El licenciado Márquez Torres.
PRIVILEGIO
Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes Saavedra, nos fue fecha
relación que habíades compuesto la Segunda parte de don Quijote de la
Mancha, de la cual hacíades presentación, y, por ser libro de historia
agradable y honesta, y haberos costado mucho trabajo y estudio, nos
suplicastes os mandásemos dar licencia para le poder imprimir y privilegio
por veinte años, o como la nuestra merced fuese; lo cual visto por los del
nuestro Consejo, por cuanto en el dicho libro se hizo la diligencia que la
premática por nos sobre ello fecha dispone, fue acordado que debíamos
mandar dar esta nuestra cédula en la dicha razón, y nos tuvímoslo por bien.
Por la cual vos damos licencia y facultad para que, por tiempo y espacio de
diez años, cumplidos primeros siguientes, que corran y se cuenten desde el
día de la fecha de esta nuestra cédula en adelante, vos, o la persona que
para ello vuestro poder hobiere, y no otra alguna, podáis imprimir y vender
el dicho libro que desuso se hace mención; y por la presente damos licencia
y facultad a cualquier impresor de nuestros reinos que nombráredes para que
durante el dicho tiempo le pueda imprimir por el original que en el nuestro
Consejo se vio, que va rubricado y firmado al fin de Hernando de Vallejo,
nuestro escribano de Cámara, y uno de los que en él residen, con que antes
y primero que se venda lo traigáis ante ellos, juntamente con el dicho
original, para que se vea si la dicha impresión está conforme a él, o
traigáis fe en pública forma cómo, por corretor por nos nombrado, se vio y
corrigió la dicha impresión por el dicho original, y más al dicho impresor
que ansí imprimiere el dicho libro no imprima el principio y primer pliego
dél, ni entregue más de un solo libro con el original al autor y persona a
cuya costa lo imprimiere, ni a otra alguna, para efecto de la dicha
correción y tasa, hasta que antes y primero el dicho libro esté corregido y
tasado por los del nuestro Consejo, y estando hecho, y no de otra manera,
pueda imprimir el dicho principio y primer pliego, en el cual imediatamente
ponga esta nuestra licencia y la aprobación, tasa y erratas, ni lo podáis
vender ni vendáis vos ni otra persona alguna, hasta que esté el dicho libro
en la forma susodicha, so pena de caer e incurrir en las penas contenidas
en la dicha premática y leyes de nuestros reinos que sobre ello disponen; y
más, que durante el dicho tiempo persona alguna sin vuestra licencia no le
pueda imprimir ni vender, so pena que el que lo imprimiere y vendiere haya
perdido y pierda cualesquiera libros, moldes y aparejos que dél tuviere, y
más incurra en pena de cincuenta mil maravedís por cada vez que lo
contrario hiciere, de la cual dicha pena sea la tercia parte para nuestra
Cámara, y la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare, y la otra
tercia parte par el que lo denunciare; y más a los del nuestro Consejo,
presidentes, oidores de las nuestras Audiencias, alcaldes, alguaciles de la
nuestra Casa y Corte y Chancillerías, y a otras cualesquiera justicias de
todas las ciudades, villas y lugares de los nuestros reinos y señoríos, y a
cada uno en su juridición, ansí a los que agora son como a los que serán de
aquí adelante, que vos guarden y cumplan esta nuestra cédula y merced, que
ansí vos hacemos, y contra ella no vayan ni pasen en manera alguna, so pena
de la nuestra merced y de diez mil maravedís para la nuestra Cámara. Dada
en Madrid, a treinta días del mes de marzo de mil y seiscientos y quince
años.
YO, EL REY.
Por mandado del Rey nuestro señor:
Pedro de Contreras.
PRÓLOGO AL LECTOR
¡Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector
ilustre, o quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas,
riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote; digo de aquel que
dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona! Pues en verdad
que no te he dar este contento; que, puesto que los agravios despiertan la
cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción esta
regla. Quisieras tú que lo diera del asno, del mentecato y del atrevido,
pero no me pasa por el pensamiento: castíguele su pecado, con su pan se lo
coma y allá se lo haya. Lo que no he podido dejar de sentir es que me note
de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el
tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna
taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los
presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en
los ojos de quien las mira, son estimadas, a lo menos, en la estimación de
los que saben dónde se cobraron; que el soldado más bien parece muerto en
la batalla que libre en la fuga; y es esto en mí de manera, que si ahora me
propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en
aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme
hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos,
estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra, y al de desear la
justa alabanza; y hase de advertir que no se escribe con las canas, sino
con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años.
He sentido también que me llame invidioso, y que, como a ignorante, me
describa qué cosa sea la invidia; que, en realidad de verdad, de dos que
hay, yo no conozco sino a la santa, a la noble y bien intencionada; y,
siendo esto así, como lo es, no tengo yo de perseguir a ningún sacerdote, y
más si tiene por añadidura ser familiar del Santo Oficio; y si él lo dijo
por quien parece que lo dijo, engañóse de todo en todo: que del tal adoro
el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa. Pero, en
efecto, le agradezco a este señor autor el decir que mis novelas son más
satíricas que ejemplares, pero que son buenas; y no lo pudieran ser si no
tuvieran de todo.
Paréceme que me dices que ando muy limitado y que me contengo mucho en los
términos de mi modestia, sabiendo que no se ha añadir aflición al afligido,
y que la que debe de tener este señor sin duda es grande, pues no osa
parecer a campo abierto y al cielo claro, encubriendo su nombre, fingiendo
su patria, como si hubiera hecho alguna traición de lesa majestad. Si, por
ventura, llegares a conocerle, dile de mi parte que no me tengo por
agraviado: que bien sé lo que son tentaciones del demonio, y que una de las
mayores es ponerle a un hombre en el entendimiento que puede componer y
imprimir un libro, con que gane tanta fama como dineros, y tantos dineros
cuanta fama; y, para confirmación desto, quiero que en tu buen donaire y
gracia le cuentes este cuento:
«Había en Sevilla un loco que dio en el más gracioso disparate y tema que
dio loco en el mundo. Y fue que hizo un cañuto de caña puntiagudo en el
fin, y, en cogiendo algún perro en la calle, o en cualquiera otra parte,
con el un pie le cogía el suyo, y el otro le alzaba con la mano, y como
mejor podía le acomodaba el cañuto en la parte que, soplándole, le ponía
redondo como una pelota; y, en teniéndolo desta suerte, le daba dos
palmaditas en la barriga, y le soltaba, diciendo a los circunstantes, que
siempre eran muchos: ''¿Pensarán vuestras mercedes ahora que es poco
trabajo hinchar un perro?''»
¿Pensará vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro?
Y si este cuento no le cuadrare, dirásle, lector amigo, éste, que también
es de loco y de perro:
«Había en Córdoba otro loco, que tenía por costumbre de traer encima de la
cabeza un pedazo de losa de mármol, o un canto no muy liviano, y, en
topando algún perro descuidado, se le ponía junto, y a plomo dejaba caer
sobre él el peso. Amohinábase el perro, y, dando ladridos y aullidos, no
paraba en tres calles. Sucedió, pues, que, entre los perros que descargó la
carga, fue uno un perro de un bonetero, a quien quería mucho su dueño. Bajó
el canto, diole en la cabeza, alzó el grito el molido perro, violo y
sintiólo su amo, asió de una vara de medir, y salió al loco y no le dejó
hueso sano; y cada palo que le daba decía: ''Perro ladrón, ¿a mi podenco?
¿No viste, cruel, que era podenco mi perro?'' Y, repitiéndole el nombre de
podenco muchas veces, envió al loco hecho una alheña. Escarmentó el loco y
retiróse, y en más de un mes no salió a la plaza; al cabo del cual tiempo,
volvió con su invención y con más carga. Llegábase donde estaba el perro,
y, mirándole muy bien de hito en hito, y sin querer ni atreverse a
descargar la piedra, decía: ''Este es podenco: ¡guarda!'' En efeto, todos
cuantos perros topaba, aunque fuesen alanos, o gozques, decía que eran
podencos; y así, no soltó más el canto.»
Quizá de esta suerte le podrá acontecer a este historiador: que no se
atreverá a soltar más la presa de su ingenio en libros que, en siendo
malos, son más duros que las peñas.
Dile también que de la amenaza que me hace, que me ha de quitar la ganancia
con su libro, no se me da un ardite, que, acomodándome al entremés famoso
de La Perendenga, le respondo que me viva el Veinte y cuatro, mi señor, y
Cristo con todos. Viva el gran conde de Lemos, cuya cristiandad y
liberalidad, bien conocida, contra todos los golpes de mi corta fortuna me
tiene en pie, y vívame la suma caridad del ilustrísimo de Toledo, don
Bernardo de Sandoval y Rojas, y siquiera no haya emprentas en el mundo, y
siquiera se impriman contra mí más libros que tienen letras las Coplas de
Mingo Revulgo. Estos dos príncipes, sin que los solicite adulación mía ni
otro género de aplauso, por sola su bondad, han tomado a su cargo el
hacerme merced y favorecerme; en lo que me tengo por más dichoso y más rico
que si la fortuna por camino ordinario me hubiera puesto en su cumbre. La
honra puédela tener el pobre, pero no el vicioso; la pobreza puede anublar
a la nobleza, pero no escurecerla del todo; pero, como la virtud dé alguna
luz de sí, aunque sea por los inconvenientes y resquicios de la estrecheza,
viene a ser estimada de los altos y nobles espíritus, y, por el
consiguiente, favorecida.
Y no le digas más, ni yo quiero decirte más a ti, sino advertirte que
consideres que esta segunda parte de Don Quijote que te ofrezco es cortada
del mismo artífice y del mesmo paño que la primera, y que en ella te doy a
don Quijote dilatado, y, finalmente, muerto y sepultado, porque ninguno se
atreva a levantarle nuevos testimonios, pues bastan los pasados y basta
también que un hombre honrado haya dado noticia destas discretas locuras,
sin querer de nuevo entrarse en ellas: que la abundancia de las cosas,
aunque sean buenas, hace que no se estimen, y la carestía, aun de las
malas, se estima en algo. Olvídaseme de decirte que esperes el Persiles,
que ya estoy acabando, y la segunda parte de Galatea.
DEDICATORIA
AL CONDE DE LEMOS
Enviando a Vuestra Excelencia los días pasados mis comedias, antes impresas
que representadas, si bien me acuerdo, dije que don Quijote quedaba
calzadas las espuelas para ir a besar las manos a Vuestra Excelencia; y
ahora digo que se las ha calzado y se ha puesto en camino, y si él allá
llega, me parece que habré hecho algún servicio a Vuestra Excelencia,
porque es mucha la priesa que de infinitas partes me dan a que le envíe
para quitar el hámago y la náusea que ha causado otro don Quijote, que, con
nombre de segunda parte, se ha disfrazado y corrido por el orbe; y el que
más ha mostrado desearle ha sido el grande emperador de la China, pues en
lengua chinesca habrá un mes que me escribió una carta con un propio,
pidiéndome, o, por mejor decir, suplicándome se le enviase, porque quería
fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana, y quería que el
libro que se leyese fuese el de la historia de don Quijote. Juntamente con
esto, me decía que fuese yo a ser el rector del tal colegio.
Preguntéle al portador si Su Majestad le había dado para mí alguna ayuda de
costa. Respondióme que ni por pensamiento. ''Pues, hermano -le respondí
yo-, vos os podéis volver a vuestra China a las diez, o a las veinte, o a
las que venís despachado, porque yo no estoy con salud para ponerme en tan
largo viaje; además que, sobre estar enfermo, estoy muy sin dineros, y
emperador por emperador, y monarca por monarca, en Nápoles tengo al grande
conde de Lemos, que, sin tantos titulillos de colegios ni rectorías, me
sustenta, me ampara y hace más merced que la que yo acierto a desear''.
Con esto le despedí, y con esto me despido, ofreciendo a Vuestra Excelencia
los Trabajos de Persiles y Sigismunda, libro a quien daré fin dentro de
cuatro meses, Deo volente; el cual ha de ser o el más malo o el mejor que
en nuestra lengua se haya compuesto, quiero decir de los de
entretenimiento; y digo que me arrepiento de haber dicho el más malo,
porque, según la opinión de mis amigos, ha de llegar al estremo de bondad
posible.
Venga Vuestra Excelencia con la salud que es deseado; que ya estará
Persiles para besarle las manos, y yo los pies, como criado que soy de
Vuestra Excelencia. De Madrid, último de otubre de mil seiscientos y
quince.
Criado de Vuestra Excelencia,
Miguel de Cervantes Saavedra.
Capítulo Primero. De lo que el cura y el barbero pasaron con don Quijote
cerca de su enfermedad
Cuenta Cide Hamete Benengeli, en la segunda parte desta historia y tercera
salida de don Quijote, que el cura y el barbero se estuvieron casi un mes
sin verle, por no renovarle y traerle a la memoria las cosas pasadas; pero
no por esto dejaron de visitar a su sobrina y a su ama, encargándolas
tuviesen cuenta con regalarle, dándole a comer cosas confortativas y
apropiadas para el corazón y el celebro, de donde procedía, según buen
discurso, toda su mala ventura. Las cuales dijeron que así lo hacían, y lo
harían, con la voluntad y cuidado posible, porque echaban de ver que su
señor por momentos iba dando muestras de estar en su entero juicio; de lo
cual recibieron los dos gran contento, por parecerles que habían acertado
en haberle traído encantado en el carro de los bueyes, como se contó en la
primera parte desta tan grande como puntual historia, en su último
capítulo. Y así, determinaron de visitarle y hacer esperiencia de su
mejoría, aunque tenían casi por imposible que la tuviese, y acordaron de no
tocarle en ningún punto de la andante caballería, por no ponerse a peligro
de descoser los de la herida, que tan tiernos estaban.
Visitáronle, en fin, y halláronle sentado en la cama, vestida una almilla
de bayeta verde, con un bonete colorado toledano; y estaba tan seco y
amojamado, que no parecía sino hecho de carne momia. Fueron dél muy bien
recebidos, preguntáronle por su salud, y él dio cuenta de sí y de ella con
mucho juicio y con muy elegantes palabras; y en el discurso de su plática
vinieron a tratar en esto que llaman razón de estado y modos de gobierno,
enmendando este abuso y condenando aquél, reformando una costumbre y
desterrando otra, haciéndose cada uno de los tres un nuevo legislador, un
Licurgo moderno o un Solón flamante; y de tal manera renovaron la
república, que no pareció sino que la habían puesto en una fragua, y sacado
otra de la que pusieron; y habló don Quijote con tanta discreción en todas
las materias que se tocaron, que los dos esaminadores creyeron
indubitadamente que estaba del todo bueno y en su entero juicio.
Halláronse presentes a la plática la sobrina y ama, y no se hartaban de dar
gracias a Dios de ver a su señor con tan buen entendimiento; pero el cura,
mudando el propósito primero, que era de no tocarle en cosa de caballerías,
quiso hacer de todo en todo esperiencia si la sanidad de don Quijote era
falsa o verdadera, y así, de lance en lance, vino a contar algunas nuevas
que habían venido de la corte; y, entre otras, dijo que se tenía por cierto
que el Turco bajaba con una poderosa armada, y que no se sabía su designio,
ni adónde había de descargar tan gran nublado; y, con este temor, con que
casi cada año nos toca arma, estaba puesta en ella toda la cristiandad, y
Su Majestad había hecho proveer las costas de Nápoles y Sicilia y la isla
de Malta. A esto respondió don Quijote:
-Su Majestad ha hecho como prudentísimo guerrero en proveer sus estados con
tiempo, porque no le halle desapercebido el enemigo; pero si se tomara mi
consejo, aconsejárale yo que usara de una prevención, de la cual Su
Majestad la hora de agora debe estar muy ajeno de pensar en ella.
Apenas oyó esto el cura, cuando dijo entre sí:
-¡Dios te tenga de su mano, pobre don Quijote: que me parece que te
despeñas de la alta cumbre de tu locura hasta el profundo abismo de tu
simplicidad!
Mas el barbero, que ya había dado en el mesmo pensamiento que el cura,
preguntó a don Quijote cuál era la advertencia de la prevención que decía
era bien se hiciese; quizá podría ser tal, que se pusiese en la lista de
los muchos advertimientos impertinentes que se suelen dar a los príncipes.
-El mío, señor rapador -dijo don Quijote-, no será impertinente, sino
perteneciente.
-No lo digo por tanto -replicó el barbero-, sino porque tiene mostrado la
esperiencia que todos o los más arbitrios que se dan a Su Majestad, o son
imposibles, o disparatados, o en daño del rey o del reino.
-Pues el mío -respondió don Quijote- ni es imposible ni disparatado, sino
el más fácil, el más justo y el más mañero y breve que puede caber en
pensamiento de arbitrante alguno.
-Ya tarda en decirle vuestra merced, señor don Quijote -dijo el cura.
-No querría -dijo don Quijote- que le dijese yo aquí agora, y amaneciese
mañana en los oídos de los señores consejeros, y se llevase otro las
gracias y el premio de mi trabajo.
-Por mí -dijo el barbero-, doy la palabra, para aquí y para delante de
Dios, de no decir lo que vuestra merced dijere a rey ni a roque, ni a
hombre terrenal, juramento que aprendí del romance del cura que en el
prefacio avisó al rey del ladrón que le había robado las cien doblas y la
su mula la andariega.
-No sé historias -dijo don Quijote-, pero sé que es bueno ese juramento, en
fee de que sé que es hombre de bien el señor barbero.
-Cuando no lo fuera -dijo el cura-, yo le abono y salgo por él, que en este
caso no hablará más que un mudo, so pena de pagar lo juzgado y sentenciado.
-Y a vuestra merced, ¿quién le fía, señor cura? -dijo don Quijote.
-Mi profesión -respondió el cura-, que es de guardar secreto.
-¡Cuerpo de tal! -dijo a esta sazón don Quijote-. ¿Hay más, sino mandar Su
Majestad por público pregón que se junten en la corte para un día señalado
todos los caballeros andantes que vagan por España; que, aunque no viniesen
sino media docena, tal podría venir entre ellos, que solo bastase a
destruir toda la potestad del Turco? Esténme vuestras mercedes atentos, y
vayan conmigo. ¿Por ventura es cosa nueva deshacer un solo caballero
andante un ejército de docientos mil hombres, como si todos juntos tuvieran
una sola garganta, o fueran hechos de alfenique? Si no, díganme: ¿cuántas
historias están llenas destas maravillas? ¡Había, en hora mala para mí, que
no quiero decir para otro, de vivir hoy el famoso don Belianís, o alguno de
los del inumerable linaje de Amadís de Gaula; que si alguno déstos hoy
viviera y con el Turco se afrontara, a fee que no le arrendara la ganancia!
Pero Dios mirará por su pueblo, y deparará alguno que, si no tan bravo como
los pasados andantes caballeros, a lo menos no les será inferior en el
ánimo; y Dios me entiende, y no digo más.
-¡Ay! -dijo a este punto la sobrina-; ¡que me maten si no quiere mi señor
volver a ser caballero andante!
A lo que dijo don Quijote:
-Caballero andante he de morir, y baje o suba el Turco cuando él quisiere y
cuan poderosamente pudiere; que otra vez digo que Dios me entiende.
A esta sazón dijo el barbero:
-Suplico a vuestras mercedes que se me dé licencia para contar un cuento
breve que sucedió en Sevilla, que, por venir aquí como de molde, me da gana
de contarle.
Dio la licencia don Quijote, y el cura y los demás le prestaron atención, y
él comenzó desta manera:
-«En la casa de los locos de Sevilla estaba un hombre a quien sus parientes
habían puesto allí por falto de juicio. Era graduado en cánones por Osuna,
pero, aunque lo fuera por Salamanca, según opinión de muchos, no dejara de
ser loco. Este tal graduado, al cabo de algunos años de recogimiento, se
dio a entender que estaba cuerdo y en su entero juicio, y con esta
imaginación escribió al arzobispo, suplicándole encarecidamente y con muy
concertadas razones le mandase sacar de aquella miseria en que vivía, pues
por la misericordia de Dios había ya cobrado el juicio perdido; pero que
sus parientes, por gozar de la parte de su hacienda, le tenían allí, y, a
pesar de la verdad, querían que fuese loco hasta la muerte.
»El arzobispo, persuadido de muchos billetes concertados y discretos, mandó
a un capellán suyo se informase del retor de la casa si era verdad lo que
aquel licenciado le escribía, y que asimesmo hablase con el loco, y que si
le pareciese que tenía juicio, le sacase y pusiese en libertad. Hízolo así
el capellán, y el retor le dijo que aquel hombre aún se estaba loco: que,
puesto que hablaba muchas veces como persona de grande entendimiento, al
cabo disparaba con tantas necedades, que en muchas y en grandes igualaban a
sus primeras discreciones, como se podía hacer la esperiencia hablándole.
Quiso hacerla el capellán, y, poniéndole con el loco, habló con él una hora
y más, y en todo aquel tiempo jamás el loco dijo razón torcida ni
disparatada; antes, habló tan atentadamente, que el capellán fue forzado a
creer que el loco estaba cuerdo; y entre otras cosas que el loco le dijo
fue que el retor le tenía ojeriza, por no perder los regalos que sus
parientes le hacían porque dijese que aún estaba loco, y con lúcidos
intervalos; y que el mayor contrario que en su desgracia tenía era su mucha
hacienda, pues, por gozar della sus enemigos, ponían dolo y dudaban de la
merced que Nuestro Señor le había hecho en volverle de bestia en hombre.
Finalmente, él habló de manera que hizo sospechoso al retor, codiciosos y
desalmados a sus parientes, y a él tan discreto que el capellán se
determinó a llevársele consigo a que el arzobispo le viese y tocase con la
mano la verdad de aquel negocio.
»Con esta buena fee, el buen capellán pidió al retor mandase dar los
vestidos con que allí había entrado el licenciado; volvió a decir el retor
que mirase lo que hacía, porque, sin duda alguna, el licenciado aún se
estaba loco. No sirvieron de nada para con el capellán las prevenciones y
advertimientos del retor para que dejase de llevarle; obedeció el retor,
viendo ser orden del arzobispo; pusieron al licenciado sus vestidos, que
eran nuevos y decentes, y, como él se vio vestido de cuerdo y desnudo de
loco, suplicó al capellán que por caridad le diese licencia para ir a
despedirse de sus compañeros los locos. El capellán dijo que él le quería
acompañar y ver los locos que en la casa había. Subieron, en efeto, y con
ellos algunos que se hallaron presentes; y, llegado el licenciado a una
jaula adonde estaba un loco furioso, aunque entonces sosegado y quieto, le
dijo: ''Hermano mío, mire si me manda algo, que me voy a mi casa; que ya
Dios ha sido servido, por su infinita bondad y misericordia, sin yo
merecerlo, de volverme mi juicio: ya estoy sano y cuerdo; que acerca del
poder de Dios ninguna cosa es imposible. Tenga grande esperanza y confianza
en Él, que, pues a mí me ha vuelto a mi primero estado, también le volverá
a él si en Él confía. Yo tendré cuidado de enviarle algunos regalos que
coma, y cómalos en todo caso, que le hago saber que imagino, como quien ha
pasado por ello, que todas nuestras locuras proceden de tener los estómagos
vacíos y los celebros llenos de aire. Esfuércese, esfuércese, que el
descaecimiento en los infortunios apoca la salud y acarrea la muerte''.
»Todas estas razones del licenciado escuchó otro loco que estaba en otra
jaula, frontero de la del furioso, y, levantándose de una estera vieja
donde estaba echado y desnudo en cueros, preguntó a grandes voces quién era
el que se iba sano y cuerdo. El licenciado respondió: ''Yo soy, hermano, el
que me voy; que ya no tengo necesidad de estar más aquí, por lo que doy
infinitas gracias a los cielos, que tan grande merced me han hecho''.
''Mirad lo que decís, licenciado, no os engañe el diablo -replicó el loco-;
sosegad el pie, y estaos quedito en vuestra casa, y ahorraréis la vuelta''.
''Yo sé que estoy bueno -replicó el licenciado-, y no habrá para qué tornar
a andar estaciones''. ''¿Vos bueno? -dijo el loco-: agora bien, ello dirá;
andad con Dios, pero yo os voto a Júpiter, cuya majestad yo represento en
la tierra, que por solo este pecado que hoy comete Sevilla, en sacaros
desta casa y en teneros por cuerdo, tengo de hacer un tal castigo en ella,
que quede memoria dél por todos los siglos del los siglos, amén. ¿No sabes
tú, licenciadillo menguado, que lo podré hacer, pues, como digo, soy
Júpiter Tonante, que tengo en mis manos los rayos abrasadores con que puedo
y suelo amenazar y destruir el mundo? Pero con sola una cosa quiero
castigar a este ignorante pueblo, y es con no llover en él ni en todo su
distrito y contorno por tres enteros años, que se han de contar desde el
día y punto en que ha sido hecha esta amenaza en adelante. ¿Tú libre, tú
sano, tú cuerdo, y yo loco, y yo enfermo, y yo atado...? Así pienso llover
como pensar ahorcarme''.
