»Fuese Lotario a su casa, y Anselmo quedó en la suya, tan contento como
Lotario fue pensativo, no sabiendo qué traza dar para salir bien de aquel
impertinente negocio. Pero aquella noche pensó el modo que tendría para
engañar a Anselmo, sin ofender a Camila; y otro día vino a comer con su
amigo, y fue bien recebido de Camila, la cual le recebía y regalaba con
mucha voluntad, por entender la buena que su esposo le tenía.
»Acabaron de comer, levantaron los manteles y Anselmo dijo a Lotario que se
quedase allí con Camila, en tanto que él iba a un negocio forzoso, que
dentro de hora y media volvería. Rogóle Camila que no se fuese y Lotario se
ofreció a hacerle compañía, más nada aprovechó con Anselmo; antes,
importunó a Lotario que se quedase y le aguardase, porque tenía que tratar
con él una cosa de mucha importancia. Dijo también a Camila que no dejase
solo a Lotario en tanto que él volviese. En efeto, él supo tan bien fingir
la necesidad, o necedad, de su ausencia, que nadie pudiera entender que era
fingida. Fuese Anselmo, y quedaron solos a la mesa Camila y Lotario, porque
la demás gente de casa toda se había ido a comer. Viose Lotario puesto en
la estacada que su amigo deseaba y con el enemigo delante, que pudiera
vencer con sola su hermosura a un escuadrón de caballeros armados: mirad si
era razón que le temiera Lotario.
»Pero lo que hizo fue poner el codo sobre el brazo de la silla y la mano
abierta en la mejilla, y, pidiendo perdón a Camila del mal comedimiento,
dijo que quería reposar un poco en tanto que Anselmo volvía. Camila le
respondió que mejor reposaría en el estrado que en la silla, y así, le rogó
se entrase a dormir en él. No quiso Lotario, y allí se quedó dormido hasta
que volvió Anselmo, el cual, como halló a Camila en su aposento y a Lotario
durmiendo, creyó que, como se había tardado tanto, ya habrían tenido los
dos lugar para hablar, y aun para dormir, y no vio la hora en que Lotario
despertase, para volverse con él fuera y preguntarle de su ventura.
»Todo le sucedió como él quiso: Lotario despertó, y luego salieron los dos
de casa, y así, le preguntó lo que deseaba, y le respondió Lotario que no
le había parecido ser bien que la primera vez se descubriese del todo; y
así, no había hecho otra cosa que alabar a Camila de hermosa, diciéndole
que en toda la ciudad no se trataba de otra cosa que de su hermosura y
discreción, y que éste le había parecido buen principio para entrar ganando
la voluntad, y disponiéndola a que otra vez le escuchase con gusto, usando
en esto del artificio que el demonio usa cuando quiere engañar a alguno que
está puesto en atalaya de mirar por sí: que se transforma en ángel de luz,
siéndolo él de tinieblas, y, poniéndole delante apariencias buenas, al cabo
descubre quién es y sale con su intención, si a los principios no es
descubierto su engaño. Todo esto le contentó mucho a Anselmo, y dijo que
cada día daría el mesmo lugar, aunque no saliese de casa, porque en ella se
ocuparía en cosas que Camila no pudiese venir en conocimiento de su
artificio.
»Sucedió, pues, que se pasaron muchos días que, sin decir Lotario palabra a
Camila, respondía a Anselmo que la hablaba y jamás podía sacar della una
pequeña muestra de venir en ninguna cosa que mala fuese, ni aun dar una
señal de sombra de esperanza; antes, decía que le amenazaba que si de aquel
mal pensamiento no se quitaba, que lo había de decir a su esposo.
»-Bien está -dijo Anselmo-. Hasta aquí ha resistido Camila a las palabras;
es menester ver cómo resiste a las obras: yo os daré mañana dos mil escudos
de oro para que se los ofrezcáis, y aun se los deis, y otros tantos para
que compréis joyas con que cebarla; que las mujeres suelen ser aficionadas,
y más si son hermosas, por más castas que sean, a esto de traerse bien y
andar galanas; y si ella resiste a esta tentación, yo quedaré satisfecho y
no os daré más pesadumbre.
»Lotario respondió que ya que había comenzado, que él llevaría hasta el fin
aquella empresa, puesto que entendía salir della cansado y vencido. Otro
día recibió los cuatro mil escudos, y con ellos cuatro mil confusiones,
porque no sabía qué decirse para mentir de nuevo; pero, en efeto, determinó
de decirle que Camila estaba tan entera a las dádivas y promesas como a las
palabras, y que no había para qué cansarse más, porque todo el tiempo se
gastaba en balde.
»Pero la suerte, que las cosas guiaba de otra manera, ordenó que, habiendo
dejado Anselmo solos a Lotario y a Camila, como otras veces solía, él se
encerró en un aposento y por los agujeros de la cerradura estuvo mirando y
escuchando lo que los dos trataban, y vio que en más de media hora Lotario
no habló palabra a Camila, ni se la hablara si allí estuviera un siglo, y
cayó en la cuenta de que cuanto su amigo le había dicho de las respuestas
de Camila todo era ficción y mentira. Y, para ver si esto era ansí, salió
del aposento, y, llamando a Lotario aparte, le preguntó qué nuevas había y
de qué temple estaba Camila. Lotario le respondió que no pensaba más darle
puntada en aquel negocio, porque respondía tan áspera y desabridamente, que
no tendría ánimo para volver a decirle cosa alguna.
»-¡Ah! -dijo Anselmo-, Lotario, Lotario, y cuán mal correspondes a lo que
me debes y a lo mucho que de ti confío! Ahora te he estado mirando por el
lugar que concede la entrada desta llave, y he visto que no has dicho
palabra a Camila, por donde me doy a entender que aun las primeras le
tienes por decir; y si esto es así, como sin duda lo es, ¿para qué me
engañas, o por qué quieres quitarme con tu industria los medios que yo
podría hallar para conseguir mi deseo?
»No dijo más Anselmo, pero bastó lo que había dicho para dejar corrido y
confuso a Lotario; el cual, casi como tomando por punto de honra el haber
sido hallado en mentira, juró a Anselmo que desde aquel momento tomaba tan
a su cargo el contentalle y no mentille, cual lo vería si con curiosidad lo
espiaba; cuanto más, que no sería menester usar de ninguna diligencia,
porque la que él pensaba poner en satisfacelle le quitaría de toda
sospecha. Creyóle Anselmo, y para dalle comodidad más segura y menos
sobresaltada, determinó de hacer ausencia de su casa por ocho días, yéndose
a la de un amigo suyo, que estaba en una aldea, no lejos de la ciudad, con
el cual amigo concertó que le enviase a llamar con muchas veras, para tener
ocasión con Camila de su partida.
»¡Desdichado y mal advertido de ti, Anselmo! ¿Qué es lo que haces? ¿Qué es
lo que trazas? ¿Qué es lo que ordenas? Mira que haces contra ti mismo,
trazando tu deshonra y ordenando tu perdición. Buena es tu esposa Camila,
quieta y sosegadamente la posees, nadie sobresalta tu gusto, sus
pensamientos no salen de las paredes de su casa, tú eres su cielo en la
tierra, el blanco de sus deseos, el cumplimiento de sus gustos y la medida
por donde mide su voluntad, ajustándola en todo con la tuya y con la del
cielo. Pues si la mina de su honor, hermosura, honestidad y recogimiento te
da sin ningún trabajo toda la riqueza que tiene y tú puedes desear, ¿para
qué quieres ahondar la tierra y buscar nuevas vetas de nuevo y nunca visto
tesoro, poniéndote a peligro que toda venga abajo, pues, en fin, se
sustenta sobre los débiles arrimos de su flaca naturaleza? Mira que el que
busca lo imposible es justo que lo posible se le niegue, como lo dijo mejor
un poeta, diciendo:
Busco en la muerte la vida,
salud en la enfermedad,
en la prisión libertad,
en lo cerrado salida
y en el traidor lealtad.
Pero mi suerte, de quien
jamás espero algún bien,
con el cielo ha estatuido
que, pues lo imposible pido,
lo posible aun no me den.
»Fuese otro día Anselmo a la aldea, dejando dicho a Camila que el tiempo
que él estuviese ausente vendría Lotario a mirar por su casa y a comer con
ella; que tuviese cuidado de tratalle como a su mesma persona. Afligióse
Camila, como mujer discreta y honrada, de la orden que su marido le dejaba,
y díjole que advirtiese que no estaba bien que nadie, él ausente, ocupase
la silla de su mesa, y que si lo hacía por no tener confianza que ella
sabría gobernar su casa, que probase por aquella vez, y vería por
experiencia como para mayores cuidados era bastante. Anselmo le replicó que
aquél era su gusto, y que no tenía más que hacer que bajar la cabeza y
obedecelle. Camila dijo que ansí lo haría, aunque contra su voluntad.
»Partióse Anselmo, y otro día vino a su casa Lotario, donde fue rescebido
de Camila con amoroso y honesto acogimiento; la cual jamás se puso en parte
donde Lotario la viese a solas, porque siempre andaba rodeada de sus
criados y criadas, especialmente de una doncella suya, llamada Leonela, a
quien ella mucho quería, por haberse criado desde niñas las dos juntas en
casa de los padres de Camila, y cuando se casó con Anselmo la trujo
consigo.
»En los tres días primeros nunca Lotario le dijo nada, aunque pudiera,
cuando se levantaban los manteles y la gente se iba a comer con mucha
priesa, porque así se lo tenía mandado Camila. Y aun tenía orden Leonela
que comiese primero que Camila, y que de su lado jamás se quitase; mas
ella, que en otras cosas de su gusto tenía puesto el pensamiento y había
menester aquellas horas y aquel lugar para ocuparle en sus contentos, no
cumplía todas veces el mandamiento de su señora; antes, los dejaba solos,
como si aquello le hubieran mandado. Mas la honesta presencia de Camila, la
gravedad de su rostro, la compostura de su persona era tanta, que ponía
freno a la lengua de Lotario.
»Pero el provecho que las muchas virtudes de Camila hicieron, poniendo
silencio en la lengua de Lotario, redundó más en daño de los dos, porque si
la lengua callaba, el pensamiento discurría y tenía lugar de contemplar,
parte por parte, todos los estremos de bondad y de hermosura que Camila
tenía, bastantes a enamorar una estatua de mármol, no que un corazón de
carne.
»Mirábala Lotario en el lugar y espacio que había de hablarla, y
consideraba cuán digna era de ser amada; y esta consideración comenzó poco
a poco a dar asaltos a los respectos que a Anselmo tenía, y mil veces quiso
ausentarse de la ciudad y irse donde jamás Anselmo le viese a él, ni él
viese a Camila; mas ya le hacía impedimento y detenía el gusto que hallaba
en mirarla. Hacíase fuerza y peleaba consigo mismo por desechar y no sentir
el contento que le llevaba a mirar a Camila. Culpábase a solas de su
desatino, llamábase mal amigo y aun mal cristiano; hacía discursos y
comparaciones entre él y Anselmo, y todos paraban en decir que más había
sido la locura y confianza de Anselmo que su poca fidelidad, y que si así
tuviera disculpa para con Dios como para con los hombres de lo que pensaba
hacer, que no temiera pena por su culpa.
»En efecto, la hermosura y la bondad de Camila, juntamente con la ocasión
que el ignorante marido le había puesto en las manos, dieron con la lealtad
de Lotario en tierra. Y, sin mirar a otra cosa que aquella a que su gusto
le inclinaba, al cabo de tres días de la ausencia de Anselmo, en los cuales
estuvo en continua batalla por resistir a sus deseos, comenzó a requebrar a
Camila, con tanta turbación y con tan amorosas razones que Camila quedó
suspensa, y no hizo otra cosa que levantarse de donde estaba y entrarse a
su aposento, sin respondelle palabra alguna. Mas no por esta sequedad se
desmayó en Lotario la esperanza, que siempre nace juntamente con el amor;
antes, tuvo en más a Camila. La cual, habiendo visto en Lotario lo que
jamás pensara, no sabía qué hacerse. Y, pareciéndole no ser cosa segura ni
bien hecha darle ocasión ni lugar a que otra vez la hablase, determinó de
enviar aquella mesma noche, como lo hizo, a un criado suyo con un billete a
Anselmo, donde le escribió estas razones:

Capítulo XXXIV. Donde se prosigue la novela del Curioso impertinente

»Así como suele decirse que parece mal el ejército sin su general y el
castillo sin su castellano, digo yo que parece muy peor la mujer casada y
moza sin su marido, cuando justísimas ocasiones no lo impiden. Yo me hallo
tan mal sin vos, y tan imposibilitada de no poder sufrir esta ausencia, que
si presto no venís, me habré de ir a entretener en casa de mis padres,
aunque deje sin guarda la vuestra; porque la que me dejastes, si es que
quedó con tal título, creo que mira más por su gusto que por lo que a vos
os toca; y, pues sois discreto, no tengo más que deciros, ni aun es bien
que más os diga.
»Esta carta recibió Anselmo, y entendió por ella que Lotario había ya
comenzado la empresa, y que Camila debía de haber respondido como él
deseaba; y, alegre sobremanera de tales nuevas, respondió a Camila, de
palabra, que no hiciese mudamiento de su casa en modo ninguno, porque él
volvería con mucha brevedad. Admirada quedó Camila de la respuesta de
Anselmo, que la puso en más confusión que primero, porque ni se atrevía a
estar en su casa, ni menos irse a la de sus padres; porque en la quedada
corría peligro su honestidad, y en la ida iba contra el mandamiento de su
esposo.
»En fin, se resolvió en lo que le estuvo peor, que fue en el quedarse, con
determinación de no huir la presencia de Lotario, por no dar que decir a
sus criados; y ya le pesaba de haber escrito lo que escribió a su esposo,
temerosa de que no pensase que Lotario había visto en ella alguna
desenvoltura que le hubiese movido a no guardalle el decoro que debía.
Pero, fiada en su bondad, se fió en Dios y en su buen pensamiento, con que
pensaba resistir callando a todo aquello que Lotario decirle quisiese, sin
dar más cuenta a su marido, por no ponerle en alguna pendencia y trabajo. Y
aun andaba buscando manera como disculpar a Lotario con Anselmo, cuando le
preguntase la ocasión que le había movido a escribirle aquel papel. Con
estos pensamientos, más honrados que acertados ni provechosos, estuvo otro
día escuchando a Lotario, el cual cargó la mano de manera que comenzó a
titubear la firmeza de Camila, y su honestidad tuvo harto que hacer en
acudir a los ojos, para que no diesen muestra de alguna amorosa compasión
que las lágrimas y las razones de Lotario en su pecho habían despertado.
Todo esto notaba Lotario, y todo le encendía.
»Finalmente, a él le pareció que era menester, en el espacio y lugar que
daba la ausencia de Anselmo, apretar el cerco a aquella fortaleza. Y así,
acometió a su presunción con las alabanzas de su hermosura, porque no hay
cosa que más presto rinda y allane las encastilladas torres de la vanidad
de las hermosas que la mesma vanidad, puesta en las lenguas de la
adulación. En efecto, él, con toda diligencia, minó la roca de su entereza,
con tales pertrechos que, aunque Camila fuera toda de bronce, viniera al
suelo. Lloró, rogó, ofreció, aduló, porfió, y fingió Lotario con tantos
sentimientos, con muestras de tantas veras, que dio al través con el recato
de Camila y vino a triunfar de lo que menos se pensaba y más deseaba.
»Rindióse Camila, Camila se rindió; pero, ¿qué mucho, si la amistad de
Lotario no quedó en pie? Ejemplo claro que nos muestra que sólo se vence la
pasión amorosa con huilla, y que nadie se ha de poner a brazos con tan
poderoso enemigo, porque es menester fuerzas divinas para vencer las suyas
humanas. Sólo supo Leonela la flaqueza de su señora, porque no se la
pudieron encubrir los dos malos amigos y nuevos amantes. No quiso Lotario
decir a Camila la pretensión de Anselmo, ni que él le había dado lugar para
llegar a aquel punto, porque no tuviese en menos su amor y pensase que así,
acaso y sin pensar, y no de propósito, la había solicitado.
»Volvió de allí a pocos días Anselmo a su casa, y no echó de ver lo que
faltaba en ella, que era lo que en menos tenía y más estimaba. Fuese luego
a ver a Lotario, y hallóle en su casa; abrazáronse los dos, y el uno
preguntó por las nuevas de su vida o de su muerte.
»-Las nuevas que te podré dar, ¡oh amigo Anselmo! -dijo Lotario-, son de
que tienes una mujer que dignamente puede ser ejemplo y corona de todas las
mujeres buenas. Las palabras que le he dicho se las ha llevado el aire, los
ofrecimientos se han tenido en poco, las dádivas no se han admitido, de
algunas lágrimas fingidas mías se ha hecho burla notable. En resolución,
así como Camila es cifra de toda belleza, es archivo donde asiste la
honestidad y vive el comedimiento y el recato, y todas las virtudes que
pueden hacer loable y bien afortunada a una honrada mujer. Vuelve a tomar
tus dineros, amigo, que aquí los tengo, sin haber tenido necesidad de tocar
a ellos; que la entereza de Camila no se rinde a cosas tan bajas como son
dádivas ni promesas. Conténtate, Anselmo, y no quieras hacer más pruebas de
las hechas; y, pues a pie enjuto has pasado el mar de las dificultades y
sospechas que de las mujeres suelen y pueden tenerse, no quieras entrar de
nuevo en el profundo piélago de nuevos inconvenientes, ni quieras hacer
experiencia con otro piloto de la bondad y fortaleza del navío que el cielo
te dio en suerte para que en él pasases la mar deste mundo, sino haz cuenta
que estás ya en seguro puerto, y aférrate con las áncoras de la buena
consideración, y déjate estar hasta que te vengan a pedir la deuda que no
hay hidalguía humana que de pagarla se escuse.
»Contentísimo quedó Anselmo de las razones de Lotario, y así se las creyó
como si fueran dichas por algún oráculo. Pero, con todo eso, le rogó que no
dejase la empresa, aunque no fuese más de por curiosidad y entretenimiento,
aunque no se aprovechase de allí adelante de tan ahincadas diligencias como
hasta entonces; y que sólo quería que le escribiese algunos versos en su
alabanza, debajo del nombre de Clori, porque él le daría a entender a
Camila que andaba enamorado de una dama, a quien le había puesto aquel
nombre por poder celebrarla con el decoro que a su honestidad se le debía;
y que, cuando Lotario no quisiera tomar trabajo de escribir los versos, que
él los haría.
»-No será menester eso -dijo Lotario-, pues no me son tan enemigas las
musas que algunos ratos del año no me visiten. Dile tú a Camila lo que has
dicho del fingimiento de mis amores, que los versos yo los haré; si no tan
buenos como el subjeto merece, serán, por lo menos, los mejores que yo
pudiere.
»Quedaron deste acuerdo el impertinente y el traidor amigo; y, vuelto
Anselmo a su casa, preguntó a Camila lo que ella ya se maravillaba que no
se lo hubiese preguntado: que fue que le dijese la ocasión por que le había
escrito el papel que le envió. Camila le respondió que le había parecido
que Lotario la miraba un poco más desenvueltamente que cuando él estaba en
casa; pero que ya estaba desengañada y creía que había sido imaginación
suya, porque ya Lotario huía de vella y de estar con ella a solas. Díjole
Anselmo que bien podía estar segura de aquella sospecha, porque él sabía
que Lotario andaba enamorado de una doncella principal de la ciudad, a
quien él celebraba debajo del nombre de Clori, y que, aunque no lo
estuviera, no había que temer de la verdad de Lotario y de la mucha amistad
de entrambos. Y, a no estar avisada Camila de Lotario de que eran fingidos
aquellos amores de Clori, y que él se lo había dicho a Anselmo por poder
ocuparse algunos ratos en las mismas alabanzas de Camila, ella, sin duda,
cayera en la desesperada red de los celos; mas, por estar ya advertida,
pasó aquel sobresalto sin pesadumbre.
»Otro día, estando los tres sobre mesa, rogó Anselmo a Lotario dijese
alguna cosa de las que había compuesto a su amada Clori; que, pues Camila
no la conocía, seguramente podía decir lo que quisiese.
»-Aunque la conociera -respondió Lotario-, no encubriera yo nada, porque
cuando algún amante loa a su dama de hermosa y la nota de cruel, ningún
oprobrio hace a su buen crédito. Pero, sea lo que fuere, lo que sé decir,
que ayer hice un soneto a la ingratitud desta Clori, que dice ansí:
Soneto
En el silencio de la noche, cuando
ocupa el dulce sueño a los mortales,
la pobre cuenta de mis ricos males
estoy al cielo y a mi Clori dando.
Y, al tiempo cuando el sol se va mostrando
por las rosadas puertas orientales,
con suspiros y acentos desiguales,
voy la antigua querella renovando.
Y cuando el sol, de su estrellado asiento,
derechos rayos a la tierra envía,
el llanto crece y doblo los gemidos.
Vuelve la noche, y vuelvo al triste cuento,
y siempre hallo, en mi mortal porfía,
al cielo, sordo; a Clori, sin oídos.
»Bien le pareció el soneto a Camila, pero mejor a Anselmo, pues le alabó, y
dijo que era demasiadamente cruel la dama que a tan claras verdades no
correspondía. A lo que dijo Camila:
»-Luego, ¿todo aquello que los poetas enamorados dicen es verdad?
»-En cuanto poetas, no la dicen -respondió Lotario-; mas, en cuanto
enamorados, siempre quedan tan cortos como verdaderos.
»-No hay duda deso -replicó Anselmo, todo por apoyar y acreditar los
pensamientos de Lotario con Camila, tan descuidada del artificio de Anselmo
como ya enamorada de Lotario.
»Y así, con el gusto que de sus cosas tenía, y más, teniendo por entendido
que sus deseos y escritos a ella se encaminaban, y que ella era la
verdadera Clori, le rogó que si otro soneto o otros versos sabía, los
dijese:
»-Sí sé -respondió Lotario-, pero no creo que es tan bueno como el primero,
o, por mejor decir, menos malo. Y podréislo bien juzgar, pues es éste:
Soneto
Yo sé que muero; y si no soy creído,
es más cierto el morir, como es más cierto
verme a tus pies, ¡oh bella ingrata!, muerto,
antes que de adorarte arrepentido.
Podré yo verme en la región de olvido,
de vida y gloria y de favor desierto,
y allí verse podrá en mi pecho abierto
cómo tu hermoso rostro está esculpido.
Que esta reliquia guardo para el duro
trance que me amenaza mi porfía,
que en tu mismo rigor se fortalece.
¡Ay de aquel que navega, el cielo escuro,
por mar no usado y peligrosa vía,
adonde norte o puerto no se ofrece!
»También alabó este segundo soneto Anselmo, como había hecho el primero, y
desta manera iba añadiendo eslabón a eslabón a la cadena con que se
enlazaba y trababa su deshonra, pues cuando más Lotario le deshonraba,
entonces le decía que estaba más honrado; y, con esto, todos los escalones
que Camila bajaba hacia el centro de su menosprecio, los subía, en la
opinión de su marido, hacia la cumbre de la virtud y de su buena fama.
»Sucedió en esto que, hallándose una vez, entre otras, sola Camila con su
doncella, le dijo:
»-Corrida estoy, amiga Leonela, de ver en cuán poco he sabido estimarme,
pues siquiera no hice que con el tiempo comprara Lotario la entera posesión
que le di tan presto de mi voluntad. Temo que ha de estimar mi presteza o
ligereza, sin que eche de ver la fuerza que él me hizo para no poder
resistirle.
»-No te dé pena eso, señora mía -respondió Leonela-, que no está la monta,
ni es causa para menguar la estimación, darse lo que se da presto, si, en
efecto, lo que se da es bueno, y ello por sí digno de estimarse. Y aun
suele decirse que el que luego da, da dos veces.
»-También se suele decir -dijo Camila- que lo que cuesta poco se estima en
menos.
»-No corre por ti esa razón -respondió Leonela-, porque el amor, según he
oído decir, unas veces vuela y otras anda, con éste corre y con aquél va
despacio, a unos entibia y a otros abrasa, a unos hiere y a otros mata, en
un mesmo punto comienza la carrera de sus deseos y en aquel mesmo punto la
acaba y concluye, por la mañana suele poner el cerco a una fortaleza y a la
noche la tiene rendida, porque no hay fuerza que le resista. Y, siendo así,
¿de qué te espantas, o de qué temes, si lo mismo debe de haber acontecido a
Lotario, habiendo tomado el amor por instrumento de rendirnos la ausencia
de mi señor? Y era forzoso que en ella se concluyese lo que el amor tenía
determinado, sin dar tiempo al tiempo para que Anselmo le tuviese de
volver, y con su presencia quedase imperfecta la obra. Porque el amor no
tiene otro mejor ministro para ejecutar lo que desea que es la ocasión: de
la ocasión se sirve en todos sus hechos, principalmente en los principios.
Todo esto sé yo muy bien, más de experiencia que de oídas, y algún día te
lo diré, señora, que yo también soy de carne y de sangre moza. Cuanto más,
señora Camila, que no te entregaste ni diste tan luego, que primero no
hubieses visto en los ojos, en los suspiros, en las razones y en las
promesas y dádivas de Lotario toda su alma, viendo en ella y en sus
virtudes cuán digno era Lotario de ser amado. Pues si esto es ansí, no te
asalten la imaginación esos escrupulosos y melindrosos pensamientos, sino
asegúrate que Lotario te estima como tú le estimas a él, y vive con
contento y satisfación de que, ya que caíste en el lazo amoroso, es el que
te aprieta de valor y de estima. Y que no sólo tiene las cuatro eses que
dicen que han de tener los buenos enamorados, sino todo un ABC entero: si
no, escúchame y verás como te le digo de coro. Él es, según yo veo y a mí
me parece, agradecido, bueno, caballero, dadivoso, enamorado, firme,
gallardo, honrado, ilustre, leal, mozo, noble, onesto, principal,
quantioso, rico, y las eses que dicen; y luego, tácito, verdadero. La X no
le cuadra, porque es letra áspera; la Y ya está dicha; la Z, zelador de tu
honra.
»Rióse Camila del ABC de su doncella, y túvola por más plática en las cosas
de amor que ella decía; y así lo confesó ella, descubriendo a Camila como
trataba amores con un mancebo bien nacido, de la mesma ciudad; de lo cual
se turbó Camila, temiendo que era aquél camino por donde su honra podía
correr riesgo. Apuróla si pasaban sus pláticas a más que serlo. Ella, con
poca vergüenza y mucha desenvoltura, le respondió que sí pasaban; porque es
cosa ya cierta que los descuidos de las señoras quitan la vergüenza a las
criadas, las cuales, cuando ven a las amas echar traspiés, no se les da
nada a ellas de cojear, ni de que lo sepan.
»No pudo hacer otra cosa Camila sino rogar a Leonela no dijese nada de su
hecho al que decía ser su amante, y que tratase sus cosas con secreto,
porque no viniesen a noticia de Anselmo ni de Lotario. Leonela respondió
que así lo haría, mas cumpliólo de manera que hizo cierto el temor de
Camila de que por ella había de perder su crédito. Porque la deshonesta y
atrevida Leonela, después que vio que el proceder de su ama no era el que
solía, atrevióse a entrar y poner dentro de casa a su amante, confiada que,
aunque su señora le viese, no había de osar descubrille; que este daño
acarrean, entre otros, los pecados de las señoras: que se hacen esclavas de
sus mesmas criadas y se obligan a encubrirles sus deshonestidades y
vilezas, como aconteció con Camila; que, aunque vio una y muchas veces que
su Leonela estaba con su galán en un aposento de su casa, no sólo no la
osaba reñir, mas dábale lugar a que lo encerrase, y quitábale todos los
estorbos, para que no fuese visto de su marido.
»Pero no los pudo quitar que Lotario no le viese una vez salir, al romper
del alba; el cual, sin conocer quién era, pensó primero que debía de ser
alguna fantasma; mas, cuando le vio caminar, embozarse y encubrirse con
cuidado y recato, cayó de su simple pensamiento y dio en otro, que fuera la
perdición de todos si Camila no lo remediara. Pensó Lotario que aquel
hombre que había visto salir tan a deshora de casa de Anselmo no había
entrado en ella por Leonela, ni aun se acordó si Leonela era en el mundo;
sólo creyó que Camila, de la misma manera que había sido fácil y ligera con
él, lo era para otro; que estas añadiduras trae consigo la maldad de la
mujer mala: que pierde el crédito de su honra con el mesmo a quien se
entregó rogada y persuadida, y cree que con mayor facilidad se entrega a
otros, y da infalible crédito a cualquiera sospecha que desto le venga. Y
no parece sino que le faltó a Lotario en este punto todo su buen
entendimiento, y se le fueron de la memoria todos sus advertidos discursos,
pues, sin hacer alguno que bueno fuese, ni aun razonable, sin más ni más,
antes que Anselmo se levantase, impaciente y ciego de la celosa rabia que
las entrañas le roía, muriendo por vengarse de Camila, que en ninguna cosa
le había ofendido, se fue a Anselmo y le dijo:
»-Sábete, Anselmo, que ha muchos días que he andado peleando conmigo mesmo,
haciéndome fuerza a no decirte lo que ya no es posible ni justo que más te
encubra. Sábete que la fortaleza de Camila está ya rendida y sujeta a todo
aquello que yo quisiere hacer della; y si he tardado en descubrirte esta
verdad, ha sido por ver si era algún liviano antojo suyo, o si lo hacía por
probarme y ver si eran con propósito firme tratados los amores que, con tu
licencia, con ella he comenzado. Creí, ansimismo, que ella, si fuera la que
debía y la que entrambos pensábamos, ya te hubiera dado cuenta de mi
solicitud, pero, habiendo visto que se tarda, conozco que son verdaderas
las promesas que me ha dado de que, cuando otra vez hagas ausencia de tu
casa, me hablará en la recámara, donde está el repuesto de tus alhajas -y
era la verdad, que allí le solía hablar Camila-; y no quiero que
precipitosamente corras a hacer alguna venganza, pues no está aún cometido
el pecado sino con pensamiento, y podría ser que, desde éste hasta el
tiempo de ponerle por obra, se mudase el de Camila y naciese en su lugar el
arrepentimiento. Y así, ya que, en todo o en parte, has seguido siempre mis
consejos, sigue y guarda uno que ahora te diré, para que sin engaño y con
medroso advertimento te satisfagas de aquello que más vieres que te
convenga. Finge que te ausentas por dos o tres días, como otras veces
sueles, y haz de manera que te quedes escondido en tu recámara, pues los
tapices que allí hay y otras cosas con que te puedas encubrir te ofrecen
mucha comodidad, y entonces verás por tus mismos ojos, y yo por los míos,
lo que Camila quiere; y si fuere la maldad que se puede temer antes que
esperar, con silencio, sagacidad y discreción podrás ser el verdugo de tu
agravio.
»Absorto, suspenso y admirado quedó Anselmo con las razones de Lotario,
porque le cogieron en tiempo donde menos las esperaba oír, porque ya tenía
a Camila por vencedora de los fingidos asaltos de Lotario y comenzaba a
gozar la gloria del vencimiento. Callando estuvo por un buen espacio,
mirando al suelo sin mover pestaña, y al cabo dijo:
»-Tú lo has hecho, Lotario, como yo esperaba de tu amistad; en todo he de
seguir tu consejo: haz lo que quisieres y guarda aquel secreto que ves que
conviene en caso tan no pensado.
»Prometióselo Lotario, y, en apartándose dél, se arrepintió totalmente de
cuanto le había dicho, viendo cuán neciamente había andado, pues pudiera él
vengarse de Camila, y no por camino tan cruel y tan deshonrado. Maldecía su
entendimiento, afeaba su ligera determinación, y no sabía qué medio tomarse
para deshacer lo hecho, o para dalle alguna razonable salida. Al fin,
acordó de dar cuenta de todo a Camila; y, como no faltaba lugar para
poderlo hacer, aquel mismo día la halló sola, y ella, así como vio que le
podía hablar, le dijo.
»-Sabed, amigo Lotario, que tengo una pena en el corazón que me le aprieta
de suerte que parece que quiere reventar en el pecho, y ha de ser maravilla
si no lo hace, pues ha llegado la desvergüenza de Leonela a tanto, que cada
noche encierra a un galán suyo en esta casa y se está con él hasta el día,
tan a costa de mi crédito cuanto le quedará campo abierto de juzgarlo al
que le viere salir a horas tan inusitadas de mi casa. Y lo que me fatiga es
que no la puedo castigar ni reñir: que el ser ella secretario de nuestros
tratos me ha puesto un freno en la boca para callar los suyos, y temo que
de aquí ha de nacer algún mal suceso.
»Al principio que Camila esto decía creyó Lotario que era artificio para
desmentille que el hombre que había visto salir era de Leonela, y no suyo;
pero, viéndola llorar y afligirse, y pedirle remedio, vino a creer la
verdad, y, en creyéndola, acabó de estar confuso y arrepentido del todo.
Pero, con todo esto, respondió a Camila que no tuviese pena, que él
ordenaría remedio para atajar la insolencia de Leonela. Díjole asimismo lo
que, instigado de la furiosa rabia de los celos, había dicho a Anselmo, y
cómo estaba concertado de esconderse en la recámara, para ver desde allí a
la clara la poca lealtad que ella le guardaba. Pidióle perdón desta locura,
y consejo para poder remedialla y salir bien de tan revuelto laberinto como
su mal discurso le había puesto.
»Espantada quedó Camila de oír lo que Lotario le decía, y con mucho enojo y
muchas y discretas razones le riñó y afeó su mal pensamiento y la simple y
mala determinación que había tenido. Pero, como naturalmente tiene la mujer
ingenio presto para el bien y para el mal más que el varón, puesto que le
va faltando cuando de propósito se pone a hacer discursos, luego al
instante halló Camila el modo de remediar tan al parecer inremediable
negocio, y dijo a Lotario que procurase que otro día se escondiese Anselmo
donde decía, porque ella pensaba sacar de su escondimiento comodidad para
que desde allí en adelante los dos se gozasen sin sobresalto alguno; y, sin
declararle del todo su pensamiento, le advirtió que tuviese cuidado que, en
estando Anselmo escondido, él viniese cuando Leonela le llamase, y que a
cuanto ella le dijese le respondiese como respondiera aunque no supiera que
Anselmo le escuchaba. Porfió Lotario que le acabase de declarar su
intención, porque con más seguridad y aviso guardase todo lo que viese ser
necesario.
»-Digo -dijo Camila- que no hay más que guardar, si no fuere responderme
como yo os preguntare (no queriendo Camila darle antes cuenta de lo que
pensaba hacer, temerosa que no quisiese seguir el parecer que a ella tan
bueno le parecía, y siguiese o buscase otros que no podrían ser tan
buenos).
»Con esto, se fue Lotario; y Anselmo, otro día, con la escusa de ir aquella
aldea de su amigo, se partió y volvió a esconderse: que lo pudo hacer con
comodidad, porque de industria se la dieron Camila y Leonela.
»Escondido, pues, Anselmo, con aquel sobresalto que se puede imaginar que
tendría el que esperaba ver por sus ojos hacer notomía de las entrañas de
su honra, íbase a pique de perder el sumo bien que él pensaba que tenía en
su querida Camila. Seguras ya y ciertas Camila y Leonela que Anselmo estaba
escondido, entraron en la recámara; y apenas hubo puesto los pies en ella
Camilia, cuando, dando un grande suspiro, dijo:

