»Luego que los jinetes entendieron que éramos cristianos cautivos, se
apearon de sus caballos, y cada uno nos convidaba con el suyo para
llevarnos a la ciudad de Vélez Málaga, que legua y media de allí estaba.
Algunos dellos volvieron a llevar la barca a la ciudad, diciéndoles dónde
la habíamos dejado; otros nos subieron a las ancas, y Zoraida fue en las
del caballo del tío del cristiano. Saliónos a recebir todo el pueblo, que
ya de alguno que se había adelantado sabían la nueva de nuestra venida. No
se admiraban de ver cautivos libres, ni moros cautivos, porque toda la
gente de aquella costa está hecha a ver a los unos y a los otros; pero
admirábanse de la hermosura de Zoraida, la cual en aquel instante y sazón
estaba en su punto, ansí con el cansancio del camino como con la alegría de
verse ya en tierra de cristianos, sin sobresalto de perderse; y esto le
había sacado al rostro tales colores que, si no es que la afición entonces
me engañaba, osaré decir que más hermosa criatura no había en el mundo; a
lo menos, que yo la hubiese visto.

»Fuimos derechos a la iglesia, a dar gracias a Dios por la merced recebida;
y, así como en ella entró Zoraida, dijo que allí había rostros que se
parecían a los de Lela Marién. Dijímosle que eran imágines suyas, y como
mejor se pudo le dio el renegado a entender lo que significaban, para que
ella las adorase como si verdaderamente fueran cada una dellas la misma
Lela Marién que la había hablado. Ella, que tiene buen entendimiento y un
natural fácil y claro, entendió luego cuanto acerca de las imágenes se le
dijo. Desde allí nos llevaron y repartieron a todos en diferentes casas del
pueblo; pero al renegado, Zoraida y a mí nos llevó el cristiano que vino
con nosotros, y en casa de sus padres, que medianamente eran acomodados de
los bienes de fortuna, y nos regalaron con tanto amor como a su mismo hijo.

»Seis días estuvimos en Vélez, al cabo de los cuales el renegado, hecha su
información de cuanto le convenía, se fue a la ciudad de Granada, a
reducirse por medio de la Santa Inquisición al gremio santísimo de la
Iglesia; los demás cristianos libertados se fueron cada uno donde mejor le
pareció; solos quedamos Zoraida y yo, con solos los escudos que la cortesía
del francés le dio a Zoraida, de los cuales compré este animal en que ella
viene; y, sirviéndola yo hasta agora de padre y escudero, y no de esposo,
vamos con intención de ver si mi padre es vivo, o si alguno de mis hermanos
ha tenido más próspera ventura que la mía, puesto que, por haberme hecho el
cielo compañero de Zoraida, me parece que ninguna otra suerte me pudiera
venir, por buena que fuera, que más la estimara. La paciencia con que
Zoraida lleva las incomodidades que la pobreza trae consigo, y el deseo que
muestra tener de verse ya cristiana es tanto y tal, que me admira y me
mueve a servirla todo el tiempo de mi vida, puesto que el gusto que tengo
de verme suyo y de que ella sea mía me lo turba y deshace no saber si
hallaré en mi tierra algún rincón donde recogella, y si habrán hecho el
tiempo y la muerte tal mudanza en la hacienda y vida de mi padre y hermanos
que apenas halle quien me conozca, si ellos faltan.» No tengo más, señores,
que deciros de mi historia; la cual, si es agradable y peregrina, júzguenlo
vuestros buenos entendimientos; que de mí sé decir que quisiera habérosla
contado más brevemente, puesto que el temor de enfadaros más de cuatro
circustancias me ha quitado de la lengua.

Capítulo XLII. Que trata de lo que más sucedió en la venta y de otras
muchas cosas dignas de saberse

Calló, en diciendo esto, el cautivo, a quien don Fernando dijo:

-Por cierto, señor capitán, el modo con que habéis contado este estraño
suceso ha sido tal, que iguala a la novedad y estrañeza del mesmo caso.
Todo es peregrino y raro, y lleno de accidentes que maravillan y suspenden
a quien los oye; y es de tal manera el gusto que hemos recebido en
escuchalle, que, aunque nos hallara el día de mañana entretenidos en el
mesmo cuento, holgáramos que de nuevo se comenzara.

Y, en diciendo esto, don Fernando y todos los demás se le ofrecieron, con
todo lo a ellos posible para servirle, con palabras y razones tan amorosas
y tan verdaderas que el capitán se tuvo por bien satisfecho de sus
voluntades. Especialmente, le ofreció don Fernando que si quería volverse
con él, que él haría que el marqués, su hermano, fuese padrino del bautismo
de Zoraida, y que él, por su parte, le acomodaría de manera que pudiese
entrar en su tierra con el autoridad y cómodo que a su persona se debía.
Todo lo agradeció cortesísimamente el cautivo, pero no quiso acetar ninguno
de sus liberales ofrecimientos.

En esto, llegaba ya la noche, y, al cerrar della, llegó a la venta un
coche, con algunos hombres de a caballo. Pidieron posada; a quien la
ventera respondió que no había en toda la venta un palmo desocupado.

-Pues, aunque eso sea -dijo uno de los de a caballo que habían entrado-, no
ha de faltar para el señor oidor que aquí viene.

A este nombre se turbó la güéspeda, y dijo:

-Señor, lo que en ello hay es que no tengo camas: si es que su merced del
señor oidor la trae, que sí debe de traer, entre en buen hora, que yo y mi
marido nos saldremos de nuestro aposento por acomodar a su merced.

-Sea en buen hora -dijo el escudero.

Pero, a este tiempo, ya había salido del coche un hombre, que en el traje
mostró luego el oficio y cargo que tenía, porque la ropa luenga, con las
mangas arrocadas, que vestía, mostraron ser oidor, como su criado había
dicho. Traía de la mano a una doncella, al parecer de hasta diez y seis
años, vestida de camino, tan bizarra, tan hermosa y tan gallarda que a
todos puso en admiración su vista; de suerte que, a no haber visto a
Dorotea y a Luscinda y Zoraida, que en la venta estaban, creyeran que otra
tal hermosura como la desta doncella difícilmente pudiera hallarse. Hallóse
don Quijote al entrar del oidor y de la doncella, y, así como le vio, dijo:

-Seguramente puede vuestra merced entrar y espaciarse en este castillo,
que, aunque es estrecho y mal acomodado, no hay estrecheza ni incomodidad
en el mundo que no dé lugar a las armas y a las letras, y más si las armas
y letras traen por guía y adalid a la fermosura, como la traen las letras
de vuestra merced en esta fermosa doncella, a quien deben no sólo abrirse y
manifestarse los castillos, sino apartarse los riscos, y devidirse y
abajarse las montañas, para dalle acogida. Entre vuestra merced, digo, en
este paraíso, que aquí hallará estrellas y soles que acompañen el cielo que
vuestra merced trae consigo; aquí hallará las armas en su punto y la
hermosura en su estremo.

Admirado quedó el oidor del razonamiento de don Quijote, a quien se puso a
mirar muy de propósito, y no menos le admiraba su talle que sus palabras;
y, sin hallar ningunas con que respondelle, se tornó a admirar de nuevo
cuando vio delante de sí a Luscinda, Dorotea y a Zoraida, que, a las nuevas
de los nuevos güéspedes y a las que la ventera les había dado de la
hermosura de la doncella, habían venido a verla y a recebirla. Pero don
Fernando, Cardenio y el cura le hicieron más llanos y más cortesanos
ofrecimientos. En efecto, el señor oidor entró confuso, así de lo que veía
como de lo que escuchaba, y las hermosas de la venta dieron la bienllegada
a la hermosa doncella.

En resolución, bien echó de ver el oidor que era gente principal toda la
que allí estaba; pero el talle, visaje y la apostura de don Quijote le
desatinaba; y, habiendo pasado entre todos corteses ofrecimientos y
tanteado la comodidad de la venta, se ordenó lo que antes estaba ordenado:
que todas las mujeres se entrasen en el camaranchón ya referido, y que los
hombres se quedasen fuera, como en su guarda. Y así, fue contento el oidor
que su hija, que era la doncella, se fuese con aquellas señoras, lo que
ella hizo de muy buena gana. Y con parte de la estrecha cama del ventero, y
con la mitad de la que el oidor traía, se acomodaron aquella noche mejor de
lo que pensaban.

El cautivo, que, desde el punto que vio al oidor, le dio saltos el corazón
y barruntos de que aquél era su hermano, preguntó a uno de los criados que
con él venían que cómo se llamaba y si sabía de qué tierra era. El criado
le respondió que se llamaba el licenciado Juan Pérez de Viedma, y que había
oído decir que era de un lugar de las montañas de León. Con esta relación y
con lo que él había visto se acabó de confirmar de que aquél era su
hermano, que había seguido las letras por consejo de su padre; y,
alborotado y contento, llamando aparte a don Fernando, a Cardenio y al
cura, les contó lo que pasaba, certificándoles que aquel oidor era su
hermano. Habíale dicho también el criado como iba proveído por oidor a las
Indias, en la Audiencia de Méjico. Supo también como aquella doncella era
su hija, de cuyo parto había muerto su madre, y que él había quedado muy
rico con el dote que con la hija se le quedó en casa. Pidióles consejo qué
modo tendría para descubrirse, o para conocer primero si, después de
descubierto, su hermano, por verle pobre, se afrentaba o le recebía con
buenas entrañas.

-Déjeseme a mí el hacer esa experiencia -dijo el cura-; cuanto más, que no
hay pensar sino que vos, señor capitán, seréis muy bien recebido; porque el
valor y prudencia que en su buen parecer descubre vuestro hermano no da
indicios de ser arrogante ni desconocido, ni que no ha de saber poner los
casos de la fortuna en su punto.

-Con todo eso -dijo el capitán- yo querría, no de improviso, sino por
rodeos, dármele a conocer.

-Ya os digo -respondió el cura- que yo lo trazaré de modo que todos
quedemos satisfechos.

Ya, en esto, estaba aderezada la cena, y todos se sentaron a la mesa, eceto
el cautivo y las señoras, que cenaron de por sí en su aposento. En la mitad
de la cena dijo el cura:

-Del mesmo nombre de vuestra merced, señor oidor, tuve yo una camarada en
Costantinopla, donde estuve cautivo algunos años; la cual camarada era uno
de los valientes soldados y capitanes que había en toda la infantería
española, pero tanto cuanto tenía de esforzado y valeroso lo tenía de
desdichado.

-Y ¿cómo se llamaba ese capitán, señor mío? -preguntó el oidor.

-Llamábase -respondió el cura- Ruy Pérez de Viedma, y era natural de un
lugar de las montañas de León, el cual me contó un caso que a su padre
con sus hermanos le había sucedido, que, a no contármelo un hombre tan
verdadero como él, lo tuviera por conseja de aquellas que las viejas
cuentan el invierno al fuego. Porque me dijo que su padre había dividido su
hacienda entre tres hijos que tenía, y les había dado ciertos consejos,
mejores que los de Catón. Y sé yo decir que el que él escogió de venir a la
guerra le había sucedido tan bien que en pocos años, por su valor y
esfuerzo, sin otro brazo que el de su mucha virtud, subió a ser capitán de
infantería, y a verse en camino y predicamento de ser presto maestre de
campo. Pero fuele la fortuna contraria, pues donde la pudiera esperar y
tener buena, allí la perdió, con perder la libertad en la felicísima
jornada donde tantos la cobraron, que fue en la batalla de Lepanto. Yo la
perdí en la Goleta, y después, por diferentes sucesos, nos hallamos
camaradas en Costantinopla. Desde allí vino a Argel, donde sé que le
sucedió uno de los más estraños casos que en el mundo han sucedido.

De aquí fue prosiguiendo el cura, y, con brevedad sucinta, contó lo que con
Zoraida a su hermano había sucedido; a todo lo cual estaba tan atento el
oidor, que ninguna vez había sido tan oidor como entonces. Sólo llegó el
cura al punto de cuando los franceses despojaron a los cristianos que en la
barca venían, y la pobreza y necesidad en que su camarada y la hermosa mora
habían quedado; de los cuales no había sabido en qué habían parado, ni si
habían llegado a España, o llevádolos los franceses a Francia.

Todo lo que el cura decía estaba escuchando, algo de allí desviado, el
capitán, y notaba todos los movimientos que su hermano hacía; el cual,
viendo que ya el cura había llegado al fin de su cuento, dando un grande
suspiro y llenándosele los ojos de agua, dijo:

-¡Oh, señor, si supiésedes las nuevas que me habéis contado, y cómo me
tocan tan en parte que me es forzoso dar muestras dello con estas lágrimas
que, contra toda mi discreción y recato, me salen por los ojos! Ese capitán
tan valeroso que decís es mi mayor hermano, el cual, como más fuerte y de
más altos pensamientos que yo ni otro hermano menor mío, escogió el honroso
y digno ejercicio de la guerra, que fue uno de los tres caminos que nuestro
padre nos propuso, según os dijo vuestra camarada en la conseja que, a
vuestro parecer, le oístes. Yo seguí el de las letras, en las cuales Dios y
mi diligencia me han puesto en el grado que me veis. Mi menor hermano está
en el Pirú, tan rico que con lo que ha enviado a mi padre y a mí ha
satisfecho bien la parte que él se llevó, y aun dado a las manos de mi
padre con que poder hartar su liberalidad natural; y yo, ansimesmo, he
podido con más decencia y autoridad tratarme en mis estudios y llegar al
puesto en que me veo. Vive aún mi padre, muriendo con el deseo de saber de
su hijo mayor, y pide a Dios con continuas oraciones no cierre la muerte
sus ojos hasta que él vea con vida a los de su hijo; del cual me maravillo,
siendo tan discreto, cómo en tantos trabajos y afliciones, o prósperos
sucesos, se haya descuidado de dar noticia de sí a su padre; que si él lo
supiera, o alguno de nosotros, no tuviera necesidad de aguardar al milagro
de la caña para alcanzar su rescate. Pero de lo que yo agora me temo es de
pensar si aquellos franceses le habrán dado libertad, o le habrán muerto
por encubrir su hurto. Esto todo será que yo prosiga mi viaje, no con aquel
contento con que le comencé, sino con toda melancolía y tristeza. ¡Oh buen
hermano mío, y quién supiera agora dónde estabas; que yo te fuera a buscar
y a librar de tus trabajos, aunque fuera a costa de los míos! ¡Oh, quién
llevara nuevas a nuestro viejo padre de que tenías vida, aunque estuvieras
en las mazmorras más escondidas de Berbería; que de allí te sacaran sus
riquezas, las de mi hermano y las mías! ¡Oh Zoraida hermosa y liberal,
quién pudiera pagar el bien que a un hermano hiciste!; ¡quién pudiera
hallarse al renacer de tu alma, y a las bodas, que tanto gusto a todos nos
dieran!

Estas y otras semejantes palabras decía el oidor, lleno de tanta compasión
con las nuevas que de su hermano le habían dado, que todos los que le oían
le acompañaban en dar muestras del sentimiento que tenían de su lástima.

Viendo, pues, el cura que tan bien había salido con su intención y con lo
que deseaba el capitán, no quiso tenerlos a todos más tiempo tristes, y
así, se levantó de la mesa, y, entrando donde estaba Zoraida, la tomó por
la mano, y tras ella se vinieron Luscinda, Dorotea y la hija del oidor.
Estaba esperando el capitán a ver lo que el cura quería hacer, que fue que,
tomándole a él asimesmo de la otra mano, con entrambos a dos se fue donde
el oidor y los demás caballeros estaban, y dijo:

-Cesen, señor oidor, vuestras lágrimas, y cólmese vuestro deseo de todo el
bien que acertare a desearse, pues tenéis delante a vuestro buen hermano y
a vuestra buena cuñada. Éste que aquí veis es el capitán Viedma, y ésta, la
hermosa mora que tanto bien le hizo. Los franceses que os dije los pusieron
en la estrecheza que veis, para que vos mostréis la liberalidad de vuestro
buen pecho.

Acudió el capitán a abrazar a su hermano, y él le puso ambas manos en los
pechos por mirarle algo más apartado; mas, cuando le acabó de conocer, le
abrazó tan estrechamente, derramando tan tiernas lágrimas de contento,que
los más de los que presentes estaban le hubieron de acompañar en ellas. Las
palabras que entrambos hermanos se dijeron, los sentimientos que mostraron,
apenas creo que pueden pensarse, cuanto más escribirse. Allí, en breves
razones, se dieron cuenta de sus sucesos; allí mostraron puesta en su punto
la buena amistad de dos hermanos; allí abrazó el oidor a Zoraida; allí la
ofreció su hacienda; allí hizo que la abrazase su hija; allí la cristiana
hermosa y la mora hermosísima renovaron las lágrimas de todos.

Allí don Quijote estaba atento, sin hablar palabra, considerando estos tan
estraños sucesos, atribuyéndolos todos a quimeras de la andante caballería.
Allí concertaron que el capitán y Zoraida se volviesen con su hermano a
Sevilla y avisasen a su padre de su hallazgo y libertad, para que, como
pudiese, viniese a hallarse en las bodas y bautismo de Zoraida, por no le
ser al oidor posible dejar el camino que llevaba, a causa de tener nuevas
que de allí a un mes partía la flota de Sevilla a la Nueva España, y
fuérale de grande incomodidad perder el viaje.

En resolución, todos quedaron contentos y alegres del buen suceso del
cautivo; y, como ya la noche iba casi en las dos partes de su jornada,
acordaron de recogerse y reposar lo que de ella les quedaba. Don Quijote se
ofreció a hacer la guardia del castillo, porque de algún gigante o otro mal
andante follón no fuesen acometidos, codiciosos del gran tesoro de
hermosura que en aquel castillo se encerraba. Agradeciéronselo los que le
conocían, y dieron al oidor cuenta del humor estraño de don Quijote, de que
no poco gusto recibió.

Sólo Sancho Panza se desesperaba con la tardanza del recogimiento, y sólo
él se acomodó mejor que todos, echándose sobre los aparejos de su jumento,
que le costaron tan caros como adelante se dirá.

Recogidas, pues, las damas en su estancia, y los demás acomodádose como
menos mal pudieron, don Quijote se salió fuera de la venta a hacer la
centinela del castillo, como lo había prometido.

Sucedió, pues, que faltando poco por venir el alba, llegó a los oídos de
las damas una voz tan entonada y tan buena, que les obligó a que todas le
prestasen atento oído, especialmente Dorotea, que despierta estaba, a cuyo
lado dormía doña Clara de Viedma, que ansí se llamaba la hija del oidor.
Nadie podía imaginar quién era la persona que tan bien cantaba, y era una
voz sola, sin que la acompañase instrumento alguno. Unas veces les parecía
que cantaban en el patio; otras, que en la caballeriza; y, estando en esta
confusión muy atentas, llegó a la puerta del aposento Cardenio y dijo:

-Quien no duerme, escuche; que oirán una voz de un mozo de mulas, que de
tal manera canta que encanta.

-Ya lo oímos, señor -respondió Dorotea.

Y, con esto, se fue Cardenio; y Dorotea, poniendo toda la atención posible,
entendió que lo que se cantaba era esto:

Capítulo XLIII. Donde se cuenta la agradable historia del mozo de mulas,
con otros estraños acaecimientos en la venta sucedidos]

-Marinero soy de amor,

y en su piélago profundo

navego sin esperanza

de llegar a puerto alguno.

Siguiendo voy a una estrella

que desde lejos descubro,

más bella y resplandeciente

que cuantas vio Palinuro.

Yo no sé adónde me guía,

y así, navego confuso,

el alma a mirarla atenta,

cuidadosa y con descuido.

Recatos impertinentes,

honestidad contra el uso,

son nubes que me la encubren

cuando más verla procuro.

¡Oh clara y luciente estrella,

en cuya lumbre me apuro!;

al punto que te me encubras,

será de mi muerte el punto.

Llegando el que cantaba a este punto, le pareció a Dorotea que no sería
bien que dejase Clara de oír una tan buena voz; y así, moviéndola a una y a
otra parte, la despertó diciéndole:

-Perdóname, niña, que te despierto, pues lo hago porque gustes de oír la
mejor voz que quizá habrás oído en toda tu vida.

Clara despertó toda soñolienta, y de la primera vez no entendió lo que
Dorotea le decía; y, volviéndoselo a preguntar, ella se lo volvió a decir,
por lo cual estuvo atenta Clara. Pero, apenas hubo oído dos versos que el
que cantaba iba prosiguiendo, cuando le tomó un temblor tan estraño como si
de algún grave accidente de cuartana estuviera enferma, y, abrazándose
estrechamente con Teodora, le dijo:

-¡Ay señora de mi alma y de mi vida!, ¿para qué me despertastes?; que el
mayor bien que la fortuna me podía hacer por ahora era tenerme cerrados los
ojos y los oídos, para no ver ni oír a ese desdichado músico.

-¿Qué es lo que dices, niña?; mira que dicen que el que canta es un mozo de
mulas.

-No es sino señor de lugares -respondió Clara-, y el que le tiene en mi
alma con tanta seguridad que si él no quiere dejalle, no le será quitado
eternamente.

Admirada quedó Dorotea de las sentidas razones de la muchacha, pareciéndole
que se aventajaban en mucho a la discreción que sus pocos años prometían; y
así, le dijo:

-Habláis de modo, señora Clara, que no puedo entenderos: declaraos más y
decidme qué es lo que decís de alma y de lugares, y deste músico, cuya voz
tan inquieta os tiene. Pero no me digáis nada por ahora, que no quiero
perder, por acudir a vuestro sobresalto, el gusto que recibo de oír al que
canta; que me parece que con nuevos versos y nuevo tono torna a su canto.

-Sea en buen hora -respondió Clara.

Y, por no oílle, se tapó con las manos entrambos oídos, de lo que también
se admiró Dorotea; la cual, estando atenta a lo que se cantaba, vio que
proseguían en esta manera:

-Dulce esperanza mía,

que, rompiendo imposibles y malezas,

sigues firme la vía

que tú mesma te finges y aderezas:

no te desmaye el verte

a cada paso junto al de tu muerte.

No alcanzan perezosos

honrados triunfos ni vitoria alguna,

ni pueden ser dichosos

los que, no contrastando a la fortuna,

entregan, desvalidos,

al ocio blando todos los sentidos.

Que amor sus glorias venda

caras, es gran razón, y es trato justo,

pues no hay más rica prenda

que la que se quilata por su gusto;

y es cosa manifiesta

que no es de estima lo que poco cuesta.

Amorosas porfías

tal vez alcanzan imposibles cosas;

y ansí, aunque con las mías

sigo de amor las más dificultosas,

no por eso recelo

de no alcanzar desde la tierra el cielo.

Aquí dio fin la voz, y principio a nuevos sollozos Clara. Todo lo cual
encendía el deseo de Dorotea, que deseaba saber la causa de tan suave canto
y de tan triste lloro. Y así, le volvió a preguntar qué era lo que le
quería decir denantes. Entonces Clara, temerosa de que Luscinda no la
oyese, abrazando estrechamente a Dorotea, puso su boca tan junto del oído
de Dorotea, que seguramente podía hablar sin ser de otro sentida, y así le
dijo:

-Este que canta, señora mía, es un hijo de un caballero natural del reino
de Aragón, señor de dos lugares, el cual vivía frontero de la casa de mi
padre en la Corte; y, aunque mi padre tenía las ventanas de su casa con
lienzos en el invierno y celosías en el verano, yo no sé lo que fue, ni lo
que no, que este caballero, que andaba al estudio, me vio, ni sé si en la
iglesia o en otra parte. Finalmente, él se enamoró de mí, y me lo dio a
entender desde las ventanas de su casa con tantas señas y con tantas
lágrimas, que yo le hube de creer, y aun querer, sin saber lo que me
quería. Entre las señas que me hacía, era una de juntarse la una mano con
la otra, dándome a entender que se casaría conmigo; y, aunque yo me
holgaría mucho de que ansí fuera, como sola y sin madre, no sabía con quién
comunicallo, y así, lo dejé estar sin dalle otro favor si no era, cuando
estaba mi padre fuera de casa y el suyo también, alzar un poco el lienzo o
la celosía y dejarme ver toda, de lo que él hacía tanta fiesta, que daba
señales de volverse loco. Llegóse en esto el tiempo de la partida de mi
padre, la cual él supo, y no de mí, pues nunca pude decírselo. Cayó malo, a
lo que yo entiendo, de pesadumbre; y así, el día que nos partimos nunca
pude verle para despedirme dél, siquiera con los ojos. Pero, a cabo de dos
días que caminábamos, al entrar de una posada, en un lugar una jornada de
aquí, le vi a la puerta del mesón, puesto en hábito de mozo de mulas, tan
al natural que si yo no le trujera tan retratado en mi alma fuera imposible
conocelle. Conocíle, admiréme y alegréme; él me miró a hurto de mi padre,
de quien él siempre se esconde cuando atraviesa por delante de mí en los
caminos y en las posadas do llegamos; y, como yo sé quién es, y considero
que por amor de mí viene a pie y con tanto trabajo, muérome de pesadumbre,
y adonde él pone los pies pongo yo los ojos. No sé con qué intención viene,
ni cómo ha podido escaparse de su padre, que le quiere estraordinariamente,
porque no tiene otro heredero, y porque él lo merece, como lo verá vuestra
merced cuando le vea. Y más le sé decir: que todo aquello que canta lo saca
de su cabeza; que he oído decir que es muy gran estudiante y poeta. Y hay
más: que cada vez que le veo o le oigo cantar, tiemblo toda y me
sobresalto, temerosa de que mi padre le conozca y venga en conocimiento de
nuestros deseos. En mi vida le he hablado palabra, y, con todo eso, le
quiero de manera que no he de poder vivir sin él. Esto es, señora mía, todo
lo que os puedo decir deste músico, cuya voz tanto os ha contentado; que en
sola ella echaréis bien de ver que no es mozo de mulas, como decís, sino
señor de almas y lugares, como yo os he dicho.