»A las voces y a las razones del loco estuvieron los circustantes atentos,
pero nuestro licenciado, volviéndose a nuestro capellán y asiéndole de las
manos, le dijo: ''No tenga vuestra merced pena, señor mío, ni haga caso de
lo que este loco ha dicho, que si él es Júpiter y no quisiere llover, yo,
que soy Neptuno, el padre y el dios de las aguas, lloveré todas las veces
que se me antojare y fuere menester''. A lo que respondió el capellán:
''Con todo eso, señor Neptuno, no será bien enojar al señor Júpiter:
vuestra merced se quede en su casa, que otro día, cuando haya más comodidad
y más espacio, volveremos por vuestra merced''. Rióse el retor y los
presentes, por cuya risa se medio corrió el capellán; desnudaron al
licenciado, quedóse en casa y acabóse el cuento.»
-Pues, ¿éste es el cuento, señor barbero -dijo don Quijote-, que, por venir
aquí como de molde, no podía dejar de contarle? ¡Ah, señor rapista, señor
rapista, y cuán ciego es aquel que no vee por tela de cedazo! Y ¿es posible
que vuestra merced no sabe que las comparaciones que se hacen de ingenio a
ingenio, de valor a valor, de hermosura a hermosura y de linaje a linaje
son siempre odiosas y mal recebidas? Yo, señor barbero, no soy Neptuno, el
dios de las aguas, ni procuro que nadie me tenga por discreto no lo siendo;
sólo me fatigo por dar a entender al mundo en el error en que está en no
renovar en sí el felicísimo tiempo donde campeaba la orden de la andante
caballería. Pero no es merecedora la depravada edad nuestra de gozar tanto
bien como el que gozaron las edades donde los andantes caballeros tomaron a
su cargo y echaron sobre sus espaldas la defensa de los reinos, el amparo
de las doncellas, el socorro de los huérfanos y pupilos, el castigo de los
soberbios y el premio de los humildes. Los más de los caballeros que agora
se usan, antes les crujen los damascos, los brocados y otras ricas telas de
que se visten, que la malla con que se arman; ya no hay caballero que
duerma en los campos, sujeto al rigor del cielo, armado de todas armas
desde los pies a la cabeza; y ya no hay quien, sin sacar los pies de los
estribos, arrimado a su lanza, sólo procure descabezar, como dicen, el
sueño, como lo hacían los caballeros andantes. Ya no hay ninguno que,
saliendo deste bosque, entre en aquella montaña, y de allí pise una estéril
y desierta playa del mar, las más veces proceloso y alterado, y, hallando
en ella y en su orilla un pequeño batel sin remos, vela, mástil ni jarcia
alguna, con intrépido corazón se arroje en él, entregándose a las
implacables olas del mar profundo, que ya le suben al cielo y ya le bajan
al abismo; y él, puesto el pecho a la incontrastable borrasca, cuando menos
se cata, se halla tres mil y más leguas distante del lugar donde se
embarcó, y, saltando en tierra remota y no conocida, le suceden cosas
dignas de estar escritas, no en pergaminos, sino en bronces. Mas agora, ya
triunfa la pereza de la diligencia, la ociosidad del trabajo, el vicio de
la virtud, la arrogancia de la valentía y la teórica de la práctica de las
armas, que sólo vivieron y resplandecieron en las edades del oro y en los
andantes caballeros. Si no, díganme: ¿quién más honesto y más valiente que
el famoso Amadís de Gaula?; ¿quién más discreto que Palmerín de
Inglaterra?; ¿quién más acomodado y manual que Tirante el Blanco?; ¿quién
más galán que Lisuarte de Grecia?; ¿quién más acuchillado ni acuchillador
que don Belianís?; ¿quién más intrépido que Perión de Gaula, o quién más
acometedor de peligros que Felixmarte de Hircania, o quién más sincero que
Esplandián?; ¿quién mas arrojado que don Cirongilio de Tracia?; ¿quién más
bravo que Rodamonte?; ¿quién más prudente que el rey Sobrino?; ¿quién más
atrevido que Reinaldos?; ¿quién más invencible que Roldán?; y ¿quién más
gallardo y más cortés que Rugero, de quien decienden hoy los duques de
Ferrara, según Turpín en su Cosmografía? Todos estos caballeros, y otros
muchos que pudiera decir, señor cura, fueron caballeros andantes, luz y
gloria de la caballería. Déstos, o tales como éstos, quisiera yo que fueran
los de mi arbitrio, que, a serlo, Su Majestad se hallara bien servido y
ahorrara de mucho gasto, y el Turco se quedara pelando las barbas, y con
esto, no quiero quedar en mi casa, pues no me saca el capellán della; y si
su Júpiter, como ha dicho el barbero, no lloviere, aquí estoy yo, que
lloveré cuando se me antojare. Digo esto porque sepa el señor Bacía que le
entiendo.
-En verdad, señor don Quijote -dijo el barbero-, que no lo dije por tanto,
y así me ayude Dios como fue buena mi intención, y que no debe vuestra
merced sentirse.
-Si puedo sentirme o no -respondió don Quijote-, yo me lo sé.
A esto dijo el cura:
-Aun bien que yo casi no he hablado palabra hasta ahora, y no quisiera
quedar con un escrúpulo que me roe y escarba la conciencia, nacido de lo
que aquí el señor don Quijote ha dicho.
-Para otras cosas más -respondió don Quijote- tiene licencia el señor cura;
y así, puede decir su escrúpulo, porque no es de gusto andar con la
conciencia escrupulosa.
-Pues con ese beneplácito -respondió el cura-, digo que mi escrúpulo es que
no me puedo persuadir en ninguna manera a que toda la caterva de caballeros
andantes que vuestra merced, señor don Quijote, ha referido, hayan sido
real y verdaderamente personas de carne y hueso en el mundo; antes, imagino
que todo es ficción, fábula y mentira, y sueños contados por hombres
despiertos, o, por mejor decir, medio dormidos.
-Ése es otro error -respondió don Quijote- en que han caído muchos, que no
creen que haya habido tales caballeros en el mundo; y yo muchas veces,
con diversas gentes y ocasiones, he procurado sacar a la luz de la verdad
este casi común engaño; pero algunas veces no he salido con mi intención, y
otras sí, sustentándola sobre los hombros de la verdad; la cual verdad es
tan cierta, que estoy por decir que con mis propios ojos vi a Amadís de
Gaula, que era un hombre alto de cuerpo, blanco de rostro, bien puesto de
barba, aunque negra, de vista entre blanda y rigurosa, corto de razones,
tardo en airarse y presto en deponer la ira; y del modo que he delineado a
Amadís pudiera, a mi parecer, pintar y descubrir todos cuantos caballeros
andantes andan en las historias en el orbe, que, por la aprehensión que
tengo de que fueron como sus historias cuentan, y por las hazañas que
hicieron y condiciones que tuvieron, se pueden sacar por buena filosofía
sus faciones, sus colores y estaturas.
-¿Que tan grande le parece a vuestra merced, mi señor don Quijote -preguntó
el barbero-, debía de ser el gigante Morgante?
-En esto de gigantes -respondió don Quijote- hay diferentes opiniones, si
los ha habido o no en el mundo; pero la Santa Escritura, que no puede
faltar un átomo en la verdad, nos muestra que los hubo, contándonos la
historia de aquel filisteazo de Golías, que tenía siete codos y medio de
altura, que es una desmesurada grandeza. También en la isla de Sicilia se
han hallado canillas y espaldas tan grandes, que su grandeza manifiesta que
fueron gigantes sus dueños, y tan grandes como grandes torres; que la
geometría saca esta verdad de duda. Pero, con todo esto, no sabré decir con
certidumbre qué tamaño tuviese Morgante, aunque imagino que no debió de ser
muy alto; y muéveme a ser deste parecer hallar en la historia donde se hace
mención particular de sus hazañas que muchas veces dormía debajo de
techado; y, pues hallaba casa donde cupiese, claro está que no era
desmesurada su grandeza.
-Así es -dijo el cura.
El cual, gustando de oírle decir tan grandes disparates, le preguntó que
qué sentía acerca de los rostros de Reinaldos de Montalbán y de don Roldán,
y de los demás Doce Pares de Francia, pues todos habían sido caballeros
andantes.
-De Reinaldos -respondió don Quijote- me atrevo a decir que era ancho de
rostro, de color bermejo, los ojos bailadores y algo saltados, puntoso y
colérico en demasía, amigo de ladrones y de gente perdida. De Roldán, o
Rotolando, o Orlando, que con todos estos nombres le nombran las historias,
soy de parecer y me afirmo que fue de mediana estatura, ancho de espaldas,
algo estevado, moreno de rostro y barbitaheño, velloso en el cuerpo y de
vista amenazadora; corto de razones, pero muy comedido y bien criado.
-Si no fue Roldán más gentilhombre que vuestra merced ha dicho -replicó el
cura-, no fue maravilla que la señora Angélica la Bella le desdeñase y
dejase por la gala, brío y donaire que debía de tener el morillo
barbiponiente a quien ella se entregó; y anduvo discreta de adamar antes la
blandura de Medoro que la aspereza de Roldán.
-Esa Angélica -respondió don Quijote-, señor cura, fue una doncella
destraída, andariega y algo antojadiza, y tan lleno dejó el mundo de sus
impertinencias como de la fama de su hermosura: despreció mil señores, mil
valientes y mil discretos, y contentóse con un pajecillo barbilucio, sin
otra hacienda ni nombre que el que le pudo dar de agradecido la amistad que
guardó a su amigo. El gran cantor de su belleza, el famoso Ariosto, por no
atreverse, o por no querer cantar lo que a esta señora le sucedió después
de su ruin entrego, que no debieron ser cosas demasiadamente honestas, la
dejó donde dijo:
Y como del Catay recibió el cetro,
quizá otro cantará con mejor plectro.
Y, sin duda, que esto fue como profecía; que los poetas también se llaman
vates, que quiere decir adivinos. Véese esta verdad clara, porque, después
acá, un famoso poeta andaluz lloró y cantó sus lágrimas, y otro famoso y
único poeta castellano cantó su hermosura.
-Dígame, señor don Quijote -dijo a esta sazón el barbero-, ¿no ha habido
algún poeta que haya hecho alguna sátira a esa señora Angélica, entre
tantos como la han alabado?
-Bien creo yo -respondió don Quijote- que si Sacripante o Roldán fueran
poetas, que ya me hubieran jabonado a la doncella; porque es propio y
natural de los poetas desdeñados y no admitidos de sus damas fingidas -o
fingidas, en efeto, de aquéllos a quien ellos escogieron por señoras de sus
pensamientos-, vengarse con sátiras y libelos (venganza, por cierto,
indigna de pechos generosos), pero hasta agora no ha llegado a mi noticia
ningún verso infamatorio contra la señora Angélica, que trujo revuelto el
mundo.
-¡Milagro! -dijo el cura.
Y, en esto, oyeron que la ama y la sobrina, que ya habían dejado la
conversación, daban grandes voces en el patio, y acudieron todos al ruido.
Capítulo II. Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza tuvo con la
sobrina y ama de don Quijote, con otros sujetos graciosos
Cuenta la historia que las voces que oyeron don Quijote, el cura y el
barbero eran de la sobrina y ama, que las daban diciendo a Sancho Panza,
que pugnaba por entrar a ver a don Quijote, y ellas le defendían la puerta:
-¿Qué quiere este mostrenco en esta casa? Idos a la vuestra, hermano, que
vos sois, y no otro, el que destrae y sonsaca a mi señor, y le lleva por
esos andurriales.
A lo que Sancho respondió:
-Ama de Satanás, el sonsacado, y el destraído, y el llevado por esos
andurriales soy yo, que no tu amo; él me llevó por esos mundos, y vosotras
os engañáis en la mitad del justo precio: él me sacó de mi casa con
engañifas, prometiéndome una ínsula, que hasta agora la espero.
-Malas ínsulas te ahoguen -respondió la sobrina-, Sancho maldito. Y ¿qué
son ínsulas? ¿Es alguna cosa de comer, golosazo, comilón, que tú eres?
-No es de comer -replicó Sancho-, sino de gobernar y regir mejor que cuatro
ciudades y que cuatro alcaldes de corte.
-Con todo eso -dijo el ama-, no entraréis acá, saco de maldades y costal de
malicias. Id a gobernar vuestra casa y a labrar vuestros pegujares, y
dejaos de pretender ínsulas ni ínsulos.
Grande gusto recebían el cura y el barbero de oír el coloquio de los tres;
pero don Quijote, temeroso que Sancho se descosiese y desbuchase algún
montón de maliciosas necedades, y tocase en puntos que no le estarían bien
a su crédito, le llamó, y hizo a las dos que callasen y le dejasen entrar.
Entró Sancho, y el cura y el barbero se despidieron de don Quijote, de cuya
salud desesperaron, viendo cuán puesto estaba en sus desvariados
pensamientos, y cuán embebido en la simplicidad de sus malandantes
caballerías; y así, dijo el cura al barbero:
-Vos veréis, compadre, cómo, cuando menos lo pensemos, nuestro hidalgo sale
otra vez a volar la ribera.
No pongo yo duda en eso -respondió el barbero-, pero no me maravillo tanto
de la locura del caballero como de la simplicidad del escudero, que tan
creído tiene aquello de la ínsula, que creo que no se lo sacarán del casco
cuantos desengaños pueden imaginarse.
-Dios los remedie -dijo el cura-, y estemos a la mira: veremos en lo que
para esta máquina de disparates de tal caballero y de tal escudero, que
parece que los forjaron a los dos en una mesma turquesa, y que las locuras
del señor, sin las necedades del criado, no valían un ardite.
-Así es -dijo el barbero-, y holgara mucho saber qué tratarán ahora los
dos.
-Yo seguro -respondió el cura- que la sobrina o el ama nos lo cuenta
después, que no son de condición que dejarán de escucharlo.
En tanto, don Quijote se encerró con Sancho en su aposento; y, estando
solos, le dijo:
-Mucho me pesa, Sancho, que hayas dicho y digas que yo fui el que te saqué
de tus casillas, sabiendo que yo no me quedé en mis casas: juntos salimos,
juntos fuimos y juntos peregrinamos; una misma fortuna y una misma suerte
ha corrido por los dos: si a ti te mantearon una vez, a mí me han molido
ciento, y esto es lo que te llevo de ventaja.
-Eso estaba puesto en razón -respondió Sancho-, porque, según vuestra
merced dice, más anejas son a los caballeros andantes las desgracias que a
sus escuderos.
-Engáñaste, Sancho -dijo don Quijote-; según aquello, quando caput
dolet..., etcétera.
-No entiendo otra lengua que la mía -respondió Sancho.
-Quiero decir -dijo don Quijote- que, cuando la cabeza duele, todos los
miembros duelen; y así, siendo yo tu amo y señor, soy tu cabeza, y tú mi
parte, pues eres mi criado; y, por esta razón, el mal que a mí me toca, o
tocare, a ti te ha de doler, y a mí el tuyo.
-Así había de ser -dijo Sancho-, pero cuando a mí me manteaban como a
miembro, se estaba mi cabeza detrás de las bardas, mirándome volar por los
aires, sin sentir dolor alguno; y, pues los miembros están obligados a
dolerse del mal de la cabeza, había de estar obligada ella a dolerse
dellos.
-¿Querrás tú decir agora, Sancho -respondió don Quijote-, que no me dolía
yo cuando a ti te manteaban? Y si lo dices, no lo digas, ni lo pienses;
pues más dolor sentía yo entonces en mi espíritu que tú en tu cuerpo. Pero
dejemos esto aparte por agora, que tiempo habrá donde lo ponderemos y
pongamos en su punto, y dime, Sancho amigo: ¿qué es lo que dicen de mí por
ese lugar? ¿En qué opinión me tiene el vulgo, en qué los hidalgos y en qué
los caballeros? ¿Qué dicen de mi valentía, qué de mis hazañas y qué de mi
cortesía? ¿Qué se platica del asumpto que he tomado de resucitar y volver
al mundo la ya olvidada orden caballeresca? Finalmente, quiero, Sancho, me
digas lo que acerca desto ha llegado a tus oídos; y esto me has de decir
sin añadir al bien ni quitar al mal cosa alguna, que de los vasallos leales
es decir la verdad a sus señores en su ser y figura propia, sin que la
adulación la acreciente o otro vano respeto la disminuya; y quiero que
sepas, Sancho, que si a los oídos de los príncipes llegase la verdad
desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correrían, otras
edades serían tenidas por más de hierro que la nuestra, que entiendo que,
de las que ahora se usan, es la dorada. Sírvate este advertimiento, Sancho,
para que discreta y bienintencionadamente pongas en mis oídos la verdad de
las cosas que supieres de lo que te he preguntado.
-Eso haré yo de muy buena gana, señor mío -respondió Sancho-, con condición
que vuestra merced no se ha de enojar de lo que dijere, pues quiere que lo
diga en cueros, sin vestirlo de otras ropas de aquellas con que llegaron a
mi noticia.
-En ninguna manera me enojaré -respondió don Quijote-. Bien puedes, Sancho,
hablar libremente y sin rodeo alguno.
-Pues lo primero que digo -dijo-, es que el vulgo tiene a vuestra merced
por grandísimo loco, y a mí por no menos mentecato. Los hidalgos dicen que,
no conteniéndose vuestra merced en los límites de la hidalguía, se ha
puesto don y se ha arremetido a caballero con cuatro cepas y dos yugadas de
tierra y con un trapo atrás y otro adelante. Dicen los caballeros que no
querrían que los hidalgos se opusiesen a ellos, especialmente aquellos
hidalgos escuderiles que dan humo a los zapatos y toman los puntos de las
medias negras con seda verde.
-Eso -dijo don Quijote- no tiene que ver conmigo, pues ando siempre bien
vestido, y jamás remendado; roto, bien podría ser; y el roto, más de las
armas que del tiempo.
-En lo que toca -prosiguió Sancho- a la valentía, cortesía, hazañas y
asumpto de vuestra merced, hay diferentes opiniones; unos dicen: "loco,
pero gracioso"; otros, "valiente, pero desgraciado"; otros, "cortés, pero
impertinente"; y por aquí van discurriendo en tantas cosas, que ni a
vuestra merced ni a mí nos dejan hueso sano.
-Mira, Sancho -dijo don Quijote-: dondequiera que está la virtud en
eminente grado, es perseguida. Pocos o ninguno de los famosos varones que
pasaron dejó de ser calumniado de la malicia. Julio César, animosísimo,
prudentísimo y valentísimo capitán, fue notado de ambicioso y algún tanto
no limpio, ni en sus vestidos ni en sus costumbres. Alejandro, a quien sus
hazañas le alcanzaron el renombre de Magno, dicen dél que tuvo sus ciertos
puntos de borracho. De Hércules, el de los muchos trabajos, se cuenta que
fue lascivo y muelle. De don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, se murmura
que fue más que demasiadamente rijoso; y de su hermano, que fue llorón. Así
que, ¡oh Sancho!, entre las tantas calumnias de buenos, bien pueden pasar
las mías, como no sean más de las que has dicho.
-¡Ahí está el toque, cuerpo de mi padre! -replicó Sancho.
-Pues, ¿hay más? -preguntó don Quijote.
-Aún la cola falta por desollar -dijo Sancho-. Lo de hasta aquí son tortas
y pan pintado; mas si vuestra merced quiere saber todo lo que hay acerca de
las caloñas que le ponen, yo le traeré aquí luego al momento quien se las
diga todas, sin que les falte una meaja; que anoche llegó el hijo de
Bartolomé Carrasco, que viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller, y,
yéndole yo a dar la bienvenida, me dijo que andaba ya en libros la historia
de vuestra merced, con nombre del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la
Mancha; y dice que me mientan a mí en ella con mi mesmo nombre de Sancho
Panza, y a la señora Dulcinea del Toboso, con otras cosas que pasamos
nosotros a solas, que me hice cruces de espantado cómo las pudo saber el
historiador que las escribió.
-Yo te aseguro, Sancho -dijo don Quijote-, que debe de ser algún sabio
encantador el autor de nuestra historia; que a los tales no se les encubre
nada de lo que quieren escribir.
-Y ¡cómo -dijo Sancho- si era sabio y encantador, pues (según dice el
bachiller Sansón Carrasco, que así se llama el que dicho tengo) que el
autor de la historia se llama Cide Hamete Berenjena!
-Ese nombre es de moro -respondió don Quijote.
-Así será -respondió Sancho-, porque por la mayor parte he oído decir que
los moros son amigos de berenjenas.
-Tú debes, Sancho -dijo don Quijote-, errarte en el sobrenombre de ese
Cide, que en arábigo quiere decir señor.
-Bien podría ser -replicó Sancho-, mas, si vuestra merced gusta que yo le
haga venir aquí, iré por él en volandas.
-Harásme mucho placer, amigo -dijo don Quijote-, que me tiene suspenso lo
que me has dicho, y no comeré bocado que bien me sepa hasta ser informado
de todo.
-Pues yo voy por él -respondió Sancho.
Y, dejando a su señor, se fue a buscar al bachiller, con el cual volvió de
allí a poco espacio, y entre los tres pasaron un graciosísimo coloquio.
Capítulo III. Del ridículo razonamiento que pasó entre don Quijote, Sancho
Panza y el bachiller Sansón Carrasco
Pensativo además quedó don Quijote, esperando al bachiller Carrasco, de
quien esperaba oír las nuevas de sí mismo puestas en libro, como había
dicho Sancho; y no se podía persuadir a que tal historia hubiese, pues aún
no estaba enjuta en la cuchilla de su espada la sangre de los enemigos que
había muerto, y ya querían que anduviesen en estampa sus altas caballerías.
Con todo eso, imaginó que algún sabio, o ya amigo o enemigo, por arte de
encantamento las habrá dado a la estampa: si amigo, para engrandecerlas y
levantarlas sobre las más señaladas de caballero andante; si enemigo, para
aniquilarlas y ponerlas debajo de las más viles que de algún vil escudero
se hubiesen escrito, puesto -decía entre sí- que nunca hazañas de escuderos
se escribieron; y cuando fuese verdad que la tal historia hubiese, siendo
de caballero andante, por fuerza había de ser grandílocua, alta, insigne,
magnífica y verdadera.
Con esto se consoló algún tanto, pero desconsolóle pensar que su autor era
moro, según aquel nombre de Cide; y de los moros no se podía esperar verdad
alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas. Temíase no
hubiese tratado sus amores con alguna indecencia, que redundase en
menoscabo y perjuicio de la honestidad de su señora Dulcinea del Toboso;
deseaba que hubiese declarado su fidelidad y el decoro que siempre la había
guardado, menospreciando reinas, emperatrices y doncellas de todas
calidades, teniendo a raya los ímpetus de los naturales movimientos; y así,
envuelto y revuelto en estas y otras muchas imaginaciones, le hallaron
Sancho y Carrasco, a quien don Quijote recibió con mucha cortesía.
Era el bachiller, aunque se llamaba Sansón, no muy grande de cuerpo, aunque
muy gran socarrón, de color macilenta, pero de muy buen entendimiento;
tendría hasta veinte y cuatro años, carirredondo, de nariz chata y de
boca grande, señales todas de ser de condición maliciosa y amigo de
donaires y de burlas, como lo mostró en viendo a don Quijote, poniéndose
delante dél de rodillas, diciéndole:
-Déme vuestra grandeza las manos, señor don Quijote de la Mancha; que, por
el hábito de San Pedro que visto, aunque no tengo otras órdenes que las
cuatro primeras, que es vuestra merced uno de los más famosos caballeros
andantes que ha habido, ni aun habrá, en toda la redondez de la tierra.
Bien haya Cide Hamete Benengeli, que la historia de vuestras grandezas dejó
escritas, y rebién haya el curioso que tuvo cuidado de hacerlas traducir de
arábigo en nuestro vulgar castellano, para universal entretenimiento de las
gentes.
Hízole levantar don Quijote, y dijo:
-Desa manera, ¿verdad es que hay historia mía, y que fue moro y sabio el
que la compuso?
-Es tan verdad, señor -dijo Sansón-, que tengo para mí que el día de hoy
están impresos más de doce mil libros de la tal historia; si no, dígalo
Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso; y aun hay fama que se
está imprimiendo en Amberes, y a mí se me trasluce que no ha de haber
nación ni lengua donde no se traduzga.
-Una de las cosas -dijo a esta sazón don Quijote- que más debe de dar
contento a un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen
nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa. Dije con buen
nombre porque, siendo al contrario, ninguna muerte se le igualará.
-Si por buena fama y si por buen nombre va -dijo el bachiller-, solo
vuestra merced lleva la palma a todos los caballeros andantes; porque el
moro en su lengua y el cristiano en la suya tuvieron cuidado de pintarnos
muy al vivo la gallardía de vuestra merced, el ánimo grande en acometer los
peligros, la paciencia en las adversidades y el sufrimiento, así en las
desgracias como en las heridas, la honestidad y continencia en los amores
tan platónicos de vuestra merced y de mi señora doña Dulcinea del Toboso.
