-Sí haré -respondió la condesa.

Capítulo XXXIX. Donde la Trifaldi prosigue su estupenda y memorable
historia

De cualquiera palabra que Sancho decía, la duquesa gustaba tanto como se
desesperaba don Quijote; y, mandándole que callase, la Dolorida prosiguió
diciendo:

-«En fin, al cabo de muchas demandas y respuestas, como la infanta se
estaba siempre en sus trece, sin salir ni variar de la primera declaración,
el vicario sentenció en favor de don Clavijo, y se la entregó por su
legítima esposa, de lo que recibió tanto enojo la reina doña Maguncia,
madre de la infanta Antonomasia, que dentro de tres días la enterramos.»

-Debió de morir, sin duda -dijo Sancho.

-¡Claro está! -respondió Trifaldín-, que en Candaya no se entierran las
personas vivas, sino las muertas.

-Ya se ha visto, señor escudero -replicó Sancho-, enterrar un desmayado
creyendo ser muerto, y parecíame a mí que estaba la reina Maguncia obligada
a desmayarse antes que a morirse; que con la vida muchas cosas se remedian,
y no fue tan grande el disparate de la infanta que obligase a sentirle
tanto. Cuando se hubiera casado esa señora con algún paje suyo, o con otro
criado de su casa, como han hecho otras muchas, según he oído decir, fuera
el daño sin remedio; pero el haberse casado con un caballero tan
gentilhombre y tan entendido como aquí nos le han pintado, en verdad en
verdad que, aunque fue necedad, no fue tan grande como se piensa; porque,
según las reglas de mi señor, que está presente y no me dejará mentir, así
como se hacen de los hombres letrados los obispos, se pueden hacer de los
caballeros, y más si son andantes, los reyes y los emperadores.

-Razón tienes, Sancho -dijo don Quijote-, porque un caballero andante, como
tenga dos dedos de ventura, está en potencia propincua de ser el mayor
señor del mundo. Pero, pase adelante la señora Dolorida, que a mí se me
trasluce que le falta por contar lo amargo desta hasta aquí dulce historia.

-Y ¡cómo si queda lo amargo! -respondió la condesa-, y tan amargo que en su
comparación son dulces las tueras y sabrosas las adelfas. «Muerta, pues, la
reina, y no desmayada, la enterramos; y, apenas la cubrimos con la tierra
y apenas le dimos el último vale, cuando,

quis talia fando temperet a lachrymis?,

puesto sobre un caballo de madera, pareció encima de la sepultura de la
reina el gigante Malambruno, primo cormano de Maguncia, que junto con ser
cruel era encantador, el cual con sus artes, en venganza de la muerte de su
cormana, y por castigo del atrevimiento de don Clavijo, y por despecho de
la demasía de Antonomasia, los dejó encantados sobre la mesma sepultura: a
ella, convertida en una jimia de bronce, y a él, en un espantoso cocodrilo
de un metal no conocido, y entre los dos está un padrón, asimismo de metal,
y en él escritas en lengua siríaca unas letras que, habiéndose declarado en
la candayesca, y ahora en la castellana, encierran esta sentencia: "No
cobrarán su primera forma estos dos atrevidos amantes hasta que el valeroso
manchego venga conmigo a las manos en singular batalla, que para solo su
gran valor guardan los hados esta nunca vista aventura". Hecho esto, sacó
de la vaina un ancho y desmesurado alfanje, y, asiéndome a mí por los
cabellos, hizo finta de querer segarme la gola y cortarme cercen la cabeza.
Turbéme, pegóseme la voz a la garganta, quedé mohína en todo estremo, pero,
con todo, me esforcé lo más que pude, y, con voz tembladora y doliente, le
dije tantas y tales cosas, que le hicieron suspender la ejecución de tan
riguroso castigo. Finalmente, hizo traer ante sí todas las dueñas de
palacio, que fueron estas que están presentes, y, después de haber
exagerado nuestra culpa y vituperado las condiciones de las dueñas, sus
malas mañas y peores trazas, y cargando a todas la culpa que yo sola tenía,
dijo que no quería con pena capital castigarnos, sino con otras penas
dilatadas, que nos diesen una muerte civil y continua; y, en aquel mismo
momento y punto que acabó de decir esto, sentimos todas que se nos abrían
los poros de la cara, y que por toda ella nos punzaban como con puntas de
agujas. Acudimos luego con las manos a los rostros, y hallámonos de la
manera que ahora veréis.»

Y luego la Dolorida y las demás dueñas alzaron los antifaces con que
cubiertas venían, y descubrieron los rostros, todos poblados de barbas,
cuáles rubias, cuáles negras, cuáles blancas y cuáles albarrazadas, de cuya
vista mostraron quedar admirados el duque y la duquesa, pasmados don
Quijote y Sancho, y atónitos todos los presentes.

Y la Trifaldi prosiguió:

-«Desta manera nos castigó aquel follón y malintencionado de Malambruno,
cubriendo la blandura y morbidez de nuestros rostros con la aspereza destas
cerdas, que pluguiera al cielo que antes con su desmesurado alfanje nos
hubiera derribado las testas, que no que nos asombrara la luz de nuestras
caras con esta borra que nos cubre; porque si entramos en cuenta, señores
míos (y esto que voy a decir agora lo quisiera decir hechos mis ojos
fuentes, pero la consideración de nuestra desgracia, y los mares que hasta
aquí han llovido, los tienen sin humor y secos como aristas, y así, lo diré
sin lágrimas), digo, pues, que ¿adónde podrá ir una dueña con barbas? ¿Qué
padre o qué madre se dolerá della? ¿Quién la dará ayuda? Pues, aun cuando
tiene la tez lisa y el rostro martirizado con mil suertes de menjurjes y
mudas, apenas halla quien bien la quiera, ¿qué hará cuando descubra hecho
un bosque su rostro? ¡Oh dueñas y compañeras mías, en desdichado punto
nacimos, en hora menguada nuestros padres nos engendraron!»

Y, diciendo esto, dio muestras de desmayarse.

Capítulo XL. De cosas que atañen y tocan a esta aventura y a esta
memorable historia

Real y verdaderamente, todos los que gustan de semejantes historias como
ésta deben de mostrarse agradecidos a Cide Hamete, su autor primero, por la
curiosidad que tuvo en contarnos las semínimas della, sin dejar cosa, por
menuda que fuese, que no la sacase a luz distintamente: pinta los
pensamientos, descubre las imaginaciones, responde a las tácitas, aclara
las dudas, resuelve los argumentos; finalmente, los átomos del más curioso
deseo manifiesta. ¡Oh autor celebérrimo! ¡Oh don Quijote dichoso! ¡Oh
Dulcinea famosa! ¡Oh Sancho Panza gracioso! Todos juntos y cada uno de por
sí viváis siglos infinitos, para gusto y general pasatiempo de los
vivientes.

Dice, pues, la historia que, así como Sancho vio desmayada a la Dolorida,
dijo:

-Por la fe de hombre de bien, juro, y por el siglo de todos mis pasados los
Panzas, que jamás he oído ni visto, ni mi amo me ha contado, ni en su
pensamiento ha cabido, semejante aventura como ésta. Válgate mil satanases,
por no maldecirte por encantador y gigante, Malambruno; y ¿no hallaste otro
género de castigo que dar a estas pecadoras sino el de barbarlas? ¿Cómo y
no fuera mejor, y a ellas les estuviera más a cuento, quitarles la mitad de
las narices de medio arriba, aunque hablaran gangoso, que no ponerles
barbas? Apostaré yo que no tienen hacienda para pagar a quien las rape.

-Así es la verdad, señor -respondió una de las doce-, que no tenemos
hacienda para mondarnos; y así, hemos tomado algunas de nosotras por
remedio ahorrativo de usar de unos pegotes o parches pegajosos, y
aplicándolos a los rostros, y tirando de golpe, quedamos rasas y lisas como
fondo de mortero de piedra; que, puesto que hay en Candaya mujeres que
andan de casa en casa a quitar el vello y a pulir las cejas y hacer otros
menjurjes tocantes a mujeres, nosotras las dueñas de mi señora por jamás
quisimos admitirlas, porque las más oliscan a terceras, habiendo dejado de
ser primas; y si por el señor don Quijote no somos remediadas, con barbas
nos llevarán a la sepultura.

-Yo me pelaría las mías -dijo don Quijote- en tierra de moros, si no
remediase las vuestras.

A este punto, volvió de su desmayo la Trifaldi y dijo:

-El retintín desa promesa, valeroso caballero, en medio de mi desmayo llegó
a mis oídos, y ha sido parte para que yo dél vuelva y cobre todos mis
sentidos; y así, de nuevo os suplico, andante ínclito y señor indomable,
vuestra graciosa promesa se convierta en obra.

-Por mí no quedará -respondió don Quijote-: ved, señora, qué es lo que
tengo de hacer, que el ánimo está muy pronto para serviros.

-Es el caso -respondió la Dolorida -que desde aquí al reino de Candaya, si
se va por tierra, hay cinco mil leguas, dos más a menos; pero si se va por
el aire y por la línea recta, hay tres mil y docientas y veinte y siete. Es
también de saber que Malambruno me dijo que cuando la suerte me deparase al
caballero nuestro libertador, que él le enviaría una cabalgadura harto
mejor y con menos malicias que las que son de retorno, porque ha de ser
aquel mesmo caballo de madera sobre quien llevó el valeroso Pierres robada
a la linda Magalona, el cual caballo se rige por una clavija que tiene en
la frente, que le sirve de freno, y vuela por el aire con tanta ligereza
que parece que los mesmos diablos le llevan. Este tal caballo, según es
tradición antigua, fue compuesto por aquel sabio Merlín; prestósele a
Pierres, que era su amigo, con el cual hizo grandes viajes, y robó, como se
ha dicho, a la linda Magalona, llevándola a las ancas por el aire, dejando
embobados a cuantos desde la tierra los miraban; y no le prestaba sino a
quien él quería, o mejor se lo pagaba; y desde el gran Pierres hasta
ahora no sabemos que haya subido alguno en él. De allí le ha sacado
Malambruno con sus artes, y le tiene en su poder, y se sirve dél en sus
viajes, que los hace por momentos, por diversas partes del mundo, y hoy
está aquí y mañana en Francia y otro día en Potosí; y es lo bueno que el
tal caballo ni come, ni duerme ni gasta herraduras, y lleva un portante por
los aires, sin tener alas, que el que lleva encima puede llevar una taza
llena de agua en la mano sin que se le derrame gota, según camina llano y
reposado; por lo cual la linda Magalona se holgaba mucho de andar caballera
en él.

A esto dijo Sancho:

-Para andar reposado y llano, mi rucio, puesto que no anda por los aires;
pero por la tierra, yo le cutiré con cuantos portantes hay en el mundo.

Riéronse todos, y la Dolorida prosiguió:

-Y este tal caballo, si es que Malambruno quiere dar fin a nuestra
desgracia, antes que sea media hora entrada la noche, estará en nuestra
presencia, porque él me significó que la señal que me daría por donde yo
entendiese que había hallado el caballero que buscaba, sería enviarme el
caballo, donde fuese con comodidad y presteza.

-Y ¿cuántos caben en ese caballo? -preguntó Sancho.

La Dolorida respondió:

-Dos personas: la una en la silla y la otra en las ancas; y, por la mayor
parte, estas tales dos personas son caballero y escudero, cuando falta
alguna robada doncella.

-Querría yo saber, señora Dolorida -dijo Sancho-, qué nombre tiene ese
caballo.

-El nombre -respondió la Dolorida- no es como el caballo de Belorofonte,
que se llamaba Pegaso, ni como el del Magno Alejandro, llamado Bucéfalo, ni
como el del furioso Orlando, cuyo nombre fue Brilladoro, ni menos Bayarte,
que fue el de Reinaldos de Montalbán, ni Frontino, como el de Rugero, ni
Bootes ni Peritoa, como dicen que se llaman los del Sol, ni tampoco se
llama Orelia, como el caballo en que el desdichado Rodrigo, último rey de
los godos, entró en la batalla donde perdió la vida y el reino.

-Yo apostaré -dijo Sancho- que, pues no le han dado ninguno desos famosos
nombres de caballos tan conocidos, que tampoco le habrán dado el de mi amo,
Rocinante, que en ser propio excede a todos los que se han nombrado.

-Así es -respondió la barbada condesa-, pero todavía le cuadra mucho,
porque se llama Clavileño el Alígero, cuyo nombre conviene con el ser de
leño, y con la clavija que trae en la frente, y con la ligereza con que
camina; y así, en cuanto al nombre, bien puede competir con el famoso
Rocinante.

-No me descontenta el nombre -replicó Sancho-, pero ¿con qué freno o con
qué jáquima se gobierna?

-Ya he dicho -respondió la Trifaldi- que con la clavija, que, volviéndola a
una parte o a otra, el caballero que va encima le hace caminar como quiere,
o ya por los aires, o ya rastreando y casi barriendo la tierra, o por el
medio, que es el que se busca y se ha de tener en todas las acciones bien
ordenadas.

