y tanto el vencedor es más honrado,
cuanto más el vencido es reputado;
así que, ya corren por mi cuenta y son mías las inumerables hazañas del ya
referido don Quijote.
Admirado quedó don Quijote de oír al Caballero del Bosque, y estuvo mil
veces por decirle que mentía, y ya tuvo el mentís en el pico de la lengua;
pero reportóse lo mejor que pudo, por hacerle confesar por su propia boca
su mentira; y así, sosegadamente le dijo:
-De que vuesa merced, señor caballero, haya vencido a los más caballeros
andantes de España, y aun de todo el mundo, no digo nada; pero de que haya
vencido a don Quijote de la Mancha, póngolo en duda. Podría ser que fuese
otro que le pareciese, aunque hay pocos que le parezcan.
-¿Cómo no? -replicó el del Bosque-. Por el cielo que nos cubre, que peleé
con don Quijote, y le vencí y rendí; y es un hombre alto de cuerpo, seco de
rostro, estirado y avellanado de miembros, entrecano, la nariz aguileña y
algo corva, de bigotes grandes, negros y caídos. Campea debajo del nombre
del Caballero de la Triste Figura, y trae por escudero a un labrador
llamado Sancho Panza; oprime el lomo y rige el freno de un famoso caballo
llamado Rocinante, y, finalmente, tiene por señora de su voluntad a una tal
Dulcinea del Toboso, llamada un tiempo Aldonza Lorenzo; como la mía, que,
por llamarse Casilda y ser de la Andalucía, yo la llamo Casildea de
Vandalia. Si todas estas señas no bastan para acreditar mi verdad, aquí
está mi espada, que la hará dar crédito a la mesma incredulidad.
-Sosegaos, señor caballero -dijo don Quijote-, y escuchad lo que decir os
quiero. Habéis de saber que ese don Quijote que decís es el mayor amigo que
en este mundo tengo, y tanto, que podré decir que le tengo en lugar de mi
misma persona, y que por las señas que dél me habéis dado, tan puntuales y
ciertas, no puedo pensar sino que sea el mismo que habéis vencido. Por otra
parte, veo con los ojos y toco con las manos no ser posible ser el mesmo,
si ya no fuese que como él tiene muchos enemigos encantadores,
especialmente uno que de ordinario le persigue, no haya alguno dellos
tomado su figura para dejarse vencer, por defraudarle de la fama que sus
altas caballerías le tienen granjeada y adquirida por todo lo descubierto
de la tierra. Y, para confirmación desto, quiero también que sepáis que los
tales encantadores sus contrarios no ha más de dos días que transformaron
la figura y persona de la hermosa Dulcinea del Toboso en una aldeana soez y
baja, y desta manera habrán transformado a don Quijote; y si todo esto no
basta para enteraros en esta verdad que digo, aquí está el mesmo don
Quijote, que la sustentará con sus armas a pie, o a caballo, o de
cualquiera suerte que os agradare.
Y, diciendo esto, se levantó en pie y se empuñó en la espada, esperando qué
resolución tomaría el Caballero del Bosque; el cual, con voz asimismo
sosegada, respondió y dijo:
-Al buen pagador no le duelen prendas: el que una vez, señor don Quijote,
pudo venceros transformado, bien podrá tener esperanza de rendiros en
vuestro propio ser. Mas, porque no es bien que los caballeros hagan sus
fechos de armas ascuras, como los salteadores y rufianes, esperemos el día,
para que el sol vea nuestras obras. Y ha de ser condición de nuestra
batalla que el vencido ha de quedar a la voluntad del vencedor, para que
haga dél todo lo que quisiere, con tal que sea decente a caballero lo que
se le ordenare.
-Soy más que contento desa condición y convenencia -respondió don Quijote.
Y, en diciendo esto, se fueron donde estaban sus escuderos, y los hallaron
roncando y en la misma forma que estaban cuando les salteó el sueño.
Despertáronlos y mandáronles que tuviesen a punto los caballos, porque, en
saliendo el sol, habían de hacer los dos una sangrienta, singular y
desigual batalla; a cuyas nuevas quedó Sancho atónito y pasmado, temeroso
de la salud de su amo, por las valentías que había oído decir del suyo al
escudero del Bosque; pero, sin hablar palabra, se fueron los dos escuderos
a buscar su ganado, que ya todos tres caballos y el rucio se habían olido,
y estaban todos juntos.
En el camino dijo el del Bosque a Sancho:
-Ha de saber, hermano, que tienen por costumbre los peleantes de la
Andalucía, cuando son padrinos de alguna pendencia, no estarse ociosos mano
sobre mano en tanto que sus ahijados riñen. Dígolo porque esté advertido
que mientras nuestros dueños riñeren, nosotros también hemos de pelear y
hacernos astillas.
-Esa costumbre, señor escudero -respondió Sancho-, allá puede correr y
pasar con los rufianes y peleantes que dice, pero con los escuderos de los
caballeros andantes, ni por pienso. A lo menos, yo no he oído decir a mi
amo semejante costumbre, y sabe de memoria todas las ordenanzas de la
andante caballería. Cuanto más, que yo quiero que sea verdad y ordenanza
expresa el pelear los escuderos en tanto que sus señores pelean; pero yo no
quiero cumplirla, sino pagar la pena que estuviere puesta a los tales
pacíficos escuderos, que yo aseguro que no pase de dos libras de cera, y
más quiero pagar las tales libras, que sé que me costarán menos que las
hilas que podré gastar en curarme la cabeza, que ya me la cuento por
partida y dividida en dos partes. Hay más: que me imposibilita el reñir el
no tener espada, pues en mi vida me la puse.
-Para eso sé yo un buen remedio -dijo el del Bosque-: yo traigo aquí dos
talegas de lienzo, de un mesmo tamaño: tomaréis vos la una, y yo la otra, y
riñiremos a talegazos, con armas iguales.
-Desa manera, sea en buena hora -respondió Sancho-, porque antes servirá la
tal pelea de despolvorearnos que de herirnos.
-No ha de ser así -replicó el otro-, porque se han de echar dentro de las
talegas, porque no se las lleve el aire, media docena de guijarros lindos y
pelados, que pesen tanto los unos como los otros, y desta manera nos
podremos atalegar sin hacernos mal ni daño.
-¡Mirad, cuerpo de mi padre -respondió Sancho-, qué martas cebollinas, o
qué copos de algodón cardado pone en las talegas, para no quedar molidos
los cascos y hechos alheña los huesos! Pero, aunque se llenaran de capullos
de seda, sepa, señor mío, que no he de pelear: peleen nuestros amos, y allá
se lo hayan, y bebamos y vivamos nosotros, que el tiempo tiene cuidado de
quitarnos las vidas, sin que andemos buscando apetites para que se acaben
antes de llegar su sazón y término y que se cayan de maduras.
-Con todo -replicó el del Bosque-, hemos de pelear siquiera media hora.
-Eso no -respondió Sancho-: no seré yo tan descortés ni tan desagradecido,
que con quien he comido y he bebido trabe cuestión alguna, por mínima que
sea; cuanto más que, estando sin cólera y sin enojo, ¿quién diablos se ha
de amañar a reñir a secas?
-Para eso -dijo el del Bosque- yo daré un suficiente remedio: y es que,
antes que comencemos la pelea, yo me llegaré bonitamente a vuestra merced
y le daré tres o cuatro bofetadas, que dé con él a mis pies, con las cuales
le haré despertar la cólera, aunque esté con más sueño que un lirón.
-Contra ese corte sé yo otro -respondió Sancho-, que no le va en zaga:
cogeré yo un garrote, y, antes que vuestra merced llegue a despertarme la
cólera, haré yo dormir a garrotazos de tal suerte la suya, que no despierte
si no fuere en el otro mundo, en el cual se sabe que no soy yo hombre que
me dejo manosear el rostro de nadie; y cada uno mire por el virote, aunque
lo más acertado sería dejar dormir su cólera a cada uno, que no sabe nadie
el alma de nadie, y tal suele venir por lana que vuelve tresquilado; y Dios
bendijo la paz y maldijo las riñas, porque si un gato acosado, encerrado y
apretado se vuelve en león, yo, que soy hombre, Dios sabe en lo que podré
volverme; y así, desde ahora intimo a vuestra merced, señor escudero, que
corra por su cuenta todo el mal y daño que de nuestra pendencia resultare.
-Está bien -replicó el del Bosque-. Amanecerá Dios y medraremos.
En esto, ya comenzaban a gorjear en los árboles mil suertes de pintados
pajarillos, y en sus diversos y alegres cantos parecía que daban la
norabuena y saludaban a la fresca aurora, que ya por las puertas y balcones
del oriente iba descubriendo la hermosura de su rostro, sacudiendo de sus
cabellos un número infinito de líquidas perlas, en cuyo suave licor
bañándose las yerbas, parecía asimesmo que ellas brotaban y llovían
blanco y menudo aljófar; los sauces destilaban maná sabroso, reíanse las
fuentes, murmuraban los arroyos, alegrábanse las selvas y enriquecíanse los
prados con su venida. Mas, apenas dio lugar la claridad del día para ver y
diferenciar las cosas, cuando la primera que se ofreció a los ojos de
Sancho Panza fue la nariz del escudero del Bosque, que era tan grande que
casi le hacía sombra a todo el cuerpo. Cuéntase, en efecto, que era de
demasiada grandeza, corva en la mitad y toda llena de verrugas, de color
amoratado, como de berenjena; bajábale dos dedos más abajo de la boca; cuya
grandeza, color, verrugas y encorvamiento así le afeaban el rostro, que, en
viéndole Sancho, comenzó a herir de pie y de mano, como niño con alferecía,
y propuso en su corazón de dejarse dar docientas bofetadas antes que
despertar la cólera para reñir con aquel vestiglo.
Don Quijote miró a su contendor, y hallóle ya puesta y calada la celada, de
modo que no le pudo ver el rostro, pero notó que era hombre membrudo, y no
muy alto de cuerpo. Sobre las armas traía una sobrevista o casaca de una
tela, al parecer, de oro finísimo, sembradas por ella muchas lunas pequeñas
de resplandecientes espejos, que le hacían en grandísima manera galán y
vistoso; volábanle sobre la celada grande cantidad de plumas verdes,
amarillas y blancas; la lanza, que tenía arrimada a un árbol, era
grandísima y gruesa, y de un hierro acerado de más de un palmo.
Todo lo miró y todo lo notó don Quijote, y juzgó de lo visto y mirado que
el ya dicho caballero debía de ser de grandes fuerzas; pero no por eso
temió, como Sancho Panza; antes, con gentil denuedo, dijo al Caballero de
los Espejos:
-Si la mucha gana de pelear, señor caballero, no os gasta la cortesía, por
ella os pido que alcéis la visera un poco, porque yo vea si la gallardía de
vuestro rostro responde a la de vuestra disposición.
-O vencido o vencedor que salgáis desta empresa, señor caballero -respondió
el de los Espejos-, os quedará tiempo y espacio demasiado para verme; y si
ahora no satisfago a vuestro deseo, es por parecerme que hago notable
agravio a la hermosa Casildea de Vandalia en dilatar el tiempo que tardare
en alzarme la visera, sin haceros confesar lo que ya sabéis que pretendo.
-Pues, en tanto que subimos a caballo -dijo don Quijote-, bien podéis
decirme si soy yo aquel don Quijote que dijistes haber vencido.
-A eso vos respondemos -dijo el de los Espejos- que parecéis, como se
parece un huevo a otro, al mismo caballero que yo vencí; pero, según vos
decís que le persiguen encantadores, no osaré afirmar si sois el contenido
o no.
-Eso me basta a mí -respondió don Quijote- para que crea vuestro engaño;
empero, para sacaros dél de todo punto, vengan nuestros caballos; que, en
menos tiempo que el que tardárades en alzaros la visera, si Dios, si mi
señora y mi brazo me valen, veré yo vuestro rostro, y vos veréis que no soy
yo el vencido don Quijote que pensáis.
Con esto, acortando razones, subieron a caballo, y don Quijote volvió las
riendas a Rocinante para tomar lo que convenía del campo, para volver a
encontrar a su contrario, y lo mesmo hizo el de los Espejos. Pero, no se
había apartado don Quijote veinte pasos, cuando se oyó llamar del de los
Espejos, y, partiendo los dos el camino, el de los Espejos le dijo:
-Advertid, señor caballero, que la condición de nuestra batalla es que el
vencido, como otra vez he dicho, ha de quedar a discreción del vencedor.
-Ya la sé -respondió don Quijote-; con tal que lo que se le impusiere y
mandare al vencido han de ser cosas que no salgan de los límites de la
caballería.
-Así se entiende -respondió el de los Espejos.
Ofreciéronsele en esto a la vista de don Quijote las estrañas narices del
escudero, y no se admiró menos de verlas que Sancho; tanto, que le juzgó
por algún monstro, o por hombre nuevo y de aquellos que no se usan en el
mundo. Sancho, que vio partir a su amo para tomar carrera, no quiso quedar
solo con el narigudo, temiendo que con solo un pasagonzalo con aquellas
narices en las suyas sería acabada la pendencia suya, quedando del golpe, o
del miedo, tendido en el suelo, y fuese tras su amo, asido a una acción de
Rocinante; y, cuando le pareció que ya era tiempo que volviese, le dijo:
-Suplico a vuesa merced, señor mío, que antes que vuelva a encontrarse me
ayude a subir sobre aquel alcornoque, de donde podré ver más a mi sabor,
mejor que desde el suelo, el gallardo encuentro que vuesa merced ha de
hacer con este caballero.
-Antes creo, Sancho -dijo don Quijote-, que te quieres encaramar y subir en
andamio por ver sin peligro los toros.
-La verdad que diga -respondió Sancho-, las desaforadas narices de aquel
escudero me tienen atónito y lleno de espanto, y no me atrevo a estar junto
a él.
-Ellas son tales -dijo don Quijote-, que, a no ser yo quien soy, también me
asombraran; y así, ven: ayudarte he a subir donde dices.
En lo que se detuvo don Quijote en que Sancho subiese en el alcornoque,
tomó el de los Espejos del campo lo que le pareció necesario; y, creyendo
que lo mismo habría hecho don Quijote, sin esperar son de trompeta ni otra
señal que los avisase, volvió las riendas a su caballo -que no era más
ligero ni de mejor parecer que Rocinante-, y, a todo su correr, que era un
mediano trote, iba a encontrar a su enemigo; pero, viéndole ocupado en la
subida de Sancho, detuvo las riendas y paróse en la mitad de la carrera, de
lo que el caballo quedó agradecidísimo, a causa que ya no podía moverse.
Don Quijote, que le pareció que ya su enemigo venía volando, arrimó
reciamente las espuelas a las trasijadas ijadas de Rocinante, y le hizo
aguijar de manera, que cuenta la historia que esta sola vez se conoció
haber corrido algo, porque todas las demás siempre fueron trotes
declarados; y con esta no vista furia llegó donde el de los Espejos estaba
hincando a su caballo las espuelas hasta los botones, sin que le pudiese
mover un solo dedo del lugar donde había hecho estanco de su carrera.
En esta buena sazón y coyuntura halló don Quijote a su contrario embarazado
con su caballo y ocupado con su lanza, que nunca, o no acertó, o no tuvo
lugar de ponerla en ristre. Don Quijote, que no miraba en estos
inconvenientes, a salvamano y sin peligro alguno, encontró al de los
Espejos con tanta fuerza, que mal de su grado le hizo venir al suelo por
las ancas del caballo, dando tal caída, que, sin mover pie ni mano, dio
señales de que estaba muerto.
Apenas le vio caído Sancho, cuando se deslizó del alcornoque y a toda
priesa vino donde su señor estaba, el cual, apeándose de Rocinante, fue
sobre el de los Espejos, y, quitándole las lazadas del yelmo para ver si
era muerto y para que le diese el aire si acaso estaba vivo; y vio...
¿Quién podrá decir lo que vio, sin causar admiración, maravilla y espanto a
los que lo oyeren? Vio, dice la historia, el rostro mesmo, la misma figura,
el mesmo aspecto, la misma fisonomía, la mesma efigie, la pespetiva mesma
del bachiller Sansón Carrasco; y, así como la vio, en altas voces dijo:
-¡Acude, Sancho, y mira lo que has de ver y no lo has creer! ¡Aguija, hijo,
y advierte lo que puede la magia, lo que pueden los hechiceros y los
encantadores!
Llegó Sancho, y, como vio el rostro del bachiller Carrasco, comenzó a
hacerse mil cruces y a santiguarse otras tantas. En todo esto, no daba
muestras de estar vivo el derribado caballero, y Sancho dijo a don Quijote:
-Soy de parecer, señor mío, que, por sí o por no, vuesa merced hinque y
meta la espada por la boca a este que parece el bachiller Sansón Carrasco;
quizá matará en él a alguno de sus enemigos los encantadores.
-No dices mal -dijo don Quijote-, porque de los enemigos, los menos.
Y, sacando la espada para poner en efecto el aviso y consejo de Sancho,
llegó el escudero del de los Espejos, ya sin las narices que tan feo le
habían hecho, y a grandes voces dijo:
-Mire vuesa merced lo que hace, señor don Quijote, que ese que tiene a los
pies es el bachiller Sansón Carrasco, su amigo, y yo soy su escudero.
Y, viéndole Sancho sin aquella fealdad primera, le dijo:
-¿Y las narices?
A lo que él respondió:
-Aquí las tengo, en la faldriquera.
Y, echando mano a la derecha, sacó unas narices de pasta y barniz, de
máscara, de la manifatura que quedan delineadas. Y, mirándole más y más
Sancho, con voz admirativa y grande, dijo:
-¡Santa María, y valme! ¿Éste no es Tomé Cecial, mi vecino y mi compadre?
-Y ¡cómo si lo soy! -respondió el ya desnarigado escudero-: Tomé Cecial
soy, compadre y amigo Sancho Panza, y luego os diré los arcaduces, embustes
y enredos por donde soy aquí venido; y en tanto, pedid y suplicad al señor
vuestro amo que no toque, maltrate, hiera ni mate al caballero de los
Espejos, que a sus pies tiene, porque sin duda alguna es el atrevido y mal
aconsejado del bachiller Sansón Carrasco, nuestro compatrioto.
En esto, volvió en sí el de los Espejos, lo cual visto por don Quijote, le
puso la punta desnuda de su espada encima del rostro, y le dijo:
-Muerto sois, caballero, si no confesáis que la sin par Dulcinea del Toboso
se aventaja en belleza a vuestra Casildea de Vandalia; y demás de esto
habéis de prometer, si de esta contienda y caída quedárades con vida, de ir
a la ciudad del Toboso y presentaros en su presencia de mi parte, para que
haga de vos lo que más en voluntad le viniere; y si os dejare en la
vuestra, asimismo habéis de volver a buscarme, que el rastro de mis hazañas
os servirá de guía que os traiga donde yo estuviere, y a decirme lo que con
ella hubiéredes pasado; condiciones que, conforme a las que pusimos antes
de nuestra batalla, no salen de los términos de la andante caballería.
-Confieso -dijo el caído caballero- que vale más el zapato descosido y
sucio de la señora Dulcinea del Toboso que las barbas mal peinadas, aunque
limpias, de Casildea, y prometo de ir y volver de su presencia a la
vuestra, y daros entera y particular cuenta de lo que me pedís.
-También habéis de confesar y creer -añadió don Quijote- que aquel
caballero que vencistes no fue ni pudo ser don Quijote de la Mancha, sino
otro que se le parecía, como yo confieso y creo que vos, aunque parecéis el
bachiller Sansón Carrasco, no lo sois, sino otro que le parece, y que en su
figura aquí me le han puesto mis enemigos, para que detenga y temple el
ímpetu de mi cólera, y para que use blandamente de la gloria del
vencimiento.
-Todo lo confieso, juzgo y siento como vos lo creéis, juzgáis y sentís
-respondió el derrengado caballero-. Dejadme levantar, os ruego, si es que
lo permite el golpe de mi caída, que asaz maltrecho me tiene.
Ayudóle a levantar don Quijote y Tomé Cecial, su escudero, del cual no
apartaba los ojos Sancho, preguntándole cosas cuyas respuestas le daban
manifiestas señales de que verdaderamente era el Tomé Cecial que decía; mas
la aprehensión que en Sancho había hecho lo que su amo dijo, de que los
encantadores habían mudado la figura del Caballero de los Espejos en la del
bachiller Carrasco, no le dejaba dar crédito a la verdad que con los ojos
estaba mirando. Finalmente, se quedaron con este engaño amo y mozo, y el de
los Espejos y su escudero, mohínos y malandantes, se apartaron de don
Quijote y Sancho, con intención de buscar algún lugar donde bizmarle y
entablarle las costillas. Don Quijote y Sancho volvieron a proseguir su
camino de Zaragoza, donde los deja la historia, por dar cuenta de quién era
el Caballero de los Espejos y su narigante escudero.
Capítulo XV. Donde se cuenta y da noticia de quién era el Caballero de los
Espejos y su escudero
En estremo contento, ufano y vanaglorioso iba don Quijote por haber
alcanzado vitoria de tan valiente caballero como él se imaginaba que era el
de los Espejos, de cuya caballeresca palabra esperaba saber si el
encantamento de su señora pasaba adelante, pues era forzoso que el tal
vencido caballero volviese, so pena de no serlo, a darle razón de lo que
con ella le hubiese sucedido. Pero uno pensaba don Quijote y otro el de los
Espejos, puesto que por entonces no era otro su pensamiento sino buscar
donde bizmarse, como se ha dicho.
Dice, pues, la historia que cuando el bachiller Sansón Carrasco aconsejó a
don Quijote que volviese a proseguir sus dejadas caballerías, fue por haber
entrado primero en bureo con el cura y el barbero sobre qué medio se podría
tomar para reducir a don Quijote a que se estuviese en su casa quieto y
sosegado, sin que le alborotasen sus mal buscadas aventuras; de cuyo
consejo salió, por voto común de todos y parecer particular de Carrasco,
que dejasen salir a don Quijote, pues el detenerle parecía imposible, y que
Sansón le saliese al camino como caballero andante, y trabase batalla con
él, pues no faltaría sobre qué, y le venciese, teniéndolo por cosa fácil, y
que fuese pacto y concierto que el vencido quedase a merced del vencedor; y
así vencido don Quijote, le había de mandar el bachiller caballero se
volviese a su pueblo y casa, y no saliese della en dos años, o hasta tanto
que por él le fuese mandado otra cosa; lo cual era claro que don Quijote
vencido cumpliría indubitablemente, por no contravenir y faltar a las leyes
de la caballería, y podría ser que en el tiempo de su reclusión se le
olvidasen sus vanidades, o se diese lugar de buscar a su locura algún
conveniente remedio.
Aceptólo Carrasco, y ofreciósele por escudero Tomé Cecial, compadre y
vecino de Sancho Panza, hombre alegre y de lucios cascos. Armóse Sansón
como queda referido y Tomé Cecial acomodó sobre sus naturales narices las
falsas y de máscara ya dichas, porque no fuese conocido de su compadre
cuando se viesen; y así, siguieron el mismo viaje que llevaba don Quijote,
y llegaron casi a hallarse en la aventura del carro de la Muerte. Y,
finalmente, dieron con ellos en el bosque, donde les sucedió todo lo que el
prudente ha leído; y si no fuera por los pensamientos extraordinarios de
don Quijote, que se dio a entender que el bachiller no era el bachiller, el
señor bachiller quedara imposibilitado para siempre de graduarse de
licenciado, por no haber hallado nidos donde pensó hallar pájaros.
Tomé Cecial, que vio cuán mal había logrado sus deseos y el mal paradero
que había tenido su camino, dijo al bachiller:
-Por cierto, señor Sansón Carrasco, que tenemos nuestro merecido: con
facilidad se piensa y se acomete una empresa, pero con dificultad las más
veces se sale della. Don Quijote loco, nosotros cuerdos: él se va sano y
riendo, vuesa merced queda molido y triste. Sepamos, pues, ahora, cuál es
más loco: ¿el que lo es por no poder menos, o el que lo es por su voluntad?
A lo que respondió Sansón:
-La diferencia que hay entre esos dos locos es que el que lo es por fuerza
lo será siempre, y el que lo es de grado lo dejará de ser cuando quisiere.
-Pues así es -dijo Tomé Cecial-, yo fui por mi voluntad loco cuando quise
hacerme escudero de vuestra merced, y por la misma quiero dejar de serlo y
volverme a mi casa.