»-¡Ay, Leonela amiga! ¿No sería mejor que, antes que llegase a poner en
ejecución lo que no quiero que sepas, porque no procures estorbarlo, que
tomases la daga de Anselmo, que te he pedido, y pasases con ella este
infame pecho mío? Pero no hagas tal, que no será razón que yo lleve la pena
de la ajena culpa. Primero quiero saber qué es lo que vieron en mí los
atrevidos y deshonestos ojos de Lotario que fuese causa de darle
atrevimiento a descubrirme un tan mal deseo como es el que me ha
descubierto, en desprecio de su amigo y en deshonra mía. Ponte, Leonela, a
esa ventana y llámale, que, sin duda alguna, él debe de estar en la calle,
esperando poner en efeto su mala intención. Pero primero se pondrá la cruel
cuanto honrada mía.
»-¡Ay, señora mía! -respondió la sagaz y advertida Leonela-, y ¿qué es lo
que quieres hacer con esta daga? ¿Quieres por ventura quitarte la vida o
quitársela a Lotario? Que cualquiera destas cosas que quieras ha de
redundar en pérdida de tu crédito y fama. Mejor es que disimules tu
agravio, y no des lugar a que este mal hombre entre ahora en esta casa y
nos halle solas. Mira, señora, que somos flacas mujeres, y él es hombre y
determinado; y, como viene con aquel mal propósito, ciego y apasionado,
quizá antes que tú pongas en ejecución el tuyo, hará él lo que te estaría
más mal que quitarte la vida. ¡Mal haya mi señor Anselmo, que tanto mal ha
querido dar a este desuellacaras en su casa! Y ya, señora, que le mates,
como yo pienso que quieres hacer, ¿qué hemos de hacer dél después de
muerto?
»-¿Qué, amiga? -respondió Camila-: dejarémosle para que Anselmo le
entierre, pues será justo que tenga por descanso el trabajo que tomare en
poner debajo de la tierra su misma infamia. Llámale, acaba, que todo el
tiempo que tardo en tomar la debida venganza de mi agravio parece que
ofendo a la lealtad que a mi esposo debo.
»Todo esto escuchaba Anselmo, y, a cada palabra que Camila decía, se le
mudaban los pensamientos; mas, cuando entendió que estaba resuelta en matar
a Lotario, quiso salir y descubrirse, porque tal cosa no se hiciese; pero
detúvole el deseo de ver en qué paraba tanta gallardía y honesta
resolución, con propósito de salir a tiempo que la estorbase.
»Tomóle en esto a Camila un fuerte desmayo, y, arrojándose encima de una
cama que allí estaba, comenzó Leonela a llorar muy amargamente y a decir:
»-¡Ay, desdichada de mí si fuese tan sin ventura que se me muriese aquí
entre mis brazos la flor de la honestidad del mundo, la corona de las
buenas mujeres, el ejemplo de la castidad...!
»Con otras cosas a éstas semejantes, que ninguno la escuchara que no la
tuviera por la más lastimada y leal doncella del mundo, y a su señora por
otra nueva y perseguida Penélope. Poco tardó en volver de su desmayo
Camila; y, al volver en sí, dijo:
»-¿Por qué no vas, Leonela, a llamar al más leal amigo de amigo que vio el
sol o cubrió la noche? Acaba, corre, aguija, camina, no se esfogue con la
tardanza el fuego de la cólera que tengo, y se pase en amenazas y
maldiciones la justa venganza que espero.
»-Ya voy a llamarle, señora mía -dijo Leonela-, mas hasme de dar primero
esa daga, porque no hagas cosa, en tanto que falto, que dejes con ella que
llorar toda la vida a todos los que bien te quieren.
»-Ve segura, Leonela amiga, que no haré -respondió Camila-; porque, ya que
sea atrevida y simple a tu parecer en volver por mi honra, no lo he de ser
tanto como aquella Lucrecia de quien dicen que se mató sin haber cometido
error alguno, y sin haber muerto primero a quien tuvo la causa de su
desgracia. Yo moriré, si muero, pero ha de ser vengada y satisfecha del que
me ha dado ocasión de venir a este lugar a llorar sus atrevimientos,
nacidos tan sin culpa mía.
»Mucho se hizo de rogar Leonela antes que saliese a llamar a Lotario, pero,
en fin, salió; y, entre tanto que volvía, quedó Camilia diciendo, como que
hablaba consigo misma:
»-¡Válame Dios! ¿No fuera más acertado haber despedido a Lotario, como
otras muchas veces lo he hecho, que no ponerle en condición, como ya le he
puesto, que me tenga por deshonesta y mala, siquiera este tiempo que he de
tardar en desengañarle? Mejor fuera, sin duda; pero no quedara yo vengada,
ni la honra de mi marido satisfecha, si tan a manos lavadas y tan a paso
llano se volviera a salir de donde sus malos pensamientos le entraron.
Pague el traidor con la vida lo que intentó con tan lascivo deseo: sepa el
mundo, si acaso llegare a saberlo, de que Camila no sólo guardó la lealtad
a su esposo, sino que le dio venganza del que se atrevió a ofendelle. Mas,
con todo, creo que fuera mejor dar cuenta desto a Anselmo, pero ya se la
apunté a dar en la carta que le escribí al aldea, y creo que el no acudir
él al remedio del daño que allí le señalé, debió de ser que, de puro bueno
y confiado, no quiso ni pudo creer que en el pecho de su tan firme amigo
pudiese caber género de pensamiento que contra su honra fuese; ni aun yo lo
creí después, por muchos días, ni lo creyera jamás, si su insolencia no
llegara a tanto, que las manifiestas dádivas y las largas promesas y las
continuas lágrimas no me lo manifestaran. Mas, ¿para qué hago yo ahora
estos discursos? ¿Tiene, por ventura, una resulución gallarda necesidad de
consejo alguno? No, por cierto. ¡Afuera, pues, traidores; aquí, venganzas!
¡Entre el falso, venga, llegue, muera y acabe, y suceda lo que sucediere!
Limpia entré en poder del que el cielo me dio por mío, limpia he de salir
dél; y, cuando mucho, saldré bañada en mi casta sangre, y en la impura del
más falso amigo que vio la amistad en el mundo.
»Y, diciendo esto, se paseaba por la sala con la daga desenvainada, dando
tan desconcertados y desaforados pasos, y haciendo tales ademanes, que no
parecía sino que le faltaba el juicio, y que no era mujer delicada, sino un
rufián desesperado.
»Todo lo miraba Anselmo, cubierto detrás de unos tapices donde se había
escondido, y de todo se admiraba, y ya le parecía que lo que había visto y
oído era bastante satisfación para mayores sospechas; y ya quisiera que la
prueba de venir Lotario faltara, temeroso de algún mal repentino suceso. Y,
estando ya para manifestarse y salir, para abrazar y desengañar a su
esposa, se detuvo porque vio que Leonela volvía con Lotario de la mano; y,
así como Camila le vio, haciendo con la daga en el suelo una gran raya
delante della, le dijo:
»-Lotario, advierte lo que te digo: si a dicha te atrevieres a pasar desta
raya que ves, ni aun llegar a ella, en el punto que viere que lo intentas,
en ese mismo me pasaré el pecho con esta daga que en las manos tengo. Y,
antes que a esto me respondas palabra, quiero que otras algunas me
escuches; que después responderás lo que más te agradare. Lo primero,
quiero, Lotario, que me digas si conoces a Anselmo, mi marido, y en qué
opinión le tienes; y lo segundo, quiero saber también si me conoces a mí.
Respóndeme a esto, y no te turbes, ni pienses mucho lo que has de
responder, pues no son dificultades las que te pregunto.
»No era tan ignorante Lotario que, desde el primer punto que Camila le dijo
que hiciese esconder a Anselmo, no hubiese dado en la cuenta de lo que ella
pensaba hacer; y así, correspondió con su intención tan discretamente, y
tan a tiempo, que hicieran los dos pasar aquella mentira por más que cierta
verdad; y así, respondió a Camila desta manera:
»-No pensé yo, hermosa Camila, que me llamabas para preguntarme cosas tan
fuera de la intención con que yo aquí vengo. Si lo haces por dilatarme la
prometida merced, desde más lejos pudieras entretenerla, porque tanto más
fatiga el bien deseado cuanto la esperanza está más cerca de poseello;
pero, porque no digas que no respondo a tus preguntas, digo que conozco a
tu esposo Anselmo, y nos conocemos los dos desde nuestros más tiernos años;
y no quiero decir lo que tú tan bien sabes de nuestra amistad, por no me
hacer testigo del agravio que el amor hace que le haga, poderosa disculpa
de mayores yerros. A ti te conozco y tengo en la misma posesión que él te
tiene; que, a no ser así, por menos prendas que las tuyas no había yo de ir
contra lo que debo a ser quien soy y contra las santas leyes de la
verdadera amistad, ahora por tan poderoso enemigo como el amor por mí
rompidas y violadas.
»-Si eso confiesas -respondió Camila-, enemigo mortal de todo aquello que
justamente merece ser amado, ¿con qué rostro osas parecer ante quien sabes
que es el espejo donde se mira aquel en quien tú te debieras mirar, para
que vieras con cuán poca ocasión le agravias? Pero ya cayo, ¡ay, desdichada
de mí!, en la cuenta de quién te ha hecho tener tan poca con lo que a ti
mismo debes, que debe de haber sido alguna desenvoltura mía, que no quiero
llamarla deshonestidad, pues no habrá procedido de deliberada
determinación, sino de algún descuido de los que las mujeres que piensan
que no tienen de quién recatarse suelen hacer inadvertidamente. Si no,
dime: ¿cuándo, ¡oh traidor!, respondí a tus ruegos con alguna palabra o
señal que pudiese despertar en ti alguna sombra de esperanza de cumplir tus
infames deseos? ¿Cuándo tus amorosas palabras no fueron deshechas y
reprehendidas de las mías con rigor y con aspereza? ¿Cuándo tus muchas
promesas y mayores dádivas fueron de mí creídas, ni admitidas? Pero, por
parecerme que alguno no puede perseverar en el intento amoroso luengo
tiempo, si no es sustentado de alguna esperanza, quiero atribuirme a mí la
culpa de tu impertinencia, pues, sin duda, algún descuido mío ha sustentado
tanto tiempo tu cuidado; y así, quiero castigarme y darme la pena que tu
culpa merece. Y, porque vieses que, siendo conmigo tan inhumana, no era
posible dejar de serlo contigo, quise traerte a ser testigo del sacrificio
que pienso hacer a la ofendida honra de mi tan honrado marido, agraviado de
ti con el mayor cuidado que te ha sido posible, y de mí también con el poco
recato que he tenido del huir la ocasión, si alguna te di, para favorecer y
canonizar tus malas intenciones. Torno a decir que la sospecha que tengo
que algún descuido mío engendró en ti tan desvariados pensamientos es la
que más me fatiga, y la que yo más deseo castigar con mis propias manos,
porque, castigándome otro verdugo, quizá sería más pública mi culpa; pero,
antes que esto haga, quiero matar muriendo, y llevar conmigo quien me acabe
de satisfacer el deseo de la venganza que espero y tengo, viendo allá,
dondequiera que fuere, la pena que da la justicia desinteresada y que no se
dobla al que en términos tan desesperados me ha puesto.
»Y, diciendo estas razones, con una increíble fuerza y ligereza arremetió a
Lotario con la daga desenvainada, con tales muestras de querer enclavársela
en el pecho, que casi él estuvo en duda si aquellas demostraciones eran
falsas o verdaderas, porque le fue forzoso valerse de su industria y de su
fuerza para estorbar que Camila no le diese. La cual tan vivamente fingía
aquel estraño embuste y fealdad que, por dalle color de verdad, la quiso
matizar con su misma sangre; porque, viendo que no podía haber a Lotario, o
fingiendo que no podía, dijo:
»-Pues la suerte no quiere satisfacer del todo mi tan justo deseo, a lo
menos, no será tan poderosa que, en parte, me quite que no le satisfaga.
Y, haciendo fuerza para soltar la mano de la daga, que Lotario la tenía
asida, la sacó, y, guiando su punta por parte que pudiese herir no
profundamente, se la entró y escondió por más arriba de la islilla del lado
izquierdo, junto al hombro, y luego se dejó caer en el suelo, como
desmayada.
»Estaban Leonela y Lotario suspensos y atónitos de tal suceso, y todavía
dudaban de la verdad de aquel hecho, viendo a Camila tendida en tierra y
bañada en su sangre. Acudió Lotario con mucha presteza, despavorido y sin
aliento, a sacar la daga, y, en ver la pequeña herida, salió del temor que
hasta entonces tenía, y de nuevo se admiró de la sagacidad, prudencia y
mucha discreción de la hermosa Camila; y, por acudir con lo que a él le
tocaba, comenzó a hacer una larga y triste lamentación sobre el cuerpo de
Camila, como si estuviera difunta, echándose muchas maldiciones, no sólo a
él, sino al que había sido causa de habelle puesto en aquel término. Y,
como sabía que le escuchaba su amigo Anselmo, decía cosas que el que le
oyera le tuviera mucha más lástima que a Camila, aunque por muerta la
juzgara.
»Leonela la tomó en brazos y la puso en el lecho, suplicando a Lotario
fuese a buscar quien secretamente a Camila curase; pedíale asimismo consejo
y parecer de lo que dirían a Anselmo de aquella herida de su señora, si
acaso viniese antes que estuviese sana. Él respondió que dijesen lo que
quisiesen, que él no estaba para dar consejo que de provecho fuese; sólo le
dijo que procurase tomarle la sangre, porque él se iba adonde gentes no le
viesen. Y, con muestras de mucho dolor y sentimiento, se salió de casa; y,
cuando se vio solo y en parte donde nadie le veía, no cesaba de hacerse
cruces, maravillándose de la industria de Camila y de los ademanes tan
proprios de Leonela. Consideraba cuán enterado había de quedar Anselmo de
que tenía por mujer a una segunda Porcia, y deseaba verse con él para
celebrar los dos la mentira y la verdad más disimulada que jamás pudiera
imaginarse.
»Leonela tomó, como se ha dicho, la sangre a su señora, que no era más de
aquello que bastó para acreditar su embuste; y, lavando con un poco de vino
la herida, se la ató lo mejor que supo, diciendo tales razones, en tanto
que la curaba, que, aunque no hubieran precedido otras, bastaran a hacer
creer a Anselmo que tenía en Camila un simulacro de la honestidad.
»Juntáronse a las palabras de Leonela otras de Camila, llamándose cobarde y
de poco ánimo, pues le había faltado al tiempo que fuera más necesario
tenerle, para quitarse la vida, que tan aborrecida tenía. Pedía consejo a
su doncella si daría, o no, todo aquel suceso a su querido esposo; la cual
le dijo que no se lo dijese, porque le pondría en obligación de vengarse de
Lotario, lo cual no podría ser sin mucho riesgo suyo, y que la buena mujer
estaba obligada a no dar ocasión a su marido a que riñese, sino a quitalle
todas aquellas que le fuese posible.
»Respondió Camila que le parecía muy bien su parecer y que ella le
seguiría; pero que en todo caso convenía buscar qué decir a Anselmo de la
causa de aquella herida, que él no podría dejar de ver; a lo que Leonela
respondía que ella, ni aun burlando, no sabía mentir.
»-Pues yo, hermana -replicó Camila-, ¿qué tengo de saber, que no me
atreveré a forjar ni sustentar una mentira, si me fuese en ello la vida? Y
si es que no hemos de saber dar salida a esto, mejor será decirle la verdad
desnuda, que no que nos alcance en mentirosa cuenta.
»-No tengas pena, señora: de aquí a mañana -respondió Leonela- yo pensaré
qué le digamos, y quizá que, por ser la herida donde es, la podrás
encubrir sin que él la vea, y el cielo será servido de favorecer a nuestros
tan justos y tan honrados pensamientos. Sosiégate, señora mía, y procura
sosegar tu alteración, porque mi señor no te halle sobresaltada, y lo demás
déjalo a mi cargo, y al de Dios, que siempre acude a los buenos deseos.
»Atentísimo había estado Anselmo a escuchar y a ver representar la tragedia
de la muerte de su honra; la cual con tan estraños y eficaces afectos la
representaron los personajes della, que pareció que se habían transformado
en la misma verdad de lo que fingían. Deseaba mucho la noche, y el tener
lugar para salir de su casa, y ir a verse con su buen amigo Lotario,
congratulándose con él de la margarita preciosa que había hallado en el
desengaño de la bondad de su esposa. Tuvieron cuidado las dos de darle
lugar y comodidad a que saliese, y él, sin perdella, salió y luego fue a
buscar a Lotario, el cual hallado, no se puede buenamente contar los
abrazos que le dio, las cosas que de su contento le dijo, las alabanzas que
dio a Camila. Todo lo cual escuchó Lotario sin poder dar muestras de alguna
alegría, porque se le representaba a la memoria cuán engañado estaba su
amigo y cuán injustamente él le agraviaba. Y, aunque Anselmo veía que
Lotario no se alegraba, creía ser la causa por haber dejado a Camila herida
y haber él sido la causa; y así, entre otras razones, le dijo que no
tuviese pena del suceso de Camila, porque, sin duda, la herida era ligera,
pues quedaban de concierto de encubrírsela a él; y que, según esto, no
había de qué temer, sino que de allí adelante se gozase y alegrase con él,
pues por su industria y medio él se veía levantado a la más alta felicidad
que acertara desearse, y quería que no fuesen otros sus entretenimientos
que en hacer versos en alabanza de Camila, que la hiciesen eterna en la
memoria de los siglos venideros. Lotario alabó su buena determinación y
dijo que él, por su parte, ayudaría a levantar tan ilustre edificio.
»Con esto quedó Anselmo el hombre más sabrosamente engañado que pudo haber
en el mundo: él mismo llevó por la mano a su casa, creyendo que llevaba el
instrumento de su gloria, toda la perdición de su fama. Recebíale Camila
con rostro, al parecer, torcido, aunque con alma risueña. Duró este engaño
algunos días, hasta que, al cabo de pocos meses, volvió Fortuna su rueda y
salió a plaza la maldad con tanto artificio hasta allí cubierta, y a
Anselmo le costó la vida su impertinente curiosidad.»