-Ya lo querría ver -respondió Sancho-, pero pensar que tengo de subir en
él, ni en la silla ni en las ancas, es pedir peras al olmo. ¡Bueno es que
apenas puedo tenerme en mi rucio, y sobre un albarda más blanda que la
mesma seda, y querrían ahora que me tuviese en unas ancas de tabla, sin
cojín ni almohada alguna! Pardiez, yo no me pienso moler por quitar las
barbas a nadie: cada cual se rape como más le viniere a cuento, que yo no
pienso acompañar a mi señor en tan largo viaje. Cuanto más, que yo no debo
de hacer al caso para el rapamiento destas barbas como lo soy para el
desencanto de mi señora Dulcinea.

-Sí sois, amigo -respondió la Trifaldi-, y tanto, que, sin vuestra
presencia, entiendo que no haremos nada.

-¡Aquí del rey! -dijo Sancho-: ¿qué tienen que ver los escuderos con las
aventuras de sus señores? ¿Hanse de llevar ellos la fama de las que acaban,
y hemos de llevar nosotros el trabajo? ¡Cuerpo de mí! Aun si dijesen los
historiadores: "El tal caballero acabó la tal y tal aventura, pero con
ayuda de fulano, su escudero, sin el cual fuera imposible el acabarla".
Pero, ¡que escriban a secas: "Don Paralipomenón de las Tres Estrellas acabó
la aventura de los seis vestiglos", sin nombrar la persona de su
escudero, que se halló presente a todo, como si no fuera en el mundo!
Ahora, señores, vuelvo a decir que mi señor se puede ir solo, y buen
provecho le haga, que yo me quedaré aquí, en compañía de la duquesa mi
señora, y podría ser que cuando volviese hallase mejorada la causa de la
señora Dulcinea en tercio y quinto; porque pienso, en los ratos ociosos y
desocupados, darme una tanda de azotes que no me la cubra pelo.

-Con todo eso, le habéis de acompañar si fuere necesario, buen Sancho,
porque os lo rogarán buenos; que no han de quedar por vuestro inútil temor
tan poblados los rostros destas señoras; que, cierto, sería mal caso.

-¡Aquí del rey otra vez! -replicó Sancho-. Cuando esta caridad se hiciera
por algunas doncellas recogidas, o por algunas niñas de la doctrina,
pudiera el hombre aventurarse a cualquier trabajo, pero que lo sufra por
quitar las barbas a dueñas, ¡mal año! Mas que las viese yo a todas con
barbas, desde la mayor hasta la menor, y de la más melindrosa hasta la más
repulgada.

-Mal estáis con las dueñas, Sancho amigo -dijo la duquesa-: mucho os vais
tras la opinión del boticario toledano. Pues a fe que no tenéis razón; que
dueñas hay en mi casa que pueden ser ejemplo de dueñas, que aquí está mi
doña Rodríguez, que no me dejará decir otra cosa.

-Mas que la diga vuestra excelencia -dijo Rodríguez-, que Dios sabe la
verdad de todo, y buenas o malas, barbadas o lampiñas que seamos las
dueñas, también nos parió nuestra madre como a las otras mujeres; y, pues
Dios nos echó en el mundo, Él sabe para qué, y a su misericordia me atengo,
y no a las barbas de nadie.

-Ahora bien, señora Rodríguez -dijo don Quijote-, y señora Trifaldi y
compañía, yo espero en el cielo que mirará con buenos ojos vuestras cuitas,
que Sancho hará lo que yo le mandare, ya viniese Clavileño y ya me viese
con Malambruno; que yo sé que no habría navaja que con más facilidad rapase
a vuestras mercedes como mi espada raparía de los hombros la cabeza de
Malambruno; que Dios sufre a los malos, pero no para siempre.

-¡Ay! -dijo a esta sazón la Dolorida-, con benignos ojos miren a vuestra
grandeza, valeroso caballero, todas las estrellas de las regiones celestes,
e infundan en vuestro ánimo toda prosperidad y valentía para ser escudo y
amparo del vituperoso y abatido género dueñesco, abominado de boticarios,
murmurado de escuderos y socaliñado de pajes; que mal haya la bellaca que
en la flor de su edad no se metió primero a ser monja que a dueña.
¡Desdichadas de nosotras las dueñas, que, aunque vengamos por línea recta,
de varón en varón, del mismo Héctor el troyano, no dejaran de echaros un
vos nuestras señoras, si pensasen por ello ser reinas! ¡Oh gigante
Malambruno, que, aunque eres encantador, eres certísimo en tus promesas!,
envíanos ya al sin par Clavileño, para que nuestra desdicha se acabe, que
si entra el calor y estas nuestras barbas duran, ¡guay de nuestra ventura!

Dijo esto con tanto sentimiento la Trifaldi, que sacó las lágrimas de los
ojos de todos los circunstantes, y aun arrasó los de Sancho, y propuso en
su corazón de acompañar a su señor hasta las últimas partes del mundo, si
es que en ello consistiese quitar la lana de aquellos venerables rostros.

Capítulo XLI. De la venida de Clavileño, con el fin desta dilatada aventura

Llegó en esto la noche, y con ella el punto determinado en que el famoso
caballo Clavileño viniese, cuya tardanza fatigaba ya a don Quijote,
pareciéndole que, pues Malambruno se detenía en enviarle, o que él no era
el caballero para quien estaba guardada aquella aventura, o que Malambruno
no osaba venir con él a singular batalla. Pero veis aquí cuando a deshora
entraron por el jardín cuatro salvajes, vestidos todos de verde yedra, que
sobre sus hombros traían un gran caballo de madera. Pusiéronle de pies en
el suelo, y uno de los salvajes dijo:

-Suba sobre esta máquina el que tuviere ánimo para ello.

-Aquí -dijo Sancho- yo no subo, porque ni tengo ánimo ni soy caballero.

Y el salvaje prosiguió diciendo:

-Y ocupe las ancas el escudero, si es que lo tiene, y fíese del valeroso
Malambruno, que si no fuere de su espada, de ninguna otra, ni de otra
malicia, será ofendido; y no hay más que torcer esta clavija que sobre el
cuello trae puesta, que él los llevará por los aires adonde los atiende
Malambruno; pero, porque la alteza y sublimidad del camino no les cause
váguidos, se han de cubrir los ojos hasta que el caballo relinche, que será
señal de haber dado fin a su viaje.

Esto dicho, dejando a Clavileño, con gentil continente se volvieron por
donde habían venido. La Dolorida, así como vio al caballo, casi con
lágrimas dijo a don Quijote:

-Valeroso caballero, las promesas de Malambruno han sido ciertas: el
caballo está en casa, nuestras barbas crecen, y cada una de nosotras y con
cada pelo dellas te suplicamos nos rapes y tundas, pues no está en más sino
en que subas en él con tu escudero y des felice principio a vuestro nuevo
viaje.

-Eso haré yo, señora condesa Trifaldi, de muy buen grado y de mejor
talante, sin ponerme a tomar cojín, ni calzarme espuelas, por no detenerme:
tanta es la gana que tengo de veros a vos, señora, y a todas estas dueñas
rasas y mondas.

-Eso no haré yo -dijo Sancho-, ni de malo ni de buen talante, en ninguna
manera; y si es que este rapamiento no se puede hacer sin que yo suba a las
ancas, bien puede buscar mi señor otro escudero que le acompañe, y estas
señoras otro modo de alisarse los rostros; que yo no soy brujo, para gustar
de andar por los aires. Y ¿qué dirán mis insulanos cuando sepan que su
gobernador se anda paseando por los vientos? Y otra cosa más: que habiendo
tres mil y tantas leguas de aquí a Candaya, si el caballo se cansa o el
gigante se enoja, tardaremos en dar la vuelta media docena de años, y ya ni
habrá ínsula ni ínsulos en el mundo que me conozan; y, pues se dice
comúnmente que en la tardanza va el peligro, y que cuando te dieren la
vaquilla acudas con la soguilla, perdónenme las barbas destas señoras, que
bien se está San Pedro en Roma; quiero decir que bien me estoy en esta
casa, donde tanta merced se me hace y de cuyo dueño tan gran bien espero
como es verme gobernador.

A lo que el duque dijo:

-Sancho amigo, la ínsula que yo os he prometido no es movible ni fugitiva:
raíces tiene tan hondas, echadas en los abismos de la tierra, que no la
arrancarán ni mudarán de donde está a tres tirones; y, pues vos sabéis que
sé yo que no hay ninguno género de oficio destos de mayor cantía que no se
granjee con alguna suerte de cohecho, cuál más, cuál menos, el que yo
quiero llevar por este gobierno es que vais con vuestro señor don Quijote a
dar cima y cabo a esta memorable aventura; que ahora volváis sobre
Clavileño con la brevedad que su ligereza promete, ora la contraria fortuna
os traiga y vuelva a pie, hecho romero, de mesón en mesón y de venta en
venta, siempre que volviéredes hallaréis vuestra ínsula donde la dejáis, y
a vuestros insulanos con el mesmo deseo de recebiros por su gobernador que
siempre han tenido, y mi voluntad será la mesma; y no pongáis duda en esta
verdad, señor Sancho, que sería hacer notorio agravio al deseo que de
serviros tengo.

-No más, señor -dijo Sancho-: yo soy un pobre escudero y no puedo llevar a
cuestas tantas cortesías; suba mi amo, tápenme estos ojos y encomiéndenme a
Dios, y avísenme si cuando vamos por esas altanerías podré encomendarme a
Nuestro Señor o invocar los ángeles que me favorezcan.

A lo que respondió Trifaldi:

-Sancho, bien podéis encomendaros a Dios o a quien quisiéredes, que
Malambruno, aunque es encantador, es cristiano, y hace sus encantamentos
con mucha sagacidad y con mucho tiento, sin meterse con nadie.

-¡Ea, pues -dijo Sancho-, Dios me ayude y la Santísima Trinidad de Gaeta!

-Desde la memorable aventura de los batanes -dijo don Quijote-, nunca he
visto a Sancho con tanto temor como ahora, y si yo fuera tan agorero como
otros, su pusilanimidad me hiciera algunas cosquillas en el ánimo. Pero
llegaos aquí, Sancho, que con licencia destos señores os quiero hablar
aparte dos palabras.

Y, apartando a Sancho entre unos árboles del jardín y asiéndole ambas las
manos, le dijo:

-Ya vees, Sancho hermano, el largo viaje que nos espera, y que sabe Dios
cuándo volveremos dél, ni la comodidad y espacio que nos darán los
negocios; así, querría que ahora te retirases en tu aposento, como que vas
a buscar alguna cosa necesaria para el camino, y, en un daca las pajas,
te dieses, a buena cuenta de los tres mil y trecientos azotes a que estás
obligado, siquiera quinientos, que dados te los tendrás, que el comenzar
las cosas es tenerlas medio acabadas.

-¡Par Dios -dijo Sancho-, que vuestra merced debe de ser menguado! Esto es
como aquello que dicen: "¡en priesa me vees y doncellez me demandas!"
¿Ahora que tengo de ir sentado en una tabla rasa, quiere vuestra merced que
me lastime las posas? En verdad en verdad que no tiene vuestra merced
razón. Vamos ahora a rapar estas dueñas, que a la vuelta yo le prometo a
vuestra merced, como quien soy, de darme tanta priesa a salir de mi
obligación, que vuestra merced se contente, y no le digo más.

Y don Quijote respondió:

-Pues con esa promesa, buen Sancho, voy consolado, y creo que la cumplirás,
porque, en efecto, aunque tonto, eres hombre verídico.

-No soy verde, sino moreno -dijo Sancho-, pero aunque fuera de mezcla,
cumpliera mi palabra.

Y con esto se volvieron a subir en Clavileño, y al subir dijo don Quijote:

-Tapaos, Sancho, y subid, Sancho, que quien de tan lueñes tierras envía por
nosotros no será para engañarnos, por la poca gloria que le puede redundar
de engañar a quien dél se fía; y, puesto que todo sucediese al revés de lo
que imagino, la gloria de haber emprendido esta hazaña no la podrá
escurecer malicia alguna.

-Vamos, señor -dijo Sancho-, que las barbas y lágrimas destas señoras las
tengo clavadas en el corazón, y no comeré bocado que bien me sepa hasta
verlas en su primera lisura. Suba vuesa merced y tápese primero, que si yo
tengo de ir a las ancas, claro está que primero sube el de la silla.

-Así es la verdad -replicó don Quijote.

Y, sacando un pañuelo de la faldriquera, pidió a la Dolorida que le
cubriese muy bien los ojos, y, habiéndoselos cubierto, se volvió a
descubrir y dijo:

-Si mal no me acuerdo, yo he leído en Virgilio aquello del Paladión de
Troya, que fue un caballo de madera que los griegos presentaron a la diosa
Palas, el cual iba preñado de caballeros armados, que después fueron la
total ruina de Troya; y así, será bien ver primero lo que Clavileño trae en
su estómago.

-No hay para qué -dijo la Dolorida-, que yo le fío y sé que Malambruno no
tiene nada de malicioso ni de traidor; vuesa merced, señor don Quijote,
suba sin pavor alguno, y a mi daño si alguno le sucediere.