-No digáis más, señora doña Clara -dijo a esta sazón Dorotea, y esto,
besándola mil veces-; no digáis más, digo, y esperad que venga el nuevo
día, que yo espero en Dios de encaminar de manera vuestros negocios, que
tengan el felice fin que tan honestos principios merecen.

-¡Ay señora! -dijo doña Clara-, ¿qué fin se puede esperar, si su padre es
tan principal y tan rico que le parecerá que aun yo no puedo ser criada de
su hijo, cuanto más esposa? Pues casarme yo a hurto de mi padre, no lo haré
por cuanto hay en el mundo. No querría sino que este mozo se volviese y me
dejase; quizá con no velle y con la gran distancia del camino que llevamos
se me aliviaría la pena que ahora llevo, aunque sé decir que este remedio
que me imagino me ha de aprovechar bien poco. No sé qué diablos ha sido
esto, ni por dónde se ha entrado este amor que le tengo, siendo yo tan
muchacha y él tan muchacho, que en verdad que creo que somos de una edad
mesma, y que yo no tengo cumplidos diez y seis años; que para el día de San
Miguel que vendrá dice mi padre que los cumplo.

No pudo dejar de reírse Dorotea, oyendo cuán como niña hablaba doña Clara,
a quien dijo:

-Reposemos, señora, lo poco que creo queda de la noche, y amanecerá Dios y
medraremos, o mal me andarán las manos.

Sosegáronse con esto, y en toda la venta se guardaba un grande silencio;
solamente no dormían la hija de la ventera y Maritornes, su criada, las
cuales, como ya sabían el humor de que pecaba don Quijote, y que estaba
fuera de la venta armado y a caballo haciendo la guarda, determinaron las
dos de hacelle alguna burla, o, a lo menos, de pasar un poco el tiempo
oyéndole sus disparates.

Es, pues, el caso que en toda la venta no había ventana que saliese al
campo, sino un agujero de un pajar, por donde echaban la paja por defuera.
A este agujero se pusieron las dos semidoncellas, y vieron que don Quijote
estaba a caballo, recostado sobre su lanzón, dando de cuando en cuando tan
dolientes y profundos suspiros que parecía, que con cada uno se le
arrancaba el alma. Y asimesmo oyeron que decía con voz blanda, regalada y
amorosa:

-¡Oh mi señora Dulcinea del Toboso, estremo de toda hermosura, fin y remate
de la discreción, archivo del mejor donaire, depósito de la honestidad, y,
ultimadamente, idea de todo lo provechoso, honesto y deleitable que hay en
el mundo! Y ¿qué fará agora la tu merced? ¿Si tendrás por ventura las
mientes en tu cautivo caballero, que a tantos peligros, por sólo servirte,
de su voluntad ha querido ponerse? Dame tú nuevas della, ¡oh luminaria de
las tres caras! Quizá con envidia de la suya la estás ahora mirando; que, o
paseándose por alguna galería de sus suntuosos palacios, o ya puesta de
pechos sobre algún balcón, está considerando cómo, salva su honestidad y
grandeza, ha de amansar la tormenta que por ella este mi cuitado corazón
padece, qué gloria ha de dar a mis penas, qué sosiego a mi cuidado y,
finalmente, qué vida a mi muerte y qué premio a mis servicios. Y tú, sol,
que ya debes de estar apriesa ensillando tus caballos, por madrugar y salir
a ver a mi señora, así como la veas, suplícote que de mi parte la saludes;
pero guárdate que al verla y saludarla no le des paz en el rostro, que
tendré más celos de ti que tú los tuviste de aquella ligera ingrata que
tanto te hizo sudar y correr por los llanos de Tesalia, o por las riberas
de Peneo, que no me acuerdo bien por dónde corriste entonces celoso y
enamorado.

A este punto llegaba entonces don Quijote en su tan lastimero
razonamiento, cuando la hija de la ventera le comenzó a cecear y a
decirle:

-Señor mío, lléguese acá la vuestra merced si es servido.

A cuyas señas y voz volvió don Quijote la cabeza, y vio, a la luz de la
luna, que entonces estaba en toda su claridad, cómo le llamaban del agujero
que a él le pareció ventana, y aun con rejas doradas, como conviene que las
tengan tan ricos castillos como él se imaginaba que era aquella venta; y
luego en el instante se le representó en su loca imaginación que otra vez,
como la pasada, la doncella fermosa, hija de la señora de aquel castillo,
vencida de su amor, tornaba a solicitarle; y con este pensamiento, por no
mostrarse descortés y desagradecido, volvió las riendas a Rocinante y se
llegó al agujero, y, así como vio a las dos mozas, dijo:

-Lástima os tengo, fermosa señora, de que hayades puesto vuestras amorosas
mientes en parte donde no es posible corresponderos conforme merece vuestro
gran valor y gentileza; de lo que no debéis dar culpa a este miserable
andante caballero, a quien tiene amor imposibilitado de poder entregar su
voluntad a otra que aquella que, en el punto que sus ojos la vieron, la
hizo señora absoluta de su alma. Perdonadme, buena señora, y recogeos en
vuestro aposento, y no queráis, con significarme más vuestros deseos, que
yo me muestre más desagradecido; y si del amor que me tenéis halláis en mí
otra cosa con que satisfaceros, que el mismo amor no sea, pedídmela; que yo
os juro, por aquella ausente enemiga dulce mía, de dárosla en continente,
si bien me pidiésedes una guedeja de los cabellos de Medusa, que eran todos
culebras, o ya los mesmos rayos del sol encerrados en una redoma.

-No ha menester nada deso mi señora, señor caballero -dijo a este punto
Maritornes.

-Pues, ¿qué ha menester, discreta dueña, vuestra señora? -respondió don
Quijote.

-Sola una de vuestras hermosas manos -dijo Maritornes-, por poder deshogar
con ella el gran deseo que a este agujero la ha traído, tan a peligro de su
honor que si su señor padre la hubiera sentido, la menor tajada della fuera
la oreja.

-¡Ya quisiera yo ver eso! -respondió don Quijote-; pero él se guardará bien
deso, si ya no quiere hacer el más desastrado fin que padre hizo en el
mundo, por haber puesto las manos en los delicados miembros de su enamorada
hija.

Parecióle a Maritornes que sin duda don Quijote daría la mano que le habían
pedido, y, proponiendo en su pensamiento lo que había de hacer, se bajó del
agujero y se fue a la caballeriza, donde tomó el cabestro del jumento de
Sancho Panza, y con mucha presteza se volvió a su agujero, a tiempo que don
Quijote se había puesto de pies sobre la silla de Rocinante, por alcanzar a
la ventana enrejada, donde se imaginaba estar la ferida doncella; y, al
darle la mano, dijo:

-Tomad, señora, esa mano, o, por mejor decir, ese verdugo de los
malhechores del mundo; tomad esa mano, digo, a quien no ha tocado otra de
mujer alguna, ni aun la de aquella que tiene entera posesión de todo mi
cuerpo. No os la doy para que la beséis, sino para que miréis la contestura
de sus nervios, la trabazón de sus músculos, la anchura y espaciosidad de
sus venas; de donde sacaréis qué tal debe de ser la fuerza del brazo que
tal mano tiene.

-Ahora lo veremos -dijo Maritornes.

Y, haciendo una lazada corrediza al cabestro, se la echó a la muñeca, y,
bajándose del agujero, ató lo que quedaba al cerrojo de la puerta del pajar
muy fuertemente. Don Quijote, que sintió la aspereza del cordel en su
muñeca, dijo:

-Más parece que vuestra merced me ralla que no que me regala la mano; no la
tratéis tan mal, pues ella no tiene la culpa del mal que mi voluntad os
hace, ni es bien que en tan poca parte venguéis el todo de vuestro enojo.
Mirad que quien quiere bien no se venga tan mal.

Pero todas estas razones de don Quijote ya no las escuchaba nadie, porque,
así como Maritornes le ató, ella y la otra se fueron, muertas de risa, y le
dejaron asido de manera que fue imposible soltarse.

Estaba, pues, como se ha dicho, de pies sobre Rocinante, metido todo el
brazo por el agujero y atado de la muñeca, y al cerrojo de la puerta, con
grandísimo temor y cuidado, que si Rocinante se desviaba a un cabo o a
otro, había de quedar colgado del brazo; y así, no osaba hacer movimiento
alguno, puesto que de la paciencia y quietud de Rocinante bien se podía
esperar que estaría sin moverse un siglo entero.

En resolución, viéndose don Quijote atado, y que ya las damas se habían
ido, se dio a imaginar que todo aquello se hacía por vía de encantamento,
como la vez pasada, cuando en aquel mesmo castillo le molió aquel moro
encantado del arriero; y maldecía entre sí su poca discreción y discurso,
pues, habiendo salido tan mal la vez primera de aquel castillo, se había
aventurado a entrar en él la segunda, siendo advertimiento de caballeros
andantes que, cuando han probado una aventura y no salido bien con ella, es
señal que no está para ellos guardada, sino para otros; y así, no tienen
necesidad de probarla segunda vez. Con todo esto, tiraba de su brazo, por
ver si podía soltarse; mas él estaba tan bien asido, que todas sus pruebas
fueron en vano. Bien es verdad que tiraba con tiento, porque Rocinante no
se moviese; y, aunque él quisiera sentarse y ponerse en la silla, no podía
sino estar en pie, o arrancarse la mano.

Allí fue el desear de la espada de Amadís, contra quien no tenía fuerza de
encantamento alguno; allí fue el maldecir de su fortuna; allí fue el
exagerar la falta que haría en el mundo su presencia el tiempo que allí
estuviese encantado, que sin duda alguna se había creído que lo estaba;
allí el acordarse de nuevo de su querida Dulcinea del Toboso; allí fue el
llamar a su buen escudero Sancho Panza, que, sepultado en sueño y tendido
sobre el albarda de su jumento, no se acordaba en aquel instante de la
madre que lo había parido; allí llamó a los sabios Lirgandeo y Alquife, que
le ayudasen; allí invocó a su buena amiga Urganda, que le socorriese, y,
finalmente, allí le tomó la mañana, tan desesperado y confuso que bramaba
como un toro; porque no esperaba él que con el día se remediara su cuita,
porque la tenía por eterna, teniéndose por encantado. Y hacíale creer esto
ver que Rocinante poco ni mucho se movía, y creía que de aquella suerte,
sin comer ni beber ni dormir, habían de estar él y su caballo, hasta que
aquel mal influjo de las estrellas se pasase, o hasta que otro más sabio
encantador le desencantase.

Pero engañóse mucho en su creencia, porque, apenas comenzó a amanecer,
cuando llegaron a la venta cuatro hombres de a caballo, muy bien puestos y
aderezados, con sus escopetas sobre los arzones. Llamaron a la puerta de la
venta, que aún estaba cerrada, con grandes golpes; lo cual, visto por don
Quijote desde donde aún no dejaba de hacer la centinela, con voz arrogante
y alta dijo:

-Caballeros, o escuderos, o quienquiera que seáis: no tenéis para qué
llamar a las puertas deste castillo; que asaz de claro está que a tales
horas, o los que están dentro duermen, o no tienen por costumbre de abrirse
las fortalezas hasta que el sol esté tendido por todo el suelo. Desviaos
afuera, y esperad que aclare el día, y entonces veremos si será justo o no
que os abran.

-¿Qué diablos de fortaleza o castillo es éste -dijo uno-, para obligarnos a
guardar esas ceremonias? Si sois el ventero, mandad que nos abran, que
somos caminantes que no queremos más de dar cebada a nuestras cabalgaduras
y pasar adelante, porque vamos de priesa.

-¿Paréceos, caballeros, que tengo yo talle de ventero? -respondió don
Quijote.

-No sé de qué tenéis talle -respondió el otro-, pero sé que decís
disparates en llamar castillo a esta venta.

-Castillo es -replicó don Quijote-, y aun de los mejores de toda esta
provincia; y gente tiene dentro que ha tenido cetro en la mano y corona en
la cabeza.

-Mejor fuera al revés -dijo el caminante-: el cetro en la cabeza y la
corona en la mano. Y será, si a mano viene, que debe de estar dentro alguna
compañía de representantes, de los cuales es tener a menudo esas coronas y
cetros que decís, porque en una venta tan pequeña, y adonde se guarda tanto
silencio como ésta, no creo yo que se alojan personas dignas de corona y
cetro.

-Sabéis poco del mundo -replicó don Quijote-, pues ignoráis los casos que
suelen acontecer en la caballería andante.

Cansábanse los compañeros que con el preguntante venían del coloquio que
con don Quijote pasaba, y así, tornaron a llamar con grande furia; y fue de
modo que el ventero despertó, y aun todos cuantos en la venta estaban; y
así, se levantó a preguntar quién llamaba. Sucedió en este tiempo que una
de las cabalgaduras en que venían los cuatro que llamaban se llegó a oler a
Rocinante, que, melancólico y triste, con las orejas caídas, sostenía sin
moverse a su estirado señor; y como, en fin, era de carne, aunque parecía
de leño, no pudo dejar de resentirse y tornar a oler a quien le llegaba a
hacer caricias; y así, no se hubo movido tanto cuanto, cuando se desviaron
los juntos pies de don Quijote, y, resbalando de la silla, dieran con él en
el suelo, a no quedar colgado del brazo: cosa que le causó tanto dolor que
creyó o que la muñeca le cortaban, o que el brazo se le arrancaba; porque
él quedó tan cerca del suelo que con los estremos de las puntas de los pies
besaba la tierra, que era en su perjuicio, porque, como sentía lo poco que
le faltaba para poner las plantas en la tierra, fatigábase y estirábase
cuanto podía por alcanzar al suelo: bien así como los que están en el
tormento de la garrucha, puestos a toca, no toca, que ellos mesmos son
causa de acrecentar su dolor, con el ahínco que ponen en estirarse,
engañados de la esperanza que se les representa, que con poco más que se
estiren llegarán al suelo.

Capítulo XLIV. Donde se prosiguen los inauditos sucesos de la venta

En efeto, fueron tantas las voces que don Quijote dio, que, abriendo de
presto las puertas de la venta, salió el ventero, despavorido, a ver quién
tales gritos daba, y los que estaban fuera hicieron lo mesmo. Maritornes,
que ya había despertado a las mismas voces, imaginando lo que podía ser, se
fue al pajar y desató, sin que nadie lo viese, el cabestro que a don
Quijote sostenía, y él dio luego en el suelo, a vista del ventero y de los
caminantes, que, llegándose a él, le preguntaron qué tenía, que tales voces
daba. Él, sin responder palabra, se quitó el cordel de la muñeca, y,
levantándose en pie, subió sobre Rocinante, embrazó su adarga, enristró su
lanzón, y, tomando buena parte del campo, volvió a medio galope, diciendo:

-Cualquiera que dijere que yo he sido con justo título encantado, como mi
señora la princesa Micomicona me dé licencia para ello, yo le desmiento, le
rieto y desafío a singular batalla.

Admirados se quedaron los nuevos caminantes de las palabras de don Quijote,
pero el ventero les quitó de aquella admiración, diciéndoles que era don
Quijote, y que no había que hacer caso dél, porque estaba fuera de juicio.

Preguntáronle al ventero si acaso había llegado a aquella venta un muchacho
de hasta edad de quince años, que venía vestido como mozo de mulas, de
tales y tales señas, dando las mesmas que traía el amante de doña Clara. El
ventero respondió que había tanta gente en la venta, que no había echado de
ver en el que preguntaban. Pero, habiendo visto uno dellos el coche donde
había venido el oidor, dijo:

-Aquí debe de estar sin duda, porque éste es el coche que él dicen que
sigue; quédese uno de nosotros a la puerta y entren los demás a buscarle; y
aun sería bien que uno de nosotros rodease toda la venta, porque no se
fuese por las bardas de los corrales.

-Así se hará -respondió uno dellos.

Y, entrándose los dos dentro, uno se quedó a la puerta y el otro se fue a
rodear la venta; todo lo cual veía el ventero, y no sabía atinar para qué
se hacían aquellas diligencias, puesto que bien creyó que buscaban aquel
mozo cuyas señas le habían dado.

Ya a esta sazón aclaraba el día; y, así por esto como por el ruido que don
Quijote había hecho, estaban todos despiertos y se levantaban,
especialmente doña Clara y Dorotea, que la una con sobresalto de tener tan
cerca a su amante, y la otra con el deseo de verle, habían podido dormir
bien mal aquella noche. Don Quijote, que vio que ninguno de los cuatro
caminantes hacía caso dél, ni le respondían a su demanda, moría y rabiaba
de despecho y saña; y si él hallara en las ordenanzas de su caballería que
lícitamente podía el caballero andante tomar y emprender otra empresa,
habiendo dado su palabra y fe de no ponerse en ninguna hasta acabar la que
había prometido, él embistiera con todos, y les hiciera responder mal de su
grado. Pero, por parecerle no convenirle ni estarle bien comenzar nueva
empresa hasta poner a Micomicona en su reino, hubo de callar y estarse
quedo, esperando a ver en qué paraban las diligencias de aquellos
caminantes; uno de los cuales halló al mancebo que buscaba, durmiendo al
lado de un mozo de mulas, bien descuidado de que nadie ni le buscase, ni
menos de que le hallase. El hombre le trabó del brazo y le dijo:

-Por cierto, señor don Luis, que responde bien a quien vos sois el hábito
que tenéis, y que dice bien la cama en que os hallo al regalo con que
vuestra madre os crió.

Limpióse el mozo los soñolientos ojos y miró de espacio al que le tenía
asido, y luego conoció que era criado de su padre, de que recibió tal
sobresalto, que no acertó o no pudo hablarle palabra por un buen espacio. Y
el criado prosiguió diciendo:

-Aquí no hay que hacer otra cosa, señor don Luis, sino prestar paciencia y
dar la vuelta a casa, si ya vuestra merced no gusta que su padre y mi señor
la dé al otro mundo, porque no se puede esperar otra cosa de la pena con
que queda por vuestra ausencia.

-Pues, ¿cómo supo mi padre -dijo don Luis- que yo venía este camino y en
este traje?

-Un estudiante -respondió el criado- a quien distes cuenta de vuestros
pensamientos fue el que lo descubrió, movido a lástima de las que vio que
hacía vuestro padre al punto que os echó de menos; y así, despachó a cuatro
de sus criados en vuestra busca, y todos estamos aquí a vuestro servicio,
más contentos de lo que imaginar se puede, por el buen despacho con que
tornaremos, llevándoos a los ojos que tanto os quieren.

-Eso será como yo quisiere, o como el cielo lo ordenare -respondió don
Luis.

-¿Qué habéis de querer, o qué ha de ordenar el cielo, fuera de consentir en
volveros?; porque no ha de ser posible otra cosa.

Todas estas razones que entre los dos pasaban oyó el mozo de mulas junto a
quien don Luis estaba; y, levantándose de allí, fue a decir lo que pasaba a
don Fernando y a Cardenio, y a los demás, que ya vestido se habían; a los
cuales dijo cómo aquel hombre llamaba de don a aquel muchacho, y las
razones que pasaban, y cómo le quería volver a casa de su padre, y el mozo
no quería. Y con esto, y con lo que dél sabían de la buena voz que el cielo
le había dado, vinieron todos en gran deseo de saber más particularmente
quién era, y aun de ayudarle si alguna fuerza le quisiesen hacer; y así, se
fueron hacia la parte donde aún estaba hablando y porfiando con su criado.

Salía en esto Dorotea de su aposento, y tras ella doña Clara, toda turbada;
y, llamando Dorotea a Cardenio aparte, le contó en breves razones la
historia del músico y de doña Clara, a quien él también dijo lo que pasaba
de la venida a buscarle los criados de su padre, y no se lo dijo tan
callando que lo dejase de oír Clara; de lo que quedó tan fuera de sí que,
si Dorotea no llegara a tenerla, diera consigo en el suelo. Cardenio dijo a
Dorotea que se volviesen al aposento, que él procuraría poner remedio en
todo, y ellas lo hicieron.

Ya estaban todos los cuatro que venían a buscar a don Luis dentro de la
venta y rodeados dél, persuadiéndole que luego, sin detenerse un punto,
volviese a consolar a su padre. Él respondió que en ninguna manera lo podía
hacer hasta dar fin a un negocio en que le iba la vida, la honra y el alma.
Apretáronle entonces los criados, diciéndole que en ningún modo volverían
sin él, y que le llevarían, quisiese o no quisiese.

-Eso no haréis vosotros -replicó don Luis-, si no es llevándome muerto;
aunque, de cualquiera manera que me llevéis, será llevarme sin vida.

Ya a esta sazón habían acudido a la porfía todos los más que en la venta
estaban, especialmente Cardenio, don Fernando, sus camaradas, el oidor, el
cura, el barbero y don Quijote, que ya le pareció que no había necesidad de
guardar más el castillo. Cardenio, como ya sabía la historia del mozo,
preguntó a los que llevarle querían que qué les movía a querer llevar
contra su voluntad aquel muchacho.

-Muévenos -respondió uno de los cuatro- dar la vida a su padre, que por la
ausencia deste caballero queda a peligro de perderla.

A esto dijo don Luis:

-No hay para qué se dé cuenta aquí de mis cosas: yo soy libre, y volveré si
me diere gusto, y si no, ninguno de vosotros me ha de hacer fuerza.

-Harásela a vuestra merced la razón -respondió el hombre-; y, cuando ella

no bastare con vuestra merced, bastará con nosotros para hacer a lo que
venimos y lo que somos obligados.

-Sepamos qué es esto de raíz -dijo a este tiempo el oidor.

Pero el hombre, que lo conoció, como vecino de su casa, respondió:

-¿No conoce vuestra merced, señor oidor, a este caballero, que es el hijo
de su vecino, el cual se ha ausentado de casa de su padre en el hábito tan
indecente a su calidad como vuestra merced puede ver?

Miróle entonces el oidor más atentamente y conocióle; y, abrazándole, dijo:

-¿Qué niñerías son éstas, señor don Luis, o qué causas tan poderosas, que
os hayan movido a venir desta manera, y en este traje, que dice tan mal con
la calidad vuestra?

Al mozo se le vinieron las lágrimas a los ojos, y no pudo responder
palabra. El oidor dijo a los cuatro que se sosegasen, que todo se haría
bien; y, tomando por la mano a don Luis, le apartó a una parte y le
preguntó qué venida había sido aquélla.

Y, en tanto que le hacía esta y otras preguntas, oyeron grandes voces a la
puerta de la venta, y era la causa dellas que dos huéspedes que aquella
noche habían alojado en ella, viendo a toda la gente ocupada en saber lo
que los cuatro buscaban, habían intentado a irse sin pagar lo que debían;
mas el ventero, que atendía más a su negocio que a los ajenos, les asió al
salir de la puerta y pidió su paga, y les afeó su mala intención con tales
palabras, que les movió a que le respondiesen con los puños; y así, le
comenzaron a dar tal mano, que el pobre ventero tuvo necesidad de dar voces
y pedir socorro. La ventera y su hija no vieron a otro más desocupado para
poder socorrerle que a don Quijote, a quien la hija de la ventera dijo:

-Socorra vuestra merced, señor caballero, por la virtud que Dios le dio, a
mi pobre padre, que dos malos hombres le están moliendo como a cibera.

A lo cual respondió don Quijote, muy de espacio y con mucha flema:

-Fermosa doncella, no ha lugar por ahora vuestra petición, porque estoy
impedido de entremeterme en otra aventura en tanto que no diere cima a una
en que mi palabra me ha puesto. Mas lo que yo podré hacer por serviros es
lo que ahora diré: corred y decid a vuestro padre que se entretenga en esa
batalla lo mejor que pudiere, y que no se deje vencer en ningún modo, en
tanto que yo pido licencia a la princesa Micomicona para poder socorrerle
en su cuita; que si ella me la da, tened por cierto que yo le sacaré della.

-¡Pecadora de mí! -dijo a esto Maritornes, que estaba delante-: primero que
vuestra merced alcance esa licencia que dice, estará ya mi señor en el otro
mundo.

-Dadme vos, señora, que yo alcance la licencia que digo -respondió don
Quijote-; que, como yo la tenga, poco hará al caso que él esté en el otro
mundo; que de allí le sacaré a pesar del mismo mundo que lo contradiga; o,
por lo menos, os daré tal venganza de los que allá le hubieren enviado, que
quedéis más que medianamente satisfechas.