Capítulo XXXV. Donde se da fin a la novela del Curioso impertinente

Poco más quedaba por leer de la novela, cuando del caramanchón donde
reposaba don Quijote salió Sancho Panza todo alborotado, diciendo a voces:
-Acudid, señores, presto y socorred a mi señor, que anda envuelto en la más
reñida y trabada batalla que mis ojos han visto. ¡Vive Dios, que ha dado
una cuchillada al gigante enemigo de la señora princesa Micomicona, que le
ha tajado la cabeza, cercen a cercen, como si fuera un nabo!
-¿Qué dices, hermano? -dijo el cura, dejando de leer lo que de la novela
quedaba-. ¿Estáis en vos, Sancho? ¿Cómo diablos puede ser eso que decís,
estando el gigante dos mil leguas de aquí?
En esto, oyeron un gran ruido en el aposento, y que don Quijote decía a
voces:
-¡Tente, ladrón, malandrín, follón, que aquí te tengo, y no te ha de valer
tu cimitarra!
Y parecía que daba grandes cuchilladas por las paredes. Y dijo Sancho:
-No tienen que pararse a escuchar, sino entren a despartir la pelea, o a
ayudar a mi amo; aunque ya no será menester, porque, sin duda alguna, el
gigante está ya muerto, y dando cuenta a Dios de su pasada y mala vida, que
yo vi correr la sangre por el suelo, y la cabeza cortada y caída a un lado,
que es tamaña como un gran cuero de vino.
-Que me maten -dijo a esta sazón el ventero- si don Quijote, o don diablo,
no ha dado alguna cuchillada en alguno de los cueros de vino tinto que a su
cabecera estaban llenos, y el vino derramado debe de ser lo que le parece
sangre a este buen hombre.
Y, con esto, entró en el aposento, y todos tras él, y hallaron a don
Quijote en el más estraño traje del mundo: estaba en camisa, la cual no era
tan cumplida que por delante le acabase de cubrir los muslos, y por detrás
tenía seis dedos menos; las piernas eran muy largas y flacas, llenas de
vello y no nada limpias; tenía en la cabeza un bonetillo colorado,
grasiento, que era del ventero; en el brazo izquierdo tenía revuelta la
manta de la cama, con quien tenía ojeriza Sancho, y él se sabía bien el
porqué; y en la derecha, desenvainada la espada, con la cual daba
cuchilladas a todas partes, diciendo palabras como si verdaderamente
estuviera peleando con algún gigante. Y es lo bueno que no tenía los ojos
abiertos, porque estaba durmiendo y soñando que estaba en batalla con el
gigante; que fue tan intensa la imaginación de la aventura que iba a
fenecer, que le hizo soñar que ya había llegado al reino de Micomicón, y
que ya estaba en la pelea con su enemigo. Y había dado tantas cuchilladas
en los cueros, creyendo que las daba en el gigante, que todo el aposento
estaba lleno de vino; lo cual visto por el ventero, tomó tanto enojo que
arremetió con don Quijote, y a puño cerrado le comenzó a dar tantos golpes
que si Cardenio y el cura no se le quitaran, él acabara la guerra del
gigante; y, con todo aquello, no despertaba el pobre caballero, hasta que
el barbero trujo un gran caldero de agua fría del pozo y se le echó por
todo el cuerpo de golpe, con lo cual despertó don Quijote; mas no con tanto
acuerdo que echase de ver de la manera que estaba.
Dorotea, que vio cuán corta y sotilmente estaba vestido, no quiso entrar a
ver la batalla de su ayudador y de su contrario.
Andaba Sancho buscando la cabeza del gigante por todo el suelo, y, como no
la hallaba, dijo:
-Ya yo sé que todo lo desta casa es encantamento; que la otra vez, en este
mesmo lugar donde ahora me hallo, me dieron muchos mojicones y porrazos,
sin saber quién me los daba, y nunca pude ver a nadie; y ahora no parece
por aquí esta cabeza que vi cortar por mis mismísimos ojos, y la sangre
corría del cuerpo como de una fuente.
-¿Qué sangre ni qué fuente dices, enemigo de Dios y de sus santos? -dijo el
ventero-. ¿No vees, ladrón, que la sangre y la fuente no es otra cosa que
estos cueros que aquí están horadados y el vino tinto que nada en este
aposento, que nadando vea yo el alma en los infiernos de quien los horadó?
-No sé nada -respondió Sancho-; sólo sé que vendré a ser tan desdichado
que, por no hallar esta cabeza, se me ha de deshacer mi condado como la sal
en el agua.
Y estaba peor Sancho despierto que su amo durmiendo: tal le tenían las
promesas que su amo le había hecho. El ventero se desesperaba de ver la
flema del escudero y el maleficio del señor, y juraba que no había de ser
como la vez pasada, que se le fueron sin pagar; y que ahora no le habían de
valer los previlegios de su caballería para dejar de pagar lo uno y lo
otro, aun hasta lo que pudiesen costar las botanas que se habían de echar a
los rotos cueros.
Tenía el cura de las manos a don Quijote, el cual, creyendo que ya había
acabado la aventura, y que se hallaba delante de la princesa Micomicona, se
hincó de rodillas delante del cura, diciendo:
-Bien puede la vuestra grandeza, alta y famosa señora, vivir, de hoy más,
segura que le pueda hacer mal esta mal nacida criatura; y yo también, de
hoy más, soy quito de la palabra que os di, pues, con el ayuda del alto
Dios y con el favor de aquella por quien yo vivo y respiro, tan bien la he
cumplido.
-¿No lo dije yo? -dijo oyendo esto Sancho-. Sí que no estaba yo borracho:
¡mirad si tiene puesto ya en sal mi amo al gigante! ¡Ciertos son los toros:
mi condado está de molde!
¿Quién no había de reír con los disparates de los dos, amo y mozo? Todos
reían sino el ventero, que se daba a Satanás. Pero, en fin, tanto hicieron
el barbero, Cardenio y el cura que, con no poco trabajo, dieron con don
Quijote en la cama, el cual se quedó dormido, con muestras de grandísimo
cansancio. Dejáronle dormir, y saliéronse al portal de la venta a consolar
a Sancho Panza de no haber hallado la cabeza del gigante; aunque más
tuvieron que hacer en aplacar al ventero, que estaba desesperado por la
repentina muerte de sus cueros. Y la ventera decía en voz y en grito:
-En mal punto y en hora menguada entró en mi casa este caballero andante,
que nunca mis ojos le hubieran visto, que tan caro me cuesta. La vez pasada
se fue con el costo de una noche, de cena, cama, paja y cebada, para él y
para su escudero, y un rocín y un jumento, diciendo que era caballero
aventurero (que mala ventura le dé Dios a él y a cuantos aventureros hay en
el mundo) y que por esto no estaba obligado a pagar nada, que así estaba
escrito en los aranceles de la caballería andantesca. Y ahora, por su
respeto, vino estotro señor y me llevó mi cola, y hámela vuelto con más de
dos cuartillos de daño, toda pelada, que no puede servir para lo que la
quiere mi marido. Y, por fin y remate de todo, romperme mis cueros y
derramarme mi vino; que derramada le vea yo su sangre. ¡Pues no se piense;
que, por los huesos de mi padre y por el siglo de mi madre, si no me lo han
de pagar un cuarto sobre otro, o no me llamaría yo como me llamo ni sería
hija de quien soy!
Estas y otras razones tales decía la ventera con grande enojo, y ayudábala
su buena criada Maritornes. La hija callaba, y de cuando en cuando se
sonreía. El cura lo sosegó todo, prometiendo de satisfacerles su pérdida lo
mejor que pudiese, así de los cueros como del vino, y principalmente del
menoscabo de la cola, de quien tanta cuenta hacían. Dorotea consoló a
Sancho Panza diciéndole que cada y cuando que pareciese haber sido verdad
que su amo hubiese descabezado al gigante, le prometía, en viéndose
pacífica en su reino, de darle el mejor condado que en él hubiese.
Consolóse con esto Sancho, y aseguró a la princesa que tuviese por cierto
que él había visto la cabeza del gigante, y que, por más señas, tenía una
barba que le llegaba a la cintura; y que si no parecía, era porque todo
cuanto en aquella casa pasaba era por vía de encantamento, como él lo había
probado otra vez que había posado en ella. Dorotea dijo que así lo creía, y
que no tuviese pena, que todo se haría bien y sucedería a pedir de boca.
Sosegados todos, el cura quiso acabar de leer la novela, porque vio que
faltaba poco. Cardenio, Dorotea y todos los demás le rogaron la acabase.
Él, que a todos quiso dar gusto, y por el que él tenía de leerla, prosiguió
el cuento, que así decía:
«Sucedió, pues, que, por la satisfación que Anselmo tenía de la bondad de
Camila, vivía una vida contenta y descuidada, y Camila, de industria, hacía
mal rostro a Lotario, porque Anselmo entendiese al revés de la voluntad que
le tenía; y, para más confirmación de su hecho, pidió licencia Lotario para
no venir a su casa, pues claramente se mostraba la pesadumbre que con su
vista Camila recebía; mas el engañado Anselmo le dijo que en ninguna manera
tal hiciese. Y, desta manera, por mil maneras era Anselmo el fabricador de
su deshonra, creyendo que lo era de su gusto.
»En esto, el que tenía Leonela de verse cualificada, no de con sus amores,
llegó a tanto que, sin mirar a otra cosa, se iba tras él a suelta rienda,
fiada en que su señora la encubría, y aun la advertía del modo que con poco
recelo pudiese ponerle en ejecución. En fin, una noche sintió Anselmo pasos
en el aposento de Leonela, y, queriendo entrar a ver quién los daba, sintió
que le detenían la puerta, cosa que le puso más voluntad de abrirla; y
tanta fuerza hizo, que la abrió, y entró dentro a tiempo que vio que un
hombre saltaba por la ventana a la calle; y, acudiendo con presteza a
alcanzarle o conocerle, no pudo conseguir lo uno ni lo otro, porque Leonela
se abrazó con él, diciéndole:
»-Sosiégate, señor mío, y no te alborotes, ni sigas al que de aquí saltó;
es cosa mía, y tanto, que es mi esposo.
»No lo quiso creer Anselmo; antes, ciego de enojo, sacó la daga y quiso
herir a Leonela, diciéndole que le dijese la verdad, si no, que la mataría.
Ella, con el miedo, sin saber lo que se decía, le dijo:
»-No me mates, señor, que yo te diré cosas de más importancia de las que
puedes imaginar.

»-Dilas luego -dijo Anselmo-; si no, muerta eres.

»-Por ahora será imposible -dijo Leonela-, según estoy de turbada; déjame
hasta mañana, que entonces sabrás de mí lo que te ha de admirar; y está
seguro que el que saltó por esta ventana es un mancebo desta ciudad, que me
ha dado la mano de ser mi esposo.

»Sosegóse con esto Anselmo y quiso aguardar el término que se le pedía,
porque no pensaba oír cosa que contra Camila fuese, por estar de su bondad
tan satisfecho y seguro; y así, se salió del aposento y dejó encerrada en
él a Leonela, diciéndole que de allí no saldría hasta que le dijese lo que
tenía que decirle.

»Fue luego a ver a Camila y a decirle, como le dijo, todo aquello que con
su doncella le había pasado, y la palabra que le había dado de decirle
grandes cosas y de importancia. Si se turbó Camila o no, no hay para qué
decirlo, porque fue tanto el temor que cobró, creyendo verdaderamente -y
era de creer- que Leonela había de decir a Anselmo todo lo que sabía de su
poca fe, que no tuvo ánimo para esperar si su sospecha salía falsa o no. Y
aquella mesma noche, cuando le pareció que Anselmo dormía, juntó las
mejores joyas que tenía y algunos dineros, y, sin ser de nadie sentida,
salió de casa y se fue a la de Lotario, a quien contó lo que pasaba, y le
pidió que la pusiese en cobro, o que se ausentasen los dos donde de Anselmo
pudiesen estar seguros. La confusión en que Camila puso a Lotario fue tal,
que no le sabía responder palabra, ni menos sabía resolverse en lo que
haría.

»En fin, acordó de llevar a Camila a un monesterio, en quien era priora una
su hermana. Consintió Camila en ello, y, con la presteza que el caso pedía,
la llevó Lotario y la dejó en el monesterio, y él, ansimesmo, se ausentó
luego de la ciudad, sin dar parte a nadie de su ausencia.

»Cuando amaneció, sin echar de ver Anselmo que Camila faltaba de su lado,
con el deseo que tenía de saber lo que Leonela quería decirle, se levantó y
fue adonde la había dejado encerrada. Abrió y entró en el aposento, pero no
halló en él a Leonela: sólo halló puestas unas sábanas añudadas a la
ventana, indicio y señal que por allí se había descolgado e ido. Volvió
luego muy triste a decírselo a Camila, y, no hallándola en la cama ni en
toda la casa, quedó asombrado.Preguntó a los criados de casa por ella, pero
nadie le supo dar razón de lo que pedía.

»Acertó acaso, andando a buscar a Camila, que vio sus cofres abiertos y que
dellos faltaban las más de sus joyas, y con esto acabó de caer en la cuenta
de su desgracia, y en que no era Leonela la causa de su desventura. Y, ansí
como estaba, sin acabarse de vestir, triste y pensativo, fue a dar cuenta
de su desdicha a su amigo Lotario. Mas, cuando no le halló, y sus criados
le dijeron que aquella noche había faltado de casa y había llevado consigo
todos los dineros que tenía, pensó perder el juicio. Y, para acabar de
concluir con todo, volviéndose a su casa, no halló en ella ninguno de
cuantos criados ni criadas tenía, sino la casa desierta y sola.

»No sabía qué pensar, qué decir, ni qué hacer, y poco a poco se le iba
volviendo el juicio. Contemplábase y mirábase en un instante sin mujer, sin
amigo y sin criados; desamparado, a su parecer, del cielo que le cubría, y
sobre todo sin honra, porque en la falta de Camila vio su perdición.

»Resolvióse, en fin, a cabo de una gran pieza, de irse a la aldea de su
amigo, donde había estado cuando dio lugar a que se maquinase toda aquella
desventura. Cerró las puertas de su casa, subió a caballo, y con desmayado
aliento se puso en camino; y, apenas hubo andado la mitad, cuando, acosado
de sus pensamientos, le fue forzoso apearse y arrendar su caballo a un
árbol, a cuyo tronco se dejó caer, dando tiernos y dolorosos suspiros, y
allí se estuvo hasta casi que anochecía; y aquella hora vio que venía un
hombre a caballo de la ciudad, y, después de haberle saludado, le preguntó
qué nuevas había en Florencia. El ciudadano respondió:

»-Las más estrañas que muchos días ha se han oído en ella; porque se dice
públicamente que Lotario, aquel grande amigo de Anselmo el rico, que vivía
a San Juan, se llevó esta noche a Camila, mujer de Anselmo, el cual tampoco
parece. Todo esto ha dicho una criada de Camila, que anoche la halló el
gobernador descolgándose con una sábana por las ventanas de la casa de
Anselmo. En efeto, no sé puntualmente cómo pasó el negocio; sólo sé que
toda la ciudad está admirada deste suceso, porque no se podía esperar tal
hecho de la mucha y familiar amistad de los dos, que dicen que era tanta,
que los llamaban los dos amigos.

»-¿Sábese, por ventura -dijo Anselmo-, el camino que llevan Lotario y
Camila?

»-Ni por pienso -dijo el ciudadano-, puesto que el gobernador ha usado de
mucha diligencia en buscarlos

»-A Dios vais, señor -dijo Anselmo.

»-Con Él quedéis -respondió el ciudadano, y fuese.

»Con tan desdichadas nuevas, casi casi llegó a términos Anselmo, no sólo de
perder el juicio, sino de acabar la vida. Levantóse como pudo y llegó a
casa de su amigo, que aún no sabía su desgracia; mas, como le vio llegar
amarillo, consumido y seco, entendió que de algún grave mal venía fatigado.
Pidió luego Anselmo que le acostasen, y que le diesen aderezo de escribir.
Hízose así, y dejáronle acostado y solo, porque él así lo quiso, y aun que
le cerrasen la puerta. Viéndose, pues, solo, comenzó a cargar tanto la
imaginación de su desventura, que claramente conoció que se le iba acabando
la vida; y así, ordenó de dejar noticia de la causa de su estraña muerte;
y, comenzando a escribir, antes que acabase de poner todo lo que quería, le
faltó el aliento y dejó la vida en las manos del dolor que le causó su
curiosidad impertinente.

»Viendo el señor de casa que era ya tarde y que Anselmo no llamaba, acordó
de entrar a saber si pasaba adelante su indisposición, y hallóle tendido
boca abajo, la mitad del cuerpo en la cama y la otra mitad sobre el bufete,
sobre el cual estaba con el papel escrito y abierto, y él tenía aún la
pluma en la mano. Llegóse el huésped a él, habiéndole llamado primero; y,
trabándole por la mano, viendo que no le respondía y hallándole frío, vio
que estaba muerto. Admiróse y congojóse en gran manera, y llamó a la gente
de casa para que viesen la desgracia a Anselmo sucedida; y, finalmente,
leyó el papel, que conoció que de su mesma mano estaba escrito, el cual
contenía estas razones:

Un necio e impertinente deseo me quitó la vida. Si las nuevas de mi muerte
llegaren a los oídos de Camila, sepa que yo la perdono, porque no estaba
ella obligada a hacer milagros, ni yo tenía necesidad de querer que ella
los hiciese; y, pues yo fui el fabricador de mi deshonra, no hay para
qué...

»Hasta aquí escribió Anselmo, por donde se echó de ver que en aquel punto,
sin poder acabar la razón, se le acabó la vida. Otro día dio aviso su amigo
a los parientes de Anselmo de su muerte, los cuales ya sabían su desgracia,
y el monesterio donde Camila estaba, casi en el término de acompañar a su
esposo en aquel forzoso viaje, no por las nuevas del muerto esposo, mas por
las que supo del ausente amigo. Dícese que, aunque se vio viuda, no quiso
salir del monesterio, ni, menos, hacer profesión de monja, hasta que, no de
allí a muchos días, le vinieron nuevas que Lotario había muerto en una
batalla que en aquel tiempo dio monsiur de Lautrec al Gran Capitán Gonzalo
Fernández de Córdoba en el reino de Nápoles, donde había ido a parar el
tarde arrepentido amigo; lo cual sabido por Camila, hizo profesión, y acabó
en breves días la vida a las rigurosas manos de tristezas y melancolías.
Éste fue el fin que tuvieron todos, nacido de un tan desatinado principio.»

-Bien -dijo el cura- me parece esta novela, pero no me puedo persuadir que
esto sea verdad; y si es fingido, fingió mal el autor, porque no se puede
imaginar que haya marido tan necio que quiera hacer tan costosa experiencia
como Anselmo. Si este caso se pusiera entre un galán y una dama, pudiérase
llevar, pero entre marido y mujer, algo tiene del imposible; y, en lo que
toca al modo de contarle, no me descontenta.

Capítulo XXXVI. Que trata de la brava y descomunal batalla que don Quijote
tuvo con unos cueros de vino tinto, con otros raros sucesos que en la venta
le sucedieron

Estando en esto, el ventero, que estaba a la puerta de la venta, dijo:

-Esta que viene es una hermosa tropa de huéspedes: si ellos paran aquí,
gaudeamus tenemos.

-¿Qué gente es? -dijo Cardenio.

-Cuatro hombres -respondió el ventero- vienen a caballo, a la jineta, con
lanzas y adargas, y todos con antifaces negros; y junto con ellos viene una
mujer vestida de blanco, en un sillón, ansimesmo cubierto el rostro, y
otros dos mozos de a pie.

-¿Vienen muy cerca? -preguntó el cura.

-Tan cerca -respondió el ventero-, que ya llegan.

Oyendo esto Dorotea, se cubrió el rostro, y Cardenio se entró en el
aposento de don Quijote; y casi no habían tenido lugar para esto, cuando
entraron en la venta todos los que el ventero había dicho; y, apeándose los
cuatro de a caballo, que de muy gentil talle y disposición eran, fueron a
apear a la mujer que en el sillón venía; y, tomándola uno dellos en sus
brazos, la sentó en una silla que estaba a la entrada del aposento donde
Cardenio se había escondido. En todo este tiempo, ni ella ni ellos se
habían quitado los antifaces, ni hablado palabra alguna; sólo que, al
sentarse la mujer en la silla, dio un profundo suspiro y dejó caer los
brazos, como persona enferma y desmayada. Los mozos de a pie llevaron los
caballos a la caballeriza.

Viendo esto el cura, deseoso de saber qué gente era aquella que con tal
traje y tal silencio estaba, se fue donde estaban los mozos, y a uno dellos
le preguntó lo que ya deseaba; el cual le respondió:

-Pardiez, señor, yo no sabré deciros qué gente sea ésta; sólo sé que
muestra ser muy principal, especialmente aquel que llegó a tomar en sus
brazos a aquella señora que habéis visto; y esto dígolo porque todos los
demás le tienen respeto, y no se hace otra cosa más de la que él ordena y
manda.

-Y la señora, ¿quién es? -preguntó el cura.

-Tampoco sabré decir eso -respondió el mozo-, porque en todo el camino no
la he visto el rostro; suspirar sí la he oído muchas veces, y dar unos
gemidos que parece que con cada uno dellos quiere dar el alma. Y no es de
maravillar que no sepamos más de lo que habemos dicho, porque mi compañero
y yo no ha más de dos días que los acompañamos; porque, habiéndolos
encontrado en el camino, nos rogaron y persuadieron que viniésemos con
ellos hasta el Andalucía, ofreciéndose a pagárnoslo muy bien.

-¿Y habéis oído nombrar a alguno dellos? -preguntó el cura.

-No, por cierto -respondió el mozo-, porque todos caminan con tanto
silencio que es maravilla, porque no se oye entre ellos otra cosa que los
suspiros y sollozos de la pobre señora, que nos mueven a lástima; y sin
duda tenemos creído que ella va forzada dondequiera que va, y, según se
puede colegir por su hábito, ella es monja, o va a serlo, que es lo más
cierto, y quizá porque no le debe de nacer de voluntad el monjío, va
triste, como parece.

-Todo podría ser -dijo el cura.

Y, dejándolos, se volvió adonde estaba Dorotea, la cual, como había oído
suspirar a la embozada, movida de natural compasión, se llegó a ella y le
dijo:

-¿Qué mal sentís, señora mía? Mirad si es alguno de quien las mujeres
suelen tener uso y experiencia de curarle, que de mi parte os ofrezco una
buena voluntad de serviros.

A todo esto callaba la lastimada señora; y, aunque Dorotea tornó con
mayores ofrecimientos, todavía se estaba en su silencio, hasta que llegó el
caballero embozado que dijo el mozo que los demás obedecían, y dijo a
Dorotea:

-No os canséis, señora, en ofrecer nada a esa mujer, porque tiene por
costumbre de no agradecer cosa que por ella se hace, ni procuréis que os
responda, si no queréis oír alguna mentira de su boca.

-Jamás la dije -dijo a esta sazón la que hasta allí había estado callando-;
antes, por ser tan verdadera y tan sin trazas mentirosas, me veo ahora en
tanta desventura; y desto vos mesmo quiero que seáis el testigo, pues mi
pura verdad os hace a vos ser falso y mentiroso.

Oyó estas razones Cardenio bien clara y distintamente, como quien estaba
tan junto de quien las decía que sola la puerta del aposento de don Quijote
estaba en medio; y, así como las oyó, dando una gran voz dijo:

-¡Válgame Dios! ¿Qué es esto que oigo? ¿Qué voz es esta que ha llegado a
mis oídos?

Volvió la cabeza a estos gritos aquella señora, toda sobresaltada, y, no
viendo quién las daba, se levantó en pie y fuese a entrar en el aposento;
lo cual visto por el caballero, la detuvo, sin dejarla mover un paso. A
ella, con la turbación y desasosiego, se le cayó el tafetán con que traía
cubierto el rostro, y descubrió una hermosura incomparable y un rostro
milagroso, aunque descolorido y asombrado, porque con los ojos andaba
rodeando todos los lugares donde alcanzaba con la vista, con tanto ahínco,
que parecía persona fuera de juicio; cuyas señales, sin saber por qué las
hacía, pusieron gran lástima en Dorotea y en cuantos la miraban. Teníala el
caballero fuertemente asida por las espaldas, y, por estar tan ocupado en
tenerla, no pudo acudir a alzarse el embozo, que se le caía, como, en
efeto, se le cayó del todo; y, alzando los ojos Dorotea, que abrazada con
la señora estaba, vio que el que abrazada ansimesmo la tenía era su esposo
don Fernando; y, apenas le hubo conocido, cuando, arrojando de lo íntimo de
sus entrañas un luengo y tristísimo ''¡ay!'', se dejó caer de espaldas
desmayada; y, a no hallarse allí junto el barbero, que la recogió en los
brazos, ella diera consigo en el suelo.