Parecióle a don Quijote que cualquiera cosa que replicase acerca de su
seguridad sería poner en detrimento su valentía; y así, sin más altercar,
subió sobre Clavileño y le tentó la clavija, que fácilmente se rodeaba; y,
como no tenía estribos y le colgaban las piernas, no parecía sino figura de
tapiz flamenco pintada o tejida en algún romano triunfo. De mal talante y
poco a poco llegó a subir Sancho, y, acomodándose lo mejor que pudo en las
ancas, las halló algo duras y no nada blandas, y pidió al duque que, si
fuese posible, le acomodasen de algún cojín o de alguna almohada, aunque
fuese del estrado de su señora la duquesa, o del lecho de algún paje,
porque las ancas de aquel caballo más parecían de mármol que de leño.

A esto dijo la Trifaldi que ningún jaez ni ningún género de adorno sufría
sobre sí Clavileño; que lo que podía hacer era ponerse a mujeriegas, y que
así no sentiría tanto la dureza. Hízolo así Sancho, y, diciendo ''a Dios'',
se dejó vendar los ojos, y, ya después de vendados, se volvió a descubrir,
y, mirando a todos los del jardín tiernamente y con lágrimas, dijo que le
ayudasen en aquel trance con sendos paternostres y sendas avemarías, porque
Dios deparase quien por ellos los dijese cuando en semejantes trances se
viesen. A lo que dijo don Quijote:

-Ladrón, ¿estás puesto en la horca por ventura, o en el último término de
la vida, para usar de semejantes plegarias? ¿No estás, desalmada y cobarde
criatura, en el mismo lugar que ocupó la linda Magalona, del cual decendió,
no a la sepultura, sino a ser reina de Francia, si no mienten las
historias? Y yo, que voy a tu lado, ¿no puedo ponerme al del valeroso
Pierres, que oprimió este mismo lugar que yo ahora oprimo? Cúbrete,
cúbrete, animal descorazonado, y no te salga a la boca el temor que tienes,
a lo menos en presencia mía.

-Tápenme -respondió Sancho-; y, pues no quieren que me encomiende a Dios ni
que sea encomendado, ¿qué mucho que tema no ande por aquí alguna región de
diablos que den con nosotros en Peralvillo?

Cubriéronse, y, sintiendo don Quijote que estaba como había de estar, tentó
la clavija, y, apenas hubo puesto los dedos en ella, cuando todas las
dueñas y cuantos estaban presentes levantaron las voces, diciendo:

-¡Dios te guíe, valeroso caballero!

-¡Dios sea contigo, escudero intrépido!

-¡Ya, ya vais por esos aires, rompiéndolos con más velocidad que una saeta!

-¡Ya comenzáis a suspender y admirar a cuantos desde la tierra os están
mirando!

-¡Tente, valeroso Sancho, que te bamboleas! ¡Mira no cayas, que será peor
tu caída que la del atrevido mozo que quiso regir el carro del Sol, su
padre!

Oyó Sancho las voces, y, apretándose con su amo y ciñiéndole con los
brazos, le dijo:

-Señor, ¿cómo dicen éstos que vamos tan altos, si alcanzan acá sus voces, y
no parecen sino que están aquí hablando junto a nosotros?

-No repares en eso, Sancho, que, como estas cosas y estas volaterías van
fuera de los cursos ordinarios, de mil leguas verás y oirás lo que
quisieres. Y no me aprietes tanto, que me derribas; y en verdad que no sé
de qué te turbas ni te espantas, que osaré jurar que en todos los días de
mi vida he subido en cabalgadura de paso más llano: no parece sino que no
nos movemos de un lugar. Destierra, amigo, el miedo, que, en efecto, la
cosa va como ha de ir y el viento llevamos en popa.

-Así es la verdad -respondió Sancho-, que por este lado me da un viento tan
recio, que parece que con mil fuelles me están soplando.

Y así era ello, que unos grandes fuelles le estaban haciendo aire: tan bien
trazada estaba la tal aventura por el duque y la duquesa y su mayordomo,
que no le faltó requisito que la dejase de hacer perfecta.

Sintiéndose, pues, soplar don Quijote, dijo:

-Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a la segunda región del
aire, adonde se engendra el granizo, las nieves; los truenos, los
relámpagos y los rayos se engendran en la tercera región, y si es que desta
manera vamos subiendo, presto daremos en la región del fuego, y no sé yo
cómo templar esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos.

En esto, con unas estopas ligeras de encenderse y apagarse, desde lejos,
pendientes de una caña, les calentaban los rostros. Sancho, que sintió el
calor, dijo:

-Que me maten si no estamos ya en el lugar del fuego, o bien cerca, porque
una gran parte de mi barba se me ha chamuscado, y estoy, señor, por
descubrirme y ver en qué parte estamos.

-No hagas tal -respondió don Quijote-, y acuérdate del verdadero cuento del
licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire,
caballero en una caña, cerrados los ojos, y en doce horas llegó a Roma, y
se apeó en Torre de Nona, que es una calle de la ciudad, y vio todo el
fracaso y asalto y muerte de Borbón, y por la mañana ya estaba de vuelta en
Madrid, donde dio cuenta de todo lo que había visto; el cual asimismo dijo
que cuando iba por el aire le mandó el diablo que abriese los ojos, y los
abrió, y se vio tan cerca, a su parecer, del cuerpo de la luna, que la
pudiera asir con la mano, y que no osó mirar a la tierra por no
desvanecerse. Así que, Sancho, no hay para qué descubrirnos; que, el que
nos lleva a cargo, él dará cuenta de nosotros, y quizá vamos tomando puntas
y subiendo en alto para dejarnos caer de una sobre el reino de Candaya,
como hace el sacre o neblí sobre la garza para cogerla, por más que se
remonte; y, aunque nos parece que no ha media hora que nos partimos del
jardín, creéme que debemos de haber hecho gran camino.

-No sé lo que es -respondió Sancho Panza-, sólo sé decir que si la señora
Magallanes o Magalona se contentó destas ancas, que no debía de ser muy
tierna de carnes.

Todas estas pláticas de los dos valientes oían el duque y la duquesa y los
del jardín, de que recibían estraordinario contento; y, queriendo dar
remate a la estraña y bien fabricada aventura, por la cola de Clavileño le
pegaron fuego con unas estopas, y al punto, por estar el caballo lleno de
cohetes tronadores, voló por los aires, con estraño ruido, y dio con don
Quijote y con Sancho Panza en el suelo, medio chamuscados.

En este tiempo ya se habían desparecido del jardín todo el barbado
escuadrón de las dueñas y la Trifaldi y todo, y los del jardín quedaron
como desmayados, tendidos por el suelo. Don Quijote y Sancho se levantaron
maltrechos, y, mirando a todas partes, quedaron atónitos de verse en el
mesmo jardín de donde habían partido y de ver tendido por tierra tanto
número de gente; y creció más su admiración cuando a un lado del jardín
vieron hincada una gran lanza en el suelo y pendiente della y de dos
cordones de seda verde un pergamino liso y blanco, en el cual, con grandes
letras de oro, estaba escrito lo siguiente:

El ínclito caballero don Quijote de la Mancha feneció y acabó la aventura
de la condesa Trifaldi, por otro nombre llamada la dueña Dolorida, y
compañía, con sólo intentarla.

Malambruno se da por contento y satisfecho a toda su voluntad, y las barbas
de las dueñas ya quedan lisas y mondas, y los reyes don Clavijo y
Antonomasia en su prístino estado. Y, cuando se cumpliere el escuderil
vápulo, la blanca paloma se verá libre de los pestíferos girifaltes que la
persiguen, y en brazos de su querido arrullador; que así está ordenado por
el sabio Merlín, protoencantador de los encantadores.

Habiendo, pues, don Quijote leído las letras del pergamino, claro entendió
que del desencanto de Dulcinea hablaban; y, dando muchas gracias al cielo
de que con tan poco peligro hubiese acabado tan gran fecho, reduciendo a su
pasada tez los rostros de las venerables dueñas, que ya no parecían, se fue
adonde el duque y la duquesa aún no habían vuelto en sí, y, trabando de la
mano al duque, le dijo:

-¡Ea, buen señor, buen ánimo; buen ánimo, que todo es nada! La aventura es
ya acabada sin daño de barras, como lo muestra claro el escrito que en
aquel padrón está puesto.

El duque, poco a poco, y como quien de un pesado sueño recuerda, fue
volviendo en sí, y por el mismo tenor la duquesa y todos los que por el
jardín estaban caídos, con tales muestras de maravilla y espanto, que casi
se podían dar a entender haberles acontecido de veras lo que tan bien
sabían fingir de burlas. Leyó el duque el cartel con los ojos medio
cerrados, y luego, con los brazos abiertos, fue a abrazar a don Quijote,
diciéndole ser el más buen caballero que en ningún siglo se hubiese visto.

Sancho andaba mirando por la Dolorida, por ver qué rostro tenía sin las
barbas, y si era tan hermosa sin ellas como su gallarda disposición
prometía, pero dijéronle que, así como Clavileño bajó ardiendo por los
aires y dio en el suelo, todo el escuadrón de las dueñas, con la Trifaldi,
había desaparecido, y que ya iban rapadas y sin cañones. Preguntó la
duquesa a Sancho que cómo le había ido en aquel largo viaje. A lo cual
Sancho respondió:

-Yo, señora, sentí que íbamos, según mi señor me dijo, volando por la
región del fuego, y quise descubrirme un poco los ojos, pero mi amo, a
quien pedí licencia para descubrirme, no la consintió; mas yo, que tengo no
sé qué briznas de curioso y de desear saber lo que se me estorba y impide,
bonitamente y sin que nadie lo viese, por junto a las narices aparté tanto
cuanto el pañizuelo que me tapaba los ojos, y por allí miré hacia la
tierra, y parecióme que toda ella no era mayor que un grano de mostaza, y
los hombres que andaban sobre ella, poco mayores que avellanas; porque se
vea cuán altos debíamos de ir entonces.

A esto dijo la duquesa:

-Sancho amigo, mirad lo que decís, que, a lo que parece, vos no vistes la
tierra, sino los hombres que andaban sobre ella; y está claro que si la
tierra os pareció como un grano de mostaza, y cada hombre como una
avellana, un hombre solo había de cubrir toda la tierra.

-Así es verdad -respondió Sancho-, pero, con todo eso, la descubrí por un
ladito, y la vi toda.

-Mirad, Sancho -dijo la duquesa-, que por un ladito no se vee el todo de lo
que se mira.

-Yo no sé esas miradas -replicó Sancho-: sólo sé que será bien que vuestra
señoría entienda que, pues volábamos por encantamento, por encantamento
podía yo ver toda la tierra y todos los hombres por doquiera que los
mirara; y si esto no se me cree, tampoco creerá vuestra merced cómo,
descubriéndome por junto a las cejas, me vi tan junto al cielo que no había
de mí a él palmo y medio, y por lo que puedo jurar, señora mía, que es muy
grande además. Y sucedió que íbamos por parte donde están las siete
cabrillas; y en Dios y en mi ánima que, como yo en mi niñez fui en mi
tierra cabrerizo, que así como las vi, ¡me dio una gana de entretenerme con
ellas un rato...! Y si no le cumpliera me parece que reventara. Vengo,
pues, y tomo, y ¿qué hago? Sin decir nada a nadie, ni a mi señor tampoco,
bonita y pasitamente me apeé de Clavileño, y me entretuve con las
cabrillas, que son como unos alhelíes y como unas flores, casi tres cuartos
de hora, y Clavileño no se movió de un lugar, ni pasó adelante.

-Y, en tanto que el buen Sancho se entretenía con las cabras -preguntó el
duque-, ¿en qué se entretenía el señor don Quijote?

A lo que don Quijote respondió:

-Como todas estas cosas y estos tales sucesos van fuera del orden natural,
no es mucho que Sancho diga lo que dice. De mí sé decir que ni me descubrí
por alto ni por bajo, ni vi el cielo ni la tierra, ni la mar ni las arenas.
Bien es verdad que sentí que pasaba por la región del aire, y aun que
tocaba a la del fuego; pero que pasásemos de allí no lo puedo creer, pues,
estando la región del fuego entre el cielo de la luna y la última región
del aire, no podíamos llegar al cielo donde están las siete cabrillas que
Sancho dice, sin abrasarnos; y, pues no nos asuramos, o Sancho miente o
Sancho sueña.

-Ni miento ni sueño -respondió Sancho-: si no, pregúntenme las señas de las
tales cabras, y por ellas verán si digo verdad o no.

-Dígalas, pues, Sancho -dijo la duquesa.

-Son -respondió Sancho- las dos verdes, las dos encarnadas, las dos azules,
y la una de mezcla.

-Nueva manera de cabras es ésa -dijo el duque-, y por esta nuestra región
del suelo no se usan tales colores; digo, cabras de tales colores.

-Bien claro está eso -dijo Sancho-; sí, que diferencia ha de haber de las
cabras del cielo a las del suelo.

-Decidme, Sancho -preguntó el duque-: ¿vistes allá en entre esas cabras
algún cabrón?

-No, señor -respondió Sancho-, pero oí decir que ninguno pasaba de los
cuernos de la luna.

No quisieron preguntarle más de su viaje, porque les pareció que llevaba
Sancho hilo de pasearse por todos los cielos, y dar nuevas de cuanto allá
pasaba, sin haberse movido del jardín.

En resolución, éste fue el fin de la aventura de la dueña Dolorida, que dio
que reír a los duques, no sólo aquel tiempo, sino el de toda su vida, y que
contar a Sancho siglos, si los viviera; y, llegándose don Quijote a Sancho,
al oído le dijo:

-Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo,
yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos; y no
os digo más.