Y sin decir más se fue a poner de hinojos ante Dorotea, pidiéndole con
palabras caballerescas y andantescas que la su grandeza fuese servida de
darle licencia de acorrer y socorrer al castellano de aquel castillo, que
estaba puesto en una grave mengua. La princesa se la dio de buen talante, y
él luego, embrazando su adarga y poniendo mano a su espada, acudió a la
puerta de la venta, adonde aún todavía traían los dos huéspedes a mal traer
al ventero; pero, así como llegó, embazó y se estuvo quedo, aunque
Maritornes y la ventera le decían que en qué se detenía, que socorriese a
su señor y marido.

-Deténgome -dijo don Quijote- porque no me es lícito poner mano a la espada
contra gente escuderil; pero llamadme aquí a mi escudero Sancho, que a él
toca y atañe esta defensa y venganza.

Esto pasaba en la puerta de la venta, y en ella andaban las puñadas y
mojicones muy en su punto, todo en daño del ventero y en rabia de
Maritornes, la ventera y su hija, que se desesperaban de ver la cobardía de
don Quijote, y de lo mal que lo pasaba su marido, señor y padre.

Pero dejémosle aquí, que no faltará quien le socorra, o si no, sufra y
calle el que se atreve a más de a lo que sus fuerzas le prometen, y
volvámonos atrás cincuenta pasos, a ver qué fue lo que don Luis respondió
al oidor, que le dejamos aparte, preguntándole la causa de su venida a pie
y de tan vil traje vestido. A lo cual el mozo, asiéndole fuertemente de las
manos, como en señal de que algún gran dolor le apretaba el corazón, y
derramando lágrimas en grande abundancia, le dijo:

-Señor mío, yo no sé deciros otra cosa sino que desde el punto que quiso el
cielo y facilitó nuestra vecindad que yo viese a mi señora doña Clara, hija
vuestra y señora mía, desde aquel instante la hice dueño de mi voluntad; y
si la vuestra, verdadero señor y padre mío, no lo impide, en este mesmo día
ha de ser mi esposa. Por ella dejé la casa de mi padre, y por ella me puse
en este traje, para seguirla dondequiera que fuese, como la saeta al
blanco, o como el marinero al norte. Ella no sabe de mis deseos más de lo
que ha podido entender de algunas veces que desde lejos ha visto llorar mis
ojos. Ya, señor, sabéis la riqueza y la nobleza de mis padres, y como yo
soy su único heredero: si os parece que éstas son partes para que os
aventuréis a hacerme en todo venturoso, recebidme luego por vuestro hijo;
que si mi padre, llevado de otros disignios suyos, no gustare deste bien
que yo supe buscarme, más fuerza tiene el tiempo para deshacer y mudar las
cosas que las humanas voluntades.

Calló, en diciendo esto, el enamorado mancebo, y el oidor quedó en oírle
suspenso, confuso y admirado, así de haber oído el modo y la discreción con
que don Luis le había descubierto su pensamiento, como de verse en punto
que no sabía el que poder tomar en tan repentino y no esperado negocio; y
así, no respondió otra cosa sino que se sosegase por entonces, y
entretuviese a sus criados, que por aquel día no le volviesen, porque se
tuviese tiempo para considerar lo que mejor a todos estuviese. Besóle las
manos por fuerza don Luis, y aun se las bañó con lágrimas, cosa que pudiera
enternecer un corazón de mármol, no sólo el del oidor, que, como discreto,
ya había conocido cuán bien le estaba a su hija aquel matrimonio; puesto
que, si fuera posible, lo quisiera efetuar con voluntad del padre de don
Luis, del cual sabía que pretendía hacer de título a su hijo.

Ya a esta sazón estaban en paz los huéspedes con el ventero, pues, por
persuasión y buenas razones de don Quijote, más que por amenazas, le habían
pagado todo lo que él quiso, y los criados de don Luis aguardaban el fin de
la plática del oidor y la resolución de su amo, cuando el demonio, que no
duerme, ordenó que en aquel mesmo punto entró en la venta el barbero a
quien don Quijote quitó el yelmo de Mambrino y Sancho Panza los aparejos
del asno, que trocó con los del suyo; el cual barbero, llevando su jumento
a la caballeriza, vio a Sancho Panza que estaba aderezando no sé qué de la
albarda, y así como la vio la conoció, y se atrevió a arremeter a Sancho,
diciendo:

-¡Ah don ladrón, que aquí os tengo! ¡Venga mi bacía y mi albarda, con todos
mis aparejos que me robastes!

Sancho, que se vio acometer tan de improviso y oyó los vituperios que le
decían, con la una mano asió de la albarda, y con la otra dio un mojicón al
barbero que le bañó los dientes en sangre; pero no por esto dejó el barbero
la presa que tenía hecha en el albarda; antes, alzó la voz de tal manera
que todos los de la venta acudieron al ruido y pendencia, y decía:

-¡Aquí del rey y de la justicia, que, sobre cobrar mi hacienda, me quiere
matar este ladrón salteador de caminos!

-Mentís -respondió Sancho-, que yo no soy salteador de caminos; que en
buena guerra ganó mi señor don Quijote estos despojos.

Ya estaba don Quijote delante, con mucho contento de ver cuán bien se
defendía y ofendía su escudero, y túvole desde allí adelante por hombre de
pro, y propuso en su corazón de armalle caballero en la primera ocasión que
se le ofreciese, por parecerle que sería en él bien empleada la orden de la
caballería. Entre otras cosas que el barbero decía en el discurso de la
pendencia, vino a decir:

-Señores, así esta albarda es mía como la muerte que debo a Dios, y así la
conozco como si la hubiera parido; y ahí está mi asno en el establo, que no
me dejará mentir; si no, pruébensela, y si no le viniere pintiparada, yo
quedaré por infame. Y hay más: que el mismo día que ella se me quitó, me
quitaron también una bacía de azófar nueva, que no se había estrenado, que
era señora de un escudo.

Aquí no se pudo contener don Quijote sin responder: y, poniéndose entre los
dos y apartándoles, depositando la albarda en el suelo, que la tuviese de
manifiesto hasta que la verdad se aclarase, dijo:

-¡Porque vean vuestras mercedes clara y manifiestamente el error en que
está este buen escudero, pues llama bacía a lo que fue, es y será yelmo de
Mambrino, el cual se lo quité yo en buena guerra, y me hice señor dél con
ligítima y lícita posesión! En lo del albarda no me entremeto, que lo que
en ello sabré decir es que mi escudero Sancho me pidió licencia para quitar
los jaeces del caballo deste vencido cobarde, y con ellos adornar el suyo;
yo se la di, y él los tomó, y, de haberse convertido de jaez en albarda, no
sabré dar otra razón si no es la ordinaria: que como esas transformaciones
se ven en los sucesos de la caballería; para confirmación de lo cual,
corre, Sancho hijo, y saca aquí el yelmo que este buen hombre dice ser
bacía.

-¡Pardiez, señor -dijo Sancho-, si no tenemos otra prueba de nuestra
intención que la que vuestra merced dice, tan bacía es el yelmo de Malino
como el jaez deste buen hombre albarda!

-Haz lo que te mando -replicó don Quijote-, que no todas las cosas deste
castillo han de ser guiadas por encantamento.

Sancho fue a do estaba la bacía y la trujo; y, así como don Quijote la vio,
la tomó en las manos y dijo:

-Miren vuestras mercedes con qué cara podía decir este escudero que ésta es
bacía, y no el yelmo que yo he dicho; y juro por la orden de caballería que
profeso que este yelmo fue el mismo que yo le quité, sin haber añadido en
él ni quitado cosa alguna.

-En eso no hay duda -dijo a esta sazón Sancho-, porque desde que mi señor
le ganó hasta agora no ha hecho con él más de una batalla, cuando libró a
los sin ventura encadenados; y si no fuera por este baciyelmo, no lo pasara
entonces muy bien, porque hubo asaz de pedradas en aquel trance.

Capítulo XLV. Donde se acaba de averiguar la duda del yelmo de Mambrino y
de la albarda, y otras aventuras sucedidas, con toda verdad

-¿Qué les parece a vuestras mercedes, señores -dijo el barbero-, de lo que
afirman estos gentiles hombres, pues aún porfían que ésta no es bacía,
sino yelmo?

-Y quien lo contrario dijere -dijo don Quijote-, le haré yo conocer que
miente, si fuere caballero, y si escudero, que remiente mil veces.

Nuestro barbero, que a todo estaba presente, como tenía tan bien conocido
el humor de don Quijote, quiso esforzar su desatino y llevar adelante la
burla para que todos riesen, y dijo, hablando con el otro barbero:

-Señor barbero, o quien sois, sabed que yo también soy de vuestro oficio, y
tengo más ha de veinte años carta de examen, y conozco muy bien de todos
los instrumentos de la barbería, sin que le falte uno; y ni más ni menos
fui un tiempo en mi mocedad soldado, y sé también qué es yelmo, y qué es
morrión, y celada de encaje, y otras cosas tocantes a la milicia, digo, a
los géneros de armas de los soldados; y digo, salvo mejor parecer,
remitiéndome siempre al mejor entendimiento, que esta pieza que está aquí
delante y que este buen señor tiene en las manos, no sólo no es bacía de
barbero, pero está tan lejos de serlo como está lejos lo blanco de lo negro
y la verdad de la mentira; también digo que éste, aunque es yelmo, no es
yelmo entero.

-No, por cierto -dijo don Quijote-, porque le falta la mitad, que es la
babera.

-Así es -dijo el cura, que ya había entendido la intención de su amigo el
barbero.

Y lo mismo confirmó Cardenio, don Fernando y sus camaradas; y aun el oidor,
si no estuviera tan pensativo con el negocio de don Luis, ayudara, por su
parte, a la burla; pero las veras de lo que pensaba le tenían tan suspenso,
que poco o nada atendía a aquellos donaires.

-¡Válame Dios! -dijo a esta sazón el barbero burlado-; ¿que es posible que
tanta gente honrada diga que ésta no es bacía, sino yelmo? Cosa parece ésta
que puede poner en admiración a toda una Universidad, por discreta que sea.
Basta: si es que esta bacía es yelmo, también debe de ser esta albarda jaez
de caballo, como este señor ha dicho.

-A mí albarda me parece -dijo don Quijote-, pero ya he dicho que en eso no
me entremeto.

-De que sea albarda o jaez -dijo el cura- no está en más de decirlo el
señor don Quijote; que en estas cosas de la caballería todos estos señores
y yo le damos la ventaja.

-Por Dios, señores míos -dijo don Quijote-, que son tantas y tan estrañas
las cosas que en este castillo, en dos veces que en él he alojado, me han
sucedido, que no me atreva a decir afirmativamente ninguna cosa de lo que
acerca de lo que en él se contiene se preguntare, porque imagino que cuanto
en él se trata va por vía de encantamento. La primera vez me fatigó mucho
un moro encantado que en él hay, y a Sancho no le fue muy bien con otros
sus secuaces; y anoche estuve colgado deste brazo casi dos horas, sin saber
cómo ni cómo no vine a caer en aquella desgracia. Así que, ponerme yo agora
en cosa de tanta confusión a dar mi parecer, será caer en juicio temerario.
En lo que toca a lo que dicen que ésta es bacía, y no yelmo, ya yo tengo
respondido; pero, en lo de declarar si ésa es albarda o jaez, no me atrevo
a dar sentencia difinitiva: sólo lo dejo al buen parecer de vuestras
mercedes. Quizá por no ser armados caballeros, como yo lo soy, no tendrán
que ver con vuestras mercedes los encantamentos deste lugar, y tendrán los
entendimientos libres, y podrán juzgar de las cosas deste castillo como
ellas son real y verdaderamente, y no como a mí me parecían.

-No hay duda -respondió a esto don Fernando-, sino que el señor don Quijote
ha dicho muy bien hoy que a nosotros toca la difinición deste caso; y,
porque vaya con más fundamento, yo tomaré en secreto los votos destos
señores, y de lo que resultare daré entera y clara noticia.

Para aquellos que la tenían del humor de don Quijote, era todo esto materia
de grandísima risa; pero, para los que le ignoraban, les parecía el mayor
disparate del mundo, especialmente a los cuatro criados de don Luis, y a
don Luis ni más ni menos, y a otros tres pasajeros que acaso habían llegado
a la venta, que tenían parecer de ser cuadrilleros, como, en efeto, lo
eran. Pero el que más se desesperaba era el barbero, cuya bacía, allí
delante de sus ojos, se le había vuelto en yelmo de Mambrino, y cuya
albarda pensaba sin duda alguna que se le había de volver en jaez rico de
caballo; y los unos y los otros se reían de ver cómo andaba don Fernando
tomando los votos de unos en otros, hablándolos al oído para que en secreto
declarasen si era albarda o jaez aquella joya sobre quien tanto se había
peleado. Y, después que hubo tomado los votos de aquellos que a don Quijote
conocían, dijo en alta voz:

-El caso es, buen hombre, que ya yo estoy cansado de tomar tantos
pareceres, porque veo que a ninguno pregunto lo que deseo saber que no me
diga que es disparate el decir que ésta sea albarda de jumento, sino jaez
de caballo, y aun de caballo castizo; y así, habréis de tener paciencia,
porque, a vuestro pesar y al de vuestro asno, éste es jaez y no albarda, y
vos habéis alegado y probado muy mal de vuestra parte.

-No la tenga yo en el cielo -dijo el sobrebarbero- si todos vuestras
mercedes no se engañan, y que así parezca mi ánima ante Dios como ella me
parece a mí albarda, y no jaez; pero allá van leyes..., etcétera; y no digo
más; y en verdad que no estoy borracho: que no me he desayunado, si de
pecar no.

No menos causaban risa las necedades que decía el barbero que los
disparates de don Quijote, el cual a esta sazón dijo:

-Aquí no hay más que hacer, sino que cada uno tome lo que es suyo, y a
quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga.

Uno de los cuatro dijo:

-Si ya no es que esto sea burla pesada, no me puedo persuadir que hombres
de tan buen entendimiento como son, o parecen, todos los que aquí están, se
atrevan a decir y afirmar que ésta no es bacía, ni aquélla albarda; mas,
como veo que lo afirman y lo dicen, me doy a entender que no carece de
misterio el porfiar una cosa tan contraria de lo que nos muestra la misma
verdad y la misma experiencia; porque, ¡voto a tal! -y arrojóle redondo-,
que no me den a mí a entender cuantos hoy viven en el mundo al revés de que
ésta no sea bacía de barbero y ésta albarda de asno.

-Bien podría ser de borrica -dijo el cura.

-Tanto monta -dijo el criado-, que el caso no consiste en eso, sino en si
es o no es albarda, como vuestras mercedes dicen.

Oyendo esto uno de los cuadrilleros que habían entrado, que había oído la
pendencia y quistión, lleno de cólera y de enfado, dijo:

-Tan albarda es como mi padre; y el que otra cosa ha dicho o dijere debe de
estar hecho uva.

-Mentís como bellaco villano -respondió don Quijote.

Y, alzando el lanzón, que nunca le dejaba de las manos, le iba a descargar
tal golpe sobre la cabeza, que, a no desviarse el cuadrillero, se le dejara
allí tendido. El lanzón se hizo pedazos en el suelo, y los demás
cuadrilleros, que vieron tratar mal a su compañero, alzaron la voz pidiendo
favor a la Santa Hermandad.

El ventero, que era de la cuadrilla, entró al punto por su varilla y por su
espada, y se puso al lado de sus compañeros; los criados de don Luis
rodearon a don Luis, porque con el alboroto no se les fuese; el barbero,
viendo la casa revuelta, tornó a asir de su albarda, y lo mismo hizo
Sancho; don Quijote puso mano a su espada y arremetió a los cuadrilleros.
Don Luis daba voces a sus criados que le dejasen a él y acorriesen a don
Quijote, y a Cardenio, y a don Fernando, que todos favorecían a don
Quijote. El cura daba voces, la ventera gritaba, su hija se afligía,
Maritornes lloraba, Dorotea estaba confusa, Luscinda suspensa y doña Clara
desmayada. El barbero aporreaba a Sancho, Sancho molía al barbero; don
Luis, a quien un criado suyo se atrevió a asirle del brazo porque no se
fuese, le dio una puñada que le bañó los dientes en sangre; el oidor le
defendía, don Fernando tenía debajo de sus pies a un cuadrillero,
midiéndole el cuerpo con ellos muy a su sabor. El ventero tornó a reforzar
la voz, pidiendo favor a la Santa Hermandad: de modo que toda la venta era
llantos, voces, gritos, confusiones, temores, sobresaltos, desgracias,
cuchilladas, mojicones, palos, coces y efusión de sangre. Y, en la mitad
deste caos, máquina y laberinto de cosas, se le representó en la memoria de
don Quijote que se veía metido de hoz y de coz en la discordia del campo de
Agramante; y así dijo, con voz que atronaba la venta:

-¡Ténganse todos; todos envainen; todos se sosieguen; óiganme todos, si
todos quieren quedar con vida!

A cuya gran voz, todos se pararon, y él prosiguió diciendo:

-¿No os dije yo, señores, que este castillo era encantado, y que alguna
región de demonios debe de habitar en él? En confirmación de lo cual,
quiero que veáis por vuestros ojos cómo se ha pasado aquí y trasladado
entre nosotros la discordia del campo de Agramante. Mirad cómo allí se
pelea por la espada, aquí por el caballo, acullá por el águila, acá por el
yelmo, y todos peleamos, y todos no nos entendemos. Venga, pues, vuestra
merced, señor oidor, y vuestra merced, señor cura, y el uno sirva de rey
Agramante, y el otro de rey Sobrino, y pónganos en paz; porque por Dios
Todopoderoso que es gran bellaquería que tanta gente principal como aquí
estamos se mate por causas tan livianas.

Los cuadrilleros, que no entendían el frasis de don Quijote, y se veían
malparados de don Fernando, Cardenio y sus camaradas, no querían sosegarse;
el barbero sí, porque en la pendencia tenía deshechas las barbas y el
albarda; Sancho, a la más mínima voz de su amo, obedeció como buen criado;
los cuatro criados de don Luis también se estuvieron quedos, viendo cuán
poco les iba en no estarlo. Sólo el ventero porfiaba que se habían de
castigar las insolencias de aquel loco, que a cada paso le alborotaba la
venta. Finalmente, el rumor se apaciguó por entonces, la albarda se quedó
por jaez hasta el día del juicio, y la bacía por yelmo y la venta por
castillo en la imaginación de don Quijote.

Puestos, pues, ya en sosiego, y hechos amigos todos a persuasión del oidor
y del cura, volvieron los criados de don Luis a porfiarle que al momento se
viniese con ellos; y, en tanto que él con ellos se avenía, el oidor
comunicó con don Fernando, Cardenio y el cura qué debía hacer en aquel
caso, contándoseles con las razones que don Luis le había dicho. En fin,
fue acordado que don Fernando dijese a los criados de don Luis quién él era
y cómo era su gusto que don Luis se fuese con él al Andalucía, donde de su
hermano el marqués sería estimado como el valor de don Luis merecía; porque
desta manera se sabía de la intención de don Luis que no volvería por
aquella vez a los ojos de su padre, si le hiciesen pedazos. Entendida,
pues, de los cuatro la calidad de don Fernando y la intención de don Luis,
determinaron entre ellos que los tres se volviesen a contar lo que pasaba a
su padre, y el otro se quedase a servir a don Luis, y a no dejalle hasta
que ellos volviesen por él, o viese lo que su padre les ordenaba.

Desta manera se apaciguó aquella máquina de pendencias, por la autoridad de
Agramante y prudencia del rey Sobrino; pero, viéndose el enemigo de la
concordia y el émulo de la paz menospreciado y burlado, y el poco fruto que
había granjeado de haberlos puesto a todos en tan confuso laberinto, acordó
de probar otra vez la mano, resucitando nuevas pendencias y desasosiegos.

Es, pues, el caso que los cuadrilleros se sosegaron, por haber entreoído la
calidad de los que con ellos se habían combatido, y se retiraron de la
pendencia, por parecerles que, de cualquiera manera que sucediese, habían
de llevar lo peor de la batalla; pero uno dellos, que fue el que fue molido
y pateado por don Fernando, le vino a la memoria que, entre algunos
mandamientos que traía para prender a algunos delincuentes, traía uno
contra don Quijote, a quien la Santa Hermandad había mandado prender, por
la libertad que dio a los galeotes, y como Sancho, con mucha razón, había
temido.

Imaginando, pues, esto, quiso certificarse si las señas que de don Quijote
traía venían bien, y, sacando del seno un pergamino, topó con el que
buscaba; y, poniéndosele a leer de espacio, porque no era buen lector, a
cada palabra que leía ponía los ojos en don Quijote, y iba cotejando las
señas del mandamiento con el rostro de don Quijote, y halló que, sin duda
alguna, era el que el mandamiento rezaba. Y, apenas se hubo certificado,
cuando, recogiendo su pergamino, en la izquierda tomó el mandamiento, y con
la derecha asió a don Quijote del cuello fuertemente, que no le dejaba
alentar, y a grandes voces decía:

-¡Favor a la Santa Hermandad! Y, para que se vea que lo pido de veras,
léase este mandamiento, donde se contiene que se prenda a este salteador de
caminos.

Tomó el mandamiento el cura, y vio como era verdad cuanto el cuadrillero
decía, y cómo convenía con las señas con don Quijote; el cual, viéndose
tratar mal de aquel villano malandrín, puesta la cólera en su punto y
crujiéndole los huesos de su cuerpo, como mejor pudo él, asió al
cuadrillero con entrambas manos de la garganta, que, a no ser socorrido de
sus compañeros, allí dejara la vida antes que don Quijote la presa. El
ventero, que por fuerza había de favorecer a los de su oficio, acudió luego
a dalle favor. La ventera, que vio de nuevo a su marido en pendencias, de
nuevo alzó la voz, cuyo tenor le llevaron luego Maritornes y su hija,
pidiendo favor al cielo y a los que allí estaban. Sancho dijo, viendo lo
que pasaba:

-¡Vive el Señor, que es verdad cuanto mi amo dice de los encantos deste
castillo, pues no es posible vivir una hora con quietud en él!

Don Fernando despartió al cuadrillero y a don Quijote, y, con gusto de
entrambos, les desenclavijó las manos, que el uno en el collar del sayo del
uno, y el otro en la garganta del otro, bien asidas tenían; pero no por
esto cesaban los cuadrilleros de pedir su preso, y que les ayudasen a
dársele atado y entregado a toda su voluntad, porque así convenía al
servicio del rey y de la Santa Hermandad, de cuya parte de nuevo les pedían
socorro y favor para hacer aquella prisión de aquel robador y salteador de
sendas y de carreras. Reíase de oír decir estas razones don Quijote; y, con
mucho sosiego, dijo:

-Venid acá, gente soez y malnacida: ¿saltear de caminos llamáis al dar
libertad a los encadenados, soltar los presos, acorrer a los miserables,
alzar los caídos, remediar los menesterosos? ¡Ah gente infame, digna por
vuestro bajo y vil entendimiento que el cielo no os comunique el valor que
se encierra en la caballería andante, ni os dé a entender el pecado e
ignorancia en que estáis en no reverenciar la sombra, cuanto más la
asistencia, de cualquier caballero andante! Venid acá, ladrones en
cuadrilla, que no cuadrilleros, salteadores de caminos con licencia de la
Santa Hermandad; decidme: ¿quién fue el ignorante que firmó mandamiento de
prisión contra un tal caballero como yo soy? ¿Quién el que ignoró que son
esentos de todo judicial fuero los caballeros andantes, y que su ley es su
espada; sus fueros, sus bríos; sus premáticas, su voluntad? ¿Quién fue el
mentecato, vuelvo a decir, que no sabe que no hay secutoria de hidalgo con
tantas preeminencias, ni esenciones, como la que adquiere un caballero
andante el día que se arma caballero y se entrega al duro ejercicio de la
caballería? ¿Qué caballero andante pagó pecho, alcabala, chapín de la
reina, moneda forera, portazgo ni barca? ¿Qué sastre le llevó hechura de
vestido que le hiciese? ¿Qué castellano le acogió en su castillo que le
hiciese pagar el escote? ¿Qué rey no le asentó a su mesa? ¿Qué doncella no
se le aficionó y se le entregó rendida, a todo su talante y voluntad? Y,
finalmente, ¿qué caballero andante ha habido, hay ni habrá en el mundo, que
no tenga bríos para dar él solo cuatrocientos palos a cuatrocientos
cuadrilleros que se le pongan delante?

Capítulo XLVI. De la notable aventura de los cuadrilleros, y la gran
ferocidad de nuestro buen caballero don Quijote

En tanto que don Quijote esto decía, estaba persuadiendo el cura a los
cuadrilleros como don Quijote era falto de juicio, como lo veían por sus
obras y por sus palabras, y que no tenían para qué llevar aquel negocio
adelante, pues, aunque le prendiesen y llevasen, luego le habían de dejar
por loco; a lo que respondió el del mandamiento que a él no tocaba juzgar
de la locura de don Quijote, sino hacer lo que por su mayor le era mandado,
y que una vez preso, siquiera le soltasen trecientas.