Acudió luego el cura a quitarle el embozo, para echarle agua en el rostro,
y así como la descubrió la conoció don Fernando, que era el que estaba
abrazado con la otra, y quedó como muerto en verla; pero no porque dejase,
con todo esto, de tener a Luscinda, que era la que procuraba soltarse de
sus brazos; la cual había conocido en el suspiro a Cardenio, y él la había
conocido a ella. Oyó asimesmo Cardenio el ¡ay! que dio Dorotea cuando se
cayó desmayada, y, creyendo que era su Luscinda, salió del aposento
despavorido, y lo primero que vio fue a don Fernando, que tenía abrazada a
Luscinda. También don Fernando conoció luego a Cardenio; y todos tres,
Luscinda, Cardenio y Dorotea, quedaron mudos y suspensos, casi sin saber lo
que les había acontecido.

Callaban todos y mirábanse todos: Dorotea a don Fernando, don Fernando a
Cardenio, Cardenio a Luscinda y Luscinda a Cardenio. Mas quien primero
rompió el silencio fue Luscinda, hablando a don Fernando desta manera:

-Dejadme, señor don Fernando, por lo que debéis a ser quien sois, ya que
por otro respeto no lo hagáis; dejadme llegar al muro de quien yo soy
yedra, al arrimo de quien no me han podido apartar vuestras
importunaciones, vuestras amenazas, vuestras promesas ni vuestras dádivas.
Notad cómo el cielo, por desusados y a nosotros encubiertos caminos, me ha
puesto a mi verdadero esposo delante. Y bien sabéis por mil costosas
experiencias que sola la muerte fuera bastante para borrarle de mi memoria.
Sean, pues, parte tan claros desengaños para que volváis, ya que no podáis
hacer otra cosa, el amor en rabia, la voluntad en despecho, y acabadme con
él la vida; que, como yo la rinda delante de mi buen esposo, la daré por
bien empleada: quizá con mi muerte quedará satisfecho de la fe que le
mantuve hasta el último trance de la vida.

Había en este entretanto vuelto Dorotea en sí, y había estado escuchando
todas las razones que Luscinda dijo, por las cuales vino en conocimiento de
quién ella era; que, viendo que don Fernando aún no la dejaba de los
brazos, ni respondía a sus razones, esforzándose lo más que pudo, se
levantó y se fue a hincar de rodillas a sus pies; y, derramando mucha
cantidad de hermosas y lastimeras lágrimas, así le comenzó a decir:

-Si ya no es, señor mío, que los rayos deste sol que en tus brazos
eclipsado tienes te quitan y ofuscan los de tus ojos, ya habrás echado de
ver que la que a tus pies está arrodillada es la sin ventura, hasta que tú
quieras, y la desdichada Dorotea. Yo soy aquella labradora humilde a quien
tú, por tu bondad o por tu gusto, quisiste levantar a la alteza de poder
llamarse tuya. Soy la que, encerrada en los límites de la honestidad, vivió
vida contenta hasta que, a las voces de tus importunidades, y, al parecer,
justos y amorosos sentimientos, abrió las puertas de su recato y te entregó
las llaves de su libertad: dádiva de ti tan mal agradecida, cual lo muestra
bien claro haber sido forzoso hallarme en el lugar donde me hallas, y verte
yo a ti de la manera que te veo. Pero, con todo esto, no querría que cayese
en tu imaginación pensar que he venido aquí con pasos de mi deshonra,
habiéndome traído sólo los del dolor y sentimiento de verme de ti olvidada.
Tú quisiste que yo fuese tuya, y quisístelo de manera que, aunque ahora
quieras que no lo sea, no será posible que tú dejes de ser mío. Mira, señor
mío, que puede ser recompensa a la hermosura y nobleza por quien me dejas
la incomparable voluntad que te tengo. Tú no puedes ser de la hermosa
Luscinda, porque eres mío, ni ella puede ser tuya, porque es de Cardenio; y
más fácil te será, si en ello miras, reducir tu voluntad a querer a quien
te adora, que no encaminar la que te aborrece a que bien te quiera. Tú
solicitaste mi descuido, tú rogaste a mi entereza, tú no ignoraste mi
calidad, tú sabes bien de la manera que me entregué a toda tu voluntad: no
te queda lugar ni acogida de llamarte a engaño. Y si esto es así, como lo
es, y tú eres tan cristiano como caballero, ¿por qué por tantos rodeos
dilatas de hacerme venturosa en los fines, como me heciste en los
principios? Y si no me quieres por la que soy, que soy tu verdadera y
legítima esposa, quiéreme, a lo menos, y admíteme por tu esclava; que, como
yo esté en tu poder, me tendré por dichosa y bien afortunada. No permitas,
con dejarme y desampararme, que se hagan y junten corrillos en mi deshonra;
no des tan mala vejez a mis padres, pues no lo merecen los leales servicios
que, como buenos vasallos, a los tuyos siempre han hecho. Y si te parece
que has de aniquilar tu sangre por mezclarla con la mía, considera que
pocas o ninguna nobleza hay en el mundo que no haya corrido por este
camino, y que la que se toma de las mujeres no es la que hace al caso en
las ilustres decendencias; cuanto más, que la verdadera nobleza consiste en
la virtud, y si ésta a ti te falta, negándome lo que tan justamente me
debes, yo quedaré con más ventajas de noble que las que tú tienes. En fin,
señor, lo que últimamente te digo es que, quieras o no quieras, yo soy tu
esposa: testigos son tus palabras, que no han ni deben ser mentirosas, si
ya es que te precias de aquello por que me desprecias; testigo será la
firma que hiciste, y testigo el cielo, a quien tú llamaste por testigo de
lo que me prometías. Y, cuando todo esto falte, tu misma conciencia no ha
de faltar de dar voces callando en mitad de tus alegrías, volviendo por
esta verdad que te he dicho y turbando tus mejores gustos y contentos.

Estas y otras razones dijo la lastimada Dorotea, con tanto sentimiento y
lágrimas, que los mismos que acompañaban a don Fernando, y cuantos
presentes estaban, la acompañaron en ellas. Escuchóla don Fernando sin
replicalle palabra, hasta que ella dio fin a las suyas y principio a tantos
sollozos y suspiros, que bien había de ser corazón de bronce el que con
muestras de tanto dolor no se enterneciera. Mirándola estaba Luscinda, no
menos lastimada de su sentimiento que admirada de su mucha discreción y
hermosura; y, aunque quisiera llegarse a ella y decirle algunas palabras de
consuelo, no la dejaban los brazos de don Fernando, que apretada la tenían.
El cual, lleno de confusión y espanto, al cabo de un buen espacio que
atentamente estuvo mirando a Dorotea, abrió los brazos y, dejando libre a
Luscinda, dijo:

-Venciste, hermosa Dorotea, venciste; porque no es posible tener ánimo para
negar tantas verdades juntas.

Con el desmayo que Luscinda había tenido, así como la dejó don Fernando,
iba a caer en el suelo; mas, hallándose Cardenio allí junto, que a las
espaldas de don Fernando se había puesto porque no le conociese,
prosupuesto todo temor y aventurando a todo riesgo, acudió a sostener a
Luscinda, y, cogiéndola entre sus brazos, le dijo:

-Si el piadoso cielo gusta y quiere que ya tengas algún descanso, leal,
firme y hermosa señora mía, en ninguna parte creo yo que le tendrás más
seguro que en estos brazos que ahora te reciben, y otro tiempo te
recibieron, cuando la fortuna quiso que pudiese llamarte mía.

A estas razones, puso Luscinda en Cardenio los ojos, y, habiendo comenzado
a conocerle, primero por la voz, y asegurándose que él era con la vista,
casi fuera de sentido y sin tener cuenta a ningún honesto respeto, le echó
los brazos al cuello, y, juntando su rostro con el de Cardenio, le dijo:

-Vos sí, señor mío, sois el verdadero dueño desta vuestra captiva, aunque
más lo impida la contraria suerte, y, aunque más amenazas le hagan a esta
vida que en la vuestra se sustenta.

Estraño espectáculo fue éste para don Fernando y para todos los
circunstantes, admirándose de tan no visto suceso. Parecióle a Dorotea que
don Fernando había perdido la color del rostro y que hacía ademán de querer
vengarse de Cardenio, porque le vio encaminar la mano a ponella en la
espada; y, así como lo pensó, con no vista presteza se abrazó con él por
las rodillas, besándoselas y teniéndole apretado, que no le dejaba mover,
y, sin cesar un punto de sus lágrimas, le decía:

-¿Qué es lo que piensas hacer, único refugio mío, en este tan impensado
trance? Tú tienes a tus pies a tu esposa, y la que quieres que lo sea está
en los brazos de su marido. Mira si te estará bien o te será posible
deshacer lo que el cielo ha hecho, o si te convendrá querer levantar a
igualar a ti mismo a la que, pospuesto todo inconveniente, confirmada en su
verdad y firmeza, delante de tus ojos tiene los suyos, bañados de licor
amoroso el rostro y pecho de su verdadero esposo. Por quien Dios es te
ruego, y por quien tú eres te suplico, que este tan notorio desengaño no
sólo no acreciente tu ira, sino que la mengüe en tal manera, que con
quietud y sosiego permitas que estos dos amantes le tengan, sin
impedimiento tuyo, todo el tiempo que el cielo quisiere concedérsele; y en
esto mostrarás la generosidad de tu ilustre y noble pecho, y verá el mundo
que tiene contigo más fuerza la razón que el apetito.

En tanto que esto decía Dorotea, aunque Cardenio tenía abrazada a Luscinda,
no quitaba los ojos de don Fernando, con determinación de que, si le viese
hacer algún movimiento en su perjuicio, procurar defenderse y ofender como
mejor pudiese a todos aquellos que en su daño se mostrasen, aunque le
costase la vida. Pero a esta sazón acudieron los amigos de don Fernando, y
el cura y el barbero, que a todo habían estado presentes, sin que faltase
el bueno de Sancho Panza, y todos rodeaban a don Fernando, suplicándole
tuviese por bien de mirar las lágrimas de Dorotea; y que, siendo verdad,
como sin duda ellos creían que lo era, lo que en sus razones había dicho,
que no permitiese quedase defraudada de sus tan justas esperanzas. Que
considerase que, no acaso, como parecía, sino con particular providencia
del cielo, se habían todos juntado en lugar donde menos ninguno pensaba; y
que advirtiese -dijo el cura- que sola la muerte podía apartar a Luscinda
de Cardenio; y, aunque los dividiesen filos de alguna espada, ellos
tendrían por felicísima su muerte; y que en los lazos inremediables era
suma cordura, forzándose y venciéndose a sí mismo, mostrar un generoso
pecho, permitiendo que por sola su voluntad los dos gozasen el bien que el
cielo ya les había concedido; que pusiese los ojos ansimesmo en la beldad
de Dorotea, y vería que pocas o ninguna se le podían igualar, cuanto más
hacerle ventaja, y que juntase a su hermosura su humildad y el estremo del
amor que le tenía; y, sobre todo, advirtiese que si se preciaba de
caballero y de cristiano, que no podía hacer otra cosa que cumplille la
palabra dada, y que, cumpliéndosela, cumpliría con Dios y satisfaría a las
gentes discretas, las cuales saben y conocen que es prerrogativa de la
hermosura, aunque esté en sujeto humilde, como se acompañe con la
honestidad, poder levantarse e igualarse a cualquiera alteza, sin nota de
menoscabo del que la levanta e iguala a sí mismo; y, cuando se cumplen las
fuertes leyes del gusto, como en ello no intervenga pecado, no debe de ser
culpado el que las sigue.

En efeto, a estas razones añadieron todos otras, tales y tantas, que el
valeroso pecho de don Fernando (en fin, como alimentado con ilustre sangre)
se ablandó y se dejó vencer de la verdad, que él no pudiera negar aunque
quisiera; y la señal que dio de haberse rendido y entregado al buen parecer
que se le había propuesto fue abajarse y abrazar a Dorotea, diciéndole:

-Levantaos, señora mía, que no es justo que esté arrodillada a mis pies la
que yo tengo en mi alma; y si hasta aquí no he dado muestras de lo que
digo, quizá ha sido por orden del cielo, para que, viendo yo en vos la fe
con que me amáis, os sepa estimar en lo que merecéis. Lo que os ruego es
que no me reprehendáis mi mal término y mi mucho descuido, pues la misma
ocasión y fuerza que me movió para acetaros por mía, esa misma me impelió
para procurar no ser vuestro. Y que esto sea verdad, volved y mirad los
ojos de la ya contenta Luscinda, y en ellos hallaréis disculpa de todos mis
yerros; y, pues ella halló y alcanzó lo que deseaba, y yo he hallado en vos
lo que me cumple, viva ella segura y contenta luengos y felices años con su
Cardenio, que yo rogaré al cielo que me los deje vivir con mi Dorotea.

Y, diciendo esto, la tornó a abrazar y a juntar su rostro con el suyo, con
tan tierno sentimiento, que le fue necesario tener gran cuenta con que las
lágrimas no acabasen de dar indubitables señas de su amor y
arrepentimiento. No lo hicieron así las de Luscinda y Cardenio, y aun las
de casi todos los que allí presentes estaban, porque comenzaron a derramar
tantas, los unos de contento proprio y los otros del ajeno, que no parecía
sino que algún grave y mal caso a todos había sucedido. Hasta Sancho Panza
lloraba, aunque después dijo que no lloraba él sino por ver que Dorotea no
era, como él pensaba, la reina Micomicona, de quien él tantas mercedes
esperaba. Duró algún espacio, junto con el llanto, la admiración en todos,
y luego Cardenio y Luscinda se fueron a poner de rodillas ante don
Fernando, dándole gracias de la merced que les había hecho con tan corteses
razones, que don Fernando no sabía qué responderles; y así, los levantó y
abrazó con muestras de mucho amor y de mucha cortesía.

Preguntó luego a Dorotea le dijese cómo había venido a aquel lugar tan
lejos del suyo. Ella, con breves y discretas razones, contó todo lo que
antes había contado a Cardenio, de lo cual gustó tanto don Fernando y los
que con él venían, que quisieran que durara el cuento más tiempo: tanta era
la gracia con que Dorotea contaba sus desventuras. Y, así como hubo
acabado, dijo don Fernando lo que en la ciudad le había acontecido después
que halló el papel en el seno de Luscinda, donde declaraba ser esposa de
Cardenio y no poderlo ser suya. Dijo que la quiso matar, y lo hiciera si de
sus padres no fuera impedido; y que así, se salió de su casa, despechado y
corrido, con determinación de vengarse con más comodidad; y que otro día
supo como Luscinda había faltado de casa de sus padres, sin que nadie
supiese decir dónde se había ido, y que, en resolución, al cabo de algunos
meses vino a saber como estaba en un monesterio, con voluntad de quedarse
en él toda la vida, si no la pudiese pasar con Cardenio; y que, así como lo
supo, escogiendo para su compañía aquellos tres caballeros, vino al lugar
donde estaba, a la cual no había querido hablar, temeroso que, en sabiendo
que él estaba allí, había de haber más guarda en el monesterio; y así,
aguardando un día a que la portería estuviese abierta, dejó a los dos a la
guarda de la puerta, y él, con otro, habían entrado en el monesterio
buscando a Luscinda, la cual hallaron en el claustro hablando con una
monja; y, arrebatándola, sin darle lugar a otra cosa, se habían venido con
ella a un lugar donde se acomodaron de aquello que hubieron menester para
traella. Todo lo cual habían podido hacer bien a su salvo, por estar el
monesterio en el campo, buen trecho fuera del pueblo. Dijo que, así como
Luscinda se vio en su poder, perdió todos los sentidos; y que, después de
vuelta en sí, no había hecho otra cosa sino llorar y suspirar, sin hablar
palabra alguna; y que así, acompañados de silencio y de lágrimas, habían
llegado a aquella venta, que para él era haber llegado al cielo, donde se
rematan y tienen fin todas las desventuras de la tierra.

Capítulo XXXVII. Que prosigue la historia de la famosa infanta Micomicona,
con otras graciosas aventuras

Todo esto escuchaba Sancho, no con poco dolor de su ánima, viendo que se
le desparecían e iban en humo las esperanzas de su ditado, y que la linda
princesa Micomicona se le había vuelto en Dorotea, y el gigante en don
Fernando, y su amo se estaba durmiendo a sueño suelto, bien descuidado de
todo lo sucedido. No se podía asegurar Dorotea si era soñado el bien que
poseía. Cardenio estaba en el mismo pensamiento, y el de Luscinda corría
por la misma cuenta. Don Fernando daba gracias al cielo por la merced
recebida y haberle sacado de aquel intricado laberinto, donde se hallaba
tan a pique de perder el crédito y el alma; y, finalmente, cuantos en la
venta estaban, estaban contentos y gozosos del buen suceso que habían
tenido tan trabados y desesperados negocios.

Todo lo ponía en su punto el cura, como discreto, y a cada uno daba el
parabién del bien alcanzado; pero quien más jubilaba y se contentaba era la
ventera, por la promesa que Cardenio y el cura le habían hecho de pagalle
todos los daños e intereses que por cuenta de don Quijote le hubiesen
venido. Sólo Sancho, como ya se ha dicho, era el afligido, el desventurado
y el triste; y así, con malencónico semblante, entró a su amo, el cual
acababa de despertar, a quien dijo:

-Bien puede vuestra merced, señor Triste Figura, dormir todo lo que
quisiere, sin cuidado de matar a ningún gigante, ni de volver a la princesa
su reino: que ya todo está hecho y concluido.

-Eso creo yo bien -respondió don Quijote-, porque he tenido con el gigante
la más descomunal y desaforada batalla que pienso tener en todos los días
de mi vida; y de un revés, ¡zas!, le derribé la cabeza en el suelo, y fue
tanta la sangre que le salió, que los arroyos corrían por la tierra como si
fueran de agua.

-Como si fueran de vino tinto, pudiera vuestra merced decir mejor
-respondió Sancho-, porque quiero que sepa vuestra merced, si es que no lo
sabe, que el gigante muerto es un cuero horadado, y la sangre, seis arrobas
de vino tinto que encerraba en su vientre; y la cabeza cortada es la puta
que me parió, y llévelo todo Satanás.

-Y ¿qué es lo que dices, loco? -replicó don Quijote-. ¿Estás en tu seso?

-Levántese vuestra merced -dijo Sancho-, y verá el buen recado que ha
hecho, y lo que tenemos que pagar; y verá a la reina convertida en una dama
particular, llamada Dorotea, con otros sucesos que, si cae en ellos, le han
de admirar.

-No me maravillaría de nada deso -replicó don Quijote-, porque, si bien te
acuerdas, la otra vez que aquí estuvimos te dije yo que todo cuanto aquí
sucedía eran cosas de encantamento, y no sería mucho que ahora fuese lo
mesmo.

-Todo lo creyera yo -respondió Sancho-, si también mi manteamiento fuera
cosa dese jaez, mas no lo fue, sino real y verdaderamente; y vi yo que el
ventero que aquí está hoy día tenía del un cabo de la manta, y me empujaba
hacia el cielo con mucho donaire y brío, y con tanta risa como fuerza; y
donde interviene conocerse las personas, tengo para mí, aunque simple y
pecador, que no hay encantamento alguno, sino mucho molimiento y mucha mala
ventura.

-Ahora bien, Dios lo remediará -dijo don Quijote-. Dame de vestir y déjame
salir allá fuera, que quiero ver los sucesos y transformaciones que dices.

Diole de vestir Sancho, y, en el entretanto que se vestía, contó el cura a
don Fernando y a los demás las locuras de don Quijote, y del artificio que
habían usado para sacarle de la Peña Pobre, donde él se imaginaba estar por
desdenes de su señora. Contóles asimismo casi todas las aventuras que
Sancho había contado, de que no poco se admiraron y rieron, por parecerles
lo que a todos parecía: ser el más estraño género de locura que podía caber
en pensamiento desparatado. Dijo más el cura: que, pues ya el buen suceso
de la señora Dorotea impidía pasar con su disignio adelante, que era
menester inventar y hallar otro para poderle llevar a su tierra. Ofrecióse
Cardenio de proseguir lo comenzado, y que Luscinda haría y representaría la
persona de Dorotea.

-No -dijo don Fernando-, no ha de ser así: que yo quiero que Dorotea
prosiga su invención; que, como no sea muy lejos de aquí el lugar deste
buen caballero, yo holgaré de que se procure su remedio.

-No está más de dos jornadas de aquí.

-Pues, aunque estuviera más, gustara yo de caminallas, a trueco de hacer
tan buena obra.

Salió, en esto, don Quijote, armado de todos sus pertrechos, con el yelmo,
aunque abollado, de Mambrino en la cabeza, embrazado de su rodela y
arrimado a su tronco o lanzón. Suspendió a don Fernando y a los demás la
estraña presencia de don Quijote, viendo su rostro de media legua de
andadura, seco y amarillo, la desigualdad de sus armas y su mesurado
continente, y estuvieron callando hasta ver lo que él decía, el cual, con
mucha gravedad y reposo, puestos los ojos en la hermosa Dorotea, dijo:

-Estoy informado, hermosa señora, deste mi escudero que la vuestra grandeza
se ha aniquilado, y vuestro ser se ha deshecho, porque de reina y gran
señora que solíades ser os habéis vuelto en una particular doncella. Si
esto ha sido por orden del rey nigromante de vuestro padre, temeroso que yo
no os diese la necesaria y debida ayuda, digo que no supo ni sabe de la
misa la media, y que fue poco versado en las historias caballerescas,
porque si él las hubiera leído y pasado tan atentamente y con tanto espacio
como yo las pasé y leí, hallara a cada paso cómo otros caballeros de menor
fama que la mía habían acabado cosas más dificultosas, no siéndolo mucho
matar a un gigantillo, por arrogante que sea; porque no ha muchas horas que
yo me vi con él, y... quiero callar, porque no me digan que miento; pero el
tiempo, descubridor de todas las cosas, lo dirá cuando menos lo pensemos.

-Vístesos vos con dos cueros, que no con un gigante -dijo a esta sazón el
ventero.

Al cual mandó don Fernando que callase y no interrumpiese la plática de don
Quijote en ninguna manera; y don Quijote prosiguió diciendo:

-Digo, en fin, alta y desheredada señora, que si por la causa que he dicho
vuestro padre ha hecho este metamorfóseos en vuestra persona, que no le
deis crédito alguno, porque no hay ningún peligro en la tierra por quien no
se abra camino mi espada, con la cual, poniendo la cabeza de vuestro
enemigo en tierra, os pondré a vos la corona de la vuestra en la cabeza en
breves días.

No dijo más don Quijote, y esperó a que la princesa le respondiese, la
cual, como ya sabía la determinación de don Fernando de que se prosiguiese
adelante en el engaño hasta llevar a su tierra a don Quijote, con mucho
donaire y gravedad, le respondió:

-Quienquiera que os dijo, valeroso caballero de la Triste Figura, que yo me
había mudado y trocado de mi ser, no os dijo lo cierto, porque la misma que
ayer fui me soy hoy. Verdad es que alguna mudanza han hecho en mí ciertos
acaecimientos de buena ventura, que me la han dado la mejor que yo pudiera
desearme, pero no por eso he dejado de ser la que antes y de tener los
mesmos pensamientos de valerme del valor de vuestro valeroso e invenerable
brazo que siempre he tenido. Así que, señor mío, vuestra bondad vuelva la
honra al padre que me engendró, y téngale por hombre advertido y prudente,
pues con su ciencia halló camino tan fácil y tan verdadero para remediar mi
desgracia; que yo creo que si por vos, señor, no fuera, jamás acertara a
tener la ventura que tengo; y en esto digo tanta verdad como son buenos
testigos della los más destos señores que están presentes. Lo que resta es
que mañana nos pongamos en camino, porque ya hoy se podrá hacer poca
jornada, y en lo demás del buen suceso que espero, lo dejaré a Dios y al
valor de vuestro pecho.

Esto dijo la discreta Dorotea, y, en oyéndolo don Quijote, se volvió a
Sancho, y, con muestras de mucho enojo, le dijo:

-Ahora te digo, Sanchuelo, que eres el mayor bellacuelo que hay en España.
Dime, ladrón vagamundo, ¿no me acabaste de decir ahora que esta princesa se
había vuelto en una doncella que se llamaba Dorotea, y que la cabeza que
entiendo que corté a un gigante era la puta que te parió, con otros
disparates que me pusieron en la mayor confusión que jamás he estado en
todos los días de mi vida? ¡Voto... -y miró al cielo y apretó los dientes-
que estoy por hacer un estrago en ti, que ponga sal en la mollera a todos
cuantos mentirosos escuderos hubiere de caballeros andantes, de aquí
adelante, en el mundo!

-Vuestra merced se sosiegue, señor mío -respondió Sancho-, que bien podría
ser que yo me hubiese engañado en lo que toca a la mutación de la señora
princesa Micomicona; pero, en lo que toca a la cabeza del gigante, o, a lo
menos, a la horadación de los cueros y a lo de ser vino tinto la sangre, no
me engaño, ¡vive Dios!, porque los cueros allí están heridos, a la cabecera
del lecho de vuestra merced, y el vino tinto tiene hecho un lago el
aposento; y si no, al freír de los huevos lo verá; quiero decir que lo verá
cuando aquí su merced del señor ventero le pida el menoscabo de todo. De lo
demás, de que la señora reina se esté como se estaba, me regocijo en el
alma, porque me va mi parte, como a cada hijo de vecino.

-Ahora yo te digo, Sancho -dijo don Quijote-, que eres un mentecato; y
perdóname, y basta.

-Basta -dijo don Fernando-, y no se hable más en esto; y, pues la señora
princesa dice que se camine mañana, porque ya hoy es tarde, hágase así, y
esta noche la podremos pasar en buena conversación hasta el venidero día,
donde todos acompañaremos al señor don Quijote, porque queremos ser
testigos de las valerosas e inauditas hazañas que ha de hacer en el
discurso desta grande empresa que a su cargo lleva.