-Nunca -dijo a este punto Sancho Panza- he oído llamar con don a mi señora
Dulcinea, sino solamente la señora Dulcinea del Toboso, y ya en esto anda
errada la historia.
-No es objeción de importancia ésa -respondió Carrasco.
-No, por cierto -respondió don Quijote-; pero dígame vuestra merced, señor
bachiller: ¿qué hazañas mías son las que más se ponderan en esa historia?
-En eso -respondió el bachiller-, hay diferentes opiniones, como hay
diferentes gustos: unos se atienen a la aventura de los molinos de viento,
que a vuestra merced le parecieron Briareos y gigantes; otros, a la de los
batanes; éste, a la descripción de los dos ejércitos, que después
parecieron ser dos manadas de carneros; aquél encarece la del muerto que
llevaban a enterrar a Segovia; uno dice que a todas se aventaja la de la
libertad de los galeotes; otro, que ninguna iguala a la de los dos gigantes
benitos, con la pendencia del valeroso vizcaíno.
-Dígame, señor bachiller -dijo a esta sazón Sancho-: ¿entra ahí la aventura
de los yangüeses, cuando a nuestro buen Rocinante se le antojó pedir
cotufas en el golfo?
-No se le quedó nada -respondió Sansón- al sabio en el tintero: todo lo
dice y todo lo apunta, hasta lo de las cabriolas que el buen Sancho hizo en
la manta.
-En la manta no hice yo cabriolas -respondió Sancho-; en el aire sí, y aun
más de las que yo quisiera.
-A lo que yo imagino -dijo don Quijote-, no hay historia humana en el mundo
que no tenga sus altibajos, especialmente las que tratan de caballerías,
las cuales nunca pueden estar llenas de prósperos sucesos.
-Con todo eso -respondió el bachiller-, dicen algunos que han leído la
historia que se holgaran se les hubiera olvidado a los autores della
algunos de los infinitos palos que en diferentes encuentros dieron al señor
don Quijote.
-Ahí entra la verdad de la historia -dijo Sancho.
-También pudieran callarlos por equidad -dijo don Quijote-, pues las
acciones que ni mudan ni alteran la verdad de la historia no hay para qué
escribirlas, si han de redundar en menosprecio del señor de la historia. A
fee que no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudente
Ulises como le describe Homero.
-Así es -replicó Sansón-, pero uno es escribir como poeta y otro como
historiador: el poeta puede contar, o cantar las cosas, no como fueron,
sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían
ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna.
-Pues si es que se anda a decir verdades ese señor moro -dijo Sancho-, a
buen seguro que entre los palos de mi señor se hallen los míos; porque
nunca a su merced le tomaron la medida de las espaldas que no me la tomasen
a mí de todo el cuerpo; pero no hay de qué maravillarme, pues, como dice el
mismo señor mío, del dolor de la cabeza han de participar los miembros.
-Socarrón sois, Sancho -respondió don Quijote-. A fee que no os falta
memoria cuando vos queréis tenerla.
-Cuando yo quisiese olvidarme de los garrotazos que me han dado -dijo
Sancho-, no lo consentirán los cardenales, que aún se están frescos en las
costillas.
-Callad, Sancho -dijo don Quijote-, y no interrumpáis al señor bachiller, a
quien suplico pase adelante en decirme lo que se dice de mí en la referida
historia.
-Y de mí -dijo Sancho-, que también dicen que soy yo uno de los principales
presonajes della.
-Personajes que no presonajes, Sancho amigo -dijo Sansón.
-¿Otro reprochador de voquibles tenemos? -dijo Sancho-. Pues ándense a eso,
y no acabaremos en toda la vida.
-Mala me la dé Dios, Sancho -respondió el bachiller-, si no sois vos la
segunda persona de la historia; y que hay tal, que precia más oíros hablar
a vos que al más pintado de toda ella, puesto que también hay quien diga
que anduvistes demasiadamente de crédulo en creer que podía ser verdad el
gobierno de aquella ínsula, ofrecida por el señor don Quijote, que está
presente.
-Aún hay sol en las bardas -dijo don Quijote-, y, mientras más fuere
entrando en edad Sancho, con la esperiencia que dan los años, estará más
idóneo y más hábil para ser gobernador que no está agora.
-Por Dios, señor -dijo Sancho-, la isla que yo no gobernase con los años
que tengo, no la gobernaré con los años de Matusalén. El daño está en que
la dicha ínsula se entretiene, no sé dónde, y no en faltarme a mí el
caletre para gobernarla.
-Encomendadlo a Dios, Sancho -dijo don Quijote-, que todo se hará bien, y
quizá mejor de lo que vos pensáis; que no se mueve la hoja en el árbol sin
la voluntad de Dios.
-Así es verdad -dijo Sansón-, que si Dios quiere, no le faltarán a Sancho
mil islas que gobernar, cuanto más una.
-Gobernador he visto por ahí -dijo Sancho- que, a mi parecer, no llegan a
la suela de mi zapato, y, con todo eso, los llaman señoría, y se sirven con
plata.
-Ésos no son gobernadores de ínsulas -replicó Sansón-, sino de otros
gobiernos más manuales; que los que gobiernan ínsulas, por lo menos han de
saber gramática.
-Con la grama bien me avendría yo -dijo Sancho-, pero con la tica, ni me
tiro ni me pago, porque no la entiendo. Pero, dejando esto del gobierno en
las manos de Dios, que me eche a las partes donde más de mí se sirva, digo,
señor bachiller Sansón Carrasco, que infinitamente me ha dado gusto que el
autor de la historia haya hablado de mí de manera que no enfadan las cosas
que de mí se cuentan; que a fe de buen escudero que si hubiera dicho de mí
cosas que no fueran muy de cristiano viejo, como soy, que nos habían de oír
los sordos.
-Eso fuera hacer milagros -respondió Sansón.
-Milagros o no milagros -dijo Sancho-, cada uno mire cómo habla o cómo
escribe de las presonas, y no ponga a troche moche lo primero que le viene
al magín.
-Una de las tachas que ponen a la tal historia -dijo el bachiller- es que
su autor puso en ella una novela intitulada El curioso impertinente; no por
mala ni por mal razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que ver
con la historia de su merced del señor don Quijote.
-Yo apostaré -replicó Sancho- que ha mezclado el hideperro berzas con
capachos.
-Ahora digo -dijo don Quijote- que no ha sido sabio el autor de mi
historia, sino algún ignorante hablador, que, a tiento y sin algún
discurso, se puso a escribirla, salga lo que saliere, como hacía Orbaneja,
el pintor de Úbeda, al cual preguntándole qué pintaba, respondió: ''Lo que
saliere''. Tal vez pintaba un gallo, de tal suerte y tan mal parecido, que
era menester que con letras góticas escribiese junto a él: "Éste es gallo".
Y así debe de ser de mi historia, que tendrá necesidad de comento para
entenderla.
-Eso no -respondió Sansón-, porque es tan clara, que no hay cosa que
dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres
la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan
leída y tan sabida de todo género de gentes, que, apenas han visto algún
rocín flaco, cuando dicen: "allí va Rocinante". Y los que más se han dado a
su letura son los pajes: no hay antecámara de señor donde no se halle un
Don Quijote: unos le toman si otros le dejan; éstos le embisten y aquéllos
le piden. Finalmente, la tal historia es del más gustoso y menos
perjudicial entretenimiento que hasta agora se haya visto, porque en toda
ella no se descubre, ni por semejas, una palabra deshonesta ni un
pensamiento menos que católico.
-A escribir de otra suerte -dijo don Quijote-, no fuera escribir verdades,
sino mentiras; y los historiadores que de mentiras se valen habían de ser
quemados, como los que hacen moneda falsa; y no sé yo qué le movió al autor
a valerse de novelas y cuentos ajenos, habiendo tanto que escribir en los
míos: sin duda se debió de atener al refrán: "De paja y de heno...",
etcétera. Pues en verdad que en sólo manifestar mis pensamientos, mis
sospiros, mis lágrimas, mis buenos deseos y mis acometimientos pudiera
hacer un volumen mayor, o tan grande que el que pueden hacer todas las
obras del Tostado. En efeto, lo que yo alcanzo, señor bachiller, es que
para componer historias y libros, de cualquier suerte que sean, es menester
un gran juicio y un maduro entendimiento. Decir gracias y escribir donaires
es de grandes ingenios: la más discreta figura de la comedia es la del
bobo, porque no lo ha de ser el que quiere dar a entender que es simple. La
historia es como cosa sagrada; porque ha de ser verdadera, y donde está la
verdad está Dios, en cuanto a verdad; pero, no obstante esto, hay algunos
que así componen y arrojan libros de sí como si fuesen buñuelos.
-No hay libro tan malo -dijo el bachiller- que no tenga algo bueno.
-No hay duda en eso -replicó don Quijote-; pero muchas veces acontece que
los que tenían méritamente granjeada y alcanzada gran fama por sus
escritos, en dándolos a la estampa, la perdieron del todo, o la
menoscabaron en algo.
-La causa deso es -dijo Sansón- que, como las obras impresas se miran
despacio, fácilmente se veen sus faltas, y tanto más se escudriñan cuanto
es mayor la fama del que las compuso. Los hombres famosos por sus ingenios,
los grandes poetas, los ilustres historiadores, siempre, o las más veces,
son envidiados de aquellos que tienen por gusto y por particular
entretenimiento juzgar los escritos ajenos, sin haber dado algunos propios
a la luz del mundo.
-Eso no es de maravillar -dijo don Quijote-, porque muchos teólogos hay que
no son buenos para el púlpito, y son bonísimos para conocer las faltas o
sobras de los que predican.
-Todo eso es así, señor don Quijote -dijo Carrasco-, pero quisiera yo que
los tales censuradores fueran más misericordiosos y menos escrupulosos, sin
atenerse a los átomos del sol clarísimo de la obra de que murmuran; que si
aliquando bonus dormitat Homerus, consideren lo mucho que estuvo despierto,
por dar la luz de su obra con la menos sombra que pudiese; y quizá podría
ser que lo que a ellos les parece mal fuesen lunares, que a las veces
acrecientan la hermosura del rostro que los tiene; y así, digo que es
grandísimo el riesgo a que se pone el que imprime un libro, siendo de toda
imposibilidad imposible componerle tal, que satisfaga y contente a todos
los que le leyeren.
-El que de mí trata -dijo don Quijote-, a pocos habrá contentado.
-Antes es al revés; que, como de stultorum infinitus est numerus, infinitos
son los que han gustado de la tal historia; y algunos han puesto falta y
dolo en la memoria del autor, pues se le olvida de contar quién fue el
ladrón que hurtó el rucio a Sancho, que allí no se declara, y sólo se
infiere de lo escrito que se le hurtaron, y de allí a poco le vemos a
caballo sobre el mesmo jumento, sin haber parecido. También dicen que se le
olvidó poner lo que Sancho hizo de aquellos cien escudos que halló en la
maleta en Sierra Morena, que nunca más los nombra, y hay muchos que desean
saber qué hizo dellos, o en qué los gastó, que es uno de los puntos
sustanciales que faltan en la obra.
-Sancho respondió:
-Yo, señor Sansón, no estoy ahora para ponerme en cuentas ni cuentos; que
me ha tomado un desmayo de estómago, que si no le reparo con dos tragos de
lo añejo, me pondrá en la espina de Santa Lucía. En casa lo tengo, mi oíslo
me aguarda; en acabando de comer, daré la vuelta, y satisfaré a vuestra
merced y a todo el mundo de lo que preguntar quisieren, así de la pérdida
del jumento como del gasto de los cien escudos.
Y, sin esperar respuesta ni decir otra palabra, se fue a su casa.
Don Quijote pidió y rogó al bachiller se quedase a hacer penitencia con él.
Tuvo el bachiller el envite: quedóse, añadióse al ordinaro un par de
pichones, tratóse en la mesa de caballerías, siguióle el humor Carrasco,
acabóse el banquete, durmieron la siesta, volvió Sancho y renovóse la
plática pasada.
Capítulo IV. Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansón Carrasco de
sus dudas y preguntas, con otros sucesos dignos de saberse y de contarse
Volvió Sancho a casa de don Quijote, y, volviendo al pasado razonamiento,
dijo:
-A lo que el señor Sansón dijo que se deseaba saber quién, o cómo, o cuándo
se me hurtó el jumento, respondiendo digo que la noche misma que, huyendo
de la Santa Hermandad, nos entramos en Sierra Morena, después de la
aventura sin ventura de los galeotes y de la del difunto que llevaban a
Segovia, mi señor y yo nos metimos entre una espesura, adonde mi señor
arrimado a su lanza, y yo sobre mi rucio, molidos y cansados de las pasadas
refriegas, nos pusimos a dormir como si fuera sobre cuatro colchones de
pluma; especialmente yo dormí con tan pesado sueño, que quienquiera que fue
tuvo lugar de llegar y suspenderme sobre cuatro estacas que puso a los
cuatro lados de la albarda, de manera que me dejó a caballo sobre ella, y
me sacó debajo de mí al rucio, sin que yo lo sintiese.
-Eso es cosa fácil, y no acontecimiento nuevo, que lo mesmo le sucedió a
Sacripante cuando, estando en el cerco de Albraca, con esa misma invención
le sacó el caballo de entre las piernas aquel famoso ladrón llamado
Brunelo.
-Amaneció -prosiguió Sancho-, y, apenas me hube estremecido, cuando,
faltando las estacas, di conmigo en el suelo una gran caída; miré por el
jumento, y no le vi; acudiéronme lágrimas a los ojos, y hice una
lamentación, que si no la puso el autor de nuestra historia, puede hacer
cuenta que no puso cosa buena. Al cabo de no sé cuántos días, viniendo con
la señora princesa Micomicona, conocí mi asno, y que venía sobre él en
hábito de gitano aquel Ginés de Pasamonte, aquel embustero y grandísimo
maleador que quitamos mi señor y yo de la cadena.
-No está en eso el yerro -replicó Sansón-, sino en que, antes de haber
parecido el jumento, dice el autor que iba a caballo Sancho en el mesmo
rucio.
-A eso -dijo Sancho-, no sé qué responder, sino que el historiador se
engañó, o ya sería descuido del impresor.
-Así es, sin duda -dijo Sansón-; pero, ¿qué se hicieron los cien escudos?;
¿deshiciéronse?
Respondió Sancho:
-Yo los gasté en pro de mi persona y de la de mi mujer, y de mis hijos, y
ellos han sido causa de que mi mujer lleve en paciencia los caminos y
carreras que he andado sirviendo a mi señor don Quijote; que si, al cabo de
tanto tiempo, volviera sin blanca y sin el jumento a mi casa, negra ventura
me esperaba; y si hay más que saber de mí, aquí estoy, que responderé al
mismo rey en presona, y nadie tiene para qué meterse en si truje o no
truje, si gasté o no gasté; que si los palos que me dieron en estos viajes
se hubieran de pagar a dinero, aunque no se tasaran sino a cuatro maravedís
cada uno, en otros cien escudos no había para pagarme la mitad; y cada uno
meta la mano en su pecho, y no se ponga a juzgar lo blanco por negro y lo
negro por blanco; que cada uno es como Dios le hizo, y aun peor muchas
veces.
-Yo tendré cuidado -dijo Carrasco- de acusar al autor de la historia que si
otra vez la imprimiere, no se le olvide esto que el buen Sancho ha dicho,
que será realzarla un buen coto más de lo que ella se está.
-¿Hay otra cosa que enmendar en esa leyenda, señor bachiller? -preguntó don
Quijote.
-Sí debe de haber -respondió él-, pero ninguna debe de ser de la
importancia de las ya referidas.
-Y por ventura -dijo don Quijote-, ¿promete el autor segunda parte?
-Sí promete -respondió Sansón-, pero dice que no ha hallado ni sabe quién
la tiene, y así, estamos en duda si saldrá o no; y así por esto como porque
algunos dicen: "Nunca segundas partes fueron buenas", y otros: "De las
cosas de don Quijote bastan las escritas", se duda que no ha de haber
segunda parte; aunque algunos que son más joviales que saturninos dicen:
"Vengan más quijotadas: embista don Quijote y hable Sancho Panza, y sea lo
que fuere, que con eso nos contentamos".
-Y ¿a qué se atiene el autor?
-A que -respondió Sansón-, en hallando que halle la historia, que él va
buscando con extraordinarias diligencias, la dará luego a la estampa,
llevado más del interés que de darla se le sigue que de otra alabanza
alguna.
A lo que dijo Sancho:
-¿Al dinero y al interés mira el autor? Maravilla será que acierte, porque
no hará sino harbar, harbar, como sastre en vísperas de pascuas, y las
obras que se hacen apriesa nunca se acaban con la perfeción que requieren.
Atienda ese señor moro, o lo que es, a mirar lo que hace; que yo y mi señor
le daremos tanto ripio a la mano en materia de aventuras y de sucesos
diferentes, que pueda componer no sólo segunda parte, sino ciento. Debe de
pensar el buen hombre, sin duda, que nos dormimos aquí en las pajas; pues
ténganos el pie al herrar, y verá del que cosqueamos. Lo que yo sé decir es
que si mi señor tomase mi consejo, ya habíamos de estar en esas campañas
deshaciendo agravios y enderezando tuertos, como es uso y costumbre de los
buenos andantes caballeros.
No había bien acabado de decir estas razones Sancho, cuando llegaron a sus
oídos relinchos de Rocinante; los cuales relinchos tomó don Quijote por
felicísimo agüero, y determinó de hacer de allí a tres o cuatro días otra
salida; y, declarando su intento al bachiller, le pidió consejo por qué
parte comenzaría su jornada; el cual le respondió que era su parecer que
fuese al reino de Aragón y a la ciudad de Zaragoza, adonde, de allí a pocos
días, se habían de hacer unas solenísimas justas por la fiesta de San
Jorge, en las cuales podría ganar fama sobre todos los caballeros
aragoneses, que sería ganarla sobre todos los del mundo. Alabóle ser
honradísima y valentísima su determinación, y advirtióle que anduviese más
atentado en acometer los peligros, a causa que su vida no era suya, sino de
todos aquellos que le habían de menester para que los amparase y socorriese
en sus desventuras.
-Deso es lo que yo reniego, señor Sansón -dijo a este punto Sancho-, que
así acomete mi señor a cien hombres armados como un muchacho goloso a media
docena de badeas. ¡Cuerpo del mundo, señor bachiller! Sí, que tiempos hay
de acometer y tiempos de retirar; sí, no ha de ser todo "¡Santiago, y
cierra, España!" Y más, que yo he oído decir, y creo que a mi señor mismo,
si mal no me acuerdo, que en los estremos de cobarde y de temerario está el
medio de la valentía; y si esto es así, no quiero que huya sin tener para
qué, ni que acometa cuando la demasía pide otra cosa. Pero, sobre todo,
aviso a mi señor que si me ha de llevar consigo, ha de ser con condición
que él se lo ha de batallar todo, y que yo no he de estar obligado a otra
cosa que a mirar por su persona en lo que tocare a su limpieza y a su
regalo; que en esto yo le bailaré el agua delante; pero pensar que tengo de
poner mano a la espada, aunque sea contra villanos malandrines de hacha y
capellina, es pensar en lo escusado. Yo, señor Sansón, no pienso granjear
fama de valiente, sino del mejor y más leal escudero que jamás sirvió a
caballero andante; y si mi señor don Quijote, obligado de mis muchos y
buenos servicios, quisiere darme alguna ínsula de las muchas que su merced
dice que se ha de topar por ahí, recibiré mucha merced en ello; y cuando no
me la diere, nacido soy, y no ha de vivir el hombre en hoto de otro sino de
Dios; y más, que tan bien, y aun quizá mejor, me sabrá el pan desgobernado
que siendo gobernador; y ¿sé yo por ventura si en esos gobiernos me tiene
aparejada el diablo alguna zancadilla donde tropiece y caiga y me haga las
muelas? Sancho nací, y Sancho pienso morir; pero si con todo esto, de
buenas a buenas, sin mucha solicitud y sin mucho riesgo, me deparase el
cielo alguna ínsula, o otra cosa semejante, no soy tan necio que la
desechase; que también se dice: "Cuando te dieren la vaquilla, corre con la
soguilla"; y "Cuando viene el bien, mételo en tu casa".
-Vos, hermano Sancho -dijo Carrasco-, habéis hablado como un catedrático;
pero, con todo eso, confiad en Dios y en el señor don Quijote, que os ha de
dar un reino, no que una ínsula.
-Tanto es lo de más como lo de menos -respondió Sancho-; aunque sé decir al
señor Carrasco que no echara mi señor el reino que me diera en saco roto,
que yo he tomado el pulso a mí mismo, y me hallo con salud para regir
reinos y gobernar ínsulas, y esto ya otras veces lo he dicho a mi señor.
-Mirad, Sancho -dijo Sansón-, que los oficios mudan las costumbres, y
podría ser que viéndoos gobernador no conociésedes a la madre que os parió.
-Eso allá se ha de entender -respondió Sancho- con los que nacieron en las
malvas, y no con los que tienen sobre el alma cuatro dedos de enjundia de
cristianos viejos, como yo los tengo. ¡No, sino llegaos a mi condición, que
sabrá usar de desagradecimiento con alguno!
-Dios lo haga -dijo don Quijote-, y ello dirá cuando el gobierno venga; que
ya me parece que le trayo entre los ojos.
Dicho esto, rogó al bachiller que, si era poeta, le hiciese merced de
componerle unos versos que tratasen de la despedida que pensaba hacer de su
señora Dulcinea del Toboso, y que advirtiese que en el principio de cada
verso había de poner una letra de su nombre, de manera que al fin de los
versos, juntando las primeras letras, se leyese: Dulcinea del Toboso.
El bachiller respondió que, puesto que él no era de los famosos poetas que
había en España, que decían que no eran sino tres y medio, que no dejaría
de componer los tales metros, aunque hallaba una dificultad grande en su
composición, a causa que las letras que contenían el nombre eran diez y
siete; y que si hacía cuatro castellanas de a cuatro versos, sobrara una
letra; y si de a cinco, a quien llaman décimas o redondillas, faltaban tres
letras; pero, con todo eso, procuraría embeber una letra lo mejor que
pudiese, de manera que en las cuatro castellanas se incluyese el nombre de
Dulcinea del Toboso.
-Ha de ser así en todo caso -dijo don Quijote-; que si allí no va el nombre
patente y de manifiesto, no hay mujer que crea que para ella se hicieron
los metros.
Quedaron en esto y en que la partida sería de allí a ocho días. Encargó don
Quijote al bachiller la tuviese secreta, especialmente al cura y a maese
Nicolás, y a su sobrina y al ama, porque no estorbasen su honrada y
valerosa determinación. Todo lo prometió Carrasco. Con esto se despidió,
encargando a don Quijote que de todos sus buenos o malos sucesos le
avisase, habiendo comodidad; y así, se despidieron, y Sancho fue a poner en
orden lo necesario para su jornada.
Capítulo V. De la discreta y graciosa plática que pasó entre Sancho Panza y
su mujer Teresa Panza, y otros sucesos dignos de felice recordación
(Llegando a escribir el traductor desta historia este quinto capítulo, dice
que le tiene por apócrifo, porque en él habla Sancho Panza con otro estilo
del que se podía prometer de su corto ingenio, y dice cosas tan sutiles,
que no tiene por posible que él las supiese; pero que no quiso dejar de
traducirlo, por cumplir con lo que a su oficio debía; y así, prosiguió
diciendo:)
Llegó Sancho a su casa tan regocijado y alegre, que su mujer conoció su
alegría a tiro de ballesta; tanto, que la obligó a preguntarle:
-¿Qué traés, Sancho amigo, que tan alegre venís?
A lo que él respondió:
-Mujer mía, si Dios quisiera, bien me holgara yo de no estar tan contento
como muestro.
-No os entiendo, marido -replicó ella-, y no sé qué queréis decir en eso de
que os holgáredes, si Dios quisiera, de no estar contento; que, maguer
tonta, no sé yo quién recibe gusto de no tenerle.
-Mirad, Teresa -respondió Sancho-: yo estoy alegre porque tengo determinado
de volver a servir a mi amo don Quijote, el cual quiere la vez tercera
salir a buscar las aventuras; y yo vuelvo a salir con él, porque lo quiere
así mi necesidad, junto con la esperanza, que me alegra, de pensar si podré
hallar otros cien escudos como los ya gastados, puesto que me entristece el
haberme de apartar de ti y de mis hijos; y si Dios quisiera darme de comer
a pie enjuto y en mi casa, sin traerme por vericuetos y encrucijadas, pues
lo podía hacer a poca costa y no más de quererlo, claro está que mi alegría
fuera más firme y valedera, pues que la que tengo va mezclada con la
tristeza del dejarte; así que, dije bien que holgara, si Dios quisiera, de
no estar contento.