-Eso os cumple -respondió Sansón-, porque pensar que yo he de volver a la
mía, hasta haber molido a palos a don Quijote, es pensar en lo escusado; y
no me llevará ahora a buscarle el deseo de que cobre su juicio, sino el de
la venganza; que el dolor grande de mis costillas no me deja hacer más
piadosos discursos.
En esto fueron razonando los dos, hasta que llegaron a un pueblo donde fue
ventura hallar un algebrista, con quien se curó el Sansón desgraciado. Tomé
Cecial se volvió y le dejó, y él quedó imaginando su venganza; y la
historia vuelve a hablar dél a su tiempo, por no dejar de regocijarse ahora
con don Quijote.
Capítulo XVI. De lo que sucedió a don Quijote con un discreto caballero de
la Mancha
Con la alegría, contento y ufanidad que se ha dicho, seguía don Quijote su
jornada, imaginándose por la pasada vitoria ser el caballero andante más
valiente que tenía en aquella edad el mundo; daba por acabadas y a felice
fin conducidas cuantas aventuras pudiesen sucederle de allí adelante; tenía
en poco a los encantos y a los encantadores; no se acordaba de los
inumerables palos que en el discurso de sus caballerías le habían dado, ni
de la pedrada que le derribó la mitad de los dientes, ni del
desagradecimiento de los galeotes, ni del atrevimiento y lluvia de estacas
de los yangüeses. Finalmente, decía entre sí que si él hallara arte, modo o
manera como desencantar a su señora Dulcinea, no invidiara a la mayor
ventura que alcanzó o pudo alcanzar el más venturoso caballero andante de
los pasados siglos. En estas imaginaciones iba todo ocupado, cuando Sancho
le dijo:
-¿No es bueno, señor, que aun todavía traigo entre los ojos las desaforadas
narices, y mayores de marca, de mi compadre Tomé Cecial?
-Y ¿crees tú, Sancho, por ventura, que el Caballero de los Espejos era el
bachiller Carrasco; y su escudero, Tomé Cecial, tu compadre?
-No sé qué me diga a eso -respondió Sancho-; sólo sé que las señas que me
dio de mi casa, mujer y hijos no me las podría dar otro que él mesmo; y la
cara, quitadas las narices, era la misma de Tomé Cecial, como yo se la he
visto muchas veces en mi pueblo y pared en medio de mi misma casa; y el
tono de la habla era todo uno.
-Estemos a razón, Sancho -replicó don Quijote-. Ven acá: ¿en qué
consideración puede caber que el bachiller Sansón Carrasco viniese como
caballero andante, armado de armas ofensivas y defensivas, a pelear
conmigo? ¿He sido yo su enemigo por ventura? ¿Hele dado yo jamás ocasión
para tenerme ojeriza? ¿Soy yo su rival, o hace él profesión de las armas,
para tener invidia a la fama que yo por ellas he ganado?
-Pues, ¿qué diremos, señor -respondió Sancho-, a esto de parecerse tanto
aquel caballero, sea el que se fuere, al bachiller Carrasco, y su escudero
a Tomé Cecial, mi compadre? Y si ello es encantamento, como vuestra merced
ha dicho, ¿no había en el mundo otros dos a quien se parecieran?
-Todo es artificio y traza -respondió don Quijote- de los malignos magos
que me persiguen, los cuales, anteviendo que yo había de quedar vencedor en
la contienda, se previnieron de que el caballero vencido mostrase el rostro
de mi amigo el bachiller, porque la amistad que le tengo se pusiese entre
los filos de mi espada y el rigor de mi brazo, y templase la justa ira de
mi corazón, y desta manera quedase con vida el que con embelecos y falsías
procuraba quitarme la mía. Para prueba de lo cual ya sabes, ¡oh Sancho!,
por experiencia que no te dejará mentir ni engañar, cuán fácil sea a los
encantadores mudar unos rostros en otros, haciendo de lo hermoso feo y de
lo feo hermoso, pues no ha dos días que viste por tus mismos ojos la
hermosura y gallardía de la sin par Dulcinea en toda su entereza y natural
conformidad, y yo la vi en la fealdad y bajeza de una zafia labradora, con
cataratas en los ojos y con mal olor en la boca; y más, que el perverso
encantador que se atrevió a hacer una transformación tan mala no es mucho
que haya hecho la de Sansón Carrasco y la de tu compadre, por quitarme la
gloria del vencimiento de las manos. Pero, con todo esto, me consuelo;
porque, en fin, en cualquiera figura que haya sido, he quedado vencedor de
mi enemigo.
-Dios sabe la verdad de todo -respondió Sancho.
Y como él sabía que la transformación de Dulcinea había sido traza y
embeleco suyo, no le satisfacían las quimeras de su amo; pero no le quiso
replicar, por no decir alguna palabra que descubriese su embuste.
En estas razones estaban cuando los alcanzó un hombre que detrás dellos por
el mismo camino venía sobre una muy hermosa yegua tordilla, vestido un
gabán de paño fino verde, jironado de terciopelo leonado, con una montera
del mismo terciopelo; el aderezo de la yegua era de campo y de la jineta,
asimismo de morado y verde. Traía un alfanje morisco pendiente de un ancho
tahalí de verde y oro, y los borceguíes eran de la labor del tahalí; las
espuelas no eran doradas, sino dadas con un barniz verde, tan tersas y
bruñidas que, por hacer labor con todo el vestido, parecían mejor que si
fuera de oro puro. Cuando llegó a ellos, el caminante los saludó
cortésmente, y, picando a la yegua, se pasaba de largo; pero don Quijote le
dijo:
-Señor galán, si es que vuestra merced lleva el camino que nosotros y no
importa el darse priesa, merced recibiría en que nos fuésemos juntos.
-En verdad -respondió el de la yegua- que no me pasara tan de largo, si no
fuera por temor que con la compañía de mi yegua no se alborotara ese
caballo.
-Bien puede, señor -respondió a esta sazón Sancho-, bien puede tener las
riendas a su yegua, porque nuestro caballo es el más honesto y bien mirado
del mundo: jamás en semejantes ocasiones ha hecho vileza alguna, y una vez
que se desmandó a hacerla la lastamos mi señor y yo con las setenas. Digo
otra vez que puede vuestra merced detenerse, si quisiere; que, aunque se la
den entre dos platos, a buen seguro que el caballo no la arrostre.
Detuvo la rienda el caminante, admirándose de la apostura y rostro de don
Quijote, el cual iba sin celada, que la llevaba Sancho como maleta en el
arzón delantero de la albarda del rucio; y si mucho miraba el de lo verde a
don Quijote, mucho más miraba don Quijote al de lo verde, pareciéndole
hombre de chapa. La edad mostraba ser de cincuenta años; las canas, pocas,
y el rostro, aguileño; la vista, entre alegre y grave; finalmente, en el
traje y apostura daba a entender ser hombre de buenas prendas.
Lo que juzgó de don Quijote de la Mancha el de lo verde fue que semejante
manera ni parecer de hombre no le había visto jamás: admiróle la longura de
su caballo, la grandeza de su cuerpo, la flaqueza y amarillez de su rostro,
sus armas, su ademán y compostura: figura y retrato no visto por luengos
tiempos atrás en aquella tierra. Notó bien don Quijote la atención con que
el caminante le miraba, y leyóle en la suspensión su deseo; y, como era tan
cortés y tan amigo de dar gusto a todos, antes que le preguntase nada, le
salió al camino, diciéndole:
-Esta figura que vuesa merced en mí ha visto, por ser tan nueva y tan fuera
de las que comúnmente se usan, no me maravillaría yo de que le hubiese
maravillado; pero dejará vuesa merced de estarlo cuando le diga, como le
digo, que soy caballero
destos que dicen las gentes
que a sus aventuras van.
Salí de mi patria, empeñé mi hacienda, dejé mi regalo, y entreguéme en los
brazos de la Fortuna, que me llevasen donde más fuese servida. Quise
resucitar la ya muerta andante caballería, y ha muchos días que, tropezando
aquí, cayendo allí, despeñándome acá y levantándome acullá, he cumplido
gran parte de mi deseo, socorriendo viudas, amparando doncellas y
favoreciendo casadas, huérfanos y pupilos, propio y natural oficio de
caballeros andantes; y así, por mis valerosas, muchas y cristianas hazañas
he merecido andar ya en estampa en casi todas o las más naciones del mundo.
Treinta mil volúmenes se han impreso de mi historia, y lleva camino de
imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia.
Finalmente, por encerrarlo todo en breves palabras, o en una sola, digo que
yo soy don Quijote de la Mancha, por otro nombre llamado el Caballero de la
Triste Figura; y, puesto que las propias alabanzas envilecen, esme forzoso
decir yo tal vez las mías, y esto se entiende cuando no se halla presente
quien las diga; así que, señor gentilhombre, ni este caballo, esta lanza,
ni este escudo, ni escudero, ni todas juntas estas armas, ni la amarillez
de mi rostro, ni mi atenuada flaqueza, os podrá admirar de aquí adelante,
habiendo ya sabido quién soy y la profesión que hago.
Calló en diciendo esto don Quijote, y el de lo verde, según se tardaba en
responderle, parecía que no acertaba a hacerlo; pero de allí a buen espacio
le dijo:
-Acertastes, señor caballero, a conocer por mi suspensión mi deseo; pero no
habéis acertado a quitarme la maravilla que en mí causa el haberos visto;
que, puesto que, como vos, señor, decís, que el saber ya quién sois me lo
podría quitar, no ha sido así; antes, agora que lo sé, quedo más suspenso y
maravillado. ¿Cómo y es posible que hay hoy caballeros andantes en el
mundo, y que hay historias impresas de verdaderas caballerías? No me puedo
persuadir que haya hoy en la tierra quien favorezca viudas, ampare
doncellas, ni honre casadas, ni socorra huérfanos, y no lo creyera si en
vuesa merced no lo hubiera visto con mis ojos. ¡Bendito sea el cielo!, que
con esa historia, que vuesa merced dice que está impresa, de sus altas y
verdaderas caballerías, se habrán puesto en olvido las innumerables de los
fingidos caballeros andantes, de que estaba lleno el mundo, tan en daño de
las buenas costumbres y tan en perjuicio y descrédito de las buenas
historias.
-Hay mucho que decir -respondió don Quijote- en razón de si son fingidas, o
no, las historias de los andantes caballeros.
-Pues, ¿hay quien dude -respondió el Verde- que no son falsas las tales
historias?
-Yo lo dudo -respondió don Quijote-, y quédese esto aquí; que si nuestra
jornada dura, espero en Dios de dar a entender a vuesa merced que ha hecho
mal en irse con la corriente de los que tienen por cierto que no son
verdaderas.
Desta última razón de don Quijote tomó barruntos el caminante de que don
Quijote debía de ser algún mentecato, y aguardaba que con otras lo
confirmase; pero, antes que se divertiesen en otros razonamientos, don
Quijote le rogó le dijese quién era, pues él le había dado parte de su
condición y de su vida. A lo que respondió el del Verde Gabán:
-Yo, señor Caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural de un
lugar donde iremos a comer hoy, si Dios fuere servido. Soy más que
medianamente rico y es mi nombre don Diego de Miranda; paso la vida con mi
mujer, y con mis hijos, y con mis amigos; mis ejercicios son el de la caza
y pesca, pero no mantengo ni halcón ni galgos, sino algún perdigón manso, o
algún hurón atrevido. Tengo hasta seis docenas de libros, cuáles de romance
y cuáles de latín, de historia algunos y de devoción otros; los de
caballerías aún no han entrado por los umbrales de mis puertas. Hojeo más
los que son profanos que los devotos, como sean de honesto entretenimiento,
que deleiten con el lenguaje y admiren y suspendan con la invención, puesto
que déstos hay muy pocos en España. Alguna vez como con mis vecinos y
amigos, y muchas veces los convido; son mis convites limpios y aseados, y
no nada escasos; ni gusto de murmurar, ni consiento que delante de mí se
murmure; no escudriño las vidas ajenas, ni soy lince de los hechos de los
otros; oigo misa cada día; reparto de mis bienes con los pobres, sin hacer
alarde de las buenas obras, por no dar entrada en mi corazón a la
hipocresía y vanagloria, enemigos que blandamente se apoderan del corazón
más recatado; procuro poner en paz los que sé que están desavenidos; soy
devoto de nuestra Señora, y confío siempre en la misericordia infinita de
Dios nuestro Señor.
Atentísimo estuvo Sancho a la relación de la vida y entretenimientos del
hidalgo; y, pareciéndole buena y santa y que quien la hacía debía de hacer
milagros, se arrojó del rucio, y con gran priesa le fue a asir del estribo
derecho, y con devoto corazón y casi lágrimas le besó los pies una y muchas
veces. Visto lo cual por el hidalgo, le preguntó:
-¿Qué hacéis, hermano? ¿Qué besos son éstos?
-Déjenme besar -respondió Sancho-, porque me parece vuesa merced el primer
santo a la jineta que he visto en todos los días de mi vida.
-No soy santo -respondió el hidalgo-, sino gran pecador; vos sí, hermano,
que debéis de ser bueno, como vuestra simplicidad lo muestra.
Volvió Sancho a cobrar la albarda, habiendo sacado a plaza la risa de la
profunda malencolía de su amo y causado nueva admiración a don Diego.
Preguntóle don Quijote que cuántos hijos tenía, y díjole que una de las
cosas en que ponían el sumo bien los antiguos filósofos, que carecieron del
verdadero conocimiento de Dios, fue en los bienes de la naturaleza, en los
de la fortuna, en tener muchos amigos y en tener muchos y buenos hijos.
-Yo, señor don Quijote -respondió el hidalgo-, tengo un hijo, que, a no
tenerle, quizá me juzgara por más dichoso de lo que soy; y no porque él sea
malo, sino porque no es tan bueno como yo quisiera. Será de edad de diez y
ocho años: los seis ha estado en Salamanca, aprendiendo las lenguas latina
y griega; y, cuando quise que pasase a estudiar otras ciencias, halléle tan
embebido en la de la poesía, si es que se puede llamar ciencia, que no es
posible hacerle arrostrar la de las leyes, que yo quisiera que estudiara,
ni de la reina de todas, la teología. Quisiera yo que fuera corona de su
linaje, pues vivimos en siglo donde nuestros reyes premian altamente las
virtuosas y buenas letras; porque letras sin virtud son perlas en el
muladar. Todo el día se le pasa en averiguar si dijo bien o mal Homero en
tal verso de la Ilíada; si Marcial anduvo deshonesto, o no, en tal
epigrama; si se han de entender de una manera o otra tales y tales versos
de Virgilio. En fin, todas sus conversaciones son con los libros de los
referidos poetas, y con los de Horacio, Persio, Juvenal y Tibulo; que de
los modernos romancistas no hace mucha cuenta; y, con todo el mal cariño
que muestra tener a la poesía de romance, le tiene agora desvanecidos los
pensamientos el hacer una glosa a cuatro versos que le han enviado de
Salamanca, y pienso que son de justa literaria.
A todo lo cual respondió don Quijote:
-Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas de sus padres, y así, se han
de querer, o buenos o malos que sean, como se quieren las almas que nos dan
vida; a los padres toca el encaminarlos desde pequeños por los pasos de la
virtud, de la buena crianza y de las buenas y cristianas costumbres, para
que cuando grandes sean báculo de la vejez de sus padres y gloria de su
posteridad; y en lo de forzarles que estudien esta o aquella ciencia no lo
tengo por acertado, aunque el persuadirles no será dañoso; y cuando no se
ha de estudiar para pane lucrando, siendo tan venturoso el estudiante que
le dio el cielo padres que se lo dejen, sería yo de parecer que le dejen
seguir aquella ciencia a que más le vieren inclinado; y, aunque la de la
poesía es menos útil que deleitable, no es de aquellas que suelen deshonrar
a quien las posee. La poesía, señor hidalgo, a mi parecer, es como una
doncella tierna y de poca edad, y en todo estremo hermosa, a quien tienen
cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son
todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han
de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni
traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por
los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal virtud,
que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio;
hala de tener, el que la tuviere, a raya, no dejándola correr en torpes
sátiras ni en desalmados sonetos; no ha de ser vendible en ninguna manera,
si ya no fuere en poemas heroicos, en lamentables tragedias, o en comedias
alegres y artificiosas; no se ha de dejar tratar de los truhanes, ni del
ignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en ella se
encierran. Y no penséis, señor, que yo llamo aquí vulgo solamente a la
gente plebeya y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y
príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo. Y así, el que con los
requisitos que he dicho tratare y tuviere a la poesía, será famoso y
estimado su nombre en todas las naciones políticas del mundo. Y a lo que
decís, señor, que vuestro hijo no estima mucho la poesía de romance, doyme
a entender que no anda muy acertado en ello, y la razón es ésta: el grande
Homero no escribió en latín, porque era griego, ni Virgilio no escribió en
griego, porque era latino. En resolución, todos los poetas antiguos
escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar las
estranjeras para declarar la alteza de sus conceptos. Y, siendo esto así,
razón sería se estendiese esta costumbre por todas las naciones, y que no
se desestimase el poeta alemán porque escribe en su lengua, ni el
castellano, ni aun el vizcaíno, que escribe en la suya. Pero vuestro hijo,
a lo que yo, señor, imagino, no debe de estar mal con la poesía de romance,
sino con los poetas que son meros romancistas, sin saber otras lenguas ni
otras ciencias que adornen y despierten y ayuden a su natural impulso; y
aun en esto puede haber yerro; porque, según es opinión verdadera, el poeta
nace: quieren decir que del vientre de su madre el poeta natural sale
poeta; y, con aquella inclinación que le dio el cielo, sin más estudio ni
artificio, compone cosas, que hace verdadero al que dijo: est Deus in
nobis..., etcétera. También digo que el natural poeta que se ayudare del
arte será mucho mejor y se aventajará al poeta que sólo por saber el arte
quisiere serlo; la razón es porque el arte no se aventaja a la naturaleza,
sino perficiónala; así que, mezcladas la naturaleza y el arte, y el arte
con la naturaleza, sacarán un perfetísimo poeta. Sea, pues, la conclusión
de mi plática, señor hidalgo, que vuesa merced deje caminar a su hijo por
donde su estrella le llama; que, siendo él tan buen estudiante como debe de
ser, y habiendo ya subido felicemente el primer escalón de las esencias,
que es el de las lenguas, con ellas por sí mesmo subirá a la cumbre de las
letras humanas, las cuales tan bien parecen en un caballero de capa y
espada, y así le adornan, honran y engrandecen, como las mitras a los
obispos, o como las garnachas a los peritos jurisconsultos. Riña vuesa
merced a su hijo si hiciere sátiras que perjudiquen las honras ajenas, y
castíguele, y rómpaselas, pero si hiciere sermones al modo de Horacio,
donde reprehenda los vicios en general, como tan elegantemente él lo hizo,
alábele: porque lícito es al poeta escribir contra la invidia, y decir en
sus versos mal de los invidiosos, y así de los otros vicios, con que no
señale persona alguna; pero hay poetas que, a trueco de decir una malicia,
se pondrán a peligro que los destierren a las islas de Ponto. Si el poeta
fuere casto en sus costumbres, lo será también en sus versos; la pluma es
lengua del alma: cuales fueren los conceptos que en ella se engendraren,
tales serán sus escritos; y cuando los reyes y príncipes veen la milagrosa
ciencia de la poesía en sujetos prudentes, virtuosos y graves, los honran,
los estiman y los enriquecen, y aun los coronan con las hojas del árbol a
quien no ofende el rayo, como en señal que no han de ser ofendidos de nadie
los que con tales coronas veen honrados y adornadas sus sienes.
Admirado quedó el del Verde Gabán del razonamiento de don Quijote, y tanto,
que fue perdiendo de la opinión que con él tenía, de ser mentecato. Pero, a
la mitad desta plática, Sancho, por no ser muy de su gusto, se había
desviado del camino a pedir un poco de leche a unos pastores que allí junto
estaban ordeñando unas ovejas; y, en esto, ya volvía a renovar la plática
el hidalgo, satisfecho en estremo de la discreción y buen discurso de don
Quijote, cuando, alzando don Quijote la cabeza, vio que por el camino por
donde ellos iban venía un carro lleno de banderas reales; y, creyendo que
debía de ser alguna nueva aventura, a grandes voces llamó a Sancho que
viniese a darle la celada. El cual Sancho, oyéndose llamar, dejó a los
pastores, y a toda priesa picó al rucio, y llegó donde su amo estaba, a
quien sucedió una espantosa y desatinada aventura.
Capítulo XVII. De donde se declaró el último punto y estremo adonde llegó y
pudo llegar el inaudito ánimo de don Quijote, con la felicemente acabada
aventura de los leones
Cuenta la historia que cuando don Quijote daba voces a Sancho que le
trujese el yelmo, estaba él comprando unos requesones que los pastores le
vendían; y, acosado de la mucha priesa de su amo, no supo qué hacer dellos,
ni en qué traerlos, y, por no perderlos, que ya los tenía pagados, acordó
de echarlos en la celada de su señor, y con este buen recado volvió a ver
lo que le quería; el cual, en llegando, le dijo:
-Dame, amigo, esa celada; que yo sé poco de aventuras, o lo que allí
descubro es alguna que me ha de necesitar, y me necesita, a tomar mis
armas.
El del Verde Gabán, que esto oyó, tendió la vista por todas partes, y no
descubrió otra cosa que un carro que hacia ellos venía, con dos o tres
banderas pequeñas, que le dieron a entender que el tal carro debía de traer
moneda de Su Majestad, y así se lo dijo a don Quijote; pero él no le dio
crédito, siempre creyendo y pensando que todo lo que le sucediese habían de
ser aventuras y más aventuras, y así, respondió al hidalgo:
-Hombre apercebido, medio combatido: no se pierde nada en que yo me
aperciba, que sé por experiencia que tengo enemigos visibles e invisibles,
y no sé cuándo, ni adónde, ni en qué tiempo, ni en qué figuras me han de
acometer.
Y, volviéndose a Sancho, le pidió la celada; el cual, como no tuvo lugar de
sacar los requesones, le fue forzoso dársela como estaba. Tomóla don
Quijote, y, sin que echase de ver lo que dentro venía, con toda priesa se
la encajó en la cabeza; y, como los requesones se apretaron y exprimieron,
comenzó a correr el suero por todo el rostro y barbas de don Quijote, de lo
que recibió tal susto, que dijo a Sancho:
-¿Qué será esto, Sancho, que parece que se me ablandan los cascos, o se me
derriten los sesos, o que sudo de los pies a la cabeza? Y si es que sudo,
en verdad que no es de miedo; sin duda creo que es terrible la aventura que
agora quiere sucederme. Dame, si tienes, con que me limpie, que el copioso
sudor me ciega los ojos.
Calló Sancho y diole un paño, y dio con él gracias a Dios de que su señor
no hubiese caído en el caso. Limpióse don Quijote y quitóse la celada por
ver qué cosa era la que, a su parecer, le enfriaba la cabeza, y, viendo
aquellas gachas blancas dentro de la celada, las llegó a las narices, y en
oliéndolas dijo:
-Por vida de mi señora Dulcinea del Toboso, que son requesones los que aquí
me has puesto, traidor, bergante y mal mirado escudero.
A lo que, con gran flema y disimulación, respondió Sancho:
-Si son requesones, démelos vuesa merced, que yo me los comeré... Pero
cómalos el diablo, que debió de ser el que ahí los puso. ¿Yo había de tener
atrevimiento de ensuciar el yelmo de vuesa merced? ¡Hallado le habéis el
atrevido! A la fe, señor, a lo que Dios me da a entender, también debo yo
de tener encantadores que me persiguen como a hechura y miembro de vuesa
merced, y habrán puesto ahí esa inmundicia para mover a cólera su paciencia
y hacer que me muela, como suele, las costillas. Pues en verdad que esta
vez han dado salto en vago, que yo confío en el buen discurso de mi señor,
que habrá considerado que ni yo tengo requesones, ni leche, ni otra cosa
que lo valga, y que si la tuviera, antes la pusiera en mi estómago que en
la celada.
-Todo puede ser -dijo don Quijote.
Y todo lo miraba el hidalgo, y de todo se admiraba, especialmente cuando,
después de haberse limpiado don Quijote cabeza, rostro y barbas y celada,
se la encajó; y, afirmándose bien en los estribos, requiriendo la espada y
asiendo la lanza, dijo:
-Ahora, venga lo que veniere, que aquí estoy con ánimo de tomarme con el
mesmo Satanás en persona.
Llegó en esto el carro de las banderas, en el cual no venía otra gente que
el carretero, en las mulas, y un hombre sentado en la delantera. Púsose don
Quijote delante y dijo:
-¿Adónde vais, hermanos? ¿Qué carro es éste, qué lleváis en él y qué
banderas son aquéstas?