-Con todo eso -dijo el cura-, por esta vez no le habéis de llevar, ni aun
él dejará llevarse, a lo que yo entiendo.

En efeto, tanto les supo el cura decir, y tantas locuras supo don Quijote
hacer, que más locos fueran que no él los cuadrilleros si no conocieran la
falta de don Quijote; y así, tuvieron por bien de apaciguarse, y aun de ser
medianeros de hacer las paces entre el barbero y Sancho Panza, que todavía
asistían con gran rancor a su pendencia. Finalmente, ellos, como miembros
de justicia, mediaron la causa y fueron árbitros della, de tal modo que
ambas partes quedaron, si no del todo contentas, a lo menos en algo
satisfechas, porque se trocaron las albardas, y no las cinchas y jáquimas;
y en lo que tocaba a lo del yelmo de Mambrino, el cura, a socapa y sin que
don Quijote lo entendiese, le dio por la bacía ocho reales, y el barbero le
hizo una cédula del recibo y de no llamarse a engaño por entonces, ni por
siempre jamás amén.

Sosegadas, pues, estas dos pendencias, que eran las más principales y de
más tomo, restaba que los criados de don Luis se contentasen de volver los
tres, y que el uno quedase para acompañarle donde don Fernando le quería
llevar; y, como ya la buena suerte y mejor fortuna había comenzado a romper
lanzas y a facilitar dificultades en favor de los amantes de la venta y de
los valientes della, quiso llevarlo al cabo y dar a todo felice suceso,
porque los criados se contentaron de cuanto don Luis quería; de que recibió
tanto contento doña Clara, que ninguno en aquella sazón la mirara al rostro
que no conociera el regocijo de su alma.

Zoraida, aunque no entendía bien todos los sucesos que había visto, se
entristecía y alegraba a bulto, conforme veía y notaba los semblantes a
cada uno, especialmente de su español, en quien tenía siempre puestos los
ojos y traía colgada el alma. El ventero, a quien no se le pasó por alto
la dádiva y recompensa que el cura había hecho al barbero, pidió el escote
de don Quijote, con el menoscabo de sus cueros y falta de vino, jurando que
no saldría de la venta Rocinante, ni el jumento de Sancho, sin que se le
pagase primero hasta el último ardite. Todo lo apaciguó el cura, y lo pagó
don Fernando, puesto que el oidor, de muy buena voluntad, había también
ofrecido la paga; y de tal manera quedaron todos en paz y sosiego, que ya
no parecía la venta la discordia del campo de Agramante, como don Quijote
había dicho, sino la misma paz y quietud del tiempo de Otaviano; de todo lo
cual fue común opinión que se debían dar las gracias a la buena intención y
mucha elocuencia del señor cura y a la incomparable liberalidad de don
Fernando.

Viéndose, pues, don Quijote libre y desembarazado de tantas pendencias, así
de su escudero como suyas, le pareció que sería bien seguir su comenzado
viaje y dar fin a aquella grande aventura para que había sido llamado y
escogido; y así, con resoluta determinación se fue a poner de hinojos ante
Dorotea, la cual no le consintió que hablase palabra hasta que se
levantase; y él, por obedecella, se puso en pie y le dijo:

-Es común proverbio, fermosa señora, que la diligencia es madre de la buena
ventura, y en muchas y graves cosas ha mostrado la experiencia que la
solicitud del negociante trae a buen fin el pleito dudoso; pero en ningunas
cosas se muestra más esta verdad que en las de la guerra, adonde la
celeridad y presteza previene los discursos del enemigo, y alcanza la
vitoria antes que el contrario se ponga en defensa. Todo esto digo, alta y
preciosa señora, porque me parece que la estada nuestra en este castillo ya
es sin provecho, y podría sernos de tanto daño que lo echásemos de ver
algún día; porque, ¿quién sabe si por ocultas espías y diligentes habrá
sabido ya vuestro enemigo el gigante de que yo voy a destruille?; y,
dándole lugar el tiempo, se fortificase en algún inexpugnable castillo o
fortaleza contra quien valiesen poco mis diligencias y la fuerza de mi
incansable brazo. Así que, señora mía, prevengamos, como tengo dicho, con
nuestra diligencia sus designios, y partámonos luego a la buena ventura;
que no está más de tenerla vuestra grandeza como desea, de cuanto yo tarde
de verme con vuestro contrario.

Calló y no dijo más don Quijote, y esperó con mucho sosiego la respuesta de
la fermosa infanta; la cual, con ademán señoril y acomodado al estilo de
don Quijote, le respondió desta manera:

-Yo os agradezco, señor caballero, el deseo que mostráis tener de
favorecerme en mi gran cuita, bien así como caballero, a quien es anejo y
concerniente favorecer los huérfanos y menesterosos; y quiera el cielo que
el vuestro y mi deseo se cumplan, para que veáis que hay agradecidas
mujeres en el mundo. Y en lo de mi partida, sea luego; que yo no tengo más
voluntad que la vuestra: disponed vos de mí a toda vuestra guisa y talante;
que la que una vez os entregó la defensa de su persona y puso en vuestras
manos la restauración de sus señoríos no ha de querer ir contra lo que la
vuestra prudencia ordenare.

-A la mano de Dios -dijo don Quijote-; pues así es que una señora se me
humilla, no quiero yo perder la ocasión de levantalla y ponella en su
heredado trono. La partida sea luego, porque me va poniendo espuelas al
deseo y al camino lo que suele decirse que en la tardanza está el peligro.
Y, pues no ha criado el cielo, ni visto el infierno, ninguno que me espante
ni acobarde, ensilla, Sancho, a Rocinante, y apareja tu jumento y el
palafrén de la reina, y despidámonos del castellano y destos señores, y
vamos de aquí luego al punto.

Sancho, que a todo estaba presente, dijo, meneando la cabeza a una parte y
a otra:

-¡Ay señor, señor, y cómo hay más mal en el aldegüela que se suena, con
perdón sea dicho de las tocadas honradas!

-¿Qué mal puede haber en ninguna aldea, ni en todas las ciudades del mundo,
que pueda sonarse en menoscabo mío, villano?

-Si vuestra merced se enoja -respondió Sancho-, yo callaré, y dejaré de
decir lo que soy obligado como buen escudero, y como debe un buen criado
decir a su señor.

-Di lo que quisieres -replicó don Quijote-, como tus palabras no se
encaminen a ponerme miedo; que si tú le tienes, haces como quien eres, y si
yo no le tengo, hago como quien soy.

-No es eso, ¡pecador fui yo a Dios! -respondió Sancho-, sino que yo tengo
por cierto y por averiguado que esta señora que se dice ser reina del gran
reino Micomicón no lo es más que mi madre; porque, a ser lo que ella dice,
no se anduviera hocicando con alguno de los que están en la rueda, a vuelta
de cabeza y a cada traspuesta.

Paróse colorada con las razones de Sancho Dorotea, porque era verdad que su
esposo don Fernando, alguna vez, a hurto de otros ojos, había cogido con
los labios parte del premio que merecían sus deseos (lo cual había visto
Sancho, y pareciéndole que aquella desenvoltura más era de dama cortesana
que de reina de tan gran reino), y no pudo ni quiso responder palabra a
Sancho, sino dejóle proseguir en su plática, y él fue diciendo:

-Esto digo, señor, porque, si al cabo de haber andado caminos y carreras, y
pasado malas noches y peores días, ha de venir a coger el fruto de nuestros
trabajos el que se está holgando en esta venta, no hay para qué darme
priesa a que ensille a Rocinante, albarde el jumento y aderece al palafrén,
pues será mejor que nos estemos quedos, y cada puta hile, y comamos.

¡Oh, válame Dios, y cuán grande que fue el enojo que recibió don Quijote,
oyendo las descompuestas palabras de su escudero! Digo que fue tanto, que,
con voz atropellada y tartamuda lengua, lanzando vivo fuego por los ojos,
dijo:

-¡Oh bellaco villano, mal mirado, descompuesto, ignorante, infacundo,
deslenguado, atrevido, murmurador y maldiciente! ¿Tales palabras has osado
decir en mi presencia y en la destas ínclitas señoras, y tales
deshonestidades y atrevimientos osaste poner en tu confusa imaginación?
¡Vete de mi presencia, monstruo de naturaleza, depositario de mentiras,
almario de embustes, silo de bellaquerías, inventor de maldades, publicador
de sandeces, enemigo del decoro que se debe a las reales personas! ¡Vete;
no parezcas delante de mí, so pena de mi ira!

Y, diciendo esto, enarcó las cejas, hinchó los carrillos, miró a todas
partes, y dio con el pie derecho una gran patada en el suelo, señales todas
de la ira que encerraba en sus entrañas. A cuyas palabras y furibundos
ademanes quedó Sancho tan encogido y medroso, que se holgara que en aquel
instante se abriera debajo de sus pies la tierra y le tragara. Y no supo
qué hacerse, sino volver las espaldas y quitarse de la enojada presencia de
su señor. Pero la discreta Dorotea, que tan entendido tenía ya el humor de
don Quijote, dijo, para templarle la ira:

-No os despechéis, señor Caballero de la Triste Figura, de las sandeces que
vuestro buen escudero ha dicho, porque quizá no las debe de decir sin
ocasión, ni de su buen entendimiento y cristiana conciencia se puede
sospechar que levante testimonio a nadie; y así, se ha de creer, sin poner
duda en ello, que, como en este castillo, según vos, señor caballero,
decís, todas las cosas van y suceden por modo de encantamento, podría ser,
digo, que Sancho hubiese visto por esta diabólica vía lo que él dice que
vio, tan en ofensa de mi honestidad.

-Por el omnipotente Dios juro -dijo a esta sazón don Quijote-, que la
vuestra grandeza ha dado en el punto, y que alguna mala visión se le puso
delante a este pecador de Sancho, que le hizo ver lo que fuera imposible
verse de otro modo que por el de encantos no fuera; que sé yo bien de la
bondad e inocencia deste desdichado, que no sabe levantar testimonios a
nadie.

-Ansí es y ansí será -dijo don Fernando-; por lo cual debe vuestra merced,
señor don Quijote, perdonalle y reducille al gremio de su gracia, sicut
erat in principio, antes que las tales visiones le sacasen de juicio.

Don Quijote respondió que él le perdonaba, y el cura fue por Sancho, el
cual vino muy humilde, y, hincándose de rodillas, pidió la mano a su amo; y
él se la dio, y, después de habérsela dejado besar, le echó la bendición,
diciendo:

-Agora acabarás de conocer, Sancho hijo, ser verdad lo que yo otras muchas
veces te he dicho de que todas las cosas deste castillo son hechas por vía
de encantamento.

-Así lo creo yo -dijo Sancho-, excepto aquello de la manta, que realmente
sucedió por vía ordinaria.

-No lo creas -respondió don Quijote-; que si así fuera, yo te vengara
entonces, y aun agora; pero ni entonces ni agora pude ni vi en quién tomar
venganza de tu agravio.

Desearon saber todos qué era aquello de la manta, y el ventero lo contó,
punto por punto: la volatería de Sancho Panza, de que no poco se rieron
todos; y de que no menos se corriera Sancho, si de nuevo no le asegurara su
amo que era encantamento; puesto que jamás llegó la sandez de Sancho a
tanto, que creyese no ser verdad pura y averiguada, sin mezcla de engaño
alguno, lo de haber sido manteado por personas de carne y hueso, y no por
fantasmas soñadas ni imaginadas, como su señor lo creía y lo afirmaba.

Dos días eran ya pasados los que había que toda aquella ilustre compañía
estaba en la venta; y, pareciéndoles que ya era tiempo de partirse, dieron
orden para que, sin ponerse al trabajo de volver Dorotea y don Fernando con
don Quijote a su aldea, con la invención de la libertad de la reina
Micomicona, pudiesen el cura y el barbero llevársele, como deseaban, y
procurar la cura de su locura en su tierra. Y lo que ordenaron fue que se
concertaron con un carretero de bueyes que acaso acertó a pasar por allí,
para que lo llevase en esta forma: hicieron una como jaula de palos
enrejados, capaz que pudiese en ella caber holgadamente don Quijote; y
luego don Fernando y sus camaradas, con los criados de don Luis y los
cuadrilleros, juntamente con el ventero, todos por orden y parecer del
cura, se cubrieron los rostros y se disfrazaron, quién de una manera y
quién de otra, de modo que a don Quijote le pareciese ser otra gente de la
que en aquel castillo había visto.

Hecho esto, con grandísimo silencio se entraron adonde él estaba durmiendo
y descansando de las pasadas refriegas. Llegáronse a él, que libre y seguro
de tal acontecimiento dormía, y, asiéndole fuertemente, le ataron muy bien
las manos y los pies, de modo que, cuando él despertó con sobresalto, no
pudo menearse, ni hacer otra cosa más que admirarse y suspenderse de ver
delante de sí tan estraños visajes; y luego dio en la cuenta de lo que su
continua y desvariada imaginación le representaba, y se creyó que todas
aquellas figuras eran fantasmas de aquel encantado castillo, y que, sin
duda alguna, ya estaba encantado, pues no se podía menear ni defender: todo
a punto como había pensado que sucedería el cura, trazador desta máquina.
Sólo Sancho, de todos los presentes, estaba en su mesmo juicio y en su
mesma figura; el cual, aunque le faltaba bien poco para tener la mesma
enfermedad de su amo, no dejó de conocer quién eran todas aquellas
contrahechas figuras; mas no osó descoser su boca, hasta ver en qué paraba
aquel asalto y prisión de su amo, el cual tampoco hablaba palabra,
atendiendo a ver el paradero de su desgracia; que fue que, trayendo allí la
jaula, le encerraron dentro, y le clavaron los maderos tan fuertemente que
no se pudieran romper a dos tirones.

Tomáronle luego en hombros, y, al salir del aposento, se oyó una voz
temerosa, todo cuanto la supo formar el barbero, no el del albarda, sino el
otro, que decía:

-¡Oh Caballero de la Triste Figura!, no te dé afincamiento la prisión en
que vas, porque así conviene para acabar más presto la aventura en que tu
gran esfuerzo te puso; la cual se acabará cuando el furibundo león manchado
con la blanca paloma tobosina yoguieren en uno, ya después de
humilladas las altas cervices al blando yugo matrimoñesco; de cuyo inaudito
consorcio saldrán a la luz del orbe los bravos cachorros, que imitarán las
rumpantes garras del valeroso padre. Y esto será antes que el seguidor de
la fugitiva ninfa faga dos vegadas la visita de las lucientes imágines con
su rápido y natural curso. Y tú, ¡oh, el más noble y obediente escudero que
tuvo espada en cinta, barbas en rostro y olfato en las narices!, no te
desmaye ni descontente ver llevar ansí delante de tus ojos mesmos a la flor
de la caballería andante; que presto, si al plasmador del mundo le place,
te verás tan alto y tan sublimado que no te conozcas, y no saldrán
defraudadas las promesas que te ha fecho tu buen señor. Y asegúrote, de
parte de la sabia Mentironiana, que tu salario te sea pagado, como lo verás
por la obra; y sigue las pisadas del valeroso y encantado caballero, que
conviene que vayas donde paréis entrambos. Y, porque no me es lícito decir
otra cosa, a Dios quedad, que yo me vuelvo adonde yo me sé.

Y, al acabar de la profecía, alzó la voz de punto, y diminuyóla después,
con tan tierno acento, que aun los sabidores de la burla estuvieron por
creer que era verdad lo que oían.

Quedó don Quijote consolado con la escuchada profecía, porque luego coligió
de todo en todo la significación de ella; y vio que le prometían el verse
ayuntados en santo y debido matrimonio con su querida Dulcinea del Toboso,
de cuyo felice vientre saldrían los cachorros, que eran sus hijos, para
gloria perpetua de la Mancha. Y, creyendo esto bien y firmemente, alzó la
voz, y, dando un gran suspiro, dijo:

-¡Oh tú, quienquiera que seas, que tanto bien me has pronosticado!, ruégote
que pidas de mi parte al sabio encantador que mis cosas tiene a cargo, que
no me deje perecer en esta prisión donde agora me llevan, hasta ver
cumplidas tan alegres e incomparables promesas como son las que aquí se me
han hecho; que, como esto sea, tendré por gloria las penas de mi cárcel, y
por alivio estas cadenas que me ciñen, y no por duro campo de batalla este
lecho en que me acuestan, sino por cama blanda y tálamo dichoso. Y, en lo
que toca a la consolación de Sancho Panza, mi escudero, yo confío de su
bondad y buen proceder que no me dejará en buena ni en mala suerte; porque,
cuando no suceda, por la suya o por mi corta ventura, el poderle yo dar la
ínsula, o otra cosa equivalente que le tengo prometida, por lo menos su
salario no podrá perderse; que en mi testamento, que ya está hecho, dejo
declarado lo que se le ha de dar, no conforme a sus muchos y buenos
servicios, sino a la posibilidad mía.

Sancho Panza se le inclinó con mucho comedimiento, y le besó entrambas las
manos, porque la una no pudiera, por estar atadas entrambas.

Luego tomaron la jaula en hombros aquellas visiones, y la acomodaron en el
carro de los bueyes.

Capítulo XLVII. Del estraño modo con que fue encantado don Quijote de la
Mancha, con otros famosos sucesos

Cuando don Quijote se vio de aquella manera enjaulado y encima del carro,
dijo:

-Muchas y muy graves historias he yo leído de caballeros andantes, pero
jamás he leído, ni visto, ni oído, que a los caballeros encantados los
lleven desta manera y con el espacio que prometen estos perezosos y tardíos
animales; porque siempre los suelen llevar por los aires, con estraña
ligereza, encerrados en alguna parda y escura nube, o en algún carro de
fuego, o ya sobre algún hipogrifo o otra bestia semejante; pero que me
lleven a mí agora sobre un carro de bueyes, ¡vive Dios que me pone en
confusión! Pero quizá la caballería y los encantos destos nuestros tiempos
deben de seguir otro camino que siguieron los antiguos. Y también podría
ser que, como yo soy nuevo caballero en el mundo, y el primero que ha
resucitado el ya olvidado ejercicio de la caballería aventurera, también
nuevamente se hayan inventado otros géneros de encantamentos y otros modos
de llevar a los encantados. ¿Qué te parece desto, Sancho hijo?

-No sé yo lo que me parece -respondió Sancho-, por no ser tan leído como
vuestra merced en las escrituras andantes; pero, con todo eso, osaría
afirmar y jurar que estas visiones que por aquí andan, que no son del todo
católicas.

-¿Católicas? ¡Mi padre! -respondió don Quijote-. ¿Cómo han de ser católicas
si son todos demonios que han tomado cuerpos fantásticos para venir a hacer
esto y a ponerme en este estado? Y si quieres ver esta verdad, tócalos y
pálpalos, y verás como no tienen cuerpo sino de aire, y como no consiste
más de en la apariencia.

-Par Dios, señor -replicó Sancho-, ya yo los he tocado; y este diablo que
aquí anda tan solícito es rollizo de carnes, y tiene otra propiedad muy
diferente de la que yo he oído decir que tienen los demonios; porque, según
se dice, todos huelen a piedra azufre y a otros malos olores; pero éste
huele a ámbar de media legua.

Decía esto Sancho por don Fernando, que, como tan señor, debía de oler a lo
que Sancho decía.

-No te maravilles deso, Sancho amigo -respondió don Quijote-, porque te
hago saber que los diablos saben mucho, y, puesto que traigan olores
consigo, ellos no huelen nada, porque son espíritus, y si huelen, no pueden
oler cosas buenas, sino malas y hidiondas. Y la razón es que como ellos,
dondequiera que están, traen el infierno consigo, y no pueden recebir
género de alivio alguno en sus tormentos, y el buen olor sea cosa que
deleita y contenta, no es posible que ellos huelan cosa buena. Y si a ti te
parece que ese demonio que dices huele a ámbar, o tú te engañas, o él
quiere engañarte con hacer que no le tengas por demonio.

Todos estos coloquios pasaron entre amo y criado; y, temiendo don Fernando
y Cardenio que Sancho no viniese a caer del todo en la cuenta de su
invención, a quien andaba ya muy en los alcances, determinaron de abreviar
con la partida; y, llamando aparte al ventero, le ordenaron que ensillase a
Rocinante y enalbardase el jumento de Sancho; el cual lo hizo con mucha
presteza.

Ya en esto, el cura se había concertado con los cuadrilleros que le
acompañasen hasta su lugar, dándoles un tanto cada día. Colgó Cardenio del
arzón de la silla de Rocinante, del un cabo la adarga y del otro la bacía,
y por señas mandó a Sancho que subiese en su asno y tomase de las riendas
a Rocinante, y puso a los dos lados del carro a los dos cuadrilleros con
sus escopetas. Pero, antes que se moviese el carro, salió la ventera, su
hija y Maritornes a despedirse de don Quijote, fingiendo que lloraban de
dolor de su desgracia; a quien don Quijote dijo:

-No lloréis, mis buenas señoras, que todas estas desdichas son anexas a los
que profesan lo que yo profeso; y si estas calamidades no me acontecieran,
no me tuviera yo por famoso caballero andante; porque a los caballeros de
poco nombre y fama nunca les suceden semejantes casos, porque no hay en el
mundo quien se acuerde dellos. A los valerosos sí, que tienen envidiosos de
su virtud y valentía a muchos príncipes y a muchos otros caballeros, que
procuran por malas vías destruir a los buenos. Pero, con todo eso, la
virtud es tan poderosa que, por sí sola, a pesar de toda la nigromancia que
supo su primer inventor, Zoroastes, saldrá vencedora de todo trance, y dará
de sí luz en el mundo, como la da el sol en el cielo. Perdonadme, fermosas
damas, si algún desaguisado, por descuido mío, os he fecho, que, de
voluntad y a sabiendas, jamás le di a nadie; y rogad a Dios me saque destas
prisiones, donde algún mal intencionado encantador me ha puesto; que si de
ellas me veo libre, no se me caerá de la memoria las mercedes que en este
castillo me habedes fecho, para gratificallas, servillas y recompensallas
como ellas merecen.

En tanto que las damas del castillo esto pasaban con don Quijote, el cura y
el barbero se despidieron de don Fernando y sus camaradas, y del capitán y
de su hermano y todas aquellas contentas señoras, especialmente de Dorotea
y Luscinda. Todos se abrazaron y quedaron de darse noticia de sus sucesos,
diciendo don Fernando al cura dónde había de escribirle para avisarle en lo
que paraba don Quijote, asegurándole que no habría cosa que más gusto le
diese que saberlo; y que él, asimesmo, le avisaría de todo aquello que él
viese que podría darle gusto, así de su casamiento como del bautismo de
Zoraida, y suceso de don Luis, y vuelta de Luscinda a su casa. El cura
ofreció de hacer cuanto se le mandaba, con toda puntualidad. Tornaron a
abrazarse otra vez, y otra vez tornaron a nuevos ofrecimientos.

El ventero se llegó al cura y le dio unos papeles, diciéndole que los había
hallado en un aforro de la maleta donde se halló la Novela del curioso
impertinente, y que, pues su dueño no había vuelto más por allí, que se los
llevase todos; que, pues él no sabía leer, no los quería. El cura se lo
agradeció, y, abriéndolos luego, vio que al principio de lo escrito decía:
Novela de Rinconete y Cortadillo, por donde entendió ser alguna novela y
coligió que, pues la del Curioso impertinente había sido buena, que también
lo sería aquélla, pues podría ser fuesen todas de un mesmo autor; y así, la
guardó, con prosupuesto de leerla cuando tuviese comodidad.

Subió a caballo, y también su amigo el barbero, con sus antifaces, porque
no fuesen luego conocidos de don Quijote, y pusiéronse a caminar tras el
carro. Y la orden que llevaban era ésta: iba primero el carro, guiándole su
dueño; a los dos lados iban los cuadrilleros, como se ha dicho, con sus
escopetas; seguía luego Sancho Panza sobre su asno, llevando de rienda a
Rocinante. Detrás de todo esto iban el cura y el barbero sobre sus
poderosas mulas, cubiertos los rostros, como se ha dicho, con grave y
reposado continente, no caminando más de lo que permitía el paso tardo de
los bueyes. Don Quijote iba sentado en la jaula, las manos atadas, tendidos
los pies, y arrimado a las verjas, con tanto silencio y tanta paciencia
como si no fuera hombre de carne, sino estatua de piedra.

Y así, con aquel espacio y silencio caminaron hasta dos leguas, que
llegaron a un valle, donde le pareció al boyero ser lugar acomodado para
reposar y dar pasto a los bueyes; y, comunicándolo con el cura, fue de
parecer el barbero que caminasen un poco más, porque él sabía, detrás de un
recuesto que cerca de allí se mostraba, había un valle de más yerba y mucho
mejor que aquel donde parar querían. Tomóse el parecer del barbero, y así,
tornaron a proseguir su camino.