-Mirad, Sancho -replicó Teresa-: después que os hicistes miembro de
caballero andante habláis de tan rodeada manera, que no hay quien os
entienda.
-Basta que me entienda Dios, mujer -respondió Sancho-, que Él es el
entendedor de todas las cosas, y quédese esto aquí; y advertid, hermana,
que os conviene tener cuenta estos tres días con el rucio, de manera que
esté para armas tomar: dobladle los piensos, requerid la albarda y las
demás jarcias, porque no vamos a bodas, sino a rodear el mundo, y a tener
dares y tomares con gigantes, con endriagos y con vestiglos, y a oír
silbos, rugidos, bramidos y baladros; y aun todo esto fuera flores de
cantueso si no tuviéramos que entender con yangüeses y con moros
encantados.
-Bien creo yo, marido -replicó Teresa-, que los escuderos andantes no comen
el pan de balde; y así, quedaré rogando a Nuestro Señor os saque presto de
tanta mala ventura.
-Yo os digo, mujer -respondió Sancho-, que si no pensase antes de mucho
tiempo verme gobernador de una ínsula, aquí me caería muerto.
-Eso no, marido mío -dijo Teresa-: viva la gallina, aunque sea con su
pepita; vivid vos, y llévese el diablo cuantos gobiernos hay en el mundo;
sin gobierno salistes del vientre de vuestra madre, sin gobierno habéis
vivido hasta ahora, y sin gobierno os iréis, o os llevarán, a la sepultura
cuando Dios fuere servido. Como ésos hay en el mundo que viven sin
gobierno, y no por eso dejan de vivir y de ser contados en el número de las
gentes. La mejor salsa del mundo es la hambre; y como ésta no falta a los
pobres, siempre comen con gusto. Pero mirad, Sancho: si por ventura os
viéredes con algún gobierno, no os olvidéis de mí y de vuestros hijos.
Advertid que Sanchico tiene ya quince años cabales, y es razón que vaya a
la escuela, si es que su tío el abad le ha de dejar hecho de la Iglesia.
Mirad también que Mari Sancha, vuestra hija, no se morirá si la casamos;
que me va dando barruntos que desea tanto tener marido como vos deseáis
veros con gobierno; y, en fin en fin, mejor parece la hija mal casada que
bien abarraganada.
-A buena fe -respondió Sancho- que si Dios me llega a tener algo qué de
gobierno, que tengo de casar, mujer mía, a Mari Sancha tan altamente que no
la alcancen sino con llamarla señora.
-Eso no, Sancho -respondió Teresa-: casadla con su igual, que es lo más
acertado; que si de los zuecos la sacáis a chapines, y de saya parda de
catorceno a verdugado y saboyanas de seda, y de una Marica y un tú a una
doña tal y señoría, no se ha de hallar la mochacha, y a cada paso ha de
caer en mil faltas, descubriendo la hilaza de su tela basta y grosera.
-Calla, boba -dijo Sancho-, que todo será usarlo dos o tres años; que
después le vendrá el señorío y la gravedad como de molde; y cuando no, ¿qué
importa? Séase ella señoría, y venga lo que viniere.
-Medíos, Sancho, con vuestro estado -respondió Teresa-; no os queráis alzar
a mayores, y advertid al refrán que dice: "Al hijo de tu vecino, límpiale
las narices y métele en tu casa". ¡Por cierto, que sería gentil cosa casar
a nuestra María con un condazo, o con caballerote que, cuando se le
antojase, la pusiese como nueva, llamándola de villana, hija del
destripaterrones y de la pelarruecas! ¡No en mis días, marido! ¡Para eso,
por cierto, he criado yo a mi hija! Traed vos dineros, Sancho, y el casarla
dejadlo a mi cargo; que ahí está Lope Tocho, el hijo de Juan Tocho, mozo
rollizo y sano, y que le conocemos, y sé que no mira de mal ojo a la
mochacha; y con éste, que es nuestro igual, estará bien casada, y le
tendremos siempre a nuestros ojos, y seremos todos unos, padres y hijos,
nietos y yernos, y andará la paz y la bendición de Dios entre todos
nosotros; y no casármela vos ahora en esas cortes y en esos palacios
grandes, adonde ni a ella la entiendan, ni ella se entienda.
-Ven acá, bestia y mujer de Barrabás -replicó Sancho-: ¿por qué quieres tú
ahora, sin qué ni para qué, estorbarme que no case a mi hija con quien me
dé nietos que se llamen señoría? Mira, Teresa: siempre he oído decir a mis
mayores que el que no sabe gozar de la ventura cuando le viene, que no se
debe quejar si se le pasa. Y no sería bien que ahora, que está llamando a
nuestra puerta, se la cerremos; dejémonos llevar deste viento favorable que
nos sopla.
(Por este modo de hablar, y por lo que más abajo dice Sancho, dijo el
tradutor desta historia que tenía por apócrifo este capítulo.)
-¿No te parece, animalia -prosiguió Sancho-, que será bien dar con mi
cuerpo en algún gobierno provechoso que nos saque el pie del lodo? Y cásese
a Mari Sancha con quien yo quisiere, y verás cómo te llaman a ti doña
Teresa Panza, y te sientas en la iglesia sobre alcatifa, almohadas y
arambeles, a pesar y despecho de las hidalgas del pueblo. ¡No, sino estaos
siempre en un ser, sin crecer ni menguar, como figura de paramento! Y en
esto no hablemos más, que Sanchica ha de ser condesa, aunque tú más me
digas.
-¿Veis cuanto decís, marido? -respondió Teresa-. Pues, con todo eso, temo
que este condado de mi hija ha de ser su perdición. Vos haced lo que
quisiéredes, ora la hagáis duquesa o princesa, pero séos decir que no será
ello con voluntad ni consentimiento mío. Siempre, hermano, fui amiga de la
igualdad, y no puedo ver entonos sin fundamentos. Teresa me pusieron en el
bautismo, nombre mondo y escueto, sin añadiduras ni cortapisas, ni
arrequives de dones ni donas; Cascajo se llamó mi padre, y a mí, por ser
vuestra mujer, me llaman Teresa Panza, que a buena razón me habían de
llamar Teresa Cascajo. Pero allá van reyes do quieren leyes, y con este
nombre me contento, sin que me le pongan un don encima, que pese tanto que
no le pueda llevar, y no quiero dar que decir a los que me vieren andar
vestida a lo condesil o a lo de gobernadora, que luego dirán: ''¡Mirad qué
entonada va la pazpuerca!; ayer no se hartaba de estirar de un copo de
estopa, y iba a misa cubierta la cabeza con la falda de la saya, en lugar
de manto, y ya hoy va con verdugado, con broches y con entono, como si no
la conociésemos''. Si Dios me guarda mis siete, o mis cinco sentidos, o los
que tengo, no pienso dar ocasión de verme en tal aprieto. Vos, hermano,
idos a ser gobierno o ínsulo, y entonaos a vuestro gusto; que mi hija ni
yo, por el siglo de mi madre, que no nos hemos de mudar un paso de nuestra
aldea: la mujer honrada, la pierna quebrada, y en casa; y la doncella
honesta, el hacer algo es su fiesta. Idos con vuestro don Quijote a
vuestras aventuras, y dejadnos a nosotras con nuestras malas venturas, que
Dios nos las mejorará como seamos buenas; y yo no sé, por cierto, quién le
puso a él don, que no tuvieron sus padres ni sus agüelos.
-Ahora digo -replicó Sancho- que tienes algún familiar en ese cuerpo.
¡Válate Dios, la mujer, y qué de cosas has ensartado unas en otras, sin
tener pies ni cabeza! ¿Qué tiene que ver el Cascajo, los broches, los
refranes y el entono con lo que yo digo? Ven acá, mentecata e ignorante
(que así te puedo llamar, pues no entiendes mis razones y vas huyendo de la
dicha): si yo dijera que mi hija se arrojara de una torre abajo, o que se
fuera por esos mundos, como se quiso ir la infanta doña Urraca, tenías
razón de no venir con mi gusto; pero si en dos paletas, y en menos de un
abrir y cerrar de ojos, te la chanto un don y una señoría a cuestas, y te
la saco de los rastrojos, y te la pongo en toldo y en peana, y en un
estrado de más almohadas de velludo que tuvieron moros en su linaje los
Almohadas de Marruecos, ¿por qué no has de consentir y querer lo que yo
quiero?
-¿Sabéis por qué, marido? -respondió Teresa-; por el refrán que dice:
"¡Quien te cubre, te descubre!" Por el pobre todos pasan los ojos como de
corrida, y en el rico los detienen; y si el tal rico fue un tiempo pobre,
allí es el murmurar y el maldecir, y el peor perseverar de los
maldicientes, que los hay por esas calles a montones, como enjambres de
abejas.
-Mira, Teresa -respondió Sancho-, y escucha lo que agora quiero decirte;
quizá no lo habrás oído en todos los días de tu vida, y yo agora no hablo
de mío; que todo lo que pienso decir son sentencias del padre predicador
que la Cuaresma pasada predicó en este pueblo, el cual, si mal no me
acuerdo, dijo que todas las cosas presentes que los ojos están mirando se
presentan, están y asisten en nuestra memoria mucho mejor y con más
vehemencia que las cosas pasadas.
(Todas estas razones que aquí va diciendo Sancho son las segundas por quien
dice el tradutor que tiene por apócrifo este capítulo, que exceden a la
capacidad de Sancho. El cual prosiguió diciendo:)
-De donde nace que, cuando vemos alguna persona bien aderezada, y con ricos
vestidos compuesta, y con pompa de criados, parece que por fuerza nos mueve
y convida a que la tengamos respeto, puesto que la memoria en aquel
instante nos represente alguna bajeza en que vimos a la tal persona; la
cual inominia, ahora sea de pobreza o de linaje, como ya pasó, no es, y
sólo es lo que vemos presente. Y si éste a quien la fortuna sacó del
borrador de su bajeza (que por estas mesmas razones lo dijo el padre) a la
alteza de su prosperidad, fuere bien criado, liberal y cortés con todos, y
no se pusiere en cuentos con aquellos que por antigüedad son nobles, ten
por cierto, Teresa, que no habrá quien se acuerde de lo que fue, sino que
reverencien lo que es, si no fueren los invidiosos, de quien ninguna
próspera fortuna está segura.
-Yo no os entiendo, marido -replicó Teresa-: haced lo que quisiéredes, y no
me quebréis más la cabeza con vuestras arengas y retóricas. Y si estáis
revuelto en hacer lo que decís...
-Resuelto has de decir, mujer -dijo Sancho-, y no revuelto.
-No os pongáis a disputar, marido, conmigo -respondió Teresa-. Yo hablo
como Dios es servido, y no me meto en más dibujos; y digo que si estáis
porfiando en tener gobierno, que llevéis con vos a vuestro hijo Sancho,
para que desde agora le enseñéis a tener gobierno, que bien es que los
hijos hereden y aprendan los oficios de sus padres.
-En teniendo gobierno -dijo Sancho-, enviaré por él por la posta, y te
enviaré dineros, que no me faltarán, pues nunca falta quien se los preste a
los gobernadores cuando no los tienen; y vístele de modo que disimule lo
que es y parezca lo que ha de ser.
-Enviad vos dinero -dijo Teresa-, que yo os lo vistiré como un palmito.
-En efecto, quedamos de acuerdo -dijo Sancho- de que ha de ser condesa
nuestra hija.
-El día que yo la viere condesa -respondió Teresa-, ése haré cuenta que la
entierro, pero otra vez os digo que hagáis lo que os diere gusto, que con
esta carga nacemos las mujeres, de estar obedientes a sus maridos, aunque
sean unos porros.
Y, en esto, comenzó a llorar tan de veras como si ya viera muerta y
enterrada a Sanchica. Sancho la consoló diciéndole que, ya que la hubiese
de hacer condesa, la haría todo lo más tarde que ser pudiese. Con esto se
acabó su plática, y Sancho volvió a ver a don Quijote para dar orden en su
partida.
Capítulo VI. De lo que le pasó a Don Quijote con su sobrina y con su ama, y
es uno de los importantes capítulos de toda la historia
En tanto que Sancho Panza y su mujer Teresa Cascajo pasaron la impertinente
referida plática, no estaban ociosas la sobrina y el ama de don Quijote,
que por mil señales iban coligiendo que su tío y señor quería desgarrarse
la vez tercera, y volver al ejercicio de su, para ellas, mal andante
caballería: procuraban por todas las vías posibles apartarle de tan mal
pensamiento, pero todo era predicar en desierto y majar en hierro frío. Con
todo esto, entre otras muchas razones que con él pasaron, le dijo el ama:
-En verdad, señor mío, que si vuesa merced no afirma el pie llano y se está
quedo en su casa, y se deja de andar por los montes y por los valles como
ánima en pena, buscando esas que dicen que se llaman aventuras, a quien yo
llamo desdichas, que me tengo de quejar en voz y en grita a Dios y al rey,
que pongan remedio en ello.
A lo que respondió don Quijote:
-Ama, lo que Dios responderá a tus quejas yo no lo sé, ni lo que ha de
responder Su Majestad tampoco, y sólo sé que si yo fuera rey, me escusara
de responder a tanta infinidad de memoriales impertinentes como cada día le
dan; que uno de los mayores trabajos que los reyes tienen, entre otros
muchos, es el estar obligados a escuchar a todos y a responder a todos; y
así, no querría yo que cosas mías le diesen pesadumbre.
A lo que dijo el ama:
-Díganos, señor: en la corte de Su Majestad, ¿no hay caballeros?
-Sí -respondió don Quijote-, y muchos; y es razón que los haya, para adorno
de la grandeza de los príncipes y para ostentación de la majestad real.
-Pues, ¿no sería vuesa merced -replicó ella- uno de los que a pie quedo
sirviesen a su rey y señor, estándose en la corte?
-Mira, amiga -respondió don Quijote-: no todos los caballeros pueden ser
cortesanos, ni todos los cortesanos pueden ni deben ser caballeros
andantes: de todos ha de haber en el mundo; y, aunque todos seamos
caballeros, va mucha diferencia de los unos a los otros; porque los
cortesanos, sin salir de sus aposentos ni de los umbrales de la corte, se
pasean por todo el mundo, mirando un mapa, sin costarles blanca, ni padecer
calor ni frío, hambre ni sed; pero nosotros, los caballeros andantes
verdaderos, al sol, al frío, al aire, a las inclemencias del cielo, de
noche y de día, a pie y a caballo, medimos toda la tierra con nuestros
mismos pies; y no solamente conocemos los enemigos pintados, sino en su
mismo ser, y en todo trance y en toda ocasión los acometemos, sin mirar en
niñerías, ni en las leyes de los desafíos; si lleva, o no lleva, más corta
la lanza, o la espada; si trae sobre sí reliquias, o algún engaño
encubierto; si se ha de partir y hacer tajadas el sol, o no, con otras
ceremonias deste jaez, que se usan en los desafíos particulares de persona
a persona, que tú no sabes y yo sí. Y has de saber más: que el buen
caballero andante, aunque vea diez gigantes que con las cabezas no sólo
tocan, sino pasan las nubes, y que a cada uno le sirven de piernas dos
grandísimas torres, y que los brazos semejan árboles de gruesos y poderosos
navíos, y cada ojo como una gran rueda de molino y más ardiendo que un
horno de vidrio, no le han de espantar en manera alguna; antes con gentil
continente y con intrépido corazón los ha de acometer y embestir, y, si
fuere posible, vencerlos y desbaratarlos en un pequeño instante, aunque
viniesen armados de unas conchas de un cierto pescado que dicen que son más
duras que si fuesen de diamantes, y en lugar de espadas trujesen cuchillos
tajantes de damasquino acero, o porras ferradas con puntas asimismo de
acero, como yo las he visto más de dos veces. Todo esto he dicho, ama mía,
porque veas la diferencia que hay de unos caballeros a otros; y sería razón
que no hubiese príncipe que no estimase en más esta segunda, o, por mejor
decir, primera especie de caballeros andantes, que, según leemos en sus
historias, tal ha habido entre ellos que ha sido la salud no sólo de un
reino, sino de muchos.
-¡Ah, señor mío! -dijo a esta sazón la sobrina-; advierta vuestra merced
que todo eso que dice de los caballeros andantes es fábula y mentira, y sus
historias, ya que no las quemasen, merecían que a cada una se le echase un
sambenito, o alguna señal en que fuese conocida por infame y por gastadora
de las buenas costumbres.
-Por el Dios que me sustenta -dijo don Quijote-, que si no fueras mi
sobrina derechamente, como hija de mi misma hermana, que había de hacer un
tal castigo en ti, por la blasfemia que has dicho, que sonara por todo el
mundo. ¿Cómo que es posible que una rapaza que apenas sabe menear doce
palillos de randas se atreva a poner lengua y a censurar las historias de
los caballeros andantes? ¿Qué dijera el señor Amadís si lo tal oyera? Pero
a buen seguro que él te perdonara, porque fue el más humilde y cortés
caballero de su tiempo, y, demás, grande amparador de las doncellas; mas,
tal te pudiera haber oído que no te fuera bien dello, que no todos son
corteses ni bien mirados: algunos hay follones y descomedidos. Ni todos los
que se llaman caballeros lo son de todo en todo: que unos son de oro, otros
de alquimia, y todos parecen caballeros, pero no todos pueden estar al
toque de la piedra de la verdad. Hombres bajos hay que revientan por
parecer caballeros, y caballeros altos hay que parece que aposta mueren por
parecer hombres bajos; aquéllos se llevantan o con la ambición o con la
virtud, éstos se abajan o con la flojedad o con el vicio; y es menester
aprovecharnos del conocimiento discreto para distinguir estas dos maneras
de caballeros, tan parecidos en los nombres y tan distantes en las
acciones.
-¡Válame Dios! -dijo la sobrina-. ¡Que sepa vuestra merced tanto, señor
tío, que, si fuese menester en una necesidad, podría subir en un púlpito e
irse a predicar por esas calles, y que, con todo esto, dé en una ceguera
tan grande y en una sandez tan conocida, que se dé a entender que es
valiente, siendo viejo, que tiene fuerzas, estando enfermo, y que endereza
tuertos, estando por la edad agobiado, y, sobre todo, que es caballero, no
lo siendo; porque, aunque lo puedan ser los hidalgos, no lo son los pobres!
-Tienes mucha razón, sobrina, en lo que dices -respondió don Quijote-, y
cosas te pudiera yo decir cerca de los linajes, que te admiraran; pero, por
no mezclar lo divino con lo humano, no las digo. Mirad, amigas: a cuatro
suertes de linajes, y estadme atentas, se pueden reducir todos los que hay
en el mundo, que son éstas: unos, que tuvieron principios humildes, y se
fueron estendiendo y dilatando hasta llegar a una suma grandeza; otros, que
tuvieron principios grandes, y los fueron conservando y los conservan y
mantienen en el ser que comenzaron; otros, que, aunque tuvieron principios
grandes, acabaron en punta, como pirámide, habiendo diminuido y aniquilado
su principio hasta parar en nonada, como lo es la punta de la pirámide, que
respeto de su basa o asiento no es nada; otros hay, y éstos son los más,
que ni tuvieron principio bueno ni razonable medio, y así tendrán el fin,
sin nombre, como el linaje de la gente plebeya y ordinaria. De los
primeros, que tuvieron principio humilde y subieron a la grandeza que agora
conservan, te sirva de ejemplo la Casa Otomana, que, de un humilde y bajo
pastor que le dio principio, está en la cumbre que le vemos. Del segundo
linaje, que tuvo principio en grandeza y la conserva sin aumentarla, serán
ejemplo muchos príncipes que por herencia lo son, y se conservan en ella,
sin aumentarla ni diminuirla, conteniéndose en los límites de sus estados
pacíficamente. De los que comenzaron grandes y acabaron en punta hay
millares de ejemplos, porque todos los Faraones y Tolomeos de Egipto, los
Césares de Roma, con toda la caterva, si es que se le puede dar este
nombre, de infinitos príncipes, monarcas, señores, medos, asirios, persas,
griegos y bárbaros, todos estos linajes y señoríos han acabado en punta y
en nonada, así ellos como los que les dieron principio, pues no será
posible hallar agora ninguno de sus decendientes, y si le hallásemos, sería
en bajo y humilde estado. Del linaje plebeyo no tengo qué decir, sino que
sirve sólo de acrecentar el número de los que viven, sin que merezcan otra
fama ni otro elogio sus grandezas. De todo lo dicho quiero que infiráis,
bobas mías, que es grande la confusión que hay entre los linajes, y que
solos aquéllos parecen grandes y ilustres que lo muestran en la virtud, y
en la riqueza y liberalidad de sus dueños. Dije virtudes, riquezas y
liberalidades, porque el grande que fuere vicioso será vicioso grande, y el
rico no liberal será un avaro mendigo; que al poseedor de las riquezas no
le hace dichoso el tenerlas, sino el gastarlas, y no el gastarlas
comoquiera, sino el saberlas bien gastar. Al caballero pobre no le queda
otro camino para mostrar que es caballero sino el de la virtud, siendo
afable, bien criado, cortés y comedido, y oficioso; no soberbio, no
arrogante, no murmurador, y, sobre todo, caritativo; que con dos maravedís
que con ánimo alegre dé al pobre se mostrará tan liberal como el que a
campana herida da limosna, y no habrá quien le vea adornado de las
referidas virtudes que, aunque no le conozca, deje de juzgarle y tenerle
por de buena casta, y el no serlo sería milagro; y siempre la alabanza fue
premio de la virtud, y los virtuosos no pueden dejar de ser alabados. Dos
caminos hay, hijas, por donde pueden ir los hombres a llegar a ser ricos y
honrados: el uno es el de las letras; otro, el de las armas. Yo tengo más
armas que letras, y nací, según me inclino a las armas, debajo de la
influencia del planeta Marte; así que, casi me es forzoso seguir por su
camino, y por él tengo de ir a pesar de todo el mundo, y será en balde
cansaros en persuadirme a que no quiera yo lo que los cielos quieren, la
fortuna ordena y la razón pide, y, sobre todo, mi voluntad desea. Pues con
saber, como sé, los innumerables trabajos que son anejos al andante
caballería, sé también los infinitos bienes que se alcanzan con ella; y sé
que la senda de la virtud es muy estrecha, y el camino del vicio, ancho y
espacioso; y sé que sus fines y paraderos son diferentes, porque el del
vicio, dilatado y espacioso, acaba en la muerte, y el de la virtud, angosto
y trabajoso, acaba en vida, y no en vida que se acaba, sino en la que no
tendrá fin; y sé, como dice el gran poeta castellano nuestro, que
Por estas asperezas se camina
de la inmortalidad al alto asiento,
do nunca arriba quien de allí declina.
-¡Ay, desdichada de mí -dijo la sobrina-, que también mi señor es poeta!.
Todo lo sabe, todo lo alcanza: yo apostaré que si quisiera ser albañil, que
supiera fabricar una casa como una jaula.
Yo te prometo, sobrina -respondió don Quijote-, que si estos pensamientos
caballerescos no me llevasen tras sí todos los sentidos, que no habría cosa
que yo no hiciese, ni curiosidad que no saliese de mis manos, especialmente
jaulas y palillos de dientes.
A este tiempo, llamaron a la puerta, y, preguntando quién llamaba,
respondió Sancho Panza que él era; y, apenas le hubo conocido el ama,
cuando corrió a esconderse por no verle: tanto le aborrecía. Abrióle la
sobrina, salió a recebirle con los brazos abiertos su señor don Quijote, y
encerráronse los dos en su aposento, donde tuvieron otro coloquio, que no
le hace ventaja el pasado.
Capítulo VII. De lo que pasó don Quijote con su escudero, con otros
sucesos famosísimos
Apenas vio el ama que Sancho Panza se encerraba con su señor, cuando dio en
la cuenta de sus tratos; y, imaginando que de aquella consulta había de
salir la resolución de su tercera salida y tomando su manto, toda llena de
congoja y pesadumbre, se fue a buscar al bachiller Sansón Carrasco,
pareciéndole que, por ser bien hablado y amigo fresco de su señor, le
podría persuadir a que dejase tan desvariado propósito.
Hallóle paseándose por el patio de su casa, y, viéndole, se dejó caer ante
sus pies, trasudando y congojosa. Cuando la vio Carrasco con muestras tan
doloridas y sobresaltadas, le dijo:
-¿Qué es esto, señora ama? ¿Qué le ha acontecido, que parece que se le
quiere arrancar el alma?
-No es nada, señor Sansón mío, sino que mi amo se sale; ¡sálese sin duda!
-Y ¿por dónde se sale, señora? -preguntó Sansón-. ¿Hásele roto alguna parte
de su cuerpo?