A lo que respondió el carretero:
-El carro es mío; lo que va en él son dos bravos leones enjaulados, que el
general de Orán envía a la corte, presentados a Su Majestad; las banderas
son del rey nuestro señor, en señal que aquí va cosa suya.
-Y ¿son grandes los leones? -preguntó don Quijote.
-Tan grandes -respondió el hombre que iba a la puerta del carro-, que no
han pasado mayores, ni tan grandes, de Africa a España jamás; y yo soy el
leonero, y he pasado otros, pero como éstos, ninguno. Son hembra y macho;
el macho va en esta jaula primera, y la hembra en la de atrás; y ahora van
hambrientos porque no han comido hoy; y así, vuesa merced se desvíe, que es
menester llegar presto donde les demos de comer.
A lo que dijo don Quijote, sonriéndose un poco:
-¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a tales horas? Pues, ¡por Dios que han
de ver esos señores que acá los envían si soy yo hombre que se espanta de
leones! Apeaos, buen hombre, y, pues sois el leonero, abrid esas jaulas y
echadme esas bestias fuera, que en mitad desta campaña les daré a conocer
quién es don Quijote de la Mancha, a despecho y pesar de los encantadores
que a mí los envían.
-¡Ta, ta! -dijo a esta sazón entre sí el hidalgo-, dado ha señal de quién
es nuestro buen caballero: los requesones, sin duda, le han ablandado los
cascos y madurado los sesos.
Llegóse en esto a él Sancho y díjole:
-Señor, por quien Dios es, que vuesa merced haga de manera que mi señor don
Quijote no se tome con estos leones, que si se toma, aquí nos han de hacer
pedazos a todos.
-Pues, ¿tan loco es vuestro amo -respondió el hidalgo-, que teméis, y
creéis que se ha de tomar con tan fieros animales?
-No es loco -respondió Sancho-, sino atrevido.
-Yo haré que no lo sea -replicó el hidalgo.
Y, llegándose a don Quijote, que estaba dando priesa al leonero que abriese
las jaulas, le dijo:
-Señor caballero, los caballeros andantes han de acometer las aventuras que
prometen esperanza de salir bien dellas, y no aquellas que de en todo la
quitan; porque la valentía que se entra en la juridición de la temeridad,
más tiene de locura que de fortaleza. Cuanto más, que estos leones no
vienen contra vuesa merced, ni lo sueñan: van presentados a Su Majestad, y
no será bien detenerlos ni impedirles su viaje.
-Váyase vuesa merced, señor hidalgo -respondió don Quijote-, a entender con
su perdigón manso y con su hurón atrevido, y deje a cada uno hacer su
oficio. Éste es el mío, y yo sé si vienen a mí, o no, estos señores leones.
Y, volviéndose al leonero, le dijo:
-¡Voto a tal, don bellaco, que si no abrís luego luego las jaulas, que con
esta lanza os he de coser con el carro!
El carretero, que vio la determinación de aquella armada fantasía, le dijo:
-Señor mío, vuestra merced sea servido, por caridad, dejarme desuncir las
mulas y ponerme en salvo con ellas antes que se desenvainen los leones,
porque si me las matan, quedaré rematado para toda mi vida; que no tengo
otra hacienda sino este carro y estas mulas.
-¡Oh hombre de poca fe! -respondió don Quijote-, apéate y desunce, y haz lo
que quisieres, que presto verás que trabajaste en vano y que pudieras
ahorrar desta diligencia.
Apeóse el carretero y desunció a gran priesa, y el leonero dijo a grandes
voces:
-Séanme testigos cuantos aquí están cómo contra mi voluntad y forzado abro
las jaulas y suelto los leones, y de que protesto a este señor que todo el
mal y daño que estas bestias hicieren corra y vaya por su cuenta, con más
mis salarios y derechos. Vuestras mercedes, señores, se pongan en cobro
antes que abra, que yo seguro estoy que no me han de hacer daño.
Otra vez le persuadió el hidalgo que no hiciese locura semejante, que era
tentar a Dios acometer tal disparate. A lo que respondió don Quijote que él
sabía lo que hacía. Respondióle el hidalgo que lo mirase bien, que él
entendía que se engañaba.
-Ahora, señor -replicó don Quijote-, si vuesa merced no quiere ser oyente
desta que a su parecer ha de ser tragedia, pique la tordilla y póngase en
salvo.
Oído lo cual por Sancho, con lágrimas en los ojos le suplicó desistiese de
tal empresa, en cuya comparación habían sido tortas y pan pintado la de los
molinos de viento y la temerosa de los batanes, y, finalmente, todas las
hazañas que había acometido en todo el discurso de su vida.
-Mire, señor -decía Sancho-, que aquí no hay encanto ni cosa que lo valga;
que yo he visto por entre las verjas y resquicios de la jaula una uña de
león verdadero, y saco por ella que el tal león, cuya debe de ser la tal
uña, es mayor que una montaña.
-El miedo, a lo menos -respondió don Quijote-, te le hará parecer mayor
que la mitad del mundo. Retírate, Sancho, y déjame; y si aquí muriere, ya
sabes nuestro antiguo concierto: acudirás a Dulcinea, y no te digo más.
A éstas añadió otras razones, con que quitó las esperanzas de que no había
de dejar de proseguir su desvariado intento. Quisiera el del Verde Gabán
oponérsele, pero viose desigual en las armas, y no le pareció cordura
tomarse con un loco, que ya se lo había parecido de todo punto don Quijote;
el cual, volviendo a dar priesa al leonero y a reiterar las amenazas, dio
ocasión al hidalgo a que picase la yegua, y Sancho al rucio, y el carretero
a sus mulas, procurando todos apartarse del carro lo más que pudiesen,
antes que los leones se desembanastasen.
Lloraba Sancho la muerte de su señor, que aquella vez sin duda creía que
llegaba en las garras de los leones; maldecía su ventura, y llamaba
menguada la hora en que le vino al pensamiento volver a servirle; pero no
por llorar y lamentarse dejaba de aporrear al rucio para que se alejase del
carro. Viendo, pues, el leonero que ya los que iban huyendo estaban bien
desviados, tornó a requerir y a intimar a don Quijote lo que ya le había
requerido e intimado, el cual respondió que lo oía, y que no se curase de
más intimaciones y requirimientos, que todo sería de poco fruto, y que se
diese priesa.
En el espacio que tardó el leonero en abrir la jaula primera, estuvo
considerando don Quijote si sería bien hacer la batalla antes a pie que a
caballo; y, en fin, se determinó de hacerla a pie, temiendo que Rocinante
se espantaría con la vista de los leones. Por esto saltó del caballo,
arrojó la lanza y embrazó el escudo, y, desenvainando la espada, paso ante
paso, con maravilloso denuedo y corazón valiente, se fue a poner delante
del carro, encomendándose a Dios de todo corazón, y luego a su señora
Dulcinea.
Y es de saber que, llegando a este paso, el autor de esta verdadera
historia exclama y dice: ''¡Oh fuerte y, sobre todo encarecimiento, animoso
don Quijote de la Mancha, espejo donde se pueden mirar todos los valientes
del mundo, segundo y nuevo don Manuel de León, que fue gloria y honra de
los españoles caballeros! ¿Con qué palabras contaré esta tan espantosa
hazaña, o con qué razones la haré creíble a los siglos venideros, o qué
alabanzas habrá que no te convengan y cuadren, aunque sean hipérboles sobre
todos los hipérboles? Tú a pie, tú solo, tú intrépido, tú magnánimo, con
sola una espada, y no de las del perrillo cortadoras, con un escudo no de
muy luciente y limpio acero, estás aguardando y atendiendo los dos más
fieros leones que jamás criaron las africanas selvas. Tus mismos hechos
sean los que te alaben, valeroso manchego, que yo los dejo aquí en su punto
por faltarme palabras con que encarecerlos''.
Aquí cesó la referida exclamación del autor, y pasó adelante, anudando el
hilo de la historia, diciendo que, visto el leonero ya puesto en postura a
don Quijote, y que no podía dejar de soltar al león macho, so pena de caer
en la desgracia del indignado y atrevido caballero, abrió de par en par la
primera jaula, donde estaba, como se ha dicho, el león, el cual pareció de
grandeza extraordinaria y de espantable y fea catadura. Lo primero que hizo
fue revolverse en la jaula, donde venía echado, y tender la garra, y
desperezarse todo; abrió luego la boca y bostezó muy despacio, y, con casi
dos palmos de lengua que sacó fuera, se despolvoreó los ojos y se lavó el
rostro; hecho esto, sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes
con los ojos hechos brasas, vista y ademán para poner espanto a la misma
temeridad. Sólo don Quijote lo miraba atentamente, deseando que saltase ya
del carro y viniese con él a las manos, entre las cuales pensaba hacerle
pedazos.
Hasta aquí llegó el estremo de su jamás vista locura. Pero el generoso
león, más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías, ni de
bravatas, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho,
volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quijote, y con gran
flema y remanso se volvió a echar en la jaula. Viendo lo cual don Quijote,
mandó al leonero que le diese de palos y le irritase para echarle fuera.
-Eso no haré yo -respondió el leonero-, porque si yo le instigo, el primero
a quien hará pedazos será a mí mismo. Vuesa merced, señor caballero, se
contente con lo hecho, que es todo lo que puede decirse en género de
valentía, y no quiera tentar segunda fortuna. El león tiene abierta la
puerta: en su mano está salir, o no salir; pero, pues no ha salido hasta
ahora, no saldrá en todo el día. La grandeza del corazón de vuesa merced ya
está bien declarada: ningún bravo peleante, según a mí se me alcanza, está
obligado a más que a desafiar a su enemigo y esperarle en campaña; y si el
contrario no acude, en él se queda la infamia, y el esperante gana la
corona del vencimiento.
-Así es verdad -respondió don Quijote-: cierra, amigo, la puerta, y dame
por testimonio, en la mejor forma que pudieres, lo que aquí me has visto
hacer; conviene a saber: cómo tú abriste al león, yo le esperé, él no
salió; volvíle a esperar, volvió a no salir y volvióse acostar. No debo
más, y encantos afuera, y Dios ayude a la razón y a la verdad, y a la
verdadera caballería; y cierra, como he dicho, en tanto que hago señas a
los huidos y ausentes, para que sepan de tu boca esta hazaña.
Hízolo así el leonero, y don Quijote, poniendo en la punta de la lanza el
lienzo con que se había limpiado el rostro de la lluvia de los requesones,
comenzó a llamar a los que no dejaban de huir ni de volver la cabeza a cada
paso, todos en tropa y antecogidos del hidalgo; pero, alcanzando Sancho a
ver la señal del blanco paño, dijo:
-Que me maten si mi señor no ha vencido a las fieras bestias, pues nos
llama.
Detuviéronse todos, y conocieron que el que hacía las señas era don
Quijote; y, perdiendo alguna parte del miedo, poco a poco se vinieron
acercando hasta donde claramente oyeron las voces de don Quijote, que los
llamaba. Finalmente, volvieron al carro, y, en llegando, dijo don Quijote
al carretero:
-Volved, hermano, a uncir vuestras mulas y a proseguir vuestro viaje; y tú,
Sancho, dale dos escudos de oro, para él y para el leonero, en recompensa
de lo que por mí se han detenido.
-Ésos daré yo de muy buena gana -respondió Sancho-; pero, ¿qué se han hecho
los leones? ¿Son muertos, o vivos?
Entonces el leonero, menudamente y por sus pausas, contó el fin de la
contienda, exagerando, como él mejor pudo y supo, el valor de don Quijote,
de cuya vista el león, acobardado, no quiso ni osó salir de la jaula,
puesto que había tenido un buen espacio abierta la puerta de la jaula; y
que, por haber él dicho a aquel caballero que era tentar a Dios irritar al
león para que por fuerza saliese, como él quería que se irritase, mal de su
grado y contra toda su voluntad, había permitido que la puerta se cerrase.
-¿Qué te parece desto, Sancho? -dijo don Quijote-. ¿Hay encantos que valgan
contra la verdadera valentía? Bien podrán los encantadores quitarme la
ventura, pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible.
Dio los escudos Sancho, unció el carretero, besó las manos el leonero a don
Quijote por la merced recebida, y prometióle de contar aquella valerosa
hazaña al mismo rey, cuando en la corte se viese.
-Pues, si acaso Su Majestad preguntare quién la hizo, diréisle que el
Caballero de los Leones, que de aquí adelante quiero que en éste se
trueque, cambie, vuelva y mude el que hasta aquí he tenido del Caballero de
la Triste Figura; y en esto sigo la antigua usanza de los andantes
caballeros, que se mudaban los nombres cuando querían, o cuando les venía a
cuento.
Siguió su camino el carro, y don Quijote, Sancho y el del Verde Gabán
prosiguieron el suyo.
En todo este tiempo no había hablado palabra don Diego de Miranda, todo
atento a mirar y a notar los hechos y palabras de don Quijote, pareciéndole
que era un cuerdo loco y un loco que tiraba a cuerdo. No había aún llegado
a su noticia la primera parte de su historia; que si la hubiera leído,
cesara la admiración en que lo ponían sus hechos y sus palabras, pues ya
supiera el género de su locura; pero, como no la sabía, ya le tenía por
cuerdo y ya por loco, porque lo que hablaba era concertado, elegante y bien
dicho, y lo que hacía, disparatado, temerario y tonto. Y decía entre sí:
-¿Qué más locura puede ser que ponerse la celada llena de requesones y
darse a entender que le ablandaban los cascos los encantadores? Y ¿qué
mayor temeridad y disparate que querer pelear por fuerza con leones?
Destas imaginaciones y deste soliloquio le sacó don Quijote, diciéndole:
-¿Quién duda, señor don Diego de Miranda, que vuestra merced no me tenga en
su opinión por un hombre disparatado y loco? Y no sería mucho que así
fuese, porque mis obras no pueden dar testimonio de otra cosa. Pues, con
todo esto, quiero que vuestra merced advierta que no soy tan loco ni tan
menguado como debo de haberle parecido. Bien parece un gallardo caballero,
a los ojos de su rey, en la mitad de una gran plaza, dar una lanzada con
felice suceso a un bravo toro; bien parece un caballero, armado de
resplandecientes armas, pasar la tela en alegres justas delante de las
damas, y bien parecen todos aquellos caballeros que en ejercicios
militares, o que lo parezcan, entretienen y alegran, y, si se puede decir,
honran las cortes de sus príncipes; pero sobre todos éstos parece mejor un
caballero andante, que por los desiertos, por las soledades, por las
encrucijadas, por las selvas y por los montes anda buscando peligrosas
aventuras, con intención de darles dichosa y bien afortunada cima, sólo por
alcanzar gloriosa fama y duradera. Mejor parece, digo, un caballero
andante, socorriendo a una viuda en algún despoblado, que un cortesano
caballero, requebrando a una doncella en las ciudades. Todos los caballeros
tienen sus particulares ejercicios: sirva a las damas el cortesano;
autorice la corte de su rey con libreas; sustente los caballeros pobres con
el espléndido plato de su mesa; concierte justas, mantenga torneos y
muéstrese grande, liberal y magnífico, y buen cristiano, sobre todo, y
desta manera cumplirá con sus precisas obligaciones. Pero el andante
caballero busque los rincones del mundo; éntrese en los más intricados
laberintos; acometa a cada paso lo imposible; resista en los páramos
despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano, y en el
invierno la dura inclemencia de los vientos y de los yelos; no le asombren
leones, ni le espanten vestiglos, ni atemoricen endriagos; que buscar
éstos, acometer aquéllos y vencerlos a todos son sus principales y
verdaderos ejercicios. Yo, pues, como me cupo en suerte ser uno del número
de la andante caballería, no puedo dejar de acometer todo aquello que a mí
me pareciere que cae debajo de la juridición de mis ejercicios; y así, el
acometer los leones que ahora acometí derechamente me tocaba, puesto que
conocí ser temeridad esorbitante, porque bien sé lo que es valentía, que es
una virtud que está puesta entre dos estremos viciosos, como son la
cobardía y la temeridad; pero menos mal será que el que es valiente toque y
suba al punto de temerario, que no que baje y toque en el punto de cobarde;
que así como es más fácil venir el pródigo a ser liberal que al avaro, así
es más fácil dar el temerario en verdadero valiente que no el cobarde subir
a la verdadera valentía; y, en esto de acometer aventuras, créame vuesa
merced, señor don Diego, que antes se ha de perder por carta de más que de
menos, porque mejor suena en las orejas de los que lo oyen "el tal
caballero es temerario y atrevido" que no "el tal caballero es tímido y
cobarde".
-Digo, señor don Quijote -respondió don Diego-, que todo lo que vuesa
merced ha dicho y hecho va nivelado con el fiel de la misma razón, y que
entiendo que si las ordenanzas y leyes de la caballería andante se
perdiesen, se hallarían en el pecho de vuesa merced como en su mismo
depósito y archivo. Y démonos priesa, que se hace tarde, y lleguemos a mi
aldea y casa, donde descansará vuestra merced del pasado trabajo, que si no
ha sido del cuerpo, ha sido del espíritu, que suele tal vez redundar en
cansancio del cuerpo.
-Tengo el ofrecimiento a gran favor y merced, señor don Diego- respondió
don Quijote.
Y, picando más de lo que hasta entonces, serían como las dos de la tarde
cuando llegaron a la aldea y a la casa de don Diego, a quien don Quijote
llamaba el Caballero del Verde Gabán.
Capítulo XVIII. De lo que sucedió a don Quijote en el castillo o casa del
Caballero del Verde Gabán, con otras cosas extravagantes
Halló don Quijote ser la casa de don Diego de Miranda ancha como de aldea;
las armas, empero, aunque de piedra tosca, encima de la puerta de la calle;
la bodega, en el patio; la cueva, en el portal, y muchas tinajas a la
redonda, que, por ser del Toboso, le renovaron las memorias de su encantada
y transformada Dulcinea; y sospirando, y sin mirar lo que decía, ni delante
de quién estaba, dijo:
-¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería!
¡Oh tobosescas tinajas, que me habéis traído a la memoria la dulce prenda
de mi mayor amargura!
Oyóle decir esto el estudiante poeta, hijo de don Diego, que con su madre
había salido a recebirle, y madre y hijo quedaron suspensos de ver la
estraña figura de don Quijote; el cual, apeándose de Rocinante, fue con
mucha cortesía a pedirle las manos para besárselas, y don Diego dijo:
-Recebid, señora, con vuestro sólito agrado al señor don Quijote de la
Mancha, que es el que tenéis delante, andante caballero y el más valiente y
el más discreto que tiene el mundo.
La señora, que doña Cristina se llamaba, le recibió con muestras de mucho
amor y de mucha cortesía, y don Quijote se le ofreció con asaz de discretas
y comedidas razones. Casi los mismos comedimientos pasó con el estudiante,
que, en oyéndole hablar don Quijote, le tuvo por discreto y agudo.
Aquí pinta el autor todas las circunstancias de la casa de don Diego,
pintándonos en ellas lo que contiene una casa de un caballero labrador y
rico; pero al traductor desta historia le pareció pasar estas y otras
semejantes menudencias en silencio, porque no venían bien con el propósito
principal de la historia, la cual más tiene su fuerza en la verdad que en
las frías digresiones.
Entraron a don Quijote en una sala, desarmóle Sancho, quedó en valones y en
jubón de camuza, todo bisunto con la mugre de las armas: el cuello era
valona a lo estudiantil, sin almidón y sin randas; los borceguíes eran
datilados, y encerados los zapatos. Ciñóse su buena espada, que pendía de
un tahalí de lobos marinos; que es opinión que muchos años fue enfermo de
los riñones; cubrióse un herreruelo de buen paño pardo; pero antes de todo,
con cinco calderos, o seis, de agua, que en la cantidad de los calderos hay
alguna diferencia, se lavó la cabeza y rostro, y todavía se quedó el agua
de color de suero, merced a la golosina de Sancho y a la compra de sus
negros requesones, que tan blanco pusieron a su amo. Con los referidos
atavíos, y con gentil donaire y gallardía, salió don Quijote a otra sala,
donde el estudiante le estaba esperando para entretenerle en tanto que las
mesas se ponían; que, por la venida de tan noble huésped, quería la señora
doña Cristina mostrar que sabía y podía regalar a los que a su casa
llegasen.
En tanto que don Quijote se estuvo desarmando, tuvo lugar don Lorenzo, que
así se llamaba el hijo de don Diego, de decir a su padre:
-¿Quién diremos, señor, que es este caballero que vuesa merced nos ha
traído a casa? Que el nombre, la figura, y el decir que es caballero
andante, a mí y a mi madre nos tiene suspensos.
-No sé lo que te diga, hijo -respondió don Diego-; sólo te sabré decir que
le he visto hacer cosas del mayor loco del mundo, y decir razones tan
discretas que borran y deshacen sus hechos: háblale tú, y toma el pulso a
lo que sabe, y, pues eres discreto, juzga de su discreción o tontería lo
que más puesto en razón estuviere; aunque, para decir verdad, antes le
tengo por loco que por cuerdo.
Con esto, se fue don Lorenzo a entretener a don Quijote, como queda dicho,
y, entre otras pláticas que los dos pasaron, dijo don Quijote a don
Lorenzo:
-El señor don Diego de Miranda, padre de vuesa merced, me ha dado noticia
de la rara habilidad y sutil ingenio que vuestra merced tiene, y, sobre
todo, que es vuesa merced un gran poeta.
-Poeta, bien podrá ser -respondió don Lorenzo-, pero grande, ni por
pensamiento. Verdad es que yo soy algún tanto aficionado a la poesía y a
leer los buenos poetas, pero no de manera que se me pueda dar el nombre de
grande que mi padre dice.
-No me parece mal esa humildad -respondió don Quijote-, porque no hay poeta
que no sea arrogante y piense de sí que es el mayor poeta del mundo.
-No hay regla sin excepción -respondió don Lorenzo-, y alguno habrá que lo
sea y no lo piense.
-Pocos -respondió don Quijote-; pero dígame vuesa merced: ¿qué versos son
los que agora trae entre manos, que me ha dicho el señor su padre que le
traen algo inquieto y pensativo? Y si es alguna glosa, a mí se me entiende
algo de achaque de glosas, y holgaría saberlos; y si es que son de justa
literaria, procure vuestra merced llevar el segundo premio, que el primero
siempre se lleva el favor o la gran calidad de la persona, el segundo se le
lleva la mera justicia, y el tercero viene a ser segundo, y el primero, a
esta cuenta, será el tercero, al modo de las licencias que se dan en las
universidades; pero, con todo esto, gran personaje es el nombre de primero.
-Hasta ahora -dijo entre sí don Lorenzo-, no os podré yo juzgar por loco;
vamos adelante.
Y díjole:
-Paréceme que vuesa merced ha cursado las escuelas: ¿qué ciencias ha oído?
-La de la caballería andante -respondió don Quijote-, que es tan buena como
la de la poesía, y aun dos deditos más.
-No sé qué ciencia sea ésa -replicó don Lorenzo-, y hasta ahora no ha
llegado a mi noticia.
-Es una ciencia -replicó don Quijote- que encierra en sí todas o las más
ciencias del mundo, a causa que el que la profesa ha de ser jurisperito, y
saber las leyes de la justicia distributiva y comutativa, para dar a cada
uno lo que es suyo y lo que le conviene; ha de ser teólogo, para saber dar
razón de la cristiana ley que profesa, clara y distintamente, adondequiera
que le fuere pedido; ha de ser médico y principalmente herbolario, para
conocer en mitad de los despoblados y desiertos las yerbas que tienen
virtud de sanar las heridas, que no ha de andar el caballero andante a cada
triquete buscando quien se las cure; ha de ser astrólogo, para conocer por
las estrellas cuántas horas son pasadas de la noche, y en qué parte y en
qué clima del mundo se halla; ha de saber las matemáticas, porque a cada
paso se le ofrecerá tener necesidad dellas; y, dejando aparte que ha de
estar adornado de todas las virtudes teologales y cardinales, decendiendo a
otras menudencias, digo que ha de saber nadar como dicen que nadaba el peje
Nicolás o Nicolao; ha de saber herrar un caballo y aderezar la silla y el
freno; y, volviendo a lo de arriba, ha de guardar la fe a Dios y a su dama;
ha de ser casto en los pensamientos, honesto en las palabras, liberal en
las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con
los menesterosos, y, finalmente, mantenedor de la verdad, aunque le cueste
la vida el defenderla. De todas estas grandes y mínimas partes se compone
un buen caballero andante; porque vea vuesa merced, señor don Lorenzo, si
es ciencia mocosa lo que aprende el caballero que la estudia y la profesa,
y si se puede igualar a las más estiradas que en los ginasios y escuelas se
enseñan.