En esto, volvió el cura el rostro, y vio que a sus espaldas venían hasta
seis o siete hombres de a caballo, bien puestos y aderezados, de los cuales
fueron presto alcanzados, porque caminaban no con la flema y reposo de los
bueyes, sino como quien iba sobre mulas de canónigos y con deseo de llegar
presto a sestear a la venta, que menos de una legua de allí se parecía.
Llegaron los diligentes a los perezosos y saludáronse cortésmente; y uno de
los que venían, que, en resolución, era canónigo de Toledo y señor de los
demás que le acompañaban, viendo la concertada procesión del carro,
cuadrilleros, Sancho, Rocinante, cura y barbero, y más a don Quijote,
enjaulado y aprisionado, no pudo dejar de preguntar qué significaba llevar
aquel hombre de aquella manera; aunque ya se había dado a entender, viendo
las insignias de los cuadrilleros, que debía de ser algún facinoroso
salteador, o otro delincuente cuyo castigo tocase a la Santa Hermandad. Uno
de los cuadrilleros, a quien fue hecha la pregunta, respondió ansí:

-Señor, lo que significa ir este caballero desta manera, dígalo él, porque
nosotros no lo sabemos.

Oyó don Quijote la plática, y dijo:

-¿Por dicha vuestras mercedes, señores caballeros, son versados y perictos
en esto de la caballería andante? Porque si lo son, comunicaré con ellos
mis desgracias, y si no, no hay para qué me canse en decillas.

Y, a este tiempo, habían ya llegado el cura y el barbero, viendo que los
caminantes estaban en pláticas con don Quijote de la Mancha, para responder
de modo que no fuese descubierto su artificio.

El canónigo, a lo que don Quijote dijo, respondió:

-En verdad, hermano, que sé más de libros de caballerías que de las Súmulas
de Villalpando. Ansí que, si no está más que en esto, seguramente podéis
comunicar conmigo lo que quisiéredes.

-A la mano de Dios -replicó don Quijote-. Pues así es, quiero, señor
caballero, que sepades que yo voy encantado en esta jaula, por envidia y
fraude de malos encantadores; que la virtud más es perseguida de los malos
que amada de los buenos. Caballero andante soy, y no de aquellos de cuyos
nombres jamás la Fama se acordó para eternizarlos en su memoria, sino de
aquellos que, a despecho y pesar de la mesma envidia, y de cuantos magos
crió Persia, bracmanes la India, ginosofistas la Etiopía, ha de poner su
nombre en el templo de la inmortalidad para que sirva de ejemplo y dechado
en los venideros siglos, donde los caballeros andantes vean los pasos que
han de seguir, si quisieren llegar a la cumbre y alteza honrosa de las
armas.

-Dice verdad el señor don Quijote de la Mancha -dijo a esta sazón el cura-;
que él va encantado en esta carreta, no por sus culpas y pecados, sino por
la mala intención de aquellos a quien la virtud enfada y la valentía enoja.
Éste es, señor, el Caballero de la Triste Figura, si ya le oístes nombrar
en algún tiempo, cuyas valerosas hazañas y grandes hechos serán escritas
en bronces duros y en eternos mármoles, por más que se canse la envidia en
escurecerlos y la malicia en ocultarlos.

Cuando el canónigo oyó hablar al preso y al libre en semejante estilo,
estuvo por hacerse la cruz, de admirado, y no podía saber lo que le había
acontencido; y en la mesma admiración cayeron todos los que con él venían.
En esto, Sancho Panza, que se había acercado a oír la plática, para
adobarlo todo, dijo:

-Ahora, señores, quiéranme bien o quiéranme mal por lo que dijere, el caso
de ello es que así va encantado mi señor don Quijote como mi madre; él
tiene su entero juicio, él come y bebe y hace sus necesidades como los
demás hombres, y como las hacía ayer, antes que le enjaulasen. Siendo esto
ansí, ¿cómo quieren hacerme a mí entender que va encantado? Pues yo he oído
decir a muchas personas que los encantados ni comen, ni duermen, ni hablan,
y mi amo, si no le van a la mano, hablará más que treinta procuradores.

Y, volviéndose a mirar al cura, prosiguió diciendo:

-¡Ah señor cura, señor cura! ¿Pensaba vuestra merced que no le conozco, y
pensará que yo no calo y adivino adónde se encaminan estos nuevos
encantamentos? Pues sepa que le conozco, por más que se encubra el rostro,
y sepa que le entiendo, por más que disimule sus embustes. En fin, donde
reina la envidia no puede vivir la virtud, ni adonde hay escaseza la
liberalidad. !Mal haya el diablo!; que, si por su reverencia no fuera, ésta
fuera ya la hora que mi señor estuviera casado con la infanta Micomicona, y
yo fuera conde, por lo menos, pues no se podía esperar otra cosa, así de la
bondad de mi señor el de la Triste Figura como de la grandeza de mis
servicios. Pero ya veo que es verdad lo que se dice por ahí: que la rueda
de la Fortuna anda más lista que una rueda de molino, y que los que ayer
estaban en pinganitos hoy están por el suelo. De mis hijos y de mi mujer me
pesa, pues cuando podían y debían esperar ver entrar a su padre por sus
puertas hecho gobernador o visorrey de alguna ínsula o reino, le verán
entrar hecho mozo de caballos. Todo esto que he dicho, señor cura, no es
más de por encarecer a su paternidad haga conciencia del mal tratamiento
que a mi señor se le hace, y mire bien no le pida Dios en la otra vida esta
prisión de mi amo, y se le haga cargo de todos aquellos socorros y bienes
que mi señor don Quijote deja de hacer en este tiempo que está preso.

-¡Adóbame esos candiles! -dijo a este punto el barbero-. ¿También vos,
Sancho, sois de la cofradía de vuestro amo? ¡Vive el Señor, que voy viendo
que le habéis de tener compañía en la jaula, y que habéis de quedar tan
encantado como él, por lo que os toca de su humor y de su caballería! En
mal punto os empreñastes de sus promesas, y en mal hora se os entró en los
cascos la ínsula que tanto deseáis.

-Yo no estoy preñado de nadie -respondió Sancho-, ni soy hombre que me
dejaría empreñar, del rey que fuese; y, aunque pobre, soy cristiano viejo,
y no debo nada a nadie; y si ínsulas deseo, otros desean otras cosas
peores; y cada uno es hijo de sus obras; y, debajo de ser hombre, puedo
venir a ser papa, cuanto más gobernador de una ínsula, y más pudiendo ganar
tantas mi señor que le falte a quien dallas. Vuestra merced mire cómo
habla, señor barbero; que no es todo hacer barbas, y algo va de Pedro a
Pedro. Dígolo porque todos nos conocemos, y a mí no se me ha de echar dado
falso. Y en esto del encanto de mi amo, Dios sabe la verdad; y quédese
aquí, porque es peor meneallo.

No quiso responder el barbero a Sancho, porque no descubriese con sus
simplicidades lo que él y el cura tanto procuraban encubrir; y, por este
mesmo temor, había el cura dicho al canónigo que caminasen un poco delante:
que él le diría el misterio del enjaulado, con otras cosas que le diesen
gusto. Hízolo así el canónigo, y adelantóse con sus criados y con él:
estuvo atento a todo aquello que decirle quiso de la condición, vida,
locura y costumbres de don Quijote, contándole brevemente el principio y
causa de su desvarío, y todo el progreso de sus sucesos, hasta haberlo
puesto en aquella jaula, y el disignio que llevaban de llevarle a su
tierra, para ver si por algún medio hallaban remedio a su locura.
Admiráronse de nuevo los criados y el canónigo de oír la peregrina historia
de don Quijote, y, en acabándola de oír, dijo:

-Verdaderamente, señor cura, yo hallo por mi cuenta que son perjudiciales
en la república estos que llaman libros de caballerías; y, aunque he leído,
llevado de un ocioso y falso gusto, casi el principio de todos los más que
hay impresos, jamás me he podido acomodar a leer ninguno del principio al
cabo, porque me parece que, cuál más, cuál menos, todos ellos son una mesma
cosa, y no tiene más éste que aquél, ni estotro que el otro. Y, según a mí
me parece, este género de escritura y composición cae debajo de aquel de
las fábulas que llaman milesias, que son cuentos disparatados, que atienden
solamente a deleitar, y no a enseñar: al contrario de lo que hacen las
fábulas apólogas, que deleitan y enseñan juntamente. Y, puesto que el
principal intento de semejantes libros sea el deleitar, no sé yo cómo
puedan conseguirle, yendo llenos de tantos y tan desaforados disparates;
que el deleite que en el alma se concibe ha de ser de la hermosura y
concordancia que vee o contempla en las cosas que la vista o la imaginación
le ponen delante; y toda cosa que tiene en sí fealdad y descompostura no
nos puede causar contento alguno. Pues, ¿qué hermosura puede haber, o qué
proporción de partes con el todo y del todo con las partes, en un libro o
fábula donde un mozo de diez y seis años da una cuchillada a un gigante
como una torre, y le divide en dos mitades, como si fuera de alfeñique; y
que, cuando nos quieren pintar una batalla, después de haber dicho que hay
de la parte de los enemigos un millón de competientes, como sea contra
ellos el señor del libro, forzosamente, mal que nos pese, habemos de
entender que el tal caballero alcanzó la vitoria por solo el valor de su
fuerte brazo? Pues, ¿qué diremos de la facilidad con que una reina o
emperatriz heredera se conduce en los brazos de un andante y no conocido
caballero? ¿Qué ingenio, si no es del todo bárbaro e inculto, podrá
contentarse leyendo que una gran torre llena de caballeros va por la mar
adelante, como nave con próspero viento, y hoy anochece en Lombardía, y
mañana amanezca en tierras del Preste Juan de las Indias, o en otras que ni
las descubrió Tolomeo ni las vio Marco Polo? Y, si a esto se me respondiese
que los que tales libros componen los escriben como cosas de mentira, y que
así, no están obligados a mirar en delicadezas ni verdades, responderles
hía yo que tanto la mentira es mejor cuanto más parece verdadera, y tanto
más agrada cuanto tiene más de lo dudoso y posible. Hanse de casar las
fábulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren,
escribiéndose de suerte que, facilitando los imposibles, allanando las
grandezas, suspendiendo los ánimos, admiren, suspendan, alborocen y
entretengan, de modo que anden a un mismo paso la admiración y la alegría
juntas; y todas estas cosas no podrá hacer el que huyere de la
verisimilitud y de la imitación, en quien consiste la perfeción de lo que
se escribe. No he visto ningún libro de caballerías que haga un cuerpo de
fábula entero con todos sus miembros, de manera que el medio corresponda al
principio, y el fin al principio y al medio; sino que los componen con
tantos miembros, que más parece que llevan intención a formar una quimera o
un monstruo que a hacer una figura proporcionada. Fuera desto, son en el
estilo duros; en las hazañas, increíbles; en los amores, lascivos; en las
cortesías, mal mirados; largos en las batallas, necios en las razones,
disparatados en los viajes, y, finalmente, ajenos de todo discreto
artificio, y por esto dignos de ser desterrados de la república cristiana,
como a gente inútil.

El cura le estuvo escuchando con grande atención, y parecióle hombre de
buen entendimiento, y que tenía razón en cuanto decía; y así, le dijo que,
por ser él de su mesma opinión y tener ojeriza a los libros de caballerías,
había quemado todos los de don Quijote, que eran muchos. Y contóle el
escrutinio que dellos había hecho, y los que había condenado al fuego y
dejado con vida, de que no poco se rió el canónigo, y dijo que, con todo
cuanto mal había dicho de tales libros, hallaba en ellos una cosa buena:
que era el sujeto que ofrecían para que un buen entendimiento pudiese
mostrarse en ellos, porque daban largo y espacioso campo por donde sin
empacho alguno pudiese correr la pluma, descubriendo naufragios, tormentas,
rencuentros y batallas; pintando un capitán valeroso con todas las partes
que para ser tal se requieren, mostrándose prudente previniendo las
astucias de sus enemigos, y elocuente orador persuadiendo o disuadiendo a
sus soldados, maduro en el consejo, presto en lo determinado, tan valiente
en el esperar como en el acometer; pintando ora un lamentable y trágico
suceso, ahora un alegre y no pensado acontecimiento; allí una hermosísima
dama, honesta, discreta y recatada; aquí un caballero cristiano, valiente y
comedido; acullá un desaforado bárbaro fanfarrón; acá un príncipe cortés,
valeroso y bien mirado; representando bondad y lealtad de vasallos,
grandezas y mercedes de señores. Ya puede mostrarse astrólogo, ya
cosmógrafo excelente, ya músico, ya inteligente en las materias de estado,
y tal vez le vendrá ocasión de mostrarse nigromante, si quisiere. Puede
mostrar las astucias de Ulixes, la piedad de Eneas, la valentía de Aquiles,
las desgracias de Héctor, las traiciones de Sinón, la amistad de Eurialio,
la liberalidad de Alejandro, el valor de César, la clemencia y verdad de
Trajano, la fidelidad de Zopiro, la prudencia de Catón; y, finalmente,
todas aquellas acciones que pueden hacer perfecto a un varón ilustre, ahora
poniéndolas en uno solo, ahora dividiéndolas en muchos.

-Y, siendo esto hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención,
que tire lo más que fuere posible a la verdad, sin duda compondrá una tela
de varios y hermosos lazos tejida, que, después de acabada, tal perfeción y
hermosura muestre, que consiga el fin mejor que se pretende en los
escritos, que es enseñar y deleitar juntamente, como ya tengo dicho. Porque
la escritura desatada destos libros da lugar a que el autor pueda mostrarse
épico, lírico, trágico, cómico, con todas aquellas partes que encierran en
sí las dulcísimas y agradables ciencias de la poesía y de la oratoria; que
la épica también puede escrebirse en prosa como en verso.

Capítulo XLVIII. Donde prosigue el canónigo la materia de los libros de
caballerías, con otras cosas dignas de su ingenio

-Así es como vuestra merced dice, señor canónigo -dijo el cura-, y por esta
causa son más dignos de reprehensión los que hasta aquí han compuesto
semejantes libros sin tener advertencia a ningún buen discurso, ni al arte
y reglas por donde pudieran guiarse y hacerse famosos en prosa, como lo son
en verso los dos príncipes de la poesía griega y latina.

-Yo, a lo menos -replicó el canónigo-, he tenido cierta tentación de hacer
un libro de caballerías, guardando en él todos los puntos que he
significado; y si he de confesar la verdad, tengo escritas más de cien
hojas. Y para hacer la experiencia de si correspondían a mi estimación, las
he comunicado con hombres apasionados desta leyenda, dotos y discretos, y
con otros ignorantes, que sólo atienden al gusto de oír disparates, y de
todos he hallado una agradable aprobación; pero, con todo esto, no he
proseguido adelante, así por parecerme que hago cosa ajena de mi profesión,
como por ver que es más el número de los simples que de los prudentes; y
que, puesto que es mejor ser loado de los pocos sabios que burlado de los
muchos necios, no quiero sujetarme al confuso juicio del desvanecido vulgo,
a quien por la mayor parte toca leer semejantes libros. Pero lo que más me
le quitó de las manos, y aun del pensamiento, de acabarle, fue un argumento
que hice conmigo mesmo, sacado de las comedias que ahora se representa,
diciendo: ''Si estas que ahora se usan, así las imaginadas como las de
historia, todas o las más son conocidos disparates y cosas que no llevan
pies ni cabeza, y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene y
las aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que las
componen y los actores que las representan dicen que así han de ser, porque
así las quiere el vulgo, y no de otra manera; y que las que llevan traza y
siguen la fábula como el arte pide, no sirven sino para cuatro discretos
que las entienden, y todos los demás se quedan ayunos de entender su
artificio, y que a ellos les está mejor ganar de comer con los muchos, que
no opinión con los pocos, deste modo vendrá a ser un libro, al cabo de
haberme quemado las cejas por guardar los preceptos referidos, y vendré a
ser el sastre del cantillo''. Y, aunque algunas veces he procurado
persuadir a los actores que se engañan en tener la opinión que tienen, y
que más gente atraerán y más fama cobrarán representando comedias que hagan
el arte que no con las disparatadas, y están tan asidos y encorporados en
su parecer, que no hay razón ni evidencia que dél los saque. Acuérdome que
un día dije a uno destos pertinaces: ''Decidme, ¿no os acordáis que ha
pocos años que se representaron en España tres tragedias que compuso un
famoso poeta destos reinos, las cuales fueron tales, que admiraron,
alegraron y suspendieron a todos cuantos las oyeron, así simples como
prudentes, así del vulgo como de los escogidos, y dieron más dineros a los
representantes ellas tres solas que treinta de las mejores que después acá
se han hecho?'' ''Sin duda -respondió el autor que digo-, que debe de decir
vuestra merced por La Isabela, La Filis y La Alejandra''. ''Por ésas digo
-le repliqué yo-; y mirad si guardaban bien los preceptos del arte, y si
por guardarlos dejaron de parecer lo que eran y de agradar a todo el mundo.
Así que no está la falta en el vulgo, que pide disparates, sino en aquellos
que no saben representar otra cosa. Sí, que no fue disparate La ingratitud
vengada, ni le tuvo La Numancia, ni se le halló en la del Mercader amante,
ni menos en La enemiga favorable, ni en otras algunas que de algunos
entendidos poetas han sido compuestas, para fama y renombre suyo, y para
ganancia de los que las han representado''. Y otras cosas añadí a éstas,
con que, a mi parecer, le dejé algo confuso, pero no satisfecho ni
convencido para sacarle de su errado pensamiento.

-En materia ha tocado vuestra merced, señor canónigo -dijo a esta sazón el
cura-, que ha despertado en mí un antiguo rancor que tengo con las comedias
que agora se usan, tal, que iguala al que tengo con los libros de
caballerías; porque, habiendo de ser la comedia, según le parece a Tulio,
espejo de la vida humana, ejemplo de las costumbres y imagen de la verdad,
las que ahora se representan son espejos de disparates, ejemplos de
necedades e imágenes de lascivia. Porque, ¿qué mayor disparate puede ser en
el sujeto que tratamos que salir un niño en mantillas en la primera cena
del primer acto, y en la segunda salir ya hecho hombre barbado? Y ¿qué
mayor que pintarnos un viejo valiente y un mozo cobarde, un lacayo
rectórico, un paje consejero, un rey ganapán y una princesa fregona? ¿Qué
diré, pues, de la observancia que guardan en los tiempos en que pueden o
podían suceder las acciones que representan, sino que he visto comedia que
la primera jornada comenzó en Europa, la segunda en Asia, la tercera se
acabó en Africa, y ansí fuera de cuatro jornadas, la cuarta acababa en
América, y así se hubiera hecho en todas las cuatro partes del mundo? Y si
es que la imitación es lo principal que ha de tener la comedia, ¿cómo es
posible que satisfaga a ningún mediano entendimiento que, fingiendo una
acción que pasa en tiempo del rey Pepino y Carlomagno, el mismo que en ella
hace la persona principal le atribuyan que fue el emperador Heraclio, que
entró con la Cruz en Jerusalén, y el que ganó la Casa Santa, como Godofre
de Bullón, habiendo infinitos años de lo uno a lo otro; y fundándose la
comedia sobre cosa fingida, atribuirle verdades de historia, y mezclarle
pedazos de otras sucedidas a diferentes personas y tiempos, y esto, no con
trazas verisímiles, sino con patentes errores de todo punto inexcusables? Y
es lo malo que hay ignorantes que digan que esto es lo perfecto, y que lo
demás es buscar gullurías. Pues, ¿qué si venimos a las comedias divinas?:
¡qué de milagros falsos fingen en ellas, qué de cosas apócrifas y mal
entendidas, atribuyendo a un santo los milagros de otro! Y aun en las
humanas se atreven a hacer milagros, sin más respeto ni consideración que
parecerles que allí estará bien el tal milagro y apariencia, como ellos
llaman, para que gente ignorante se admire y venga a la comedia; que todo
esto es en perjuicio de la verdad y en menoscabo de las historias, y aun en
oprobrio de los ingenios españoles; porque los estranjeros, que con mucha
puntualidad guardan las leyes de la comedia, nos tienen por bárbaros e
ignorantes, viendo los absurdos y disparates de las que hacemos. Y no sería
bastante disculpa desto decir que el principal intento que las repúblicas
bien ordenadas tienen, permitiendo que se hagan públicas comedias, es para
entretener la comunidad con alguna honesta recreación, y divertirla a veces
de los malos humores que suele engendrar la ociosidad; y que, pues éste se
consigue con cualquier comedia, buena o mala, no hay para qué poner leyes,
ni estrechar a los que las componen y representan a que las hagan como
debían hacerse, pues, como he dicho, con cualquiera se consigue lo que con
ellas se pretende. A lo cual respondería yo que este fin se conseguiría
mucho mejor, sin comparación alguna, con las comedias buenas que con las no
tales; porque, de haber oído la comedia artificiosa y bien ordenada,
saldría el oyente alegre con las burlas, enseñado con las veras, admirado
de los sucesos, discreto con las razones, advertido con los embustes, sagaz
con los ejemplos, airado contra el vicio y enamorado de la virtud; que
todos estos afectos ha de despertar la buena comedia en el ánimo del que la
escuchare, por rústico y torpe que sea; y de toda imposibilidad es
imposible dejar de alegrar y entretener, satisfacer y contentar, la comedia
que todas estas partes tuviere mucho más que aquella que careciere dellas,
como por la mayor parte carecen estas que de ordinario agora se
representan. Y no tienen la culpa desto los poetas que las componen, porque
algunos hay dellos que conocen muy bien en lo que yerran, y saben
estremadamente lo que deben hacer; pero, como las comedias se han hecho
mercadería vendible, dicen, y dicen verdad, que los representantes no se
las comprarían si no fuesen de aquel jaez; y así, el poeta procura
acomodarse con lo que el representante que le ha de pagar su obra le pide.
Y que esto sea verdad véase por muchas e infinitas comedias que ha
compuesto un felicísimo ingenio destos reinos, con tanta gala, con tanto
donaire, con tan elegante verso, con tan buenas razones, con tan graves
sentencias y, finalmente, tan llenas de elocución y alteza de estilo, que
tiene lleno el mundo de su fama. Y, por querer acomodarse al gusto de los
representantes, no han llegado todas, como han llegado algunas, al punto de
la perfección que requieren. Otros las componen tan sin mirar lo que hacen,
que después de representadas tienen necesidad los recitantes de huirse y
ausentarse, temerosos de ser castigados, como lo han sido muchas veces, por
haber representado cosas en perjuicio de algunos reyes y en deshonra de
algunos linajes. Y todos estos inconvinientes cesarían, y aun otros muchos
más que no digo, con que hubiese en la Corte una persona inteligente y
discreta que examinase todas las comedias antes que se representasen (no
sólo aquellas que se hiciesen en la Corte, sino todas las que se quisiesen
representar en España), sin la cual aprobación, sello y firma, ninguna
justicia en su lugar dejase representar comedia alguna; y, desta manera,
los comediantes tendrían cuidado de enviar las comedias a la Corte, y con
seguridad podrían representallas, y aquellos que las componen mirarían con
más cuidado y estudio lo que hacían, temorosos de haber de pasar sus obras
por el riguroso examen de quien lo entiende; y desta manera se harían
buenas comedias y se conseguiría felicísimamente lo que en ellas se
pretende: así el entretenimiento del pueblo, como la opinión de los
ingenios de España, el interés y seguridad de los recitantes y el ahorro
del cuidado de castigallos. Y si diese cargo a otro, o a este mismo, que
examinase los libros de caballerías que de nuevo se compusiesen, sin duda
podrían salir algunos con la perfección que vuestra merced ha dicho,
enriqueciendo nuestra lengua del agradable y precioso tesoro de la
elocuencia, dando ocasión que los libros viejos se escureciesen a la luz de
los nuevos que saliesen, para honesto pasatiempo, no solamente de los
ociosos, sino de los más ocupados; pues no es posible que esté continuo el
arco armado, ni la condición y flaqueza humana se pueda sustentar sin
alguna lícita recreación.

A este punto de su coloquio llegaban el canónigo y el cura, cuando,
adelantándose el barbero, llegó a ellos, y dijo al cura:

-Aquí, señor licenciado, es el lugar que yo dije que era bueno para que,
sesteando nosotros, tuviesen los bueyes fresco y abundoso pasto.

-Así me lo parece a mí -respondió el cura.

Y, diciéndole al canónigo lo que pensaba hacer, él también quiso quedarse
con ellos, convidado del sitio de un hermoso valle que a la vista se les
ofrecía. Y, así por gozar dél como de la conversación del cura, de quien ya
iba aficionado, y por saber más por menudo las hazañas de don Quijote,
mandó a algunos de sus criados que se fuesen a la venta, que no lejos de
allí estaba, y trujesen della lo que hubiese de comer, para todos, porque
él determinaba de sestear en aquel lugar aquella tarde; a lo cual uno de
sus criados respondió que el acémila del repuesto, que ya debía de estar en
la venta, traía recado bastante para no obligar a no tomar de la venta más
que cebada.

-Pues así es -dijo el canónigo-, llévense allá todas las cabalgaduras, y
haced volver la acémila.