-No se sale -respondió ella-, sino por la puerta de su locura. Quiero
decir, señor bachiller de mi ánima, que quiere salir otra vez, que con ésta
será la tercera, a buscar por ese mundo lo que él llama venturas, que yo no
puedo entender cómo les da este nombre. La vez primera nos le volvieron
atravesado sobre un jumento, molido a palos. La segunda vino en un carro de
bueyes, metido y encerrado en una jaula, adonde él se daba a entender que
estaba encantado; y venía tal el triste, que no le conociera la madre que
le parió: flaco, amarillo, los ojos hundidos en los últimos camaranchones
del celebro, que, para haberle de volver algún tanto en sí, gasté más de
seiscientos huevos, como lo sabe Dios y todo el mundo, y mis gallinas, que
no me dejaran mentir.
-Eso creo yo muy bien -respondió el bachiller-; que ellas son tan buenas,
tan gordas y tan bien criadas, que no dirán una cosa por otra, si
reventasen. En efecto, señora ama: ¿no hay otra cosa, ni ha sucedido otro
desmán alguno, sino el que se teme que quiere hacer el señor don Quijote?
-No, señor -respondió ella.
-Pues no tenga pena -respondió el bachiller-, sino váyase en hora buena a
su casa, y téngame aderezado de almorzar alguna cosa caliente, y, de
camino, vaya rezando la oración de Santa Apolonia si es que la sabe, que yo
iré luego allá, y verá maravillas.
-¡Cuitada de mí! -replicó el ama-; ¿la oración de Santa Apolonia dice
vuestra merced que rece?: eso fuera si mi amo lo hubiera de las muelas,
pero no lo ha sino de los cascos.
-Yo sé lo que digo, señora ama: váyase y no se ponga a disputar conmigo,
pues sabe que soy bachiller por Salamanca, que no hay más que bachillear
-respondió Carrasco.
Y con esto, se fue el ama, y el bachiller fue luego a buscar al cura, a
comunicar con él lo que se dirá a su tiempo.
En el que estuvieron encerrados don Quijote y Sancho, pasaron las razones
que con mucha puntualidad y verdadera relación cuenta la historia.
Dijo Sancho a su amo:
-Señor, ya yo tengo relucida a mi mujer a que me deje ir con vuestra merced
adonde quisiere llevarme.
-Reducida has de decir, Sancho -dijo don Quijote-, que no relucida.
-Una o dos veces -respondió Sancho-, si mal no me acuerdo, he suplicado a
vuestra merced que no me emiende los vocablos, si es que entiende lo que
quiero decir en ellos, y que, cuando no los entienda, diga: ''Sancho, o
diablo, no te entiendo''; y si yo no me declarare, entonces podrá
emendarme; que yo soy tan fócil...
-No te entiendo, Sancho -dijo luego don Quijote-, pues no sé qué quiere
decir soy tan fócil.
-Tan fócil quiere decir -respondió Sancho- soy tan así.
-Menos te entiendo agora -replicó don Quijote.
-Pues si no me puede entender -respondió Sancho-, no sé cómo lo diga: no sé
más, y Dios sea conmigo.
-Ya, ya caigo -respondió don Quijote- en ello: tú quieres decir que eres
tan dócil, blando y mañero que tomarás lo que yo te dijere, y pasarás por
lo que te enseñare.
-Apostaré yo -dijo Sancho- que desde el emprincipio me caló y me entendió,
sino que quiso turbarme por oírme decir otras docientas patochadas.
-Podrá ser -replicó don Quijote-. Y, en efecto, ¿qué dice Teresa?
-Teresa dice -dijo Sancho- que ate bien mi dedo con vuestra merced, y que
hablen cartas y callen barbas, porque quien destaja no baraja, pues más
vale un toma que dos te daré. Y yo digo que el consejo de la mujer es poco,
y el que no le toma es loco.
-Y yo lo digo también -respondió don Quijote-. Decid, Sancho amigo; pasá
adelante, que habláis hoy de perlas.
-Es el caso -replicó Sancho- que, como vuestra merced mejor sabe, todos
estamos sujetos a la muerte, y que hoy somos y mañana no, y que tan presto
se va el cordero como el carnero, y que nadie puede prometerse en este
mundo más horas de vida de las que Dios quisiere darle, porque la muerte es
sorda, y, cuando llega a llamar a las puertas de nuestra vida, siempre va
depriesa y no la harán detener ni ruegos, ni fuerzas, ni ceptros, ni
mitras, según es pública voz y fama, y según nos lo dicen por esos
púlpitos.
-Todo eso es verdad -dijo don Quijote-, pero no sé dónde vas a parar.
-Voy a parar -dijo Sancho- en que vuesa merced me señale salario conocido
de lo que me ha de dar cada mes el tiempo que le sirviere, y que el tal
salario se me pague de su hacienda; que no quiero estar a mercedes, que
llegan tarde, o mal, o nunca; con lo mío me ayude Dios. En fin, yo quiero
saber lo que gano, poco o mucho que sea, que sobre un huevo pone la
gallina, y muchos pocos hacen un mucho, y mientras se gana algo no se
pierde nada. Verdad sea que si sucediese, lo cual ni lo creo ni lo espero,
que vuesa merced me diese la ínsula que me tiene prometida, no soy tan
ingrato, ni llevo las cosas tan por los cabos, que no querré que se aprecie
lo que montare la renta de la tal ínsula, y se descuente de mi salario gata
por cantidad.
-Sancho amigo -respondió don Quijote-, a las veces, tan buena suele ser una
gata como una rata.
-Ya entiendo -dijo Sancho-: yo apostaré que había de decir rata, y no gata;
pero no importa nada, pues vuesa merced me ha entendido.
-Y tan entendido -respondió don Quijote- que he penetrado lo último de tus
pensamientos, y sé al blanco que tiras con las inumerables saetas de tus
refranes. Mira, Sancho: yo bien te señalaría salario, si hubiera hallado en
alguna de las historias de los caballeros andantes ejemplo que me
descubriese y mostrase, por algún pequeño resquicio, qué es lo que solían
ganar cada mes, o cada año; pero yo he leído todas o las más de sus
historias, y no me acuerdo haber leído que ningún caballero andante haya
señalado conocido salario a su escudero. Sólo sé que todos servían a
merced, y que, cuando menos se lo pensaban, si a sus señores les había
corrido bien la suerte, se hallaban premiados con una ínsula, o con otra
cosa equivalente, y, por lo menos, quedaban con título y señoría. Si con
estas esperanzas y aditamentos vos, Sancho, gustáis de volver a servirme,
sea en buena hora: que pensar que yo he de sacar de sus términos y quicios
la antigua usanza de la caballería andante es pensar en lo escusado. Así
que, Sancho mío, volveos a vuestra casa, y declarad a vuestra Teresa mi
intención; y si ella gustare y vos gustáredes de estar a merced conmigo,
bene quidem; y si no, tan amigos como de antes; que si al palomar no le
falta cebo, no le faltarán palomas. Y advertid, hijo, que vale más buena
esperanza que ruin posesión, y buena queja que mala paga. Hablo de esta
manera, Sancho, por daros a entender que también como vos sé yo arrojar
refranes como llovidos. Y, finalmente, quiero decir, y os digo, que si no
queréis venir a merced conmigo y correr la suerte que yo corriere, que Dios
quede con vos y os haga un santo; que a mí no me faltarán escuderos más
obedientes, más solícitos, y no tan empachados ni tan habladores como vos.
Cuando Sancho oyó la firme resolución de su amo se le anubló el cielo y se
le cayeron las alas del corazón, porque tenía creído que su señor no se
iría sin él por todos los haberes del mundo; y así, estando suspenso y
pensativo, entró Sansón Carrasco y la sobrina, deseosos de oír con qué
razones persuadía a su señor que no tornarse a buscar las aventuras. Llegó
Sansón, socarrón famoso, y, abrazándole como la vez primera y con voz
levantada, le dijo:
-¡Oh flor de la andante caballería; oh luz resplandeciente de las armas; oh
honor y espejo de la nación española! Plega a Dios todopoderoso, donde más
largamente se contiene, que la persona o personas que pusieren impedimento
y estorbaren tu tercera salida, que no la hallen en el laberinto de sus
deseos, ni jamás se les cumpla lo que mal desearen.
Y, volviéndose al ama, le dijo:
-Bien puede la señora ama no rezar más la oración de Santa Apolonia, que yo
sé que es determinación precisa de las esferas que el señor don Quijote
vuelva a ejecutar sus altos y nuevos pensamientos, y yo encargaría mucho mi
conciencia si no intimase y persuadiese a este caballero que no tenga más
tiempo encogida y detenida la fuerza de su valeroso brazo y la bondad de su
ánimo valentísimo, porque defrauda con su tardanza el derecho de los
tuertos, el amparo de los huérfanos, la honra de las doncellas, el favor de
las viudas y el arrimo de las casadas, y otras cosas deste jaez, que tocan,
atañen, dependen y son anejas a la orden de la caballería andante. ¡Ea,
señor don Quijote mío, hermoso y bravo, antes hoy que mañana se ponga
vuestra merced y su grandeza en camino; y si alguna cosa faltare para
ponerle en ejecución, aquí estoy yo para suplirla con mi persona y
hacienda; y si fuere necesidad servir a tu magnificencia de escudero, lo
tendré a felicísima ventura!
A esta sazón, dijo don Quijote, volviéndose a Sancho:
-¿No te dije yo, Sancho, que me habían de sobrar escuderos? Mira quién se
ofrece a serlo, sino el inaudito bachiller Sansón Carrasco, perpetuo
trastulo y regocijador de los patios de las escuelas salmanticenses, sano
de su persona, ágil de sus miembros, callado, sufridor así del calor como
del frío, así de la hambre como de la sed, con todas aquellas partes que se
requieren para ser escudero de un caballero andante. Pero no permita el
cielo que, por seguir mi gusto, desjarrete y quiebre la coluna de las
letras y el vaso de las ciencias, y tronque la palma eminente de las buenas
y liberales artes. Quédese el nuevo Sansón en su patria, y, honrándola,
honre juntamente las canas de sus ancianos padres; que yo con cualquier
escudero estaré contento, ya que Sancho no se digna de venir conmigo.
-Sí digno -respondió Sancho, enternecido y llenos de lágrimas los ojos; y
prosiguió-: No se dirá por mí, señor mío: el pan comido y la compañía
deshecha; sí, que no vengo yo de alguna alcurnia desagradecida, que ya sabe
todo el mundo, y especialmente mi pueblo, quién fueron los Panzas, de quien
yo deciendo, y más, que tengo conocido y calado por muchas buenas obras, y
por más buenas palabras, el deseo que vuestra merced tiene de hacerme
merced; y si me he puesto en cuentas de tanto más cuanto acerca de mi
salario, ha sido por complacer a mi mujer; la cual, cuando toma la mano a
persuadir una cosa, no hay mazo que tanto apriete los aros de una cuba como
ella aprieta a que se haga lo que quiere; pero, en efeto, el hombre ha de
ser hombre, y la mujer, mujer; y, pues yo soy hombre dondequiera, que no lo
puedo negar, también lo quiero ser en mi casa, pese a quien pesare; y así,
no hay más que hacer, sino que vuestra merced ordene su testamento con su
codicilo, en modo que no se pueda revolcar, y pongámonos luego en camino,
porque no padezca el alma del señor Sansón, que dice que su conciencia le
lita que persuada a vuestra merced a salir vez tercera por ese mundo; y yo
de nuevo me ofrezco a servir a vuestra merced fiel y legalmente, tan bien y
mejor que cuantos escuderos han servido a caballeros andantes en los
pasados y presentes tiempos.
Admirado quedó el bachiller de oír el término y modo de hablar de Sancho
Panza; que, puesto que había leído la primera historia de su señor, nunca
creyó que era tan gracioso como allí le pintan; pero, oyéndole decir ahora
testamento y codicilo que no se pueda revolcar, en lugar de testamento y
codicilo que no se pueda revocar, creyó todo lo que dél había leído, y
confirmólo por uno de los más solenes mentecatos de nuestros siglos; y dijo
entre sí que tales dos locos como amo y mozo no se habrían visto en el
mundo.
Finalmente, don Quijote y Sancho se abrazaron y quedaron amigos, y con
parecer y beneplácito del gran Carrasco, que por entonces era su oráculo,
se ordenó que de allí a tres días fuese su partida; en los cuales habría
lugar de aderezar lo necesario para el viaje, y de buscar una celada de
encaje, que en todas maneras dijo don Quijote que la había de llevar.
Ofreciósela Sansón, porque sabía no se la negaría un amigo suyo que la
tenía, puesto que estaba más escura por el orín y el moho que clara y
limpia por el terso acero.
Las maldiciones que las dos, ama y sobrina, echaron al bachiller no
tuvieron cuento: mesaron sus cabellos, arañaron sus rostros, y, al modo de
las endechaderas que se usaban, lamentaban la partida como si fuera la
muerte de su señor. El designo que tuvo Sansón, para persuadirle a que otra
vez saliese, fue hacer lo que adelante cuenta la historia, todo por consejo
del cura y del barbero, con quien él antes lo había comunicado.
En resolución, en aquellos tres días don Quijote y Sancho se acomodaron de
lo que les pareció convenirles; y, habiendo aplacado Sancho a su mujer, y
don Quijote a su sobrina y a su ama, al anochecer, sin que nadie lo viese,
sino el bachiller, que quiso acompañarles media legua del lugar, se
pusieron en camino del Toboso: don Quijote sobre su buen Rocinante, y
Sancho sobre su antiguo rucio, proveídas las alforjas de cosas tocantes a
la bucólica, y la bolsa de dineros que le dio don Quijote para lo que se
ofreciese. Abrazóle Sansón, y suplicóle le avisase de su buena o mala
suerte, para alegrarse con ésta o entristecerse con aquélla, como las leyes
de su amistad pedían. Prometióselo don Quijote, dio Sansón la vuelta a su
lugar, y los dos tomaron la de la gran ciudad del Toboso.
Capítulo VIII. Donde se cuenta lo que le sucedió a don Quijote, yendo a ver
su señora Dulcinea del Toboso
''¡Bendito sea el poderoso Alá! -dice Hamete Benengeli al comienzo deste
octavo capítulo-. ¡Bendito sea Alá!'', repite tres veces; y dice que da
estas bendiciones por ver que tiene ya en campaña a don Quijote y a Sancho,
y que los letores de su agradable historia pueden hacer cuenta que desde
este punto comienzan las hazañas y donaires de don Quijote y de su
escudero; persuádeles que se les olviden las pasadas caballerías del
ingenioso hidalgo, y pongan los ojos en las que están por venir, que desde
agora en el camino del Toboso comienzan, como las otras comenzaron en los
campos de Montiel, y no es mucho lo que pide para tanto como él promete; y
así prosigue diciendo:
Solos quedaron don Quijote y Sancho, y, apenas se hubo apartado Sansón,
cuando comenzó a relinchar Rocinante y a sospirar el rucio, que de
entrambos, caballero y escudero, fue tenido a buena señal y por felicísimo
agüero; aunque, si se ha de contar la verdad, más fueron los sospiros y
rebuznos del rucio que los relinchos del rocín, de donde coligió Sancho que
su ventura había de sobrepujar y ponerse encima de la de su señor,
fundándose no sé si en astrología judiciaria que él se sabía, puesto que la
historia no lo declara; sólo le oyeron decir que, cuando tropezaba o caía,
se holgara no haber salido de casa, porque del tropezar o caer no se sacaba
otra cosa sino el zapato roto o las costillas quebradas; y, aunque tonto,
no andaba en esto muy fuera de camino. Díjole don Quijote:
-Sancho amigo, la noche se nos va entrando a más andar, y con más escuridad
de la que habíamos menester para alcanzar a ver con el día al Toboso,
adonde tengo determinado de ir antes que en otra aventura me ponga, y allí
tomaré la bendición y buena licencia de la sin par Dulcinea, con la cual
licencia pienso y tengo por cierto de acabar y dar felice cima a toda
peligrosa aventura, porque ninguna cosa desta vida hace más valientes a los
caballeros andantes que verse favorecidos de sus damas.
-Yo así lo creo -respondió Sancho-; pero tengo por dificultoso que vuestra
merced pueda hablarla ni verse con ella, en parte, a lo menos, que pueda
recebir su bendición, si ya no se la echa desde las bardas del corral, por
donde yo la vi la vez primera, cuando le llevé la carta donde iban las
nuevas de las sandeces y locuras que vuestra merced quedaba haciendo en el
corazón de Sierra Morena.
-¿Bardas de corral se te antojaron aquéllas, Sancho -dijo don Quijote-,
adonde o por donde viste aquella jamás bastantemente alabada gentileza y
hermosura? No debían de ser sino galerías o corredores, o lonjas, o como
las llaman, de ricos y reales palacios.
-Todo pudo ser -respondió Sancho-, pero a mí bardas me parecieron, si no es
que soy falto de memoria.
-Con todo eso, vamos allá, Sancho -replicó don Quijote-, que como yo la
vea, eso se me da que sea por bardas que por ventanas, o por resquicios, o
verjas de jardines; que cualquier rayo que del sol de su belleza llegue a
mis ojos alumbrará mi entendimiento y fortalecerá mi corazón, de modo que
quede único y sin igual en la discreción y en la valentía.
-Pues en verdad, señor -respondió Sancho-, que cuando yo vi ese sol de la
señora Dulcinea del Toboso, que no estaba tan claro, que pudiese echar de
sí rayos algunos, y debió de ser que, como su merced estaba ahechando aquel
trigo que dije, el mucho polvo que sacaba se le puso como nube ante el
rostro y se le escureció.
-¡Que todavía das, Sancho -dijo don Quijote-, en decir, en pensar, en creer
y en porfiar que mi señora Dulcinea ahechaba trigo, siendo eso un menester
y ejercicio que va desviado de todo lo que hacen y deben hacer las personas
principales que están constituidas y guardadas para otros ejercicios y
entretenimientos, que muestran a tiro de ballesta su principalidad...! Mal
se te acuerdan a ti, ¡oh Sancho!, aquellos versos de nuestro poeta donde
nos pinta las labores que hacían allá en sus moradas de cristal aquellas
cuatro ninfas que del Tajo amado sacaron las cabezas, y se sentaron a
labrar en el prado verde aquellas ricas telas que allí el ingenioso poeta
nos describe, que todas eran de oro, sirgo y perlas contestas y tejidas. Y
desta manera debía de ser el de mi señora cuando tú la viste; sino que la
envidia que algún mal encantador debe de tener a mis cosas, todas las que
me han de dar gusto trueca y vuelve en diferentes figuras que ellas tienen;
y así, temo que, en aquella historia que dicen que anda impresa de mis
hazañas, si por ventura ha sido su autor algún sabio mi enemigo, habrá
puesto unas cosas por otras, mezclando con una verdad mil mentiras,
divertiéndose a contar otras acciones fuera de lo que requiere la
continuación de una verdadera historia. ¡Oh envidia, raíz de infinitos
males y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no sé
qué de deleite consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos,
rancores y rabias.
-Eso es lo que yo digo también -respondió Sancho-, y pienso que en esa
leyenda o historia que nos dijo el bachiller Carrasco que de nosotros había
visto debe de andar mi honra a coche acá, cinchado, y, como dicen, al
estricote, aquí y allí, barriendo las calles. Pues, a fe de bueno, que no
he dicho yo mal de ningún encantador, ni tengo tantos bienes que pueda ser
envidiado; bien es verdad que soy algo malicioso, y que tengo mis ciertos
asomos de bellaco, pero todo lo cubre y tapa la gran capa de la simpleza
mía, siempre natural y nunca artificiosa. Y cuando otra cosa no tuviese
sino el creer, como siempre creo, firme y verdaderamente en Dios y en todo
aquello que tiene y cree la Santa Iglesia Católica Romana, y el ser enemigo
mortal, como lo soy, de los judíos, debían los historiadores tener
misericordia de mí y tratarme bien en sus escritos. Pero digan lo que
quisieren; que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; aunque,
por verme puesto en libros y andar por ese mundo de mano en mano, no se me
da un higo que digan de mí todo lo que quisieren.
-Eso me parece, Sancho -dijo don Quijote-, a lo que sucedió a un famoso
poeta destos tiempos, el cual, habiendo hecho una maliciosa sátira contra
todas las damas cortesanas, no puso ni nombró en ella a una dama que se
podía dudar si lo era o no; la cual, viendo que no estaba en la lista de
las demás, se quejó al poeta, diciéndole que qué había visto en ella para
no ponerla en el número de las otras, y que alargase la sátira, y la
pusiese en el ensanche; si no, que mirase para lo que había nacido. Hízolo
así el poeta, y púsola cual no digan dueñas, y ella quedó satisfecha, por
verse con fama, aunque infame. También viene con esto lo que cuentan de
aquel pastor que puso fuego y abrasó el templo famoso de Diana, contado por
una de las siete maravillas del mundo, sólo porque quedase vivo su nombre
en los siglos venideros; y, aunque se mandó que nadie le nombrase, ni
hiciese por palabra o por escrito mención de su nombre, porque no
consiguiese el fin de su deseo, todavía se supo que se llamaba Eróstrato.
También alude a esto lo que sucedió al grande emperador Carlo Quinto con un
caballero en Roma. Quiso ver el emperador aquel famoso templo de la
Rotunda, que en la antigüedad se llamó el templo de todos los dioses, y
ahora, con mejor vocación, se llama de todos los santos, y es el edificio
que más entero ha quedado de los que alzó la gentilidad en Roma, y es el
que más conserva la fama de la grandiosidad y magnificencia de sus
fundadores: él es de hechura de una media naranja, grandísimo en estremo,
y está muy claro, sin entrarle otra luz que la que le concede una ventana,
o, por mejor decir, claraboya redonda que está en su cima, desde la cual
mirando el emperador el edificio, estaba con él y a su lado un caballero
romano, declarándole los primores y sutilezas de aquella gran máquina y
memorable arquitetura; y, habiéndose quitado de la claraboya, dijo al
emperador: ''Mil veces, Sacra Majestad, me vino deseo de abrazarme con
vuestra Majestad y arrojarme de aquella claraboya abajo, por dejar de mí
fama eterna en el mundo''. ''Yo os agradezco -respondió el emperador- el no
haber puesto tan mal pensamiento en efeto, y de aquí adelante no os pondré
yo en ocasión que volváis a hacer prueba de vuestra lealtad; y así, os
mando que jamás me habléis, ni estéis donde yo estuviere''. Y, tras estas
palabras, le hizo una gran merced. Quiero decir, Sancho, que el deseo de
alcanzar fama es activo en gran manera. ¿Quién piensas tú que arrojó a
Horacio del puente abajo, armado de todas armas, en la profundidad del
Tibre? ¿Quién abrasó el brazo y la mano a Mucio? ¿Quién impelió a Curcio a
lanzarse en la profunda sima ardiente que apareció en la mitad de Roma?
¿Quién, contra todos los agüeros que en contra se le habían mostrado, hizo
pasar el Rubicón a César? Y, con ejemplos más modernos, ¿quién barrenó los
navíos y dejó en seco y aislados los valerosos españoles guiados por el
cortesísimo Cortés en el Nuevo Mundo? Todas estas y otras grandes y
diferentes hazañas son, fueron y serán obras de la fama, que los mortales
desean como premios y parte de la inmortalidad que sus famosos hechos
merecen, puesto que los cristianos, católicos y andantes caballeros más
habemos de atender a la gloria de los siglos venideros, que es eterna en
las regiones etéreas y celestes, que a la vanidad de la fama que en este
presente y acabable siglo se alcanza; la cual fama, por mucho que dure, en
fin se ha de acabar con el mesmo mundo, que tiene su fin señalado. Así, ¡oh
Sancho!, que nuestras obras no han de salir del límite que nos tiene puesto
la religión cristiana, que profesamos. Hemos de matar en los gigantes a la
soberbia; a la envidia, en la generosidad y buen pecho; a la ira, en el
reposado continente y quietud del ánimo; a la gula y al sueño, en el poco
comer que comemos y en el mucho velar que velamos; a la lujuria y lascivia,
en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de nuestros
pensamientos; a la pereza, con andar por todas las partes del mundo,
buscando las ocasiones que nos puedan hacer y hagan, sobre cristianos,
famosos caballeros. Ves aquí, Sancho, los medios por donde se alcanzan los
estremos de alabanzas que consigo trae la buena fama.
-Todo lo que vuestra merced hasta aquí me ha dicho -dijo Sancho- lo he
entendido muy bien, pero, con todo eso, querría que vuestra merced me
sorbiese una duda que agora en este punto me ha venido a la memoria.
-Asolviese quieres decir, Sancho -dijo don Quijote-. Di en buen hora, que
yo responderé lo que supiere.
-Dígame, señor -prosiguió Sancho-: esos Julios o Agostos, y todos esos
caballeros hazañosos que ha dicho, que ya son muertos, ¿dónde están agora?
-Los gentiles -respondió don Quijote- sin duda están en el infierno; los
cristianos, si fueron buenos cristianos, o están en el purgatorio o en el
cielo.
-Está bien -dijo Sancho-, pero sepamos ahora: esas sepulturas donde están
los cuerpos desos señorazos, ¿tienen delante de sí lámparas de plata, o
están adornadas las paredes de sus capillas de muletas, de mortajas, de
cabelleras, de piernas y de ojos de cera? Y si desto no, ¿de qué están
adornadas?