-Si eso es así -replicó don Lorenzo-, yo digo que se aventaja esa ciencia a
todas.
-¿Cómo si es así? -respondió don Quijote.
Lo que yo quiero decir -dijo don Lorenzo- es que dudo que haya habido, ni
que los hay ahora, caballeros andantes y adornados de virtudes tantas.
-Muchas veces he dicho lo que vuelvo a decir ahora -respondió don Quijote-:
que la mayor parte de la gente del mundo está de parecer de que no ha
habido en él caballeros andantes; y, por parecerme a mí que si el cielo
milagrosamente no les da a entender la verdad de que los hubo y de que los
hay, cualquier trabajo que se tome ha de ser en vano, como muchas veces me
lo ha mostrado la experiencia, no quiero detenerme agora en sacar a vuesa
merced del error que con los muchos tiene; lo que pienso hacer es el rogar
al cielo le saque dél, y le dé a entender cuán provechosos y cuán
necesarios fueron al mundo los caballeros andantes en los pasados siglos, y
cuán útiles fueran en el presente si se usaran; pero triunfan ahora, por
pecados de las gentes, la pereza, la ociosidad, la gula y el regalo.
-Escapado se nos ha nuestro huésped -dijo a esta sazón entre sí don
Lorenzo-, pero, con todo eso, él es loco bizarro, y yo sería mentecato
flojo si así no lo creyese.
Aquí dieron fin a su plática, porque los llamaron a comer. Preguntó don
Diego a su hijo qué había sacado en limpio del ingenio del huésped. A lo
que él respondió:
-No le sacarán del borrador de su locura cuantos médicos y buenos
escribanos tiene el mundo: él es un entreverado loco, lleno de lúcidos
intervalos.
Fuéronse a comer, y la comida fue tal como don Diego había dicho en el
camino que la solía dar a sus convidados: limpia, abundante y sabrosa; pero
de lo que más se contentó don Quijote fue del maravilloso silencio que en
toda la casa había, que semejaba un monasterio de cartujos. Levantados,
pues, los manteles, y dadas gracias a Dios y agua a las manos, don
Quijote pidió ahincadamente a don Lorenzo dijese los versos de la justa
literaria; a lo que él respondió que, por no parecer de aquellos poetas que
cuando les ruegan digan sus versos los niegan y cuando no se los piden los
vomitan,...
-...yo diré mi glosa, de la cual no espero premio alguno, que sólo por
ejercitar el ingenio la he hecho.
-Un amigo y discreto -respondió don Quijote- era de parecer que no se había
de cansar nadie en glosar versos; y la razón, decía él, era que jamás la
glosa podía llegar al texto, y que muchas o las más veces iba la glosa
fuera de la intención y propósito de lo que pedía lo que se glosaba; y más,
que las leyes de la glosa eran demasiadamente estrechas: que no sufrían
interrogantes, ni dijo, ni diré, ni hacer nombres de verbos, ni mudar el
sentido, con otras ataduras y estrechezas con que van atados los que
glosan, como vuestra merced debe de saber.
-Verdaderamente, señor don Quijote -dijo don Lorenzo-, que deseo coger a
vuestra merced en un mal latín continuado, y no puedo, porque se me desliza
de entre las manos como anguila.
-No entiendo -respondió don Quijote- lo que vuestra merced dice ni quiere
decir en eso del deslizarme.
-Yo me daré a entender -respondió don Lorenzo-; y por ahora esté vuesa
merced atento a los versos glosados y a la glosa, que dicen desta manera:
¡Si mi fue tornase a es,
sin esperar más será,
o viniese el tiempo ya
de lo que será después...!
Glosa
Al fin, como todo pasa,
se pasó el bien que me dio
Fortuna, un tiempo no escasa,
y nunca me le volvió,
ni abundante, ni por tasa.
Siglos ha ya que me vees,
Fortuna, puesto a tus pies;
vuélveme a ser venturoso,
que será mi ser dichoso
si mi fue tornase a es.
No quiero otro gusto o gloria,
otra palma o vencimiento,
otro triunfo, otra vitoria,
sino volver al contento
que es pesar en mi memoria.
Si tú me vuelves allá,
Fortuna, templado está
todo el rigor de mi fuego,
y más si este bien es luego,
sin esperar más será.
Cosas imposibles pido,
pues volver el tiempo a ser
después que una vez ha sido,
no hay en la tierra poder
que a tanto se haya estendido.
Corre el tiempo, vuela y va
ligero, y no volverá,
y erraría el que pidiese,
o que el tiempo ya se fuese,
o volviese el tiempo ya.
Vivo en perpleja vida,
ya esperando, ya temiendo:
es muerte muy conocida,
y es mucho mejor muriendo
buscar al dolor salida.
A mí me fuera interés
acabar, mas no lo es,
pues, con discurso mejor,
me da la vida el temor
de lo que será después.
En acabando de decir su glosa don Lorenzo, se levantó en pie don Quijote,
y, en voz levantada, que parecía grito, asiendo con su mano la derecha de
don Lorenzo, dijo:
-¡Viven los cielos donde más altos están, mancebo generoso, que sois el
mejor poeta del orbe, y que merecéis estar laureado, no por Chipre ni por
Gaeta, como dijo un poeta, que Dios perdone, sino por las academias de
Atenas, si hoy vivieran, y por las que hoy viven de París, Bolonia y
Salamanca! Plega al cielo que los jueces que os quitaren el premio primero,
Febo los asaetee y las Musas jamás atraviesen los umbrales de sus casas.
Decidme, señor, si sois servido, algunos versos mayores, que quiero tomar
de todo en todo el pulso a vuestro admirable ingenio.
¿No es bueno que dicen que se holgó don Lorenzo de verse alabar de don
Quijote, aunque le tenía por loco? ¡Oh fuerza de la adulación, a cuánto te
estiendes, y cuán dilatados límites son los de tu juridición agradable!
Esta verdad acreditó don Lorenzo, pues concedió con la demanda y deseo de
don Quijote, diciéndole este soneto a la fábula o historia de Píramo y
Tisbe:
Soneto
El muro rompe la doncella hermosa
que de Píramo abrió el gallardo pecho:
parte el Amor de Chipre, y va derecho
a ver la quiebra estrecha y prodigiosa.
Habla el silencio allí, porque no osa
la voz entrar por tan estrecho estrecho;
las almas sí, que amor suele de hecho
facilitar la más difícil cosa.
Salió el deseo de compás, y el paso
de la imprudente virgen solicita
por su gusto su muerte; ved qué historia:
que a entrambos en un punto, ¡oh estraño caso!,
los mata, los encubre y resucita
una espada, un sepulcro, una memoria.
-¡Bendito sea Dios! -dijo don Quijote habiendo oído el soneto a don
Lorenzo-, que entre los infinitos poetas consumidos que hay, he visto un
consumado poeta, como lo es vuesa merced, señor mío; que así me lo da a
entender el artificio deste soneto.
Cuatro días estuvo don Quijote regaladísimo en la casa de don Diego, al
cabo de los cuales le pidió licencia para irse, diciéndole que le agradecía
la merced y buen tratamiento que en su casa había recebido; pero que, por
no parecer bien que los caballeros andantes se den muchas horas a ocio y al
regalo, se quería ir a cumplir con su oficio, buscando las aventuras, de
quien tenía noticia que aquella tierra abundaba, donde esperaba entretener
el tiempo hasta que llegase el día de las justas de Zaragoza, que era el de
su derecha derrota; y que primero había de entrar en la cueva de
Montesinos, de quien tantas y tan admirables cosas en aquellos contornos se
contaban, sabiendo e inquiriendo asimismo el nacimiento y verdaderos
manantiales de las siete lagunas llamadas comúnmente de Ruidera.
Don Diego y su hijo le alabaron su honrosa determinación, y le dijeron que
tomase de su casa y de su hacienda todo lo que en grado le viniese, que le
servirían con la voluntad posible; que a ello les obligaba el valor de su
persona y la honrosa profesión suya.
Llegóse, en fin, el día de su partida, tan alegre para don Quijote como
triste y aciago para Sancho Panza, que se hallaba muy bien con la
abundancia de la casa de don Diego, y rehusaba de volver a la hambre que se
usa en las florestas, despoblados, y a la estrecheza de sus mal proveídas
alforjas. Con todo esto, las llenó y colmó de lo más necesario que le
pareció; y al despedirse dijo don Quijote a don Lorenzo:
-No sé si he dicho a vuesa merced otra vez, y si lo he dicho lo vuelvo a
decir, que cuando vuesa merced quisiere ahorrar caminos y trabajos para
llegar a la inacesible cumbre del templo de la Fama, no tiene que hacer
otra cosa sino dejar a una parte la senda de la poesía, algo estrecha, y
tomar la estrechísima de la andante caballería, bastante para hacerle
emperador en daca las pajas.
Con estas razones acabó don Quijote de cerrar el proceso de su locura, y
más con las que añadió, diciendo:
-Sabe Dios si quisiera llevar conmigo al señor don Lorenzo, para enseñarle
cómo se han de perdonar los sujetos, y supeditar y acocear los soberbios,
virtudes anejas a la profesión que yo profeso; pero, pues no lo pide su
poca edad, ni lo querrán consentir sus loables ejercicios, sólo me contento
con advertirle a vuesa merced que, siendo poeta, podrá ser famoso si se
guía más por el parecer ajeno que por el propio, porque no hay padre ni
madre a quien sus hijos le parezcan feos, y en los que lo son del
entendimiento corre más este engaño.
De nuevo se admiraron padre y hijo de las entremetidas razones de don
Quijote, ya discretas y ya disparatadas, y del tema y tesón que llevaba de
acudir de todo en todo a la busca de sus desventuradas aventuras, que las
tenía por fin y blanco de sus deseos. Reiteráronse los ofrecimientos y
comedimientos, y, con la buena licencia de la señora del castillo, don
Quijote y Sancho, sobre Rocinante y el rucio, se partieron.
Capítulo XIX. Donde se cuenta la aventura del pastor enamorado, con otros
en verdad graciosos sucesos
Poco trecho se había alongado don Quijote del lugar de don Diego, cuando
encontró con dos como clérigos o como estudiantes y con dos labradores que
sobre cuatro bestias asnales venían caballeros. El uno de los estudiantes
traía, como en portamanteo, en un lienzo de bocací verde envuelto, al
parecer, un poco de grana blanca y dos pares de medias de cordellate; el
otro no traía otra cosa que dos espadas negras de esgrima, nuevas, y con
sus zapatillas. Los labradores traían otras cosas, que daban indicio y
señal que venían de alguna villa grande, donde las habían comprado, y las
llevaban a su aldea; y así estudiantes como labradores cayeron en la misma
admiración en que caían todos aquellos que la vez primera veían a don
Quijote, y morían por saber qué hombre fuese aquél tan fuera del uso de los
otros hombres.
Saludóles don Quijote, y, después de saber el camino que llevaban, que era
el mesmo que él hacía, les ofreció su compañía, y les pidió detuviesen el
paso, porque caminaban más sus pollinas que su caballo; y, para obligarlos,
en breves razones les dijo quién era, y su oficio y profesión, que era de
caballero andante que iba a buscar las aventuras por todas las partes del
mundo. Díjoles que se llamaba de nombre propio don Quijote de la Mancha, y
por el apelativo, el Caballero de los Leones. Todo esto para los labradores
era hablarles en griego o en jerigonza, pero no para los estudiantes, que
luego entendieron la flaqueza del celebro de don Quijote; pero, con todo
eso, le miraban con admiración y con respecto, y uno dellos le dijo:
-Si vuestra merced, señor caballero, no lleva camino determinado, como no
le suelen llevar los que buscan las aventuras, vuesa merced se venga con
nosotros: verá una de las mejores bodas y más ricas que hasta el día de hoy
se habrán celebrado en la Mancha, ni en otras muchas leguas a la redonda.
Preguntóle don Quijote si eran de algún príncipe, que así las ponderaba.
-No son -respondió el estudiante- sino de un labrador y una labradora: él,
el más rico de toda esta tierra; y ella, la más hermosa que han visto los
hombres. El aparato con que se han de hacer es estraordinario y nuevo,
porque se han de celebrar en un prado que está junto al pueblo de la novia,
a quien por excelencia llaman Quiteria la hermosa, y el desposado se llama
Camacho el rico; ella de edad de diez y ocho años, y él de veinte y dos;
ambos para en uno, aunque algunos curiosos que tienen de memoria los
linajes de todo el mundo quieren decir que el de la hermosa Quiteria se
aventaja al de Camacho; pero ya no se mira en esto, que las riquezas son
poderosas de soldar muchas quiebras. En efecto, el tal Camacho es liberal y
hásele antojado de enramar y cubrir todo el prado por arriba, de tal suerte
que el sol se ha de ver en trabajo si quiere entrar a visitar las yerbas
verdes de que está cubierto el suelo. Tiene asimesmo maheridas danzas, así
de espadas como de cascabel menudo, que hay en su pueblo quien los repique
y sacuda por estremo; de zapateadores no digo nada, que es un juicio los
que tiene muñidos; pero ninguna de las cosas referidas ni otras muchas que
he dejado de referir ha de hacer más memorables estas bodas, sino las que
imagino que hará en ellas el despechado Basilio. Es este Basilio un zagal
vecino del mesmo lugar de Quiteria, el cual tenía su casa pared y medio de
la de los padres de Quiteria, de donde tomó ocasión el amor de renovar al
mundo los ya olvidados amores de Píramo y Tisbe, porque Basilio se enamoró
de Quiteria desde sus tiernos y primeros años, y ella fue correspondiendo a
su deseo con mil honestos favores, tanto, que se contaban por
entretenimiento en el pueblo los amores de los dos niños Basilio y
Quiteria. Fue creciendo la edad, y acordó el padre de Quiteria de estorbar
a Basilio la ordinaria entrada que en su casa tenía; y, por quitarse de
andar receloso y lleno de sospechas, ordenó de casar a su hija con el rico
Camacho, no pareciéndole ser bien casarla con Basilio, que no tenía tantos
bienes de fortuna como de naturaleza; pues si va a decir las verdades sin
invidia, él es el más ágil mancebo que conocemos: gran tirador de barra,
luchador estremado y gran jugador de pelota; corre como un gamo, salta más
que una cabra y birla a los bolos como por encantamento; canta como una
calandria, y toca una guitarra, que la hace hablar, y, sobre todo, juega
una espada como el más pintado.
-Por esa sola gracia -dijo a esta sazón don Quijote-, merecía ese mancebo
no sólo casarse con la hermosa Quiteria, sino con la mesma reina Ginebra,
si fuera hoy viva, a pesar de Lanzarote y de todos aquellos que estorbarlo
quisieran.
-¡A mi mujer con eso! -dijo Sancho Panza, que hasta entonces había ido
callando y escuchando-, la cual no quiere sino que cada uno case con su
igual, ateniéndose al refrán que dicen "cada oveja con su pareja". Lo que
yo quisiera es que ese buen Basilio, que ya me le voy aficionando, se
casara con esa señora Quiteria; que buen siglo hayan y buen poso, iba a
decir al revés, los que estorban que se casen los que bien se quieren.
-Si todos los que bien se quieren se hubiesen de casar -dijo don Quijote-,
quitaríase la eleción y juridición a los padres de casar sus hijos con
quien y cuando deben; y si a la voluntad de las hijas quedase escoger los
maridos, tal habría que escogiese al criado de su padre, y tal al que vio
pasar por la calle, a su parecer, bizarro y entonado, aunque fuese un
desbaratado espadachín; que el amor y la afición con facilidad ciegan los
ojos del entendimiento, tan necesarios para escoger estado, y el del
matrimonio está muy a peligro de errarse, y es menester gran tiento y
particular favor del cielo para acertarle. Quiere hacer uno un viaje largo,
y si es prudente, antes de ponerse en camino busca alguna compañía segura y
apacible con quien acompañarse; pues, ¿por qué no hará lo mesmo el que ha
de caminar toda la vida, hasta el paradero de la muerte, y más si la
compañía le ha de acompañar en la cama, en la mesa y en todas partes, como
es la de la mujer con su marido? La de la propia mujer no es mercaduría que
una vez comprada se vuelve, o se trueca o cambia, porque es accidente
inseparable, que dura lo que dura la vida: es un lazo que si una vez le
echáis al cuello, se vuelve en el nudo gordiano, que si no le corta la
guadaña de la muerte, no hay desatarle. Muchas más cosas pudiera decir en
esta materia, si no lo estorbara el deseo que tengo de saber si le queda
más que decir al señor licenciado acerca de la historia de Basilio.
A lo que respondió el estudiante bachiller, o licenciado, como le llamó don
Quijote, que:
-De todo no me queda más que decir sino que desde el punto que Basilio supo
que la hermosa Quiteria se casaba con Camacho el rico, nunca más le han
visto reír ni hablar razón concertada, y siempre anda pensativo y triste,
hablando entre sí mismo, con que da ciertas y claras señales de que se le
ha vuelto el juicio: come poco y duerme poco, y lo que come son frutas, y
en lo que duerme, si duerme, es en el campo, sobre la dura tierra, como
animal bruto; mira de cuando en cuando al cielo, y otras veces clava los
ojos en la tierra, con tal embelesamiento, que no parece sino estatua
vestida que el aire le mueve la ropa. En fin, él da tales muestras de tener
apasionado el corazón, que tememos todos los que le conocemos que el dar el
sí mañana la hermosa Quiteria ha de ser la sentencia de su muerte.
-Dios lo hará mejor -dijo Sancho-; que Dios, que da la llaga, da la
medicina; nadie sabe lo que está por venir: de aquí a mañana muchas horas
hay, y en una, y aun en un momento, se cae la casa; yo he visto llover y
hacer sol, todo a un mesmo punto; tal se acuesta sano la noche, que no se
puede mover otro día. Y díganme, ¿por ventura habrá quien se alabe que
tiene echado un clavo a la rodaja de la Fortuna? No, por cierto; y entre el
sí y el no de la mujer no me atrevería yo a poner una punta de alfiler,
porque no cabría. Denme a mí que Quiteria quiera de buen corazón y de buena
voluntad a Basilio, que yo le daré a él un saco de buena ventura: que el
amor, según yo he oído decir, mira con unos antojos que hacen parecer oro
al cobre, a la pobreza riqueza, y a las lagañas perlas.
-¿Adónde vas a parar, Sancho, que seas maldito? -dijo don Quijote-; que
cuando comienzas a ensartar refranes y cuentos, no te puede esperar sino el
mesmo Judas, que te lleve. Dime, animal, ¿qué sabes tú de clavos, ni de
rodajas, ni de otra cosa ninguna?
-¡Oh! Pues si no me entienden -respondió Sancho-, no es maravilla que mis
sentencias sean tenidas por disparates. Pero no importa: yo me entiendo, y
sé que no he dicho muchas necedades en lo que he dicho; sino que vuesa
merced, señor mío, siempre es friscal de mis dichos, y aun de mis hechos.
-Fiscal has de decir -dijo don Quijote-, que no friscal, prevaricador del
buen lenguaje, que Dios te confunda.
-No se apunte vuestra merced conmigo -respondió Sancho-, pues sabe que no
me he criado en la Corte, ni he estudiado en Salamanca, para saber si añado
o quito alguna letra a mis vocablos. Sí, que, ¡válgame Dios!, no hay para
qué obligar al sayagués a que hable como el toledano, y toledanos puede
haber que no las corten en el aire en esto del hablar polido.
-Así es -dijo el licenciado-, porque no pueden hablar tan bien los que se
crían en las Tenerías y en Zocodover como los que se pasean casi todo el
día por el claustro de la Iglesia Mayor, y todos son toledanos. El lenguaje
puro, el propio, el elegante y claro, está en los discretos cortesanos,
aunque hayan nacido en Majalahonda: dije discretos porque hay muchos que no
lo son, y la discreción es la gramática del buen lenguaje, que se acompaña
con el uso. Yo, señores, por mis pecados, he estudiado Cánones en
Salamanca, y pícome algún tanto de decir mi razón con palabras claras,
llanas y significantes.
-Si no os picáredes más de saber más menear las negras que lleváis que la
lengua -dijo el otro estudiante-, vos llevárades el primero en licencias,
como llevastes cola.
-Mirad, bachiller -respondió el licenciado-: vos estáis en la más errada
opinión del mundo acerca de la destreza de la espada, teniéndola por vana.
-Para mí no es opinión, sino verdad asentada -replicó Corchuelo-; y si
queréis que os lo muestre con la experiencia, espadas traéis, comodidad
hay, yo pulsos y fuerzas tengo, que acompañadas de mi ánimo, que no es
poco, os harán confesar que yo no me engaño. Apeaos, y usad de vuestro
compás de pies, de vuestros círculos y vuestros ángulos y ciencia; que yo
espero de haceros ver estrellas a mediodía con mi destreza moderna y zafia,
en quien espero, después de Dios, que está por nacer hombre que me haga
volver las espaldas, y que no le hay en el mundo a quien yo no le haga
perder tierra.
-En eso de volver, o no, las espaldas no me meto -replico el diestro-;
aunque podría ser que en la parte donde la vez primera clavásedes el pie,
allí os abriesen la sepultura: quiero decir que allí quedásedes muerto por
la despreciada destreza.
-Ahora se verá -respondió Corchuelo.
Y, apeándose con gran presteza de su jumento, tiró con furia de una de las
espadas que llevaba el licenciado en el suyo.
-No ha de ser así -dijo a este instante don Quijote-, que yo quiero ser el
maestro desta esgrima, y el juez desta muchas veces no averiguada cuestión.
Y, apeándose de Rocinante y asiendo de su lanza, se puso en la mitad del
camino, a tiempo que ya el licenciado, con gentil donaire de cuerpo y
compás de pies, se iba contra Corchuelo, que contra él se vino, lanzando,
como decirse suele, fuego por los ojos. Los otros dos labradores del
acompañamiento, sin apearse de sus pollinas, sirvieron de aspetatores en la
mortal tragedia. Las cuchilladas, estocadas, altibajos, reveses y mandobles
que tiraba Corchuelo eran sin número, más espesas que hígado y más menudas
que granizo. Arremetía como un león irritado, pero salíale al encuentro un
tapaboca de la zapatilla de la espada del licenciado, que en mitad de su
furia le detenía, y se la hacía besar como si fuera reliquia, aunque no con
tanta devoción como las reliquias deben y suelen besarse.
Finalmente, el licenciado le contó a estocadas todos los botones de una
media sotanilla que traía vestida, haciéndole tiras los faldamentos, como
colas de pulpo; derribóle el sombrero dos veces, y cansóle de manera que de
despecho, cólera y rabia asió la espada por la empuñadura, y arrojóla por
el aire con tanta fuerza, que uno de los labradores asistentes, que era
escribano, que fue por ella, dio después por testimonio que la alongó de sí
casi tres cuartos de legua; el cual testimonio sirve y ha servido para que
se conozca y vea con toda verdad cómo la fuerza es vencida del arte.
Sentóse cansado Corchuelo, y llegándose a él Sancho, le dijo:
-Mía fe, señor bachiller, si vuesa merced toma mi consejo, de aquí adelante
no ha de desafiar a nadie a esgrimir, sino a luchar o a tirar la barra,
pues tiene edad y fuerzas para ello; que destos a quien llaman diestros he
oído decir que meten una punta de una espada por el ojo de una aguja.
-Yo me contento -respondió Corchuelo- de haber caído de mi burra, y de que
me haya mostrado la experiencia la verdad, de quien tan lejos estaba.
Y, levantándose, abrazó al licenciado, y quedaron más amigos que de antes,
y no queriendo esperar al escribano, que había ido por la espada, por
parecerle que tardaría mucho; y así, determinaron seguir, por llegar
temprano a la aldea de Quiteria, de donde todos eran.
En lo que faltaba del camino, les fue contando el licenciado las
excelencias de la espada, con tantas razones demostrativas y con tantas
figuras y demostraciones matemáticas, que todos quedaron enterados de la
bondad de la ciencia, y Corchuelo reducido de su pertinacia.
Era anochecido, pero antes que llegasen les pareció a todos que estaba
delante del pueblo un cielo lleno de inumerables y resplandecientes
estrellas. Oyeron, asimismo, confusos y suaves sonidos de diversos
instrumentos, como de flautas, tamborinos, salterios, albogues, panderos y
sonajas; y cuando llegaron cerca vieron que los árboles de una enramada,
que a mano habían puesto a la entrada del pueblo, estaban todos llenos de
luminarias, a quien no ofendía el viento, que entonces no soplaba sino tan
manso que no tenía fuerza para mover las hojas de los árboles. Los músicos
eran los regocijadores de la boda, que en diversas cuadrillas por aquel
agradable sitio andaban, unos bailando, y otros cantando, y otros tocando
la diversidad de los referidos instrumentos. En efecto, no parecía sino que
por todo aquel prado andaba corriendo la alegría y saltando el contento.
