guardarme para la buena ventura que he tenido en hallaros; pues, siendo
verdad, como creo que lo es, lo que aquí habéis contado, aún podría ser que
a entrambos nos tuviese el cielo guardado mejor suceso en nuestros
desastres que nosotros pensamos. Porque, presupuesto que Luscinda no puede
casarse con don Fernando, por ser mía, ni don Fernando con ella, por ser
vuestro, y haberlo ella tan manifiestamente declarado, bien podemos esperar
que el cielo nos restituya lo que es nuestro, pues está todavía en ser, y
no se ha enajenado ni deshecho. Y, pues este consuelo tenemos, nacido no de
muy remota esperanza, ni fundado en desvariadas imaginaciones, suplícoos,
señora, que toméis otra resolución en vuestros honrados pensamientos, pues
yo la pienso tomar en los míos, acomodándoos a esperar mejor fortuna; que
yo os juro, por la fe de caballero y de cristiano, de no desampararos hasta
veros en poder de don Fernando, y que, cuando con razones no le pudiere
atraer a que conozca lo que os debe, de usar entonces la libertad que me
concede el ser caballero, y poder con justo título desafialle, en razón de
la sinrazón que os hace, sin acordarme de mis agravios, cuya venganza
dejaré al cielo por acudir en la tierra a los vuestros.
Con lo que Cardenio dijo se acabó de admirar Dorotea, y, por no saber qué
gracias volver a tan grandes ofrecimientos, quiso tomarle los pies para
besárselos; mas no lo consintió Cardenio, y el licenciado respondió por
entrambos, y aprobó el buen discurso de Cardenio, y, sobre todo, les rogó,
aconsejó y persuadió que se fuesen con él a su aldea, donde se podrían
reparar de las cosas que les faltaban, y que allí se daría orden cómo
buscar a don Fernando, o cómo llevar a Dorotea a sus padres, o hacer lo que
más les pareciese conveniente. Cardenio y Dorotea se lo agradecieron, y
acetaron la merced que se les ofrecía. El barbero, que a todo había estado
suspenso y callado, hizo también su buena plática y se ofreció con no menos
voluntad que el cura a todo aquello que fuese bueno para servirles.
Contó asimesmo con brevedad la causa que allí los había traído, con la
estrañeza de la locura de don Quijote, y cómo aguardaban a su escudero, que
había ido a buscalle. Vínosele a la memoria a Cardenio, como por sueños, la
pendencia que con don Quijote había tenido y contóla a los demás, mas no
supo decir por qué causa fue su quistión.
En esto, oyeron voces, y conocieron que el que las daba era Sancho Panza,
que, por no haberlos hallado en el lugar donde los dejó, los llamaba a
voces. Saliéronle al encuentro, y, preguntándole por don Quijote, les dijo
cómo le había hallado desnudo en camisa, flaco, amarillo y muerto de
hambre, y suspirando por su señora Dulcinea; y que, puesto que le había
dicho que ella le mandaba que saliese de aquel lugar y se fuese al del
Toboso, donde le quedaba esperando, había respondido que estaba determinado
de no parecer ante su fermosura fasta que hobiese fecho fazañas que le
ficiesen digno de su gracia. Y que si aquello pasaba adelante, corría
peligro de no venir a ser emperador, como estaba obligado, ni aun
arzobispo, que era lo menos que podía ser. Por eso, que mirasen lo que se
había de hacer para sacarle de allí.
El licenciado le respondió que no tuviese pena, que ellos le sacarían de
allí, mal que le pesase. Contó luego a Cardenio y a Dorotea lo que tenían
pensado para remedio de don Quijote, a lo menos para llevarle a su casa. A
lo cual dijo Dorotea que ella haría la doncella menesterosa mejor que el
barbero, y más, que tenía allí vestidos con que hacerlo al natural, y que
la dejasen el cargo de saber representar todo aquello que fuese menester
para llevar adelante su intento, porque ella había leído muchos libros de
caballerías y sabía bien el estilo que tenían las doncellas cuitadas cuando
pedían sus dones a los andantes caballeros.
-Pues no es menester más -dijo el cura- sino que luego se ponga por obra;
que, sin duda, la buena suerte se muestra en favor nuestro, pues, tan sin
pensarlo, a vosotros, señores, se os ha comenzado a abrir puerta para
vuestro remedio y a nosotros se nos ha facilitado la que habíamos menester.
Sacó luego Dorotea de su almohada una saya entera de cierta telilla rica y
una mantellina de otra vistosa tela verde, y de una cajita un collar y
otras joyas, con que en un instante se adornó de manera que una rica y gran
señora parecía. Todo aquello, y más, dijo que había sacado de su casa para
lo que se ofreciese, y que hasta entonces no se le había ofrecido ocasión
de habello menester. A todos contentó en estremo su mucha gracia, donaire y
hermosura, y confirmaron a don Fernando por de poco conocimiento, pues
tanta belleza desechaba.
Pero el que más se admiró fue Sancho Panza, por parecerle -como era así
verdad- que en todos los días de su vida había visto tan hermosa criatura;
y así, preguntó al cura con grande ahínco le dijese quién era aquella tan
fermosa señora, y qué era lo que buscaba por aquellos andurriales.
-Esta hermosa señora -respondió el cura-, Sancho hermano, es, como quien no
dice nada, es la heredera por línea recta de varón del gran reino de
Micomicón, la cual viene en busca de vuestro amo a pedirle un don, el cual
es que le desfaga un tuerto o agravio que un mal gigante le tiene fecho; y,
a la fama que de buen caballero vuestro amo tiene por todo lo descubierto,
de Guinea ha venido a buscarle esta princesa.
-Dichosa buscada y dichoso hallazgo -dijo a esta sazón Sancho Panza-, y más
si mi amo es tan venturoso que desfaga ese agravio y enderece ese tuerto,
matando a ese hideputa dese gigante que vuestra merced dice; que sí matará
si él le encuentra, si ya no fuese fantasma, que contra las fantasmas no
tiene mi señor poder alguno. Pero una cosa quiero suplicar a vuestra
merced, entre otras, señor licenciado, y es que, porque a mi amo no le tome
gana de ser arzobispo, que es lo que yo temo, que vuestra merced le
aconseje que se case luego con esta princesa, y así quedará imposibilitado
de recebir órdenes arzobispales y vendrá con facilidad a su imperio y yo al
fin de mis deseos; que yo he mirado bien en ello y hallo por mi cuenta que
no me está bien que mi amo sea arzobispo, porque yo soy inútil para la
Iglesia, pues soy casado, y andarme ahora a traer dispensaciones para poder
tener renta por la Iglesia, teniendo, como tengo, mujer y hijos, sería
nunca acabar. Así que, señor, todo el toque está en que mi amo se case
luego con esta señora, que hasta ahora no sé su gracia, y así, no la llamo
por su nombre.
-Llámase -respondió el cura- la princesa Micomicona, porque, llamándose su
reino Micomicón, claro está que ella se ha de llamar así.
-No hay duda en eso -respondió Sancho-, que yo he visto a muchos tomar el
apellido y alcurnia del lugar donde nacieron, llamándose Pedro de Alcalá,
Juan de Úbeda y Diego de Valladolid; y esto mesmo se debe de usar allá en
Guinea: tomar las reinas los nombres de sus reinos.
-Así debe de ser -dijo el cura-; y en lo del casarse vuestro amo, yo haré
en ello todos mis poderíos.
Con lo que quedó tan contento Sancho cuanto el cura admirado de su
simplicidad, y de ver cuán encajados tenía en la fantasía los mesmos
disparates que su amo, pues sin alguna duda se daba a entender que había de
venir a ser emperador.
Ya, en esto, se había puesto Dorotea sobre la mula del cura y el barbero se
había acomodado al rostro la barba de la cola de buey, y dijeron a Sancho
que los guiase adonde don Quijote estaba; al cual advirtieron que no dijese
que conocía al licenciado ni al barbero, porque en no conocerlos consistía
todo el toque de venir a ser emperador su amo; puesto que ni el cura ni
Cardenio quisieron ir con ellos, porque no se le acordase a don Quijote la
pendencia que con Cardenio había tenido, y el cura porque no era menester
por entonces su presencia. Y así, los dejaron ir delante, y ellos los
fueron siguiendo a pie, poco a poco. No dejó de avisar el cura lo que había
de hacer Dorotea; a lo que ella dijo que descuidasen, que todo se haría,
sin faltar punto, como lo pedían y pintaban los libros de caballerías.
Tres cuartos de legua habrían andado, cuando descubrieron a don Quijote
entre unas intricadas peñas, ya vestido, aunque no armado; y, así como
Dorotea le vio y fue informada de Sancho que aquél era don Quijote, dio del
azote a su palafrén, siguiéndole el bien barbado barbero. Y, en llegando
junto a él, el escudero se arrojó de la mula y fue a tomar en los brazos a
Dorotea, la cual, apeándose con grande desenvoltura, se fue a hincar de
rodillas ante las de don Quijote; y, aunque él pugnaba por levantarla,
ella, sin levantarse, le fabló en esta guisa:
-De aquí no me levantaré, ¡oh valeroso y esforzado caballero!, fasta que la
vuestra bondad y cortesía me otorgue un don, el cual redundará en honra y
prez de vuestra persona, y en pro de la más desconsolada y agraviada
doncella que el sol ha visto. Y si es que el valor de vuestro fuerte brazo
corresponde a la voz de vuestra inmortal fama, obligado estáis a favorecer
a la sin ventura que de tan lueñes tierras viene, al olor de vuestro famoso
nombre, buscándoos para remedio de sus desdichas.
-No os responderé palabra, fermosa señora -respondió don Quijote-, ni oiré
más cosa de vuestra facienda, fasta que os levantéis de tierra.
-No me levantaré, señor -respondió la afligida doncella-, si primero, por
la vuestra cortesía, no me es otorgado el don que pido.
-Yo vos le otorgo y concedo -respondió don Quijote-, como no se haya de
cumplir en daño o mengua de mi rey, de mi patria y de aquella que de mi
corazón y libertad tiene la llave.
-No será en daño ni en mengua de los que decís, mi buen señor -replicó la
dolorosa doncella.
Y, estando en esto, se llegó Sancho Panza al oído de su señor y muy pasito
le dijo:
-Bien puede vuestra merced, señor, concederle el don que pide, que no es
cosa de nada: sólo es matar a un gigantazo, y esta que lo pide es la alta
princesa Micomicona, reina del gran reino Micomicón de Etiopía.
-Sea quien fuere -respondió don Quijote-, que yo haré lo que soy obligado y
lo que me dicta mi conciencia, conforme a lo que profesado tengo.
Y, volviéndose a la doncella, dijo:
-La vuestra gran fermosura se levante, que yo le otorgo el don que pedirme
quisiere.
-Pues el que pido es -dijo la doncella- que la vuestra magnánima persona se
venga luego conmigo donde yo le llevare, y me prometa que no se ha de
entremeter en otra aventura ni demanda alguna hasta darme venganza de un
traidor que, contra todo derecho divino y humano, me tiene usurpado mi
reino.
-Digo que así lo otorgo -respondió don Quijote-, y así podéis, señora,
desde hoy más, desechar la malenconía que os fatiga y hacer que cobre
nuevos bríos y fuerzas vuestra desmayada esperanza; que, con el ayuda de
Dios y la de mi brazo, vos os veréis presto restituida en vuestro reino y
sentada en la silla de vuestro antiguo y grande estado, a pesar y a
despecho de los follones que contradecirlo quisieren. Y manos a labor, que
en la tardanza dicen que suele estar el peligro.
La menesterosa doncella pugnó, con mucha porfía, por besarle las manos, mas
don Quijote, que en todo era comedido y cortés caballero, jamás lo
consintió; antes, la hizo levantar y la abrazó con mucha cortesía y
comedimiento, y mandó a Sancho que requiriese las cinchas a Rocinante y le
armase luego al punto. Sancho descolgó las armas, que, como trofeo, de un
árbol estaban pendientes, y, requiriendo las cinchas, en un punto armó a su
señor; el cual, viéndose armado, dijo:
-Vamos de aquí, en el nombre de Dios, a favorecer esta gran señora.
Estábase el barbero aún de rodillas, teniendo gran cuenta de disimular la
risa y de que no se le cayese la barba, con cuya caída quizá quedaran todos
sin conseguir su buena intención; y, viendo que ya el don estaba concedido
y con la diligencia que don Quijote se alistaba para ir a cumplirle, se
levantó y tomó de la otra mano a su señora, y entre los dos la subieron en
la mula. Luego subió don Quijote sobre Rocinante, y el barbero se acomodó
en su cabalgadura, quedándose Sancho a pie, donde de nuevo se le renovó la
pérdida del rucio, con la falta que entonces le hacía; mas todo lo llevaba
con gusto, por parecerle que ya su señor estaba puesto en camino, y muy a
pique, de ser emperador; porque sin duda alguna pensaba que se había de
casar con aquella princesa, y ser, por lo menos, rey de Micomicón. Sólo le
daba pesadumbre el pensar que aquel reino era en tierra de negros, y que la
gente que por sus vasallos le diesen habían de ser todos negros; a lo cual
hizo luego en su imaginación un buen remedio, y díjose a sí mismo:
-¿Qué se me da a mí que mis vasallos sean negros? ¿Habrá más que cargar con
ellos y traerlos a España, donde los podré vender, y adonde me los pagarán
de contado, de cuyo dinero podré comprar algún título o algún oficio con
que vivir descansado todos los días de mi vida? ¡No, sino dormíos, y no
tengáis ingenio ni habilidad para disponer de las cosas y para vender
treinta o diez mil vasallos en dácame esas pajas! Par Dios que los he de
volar, chico con grande, o como pudiere, y que, por negros que sean, los he
de volver blancos o amarillos. ¡Llegaos, que me mamo el dedo!