-Yo soy el que tengo de serviros y acompañaros -respondió don Quijote-, y
agradezco mucho la merced que se me hace y la buena opinión que de mí se
tiene, la cual procuraré que salga verdadera, o me costará la vida, y aun
más, si más costarme puede.

Muchas palabras de comedimiento y muchos ofrecimientos pasaron entre don
Quijote y don Fernando; pero a todo puso silencio un pasajero que en
aquella sazón entró en la venta, el cual en su traje mostraba ser cristiano
recién venido de tierra de moros, porque venía vestido con una casaca de
paño azul, corta de faldas, con medias mangas y sin cuello; los calzones
eran asimismo de lienzo azul, con bonete de la misma color; traía unos
borceguíes datilados y un alfanje morisco, puesto en un tahelí que le
atravesaba el pecho. Entró luego tras él, encima de un jumento, una mujer a
la morisca vestida, cubierto el rostro con una toca en la cabeza; traía un
bonetillo de brocado, y vestida una almalafa, que desde los hombros a los
pies la cubría. Era el hombre de robusto y agraciado talle, de edad de poco
más de cuarenta años, algo moreno de rostro, largo de bigotes y la barba
muy bien puesta. En resolución, él mostraba en su apostura que si estuviera
bien vestido, le juzgaran por persona de calidad y bien nacida.

Pidió, en entrando, un aposento, y, como le dijeron que en la venta no le
había, mostró recebir pesadumbre; y, llegándose a la que en el traje
parecía mora, la apeó en sus brazos. Luscinda, Dorotea, la ventera, su hija
y Maritornes, llevadas del nuevo y para ellas nunca visto traje, rodearon a
la mora, y Dorotea, que siempre fue agraciada, comedida y discreta,
pareciéndole que así ella como el que la traía se congojaban por la falta
del aposento, le dijo:

-No os dé mucha pena, señora mía, la incomodidad de regalo que aquí falta,
pues es proprio de ventas no hallarse en ellas; pero, con todo esto, si
gustáredes de pasar con nosotras -señalando a Luscinda-, quizá en el
discurso de este camino habréis hallado otros no tan buenos acogimientos.

No respondió nada a esto la embozada, ni hizo otra cosa que levantarse de
donde sentado se había, y, puestas entrambas manos cruzadas sobre el pecho,
inclinada la cabeza, dobló el cuerpo en señal de que lo agradecía. Por su
silencio imaginaron que, sin duda alguna, debía de ser mora, y que no sabía
hablar cristiano. Llegó, en esto, el cautivo, que entendiendo en otra cosa
hasta entonces había estado, y, viendo que todas tenían cercada a la que
con él venía, y que ella a cuanto le decían callaba, dijo:

-Señoras mías, esta doncella apenas entiende mi lengua, ni sabe hablar otra
ninguna sino conforme a su tierra, y por esto no debe de haber respondido,
ni responde, a lo que se le ha preguntado.

-No se le pregunta otra cosa ninguna -respondió Luscinda- sino ofrecelle
por esta noche nuestra compañía y parte del lugar donde nos acomodáremos,
donde se le hará el regalo que la comodidad ofreciere, con la voluntad que
obliga a servir a todos los estranjeros que dello tuvieren necesidad,
especialmente siendo mujer a quien se sirve.

-Por ella y por mí -respondió el captivo- os beso, señora mía, las manos, y
estimo mucho y en lo que es razón la merced ofrecida; que en tal ocasión, y
de tales personas como vuestro parecer muestra, bien se echa de ver que ha
de ser muy grande.

-Decidme, señor -dijo Dorotea-: ¿esta señora es cristiana o mora? Porque el
traje y el silencio nos hace pensar que es lo que no querríamos que fuese.

-Mora es en el traje y en el cuerpo, pero en el alma es muy grande
cristiana, porque tiene grandísimos deseos de serlo.

-Luego, ¿no es baptizada? -replicó Luscinda.

-No ha habido lugar para ello -respondió el captivo- después que salió de
Argel, su patria y tierra, y hasta agora no se ha visto en peligro de
muerte tan cercana que obligase a baptizalla sin que supiese primero todas
las ceremonias que nuestra Madre la Santa Iglesia manda; pero Dios será
servido que presto se bautice con la decencia que la calidad de su persona
merece, que es más de lo que muestra su hábito y el mío.

Con estas razones puso gana en todos los que escuchándole estaban de
saber quién fuese la mora y el captivo, pero nadie se lo quiso preguntar
por entonces, por ver que aquella sazón era más para procurarles descanso
que para preguntarles sus vidas. Dorotea la tomó por la mano y la llevó a
sentar junto a sí, y le rogó que se quitase el embozo. Ella miró al
cautivo, como si le preguntara le dijese lo que decían y lo que ella haría.
Él, en lengua arábiga, le dijo que le pedían se quitase el embozo, y que lo
hiciese; y así, se lo quitó, y descubrió un rostro tan hermoso que Dorotea
la tuvo por más hermosa que a Luscinda, y Luscinda por más hermosa que a
Dorotea, y todos los circustantes conocieron que si alguno se podría
igualar al de las dos, era el de la mora, y aun hubo algunos que le
aventajaron en alguna cosa. Y, como la hermosura tenga prerrogativa y
gracia de reconciliar los ánimos y atraer las voluntades, luego se
rindieron todos al deseo de servir y acariciar a la hermosa mora.

Preguntó don Fernando al captivo cómo se llamaba la mora, el cual respondió
que lela Zoraida; y, así como esto oyó, ella entendió lo que le habían
preguntado al cristiano, y dijo con mucha priesa, llena de congoja y
donaire:

-¡No, no Zoraida: María, María! -dando a entender que se llamaba María y no
Zoraida.

Estas palabras, el grande afecto con que la mora las dijo, hicieron
derramar más de una lágrima a algunos de los que la escucharon,
especialmente a las mujeres, que de su naturaleza son tiernas y compasivas.
Abrazóla Luscinda con mucho amor, diciéndole:

-Sí, sí: María, María.

A lo cual respondió la mora:

-¡Sí, sí: María; Zoraida macange! -que quiere decir no.

Ya en esto llegaba la noche, y, por orden de los que venían con don
Fernando, había el ventero puesto diligencia y cuidado en aderezarles de
cenar lo mejor que a él le fue posible. Llegada, pues, la hora, sentáronse
todos a una larga mesa, como de tinelo, porque no la había redonda ni
cuadrada en la venta, y dieron la cabecera y principal asiento, puesto que
él lo rehusaba, a don Quijote, el cual quiso que estuviese a su lado la
señora Micomicona, pues él era su aguardador. Luego se sentaron Luscinda y
Zoraida, y frontero dellas don Fernando y Cardenio, y luego el cautivo y
los demás caballeros, y, al lado de las señoras, el cura y el barbero. Y
así, cenaron con mucho contento, y acrecentóseles más viendo que, dejando
de comer don Quijote, movido de otro semejante espíritu que el que le movió
a hablar tanto como habló cuando cenó con los cabreros, comenzó a decir:

-Verdaderamente, si bien se considera, señores míos, grandes e inauditas
cosas ven los que profesan la orden de la andante caballería. Si no, ¿cuál
de los vivientes habrá en el mundo que ahora por la puerta deste castillo
entrara, y de la suerte que estamos nos viere, que juzgue y crea que
nosotros somos quien somos? ¿Quién podrá decir que esta señora que está a
mi lado es la gran reina que todos sabemos, y que yo soy aquel Caballero de
la Triste Figura que anda por ahí en boca de la fama? Ahora no hay que
dudar, sino que esta arte y ejercicio excede a todas aquellas y aquellos
que los hombres inventaron, y tanto más se ha de tener en estima cuanto a
más peligros está sujeto. Quítenseme delante los que dijeren que las letras
hacen ventaja a las armas, que les diré, y sean quien se fueren, que no
saben lo que dicen. Porque la razón que los tales suelen decir, y a lo que
ellos más se atienen, es que los trabajos del espíritu exceden a los del
cuerpo, y que las armas sólo con el cuerpo se ejercitan, como si fuese su
ejercicio oficio de ganapanes, para el cual no es menester más de buenas
fuerzas; o como si en esto que llamamos armas los que las profesamos no se
encerrasen los actos de la fortaleza, los cuales piden para ejecutallos
mucho entendimiento; o como si no trabajase el ánimo del guerrero que tiene
a su cargo un ejército, o la defensa de una ciudad sitiada, así con el
espíritu como con el cuerpo. Si no, véase si se alcanza con las fuerzas
corporales a saber y conjeturar el intento del enemigo, los disignios, las
estratagemas, las dificultades, el prevenir los daños que se temen; que
todas estas cosas son acciones del entendimiento, en quien no tiene parte
alguna el cuerpo. Siendo pues ansí, que las armas requieren espíritu, como
las letras, veamos ahora cuál de los dos espíritus, el del letrado o el del
guerrero, trabaja más. Y esto se vendrá a conocer por el fin y paradero a
que cada uno se encamina, porque aquella intención se ha de estimar en más
que tiene por objeto más noble fin. Es el fin y paradero de las letras...,
y no hablo ahora de las divinas, que tienen por blanco llevar y encaminar
las almas al cielo, que a un fin tan sin fin como éste ninguno otro se le
puede igualar; hablo de las letras humanas, que es su fin poner en su punto
la justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo, entender y hacer
que las buenas leyes se guarden. Fin, por cierto, generoso y alto y digno
de grande alabanza, pero no de tanta como merece aquel a que las armas
atienden, las cuales tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bien
que los hombres pueden desear en esta vida. Y así, las primeras buenas
nuevas que tuvo el mundo y tuvieron los hombres fueron las que dieron los
ángeles la noche que fue nuestro día, cuando cantaron en los aires:
''Gloria sea en las alturas, y paz en la tierra, a los hombres de buena
voluntad''; y a la salutación que el mejor maestro de la tierra y del cielo
enseñó a sus allegados y favoridos, fue decirles que cuando entrasen en
alguna casa, dijesen: ''Paz sea en esta casa''; y otras muchas veces les
dijo: ''Mi paz os doy, mi paz os dejo: paz sea con vosotros'', bien como
joya y prenda dada y dejada de tal mano; joya que sin ella, en la tierra ni
en el cielo puede haber bien alguno. Esta paz es el verdadero fin de la
guerra, que lo mesmo es decir armas que guerra. Prosupuesta, pues, esta
verdad, que el fin de la guerra es la paz, y que en esto hace ventaja al
fin de las letras, vengamos ahora a los trabajos del cuerpo del letrado y a
los del profesor de las armas, y véase cuáles son mayores.

De tal manera, y por tan buenos términos, iba prosiguiendo en su plática
don Quijote que obligó a que, por entonces, ninguno de los que escuchándole
estaban le tuviese por loco; antes, como todos los más eran caballeros, a
quien son anejas las armas, le escuchaban de muy buena gana; y él prosiguió
diciendo:

-Digo, pues, que los trabajos del estudiante son éstos: principalmente
pobreza (no porque todos sean pobres, sino por poner este caso en todo el
estremo que pueda ser); y, en haber dicho que padece pobreza, me parece que
no había que decir más de su mala ventura, porque quien es pobre no tiene
cosa buena. Esta pobreza la padece por sus partes, ya en hambre, ya en
frío, ya en desnudez, ya en todo junto; pero, con todo eso, no es tanta que
no coma, aunque sea un poco más tarde de lo que se usa, aunque sea de las
sobras de los ricos; que es la mayor miseria del estudiante éste que entre
ellos llaman andar a la sopa; y no les falta algún ajeno brasero o
chimenea, que, si no callenta, a lo menos entibie su frío, y, en fin, la
noche duermen debajo de cubierta. No quiero llegar a otras menudencias,
conviene a saber, de la falta de camisas y no sobra de zapatos, la raridad
y poco pelo del vestido, ni aquel ahitarse con tanto gusto, cuando la buena
suerte les depara algún banquete. Por este camino que he pintado, áspero y
dificultoso, tropezando aquí, cayendo allí, levantándose acullá, tornando a
caer acá, llegan al grado que desean; el cual alcanzado, a muchos hemos
visto que, habiendo pasado por estas Sirtes y por estas Scilas y Caribdis,
como llevados en vuelo de la favorable fortuna, digo que los hemos visto
mandar y gobernar el mundo desde una silla, trocada su hambre en hartura,
su frío en refrigerio, su desnudez en galas, y su dormir en una estera en
reposar en holandas y damascos: premio justamente merecido de su virtud.
Pero, contrapuestos y comparados sus trabajos con los del mílite guerrero,
se quedan muy atrás en todo, como ahora diré.

Capítulo XXXVIII. Que trata del curioso discurso que hizo don Quijote de
las armas y las letras

Prosiguiendo don Quijote, dijo:

-Pues comenzamos en el estudiante por la pobreza y sus partes, veamos si es
más rico el soldado. Y veremos que no hay ninguno más pobre en la misma
pobreza, porque está atenido a la miseria de su paga, que viene o tarde o
nunca, o a lo que garbeare por sus manos, con notable peligro de su vida y
de su conciencia. Y a veces suele ser su desnudez tanta, que un coleto
acuchillado le sirve de gala y de camisa, y en la mitad del invierno se
suele reparar de las inclemencias del cielo, estando en la campaña rasa,
con sólo el aliento de su boca, que, como sale de lugar vacío, tengo por
averiguado que debe de salir frío, contra toda naturaleza. Pues esperad que
espere que llegue la noche, para restaurarse de todas estas incomodidades,
en la cama que le aguarda, la cual, si no es por su culpa, jamás pecará de
estrecha; que bien puede medir en la tierra los pies que quisiere, y
revolverse en ella a su sabor, sin temor que se le encojan las sábanas.
Lléguese, pues, a todo esto, el día y la hora de recebir el grado de su
ejercicio; lléguese un día de batalla, que allí le pondrán la borla en la
cabeza, hecha de hilas, para curarle algún balazo, que quizá le habrá
pasado las sienes, o le dejará estropeado de brazo o pierna. Y, cuando esto
no suceda, sino que el cielo piadoso le guarde y conserve sano y vivo,
podrá ser que se quede en la mesma pobreza que antes estaba, y que sea
menester que suceda uno y otro rencuentro, una y otra batalla, y que de
todas salga vencedor, para medrar en algo; pero estos milagros vense raras
veces. Pero, decidme, señores, si habéis mirado en ello: ¿cuán menos son
los premiados por la guerra que los que han perecido en ella? Sin duda,
habéis de responder que no tienen comparación, ni se pueden reducir a
cuenta los muertos, y que se podrán contar los premiados vivos con tres
letras de guarismo. Todo esto es al revés en los letrados; porque, de
faldas, que no quiero decir de mangas, todos tienen en qué entretenerse.
Así que, aunque es mayor el trabajo del soldado, es mucho menor el premio.
Pero a esto se puede responder que es más fácil premiar a dos mil letrados
que a treinta mil soldados, porque a aquéllos se premian con darles
oficios, que por fuerza se han de dar a los de su profesión, y a éstos no
se pueden premiar sino con la mesma hacienda del señor a quien sirven; y
esta imposibilidad fortifica más la razón que tengo. Pero dejemos esto
aparte, que es laberinto de muy dificultosa salida, sino volvamos a la
preeminencia de las armas contra las letras, materia que hasta ahora está
por averiguar, según son las razones que cada una de su parte alega. Y,
entre las que he dicho, dicen las letras que sin ellas no se podrían
sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta
a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A
esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas,
porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos,
se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de
cosarios; y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos,
las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos
al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y
tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas. Y es razón
averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en más.
Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias,
hambre, desnudez, váguidos de cabeza, indigestiones de estómago, y otras
cosas a éstas adherentes, que, en parte, ya las tengo referidas; mas llegar
uno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo que a el
estudiante, en tanto mayor grado que no tiene comparación, porque a cada
paso está a pique de perder la vida. Y ¿qué temor de necesidad y pobreza
puede llegar ni fatigar al estudiante, que llegue al que tiene un soldado,
que, hallándose cercado en alguna fuerza, y estando de posta, o guarda, en
algún revellín o caballero, siente que los enemigos están minando hacia la
parte donde él está, y no puede apartarse de allí por ningún caso, ni huir
el peligro que de tan cerca le amenaza? Sólo lo que puede hacer es dar
noticia a su capitán de lo que pasa, para que lo remedie con alguna
contramina, y él estarse quedo, temiendo y esperando cuándo improvisamente
ha de subir a las nubes sin alas y bajar al profundo sin su voluntad. Y si
éste parece pequeño peligro, veamos si le iguala o hace ventajas el de
embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar espacioso, las cuales
enclavijadas y trabadas, no le queda al soldado más espacio del que concede
dos pies de tabla del espolón; y, con todo esto, viendo que tiene delante
de sí tantos ministros de la muerte que le amenazan cuantos cañones de
artillería se asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo una
lanza, y viendo que al primer descuido de los pies iría a visitar los
profundos senos de Neptuno; y, con todo esto, con intrépido corazón,
llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de tanta
arcabucería, y procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y lo
que más es de admirar: que apenas uno ha caído donde no se podrá levantar
hasta la fin del mundo, cuando otro ocupa su mesmo lugar; y si éste también
cae en el mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin
dar tiempo al tiempo de sus muertes: valentía y atrevimiento el mayor que
se puede hallar en todos los trances de la guerra. Bien hayan aquellos
benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos
endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí
que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención,
con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un
valeroso caballero, y que, sin saber cómo o por dónde, en la mitad del
coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una
desmandada bala, disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor
que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina, y corta y acaba en un
instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos.
Y así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber
tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es
esta en que ahora vivimos; porque, aunque a mí ningún peligro me pone
miedo, todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de
quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y
filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra. Pero haga el
cielo lo que fuere servido, que tanto seré más estimado, si salgo con lo
que pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se pusieron los
caballeros andantes de los pasados siglos.

Todo este largo preámbulo dijo don Quijote, en tanto que los demás cenaban,
olvidándose de llevar bocado a la boca, puesto que algunas veces le había
dicho Sancho Panza que cenase, que después habría lugar para decir todo lo
que quisiese. En los que escuchado le habían sobrevino nueva lástima de ver
que hombre que, al parecer, tenía buen entendimiento y buen discurso en
todas las cosas que trataba, le hubiese perdido tan rematadamente, en
tratándole de su negra y pizmienta caballería. El cura le dijo que tenía
mucha razón en todo cuanto había dicho en favor de las armas, y que él,
aunque letrado y graduado, estaba de su mesmo parecer.

Acabaron de cenar, levantaron los manteles, y, en tanto que la ventera, su
hija y Maritornes aderezaban el camaranchón de don Quijote de la Mancha,
donde habían determinado que aquella noche las mujeres solas en él se
recogiesen, don Fernando rogó al cautivo les contase el discurso de su
vida, porque no podría ser sino que fuese peregrino y gustoso, según las
muestras que había comenzado a dar, viniendo en compañía de Zoraida. A lo
cual respondió el cautivo que de muy buena gana haría lo que se le mandaba,
y que sólo temía que el cuento no había de ser tal, que les diese el gusto
que él deseaba; pero que, con todo eso, por no faltar en obedecelle, le
contaría. El cura y todos los demás se lo agradecieron, y de nuevo se lo
rogaron; y él, viéndose rogar de tantos, dijo que no eran menester ruegos
adonde el mandar tenía tanta fuerza.

-Y así, estén vuestras mercedes atentos, y oirán un discurso verdadero, a
quien podría ser que no llegasen los mentirosos que con curioso y pensado
artificio suelen componerse.

Con esto que dijo, hizo que todos se acomodasen y le prestasen un grande
silencio; y él, viendo que ya callaban y esperaban lo que decir quisiese,
con voz agradable y reposada, comenzó a decir desta manera:

Capítulo XXXIX. Donde el cautivo cuenta su vida y sucesos

-«En un lugar de las Montañas de León tuvo principio mi linaje, con quien
fue más agradecida y liberal la naturaleza que la fortuna, aunque, en la
estrecheza de aquellos pueblos, todavía alcanzaba mi padre fama de rico, y
verdaderamente lo fuera si así se diera maña a conservar su hacienda como
se la daba en gastalla. Y la condición que tenía de ser liberal y gastador
le procedió de haber sido soldado los años de su joventud, que es escuela
la soldadesca donde el mezquino se hace franco, y el franco, pródigo; y si
algunos soldados se hallan miserables, son como monstruos, que se ven raras
veces. Pasaba mi padre los términos de la liberalidad, y rayaba en los de
ser pródigo: cosa que no le es de ningún provecho al hombre casado, y que
tiene hijos que le han de suceder en el nombre y en el ser. Los que mi
padre tenía eran tres, todos varones y todos de edad de poder elegir
estado. Viendo, pues, mi padre que, según él decía, no podía irse a la mano
contra su condición, quiso privarse del instrumento y causa que le hacía
gastador y dadivoso, que fue privarse de la hacienda, sin la cual el mismo
Alejandro pareciera estrecho.

»Y así, llamándonos un día a todos tres a solas en un aposento, nos dijo
unas razones semejantes a las que ahora diré: ''Hijos, para deciros que os
quiero bien, basta saber y decir que sois mis hijos; y, para entender que
os quiero mal, basta saber que no me voy a la mano en lo que toca a
conservar vuestra hacienda. Pues, para que entendáis desde aquí adelante
que os quiero como padre, y que no os quiero destruir como padrastro,
quiero hacer una cosa con vosotros que ha muchos días que la tengo pensada
y con madura consideración dispuesta. Vosotros estáis ya en edad de tomar
estado, o, a lo menos, de elegir ejercicio, tal que, cuando mayores, os
honre y aproveche. Y lo que he pensado es hacer de mi hacienda cuatro
partes: las tres os daré a vosotros, a cada uno lo que le tocare, sin
exceder en cosa alguna, y con la otra me quedaré yo para vivir y
sustentarme los días que el cielo fuere servido de darme de vida. Pero
querría que, después que cada uno tuviese en su poder la parte que le toca
de su hacienda, siguiese uno de los caminos que le diré. Hay un refrán en
nuestra España, a mi parecer muy verdadero, como todos lo son, por ser
sentencias breves sacadas de la luenga y discreta experiencia; y el que yo
digo dice: "Iglesia, o mar, o casa real", como si más claramente dijera:
"Quien quisiere valer y ser rico, siga o la Iglesia, o navegue, ejercitando
el arte de la mercancía, o entre a servir a los reyes en sus casas"; porque
dicen: "Más vale migaja de rey que merced de señor". Digo esto porque
querría, y es mi voluntad, que uno de vosotros siguiese las letras, el otro
la mercancía, y el otro sirviese al rey en la guerra, pues es dificultoso
entrar a servirle en su casa; que, ya que la guerra no dé muchas riquezas,
suele dar mucho valor y mucha fama. Dentro de ocho días, os daré toda
vuestra parte en dineros, sin defraudaros en un ardite, como lo veréis por
la obra. Decidme ahora si queréis seguir mi parecer y consejo en lo que os
he propuesto''. Y, mandándome a mí, por ser el mayor, que respondiese,
después de haberle dicho que no se deshiciese de la hacienda, sino que
gastase todo lo que fuese su voluntad, que nosotros éramos mozos para saber
ganarla, vine a concluir en que cumpliría su gusto, y que el mío era seguir
el ejercicio de las armas, sirviendo en él a Dios y a mi rey. El segundo
hermano hizo los mesmos ofrecimientos, y escogió el irse a las Indias,
llevando empleada la hacienda que le cupiese. El menor, y, a lo que yo
creo, el más discreto, dijo que quería seguir la Iglesia, o irse a acabar
sus comenzados estudios a Salamanca. Así como acabamos de concordarnos y
escoger nuestros ejercicios, mi padre nos abrazó a todos, y, con la
brevedad que dijo, puso por obra cuanto nos había prometido; y, dando a
cada uno su parte, que, a lo que se me acuerda, fueron cada tres mil
ducados, en dineros (porque un nuestro tío compró toda la hacienda y la
pagó de contado, porque no saliese del tronco de la casa), en un mesmo día
nos despedimos todos tres de nuestro buen padre; y, en aquel mesmo,
pareciéndome a mí ser inhumanidad que mi padre quedase viejo y con tan poca
hacienda, hice con él que de mis tres mil tomase los dos mil ducados,
porque a mí me bastaba el resto para acomodarme de lo que había menester un
soldado. Mis dos hermanos, movidos de mi ejemplo, cada uno le dio mil
ducados: de modo que a mi padre le quedaron cuatro mil en dineros, y más
tres mil, que, a lo que parece, valía la hacienda que le cupo, que no quiso
vender, sino quedarse con ella en raíces. Digo, en fin, que nos despedimos
dél y de aquel nuestro tío que he dicho, no sin mucho sentimiento y
lágrimas de todos, encargándonos que les hiciésemos saber, todas las veces
que hubiese comodidad para ello, de nuestros sucesos, prósperos o adversos.
Prometímosselo, y, abrazándonos y echándonos su bendición, el uno tomó el
viaje de Salamanca, el otro de Sevilla y yo el de Alicante, adonde tuve
nuevas que había una nave ginovesa que cargaba allí lana para Génova.

»Éste hará veinte y dos años que salí de casa de mi padre, y en todos
ellos, puesto que he escrito algunas cartas, no he sabido dél ni de mis
hermanos nueva alguna. Y lo que en este discurso de tiempo he pasado lo
diré brevemente. Embarquéme en Alicante, llegué con próspero viaje a
Génova, fui desde allí a Milán, donde me acomodé de armas y de algunas
galas de soldado, de donde quise ir a asentar mi plaza al Piamonte; y,
estando ya de camino para Alejandría de la Palla, tuve nuevas que el gran
duque de Alba pasaba a Flandes. Mudé propósito, fuime con él, servíle en
las jornadas que hizo, halléme en la muerte de los condes de Eguemón y de
Hornos, alcancé a ser alférez de un famoso capitán de Guadalajara, llamado
Diego de Urbina; y, a cabo de algún tiempo que llegué a Flandes, se tuvo
nuevas de la liga que la Santidad del Papa Pío Quinto, de felice
recordación, había hecho con Venecia y con España, contra el enemigo común,
que es el Turco; el cual, en aquel mesmo tiempo, había ganado con su armada
la famosa isla de Chipre, que estaba debajo del dominio del veneciano: y
pérdida lamentable y desdichada. Súpose cierto que venía por general desta
liga el serenísimo don Juan de Austria, hermano natural de nuestro buen rey
don Felipe. Divulgóse el grandísimo aparato de guerra que se hacía. Todo lo
cual me incitó y conmovió el ánimo y el deseo de verme en la jornada que se
esperaba; y, aunque tenía barruntos, y casi promesas ciertas, de que en la
primera ocasión que se ofreciese sería promovido a capitán, lo quise dejar
todo y venirme, como me vine, a Italia. Y quiso mi buena suerte que el
señor don Juan de Austria acababa de llegar a Génova, que pasaba a Nápoles
a juntarse con la armada de Venecia, como después lo hizo en Mecina.