Otros muchos andaban ocupados en levantar andamios, de donde con comodidad
pudiesen ver otro día las representaciones y danzas que se habían de hacer
en aquel lugar dedicado para solenizar las bodas del rico Camacho y las
exequias de Basilio. No quiso entrar en el lugar don Quijote, aunque se lo
pidieron así el labrador como el bachiller; pero él dio por disculpa,
bastantísima a su parecer, ser costumbre de los caballeros andantes dormir
por los campos y florestas antes que en los poblados, aunque fuese debajo
de dorados techos; y con esto, se desvió un poco del camino, bien contra la
voluntad de Sancho, viniéndosele a la memoria el buen alojamiento que había
tenido en el castillo o casa de don Diego.
Capítulo XX. Donde se cuentan las bodas de Camacho el rico, con el suceso
de Basilio el pobre
Apenas la blanca aurora había dado lugar a que el luciente Febo, con el
ardor de sus calientes rayos, las líquidas perlas de sus cabellos de oro
enjugase, cuando don Quijote, sacudiendo la pereza de sus miembros, se puso
en pie y llamó a su escudero Sancho, que aún todavía roncaba; lo cual visto
por don Quijote, antes que le despertase, le dijo:
-¡Oh tú, bienaventurado sobre cuantos viven sobre la haz de la tierra, pues
sin tener invidia ni ser invidiado, duermes con sosegado espíritu, ni te
persiguen encantadores, ni sobresaltan encantamentos! Duerme, digo otra
vez, y lo diré otras ciento, sin que te tengan en contina vigilia celos de
tu dama, ni te desvelen pensamientos de pagar deudas que debas, ni de lo
que has de hacer para comer otro día tú y tu pequeña y angustiada familia.
Ni la ambición te inquieta, ni la pompa vana del mundo te fatiga, pues los
límites de tus deseos no se estienden a más que a pensar tu jumento; que el
de tu persona sobre mis hombros le tienes puesto: contrapeso y carga que
puso la naturaleza y la costumbre a los señores. Duerme el criado, y está
velando el señor, pensando cómo le ha de sustentar, mejorar y hacer
mercedes. La congoja de ver que el cielo se hace de bronce sin acudir a la
tierra con el conveniente rocío no aflige al criado, sino al señor, que ha
de sustentar en la esterilidad y hambre al que le sirvió en la fertilidad y
abundancia.
A todo esto no respondió Sancho, porque dormía, ni despertara tan presto si
don Quijote con el cuento de la lanza no le hiciere volver en sí. Despertó,
en fin, soñoliento y perezoso, y, volviendo el rostro a todas partes, dijo:
-De la parte desta enramada, si no me engaño, sale un tufo y olor harto más
de torreznos asados que de juncos y tomillos: bodas que por tales olores
comienzan, para mi santiguada que deben de ser abundantes y generosas.
-Acaba, glotón -dijo don Quijote-; ven, iremos a ver estos desposorios, por
ver lo que hace el desdeñado Basilio.
-Mas que haga lo que quisiere -respondió Sancho-: no fuera él pobre y
casárase con Quiteria. ¿No hay más sino tener un cuarto y querer alzarse
por las nubes? A la fe, señor, yo soy de parecer que el pobre debe de
contentarse con lo que hallare, y no pedir cotufas en el golfo. Yo apostaré
un brazo que puede Camacho envolver en reales a Basilio; y si esto es así,
como debe de ser, bien boba fuera Quiteria en desechar las galas y las
joyas que le debe de haber dado, y le puede dar Camacho, por escoger el
tirar de la barra y el jugar de la negra de Basilio. Sobre un buen tiro de
barra o sobre una gentil treta de espada no dan un cuartillo de vino en la
taberna. Habilidades y gracias que no son vendibles, mas que las tenga el
conde Dirlos; pero, cuando las tales gracias caen sobre quien tiene buen
dinero, tal sea mi vida como ellas parecen. Sobre un buen cimiento se puede
levantar un buen edificio, y el mejor cimiento y zanja del mundo es el
dinero.
-Por quien Dios es, Sancho -dijo a esta sazón don Quijote-, que concluyas
con tu arenga; que tengo para mí que si te dejasen seguir en las que a cada
paso comienzas, no te quedaría tiempo para comer ni para dormir, que todo
le gastarías en hablar.
-Si vuestra merced tuviera buena memoria -replicó Sancho-, debiérase
acordar de los capítulos de nuestro concierto antes que esta última vez
saliésemos de casa: uno dellos fue que me había de dejar hablar todo
aquello que quisiese, con que no fuese contra el prójimo ni contra la
autoridad de vuesa merced; y hasta agora me parece que no he contravenido
contra el tal capítulo.
-Yo no me acuerdo, Sancho -respondió don Quijote-, del tal capítulo; y,
puesto que sea así, quiero que calles y vengas, que ya los instrumentos que
anoche oímos vuelven a alegrar los valles, y sin duda los desposorios se
celebrarán en el frescor de la mañana, y no en el calor de la tarde.
Hizo Sancho lo que su señor le mandaba, y, poniendo la silla a Rocinante y
la albarda al rucio, subieron los dos, y paso ante paso se fueron entrando
por la enramada.
Lo primero que se le ofreció a la vista de Sancho fue, espetado en un
asador de un olmo entero, un entero novillo; y en el fuego donde se había
de asar ardía un mediano monte de leña, y seis ollas que alrededor de la
hoguera estaban no se habían hecho en la común turquesa de las demás ollas,
porque eran seis medias tinajas, que cada una cabía un rastro de carne: así
embebían y encerraban en sí carneros enteros, sin echarse de ver, como si
fueran palominos; las liebres ya sin pellejo y las gallinas sin pluma que
estaban colgadas por los árboles para sepultarlas en las ollas no tenían
número; los pájaros y caza de diversos géneros eran infinitos, colgados de
los árboles para que el aire los enfriase.
Contó Sancho más de sesenta zaques de más de a dos arrobas cada uno, y
todos llenos, según después pareció, de generosos vinos; así había rimeros
de pan blanquísimo, como los suele haber de montones de trigo en las eras;
los quesos, puestos como ladrillos enrejados, formaban una muralla, y dos
calderas de aceite, mayores que las de un tinte, servían de freír cosas de
masa, que con dos valientes palas las sacaban fritas y las zabullían en
otra caldera de preparada miel que allí junto estaba.
Los cocineros y cocineras pasaban de cincuenta: todos limpios, todos
diligentes y todos contentos. En el dilatado vientre del novillo estaban
doce tiernos y pequeños lechones, que, cosidos por encima, servían de darle
sabor y enternecerle. Las especias de diversas suertes no parecía haberlas
comprado por libras, sino por arrobas, y todas estaban de manifiesto en una
grande arca. Finalmente, el aparato de la boda era rústico, pero tan
abundante que podía sustentar a un ejército.
Todo lo miraba Sancho Panza, y todo lo contemplaba, y de todo se
aficionaba: primero le cautivaron y rindieron el deseo las ollas, de quién
él tomara de bonísima gana un mediano puchero; luego le aficionaron la
voluntad los zaques; y, últimamente, las frutas de sartén, si es que se
podían llamar sartenes las tan orondas calderas; y así, sin poderlo sufrir
ni ser en su mano hacer otra cosa, se llegó a uno de los solícitos
cocineros, y, con corteses y hambrientas razones, le rogó le dejase mojar
un mendrugo de pan en una de aquellas ollas. A lo que el cocinero
respondió:
-Hermano, este día no es de aquellos sobre quien tiene juridición la
hambre, merced al rico Camacho. Apeaos y mirad si hay por ahí un cucharón,
y espumad una gallina o dos, y buen provecho os hagan.
-No veo ninguno -respondió Sancho.
-Esperad -dijo el cocinero-. ¡Pecador de mí, y qué melindroso y para poco
debéis de ser!
Y, diciendo esto, asió de un caldero, y, encajándole en una de las medias
tinajas, sacó en él tres gallinas y dos gansos, y dijo a Sancho:
-Comed, amigo, y desayunaos con esta espuma, en tanto que se llega la hora
del yantar.
-No tengo en qué echarla -respondió Sancho.
-Pues llevaos -dijo el cocinero- la cuchara y todo, que la riqueza y el
contento de Camacho todo lo suple.
En tanto, pues, que esto pasaba Sancho, estaba don Quijote mirando cómo,
por una parte de la enramada, entraban hasta doce labradores sobre doce
hermosísimas yeguas, con ricos y vistosos jaeces de campo y con muchos
cascabeles en los petrales, y todos vestidos de regocijo y fiestas; los
cuales, en concertado tropel, corrieron no una, sino muchas carreras por el
prado, con regocijada algazara y grita, diciendo:
-¡Vivan Camacho y Quiteria: él tan rico como ella hermosa, y ella la más
hermosa del mundo!
Oyendo lo cual don Quijote, dijo entre sí:
-Bien parece que éstos no han visto a mi Dulcinea del Toboso, que si la
hubieran visto, ellos se fueran a la mano en las alabanzas desta su
Quiteria.
De allí a poco comenzaron a entrar por diversas partes de la enramada
muchas y diferentes danzas, entre las cuales venía una de espadas, de hasta
veinte y cuatro zagales de gallardo parecer y brío, todos vestidos de
delgado y blanquísimo lienzo, con sus paños de tocar, labrados de varias
colores de fina seda; y al que los guiaba, que era un ligero mancebo,
preguntó uno de los de las yeguas si se había herido alguno de los
danzantes.
-Por ahora, bendito sea Dios, no se ha herido nadie: todos vamos sanos.
Y luego comenzó a enredarse con los demás compañeros, con tantas vueltas y
con tanta destreza que, aunque don Quijote estaba hecho a ver semejantes
danzas, ninguna le había parecido tan bien como aquélla.
También le pareció bien otra que entró de doncellas hermosísimas, tan mozas
que, al parecer, ninguna bajaba de catorce ni llegaba a diez y ocho años,
vestidas todas de palmilla verde, los cabellos parte tranzados y parte
sueltos, pero todos tan rubios, que con los del sol podían tener
competencia, sobre los cuales traían guirnaldas de jazmines, rosas,
amaranto y madreselva compuestas. Guiábalas un venerable viejo y una
anciana matrona, pero más ligeros y sueltos que sus años prometían.
Hacíales el son una gaita zamorana, y ellas, llevando en los rostros y en
los ojos a la honestidad y en los pies a la ligereza, se mostraban las
mejores bailadoras del mundo.
Tras ésta entró otra danza de artificio y de las que llaman habladas. Era
de ocho ninfas, repartidas en dos hileras: de la una hilera era guía el
dios Cupido, y de la otra, el Interés; aquél, adornado de alas, arco,
aljaba y saetas; éste, vestido de ricas y diversas colores de oro y seda.
Las ninfas que al Amor seguían traían a las espaldas, en pargamino blanco y
letras grandes, escritos sus nombres: poesía era el título de la primera,
el de la segunda discreción, el de la tercera buen linaje, el de la cuarta
valentía; del modo mesmo venían señaladas las que al Interés seguían: decía
liberalidad el título de la primera, dádiva el de la segunda, tesoro el de
la tercera y el de la cuarta posesión pacífica. Delante de todos venía un
castillo de madera, a quien tiraban cuatro salvajes, todos vestidos de
yedra y de cáñamo teñido de verde, tan al natural, que por poco espantaran
a Sancho. En la frontera del castillo y en todas cuatro partes de sus
cuadros traía escrito: castillo del buen recato. Hacíanles el son cuatro
diestros tañedores de tamboril y flauta.
Comenzaba la danza Cupido, y, habiendo hecho dos mudanzas, alzaba los ojos
y flechaba el arco contra una doncella que se ponía entre las almenas del
castillo, a la cual desta suerte dijo:
-Yo soy el dios poderoso
en el aire y en la tierra
y en el ancho mar undoso,
y en cuanto el abismo encierra
en su báratro espantoso.
Nunca conocí qué es miedo;
todo cuanto quiero puedo,
aunque quiera lo imposible,
y en todo lo que es posible
mando, quito, pongo y vedo.
Acabó la copla, disparó una flecha por lo alto del castillo y retiróse a
su puesto. Salió luego el Interés, y hizo otras dos mudanzas; callaron los
tamborinos, y él dijo:
-Soy quien puede más que Amor,
y es Amor el que me guía;
soy de la estirpe mejor
que el cielo en la tierra cría,
más conocida y mayor.
Soy el Interés, en quien
pocos suelen obrar bien,
y obrar sin mí es gran milagro;
y cual soy te me consagro,
por siempre jamás, amén.
Retiróse el Interés, y hízose adelante la Poesía; la cual, después de haber
hecho sus mudanzas como los demás, puestos los ojos en la doncella del
castillo, dijo:
-En dulcísimos conceptos,
la dulcísima Poesía,
altos, graves y discretos,
señora, el alma te envía
envuelta entre mil sonetos.
Si acaso no te importuna
mi porfía, tu fortuna,
de otras muchas invidiada,
será por mí levantada
sobre el cerco de la luna.
Desvióse la Poesía, y de la parte del Interés salió la Liberalidad, y,
después de hechas sus mudanzas, dijo:
-Llaman Liberalidad
al dar que el estremo huye
de la prodigalidad,
y del contrario, que arguye
tibia y floja voluntad.
Mas yo, por te engrandecer,
de hoy más, pródiga he de ser;
que, aunque es vicio, es vicio honrado
y de pecho enamorado,
que en el dar se echa de ver.
Deste modo salieron y se retiraron todas las dos figuras de las dos
escuadras, y cada uno hizo sus mudanzas y dijo sus versos, algunos
elegantes y algunos ridículos, y sólo tomó de memoria don Quijote -que la
tenía grande- los ya referidos; y luego se mezclaron todos, haciendo y
deshaciendo lazos con gentil donaire y desenvoltura; y cuando pasaba el
Amor por delante del castillo, disparaba por alto sus flechas, pero el
Interés quebraba en él alcancías doradas.
Finalmente, después de haber bailado un buen espacio, el Interés sacó un
bolsón, que le formaba el pellejo de un gran gato romano, que parecía estar
lleno de dineros, y, arrojándole al castillo, con el golpe se desencajaron
las tablas y se cayeron, dejando a la doncella descubierta y sin defensa
alguna. Llegó el Interés con las figuras de su valía, y, echándola una gran
cadena de oro al cuello, mostraron prenderla, rendirla y cautivarla; lo
cual visto por el Amor y sus valedores, hicieron ademán de quitársela; y
todas las demostraciones que hacían eran al son de los tamborinos, bailando
y danzando concertadamente. Pusiéronlos en paz los salvajes, los cuales con
mucha presteza volvieron a armar y a encajar las tablas del castillo, y la
doncella se encerró en él como de nuevo, y con esto se acabó la danza con
gran contento de los que la miraban.
Preguntó don Quijote a una de las ninfas que quién la había compuesto y
ordenado. Respondióle que un beneficiado de aquel pueblo, que tenía gentil
caletre para semejantes invenciones.
-Yo apostaré -dijo don Quijote- que debe de ser más amigo de Camacho que de
Basilio el tal bachiller o beneficiado, y que debe de tener más de satírico
que de vísperas: ¡bien ha encajado en la danza las habilidades de Basilio y
las riquezas de Camacho!
Sancho Panza, que lo escuchaba todo, dijo:
-El rey es mi gallo: a Camacho me atengo.
-En fin -dijo don Quijote-, bien se parece, Sancho, que eres villano y de
aquéllos que dicen: "¡Viva quien vence!"
-No sé de los que soy -respondió Sancho-, pero bien sé que nunca de ollas
de Basilio sacaré yo tan elegante espuma como es esta que he sacado de las
de Camacho.
Y enseñóle el caldero lleno de gansos y de gallinas, y, asiendo de una,
comenzó a comer con mucho donaire y gana, y dijo:
-¡A la barba de las habilidades de Basilio!, que tanto vales cuanto tienes,
y tanto tienes cuanto vales. Dos linajes solos hay en el mundo, como decía
una agüela mía, que son el tener y el no tener, aunque ella al del tener se
atenía; y el día de hoy, mi señor don Quijote, antes se toma el pulso al
haber que al saber: un asno cubierto de oro parece mejor que un caballo
enalbardado. Así que vuelvo a decir que a Camacho me atengo, de cuyas ollas
son abundantes espumas gansos y gallinas, liebres y conejos; y de las de
Basilio serán, si viene a mano, y aunque no venga sino al pie, aguachirle.
-¿Has acabado tu arenga, Sancho? -dijo don Quijote.
-Habréla acabado -respondió Sancho-, porque veo que vuestra merced recibe
pesadumbre con ella; que si esto no se pusiera de por medio, obra había
cortada para tres días.
-Plega a Dios, Sancho -replicó don Quijote-, que yo te vea mudo antes que
me muera.
-Al paso que llevamos -respondió Sancho-, antes que vuestra merced se muera
estaré yo mascando barro, y entonces podrá ser que esté tan mudo que no
hable palabra hasta la fin del mundo, o, por lo menos, hasta el día del
Juicio.
-Aunque eso así suceda, ¡oh Sancho! -respondió don Quijote-, nunca llegará
tu silencio a do ha llegado lo que has hablado, hablas y tienes de hablar
en tu vida; y más, que está muy puesto en razón natural que primero llegue
el día de mi muerte que el de la tuya; y así, jamás pienso verte mudo, ni
aun cuando estés bebiendo o durmiendo, que es lo que puedo encarecer.
-A buena fe, señor -respondió Sancho-, que no hay que fiar en la
descarnada, digo, en la muerte, la cual también come cordero como carnero;
y a nuestro cura he oído decir que con igual pie pisaba las altas torres de
los reyes como las humildes chozas de los pobres. Tiene esta señora más de
poder que de melindre: no es nada asquerosa, de todo come y a todo hace, y
de toda suerte de gentes, edades y preeminencias hinche sus alforjas. No es
segador que duerme las siestas, que a todas horas siega, y corta así la
seca como la verde yerba; y no parece que masca, sino que engulle y traga
cuanto se le pone delante, porque tiene hambre canina, que nunca se harta;
y, aunque no tiene barriga, da a entender que está hidrópica y sedienta de
beber solas las vidas de cuantos viven, como quien se bebe un jarro de agua
fría.
-No más, Sancho -dijo a este punto don Quijote-. Tente en buenas, y no te
dejes caer; que en verdad que lo que has dicho de la muerte por tus
rústicos términos es lo que pudiera decir un buen predicador. Dígote,
Sancho que si como tienes buen natural y discreción, pudieras tomar un
púlpito en la mano y irte por ese mundo predicando lindezas...
-Bien predica quien bien vive -respondió Sancho-, y yo no sé otras
tologías.
-Ni las has menester -dijo don Quijote-; pero yo no acabo de entender ni
alcanzar cómo, siendo el principio de la sabiduría el temor de Dios, tú,
que temes más a un lagarto que a Él, sabes tanto.
-Juzgue vuesa merced, señor, de sus caballerías -respondió Sancho-, y no se
meta en juzgar de los temores o valentías ajenas, que tan gentil temeroso
soy yo de Dios como cada hijo de vecino; y déjeme vuestra merced despabilar
esta espuma, que lo demás todas son palabras ociosas, de que nos han de
pedir cuenta en la otra vida.
Y, diciendo esto, comenzó de nuevo a dar asalto a su caldero, con tan
buenos alientos que despertó los de don Quijote, y sin duda le ayudara, si
no lo impidiera lo que es fuerza se diga adelante.
Capítulo XXI. Donde se prosiguen las bodas de Camacho, con otros gustosos
sucesos
Cuando estaban don Quijote y Sancho en las razones referidas en el capítulo
antecedente, se oyeron grandes voces y gran ruido, y dábanlas y causábanle
los de las yeguas, que con larga carrera y grita iban a recebir a los
novios, que, rodeados de mil géneros de instrumentos y de invenciones,
venían acompañados del cura, y de la parentela de entrambos, y de toda la
gente más lucida de los lugares circunvecinos, todos vestidos de fiesta. Y
como Sancho vio a la novia, dijo:
-A buena fe que no viene vestida de labradora, sino de garrida palaciega.
¡Pardiez, que según diviso, que las patenas que había de traer son ricos
corales, y la palmilla verde de Cuenca es terciopelo de treinta pelos! ¡Y
montas que la guarnición es de tiras de lienzo, blanca!, ¡voto a mí que es
de raso!; pues, ¡tomadme las manos, adornadas con sortijas de azabache!: no
medre yo si no son anillos de oro, y muy de oro, y empedrados con pelras
blancas como una cuajada, que cada una debe de valer un ojo de la cara. ¡Oh
hideputa, y qué cabellos; que, si no son postizos, no los he visto mas
luengos ni más rubios en toda mi vida! ¡No, sino ponedla tacha en el brío y
en el talle, y no la comparéis a una palma que se mueve cargada de racimos
de dátiles, que lo mesmo parecen los dijes que trae pendientes de los
cabellos y de la garganta! Juro en mi ánima que ella es una chapada moza, y
que puede pasar por los bancos de Flandes.
Rióse don Quijote de las rústicas alabanzas de Sancho Panza; parecióle que,
fuera de su señora Dulcinea del Toboso, no había visto mujer más hermosa
jamás. Venía la hermosa Quiteria algo descolorida, y debía de ser de la
mala noche que siempre pasan las novias en componerse para el día venidero
de sus bodas. Íbanse acercando a un teatro que a un lado del prado estaba,
adornado de alfombras y ramos, adonde se habían de hacer los desposorios, y
de donde habían de mirar las danzas y las invenciones; y, a la sazón que
llegaban al puesto, oyeron a sus espaldas grandes voces, y una que decía:
-Esperaos un poco, gente tan inconsiderada como presurosa.
A cuyas voces y palabras todos volvieron la cabeza, y vieron que las daba
un hombre vestido, al parecer, de un sayo negro, jironado de carmesí a
llamas. Venía coronado -como se vio luego- con una corona de funesto
ciprés; en las manos traía un bastón grande. En llegando más cerca, fue
conocido de todos por el gallardo Basilio, y todos estuvieron suspensos,
esperando en qué habían de parar sus voces y sus palabras, temiendo algún
mal suceso de su venida en sazón semejante.
Llegó, en fin, cansado y sin aliento, y, puesto delante de los desposados,
hincando el bastón en el suelo, que tenía el cuento de una punta de acero,
mudada la color, puestos los ojos en Quiteria, con voz tremente y ronca,
estas razones dijo:
-Bien sabes, desconocida Quiteria, que conforme a la santa ley que
profesamos, que viviendo yo, tú no puedes tomar esposo; y juntamente no
ignoras que, por esperar yo que el tiempo y mi diligencia mejorasen los
bienes de mi fortuna, no he querido dejar de guardar el decoro que a tu
honra convenía; pero tú, echando a las espaldas todas las obligaciones que
debes a mi buen deseo, quieres hacer señor de lo que es mío a otro, cuyas
riquezas le sirven no sólo de buena fortuna, sino de bonísima ventura. Y
para que la tenga colmada, y no como yo pienso que la merece, sino como se
la quieren dar los cielos, yo, por mis manos, desharé el imposible o el
inconveniente que puede estorbársela, quitándome a mí de por medio. ¡Viva,
viva el rico Camacho con la ingrata Quiteria largos y felices siglos, y
muera, muera el pobre Basilio, cuya pobreza cortó las alas de su dicha y le
puso en la sepultura!
Y, diciendo esto, asió del bastón que tenía hincado en el suelo, y,
quedándose la mitad dél en la tierra, mostró que servía de vaina a un
mediano estoque que en él se ocultaba; y, puesta la que se podía llamar
empuñadura en el suelo, con ligero desenfado y determinado propósito se
arrojó sobre él, y en un punto mostró la punta sangrienta a las espaldas,
con la mitad del acerada cuchilla, quedando el triste bañado en su sangre y
tendido en el suelo, de sus mismas armas traspasado.
Acudieron luego sus amigos a favorecerle, condolidos de su miseria y
lastimosa desgracia; y, dejando don Quijote a Rocinante, acudió a
favorecerle y le tomó en sus brazos, y halló que aún no había espirado.