Con esto, andaba tan solícito y tan contento que se le olvidaba la
pesadumbre de caminar a pie.
Todo esto miraban de entre unas breñas Cardenio y el cura, y no sabían qué
hacerse para juntarse con ellos; pero el cura, que era gran tracista,
imaginó luego lo que harían para conseguir lo que deseaban; y fue que con
unas tijeras que traía en un estuche quitó con mucha presteza la barba a
Cardenio, y vistióle un capotillo pardo que él traía y diole un herreruelo
negro, y él se quedó en calzas y en jubón; y quedó tan otro de lo que antes
parecía Cardenio, que él mesmo no se conociera, aunque a un espejo se
mirara. Hecho esto, puesto ya que los otros habían pasado adelante en tanto
que ellos se disfrazaron, con facilidad salieron al camino real antes que
ellos, porque las malezas y malos pasos de aquellos lugares no concedían
que anduviesen tanto los de a caballo como los de a pie. En efeto, ellos se
pusieron en el llano, a la salida de la sierra, y, así como salió della don
Quijote y sus camaradas, el cura se le puso a mirar muy de espacio, dando
señales de que le iba reconociendo; y, al cabo de haberle una buena pieza
estado mirando, se fue a él abiertos los brazos y diciendo a voces:
-Para bien sea hallado el espejo de la caballería, el mi buen compatriote
don Quijote de la Mancha, la flor y la nata de la gentileza, el amparo y
remedio de los menesterosos, la quintaesencia de los caballeros andantes.
Y, diciendo esto, tenía abrazado por la rodilla de la pierna izquierda a
don Quijote; el cual, espantado de lo que veía y oía decir y hacer aquel
hombre, se le puso a mirar con atención, y, al fin, le conoció y quedó como
espantado de verle, y hizo grande fuerza por apearse; mas el cura no lo
consintió, por lo cual don Quijote decía:
-Déjeme vuestra merced, señor licenciado, que no es razón que yo esté a
caballo, y una tan reverenda persona como vuestra merced esté a pie.
-Eso no consentiré yo en ningún modo -dijo el cura-: estése la vuestra
grandeza a caballo, pues estando a caballo acaba las mayores fazañas y
aventuras que en nuestra edad se han visto; que a mí, aunque indigno
sacerdote, bastaráme subir en las ancas de una destas mulas destos señores
que con vuestra merced caminan, si no lo han por enojo. Y aun haré cuenta
que voy caballero sobre el caballo Pegaso, o sobre la cebra o alfana en que
cabalgaba aquel famoso moro Muzaraque, que aún hasta ahora yace encantado
en la gran cuesta Zulema, que dista poco de la gran Compluto.
-Aún no caía yo en tanto, mi señor licenciado -respondió don Quijote-; y yo
sé que mi señora la princesa será servida, por mi amor, de mandar a su
escudero dé a vuestra merced la silla de su mula, que él podrá acomodarse
en las ancas, si es que ella las sufre.
-Sí sufre, a lo que yo creo -respondió la princesa-; y también sé que no
será menester mandárselo al señor mi escudero, que él es tan cortés y tan
cortesano que no consentirá que una persona eclesiástica vaya a pie,
pudiendo ir a caballo.
-Así es -respondió el barbero.
Y, apeándose en un punto, convidó al cura con la silla, y él la tomó sin
hacerse mucho de rogar. Y fue el mal que al subir a las ancas el barbero,
la mula, que, en efeto, era de alquiler, que para decir que era mala esto
basta, alzó un poco los cuartos traseros y dio dos coces en el aire, que, a
darlas en el pecho de maese Nicolás, o en la cabeza, él diera al diablo la
venida por don Quijote. Con todo eso, le sobresaltaron de manera que cayó
en el suelo, con tan poco cuidado de las barbas, que se le cayeron en el
suelo; y, como se vio sin ellas, no tuvo otro remedio sino acudir a
cubrirse el rostro con ambas manos y a quejarse que le habían derribado las
muelas. Don Quijote, como vio todo aquel mazo de barbas, sin quijadas y sin
sangre, lejos del rostro del escudero caído, dijo:
-¡Vive Dios, que es gran milagro éste! ¡Las barbas le ha derribado y
arrancado del rostro, como si las quitaran aposta!
El cura, que vio el peligro que corría su invención de ser descubierta,
acudió luego a las barbas y fuese con ellas adonde yacía maese Nicolás,
dando aún voces todavía, y de un golpe, llegándole la cabeza a su pecho, se
las puso, murmurando sobre él unas palabras, que dijo que era cierto
ensalmo apropiado para pegar barbas, como lo verían; y, cuando se las tuvo
puestas, se apartó, y quedó el escudero tan bien barbado y tan sano como de
antes, de que se admiró don Quijote sobremanera, y rogó al cura que cuando
tuviese lugar le enseñase aquel ensalmo; que él entendía que su virtud a
más que pegar barbas se debía de estender, pues estaba claro que de donde
las barbas se quitasen había de quedar la carne llagada y maltrecha, y que,
pues todo lo sanaba, a más que barbas aprovechaba.
-Así es -dijo el cura, y prometió de enseñársele en la primera ocasión.
Concertáronse que por entonces subiese el cura, y a trechos se fuesen los
tres mudando, hasta que llegasen a la venta, que estaría hasta dos leguas
de allí. Puestos los tres a caballo, es a saber, don Quijote, la princesa y
el cura, y los tres a pie, Cardenio, el barbero y Sancho Panza, don Quijote
dijo a la doncella:
-Vuestra grandeza, señora mía, guíe por donde más gusto le diere.
Y, antes que ella respondiese, dijo el licenciado:
-¿Hacia qué reino quiere guiar la vuestra señoría? ¿Es, por ventura, hacia
el de Micomicón?; que sí debe de ser, o yo sé poco de reinos.
Ella, que estaba bien en todo, entendió que había de responder que sí; y
así, dijo:
-Sí, señor, hacia ese reino es mi camino.
-Si así es -dijo el cura-, por la mitad de mi pueblo hemos de pasar, y de
allí tomará vuestra merced la derrota de Cartagena, donde se podrá embarcar
con la buena ventura; y si hay viento próspero, mar tranquilo y sin
borrasca, en poco menos de nueve años se podrá estar a vista de la gran
laguna Meona, digo, Meótides, que está poco más de cien jornadas más acá
del reino de vuestra grandeza.
-Vuestra merced está engañado, señor mío -dijo ella-, porque no ha dos años
que yo partí dél, y en verdad que nunca tuve buen tiempo, y, con todo eso,
he llegado a ver lo que tanto deseaba, que es al señor don Quijote de la
Mancha, cuyas nuevas llegaron a mis oídos así como puse los pies en España,
y ellas me movieron a buscarle, para encomendarme en su cortesía y fiar mi
justicia del valor de su invencible brazo.
-No más: cesen mis alabanzas -dijo a esta sazón don Quijote-, porque soy
enemigo de todo género de adulación; y, aunque ésta no lo sea, todavía
ofenden mis castas orejas semejantes pláticas. Lo que yo sé decir, señora
mía, que ora tenga valor o no, el que tuviere o no tuviere se ha de emplear
en vuestro servicio hasta perder la vida; y así, dejando esto para su
tiempo, ruego al señor licenciado me diga qué es la causa que le ha traído
por estas partes, tan solo, y tan sin criados, y tan a la ligera, que me
pone espanto.
-A eso yo responderé con brevedad -respondió el cura-, porque sabrá vuestra
merced, señor don Quijote, que yo y maese Nicolás, nuestro amigo y nuestro
barbero, íbamos a Sevilla a cobrar cierto dinero que un pariente mío que ha
muchos años que pasó a Indias me había enviado, y no tan pocos que no pasan
de sesenta mil pesos ensayados, que es otro que tal; y, pasando ayer por
estos lugares, nos salieron al encuentro cuatro salteadores y nos quitaron
hasta las barbas; y de modo nos las quitaron, que le convino al barbero
ponérselas postizas; y aun a este mancebo que aquí va -señalando a
Cardenio- le pusieron como de nuevo. Y es lo bueno que es pública fama por
todos estos contornos que los que nos saltearon son de unos galeotes que
dicen que libertó, casi en este mesmo sitio, un hombre tan valiente que, a
pesar del comisario y de las guardas, los soltó a todos; y, sin duda
alguna, él debía de estar fuera de juicio, o debe de ser tan grande bellaco
como ellos, o algún hombre sin alma y sin conciencia, pues quiso soltar al
lobo entre las ovejas, a la raposa entre las gallinas, a la mosca entre la
miel; quiso defraudar la justicia, ir contra su rey y señor natural, pues
fue contra sus justos mandamientos. Quiso, digo, quitar a las galeras sus
pies, poner en alboroto a la Santa Hermandad, que había muchos años que
reposaba; quiso, finalmente, hacer un hecho por donde se pierda su alma y
no se gane su cuerpo.
Habíales contado Sancho al cura y al barbero la aventura de los galeotes,
que acabó su amo con tanta gloria suya, y por esto cargaba la mano el cura
refiriéndola, por ver lo que hacía o decía don Quijote; al cual se le
mudaba la color a cada palabra, y no osaba decir que él había sido el
libertador de aquella buena gente.
-Éstos, pues -dijo el cura-, fueron los que nos robaron; que Dios, por su
misericordia, se lo perdone al que no los dejó llevar al debido suplicio.
Capítulo XXX. Que trata del gracioso artificio y orden que se tuvo en sacar
a nuestro enamorado caballero de la asperísima penitencia en que se había
puesto
No hubo bien acabado el cura, cuando Sancho dijo:
-Pues mía fe, señor licenciado, el que hizo esa fazaña fue mi amo, y no
porque yo no le dije antes y le avisé que mirase lo que hacía, y que era
pecado darles libertad, porque todos iban allí por grandísimos bellacos.
-¡Majadero! -dijo a esta sazón don Quijote-, a los caballeros andantes no
les toca ni atañe averiguar si los afligidos, encadenados y opresos que
encuentran por los caminos van de aquella manera, o están en aquella
angustia, por sus culpas o por sus gracias; sólo le toca ayudarles como a
menesterosos, poniendo los ojos en sus penas y no en sus bellaquerías. Yo
topé un rosario y sarta de gente mohína y desdichada, y hice con ellos lo
que mi religión me pide, y lo demás allá se avenga; y a quien mal le ha
parecido, salvo la santa dignidad del señor licenciado y su honrada
persona, digo que sabe poco de achaque de caballería, y que miente como un
hideputa y mal nacido; y esto le haré conocer con mi espada, donde más
largamente se contiene.
Y esto dijo afirmándose en los estribos y calándose el morrión; porque la
bacía de barbero, que a su cuenta era el yelmo de Mambrino, llevaba colgado
del arzón delantero, hasta adobarla del mal tratamiento que la hicieron los
galeotes.
Dorotea, que era discreta y de gran donaire, como quien ya sabía el
menguado humor de don Quijote y que todos hacían burla dél, sino Sancho
Panza, no quiso ser para menos, y, viéndole tan enojado, le dijo:
-Señor caballero, miémbresele a la vuestra merced el don que me tiene
prometido, y que, conforme a él, no puede entremeterse en otra aventura,
por urgente que sea; sosiegue vuestra merced el pecho, que si el señor
licenciado supiera que por ese invicto brazo habían sido librados los
galeotes, él se diera tres puntos en la boca, y aun se mordiera tres veces
la lengua, antes que haber dicho palabra que en despecho de vuestra merced
redundara.
-Eso juro yo bien -dijo el cura-, y aun me hubiera quitado un bigote.
-Yo callaré, señora mía -dijo don Quijote-, y reprimiré la justa cólera que
ya en mi pecho se había levantado, y iré quieto y pacífico hasta tanto que
os cumpla el don prometido; pero, en pago deste buen deseo, os suplico me
digáis, si no se os hace de mal, cuál es la vuestra cuita y cuántas,
quiénes y cuáles son las personas de quien os tengo de dar debida,
satisfecha y entera venganza.
-Eso haré yo de gana -respondió Dorotea-, si es que no os enfadan oír
lástimas y desgracias.
-No enfadará, señora mía -respondió don Quijote.
A lo que respondió Dorotea:
-Pues así es, esténme vuestras mercedes atentos.
No hubo ella dicho esto, cuando Cardenio y el barbero se le pusieron al
lado, deseosos de ver cómo fingía su historia la discreta Dorotea; y lo
mismo hizo Sancho, que tan engañado iba con ella como su amo. Y ella,
después de haberse puesto bien en la silla y prevenídose con toser y hacer
otros ademanes, con mucho donaire, comenzó a decir desta manera:
-«Primeramente, quiero que vuestras mercedes sepan, señores míos, que a mí
me llaman...»
Y detúvose aquí un poco, porque se le olvidó el nombre que el cura le había
puesto; pero él acudió al remedio, porque entendió en lo que reparaba, y
dijo:
-No es maravilla, señora mía, que la vuestra grandeza se turbe y empache
contando sus desventuras, que ellas suelen ser tales, que muchas veces
quitan la memoria a los que maltratan, de tal manera que aun de sus mesmos
nombres no se les acuerda, como han hecho con vuestra gran señoría, que se
ha olvidado que se llama la princesa Micomicona, legítima heredera del gran
reino Micomicón; y con este apuntamiento puede la vuestra grandeza reducir
ahora fácilmente a su lastimada memoria todo aquello que contar quisiere.