A lo que respondió don Quijote:
-Los sepulcros de los gentiles fueron por la mayor parte suntuosos templos:
las cenizas del cuerpo de Julio César se pusieron sobre una pirámide de
piedra de desmesurada grandeza, a quien hoy llaman en Roma La aguja de San
Pedro; al emperador Adriano le sirvió de sepultura un castillo tan grande
como una buena aldea, a quien llamaron Moles Hadriani, que agora es el
castillo de Santángel en Roma; la reina Artemisa sepultó a su marido
Mausoleo en un sepulcro que se tuvo por una de las siete maravillas del
mundo; pero ninguna destas sepulturas ni otras muchas que tuvieron los
gentiles se adornaron con mortajas ni con otras ofrendas y señales que
mostrasen ser santos los que en ellas estaban sepultados.
-A eso voy -replicó Sancho-. Y dígame agora: ¿cuál es más: resucitar a un
muerto, o matar a un gigante?
-La respuesta está en la mano -respondió don Quijote-: más es resucitar a
un muerto.
-Cogido le tengo -dijo Sancho-: luego la fama del que resucita muertos, da
vista a los ciegos, endereza los cojos y da salud a los enfermos, y delante
de sus sepulturas arden lámparas, y están llenas sus capillas de gentes
devotas que de rodillas adoran sus reliquias, mejor fama será, para este y
para el otro siglo, que la que dejaron y dejaren cuantos emperadores
gentiles y caballeros andantes ha habido en el mundo.
-También confieso esa verdad -respondió don Quijote.
-Pues esta fama, estas gracias, estas prerrogativas, como llaman a esto
-respondió Sancho-, tienen los cuerpos y las reliquias de los santos que,
con aprobación y licencia de nuestra santa madre Iglesia, tienen lámparas,
velas, mortajas, muletas, pinturas, cabelleras, ojos, piernas, con que
aumentan la devoción y engrandecen su cristiana fama. Los cuerpos de los
santos o sus reliquias llevan los reyes sobre sus hombros, besan los
pedazos de sus huesos, adornan y enriquecen con ellos sus oratorios y sus
más preciados altares...
-¿Qué quieres que infiera, Sancho, de todo lo que has dicho? -dijo don
Quijote.
-Quiero decir -dijo Sancho- que nos demos a ser santos, y alcanzaremos más
brevemente la buena fama que pretendemos; y advierta, señor, que ayer o
antes de ayer, que, según ha poco se puede decir desta manera, canonizaron
o beatificaron dos frailecitos descalzos, cuyas cadenas de hierro con que
ceñían y atormentaban sus cuerpos se tiene ahora a gran ventura el besarlas
y tocarlas, y están en más veneración que está, según dije, la espada de
Roldán en la armería del rey, nuestro señor, que Dios guarde. Así que,
señor mío, más vale ser humilde frailecito, de cualquier orden que sea,
que valiente y andante caballero; mas alcanzan con Dios dos docenas de
diciplinas que dos mil lanzadas, ora las den a gigantes, ora a vestiglos o
a endrigos.
-Todo eso es así -respondió don Quijote-, pero no todos podemos ser
frailes, y muchos son los caminos por donde lleva Dios a los suyos al
cielo: religión es la caballería; caballeros santos hay en la gloria.
-Sí -respondió Sancho-, pero yo he oído decir que hay más frailes en el
cielo que caballeros andantes.
-Eso es -respondió don Quijote- porque es mayor el número de los religiosos
que el de los caballeros.
-Muchos son los andantes -dijo Sancho.
-Muchos -respondió don Quijote-, pero pocos los que merecen nombre de
caballeros.
En estas y otras semejantes pláticas se les pasó aquella noche y el día
siguiente, sin acontecerles cosa que de contar fuese, de que no poco le
pesó a don Quijote. En fin, otro día, al anochecer, descubrieron la gran
ciudad del Toboso, con cuya vista se le alegraron los espíritus a don
Quijote y se le entristecieron a Sancho, porque no sabía la casa de
Dulcinea, ni en su vida la había visto, como no la había visto su señor; de
modo que el uno por verla, y el otro por no haberla visto, estaban
alborotados, y no imaginaba Sancho qué había de hacer cuando su dueño le
enviase al Toboso. Finalmente, ordenó don Quijote entrar en la ciudad
entrada la noche, y, en tanto que la hora se llegaba, se quedaron entre
unas encinas que cerca del Toboso estaban, y, llegado el determinado punto,
entraron en la ciudad, donde les sucedió cosas que a cosas llegan.
Capítulo IX. Donde se cuenta lo que en él se verá
Media noche era por filo, poco más a menos, cuando don Quijote y Sancho
dejaron el monte y entraron en el Toboso. Estaba el pueblo en un sosegado
silencio, porque todos sus vecinos dormían y reposaban a pierna tendida,
como suele decirse. Era la noche entreclara, puesto que quisiera Sancho que
fuera del todo escura, por hallar en su escuridad disculpa de su sandez. No
se oía en todo el lugar sino ladridos de perros, que atronaban los oídos de
don Quijote y turbaban el corazón de Sancho. De cuando en cuando, rebuznaba
un jumento, gruñían puercos, mayaban gatos, cuyas voces, de diferentes
sonidos, se aumentaban con el silencio de la noche, todo lo cual tuvo el
enamorado caballero a mal agüero; pero, con todo esto, dijo a Sancho:
-Sancho, hijo, guía al palacio de Dulcinea: quizá podrá ser que la hallemos
despierta.
-¿A qué palacio tengo de guiar, cuerpo del sol -respondió Sancho-, que en
el que yo vi a su grandeza no era sino casa muy pequeña?
-Debía de estar retirada, entonces -respondió don Quijote-, en algún
pequeño apartamiento de su alcázar, solazándose a solas con sus doncellas,
como es uso y costumbre de las altas señoras y princesas.
-Señor -dijo Sancho-, ya que vuestra merced quiere, a pesar mío, que sea
alcázar la casa de mi señora Dulcinea, ¿es hora ésta por ventura de hallar
la puerta abierta? Y ¿será bien que demos aldabazos para que nos oyan y nos
abran, metiendo en alboroto y rumor toda la gente? ¿Vamos por dicha a
llamar a la casa de nuestras mancebas, como hacen los abarraganados, que
llegan, y llaman, y entran a cualquier hora, por tarde que sea?
-Hallemos primero una por una el alcázar -replicó don Quijote-, que
entonces yo te diré, Sancho, lo que será bien que hagamos. Y advierte,
Sancho, que yo veo poco, o que aquel bulto grande y sombra que desde aquí
se descubre la debe de hacer el palacio de Dulcinea.
-Pues guíe vuestra merced -respondió Sancho-: quizá será así; aunque yo lo
veré con los ojos y lo tocaré con las manos, y así lo creeré yo como creer
que es ahora de día.
Guió don Quijote, y, habiendo andado como docientos pasos, dio con el bulto
que hacía la sombra, y vio una gran torre, y luego conoció que el tal
edificio no era alcázar, sino la iglesia principal del pueblo. Y dijo:
-Con la iglesia hemos dado, Sancho.
-Ya lo veo -respondió Sancho-; y plega a Dios que no demos con nuestra
sepultura, que no es buena señal andar por los cimenterios a tales horas, y
más, habiendo yo dicho a vuestra merced, si mal no me acuerdo, que la
casa desta señora ha de estar en una callejuela sin salida.
-¡Maldito seas de Dios, mentecato! -dijo don Quijote-. ¿Adónde has tú
hallado que los alcázares y palacios reales estén edificados en callejuelas
sin salida?
-Señor -respondió Sancho-, en cada tierra su uso: quizá se usa aquí en el
Toboso edificar en callejuelas los palacios y edificios grandes; y así,
suplico a vuestra merced me deje buscar por estas calles o callejuelas que
se me ofrecen: podría ser que en algún rincón topase con ese alcázar, que
le vea yo comido de perros, que así nos trae corridos y asendereados.
-Habla con respeto, Sancho, de las cosas de mi señora -dijo don Quijote-, y
tengamos la fiesta en paz, y no arrojemos la soga tras el caldero.
-Yo me reportaré -respondió Sancho-; pero, ¿con qué paciencia podré llevar
que quiera vuestra merced que de sola una vez que vi la casa de nuestra
ama, la haya de saber siempre y hallarla a media noche, no hallándola
vuestra merced, que la debe de haber visto millares de veces?
-Tú me harás desesperar, Sancho -dijo don Quijote-. Ven acá, hereje: ¿no te
he dicho mil veces que en todos los días de mi vida no he visto a la sin
par Dulcinea, ni jamás atravesé los umbrales de su palacio, y que sólo
estoy enamorado de oídas y de la gran fama que tiene de hermosa y discreta?
-Ahora lo oigo -respondió Sancho-; y digo que, pues vuestra merced no la ha
visto, ni yo tampoco...
-Eso no puede ser -replicó don Quijote-; que, por lo menos, ya me has dicho
tú que la viste ahechando trigo, cuando me trujiste la respuesta de la
carta que le envié contigo.
-No se atenga a eso, señor -respondió Sancho-, porque le hago saber que
también fue de oídas la vista y la respuesta que le truje; porque, así sé
yo quién es la señora Dulcinea como dar un puño en el cielo.
-Sancho, Sancho -respondió don Quijote-, tiempos hay de burlar, y tiempos
donde caen y parecen mal las burlas. No porque yo diga que ni he visto ni
hablado a la señora de mi alma has tú de decir también que ni la has
hablado ni visto, siendo tan al revés como sabes.
Estando los dos en estas pláticas, vieron que venía a pasar por donde
estaban uno con dos mulas, que, por el ruido que hacía el arado, que
arrastraba por el suelo, juzgaron que debía de ser labrador, que habría
madrugado antes del día a ir a su labranza; y así fue la verdad. Venía el
labrador cantando aquel romance que dicen:
Mala la hubistes, franceses,
en esa de Roncesvalles.
-Que me maten, Sancho -dijo, en oyéndole, don Quijote-, si nos ha de
suceder cosa buena esta noche. ¿No oyes lo que viene cantando ese villano?
-Sí oigo -respondió Sancho-; pero, ¿qué hace a nuestro propósito la caza de
Roncesvalles? Así pudiera cantar el romance de Calaínos, que todo fuera uno
para sucedernos bien o mal en nuestro negocio.
Llegó, en esto, el labrador, a quien don Quijote preguntó:
-¿Sabréisme decir, buen amigo, que buena ventura os dé Dios, dónde son por
aquí los palacios de la sin par princesa doña Dulcinea del Toboso?
-Señor -respondió el mozo-, yo soy forastero y ha pocos días que estoy en
este pueblo, sirviendo a un labrador rico en la labranza del campo; en esa
casa frontera viven el cura y el sacristán del lugar; entrambos, o
cualquier dellos, sabrá dar a vuestra merced razón desa señora princesa,
porque tienen la lista de todos los vecinos del Toboso; aunque para mí
tengo que en todo él no vive princesa alguna; muchas señoras, sí,
principales, que cada una en su casa puede ser princesa.
-Pues entre ésas -dijo don Quijote- debe de estar, amigo, ésta por quien te
pregunto.
-Podría ser -respondió el mozo-; y adiós, que ya viene el alba.
Y, dando a sus mulas, no atendió a más preguntas. Sancho, que vio suspenso
a su señor y asaz mal contento, le dijo:
-Señor, ya se viene a más andar el día, y no será acertado dejar que nos
halle el sol en la calle; mejor será que nos salgamos fuera de la ciudad, y
que vuestra merced se embosque en alguna floresta aquí cercana, y yo
volveré de día, y no dejaré ostugo en todo este lugar donde no busque la
casa, alcázar o palacio de mi señora, y asaz sería de desdichado si no le
hallase; y, hallándole, hablaré con su merced, y le diré dónde y cómo queda
vuestra merced esperando que le dé orden y traza para verla, sin menoscabo
de su honra y fama.
-Has dicho, Sancho -dijo don Quijote-, mil sentencias encerradas en el
círculo de breves palabras: el consejo que ahora me has dado le apetezco y
recibo de bonísima gana. Ven, hijo, y vamos a buscar donde me embosque, que
tú volverás, como dices, a buscar, a ver y hablar a mi señora, de cuya
discreción y cortesía espero más que milagrosos favores.
Rabiaba Sancho por sacar a su amo del pueblo, porque no averiguase la
mentira de la respuesta que de parte de Dulcinea le había llevado a Sierra
Morena; y así, dio priesa a la salida, que fue luego, y a dos millas del
lugar hallaron una floresta o bosque, donde don Quijote se emboscó en tanto
que Sancho volvía a la ciudad a hablar a Dulcinea; en cuya embajada le
sucedieron cosas que piden nueva atención y nuevo crédito.
Capítulo X. Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la
señora Dulcinea, y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos
Llegando el autor desta grande historia a contar lo que en este capítulo
cuenta, dice que quisiera pasarle en silencio, temeroso de que no había de
ser creído, porque las locuras de don Quijote llegaron aquí al término y
raya de las mayores que pueden imaginarse, y aun pasaron dos tiros de
ballesta más allá de las mayores. Finalmente, aunque con este miedo y
recelo, las escribió de la misma manera que él las hizo, sin añadir ni
quitar a la historia un átomo de la verdad, sin dársele nada por las
objeciones que podían ponerle de mentiroso. Y tuvo razón, porque la verdad
adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira como el aceite sobre
el agua.
Y así, prosiguiendo su historia, dice que, así como don Quijote se emboscó
en la floresta, encinar o selva junto al gran Toboso, mandó a Sancho volver
a la ciudad, y que no volviese a su presencia sin haber primero hablado de
su parte a su señora, pidiéndola fuese servida de dejarse ver de su cautivo
caballero, y se dignase de echarle su bendición, para que pudiese esperar
por ella felicísimos sucesos de todos sus acometimientos y dificultosas
empresas. Encargóse Sancho de hacerlo así como se le mandaba, y de traerle
tan buena respuesta como le trujo la vez primera.
-Anda, hijo -replicó don Quijote-, y no te turbes cuando te vieres ante la
luz del sol de hermosura que vas a buscar. ¡Dichoso tú sobre todos los
escuderos del mundo! Ten memoria, y no se te pase della cómo te recibe: si
muda las colores el tiempo que la estuvieres dando mi embajada; si se
desasosiega y turba oyendo mi nombre; si no cabe en la almohada, si acaso
la hallas sentada en el estrado rico de su autoridad; y si está en pie,
mírala si se pone ahora sobre el uno, ahora sobre el otro pie; si te repite
la respuesta que te diere dos o tres veces; si la muda de blanda en áspera,
de aceda en amorosa; si levanta la mano al cabello para componerle, aunque
no esté desordenado; finalmente, hijo, mira todas sus acciones y
movimientos; porque si tú me los relatares como ellos fueron, sacaré yo lo
que ella tiene escondido en lo secreto de su corazón acerca de lo que al
fecho de mis amores toca; que has de saber, Sancho, si no lo sabes, que
entre los amantes, las acciones y movimientos exteriores que muestran,
cuando de sus amores se trata, son certísimos correos que traen las nuevas
de lo que allá en lo interior del alma pasa. Ve, amigo, y guíete otra mejor
ventura que la mía, y vuélvate otro mejor suceso del que yo quedo temiendo
y esperando en esta amarga soledad en que me dejas.
-Yo iré y volveré presto -dijo Sancho-; y ensanche vuestra merced, señor
mío, ese corazoncillo, que le debe de tener agora no mayor que una
avellana, y considere que se suele decir que buen corazón quebranta mala
ventura, y que donde no hay tocinos, no hay estacas; y también se dice:
donde no piensa, salta la liebre. Dígolo porque si esta noche no hallamos
los palacios o alcázares de mi señora, agora que es de día los pienso
hallar, cuando menos los piense, y hallados, déjenme a mí con ella.
-Por cierto, Sancho -dijo don Quijote-, que siempre traes tus refranes tan
a pelo de lo que tratamos cuanto me dé Dios mejor ventura en lo que deseo.
Esto dicho, volvió Sancho las espaldas y vareó su rucio, y don Quijote se
quedó a caballo, descansando sobre los estribos y sobre el arrimo de su
lanza, lleno de tristes y confusas imaginaciones, donde le dejaremos,
yéndonos con Sancho Panza, que no menos confuso y pensativo se apartó de su
señor que él quedaba; y tanto, que, apenas hubo salido del bosque, cuando,
volviendo la cabeza y viendo que don Quijote no parecía, se apeó del
jumento, y, sentándose al pie de un árbol, comenzó a hablar consigo mesmo y
a decirse:
-Sepamos agora, Sancho hermano, adónde va vuesa merced. ¿Va a buscar algún
jumento que se le haya perdido? ''No, por cierto''. Pues, ¿qué va a buscar?
''Voy a buscar, como quien no dice nada, a una princesa, y en ella al sol
de la hermosura y a todo el cielo junto''. Y ¿adónde pensáis hallar eso que
decís, Sancho? ''¿Adónde? En la gran ciudad del Toboso''. Y bien: ¿y de
parte de quién la vais a buscar? ''De parte del famoso caballero don
Quijote de la Mancha, que desface los tuertos, y da de comer al que ha sed,
y de beber al que ha hambre''. Todo eso está muy bien. Y ¿sabéis su casa,
Sancho? ''Mi amo dice que han de ser unos reales palacios o unos soberbios
alcázares''. Y ¿habéisla visto algún día por ventura? ''Ni yo ni mi amo la
habemos visto jamás''. Y ¿paréceos que fuera acertado y bien hecho que si
los del Toboso supiesen que estáis vos aquí con intención de ir a
sonsacarles sus princesas y a desasosegarles sus damas, viniesen y os
moliesen las costillas a puros palos, y no os dejasen hueso sano? ''En
verdad que tendrían mucha razón, cuando no considerasen que soy mandado, y
que mensajero sois, amigo, no merecéis culpa, non''. No os fiéis en eso,
Sancho, porque la gente manchega es tan colérica como honrada, y no
consiente cosquillas de nadie. Vive Dios que si os huele, que os mando mala
ventura. ''¡Oxte, puto! ¡Allá darás, rayo! ¡No, sino ándeme yo buscando
tres pies al gato por el gusto ajeno! Y más, que así será buscar a Dulcinea
por el Toboso como a Marica por Rávena, o al bachiller en Salamanca. ¡El
diablo, el diablo me ha metido a mí en esto, que otro no!''
Este soliloquio pasó consigo Sancho, y lo que sacó dél fue que volvió a
decirse:
-Ahora bien, todas las cosas tienen remedio, si no es la muerte, debajo de
cuyo yugo hemos de pasar todos, mal que nos pese, al acabar de la vida.
Este mi amo, por mil señales, he visto que es un loco de atar, y aun
también yo no le quedo en zaga, pues soy más mentecato que él, pues le sigo
y le sirvo, si es verdadero el refrán que dice: "Dime con quién andas,
decirte he quién eres", y el otro de "No con quien naces, sino con quien
paces". Siendo, pues, loco, como lo es, y de locura que las más veces toma
unas cosas por otras, y juzga lo blanco por negro y lo negro por blanco,
como se pareció cuando dijo que los molinos de viento eran gigantes, y las
mulas de los religiosos dromedarios, y las manadas de carneros ejércitos de
enemigos, y otras muchas cosas a este tono, no será muy difícil hacerle
creer que una labradora, la primera que me topare por aquí, es la señora
Dulcinea; y, cuando él no lo crea, juraré yo; y si él jurare, tornaré yo a
jurar; y si porfiare, porfiaré yo más, y de manera que tengo de tener la
mía siempre sobre el hito, venga lo que viniere. Quizá con esta porfía
acabaré con él que no me envíe otra vez a semejantes mensajerías, viendo
cuán mal recado le traigo dellas, o quizá pensará, como yo imagino, que
algún mal encantador de estos que él dice que le quieren mal la habrá
mudado la figura por hacerle mal y daño.
Con esto que pensó Sancho Panza quedó sosegado su espíritu, y tuvo por bien
acabado su negocio, y deteniéndose allí hasta la tarde, por dar lugar a que
don Quijote pensase que le había tenido para ir y volver del Toboso; y
sucedióle todo tan bien que, cuando se levantó para subir en el rucio, vio
que del Toboso hacia donde él estaba venían tres labradoras sobre tres
pollinos, o pollinas, que el autor no lo declara, aunque más se puede creer
que eran borricas, por ser ordinaria caballería de las aldeanas; pero, como
no va mucho en esto, no hay para qué detenernos en averiguarlo. En
resolución: así como Sancho vio a las labradoras, a paso tirado volvió a
buscar a su señor don Quijote, y hallóle suspirando y diciendo mil amorosas
lamentaciones. Como don Quijote le vio, le dijo:
-¿Qué hay, Sancho amigo? ¿Podré señalar este día con piedra blanca, o con
negra?
-Mejor será -respondió Sancho- que vuesa merced le señale con almagre, como
rétulos de cátedras, porque le echen bien de ver los que le vieren.
-De ese modo -replicó don Quijote-, buenas nuevas traes.
-Tan buenas -respondió Sancho-, que no tiene más que hacer vuesa merced
sino picar a Rocinante y salir a lo raso a ver a la señora Dulcinea del
Toboso, que con otras dos doncellas suyas viene a ver a vuesa merced.
-¡Santo Dios! ¿Qué es lo que dices, Sancho amigo? -dijo don Quijote-. Mira
no me engañes, ni quieras con falsas alegrías alegrar mis verdaderas
tristezas.
-¿Qué sacaría yo de engañar a vuesa merced -respondió Sancho-, y más
estando tan cerca de descubrir mi verdad? Pique, señor, y venga, y verá
venir a la princesa, nuestra ama, vestida y adornada, en fin, como quien
ella es. Sus doncellas y ella todas son una ascua de oro, todas mazorcas de
perlas, todas son diamantes, todas rubíes, todas telas de brocado de más de
diez altos; los cabellos, sueltos por las espaldas, que son otros tantos
rayos del sol que andan jugando con el viento; y, sobre todo, vienen a
caballo sobre tres cananeas remendadas, que no hay más que ver.
-Hacaneas querrás decir, Sancho.
-Poca diferencia hay -respondió Sancho- de cananeas a hacaneas; pero,
vengan sobre lo que vinieren, ellas vienen las más galanas señoras que se
puedan desear, especialmente la princesa Dulcinea, mi señora, que pasma los
sentidos.
-Vamos, Sancho hijo -respondió don Quijote-; y, en albricias destas no
esperadas como buenas nuevas, te mando el mejor despojo que ganare en la
primera aventura que tuviere, y si esto no te contenta, te mando las crías
que este año me dieren las tres yeguas mías, que tú sabes que quedan para
parir en el prado concejil de nuestro pueblo.
-A las crías me atengo -respondió Sancho-, porque de ser buenos los
despojos de la primera aventura no está muy cierto.
Ya en esto salieron de la selva, y descubrieron cerca a las tres aldeanas.
Tendió don Quijote los ojos por todo el camino del Toboso, y como no vio
sino a las tres labradoras, turbóse todo, y preguntó a Sancho si las había
dejado fuera de la ciudad.
-¿Cómo fuera de la ciudad? -respondió-. ¿Por ventura tiene vuesa merced los
ojos en el colodrillo, que no vee que son éstas, las que aquí vienen,
resplandecientes como el mismo sol a mediodía?
-Yo no veo, Sancho -dijo don Quijote-, sino a tres labradoras sobre tres
borricos.
-¡Agora me libre Dios del diablo! -respondió Sancho-. Y ¿es posible que
tres hacaneas, o como se llaman, blancas como el ampo de la nieve, le
parezcan a vuesa merced borricos? ¡Vive el Señor, que me pele estas barbas
si tal fuese verdad!
-Pues yo te digo, Sancho amigo -dijo don Quijote-, que es tan verdad que
son borricos, o borricas, como yo soy don Quijote y tú Sancho Panza; a lo
menos, a mí tales me parecen.
-Calle, señor -dijo Sancho-, no diga la tal palabra, sino despabile esos
ojos, y venga a hacer reverencia a la señora de sus pensamientos, que ya
llega cerca.
Y, diciendo esto, se adelantó a recebir a las tres aldeanas; y, apeándose
del rucio, tuvo del cabestro al jumento de una de las tres labradoras, y,
hincando ambas rodillas en el suelo, dijo:
-Reina y princesa y duquesa de la hermosura, vuestra altivez y grandeza sea
servida de recebir en su gracia y buen talente al cautivo caballero
vuestro, que allí está hecho piedra mármol, todo turbado y sin pulsos de
verse ante vuestra magnífica presencia. Yo soy Sancho Panza, su escudero, y
él es el asendereado caballero don Quijote de la Mancha, llamado por otro
nombre el Caballero de la Triste Figura.