Quisiéronle sacar el estoque, pero el cura, que estaba presente, fue de
parecer que no se le sacasen antes de confesarle, porque el sacársele y el
espirar sería todo a un tiempo. Pero, volviendo un poco en sí Basilio, con
voz doliente y desmayada dijo:
-Si quisieses, cruel Quiteria, darme en este último y forzoso trance la
mano de esposa, aún pensaría que mi temeridad tendría desculpa, pues en
ella alcancé el bien de ser tuyo.
El cura, oyendo lo cual, le dijo que atendiese a la salud del alma antes
que a los gustos del cuerpo, y que pidiese muy de veras a Dios perdón de
sus pecados y de su desesperada determinación. A lo cual replicó Basilio
que en ninguna manera se confesaría si primero Quiteria no le daba la mano
de ser su esposa: que aquel contento le adobaría la voluntad y le daría
aliento para confesarse.
En oyendo don Quijote la petición del herido, en altas voces dijo que
Basilio pedía una cosa muy justa y puesta en razón, y además, muy hacedera,
y que el señor Camacho quedaría tan honrado recibiendo a la señora Quiteria
viuda del valeroso Basilio como si la recibiera del lado de su padre:
-Aquí no ha de haber más de un sí, que no tenga otro efecto que el
pronunciarle, pues el tálamo de estas bodas ha de ser la sepultura.
Todo lo oía Camacho, y todo le tenía suspenso y confuso, sin saber qué
hacer ni qué decir; pero las voces de los amigos de Basilio fueron tantas,
pidiéndole que consintiese que Quiteria le diese la mano de esposa, porque
su alma no se perdiese, partiendo desesperado desta vida, que le movieron,
y aun forzaron, a decir que si Quiteria quería dársela, que él se
contentaba, pues todo era dilatar por un momento el cumplimiento de sus
deseos.
Luego acudieron todos a Quiteria, y unos con ruegos, y otros con lágrimas,
y otros con eficaces razones, la persuadían que diese la mano al pobre
Basilio; y ella, más dura que un mármol y más sesga que una estatua,
mostraba que ni sabía ni podía, ni quería responder palabra; ni la
respondiera si el cura no la dijera que se determinase presto en lo que
había de hacer, porque tenía Basilio ya el alma en los dientes, y no daba
lugar a esperar inresolutas determinaciones.
Entonces la hermosa Quiteria, sin responder palabra alguna, turbada, al
parecer triste y pesarosa, llegó donde Basilio estaba, ya los ojos vueltos,
el aliento corto y apresurado, murmurando entre los dientes el nombre de
Quiteria, dando muestras de morir como gentil, y no como cristiano. Llegó,
en fin, Quiteria, y, puesta de rodillas, le pidió la mano por señas, y no
por palabras. Desencajó los ojos Basilio, y, mirándola atentamente, le
dijo:
-¡Oh Quiteria, que has venido a ser piadosa a tiempo cuando tu piedad ha de
servir de cuchillo que me acabe de quitar la vida, pues ya no tengo fuerzas
para llevar la gloria que me das en escogerme por tuyo, ni para suspender
el dolor que tan apriesa me va cubriendo los ojos con la espantosa sombra
de la muerte! Lo que te suplico es, ¡oh fatal estrella mía!, que la mano
que me pides y quieres darme no sea por cumplimiento, ni para engañarme de
nuevo, sino que confieses y digas que, sin hacer fuerza a tu voluntad, me
la entregas y me la das como a tu legítimo esposo; pues no es razón que en
un trance como éste me engañes, ni uses de fingimientos con quien tantas
verdades ha tratado contigo.
Entre estas razones, se desmayaba, de modo que todos los presentes pensaban
que cada desmayo se había de llevar el alma consigo. Quiteria, toda honesta
y toda vergonzosa, asiendo con su derecha mano la de Basilio, le dijo:
-Ninguna fuerza fuera bastante a torcer mi voluntad; y así, con la más
libre que tengo te doy la mano de legítima esposa, y recibo la tuya, si es
que me la das de tu libre albedrío, sin que la turbe ni contraste la
calamidad en que tu discurso acelerado te ha puesto.
-Sí doy -respondió Basilio-, no turbado ni confuso, sino con el claro
entendimiento que el cielo quiso darme; y así, me doy y me entrego por tu
esposo.
-Y yo por tu esposa -respondió Quiteria-, ahora vivas largos años, ahora te
lleven de mis brazos a la sepultura.
-Para estar tan herido este mancebo -dijo a este punto Sancho Panza-, mucho
habla; háganle que se deje de requiebros y que atienda a su alma, que, a mi
parecer, más la tiene en la lengua que en los dientes.
Estando, pues, asidos de las manos Basilio y Quiteria, el cura, tierno y
lloroso, los echó la bendición y pidió al cielo diese buen poso al alma del
nuevo desposado; el cual, así como recibió la bendición, con presta
ligereza se levantó en pie, y con no vista desenvoltura se sacó el estoque,
a quien servía de vaina su cuerpo.
Quedaron todos los circunstantes admirados, y algunos dellos, más simples
que curiosos, en altas voces, comenzaron a decir:
-¡Milagro, milagro!
Pero Basilio replicó:
-¡No "milagro, milagro", sino industria, industria!
El cura, desatentado y atónito, acudió con ambas manos a tentar la herida,
y halló que la cuchilla había pasado, no por la carne y costillas de
Basilio, sino por un cañón hueco de hierro que, lleno de sangre, en aquel
lugar bien acomodado tenía; preparada la sangre, según después se supo, de
modo que no se helase.
Finalmente, el cura y Camacho, con todos los más circunstantes, se tuvieron
por burlados y escarnidos. La esposa no dio muestras de pesarle de la
burla; antes, oyendo decir que aquel casamiento, por haber sido engañoso,
no había de ser valedero, dijo que ella le confirmaba de nuevo; de lo cual
coligieron todos que de consentimiento y sabiduría de los dos se había
trazado aquel caso, de lo que quedó Camacho y sus valedores tan corridos
que remitieron su venganza a las manos, y, desenvainando muchas espadas,
arremetieron a Basilio, en cuyo favor en un instante se desenvainaron casi
otras tantas. Y, tomando la delantera a caballo don Quijote, con la lanza
sobre el brazo y bien cubierto de su escudo, se hacía dar lugar de todos.
Sancho, a quien jamás pluguieron ni solazaron semejantes fechurías, se
acogió a las tinajas, donde había sacado su agradable espuma, pareciéndole
aquel lugar como sagrado, que había de ser tenido en respeto. Don Quijote,
a grandes voces, decía:
-Teneos, señores, teneos, que no es razón toméis venganza de los agravios
que el amor nos hace; y advertid que el amor y la guerra son una misma
cosa, y así como en la guerra es cosa lícita y acostumbrada usar de ardides
y estratagemas para vencer al enemigo, así en las contiendas y competencias
amorosas se tienen por buenos los embustes y marañas que se hacen para
conseguir el fin que se desea, como no sean en menoscabo y deshonra de la
cosa amada. Quiteria era de Basilio, y Basilio de Quiteria, por justa y
favorable disposición de los cielos. Camacho es rico, y podrá comprar su
gusto cuando, donde y como quisiere. Basilio no tiene más desta oveja, y no
se la ha de quitar alguno, por poderoso que sea; que a los dos que Dios
junta no podrá separar el hombre; y el que lo intentare, primero ha de
pasar por la punta desta lanza.
Y, en esto, la blandió tan fuerte y tan diestramente, que puso pavor en
todos los que no le conocían, y tan intensamente se fijó en la imaginación
de Camacho el desdén de Quiteria, que se la borró de la memoria en un
instante; y así, tuvieron lugar con él las persuasiones del cura, que era
varón prudente y bien intencionado, con las cuales quedó Camacho y los de
su parcialidad pacíficos y sosegados; en señal de lo cual volvieron las
espadas a sus lugares, culpando más a la facilidad de Quiteria que a la
industria de Basilio; haciendo discurso Camacho que si Quiteria quería bien
a Basilio doncella, también le quisiera casada, y que debía de dar gracias
al cielo, más por habérsela quitado que por habérsela dado.
Consolado, pues, y pacífico Camacho y los de su mesnada, todos los de la de
Basilio se sosegaron, y el rico Camacho, por mostrar que no sentía la
burla, ni la estimaba en nada, quiso que las fiestas pasasen adelante como
si realmente se desposara; pero no quisieron asistir a ellas Basilio ni su
esposa ni secuaces; y así, se fueron a la aldea de Basilio, que también los
pobres virtuosos y discretos tienen quien los siga, honre y ampare, como
los ricos tienen quien los lisonjee y acompañe.
Llevarónse consigo a don Quijote, estimándole por hombre de valor y de pelo
en pecho. A sólo Sancho se le escureció el alma, por verse imposibilitado
de aguardar la espléndida comida y fiestas de Camacho, que duraron hasta la
noche; y así, asenderado y triste, siguió a su señor, que con la cuadrilla
de Basilio iba, y así se dejó atrás las ollas de Egipto, aunque las llevaba
en el alma, cuya ya casi consumida y acabada espuma, que en el caldero
llevaba, le representaba la gloria y la abundancia del bien que perdía; y
así, congojado y pensativo, aunque sin hambre, sin apearse del rucio,
siguió las huellas de Rocinante.
Capítulo XXII. Donde se da cuenta de la grande aventura de la cueva de
Montesinos, que está en el corazón de la Mancha, a quien dio felice cima el
valeroso don Quijote de la Mancha
Grandes fueron y muchos los regalos que los desposados hicieron a don
Quijote, obligados de las muestras que había dado defendiendo su causa, y
al par de la valentía le graduaron la discreción, teniéndole por un Cid en
las armas y por un Cicerón en la elocuencia. El buen Sancho se refociló
tres días a costa de los novios, de los cuales se supo que no fue traza
comunicada con la hermosa Quiteria el herirse fingidamente, sino industria
de Basilio, esperando della el mesmo suceso que se había visto; bien es
verdad que confesó que había dado parte de su pensamiento a algunos de sus
amigos, para que al tiempo necesario favoreciesen su intención y abonasen
su engaño.
-No se pueden ni deben llamar engaños -dijo don Quijote- los que ponen la
mira en virtuosos fines.
Y que el de casarse los enamorados era el fin de más excelencia,
advirtiendo que el mayor contrario que el amor tiene es la hambre y la
continua necesidad, porque el amor es todo alegría, regocijo y contento, y
más cuando el amante está en posesión de la cosa amada, contra quien son
enemigos opuestos y declarados la necesidad y la pobreza; y que todo esto
decía con intención de que se dejase el señor Basilio de ejercitar las
habilidades que sabe, que, aunque le daban fama, no le daban dineros, y que
atendiese a granjear hacienda por medios lícitos e industriosos, que nunca
faltan a los prudentes y aplicados.
-El pobre honrado, si es que puede ser honrado el pobre, tiene prenda en
tener mujer hermosa, que, cuando se la quitan, le quitan la honra y se la
matan. La mujer hermosa y honrada, cuyo marido es pobre, merece ser
coronada con laureles y palmas de vencimiento y triunfo. La hermosura, por
sí sola, atrae las voluntades de cuantos la miran y conocen, y como a
señuelo gustoso se le abaten las águilas reales y los pájaros altaneros;
pero si a la tal hermosura se le junta la necesidad y la estrecheza,
también la embisten los cuervos, los milanos y las otras aves de rapiña; y
la que está a tantos encuentros firme bien merece llamarse corona de su
marido. Mirad, discreto Basilio -añadió don Quijote-: opinión fue de no sé
qué sabio que no había en todo el mundo sino una sola mujer buena, y daba
por consejo que cada uno pensase y creyese que aquella sola buena era la
suya, y así viviría contento. Yo no soy casado, ni hasta agora me ha venido
en pensamiento serlo; y, con todo esto, me atrevería a dar consejo al que
me lo pidiese del modo que había de buscar la mujer con quien se quisiese
casar. Lo primero, le aconsejaría que mirase más a la fama que a la
hacienda, porque la buena mujer no alcanza la buena fama solamente con ser
buena, sino con parecerlo; que mucho más dañan a las honras de las mujeres
las desenvolturas y libertades públicas que las maldades secretas. Si traes
buena mujer a tu casa, fácil cosa sería conservarla, y aun mejorarla, en
aquella bondad; pero si la traes mala, en trabajo te pondrá el enmendarla:
que no es muy hacedero pasar de un estremo a otro. Yo no digo que sea
imposible, pero téngolo por dificultoso.
Oía todo esto Sancho, y dijo entre sí:
-Este mi amo, cuando yo hablo cosas de meollo y de sustancia suele decir
que podría yo tomar un púlpito en las manos y irme por ese mundo adelante
predicando lindezas; y yo digo dél que cuando comienza a enhilar sentencias
y a dar consejos, no sólo puede tomar púlpito en las manos, sino dos en
cada dedo, y andarse por esas plazas a ¿qué quieres boca? ¡Válate el diablo
por caballero andante, que tantas cosas sabes! Yo pensaba en mi ánima que
sólo podía saber aquello que tocaba a sus caballerías, pero no hay cosa
donde no pique y deje de meter su cucharada.
Murmuraba esto algo Sancho, y entreoyóle su señor, y preguntóle:
-¿Qué murmuras, Sancho?
-No digo nada, ni murmuro de nada -respondió Sancho-; sólo estaba diciendo
entre mí que quisiera haber oído lo que vuesa merced aquí ha dicho antes
que me casara, que quizá dijera yo agora: "El buey suelto bien se lame".
-¿Tan mala es tu Teresa, Sancho? -dijo don Quijote.
-No es muy mala -respondió Sancho-, pero no es muy buena; a lo menos, no es
tan buena como yo quisiera.
-Mal haces, Sancho -dijo don Quijote-, en decir mal de tu mujer, que, en
efecto, es madre de tus hijos.
-No nos debemos nada -respondió Sancho-, que también ella dice mal de mí
cuando se le antoja, especialmente cuando está celosa, que entonces súfrala
el mesmo Satanás.
Finalmente, tres días estuvieron con los novios, donde fueron regalados y
servidos como cuerpos de rey. Pidió don Quijote al diestro licenciado le
diese una guía que le encaminase a la cueva de Montesinos, porque tenía
gran deseo de entrar en ella y ver a ojos vistas si eran verdaderas las
maravillas que de ella se decían por todos aquellos contornos. El
licenciado le dijo que le daría a un primo suyo, famoso estudiante y muy
aficionado a leer libros de caballerías, el cual con mucha voluntad le
pondría a la boca de la mesma cueva, y le enseñaría las lagunas de Ruidera,
famosas ansimismo en toda la Mancha, y aun en toda España; y díjole que
llevaría con él gustoso entretenimiento, a causa que era mozo que sabía
hacer libros para imprimir y para dirigirlos a príncipes. Finalmente, el
primo vino con una pollina preñada, cuya albarda cubría un gayado tapete o
arpillera. Ensilló Sancho a Rocinante y aderezó al rucio, proveyó sus
alforjas, a las cuales acompañaron las del primo, asimismo bien proveídas,
y, encomendándose a Dios y despediéndose de todos, se pusieron en camino,
tomando la derrota de la famosa cueva de Montesinos.
En el camino preguntó don Quijote al primo de qué género y calidad eran sus
ejercicios, su profesión y estudios; a lo que él respondió que su
profesión era ser humanista; sus ejercicios y estudios, componer libros
para dar a la estampa, todos de gran provecho y no menos entretenimiento
para la república; que el uno se intitulaba el de las libreas, donde pinta
setecientas y tres libreas, con sus colores, motes y cifras, de donde
podían sacar y tomar las que quisiesen en tiempo de fiestas y regocijos los
caballeros cortesanos, sin andarlas mendigando de nadie, ni lambicando,
como dicen, el cerbelo, por sacarlas conformes a sus deseos e intenciones.
-Porque doy al celoso, al desdeñado, al olvidado y al ausente las que les
convienen, que les vendrán más justas que pecadoras. Otro libro tengo
también, a quien he de llamar Metamorfóseos, o Ovidio español, de invención
nueva y rara; porque en él, imitando a Ovidio a lo burlesco, pinto quién
fue la Giralda de Sevilla y el Ángel de la Madalena, quién el Caño de
Vecinguerra, de Córdoba, quiénes los Toros de Guisando, la Sierra Morena,
las fuentes de Leganitos y Lavapiés, en Madrid, no olvidándome de la del
Piojo, de la del Caño Dorado y de la Priora; y esto, con sus alegorías,
metáforas y translaciones, de modo que alegran, suspenden y enseñan a un
mismo punto. Otro libro tengo, que le llamo Suplemento a Virgilio Polidoro,
que trata de la invención de las cosas, que es de grande erudición y
estudio, a causa que las cosas que se dejó de decir Polidoro de gran
sustancia, las averiguo yo, y las declaro por gentil estilo. Olvidósele a
Virgilio de declararnos quién fue el primero que tuvo catarro en el mundo,
y el primero que tomó las unciones para curarse del morbo gálico, y yo lo
declaro al pie de la letra, y lo autorizo con más de veinte y cinco
autores: porque vea vuesa merced si he trabajado bien y si ha de ser útil
el tal libro a todo el mundo.
Sancho, que había estado muy atento a la narración del primo, le dijo:
-Dígame, señor, así Dios le dé buena manderecha en la impresión de sus
libros: ¿sabríame decir, que sí sabrá, pues todo lo sabe, quién fue el
primero que se rascó en la cabeza, que yo para mí tengo que debió de ser
nuestro padre Adán?
-Sí sería -respondió el primo-, porque Adán no hay duda sino que tuvo
cabeza y cabellos; y, siendo esto así, y siendo el primer hombre del mundo,
alguna vez se rascaría.
-Así lo creo yo -respondió Sancho-; pero dígame ahora: ¿quién fue el primer
volteador del mundo?
-En verdad, hermano -respondió el primo-, que no me sabré determinar por
ahora, hasta que lo estudie. Yo lo estudiaré, en volviendo adonde tengo mis
libros, y yo os satisfaré cuando otra vez nos veamos, que no ha de ser ésta
la postrera.
-Pues mire, señor -replicó Sancho-, no tome trabajo en esto, que ahora he
caído en la cuenta de lo que le he preguntado. Sepa que el primer volteador
del mundo fue Lucifer, cuando le echaron o arrojaron del cielo, que vino
volteando hasta los abismos.
-Tienes razón, amigo -dijo el primo.
Y dijo don Quijote:
-Esa pregunta y respuesta no es tuya, Sancho: a alguno las has oído decir.
-Calle, señor -replicó Sancho-, que a buena fe que si me doy a preguntar y
a responder, que no acabe de aquí a mañana. Sí, que para preguntar
necedades y responder disparates no he menester yo andar buscando ayuda de
vecinos.
-Más has dicho, Sancho, de lo que sabes -dijo don Quijote-; que hay algunos
que se cansan en saber y averiguar cosas que, después de sabidas y
averiguadas, no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria.
En estas y otras gustosas pláticas se les pasó aquel día, y a la noche se
albergaron en una pequeña aldea, adonde el primo dijo a don Quijote que
desde allí a la cueva de Montesinos no había más de dos leguas, y que si
llevaba determinado de entrar en ella, era menester proverse de sogas, para
atarse y descolgarse en su profundidad.
Don Quijote dijo que, aunque llegase al abismo, había de ver dónde paraba;
y así, compraron casi cien brazas de soga, y otro día, a las dos de la
tarde, llegaron a la cueva, cuya boca es espaciosa y ancha, pero llena de
cambroneras y cabrahígos, de zarzas y malezas, tan espesas y intricadas,
que de todo en todo la ciegan y encubren. En viéndola, se apearon el primo,
Sancho y don Quijote, al cual los dos le ataron luego fortísimamente con
las sogas; y, en tanto que le fajaban y ceñían, le dijo Sancho:
-Mire vuestra merced, señor mío, lo que hace: no se quiera sepultar en
vida, ni se ponga adonde parezca frasco que le ponen a enfriar en algún
pozo. Sí, que a vuestra merced no le toca ni atañe ser el escudriñador
desta que debe de ser peor que mazmorra.
-Ata y calla -respondió don Quijote-, que tal empresa como aquésta, Sancho
amigo, para mí estaba guardada.
Y entonces dijo la guía:
-Suplico a vuesa merced, señor don Quijote, que mire bien y especule con
cien ojos lo que hay allá dentro: quizá habrá cosas que las ponga yo en el
libro de mis Transformaciones.
-En manos está el pandero que le sabrá bien tañer -respondió Sancho Panza.
Dicho esto y acabada la ligadura de don Quijote -que no fue sobre el arnés,
sino sobre el jubón de armar-, dijo don Quijote:
-Inadvertidos hemos andado en no habernos proveído de algún esquilón
pequeño, que fuera atado junto a mí en esta mesma soga, con cuyo sonido se
entendiera que todavía bajaba y estaba vivo; pero, pues ya no es posible, a
la mano de Dios, que me guíe.
Y luego se hincó de rodillas y hizo una oración en voz baja al cielo,
pidiendo a Dios le ayudase y le diese buen suceso en aquella, al parecer,
peligrosa y nueva aventura, y en voz alta dijo luego:
-¡Oh señora de mis acciones y movimientos, clarísima y sin par Dulcinea del
Toboso! Si es posible que lleguen a tus oídos las plegarias y rogaciones
deste tu venturoso amante, por tu inaudita belleza te ruego las escuches,
que no son otras que rogarte no me niegues tu favor y amparo, ahora que
tanto le he menester. Yo voy a despeñarme, a empozarme y a hundirme en el
abismo que aquí se me representa, sólo porque conozca el mundo que si tú me
favoreces, no habrá imposible a quien yo no acometa y acabe.
Y, en diciendo esto, se acercó a la sima; vio no ser posible descolgarse,
ni hacer lugar a la entrada, si no era a fuerza de brazos, o a cuchilladas,
y así, poniendo mano a la espada, comenzó a derribar y a cortar de aquellas
malezas que a la boca de la cueva estaban, por cuyo ruido y estruendo
salieron por ella una infinidad de grandísimos cuervos y grajos, tan
espesos y con tanta priesa, que dieron con don Quijote en el suelo; y si él
fuera tan agorero como católico cristiano, lo tuviera a mala señal y
escusara de encerrarse en lugar semejante.
Finalmente se levantó, y, viendo que no salían más cuervos ni otras aves
noturnas, como fueron murciélagos, que asimismo entre los cuervos salieron,
dándole soga el primo y Sancho, se dejó calar al fondo de la caverna
espantosa; y, al entrar, echándole Sancho su bendición y haciendo sobre él
mil cruces, dijo:
-¡Dios te guíe y la Peña de Francia, junto con la Trinidad de Gaeta, flor,
nata y espuma de los caballeros andantes! ¡Allá vas, valentón del mundo,
corazón de acero, brazos de bronce! ¡Dios te guíe, otra vez, y te vuelva
libre, sano y sin cautela a la luz desta vida, que dejas por enterrarte en
esta escuridad que buscas!
Casi las mismas plegarias y deprecaciones hizo el primo.
Iba don Quijote dando voces que le diesen soga y más soga, y ellos se la
daban poco a poco; y cuando las voces, que acanaladas por la cueva salían,
dejaron de oírse, ya ellos tenían descolgadas las cien brazas de soga, y
fueron de parecer de volver a subir a don Quijote, pues no le podían dar
más cuerda. Con todo eso, se detuvieron como media hora, al cabo del cual
espacio volvieron a recoger la soga con mucha facilidad y sin peso alguno,
señal que les hizo imaginar que don Quijote se quedaba dentro; y,
creyéndolo así, Sancho lloraba amargamente y tiraba con mucha priesa por
desengañarse, pero, llegando, a su parecer, a poco más de las ochenta
brazas, sintieron peso, de que en estremo se alegraron. Finalmente, a las
diez vieron distintamente a don Quijote, a quien dio voces Sancho,
diciéndole:
-Sea vuestra merced muy bien vuelto, señor mío, que ya pensábamos que se
quedaba allá para casta.
Pero no respondía palabra don Quijote; y, sacándole del todo, vieron que
traía cerrados los ojos, con muestras de estar dormido. Tendiéronle en el
suelo y desliáronle, y con todo esto no despertaba; pero tanto le volvieron
y revolvieron, sacudieron y menearon, que al cabo de un buen espacio volvió
en sí, desperezándose, bien como si de algún grave y profundo sueño
despertara; y, mirando a una y otra parte, como espantado, dijo:
-Dios os lo perdone, amigos; que me habéis quitado de la más sabrosa y
agradable vida y vista que ningún humano ha visto ni pasado. En efecto,
ahora acabo de conocer que todos los contentos desta vida pasan como sombra
y sueño, o se marchitan como la flor del campo. ¡Oh desdichado Montesinos!