-Así es la verdad -respondió la doncella-, y desde aquí adelante creo que
no será menester apuntarme nada, que yo saldré a buen puerto con mi
verdadera historia. «La cual es que el rey mi padre, que se llama Tinacrio
el Sabidor, fue muy docto en esto que llaman el arte mágica, y alcanzó por
su ciencia que mi madre, que se llamaba la reina Jaramilla, había de morir
primero que él, y que de allí a poco tiempo él también había de pasar desta
vida y yo había de quedar huérfana de padre y madre. Pero decía él que no
le fatigaba tanto esto cuanto le ponía en confusión saber, por cosa muy
cierta, que un descomunal gigante, señor de una grande ínsula, que casi
alinda con nuestro reino, llamado Pandafilando de la Fosca Vista (porque es
cosa averiguada que, aunque tiene los ojos en su lugar y derechos, siempre
mira al revés, como si fuese bizco, y esto lo hace él de maligno y por
poner miedo y espanto a los que mira); digo que supo que este gigante, en
sabiendo mi orfandad, había de pasar con gran poderío sobre mi reino y me
lo había de quitar todo, sin dejarme una pequeña aldea donde me recogiese;
pero que podía escusar toda esta ruina y desgracia si yo me quisiese casar
con él; mas, a lo que él entendía, jamás pensaba que me vendría a mí en
voluntad de hacer tan desigual casamiento; y dijo en esto la pura verdad,
porque jamás me ha pasado por el pensamiento casarme con aquel gigante,
pero ni con otro alguno, por grande y desaforado que fuese. Dijo también mi
padre que, después que él fuese muerto y viese yo que Pandafilando
comenzaba a pasar sobre mi reino, que no aguardase a ponerme en defensa,
porque sería destruirme, sino que libremente le dejase desembarazado el
reino, si quería escusar la muerte y total destruición de mis buenos y
leales vasallos, porque no había de ser posible defenderme de la endiablada
fuerza del gigante; sino que luego, con algunos de los míos, me pusiese en
camino de las Españas, donde hallaría el remedio de mis males hallando a un
caballero andante, cuya fama en este tiempo se estendería por todo este
reino, el cual se había de llamar, si mal no me acuerdo, don Azote o don
Gigote.»
-Don Quijote diría, señora -dijo a esta sazón Sancho Panza-, o, por otro
nombre, el Caballero de la Triste Figura.
-Así es la verdad -dijo Dorotea-. «Dijo más: que había de ser alto de
cuerpo, seco de rostro, y que en el lado derecho, debajo del hombro
izquierdo, o por allí junto, había de tener un lunar pardo con ciertos
cabellos a manera de cerdas.»
En oyendo esto don Quijote, dijo a su escudero:
-Ten aquí, Sancho, hijo, ayúdame a desnudar, que quiero ver si soy el
caballero que aquel sabio rey dejó profetizado.
-Pues, ¿para qué quiere vuestra merced desnudarse? -dijo Dorotea.
-Para ver si tengo ese lunar que vuestro padre dijo -respondió don Quijote.
-No hay para qué desnudarse -dijo Sancho-, que yo sé que tiene vuestra
merced un lunar desas señas en la mitad del espinazo, que es señal de ser
hombre fuerte.
-Eso basta -dijo Dorotea-, porque con los amigos no se ha de mirar en pocas
cosas, y que esté en el hombro o que esté en el espinazo, importa poco;
basta que haya lunar, y esté donde estuviere, pues todo es una mesma carne;
y, sin duda, acertó mi buen padre en todo, y yo he acertado en encomendarme
al señor don Quijote, que él es por quien mi padre dijo, pues las señales
del rostro vienen con las de la buena fama que este caballero tiene no sólo
en España, pero en toda la Mancha, pues apenas me hube desembarcado en
Osuna, cuando oí decir tantas hazañas suyas, que luego me dio el alma que
era el mesmo que venía a buscar.
-Pues, ¿cómo se desembarcó vuestra merced en Osuna, señora mía -preguntó
don Quijote-, si no es puerto de mar?
Mas, antes que Dorotea respondiese, tomó el cura la mano y dijo:
-Debe de querer decir la señora princesa que, después que desembarcó en
Málaga, la primera parte donde oyó nuevas de vuestra merced fue en Osuna.
-Eso quise decir -dijo Dorotea.
-Y esto lleva camino -dijo el cura-, y prosiga vuestra majestad adelante.
-No hay que proseguir -respondió Dorotea-, sino que, finalmente, mi suerte
ha sido tan buena en hallar al señor don Quijote, que ya me cuento y tengo
por reina y señora de todo mi reino, pues él, por su cortesía y
magnificencia, me ha prometido el don de irse conmigo dondequiera que yo le
llevare, que no será a otra parte que a ponerle delante de Pandafilando de
la Fosca Vista, para que le mate y me restituya lo que tan contra razón me
tiene usurpado: que todo esto ha de suceder a pedir de boca, pues así lo
dejó profetizado Tinacrio el Sabidor, mi buen padre; el cual también dejó
dicho y escrito en letras caldeas, o griegas, que yo no las sé leer, que si
este caballero de la profecía, después de haber degollado al gigante,
quisiese casarse conmigo, que yo me otorgase luego sin réplica alguna por
su legítima esposa, y le diese la posesión de mi reino, junto con la de mi
persona.
-¿Qué te parece, Sancho amigo? -dijo a este punto don Quijote-. ¿No oyes lo
que pasa? ¿No te lo dije yo? Mira si tenemos ya reino que mandar y reina
con quien casar.
-¡Eso juro yo -dijo Sancho- para el puto que no se casare en abriendo el
gaznatico al señor Pandahilado! Pues, ¡monta que es mala la reina! ¡Así se
me vuelvan las pulgas de la cama!
Y, diciendo esto, dio dos zapatetas en el aire, con muestras de grandísimo
contento, y luego fue a tomar las riendas de la mula de Dorotea, y,
haciéndola detener, se hincó de rodillas ante ella, suplicándole le diese
las manos para besárselas, en señal que la recibía por su reina y señora.
¿Quién no había de reír de los circustantes, viendo la locura del amo y la
simplicidad del criado? En efecto, Dorotea se las dio, y le prometió de
hacerle gran señor en su reino, cuando el cielo le hiciese tanto bien que
se lo dejase cobrar y gozar. Agradecióselo Sancho con tales palabras que
renovó la risa en todos.
-Ésta, señores -prosiguió Dorotea-, es mi historia: sólo resta por deciros
que de cuanta gente de acompañamiento saqué de mi reino no me ha quedado
sino sólo este buen barbado escudero, porque todos se anegaron en una gran
borrasca que tuvimos a vista del puerto, y él y yo salimos en dos tablas a
tierra, como por milagro; y así, es todo milagro y misterio el discurso de
mi vida, como lo habréis notado. Y si en alguna cosa he andado demasiada, o
no tan acertada como debiera, echad la culpa a lo que el señor licenciado
dijo al principio de mi cuento: que los trabajos continuos y
extraordinarios quitan la memoria al que los padece.
-Ésa no me quitarán a mí, ¡oh alta y valerosa señora! -dijo don Quijote-,
cuantos yo pasare en serviros, por grandes y no vistos que sean; y así, de
nuevo confirmo el don que os he prometido, y juro de ir con vos al cabo del
mundo, hasta verme con el fiero enemigo vuestro, a quien pienso, con el
ayuda de Dios y de mi brazo, tajar la cabeza soberbia con los filos
desta... no quiero decir buena espada, merced a Ginés de Pasamonte, que me
llevó la mía.
Esto dijo entre dientes, y prosiguió diciendo:
-Y después de habérsela tajado y puéstoos en pacífica posesión de vuestro
estado, quedará a vuestra voluntad hacer de vuestra persona lo que más en
talante os viniere; porque, mientras que yo tuviere ocupada la memoria y
cautiva la voluntad, perdido el entendimiento, a aquella..., y no digo más,
no es posible que yo arrostre, ni por pienso, el casarme, aunque fuese con
el ave fénix.
Parecióle tan mal a Sancho lo que últimamente su amo dijo acerca de no
querer casarse, que, con grande enojo, alzando la voz, dijo:
-Voto a mí, y juro a mí, que no tiene vuestra merced, señor don Quijote,
cabal juicio. Pues, ¿cómo es posible que pone vuestra merced en duda el
casarse con tan alta princesa como aquésta? ¿Piensa que le ha de ofrecer la
fortuna, tras cada cantillo, semejante ventura como la que ahora se le
ofrece? ¿Es, por dicha, más hermosa mi señora Dulcinea? No, por cierto, ni
aun con la mitad, y aun estoy por decir que no llega a su zapato de la que
está delante. Así, noramala alcanzaré yo el condado que espero, si vuestra
merced se anda a pedir cotufas en el golfo. Cásese, cásese luego,
encomiéndole yo a Satanás, y tome ese reino que se le viene a las manos de
vobis, vobis, y, en siendo rey, hágame marqués o adelantado, y luego,
siquiera se lo lleve el diablo todo.
Don Quijote, que tales blasfemias oyó decir contra su señora Dulcinea, no
lo pudo sufrir, y, alzando el lanzón, sin hablalle palabra a Sancho y sin
decirle esta boca es mía, le dio tales dos palos que dio con él en tierra;
y si no fuera porque Dorotea le dio voces que no le diera más, sin duda le
quitara allí la vida.
-¿Pensáis -le dijo a cabo de rato-, villano ruin, que ha de haber lugar
siempre para ponerme la mano en la horcajadura, y que todo ha de ser errar
vos y perdonaros yo? Pues no lo penséis, bellaco descomulgado, que sin duda
lo estás, pues has puesto lengua en la sin par Dulcinea. ¿Y no sabéis vos,
gañán, faquín, belitre, que si no fuese por el valor que ella infunde en mi
brazo, que no le tendría yo para matar una pulga? Decid, socarrón de lengua
viperina, ¿y quién pensáis que ha ganado este reino y cortado la cabeza a
este gigante, y héchoos a vos marqués, que todo esto doy ya por hecho y por
cosa pasada en cosa juzgada, si no es el valor de Dulcinea, tomando a mi
brazo por instrumento de sus hazañas? Ella pelea en mí, y vence en mí, y yo
vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser. ¡Oh hideputa bellaco, y cómo
sois desagradecido: que os veis levantado del polvo de la tierra a ser
señor de título, y correspondéis a tan buena obra con decir mal de quien os
la hizo!
No estaba tan maltrecho Sancho que no oyese todo cuanto su amo le decía, y,
levantándose con un poco de presteza, se fue a poner detrás del palafrén de
Dorotea, y desde allí dijo a su amo:
-Dígame, señor: si vuestra merced tiene determinado de no casarse con esta
gran princesa, claro está que no será el reino suyo; y, no siéndolo, ¿qué
mercedes me puede hacer? Esto es de lo que yo me quejo; cásese vuestra
merced una por una con esta reina, ahora que la tenemos aquí como llovida
del cielo, y después puede volverse con mi señora Dulcinea; que reyes debe
de haber habido en el mundo que hayan sido amancebados. En lo de la
hermosura no me entremeto; que, en verdad, si va a decirla, que entrambas
me parecen bien, puesto que yo nunca he visto a la señora Dulcinea.
-¿Cómo que no la has visto, traidor blasfemo? -dijo don Quijote-. Pues, ¿no
acabas de traerme ahora un recado de su parte?
-Digo que no la he visto tan despacio -dijo Sancho- que pueda haber notado
particularmente su hermosura y sus buenas partes punto por punto; pero así,
a bulto, me parece bien.
-Ahora te disculpo -dijo don Quijote-, y perdóname el enojo que te he dado,
que los primeros movimientos no son en manos de los hombres.
-Ya yo lo veo -respondió Sancho-; y así, en mí la gana de hablar siempre es
primero movimiento, y no puedo dejar de decir, por una vez siquiera, lo que
me viene a la lengua.
-Con todo eso -dijo don Quijote-, mira, Sancho, lo que hablas, porque
tantas veces va el cantarillo a la fuente..., y no te digo más.
-Ahora bien -respondió Sancho-, Dios está en el cielo, que ve las trampas,
y será juez de quién hace más mal: yo en no hablar bien, o vuestra merced
en obrallo.
-No haya más -dijo Dorotea-: corred, Sancho, y besad la mano a vuestro
señor, y pedilde perdón, y de aquí adelante andad más atentado en vuestras
alabanzas y vituperios, y no digáis mal de aquesa señora Tobosa, a quien yo
no conozco si no es para servilla, y tened confianza en Dios, que no os ha
de faltar un estado donde viváis como un príncipe.
Fue Sancho cabizbajo y pidió la mano a su señor, y él se la dio con
reposado continente; y, después que se la hubo besado, le echó la
bendición, y dijo a Sancho que se adelantasen un poco, que tenía que
preguntalle y que departir con él cosas de mucha importancia. Hízolo así
Sancho y apartáronse los dos algo adelante, y díjole don Quijote:
-Después que veniste, no he tenido lugar ni espacio para preguntarte muchas
cosas de particularidad acerca de la embajada que llevaste y de la
respuesta que trujiste; y ahora, pues la fortuna nos ha concedido tiempo y
lugar, no me niegues tú la ventura que puedes darme con tan buenas nuevas.
-Pregunte vuestra merced lo que quisiere -respondió Sancho-, que a todo
daré tan buena salida como tuve la entrada. Pero suplico a vuestra merced,
señor mío, que no sea de aquí adelante tan vengativo.
-¿Por qué lo dices, Sancho? -dijo don Quijote.
-Dígolo -respondió- porque estos palos de agora más fueron por la pendencia
que entre los dos trabó el diablo la otra noche, que por lo que dije contra
mi señora Dulcinea, a quien amo y reverencio como a una reliquia, aunque en
ella no lo haya, sólo por ser cosa de vuestra merced.