A esta sazón, ya se había puesto don Quijote de hinojos junto a Sancho, y
miraba con ojos desencajados y vista turbada a la que Sancho llamaba reina
y señora, y, como no descubría en ella sino una moza aldeana, y no de muy
buen rostro, porque era carirredonda y chata, estaba suspenso y admirado,
sin osar desplegar los labios. Las labradoras estaban asimismo atónitas,
viendo aquellos dos hombres tan diferentes hincados de rodillas, que no
dejaban pasar adelante a su compañera; pero, rompiendo el silencio la
detenida, toda desgraciada y mohína, dijo:
-Apártense nora en tal del camino, y déjenmos pasar, que vamos de priesa.
A lo que respondió Sancho:
-¡Oh princesa y señora universal del Toboso! ¿Cómo vuestro magnánimo
corazón no se enternece viendo arrodillado ante vuestra sublimada presencia
a la coluna y sustento de la andante caballería?
Oyendo lo cual, otra de las dos dijo:
-Mas, ¡jo, que te estrego, burra de mi suegro! ¡Mirad con qué se vienen los
señoritos ahora a hacer burla de las aldeanas, como si aquí no supiésemos
echar pullas como ellos! Vayan su camino, e déjenmos hacer el nueso, y
serles ha sano.
-Levántate, Sancho -dijo a este punto don Quijote-, que ya veo que la
Fortuna, de mi mal no harta, tiene tomados los caminos todos por donde
pueda venir algún contento a esta ánima mezquina que tengo en las carnes. Y
tú, ¡oh estremo del valor que puede desearse, término de la humana
gentileza, único remedio deste afligido corazón que te adora!, ya que el
maligno encantador me persigue, y ha puesto nubes y cataratas en mis ojos,
y para sólo ellos y no para otros ha mudado y transformado tu sin igual
hermosura y rostro en el de una labradora pobre, si ya también el mío no le
ha cambiado en el de algún vestiglo, para hacerle aborrecible a tus ojos,
no dejes de mirarme blanda y amorosamente, echando de ver en esta sumisión
y arrodillamiento que a tu contrahecha hermosura hago, la humildad con que
mi alma te adora.
-¡Tomá que mi agüelo! -respondió la aldeana-. ¡Amiguita soy yo de oír
resquebrajos! Apártense y déjenmos ir, y agradecérselo hemos.
Apartóse Sancho y dejóla ir, contentísimo de haber salido bien de su
enredo.
Apenas se vio libre la aldeana que había hecho la figura de Dulcinea,
cuando, picando a su cananea con un aguijón que en un palo traía, dio a
correr por el prado adelante. Y, como la borrica sentía la punta del
aguijón, que le fatigaba más de lo ordinario, comenzó a dar corcovos, de
manera que dio con la señora Dulcinea en tierra; lo cual visto por don
Quijote, acudió a levantarla, y Sancho a componer y cinchar el albarda, que
también vino a la barriga de la pollina. Acomodada, pues, la albarda, y
quiriendo don Quijote levantar a su encantada señora en los brazos sobre la
jumenta, la señora, levantándose del suelo, le quitó de aquel trabajo,
porque, haciéndose algún tanto atrás, tomó una corridica, y, puestas ambas
manos sobre las ancas de la pollina, dio con su cuerpo, más ligero que un
halcón, sobre la albarda, y quedó a horcajadas, como si fuera hombre; y
entonces dijo Sancho:
-¡Vive Roque, que es la señora nuestra ama más ligera que un acotán, y que
puede enseñar a subir a la jineta al más diestro cordobés o mejicano! El
arzón trasero de la silla pasó de un salto, y sin espuelas hace correr la
hacanea como una cebra. Y no le van en zaga sus doncellas; que todas corren
como el viento.
Y así era la verdad, porque, en viéndose a caballo Dulcinea, todas picaron
tras ella y dispararon a correr, sin volver la cabeza atrás por espacio de
más de media legua. Siguiólas don Quijote con la vista, y, cuando vio que
no parecían, volviéndose a Sancho, le dijo:
-Sancho, ¿qué te parece cuán malquisto soy de encantadores? Y mira hasta
dónde se estiende su malicia y la ojeriza que me tienen, pues me han
querido privar del contento que pudiera darme ver en su ser a mi señora. En
efecto, yo nací para ejemplo de desdichados, y para ser blanco y terrero
donde tomen la mira y asiesten las flechas de la mala fortuna. Y has
también de advertir, Sancho, que no se contentaron estos traidores de haber
vuelto y transformado a mi Dulcinea, sino que la transformaron y volvieron
en una figura tan baja y tan fea como la de aquella aldeana, y juntamente
le quitaron lo que es tan suyo de las principales señoras, que es el buen
olor, por andar siempre entre ámbares y entre flores. Porque te hago saber,
Sancho, que cuando llegé a subir a Dulcinea sobre su hacanea, según tú
dices, que a mí me pareció borrica, me dio un olor de ajos crudos, que me
encalabrinó y atosigó el alma.
-¡Oh canalla! -gritó a esta sazón Sancho- ¡Oh encantadores aciagos y
malintencionados, y quién os viera a todos ensartados por las agallas, como
sardinas en lercha! Mucho sabéis, mucho podéis y mucho más hacéis. Bastaros
debiera, bellacos, haber mudado las perlas de los ojos de mi señora en
agallas alcornoqueñas, y sus cabellos de oro purísimo en cerdas de cola de
buey bermejo, y, finalmente, todas sus faciones de buenas en malas, sin que
le tocárades en el olor; que por él siquiera sacáramos lo que estaba
encubierto debajo de aquella fea corteza; aunque, para decir verdad, nunca
yo vi su fealdad, sino su hermosura, a la cual subía de punto y quilates un
lunar que tenía sobre el labio derecho, a manera de bigote, con siete o
ocho cabellos rubios como hebras de oro y largos de más de un palmo.
-A ese lunar -dijo don Quijote-, según la correspondencia que tienen entre
sí los del rostro con los del cuerpo, ha de tener otro Dulcinea en la tabla
del muslo que corresponde al lado donde tiene el del rostro, pero muy
luengos para lunares son pelos de la grandeza que has significado.
-Pues yo sé decir a vuestra merced -respondió Sancho- que le parecían allí
como nacidos.
-Yo lo creo, amigo -replicó don Quijote-, porque ninguna cosa puso la
naturaleza en Dulcinea que no fuese perfecta y bien acabada; y así, si
tuviera cien lunares como el que dices, en ella no fueran lunares, sino
lunas y estrellas resplandecientes. Pero dime, Sancho: aquella que a mí me
pareció albarda, que tú aderezaste, ¿era silla rasa o sillón?
-No era -respondió Sancho- sino silla a la jineta, con una cubierta de
campo que vale la mitad de un reino, según es de rica.
-¡Y que no viese yo todo eso, Sancho! -dijo don Quijote-. Ahora torno a
decir, y diré mil veces, que soy el más desdichado de los hombres.
Harto tenía que hacer el socarrón de Sancho en disimular la risa, oyendo
las sandeces de su amo, tan delicadamente engañado. Finalmente, después de
otras muchas razones que entre los dos pasaron, volvieron a subir en sus
bestias, y siguieron el camino de Zaragoza, adonde pensaban llegar a tiempo
que pudiesen hallarse en unas solenes fiestas que en aquella insigne ciudad
cada año suelen hacerse. Pero, antes que allá llegasen, les sucedieron
cosas que, por muchas, grandes y nuevas, merecen ser escritas y leídas,
como se verá adelante.
Capítulo XI. De la estraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote
con el carro, o carreta, de Las Cortes de la Muerte
Pensativo además iba don Quijote por su camino adelante, considerando la
mala burla que le habían hecho los encantadores, volviendo a su señora
Dulcinea en la mala figura de la aldeana, y no imaginaba qué remedio
tendría para volverla a su ser primero; y estos pensamientos le llevaban
tan fuera de sí, que, sin sentirlo, soltó las riendas a Rocinante, el cual,
sintiendo la libertad que se le daba, a cada paso se detenía a pacer la
verde yerba de que aquellos campos abundaban. De su embelesamiento le
volvió Sancho Panza, diciéndole:
-Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los
hombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias:
vuestra merced se reporte, y vuelva en sí, y coja las riendas a Rocinante,
y avive y despierte, y muestre aquella gallardía que conviene que tengan
los caballeros andantes. ¿Qué diablos es esto? ¿Qué descaecimiento es éste?
¿Estamos aquí, o en Francia? Mas que se lleve Satanás a cuantas Dulcineas
hay en el mundo, pues vale más la salud de un solo caballero andante que
todos los encantos y transformaciones de la tierra.
-Calla, Sancho -respondió don Quijote con voz no muy desmayada-; calla,
digo, y no digas blasfemias contra aquella encantada señora, que de su
desgracia y desventura yo solo tengo la culpa: de la invidia que me tienen
los malos ha nacido su mala andanza.
-Así lo digo yo -respondió Sancho-: quien la vido y la vee ahora, ¿cuál es
el corazón que no llora?
-Eso puedes tú decir bien, Sancho -replicó don Quijote-, pues la viste en
la entereza cabal de su hermosura, que el encanto no se estendió a turbarte
la vista ni a encubrirte su belleza: contra mí solo y contra mis ojos se
endereza la fuerza de su veneno. Mas, con todo esto, he caído, Sancho, en
una cosa, y es que me pintaste mal su hermosura, porque, si mal no me
acuerdo, dijiste que tenía los ojos de perlas, y los ojos que parecen de
perlas antes son de besugo que de dama; y, a lo que yo creo, los de
Dulcinea deben ser de verdes esmeraldas, rasgados, con dos celestiales
arcos que les sirven de cejas; y esas perlas quítalas de los ojos y pásalas
a los dientes, que sin duda te trocaste, Sancho, tomando los ojos por los
dientes.
-Todo puede ser -respondió Sancho-, porque también me turbó a mí su
hermosura como a vuesa merced su fealdad. Pero encomendémoslo todo a Dios,
que Él es el sabidor de las cosas que han de suceder en este valle de
lágrimas, en este mal mundo que tenemos, donde apenas se halla cosa que
esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería. De una cosa me pesa,
señor mío, más que de otras; que es pensar qué medio se ha de tener cuando
vuesa merced venza a algún gigante o otro caballero, y le mande que se vaya
a presentar ante la hermosura de la señora Dulcinea: ¿adónde la ha de
hallar este pobre gigante, o este pobre y mísero caballero vencido?
Paréceme que los veo andar por el Toboso hechos unos bausanes, buscando a
mi señora Dulcinea, y, aunque la encuentren en mitad de la calle, no la
conocerán más que a mi padre.
-Quizá, Sancho -respondió don Quijote-, no se estenderá el encantamento a
quitar el conocimiento de Dulcinea a los vencidos y presentados gigantes y
caballeros; y, en uno o dos de los primeros que yo venza y le envíe,
haremos la experiencia si la ven o no, mandándoles que vuelvan a darme
relación de lo que acerca desto les hubiere sucedido.
-Digo, señor -replicó Sancho-, que me ha parecido bien lo que vuesa merced
ha dicho, y que con ese artificio vendremos en conocimiento de lo que
deseamos; y si es que ella a solo vuesa merced se encubre, la desgracia más
será de vuesa merced que suya; pero, como la señora Dulcinea tenga salud y
contento, nosotros por acá nos avendremos y lo pasaremos lo mejor que
pudiéremos, buscando nuestras aventuras y dejando al tiempo que haga de las
suyas, que él es el mejor médico destas y de otras mayores enfermedades.
Responder quería don Quijote a Sancho Panza, pero estorbóselo una carreta
que salió al través del camino, cargada de los más diversos y estraños
personajes y figuras que pudieron imaginarse. El que guiaba las mulas y
servía de carretero era un feo demonio. Venía la carreta descubierta al
cielo abierto, sin toldo ni zarzo. La primera figura que se ofreció a los
ojos de don Quijote fue la de la misma Muerte, con rostro humano; junto a
ella venía un ángel con unas grandes y pintadas alas; al un lado estaba un
emperador con una corona, al parecer de oro, en la cabeza; a los pies de la
Muerte estaba el dios que llaman Cupido, sin venda en los ojos, pero con su
arco, carcaj y saetas. Venía también un caballero armado de punta en
blanco, excepto que no traía morrión, ni celada, sino un sombrero lleno de
plumas de diversas colores; con éstas venían otras personas de diferentes
trajes y rostros. Todo lo cual visto de improviso, en alguna manera
alborotó a don Quijote y puso miedo en el corazón de Sancho; mas luego se
alegró don Quijote, creyendo que se le ofrecía alguna nueva y peligrosa
aventura, y con este pensamiento, y con ánimo dispuesto de acometer
cualquier peligro, se puso delante de la carreta, y, con voz alta y
amenazadora, dijo:
-Carretero, cochero, o diablo, o lo que eres, no tardes en decirme quién
eres, a dó vas y quién es la gente que llevas en tu carricoche, que más
parece la barca de Carón que carreta de las que se usan.
A lo cual, mansamente, deteniendo el Diablo la carreta, respondió:
-Señor, nosotros somos recitantes de la compañía de Angulo el Malo; hemos
hecho en un lugar que está detrás de aquella loma, esta mañana, que es la
octava del Corpus, el auto de Las Cortes de la Muerte, y hémosle de hacer
esta tarde en aquel lugar que desde aquí se parece; y, por estar tan cerca
y escusar el trabajo de desnudarnos y volvernos a vestir, nos vamos
vestidos con los mesmos vestidos que representamos. Aquel mancebo va de
Muerte; el otro, de Ángel; aquella mujer, que es la del autor, va de Reina;
el otro, de Soldado; aquél, de Emperador, y yo, de Demonio, y soy una de
las principales figuras del auto, porque hago en esta compañía los primeros
papeles. Si otra cosa vuestra merced desea saber de nosotros, pregúntemelo,
que yo le sabré responder con toda puntualidad; que, como soy demonio, todo
se me alcanza.
-Por la fe de caballero andante -respondió don Quijote-, que, así como vi
este carro, imaginé que alguna grande aventura se me ofrecía; y ahora digo
que es menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar al
desengaño. Andad con Dios, buena gente, y haced vuestra fiesta, y mirad si
mandáis algo en que pueda seros de provecho, que lo haré con buen ánimo y
buen talante, porque desde mochacho fui aficionado a la carátula, y en mi
mocedad se me iban los ojos tras la farándula.
Estando en estas pláticas, quiso la suerte que llegase uno de la compañía,
que venía vestido de bojiganga, con muchos cascabeles, y en la punta de un
palo traía tres vejigas de vaca hinchadas; el cual moharracho, llegándose a
don Quijote, comenzó a esgrimir el palo y a sacudir el suelo con las
vejigas, y a dar grandes saltos, sonando los cascabeles, cuya mala visión
así alborotó a Rocinante, que, sin ser poderoso a detenerle don Quijote,
tomando el freno entre los dientes, dio a correr por el campo con más
ligereza que jamás prometieron los huesos de su notomía. Sancho, que
consideró el peligro en que iba su amo de ser derribado, saltó del rucio,
y a toda priesa fue a valerle; pero, cuando a él llegó, ya estaba en
tierra, y junto a él, Rocinante, que, con su amo, vino al suelo: ordinario
fin y paradero de las lozanías de Rocinante y de sus atrevimientos.
Mas, apenas hubo dejado su caballería Sancho por acudir a don Quijote,
cuando el demonio bailador de las vejigas saltó sobre el rucio, y,
sacudiéndole con ellas, el miedo y ruido, más que el dolor de los golpes,
le hizo volar por la campaña hacia el lugar donde iban a hacer la fiesta.
Miraba Sancho la carrera de su rucio y la caída de su amo, y no sabía a
cuál de las dos necesidades acudiría primero; pero, en efecto, como buen
escudero y como buen criado, pudo más con él el amor de su señor que el
cariño de su jumento, puesto que cada vez que veía levantar las vejigas en
el aire y caer sobre las ancas de su rucio eran para él tártagos y sustos
de muerte, y antes quisiera que aquellos golpes se los dieran a él en las
niñas de los ojos que en el más mínimo pelo de la cola de su asno. Con esta
perpleja tribulación llegó donde estaba don Quijote, harto más maltrecho de
lo que él quisiera, y, ayudándole a subir sobre Rocinante, le dijo:
-Señor, el Diablo se ha llevado al rucio.
-¿Qué diablo? -preguntó don Quijote.
-El de las vejigas -respondió Sancho.
-Pues yo le cobraré -replicó don Quijote-, si bien se encerrase con él en
los más hondos y escuros calabozos del infierno. Sígueme, Sancho, que la
carreta va despacio, y con las mulas della satisfaré la pérdida del rucio.
-No hay para qué hacer esa diligencia, señor -respondió Sancho-: vuestra
merced temple su cólera, que, según me parece, ya el Diablo ha dejado el
rucio, y vuelve a la querencia.
Y así era la verdad; porque, habiendo caído el Diablo con el rucio, por
imitar a don Quijote y a Rocinante, el Diablo se fue a pie al pueblo, y el
jumento se volvió a su amo.
-Con todo eso -dijo don Quijote-, será bien castigar el descomedimiento de
aquel demonio en alguno de los de la carreta, aunque sea el mesmo
emperador.
-Quítesele a vuestra merced eso de la imaginación -replicó Sancho-, y tome
mi consejo, que es que nunca se tome con farsantes, que es gente
favorecida. Recitante he visto yo estar preso por dos muertes y salir
libre y sin costas. Sepa vuesa merced que, como son gentes alegres y de
placer, todos los favorecen, todos los amparan, ayudan y estiman, y más
siendo de aquellos de las compañías reales y de título, que todos, o los
más, en sus trajes y compostura parecen unos príncipes.
-Pues con todo -respondió don Quijote-, no se me ha de ir el demonio
farsante alabando, aunque le favorezca todo el género humano.
Y, diciendo esto, volvió a la carreta, que ya estaba bien cerca del pueblo.
Iba dando voces, diciendo:
-Deteneos, esperad, turba alegre y regocijada, que os quiero dar a entender
cómo se han de tratar los jumentos y alimañas que sirven de caballería a
los escuderos de los caballeros andantes.
Tan altos eran los gritos de don Quijote, que los oyeron y entendieron los
de la carreta; y, juzgando por las palabras la intención del que las decía,
en un instante saltó la Muerte de la carreta, y tras ella, el Emperador, el
Diablo carretero y el Ángel, sin quedarse la Reina ni el dios Cupido; y
todos se cargaron de piedras y se pusieron en ala, esperando recebir a don
Quijote en las puntas de sus guijarros. Don Quijote, que los vio puestos en
tan gallardo escuadrón, los brazos levantados con ademán de despedir
poderosamente las piedras, detuvo las riendas a Rocinante y púsose a pensar
de qué modo los acometería con menos peligro de su persona. En esto que se
detuvo, llegó Sancho, y, viéndole en talle de acometer al bien formado
escuadrón, le dijo:
-Asaz de locura sería intentar tal empresa: considere vuesa merced, señor
mío, que para sopa de arroyo y tente bonete, no hay arma defensiva en el
mundo, si no es embutirse y encerrarse en una campana de bronce; y también
se ha de considerar que es más temeridad que valentía acometer un hombre
solo a un ejército donde está la Muerte, y pelean en persona emperadores, y
a quien ayudan los buenos y los malos ángeles; y si esta consideración no
le mueve a estarse quedo, muévale saber de cierto que, entre todos los que
allí están, aunque parecen reyes, príncipes y emperadores, no hay ningún
caballero andante.
-Ahora sí -dijo don Quijote- has dado, Sancho, en el punto que puede y debe
mudarme de mi ya determinado intento. Yo no puedo ni debo sacar la espada,
como otras veces muchas te he dicho, contra quien no fuere armado
caballero. A ti, Sancho, toca, si quieres tomar la venganza del agravio que
a tu rucio se le ha hecho, que yo desde aquí te ayudaré con voces y
advertimientos saludables.
-No hay para qué, señor -respondió Sancho-, tomar venganza de nadie, pues
no es de buenos cristianos tomarla de los agravios; cuanto más, que yo
acabaré con mi asno que ponga su ofensa en las manos de mi voluntad, la
cual es de vivir pacíficamente los días que los cielos me dieren de vida.
-Pues ésa es tu determinación -replicó don Quijote-, Sancho bueno, Sancho
discreto, Sancho cristiano y Sancho sincero, dejemos estas fantasmas y
volvamos a buscar mejores y más calificadas aventuras; que yo veo esta
tierra de talle, que no han de faltar en ella muchas y muy milagrosas.
Volvió las riendas luego, Sancho fue a tomar su rucio, la Muerte con todo
su escuadrón volante volvieron a su carreta y prosiguieron su viaje, y este
felice fin tuvo la temerosa aventura de la carreta de la Muerte, gracias
sean dadas al saludable consejo que Sancho Panza dio a su amo; al cual, el
día siguiente, le sucedió otra con un enamorado y andante caballero, de no
menos suspensión que la pasada.
Capítulo XII. De la estraña aventura que le sucedió al valeroso don
Quijote con el bravo Caballero de los Espejos
La noche que siguió al día del rencuentro de la Muerte la pasaron don
Quijote y su escudero debajo de unos altos y sombrosos árboles, habiendo, a
persuasión de Sancho, comido don Quijote de lo que venía en el repuesto del
rucio, y entre la cena dijo Sancho a su señor:
-Señor, ¡qué tonto hubiera andado yo si hubiera escogido en albricias los
despojos de la primera aventura que vuestra merced acabara, antes que las
crías de las tres yeguas! En efecto, en efecto, más vale pájaro en mano que
buitre volando.
-Todavía -respondió don Quijote-, si tú, Sancho, me dejaras acometer, como
yo quería, te hubieran cabido en despojos, por lo menos, la corona de oro
de la Emperatriz y las pintadas alas de Cupido, que yo se las quitara al
redropelo y te las pusiera en las manos.
-Nunca los cetros y coronas de los emperadores farsantes -respondió
Sancho Panza- fueron de oro puro, sino de oropel o hoja de lata.
-Así es verdad -replicó don Quijote-, porque no fuera acertado que los
atavíos de la comedia fueran finos, sino fingidos y aparentes, como lo es
la mesma comedia, con la cual quiero, Sancho, que estés bien, teniéndola en
tu gracia, y por el mismo consiguiente a los que las representan y a los
que las componen, porque todos son instrumentos de hacer un gran bien a la
república, poniéndonos un espejo a cada paso delante, donde se veen al vivo
las acciones de la vida humana, y ninguna comparación hay que más al vivo
nos represente lo que somos y lo que habemos de ser como la comedia y los
comediantes. Si no, dime: ¿no has visto tú representar alguna comedia
adonde se introducen reyes, emperadores y pontífices, caballeros, damas y
otros diversos personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero, éste el
mercader, aquél el soldado, otro el simple discreto, otro el enamorado
simple; y, acabada la comedia y desnudándose de los vestidos della, quedan
todos los recitantes iguales.
-Sí he visto -respondió Sancho.
-Pues lo mesmo -dijo don Quijote- acontece en la comedia y trato deste
mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y,
finalmente, todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia;
pero, en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita
la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la
sepultura.
-¡Brava comparación! -dijo Sancho-, aunque no tan nueva que yo no la haya
oído muchas y diversas veces, como aquella del juego del ajedrez, que,
mientras dura el juego, cada pieza tiene su particular oficio; y, en
acabándose el juego, todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas en
una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura.
-Cada día, Sancho -dijo don Quijote-, te vas haciendo menos simple y más
discreto.
-Sí, que algo se me ha de pegar de la discreción de vuestra merced
-respondió Sancho-; que las tierras que de suyo son estériles y secas,
estercolándolas y cultivándolas, vienen a dar buenos frutos: quiero decir
que la conversación de vuestra merced ha sido el estiércol que sobre la
estéril tierra de mi seco ingenio ha caído; la cultivación, el tiempo que
ha que le sirvo y comunico; y con esto espero de dar frutos de mí que sean
de bendición, tales, que no desdigan ni deslicen de los senderos de la
buena crianza que vuesa merced ha hecho en el agostado entendimiento mío.
Rióse don Quijote de las afectadas razones de Sancho, y parecióle ser
verdad lo que decía de su emienda, porque de cuando en cuando hablaba de
manera que le admiraba; puesto que todas o las más veces que Sancho quería
hablar de oposición y a lo cortesano, acababa su razón con despeñarse del
monte de su simplicidad al profundo de su ignorancia; y en lo que él se
mostraba más elegante y memorioso era en traer refranes, viniesen o no
viniesen a pelo de lo que trataba, como se habrá visto y se habrá notado en
el discurso desta historia.