Capítulo XLII. De los consejos que dio don Quijote a Sancho Panza antes que
fuese a gobernar la ínsula, con otras cosas bien consideradas

Con el felice y gracioso suceso de la aventura de la Dolorida, quedaron tan
contentos los duques, que determinaron pasar con las burlas adelante,
viendo el acomodado sujeto que tenían para que se tuviesen por veras; y
así, habiendo dado la traza y órdenes que sus criados y sus vasallos habían
de guardar con Sancho en el gobierno de la ínsula prometida, otro día, que
fue el que sucedió al vuelo de Clavileño, dijo el duque a Sancho que se
adeliñase y compusiese para ir a ser gobernador, que ya sus insulanos le
estaban esperando como el agua de mayo. Sancho se le humilló y le dijo:

-Después que bajé del cielo, y después que desde su alta cumbre miré la
tierra y la vi tan pequeña, se templó en parte en mí la gana que tenía tan
grande de ser gobernador; porque, ¿qué grandeza es mandar en un grano de
mostaza, o qué dignidad o imperio el gobernar a media docena de hombres
tamaños como avellanas, que, a mi parecer, no había más en toda la tierra?
Si vuestra señoría fuese servido de darme una tantica parte del cielo,
aunque no fuese más de media legua, la tomaría de mejor gana que la mayor
ínsula del mundo.

-Mirad, amigo Sancho -respondió el duque-: yo no puedo dar parte del cielo
a nadie, aunque no sea mayor que una uña, que a solo Dios están reservadas
esas mercedes y gracias. Lo que puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y
derecha, redonda y bien proporcionada, y sobremanera fértil y abundosa,
donde si vos os sabéis dar maña, podéis con las riquezas de la tierra
granjear las del cielo.

-Ahora bien -respondió Sancho-, venga esa ínsula, que yo pugnaré por ser
tal gobernador que, a pesar de bellacos, me vaya al cielo; y esto no es por
codicia que yo tenga de salir de mis casillas ni de levantarme a mayores,
sino por el deseo que tengo de probar a qué sabe el ser gobernador.

-Si una vez lo probáis, Sancho -dijo el duque-, comeros heis las manos tras
el gobierno, por ser dulcísima cosa el mandar y ser obedecido. A buen
seguro que cuando vuestro dueño llegue a ser emperador, que lo será sin
duda, según van encaminadas sus cosas, que no se lo arranquen comoquiera, y
que le duela y le pese en la mitad del alma del tiempo que hubiere dejado
de serlo.

-Señor -replicó Sancho-, yo imagino que es bueno mandar, aunque sea a un
hato de ganado.

-Con vos me entierren, Sancho, que sabéis de todo -respondió el duque-, y
yo espero que seréis tal gobernador como vuestro juicio promete, y quédese
esto aquí y advertid que mañana en ese mesmo día habéis de ir al gobierno
de la ínsula, y esta tarde os acomodarán del traje conveniente que habéis
de llevar y de todas las cosas necesarias a vuestra partida.

-Vístanme -dijo Sancho- como quisieren, que de cualquier manera que vaya
vestido seré Sancho Panza.

-Así es verdad -dijo el duque-, pero los trajes se han de acomodar con el
oficio o dignidad que se profesa, que no sería bien que un jurisperito se
vistiese como soldado, ni un soldado como un sacerdote. Vos, Sancho, iréis
vestido parte de letrado y parte de capitán, porque en la ínsula que os doy
tanto son menester las armas como las letras, y las letras como las armas.

-Letras -respondió Sancho-, pocas tengo, porque aún no sé el A, B, C; pero
bástame tener el Christus en la memoria para ser buen gobernador. De las
armas manejaré las que me dieren, hasta caer, y Dios delante.

-Con tan buena memoria -dijo el duque-, no podrá Sancho errar en nada.

En esto llegó don Quijote, y, sabiendo lo que pasaba y la celeridad con que
Sancho se había de partir a su gobierno, con licencia del duque le tomó por
la mano y se fue con él a su estancia, con intención de aconsejarle cómo se
había de haber en su oficio.

Entrados, pues, en su aposento, cerró tras sí la puerta, y hizo casi por
fuerza que Sancho se sentase junto a él, y con reposada voz le dijo:

-Infinitas gracias doy al cielo, Sancho amigo, de que, antes y primero que
yo haya encontrado con alguna buena dicha, te haya salido a ti a recebir y
a encontrar la buena ventura. Yo, que en mi buena suerte te tenía librada
la paga de tus servicios, me veo en los principios de aventajarme, y tú,
antes de tiempo, contra la ley del razonable discurso, te vees premiado de
tus deseos. Otros cohechan, importunan, solicitan, madrugan, ruegan,
porfían, y no alcanzan lo que pretenden; y llega otro, y sin saber cómo ni
cómo no, se halla con el cargo y oficio que otros muchos pretendieron; y
aquí entra y encaja bien el decir que hay buena y mala fortuna en las
pretensiones. Tú, que para mí, sin duda alguna, eres un porro, sin madrugar
ni trasnochar y sin hacer diligencia alguna, con solo el aliento que te ha
tocado de la andante caballería, sin más ni más te vees gobernador de una
ínsula, como quien no dice nada. Todo esto digo, ¡oh Sancho!, para que no
atribuyas a tus merecimientos la merced recebida, sino que des gracias al
cielo, que dispone suavemente las cosas, y después las darás a la grandeza
que en sí encierra la profesión de la caballería andante. Dispuesto, pues,
el corazón a creer lo que te he dicho, está, ¡oh hijo!, atento a este tu
Catón, que quiere aconsejarte y ser norte y guía que te encamine y saque a
seguro puerto deste mar proceloso donde vas a engolfarte; que los oficios y
grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones.
Primeramente, ¡oh hijo!, has de temer a Dios, porque en el temerle está la
sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada. Lo segundo, has de poner
los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más
difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no
hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey, que si esto haces,
vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber
guardado puercos en tu tierra.

-Así es la verdad -respondió Sancho-, pero fue cuando muchacho; pero
después, algo hombrecillo, gansos fueron los que guardé, que no puercos;
pero esto paréceme a mí que no hace al caso, que no todos los que gobiernan
vienen de casta de reyes.

-Así es verdad -replicó don Quijote-, por lo cual los no de principios
nobles deben acompañar la gravedad del cargo que ejercitan con una blanda
suavidad que, guiada por la prudencia, los libre de la murmuración
maliciosa, de quien no hay estado que se escape. Haz gala, Sancho, de la
humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de
labradores; porque, viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte;
y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Inumerables
son aquellos que, de baja estirpe nacidos, han subido a la suma dignidad
pontificia e imperatoria; y desta verdad te pudiera traer tantos ejemplos,
que te cansaran. Mira, Sancho: si tomas por medio a la virtud, y te precias
de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los
tienen de príncipes y señores, porque la sangre se hereda y la virtud se
aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale. Siendo esto
así, como lo es, que si acaso viniere a verte cuando estés en tu ínsula
alguno de tus parientes, no le deseches ni le afrentes; antes le has de
acoger, agasajar y regalar, que con esto satisfarás al cielo, que gusta que
nadie se desprecie de lo que él hizo, y corresponderás a lo que debes a la
naturaleza bien concertada. Si trujeres a tu mujer contigo (porque no es
bien que los que asisten a gobiernos de mucho tiempo estén sin las
propias), enséñala, doctrínala y desbástala de su natural rudeza, porque
todo lo que suele adquirir un gobernador discreto suele perder y derramar
una mujer rústica y tonta. Si acaso enviudares, cosa que puede suceder, y
con el cargo mejorares de consorte, no la tomes tal, que te sirva de
anzuelo y de caña de pescar, y del no quiero de tu capilla, porque en
verdad te digo que de todo aquello que la mujer del juez recibiere ha de
dar cuenta el marido en la residencia universal, donde pagará con el cuatro
tanto en la muerte las partidas de que no se hubiere hecho cargo en la
vida. Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida
con los ignorantes que presumen de agudos. Hallen en ti más compasión las
lágrimas del pobre, pero no más justicia, que las informaciones del rico.
Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico, como
por entre los sollozos e importunidades del pobre. Cuando pudiere y debiere
tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente,
que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo. Si acaso
doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con
el de la misericordia. Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún tu
enemigo, aparta las mientes de tu injuria y ponlas en la verdad del caso.
No te ciegue la pasión propia en la causa ajena, que los yerros que en ella
hicieres, las más veces, serán sin remedio; y si le tuvieren, será a costa
de tu crédito, y aun de tu hacienda. Si alguna mujer hermosa veniere a
pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus
gemidos, y considera de espacio la sustancia de lo que pide, si no quieres
que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros. Al que has
de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al
desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones. Al
culpado que cayere debajo de tu juridición considérale hombre miserable,
sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo
cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele
piadoso y clemente, porque, aunque los atributos de Dios todos son iguales,
más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la
justicia. Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, serán luengos
tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad
indecible, casarás tus hijos como quisieres, títulos tendrán ellos y tus
nietos, vivirás en paz y beneplácito de las gentes, y en los últimos pasos
de la vida te alcanzará el de la muerte, en vejez suave y madura, y
cerrarán tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos.
Esto que hasta aquí te he dicho son documentos que han de adornar tu alma;
escucha ahora los que han de servir para adorno del cuerpo.

Capítulo XLIII. De los consejos segundos que dio don Quijote a Sancho Panza

¿Quién oyera el pasado razonamiento de don Quijote que no le tuviera por
persona muy cuerda y mejor intencionada? Pero, como muchas veces en el
progreso desta grande historia queda dicho, solamente disparaba en
tocándole en la caballería, y en los demás discursos mostraba tener claro y
desenfadado entendimiento, de manera que a cada paso desacreditaban sus
obras su juicio, y su juicio sus obras; pero en ésta destos segundos
documentos que dio a Sancho, mostró tener gran donaire, y puso su
discreción y su locura en un levantado punto.

Atentísimamente le escuchaba Sancho, y procuraba conservar en la memoria
sus consejos, como quien pensaba guardarlos y salir por ellos a buen parto
de la preñez de su gobierno. Prosiguió, pues, don Quijote, y dijo:

-En lo que toca a cómo has de gobernar tu persona y casa, Sancho, lo
primero que te encargo es que seas limpio, y que te cortes las uñas, sin
dejarlas crecer, como algunos hacen, a quien su ignorancia les ha dado a
entender que las uñas largas les hermosean las manos, como si aquel
escremento y añadidura que se dejan de cortar fuese uña, siendo antes
garras de cernícalo lagartijero: puerco y extraordinario abuso. No andes,
Sancho, desceñido y flojo, que el vestido descompuesto da indicios de ánimo
desmazalado, si ya la descompostura y flojedad no cae debajo de
socarronería, como se juzgó en la de Julio César. Toma con discreción el
pulso a lo que pudiere valer tu oficio, y si sufriere que des librea a tus
criados, dásela honesta y provechosa más que vistosa y bizarra, y repártela
entre tus criados y los pobres: quiero decir que si has de vestir seis
pajes, viste tres y otros tres pobres, y así tendrás pajes para el cielo y
para el suelo; y este nuevo modo de dar librea no la alcanzan los
vanagloriosos. No comas ajos ni cebollas, porque no saquen por el olor tu
villanería. Anda despacio; habla con reposo, pero no de manera que parezca
que te escuchas a ti mismo, que toda afectación es mala. Come poco y cena
más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del
estómago. Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni
guarda secreto ni cumple palabra. Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos
carrillos, ni de erutar delante de nadie.

-Eso de erutar no entiendo -dijo Sancho.

Y don Quijote le dijo:

-Erutar, Sancho, quiere decir regoldar, y éste es uno de los más torpes
vocablos que tiene la lengua castellana, aunque es muy sinificativo; y así,
la gente curiosa se ha acogido al latín, y al regoldar dice erutar, y a los
regüeldos, erutaciones; y, cuando algunos no entienden estos términos,
importa poco, que el uso los irá introduciendo con el tiempo, que con
facilidad se entiendan; y esto es enriquecer la lengua, sobre quien tiene
poder el vulgo y el uso.

-En verdad, señor -dijo Sancho-, que uno de los consejos y avisos que
pienso llevar en la memoria ha de ser el de no regoldar, porque lo suelo
hacer muy a menudo.

-Erutar, Sancho, que no regoldar -dijo don Quijote.

-Erutar diré de aquí adelante -respondió Sancho-, y a fee que no se me
olvide.

-También, Sancho, no has de mezclar en tus pláticas la muchedumbre de
refranes que sueles; que, puesto que los refranes son sentencias breves,
muchas veces los traes tan por los cabellos, que más parecen disparates que
sentencias.

-Eso Dios lo puede remediar -respondió Sancho-, porque sé más refranes que
un libro, y viénenseme tantos juntos a la boca cuando hablo, que riñen por
salir unos con otros, pero la lengua va arrojando los primeros que
encuentra, aunque no vengan a pelo. Mas yo tendré cuenta de aquí adelante
de decir los que convengan a la gravedad de mi cargo, que en casa llena
presto se guisa la cena, y quien destaja no baraja, y a buen salvo está el
que repica, y el dar y el tener seso ha menester.