-No tornes a esas pláticas, Sancho, por tu vida -dijo don Quijote-, que me
dan pesadumbre; ya te perdoné entonces, y bien sabes tú que suele decirse:
a pecado nuevo, penitencia nueva.
En tanto que los dos iban en estas pláticas, dijo el cura a Dorotea que
había andado muy discreta, así en el cuento como en la brevedad dél, y en
la similitud que tuvo con los de los libros de caballerías. Ella dijo que
muchos ratos se había entretenido en leellos, pero que no sabía ella dónde
eran las provincias ni puertos de mar, y que así había dicho a tiento que
se había desembarcado en Osuna.
-Yo lo entendí así -dijo el cura-, y por eso acudí luego a decir lo que
dije, con que se acomodó todo. Pero, ¿no es cosa estraña ver con cuánta
facilidad cree este desventurado hidalgo todas estas invenciones y
mentiras, sólo porque llevan el estilo y modo de las necedades de sus
libros?
-Sí es -dijo Cardenio-, y tan rara y nunca vista, que yo no sé si queriendo
inventarla y fabricarla mentirosamente, hubiera tan agudo ingenio que
pudiera dar en ella.
-Pues otra cosa hay en ello -dijo el cura-: que fuera de las simplicidades
que este buen hidalgo dice tocantes a su locura, si le tratan de otras
cosas, discurre con bonísimas razones y muestra tener un entendimiento
claro y apacible en todo. De manera que, como no le toquen en sus
caballerías, no habrá nadie que le juzgue sino por de muy buen
entendimiento.
En tanto que ellos iban en esta conversación, prosiguió don Quijote con la
suya y dijo a Sancho:
-Echemos, Panza amigo, pelillos a la mar en esto de nuestras pendencias, y
dime ahora, sin tener cuenta con enojo ni rencor alguno: ¿Dónde, cómo y
cuándo hallaste a Dulcinea? ¿Qué hacía? ¿Qué le dijiste? ¿Qué te respondió?
¿Qué rostro hizo cuando leía mi carta? ¿Quién te la trasladó? Y todo
aquello que vieres que en este caso es digno de saberse, de preguntarse y
satisfacerse, sin que añadas o mientas por darme gusto, ni menos te acortes
por no quitármele.
-Señor -respondió Sancho-, si va a decir la verdad, la carta no me la
trasladó nadie, porque yo no llevé carta alguna.
-Así es como tú dices -dijo don Quijote-, porque el librillo de memoria
donde yo la escribí le hallé en mi poder a cabo de dos días de tu partida,
lo cual me causó grandísima pena, por no saber lo que habías tú de hacer
cuando te vieses sin carta, y creí siempre que te volvieras desde el lugar
donde la echaras menos.
-Así fuera -respondió Sancho-, si no la hubiera yo tomado en la memoria
cuando vuestra merced me la leyó, de manera que se la dije a un sacristán,
que me la trasladó del entendimiento, tan punto por punto, que dijo que en
todos los días de su vida, aunque había leído muchas cartas de descomunión,
no había visto ni leído tan linda carta como aquélla.
-Y ¿tiénesla todavía en la memoria, Sancho? -dijo don Quijote.
-No, señor -respondió Sancho-, porque después que la di, como vi que no
había de ser de más provecho, di en olvidalla. Y si algo se me acuerda, es
aquello del sobajada, digo, del soberana señora, y lo último: Vuestro hasta
la muerte, el Caballero de la Triste Figura. Y, en medio destas dos cosas,
le puse más de trecientas almas, y vidas, y ojos míos.
Capítulo XXXI. De los sabrosos razonamientos que pasaron entre don Quijote
y Sancho Panza, su escudero, con otros sucesos
-Todo eso no me descontenta; prosigue adelante -dijo don Quijote-.
Llegaste, ¿y qué hacía aquella reina de la hermosura? A buen seguro que la
hallaste ensartando perlas, o bordando alguna empresa con oro de cañutillo
para este su cautivo caballero.
-No la hallé -respondió Sancho- sino ahechando dos hanegas de trigo en un
corral de su casa.
-Pues haz cuenta -dijo don Quijote- que los granos de aquel trigo eran
granos de perlas, tocados de sus manos. Y si miraste, amigo, el trigo ¿era
candeal, o trechel?
-No era sino rubión -respondió Sancho.
-Pues yo te aseguro -dijo don Quijote- que, ahechado por sus manos, hizo
pan candeal, sin duda alguna. Pero pasa adelante: cuando le diste mi carta,
¿besóla? ¿Púsosela sobre la cabeza? ¿Hizo alguna ceremonia digna de tal
carta, o qué hizo?
-Cuando yo se la iba a dar -respondió Sancho-, ella estaba en la fuga del
meneo de una buena parte de trigo que tenía en la criba, y díjome: ''Poned,
amigo, esa carta sobre aquel costal, que no la puedo leer hasta que acabe
de acribar todo lo que aquí está''.
-¡Discreta señora! -dijo don Quijote-. Eso debió de ser por leerla despacio
y recrearse con ella. Adelante, Sancho: y, en tanto que estaba en su
menester, ¿qué coloquios pasó contigo? ¿Qué te preguntó de mí? Y tú, ¿qué
le respondiste? Acaba, cuéntamelo todo; no se te quede en el tintero una
mínima.
-Ella no me preguntó nada -dijo Sancho-, mas yo le dije de la manera que
vuestra merced, por su servicio, quedaba haciendo penitencia, desnudo de la
cintura arriba, metido entre estas sierras como si fuera salvaje, durmiendo
en el suelo, sin comer pan a manteles ni sin peinarse la barba, llorando y
maldiciendo su fortuna.
-En decir que maldecía mi fortuna dijiste mal -dijo don Quijote-, porque
antes la bendigo y bendeciré todos los días de mi vida, por haberme hecho
digno de merecer amar tan alta señora como Dulcinea del Toboso.
-Tan alta es -respondió Sancho-, que a buena fe que me lleva a mí más de un
coto.
-Pues, ¿cómo, Sancho? -dijo don Quijote-. ¿Haste medido tú con ella?
-Medíme en esta manera -respondió Sancho-: que, llegándole a ayudar a poner
un costal de trigo sobre un jumento, llegamos tan juntos que eché de ver
que me llevaba más de un gran palmo.
-Pues ¡es verdad -replicó don Quijote- que no acompaña esa grandeza y la
adorna con mil millones y gracias del alma! Pero no me negarás, Sancho, una
cosa: cuando llegaste junto a ella, ¿no sentiste un olor sabeo, una
fragancia aromática, y un no sé qué de bueno, que yo no acierto a dalle
nombre? Digo, ¿un tuho o tufo como si estuvieras en la tienda de algún
curioso guantero?
-Lo que sé decir -dijo Sancho- es que sentí un olorcillo algo hombruno; y
debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo
correosa.
-No sería eso -respondió don Quijote-, sino que tú debías de estar
romadizado, o te debiste de oler a ti mismo; porque yo sé bien a lo que
huele aquella rosa entre espinas, aquel lirio del campo, aquel ámbar
desleído.
-Todo puede ser -respondió Sancho-, que muchas veces sale de mí aquel olor
que entonces me pareció que salía de su merced de la señora Dulcinea; pero
no hay de qué maravillarse, que un diablo parece a otro.
-Y bien -prosiguió don Quijote-, he aquí que acabó de limpiar su trigo y de
enviallo al molino. ¿Qué hizo cuando leyó la carta?
-La carta -dijo Sancho- no la leyó, porque dijo que no sabía leer ni
escribir; antes, la rasgó y la hizo menudas piezas, diciendo que no la
quería dar a leer a nadie, porque no se supiesen en el lugar sus secretos,
y que bastaba lo que yo le había dicho de palabra acerca del amor que
vuestra merced le tenía y de la penitencia extraordinaria que por su causa
quedaba haciendo. Y, finalmente, me dijo que dijese a vuestra merced que le
besaba las manos, y que allí quedaba con más deseo de verle que de
escribirle; y que, así, le suplicaba y mandaba que, vista la presente,
saliese de aquellos matorrales y se dejase de hacer disparates, y se
pusiese luego luego en camino del Toboso, si otra cosa de más importancia
no le sucediese, porque tenía gran deseo de ver a vuestra merced. Rióse
mucho cuando le dije como se llamaba vuestra merced el Caballero de la
Triste Figura. Preguntéle si había ido allá el vizcaíno de marras; díjome
que sí, y que era un hombre muy de bien. También le pregunté por los
galeotes, mas díjome que no había visto hasta entonces alguno.
-Todo va bien hasta agora -dijo don Quijote-. Pero dime: ¿qué joya fue la
que te dio, al despedirte, por las nuevas que de mí le llevaste? Porque es
usada y antigua costumbre entre los caballeros y damas andantes dar a los
escuderos, doncellas o enanos que les llevan nuevas, de sus damas a ellos,
a ellas de sus andantes, alguna rica joya en albricias, en agradecimiento
de su recado.
-Bien puede eso ser así, y yo la tengo por buena usanza; pero eso debió de
ser en los tiempos pasados, que ahora sólo se debe de acostumbrar a dar un
pedazo de pan y queso, que esto fue lo que me dio mi señora Dulcinea, por
las bardas de un corral, cuando della me despedí; y aun, por más señas, era
el queso ovejuno.
-Es liberal en estremo -dijo don Quijote-, y si no te dio joya de oro, sin
duda debió de ser porque no la tendría allí a la mano para dártela; pero
buenas son mangas después de Pascua: yo la veré, y se satisfará todo.
¿Sabes de qué estoy maravillado, Sancho? De que me parece que fuiste y
veniste por los aires, pues poco más de tres días has tardado en ir y venir
desde aquí al Toboso, habiendo de aquí allá más de treinta leguas; por lo
cual me doy a entender que aquel sabio nigromante que tiene cuenta con mis
cosas y es mi amigo (porque por fuerza le hay, y le ha de haber, so pena
que yo no sería buen caballero andante); digo que este tal te debió de
ayudar a caminar, sin que tú lo sintieses; que hay sabio déstos que coge a
un caballero andante durmiendo en su cama, y, sin saber cómo o en qué
manera, amanece otro día más de mil leguas de donde anocheció. Y si no
fuese por esto, no se podrían socorrer en sus peligros los caballeros
andantes unos a otros, como se socorren a cada paso. Que acaece estar uno
peleando en las sierras de Armenia con algún endriago, o con algún fiero
vestiglo, o con otro caballero, donde lleva lo peor de la batalla y está ya
a punto de muerte, y cuando no os me cato, asoma por acullá, encima de una
nube, o sobre un carro de fuego, otro caballero amigo suyo, que poco antes
se hallaba en Ingalaterra, que le favorece y libra de la muerte, y a la
noche se halla en su posada, cenando muy a su sabor; y suele haber de la
una a la otra parte dos o tres mil leguas. Y todo esto se hace por
industria y sabiduría destos sabios encantadores que tienen cuidado destos
valerosos caballeros. Así que, amigo Sancho, no se me hace dificultoso
creer que en tan breve tiempo hayas ido y venido desde este lugar al del
Toboso, pues, como tengo dicho, algún sabio amigo te debió de llevar en
volandillas, sin que tú lo sintieses.
-Así sería -dijo Sancho-; porque a buena fe que andaba Rocinante como si
fuera asno de gitano con azogue en los oídos.
-Y ¡cómo si llevaba azogue! -dijo don Quijote-, y aun una legión de
demonios, que es gente que camina y hace caminar, sin cansarse, todo
aquello que se les antoja. Pero, dejando esto aparte, ¿qué te parece a ti
que debo yo de hacer ahora cerca de lo que mi señora me manda que la vaya a
ver?; que, aunque yo veo que estoy obligado a cumplir su mandamiento, véome
también imposibilitado del don que he prometido a la princesa que con
nosotros viene, y fuérzame la ley de caballería a cumplir mi palabra antes
que mi gusto. Por una parte, me acosa y fatiga el deseo de ver a mi señora;
por otra, me incita y llama la prometida fe y la gloria que he de alcanzar
en esta empresa. Pero lo que pienso hacer será caminar apriesa y llegar
presto donde está este gigante, y, en llegando, le cortaré la cabeza, y
pondré a la princesa pacíficamente en su estado, y al punto daré la vuelta
a ver a la luz que mis sentidos alumbra, a la cual daré tales disculpas que
ella venga a tener por buena mi tardanza, pues verá que todo redunda en
aumento de su gloria y fama, pues cuanta yo he alcanzado, alcanzo y
alcanzare por las armas en esta vida, toda me viene del favor que ella me
da y de ser yo suyo.
-¡Ay -dijo Sancho-, y cómo está vuestra merced lastimado de esos cascos!
Pues dígame, señor: ¿piensa vuestra merced caminar este camino en balde, y
dejar pasar y perder un tan rico y tan principal casamiento como éste,
donde le dan en dote un reino, que a buena verdad que he oído decir que
tiene más de veinte mil leguas de contorno, y que es abundantísimo de todas
las cosas que son necesarias para el sustento de la vida humana, y que es
mayor que Portugal y que Castilla juntos? Calle, por amor de Dios, y tenga
vergüenza de lo que ha dicho, y tome mi consejo, y perdóneme, y cásese
luego en el primer lugar que haya cura; y si no, ahí está nuestro
licenciado, que lo hará de perlas. Y advierta que ya tengo edad para dar
consejos, y que este que le doy le viene de molde, y que más vale pájaro en
mano que buitre volando, porque quien bien tiene y mal escoge, por bien que
se enoja no se venga.