¡Oh mal ferido Durandarte! ¡Oh sin ventura Belerma! ¡Oh lloroso Guadiana, y
vosotras sin dicha ijas de Ruidera, que mostráis en vuestras aguas las que
lloraron vuestros hermosos ojos!
Escuchaban el primo y Sancho las palabras de don Quijote, que las decía
como si con dolor inmenso las sacara de las entrañas. Suplicáronle les
diese a entender lo que decía, y les dijese lo que en aquel infierno había
visto.
-¿Infierno le llamáis? -dijo don Quijote-; pues no le llaméis ansí, porque
no lo merece, como luego veréis.
Pidió que le diesen algo de comer, que traía grandísima hambre. Tendieron
la arpillera del primo sobre la verde yerba, acudieron a la despensa de sus
alforjas, y, sentados todos tres en buen amor y compaña, merendaron y
cenaron, todo junto. Levantada la arpillera, dijo don Quijote de la Mancha:
-No se levante nadie, y estadme, hijos, todos atentos.
Capítulo XXIII. De las admirables cosas que el estremado don Quijote contó
que había visto en la profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y
grandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa
Las cuatro de la tarde serían cuando el sol, entre nubes cubierto, con luz
escasa y templados rayos, dio lugar a don Quijote para que, sin calor y
pesadumbre, contase a sus dos clarísimos oyentes lo que en la cueva de
Montesinos había visto. Y comenzó en el modo siguiente:
-A obra de doce o catorce estados de la profundidad desta mazmorra, a la
derecha mano, se hace una concavidad y espacio capaz de poder caber en ella
un gran carro con sus mulas. Éntrale una pequeña luz por unos resquicios o
agujeros, que lejos le responden, abiertos en la superficie de la tierra.
Esta concavidad y espacio vi yo a tiempo cuando ya iba cansado y mohíno de
verme, pendiente y colgado de la soga, caminar por aquella escura región
abajo, sin llevar cierto ni determinado camino; y así, determiné entrarme
en ella y descansar un poco. Di voces, pidiéndoos que no descolgásedes más
soga hasta que yo os lo dijese, pero no debistes de oírme. Fui recogiendo
la soga que enviábades, y, haciendo della una rosca o rimero, me senté
sobre él, pensativo además, considerando lo que hacer debía para calar al
fondo, no teniendo quién me sustentase; y, estando en este pensamiento y
confusión, de repente y sin procurarlo, me salteó un sueño profundísimo; y,
cuando menos lo pensaba, sin saber cómo ni cómo no, desperté dél y me hallé
en la mitad del más bello, ameno y deleitoso prado que puede criar la
naturaleza ni imaginar la más discreta imaginación humana. Despabilé los
ojos, limpiémelos, y vi que no dormía, sino que realmente estaba despierto;
con todo esto, me tenté la cabeza y los pechos, por certificarme si era yo
mismo el que allí estaba, o alguna fantasma vana y contrahecha; pero el
tacto, el sentimiento, los discursos concertados que entre mí hacía, me
certificaron que yo era allí entonces el que soy aquí ahora. Ofrecióseme
luego a la vista un real y suntuoso palacio o alcázar, cuyos muros y
paredes parecían de transparente y claro cristal fabricados; del cual
abriéndose dos grandes puertas, vi que por ellas salía y hacía mí se venía
un venerable anciano, vestido con un capuz de bayeta morada, que por el
suelo le arrastraba: ceñíale los hombros y los pechos una beca de colegial,
de raso verde; cubríale la cabeza una gorra milanesa negra, y la barba,
canísima, le pasaba de la cintura; no traía arma ninguna, sino un rosario
de cuentas en la mano, mayores que medianas nueces, y los dieces asimismo
como huevos medianos de avestruz; el continente, el paso, la gravedad y la
anchísima presencia, cada cosa de por sí y todas juntas, me suspendieron y
admiraron. Llegóse a mí, y lo primero que hizo fue abrazarme estrechamente,
y luego decirme: ''Luengos tiempos ha, valeroso caballero don Quijote de la
Mancha, que los que estamos en estas soledades encantados esperamos verte,
para que des noticia al mundo de lo que encierra y cubre la profunda cueva
por donde has entrado, llamada la cueva de Montesinos: hazaña sólo guardada
para ser acometida de tu invencible corazón y de tu ánimo stupendo. Ven
conmigo, señor clarísimo, que te quiero mostrar las maravillas que este
transparente alcázar solapa, de quien yo soy alcaide y guarda mayor
perpetua, porque soy el mismo Montesinos, de quien la cueva toma nombre''.
Apenas me dijo que era Montesinos, cuando le pregunté si fue verdad lo que
en el mundo de acá arriba se contaba: que él había sacado de la mitad del
pecho, con una pequeña daga, el corazón de su grande amigo Durandarte y
llevádole a la Señora Belerma, como él se lo mandó al punto de su muerte.
Respondióme que en todo decían verdad, sino en la daga, porque no fue daga,
ni pequeña, sino un puñal buido, más agudo que una lezna.
-Debía de ser -dijo a este punto Sancho- el tal puñal de Ramón de Hoces, el
sevillano.
-No sé -prosiguió don Quijote-, pero no sería dese puñalero, porque Ramón
de Hoces fue ayer, y lo de Roncesvalles, donde aconteció esta desgracia, ha
muchos años; y esta averiguación no es de importancia, ni turba ni altera
la verdad y contesto de la historia.
-Así es -respondió el primo-; prosiga vuestra merced, señor don Quijote,
que le escucho con el mayor gusto del mundo.
-No con menor lo cuento yo -respondió don Quijote-; y así, digo que el
venerable Montesinos me metió en el cristalino palacio, donde en una sala
baja, fresquísima sobremodo y toda de alabastro, estaba un sepulcro de
mármol, con gran maestría fabricado, sobre el cual vi a un caballero
tendido de largo a largo, no de bronce, ni de mármol, ni de jaspe hecho,
como los suele haber en otros sepulcros, sino de pura carne y de puros
huesos. Tenía la mano derecha (que, a mi parecer, es algo peluda y nervosa,
señal de tener muchas fuerzas su dueño) puesta sobre el lado del corazón,
y, antes que preguntase nada a Montesinos, viéndome suspenso mirando al del
sepulcro, me dijo: ''Éste es mi amigo Durandarte, flor y espejo de los
caballeros enamorados y valientes de su tiempo; tiénele aquí encantado,
como me tiene a mí y a otros muchos y muchas, Merlín, aquel francés
encantador que dicen que fue hijo del diablo; y lo que yo creo es que no
fue hijo del diablo, sino que supo, como dicen, un punto más que el diablo.
El cómo o para qué nos encantó nadie lo sabe, y ello dirá andando los
tiempos, que no están muy lejos, según imagino. Lo que a mí me admira es
que sé, tan cierto como ahora es de día, que Durandarte acabó los de su
vida en mis brazos, y que después de muerto le saqué el corazón con mis
propias manos; y en verdad que debía de pesar dos libras, porque, según los
naturales, el que tiene mayor corazón es dotado de mayor valentía del que
le tiene pequeño. Pues siendo esto así, y que realmente murió este
caballero, ¿cómo ahora se queja y sospira de cuando en cuando, como si
estuviese vivo?'' Esto dicho, el mísero Durandarte, dando una gran voz,
dijo:
''¡Oh, mi primo Montesinos!
Lo postrero que os rogaba,
que cuando yo fuere muerto,
y mi ánima arrancada,
que llevéis mi corazón
adonde Belerma estaba,
sacándomele del pecho,
ya con puñal, ya con daga.''
Oyendo lo cual el venerable Montesinos, se puso de rodillas ante el
lastimado caballero, y, con lágrimas en los ojos, le dijo: ''Ya, señor
Durandarte, carísimo primo mío, ya hice lo que me mandastes en el aciago
día de nuestra pérdida: yo os saqué el corazón lo mejor que pude, sin que
os dejase una mínima parte en el pecho; yo le limpié con un pañizuelo de
puntas; yo partí con él de carrera para Francia, habiéndoos primero puesto
en el seno de la tierra, con tantas lágrimas, que fueron bastantes a
lavarme las manos y limpiarme con ellas la sangre que tenían, de haberos
andado en las entrañas; y, por más señas, primo de mi alma, en el primero
lugar que topé, saliendo de Roncesvalles, eché un poco de sal en vuestro
corazón, porque no oliese mal, y fuese, si no fresco, a lo menos amojamado,
a la presencia de la señora Belerma; la cual, con vos, y conmigo, y con
Guadiana, vuestro escudero, y con la dueña Ruidera y sus siete hijas y dos
sobrinas, y con otros muchos de vuestros conocidos y amigos, nos tiene aquí
encantados el sabio Merlín ha muchos años; y, aunque pasan de quinientos,
no se ha muerto ninguno de nosotros: solamente faltan Ruidera y sus hijas y
sobrinas, las cuales llorando, por compasión que debió de tener Merlín
dellas, las convirtió en otras tantas lagunas, que ahora, en el mundo de
los vivos y en la provincia de la Mancha, las llaman las lagunas de
Ruidera; las siete son de los reyes de España, y las dos sobrinas, de los
caballeros de una orden santísima, que llaman de San Juan. Guadiana,
vuestro escudero, plañendo asimesmo vuestra desgracia, fue convertido en un
río llamado de su mesmo nombre; el cual, cuando llegó a la superficie de la
tierra y vio el sol del otro cielo, fue tanto el pesar que sintió de ver
que os dejaba, que se sumergió en las entrañas de la tierra; pero, como no
es posible dejar de acudir a su natural corriente, de cuando en cuando sale
y se muestra donde el sol y las gentes le vean. Vanle administrando de sus
aguas las referidas lagunas, con las cuales y con otras muchas que se
llegan, entra pomposo y grande en Portugal. Pero, con todo esto, por
dondequiera que va muestra su tristeza y melancolía, y no se precia de
criar en sus aguas peces regalados y de estima, sino burdos y desabridos,
bien diferentes de los del Tajo dorado; y esto que agora os digo, ¡oh primo
mío!, os lo he dicho muchas veces; y, como no me respondéis, imagino que no
me dais crédito, o no me oís, de lo que yo recibo tanta pena cual Dios lo
sabe. Unas nuevas os quiero dar ahora, las cuales, ya que no sirvan de
alivio a vuestro dolor, no os le aumentarán en ninguna manera. Sabed que
tenéis aquí en vuestra presencia, y abrid los ojos y veréislo, aquel gran
caballero de quien tantas cosas tiene profetizadas el sabio Merlín, aquel
don Quijote de la Mancha, digo, que de nuevo y con mayores ventajas que en
los pasados siglos ha resucitado en los presentes la ya olvidada andante
caballería, por cuyo medio y favor podría ser que nosotros fuésemos
desencantados; que las grandes hazañas para los grandes hombres están
guardadas''. ''Y cuando así no sea -respondió el lastimado Durandarte con
voz desmayada y baja-, cuando así no sea, ¡oh primo!, digo, paciencia y
barajar''. Y, volviéndose de lado, tornó a su acostumbrado silencio, sin
hablar más palabra. Oyéronse en esto grandes alaridos y llantos,
acompañados de profundos gemidos y angustiados sollozos; volví la cabeza, y
vi por las paredes de cristal que por otra sala pasaba una procesión de dos
hileras de hermosísimas doncellas, todas vestidas de luto, con turbantes
blancos sobre las cabezas, al modo turquesco. Al cabo y fin de las hileras
venía una señora, que en la gravedad lo parecía, asimismo vestida de negro,
con tocas blancas tan tendidas y largas, que besaban la tierra. Su turbante
era mayor dos veces que el mayor de alguna de las otras; era cejijunta y la
nariz algo chata; la boca grande, pero colorados los labios; los dientes,
que tal vez los descubría, mostraban ser ralos y no bien puestos, aunque
eran blancos como unas peladas almendras; traía en las manos un lienzo
delgado, y entre él, a lo que pude divisar, un corazón de carne momia,
según venía seco y amojamado. Díjome Montesinos como toda aquella gente de
la procesión eran sirvientes de Durandarte y de Belerma, que allí con sus
dos señores estaban encantados, y que la última, que traía el corazón entre
el lienzo y en las manos, era la señora Belerma, la cual con sus doncellas
cuatro días en la semana hacían aquella procesión y cantaban, o, por mejor
decir, lloraban endechas sobre el cuerpo y sobre el lastimado corazón de su
primo; y que si me había parecido algo fea, o no tan hermosa como tenía la
fama, era la causa las malas noches y peores días que en aquel encantamento
pasaba, como lo podía ver en sus grandes ojeras y en su color quebradiza.
''Y no toma ocasión su amarillez y sus ojeras de estar con el mal mensil,
ordinario en las mujeres, porque ha muchos meses, y aun años, que no le
tiene ni asoma por sus puertas, sino del dolor que siente su corazón por el
que de contino tiene en las manos, que le renueva y trae a la memoria la
desgracia de su mal logrado amante; que si esto no fuera, apenas la
igualara en hermosura, donaire y brío la gran Dulcinea del Toboso, tan
celebrada en todos estos contornos, y aun en todo el mundo''. ''¡Cepos
quedos! -dije yo entonces-, señor don Montesinos: cuente vuesa merced su
historia como debe, que ya sabe que toda comparación es odiosa, y así, no
hay para qué comparar a nadie con nadie. La sin par Dulcinea del Toboso es
quien es, y la señora doña Belerma es quien es, y quien ha sido, y quédese
aquí''. A lo que él me respondió: ''Señor don Quijote, perdóneme vuesa
merced, que yo confieso que anduve mal, y no dije bien en decir que apenas
igualara la señora Dulcinea a la señora Belerma, pues me bastaba a mí haber
entendido, por no sé qué barruntos, que vuesa merced es su caballero, para
que me mordiera la lengua antes de compararla sino con el mismo cielo''.
Con esta satisfación que me dio el gran Montesinos se quietó mi corazón del
sobresalto que recebí en oír que a mi señora la comparaban con Belerma.
-Y aun me maravillo yo -dijo Sancho- de cómo vuestra merced no se subió
sobre el vejote, y le molió a coces todos los huesos, y le peló las barbas,
sin dejarle pelo en ellas.
-No, Sancho amigo -respondió don Quijote-, no me estaba a mí bien hacer
eso, porque estamos todos obligados a tener respeto a los ancianos, aunque
no sean caballeros, y principalmente a los que lo son y están encantados;
yo sé bien que no nos quedamos a deber nada en otras muchas demandas y
respuestas que entre los dos pasamos.
A esta sazón dijo el primo:
-Yo no sé, señor don Quijote, cómo vuestra merced en tan poco espacio de
tiempo como ha que está allá bajo, haya visto tantas cosas y hablado y
respondido tanto.
-¿Cuánto ha que bajé? -preguntó don Quijote.
-Poco más de una hora -respondió Sancho.
-Eso no puede ser -replicó don Quijote-, porque allá me anocheció y
amaneció, y tornó a anochecer y amanecer tres veces; de modo que, a mi
cuenta, tres días he estado en aquellas partes remotas y escondidas a la
vista nuestra.
-Verdad debe de decir mi señor -dijo Sancho-, que, como todas las cosas que
le han sucedido son por encantamento, quizá lo que a nosotros nos parece un
hora, debe de parecer allá tres días con sus noches.
-Así será -respondió don Quijote.
-Y ¿ha comido vuestra merced en todo este tiempo, señor mío? -preguntó el
primo.
-No me he desayunado de bocado -respondió don Quijote-, ni aun he tenido
hambre, ni por pensamiento.
-Y los encantados, ¿comen? -dijo el primo.
-No comen -respondió don Quijote-, ni tienen escrementos mayores; aunque es
opinión que les crecen las uñas, las barbas y los cabellos.
-¿Y duermen, por ventura, los encantados, señor? -preguntó Sancho.
-No, por cierto -respondió don Quijote-; a lo menos, en estos tres días que
yo he estado con ellos, ninguno ha pegado el ojo, ni yo tampoco.
-Aquí encaja bien el refrán -dijo Sancho- de dime con quién andas, decirte
he quién eres: ándase vuestra merced con encantados ayunos y vigilantes,
mirad si es mucho que ni coma ni duerma mientras con ellos anduviere. Pero
perdóneme vuestra merced, señor mío, si le digo que de todo cuanto aquí ha
dicho, lléveme Dios, que iba a decir el diablo, si le creo cosa alguna.
-¿Cómo no? -dijo el primo-, pues ¿había de mentir el señor don Quijote,
que, aunque quisiera, no ha tenido lugar para componer e imaginar tanto
millón de mentiras?
-Yo no creo que mi señor miente -respondió Sancho.
-Si no, ¿qué crees? -le preguntó don Quijote.
-Creo -respondió Sancho- que aquel Merlín, o aquellos encantadores que
encantaron a toda la chusma que vuestra merced dice que ha visto y
comunicado allá bajo, le encajaron en el magín o la memoria toda esa
máquina que nos ha contado, y todo aquello que por contar le queda.
-Todo eso pudiera ser, Sancho -replicó don Quijote-, pero no es así, porque
lo que he contado lo vi por mis propios ojos y lo toqué con mis mismas
manos. Pero, ¿qué dirás cuando te diga yo ahora cómo, entre otras infinitas
cosas y maravillas que me mostró Montesinos, las cuales despacio y a sus
tiempos te las iré contando en el discurso de nuestro viaje, por no ser
todas deste lugar, me mostró tres labradoras que por aquellos amenísimos
campos iban saltando y brincando como cabras; y, apenas las hube visto,
cuando conocí ser la una la sin par Dulcinea del Toboso, y las otras dos
aquellas mismas labradoras que venían con ella, que hablamos a la salida
del Toboso? Pregunté a Montesinos si las conocía, respondióme que no, pero
que él imaginaba que debían de ser algunas señoras principales encantadas,
que pocos días había que en aquellos prados habían parecido; y que no me
maravillase desto, porque allí estaban otras muchas señoras de los pasados
y presentes siglos, encantadas en diferentes y estrañas figuras, entre las
cuales conocía él a la reina Ginebra y su dueña Quintañona, escanciando el
vino a Lanzarote,
cuando de Bretaña vino.
Cuando Sancho Panza oyó decir esto a su amo, pensó perder el juicio, o
morirse de risa; que, como él sabía la verdad del fingido encanto de
Dulcinea, de quien él había sido el encantador y el levantador de tal
testimonio, acabó de conocer indubitablemente que su señor estaba fuera de
juicio y loco de todo punto; y así, le dijo:
-En mala coyuntura y en peor sazón y en aciago día bajó vuestra merced,
caro patrón mío, al otro mundo, y en mal punto se encontró con el señor
Montesinos, que tal nos le ha vuelto. Bien se estaba vuestra merced acá
arriba con su entero juicio, tal cual Dios se le había dado, hablando
sentencias y dando consejos a cada paso, y no agora, contando los mayores
disparates que pueden imaginarse.
-Como te conozco, Sancho -respondió don Quijote-, no hago caso de tus
palabras.
-Ni yo tampoco de las de vuestra merced -replicó Sancho-, siquiera me
hiera, siquiera me mate por las que le he dicho, o por las que le pienso
decir si en las suyas no se corrige y enmienda. Pero dígame vuestra merced,
ahora que estamos en paz: ¿cómo o en qué conoció a la señora nuestra ama? Y
si la habló, ¿qué dijo, y qué le respondió?
-Conocíla -respondió don Quijote- en que trae los mesmos vestidos que traía
cuando tú me le mostraste. Habléla, pero no me respondió palabra; antes, me
volvió las espaldas, y se fue huyendo con tanta priesa, que no la alcanzara
una jara. Quise seguirla, y lo hiciera, si no me aconsejara Montesinos que
no me cansase en ello, porque sería en balde, y más porque se llegaba la
hora donde me convenía volver a salir de la sima. Díjome asimesmo que,
andando el tiempo, se me daría aviso cómo habían de ser desencantados él, y
Belerma y Durandarte, con todos los que allí estaban; pero lo que más pena
me dio, de las que allí vi y noté, fue que, estándome diciendo Montesinos
estas razones, se llegó a mí por un lado, sin que yo la viese venir, una de
las dos compañeras de la sin ventura Dulcinea, y, llenos los ojos de
lágrimas, con turbada y baja voz, me dijo: ''Mi señora Dulcinea del Toboso
besa a vuestra merced las manos, y suplica a vuestra merced se la haga de
hacerla saber cómo está; y que, por estar en una gran necesidad, asimismo
suplica a vuestra merced, cuan encarecidamente puede, sea servido de
prestarle sobre este faldellín que aquí traigo, de cotonía, nuevo, media
docena de reales, o los que vuestra merced tuviere, que ella da su palabra
de volvérselos con mucha brevedad''. Suspendióme y admiróme el tal recado,
y, volviéndome al señor Montesinos, le pregunté: ''¿Es posible, señor
Montesinos, que los encantados principales padecen necesidad?'' A lo que él
me respondió: ''Créame vuestra merced, señor don Quijote de la Mancha, que
ésta que llaman necesidad adondequiera se usa, y por todo se estiende, y a
todos alcanza, y aun hasta los encantados no perdona; y, pues la señora
Dulcinea del Toboso envía a pedir esos seis reales, y la prenda es buena,
según parece, no hay sino dárselos; que, sin duda, debe de estar puesta en
algún grande aprieto''. ''Prenda, no la tomaré yo -le respondí-, ni menos
le daré lo que pide, porque no tengo sino solos cuatro reales''; los cuales
le di (que fueron los que tú, Sancho, me diste el otro día para dar limosna
a los pobres que topase por los caminos), y le dije: ''Decid, amiga mía, a
vuesa señora que a mí me pesa en el alma de sus trabajos, y que quisiera
ser un Fúcar para remediarlos; y que le hago saber que yo no puedo ni debo
tener salud careciendo de su agradable vista y discreta conversación, y que
le suplico, cuan encarecidamente puedo, sea servida su merced de dejarse
ver y tratar deste su cautivo servidor y asendereado caballero. Diréisle
también que, cuando menos se lo piense, oirá decir como yo he hecho un
juramento y voto, a modo de aquel que hizo el marqués de Mantua, de vengar
a su sobrino Baldovinos, cuando le halló para espirar en mitad de la
montiña, que fue de no comer pan a manteles, con las otras zarandajas que
allí añadió, hasta vengarle; y así le haré yo de no sosegar, y de andar las
siete partidas del mundo, con más puntualidad que las anduvo el infante don
Pedro de Portugal, hasta desencantarla''. ''Todo eso, y más, debe vuestra
merced a mi señora'', me respondió la doncella. Y, tomando los cuatro
reales, en lugar de hacerme una reverencia, hizo una cabriola, que se
levantó dos varas de medir en el aire.
-¡Oh santo Dios! -dijo a este tiempo dando una gran voz Sancho-. ¿Es
posible que tal hay en el mundo, y que tengan en él tanta fuerza los
encantadores y encantamentos, que hayan trocado el buen juicio de mi señor
en una tan disparatada locura? ¡Oh señor, señor, por quien Dios es, que
vuestra merced mire por sí y vuelva por su honra, y no dé crédito a esas
vaciedades que le tienen menguado y descabalado el sentido!
-Como me quieres bien, Sancho, hablas desa manera -dijo don Quijote-; y,
como no estás experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas que
tienen algo de dificultad te parecen imposibles; pero andará el tiempo,
como otra vez he dicho, y yo te contaré algunas de las que allá abajo he
visto, que te harán creer las que aquí he contado, cuya verdad ni admite
réplica ni disputa.
Capítulo XXIV. Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como
necesarias al verdadero entendimiento desta grande historia
Dice el que tradujo esta grande historia del original, de la que escribió
su primer autor Cide Hamete Benengeli, que, llegando al capítulo de la
aventura de la cueva de Montesinos, en el margen dél estaban escritas, de
mano del mesmo Hamete, estas mismas razones:
''No me puedo dar a entender, ni me puedo persuadir, que al valeroso don
Quijote le pasase puntualmente todo lo que en el antecedente capítulo queda
escrito: la razón es que todas las aventuras hasta aquí sucedidas han sido
contingibles y verisímiles, pero ésta desta cueva no le hallo entrada
alguna para tenerla por verdadera, por ir tan fuera de los términos
razonables. Pues pensar yo que don Quijote mintiese, siendo el más
verdadero hidalgo y el más noble caballero de sus tiempos, no es posible;
que no dijera él una mentira si le asaetearan. Por otra parte, considero
que él la contó y la dijo con todas las circunstancias dichas, y que no
pudo fabricar en tan breve espacio tan gran máquina de disparates; y si
esta aventura parece apócrifa, yo no tengo la culpa; y así, sin afirmarla
por falsa o verdadera, la escribo. Tú, letor, pues eres prudente, juzga lo
que te pareciere, que yo no debo ni puedo más; puesto que se tiene por
cierto que al tiempo de su fin y muerte dicen que se retrató della, y dijo
que él la había inventado, por parecerle que convenía y cuadraba bien con
las aventuras que había leído en sus historias''.