-¡Eso sí, Sancho! -dijo don Quijote-: ¡encaja, ensarta, enhila refranes,
que nadie te va a la mano! ¡Castígame mi madre, y yo trómpogelas! Estoyte
diciendo que escuses refranes, y en un instante has echado aquí una letanía
dellos, que así cuadran con lo que vamos tratando como por los cerros de
Úbeda. Mira, Sancho, no te digo yo que parece mal un refrán traído a
propósito, pero cargar y ensartar refranes a troche moche hace la plática
desmayada y baja. Cuando subieres a caballo, no vayas echando el cuerpo
sobre el arzón postrero, ni lleves las piernas tiesas y tiradas y desviadas
de la barriga del caballo, ni tampoco vayas tan flojo que parezca que vas
sobre el rucio: que el andar a caballo a unos hace caballeros; a otros,
caballerizos. Sea moderado tu sueño, que el que no madruga con el sol, no
goza del día; y advierte, ¡oh Sancho!, que la diligencia es madre de la
buena ventura, y la pereza, su contraria, jamás llegó al término que pide
un buen deseo. Este último consejo que ahora darte quiero, puesto que no
sirva para adorno del cuerpo, quiero que le lleves muy en la memoria, que
creo que no te será de menos provecho que los que hasta aquí te he dado; y
es que jamás te pongas a disputar de linajes, a lo menos, comparándolos
entre sí, pues, por fuerza, en los que se comparan uno ha de ser el mejor,
y del que abatieres serás aborrecido, y del que levantares en ninguna
manera premiado. Tu vestido será calza entera, ropilla larga, herreruelo un
poco más largo; greguescos, ni por pienso, que no les están bien ni a los
caballeros ni a los gobernadores. Por ahora, esto se me ha ofrecido,
Sancho, que aconsejarte; andará el tiempo, y, según las ocasiones, así
serán mis documentos, como tú tengas cuidado de avisarme el estado en que
te hallares.

-Señor -respondió Sancho-, bien veo que todo cuanto vuestra merced me ha
dicho son cosas buenas, santas y provechosas, pero ¿de qué han de servir,
si de ninguna me acuerdo? Verdad sea que aquello de no dejarme crecer las
uñas y de casarme otra vez, si se ofreciere, no se me pasará del magín,
pero esotros badulaques y enredos y revoltillos, no se me acuerda ni
acordará más dellos que de las nubes de antaño, y así, será menester que se
me den por escrito, que, puesto que no sé leer ni escribir, yo se los daré
a mi confesor para que me los encaje y recapacite cuando fuere menester.

-¡Ah, pecador de mí -respondió don Quijote-, y qué mal parece en los
gobernadores el no saber leer ni escribir!; porque has de saber, ¡oh
Sancho!, que no saber un hombre leer, o ser zurdo, arguye una de dos cosas:
o que fue hijo de padres demasiado de humildes y bajos, o él tan travieso
y malo que no pudo entrar en el buen uso ni la buena doctrina. Gran falta
es la que llevas contigo, y así, querría que aprendieses a firmar siquiera.

-Bien sé firmar mi nombre -respondió Sancho-, que cuando fui prioste en mi
lugar, aprendí a hacer unas letras como de marca de fardo, que decían que
decía mi nombre; cuanto más, que fingiré que tengo tullida la mano derecha,
y haré que firme otro por mí; que para todo hay remedio, si no es para la
muerte; y, teniendo yo el mando y el palo, haré lo que quisiere; cuanto
más, que el que tiene el padre alcalde... Y, siendo yo gobernador, que es
más que ser alcalde, ¡llegaos, que la dejan ver! No, sino popen y
calóñenme, que vendrán por lana y volverán trasquilados; y a quien Dios
quiere bien, la casa le sabe; y las necedades del rico por sentencias pasan
en el mundo; y, siéndolo yo, siendo gobernador y juntamente liberal, como
lo pienso ser, no habrá falta que se me parezca. No, sino haceos miel, y
paparos han moscas; tanto vales cuanto tienes, decía una mi agüela, y del
hombre arraigado no te verás vengado.

-¡Oh, maldito seas de Dios, Sancho! -dijo a esta sazón don Quijote-.
¡Sesenta mil satanases te lleven a ti y a tus refranes! Una hora ha que los
estás ensartando y dándome con cada uno tragos de tormento. Yo te aseguro
que estos refranes te han de llevar un día a la horca; por ellos te han de
quitar el gobierno tus vasallos, o ha de haber entre ellos comunidades.
Dime, ¿dónde los hallas, ignorante, o cómo los aplicas, mentecato, que para
decir yo uno y aplicarle bien, sudo y trabajo como si cavase?

-Por Dios, señor nuestro amo -replicó Sancho-, que vuesa merced se queja de
bien pocas cosas. ¿A qué diablos se pudre de que yo me sirva de mi
hacienda, que ninguna otra tengo, ni otro caudal alguno, sino refranes y
más refranes? Y ahora se me ofrecen cuatro que venían aquí pintiparados, o
como peras en tabaque, pero no los diré, porque al buen callar llaman
Sancho.

-Ese Sancho no eres tú -dijo don Quijote-, porque no sólo no eres buen
callar, sino mal hablar y mal porfiar; y, con todo eso, querría saber qué
cuatro refranes te ocurrían ahora a la memoria que venían aquí a propósito,
que yo ando recorriendo la mía, que la tengo buena, y ninguno se me ofrece.

-¿Qué mejores -dijo Sancho- que "entre dos muelas cordales nunca pongas tus
pulgares", y "a idos de mi casa y qué queréis con mi mujer, no hay
responder", y "si da el cántaro en la piedra o la piedra en el cántaro, mal
para el cántaro", todos los cuales vienen a pelo? Que nadie se tome con su
gobernador ni con el que le manda, porque saldrá lastimado, como el que
pone el dedo entre dos muelas cordales, y aunque no sean cordales, como
sean muelas, no importa; y a lo que dijere el gobernador no hay que
replicar, como al "salíos de mi casa y qué queréis con mi mujer". Pues lo
de la piedra en el cántaro un ciego lo verá. Así que, es menester que el
que vee la mota en el ojo ajeno, vea la viga en el suyo, porque no se diga
por él: "espantóse la muerta de la degollada", y vuestra merced sabe bien
que más sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena.

-Eso no, Sancho -respondió don Quijote-, que el necio en su casa ni en la
ajena sabe nada, a causa que sobre el aumento de la necedad no asienta
ningún discreto edificio. Y dejemos esto aquí, Sancho, que si mal
gobernares, tuya será la culpa, y mía la vergüenza; mas consuélome que he
hecho lo que debía en aconsejarte con las veras y con la discreción a mí
posible: con esto salgo de mi obligación y de mi promesa. Dios te guíe,
Sancho, y te gobierne en tu gobierno, y a mí me saque del escrúpulo que me
queda que has de dar con toda la ínsula patas arriba, cosa que pudiera yo
escusar con descubrir al duque quién eres, diciéndole que toda esa gordura
y esa personilla que tienes no es otra cosa que un costal lleno de refranes
y de malicias.

-Señor -replicó Sancho-, si a vuestra merced le parece que no soy de pro
para este gobierno, desde aquí le suelto, que más quiero un solo negro de
la uña de mi alma que a todo mi cuerpo; y así me sustentaré Sancho a secas
con pan y cebolla, como gobernador con perdices y capones; y más que,
mientras se duerme, todos son iguales, los grandes y los menores, los
pobres y los ricos; y si vuestra merced mira en ello, verá que sólo vuestra
merced me ha puesto en esto de gobernar: que yo no sé más de gobiernos de
ínsulas que un buitre; y si se imagina que por ser gobernador me ha de
llevar el diablo, más me quiero ir Sancho al cielo que gobernador al
infierno.

-Por Dios, Sancho -dijo don Quijote-, que, por solas estas últimas razones
que has dicho, juzgo que mereces ser gobernador de mil ínsulas: buen
natural tienes, sin el cual no hay ciencia que valga; encomiéndate a Dios,
y procura no errar en la primera intención; quiero decir que siempre tengas
intento y firme propósito de acertar en cuantos negocios te ocurrieren,
porque siempre favorece el cielo los buenos deseos. Y vámonos a comer, que
creo que ya estos señores nos aguardan.

Capítulo XLIV. Cómo Sancho Panza fue llevado al gobierno, y de la estraña
aventura que en el castillo sucedió a don Quijote

Dicen que en el propio original desta historia se lee que, llegando Cide
Hamete a escribir este capítulo, no le tradujo su intérprete como él le
había escrito, que fue un modo de queja que tuvo el moro de sí mismo, por
haber tomado entre manos una historia tan seca y tan limitada como esta de
don Quijote, por parecerle que siempre había de hablar dél y de Sancho, sin
osar estenderse a otras digresiones y episodios más graves y más
entretenidos; y decía que el ir siempre atenido el entendimiento, la mano y
la pluma a escribir de un solo sujeto y hablar por las bocas de pocas
personas era un trabajo incomportable, cuyo fruto no redundaba en el de su
autor, y que, por huir deste inconveniente, había usado en la primera parte
del artificio de algunas novelas, como fueron la del Curioso impertinente y
la del Capitán cautivo, que están como separadas de la historia, puesto que
las demás que allí se cuentan son casos sucedidos al mismo don Quijote, que
no podían dejar de escribirse. También pensó, como él dice, que muchos,
llevados de la atención que piden las hazañas de don Quijote, no la darían
a las novelas, y pasarían por ellas, o con priesa o con enfado, sin
advertir la gala y artificio que en sí contienen, el cual se mostrara bien
al descubierto cuando, por sí solas, sin arrimarse a las locuras de don
Quijote ni a las sandeces de Sancho, salieran a luz. Y así, en esta segunda
parte no quiso ingerir novelas sueltas ni pegadizas, sino algunos episodios
que lo pareciesen, nacidos de los mesmos sucesos que la verdad ofrece; y
aun éstos, limitadamente y con solas las palabras que bastan a
declararlos; y, pues se contiene y cierra en los estrechos límites de la
narración, teniendo habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar del
universo todo, pide no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, no
por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir.

Y luego prosigue la historia diciendo que, en acabando de comer don
Quijote, el día que dio los consejos a Sancho, aquella tarde se los dio
escritos, para que él buscase quien se los leyese; pero, apenas se los hubo
dado, cuando se le cayeron y vinieron a manos del duque, que los comunicó
con la duquesa, y los dos se admiraron de nuevo de la locura y del ingenio
de don Quijote; y así, llevando adelante sus burlas, aquella tarde enviaron
a Sancho con mucho acompañamiento al lugar que para él había de ser ínsula.

Acaeció, pues, que el que le llevaba a cargo era un mayordomo del duque,
muy discreto y muy gracioso -que no puede haber gracia donde no hay
discreción-, el cual había hecho la persona de la condesa Trifaldi, con el
donaire que queda referido; y con esto, y con ir industriado de sus
señores de cómo se había de haber con Sancho, salió con su intento
maravillosamente. Digo, pues, que acaeció que, así como Sancho vio al tal
mayordomo, se le figuró en su rostro el mesmo de la Trifaldi, y,
volviéndose a su señor, le dijo:

-Señor, o a mí me ha de llevar el diablo de aquí de donde estoy, en justo
y en creyente, o vuestra merced me ha de confesar que el rostro deste
mayordomo del duque, que aquí está, es el mesmo de la Dolorida.

Miró don Quijote atentamente al mayordomo, y, habiéndole mirado, dijo a
Sancho:

-No hay para qué te lleve el diablo, Sancho, ni en justo ni en creyente,
que no sé lo que quieres decir; que el rostro de la Dolorida es el del
mayordomo, pero no por eso el mayordomo es la Dolorida; que, a serlo,
implicaría contradición muy grande, y no es tiempo ahora de hacer estas
averiguaciones, que sería entrarnos en intricados laberintos. Créeme,
amigo, que es menester rogar a Nuestro Señor muy de veras que nos libre a
los dos de malos hechiceros y de malos encantadores.

-No es burla, señor -replicó Sancho-, sino que denantes le oí hablar, y no
pareció sino que la voz de la Trifaldi me sonaba en los oídos. Ahora bien,
yo callaré, pero no dejaré de andar advertido de aquí adelante, a ver si
descubre otra señal que confirme o desfaga mi sospecha.

-Así lo has de hacer, Sancho -dijo don Quijote-, y darásme aviso de todo lo
que en este caso descubrieres y de todo aquello que en el gobierno te
sucediere.

Salió, en fin, Sancho, acompañado de mucha gente, vestido a lo letrado, y
encima un gabán muy ancho de chamelote de aguas leonado, con una montera de
lo mesmo, sobre un macho a la jineta, y detrás dél, por orden del duque,
iba el rucio con jaeces y ornamentos jumentiles de seda y flamantes. Volvía
Sancho la cabeza de cuando en cuando a mirar a su asno, con cuya compañía
iba tan contento que no se trocara con el emperador de Alemaña.

Al despedirse de los duques, les besó las manos, y tomó la bendición de su
señor, que se la dio con lágrimas, y Sancho la recibió con pucheritos.