-Mira, Sancho -respondió don Quijote-: si el consejo que me das de que me
case es porque sea luego rey, en matando al gigante, y tenga cómodo para
hacerte mercedes y darte lo prometido, hágote saber que sin casarme podré
cumplir tu deseo muy fácilmente, porque yo sacaré de adahala, antes de
entrar en la batalla, que, saliendo vencedor della, ya que no me case, me
han de dar una parte del reino, para que la pueda dar a quien yo quisiere;
y, en dándomela, ¿a quién quieres tú que la dé sino a ti?
-Eso está claro -respondió Sancho-, pero mire vuestra merced que la escoja
hacia la marina, porque, si no me contentare la vivienda, pueda embarcar
mis negros vasallos y hacer dellos lo que ya he dicho. Y vuestra merced no
se cure de ir por agora a ver a mi señora Dulcinea, sino váyase a matar al
gigante, y concluyamos este negocio; que por Dios que se me asienta que ha
de ser de mucha honra y de mucho provecho.
-Dígote, Sancho -dijo don Quijote-, que estás en lo cierto, y que habré de
tomar tu consejo en cuanto el ir antes con la princesa que a ver a
Dulcinea. Y avísote que no digas nada a nadie, ni a los que con nosotros
vienen, de lo que aquí hemos departido y tratado; que, pues Dulcinea es tan
recatada que no quiere que se sepan sus pensamientos, no será bien que yo,
ni otro por mí, los descubra.
-Pues si eso es así -dijo Sancho-, ¿cómo hace vuestra merced que todos los
que vence por su brazo se vayan a presentar ante mi señora Dulcinea, siendo
esto firma de su nombre que la quiere bien y que es su enamorado? Y, siendo
forzoso que los que fueren se han de ir a hincar de finojos ante su
presencia, y decir que van de parte de vuestra merced a dalle la
obediencia, ¿cómo se pueden encubrir los pensamientos de entrambos?
-¡Oh, qué necio y qué simple que eres! -dijo don Quijote-. ¿Tú no ves,
Sancho, que eso todo redunda en su mayor ensalzamiento? Porque has de saber
que en este nuestro estilo de caballería es gran honra tener una dama
muchos caballeros andantes que la sirvan, sin que se estiendan más sus
pensamientos que a servilla, por sólo ser ella quien es, sin esperar otro
premio de sus muchos y buenos deseos, sino que ella se contente de
acetarlos por sus caballeros.
-Con esa manera de amor -dijo Sancho- he oído yo predicar que se ha de amar
a Nuestro Señor, por sí solo, sin que nos mueva esperanza de gloria o temor
de pena. Aunque yo le querría amar y servir por lo que pudiese.
-¡Válate el diablo por villano -dijo don Quijote-, y qué de discreciones
dices a las veces! No parece sino que has estudiado.
-Pues a fe mía que no sé leer -respondió Sancho.
En esto, les dio voces maese Nicolás que esperasen un poco, que querían
detenerse a beber en una fontecilla que allí estaba. Detúvose don Quijote,
con no poco gusto de Sancho, que ya estaba cansado de mentir tanto y temía
no le cogiese su amo a palabras; porque, puesto que él sabía que Dulcinea
era una labradora del Toboso, no la había visto en toda su vida.
Habíase en este tiempo vestido Cardenio los vestidos que Dorotea traía
cuando la hallaron, que, aunque no eran muy buenos, hacían mucha ventaja a
los que dejaba. Apeáronse junto a la fuente, y con lo que el cura se
acomodó en la venta satisficieron, aunque poco, la mucha hambre que todos
traían.
Estando en esto, acertó a pasar por allí un muchacho que iba de camino, el
cual, poniéndose a mirar con mucha atención a los que en la fuente estaban,
de allí a poco arremetió a don Quijote, y, abrazándole por las piernas,
comenzó a llorar muy de propósito, diciendo:
-¡Ay, señor mío! ¿No me conoce vuestra merced? Pues míreme bien, que yo soy
aquel mozo Andrés que quitó vuestra merced de la encina donde estaba atado.
Reconocióle don Quijote, y, asiéndole por la mano, se volvió a los que allí
estaban y dijo:
-Porque vean vuestras mercedes cuán de importancia es haber caballeros
andantes en el mundo, que desfagan los tuertos y agravios que en él se
hacen por los insolentes y malos hombres que en él viven, sepan vuestras
mercedes que los días pasados, pasando yo por un bosque, oí unos gritos y
unas voces muy lastimosas, como de persona afligida y menesterosa; acudí
luego, llevado de mi obligación, hacia la parte donde me pareció que las
lamentables voces sonaban, y hallé atado a una encina a este muchacho que
ahora está delante (de lo que me huelgo en el alma, porque será testigo que
no me dejará mentir en nada); digo que estaba atado a la encina, desnudo
del medio cuerpo arriba, y estábale abriendo a azotes con las riendas de
una yegua un villano, que después supe que era amo suyo; y, así como yo le
vi, le pregunté la causa de tan atroz vapulamiento; respondió el zafio que
le azotaba porque era su criado, y que ciertos descuidos que tenía nacían
más de ladrón que de simple; a lo cual este niño dijo: ''Señor, no me azota
sino porque le pido mi salario''. El amo replicó no sé qué arengas y
disculpas, las cuales, aunque de mí fueron oídas, no fueron admitidas. En
resolución, yo le hice desatar, y tomé juramento al villano de que le
llevaría consigo y le pagaría un real sobre otro, y aun sahumados. ¿No es
verdad todo esto, hijo Andrés? ¿No notaste con cuánto imperio se lo mandé,
y con cuánta humildad prometió de hacer todo cuanto yo le impuse, y
notifiqué y quise? Responde; no te turbes ni dudes en nada: di lo que pasó
a estos señores, porque se vea y considere ser del provecho que digo haber
caballeros andantes por los caminos.
-Todo lo que vuestra merced ha dicho es mucha verdad -respondió el
muchacho-, pero el fin del negocio sucedió muy al revés de lo que vuestra
merced se imagina.
-¿Cómo al revés? -replicó don Quijote-; luego, ¿no te pagó el villano?
-No sólo no me pagó -respondió el muchacho-, pero, así como vuestra merced
traspuso del bosque y quedamos solos, me volvió a atar a la mesma encina, y
me dio de nuevo tantos azotes que quedé hecho un San Bartolomé desollado;
y, a cada azote que me daba, me decía un donaire y chufeta acerca de hacer
burla de vuestra merced, que, a no sentir yo tanto dolor, me riera de lo
que decía. En efeto: él me paró tal, que hasta ahora he estado curándome en
un hospital del mal que el mal villano entonces me hizo. De todo lo cual
tiene vuestra merced la culpa, porque si se fuera su camino adelante y no
viniera donde no le llamaban, ni se entremetiera en negocios ajenos, mi amo
se contentara con darme una o dos docenas de azotes, y luego me soltara y
pagara cuanto me debía. Mas, como vuestra merced le deshonró tan sin
propósito y le dijo tantas villanías, encendiósele la cólera, y, como no la
pudo vengar en vuestra merced, cuando se vio solo descargó sobre mí el
nublado, de modo que me parece que no seré más hombre en toda mi vida.
-El daño estuvo -dijo don Quijote- en irme yo de allí; que no me había de
ir hasta dejarte pagado, porque bien debía yo de saber, por luengas
experiencias, que no hay villano que guarde palabra que tiene, si él vee
que no le está bien guardalla. Pero ya te acuerdas, Andrés, que yo juré que
si no te pagaba, que había de ir a buscarle, y que le había de hallar,
aunque se escondiese en el vientre de la ballena.
-Así es la verdad -dijo Andrés-, pero no aprovechó nada.
-Ahora verás si aprovecha -dijo don Quijote.
Y, diciendo esto, se levantó muy apriesa y mandó a Sancho que enfrenase a
Rocinante, que estaba paciendo en tanto que ellos comían.
Preguntóle Dorotea qué era lo que hacer quería. Él le respondió que quería
ir a buscar al villano y castigalle de tan mal término, y hacer pagado a
Andrés hasta el último maravedí, a despecho y pesar de cuantos villanos
hubiese en el mundo. A lo que ella respondió que advirtiese que no podía,
conforme al don prometido, entremeterse en ninguna empresa hasta acabar la
suya; y que, pues esto sabía él mejor que otro alguno, que sosegase el
pecho hasta la vuelta de su reino.
-Así es verdad -respondió don Quijote-, y es forzoso que Andrés tenga
paciencia hasta la vuelta, como vos, señora, decís; que yo le torno a jurar
y a prometer de nuevo de no parar hasta hacerle vengado y pagado.
-No me creo desos juramentos -dijo Andrés-; más quisiera tener agora con
qué llegar a Sevilla que todas las venganzas del mundo: déme, si tiene ahí,
algo que coma y lleve, y quédese con Dios su merced y todos los caballeros
andantes; que tan bien andantes sean ellos para consigo como lo han sido
para conmigo.
Sacó de su repuesto Sancho un pedazo de pan y otro de queso, y, dándoselo
al mozo, le dijo:
-Tomá, hermano Andrés, que a todos nos alcanza parte de vuestra desgracia.
-Pues, ¿qué parte os alcanza a vos? -preguntó Andrés.
-Esta parte de queso y pan que os doy -respondió Sancho-, que Dios sabe si
me ha de hacer falta o no; porque os hago saber, amigo, que los escuderos
de los caballeros andantes estamos sujetos a mucha hambre y a mala ventura,
y aun a otras cosas que se sienten mejor que se dicen.
Andrés asió de su pan y queso, y, viendo que nadie le daba otra cosa, abajó
su cabeza y tomó el camino en las manos, como suele decirse. Bien es verdad
que, al partirse, dijo a don Quijote:
-Por amor de Dios, señor caballero andante, que si otra vez me encontrare,
aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con mi
desgracia; que no será tanta, que no sea mayor la que me vendrá de su ayuda
de vuestra merced, a quien Dios maldiga, y a todos cuantos caballeros
andantes han nacido en el mundo.
Íbase a levantar don Quijote para castigalle, mas él se puso a correr de
modo que ninguno se atrevió a seguille. Quedó corridísimo don Quijote del
cuento de Andrés, y fue menester que los demás tuviesen mucha cuenta con no
reírse, por no acaballe de correr del todo.
Capítulo XXXII. Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrilla
de don Quijote
Acabóse la buena comida, ensillaron luego, y, sin que les sucediese cosa
digna de contar, llegaron otro día a la venta, espanto y asombro de Sancho
Panza; y, aunque él quisiera no entrar en ella, no lo pudo huir. La
ventera, ventero, su hija y Maritornes, que vieron venir a don Quijote y a
Sancho, les salieron a recebir con muestras de mucha alegría, y él las
recibió con grave continente y aplauso, y díjoles que le aderezasen otro
mejor lecho que la vez pasada; a lo cual le respondió la huéspeda que como
la pagase mejor que la otra vez, que ella se la daría de príncipes. Don
Quijote dijo que sí haría, y así, le aderezaron uno razonable en el mismo
caramanchón de marras, y él se acostó luego, porque venía muy quebrantado y
falto de juicio.
No se hubo bien encerrado, cuando la huéspeda arremetió al barbero, y,
asiéndole de la barba, dijo:
-Para mi santiguada, que no se ha aún de aprovechar más de mi rabo para su
barba, y que me ha de volver mi cola; que anda lo de mi marido por esos
suelos, que es vergüenza; digo, el peine, que solía yo colgar de mi buena
cola.
No se la quería dar el barbero, aunque ella más tiraba, hasta que el
licenciado le dijo que se la diese, que ya no era menester más usar de
aquella industria, sino que se descubriese y mostrase en su misma forma, y
dijese a don Quijote que cuando le despojaron los ladrones galeotes se
habían venido a aquella venta huyendo; y que si preguntase por el escudero
de la princesa, le dirían que ella le había enviado adelante a dar aviso a
los de su reino como ella iba y llevaba consigo el libertador de todos. Con
esto, dio de buena gana la cola a la ventera el barbero, y asimismo le
volvieron todos los adherentes que había prestado para la libertad de don
Quijote. Espantáronse todos los de la venta de la hermosura de Dorotea, y
aun del buen talle del zagal Cardenio. Hizo el cura que les aderezasen de
comer de lo que en la venta hubiese, y el huésped, con esperanza de mejor
paga, con diligencia les aderezó una razonable comida; y a todo esto dormía
don Quijote, y fueron de parecer de no despertalle, porque más provecho le
haría por entonces el dormir que el comer.
Trataron sobre comida, estando delante el ventero, su mujer, su hija,
Maritornes, todos los pasajeros, de la estraña locura de don Quijote y del
modo que le habían hallado. La huéspeda les contó lo que con él y con el
arriero les había acontecido, y, mirando si acaso estaba allí Sancho, como
no le viese, contó todo lo de su manteamiento, de que no poco gusto
recibieron. Y, como el cura dijese que los libros de caballerías que don
Quijote había leído le habían vuelto el juicio, dijo el ventero:
-No sé yo cómo puede ser eso; que en verdad que, a lo que yo entiendo, no
hay mejor letrado en el mundo, y que tengo ahí dos o tres dellos, con otros
papeles, que verdaderamente me han dado la vida, no sólo a mí, sino a otros
muchos. Porque, cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí, las fiestas,
muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno
destos libros en las manos, y rodeámonos dél más de treinta, y estámosle
escuchando con tanto gusto que nos quita mil canas; a lo menos, de mí sé
decir que cuando oyo decir aquellos furibundos y terribles golpes que los
caballeros pegan, que me toma gana de hacer otro tanto, y que querría estar
oyéndolos noches y días.
-Y yo ni más ni menos -dijo la ventera-, porque nunca tengo buen rato en mi
casa sino aquel que vos estáis escuchando leer: que estáis tan embobado,
que no os acordáis de reñir por entonces.