En tanto que esto pasaba, viendo Sancho que podía hablar a su amo sin la
continua asistencia del cura y el barbero, que tenía por sospechosos, se
llegó a la jaula donde iba su amo, y le dijo:

-Señor, para descargo de mi conciencia, le quiero decir lo que pasa cerca
de su encantamento; y es que aquestos dos que vienen aquí cubiertos los
rostros son el cura de nuestro lugar y el barbero; y imagino han dado esta
traza de llevalle desta manera, de pura envidia que tienen como vuestra
merced se les adelanta en hacer famosos hechos. Presupuesta, pues, esta
verdad, síguese que no va encantado, sino embaído y tonto. Para prueba de
lo cual le quiero preguntar una cosa; y si me responde como creo que me ha
de responder, tocará con la mano este engaño y verá como no va encantado,
sino trastornado el juicio.

-Pregunta lo que quisieres, hijo Sancho -respondió don Quijote-, que yo te
satisfaré y responderé a toda tu voluntad. Y en lo que dices que aquellos
que allí van y vienen con nosotros son el cura y el barbero, nuestros
compatriotos y conocidos, bien podrá ser que parezca que son ellos mesmos;
pero que lo sean realmente y en efeto, eso no lo creas en ninguna manera.
Lo que has de creer y entender es que si ellos se les parecen, como dices,
debe de ser que los que me han encantado habrán tomado esa apariencia y
semejanza; porque es fácil a los encantadores tomar la figura que se les
antoja, y habrán tomado las destos nuestros amigos, para darte a ti ocasión
de que pienses lo que piensas, y ponerte en un laberinto de imaginaciones,
que no aciertes a salir dél, aunque tuvieses la soga de Teseo. Y también lo
habrán hecho para que yo vacile en mi entendimiento, y no sepa atinar de
dónde me viene este daño; porque si, por una parte, tú me dices que me
acompañan el barbero y el cura de nuestro pueblo, y, por otra, yo me veo
enjaulado, y sé de mí que fuerzas humanas, como no fueran sobrenaturales,
no fueran bastantes para enjaularme, ¿qué quieres que diga o piense sino
que la manera de mi encantamento excede a cuantas yo he leído en todas
las historias que tratan de caballeros andantes que han sido encantados?
Ansí que, bien puedes darte paz y sosiego en esto de creer que son los que
dices, porque así son ellos como yo soy turco. Y, en lo que toca a querer
preguntarme algo, di, que yo te responderé, aunque me preguntes de aquí a
mañana.

-¡Válame Nuestra Señora! -respondió Sancho, dando una gran voz-. Y ¿es
posible que sea vuestra merced tan duro de celebro, y tan falto de meollo,
que no eche de ver que es pura verdad la que le digo, y que en esta su
prisión y desgracia tiene más parte la malicia que el encanto? Pero, pues
así es, yo le quiero probar evidentemente como no va encantado. Si no,
dígame, así Dios le saque desta tormenta, y así se vea en los brazos de mi
señora Dulcinea cuando menos se piense...

-Acaba de conjurarme -dijo don Quijote-, y pregunta lo que quisieres; que
ya te he dicho que te responderé con toda puntualidad.

-Eso pido -replicó Sancho-; y lo que quiero saber es que me diga, sin
añadir ni quitar cosa ninguna, sino con toda verdad, como se espera que la
han de decir y la dicen todos aquellos que profesan las armas, como vuestra
merced las profesa, debajo de título de caballeros andantes...

-Digo que no mentiré en cosa alguna -respondió don Quijote-. Acaba ya de
preguntar, que en verdad que me cansas con tantas salvas, plegarias y
prevenciones, Sancho.

-Digo que yo estoy seguro de la bondad y verdad de mi amo; y así, porque
hace al caso a nuestro cuento, pregunto, hablando con acatamiento, si acaso
después que vuestra merced va enjaulado y, a su parecer, encantado en esta
jaula, le ha venido gana y voluntad de hacer aguas mayores o menores, como
suele decirse.

-No entiendo eso de hacer aguas, Sancho; aclárate más, si quieres que te
responda derechamente.

-¿Es posible que no entiende vuestra merced de hacer aguas menores o
mayores? Pues en la escuela destetan a los muchachos con ello. Pues sepa
que quiero decir si le ha venido gana de hacer lo que no se escusa.

-¡Ya, ya te entiendo, Sancho! Y muchas veces; y aun agora la tengo. ¡Sácame
deste peligro, que no anda todo limpio!

Capítulo XLIX. Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo
con su señor don Quijote

-¡Ah -dijo Sancho-; cogido le tengo! Esto es lo que yo deseaba saber, como
al alma y como a la vida. Venga acá, señor: ¿podría negar lo que comúnmente
suele decirse por ahí cuando una persona está de mala voluntad: "No sé qué
tiene fulano, que ni come, ni bebe, ni duerme, ni responde a propósito a lo
que le preguntan, que no parece sino que está encantado"? De donde se viene
a sacar que los que no comen, ni beben, ni duermen, ni hacen las obras
naturales que yo digo, estos tales están encantados; pero no aquellos que
tienen la gana que vuestra merced tiene y que bebe cuando se lo dan, y come
cuando lo tiene, y responde a todo aquello que le preguntan.

-Verdad dices, Sancho -respondió don Quijote-, pero ya te he dicho que hay
muchas maneras de encantamentos, y podría ser que con el tiempo se hubiesen
mudado de unos en otros, y que agora se use que los encantados hagan todo
lo que yo hago, aunque antes no lo hacían. De manera que contra el uso de
los tiempos no hay que argüir ni de qué hacer consecuencias. Yo sé y tengo
para mí que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de mi
conciencia; que la formaría muy grande si yo pensase que no estaba
encantado y me dejase estar en esta jaula, perezoso y cobarde, defraudando
el socorro que podría dar a muchos menesterosos y necesitados que de mi
ayuda y amparo deben tener a la hora de ahora precisa y estrema necesidad.

-Pues, con todo eso -replicó Sancho-, digo que, para mayor abundancia y
satisfación, sería bien que vuestra merced probase a salir desta cárcel,
que yo me obligo con todo mi poder a facilitarlo, y aun a sacarle della, y
probase de nuevo a subir sobre su buen Rocinante, que también parece que va
encantado, según va de malencólico y triste; y, hecho esto, probásemos otra
vez la suerte de buscar más aventuras; y si no nos sucediese bien, tiempo
nos queda para volvernos a la jaula, en la cual prometo, a ley de buen y
leal escudero, de encerrarme juntamente con vuestra merced, si acaso fuere
vuestra merced tan desdichado, o yo tan simple, que no acierte a salir con
lo que digo.

-Yo soy contento de hacer lo que dices, Sancho hermano -replicó don
Quijote-; y cuando tú veas coyuntura de poner en obra mi libertad, yo te
obedeceré en todo y por todo; pero tú, Sancho, verás como te engañas en el
conocimiento de mi desgracia.

En estas pláticas se entretuvieron el caballero andante y el mal andante
escudero, hasta que llegaron donde, ya apeados, los aguardaban el cura, el
canónigo y el barbero. Desunció luego los bueyes de la carreta el boyero, y
dejólos andar a sus anchuras por aquel verde y apacible sitio, cuya
frescura convidaba a quererla gozar, no a las personas tan encantadas como
don Quijote, sino a los tan advertidos y discretos como su escudero; el
cual rogó al cura que permitiese que su señor saliese por un rato de la
jaula, porque si no le dejaban salir, no iría tan limpia aquella prisión
como requiría la decencia de un tal caballero como su amo. Entendióle el
cura, y dijo que de muy buena gana haría lo que le pedía si no temiera que,
en viéndose su señor en libertad, había de hacer de las suyas, y irse donde
jamás gentes le viesen.

-Yo le fío de la fuga -respondió Sancho.

-Y yo y todo -dijo el canónigo-; y más si él me da la palabra, como
caballero, de no apartarse de nosotros hasta que sea nuestra voluntad.

-Sí doy -respondió don Quijote, que todo lo estaba escuchando-; cuanto más,
que el que está encantado, como yo, no tiene libertad para hacer de su
persona lo que quisiere, porque el que le encantó le puede hacer que no se
mueva de un lugar en tres siglos; y si hubiere huido, le hará volver en
volandas. -Y que, pues esto era así, bien podían soltalle, y más, siendo
tan en provecho de todos; y del no soltalle les protestaba que no podía
dejar de fatigalles el olfato, si de allí no se desviaban.

Tomóle la mano el canónigo, aunque las tenía atadas, y, debajo de su buena
fe y palabra, le desenjaularon, de que él se alegró infinito y en grande
manera de verse fuera de la jaula. Y lo primero que hizo fue estirarse todo
el cuerpo, y luego se fue donde estaba Rocinante, y, dándole dos palmadas
en las ancas, dijo:

-Aún espero en Dios y en su bendita Madre, flor y espejo de los caballos,
que presto nos hemos de ver los dos cual deseamos; tú, con tu señor a
cuestas; y yo, encima de ti, ejercitando el oficio para que Dios me echó al
mundo.

Y, diciendo esto, don Quijote se apartó con Sancho en remota parte, de
donde vino más aliviado y con más deseos de poner en obra lo que su
escudero ordenase.

Mirábalo el canónigo, y admirábase de ver la estrañeza de su grande locura,
y de que, en cuanto hablaba y respondía, mostraba tener bonísimo
entendimiento: solamente venía a perder los estribos, como otras veces se
ha dicho, en tratándole de caballería. Y así, movido de compasión, después
de haberse sentado todos en la verde yerba, para esperar el repuesto del
canónigo, le dijo:

-¿Es posible, señor hidalgo, que haya podido tanto con vuestra merced la
amarga y ociosa letura de los libros de caballerías, que le hayan vuelto el
juicio de modo que venga a creer que va encantado, con otras cosas deste
jaez, tan lejos de ser verdaderas como lo está la mesma mentira de la
verdad? Y ¿cómo es posible que haya entendimiento humano que se dé a
entender que ha habido en el mundo aquella infinidad de Amadises, y aquella
turbamulta de tanto famoso caballero, tanto emperador de Trapisonda, tanto
Felixmarte de Hircania, tanto palafrén, tanta doncella andante, tantas
sierpes, tantos endriagos, tantos gigantes, tantas inauditas aventuras,
tanto género de encantamentos, tantas batallas, tantos desaforados
encuentros, tanta bizarría de trajes, tantas princesas enamoradas, tantos
escuderos condes, tantos enanos graciosos, tanto billete, tanto requiebro,
tantas mujeres valientes; y, finalmente, tantos y tan disparatados casos
como los libros de caballerías contienen? De mí sé decir que, cuando los
leo, en tanto que no pongo la imaginación en pensar que son todos mentira y
liviandad, me dan algún contento; pero, cuando caigo en la cuenta de lo que
son, doy con el mejor dellos en la pared, y aun diera con él en el fuego si
cerca o presente le tuviera, bien como a merecedores de tal pena, por ser
falsos y embusteros, y fuera del trato que pide la común naturaleza, y como
a inventores de nuevas sectas y de nuevo modo de vida, y como a quien da
ocasión que el vulgo ignorante venga a creer y a tener por verdaderas
tantas necedades como contienen. Y aun tienen tanto atrevimiento, que se
atreven a turbar los ingenios de los discretos y bien nacidos hidalgos,
como se echa bien de ver por lo que con vuestra merced han hecho, pues le
han traído a términos que sea forzoso encerrarle en una jaula, y traerle
sobre un carro de bueyes, como quien trae o lleva algún león o algún tigre,
de lugar en lugar, para ganar con él dejando que le vean. ¡Ea, señor don
Quijote, duélase de sí mismo, y redúzgase al gremio de la discreción, y
sepa usar de la mucha que el cielo fue servido de darle, empleando el
felicísimo talento de su ingenio en otra letura que redunde en
aprovechamiento de su conciencia y en aumento de su honra! Y si todavía,
llevado de su natural inclinación, quisiere leer libros de hazañas y de
caballerías, lea en la Sacra Escritura el de los Jueces; que allí hallará
verdades grandiosas y hechos tan verdaderos como valientes. Un Viriato tuvo
Lusitania; un César, Roma; un Anibal, Cartago; un Alejandro, Grecia; un
conde Fernán González, Castilla; un Cid, Valencia; un Gonzalo Fernández,
Andalucía; un Diego García de Paredes, Estremadura; un Garci Pérez de
Vargas, Jerez; un Garcilaso, Toledo; un don Manuel de León, Sevilla, cuya
leción de sus valerosos hechos puede entretener, enseñar, deleitar y
admirar a los más altos ingenios que los leyeren. Ésta sí será letura digna
del buen entendimiento de vuestra merced, señor don Quijote mío, de la cual
saldrá erudito en la historia, enamorado de la virtud, enseñado en la
bondad, mejorado en las costumbres, valiente sin temeridad, osado sin
cobardía, y todo esto, para honra de Dios, provecho suyo y fama de la
Mancha; do, según he sabido, trae vuestra merced su principio y origen.

Atentísimamente estuvo don Quijote escuchando las razones del canónigo; y,
cuando vio que ya había puesto fin a ellas, después de haberle estado un
buen espacio mirando, le dijo:

-Paréceme, señor hidalgo, que la plática de vuestra merced se ha encaminado
a querer darme a entender que no ha habido caballeros andantes en el mundo,
y que todos los libros de caballerías son falsos, mentirosos, dañadores e
inútiles para la república; y que yo he hecho mal en leerlos, y peor en
creerlos, y más mal en imitarlos, habiéndome puesto a seguir la durísima
profesión de la caballería andante, que ellos enseñan, negándome que no ha
habido en el mundo Amadises, ni de Gaula ni de Grecia, ni todos los otros
caballeros de que las escrituras están llenas.

-Todo es al pie de la letra como vuestra merced lo va relatando -dijo a
está sazón el canónigo.

A lo cual respondió don Quijote:

-Añadió también vuestra merced, diciendo que me habían hecho mucho daño
tales libros, pues me habían vuelto el juicio y puéstome en una jaula, y
que me sería mejor hacer la enmienda y mudar de letura, leyendo otros más
verdaderos y que mejor deleitan y enseñan.

-Así es -dijo el canónigo.

-Pues yo -replicó don Quijote- hallo por mi cuenta que el sin juicio y el
encantado es vuestra merced, pues se ha puesto a decir tantas blasfemias
contra una cosa tan recebida en el mundo, y tenida por tan verdadera, que
el que la negase, como vuestra merced la niega, merecía la mesma pena que
vuestra merced dice que da a los libros cuando los lee y le enfadan. Porque
querer dar a entender a nadie que Amadís no fue en el mundo, ni todos los
otros caballeros aventureros de que están colmadas las historias, será
querer persuadir que el sol no alumbra, ni el yelo enfría, ni la tierra
sustenta; porque, ¿qué ingenio puede haber en el mundo que pueda persuadir
a otro que no fue verdad lo de la infanta Floripes y Guy de Borgoña, y lo
de Fierabrás con la puente de Mantible, que sucedió en el tiempo de
Carlomagno; que voto a tal que es tanta verdad como es ahora de día? Y si
es mentira, también lo debe de ser que no hubo Héctor, ni Aquiles, ni la
guerra de Troya, ni los Doce Pares de Francia, ni el rey Artús de
Ingalaterra, que anda hasta ahora convertido en cuervo y le esperan en su
reino por momentos. Y también se atreverán a decir que es mentirosa la
historia de Guarino Mezquino, y la de la demanda del Santo Grial, y que son
apócrifos los amores de don Tristán y la reina Iseo, como los de Ginebra y
Lanzarote, habiendo personas que casi se acuerdan de haber visto a la dueña
Quintañona, que fue la mejor escanciadora de vino que tuvo la Gran Bretaña.
Y es esto tan ansí, que me acuerdo yo que me decía una mi agüela de partes
de mi padre, cuando veía alguna dueña con tocas reverendas: ''Aquélla,
nieto, se parece a la dueña Quintañona''; de donde arguyo yo que la debió
de conocer ella o, por lo menos, debió de alcanzar a ver algún retrato
suyo. Pues, ¿quién podrá negar no ser verdadera la historia de Pierres y la
linda Magalona, pues aun hasta hoy día se vee en la armería de los reyes la
clavija con que volvía al caballo de madera, sobre quien iba el valiente
Pierres por los aires, que es un poco mayor que un timón de carreta? Y
junto a la clavija está la silla de Babieca, y en Roncesvalles está el
cuerno de Roldán, tamaño como una grande viga: de donde se infiere que hubo
Doce Pares, que hubo Pierres, que hubo Cides, y otros caballeros
semejantes,

déstos que dicen las gentes

que a sus aventuras van.

Si no, díganme también que no es verdad que fue caballero andante el
valiente lusitano Juan de Merlo, que fue a Borgoña y se combatió en la
ciudad de Ras con el famoso señor de Charní, llamado mosén Pierres, y
después, en la ciudad de Basilea, con mosén Enrique de Remestán, saliendo
de entrambas empresas vencedor y lleno de honrosa fama; y las aventuras y
desafíos que también acabaron en Borgoña los valientes españoles Pedro
Barba y Gutierre Quijada (de cuya alcurnia yo deciendo por línea recta de
varón), venciendo a los hijos del conde de San Polo. Niéguenme, asimesmo,
que no fue a buscar las aventuras a Alemania don Fernando de Guevara, donde
se combatió con micer Jorge, caballero de la casa del duque de Austria;
digan que fueron burla las justas de Suero de Quiñones, del Paso; las
empresas de mosén Luis de Falces contra don Gonzalo de Guzmán, caballero
castellano, con otras muchas hazañas hechas por caballeros cristianos,
déstos y de los reinos estranjeros, tan auténticas y verdaderas, que torno
a decir que el que las negase carecería de toda razón y buen discurso.

Admirado quedó el canónigo de oír la mezcla que don Quijote hacía de
verdades y mentiras, y de ver la noticia que tenía de todas aquellas cosas
tocantes y concernientes a los hechos de su andante caballería; y así, le
respondió:

-No puedo yo negar, señor don Quijote, que no sea verdad algo de lo que
vuestra merced ha dicho, especialmente en lo que toca a los caballeros
andantes españoles; y, asimesmo, quiero conceder que hubo Doce Pares de
Francia, pero no quiero creer que hicieron todas aquellas cosas que el
arzobispo Turpín dellos escribe; porque la verdad dello es que fueron
caballeros escogidos por los reyes de Francia, a quien llamaron pares por
ser todos iguales en valor, en calidad y en valentía; a lo menos, si no lo
eran, era razón que lo fuesen y era como una religión de las que ahora se
usan de Santiago o de Calatrava, que se presupone que los que la profesan
han de ser, o deben ser, caballeros valerosos, valientes y bien nacidos; y,
como ahora dicen caballero de San Juan, o de Alcántara, decían en aquel
tiempo caballero de los Doce Pares, porque no fueron doce iguales los que
para esta religión militar se escogieron. En lo de que hubo Cid no hay
duda, ni menos Bernardo del Carpio, pero de que hicieron las hazañas que
dicen, creo que la hay muy grande. En lo otro de la clavija que vuestra
merced dice del conde Pierres, y que está junto a la silla de Babieca en la
armería de los reyes, confieso mi pecado; que soy tan ignorante, o tan
corto de vista, que, aunque he visto la silla, no he echado de ver la
clavija, y más siendo tan grande como vuestra merced ha dicho.

-Pues allí está, sin duda alguna -replicó don Quijote-; y, por más señas,
dicen que está metida en una funda de vaqueta, porque no se tome de moho.

-Todo puede ser -respondió el canónigo-; pero, por las órdenes que recebí,
que no me acuerdo haberla visto. Mas, puesto que conceda que está allí, no
por eso me obligo a creer las historias de tantos Amadises, ni las de tanta
turbamulta de caballeros como por ahí nos cuentan; ni es razón que un
hombre como vuestra merced, tan honrado y de tan buenas partes, y dotado de
tan buen entendimiento, se dé a entender que son verdaderas tantas y tan
estrañas locuras como las que están escritas en los disparatados libros de
caballerías.

Capítulo L. De las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigo
tuvieron, con otros sucesos

-¡Bueno está eso! -respondió don Quijote-. Los libros que están impresos
con licencia de los reyes y con aprobación de aquellos a quien se
remitieron, y que con gusto general son leídos y celebrados de los grandes
y de los chicos, de los pobres y de los ricos, de los letrados e
ignorantes, de los plebeyos y caballeros, finalmente, de todo género de
personas, de cualquier estado y condición que sean, ¿habían de ser
mentira?; y más llevando tanta apariencia de verdad, pues nos cuentan el
padre, la madre, la patria, los parientes, la edad, el lugar y las hazañas,
punto por punto y día por día, que el tal caballero hizo, o caballeros
hicieron. Calle vuestra merced, no diga tal blasfemia (y créame que le
aconsejo en esto lo que debe de hacer como discreto), sino léalos, y verá
el gusto que recibe de su leyenda. Si no, dígame: ¿hay mayor contento que
ver, como si dijésemos: aquí ahora se muestra delante de nosotros un gran
lago de pez hirviendo a borbollones, y que andan nadando y cruzando por él
muchas serpientes, culebras y lagartos, y otros muchos géneros de animales
feroces y espantables, y que del medio del lago sale una voz tristísima que
dice: ''Tú, caballero, quienquiera que seas, que el temeroso lago estás
mirando, si quieres alcanzar el bien que debajo destas negras aguas se
encubre, muestra el valor de tu fuerte pecho y arrójate en mitad de su
negro y encendido licor; porque si así no lo haces, no serás digno de ver
las altas maravillas que en sí encierran y contienen los siete castillos de
las siete fadas que debajo desta negregura yacen?'' ¿Y que, apenas el
caballero no ha acabado de oír la voz temerosa, cuando, sin entrar más en
cuentas consigo, sin ponerse a considerar el peligro a que se pone, y aun
sin despojarse de la pesadumbre de sus fuertes armas, encomendándose a Dios
y a su señora, se arroja en mitad del bullente lago, y, cuando no se cata
ni sabe dónde ha de parar, se halla entre unos floridos campos, con quien
los Elíseos no tienen que ver en ninguna cosa? Allí le parece que el cielo
es más transparente, y que el sol luce con claridad más nueva; ofrécesele a
los ojos una apacible floresta de tan verdes y frondosos árboles compuesta,
que alegra a la vista su verdura, y entretiene los oídos el dulce y no
aprendido canto de los pequeños, infinitos y pintados pajarillos que por
los intricados ramos van cruzando. Aquí descubre un arroyuelo, cuyas
frescas aguas, que líquidos cristales parecen, corren sobre menudas arenas
y blancas pedrezuelas, que oro cernido y puras perlas semejan; acullá vee
una artificiosa fuente de jaspe variado y de liso mármol compuesta; acá vee
otra a lo brutesco adornada, adonde las menudas conchas de las almejas, con
las torcidas casas blancas y amarillas del caracol, puestas con orden
desordenada, mezclados entre ellas pedazos de cristal luciente y de
contrahechas esmeraldas, hacen una variada labor, de manera que el arte,
imitando a la naturaleza, parece que allí la vence. Acullá de improviso se
le descubre un fuerte castillo o vistoso alcázar, cuyas murallas son de
macizo oro, las almenas de diamantes, las puertas de jacintos; finalmente,
él es de tan admirable compostura que, con ser la materia de que está
formado no menos que de diamantes, de carbuncos, de rubíes, de perlas, de
oro y de esmeraldas, es de más estimación su hechura. Y ¿hay más que ver,
después de haber visto esto, que ver salir por la puerta del castillo un
buen número de doncellas, cuyos galanos y vistosos trajes, si yo me pusiese
ahora a decirlos como las historias nos los cuentan, sería nunca acabar; y
tomar luego la que parecía principal de todas por la mano al atrevido
caballero que se arrojó en el ferviente lago, y llevarle, sin hablarle
palabra, dentro del rico alcázar o castillo, y hacerle desnudar como su
madre le parió, y bañarle con templadas aguas, y luego untarle todo con
olorosos ungüentos, y vestirle una camisa de cendal delgadísimo, toda
olorosa y perfumada, y acudir otra doncella y echarle un mantón sobre los
hombros, que, por lo menos menos, dicen que suele valer una ciudad, y aun
más? ¿Qué es ver, pues, cuando nos cuentan que, tras todo esto, le llevan a
otra sala, donde halla puestas las mesas, con tanto concierto, que queda
suspenso y admirado?; ¿qué, el verle echar agua a manos, toda de ámbar y de
olorosas flores distilada?; ¿qué, el hacerle sentar sobre una silla de
marfil?; ¿qué, verle servir todas las doncellas, guardando un maravilloso
silencio?; ¿qué, el traerle tanta diferencia de manjares, tan sabrosamente
guisados, que no sabe el apetito a cuál deba de alargar la mano? ¿Cuál será
oír la música que en tanto que come suena, sin saberse quién la canta ni
adónde suena? ¿Y, después de la comida acabada y las mesas alzadas,
quedarse el caballero recostado sobre la silla, y quizá mondándose los
dientes, como es costumbre, entrar a deshora por la puerta de la sala otra
mucho más hermosa doncella que ninguna de las primeras, y sentarse al lado
del caballero, y comenzar a darle cuenta de qué castillo es aquél, y de
cómo ella está encantada en él, con otras cosas que suspenden al caballero
y admiran a los leyentes que van leyendo su historia? No quiero alargarme
más en esto, pues dello se puede colegir que cualquiera parte que se lea,
de cualquiera historia de caballero andante, ha de causar gusto y maravilla
a cualquiera que la leyere. Y vuestra merced créame, y, como otra vez le he
dicho, lea estos libros, y verá cómo le destierran la melancolía que
tuviere, y le mejoran la condición, si acaso la tiene mala. De mí sé decir
que, después que soy caballero andante, soy valiente, comedido, liberal,
bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de
trabajos, de prisiones, de encantos; y, aunque ha tan poco que me vi
encerrado en una jaula, como loco, pienso, por el valor de mi brazo,
favoreciéndome el cielo y no me siendo contraria la fortuna, en pocos días
verme rey de algún reino, adonde pueda mostrar el agradecimiento y
liberalidad que mi pecho encierra. Que, mía fe, señor, el pobre está
inhabilitado de poder mostrar la virtud de liberalidad con ninguno, aunque
en sumo grado la posea; y el agradecimiento que sólo consiste en el deseo
es cosa muerta, como es muerta la fe sin obras. Por esto querría que la
fortuna me ofreciese presto alguna ocasión donde me hiciese emperador, por
mostrar mi pecho haciendo bien a mis amigos, especialmente a este pobre de
Sancho Panza, mi escudero, que es el mejor hombre del mundo, y querría
darle un condado que le tengo muchos días ha prometido, sino que temo que
no ha de tener habilidad para gobernar su estado.