Y luego prosigue, diciendo:
Espantóse el primo, así del atrevimiento de Sancho Panza como de la
paciencia de su amo, y juzgó que del contento que tenía de haber visto a su
señora Dulcinea del Toboso, aunque encantada, le nacía aquella condición
blanda que entonces mostraba; porque, si así no fuera, palabras y razones
le dijo Sancho, que merecían molerle a palos; porque realmente le pareció
que había andado atrevidillo con su señor, a quien le dijo:
-Yo, señor don Quijote de la Mancha, doy por bien empleadísima la jornada
que con vuestra merced he hecho, porque en ella he granjeado cuatro cosas.
La primera, haber conocido a vuestra merced, que lo tengo a gran felicidad.
La segunda, haber sabido lo que se encierra en esta cueva de Montesinos,
con las mutaciones de Guadiana y de las lagunas de Ruidera, que me servirán
para el Ovidio español que traigo entre manos. La tercera, entender la
antigüedad de los naipes, que, por lo menos, ya se usaban en tiempo del
emperador Carlomagno, según puede colegirse de las palabras que vuesa
merced dice que dijo Durandarte, cuando, al cabo de aquel grande espacio
que estuvo hablando con él Montesinos, él despertó diciendo: ''Paciencia y
barajar''; y esta razón y modo de hablar no la pudo aprender encantado,
sino cuando no lo estaba, en Francia y en tiempo del referido emperador
Carlomagno. Y esta averiguación me viene pintiparada para el otro libro que
voy componiendo , que es Suplemento de Virgilio Polidoro, en la invención
de las antigüedades; y creo que en el suyo no se acordó de poner la de los
naipes, como la pondré yo ahora, que será de mucha importancia, y más
alegando autor tan grave y tan verdadero como es el señor Durandarte. La
cuarta es haber sabido con certidumbre el nacimiento del río Guadiana,
hasta ahora ignorado de las gentes.
-Vuestra merced tiene razón -dijo don Quijote-, pero querría yo saber, ya
que Dios le haga merced de que se le dé licencia para imprimir esos sus
libros, que lo dudo, a quién piensa dirigirlos.
-Señores y grandes hay en España a quien puedan dirigirse -dijo el primo.
-No muchos -respondió don Quijote-; y no porque no lo merezcan, sino que no
quieren admitirlos, por no obligarse a la satisfación que parece se debe al
trabajo y cortesía de sus autores. Un príncipe conozco yo que puede suplir
la falta de los demás, con tantas ventajas que, si me atreviere a decirlas,
quizá despertara la invidia en más de cuatro generosos pechos; pero quédese
esto aquí para otro tiempo más cómodo, y vamos a buscar adonde recogernos
esta noche.
-No lejos de aquí -respondió el primo- está una ermita, donde hace su
habitación un ermitaño, que dicen ha sido soldado, y está en opinión de ser
un buen cristiano, y muy discreto y caritativo además. Junto con la ermita
tiene una pequeña casa, que él ha labrado a su costa; pero, con todo,
aunque chica, es capaz de recibir huéspedes.
-¿Tiene por ventura gallinas el tal ermitaño? -preguntó Sancho.
-Pocos ermitaños están sin ellas -respondió don Quijote-, porque no son los
que agora se usan como aquellos de los desiertos de Egipto, que se vestían
de hojas de palma y comían raíces de la tierra. Y no se entienda que por
decir bien de aquéllos no lo digo de aquéstos, sino que quiero decir que al
rigor y estrecheza de entonces no llegan las penitencias de los de agora;
pero no por esto dejan de ser todos buenos; a lo menos, yo por buenos los
juzgo; y, cuando todo corra turbio, menos mal hace el hipócrita que se
finge bueno que el público pecador.
Estando en esto, vieron que hacia donde ellos estaban venía un hombre a
pie, caminando apriesa, y dando varazos a un macho que venía cargado de
lanzas y de alabardas. Cuando llegó a ellos, los saludó y pasó de largo.
Don Quijote le dijo:
-Buen hombre, deteneos, que parece que vais con más diligencia que ese
macho ha menester.
-No me puedo detener, señor -respondió el hombre-, porque las armas que
veis que aquí llevo han de servir mañana; y así, me es forzoso el no
detenerme, y a Dios. Pero si quisiéredes saber para qué las llevo, en la
venta que está más arriba de la ermita pienso alojar esta noche; y si es
que hacéis este mesmo camino, allí me hallaréis, donde os contaré
maravillas. Y a Dios otra vez.
Y de tal manera aguijó el macho, que no tuvo lugar don Quijote de
preguntarle qué maravillas eran las que pensaba decirles; y, como él era
algo curioso y siempre le fatigaban deseos de saber cosas nuevas, ordenó
que al momento se partiesen y fuesen a pasar la noche en la venta, sin
tocar en la ermita, donde quisiera el primo que se quedaran.
Hízose así, subieron a caballo, y siguieron todos tres el derecho camino de
la venta, a la cual llegaron un poco antes de anochecer. Dijo el primo a
don Quijote que llegasen a ella a beber un trago. Apenas oyó esto Sancho
Panza, cuando encaminó el rucio a la ermita, y lo mismo hicieron don
Quijote y el primo; pero la mala suerte de Sancho parece que ordenó que el
ermitaño no estuviese en casa; que así se lo dijo una sotaermitaño que en
la ermita hallaron. Pidiéronle de lo caro; respondió que su señor no lo
tenía, pero que si querían agua barata, que se la daría de muy buena gana.
-Si yo la tuviera de agua -respondió Sancho-, pozos hay en el camino,
donde la hubiera satisfecho. ¡Ah bodas de Camacho y abundancia de la casa
de don Diego, y cuántas veces os tengo de echar menos!
Con esto, dejaron la ermita y picaron hacia la venta; y a poco trecho
toparon un mancebito, que delante dellos iba caminando no con mucha priesa;
y así, le alcanzaron. Llevaba la espada sobre el hombro, y en ella puesto
un bulto o envoltorio, al parecer de sus vestidos; que, al parecer, debían
de ser los calzones o greguescos, y herreruelo, y alguna camisa, porque
traía puesta una ropilla de terciopelo con algunas vislumbres de raso, y la
camisa, de fuera; las medias eran de seda, y los zapatos cuadrados, a uso
de corte; la edad llegaría a diez y ocho o diez y nueve años; alegre de
rostro, y, al parecer, ágil de su persona. Iba cantando seguidillas, para
entretener el trabajo del camino. Cuando llegaron a él, acababa de cantar
una, que el primo tomó de memoria, que dicen que decía:
A la guerra me lleva
mi necesidad;
si tuviera dineros,
no fuera, en verdad.
El primero que le habló fue don Quijote, diciéndole:
-Muy a la ligera camina vuesa merced, señor galán. Y ¿adónde bueno?
Sepamos, si es que gusta decirlo.
A lo que el mozo respondió:
-El caminar tan a la ligera lo causa el calor y la pobreza, y el adónde voy
es a la guerra.
-¿Cómo la pobreza? -preguntó don Quijote-; que por el calor bien puede ser.
-Señor -replicó el mancebo-, yo llevo en este envoltorio unos greguescos de
terciopelo, compañeros desta ropilla; si los gasto en el camino, no me
podré honrar con ellos en la ciudad, y no tengo con qué comprar otros; y,
así por esto como por orearme, voy desta manera, hasta alcanzar unas
compañías de infantería que no están doce leguas de aquí, donde asentaré mi
plaza, y no faltarán bagajes en que caminar de allí adelante hasta el
embarcadero, que dicen ha de ser en Cartagena. Y más quiero tener por amo y
por señor al rey, y servirle en la guerra, que no a un pelón en la corte.
-Y ¿lleva vuesa merced alguna ventaja por ventura? -preguntó el primo.
-Si yo hubiera servido a algún grande de España, o algún principal
personaje -respondió el mozo-, a buen seguro que yo la llevara, que eso
tiene el servir a los buenos: que del tinelo suelen salir a ser alférez o
capitanes, o con algún buen entretenimiento; pero yo, desventurado, serví
siempre a catarriberas y a gente advenediza, de ración y quitación tan
mísera y atenuada, que en pagar el almidonar un cuello se consumía la mitad
della; y sería tenido a milagro que un paje aventurero alcanzase alguna
siquiera razonable ventura.
-Y dígame, por su vida, amigo -preguntó don Quijote-: ¿es posible que en
los años que sirvió no ha podido alcanzar alguna librea?
-Dos me han dado -respondió el paje-; pero, así como el que se sale de
alguna religión antes de profesar le quitan el hábito y le vuelven sus
vestidos, así me volvían a mí los míos mis amos, que, acabados los negocios
a que venían a la corte, se volvían a sus casas y recogían las libreas que
por sola ostentación habían dado.
-Notable espilorchería, como dice el italiano -dijo don Quijote-; pero, con
todo eso, tenga a felice ventura el haber salido de la corte con tan buena
intención como lleva; porque no hay otra cosa en la tierra más honrada ni
de más provecho que servir a Dios, primeramente, y luego, a su rey y señor
natural, especialmente en el ejercicio de las armas, por las cuales se
alcanzan, si no más riquezas, a lo menos, más honra que por las letras,
como yo tengo dicho muchas veces; que, puesto que han fundado más
mayorazgos las letras que las armas, todavía llevan un no sé qué los de las
armas a los de las letras, con un sí sé qué de esplendor que se halla en
ellos, que los aventaja a todos. Y esto que ahora le quiero decir llévelo
en la memoria, que le será de mucho provecho y alivio en sus trabajos; y es
que, aparte la imaginación de los sucesos adversos que le podrán venir, que
el peor de todos es la muerte, y como ésta sea buena, el mejor de todos es
el morir. Preguntáronle a Julio César, aquel valeroso emperador romano,
cuál era la mejor muerte; respondió que la impensada, la de repente y no
prevista; y, aunque respondió como gentil y ajeno del conocimiento del
verdadero Dios, con todo eso, dijo bien, para ahorrarse del sentimiento
humano; que, puesto caso que os maten en la primera facción y refriega, o
ya de un tiro de artillería, o volado de una mina, ¿qué importa? Todo es
morir, y acabóse la obra; y, según Terencio, más bien parece el soldado
muerto en la batalla que vivo y salvo en la huida; y tanto alcanza de fama
el buen soldado cuanto tiene de obediencia a sus capitanes y a los que
mandarle pueden. Y advertid, hijo, que al soldado mejor le está el oler a
pólvora que algalia, y que si la vejez os coge en este honroso ejercicio,
aunque sea lleno de heridas y estropeado o cojo, a lo menos no os podrá
coger sin honra, y tal, que no os la podrá menoscabar la pobreza; cuanto
más, que ya se va dando orden cómo se entretengan y remedien los soldados
viejos y estropeados, porque no es bien que se haga con ellos lo que suelen
hacer los que ahorran y dan libertad a sus negros cuando ya son viejos y no
pueden servir, y, echándolos de casa con título de libres, los hacen
esclavos de la hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte. Y
por ahora no os quiero decir más, sino que subáis a las ancas deste mi
caballo hasta la venta, y allí cenaréis conmigo, y por la mañana seguiréis
el camino, que os le dé Dios tan bueno como vuestros deseos merecen.
El paje no aceptó el convite de las ancas, aunque sí el de cenar con él en
la venta; y, a esta sazón, dicen que dijo Sancho entre sí:
-¡Válate Dios por señor! Y ¿es posible que hombre que sabe decir tales,
tantas y tan buenas cosas como aquí ha dicho, diga que ha visto los
disparates imposibles que cuenta de la cueva de Montesinos? Ahora bien,
ello dirá.
Y en esto, llegaron a la venta, a tiempo que anochecía, y no sin gusto de
Sancho, por ver que su señor la juzgó por verdadera venta, y no por
castillo, como solía. No hubieron bien entrado, cuando don Quijote preguntó
al ventero por el hombre de las lanzas y alabardas; el cual le respondió
que en la caballeriza estaba acomodando el macho. Lo mismo hicieron de sus
jumentos el primo y Sancho, dando a Rocinante el mejor pesebre y el mejor
lugar de la caballeriza.
Capítulo XXV. Donde se apunta la aventura del rebuzno y la graciosa del
titerero, con las memorables adivinanzas del mono adivino
No se le cocía el pan a don Quijote, como suele decirse, hasta oír y saber
las maravillas prometidas del hombre condutor de las armas. Fuele a buscar
donde el ventero le había dicho que estaba, y hallóle, y díjole que en todo
caso le dijese luego lo que le había de decir después, acerca de lo que le
había preguntado en el camino. El hombre le respondió:
-Más despacio, y no en pie, se ha de tomar el cuento de mis maravillas:
déjeme vuestra merced, señor bueno, acabar de dar recado a mi bestia, que
yo le diré cosas que le admiren.
-No quede por eso -respondió don Quijote-, que yo os ayudaré a todo.
Y así lo hizo, ahechándole la cebada y limpiando el pesebre, humildad que
obligó al hombre a contarle con buena voluntad lo que le pedía; y,
sentándose en un poyo y don Quijote junto a él, teniendo por senado y
auditorio al primo, al paje, a Sancho Panza y al ventero, comenzó a decir
desta manera:
-«Sabrán vuesas mercedes que en un lugar que está cuatro leguas y media
desta venta sucedió que a un regidor dél, por industria y engaño de una
muchacha criada suya, y esto es largo de contar, le faltó un asno, y,
aunque el tal regidor hizo las diligencias posibles por hallarle, no fue
posible. Quince días serían pasados, según es pública voz y fama,- que el
asno faltaba, cuando, estando en la plaza el regidor perdidoso, otro
regidor del mismo pueblo le dijo: ''Dadme albricias, compadre, que vuestro
jumento ha parecido''. ''Yo os las mando y buenas, compadre -respondió el
otro-, pero sepamos dónde ha parecido''. ''En el monte -respondió el
hallador-, le vi esta mañana, sin albarda y sin aparejo alguno, y tan flaco
que era una compasión miralle. Quísele antecoger delante de mí y traérosle,
pero está ya tan montaraz y tan huraño, que, cuando llegé a él, se fue
huyendo y se entró en lo más escondido del monte. Si queréis que volvamos
los dos a buscarle, dejadme poner esta borrica en mi casa, que luego
vuelvo''. ''Mucho placer me haréis -dijo el del jumento-, e yo procuraré
pagároslo en la mesma moneda''. Con estas circunstancias todas, y de la
mesma manera que yo lo voy contando, lo cuentan todos aquellos que están
enterados en la verdad deste caso. En resolución, los dos regidores, a pie
y mano a mano, se fueron al monte, y, llegando al lugar y sitio donde
pensaron hallar el asno, no le hallaron, ni pareció por todos aquellos
contornos, aunque más le buscaron. Viendo, pues, que no parecía, dijo el
regidor que le había visto al otro: ''Mirad, compadre: una traza me ha
venido al pensamiento, con la cual sin duda alguna podremos descubrir este
animal, aunque esté metido en las entrañas de la tierra, no que del monte;
y es que yo sé rebuznar maravillosamente; y si vos sabéis algún tanto, dad
el hecho por concluido''. ''¿Algún tanto decís, compadre? -dijo el otro-;
por Dios, que no dé la ventaja a nadie, ni aun a los mesmos asnos''.
''Ahora lo veremos -respondió el regidor segundo-, porque tengo determinado
que os vais vos por una parte del monte y yo por otra, de modo que le
rodeemos y andemos todo, y de trecho en trecho rebuznaréis vos y rebuznaré
yo, y no podrá ser menos sino que el asno nos oya y nos responda, si es que
está en el monte''. A lo que respondió el dueño del jumento: ''Digo,
compadre, que la traza es excelente y digna de vuestro gran ingenio''. Y,
dividiéndose los dos según el acuerdo, sucedió que casi a un mesmo tiempo
rebuznaron, y cada uno engañado del rebuzno del otro, acudieron a buscarse,
pensando que ya el jumento había parecido; y, en viéndose, dijo el
perdidoso: ''¿Es posible, compadre, que no fue mi asno el que rebuznó?''
''No fue, sino yo'', respondió el otro. ''Ahora digo -dijo el dueño-, que
de vos a un asno, compadre, no hay alguna diferencia, en cuanto toca al
rebuznar, porque en mi vida he visto ni oído cosa más propia''. ''Esas
alabanzas y encarecimiento -respondió el de la traza-, mejor os atañen y
tocan a vos que a mí, compadre; que por el Dios que me crió que podéis dar
dos rebuznos de ventaja al mayor y más perito rebuznador del mundo; porque
el sonido que tenéis es alto; lo sostenido de la voz, a su tiempo y compás;
los dejos, muchos y apresurados, y, en resolución, yo me doy por vencido y
os rindo la palma y doy la bandera desta rara habilidad''. ''Ahora digo
-respondió el dueño-, que me tendré y estimaré en más de aquí adelante, y
pensaré que sé alguna cosa, pues tengo alguna gracia; que, puesto que
pensara que rebuznaba bien, nunca entendí que llegaba el estremo que
decís''. ''También diré yo ahora -respondió el segundo- que hay raras
habilidades perdidas en el mundo, y que son mal empleadas en aquellos que
no saben aprovecharse dellas''. ''Las nuestras -respondió el dueño-, si no
es en casos semejantes como el que traemos entre manos, no nos pueden
servir en otros, y aun en éste plega a Dios que nos sean de provecho''.
Esto dicho, se tornaron a dividir y a volver a sus rebuznos, y a cada paso
se engañaban y volvían a juntarse, hasta que se dieron por contraseño que,
para entender que eran ellos, y no el asno, rebuznasen dos veces, una tras
otra. Con esto, doblando a cada paso los rebuznos, rodearon todo el monte
sin que el perdido jumento respondiese, ni aun por señas. Mas, ¿cómo había
de responder el pobre y mal logrado, si le hallaron en lo más escondido del
bosque, comido de lobos? Y, en viéndole, dijo su dueño: ''Ya me maravillaba
yo de que él no respondía, pues a no estar muerto, él rebuznara si nos
oyera, o no fuera asno; pero, a trueco de haberos oído rebuznar con tanta
gracia, compadre, doy por bien empleado el trabajo que he tenido en
buscarle, aunque le he hallado muerto''. ''En buena mano está, compadre
-respondió el otro-, pues si bien canta el abad, no le va en zaga el
monacillo''. Con esto, desconsolados y roncos, se volvieron a su aldea,
adonde contaron a sus amigos, vecinos y conocidos cuanto les había
acontecido en la busca del asno, exagerando el uno la gracia del otro en el
rebuznar; todo lo cual se supo y se estendió por los lugares circunvecinos.
Y el diablo, que no duerme, como es amigo de sembrar y derramar rencillas y
discordia por doquiera, levantando caramillos en el viento y grandes
quimeras de nonada, ordenó e hizo que las gentes de los otros pueblos, en
viendo a alguno de nuestra aldea, rebuznase, como dándoles en rostro con el
rebuzno de nuestros regidores. Dieron en ello los muchachos, que fue dar en
manos y en bocas de todos los demonios del infierno, y fue cundiendo el
rebuzno de en uno en otro pueblo, de manera que son conocidos los naturales
del pueblo del rebuzno, como son conocidos y diferenciados los negros de
los blancos; y ha llegado a tanto la desgracia desta burla, que muchas
veces con mano armada y formado escuadrón han salido contra los burladores
los burlados a darse la batalla, sin poderlo remediar rey ni roque, ni
temor ni vergüenza. Yo creo que mañana o esotro día han de salir en campaña
los de mi pueblo, que son los del rebuzno, contra otro lugar que está a dos
leguas del nuestro, que es uno de los que más nos persiguen: y, por salir
bien apercebidos, llevo compradas estas lanzas y alabardas que habéis
visto.» Y éstas son las maravillas que dije que os había de contar, y si no
os lo han parecido, no sé otras.
Y con esto dio fin a su plática el buen hombre; y, en esto, entró por la
puerta de la venta un hombre todo vestido de camuza, medias, greguescos y
jubón, y con voz levantada dijo:
-Señor huésped, ¿hay posada? Que viene aquí el mono adivino y el retablo de
la libertad de Melisendra.
-¡Cuerpo de tal -dijo el ventero-, que aquí está el señor mase Pedro! Buena
noche se nos apareja.
Olvidábaseme de decir como el tal mase Pedro traía cubierto el ojo
izquierdo, y casi medio carrillo, con un parche de tafetán verde, señal que
todo aquel lado debía de estar enfermo; y el ventero prosiguió, diciendo:
-Sea bien venido vuestra merced, señor mase Pedro. ¿Adónde está el mono y
el retablo, que no los veo?
-Ya llegan cerca -respondió el todo camuza-, sino que yo me he adelantado,
a saber si hay posada.
-Al mismo duque de Alba se la quitara para dársela al señor mase Pedro
-respondió el ventero-; llegue el mono y el retablo, que gente hay esta
noche en la venta que pagará el verle y las habilidades del mono.
-Sea en buen hora -respondió el del parche-, que yo moderaré el precio, y
con sola la costa me daré por bien pagado; y yo vuelvo a hacer que camine
la carreta donde viene el mono y el retablo.
Y luego se volvió a salir de la venta.
Preguntó luego don Quijote al ventero qué mase Pedro era aquél, y qué
retablo y qué mono traía. A lo que respondió el ventero:
-Éste es un famoso titerero, que ha muchos días que anda por esta Mancha de
Aragón enseñando un retablo de Melisendra, libertada por el famoso don
Gaiferos, que es una de las mejores y más bien representadas historias que
de muchos años a esta parte en este reino se han visto. Trae asimismo
consigo un mono de la más rara habilidad que se vio entre monos, ni se
imaginó entre hombres, porque si le preguntan algo, está atento a lo que le
preguntan y luego salta sobre los hombros de su amo, y, llegándosele al
oído, le dice la respuesta de lo que le preguntan, y maese Pedro la declara
luego; y de las cosas pasadas dice mucho más que de las que están por
venir; y, aunque no todas veces acierta en todas, en las más no yerra, de
modo que nos hace creer que tiene el diablo en el cuerpo. Dos reales lleva
por cada pregunta, si es que el mono responde; quiero decir, si responde el
amo por él, después de haberle hablado al oído; y así, se cree que el tal
maese Pedro esta riquísimo; y es hombre galante, como dicen en Italia y bon
compaño, y dase la mejor vida del mundo; habla más que seis y bebe más que
doce, todo a costa de su lengua y de su mono y de su retablo.
En esto, volvió maese Pedro, y en una carreta venía el retablo, y el mono,
grande y sin cola, con las posaderas de fieltro, pero no de mala cara; y,
apenas le vio don Quijote, cuando le preguntó:
-Dígame vuestra merced, señor adivino: ¿qué peje pillamo? ¿Qué ha de ser de
nosotros?. Y vea aquí mis dos reales.
Y mandó a Sancho que se los diese a maese Pedro, el cual respondió por el
mono, y dijo:
-Señor, este animal no responde ni da noticia de las cosas que están por
venir; de las pasadas sabe algo, y de las presentes, algún tanto.
-¡Voto a Rus -dijo Sancho-, no dé yo un ardite porque me digan lo que por
mí ha pasado!; porque, ¿quién lo puede saber mejor que yo mesmo? Y pagar yo
porque me digan lo que sé, sería una gran necedad; pero, pues sabe las
cosas presentes, he aquí mis dos reales, y dígame el señor monísimo qué
hace ahora mi mujer Teresa Panza, y en qué se entretiene.
No quiso tomar maese Pedro el dinero, diciendo:
-No quiero recebir adelantados los premios, sin que hayan precedido los
servicios.
Y, dando con la mano derecha dos golpes sobre el hombro izquierdo, en un
brinco se le puso el mono en él, y, llegando la boca al oído, daba diente
con diente muy apriesa; y, habiendo hecho este ademán por espacio de un
credo, de otro brinco se puso en el suelo, y al punto, con grandísima
priesa, se fue maese Pedro a poner de rodillas ante don Quijote, y,
abrazándole las piernas, dijo:
-Estas piernas abrazo, bien así como si abrazara las dos colunas de
Hércules, ¡oh resucitador insigne de la ya puesta en olvido andante
caballería!; ¡oh no jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la
Mancha, ánimo de los desmayados, arrimo de los que van a caer, brazo de los
caídos, báculo y consuelo de todos los desdichados!