»Digo, en fin, que yo me hallé en aquella felicísima jornada, ya hecho
capitán de infantería, a cuyo honroso cargo me subió mi buena suerte, más
que mis merecimientos. Y aquel día, que fue para la cristiandad tan
dichoso, porque en él se desengañó el mundo y todas las naciones del error
en que estaban, creyendo que los turcos eran invencibles por la mar: en
aquel día, digo, donde quedó el orgullo y soberbia otomana quebrantada,
entre tantos venturosos como allí hubo (porque más ventura tuvieron los
cristianos que allí murieron que los que vivos y vencedores quedaron), yo
solo fui el desdichado, pues, en cambio de que pudiera esperar, si fuera en
los romanos siglos, alguna naval corona, me vi aquella noche que siguió a
tan famoso día con cadenas a los pies y esposas a las manos.

»Y fue desta suerte: que, habiendo el Uchalí, rey de Argel, atrevido y
venturoso cosario, embestido y rendido la capitana de Malta, que solos tres
caballeros quedaron vivos en ella, y éstos malheridos, acudió la capitana
de Juan Andrea a socorrella, en la cual yo iba con mi compañía; y, haciendo
lo que debía en ocasión semejante, salté en la galera contraria, la cual,
desviándose de la que la había embestido, estorbó que mis soldados me
siguiesen, y así, me hallé solo entre mis enemigos, a quien no pude
resistir, por ser tantos; en fin, me rindieron lleno de heridas. Y, como ya
habréis, señores, oído decir que el Uchalí se salvó con toda su escuadra,
vine yo a quedar cautivo en su poder, y solo fui el triste entre tantos
alegres y el cautivo entre tantos libres; porque fueron quince mil
cristianos los que aquel día alcanzaron la deseada libertad, que todos
venían al remo en la turquesca armada.

»Lleváronme a Costantinopla, donde el Gran Turco Selim hizo general de la
mar a mi amo, porque había hecho su deber en la batalla, habiendo llevado
por muestra de su valor el estandarte de la religión de Malta. Halléme el
segundo año, que fue el de setenta y dos, en Navarino, bogando en la
capitana de los tres fanales. Vi y noté la ocasión que allí se perdió de no
coger en el puerto toda el armada turquesca, porque todos los leventes y
jenízaros que en ella venían tuvieron por cierto que les habían de embestir
dentro del mesmo puerto, y tenían a punto su ropa y pasamaques, que son sus
zapatos, para huirse luego por tierra, sin esperar ser combatidos: tanto
era el miedo que habían cobrado a nuestra armada. Pero el cielo lo ordenó
de otra manera, no por culpa ni descuido del general que a los nuestros
regía, sino por los pecados de la cristiandad, y porque quiere y permite
Dios que tengamos siempre verdugos que nos castiguen.

»En efeto, el Uchalí se recogió a Modón, que es una isla que está junto a
Navarino, y, echando la gente en tierra, fortificó la boca del puerto, y
estúvose quedo hasta que el señor don Juan se volvió. En este viaje se tomó
la galera que se llamaba La Presa, de quien era capitán un hijo de aquel
famoso cosario Barbarroja. Tomóla la capitana de Nápoles, llamada La Loba,
regida por aquel rayo de la guerra, por el padre de los soldados, por aquel
venturoso y jamás vencido capitán don Álvaro de Bazán, marqués de Santa
Cruz. Y no quiero dejar de decir lo que sucedió en la presa de La Presa.
Era tan cruel el hijo de Barbarroja, y trataba tan mal a sus cautivos, que,
así como los que venían al remo vieron que la galera Loba les iba entrando
y que los alcanzaba, soltaron todos a un tiempo los remos, y asieron de su
capitán, que estaba sobre el estanterol gritando que bogasen apriesa, y
pasándole de banco en banco, de popa a proa, le dieron bocados, que a poco
más que pasó del árbol ya había pasado su ánima al infierno: tal era, como
he dicho, la crueldad con que los trataba y el odio que ellos le tenían.

»Volvimos a Constantinopla, y el año siguiente, que fue el de setenta y
tres, se supo en ella cómo el señor don Juan había ganado a Túnez, y
quitado aquel reino a los turcos y puesto en posesión dél a Muley Hamet,
cortando las esperanzas que de volver a reinar en él tenía Muley Hamida, el
moro más cruel y más valiente que tuvo el mundo. Sintió mucho esta pérdida
el Gran Turco, y, usando de la sagacidad que todos los de su casa tienen,
hizo paz con venecianos, que mucho más que él la deseaban; y el año
siguiente de setenta y cuatro acometió a la Goleta y al fuerte que junto a
Túnez había dejado medio levantado el señor don Juan. En todos estos
trances andaba yo al remo, sin esperanza de libertad alguna; a lo menos, no
esperaba tenerla por rescate, porque tenía determinado de no escribir las
nuevas de mi desgracia a mi padre.

»Perdióse, en fin, la Goleta; perdióse el fuerte, sobre las cuales plazas
hubo de soldados turcos, pagados, setenta y cinco mil, y de moros, y
alárabes de toda la Africa, más de cuatrocientos mil, acompañado este tan
gran número de gente con tantas municiones y pertrechos de guerra, y con
tantos gastadores, que con las manos y a puñados de tierra pudieran cubrir
la Goleta y el fuerte. Perdióse primero la Goleta, tenida hasta entonces
por inexpugnable; y no se perdió por culpa de sus defensores, los cuales
hicieron en su defensa todo aquello que debían y podían, sino porque la
experiencia mostró la facilidad con que se podían levantar trincheas en
aquella desierta arena, porque a dos palmos se hallaba agua, y los turcos
no la hallaron a dos varas; y así, con muchos sacos de arena levantaron las
trincheas tan altas que sobrepujaban las murallas de la fuerza; y,
tirándoles a caballero, ninguno podía parar, ni asistir a la defensa. Fue
común opinión que no se habían de encerrar los nuestros en la Goleta, sino
esperar en campaña al desembarcadero; y los que esto dicen hablan de lejos
y con poca experiencia de casos semejantes, porque si en la Goleta y en el
fuerte apenas había siete mil soldados, ¿cómo podía tan poco número, aunque
más esforzados fuesen, salir a la campaña y quedar en las fuerzas, contra
tanto como era el de los enemigos?; y ¿cómo es posible dejar de perderse
fuerza que no es socorrida, y más cuando la cercan enemigos muchos y
porfiados, y en su mesma tierra? Pero a muchos les pareció, y así me
pareció a mí, que fue particular gracia y merced que el cielo hizo a España
en permitir que se asolase aquella oficina y capa de maldades, y aquella
gomia o esponja y polilla de la infinidad de dineros que allí sin provecho
se gastaban, sin servir de otra cosa que de conservar la memoria de haberla
ganado la felicísima del invictísimo Carlos Quinto; como si fuera menester
para hacerla eterna, como lo es y será, que aquellas piedras la
sustentaran.

»Perdióse también el fuerte; pero fuéronle ganando los turcos palmo a
palmo, porque los soldados que lo defendían pelearon tan valerosa y
fuertemente, que pasaron de veinte y cinco mil enemigos los que mataron en
veinte y dos asaltos generales que les dieron. Ninguno cautivaron sano de
trecientos que quedaron vivos, señal cierta y clara de su esfuerzo y valor,
y de lo bien que se habían defendido y guardado sus plazas. Rindióse a
partido un pequeño fuerte o torre que estaba en mitad del estaño, a cargo
de don Juan Zanoguera, caballero valenciano y famoso soldado. Cautivaron a
don Pedro Puertocarrero, general de la Goleta, el cual hizo cuanto fue
posible por defender su fuerza; y sintió tanto el haberla perdido que de
pesar murió en el camino de Constantinopla, donde le llevaban cautivo.
Cautivaron ansimesmo al general del fuerte, que se llamaba Gabrio
Cervellón, caballero milanés, grande ingeniero y valentísimo soldado.
Murieron en estas dos fuerzas muchas personas de cuenta, de las cuales fue
una Pagán de Oria, caballero del hábito de San Juan, de condición generoso,
como lo mostró la summa liberalidad que usó con su hermano, el famoso Juan
de Andrea de Oria; y lo que más hizo lastimosa su muerte fue haber muerto a
manos de unos alárabes de quien se fió, viendo ya perdido el fuerte, que se
ofrecieron de llevarle en hábito de moro a Tabarca, que es un portezuelo o
casa que en aquellas riberas tienen los ginoveses que se ejercitan en la
pesquería del coral; los cuales alárabes le cortaron la cabeza y se la
trujeron al general de la armada turquesca, el cual cumplió con ellos
nuestro refrán castellano: "Que aunque la traición aplace, el traidor se
aborrece"; y así, se dice que mandó el general ahorcar a los que le
trujeron el presente, porque no se le habían traído vivo.

»Entre los cristianos que en el fuerte se perdieron, fue uno llamado don
Pedro de Aguilar, natural no sé de qué lugar del Andalucía, el cual había
sido alférez en el fuerte, soldado de mucha cuenta y de raro entendimiento:
especialmente tenía particular gracia en lo que llaman poesía. Dígolo
porque su suerte le trujo a mi galera y a mi banco, y a ser esclavo de mi
mesmo patrón; y, antes que nos partiésemos de aquel puerto, hizo este
caballero dos sonetos, a manera de epitafios, el uno a la Goleta y el otro
al fuerte. Y en verdad que los tengo de decir, porque los sé de memoria y
creo que antes causarán gusto que pesadumbre.»

En el punto que el cautivo nombró a don Pedro de Aguilar, don Fernando miró
a sus camaradas, y todos tres se sonrieron; y, cuando llegó a decir de los
sonetos, dijo el uno:

-Antes que vuestra merced pase adelante, le suplico me diga qué se hizo ese
don Pedro de Aguilar que ha dicho.

-Lo que sé es -respondió el cautivo- que, al cabo de dos años que estuvo en
Constantinopla, se huyó en traje de arnaúte con un griego espía, y no sé si
vino en libertad, puesto que creo que sí, porque de allí a un año vi yo al
griego en Constantinopla, y no le pude preguntar el suceso de aquel viaje.

-Pues lo fue -respondió el caballero-, porque ese don Pedro es mi hermano,
y está ahora en nuestro lugar, bueno y rico, casado y con tres hijos.

-Gracias sean dadas a Dios -dijo el cautivo- por tantas mercedes como le
hizo; porque no hay en la tierra, conforme mi parecer, contento que se
iguale a alcanzar la libertad perdida.

-Y más -replicó el caballero-, que yo sé los sonetos que mi hermano hizo.

-Dígalos, pues, vuestra merced -dijo el cautivo-, que los sabrá decir mejor
que yo.

-Que me place -respondió el caballero-; y el de la Goleta decía así:

Capítulo XL. Donde se prosigue la historia del cautivo

Soneto

Almas dichosas que del mortal velo

libres y esentas, por el bien que obrastes,

desde la baja tierra os levantastes

a lo más alto y lo mejor del cielo,

y, ardiendo en ira y en honroso celo,

de los cuerpos la fuerza ejercitastes,

que en propia y sangre ajena colorastes

el mar vecino y arenoso suelo;

primero que el valor faltó la vida

en los cansados brazos, que, muriendo,

con ser vencidos, llevan la vitoria.

Y esta vuestra mortal, triste caída

entre el muro y el hierro, os va adquiriendo

fama que el mundo os da, y el cielo gloria.

-Desa mesma manera le sé yo -dijo el cautivo.

-Pues el del fuerte, si mal no me acuerdo -dijo el caballero-, dice así:

Soneto

De entre esta tierra estéril, derribada,

destos terrones por el suelo echados,

las almas santas de tres mil soldados

subieron vivas a mejor morada,

siendo primero, en vano, ejercitada

la fuerza de sus brazos esforzados,

hasta que, al fin, de pocos y cansados,

dieron la vida al filo de la espada.

Y éste es el suelo que continuo ha sido

de mil memorias lamentables lleno

en los pasados siglos y presentes.

Mas no más justas de su duro seno

habrán al claro cielo almas subido,

ni aun él sostuvo cuerpos tan valientes.

No parecieron mal los sonetos, y el cautivo se alegró con las nuevas que de
su camarada le dieron; y, prosiguiendo su cuento, dijo:

-«Rendidos, pues, la Goleta y el fuerte, los turcos dieron orden en
desmantelar la Goleta, porque el fuerte quedó tal, que no hubo qué poner
por tierra, y para hacerlo con más brevedad y menos trabajo, la minaron por
tres partes; pero con ninguna se pudo volar lo que parecía menos fuerte,
que eran las murallas viejas; y todo aquello que había quedado en pie de la
fortificación nueva que había hecho el Fratín, con mucha facilidad vino a
tierra. En resolución, la armada volvió a Constantinopla, triunfante y
vencedora: y de allí a pocos meses murió mi amo el Uchalí, al cual llamaban
Uchalí Fartax, que quiere decir, en lengua turquesca, el renegado tiñoso,
porque lo era; y es costumbre entre los turcos ponerse nombres de alguna
falta que tengan, o de alguna virtud que en ellos haya. Y esto es porque no
hay entre ellos sino cuatro apellidos de linajes, que decienden de la casa
Otomana, y los demás, como tengo dicho, toman nombre y apellido ya de las
tachas del cuerpo y ya de las virtudes del ánimo. Y este Tiñoso bogó el
remo, siendo esclavo del Gran Señor, catorce años, y a más de los treinta y
cuatro de sus edad renegó, de despecho de que un turco, estando al remo,
le dio un bofetón, y por poderse vengar dejó su fe; y fue tanto su valor
que, sin subir por los torpes medios y caminos que los más privados del
Gran Turco suben, vino a ser rey de Argel, y después, a ser general de la
mar, que es el tercero cargo que hay en aquel señorío. Era calabrés de
nación, y moralmente fue un hombre de bien, y trataba con mucha humanidad a
sus cautivos, que llegó a tener tres mil, los cuales, después de su muerte,
se repartieron, como él lo dejó en su testamento, entre el Gran Señor (que
también es hijo heredero de cuantos mueren, y entra a la parte con los más
hijos que deja el difunto) y entre sus renegados; y yo cupe a un renegado
veneciano que, siendo grumete de una nave, le cautivó el Uchalí, y le quiso
tanto, que fue uno de los más regalados garzones suyos, y él vino a ser el
más cruel renegado que jamás se ha visto. Llamábase Azán Agá, y llegó a ser
muy rico, y a ser rey de Argel; con el cual yo vine de Constantinopla, algo
contento, por estar tan cerca de España, no porque pensase escribir a nadie
el desdichado suceso mío, sino por ver si me era más favorable la suerte en
Argel que en Constantinopla, donde ya había probado mil maneras de huirme,
y ninguna tuvo sazón ni ventura; y pensaba en Argel buscar otros medios de
alcanzar lo que tanto deseaba, porque jamás me desamparó la esperanza de
tener libertad; y cuando en lo que fabricaba, pensaba y ponía por obra no
correspondía el suceso a la intención, luego, sin abandonarme, fingía y
buscaba otra esperanza que me sustentase, aunque fuese débil y flaca.

»Con esto entretenía la vida, encerrado en una prisión o casa que los
turcos llaman baño, donde encierran los cautivos cristianos, así los que
son del rey como de algunos particulares; y los que llaman del almacén, que
es como decir cautivos del concejo, que sirven a la ciudad en las obras
públicas que hace y en otros oficios, y estos tales cautivos tienen muy
dificultosa su libertad, que, como son del común y no tienen amo
particular, no hay con quien tratar su rescate, aunque le tengan. En estos
baños, como tengo dicho, suelen llevar a sus cautivos algunos particulares
del pueblo, principalmente cuando son de rescate, porque allí los tienen
holgados y seguros hasta que venga su rescate. También los cautivos del rey
que son de rescate no salen al trabajo con la demás chusma, si no es cuando
se tarda su rescate; que entonces, por hacerles que escriban por él con más
ahínco, les hacen trabajar y ir por leña con los demás, que es un no
pequeño trabajo.

»Yo, pues, era uno de los de rescate; que, como se supo que era capitán,
puesto que dije mi poca posibilidad y falta de hacienda, no aprovechó nada
para que no me pusiesen en el número de los caballeros y gente de rescate.
Pusiéronme una cadena, más por señal de rescate que por guardarme con ella;
y así, pasaba la vida en aquel baño, con otros muchos caballeros y gente
principal, señalados y tenidos por de rescate. Y, aunque la hambre y
desnudez pudiera fatigarnos a veces, y aun casi siempre, ninguna cosa nos
fatigaba tanto como oír y ver, a cada paso, las jamás vistas ni oídas
crueldades que mi amo usaba con los cristianos. Cada día ahorcaba el suyo,
empalaba a éste, desorejaba aquél; y esto, por tan poca ocasión, y tan sin
ella, que los turcos conocían que lo hacía no más de por hacerlo, y por ser
natural condición suya ser homicida de todo el género humano. Sólo libró
bien con él un soldado español, llamado tal de Saavedra, el cual, con haber
hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años,
y todas por alcanzar libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó dar, ni le
dijo mala palabra; y, por la menor cosa de muchas que hizo, temíamos todos
que había de ser empalado, y así lo temió él más de una vez; y si no fuera
porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora algo de lo que este soldado
hizo, que fuera parte para entreteneros y admiraros harto mejor que con el
cuento de mi historia.

»Digo, pues, que encima del patio de nuestra prisión caían las ventanas de
la casa de un moro rico y principal, las cuales, como de ordinario son las
de los moros, más eran agujeros que ventanas, y aun éstas se cubrían con
celosías muy espesas y apretadas. Acaeció, pues, que un día, estando en un
terrado de nuestra prisión con otros tres compañeros, haciendo pruebas de
saltar con las cadenas, por entretener el tiempo, estando solos, porque
todos los demás cristianos habían salido a trabajar, alcé acaso los ojos y
vi que por aquellas cerradas ventanillas que he dicho parecía una caña, y
al remate della puesto un lienzo atado, y la caña se estaba blandeando y
moviéndose, casi como si hiciera señas que llegásemos a tomarla. Miramos en
ello, y uno de los que conmigo estaban fue a ponerse debajo de la caña, por
ver si la soltaban, o lo que hacían; pero, así como llegó, alzaron la caña
y la movieron a los dos lados, como si dijeran no con la cabeza. Volvióse
el cristiano, y tornáronla a bajar y hacer los mesmos movimientos que
primero. Fue otro de mis compañeros, y sucedióle lo mesmo que al primero.
Finalmente, fue el tercero y avínole lo que al primero y al segundo. Viendo
yo esto, no quise dejar de probar la suerte, y, así como llegué a ponerme
debajo de la caña, la dejaron caer, y dio a mis pies dentro del baño. Acudí
luego a desatar el lienzo, en el cual vi un nudo, y dentro dél venían diez
cianíis, que son unas monedas de oro bajo que usan los moros, que cada una
vale diez reales de los nuestros. Si me holgué con el hallazgo, no hay para
qué decirlo, pues fue tanto el contento como la admiración de pensar de
donde podía venirnos aquel bien, especialmente a mí, pues las muestras de
no haber querido soltar la caña sino a mí claro decían que a mí se hacía la
merced. Tomé mi buen dinero, quebré la caña, volvíme al terradillo, miré la
ventana, y vi que por ella salía una muy blanca mano, que la abrían y
cerraban muy apriesa. Con esto entendimos, o imaginamos, que alguna mujer
que en aquella casa vivía nos debía de haber hecho aquel beneficio; y, en
señal de que lo agradecíamos, hecimos zalemas a uso de moros, inclinando la
cabeza, doblando el cuerpo y poniendo los brazos sobre el pecho. De allí a
poco sacaron por la mesma ventana una pequeña cruz hecha de cañas, y luego
la volvieron a entrar. Esta señal nos confirmó en que alguna cristiana
debía de estar cautiva en aquella casa, y era la que el bien nos hacía;
pero la blancura de la mano, y las ajorcas que en ella vimos, nos deshizo
este pensamiento, puesto que imaginamos que debía de ser cristiana
renegada, a quien de ordinario suelen tomar por legítimas mujeres sus
mesmos amos, y aun lo tienen a ventura, porque las estiman en más que las
de su nación.

»En todos nuestros discursos dimos muy lejos de la verdad del caso; y así,
todo nuestro entretenimiento desde allí adelante era mirar y tener por
norte a la ventana donde nos había aparecido la estrella de la caña; pero
bien se pasaron quince días en que no la vimos, ni la mano tampoco, ni otra
señal alguna. Y, aunque en este tiempo procuramos con toda solicitud saber
quién en aquella casa vivía, y si había en ella alguna cristiana renegada,
jamás hubo quien nos dijese otra cosa, sino que allí vivía un moro
principal y rico, llamado Agi Morato, alcaide que había sido de La Pata,
que es oficio entre ellos de mucha calidad. Mas, cuando más descuidados
estábamos de que por allí habían de llover más cianíis, vimos a deshora
parecer la caña, y otro lienzo en ella, con otro nudo más crecido; y esto
fue a tiempo que estaba el baño, como la vez pasada, solo y sin gente.
Hecimos la acostumbrada prueba, yendo cada uno primero que yo, de los
mismos tres que estábamos, pero a ninguno se rindió la caña sino a mí,
porque, en llegando yo, la dejaron caer. Desaté el nudo, y hallé cuarenta
escudos de oro españoles y un papel escrito en arábigo, y al cabo de lo
escrito hecha una grande cruz. Besé la cruz, tomé los escudos, volvíme al
terrado, hecimos todos nuestras zalemas, tornó a parecer la mano, hice
señas que leería el papel, cerraron la ventana. Quedamos todos confusos y
alegres con lo sucedido; y, como ninguno de nosotros no entendía el
arábigo, era grande el deseo que teníamos de entender lo que el papel
contenía, y mayor la dificultad de buscar quien lo leyese.

»En fin, yo me determiné de fiarme de un renegado, natural de Murcia, que
se había dado por grande amigo mío, y puesto prendas entre los dos, que le
obligaban a guardar el secreto que le encargase; porque suelen algunos
renegados, cuando tienen intención de volverse a tierra de cristianos,
traer consigo algunas firmas de cautivos principales, en que dan fe, en la
forma que pueden, como el tal renegado es hombre de bien, y que siempre ha
hecho bien a cristianos, y que lleva deseo de huirse en la primera ocasión
que se le ofrezca. Algunos hay que procuran estas fees con buena intención,
otros se sirven dellas acaso y de industria: que, viniendo a robar a tierra
de cristianos, si a dicha se pierden o los cautivan, sacan sus firmas y
dicen que por aquellos papeles se verá el propósito con que venían, el cual
era de quedarse en tierra de cristianos, y que por eso venían en corso con
los demás turcos. Con esto se escapan de aquel primer ímpetu, y se
reconcilian con la Iglesia, sin que se les haga daño; y, cuando veen la
suya, se vuelven a Berbería a ser lo que antes eran. Otros hay que usan
destos papeles, y los procuran, con buen intento, y se quedan en tierra de
cristianos.

»Pues uno de los renegados que he dicho era este mi amigo, el cual tenía
firmas de todas nuestras camaradas, donde le acreditábamos cuanto era
posible; y si los moros le hallaran estos papeles, le quemaran vivo. Supe
que sabía muy bien arábigo, y no solamente hablarlo, sino escribirlo; pero,
antes que del todo me declarase con él, le dije que me leyese aquel papel,
que acaso me había hallado en un agujero de mi rancho. Abrióle, y estuvo un
buen espacio mirándole y construyéndole, murmurando entre los dientes.
Preguntéle si lo entendía; díjome que muy bien, y, que si quería que me lo
declarase palabra por palabra, que le diese tinta y pluma, porque mejor lo
hiciese. Dímosle luego lo que pedía, y él poco a poco lo fue traduciendo;
y, en acabando, dijo: ''Todo lo que va aquí en romance, sin faltar letra,
es lo que contiene este papel morisco; y hase de advertir que adonde dice
Lela Marién quiere decir Nuestra Señora la Virgen María''.

»Leímos el papel, y decía así:

Cuando yo era niña, tenía mi padre una esclava, la cual en mi lengua me
mostró la zalá cristianesca, y me dijo muchas cosas de Lela Marién. La
cristiana murió, y yo sé que no fue al fuego, sino con Alá, porque después
la vi dos veces, y me dijo que me fuese a tierra de cristianos a ver a Lela
Marién, que me quería mucho. No sé yo cómo vaya: muchos cristianos he visto
por esta ventana, y ninguno me ha parecido caballero sino tú. Yo soy muy
hermosa y muchacha, y tengo muchos dineros que llevar conmigo: mira tú si
puedes hacer cómo nos vamos, y serás allá mi marido, si quisieres, y si no
quisieres, no se me dará nada, que Lela Marién me dará con quien me case.
Yo escribí esto; mira a quién lo das a leer: no te fíes de ningún moro,
porque son todos marfuces. Desto tengo mucha pena: que quisiera que no te
descubrieras a nadie, porque si mi padre lo sabe, me echará luego en un
pozo, y me cubrirá de piedras. En la caña pondré un hilo: ata allí la
respuesta; y si no tienes quien te escriba arábigo, dímelo por señas, que
Lela Marién hará que te entienda. Ella y Alá te guarden, y esa cruz que yo
beso muchas veces; que así me lo mandó la cautiva.