Casi estas últimas palabras oyó Sancho a su amo, a quien dijo:

-Trabaje vuestra merced, señor don Quijote, en darme ese condado, tan
prometido de vuestra merced como de mí esperado, que yo le prometo que no
me falte a mí habilidad para gobernarle; y, cuando me faltare, yo he oído
decir que hay hombres en el mundo que toman en arrendamiento los estados de
los señores, y les dan un tanto cada año, y ellos se tienen cuidado del
gobierno, y el señor se está a pierna tendida, gozando de la renta que le
dan, sin curarse de otra cosa;

y así haré yo, y no repararé en tanto más cuanto, sino que luego me
desistiré de todo, y me gozaré mi renta como un duque, y allá se lo hayan.

-Eso, hermano Sancho -dijo el canónigo-, entiéndese en cuanto al gozar la
renta; empero, al administrar justicia, ha de atender el señor del estado,
y aquí entra la habilidad y buen juicio, y principalmente la buena
intención de acertar; que si ésta falta en los principios, siempre irán
errados los medios y los fines; y así suele Dios ayudar al buen deseo del
simple como desfavorecer al malo del discreto.

-No sé esas filosofías -respondió Sancho Panza-; mas sólo sé que tan presto
tuviese yo el condado como sabría regirle; que tanta alma tengo yo como
otro, y tanto cuerpo como el que más, y tan rey sería yo de mi estado como
cada uno del suyo; y, siéndolo, haría lo que quisiese; y, haciendo lo que
quisiese, haría mi gusto; y, haciendo mi gusto, estaría contento; y, en
estando uno contento, no tiene más que desear; y, no teniendo más que
desear, acabóse; y el estado venga, y a Dios y veámonos, como dijo un ciego
a otro.

-No son malas filosofías ésas, como tú dices, Sancho; pero, con todo eso,
hay mucho que decir sobre esta materia de condados.

A lo cual replicó don Quijote:

-Yo no sé que haya más que decir; sólo me guío por el ejemplo que me da el
grande Amadís de Gaula, que hizo a su escudero conde de la Ínsula Firme; y
así, puedo yo, sin escrúpulo de conciencia, hacer conde a Sancho Panza, que
es uno de los mejores escuderos que caballero andante ha tenido.

Admirado quedó el canónigo de los concertados disparates que don Quijote
había dicho, del modo con que había pintado la aventura del Caballero del
Lago, de la impresión que en él habían hecho las pensadas mentiras de los
libros que había leído; y, finalmente, le admiraba la necedad de Sancho,
que con tanto ahínco deseaba alcanzar el condado que su amo le había
prometido.

Ya en esto, volvían los criados del canónigo, que a la venta habían ido por
la acémila del repuesto, y, haciendo mesa de una alhombra y de la verde
yerba del prado, a la sombra de unos árboles se sentaron, y comieron allí,
porque el boyero no perdiese la comodidad de aquel sitio, como queda dicho.
Y, estando comiendo, a deshora oyeron un recio estruendo y un son de
esquila, que por entre unas zarzas y espesas matas que allí junto estaban
sonaba, y al mesmo instante vieron salir de entre aquellas malezas una
hermosa cabra, toda la piel manchada de negro, blanco y pardo. Tras ella
venía un cabrero dándole voces, y diciéndole palabras a su uso, para que se
detuviese, o al rebaño volviese. La fugitiva cabra, temerosa y despavorida,
se vino a la gente, como a favorecerse della, y allí se detuvo. Llegó el
cabrero, y, asiéndola de los cuernos, como si fuera capaz de discurso y
entendimiento, le dijo:

-¡Ah cerrera, cerrera, Manchada, Manchada, y cómo andáis vos estos días de
pie cojo! ¿Qué lobos os espantan, hija? ¿No me diréis qué es esto, hermosa?
Mas ¡qué puede ser sino que sois hembra, y no podéis estar sosegada; que
mal haya vuestra condición, y la de todas aquellas a quien imitáis! Volved,
volved, amiga; que si no tan contenta, a lo menos, estaréis más segura en
vuestro aprisco, o con vuestras compañeras; que si vos que las habéis de
guardar y encaminar andáis tan sin guía y tan descaminada, ¿en qué podrán
parar ellas?

Contento dieron las palabras del cabrero a los que las oyeron,
especialmente al canónigo, que le dijo:

-Por vida vuestra, hermano, que os soseguéis un poco y no os acuciéis en
volver tan presto esa cabra a su rebaño; que, pues ella es hembra, como vos
decís, ha de seguir su natural distinto, por más que vos os pongáis a
estorbarlo. Tomad este bocado y bebed una vez, con que templaréis la
cólera, y en tanto, descansará la cabra.

Y el decir esto y el darle con la punta del cuchillo los lomos de un conejo
fiambre, todo fue uno. Tomólo y agradeciólo el cabrero; bebió y sosegóse, y
luego dijo:

-No querría que por haber yo hablado con esta alimaña tan en seso, me
tuviesen vuestras mercedes por hombre simple; que en verdad que no carecen
de misterio las palabras que le dije. Rústico soy, pero no tanto que no
entienda cómo se ha de tratar con los hombres y con las bestias.

-Eso creo yo muy bien -dijo el cura-, que ya yo sé de esperiencia que los
montes crían letrados y las cabañas de los pastores encierran filósofos.

-A lo menos, señor -replicó el cabrero-, acogen hombres escarmentados; y
para que creáis esta verdad y la toquéis con la mano, aunque parezca que
sin ser rogado me convido, si no os enfadáis dello y queréis, señores, un
breve espacio prestarme oído atento, os contaré una verdad que acredite lo
que ese señor (señalando al cura) ha dicho, y la mía.

A esto respondió don Quijote:

-Por ver que tiene este caso un no sé qué de sombra de aventura de
caballería, yo, por mi parte, os oiré, hermano, de muy buena gana, y así lo
harán todos estos señores, por lo mucho que tienen de discretos y de ser
amigos de curiosas novedades que suspendan, alegren y entretengan los
sentidos, como, sin duda, pienso que lo ha de hacer vuestro cuento.
Comenzad, pues, amigo, que todos escucharemos.

-Saco la mía -dijo Sancho-; que yo a aquel arroyo me voy con esta empanada,
donde pienso hartarme por tres días; porque he oído decir a mi señor don
Quijote que el escudero de caballero andante ha de comer, cuando se le
ofreciere, hasta no poder más, a causa que se les suele ofrecer entrar
acaso por una selva tan intricada que no aciertan a salir della en seis
días; y si el hombre no va harto, o bien proveídas las alforjas, allí se
podrá quedar, como muchas veces se queda, hecho carne momia.

-Tú estás en lo cierto, Sancho -dijo don Quijote-: vete adonde quisieres, y
come lo que pudieres; que yo ya estoy satisfecho, y sólo me falta dar al
alma su refacción, como se la daré escuchando el cuento deste buen hombre.

-Así las daremos todos a las nuestras -dijo el canónigo.

Y luego, rogó al cabrero que diese principio a lo que prometido había. El
cabrero dio dos palmadas sobre el lomo a la cabra, que por los cuernos
tenía, diciéndole:

-Recuéstate junto a mí, Manchada, que tiempo nos queda para volver a
nuestro apero.

Parece que lo entendió la cabra, porque, en sentándose su dueño, se tendió
ella junto a él con mucho sosiego, y, mirándole al rostro, daba a entender
que estaba atenta a lo que el cabrero iba diciendo, el cual comenzó su
historia desta manera:

Capítulo LI. Que trata de lo que contó el cabrero a todos los que llevaban
a don Quijote

-«Tres leguas deste valle está una aldea que, aunque pequeña, es de las más
ricas que hay en todos estos contornos; en la cual había un labrador muy
honrado, y tanto, que, aunque es anexo al ser rico el ser honrado, más lo
era él por la virtud que tenía que por la riqueza que alcanzaba. Mas lo que
le hacía más dichoso, según él decía, era tener una hija de tan estremada
hermosura, rara discreción, donaire y virtud, que el que la conocía y la
miraba se admiraba de ver las estremadas partes con que el cielo y la
naturaleza la habían enriquecido. Siendo niña fue hermosa, y siempre fue
creciendo en belleza, y en la edad de diez y seis años fue hermosísima. La
fama de su belleza se comenzó a estender por todas las circunvecinas
aldeas, ¿qué digo yo por las circunvecinas no más, si se estendió a las
apartadas ciudades, y aun se entró por las salas de los reyes, y por los
oídos de todo género de gente; que, como a cosa rara, o como a imagen de
milagros, de todas partes a verla venían? Guardábala su padre, y guardábase
ella; que no hay candados, guardas ni cerraduras que mejor guarden a una
doncella que las del recato proprio.

»La riqueza del padre y la belleza de la hija movieron a muchos, así del
pueblo como forasteros, a que por mujer se la pidiesen; mas él, como a
quien tocaba disponer de tan rica joya, andaba confuso, sin saber
determinarse a quién la entregaría de los infinitos que le importunaban. Y,
entre los muchos que tan buen deseo tenían, fui yo uno, a quien dieron
muchas y grandes esperanzas de buen suceso conocer que el padre conocía
quien yo era, el ser natural del mismo pueblo, limpio en sangre, en la edad
floreciente, en la hacienda muy rico y en el ingenio no menos acabado. Con
todas estas mismas partes la pidió también otro del mismo pueblo, que fue
causa de suspender y poner en balanza la voluntad del padre, a quien
parecía que con cualquiera de nosotros estaba su hija bien empleada; y, por
salir desta confusión, determinó decírselo a Leandra, que así se llama la
rica que en miseria me tiene puesto, advirtiendo que, pues los dos éramos
iguales, era bien dejar a la voluntad de su querida hija el escoger a su
gusto: cosa digna de imitar de todos los padres que a sus hijos quieren
poner en estado: no digo yo que los dejen escoger en cosas ruines y malas,
sino que se las propongan buenas, y de las buenas, que escojan a su gusto.
No sé yo el que tuvo Leandra; sólo sé que el padre nos entretuvo a
entrambos con la poca edad de su hija y con palabras generales, que ni le
obligaban, ni nos desobligaba tampoco. Llámase mi competidor Anselmo, y yo
Eugenio, porque vais con noticia de los nombres de las personas que en esta
tragedia se contienen, cuyo fin aún está pendiente; pero bien se deja
entender que será desastrado.

»En esta sazón, vino a nuestro pueblo un Vicente de la Rosa, hijo de un
pobre labrador del mismo lugar; el cual Vicente venía de las Italias, y de
otras diversas partes, de ser soldado. Llevóle de nuestro lugar, siendo
muchacho de hasta doce años, un capitán que con su compañía por allí acertó
a pasar, y volvió el mozo de allí a otros doce, vestido a la soldadesca,
pintado con mil colores, lleno de mil dijes de cristal y sutiles cadenas de
acero. Hoy se ponía una gala y mañana otra; pero todas sutiles, pintadas,
de poco peso y menos tomo. La gente labradora, que de suyo es maliciosa, y
dándole el ocio lugar es la misma malicia, lo notó, y contó punto por punto
sus galas y preseas, y halló que los vestidos eran tres, de diferentes
colores, con sus ligas y medias; pero él hacía tantos guisados e
invenciones dellas, que si no se los contaran, hubiera quien jurara que
había hecho muestra de más de diez pares de vestidos y de más de veinte
plumajes. Y no parezca impertinencia y demasía esto que de los vestidos voy
contando, porque ellos hacen una buena parte en esta historia.

»Sentábase en un poyo que debajo de un gran álamo está en nuestra plaza, y
allí nos tenía a todos la boca abierta, pendientes de las hazañas que nos
iba contando. No había tierra en todo el orbe que no hubiese visto, ni
batalla donde no se hubiese hallado; había muerto más moros que tiene
Marruecos y Túnez, y entrado en más singulares desafíos, según él decía,
que Gante y Luna, Diego García de Paredes y otros mil que nombraba; y de
todos había salido con vitoria, sin que le hubiesen derramado una sola gota
de sangre. Por otra parte, mostraba señales de heridas que, aunque no se
divisaban, nos hacía entender que eran arcabuzazos dados en diferentes
rencuentros y faciones. Finalmente, con una no vista arrogancia, llamaba de
vos a sus iguales y a los mismos que le conocían, y decía que su padre era
su brazo, su linaje, sus obras, y que debajo de ser soldado, al mismo rey
no debía nada. Añadiósele a estas arrogancias ser un poco músico y tocar
una guitarra a lo rasgado, de manera que decían algunos que la hacía
hablar; pero no pararon aquí sus gracias, que también la tenía de poeta, y
así, de cada niñería que pasaba en el pueblo, componía un romance de legua
y media de escritura.

»Este soldado, pues, que aquí he pintado, este Vicente de la Rosa, este
bravo, este galán, este músico, este poeta fue visto y mirado muchas veces
de Leandra, desde una ventana de su casa que tenía la vista a la plaza.
Enamoróla el oropel de sus vistosos trajes, encantáronla sus romances, que
de cada uno que componía daba veinte traslados, llegaron a sus oídos las
hazañas que él de sí mismo había referido, y, finalmente, que así el diablo
lo debía de tener ordenado, ella se vino a enamorar dél, antes que en él
naciese presunción de solicitalla. Y, como en los casos de amor no hay
ninguno que con más facilidad se cumpla que aquel que tiene de su parte el
deseo de la dama, con facilidad se concertaron Leandra y Vicente; y,
primero que alguno de sus muchos pretendientes cayesen en la cuenta de su
deseo, ya ella le tenía cumplido, habiendo dejado la casa de su querido y
amado padre, que madre no la tiene, y ausentádose de la aldea con el
soldado, que salió con más triunfo desta empresa que de todas las muchas
que él se aplicaba.

»Admiró el suceso a toda el aldea, y aun a todos los que dél noticia
tuvieron; yo quedé suspenso, Anselmo, atónito, el padre triste, sus
parientes afrentados, solícita la justicia, los cuadrilleros listos;
tomáronse los caminos, escudriñáronse los bosques y cuanto había, y, al
cabo de tres días, hallaron a la antojadiza Leandra en una cueva de un
monte, desnuda en camisa, sin muchos dineros y preciosísimas joyas que de
su casa había sacado. Volviéronla a la presencia del lastimado padre;
preguntáronle su desgracia; confesó sin apremio que Vicente de la Roca la
había engañado, y debajo de su palabra de ser su esposo la persuadió que
dejase la casa de su padre; que él la llevaría a la más rica y más viciosa
ciudad que había en todo el universo mundo, que era Nápoles; y que ella,
mal advertida y peor engañada, le había creído; y, robando a su padre, se
le entregó la misma noche que había faltado; y que él la llevó a un áspero
monte, y la encerró en aquella cueva donde la habían hallado. Contó también
como el soldado, sin quitalle su honor, le robó cuanto tenía, y la dejó en
aquella cueva y se fue: suceso que de nuevo puso en admiración a todos.

»Duro se nos hizo de creer la continencia del mozo, pero ella lo afirmó con
tantas veras, que fueron parte para que el desconsolado padre se consolase,
no haciendo cuenta de las riquezas que le llevaban, pues le habían dejado a
su hija con la joya que, si una vez se pierde, no deja esperanza de que
jamás se cobre. El mismo día que pareció Leandra la despareció su padre de
nuestros ojos, y la llevó a encerrar en un monesterio de una villa que está
aquí cerca, esperando que el tiempo gaste alguna parte de la mala opinión
en que su hija se puso. Los pocos años de Leandra sirvieron de disculpa de
su culpa, a lo menos con aquellos que no les iba algún interés en que ella
fuese mala o buena; pero los que conocían su discreción y mucho
entendimiento no atribuyeron a ignorancia su pecado, sino a su desenvoltura
y a la natural inclinación de las mujeres, que, por la mayor parte, suele
ser desatinada y mal compuesta.

»Encerrada Leandra, quedaron los ojos de Anselmo ciegos, a lo menos sin
tener cosa que mirar que contento le diese; los míos en tinieblas, sin luz
que a ninguna cosa de gusto les encaminase; con la ausencia de Leandra,
crecía nuestra tristeza, apocábase nuestra paciencia, maldecíamos las galas
del soldado y abominábamos del poco recato del padre de Leandra.
Finalmente, Anselmo y yo nos concertamos de dejar el aldea y venirnos a
este valle, donde él, apacentando una gran cantidad de ovejas suyas
proprias, y yo un numeroso rebaño de cabras, también mías, pasamos la vida
entre los árboles, dando vado a nuestras pasiones, o cantando juntos
alabanzas o vituperios de la hermosa Leandra, o suspirando solos y a solas
comunicando con el cielo nuestras querellas.

»A imitación nuestra, otros muchos de los pretendientes de Leandra se han
venido a estos ásperos montes, usando el mismo ejercicio nuestro; y son
tantos, que parece que este sitio se ha convertido en la pastoral Arcadia,
según está colmo de pastores y de apriscos, y no hay parte en él donde no
se oiga el nombre de la hermosa Leandra. Éste la maldice y la llama
antojadiza, varia y deshonesta; aquél la condena por fácil y ligera; tal la
absuelve y perdona, y tal la justicia y vitupera; uno celebra su hermosura,
otro reniega de su condición, y, en fin, todos la deshonran, y todos la
adoran, y de todos se estiende a tanto la locura, que hay quien se queje de
desdén sin haberla jamás hablado, y aun quien se lamente y sienta la
rabiosa enfermedad de los celos, que ella jamás dio a nadie; porque, como
ya tengo dicho, antes se supo su pecado que su deseo. No hay hueco de peña,
ni margen de arroyo, ni sombra de árbol que no esté ocupada de algún pastor
que sus desventuras a los aires cuente; el eco repite el nombre de Leandra
dondequiera que pueda formarse: Leandra resuenan los montes, Leandra
murmuran los arroyos, y Leandra nos tiene a todos suspensos y encantados,
esperando sin esperanza y temiendo sin saber de qué tememos. Entre estos
disparatados, el que muestra que menos y más juicio tiene es mi competidor
Anselmo, el cual, teniendo tantas otras cosas de que quejarse, sólo se
queja de ausencia; y al son de un rabel, que admirablemente toca, con
versos donde muestra su buen entendimiento, cantando se queja. Yo sigo otro
camino más fácil, y a mi parecer el más acertado, que es decir mal de la
ligereza de las mujeres, de su inconstancia, de su doble trato, de sus
promesas muertas, de su fe rompida, y, finalmente, del poco discurso que
tienen en saber colocar sus pensamientos e intenciones que tienen.» Y ésta
fue la ocasión, señores, de las palabras y razones que dije a esta cabra
cuando aquí llegué; que por ser hembra la tengo en poco, aunque es la mejor
de todo mi apero. Ésta es la historia que prometí contaros; si he sido en
el contarla prolijo, no seré en serviros corto: cerca de aquí tengo mi
majada, y en ella tengo fresca leche y muy sabrosísimo queso, con otras
varias y sazonadas frutas, no menos a la vista que al gusto agradables.

Capítulo LII. De la pendencia que don Quijote tuvo con el cabrero, con la
rara aventura de los deceplinantes, a quien dio felice fin a costa de su
sudor

General gusto causó el cuento del cabrero a todos los que escuchado le
habían; especialmente le recibió el canónigo, que con estraña curiosidad
notó la manera con que le había contado, tan lejos de parecer rústico
cabrero cuan cerca de mostrarse discreto cortesano; y así, dijo que había
dicho muy bien el cura en decir que los montes criaban letrados. Todos se
ofrecieron a Eugenio; pero el que más se mostró liberal en esto fue don
Quijote, que le dijo:

-Por cierto, hermano cabrero, que si yo me hallara posibilitado de poder
comenzar alguna aventura, que luego luego me pusiera en camino porque vos
la tuviérades buena; que yo sacara del monesterio, donde, sin duda alguna,
debe de estar contra su voluntad, a Leandra, a pesar de la abadesa y de
cuantos quisieran estorbarlo, y os la pusiera en vuestras manos, para que
hiciérades della a toda vuestra voluntad y talante, guardando, pero, las
leyes de la caballería, que mandan que a ninguna doncella se le sea fecho
desaguisado alguno; aunque yo espero en Dios Nuestro Señor que no ha de
poder tanto la fuerza de un encantador malicioso, que no pueda más la de
otro encantador mejor intencionado, y para entonces os prometo mi favor y
ayuda, como me obliga mi profesión, que no es otra si no es favorecer a los
desvalidos y menesterosos.

Miróle el cabrero, y, como vio a don Quijote de tan mal pelaje y catadura,
admiróse y preguntó al barbero, que cerca de sí tenía:

-Señor, ¿quién es este hombre, que tal talle tiene y de tal manera habla?

-¿Quién ha de ser -respondió el barbero- sino el famoso don Quijote de la
Mancha, desfacedor de agravios, enderezador de tuertos, el amparo de las
doncellas, el asombro de los gigantes y el vencedor de las batallas?

-Eso me semeja -respondió el cabrero- a lo que se lee en los libros de
caballeros andantes, que hacían todo eso que de este hombre vuestra merced
dice; puesto que para mí tengo, o que vuestra merced se burla, o que este
gentil hombre debe de tener vacíos los aposentos de la cabeza.

-Sois un grandísimo bellaco -dijo a esta sazón don Quijote-; y vos sois el
vacío y el menguado, que yo estoy más lleno que jamás lo estuvo la muy
hideputa puta que os parió.

Y, diciendo y haciendo, arrebató de un pan que junto a sí tenía, y dio con
él al cabrero en todo el rostro, con tanta furia, que le remachó las
narices; mas el cabrero, que no sabía de burlas, viendo con cuántas veras
le maltrataban, sin tener respeto a la alhombra, ni a los manteles, ni a
todos aquellos que comiendo estaban, saltó sobre don Quijote, y, asiéndole
del cuello con entrambas manos, no dudara de ahogalle, si Sancho Panza no
llegara en aquel punto, y le asiera por las espaldas y diera con él encima
de la mesa, quebrando platos, rompiendo tazas y derramando y esparciendo
cuanto en ella estaba. Don Quijote, que se vio libre, acudió a subirse
sobre el cabrero; el cual, lleno de sangre el rostro, molido a coces de
Sancho, andaba buscando a gatas algún cuchillo de la mesa para hacer alguna
sanguinolenta venganza, pero estorbábanselo el canónigo y el cura; mas el
barbero hizo de suerte que el cabrero cogió debajo de sí a don Quijote,
sobre el cual llovió tanto número de mojicones, que del rostro del pobre
caballero llovía tanta sangre como del suyo.

Reventaban de risa el canónigo y el cura, saltaban los cuadrilleros de
gozo, zuzaban los unos y los otros, como hacen a los perros cuando en
pendencia están trabados; sólo Sancho Panza se desesperaba, porque no se
podía desasir de un criado del canónigo, que le estorbaba que a su amo no
ayudase.

En resolución, estando todos en regocijo y fiesta, sino los dos aporreantes
que se carpían, oyeron el son de una trompeta, tan triste que les hizo
volver los rostros hacia donde les pareció que sonaba; pero el que más se
alborotó de oírle fue don Quijote, el cual, aunque estaba debajo del
cabrero, harto contra su voluntad y más que medianamente molido, le dijo:

-Hermano demonio, que no es posible que dejes de serlo, pues has tenido
valor y fuerzas para sujetar las mías, ruégote que hagamos treguas, no más
de por una hora; porque el doloroso son de aquella trompeta que a nuestros
oídos llega me parece que a alguna nueva aventura me llama.

El cabrero, que ya estaba cansado de moler y ser molido, le dejó luego, y
don Quijote se puso en pie, volviendo asimismo el rostro adonde el son se
oía, y vio a deshora que por un recuesto bajaban muchos hombres vestidos de
blanco, a modo de diciplinantes.

Era el caso que aquel año habían las nubes negado su rocío a la tierra, y
por todos los lugares de aquella comarca se hacían procesiones, rogativas y
diciplinas, pidiendo a Dios abriese las manos de su misericordia y les
lloviese; y para este efecto la gente de una aldea que allí junto estaba
venía en procesión a una devota ermita que en un recuesto de aquel valle
había.