Deja, lector amable, ir en paz y en hora buena al buen Sancho, y espera dos
fanegas de risa, que te ha de causar el saber cómo se portó en su cargo, y,
en tanto, atiende a saber lo que le pasó a su amo aquella noche; que si con
ello no rieres, por lo menos desplegarás los labios con risa de jimia,
porque los sucesos de don Quijote, o se han de celebrar con admiración, o
con risa.

Cuéntase, pues, que, apenas se hubo partido Sancho, cuando don Quijote
sintió su soledad; y si le fuera posible revocarle la comisión y quitarle
el gobierno, lo hiciera. Conoció la duquesa su melancolía, y preguntóle que
de qué estaba triste; que si era por la ausencia de Sancho, que escuderos,
dueñas y doncellas había en su casa que le servirían muy a satisfación de
su deseo.

-Verdad es, señora mía -respondió don Quijote-, que siento la ausencia de
Sancho, pero no es ésa la causa principal que me hace parecer que estoy
triste, y, de los muchos ofrecimientos que vuestra excelencia me hace,
solamente acepto y escojo el de la voluntad con que se me hacen, y, en lo
demás, suplico a Vuestra Excelencia que dentro de mi aposento consienta y
permita que yo solo sea el que me sirva.

-En verdad -dijo la duquesa-, señor don Quijote, que no ha de ser así: que
le han de servir cuatro doncellas de las mías, hermosas como unas flores.

-Para mí -respondió don Quijote- no serán ellas como flores, sino como
espinas que me puncen el alma. Así entrarán ellas en mi aposento, ni cosa
que lo parezca, como volar. Si es que vuestra grandeza quiere llevar
adelante el hacerme merced sin yo merecerla, déjeme que yo me las haya
conmigo, y que yo me sirva de mis puertas adentro, que yo ponga una muralla
en medio de mis deseos y de mi honestidad; y no quiero perder esta
costumbre por la liberalidad que vuestra alteza quiere mostrar conmigo. Y,
en resolución, antes dormiré vestido que consentir que nadie me desnude.

-No más, no más, señor don Quijote -replicó la duquesa-. Por mí digo que
daré orden que ni aun una mosca entre en su estancia, no que una doncella;
no soy yo persona, que por mí se ha de descabalar la decencia del señor don
Quijote; que, según se me ha traslucido, la que más campea entre sus muchas
virtudes es la de la honestidad. Desnúdese vuesa merced y vístase a sus
solas y a su modo, como y cuando quisiere, que no habrá quien lo impida,
pues dentro de su aposento hallará los vasos necesarios al menester del que
duerme a puerta cerrada, porque ninguna natural necesidad le obligue a que
la abra. Viva mil siglos la gran Dulcinea del Toboso, y sea su nombre
estendido por toda la redondez de la tierra, pues mereció ser amada de tan
valiente y tan honesto caballero, y los benignos cielos infundan en el
corazón de Sancho Panza, nuestro gobernador, un deseo de acabar presto sus
diciplinas, para que vuelva a gozar el mundo de la belleza de tan gran
señora.

A lo cual dijo don Quijote:

-Vuestra altitud ha hablado como quien es, que en la boca de las buenas
señoras no ha de haber ninguna que sea mala; y más venturosa y más conocida
será en el mundo Dulcinea por haberla alabado vuestra grandeza, que por
todas las alabanzas que puedan darle los más elocuentes de la tierra.

-Agora bien, señor don Quijote -replicó la duquesa-, la hora de cenar se
llega, y el duque debe de esperar: venga vuesa merced y cenemos, y
acostaráse temprano, que el viaje que ayer hizo de Candaya no fue tan corto
que no haya causado algún molimiento.

-No siento ninguno, señora -respondió don Quijote-, porque osaré jurar a
Vuestra Excelencia que en mi vida he subido sobre bestia más reposada ni de
mejor paso que Clavileño; y no sé yo qué le pudo mover a Malambruno para
deshacerse de tan ligera y tan gentil cabalgadura, y abrasarla así, sin más
ni más.

-A eso se puede imaginar -respondió la duquesa- que, arrepentido del mal
que había hecho a la Trifaldi y compañía, y a otras personas, y de las
maldades que como hechicero y encantador debía de haber cometido, quiso
concluir con todos los instrumentos de su oficio, y, como a principal y que
más le traía desasosegado, vagando de tierra en tierra, abrasó a Clavileño;
que con sus abrasadas cenizas y con el trofeo del cartel queda eterno el
valor del gran don Quijote de la Mancha.

De nuevo nuevas gracias dio don Quijote a la duquesa, y, en cenando, don
Quijote se retiró en su aposento solo, sin consentir que nadie entrase con
él a servirle: tanto se temía de encontrar ocasiones que le moviesen o
forzasen a perder el honesto decoro que a su señora Dulcinea guardaba,
siempre puesta en la imaginación la bondad de Amadís, flor y espejo de los
andantes caballeros. Cerró tras sí la puerta, y a la luz de dos velas de
cera se desnudó, y al descalzarse -¡oh desgracia indigna de tal persona!-
se le soltaron, no suspiros, ni otra cosa, que desacreditasen la limpieza
de su policía, sino hasta dos docenas de puntos de una media, que quedó
hecha celosía. Afligióse en estremo el buen señor, y diera él por tener
allí un adarme de seda verde una onza de plata; digo seda verde porque las
medias eran verdes.

Aquí exclamó Benengeli, y, escribiendo, dijo ''¡Oh pobreza, pobreza! ¡No sé
yo con qué razón se movió aquel gran poeta cordobés a llamarte

dádiva santa desagradecida!

Yo, aunque moro, bien sé, por la comunicación que he tenido con cristianos,
que la santidad consiste en la caridad, humildad, fee, obediencia y
pobreza; pero, con todo eso, digo que ha de tener mucho de Dios el que se
viniere a contentar con ser pobre, si no es de aquel modo de pobreza de
quien dice uno de sus mayores santos: "Tened todas las cosas como si no las
tuviésedes"; y a esto llaman pobreza de espíritu; pero tú, segunda pobreza,
que eres de la que yo hablo, ¿por qué quieres estrellarte con los hidalgos
y bien nacidos más que con la otra gente? ¿Por qué los obligas a dar
pantalia a los zapatos, y a que los botones de sus ropillas unos sean de
seda, otros de cerdas, y otros de vidro? ¿Por qué sus cuellos, por la mayor
parte, han de ser siempre escarolados, y no abiertos con molde?'' Y en esto
se echará de ver que es antiguo el uso del almidón y de los cuellos
abiertos. Y prosiguió: ''¡Miserable del bien nacido que va dando pistos a
su honra, comiendo mal y a puerta cerrada, haciendo hipócrita al palillo de
dientes con que sale a la calle después de no haber comido cosa que le
obligue a limpiárselos! ¡Miserable de aquel, digo, que tiene la honra
espantadiza, y piensa que desde una legua se le descubre el remiendo del
zapato, el trasudor del sombrero, la hilaza del herreruelo y la hambre de
su estómago!''

Todo esto se le renovó a don Quijote en la soltura de sus puntos, pero
consolóse con ver que Sancho le había dejado unas botas de camino, que
pensó ponerse otro día. Finalmente, él se recostó pensativo y pesaroso, así
de la falta que Sancho le hacía como de la inreparable desgracia de sus
medias, a quien tomara los puntos, aunque fuera con seda de otra color, que
es una de las mayores señales de miseria que un hidalgo puede dar en el
discurso de su prolija estrecheza. Mató las velas; hacía calor y no podía
dormir; levantóse del lecho y abrió un poco la ventana de una reja que daba
sobre un hermoso jardín, y, al abrirla, sintió y oyó que andaba y hablaba
gente en el jardín. Púsose a escuchar atentamente. Levantaron la voz los de
abajo, tanto, que pudo oír estas razones:

-No me porfíes, ¡oh Emerencia!, que cante, pues sabes que, desde el punto
que este forastero entró en este castillo y mis ojos le miraron, yo no sé
cantar, sino llorar; cuanto más, que el sueño de mi señora tiene más de
ligero que de pesado, y no querría que nos hallase aquí por todo el tesoro
del mundo. Y, puesto caso que durmiese y no despertase, en vano sería mi
canto si duerme y no despierta para oírle este nuevo Eneas, que ha llegado
a mis regiones para dejarme escarnida.

-No des en eso, Altisidora amiga -respondieron-, que sin duda la duquesa y
cuantos hay en esa casa duermen, si no es el señor de tu corazón y el
despertador de tu alma, porque ahora sentí que abría la ventana de la reja
de su estancia, y sin duda debe de estar despierto; canta, lastimada mía,
en tono bajo y suave al son de tu arpa, y, cuando la duquesa nos sienta, le
echaremos la culpa al calor que hace.

-No está en eso el punto, ¡oh Emerencia! -respondió la Altisidora-, sino en
que no querría que mi canto descubriese mi corazón y fuese juzgada de los
que no tienen noticia de las fuerzas poderosas de amor por doncella
antojadiza y liviana. Pero venga lo que viniere, que más vale vergüenza en
cara que mancilla en corazón.

Y, en esto, sintió tocar una arpa suavísimamente. Oyendo lo cual, quedó don
Quijote pasmado, porque en aquel instante se le vinieron a la memoria las
infinitas aventuras semejantes a aquélla, de ventanas, rejas y jardines,
músicas, requiebros y desvanecimientos que en los sus desvanecidos libros
de caballerías había leído. Luego imaginó que alguna doncella de la duquesa
estaba dél enamorada, y que la honestidad la forzaba a tener secreta su
voluntad; temió no le rindiese, y propuso en su pensamiento el no dejarse
vencer; y, encomendándose de todo buen ánimo y buen talante a su señora
Dulcinea del Toboso, determinó de escuchar la música; y, para dar a
entender que allí estaba, dio un fingido estornudo, de que no poco se
alegraron las doncellas, que otra cosa no deseaban sino que don Quijote las
oyese. Recorrida, pues, y afinada la arpa, Altisidora dio principio a este
romance:

-¡Oh, tú, que estás en tu lecho,

entre sábanas de holanda,

durmiendo a pierna tendida

de la noche a la mañana,

caballero el más valiente

que ha producido la Mancha,

más honesto y más bendito

que el oro fino de Arabia!

Oye a una triste doncella,

bien crecida y mal lograda,

que en la luz de tus dos soles

se siente abrasar el alma.

Tú buscas tus aventuras,

y ajenas desdichas hallas;

das las feridas, y niegas

el remedio de sanarlas.

Dime, valeroso joven,

que Dios prospere tus ansias,

si te criaste en la Libia,

o en las montañas de Jaca;

si sierpes te dieron leche;

si, a dicha, fueron tus amas

la aspereza de las selvas

y el horror de las montañas.

Muy bien puede Dulcinea,

doncella rolliza y sana,

preciarse de que ha rendido

a una tigre y fiera brava.

Por esto será famosa

desde Henares a Jarama,

desde el Tajo a Manzanares,

desde Pisuerga hasta Arlanza.

Trocáreme yo por ella,

y diera encima una saya

de las más gayadas mías,

que de oro le adornan franjas.

¡Oh, quién se viera en tus brazos,

o si no, junto a tu cama,

rascándote la cabeza

y matándote la caspa!

Mucho pido, y no soy digna

de merced tan señalada:

los pies quisiera traerte,

que a una humilde esto le basta.

¡Oh, qué de cofias te diera,

qué de escarpines de plata,

qué de calzas de damasco,

qué de herreruelos de holanda!

¡Qué de finísimas perlas,

cada cual como una agalla,

que, a no tener compañeras,

Las solas fueran llamadas!

No mires de tu Tarpeya

este incendio que me abrasa,

Nerón manchego del mundo,

ni le avives con tu saña.

Niña soy, pulcela tierna,

mi edad de quince no pasa:

catorce tengo y tres meses,

te juro en Dios y en mi ánima.

No soy renca, ni soy coja,

ni tengo nada de manca;

los cabellos, como lirios,

que, en pie, por el suelo arrastran.

Y, aunque es mi boca aguileña

y la nariz algo chata,

ser mis dientes de topacios

mi belleza al cielo ensalza.

Mi voz, ya ves, si me escuchas,

que a la que es más dulce iguala,

y soy de disposición

algo menos que mediana.

Estas y otras gracias mías,

son despojos de tu aljaba;

desta casa soy doncella,

y Altisidora me llaman.

Aquí dio fin el canto de la malferida Altisidora, y comenzó el asombro del
requirido don Quijote, el cual, dando un gran suspiro, dijo entre sí:

-¡Que tengo de ser tan desdichado andante, que no ha de haber doncella que
me mire que de mí no se enamore...! ¡Que tenga de ser tan corta de ventura
la sin par Dulcinea del Toboso, que no la han de dejar a solas gozar de la
incomparable firmeza mía...! ¿Qué la queréis, reinas? ¿A qué la perseguís,
emperatrices? ¿Para qué la acosáis, doncellas de a catorce a quince años?
Dejad, dejad a la miserable que triunfe, se goce y ufane con la suerte que
Amor quiso darle en rendirle mi corazón y entregarle mi alma. Mirad,
caterva enamorada, que para sola Dulcinea soy de masa y de alfenique, y
para todas las demás soy de pedernal; para ella soy miel, y para vosotras
acíbar; para mí sola Dulcinea es la hermosa, la discreta, la honesta, la
gallarda y la bien nacida, y las demás, las feas, las necias, las livianas
y las de peor linaje; para ser yo suyo, y no de otra alguna, me arrojó la
naturaleza al mundo. Llore o cante Altisidora; desespérese Madama, por
quien me aporrearon en el castillo del moro encantado, que yo tengo de ser
de Dulcinea, cocido o asado, limpio, bien criado y honesto, a pesar de
todas las potestades hechiceras de la tierra.