»Mirad, señores, si era razón que las razones deste papel nos admirasen y
alegrasen. Y así, lo uno y lo otro fue de manera que el renegado entendió
que no acaso se había hallado aquel papel, sino que realmente a alguno de
nosotros se había escrito; y así, nos rogó que si era verdad lo que
sospechaba, que nos fiásemos dél y se lo dijésemos, que él aventuraría su
vida por nuestra libertad. Y, diciendo esto, sacó del pecho un crucifijo de
metal, y con muchas lágrimas juró por el Dios que aquella imagen
representaba, en quien él, aunque pecador y malo, bien y fielmente creía,
de guardarnos lealtad y secreto en todo cuanto quisiésemos descubrirle,
porque le parecía, y casi adevinaba que, por medio de aquella que aquel
papel había escrito, había él y todos nosotros de tener libertad, y verse
él en lo que tanto deseaba, que era reducirse al gremio de la Santa
Iglesia, su madre, de quien como miembro podrido estaba dividido y apartado
por su ignorancia y pecado.

»Con tantas lágrimas y con muestras de tanto arrepentimiento dijo esto el
renegado, que todos de un mesmo parecer consentimos, y venimos en
declararle la verdad del caso; y así, le dimos cuenta de todo, sin
encubrirle nada. Mostrámosle la ventanilla por donde parecía la caña, y él
marcó desde allí la casa, y quedó de tener especial y gran cuidado de
informarse quién en ella vivía. Acordamos, ansimesmo, que sería bien
responder al billete de la mora; y, como teníamos quien lo supiese hacer,
luego al momento el renegado escribió las razones que yo le fui notando,
que puntualmente fueron las que diré, porque de todos los puntos
sustanciales que en este suceso me acontecieron, ninguno se me ha ido de la
memoria, ni aun se me irá en tanto que tuviere vida.

»En efeto, lo que a la mora se le respondió fue esto:

El verdadero Alá te guarde, señora mía, y aquella bendita Marién, que es la
verdadera madre de Dios y es la que te ha puesto en corazón que te vayas a
tierra de cristianos, porque te quiere bien. Ruégale tú que se sirva de
darte a entender cómo podrás poner por obra lo que te manda, que ella es
tan buena que sí hará. De mi parte y de la de todos estos cristianos que
están conmigo, te ofrezco de hacer por ti todo lo que pudiéremos, hasta
morir. No dejes de escribirme y avisarme lo que pensares hacer, que yo te
responderé siempre; que el grande Alá nos ha dado un cristiano cautivo que
sabe hablar y escribir tu lengua tan bien como lo verás por este papel. Así
que, sin tener miedo, nos puedes avisar de todo lo que quisieres. A lo que
dices que si fueres a tierra de cristianos, que has de ser mi mujer, yo te
lo prometo como buen cristiano; y sabe que los cristianos cumplen lo que
prometen mejor que los moros. Alá y Marién, su madre, sean en tu guarda,
señora mía.

»Escrito y cerrado este papel, aguardé dos días a que estuviese el baño
solo, como solía, y luego salí al paso acostumbrado del terradillo, por ver
si la caña parecía, que no tardó mucho en asomar. Así como la vi, aunque no
podía ver quién la ponía, mostré el papel, como dando a entender que
pusiesen el hilo, pero ya venía puesto en la caña, al cual até el papel, y
de allí a poco tornó a parecer nuestra estrella, con la blanca bandera de
paz del atadillo. Dejáronla caer, y alcé yo, y hallé en el paño, en toda
suerte de moneda de plata y de oro, más de cincuenta escudos, los cuales
cincuenta veces más doblaron nuestro contento y confirmaron la esperanza de
tener libertad.

»Aquella misma noche volvió nuestro renegado, y nos dijo que había sabido
que en aquella casa vivía el mesmo moro que a nosotros nos habían dicho que
se llamaba Agi Morato, riquísimo por todo estremo, el cual tenía una sola
hija, heredera de toda su hacienda, y que era común opinión en toda la
ciudad ser la más hermosa mujer de la Berbería; y que muchos de los
virreyes que allí venían la habían pedido por mujer, y que ella nunca se
había querido casar; y que también supo que tuvo una cristiana cautiva, que
ya se había muerto; todo lo cual concertaba con lo que venía en el papel.
Entramos luego en consejo con el renegado, en qué orden se tendría para
sacar a la mora y venirnos todos a tierra de cristianos, y, en fin, se
acordó por entonces que esperásemos el aviso segundo de Zoraida, que así se
llamaba la que ahora quiere llamarse María; porque bien vimos que ella, y
no otra alguna era la que había de dar medio a todas aquellas dificultades.
Después que quedamos en esto, dijo el renegado que no tuviésemos pena, que
él perdería la vida o nos pondría en libertad.

»Cuatro días estuvo el baño con gente, que fue ocasión que cuatro días
tardase en parecer la caña; al cabo de los cuales, en la acostumbrada
soledad del baño, pareció con el lienzo tan preñado, que un felicísimo
parto prometía. Inclinóse a mí la caña y el lienzo, hallé en él otro papel
y cien escudos de oro, sin otra moneda alguna. Estaba allí el renegado,
dímosle a leer el papel dentro de nuestro rancho, el cual dijo que así
decía:

Yo no sé, mi señor, cómo dar orden que nos vamos a España, ni Lela Marién
me lo ha dicho, aunque yo se lo he preguntado. Lo que se podrá hacer es que
yo os daré por esta ventana muchísimos dineros de oro: rescataos vos con
ellos y vuestros amigos, y vaya uno en tierra de cristianos, y compre allá
una barca y vuelva por los demás; y a mí me hallarán en el jardín de mi
padre, que está a la puerta de Babazón, junto a la marina, donde tengo de
estar todo este verano con mi padre y con mis criados. De allí, de noche,
me podréis sacar sin miedo y llevarme a la barca; y mira que has de ser mi
marido, porque si no, yo pediré a Marién que te castigue. Si no te fías de
nadie que vaya por la barca, rescátate tú y ve, que yo sé que volverás
mejor que otro, pues eres caballero y cristiano. Procura saber el jardín, y
cuando te pasees por ahí sabré que está solo el baño, y te daré mucho
dinero. Alá te guarde, señor mío.

»Esto decía y contenía el segundo papel. Lo cual visto por todos, cada uno
se ofreció a querer ser el rescatado, y prometió de ir y volver con toda
puntualidad, y también yo me ofrecí a lo mismo; a todo lo cual se opuso el
renegado, diciendo que en ninguna manera consentiría que ninguno saliese de
libertad hasta que fuesen todos juntos, porque la experiencia le había
mostrado cuán mal cumplían los libres las palabras que daban en el
cautiverio; porque muchas veces habían usado de aquel remedio algunos
principales cautivos, rescatando a uno que fuese a Valencia, o Mallorca,
con dineros para poder armar una barca y volver por los que le habían
rescatado, y nunca habían vuelto; porque la libertad alcanzada y el temor
de no volver a perderla les borraba de la memoria todas las obligaciones
del mundo. Y, en confirmación de la verdad que nos decía, nos contó
brevemente un caso que casi en aquella mesma sazón había acaecido a unos
caballeros cristianos, el más estraño que jamás sucedió en aquellas partes,
donde a cada paso suceden cosas de grande espanto y de admiración.

»En efecto, él vino a decir que lo que se podía y debía hacer era que el
dinero que se había de dar para rescatar al cristiano, que se le diese a él
para comprar allí en Argel una barca, con achaque de hacerse mercader y
tratante en Tetuán y en aquella costa; y que, siendo él señor de la barca,
fácilmente se daría traza para sacarlos del baño y embarcarlos a todos.
Cuanto más, que si la mora, como ella decía, daba dineros para rescatarlos
a todos, que, estando libres, era facilísima cosa aun embarcarse en la
mitad del día; y que la dificultad que se ofrecía mayor era que los moros
no consienten que renegado alguno compre ni tenga barca, si no es bajel
grande para ir en corso, porque se temen que el que compra barca,
principalmente si es español, no la quiere sino para irse a tierra de
cristianos; pero que él facilitaría este inconveniente con hacer que un
moro tagarino fuese a la parte con él en la compañía de la barca y en la
ganancia de las mercancías, y con esta sombra él vendría a ser señor de la
barca, con que daba por acabado todo lo demás.

»Y, puesto que a mí y a mis camaradas nos había parecido mejor lo de enviar
por la barca a Mallorca, como la mora decía, no osamos contradecirle,
temerosos que, si no hacíamos lo que él decía, nos había de descubrir y
poner a peligro de perder las vidas, si descubriese el trato de Zoraida,
por cuya vida diéramos todos las nuestras. Y así, determinamos de ponernos
en las manos de Dios y en las del renegado, y en aquel mismo punto se le
respondió a Zoraida, diciéndole que haríamos todo cuanto nos aconsejaba,
porque lo había advertido tan bien como si Lela Marién se lo hubiera dicho,
y que en ella sola estaba dilatar aquel negocio, o ponello luego por obra.
Ofrecímele de nuevo de ser su esposo, y, con esto, otro día que acaeció a
estar solo el baño, en diversas veces, con la caña y el paño, nos dio dos
mil escudos de oro, y un papel donde decía que el primer jumá, que es el
viernes, se iba al jardín de su padre, y que antes que se fuese nos daría
más dinero, y que si aquello no bastase, que se lo avisásemos, que nos
daría cuanto le pidiésemos: que su padre tenía tantos, que no lo echaría
menos, cuanto más, que ella tenía la llaves de todo.

»Dimos luego quinientos escudos al renegado para comprar la barca; con
ochocientos me rescaté yo, dando el dinero a un mercader valenciano que a
la sazón se hallaba en Argel, el cual me rescató del rey, tomándome sobre
su palabra, dándola de que con el primer bajel que viniese de Valencia
pagaría mi rescate; porque si luego diera el dinero, fuera dar sospechas al
rey que había muchos días que mi rescate estaba en Argel, y que el
mercader, por sus granjerías, lo había callado. Finalmente, mi amo era tan
caviloso que en ninguna manera me atreví a que luego se desembolsase el
dinero. El jueves antes del viernes que la hermosa Zoraida se había de ir
al jardín, nos dio otros mil escudos y nos avisó de su partida, rogándome
que, si me rescatase, supiese luego el jardín de su padre, y que en todo
caso buscase ocasión de ir allá y verla. Respondíle en breves palabras que
así lo haría, y que tuviese cuidado de encomendarnos a Lela Marién, con
todas aquellas oraciones que la cautiva le había enseñado.

»Hecho esto, dieron orden en que los tres compañeros nuestros se
rescatasen, por facilitar la salida del baño, y porque, viéndome a mí
rescatado, y a ellos no, pues había dinero, no se alborotasen y les
persuadiese el diablo que hiciesen alguna cosa en perjuicio de Zoraida;
que, puesto que el ser ellos quien eran me podía asegurar deste temor, con
todo eso, no quise poner el negocio en aventura, y así, los hice rescatar
por la misma orden que yo me rescaté, entregando todo el dinero al
mercader, para que, con certeza y seguridad, pudiese hacer la fianza; al
cual nunca descubrimos nuestro trato y secreto, por el peligro que había.

Capítulo XLI. Donde todavía prosigue el cautivo su suceso

»No se pasaron quince días, cuando ya nuestro renegado tenía comprada una
muy buena barca, capaz de más de treinta personas: y, para asegurar su
hecho y dalle color, quiso hacer, como hizo, un viaje a un lugar que se
llamaba Sargel, que está treinta leguas de Argel hacia la parte de Orán, en
el cual hay mucha contratación de higos pasos. Dos o tres veces hizo este
viaje, en compañía del tagarino que había dicho. Tagarinos llaman en
Berbería a los moros de Aragón, y a los de Granada, mudéjares; y en el
reino de Fez llaman a los mudéjares elches, los cuales son la gente de
quien aquel rey más se sirve en la guerra.

»Digo, pues, que cada vez que pasaba con su barca daba fondo en una caleta
que estaba no dos tiros de ballesta del jardín donde Zoraida esperaba; y
allí, muy de propósito, se ponía el renegado con los morillos que bogaban
el remo, o ya a hacer la zalá, o a como por ensayarse de burlas a lo que
pensaba hacer de veras; y así, se iba al jardín de Zoraida y le pedía
fruta, y su padre se la daba sin conocelle; y, aunque él quisiera hablar a
Zoraida, como él después me dijo, y decille que él era el que por orden mía
le había de llevar a tierra de cristianos, que estuviese contenta y segura,
nunca le fue posible, porque las moras no se dejan ver de ningún moro ni
turco, si no es que su marido o su padre se lo manden. De cristianos
cautivos se dejan tratar y comunicar, aun más de aquello que sería
razonable; y a mí me hubiera pesado que él la hubiera hablado, que quizá la
alborotara, viendo que su negocio andaba en boca de renegados. Pero Dios,
que lo ordenaba de otra manera, no dio lugar al buen deseo que nuestro
renegado tenía; el cual, viendo cuán seguramente iba y venía a Sargel, y
que daba fondo cuando y como y adonde quería, y que el tagarino, su
compañero, no tenía más voluntad de lo que la suya ordenaba, y que yo
estaba ya rescatado, y que sólo faltaba buscar algunos cristianos que
bogasen el remo, me dijo que mirase yo cuáles quería traer conmigo, fuera
de los rescatados, y que los tuviese hablados para el primer viernes, donde
tenía determinado que fuese nuestra partida. Viendo esto, hablé a doce
españoles, todos valientes hombres del remo, y de aquellos que más
libremente podían salir de la ciudad; y no fue poco hallar tantos en
aquella coyuntura, porque estaban veinte bajeles en corso, y se habían
llevado toda la gente de remo, y éstos no se hallaran, si no fuera que su
amo se quedó aquel verano sin ir en corso, a acabar una galeota que tenía
en astillero. A los cuales no les dije otra cosa, sino que el primer
viernes en la tarde se saliesen uno a uno, disimuladamente, y se fuesen la
vuelta del jardín de Agi Morato, y que allí me aguardasen hasta que yo
fuese. A cada uno di este aviso de por sí, con orden que, aunque allí
viesen a otros cristianos, no les dijesen sino que yo les había mandado
esperar en aquel lugar.

»Hecha esta diligencia, me faltaba hacer otra, que era la que más me
convenía: y era la de avisar a Zoraida en el punto que estaban los
negocios, para que estuviese apercebida y sobre aviso, que no se
sobresaltase si de improviso la asaltásemos antes del tiempo que ella podía
imaginar que la barca de cristianos podía volver. Y así, determiné de ir al
jardín y ver si podría hablarla; y, con ocasión de coger algunas yerbas, un
día, antes de mi partida, fui allá, y la primera persona con quién encontré
fue con su padre, el cual me dijo, en lengua que en toda la Berbería, y aun
en Costantinopla, se halla entre cautivos y moros, que ni es morisca, ni
castellana, ni de otra nación alguna, sino una mezcla de todas las lenguas
con la cual todos nos entendemos; digo, pues, que en esta manera de
lenguaje me preguntó que qué buscaba en aquel su jardín, y de quién era.
Respondíle que era esclavo de Arnaúte Mamí (y esto, porque sabía yo por muy
cierto que era un grandísimo amigo suyo), y que buscaba de todas yerbas,
para hacer ensalada. Preguntóme, por el consiguiente, si era hombre de
rescate o no, y que cuánto pedía mi amo por mí. Estando en todas estas
preguntas y respuestas, salió de la casa del jardín la bella Zoraida, la
cual ya había mucho que me había visto; y, como las moras en ninguna manera
hacen melindre de mostrarse a los cristianos, ni tampoco se esquivan, como
ya he dicho, no se le dio nada de venir adonde su padre conmigo estaba;
antes, luego cuando su padre vio que venía, y de espacio, la llamó y mandó
que llegase.

»Demasiada cosa sería decir yo agora la mucha hermosura, la gentileza, el
gallardo y rico adorno con que mi querida Zoraida se mostró a mis ojos:
sólo diré que más perlas pendían de su hermosísimo cuello, orejas y
cabellos, que cabellos tenía en la cabeza. En las gargantas de los sus
pies, que descubiertas, a su usanza, traía, traía dos carcajes (que así se
llamaban las manillas o ajorcas de los pies en morisco) de purísimo oro,
con tantos diamantes engastados, que ella me dijo después que su padre los
estimaba en diez mil doblas, y las que traía en las muñecas de las manos
valían otro tanto. Las perlas eran en gran cantidad y muy buenas, porque la
mayor gala y bizarría de las moras es adornarse de ricas perlas y aljófar,
y así, hay más perlas y aljófar entre moros que entre todas las demás
naciones; y el padre de Zoraida tenía fama de tener muchas y de las mejores
que en Argel había, y de tener asimismo más de docientos mil escudos
españoles, de todo lo cual era señora esta que ahora lo es mía. Si con todo
este adorno podía venir entonces hermosa, o no, por las reliquias que le
han quedado en tantos trabajos se podrá conjeturar cuál debía de ser en las
prosperidades. Porque ya se sabe que la hermosura de algunas mujeres tiene
días y sazones, y requiere accidentes para diminuirse o acrecentarse; y es
natural cosa que las pasiones del ánimo la levanten o abajen, puesto que
las más veces la destruyen.

»Digo, en fin, que entonces llegó en todo estremo aderezada y en todo
estremo hermosa, o, a lo menos, a mí me pareció serlo la más que hasta
entonces había visto; y con esto, viendo las obligaciones en que me había
puesto, me parecía que tenía delante de mí una deidad del cielo, venida a
la tierra para mi gusto y para mi remedio. Así como ella llegó, le dijo su
padre en su lengua como yo era cautivo de su amigo Arnaúte Mamí, y que
venía a buscar ensalada. Ella tomó la mano, y en aquella mezcla de lenguas
que tengo dicho me preguntó si era caballero y qué era la causa que no me
rescataba. Yo le respondí que ya estaba rescatado, y que en el precio podía
echar de ver en lo que mi amo me estimaba, pues había dado por mí mil y
quinientos zoltanís. A lo cual ella respondió: ''En verdad que si tú fueras
de mi padre, que yo hiciera que no te diera él por otros dos tantos, porque
vosotros, cristianos, siempre mentís en cuanto decís, y os hacéis pobres
por engañar a los moros''. ''Bien podría ser eso, señora -le respondí-, mas
en verdad que yo la he tratado con mi amo, y la trato y la trataré con
cuantas personas hay en el mundo''. ''Y ¿cuándo te vas?'', dijo Zoraida.
''Mañana, creo yo -dije-, porque está aquí un bajel de Francia que se hace
mañana a la vela, y pienso irme en él''. ''¿No es mejor -replicó Zoraida-,
esperar a que vengan bajeles de España, y irte con ellos, que no con los de
Francia, que no son vuestros amigos?'' ''No -respondí yo-, aunque si como
hay nuevas que viene ya un bajel de España, es verdad, todavía yo le
aguardaré, puesto que es más cierto el partirme mañana; porque el deseo que
tengo de verme en mi tierra, y con las personas que bien quiero, es tanto
que no me dejará esperar otra comodidad, si se tarda, por mejor que sea''.
''Debes de ser, sin duda, casado en tu tierra -dijo Zoraida-, y por eso
deseas ir a verte con tu mujer''. ''No soy -respondí yo- casado, mas tengo
dada la palabra de casarme en llegando allá''. ''Y ¿es hermosa la dama a
quien se la diste?'', dijo Zoraida. ''Tan hermosa es -respondí yo- que para
encarecella y decirte la verdad, te parece a ti mucho''. Desto se riyó muy
de veras su padre, y dijo: ''Gualá, cristiano, que debe de ser muy hermosa
si se parece a mi hija, que es la más hermosa de todo este reino. Si no,
mírala bien, y verás cómo te digo verdad''. Servíanos de intérprete a las
más de estas palabras y razones el padre de Zoraida, como más ladino; que,
aunque ella hablaba la bastarda lengua que, como he dicho, allí se usa, más
declaraba su intención por señas que por palabras.

»Estando en estas y otras muchas razones, llegó un moro corriendo, y dijo,
a grandes voces, que por las bardas o paredes del jardín habían saltado
cuatro turcos, y andaban cogiendo la fruta, aunque no estaba madura.
Sobresaltóse el viejo, y lo mesmo hizo Zoraida, porque es común y casi
natural el miedo que los moros a los turcos tienen, especialmente a los
soldados, los cuales son tan insolentes y tienen tanto imperio sobre los
moros que a ellos están sujetos, que los tratan peor que si fuesen esclavos
suyos. Digo, pues, que dijo su padre a Zoraida: ''Hija, retírate a la casa
y enciérrate, en tanto que yo voy a hablar a estos canes; y tú, cristiano,
busca tus yerbas, y vete en buen hora, y llévete Alá con bien a tu
tierra''. Yo me incliné, y él se fue a buscar los turcos, dejándome solo
con Zoraida, que comenzó a dar muestras de irse donde su padre la había
mandado. Pero, apenas él se encubrió con los árboles del jardín, cuando
ella, volviéndose a mí, llenos los ojos de lágrimas, me dijo: ''Ámexi,
cristiano, ámexi''; que quiere decir: "¿Vaste, cristiano, vaste?" Yo la
respondí: ''Señora, sí, pero no en ninguna manera sin ti: el primero jumá
me aguarda, y no te sobresaltes cuando nos veas; que sin duda alguna iremos
a tierra de cristianos''.

»Yo le dije esto de manera que ella me entendió muy bien a todas las
razones que entrambos pasamos; y, echándome un brazo al cuello, con
desmayados pasos comenzó a caminar hacia la casa; y quiso la suerte, que
pudiera ser muy mala si el cielo no lo ordenara de otra manera, que, yendo
los dos de la manera y postura que os he contado, con un brazo al cuello,
su padre, que ya volvía de hacer ir a los turcos, nos vio de la suerte y
manera que íbamos, y nosotros vimos que él nos había visto; pero Zoraida,
advertida y discreta, no quiso quitar el brazo de mi cuello, antes se llegó
más a mí y puso su cabeza sobre mi pecho, doblando un poco las rodillas,
dando claras señales y muestras que se desmayaba, y yo, ansimismo, di a
entender que la sostenía contra mi voluntad. Su padre llegó corriendo
adonde estábamos, y, viendo a su hija de aquella manera, le preguntó que
qué tenía; pero, como ella no le respondiese, dijo su padre: ''Sin duda
alguna que con el sobresalto de la entrada de estos canes se ha
desmayado''. Y, quitándola del mío, la arrimó a su pecho; y ella, dando un
suspiro y aún no enjutos los ojos de lágrimas, volvió a decir: ''Ámexi,
cristiano, ámexi'': "Vete, cristiano, vete". A lo que su padre respondió:
''No importa, hija, que el cristiano se vaya, que ningún mal te ha hecho, y
los turcos ya son idos. No te sobresalte cosa alguna, pues ninguna hay que
pueda darte pesadumbre, pues, como ya te he dicho, los turcos, a mi ruego,
se volvieron por donde entraron''. ''Ellos, señor, la sobresaltaron, como
has dicho -dije yo a su padre-; mas, pues ella dice que yo me vaya, no la
quiero dar pesadumbre: quédate en paz, y, con tu licencia, volveré, si
fuere menester, por yerbas a este jardín; que, según dice mi amo, en
ninguno las hay mejores para ensalada que en él''. ''Todas las que
quisieres podrás volver -respondió Agi Morato-, que mi hija no dice esto
porque tú ni ninguno de los cristianos la enojaban, sino que, por decir que
los turcos se fuesen, dijo que tú te fueses, o porque ya era hora que
buscases tus yerbas''.

»Con esto, me despedí al punto de entrambos; y ella, arrancándosele el
alma, al parecer, se fue con su padre; y yo, con achaque de buscar las
yerbas, rodeé muy bien y a mi placer todo el jardín: miré bien las entradas
y salidas, y la fortaleza de la casa, y la comodidad que se podía ofrecer
para facilitar todo nuestro negocio. Hecho esto, me vine y di cuenta de
cuanto había pasado al renegado y a mis compañeros; y ya no veía la hora de
verme gozar sin sobresalto del bien que en la hermosa y bella Zoraida la
suerte me ofrecía.

»En fin, el tiempo se pasó, y se llegó el día y plazo de nosotros tan
deseado; y, siguiendo todos el orden y parecer que, con discreta
consideración y largo discurso, muchas veces habíamos dado, tuvimos el buen
suceso que deseábamos; porque el viernes que se siguió al día que yo con
Zoraida hablé en el jardín, nuestro renegado, al anochecer, dio fondo con
la barca casi frontero de donde la hermosísima Zoraida estaba. Ya los
cristianos que habían de bogar el remo estaban prevenidos y escondidos por
diversas partes de todos aquellos alrededores. Todos estaban suspensos y
alborozados, aguardándome, deseosos ya de embestir con el bajel que a los
ojos tenían; porque ellos no sabían el concierto del renegado, sino que
pensaban que a fuerza de brazos habían de haber y ganar la libertad,
quitando la vida a los moros que dentro de la barca estaban.

»Sucedió, pues, que, así como yo me mostré y mis compañeros, todos los
demás escondidos que nos vieron se vinieron llegando a nosotros. Esto era
ya a tiempo que la ciudad estaba ya cerrada, y por toda aquella campaña
ninguna persona parecía. Como estuvimos juntos, dudamos si sería mejor ir
primero por Zoraida, o rendir primero a los moros bagarinos que bogaban el
remo en la barca. Y, estando en esta duda, llegó a nosotros nuestro
renegado diciéndonos que en qué nos deteníamos, que ya era hora, y que
todos sus moros estaban descuidados, y los más dellos durmiendo. Dijímosle
en lo que reparábamos, y él dijo que lo que más importaba era rendir
primero el bajel, que se podía hacer con grandísima facilidad y sin peligro
alguno, y que luego podíamos ir por Zoraida. Pareciónos bien a todos lo que
decía, y así, sin detenernos más, haciendo él la guía, llegamos al bajel,
y, saltando él dentro primero, metió mano a un alfanje, y dijo en morisco:
''Ninguno de vosotros se mueva de aquí, si no quiere que le cueste la
vida''. Ya, a este tiempo, habían entrado dentro casi todos los cristianos.
Los moros, que eran de poco ánimo, viendo hablar de aquella manera a su
arráez, quedáronse espantados, y sin ninguno de todos ellos echar mano a
las armas, que pocas o casi ningunas tenían, se dejaron, sin hablar alguna
palabra, maniatar de los cristianos, los cuales con mucha presteza lo
hicieron, amenazando a los moros que si alzaban por alguna vía o manera la
voz, que luego al punto los pasarían todos a cuchillo.