-Así es la verdad -dijo Maritornes-, y a buena fe que yo también gusto
mucho de oír aquellas cosas, que son muy lindas; y más, cuando cuentan que
se está la otra señora debajo de unos naranjos abrazada con su caballero, y
que les está una dueña haciéndoles la guarda, muerta de envidia y con mucho
sobresalto. Digo que todo esto es cosa de mieles.
-Y a vos ¿qué os parece, señora doncella? -dijo el cura, hablando con la
hija del ventero.
-No sé, señor, en mi ánima -respondió ella-; también yo lo escucho, y en
verdad que, aunque no lo entiendo, que recibo gusto en oíllo; pero no gusto
yo de los golpes de que mi padre gusta, sino de las lamentaciones que los
caballeros hacen cuando están ausentes de sus señoras: que en verdad que
algunas veces me hacen llorar de compasión que les tengo.
-Luego, ¿bien las remediárades vos, señora doncella -dijo Dorotea-, si por
vos lloraran?
-No sé lo que me hiciera -respondió la moza-; sólo sé que hay algunas
señoras de aquéllas tan crueles, que las llaman sus caballeros tigres y
leones y otras mil inmundicias. Y, ¡Jesús!, yo no sé qué gente es aquélla
tan desalmada y tan sin conciencia, que por no mirar a un hombre honrado,
le dejan que se muera, o que se vuelva loco. Yo no sé para qué es tanto
melindre: si lo hacen de honradas, cásense con ellos, que ellos no desean
otra cosa.
-Calla, niña -dijo la ventera-, que parece que sabes mucho destas cosas, y
no está bien a las doncellas saber ni hablar tanto.
-Como me lo pregunta este señor -respondió ella-, no pude dejar de
respondelle.
-Ahora bien -dijo el cura-, traedme, señor huésped, aquesos libros, que los
quiero ver.
-Que me place -respondió él.
Y, entrando en su aposento, sacó dél una maletilla vieja, cerrada con una
cadenilla, y, abriéndola, halló en ella tres libros grandes y unos papeles
de muy buena letra, escritos de mano. El primer libro que abrió vio que era
Don Cirongilio de Tracia; y el otro, de Felixmarte de Hircania; y el otro,
la Historia del Gran Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba, con la vida de
Diego García de Paredes. Así como el cura leyó los dos títulos primeros,
volvió el rostro al barbero y dijo:
-Falta nos hacen aquí ahora el ama de mi amigo y su sobrina.
-No hacen -respondió el barbero-, que también sé yo llevallos al corral o a
la chimenea; que en verdad que hay muy buen fuego en ella.
-Luego, ¿quiere vuestra merced quemar más libros? -dijo el ventero.
-No más -dijo el cura- que estos dos: el de Don Cirongilio y el de
Felixmarte.
-Pues, ¿por ventura -dijo el ventero- mis libros son herejes o flemáticos,
que los quiere quemar?
-Cismáticos queréis decir, amigo -dijo el barbero-, que no flemáticos.
-Así es -replicó el ventero-; mas si alguno quiere quemar, sea ese del Gran
Capitán y dese Diego García, que antes dejaré quemar un hijo que dejar
quemar ninguno desotros.
-Hermano mío -dijo el cura-, estos dos libros son mentirosos y están llenos
de disparates y devaneos; y este del Gran Capitán es historia verdadera, y
tiene los hechos de Gonzalo Hernández de Córdoba, el cual, por sus muchas y
grandes hazañas, mereció ser llamado de todo el mundo Gran Capitán,
renombre famoso y claro, y dél sólo merecido. Y este Diego García de
Paredes fue un principal caballero, natural de la ciudad de Trujillo, en
Estremadura, valentísimo soldado, y de tantas fuerzas naturales que detenía
con un dedo una rueda de molino en la mitad de su furia; y, puesto con un
montante en la entrada de una puente, detuvo a todo un innumerable
ejército, que no pasase por ella; y hizo otras tales cosas que, como si él
las cuenta y las escribe él asimismo, con la modestia de caballero y de
coronista propio, las escribiera otro, libre y desapasionado, pusieran en
su olvido las de los Hétores, Aquiles y Roldanes.
-¡Tomaos con mi padre! -dijo el dicho ventero-. ¡Mirad de qué se espanta:
de detener una rueda de molino! Por Dios, ahora había vuestra merced de
leer lo que hizo Felixmarte de Hircania, que de un revés solo partió cinco
gigantes por la cintura, como si fueran hechos de habas, como los
frailecicos que hacen los niños. Y otra vez arremetió con un grandísimo y
poderosísimo ejército, donde llevó más de un millón y seiscientos mil
soldados, todos armados desde el pie hasta la cabeza, y los desbarató a
todos, como si fueran manadas de ovejas. Pues, ¿qué me dirán del bueno de
don Cirongilio de Tracia, que fue tan valiente y animoso como se verá en el
libro, donde cuenta que, navegando por un río, le salió de la mitad del
agua una serpiente de fuego, y él, así como la vio, se arrojó sobre ella, y
se puso a horcajadas encima de sus escamosas espaldas, y le apretó con
ambas manos la garganta, con tanta fuerza que, viendo la serpiente que la
iba ahogando, no tuvo otro remedio sino dejarse ir a lo hondo del río,
llevándose tras sí al caballero, que nunca la quiso soltar? Y, cuando
llegaron allá bajo, se halló en unos palacios y en unos jardines tan lindos
que era maravilla; y luego la sierpe se volvió en un viejo anciano, que le
dijo tantas de cosas que no hay más que oír. Calle, señor, que si oyese
esto, se volvería loco de placer. ¡Dos higas para el Gran Capitán y para
ese Diego García que dice!
Oyendo esto Dorotea, dijo callando a Cardenio:
-Poco le falta a nuestro huésped para hacer la segunda parte de don
Quijote.
-Así me parece a mí -respondió Cardenio-, porque, según da indicio, él
tiene por cierto que todo lo que estos libros cuentan pasó ni más ni menos
que lo escriben, y no le harán creer otra cosa frailes descalzos.
-Mirad, hermano -tornó a decir el cura-, que no hubo en el mundo Felixmarte
de Hircania, ni don Cirongilio de Tracia, ni otros caballeros semejantes
que los libros de caballerías cuentan, porque todo es compostura y ficción
de ingenios ociosos, que los compusieron para el efeto que vos decís de
entretener el tiempo, como lo entretienen leyéndolos vuestros segadores;
porque realmente os juro que nunca tales caballeros fueron en el mundo, ni
tales hazañas ni disparates acontecieron en él.
-¡A otro perro con ese hueso! -respondió el ventero-. ¡Como si yo no
supiese cuántas son cinco y adónde me aprieta el zapato! No piense vuestra
merced darme papilla, porque por Dios que no soy nada blanco. ¡Bueno es que
quiera darme vuestra merced a entender que todo aquello que estos buenos
libros dicen sea disparates y mentiras, estando impreso con licencia de los
señores del Consejo Real, como si ellos fueran gente que habían de dejar
imprimir tanta mentira junta, y tantas batallas y tantos encantamentos que
quitan el juicio!
-Ya os he dicho, amigo -replicó el cura-, que esto se hace para entretener
nuestros ociosos pensamientos; y, así como se consiente en las repúblicas
bien concertadas que haya juegos de ajedrez, de pelota y de trucos, para
entretener a algunos que ni tienen, ni deben, ni pueden trabajar, así se
consiente imprimir y que haya tales libros, creyendo, como es verdad, que
no ha de haber alguno tan ignorante que tenga por historia verdadera
ninguna destos libros. Y si me fuera lícito agora, y el auditorio lo
requiriera, yo dijera cosas acerca de lo que han de tener los libros de
caballerías para ser buenos, que quizá fueran de provecho y aun de gusto
para algunos; pero yo espero que vendrá tiempo en que lo pueda comunicar
con quien pueda remediallo, y en este entretanto creed, señor ventero, lo
que os he dicho, y tomad vuestros libros, y allá os avenid con sus verdades
o mentiras, y buen provecho os hagan, y quiera Dios que no cojeéis del pie
que cojea vuestro huésped don Quijote.
-Eso no -respondió el ventero-, que no seré yo tan loco que me haga
caballero andante: que bien veo que ahora no se usa lo que se usaba en
aquel tiempo, cuando se dice que andaban por el mundo estos famosos
caballeros.
A la mitad desta plática se halló Sancho presente, y quedó muy confuso y
pensativo de lo que había oído decir que ahora no se usaban caballeros
andantes, y que todos los libros de caballerías eran necedades y mentiras,
y propuso en su corazón de esperar en lo que paraba aquel viaje de su amo,
y que si no salía con la felicidad que él pensaba, determinaba de dejalle y
volverse con su mujer y sus hijos a su acostumbrado trabajo.
Llevábase la maleta y los libros el ventero, mas el cura le dijo:
-Esperad, que quiero ver qué papeles son esos que de tan buena letra están
escritos.
Sacólos el huésped, y, dándoselos a leer, vio hasta obra de ocho pliegos
escritos de mano, y al principio tenían un título grande que decía: Novela
del curioso impertinente. Leyó el cura para sí tres o cuatro renglones y
dijo:
-Cierto que no me parece mal el título desta novela, y que me viene
voluntad de leella toda.
A lo que respondió el ventero:
-Pues bien puede leella su reverencia, porque le hago saber que algunos
huéspedes que aquí la han leído les ha contentado mucho, y me la han pedido
con muchas veras; mas yo no se la he querido dar, pensando volvérsela a
quien aquí dejó esta maleta olvidada con estos libros y esos papeles; que
bien puede ser que vuelva su dueño por aquí algún tiempo, y, aunque sé que
me han de hacer falta los libros, a fe que se los he de volver: que, aunque
ventero, todavía soy cristiano.
-Vos tenéis mucha razón, amigo -dijo el cura-, mas, con todo eso, si la
novela me contenta, me la habéis de dejar trasladar.
-De muy buena gana -respondió el ventero.
Mientras los dos esto decían, había tomado Cardenio la novela y comenzado a
leer en ella; y, pareciéndole lo mismo que al cura, le rogó que la leyese
de modo que todos la oyesen.
-Sí leyera -dijo el cura-, si no fuera mejor gastar este tiempo en dormir
que en leer.
-Harto reposo será para mí -dijo Dorotea- entretener el tiempo oyendo algún
cuento, pues aún no tengo el espíritu tan sosegado que me conceda dormir
cuando fuera razón.
-Pues desa manera -dijo el cura-, quiero leerla, por curiosidad siquiera;
quizá tendrá alguna de gusto.
Acudió maese Nicolás a rogarle lo mesmo, y Sancho también; lo cual visto
del cura, y entendiendo que a todos daría gusto y él le recibiría, dijo:
-Pues así es, esténme todos atentos, que la novela comienza desta manera:
Capítulo XXXIII. Donde se cuenta la novela del Curioso impertinente
«En Florencia, ciudad rica y famosa de Italia, en la provincia que llaman
Toscana, vivían Anselmo y Lotario, dos caballeros ricos y principales, y
tan amigos que, por excelencia y antonomasia, de todos los que los conocían
los dos amigos eran llamados. Eran solteros, mozos de una misma edad y de
unas mismas costumbres; todo lo cual era bastante causa a que los dos con
recíproca amistad se correspondiesen. Bien es verdad que el Anselmo era
algo más inclinado a los pasatiempos amorosos que el Lotario, al cual
llevaban tras sí los de la caza; pero, cuando se ofrecía, dejaba Anselmo de
acudir a sus gustos por seguir los de Lotario, y Lotario dejaba los suyos
por acudir a los de Anselmo; y, desta manera, andaban tan a una sus
voluntades, que no había concertado reloj que así lo anduviese.
»Andaba Anselmo perdido de amores de una doncella principal y hermosa de la
misma ciudad, hija de tan buenos padres y tan buena ella por sí, que se
determinó, con el parecer de su amigo Lotario, sin el cual ninguna cosa
hacía, de pedilla por esposa a sus padres, y así lo puso en ejecución; y el
que llevó la embajada fue Lotario, y el que concluyó el negocio tan a gusto
de su amigo, que en breve tiempo se vio puesto en la posesión que deseaba,
y Camila tan contenta de haber alcanzado a Anselmo por esposo, que no
cesaba de dar gracias al cielo, y a Lotario, por cuyo medio tanto bien le
había venido.
»Los primeros días, como todos los de boda suelen ser alegres, continuó
Lotario, como solía, la casa de su amigo Anselmo, procurando honralle,
festejalle y regocijalle con todo aquello que a él le fue posible; pero,
acabadas las bodas y sosegada ya la frecuencia de las visitas y parabienes,
comenzó Lotario a descuidarse con cuidado de las idas en casa de Anselmo,
por parecerle a él -como es razón que parezca a todos los que fueren
discretos- que no se han de visitar ni continuar las casas de los amigos
casados de la misma manera que cuando eran solteros; porque, aunque la
buena y verdadera amistad no puede ni debe de ser sospechosa en nada, con
todo esto, es tan delicada la honra del casado, que parece que se puede
ofender aun de los mesmos hermanos, cuanto más de los amigos.
»Notó Anselmo la remisión de Lotario, y formó dél quejas grandes,
diciéndole que si él supiera que el casarse había de ser parte para no
comunicalle como solía, que jamás lo hubiera hecho, y que si, por la buena
correspondencia que los dos tenían mientras él fue soltero, habían
alcanzado tan dulce nombre como el de ser llamados los dos amigos, que no
permitiese, por querer hacer del circunspecto, sin otra ocasión alguna,
que tan famoso y tan agradable nombre se perdiese; y que así, le suplicaba,
si era lícito que tal término de hablar se usase entre ellos, que volviese
a ser señor de su casa, y a entrar y salir en ella como de antes,
asegurándole que su esposa Camila no tenía otro gusto ni otra voluntad que
la que él quería que tuviese, y que, por haber sabido ella con cuántas
veras los dos se amaban, estaba confusa de ver en él tanta esquiveza.