Don Quijote, que vio los estraños trajes de los diciplinantes, sin pasarle
por la memoria las muchas veces que los había de haber visto, se imaginó
que era cosa de aventura, y que a él solo tocaba, como a caballero andante,
el acometerla; y confirmóle más esta imaginación pensar que una imagen que
traían cubierta de luto fuese alguna principal señora que llevaban por
fuerza aquellos follones y descomedidos malandrines; y, como esto le cayó
en las mientes, con gran ligereza arremetió a Rocinante, que paciendo
andaba, quitándole del arzón el freno y el adarga, y en un punto le
enfrenó, y, pidiendo a Sancho su espada, subió sobre Rocinante y embrazó su
adarga, y dijo en alta voz a todos los que presentes estaban:

-Agora, valerosa compañía, veredes cuánto importa que haya en el mundo
caballeros que profesen la orden de la andante caballería; agora digo que
veredes, en la libertad de aquella buena señora que allí va cautiva, si se
han de estimar los caballeros andantes.

Y, en diciendo esto, apretó los muslos a Rocinante, porque espuelas no las
tenía, y, a todo galope, porque carrera tirada no se lee en toda esta
verdadera historia que jamás la diese Rocinante, se fue a encontrar con los
diciplinantes, bien que fueran el cura y el canónigo y barbero a detenelle;
mas no les fue posible, ni menos le detuvieron las voces que Sancho le
daba, diciendo:

-¿Adónde va, señor don Quijote? ¿Qué demonios lleva en el pecho, que le
incitan a ir contra nuestra fe católica? Advierta, mal haya yo, que aquélla
es procesión de diciplinantes, y que aquella señora que llevan sobre la
peana es la imagen benditísima de la Virgen sin mancilla; mire, señor, lo
que hace, que por esta vez se puede decir que no es lo que sabe.

Fatigóse en vano Sancho, porque su amo iba tan puesto en llegar a los
ensabanados y en librar a la señora enlutada, que no oyó palabra; y, aunque
la oyera, no volviera, si el rey se lo mandara. Llegó, pues, a la
procesión, y paró a Rocinante, que ya llevaba deseo de quietarse un poco,
y, con turbada y ronca voz, dijo:

-Vosotros, que, quizá por no ser buenos, os encubrís los rostros, atended y
escuchad lo que deciros quiero.

Los primeros que se detuvieron fueron los que la imagen llevaban; y uno de
los cuatro clérigos que cantaban las ledanías, viendo la estraña catadura
de don Quijote, la flaqueza de Rocinante y otras circunstancias de risa que
notó y descubrió en don Quijote, le respondió diciendo:

-Señor hermano, si nos quiere decir algo, dígalo presto, porque se van
estos hermanos abriendo las carnes, y no podemos, ni es razón que nos
detengamos a oír cosa alguna, si ya no es tan breve que en dos palabras se
diga.

-En una lo diré -replicó don Quijote-, y es ésta: que luego al punto dejéis
libre a esa hermosa señora, cuyas lágrimas y triste semblante dan claras
muestras que la lleváis contra su voluntad y que algún notorio desaguisado
le habedes fecho; y yo, que nací en el mundo para desfacer semejantes
agravios, no consentiré que un solo paso adelante pase sin darle la deseada
libertad que merece.

En estas razones, cayeron todos los que las oyeron que don Quijote debía de
ser algún hombre loco, y tomáronse a reír muy de gana; cuya risa fue poner
pólvora a la cólera de don Quijote, porque, sin decir más palabra, sacando
la espada, arremetió a las andas. Uno de aquellos que las llevaban, dejando
la carga a sus compañeros, salió al encuentro de don Quijote, enarbolando
una horquilla o bastón con que sustentaba las andas en tanto que
descansaba; y, recibiendo en ella una gran cuchillada que le tiró don
Quijote, con que se la hizo dos partes, con el último tercio, que le quedó
en la mano, dio tal golpe a don Quijote encima de un hombro, por el mismo
lado de la espada, que no pudo cubrir el adarga contra villana fuerza, que
el pobre don Quijote vino al suelo muy mal parado.

Sancho Panza, que jadeando le iba a los alcances, viéndole caído, dio voces
a su moledor que no le diese otro palo, porque era un pobre caballero
encantado, que no había hecho mal a nadie en todos los días de su vida.
Mas, lo que detuvo al villano no fueron las voces de Sancho, sino el ver
que don Quijote no bullía pie ni mano; y así, creyendo que le había muerto,
con priesa se alzó la túnica a la cinta, y dio a huir por la campaña como
un gamo.

Ya en esto llegaron todos los de la compañía de don Quijote adonde él
estaba; y más los de la procesión, que los vieron venir corriendo, y con
ellos los cuadrilleros con sus ballestas, temieron algún mal suceso, y
hiciéronse todos un remolino alrededor de la imagen; y, alzados los
capirotes, empuñando las diciplinas, y los clérigos los ciriales, esperaban
el asalto con determinación de defenderse, y aun ofender, si pudiesen, a
sus acometedores; pero la fortuna lo hizo mejor que se pensaba, porque
Sancho no hizo otra cosa que arrojarse sobre el cuerpo de su señor,
haciendo sobre él el más doloroso y risueño llanto del mundo, creyendo que
estaba muerto.

El cura fue conocido de otro cura que en la procesión venía, cuyo
conocimiento puso en sosiego el concebido temor de los dos escuadrones. El
primer cura dio al segundo, en dos razones, cuenta de quién era don
Quijote, y así él como toda la turba de los diciplinantes fueron a ver si
estaba muerto el pobre caballero, y oyeron que Sancho Panza, con lágrimas
en los ojos, decía:

-¡Oh flor de la caballería, que con solo un garrotazo acabaste la carrera
de tus tan bien gastados años! ¡Oh honra de tu linaje, honor y gloria de
toda la Mancha, y aun de todo el mundo, el cual, faltando tú en él, quedará
lleno de malhechores, sin temor de ser castigados de sus malas fechorías!
¡Oh liberal sobre todos los Alejandros, pues por solos ocho meses de
servicio me tenías dada la mejor ínsula que el mar ciñe y rodea! ¡Oh
humilde con los soberbios y arrogante con los humildes, acometedor de
peligros, sufridor de afrentas, enamorado sin causa, imitador de los
buenos, azote de los malos, enemigo de los ruines, en fin, caballero
andante, que es todo lo que decir se puede!

Con las voces y gemidos de Sancho revivió don Quijote, y la primer palabra
que dijo fue:

-El que de vos vive ausente, dulcísima Dulcinea, a mayores miserias que
éstas está sujeto. Ayúdame, Sancho amigo, a ponerme sobre el carro
encantado, que ya no estoy para oprimir la silla de Rocinante, porque tengo
todo este hombro hecho pedazos.

-Eso haré yo de muy buena gana, señor mío -respondió Sancho-, y volvamos a
mi aldea en compañía destos señores, que su bien desean, y allí daremos
orden de hacer otra salida que nos sea de más provecho y fama.

-Bien dices, Sancho -respondió don Quijote-, y será gran prudencia dejar
pasar el mal influjo de las estrellas que agora corre.

El canónigo y el cura y barbero le dijeron que haría muy bien en hacer lo
que decía; y así, habiendo recebido grande gusto de las simplicidades de
Sancho Panza, pusieron a don Quijote en el carro, como antes venía. La
procesión volvió a ordenarse y a proseguir su camino; el cabrero se
despidió de todos; los cuadrilleros no quisieron pasar adelante, y el cura
les pagó lo que se les debía. El canónigo pidió al cura le avisase el
suceso de don Quijote, si sanaba de su locura o si proseguía en ella, y con
esto tomó licencia para seguir su viaje. En fin, todos se dividieron y
apartaron, quedando solos el cura y barbero, don Quijote y Panza, y el
bueno de Rocinante, que a todo lo que había visto estaba con tanta
paciencia como su amo.

El boyero unció sus bueyes y acomodó a don Quijote sobre un haz de heno, y
con su acostumbrada flema siguió el camino que el cura quiso, y a cabo de
seis días llegaron a la aldea de don Quijote, adonde entraron en la mitad
del día, que acertó a ser domingo, y la gente estaba toda en la plaza, por
mitad de la cual atravesó el carro de don Quijote. Acudieron todos a ver lo
que en el carro venía, y, cuando conocieron a su compatrioto, quedaron
maravillados, y un muchacho acudió corriendo a dar las nuevas a su ama y a
su sobrina de que su tío y su señor venía flaco y amarillo, y tendido sobre
un montón de heno y sobre un carro de bueyes. Cosa de lástima fue oír los
gritos que las dos buenas señoras alzaron, las bofetadas que se dieron, las
maldiciones que de nuevo echaron a los malditos libros de caballerías; todo
lo cual se renovó cuando vieron entrar a don Quijote por sus puertas.

A las nuevas desta venida de don Quijote, acudió la mujer de Sancho Panza,
que ya había sabido que había ido con él sirviéndole de escudero, y, así
como vio a Sancho, lo primero que le preguntó fue que si venía bueno el
asno. Sancho respondió que venía mejor que su amo.

-Gracias sean dadas a Dios -replicó ella-, que tanto bien me ha hecho; pero
contadme agora, amigo: ¿qué bien habéis sacado de vuestras escuderías?,
¿qué saboyana me traes a mí?, ¿qué zapaticos a vuestros hijos?

-No traigo nada deso -dijo Sancho-, mujer mía, aunque traigo otras cosas de
más momento y consideración.

-Deso recibo yo mucho gusto -respondió la mujer-; mostradme esas cosas de
más consideración y más momento, amigo mío, que las quiero ver, para que se
me alegre este corazón, que tan triste y descontento ha estado en todos los
siglos de vuestra ausencia.

-En casa os las mostraré, mujer -dijo Panza-, y por agora estad contenta,
que, siendo Dios servido de que otra vez salgamos en viaje a buscar
aventuras, vos me veréis presto conde o gobernador de una ínsula, y no de
las de por ahí, sino la mejor que pueda hallarse.

-Quiéralo así el cielo, marido mío; que bien lo habemos menester. Mas,
decidme: ¿qué es eso de ínsulas, que no lo entiendo?

-No es la miel para la boca del asno -respondió Sancho-; a su tiempo lo
verás, mujer, y aun te admirarás de oírte llamar Señoría de todos tus
vasallos.

-¿Qué es lo que decís, Sancho, de señorías, ínsulas y vasallos? -respondió
Juana Panza, que así se llamaba la mujer de Sancho, aunque no eran
parientes, sino porque se usa en la Mancha tomar las mujeres el apellido de
sus maridos.

-No te acucies, Juana, por saber todo esto tan apriesa; basta que te digo
verdad, y cose la boca. Sólo te sabré decir, así de paso, que no hay cosa
más gustosa en el mundo que ser un hombre honrado escudero de un caballero
andante buscador de aventuras. Bien es verdad que las más que se hallan no
salen tan a gusto como el hombre querría, porque de ciento que se
encuentran, las noventa y nueve suelen salir aviesas y torcidas. Sélo yo de
expiriencia, porque de algunas he salido manteado, y de otras molido; pero,
con todo eso, es linda cosa esperar los sucesos atravesando montes,
escudriñando selvas, pisando peñas, visitando castillos, alojando en ventas
a toda discreción, sin pagar, ofrecido sea al diablo, el maravedí.

Todas estas pláticas pasaron entre Sancho Panza y Juana Panza, su mujer, en
tanto que el ama y sobrina de don Quijote le recibieron, y le desnudaron, y
le tendieron en su antiguo lecho. Mirábalas él con ojos atravesados, y no
acababa de entender en qué parte estaba. El cura encargó a la sobrina
tuviese gran cuenta con regalar a su tío, y que estuviesen alerta de que
otra vez no se les escapase, contando lo que había sido menester para
traelle a su casa. Aquí alzaron las dos de nuevo los gritos al cielo; allí
se renovaron las maldiciones de los libros de caballerías, allí pidieron al
cielo que confundiese en el centro del abismo a los autores de tantas
mentiras y disparates. Finalmente, ellas quedaron confusas y temerosas de
que se habían de ver sin su amo y tío en el mesmo punto que tuviese alguna
mejoría; y sí fue como ellas se lo imaginaron.

Pero el autor desta historia, puesto que con curiosidad y diligencia ha
buscado los hechos que don Quijote hizo en su tercera salida, no ha podido
hallar noticia de ellas, a lo menos por escrituras auténticas; sólo la fama
ha guardado, en las memorias de la Mancha, que don Quijote, la tercera vez
que salió de su casa, fue a Zaragoza, donde se halló en unas famosas justas
que en aquella ciudad hicieron, y allí le pasaron cosas dignas de su valor
y buen entendimiento. Ni de su fin y acabamiento pudo alcanzar cosa alguna,
ni la alcanzara ni supiera si la buena suerte no le deparara un antiguo
médico que tenía en su poder una caja de plomo, que, según él dijo, se
había hallado en los cimientos derribados de una antigua ermita que se
renovaba; en la cual caja se habían hallado unos pergaminos escritos con
letras góticas, pero en versos castellanos, que contenían muchas de sus
hazañas y daban noticia de la hermosura de Dulcinea del Toboso, de la
figura de Rocinante, de la fidelidad de Sancho Panza y de la sepultura del
mesmo don Quijote, con diferentes epitafios y elogios de su vida y
costumbres.

Y los que se pudieron leer y sacar en limpio fueron los que aquí pone el
fidedigno autor desta nueva y jamás vista historia. El cual autor no pide a
los que la leyeren, en premio del inmenso trabajo que le costó inquerir y
buscar todos los archivos manchegos, por sacarla a luz, sino que le den el
mesmo crédito que suelen dar los discretos a los libros de caballerías, que
tan validos andan en el mundo; que con esto se tendrá por bien pagado y
satisfecho, y se animará a sacar y buscar otras, si no tan verdaderas, a lo
menos de tanta invención y pasatiempo.

Las palabras primeras que estaban escritas en el pergamino que se halló en
la caja de plomo eran éstas:

LOS ACADÉMICOS DE LA ARGAMASILLA,
LUGAR DE LA MANCHA,
EN VIDA Y MUERTE DEL VALEROSO
DON QUIJOTE DE LA MANCHA,

HOC SCRIPSERUNT:

EL MONICONGO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
A LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE

Epitafio

El calvatrueno que adornó a la Mancha
de más despojos que Jasón decreta;
el jüicio que tuvo la veleta
aguda donde fuera mejor ancha,
el brazo que su fuerza tanto ensancha,
que llegó del Catay hasta Gaeta,
la musa más horrenda y más discreta
que grabó versos en la broncínea plancha,
el que a cola dejó los Amadises,
y en muy poquito a Galaores tuvo,
estribando en su amor y bizarría,
el que hizo callar los Belianises,
aquel que en Rocinante errando anduvo,
yace debajo desta losa fría.

DEL PANIAGUADO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,

In laudem Dulcineae del Toboso

Soneto

Esta que veis de rostro amondongado,
alta de pechos y ademán brioso,
es Dulcinea, reina del Toboso,
de quien fue el gran Quijote aficionado.
Pisó por ella el uno y otro lado
de la gran Sierra Negra, y el famoso
campo de Montïel, hasta el herboso
llano de Aranjüez, a pie y cansado.
Culpa de Rocinante, ¡oh dura estrella!,
que esta manchega dama, y este invito
andante caballero, en tiernos años,
ella dejó, muriendo, de ser bella;
y él, aunque queda en mármores escrito,
no pudo huir de amor, iras y engaños.

DEL CAPRICHOSO, DISCRETÍSIMO ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
EN LOOR DE ROCINANTE, CABALLO DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Soneto

En el soberbio trono diamantino
que con sangrientas plantas huella Marte,
frenético, el Manchego su estandarte
tremola con esfuerzo peregrino.
Cuelga las armas y el acero fino
con que destroza, asuela, raja y parte:
¡nuevas proezas!, pero inventa el arte
un nuevo estilo al nuevo paladino.
Y si de su Amadís se precia Gaula,
por cuyos bravos descendientes Grecia
triunfó mil veces y su fama ensancha,
hoy a Quijote le corona el aula
do Belona preside, y dél se precia,
más que Grecia ni Gaula, la alta Mancha.
Nunca sus glorias el olvido mancha,
pues hasta Rocinante, en ser gallardo,
excede a Brilladoro y a Bayardo.

DEL BURLADOR, ACADÉMICO ARGAMASILLESCO,
A SANCHO PANZA

Soneto

DEL CACHIDIABLO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
EN LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE

Epitafio

Aquí yace el caballero,
bien molido y mal andante,
a quien llevó Rocinante
por uno y otro sendero.
Sancho Panza el majadero
yace también junto a él,
escudero el más fïel
que vio el trato de escudero.

DEL TIQUITOC, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
EN LA SEPULTURA DE DULCINEA DEL TOBOSO

Epitafio

Reposa aquí Dulcinea;
y, aunque de carnes rolliza,
la volvió en polvo y ceniza
la muerte espantable y fea.
Fue de castiza ralea,
y tuvo asomos de dama;
del gran Quijote fue llama,
y fue gloria de su aldea.

Éstos fueron los versos que se pudieron leer; los demás, por estar
carcomida la letra, se entregaron a un académico para que por conjeturas
los declarase. Tiénese noticia que lo ha hecho, a costa de muchas vigilias
y mucho trabajo, y que tiene intención de sacallos a luz, con esperanza de
la tercera salida de don Quijote.

Forsi altro canterà con miglior plectio.

Finis


Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha

TASA

Yo, Hernando de Vallejo, escribano de Cámara del Rey nuestro señor, de los
que residen en su Consejo, doy fe que, habiéndose visto por los señores dél
un libro que compuso Miguel de Cervantes Saavedra, intitulado Don Quijote
de la Mancha, Segunda parte, que con licencia de Su Majestad fue impreso,
le tasaron a cuatro maravedís cada pliego en papel, el cual tiene setenta y
tres pliegos, que al dicho respeto suma y monta docientos y noventa y dos
maravedís, y mandaron que esta tasa se ponga al principio de cada volumen
del dicho libro, para que se sepa y entienda lo que por él se ha de pedir y
llevar, sin que se exceda en ello en manera alguna, como consta y parece
por el auto y decreto original sobre ello dado, y que queda en mi poder,
a que me refiero; y de mandamiento de los dichos señores del Consejo y de
pedimiento de la parte del dicho Miguel de Cervantes, di esta fee en
Madrid, a veinte y uno días del mes de otubre del mil y seiscientos y
quince años.

Hernando de Vallejo.

FEE DE ERRATAS

Vi este libro intitulado Segunda parte de don Quijote de la Mancha,
compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, y no hay en él cosa digna de
notar que no corresponda a su original. Dada en Madrid, a veinte y uno de
otubre, mil y seiscientos y quince.

El licenciado Francisco Murcia de la Llana.

APROBACIÓN

Por comisión y mandado de los señores del Consejo, he hecho ver el libro
contenido en este memorial: no contiene cosa contra la fe ni buenas
costumbres, antes es libro de mucho entretenimiento lícito, mezclado de
mucha filosofía moral; puédesele dar licencia para imprimirle. En Madrid, a
cinco de noviembre de mil seiscientos y quince.

Doctor Gutierre de Cetina.

APROBACIÓN

Por comisión y mandado de los señores del Consejo, he visto la Segunda
parte de don Quijote de la Mancha, por Miguel de Cervantes Saavedra: no
contiene cosa contra nuestra santa fe católica, ni buenas costumbres,
antes, muchas de honesta recreación y apacible divertimiento, que los
antiguos juzgaron convenientes a sus repúblicas, pues aun en la severa de
los lacedemonios levantaron estatua a la risa, y los de Tesalia la
dedicaron fiestas, como lo dice Pausanias, referido de Bosio, libro II De
signis Ecclesiae, cap. 10, alentando ánimos marchitos y espíritus
melancólicos, de que se acordó Tulio en el primero De legibus, y el poeta
diciendo:

Interpone tuis interdum gaudia curis,

lo cual hace el autor mezclando las veras a las burlas, lo dulce a lo
provechoso y lo moral a lo faceto, disimulando en el cebo del donaire el
anzuelo de la reprehensión, y cumpliendo con el acertado asunto en que
pretende la expulsión de los libros de caballerías, pues con su buena
diligencia mañosamente alimpiando de su contagiosa dolencia a estos reinos,
es obra muy digna de su grande ingenio, honra y lustre de nuestra nación,
admiración y invidia de las estrañas. Éste es mi parecer, salvo etc. En
Madrid, a 17 de marzo de 1615.

El maestro Josef de Valdivielso.

APROBACIÓN

Por comisión del señor doctor Gutierre de Cetina, vicario general desta
villa de Madrid, corte de Su Majestad, he visto este libro de la Segunda
parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, por Miguel de
Cervantes Saavedra, y no hallo en él cosa indigna de un cristiano celo, ni
que disuene de la decencia debida a buen ejemplo, ni virtudes morales;
antes, mucha erudición y aprovechamiento, así en la continencia de su bien
seguido asunto para extirpar los vanos y mentirosos libros de caballerías,
cuyo contagio había cundido más de lo que fuera justo, como en la lisura
del lenguaje castellano, no adulterado con enfadosa y estudiada afectación,
vicio con razón aborrecido de hombres cuerdos; y en la correción de vicios
que generalmente toca, ocasionado de sus agudos discursos, guarda con tanta
cordura las leyes de reprehensión cristiana, que aquel que fuere tocado de
la enfermedad que pretende curar, en lo dulce y sabroso de sus medicinas
gustosamente habrá bebido, cuando menos lo imagine, sin empacho ni asco
alguno, lo provechoso de la detestación de su vicio, con que se hallará,
que es lo más difícil de conseguirse, gustoso y reprehendido. Ha habido
muchos que, por no haber sabido templar ni mezclar a propósito lo útil con
lo dulce, han dado con todo su molesto trabajo en tierra, pues no pudiendo
imitar a Diógenes en lo filósofo y docto, atrevida, por no decir licenciosa
y desalumbradamente, le pretenden imitar en lo cínico, entregándose a
maldicientes, inventando casos que no pasaron, para hacer capaz al vicio
que tocan de su áspera reprehensión, y por ventura descubren caminos para
seguirle, hasta entonces ignorados, con que vienen a quedar, si no
reprehensores, a lo menos maestros dél. Hácense odiosos a los bien
entendidos, con el pueblo pierden el crédito, si alguno tuvieron, para
admitir sus escritos y los vicios que arrojada e imprudentemente quisieren
corregir en muy peor estado que antes, que no todas las postemas a un mismo
tiempo están dispuestas para admitir las recetas o cauterios; antes,
algunos mucho mejor reciben las blandas y suaves medicinas, con cuya
aplicación, el atentado y docto médico consigue el fin de resolverlas,
término que muchas veces es mejor que no el que se alcanza con el rigor del
hierro. Bien diferente han sentido de los escritos de Miguel de
Cervantes, así nuestra nación como las estrañas, pues como a milagro desean
ver el autor de libros que con general aplauso, así por su decoro y
decencia como por la suavidad y blandura de sus discursos, han recebido
España, Francia, Italia, Alemania y Flandes. Certifico con verdad que en
veinte y cinco de febrero deste año de seiscientos y quince, habiendo ido
el ilustrísimo señor don Bernardo de Sandoval y Rojas, cardenal arzobispo
de Toledo, mi señor, a pagar la visita que a Su Ilustrísima hizo el
embajador de Francia, que vino a tratar cosas tocantes a los casamientos de
sus príncipes y los de España, muchos caballeros franceses, de los que
vinieron acompañando al embajador, tan corteses como entendidos y amigos de
buenas letras, se llegaron a mí y a otros capellanes del cardenal mi señor,
deseosos de saber qué libros de ingenio andaban más validos; y, tocando
acaso en éste que yo estaba censurando, apenas oyeron el nombre de Miguel
de Cervantes, cuando se comenzaron a hacer lenguas, encareciendo la
estimación en que, así en Francia como en los reinos sus confinantes, se
tenían sus obras: la Galatea, que alguno dellos tiene casi de memoria la
primera parte désta, y las Novelas. Fueron tantos sus encarecimientos,
que me ofrecí llevarles que viesen el autor dellas, que estimaron con mil
demostraciones de vivos deseos. Preguntáronme muy por menor su edad, su
profesión, calidad y cantidad. Halléme obligado a decir que era viejo,
soldado, hidalgo y pobre, a que uno respondió estas formales palabras:
''Pues, ¿a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario
público?'' Acudió otro de aquellos caballeros con este pensamiento y con
mucha agudeza, y dijo: ''Si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a
Dios que nunca tenga abundancia, para que con sus obras, siendo él pobre,
haga rico a todo el mundo''. Bien creo que está, para censura, un poco
larga; alguno dirá que toca los límites de lisonjero elogio; mas la verdad
de lo que cortamente digo deshace en el crítico la sospecha y en mí el
cuidado; además que el día de hoy no se lisonjea a quien no tiene con qué
cebar el pico del adulador, que, aunque afectuosa y falsamente dice de
burlas, pretende ser remunerado de veras. En Madrid, a veinte y siete de
febrero de mil y seiscientos y quince.