»Hecho ya esto, quedándose en guardia dellos la mitad de los nuestros, los
que quedábamos, haciéndonos asimismo el renegado la guía, fuimos al jardín
de Agi Morato, y quiso la buena suerte que, llegando a abrir la puerta, se
abrió con tanta facilidad como si cerrada no estuviera; y así, con gran
quietud y silencio, llegamos a la casa sin ser sentidos de nadie. Estaba la
bellísima Zoraida aguardándonos a una ventana, y, así como sintió gente,
preguntó con voz baja si éramos nizarani, como si dijera o preguntara si
éramos cristianos. Yo le respondí que sí, y que bajase. Cuando ella me
conoció, no se detuvo un punto, porque, sin responderme palabra, bajó en un
instante, abrió la puerta y mostróse a todos tan hermosa y ricamente
vestida que no lo acierto a encarecer. Luego que yo la vi, le tomé una
mano y la comencé a besar, y el renegado hizo lo mismo, y mis dos
camaradas; y los demás, que el caso no sabían, hicieron lo que vieron que
nosotros hacíamos, que no parecía sino que le dábamos las gracias y la
reconocíamos por señora de nuestra libertad. El renegado le dijo en lengua
morisca si estaba su padre en el jardín. Ella respondió que sí y que
dormía. ''Pues será menester despertalle -replicó el renegado-, y
llevárnosle con nosotros, y todo aquello que tiene de valor este hermoso
jardín.'' ''No -dijo ella-, a mi padre no se ha de tocar en ningún modo, y
en esta casa no hay otra cosa que lo que yo llevo, que es tanto, que bien
habrá para que todos quedéis ricos y contentos; y esperaros un poco y lo
veréis''. Y, diciendo esto, se volvió a entrar, diciendo que muy presto
volvería; que nos estuviésemos quedos, sin hacer ningún ruido. Preguntéle
al renegado lo que con ella había pasado, el cual me lo contó, a quien yo
dije que en ninguna cosa se había de hacer más de lo que Zoraida quisiese;
la cual ya que volvía cargada con un cofrecillo lleno de escudos de oro,
tantos, que apenas lo podía sustentar, quiso la mala suerte que su padre
despertase en el ínterin y sintiese el ruido que andaba en el jardín; y,
asomándose a la ventana, luego conoció que todos los que en él estaban eran
cristianos; y, dando muchas, grandes y desaforadas voces, comenzó a decir
en arábigo: ''¡Cristianos, cristianos! ¡Ladrones, ladrones!''; por los
cuales gritos nos vimos todos puestos en grandísima y temerosa confusión.
Pero el renegado, viendo el peligro en que estábamos, y lo mucho que le
importaba salir con aquella empresa antes de ser sentido, con grandísima
presteza, subió donde Agi Morato estaba, y juntamente con él fueron algunos
de nosotros; que yo no osé desamparar a la Zoraida, que como desmayada se
había dejado caer en mis brazos. En resolución, los que subieron se dieron
tan buena maña que en un momento bajaron con Agi Morato, trayéndole atadas
las manos y puesto un pañizuelo en la boca, que no le dejaba hablar
palabra, amenazándole que el hablarla le había de costar la vida. Cuando su
hija le vio, se cubrió los ojos por no verle, y su padre quedó espantado,
ignorando cuán de su voluntad se había puesto en nuestras manos. Mas,
entonces siendo más necesarios los pies, con diligencia y presteza nos
pusimos en la barca; que ya los que en ella habían quedado nos esperaban,
temerosos de algún mal suceso nuestro.

»Apenas serían dos horas pasadas de la noche, cuando ya estábamos todos en
la barca, en la cual se le quitó al padre de Zoraida la atadura de las
manos y el paño de la boca; pero tornóle a decir el renegado que no hablase
palabra, que le quitarían la vida. Él, como vio allí a su hija, comenzó a
suspirar ternísimamente, y más cuando vio que yo estrechamente la tenía
abrazada, y que ella sin defender, quejarse ni esquivarse, se estaba queda;
pero, con todo esto, callaba, porque no pusiesen en efeto las muchas
amenazas que el renegado le hacía. Viéndose, pues, Zoraida ya en la barca,
y que queríamos dar los remos al agua, y viendo allí a su padre y a los
demás moros que atados estaban, le dijo al renegado que me dijese le
hiciese merced de soltar a aquellos moros y de dar libertad a su padre,
porque antes se arrojaría en la mar que ver delante de sus ojos y por causa
suya llevar cautivo a un padre que tanto la había querido. El renegado me
lo dijo; y yo respondí que era muy contento; pero él respondió que no
convenía, a causa que, si allí los dejaban apellidarían luego la tierra y
alborotarían la ciudad, y serían causa que saliesen a buscallos con algunas
fragatas ligeras, y les tomasen la tierra y la mar, de manera que no
pudiésemos escaparnos; que lo que se podría hacer era darles libertad en
llegando a la primera tierra de cristianos. En este parecer venimos todos,
y Zoraida, a quien se le dio cuenta, con las causas que nos movían a no
hacer luego lo que quería, también se satisfizo; y luego, con regocijado
silencio y alegre diligencia, cada uno de nuestros valientes remeros tomó
su remo, y comenzamos, encomendándonos a Dios de todo corazón, a navegar la
vuelta de las islas de Mallorca, que es la tierra de cristianos más cerca.

»Pero, a causa de soplar un poco el viento tramontana y estar la mar algo
picada, no fue posible seguir la derrota de Mallorca, y fuenos forzoso
dejarnos ir tierra a tierra la vuelta de Orán, no sin mucha pesadumbre
nuestra, por no ser descubiertos del lugar de Sargel, que en aquella costa
cae sesenta millas de Argel. Y, asimismo, temíamos encontrar por aquel
paraje alguna galeota de las que de ordinario vienen con mercancía de
Tetuán, aunque cada uno por sí, y todos juntos, presumíamos de que, si se
encontraba galeota de mercancía, como no fuese de las que andan en corso,
que no sólo no nos perderíamos, mas que tomaríamos bajel donde con más
seguridad pudiésemos acabar nuestro viaje. Iba Zoraida, en tanto que se
navegaba, puesta la cabeza entre mis manos, por no ver a su padre, y sentía
yo que iba llamando a Lela Marién que nos ayudase.

»Bien habríamos navegado treinta millas, cuando nos amaneció, como tres
tiros de arcabuz desviados de tierra, toda la cual vimos desierta y sin
nadie que nos descubriese; pero, con todo eso, nos fuimos a fuerza de
brazos entrando un poco en la mar, que ya estaba algo más sosegada; y,
habiendo entrado casi dos leguas, diose orden que se bogase a cuarteles en
tanto que comíamos algo, que iba bien proveída la barca, puesto que los que
bogaban dijeron que no era aquél tiempo de tomar reposo alguno, que les
diesen de comer los que no bogaban, que ellos no querían soltar los remos
de las manos en manera alguna. Hízose ansí, y en esto comenzó a soplar un
viento largo, que nos obligó a hacer luego vela y a dejar el remo, y
enderezar a Orán, por no ser posible poder hacer otro viaje. Todo se hizo
con muchísima presteza; y así, a la vela, navegamos por más de ocho millas
por hora, sin llevar otro temor alguno sino el de encontrar con bajel que
de corso fuese.

»Dimos de comer a los moros bagarinos, y el renegado les consoló
diciéndoles como no iban cautivos, que en la primera ocasión les darían
libertad. Lo mismo se le dijo al padre de Zoraida, el cual respondió:
''Cualquiera otra cosa pudiera yo esperar y creer de vuestra liberalidad y
buen término, ¡oh cristianos!, mas el darme libertad, no me tengáis por tan
simple que lo imagine; que nunca os pusistes vosotros al peligro de
quitármela para volverla tan liberalmente, especialmente sabiendo quién soy
yo, y el interese que se os puede seguir de dármela; el cual interese, si
le queréis poner nombre, desde aquí os ofrezco todo aquello que quisiéredes
por mí y por esa desdichada hija mía, o si no, por ella sola, que es la
mayor y la mejor parte de mi alma''. En diciendo esto, comenzó a llorar tan
amargamente que a todos nos movió a compasión, y forzó a Zoraida que le
mirase; la cual, viéndole llorar, así se enterneció que se levantó de mis
pies y fue a abrazar a su padre, y, juntando su rostro con el suyo,
comenzaron los dos tan tierno llanto que muchos de los que allí íbamos le
acompañamos en él. Pero, cuando su padre la vio adornada de fiesta y con
tantas joyas sobre sí, le dijo en su lengua: ''¿Qué es esto, hija, que ayer
al anochecer, antes que nos sucediese esta terrible desgracia en que nos
vemos, te vi con tus ordinarios y caseros vestidos, y agora, sin que hayas
tenido tiempo de vestirte y sin haberte dado alguna nueva alegre de
solenizalle con adornarte y pulirte, te veo compuesta con los mejores
vestidos que yo supe y pude darte cuando nos fue la ventura más favorable?
Respóndeme a esto, que me tiene más suspenso y admirado que la misma
desgracia en que me hallo''.

»Todo lo que el moro decía a su hija nos lo declaraba el renegado, y ella
no le respondía palabra. Pero, cuando él vio a un lado de la barca el
cofrecillo donde ella solía tener sus joyas, el cual sabía él bien que le
había dejado en Argel, y no traídole al jardín, quedó más confuso, y
preguntóle que cómo aquel cofre había venido a nuestras manos, y qué era lo
que venía dentro. A lo cual el renegado, sin aguardar que Zoraida le
respondiese, le respondió: ''No te canses, señor, en preguntar a Zoraida,
tu hija, tantas cosas, porque con una que yo te responda te satisfaré a
todas; y así, quiero que sepas que ella es cristiana, y es la que ha sido
la lima de nuestras cadenas y la libertad de nuestro cautiverio; ella va
aquí de su voluntad, tan contenta, a lo que yo imagino, de verse en este
estado, como el que sale de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida
y de la pena a la gloria''. ''¿Es verdad lo que éste dice, hija?'', dijo el
moro. ''Así es'', respondió Zoraida. ''¿Que, en efeto -replicó el viejo-,
tú eres cristiana, y la que ha puesto a su padre en poder de sus
enemigos?'' A lo cual respondió Zoraida: ''La que es cristiana yo soy, pero
no la que te ha puesto en este punto, porque nunca mi deseo se estendió a
dejarte ni a hacerte mal, sino a hacerme a mí bien''. ''Y ¿qué bien es el
que te has hecho, hija?'' ''Eso -respondió ella- pregúntaselo tú a Lela
Marién, que ella te lo sabrá decir mejor que no yo''.

»Apenas hubo oído esto el moro, cuando, con una increíble presteza, se
arrojó de cabeza en la mar, donde sin ninguna duda se ahogara, si el
vestido largo y embarazoso que traía no le entretuviera un poco sobre el
agua. Dio voces Zoraida que le sacasen, y así, acudimos luego todos, y,
asiéndole de la almalafa, le sacamos medio ahogado y sin sentido, de que
recibió tanta pena Zoraida que, como si fuera ya muerto, hacía sobre él un
tierno y doloroso llanto. Volvímosle boca abajo, volvió mucha agua, tornó
en sí al cabo de dos horas, en las cuales, habiéndose trocado el viento,
nos convino volver hacia tierra, y hacer fuerza de remos, por no embestir
en ella; mas quiso nuestra buena suerte que llegamos a una cala que se hace
al lado de un pequeño promontorio o cabo que de los moros es llamado el de
La Cava Rumía, que en nuestra lengua quiere decir La mala mujer cristiana;
y es tradición entre los moros que en aquel lugar está enterrada la Cava,
por quien se perdió España, porque cava en su lengua quiere decir mujer
mala, y rumía, cristiana; y aun tienen por mal agüero llegar allí a dar
fondo cuando la necesidad les fuerza a ello, porque nunca le dan sin ella;
puesto que para nosotros no fue abrigo de mala mujer, sino puerto seguro de
nuestro remedio, según andaba alterada la mar.

»Pusimos nuestras centinelas en tierra, y no dejamos jamás los remos de la
mano; comimos de lo que el renegado había proveído, y rogamos a Dios y a
Nuestra Señora, de todo nuestro corazón, que nos ayudase y favoreciese para
que felicemente diésemos fin a tan dichoso principio. Diose orden, a
suplicación de Zoraida, como echásemos en tierra a su padre y a todos los
demás moros que allí atados venían, porque no le bastaba el ánimo, ni lo
podían sufrir sus blandas entrañas, ver delante de sus ojos atado a su
padre y aquellos de su tierra presos. Prometímosle de hacerlo así al tiempo
de la partida, pues no corría peligro el dejallos en aquel lugar, que era
despoblado. No fueron tan vanas nuestras oraciones que no fuesen oídas del
cielo; que, en nuestro favor, luego volvió el viento, tranquilo el mar,
convidándonos a que tornásemos alegres a proseguir nuestro comenzado viaje.

»Viendo esto, desatamos a los moros, y uno a uno los pusimos en tierra, de
lo que ellos se quedaron admirados; pero, llegando a desembarcar al padre
de Zoraida, que ya estaba en todo su acuerdo, dijo: ''¿Por qué pensáis,
cristianos, que esta mala hembra huelga de que me deis libertad? ¿Pensáis
que es por piedad que de mí tiene? No, por cierto, sino que lo hace por el
estorbo que le dará mi presencia cuando quiera poner en ejecución sus malos
deseos; ni penséis que la ha movido a mudar religión entender ella que la
vuestra a la nuestra se aventaja, sino el saber que en vuestra tierra se
usa la deshonestidad más libremente que en la nuestra''. Y, volviéndose a
Zoraida, teniéndole yo y otro cristiano de entrambos brazos asido, porque
algún desatino no hiciese, le dijo: ''¡Oh infame moza y mal aconsejada
muchacha! ¿Adónde vas, ciega y desatinada, en poder destos perros,
naturales enemigos nuestros? ¡Maldita sea la hora en que yo te engendré, y
malditos sean los regalos y deleites en que te he criado!'' Pero, viendo yo
que llevaba término de no acabar tan presto, di priesa a ponelle en tierra,
y desde allí, a voces, prosiguió en sus maldiciones y lamentos, rogando a
Mahoma rogase a Alá que nos destruyese, confundiese y acabase; y cuando,
por habernos hecho a la vela, no podimos oír sus palabras, vimos sus obras,
que eran arrancarse las barbas, mesarse los cabellos y arrastrarse por el
suelo; mas una vez esforzó la voz de tal manera que podimos entender que
decía: ''¡Vuelve, amada hija, vuelve a tierra, que todo te lo perdono;
entrega a esos hombres ese dinero, que ya es suyo, y vuelve a consolar a
este triste padre tuyo, que en esta desierta arena dejará la vida, si tú le
dejas!'' Todo lo cual escuchaba Zoraida, y todo lo sentía y lloraba, y no
supo decirle ni respondelle palabra, sino: ''Plega a Alá, padre mío, que
Lela Marién, que ha sido la causa de que yo sea cristiana, ella te consuele
en tu tristeza. Alá sabe bien que no pude hacer otra cosa de la que he
hecho, y que estos cristianos no deben nada a mi voluntad, pues, aunque
quisiera no venir con ellos y quedarme en mi casa, me fuera imposible,
según la priesa que me daba mi alma a poner por obra ésta que a mí me
parece tan buena como tú, padre amado, la juzgas por mala''. Esto dijo, a
tiempo que ni su padre la oía, ni nosotros ya le veíamos; y así, consolando
yo a Zoraida, atendimos todos a nuestro viaje, el cual nos le facilitaba el
proprio viento, de tal manera que bien tuvimos por cierto de vernos otro
día al amanecer en las riberas de España.

»Mas, como pocas veces, o nunca, viene el bien puro y sencillo, sin ser
acompañado o seguido de algún mal que le turbe o sobresalte, quiso nuestra
ventura, o quizá las maldiciones que el moro a su hija había echado, que
siempre se han de temer de cualquier padre que sean; quiso, digo, que
estando ya engolfados y siendo ya casi pasadas tres horas de la noche,
yendo con la vela tendida de alto baja, frenillados los remos, porque el
próspero viento nos quitaba del trabajo de haberlos menester, con la luz de
la luna, que claramente resplandecía, vimos cerca de nosotros un bajel
redondo, que, con todas las velas tendidas, llevando un poco a orza el
timón, delante de nosotros atravesaba; y esto tan cerca, que nos fue
forzoso amainar por no embestirle, y ellos, asimesmo, hicieron fuerza de
timón para darnos lugar que pasásemos.

»Habíanse puesto a bordo del bajel a preguntarnos quién éramos, y adónde
navegábamos, y de dónde veníamos; pero, por preguntarnos esto en lengua
francesa, dijo nuestro renegado: ''Ninguno responda; porque éstos, sin
duda, son cosarios franceses, que hacen a toda ropa''. Por este
advertimiento, ninguno respondió palabra; y, habiendo pasado un poco
delante, que ya el bajel quedaba sotavento, de improviso soltaron dos
piezas de artillería, y, a lo que parecía, ambas venían con cadenas, porque
con una cortaron nuestro árbol por medio, y dieron con él y con la vela en
la mar; y al momento, disparando otra pieza, vino a dar la bala en mitad de
nuestra barca, de modo que la abrió toda, sin hacer otro mal alguno; pero,
como nosotros nos vimos ir a fondo, comenzamos todos a grandes voces a
pedir socorro y a rogar a los del bajel que nos acogiesen, porque nos
anegábamos. Amainaron entonces, y, echando el esquife o barca a la mar,
entraron en él hasta doce franceses bien armados, con sus arcabuces y
cuerdas encendidas, y así llegaron junto al nuestro; y, viendo cuán pocos
éramos y cómo el bajel se hundía, nos recogieron, diciendo que, por haber
usado de la descortesía de no respondelles, nos había sucedido aquello.
Nuestro renegado tomó el cofre de las riquezas de Zoraida, y dio con él en
la mar, sin que ninguno echase de ver en lo que hacía. En resolución, todos
pasamos con los franceses, los cuales, después de haberse informado de todo
aquello que de nosotros saber quisieron, como si fueran nuestros capitales
enemigos, nos despojaron de todo cuanto teníamos, y a Zoraida le quitaron
hasta los carcajes que traía en los pies. Pero no me daba a mí tanta
pesadumbre la que a Zoraida daban, como me la daba el temor que tenía de
que habían de pasar del quitar de las riquísimas y preciosísimas joyas al
quitar de la joya que más valía y ella más estimaba. Pero los deseos de
aquella gente no se estienden a más que al dinero, y desto jamás se vee
harta su codicia; lo cual entonces llegó a tanto, que aun hasta los
vestidos de cautivos nos quitaran si de algún provecho les fueran. Y hubo
parecer entre ellos de que a todos nos arrojasen a la mar envueltos en una
vela, porque tenían intención de tratar en algunos puertos de España con
nombre de que eran bretones, y si nos llevaban vivos, serían castigados,
siendo descubierto su hurto. Mas el capitán, que era el que había despojado
a mi querida Zoraida, dijo que él se contentaba con la presa que tenía, y
que no quería tocar en ningún puerto de España, sino pasar el estrecho de
Gibraltar de noche, o como pudiese, y irse a la Rochela, de donde había
salido; y así, tomaron por acuerdo de darnos el esquife de su navío, y todo
lo necesario para la corta navegación que nos quedaba, como lo hicieron
otra día, ya a vista de tierra de España, con la cual vista, todas nuestras
pesadumbres y pobrezas se nos olvidaron de todo punto, como si no hubieran
pasado por nosotros: tanto es el gusto de alcanzar la libertad perdida.

»Cerca de mediodía podría ser cuando nos echaron en la barca, dándonos dos
barriles de agua y algún bizcocho; y el capitán, movido no sé de qué
misericordia, al embarcarse la hermosísima Zoraida, le dio hasta cuarenta
escudos de oro, y no consintió que le quitasen sus soldados estos mesmos
vestidos que ahora tiene puestos. Entramos en el bajel; dímosles las
gracias por el bien que nos hacían, mostrándonos más agradecidos que
quejosos; ellos se hicieron a lo largo, siguiendo la derrota del estrecho;
nosotros, sin mirar a otro norte que a la tierra que se nos mostraba
delante, nos dimos tanta priesa a bogar que al poner del sol estábamos tan
cerca que bien pudiéramos, a nuestro parecer, llegar antes que fuera muy
noche; pero, por no parecer en aquella noche la luna y el cielo mostrarse
escuro, y por ignorar el paraje en que estábamos, no nos pareció cosa
segura embestir en tierra, como a muchos de nosotros les parecía, diciendo
que diésemos en ella, aunque fuese en unas peñas y lejos de poblado, porque
así aseguraríamos el temor que de razón se debía tener que por allí
anduviesen bajeles de cosarios de Tetuán, los cuales anochecen en Berbería
y amanecen en las costas de España, y hacen de ordinario presa, y se
vuelven a dormir a sus casas. Pero, de los contrarios pareceres, el que se
tomó fue que nos llegásemos poco a poco, y que si el sosiego del mar lo
concediese, desembarcásemos donde pudiésemos.

»Hízose así, y poco antes de la media noche sería cuando llegamos al pie de
una disformísima y alta montaña, no tan junto al mar que no concediese un
poco de espacio para poder desembarcar cómodamente. Embestimos en la arena,
salimos a tierra, besamos el suelo, y, con lágrimas de muy alegrísimo
contento, dimos todos gracias a Dios, Señor Nuestro, por el bien tan
incomparable que nos había hecho. Sacamos de la barca los bastimentos que
tenía, tirámosla en tierra, y subímonos un grandísimo trecho en la montaña,
porque aún allí estábamos, y aún no podíamos asegurar el pecho, ni
acabábamos de creer que era tierra de cristianos la que ya nos sostenía.
Amaneció más tarde, a mi parecer, de lo que quisiéramos. Acabamos de
subir toda la montaña, por ver si desde allí algún poblado se descubría, o
algunas cabañas de pastores; pero, aunque más tendimos la vista, ni
poblado, ni persona, ni senda, ni camino descubrimos. Con todo esto,
determinamos de entrarnos la tierra adentro, pues no podría ser menos sino
que presto descubriésemos quien nos diese noticia della. Pero lo que a mí
más me fatigaba era el ver ir a pie a Zoraida por aquellas asperezas, que,
puesto que alguna vez la puse sobre mis hombros, más le cansaba a ella mi
cansancio que la reposaba su reposo; y así, nunca más quiso que yo aquel
trabajo tomase; y, con mucha paciencia y muestras de alegría, llevándola yo
siempre de la mano, poco menos de un cuarto de legua debíamos de haber
andado, cuando llegó a nuestros oídos el son de una pequeña esquila, señal
clara que por allí cerca había ganado; y, mirando todos con atención si
alguno se parecía, vimos al pie de un alcornoque un pastor mozo, que con
grande reposo y descuido estaba labrando un palo con un cuchillo. Dimos
voces, y él, alzando la cabeza, se puso ligeramente en pie, y, a lo que
después supimos, los primeros que a la vista se le ofrecieron fueron el
renegado y Zoraida, y, como él los vio en hábito de moros, pensó que todos
los de la Berbería estaban sobre él; y, metiéndose con estraña ligereza por
el bosque adelante, comenzó a dar los mayores gritos del mundo diciendo:
''¡Moros, moros hay en la tierra! ¡Moros, moros! ¡Arma, arma!''

»Con estas voces quedamos todos confusos, y no sabíamos qué hacernos; pero,
considerando que las voces del pastor habían de alborotar la tierra, y que
la caballería de la costa había de venir luego a ver lo que era, acordamos
que el renegado se desnudase las ropas del turco y se vistiese un
gilecuelco o casaca de cautivo que uno de nosotros le dio luego, aunque se
quedó en camisa; y así, encomendándonos a Dios, fuimos por el mismo camino
que vimos que el pastor llevaba, esperando siempre cuándo había de dar
sobre nosotros la caballería de la costa. Y no nos engañó nuestro
pensamiento, porque, aún no habrían pasado dos horas cuando, habiendo ya
salido de aquellas malezas a un llano, descubrimos hasta cincuenta
caballeros, que con gran ligereza, corriendo a media rienda, a nosotros se
venían, y así como los vimos, nos estuvimos quedos aguardándolos; pero,
como ellos llegaron y vieron, en lugar de los moros que buscaban, tanto
pobre cristiano, quedaron confusos, y uno dellos nos preguntó si éramos
nosotros acaso la ocasión por que un pastor había apellidado al arma.
''Sí'', dije yo; y, queriendo comenzar a decirle mi suceso, y de dónde
veníamos y quién éramos, uno de los cristianos que con nosotros venían
conoció al jinete que nos había hecho la pregunta, y dijo, sin dejarme a mí
decir más palabra: ''¡Gracias sean dadas a Dios, señores, que a tan buena
parte nos ha conducido!, porque, si yo no me engaño, la tierra que pisamos
es la de Vélez Málaga, si ya los años de mi cautiverio no me han quitado de
la memoria el acordarme que vos, señor, que nos preguntáis quién somos,
sois Pedro de Bustamante, tío mío''. Apenas hubo dicho esto el cristiano
cautivo, cuando el jinete se arrojó del caballo y vino a abrazar al mozo,
diciéndole: ''Sobrino de mi alma y de mi vida, ya te conozco, y ya te he
llorado por muerto yo, y mi hermana, tu madre, y todos los tuyos, que aún
viven; y Dios ha sido servido de darles vida para que gocen el placer de
verte: ya sabíamos que estabas en Argel, y por las señales y muestras de
tus vestidos, y la de todos los desta compañía, comprehendo que habéis
tenido milagrosa libertad''. ''Así es -respondió el mozo-, y tiempo nos
quedará para contároslo todo''.