»A todas estas y otras muchas razones que Anselmo dijo a Lotario para
persuadille volviese como solía a su casa, respondió Lotario con tanta
prudencia, discreción y aviso, que Anselmo quedó satisfecho de la buena
intención de su amigo, y quedaron de concierto que dos días en la semana y
las fiestas fuese Lotario a comer con él; y, aunque esto quedó así
concertado entre los dos, propuso Lotario de no hacer más de aquello que
viese que más convenía a la honra de su amigo, cuyo crédito estimaba en
más que el suyo proprio. Decía él, y decía bien, que el casado a quien el
cielo había concedido mujer hermosa, tanto cuidado había de tener qué
amigos llevaba a su casa como en mirar con qué amigas su mujer conversaba,
porque lo que no se hace ni concierta en las plazas, ni en los templos, ni
en las fiestas públicas, ni estaciones -cosas que no todas veces las han de
negar los maridos a sus mujeres-, se concierta y facilita en casa de la
amiga o la parienta de quien más satisfación se tiene.
»También decía Lotario que tenían necesidad los casados de tener cada uno
algún amigo que le advirtiese de los descuidos que en su proceder hiciese,
porque suele acontecer que con el mucho amor que el marido a la mujer
tiene, o no le advierte o no le dice, por no enojalla, que haga o deje de
hacer algunas cosas, que el hacellas o no, le sería de honra o de
vituperio; de lo cual, siendo del amigo advertido, fácilmente pondría
remedio en todo. Pero, ¿dónde se hallará amigo tan discreto y tan leal y
verdadero como aquí Lotario le pide? No lo sé yo, por cierto; sólo Lotario
era éste, que con toda solicitud y advertimiento miraba por la honra de su
amigo y procuraba dezmar, frisar y acortar los días del concierto del ir a
su casa, porque no pareciese mal al vulgo ocioso y a los ojos vagabundos y
maliciosos la entrada de un mozo rico, gentilhombre y bien nacido, y de las
buenas partes que él pensaba que tenía, en la casa de una mujer tan hermosa
como Camila; que, puesto que su bondad y valor podía poner freno a toda
maldiciente lengua, todavía no quería poner en duda su crédito ni el de su
amigo, y por esto los más de los días del concierto los ocupaba y
entretenía en otras cosas, que él daba a entender ser inexcusables. Así
que, en quejas del uno y disculpas del otro se pasaban muchos ratos y
partes del día.
»Sucedió, pues, que uno que los dos se andaban paseando por un prado fuera
de la ciudad, Anselmo dijo a Lotario las semejantes razones:
»-Pensabas, amigo Lotario, que a las mercedes que Dios me ha hecho en
hacerme hijo de tales padres como fueron los míos y al darme, no con mano
escasa, los bienes, así los que llaman de naturaleza como los de fortuna,
no puedo yo corresponder con agradecimiento que llegue al bien recebido, y
sobre al que me hizo en darme a ti por amigo y a Camila por mujer propria:
dos prendas que las estimo, si no en el grado que debo, en el que puedo.
Pues con todas estas partes, que suelen ser el todo con que los hombres
suelen y pueden vivir contentos, vivo yo el más despechado y el más
desabrido hombre de todo el universo mundo; porque no sé qué días a esta
parte me fatiga y aprieta un deseo tan estraño, y tan fuera del uso común
de otros, que yo me maravillo de mí mismo, y me culpo y me riño a solas, y
procuro callarlo y encubrirlo de mis proprios pensamientos; y así me ha
sido posible salir con este secreto como si de industria procurara decillo
a todo el mundo. Y, pues que, en efeto, él ha de salir a plaza,quiero que
sea en la del archivo de tu secreto, confiado que, con él y con la
diligencia que pondrás, como mi amigo verdadero, en remediarme, yo me veré
presto libre de la angustia que me causa, y llegará mi alegría por tu
solicitud al grado que ha llegado mi descontento por mi locura.
»Suspenso tenían a Lotario las razones de Anselmo, y no sabía en qué había
de parar tan larga prevención o preámbulo; y, aunque iba revolviendo en su
imaginación qué deseo podría ser aquel que a su amigo tanto fatigaba, dio
siempre muy lejos del blanco de la verdad; y, por salir presto de la agonía
que le causaba aquella suspensión, le dijo que hacía notorio agravio a su
mucha amistad en andar buscando rodeos para decirle sus más encubiertos
pensamientos, pues tenía cierto que se podía prometer dél, o ya consejos
para entretenellos, o ya remedio para cumplillos.
»-Así es la verdad -respondió Anselmo-, y con esa confianza te hago saber,
amigo Lotario, que el deseo que me fatiga es pensar si Camila, mi esposa,
es tan buena y tan perfeta como yo pienso; y no puedo enterarme en esta
verdad, si no es probándola de manera que la prueba manifieste los quilates
de su bondad, como el fuego muestra los del oro. Porque yo tengo para mí,
¡oh amigo!, que no es una mujer más buena de cuanto es o no es solicitada,
y que aquella sola es fuerte que no se dobla a las promesas, a las dádivas,
a las lágrimas y a las continuas importunidades de los solícitos amantes.
Porque, ¿qué hay que agradecer -decía él- que una mujer sea buena, si nadie
le dice que sea mala? ¿Qué mucho que esté recogida y temerosa la que no le
dan ocasión para que se suelte, y la que sabe que tiene marido que, en
cogiéndola en la primera desenvoltura, la ha de quitar la vida? Ansí que,
la que es buena por temor, o por falta de lugar, yo no la quiero tener en
aquella estima en que tendré a la solicitada y perseguida que salió con la
corona del vencimiento. De modo que, por estas razones y por otras muchas
que te pudiera decir para acreditar y fortalecer la opinión que tengo,
deseo que Camila, mi esposa, pase por estas dificultades y se acrisole y
quilate en el fuego de verse requerida y solicitada, y de quien tenga valor
para poner en ella sus deseos; y si ella sale, como creo que saldrá, con la
palma desta batalla, tendré yo por sin igual mi ventura; podré yo decir que
está colmo el vacío de mis deseos; diré que me cupo en suerte la mujer
fuerte, de quien el Sabio dice que ¿quién la hallará? Y, cuando esto suceda
al revés de lo que pienso, con el gusto de ver que acerté en mi opinión,
llevaré sin pena la que de razón podrá causarme mi tan costosa experiencia.
Y, prosupuesto que ninguna cosa de cuantas me dijeres en contra de mi deseo
ha de ser de algún provecho para dejar de ponerle por la obra, quiero, ¡oh
amigo Lotario!, que te dispongas a ser el instrumento que labre aquesta
obra de mi gusto; que yo te daré lugar para que lo hagas, sin faltarte todo
aquello que yo viere ser necesario para solicitar a una mujer honesta,
honrada, recogida y desinteresada. Y muéveme, entre otras cosas, a fiar de
ti esta tan ardua empresa, el ver que si de ti es vencida Camila, no ha de
llegar el vencimiento a todo trance y rigor, sino a sólo a tener por hecho
lo que se ha de hacer, por buen respeto; y así, no quedaré yo ofendido más
de con el deseo, y mi injuria quedará escondida en la virtud de tu
silencio, que bien sé que en lo que me tocare ha de ser eterno como el de
la muerte. Así que, si quieres que yo tenga vida que pueda decir que lo es,
desde luego has de entrar en esta amorosa batalla, no tibia ni
perezosamente, sino con el ahínco y diligencia que mi deseo pide, y con la
confianza que nuestra amistad me asegura.
ȃstas fueron las razones que Anselmo dijo a Lotario, a todas las cuales
estuvo tan atento, que si no fueron las que quedan escritas que le dijo, no
desplegó sus labios hasta que hubo acabado; y, viendo que no decía más,
después que le estuvo mirando un buen espacio, como si mirara otra cosa que
jamás hubiera visto, que le causara admiración y espanto, le dijo:
»-No me puedo persuadir, ¡oh amigo Anselmo!, a que no sean burlas las cosas
que me has dicho; que, a pensar que de veras las decías, no consintiera que
tan adelante pasaras, porque con no escucharte previniera tu larga arenga.
Sin duda imagino, o que no me conoces, o que yo no te conozco. Pero no; que
bien sé que eres Anselmo, y tú sabes que yo soy Lotario; el daño está en
que yo pienso que no eres el Anselmo que solías, y tú debes de haber
pensado que tampoco yo soy el Lotario que debía ser, porque las cosas que
me has dicho, ni son de aquel Anselmo mi amigo, ni las que me pides se han
de pedir a aquel Lotario que tú conoces; porque los buenos amigos han de
probar a sus amigos y valerse dellos, como dijo un poeta, usque ad aras;
que quiso decir que no se habían de valer de su amistad en cosas que fuesen
contra Dios. Pues, si esto sintió un gentil de la amistad, ¿cuánto mejor es
que lo sienta el cristiano, que sabe que por ninguna humana ha de perder la
amistad divina? Y cuando el amigo tirase tanto la barra que pusiese aparte
los respetos del cielo por acudir a los de su amigo, no ha de ser por cosas
ligeras y de poco momento, sino por aquellas en que vaya la honra y la vida
de su amigo. Pues dime tú ahora, Anselmo: ¿cuál destas dos cosas tienes en
peligro para que yo me aventure a complacerte y a hacer una cosa tan
detestable como me pides? Ninguna, por cierto; antes, me pides, según yo
entiendo, que procure y solicite quitarte la honra y la vida, y quitármela
a mí juntamente. Porque si yo he de procurar quitarte la honra, claro está
que te quito la vida, pues el hombre sin honra peor es que un muerto; y,
siendo yo el instrumento, como tú quieres que lo sea, de tanto mal tuyo,
¿no vengo a quedar deshonrado, y, por el mesmo consiguiente, sin vida?
Escucha, amigo Anselmo, y ten paciencia de no responderme hasta que acabe
de decirte lo que se me ofreciere acerca de lo que te ha pedido tu deseo;
que tiempo quedará para que tú me repliques y yo te escuche.
»-Que me place -dijo Anselmo-: di lo que quisieres.
»Y Lotario prosiguió diciendo:
»-Paréceme, ¡oh Anselmo!, que tienes tú ahora el ingenio como el que
siempre tienen los moros, a los cuales no se les puede dar a entender el
error de su secta con las acotaciones de la Santa Escritura, ni con razones
que consistan en especulación del entendimiento, ni que vayan fundadas en
artículos de fe, sino que les han de traer ejemplos palpables, fáciles,
intelegibles, demonstrativos, indubitables, con demostraciones matemáticas
que no se pueden negar, como cuando dicen: "Si de dos partes iguales
quitamos partes iguales, las que quedan también son iguales"; y, cuando
esto no entiendan de palabra, como, en efeto, no lo entienden, háseles de
mostrar con las manos y ponérselo delante de los ojos, y, aun con todo
esto, no basta nadie con ellos a persuadirles las verdades de mi sacra
religión. Y este mesmo término y modo me convendrá usar contigo, porque el
deseo que en ti ha nacido va tan descaminado y tan fuera de todo aquello
que tenga sombra de razonable, que me parece que ha de ser tiempo gastado
el que ocupare en darte a entender tu simplicidad, que por ahora no le
quiero dar otro nombre, y aun estoy por dejarte en tu desatino, en pena de
tu mal deseo; mas no me deja usar deste rigor la amistad que te tengo, la
cual no consiente que te deje puesto en tan manifiesto peligro de perderte.
Y, porque claro lo veas, dime, Anselmo: ¿tú no me has dicho que tengo de
solicitar a una retirada, persuadir a una honesta, ofrecer a una
desinteresada, servir a una prudente? Sí que me lo has dicho. Pues si tú
sabes que tienes mujer retirada, honesta, desinteresada y prudente, ¿qué
buscas? Y si piensas que de todos mis asaltos ha de salir vencedora, como
saldrá sin duda, ¿qué mejores títulos piensas darle después que los que
ahora tiene, o qué será más después de lo que es ahora? O es que tú no la
tienes por la que dices, o tú no sabes lo que pides. Si no la tienes por lo
que dices, ¿para qué quieres probarla, sino, como a mala, hacer della lo
que más te viniere en gusto? Mas si es tan buena como crees, impertinente
cosa será hacer experiencia de la mesma verdad, pues, después de hecha, se
ha de quedar con la estimación que primero tenía. Así que, es razón
concluyente que el intentar las cosas de las cuales antes nos puede suceder
daño que provecho es de juicios sin discurso y temerarios, y más cuando
quieren intentar aquellas a que no son forzados ni compelidos, y que de muy
lejos traen descubierto que el intentarlas es manifiesta locura. Las cosas
dificultosas se intentan por Dios, o por el mundo, o por entrambos a dos:
las que se acometen por Dios son las que acometieron los santos,
acometiendo a vivir vida de ángeles en cuerpos humanos; las que se acometen
por respeto del mundo son las de aquellos que pasan tanta infinidad de
agua, tanta diversidad de climas, tanta estrañeza de gentes, por adquirir
estos que llaman bienes de fortuna. Y las que se intentan por Dios y por el
mundo juntamente son aquellas de los valerosos soldados, que apenas veen en
el contrario muro abierto tanto espacio cuanto es el que pudo hacer una
redonda bala de artillería, cuando, puesto aparte todo temor, sin hacer
discurso ni advertir al manifiesto peligro que les amenaza, llevados en
vuelo de las alas del deseo de volver por su fe, por su nación y por su
rey, se arrojan intrépidamente por la mitad de mil contrapuestas muertes
que los esperan. Estas cosas son las que suelen intentarse, y es honra,
gloria y provecho intentarlas, aunque tan llenas de inconvenientes y
peligros. Pero la que tú dices que quieres intentar y poner por obra, ni te
ha de alcanzar gloria de Dios, bienes de la fortuna, ni fama con los
hombres; porque, puesto que salgas con ella como deseas, no has de quedar
ni más ufano, ni más rico, ni más honrado que estás ahora; y si no sales,
te has de ver en la mayor miseria que imaginarse pueda, porque no te ha de
aprovechar pensar entonces que no sabe nadie la desgracia que te ha
sucedido, porque bastará para afligirte y deshacerte que la sepas tú mesmo.