Y, con esto, cerró de golpe la ventana, y, despechado y pesaroso, como si
le hubiera acontecido alguna gran desgracia, se acostó en su lecho, donde
le dejaremos por ahora, porque nos está llamando el gran Sancho Panza, que
quiere dar principio a su famoso gobierno.

Capítulo XLV. De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su ínsula, y
del modo que comenzó a gobernar

¡Oh perpetuo descubridor de los antípodas, hacha del mundo, ojo del cielo,
meneo dulce de las cantimploras, Timbrio aquí, Febo allí, tirador acá,
médico acullá, padre de la Poesía, inventor de la Música: tú que siempre
sales, y, aunque lo parece, nunca te pones! A ti digo, ¡oh sol, con cuya
ayuda el hombre engendra al hombre!; a ti digo que me favorezcas, y
alumbres la escuridad de mi ingenio, para que pueda discurrir por sus
puntos en la narración del gobierno del gran Sancho Panza; que sin ti, yo
me siento tibio, desmazalado y confuso.

Digo, pues, que con todo su acompañamiento llegó Sancho a un lugar de hasta
mil vecinos, que era de los mejores que el duque tenía. Diéronle a entender
que se llamaba la ínsula Barataria, o ya porque el lugar se llamaba
Baratario, o ya por el barato con que se le había dado el gobierno. Al
llegar a las puertas de la villa, que era cercada, salió el regimiento del
pueblo a recebirle; tocaron las campanas, y todos los vecinos dieron
muestras de general alegría, y con mucha pompa le llevaron a la iglesia
mayor a dar gracias a Dios, y luego, con algunas ridículas ceremonias, le
entregaron las llaves del pueblo, y le admitieron por perpetuo gobernador
de la ínsula Barataria.

El traje, las barbas, la gordura y pequeñez del nuevo gobernador tenía
admirada a toda la gente que el busilis del cuento no sabía, y aun a todos
los que lo sabían, que eran muchos. Finalmente, en sacándole de la iglesia,
le llevaron a la silla del juzgado y le sentaron en ella; y el mayordomo
del duque le dijo:

-Es costumbre antigua en esta ínsula, señor gobernador, que el que viene a
tomar posesión desta famosa ínsula está obligado a responder a una pregunta
que se le hiciere, que sea algo intricada y dificultosa, de cuya respuesta
el pueblo toma y toca el pulso del ingenio de su nuevo gobernador; y así, o
se alegra o se entristece con su venida.

En tanto que el mayordomo decía esto a Sancho, estaba él mirando unas
grandes y muchas letras que en la pared frontera de su silla estaban
escritas; y, como él no sabía leer, preguntó que qué eran aquellas pinturas
que en aquella pared estaban. Fuele respondido:

-Señor, allí esta escrito y notado el día en que Vuestra Señoría tomó
posesión desta ínsula, y dice el epitafio: Hoy día, a tantos de tal mes y
de tal año, tomó la posesión desta ínsula el señor don Sancho Panza, que
muchos años la goce.

-Y ¿a quién llaman don Sancho Panza? -preguntó Sancho.

-A vuestra señoría -respondió el mayordomo-, que en esta ínsula no ha
entrado otro Panza sino el que está sentado en esa silla.

-Pues advertid, hermano -dijo Sancho-, que yo no tengo don, ni en todo mi
linaje le ha habido: Sancho Panza me llaman a secas, y Sancho se llamó mi
padre, y Sancho mi agüelo, y todos fueron Panzas, sin añadiduras de dones
ni donas; y yo imagino que en esta ínsula debe de haber más dones que
piedras; pero basta: Dios me entiende, y podrá ser que, si el gobierno me
dura cuatro días, yo escardaré estos dones, que, por la muchedumbre, deben
de enfadar como los mosquitos. Pase adelante con su pregunta el señor
mayordomo, que yo responderé lo mejor que supiere, ora se entristezca o no
se entristezca el pueblo.

A este instante entraron en el juzgado dos hombres, el uno vestido de
labrador y el otro de sastre, porque traía unas tijeras en la mano, y el
sastre dijo:

-Señor gobernador, yo y este hombre labrador venimos ante vuestra merced en
razón que este buen hombre llegó a mi tienda ayer (que yo, con perdón de
los presentes, soy sastre examinado, que Dios sea bendito), y, poniéndome
un pedazo de paño en las manos, me preguntó: ''Señor, ¿habría en esto
paño harto para hacerme una caperuza?'' Yo, tanteando el paño, le respondí
que sí; él debióse de imaginar, a lo que yo imagino, e imaginé bien, que
sin duda yo le quería hurtar alguna parte del paño, fundándose en su
malicia y en la mala opinión de los sastres, y replicóme que mirase si
habría para dos; adivinéle el pensamiento y díjele que sí; y él, caballero
en su dañada y primera intención, fue añadiendo caperuzas, y yo añadiendo
síes, hasta que llegamos a cinco caperuzas, y ahora en este punto acaba de
venir por ellas: yo se las doy, y no me quiere pagar la hechura, antes me
pide que le pague o vuelva su paño.

-¿Es todo esto así, hermano? -preguntó Sancho.

-Sí, señor -respondió el hombre-, pero hágale vuestra merced que muestre
las cinco caperuzas que me ha hecho.

-De buena gana -respondió el sastre.

Y, sacando encontinente la mano debajo del herreruelo, mostró en ella cinco
caperuzas puestas en las cinco cabezas de los dedos de la mano, y dijo:

-He aquí las cinco caperuzas que este buen hombre me pide, y en Dios y en
mi conciencia que no me ha quedado nada del paño, y yo daré la obra a vista
de veedores del oficio.

Todos los presentes se rieron de la multitud de las caperuzas y del nuevo
pleito. Sancho se puso a considerar un poco, y dijo:

-Paréceme que en este pleito no ha de haber largas dilaciones, sino juzgar
luego a juicio de buen varón; y así, yo doy por sentencia que el sastre
pierda las hechuras, y el labrador el paño, y las caperuzas se lleven a los
presos de la cárcel, y no haya más.

Si la sentencia pasada de la bolsa del ganadero movió a admiración a los
circunstantes, ésta les provocó a risa; pero, en fin, se hizo lo que mandó
el gobernador; ante el cual se presentaron dos hombres ancianos; el uno
traía una cañaheja por báculo, y el sin báculo dijo:

-Señor, a este buen hombre le presté días ha diez escudos de oro en oro,
por hacerle placer y buena obra, con condición que me los volviese cuando
se los pidiese; pasáronse muchos días sin pedírselos, por no ponerle en
mayor necesidad de volvérmelos que la que él tenía cuando yo se los presté;
pero, por parecerme que se descuidaba en la paga, se los he pedido una y
muchas veces, y no solamente no me los vuelve, pero me los niega y dice que
nunca tales diez escudos le presté, y que si se los presté, que ya me los
ha vuelto. Yo no tengo testigos ni del prestado ni de la vuelta, porque no
me los ha vuelto; querría que vuestra merced le tomase juramento, y si
jurare que me los ha vuelto, yo se los perdono para aquí y para delante de
Dios.

-¿Qué decís vos a esto, buen viejo del báculo? -dijo Sancho.

A lo que dijo el viejo:

-Yo, señor, confieso que me los prestó, y baje vuestra merced esa vara; y,
pues él lo deja en mi juramento, yo juraré como se los he vuelto y pagado
real y verdaderamente.

Bajó el gobernador la vara, y, en tanto, el viejo del báculo dio el báculo
al otro viejo, que se le tuviese en tanto que juraba, como si le embarazara
mucho, y luego puso la mano en la cruz de la vara, diciendo que era verdad
que se le habían prestado aquellos diez escudos que se le pedían; pero que
él se los había vuelto de su mano a la suya, y que por no caer en ello se
los volvía a pedir por momentos. Viendo lo cual el gran gobernador,
preguntó al acreedor qué respondía a lo que decía su contrario; y dijo que
sin duda alguna su deudor debía de decir verdad, porque le tenía por hombre
de bien y buen cristiano, y que a él se le debía de haber olvidado el cómo
y cuándo se los había vuelto, y que desde allí en adelante jamás le pidiría
nada. Tornó a tomar su báculo el deudor, y, bajando la cabeza, se salió del
juzgado. Visto lo cual Sancho, y que sin más ni más se iba, y viendo
también la paciencia del demandante, inclinó la cabeza sobre el pecho, y,
poniéndose el índice de la mano derecha sobre las cejas y las narices,
estuvo como pensativo un pequeño espacio, y luego alzó la cabeza y mandó
que le llamasen al viejo del báculo, que ya se había ido. Trujéronsele, y,
en viéndole Sancho, le dijo:

-Dadme, buen hombre, ese báculo, que le he menester.

-De muy buena gana -respondió el viejo-: hele aquí, señor.

Y púsosele en la mano. Tomóle Sancho, y, dándosele al otro viejo, le dijo:

-Andad con Dios, que ya vais pagado.

-¿Yo, señor? -respondió el viejo-. Pues, ¿vale esta cañaheja diez escudos
de oro?

-Sí -dijo el gobernador-; o si no, yo soy el mayor porro del mundo. Y ahora
se verá si tengo yo caletre para gobernar todo un reino.

Y mandó que allí, delante de todos, se rompiese y abriese la caña. Hízose
así, y en el corazón della hallaron diez escudos en oro. Quedaron todos
admirados, y tuvieron a su gobernador por un nuevo Salomón.

Preguntáronle de dónde había colegido que en aquella cañaheja estaban
aquellos diez escudos, y respondió que de haberle visto dar el viejo que
juraba, a su contrario, aquel báculo, en tanto que hacía el juramento, y
jurar que se los había dado real y verdaderamente, y que, en acabando de
jurar, le tornó a pedir el báculo, le vino a la imaginación que dentro dél
estaba la paga de lo que pedían. De donde se podía colegir que los que
gobiernan, aunque sean unos tontos, tal vez los encamina Dios en sus
juicios; y más, que él había oído contar otro caso como aquél al cura de su
lugar, y que él tenía tan gran memoria, que, a no olvidársele todo aquello
de que quería acordarse, no hubiera tal memoria en toda la ínsula.
Finalmente, el un viejo corrido y el otro pagado, se fueron, y los
presentes quedaron admirados, y el que escribía las palabras, hechos y
movimientos de Sancho no acababa de determinarse si le tendría y pondría
por tonto o por discreto.

Luego, acabado este pleito, entró en el juzgado una mujer asida fuertemente
de un hombre vestido de ganadero rico, la cual venía dando grandes voces,
diciendo:

-¡Justicia, señor gobernador, justicia, y si no la hallo en la tierra, la
iré a buscar al cielo! Señor gobernador de mi ánima, este mal hombre me ha
cogido en la mitad dese campo, y se ha aprovechado de mi cuerpo como si
fuera trapo mal lavado, y, ¡desdichada de mí!, me ha llevado lo que yo
tenía guardado más de veinte y tres años ha, defendiéndolo de moros y
cristianos, de naturales y estranjeros; y yo, siempre dura como un
alcornoque, conservándome entera como la salamanquesa en el fuego, o como
la lana entre las zarzas, para que este buen hombre llegase ahora con sus
manos limpias a manosearme.

-Aun eso está por averiguar: si tiene limpias o no las manos este galán
-dijo Sancho.

Y, volviéndose al hombre, le dijo qué decía y respondía a la querella de
aquella mujer. El cual, todo turbado, respondió:

-Señores, yo soy un pobre ganadero de ganado de cerda, y esta mañana salía
deste lugar de vender, con perdón sea dicho, cuatro puercos, que me
llevaron de alcabalas y socaliñas poco menos de lo que ellos valían;
volvíame a mi aldea, topé en el camino a esta buena dueña, y el diablo, que
todo lo añasca y todo lo cuece, hizo que yogásemos juntos; paguéle lo
soficiente, y ella, mal contenta, asió de mí, y no me ha dejado hasta
traerme a este puesto. Dice que la forcé, y miente, para el juramento que
hago o pienso hacer; y ésta es toda la verdad, sin faltar meaja.

Entonces el gobernador le preguntó si traía consigo algún dinero en plata;
él dijo que hasta veinte ducados tenía en el seno, en una bolsa de cuero.
Mandó que la sacase y se la entregase, así como estaba, a la querellante;
él lo hizo temblando; tomóla la mujer, y, haciendo mil zalemas a todos y
rogando a Dios por la vida y salud del señor gobernador, que así miraba por
las huérfanas menesterosas y doncellas; y con esto se salió del juzgado,
llevando la bolsa asida con entrambas manos, aunque primero miró si era de
plata la moneda que llevaba dentro.

Apenas salió, cuando Sancho dijo al ganadero, que ya se le saltaban las
lágrimas, y los ojos y el corazón se iban tras su bolsa:

-Buen hombre, id tras aquella mujer y quitadle la bolsa, aunque no quiera,
y volved aquí con ella.