En estas y en otras pláticas se les pasó gran parte de la noche, y a Sancho
le vino en voluntad de dejar caer las compuertas de los ojos, como él decía
cuando quería dormir, y, desaliñando al rucio, le dio pasto abundoso y
libre. No quitó la silla a Rocinante, por ser expreso mandamiento de su
señor que, en el tiempo que anduviesen en campaña, o no durmiesen debajo de
techado, no desaliñase a Rocinante: antigua usanza establecida y guardada
de los andantes caballeros, quitar el freno y colgarle del arzón de la
silla; pero, ¿quitar la silla al caballo?, ¡guarda!; y así lo hizo Sancho,
y le dio la misma libertad que al rucio, cuya amistad dél y de Rocinante
fue tan única y tan trabada, que hay fama, por tradición de padres a hijos,
que el autor desta verdadera historia hizo particulares capítulos della;
mas que, por guardar la decencia y decoro que a tan heroica historia se
debe, no los puso en ella, puesto que algunas veces se descuida deste su
prosupuesto, y escribe que, así como las dos bestias se juntaban, acudían a
rascarse el uno al otro, y que, después de cansados y satisfechos, cruzaba
Rocinante el pescuezo sobre el cuello del rucio (que le sobraba de la otra
parte más de media vara), y, mirando los dos atentamente al suelo, se
solían estar de aquella manera tres días; a lo menos, todo el tiempo que
les dejaban, o no les compelía la hambre a buscar sustento.
Digo que dicen que dejó el autor escrito que los había comparado en la
amistad a la que tuvieron Niso y Euríalo, y Pílades y Orestes; y si esto es
así, se podía echar de ver, para universal admiración, cuán firme debió ser
la amistad destos dos pacíficos animales, y para confusión de los hombres,
que tan mal saben guardarse amistad los unos a los otros. Por esto se dijo:
No hay amigo para amigo:
las cañas se vuelven lanzas;
y el otro que cantó:
De amigo a amigo la chinche, etc.
Y no le parezca a alguno que anduvo el autor algo fuera de camino en haber
comparado la amistad destos animales a la de los hombres, que de las
bestias han recebido muchos advertimientos los hombres y aprendido muchas
cosas de importancia, como son: de las cigüeñas, el cristel; de los perros,
el vómito y el agradecimiento; de las grullas, la vigilancia; de las
hormigas, la providencia; de los elefantes, la honestidad, y la lealtad,
del caballo.
Finalmente, Sancho se quedó dormido al pie de un alcornoque, y don Quijote
dormitando al de una robusta encina; pero, poco espacio de tiempo había
pasado, cuando le despertó un ruido que sintió a sus espaldas, y,
levantándose con sobresalto, se puso a mirar y a escuchar de dónde el ruido
procedía, y vio que eran dos hombres a caballo, y que el uno, dejándose
derribar de la silla, dijo al otro:
-Apéate, amigo, y quita los frenos a los caballos, que, a mi parecer, este
sitio abunda de yerba para ellos, y del silencio y soledad que han menester
mis amorosos pensamientos.
El decir esto y el tenderse en el suelo todo fue a un mesmo tiempo; y, al
arrojarse, hicieron ruido las armas de que venía armado, manifiesta señal
por donde conoció don Quijote que debía de ser caballero andante; y,
llegándose a Sancho, que dormía, le trabó del brazo, y con no pequeño
trabajo le volvió en su acuerdo, y con voz baja le dijo:
-Hermano Sancho, aventura tenemos.
-Dios nos la dé buena -respondió Sancho-; y ¿adónde está, señor mío, su
merced de esa señora aventura?
-¿Adónde, Sancho? -replicó don Quijote-; vuelve los ojos y mira, y verás
allí tendido un andante caballero, que, a lo que a mí se me trasluce, no
debe de estar demasiadamente alegre, porque le vi arrojar del caballo y
tenderse en el suelo con algunas muestras de despecho, y al caer le
crujieron las armas.
-Pues ¿en qué halla vuesa merced -dijo Sancho- que ésta sea aventura?
-No quiero yo decir -respondió don Quijote- que ésta sea aventura del todo,
sino principio della; que por aquí se comienzan las aventuras. Pero
escucha, que, a lo que parece, templando está un laúd o vigüela, y, según
escupe y se desembaraza el pecho, debe de prepararse para cantar algo.
-A buena fe que es así -respondió Sancho-, y que debe de ser caballero
enamorado.
-No hay ninguno de los andantes que no lo sea -dijo don Quijote-. Y
escuchémosle, que por el hilo sacaremos el ovillo de sus pensamientos, si
es que canta; que de la abundancia del corazón habla la lengua.
Replicar quería Sancho a su amo, pero la voz del Caballero del Bosque, que
no era muy mala mi muy buena, lo estorbó; y, estando los dos atónitos,
oyeron que lo que cantó fue este soneto:
-Dadme, señora, un término que siga,
conforme a vuestra voluntad cortado;
que será de la mía así estimado,
que por jamás un punto dél desdiga.
Si gustáis que callando mi fatiga
muera, contadme ya por acabado:
si queréis que os la cuente en desusado
modo, haré que el mesmo amor la diga.
A prueba de contrarios estoy hecho,
de blanda cera y de diamante duro,
y a las leyes de amor el ama ajusto.
Blando cual es, o fuerte, ofrezco el pecho:
entallad o imprimid lo que os dé gusto,
que de guardarlo eternamente juro.
Con un ¡ay!, arrancado, al parecer, de lo íntimo de su corazón, dio fin a
su canto el Caballero del Bosque, y, de allí a un poco, con voz doliente y
lastimada, dijo:
-¡Oh la más hermosa y la más ingrata mujer del orbe! ¿Cómo que será
posible, serenísima Casildea de Vandalia, que has de consentir que se
consuma y acabe en continuas peregrinaciones y en ásperos y duros trabajos
este tu cautivo caballero? ¿No basta ya que he hecho que te confiesen por
la más hermosa del mundo todos los caballeros de Navarra, todos los
leoneses, todos los tartesios, todos los castellanos, y, finalmente, todos
los caballeros de la Mancha?
-Eso no -dijo a esta sazón don Quijote-, que yo soy de la Mancha y nunca
tal he confesado, ni podía ni debía confesar una cosa tan perjudicial a la
belleza de mi señora; y este tal caballero ya vees tú, Sancho, que
desvaría. Pero, escuchemos: quizá se declarará más.
-Si hará -replicó Sancho-, que término lleva de quejarse un mes arreo.
Pero no fue así, porque, habiendo entreoído el Caballero del Bosque que
hablaban cerca dél, sin pasar adelante en su lamentación, se puso en pie, y
dijo con voz sonora y comedida:
-¿Quién va allá? ¿Qué gente? ¿Es por ventura de la del número de los
contentos, o la del de los afligidos?
-De los afligidos -respondió don Quijote.
-Pues lléguese a mí -respondió el del Bosque-, y hará cuenta que se llega
a la mesma tristeza y a la aflición mesma.
Don Quijote, que se vio responder tan tierna y comedidamente, se llegó a
él, y Sancho ni más ni menos.
El caballero lamentador asió a don Quijote del brazo, diciendo:
-Sentaos aquí, señor caballero, que para entender que lo sois, y de los que
profesan la andante caballería, bástame el haberos hallado en este lugar,
donde la soledad y el sereno os hacen compañía, naturales lechos y propias
estancias de los caballeros andantes.
A lo que respondió don Quijote:
-Caballero soy, y de la profesión que decís; y, aunque en mi alma tienen su
propio asiento las tristezas, las desgracias y las desventuras, no por eso
se ha ahuyentado della la compasión que tengo de las ajenas desdichas. De
lo que contaste poco ha, colegí que las vuestras son enamoradas, quiero
decir, del amor que tenéis a aquella hermosa ingrata que en vuestras
lamentaciones nombrastes.
Ya cuando esto pasaban estaban sentados juntos sobre la dura tierra, en
buena paz y compañía, como si al romper del día no se hubieran de romper
las cabezas.
-Por ventura, señor caballero -preguntó el del Bosque a don Quijote-, ¿sois
enamorado?
-Por desventura lo soy -respondió don Quijote-; aunque los daños que nacen
de los bien colocados pensamientos, antes se deben tener por gracias que
por desdichas.
-Así es la verdad -replicó el del Bosque-, si no nos turbasen la razón y el
entendimiento los desdenes, que, siendo muchos, parecen venganzas.
-Nunca fui desdeñado de mi señora -respondió don Quijote.
-No, por cierto -dijo Sancho, que allí junto estaba-, porque es mi señora
como una borrega mansa: es más blanda que una manteca.
-¿Es vuestro escudero éste? -preguntó el del Bosque.
-Sí es -respondió don Quijote.
-Nunca he visto yo escudero -replicó el del Bosque- que se atreva a hablar
donde habla su señor; a lo menos, ahí está ese mío, que es tan grande como
su padre, y no se probará que haya desplegado el labio donde yo hablo.
-Pues a fe -dijo Sancho-, que he hablado yo, y puedo hablar delante de otro
tan..., y aun quédese aquí, que es peor meneallo.
El escudero del Bosque asió por el brazo a Sancho, diciéndole:
-Vámonos los dos donde podamos hablar escuderilmente todo cuanto
quisiéremos, y dejemos a estos señores amos nuestros que se den de las
astas, contándose las historias de sus amores; que a buen seguro que les ha
de coger el día en ellas y no las han de haber acabado.
-Sea en buena hora -dijo Sancho-; y yo le diré a vuestra merced quién soy,
para que vea si puedo entrar en docena con los más hablantes escuderos.
Con esto se apartaron los dos escuderos, entre los cuales pasó un tan
gracioso coloquio como fue grave el que pasó entre sus señores.
Capítulo XIII. Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque, con
el discreto, nuevo y suave coloquio que pasó entre los dos escuderos
Divididos estaban caballeros y escuderos: éstos contándose sus vidas, y
aquéllos sus amores; pero la historia cuenta primero el razonamiento de los
mozos y luego prosigue el de los amos; y así, dice que, apartándose un poco
dellos, el del Bosque dijo a Sancho:
-Trabajosa vida es la que pasamos y vivimos, señor mío, estos que somos
escuderos de caballeros andantes: en verdad que comemos el pan en el sudor
de nuestros rostros, que es una de las maldiciones que echó Dios a nuestros
primeros padres.
-También se puede decir -añadió Sancho- que lo comemos en el yelo de
nuestros cuerpos; porque, ¿quién más calor y más frío que los miserables
escuderos de la andante caballería? Y aun menos mal si comiéramos, pues los
duelos, con pan son menos; pero tal vez hay que se nos pasa un día y dos
sin desayunarnos, si no es del viento que sopla.
-Todo eso se puede llevar y conllevar -dijo el del Bosque-, con la
esperanza que tenemos del premio; porque si demasiadamente no es
desgraciado el caballero andante a quien un escudero sirve, por lo menos, a
pocos lances se verá premiado con un hermoso gobierno de cualque ínsula, o
con un condado de buen parecer.
Yo -replicó Sancho- ya he dicho a mi amo que me contento con el gobierno de
alguna ínsula; y él es tan noble y tan liberal, que me le ha prometido
muchas y diversas veces.
Yo -dijo el del Bosque-, con un canonicato quedaré satisfecho de mis
servicios, y ya me le tiene mandado mi amo, y ¡qué tal!
-Debe de ser -dijo Sancho- su amo de vuesa merced caballero a lo
eclesiástico, y podrá hacer esas mercedes a sus buenos escuderos; pero el
mío es meramente lego, aunque yo me acuerdo cuando le querían aconsejar
personas discretas, aunque, a mi parecer mal intencionadas, que procurase
ser arzobispo; pero él no quiso sino ser emperador, y yo estaba entonces
temblando si le venía en voluntad de ser de la Iglesia, por no hallarme
suficiente de tener beneficios por ella; porque le hago saber a vuesa
merced que, aunque parezco hombre, soy una bestia para ser de la Iglesia.
-Pues en verdad que lo yerra vuesa merced -dijo el del Bosque-, a causa que
los gobiernos insulanos no son todos de buena data. Algunos hay torcidos,
algunos pobres, algunos malencónicos, y finalmente, el más erguido y bien
dispuesto trae consigo una pesada carga de pensamientos y de incomodidades,
que pone sobre sus hombros el desdichado que le cupo en suerte. Harto mejor
sería que los que profesamos esta maldita servidumbre nos retirásemos a
nuestras casas, y allí nos entretuviésemos en ejercicios más suaves, como
si dijésemos, cazando o pescando; que, ¿qué escudero hay tan pobre en el
mundo, a quien le falte un rocín, y un par de galgos, y una caña de pescar,
con que entretenerse en su aldea?
-A mí no me falta nada deso -respondió Sancho-: verdad es que no tengo
rocín, pero tengo un asno que vale dos veces más que el caballo de mi amo.
Mala pascua me dé Dios, y sea la primera que viniere, si le trocara por él,
aunque me diesen cuatro fanegas de cebada encima. A burla tendrá vuesa
merced el valor de mi rucio, que rucio es el color de mi jumento. Pues
galgos no me habían de faltar, habiéndolos sobrados en mi pueblo; y más,
que entonces es la caza más gustosa cuando se hace a costa ajena.
-Real y verdaderamente -respondió el del Bosque-, señor escudero, que tengo
propuesto y determinado de dejar estas borracherías destos caballeros, y
retirarme a mi aldea, y criar mis hijitos, que tengo tres como tres
orientales perlas.
-Dos tengo yo -dijo Sancho-, que se pueden presentar al Papa en persona,
especialmente una muchacha a quien crío para condesa, si Dios fuere
servido, aunque a pesar de su madre.
-Y ¿qué edad tiene esa señora que se cría para condesa? -preguntó el del
Bosque.
-Quince años, dos más a menos -respondió Sancho-, pero es tan grande como
una lanza, y tan fresca como una mañana de abril, y tiene una fuerza de un
ganapán.
-Partes son ésas -respondió el del Bosque- no sólo para ser condesa, sino
para ser ninfa del verde bosque. ¡Oh hideputa, puta, y qué rejo debe de
tener la bellaca!
A lo que respondió Sancho, algo mohíno:
-Ni ella es puta, ni lo fue su madre, ni lo será ninguna de las dos, Dios
quiriendo, mientras yo viviere. Y háblese más comedidamente, que, para
haberse criado vuesa merced entre caballeros andantes, que son la mesma
cortesía, no me parecen muy concertadas esas palabras.
-¡Oh, qué mal se le entiende a vuesa merced -replicó el del Bosque- de
achaque de alabanzas, señor escudero! ¿Cómo y no sabe que cuando algún
caballero da una buena lanzada al toro en la plaza, o cuando alguna persona
hace alguna cosa bien hecha, suele decir el vulgo: "¡Oh hideputa, puto, y
qué bien que lo ha hecho!?" Y aquello que parece vituperio, en aquel
término, es alabanza notable; y renegad vos, señor, de los hijos o hijas
que no hacen obras que merezcan se les den a sus padres loores semejantes.
-Sí reniego -respondió Sancho-, y dese modo y por esa misma razón podía
echar vuestra merced a mí y hijos y a mi mujer toda una putería encima,
porque todo cuanto hacen y dicen son estremos dignos de semejantes
alabanzas, y para volverlos a ver ruego yo a Dios me saque de pecado
mortal, que lo mesmo será si me saca deste peligroso oficio de escudero, en
el cual he incurrido segunda vez, cebado y engañado de una bolsa con cien
ducados que me hallé un día en el corazón de Sierra Morena, y el diablo me
pone ante los ojos aquí, allí, acá no, sino acullá, un talego lleno de
doblones, que me parece que a cada paso le toco con la mano, y me abrazo
con él, y lo llevo a mi casa, y echo censos, y fundo rentas, y vivo como un
príncipe; y el rato que en esto pienso se me hacen fáciles y llevaderos
cuantos trabajos padezco con este mentecato de mi amo, de quien sé que
tiene más de loco que de caballero.
-Por eso -respondió el del Bosque- dicen que la codicia rompe el saco; y si
va a tratar dellos, no hay otro mayor en el mundo que mi amo, porque es de
aquellos que dicen: "Cuidados ajenos matan al asno"; pues, porque cobre
otro caballero el juicio que ha perdido, se hace el loco, y anda buscando
lo que no sé si después de hallado le ha de salir a los hocicos.
-Y ¿es enamorado, por dicha?
-Sí -dijo el del Bosque-: de una tal Casildea de Vandalia, la más cruda y
la más asada señora que en todo el orbe puede hallarse; pero no cojea del
pie de la crudeza, que otros mayores embustes le gruñen en las entrañas, y
ello dirá antes de muchas horas.
-No hay camino tan llano -replicó Sancho- que no tenga algún tropezón o
barranco; en otras casas cuecen habas, y en la mía, a calderadas; más
acompañados y paniaguados debe de tener la locura que la discreción. Mas si
es verdad lo que comúnmente se dice, que el tener compañeros en los
trabajos suele servir de alivio en ellos, con vuestra merced podré
consolarme, pues sirve a otro amo tan tonto como el mío.
-Tonto, pero valiente -respondió el del Bosque-, y más bellaco que tonto y
que valiente.
-Eso no es el mío -respondió Sancho-: digo, que no tiene nada de bellaco;
antes tiene una alma como un cántaro: no sabe hacer mal a nadie, sino bien
a todos, ni tiene malicia alguna: un niño le hará entender que es de noche
en la mitad del día; y por esta sencillez le quiero como a las telas de mi
corazón, y no me amaño a dejarle, por más disparates que haga.
-Con todo eso, hermano y señor -dijo el del Bosque-, si el ciego guía al
ciego, ambos van a peligro de caer en el hoyo. Mejor es retirarnos con buen
compás de pies, y volvernos a nuestras querencias; que los que buscan
aventuras no siempre las hallan buenas.
Escupía Sancho a menudo, al parecer, un cierto género de saliva pegajosa y
algo seca; lo cual visto y notado por el caritativo bosqueril escudero,
dijo:
-Paréceme que de lo que hemos hablado se nos pegan al paladar las lenguas;
pero yo traigo un despegador pendiente del arzón de mi caballo, que es tal
como bueno.
Y, levantándose, volvió desde allí a un poco con una gran bota de vino y
una empanada de media vara; y no es encarecimiento, porque era de un conejo
albar, tan grande que Sancho, al tocarla, entendió ser de algún cabrón, no
que de cabrito; lo cual visto por Sancho, dijo:
-Y ¿esto trae vuestra merced consigo, señor?
-Pues, ¿qué se pensaba? -respondió el otro-. ¿Soy yo por ventura algún
escudero de agua y lana? Mejor repuesto traigo yo en las ancas de mi
caballo que lleva consigo cuando va de camino un general.
Comió Sancho sin hacerse de rogar, y tragaba a escuras bocados de nudos de
suelta. Y dijo:
-Vuestra merced sí que es escudero fiel y legal, moliente y corriente,
magnífico y grande, como lo muestra este banquete, que si no ha venido aquí
por arte de encantamento, parécelo, a lo menos; y no como yo, mezquino y
malaventurado, que sólo traigo en mis alforjas un poco de queso, tan duro
que pueden descalabrar con ello a un gigante, a quien hacen compañía cuatro
docenas de algarrobas y otras tantas de avellanas y nueces, mercedes a la
estrecheza de mi dueño, y a la opinión que tiene y orden que guarda de que
los caballeros andantes no se han de mantener y sustentar sino con frutas
secas y con las yerbas del campo.
-Por mi fe, hermano -replicó el del Bosque-, que yo no tengo hecho el
estómago a tagarninas, ni a piruétanos, ni a raíces de los montes. Allá se
lo hayan con sus opiniones y leyes caballerescas nuestros amos, y coman lo
que ellos mandaren. Fiambreras traigo, y esta bota colgando del arzón de la
silla, por sí o por no; y es tan devota mía y quiérola tanto, que pocos
ratos se pasan sin que la dé mil besos y mil abrazos.
Y, diciendo esto, se la puso en las manos a Sancho, el cual, empinándola,
puesta a la boca, estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora, y, en
acabando de beber, dejó caer la cabeza a un lado, y, dando un gran suspiro,
dijo:
-¡Oh hideputa bellaco, y cómo es católico!
-¿Veis ahí -dijo el del Bosque, en oyendo el hideputa de Sancho-, cómo
habéis alabado este vino llamándole hideputa?
-Digo -respondió Sancho-, que confieso que conozco que no es deshonra
llamar hijo de puta a nadie, cuando cae debajo del entendimiento de
alabarle. Pero dígame, señor, por el siglo de lo que más quiere: ¿este vino
es de Ciudad Real?
-¡Bravo mojón! -respondió el del Bosque-. En verdad que no es de otra
parte, y que tiene algunos años de ancianidad.
-¡A mí con eso! -dijo Sancho-. No toméis menos, sino que se me fuera a mí
por alto dar alcance a su conocimiento. ¿No será bueno, señor escudero, que
tenga yo un instinto tan grande y tan natural, en esto de conocer vinos,
que, en dándome a oler cualquiera, acierto la patria, el linaje, el sabor,
y la dura, y las vueltas que ha de dar, con todas las circunstancias al
vino atañederas? Pero no hay de qué maravillarse, si tuve en mi linaje por
parte de mi padre los dos más excelentes mojones que en luengos años
conoció la Mancha; para prueba de lo cual les sucedió lo que ahora diré:
«Diéronles a los dos a probar del vino de una cuba, pidiéndoles su parecer
del estado, cualidad, bondad o malicia del vino. El uno lo probó con la
punta de la lengua, el otro no hizo más de llegarlo a las narices. El
primero dijo que aquel vino sabía a hierro, el segundo dijo que más sabía a
cordobán. El dueño dijo que la cuba estaba limpia, y que el tal vino no
tenía adobo alguno por donde hubiese tomado sabor de hierro ni de cordobán.
Con todo eso, los dos famosos mojones se afirmaron en lo que habían dicho.
Anduvo el tiempo, vendióse el vino, y al limpiar de la cuba hallaron en
ella una llave pequeña, pendiente de una correa de cordobán.» Porque vea
vuestra merced si quien viene desta ralea podrá dar su parecer en
semejantes causas.
-Por eso digo -dijo el del Bosque- que nos dejemos de andar buscando
aventuras; y, pues tenemos hogazas, no busquemos tortas, y volvámonos a
nuestras chozas, que allí nos hallará Dios, si Él quiere.
-Hasta que mi amo llegue a Zaragoza, le serviré; que después todos nos
entenderemos.
Finalmente, tanto hablaron y tanto bebieron los dos buenos escuderos, que
tuvo necesidad el sueño de atarles las lenguas y templarles la sed, que
quitársela fuera imposible; y así, asidos entrambos de la ya casi vacía
bota, con los bocados a medio mascar en la boca, se quedaron dormidos,
donde los dejaremos por ahora, por contar lo que el Caballero del Bosque
pasó con el de la Triste Figura.
Capítulo XIV. Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque
Entre muchas razones que pasaron don Quijote y el Caballero de la Selva,
dice la historia que el del Bosque dijo a don Quijote:
-Finalmente, señor caballero, quiero que sepáis que mi destino, o, por
mejor decir, mi elección, me trujo a enamorar de la sin par Casildea de
Vandalia. Llámola sin par porque no le tiene, así en la grandeza del cuerpo
como en el estremo del estado y de la hermosura. Esta tal Casildea, pues,
que voy contando, pagó mis buenos pensamientos y comedidos deseos con
hacerme ocupar, como su madrina a Hércules, en muchos y diversos peligros,
prometiéndome al fin de cada uno que en el fin del otro llegaría el de mi
esperanza; pero así se han ido eslabonando mis trabajos, que no tienen
cuento, ni yo sé cuál ha de ser el último que dé principio al cumplimiento
de mis buenos deseos. Una vez me mandó que fuese a desafiar a aquella
famosa giganta de Sevilla llamada la Giralda, que es tan valiente y fuerte
como hecha de bronce, y, sin mudarse de un lugar, es la más movible y
voltaria mujer del mundo. Llegué, vila, y vencíla, y hícela estar queda y a
raya, porque en más de una semana no soplaron sino vientos nortes. Vez
también hubo que me mandó fuese a tomar en peso las antiguas piedras de los
valientes Toros de Guisando, empresa más para encomendarse a ganapanes que
a caballeros. Otra vez me mandó que me precipitase y sumiese en la sima de
Cabra, peligro inaudito y temeroso, y que le trujese particular relación de
lo que en aquella escura profundidad se encierra. Detuve el movimiento a la
Giralda, pesé los Toros de Guisando, despeñéme en la sima y saqué a luz lo
escondido de su abismo, y mis esperanzas, muertas que muertas, y sus
mandamientos y desdenes, vivos que vivos. En resolución, últimamente me ha
mandado que discurra por todas las provincias de España y haga confesar a
todos los andantes caballeros que por ellas vagaren que ella sola es la más
aventajada en hermosura de cuantas hoy viven, y que yo soy el más valiente
y el más bien enamorado caballero del orbe; en cuya demanda he andado ya la
mayor parte de España, y en ella he vencido muchos caballeros que se han
atrevido a contradecirme. Pero de lo que yo más me precio y ufano es de
haber vencido, en singular batalla, a aquel tan famoso caballero don
Quijote de la Mancha, y héchole confesar que es más hermosa mi Casildea que
su Dulcinea; y en solo este vencimiento hago cuenta que he vencido todos
los caballeros del mundo, porque el tal don Quijote que digo los ha vencido
a todos; y, habiéndole yo vencido a él, su gloria, su fama y su honra se ha
transferido y pasado a mi persona;