Y, para confirmación desta verdad, te quiero decir una estancia que hizo el
famoso poeta Luis Tansilo, en el fin de su primera parte de Las lágrimas de
San Pedro, que dice así:
Crece el dolor y crece la vergüenza
en Pedro, cuando el día se ha mostrado;
y, aunque allí no ve a nadie, se avergüenza
de sí mesmo, por ver que había pecado:
que a un magnánimo pecho a haber vergüenza
no sólo ha de moverle el ser mirado;
que de sí se avergüenza cuando yerra,
si bien otro no vee que cielo y tierra.
Así que, no escusarás con el secreto tu dolor; antes, tendrás que llorar
contino, si no lágrimas de los ojos, lágrimas de sangre del corazón, como
las lloraba aquel simple doctor que nuestro poeta nos cuenta que hizo la
prueba del vaso, que, con mejor discurso, se escusó de hacerla el prudente
Reinaldos; que, puesto que aquello sea ficción poética, tiene en sí
encerrados secretos morales dignos de ser advertidos y entendidos e
imitados. Cuanto más que, con lo que ahora pienso decirte, acabarás de
venir en conocimiento del grande error que quieres cometer. Dime, Anselmo,
si el cielo, o la suerte buena, te hubiera hecho señor y legítimo posesor
de un finísimo diamante, de cuya bondad y quilates estuviesen satisfechos
cuantos lapidarios le viesen, y que todos a una voz y de común parecer
dijesen que llegaba en quilates, bondad y fineza a cuanto se podía estender
la naturaleza de tal piedra, y tú mesmo lo creyeses así, sin saber otra
cosa en contrario, ¿sería justo que te viniese en deseo de tomar aquel
diamante, y ponerle entre un ayunque y un martillo, y allí, a pura fuerza
de golpes y brazos, probar si es tan duro y tan fino como dicen? Y más, si
lo pusieses por obra; que, puesto caso que la piedra hiciese resistencia a
tan necia prueba, no por eso se le añadiría más valor ni más fama; y si se
rompiese, cosa que podría ser, ¿no se perdería todo? Sí, por cierto,
dejando a su dueño en estimación de que todos le tengan por simple. Pues
haz cuenta, Anselmo amigo, que Camila es fínisimo diamante, así en tu
estimación como en la ajena, y que no es razón ponerla en contingencia de
que se quiebre, pues, aunque se quede con su entereza, no puede subir a más
valor del que ahora tiene; y si faltase y no resistiese, considera desde
ahora cuál quedarías sin ella, y con cuánta razón te podrías quejar de ti
mesmo, por haber sido causa de su perdición y la tuya. Mira que no hay joya
en el mundo que tanto valga como la mujer casta y honrada, y que todo el
honor de las mujeres consiste en la opinión buena que dellas se tiene; y,
pues la de tu esposa es tal que llega al estremo de bondad que sabes, ¿para
qué quieres poner esta verdad en duda? Mira, amigo, que la mujer es animal
imperfecto, y que no se le han de poner embarazos donde tropiece y caiga,
sino quitárselos y despejalle el camino de cualquier inconveniente, para
que sin pesadumbre corra ligera a alcanzar la perfeción que le falta, que
consiste en el ser virtuosa. Cuentan los naturales que el arminio es un
animalejo que tiene una piel blanquísima, y que cuando quieren cazarle, los
cazadores usan deste artificio: que, sabiendo las partes por donde suele
pasar y acudir, las atajan con lodo, y después, ojeándole, le encaminan
hacia aquel lugar, y así como el arminio llega al lodo, se está quedo y se
deja prender y cautivar, a trueco de no pasar por el cieno y perder y
ensuciar su blancura, que la estima en más que la libertad y la vida. La
honesta y casta mujer es arminio, y es más que nieve blanca y limpia la
virtud de la honestidad; y el que quisiere que no la pierda, antes la
guarde y conserve, ha de usar de otro estilo diferente que con el arminio
se tiene, porque no le han de poner delante el cieno de los regalos y
servicios de los importunos amantes, porque quizá, y aun sin quizá, no
tiene tanta virtud y fuerza natural que pueda por sí mesma atropellar y
pasar por aquellos embarazos, y es necesario quitárselos y ponerle delante
la limpieza de la virtud y la belleza que encierra en sí la buena fama. Es
asimesmo la buena mujer como espejo de cristal luciente y claro; pero está
sujeto a empañarse y escurecerse con cualquiera aliento que le toque. Hase
de usar con la honesta mujer el estilo que con las reliquias: adorarlas y
no tocarlas. Hase de guardar y estimar la mujer buena como se guarda y
estima un hermoso jardín que está lleno de flores y rosas, cuyo dueño no
consiente que nadie le pasee ni manosee; basta que desde lejos, y por entre
las verjas de hierro, gocen de su fragrancia y hermosura. Finalmente,
quiero decirte unos versos que se me han venido a la memoria, que los oí en
una comedia moderna, que me parece que hacen al propósito de lo que vamos
tratando. Aconsejaba un prudente viejo a otro, padre de una doncella, que
la recogiese, guardase y encerrase, y entre otras razones, le dijo éstas:
Es de vidrio la mujer;
pero no se ha de probar
si se puede o no quebrar,
porque todo podría ser.
Y es más fácil el quebrarse,
y no es cordura ponerse
a peligro de romperse
lo que no puede soldarse.
Y en esta opinión estén
todos, y en razón la fundo:
que si hay Dánaes en el mundo,
hay pluvias de oro también.
Cuanto hasta aquí te he dicho, ¡oh Anselmo!, ha sido por lo que a ti te
toca; y ahora es bien que se oiga algo de lo que a mí me conviene; y si
fuere largo, perdóname, que todo lo requiere el laberinto donde te has
entrado y de donde quieres que yo te saque. Tú me tienes por amigo y
quieres quitarme la honra, cosa que es contra toda amistad; y aun no sólo
pretendes esto, sino que procuras que yo te la quite a ti. Que me la
quieres quitar a mí está claro, pues, cuando Camila vea que yo la solicito,
como me pides, cierto está que me ha de tener por hombre sin honra y mal
mirado, pues intento y hago una cosa tan fuera de aquello que el ser quien
soy y tu amistad me obliga. De que quieres que te la quite a ti no hay
duda, porque, viendo Camila que yo la solicito, ha de pensar que yo he
visto en ella alguna liviandad que me dio atrevimiento a descubrirle mi mal
deseo; y, teniéndose por deshonrada, te toca a ti, como a cosa suya, su
mesma deshonra. Y de aquí nace lo que comúnmente se platica: que el marido
de la mujer adúltera, puesto que él no lo sepa ni haya dado ocasión para
que su mujer no sea la que debe, ni haya sido en su mano, ni en su descuido
y poco recato estorbar su desgracia, con todo, le llaman y le nombran con
nombre de vituperio y bajo; y en cierta manera le miran, los que la maldad
de su mujer saben, con ojos de menosprecio, en cambio de mirarle con los de
lástima, viendo que no por su culpa, sino por el gusto de su mala
compañera, está en aquella desventura. Pero quiérote decir la causa por que
con justa razón es deshonrado el marido de la mujer mala, aunque él no sepa
que lo es, ni tenga culpa, ni haya sido parte, ni dado ocasión, para que
ella lo sea. Y no te canses de oírme, que todo ha de redundar en tu
provecho. Cuando Dios crió a nuestro primero padre en el Paraíso terrenal,
dice la Divina Escritura que infundió Dios sueño en Adán, y que, estando
durmiendo, le sacó una costilla del lado siniestro, de la cual formó a
nuestra madre Eva; y, así como Adán despertó y la miró, dijo: ''Ésta es
carne de mi carne y hueso de mis huesos''. Y Dios dijo: ''Por ésta dejará
el hombre a su padre y madre, y serán dos en una carne misma''. Y entonces
fue instituido el divino sacramento del matrimonio, con tales lazos que
sola la muerte puede desatarlos. Y tiene tanta fuerza y virtud este
milagroso sacramento, que hace que dos diferentes personas sean una mesma
carne; y aún hace más en los buenos casados, que, aunque tienen dos almas,
no tienen más de una voluntad. Y de aquí viene que, como la carne de la
esposa sea una mesma con la del esposo, las manchas que en ella caen, o los
defectos que se procura, redundan en la carne del marido, aunque él no haya
dado, como queda dicho, ocasión para aquel daño. Porque, así como el dolor
del pie o de cualquier miembro del cuerpo humano le siente todo el cuerpo,
por ser todo de una carne mesma, y la cabeza siente el daño del tobillo,
sin que ella se le haya causado, así el marido es participante de la
deshonra de la mujer, por ser una mesma cosa con ella. Y como las honras y
deshonras del mundo sean todas y nazcan de carne y sangre, y las de la
mujer mala sean deste género, es forzoso que al marido le quepa parte
dellas, y sea tenido por deshonrado sin que él lo sepa. Mira, pues, ¡oh
Anselmo!, al peligro que te pones en querer turbar el sosiego en que tu
buena esposa vive. Mira por cuán vana e impertinente curiosidad quieres
revolver los humores que ahora están sosegados en el pecho de tu casta
esposa. Advierte que lo que aventuras a ganar es poco, y que lo que
perderás será tanto que lo dejaré en su punto, porque me faltan palabras
para encarecerlo. Pero si todo cuanto he dicho no basta a moverte de tu mal
propósito, bien puedes buscar otro instrumento de tu deshonra y desventura,
que yo no pienso serlo, aunque por ello pierda tu amistad, que es la mayor
pérdida que imaginar puedo.
»Calló, en diciendo esto, el virtuoso y prudente Lotario, y Anselmo quedó
tan confuso y pensativo que por un buen espacio no le pudo responder
palabra; pero, en fin, le dijo:
»-Con la atención que has visto he escuchado, Lotario amigo, cuanto has
querido decirme, y en tus razones, ejemplos y comparaciones he visto la
mucha discreción que tienes y el estremo de la verdadera amistad que
alcanzas; y ansimesmo veo y confieso que si no sigo tu parecer y me voy
tras el mío, voy huyendo del bien y corriendo tras el mal. Prosupuesto
esto, has de considerar que yo padezco ahora la enfermedad que suelen tener
algunas mujeres, que se les antoja comer tierra, yeso, carbón y otras cosas
peores, aun asquerosas para mirarse, cuanto más para comerse; así que, es
menester usar de algún artificio para que yo sane, y esto se podía hacer
con facilidad, sólo con que comiences, aunque tibia y fingidamente, a
solicitar a Camila, la cual no ha de ser tan tierna que a los primeros
encuentros dé con su honestidad por tierra; y con solo este principio
quedaré contento y tú habrás cumplido con lo que debes a nuestra amistad,
no solamente dándome la vida, sino persuadiéndome de no verme sin honra. Y
estás obligado a hacer esto por una razón sola; y es que, estando yo, como
estoy, determinado de poner en plática esta prueba, no has tú de consentir
que yo dé cuenta de mi desatino a otra persona, con que pondría en aventura
el honor que tú procuras que no pierda; y, cuando el tuyo no esté en el
punto que debe en la intención de Camila en tanto que la solicitares,
importa poco o nada, pues con brevedad, viendo en ella la entereza que
esperamos, le podrás decir la pura verdad de nuestro artificio, con que
volverá tu crédito al ser primero. Y, pues tan poco aventuras y tanto
contento me puedes dar aventurándote, no lo dejes de hacer, aunque más
inconvenientes se te pongan delante, pues, como ya he dicho, con sólo que
comiences daré por concluida la causa.
»Viendo Lotario la resoluta voluntad de Anselmo, y no sabiendo qué más
ejemplos traerle ni qué más razones mostrarle para que no la siguiese, y
viendo que le amenazaba que daría a otro cuenta de su mal deseo, por evitar
mayor mal, determinó de contentarle y hacer lo que le pedía, con propósito
e intención de guiar aquel negocio de modo que, sin alterar los
pensamientos de Camila, quedase Anselmo satisfecho; y así, le respondió que
no comunicase su pensamiento con otro alguno, que él tomaba a su cargo
aquella empresa, la cual comenzaría cuando a él le diese más gusto.
Abrazóle Anselmo tierna y amorosamente, y agradecióle su ofrecimiento, como
si alguna grande merced le hubiera hecho; y quedaron de acuerdo entre los
dos que desde otro día siguiente se comenzase la obra; que él le daría
lugar y tiempo como a sus solas pudiese hablar a Camila, y asimesmo le
daría dineros y joyas que darla y que ofrecerla. Aconsejóle que le diese
músicas, que escribiese versos en su alabanza, y que, cuando él no quisiese
tomar trabajo de hacerlos, él mesmo los haría. A todo se ofreció Lotario,
bien con diferente intención que Anselmo pensaba.
»Y con este acuerdo se volvieron a casa de Anselmo, donde hallaron a Camila
con ansia y cuidado, esperando a su esposo, porque aquel día tardaba en
venir más de lo acostumbrado.