Y no lo dijo a tonto ni a sordo, porque luego partió como un rayo y fue a
lo que se le mandaba. Todos los presentes estaban suspensos, esperando el
fin de aquel pleito, y de allí a poco volvieron el hombre y la mujer más
asidos y aferrados que la vez primera: ella la saya levantada y en el
regazo puesta la bolsa, y el hombre pugnando por quitársela; mas no era
posible, según la mujer la defendía, la cual daba voces diciendo:

-¡Justicia de Dios y del mundo! Mire vuestra merced, señor gobernador, la
poca vergüenza y el poco temor deste desalmado, que, en mitad de poblado y
en mitad de la calle, me ha querido quitar la bolsa que vuestra merced
mandó darme.

-Y ¿háosla quitado? -preguntó el gobernador.

-¿Cómo quitar? -respondió la mujer-. Antes me dejara yo quitar la vida que
me quiten la bolsa. ¡Bonita es la niña! ¡Otros gatos me han de echar a las
barbas, que no este desventurado y asqueroso! ¡Tenazas y martillos, mazos y
escoplos no serán bastantes a sacármela de las uñas, ni aun garras de
leones: antes el ánima de en mitad en mitad de las carnes!

-Ella tiene razón -dijo el hombre-, y yo me doy por rendido y sin fuerzas,
y confieso que las mías no son bastantes para quitársela, y déjola.

Entonces el gobernador dijo a la mujer:

-Mostrad, honrada y valiente, esa bolsa.

Ella se la dio luego, y el gobernador se la volvió al hombre, y dijo a la
esforzada y no forzada:

-Hermana mía, si el mismo aliento y valor que habéis mostrado para defender
esta bolsa le mostrárades, y aun la mitad menos, para defender vuestro
cuerpo, las fuerzas de Hércules no os hicieran fuerza. Andad con Dios, y
mucho de enhoramala, y no paréis en toda esta ínsula ni en seis leguas a la
redonda, so pena de docientos azotes. ¡Andad luego digo, churrillera,
desvergonzada y embaidora!

Espantóse la mujer y fuese cabizbaja y mal contenta, y el gobernador dijo
al hombre:

-Buen hombre, andad con Dios a vuestro lugar con vuestro dinero, y de aquí
adelante, si no le queréis perder, procurad que no os venga en voluntad de
yogar con nadie.

El hombre le dio las gracias lo peor que supo, y fuese, y los circunstantes
quedaron admirados de nuevo de los juicios y sentencias de su nuevo
gobernador. Todo lo cual, notado de su coronista, fue luego escrito al
duque, que con gran deseo lo estaba esperando.

Y quédese aquí el buen Sancho, que es mucha la priesa que nos da su amo,
alborozado con la música de Altisidora.

Capítulo XLVI. Del temeroso espanto cencerril y gatuno que recibió don
Quijote en el discurso de los amores de la enamorada Altisidora

Dejamos al gran don Quijote envuelto en los pensamientos que le habían
causado la música de la enamorada doncella Altisidora. Acostóse con ellos,
y, como si fueran pulgas, no le dejaron dormir ni sosegar un punto, y
juntábansele los que le faltaban de sus medias; pero, como es ligero el
tiempo, y no hay barranco que le detenga, corrió caballero en las horas, y
con mucha presteza llegó la de la mañana. Lo cual visto por don Quijote,
dejó las blandas plumas, y, no nada perezoso, se vistió su acamuzado
vestido y se calzó sus botas de camino, por encubrir la desgracia de sus
medias; arrojóse encima su mantón de escarlata y púsose en la cabeza una
montera de terciopelo verde, guarnecida de pasamanos de plata; colgó el
tahelí de sus hombros con su buena y tajadora espada, asió un gran rosario
que consigo contino traía, y con gran prosopopeya y contoneo salió a la
antesala, donde el duque y la duquesa estaban ya vestidos y como
esperándole; y, al pasar por una galería, estaban aposta esperándole
Altisidora y la otra doncella su amiga, y, así como Altisidora vio a don
Quijote, fingió desmayarse, y su amiga la recogió en sus faldas, y con gran
presteza la iba a desabrochar el pecho. Don Quijote, que lo vio, llegándose
a ellas, dijo:

-Ya sé yo de qué proceden estos accidentes.

-No sé yo de qué -respondió la amiga-, porque Altisidora es la doncella más
sana de toda esta casa, y yo nunca la he sentido un ¡ay! en cuanto ha que
la conozco, que mal hayan cuantos caballeros andantes hay en el mundo, si
es que todos son desagradecidos. Váyase vuesa merced, señor don Quijote,
que no volverá en sí esta pobre niña en tanto que vuesa merced aquí
estuviere.

A lo que respondió don Quijote:

-Haga vuesa merced, señora, que se me ponga un laúd esta noche en mi
aposento, que yo consolaré lo mejor que pudiere a esta lastimada doncella;
que en los principios amorosos los desengaños prestos suelen ser remedios
calificados.

Y con esto se fue, porque no fuese notado de los que allí le viesen. No se
hubo bien apartado, cuando, volviendo en sí la desmayada Altisidora, dijo a
su compañera:

-Menester será que se le ponga el laúd, que sin duda don Quijote quiere
darnos música, y no será mala, siendo suya.

Fueron luego a dar cuenta a la duquesa de lo que pasaba y del laúd que
pedía don Quijote, y ella, alegre sobremodo, concertó con el duque y con
sus doncellas de hacerle una burla que fuese más risueña que dañosa, y con
mucho contento esperaban la noche, que se vino tan apriesa como se había
venido el día, el cual pasaron los duques en sabrosas pláticas con don
Quijote. Y la duquesa aquel día real y verdaderamente despachó a un paje
suyo, que había hecho en la selva la figura encantada de Dulcinea, a Teresa
Panza, con la carta de su marido Sancho Panza, y con el lío de ropa que
había dejado para que se le enviase, encargándole le trujese buena
relación de todo lo que con ella pasase.

Hecho esto, y llegadas las once horas de la noche, halló don Quijote una
vihuela en su aposento; templóla, abrió la reja, y sintió que andaba gente
en el jardín; y, habiendo recorrido los trastes de la vihuela y afinándola
lo mejor que supo, escupió y remondóse el pecho, y luego, con una voz
ronquilla, aunque entonada, cantó el siguiente romance, que él mismo aquel
día había compuesto:

-Suelen las fuerzas de amor

sacar de quicio a las almas,

tomando por instrumento

la ociosidad descuidada.

Suele el coser y el labrar,

y el estar siempre ocupada,

ser antídoto al veneno

de las amorosas ansias.

Las doncellas recogidas

que aspiran a ser casadas,

la honestidad es la dote

y voz de sus alabanzas.

Los andantes caballeros,

y los que en la corte andan,

requiébranse con las libres,

con las honestas se casan.

Hay amores de levante,

que entre huéspedes se tratan,

que llegan presto al poniente,

porque en el partirse acaban.

El amor recién venido,

que hoy llegó y se va mañana,

las imágines no deja

bien impresas en el alma.

Pintura sobre pintura

ni se muestra ni señala;

y do hay primera belleza,

la segunda no hace baza.

Dulcinea del Toboso

del alma en la tabla rasa

tengo pintada de modo

que es imposible borrarla.

La firmeza en los amantes

es la parte más preciada,

por quien hace amor milagros,

y asimesmo los levanta.

Aquí llegaba don Quijote de su canto, a quien estaban escuchando el duque y
la duquesa, Altisidora y casi toda la gente del castillo, cuando de
improviso, desde encima de un corredor que sobre la reja de don Quijote a
plomo caía, descolgaron un cordel donde venían más de cien cencerros
asidos, y luego, tras ellos, derramaron un gran saco de gatos, que asimismo
traían cencerros menores atados a las colas. Fue tan grande el ruido de los
cencerros y el mayar de los gatos, que, aunque los duques habían sido
inventores de la burla, todavía les sobresaltó; y, temeroso, don Quijote
quedó pasmado. Y quiso la suerte que dos o tres gatos se entraron por la
reja de su estancia, y, dando de una parte a otra, parecía que una región
de diablos andaba en ella. Apagaron las velas que en el aposento ardían, y
andaban buscando por do escaparse. El descolgar y subir del cordel de los
grandes cencerros no cesaba; la mayor parte de la gente del castillo, que
no sabía la verdad del caso, estaba suspensa y admirada.

Levantóse don Quijote en pie, y, poniendo mano a la espada, comenzó a tirar
estocadas por la reja y a decir a grandes voces:

-¡Afuera, malignos encantadores! ¡Afuera, canalla hechiceresca, que yo soy
don Quijote de la Mancha, contra quien no valen ni tienen fuerza vuestras
malas intenciones!

Y, volviéndose a los gatos que andaban por el aposento, les tiró muchas
cuchilladas; ellos acudieron a la reja, y por allí se salieron, aunque uno,
viéndose tan acosado de las cuchilladas de don Quijote, le saltó al rostro
y le asió de las narices con las uñas y los dientes, por cuyo dolor don
Quijote comenzó a dar los mayores gritos que pudo. Oyendo lo cual el duque
y la duquesa, y considerando lo que podía ser, con mucha presteza acudieron
a su estancia, y, abriendo con llave maestra, vieron al pobre caballero
pugnando con todas sus fuerzas por arrancar el gato de su rostro. Entraron
con luces y vieron la desigual pelea; acudió el duque a despartirla, y don
Quijote dijo a voces:

-¡No me le quite nadie! ¡Déjenme mano a mano con este demonio, con este
hechicero, con este encantador, que yo le daré a entender de mí a él quién
es don Quijote de la Mancha!

Pero el gato, no curándose destas amenazas, gruñía y apretaba. Mas, en fin,
el duque se le desarraigó y le echó por la reja.

Quedó don Quijote acribado el rostro y no muy sanas las narices, aunque muy
despechado porque no le habían dejado fenecer la batalla que tan trabada
tenía con aquel malandrín encantador. Hicieron traer aceite de Aparicio, y
la misma Altisidora, con sus blanquísimas manos, le puso unas vendas por
todo lo herido; y, al ponérselas, con voz baja le dijo:

-Todas estas malandanzas te suceden, empedernido caballero, por el pecado
de tu dureza y pertinacia; y plega a Dios que se le olvide a Sancho tu
escudero el azotarse, porque nunca salga de su encanto esta tan amada tuya
Dulcinea, ni tú lo goces, ni llegues a tálamo con ella, a lo menos viviendo
yo, que te adoro.

A todo esto no respondió don Quijote otra palabra si no fue dar un profundo
suspiro, y luego se tendió en su lecho, agradeciendo a los duques la
merced, no porque él tenía temor de aquella canalla gatesca, encantadora y
cencerruna, sino porque había conocido la buena intención con que habían
venido a socorrerle. Los duques le dejaron sosegar, y se fueron, pesarosos
del mal suceso de la burla; que no creyeron que tan pesada y costosa le
saliera a don Quijote aquella aventura, que le costó cinco días de
encerramiento y de cama, donde le sucedió otra aventura más gustosa que la
pasada, la cual no quiere su historiador contar ahora, por acudir a Sancho
Panza, que andaba muy solícito y muy gracioso en su gobierno.

Capítulo XLVII. Donde se prosigue cómo se portaba Sancho Panza en su
gobierno

Cuenta la historia que desde el juzgado llevaron a Sancho Panza a un
suntuoso palacio, adonde en una gran sala estaba puesta una real y
limpísima mesa; y, así como Sancho entró en la sala, sonaron chirimías, y
salieron cuatro pajes a darle aguamanos, que Sancho recibió con mucha
gravedad.

Cesó la música, sentóse Sancho a la cabecera de la mesa, porque no había
más de aquel asiento, y no otro servicio en toda ella. Púsose a su lado en
pie un personaje, que después mostró ser médico, con una varilla de ballena
en la mano. Levantaron una riquísima y blanca toalla con que estaban
cubiertas las frutas y mucha diversidad de platos de diversos manjares; uno
que parecía estudiante echó la bendición, y un paje puso un babador randado
a Sancho; otro que hacía el oficio de maestresala, llegó un plato de fruta
delante; pero, apenas hubo comido un bocado, cuando el de la varilla
tocando con ella en el plato, se le quitaron de delante con grandísima
celeridad; pero el maestresala le llegó otro de otro manjar. Iba a probarle
Sancho; pero, antes que llegase a él ni le gustase, ya la varilla había
tocado en él, y un paje alzádole con tanta presteza como el de la fruta.
Visto lo cual por Sancho, quedó suspenso, y, mirando a todos, preguntó si
se había de comer aquella comida como juego de maesecoral. A lo cual
respondió el de la vara:

-No se ha de comer, señor gobernador, sino como es uso y costumbre en las
otras ínsulas donde hay gobernadores. Yo, señor, soy médico, y estoy
asalariado en esta ínsula para serlo de los gobernadores della, y miro por
su salud mucho más que por la mía, estudiando de noche y de día, y
tanteando la complexión del gobernador, para acertar a curarle cuando
cayere enfermo; y lo principal que hago es asistir a sus comidas y cenas, y
a dejarle comer de lo que me parece que le conviene, y a quitarle lo que
imagino que le ha de hacer daño y ser nocivo al estómago; y así, mandé
quitar el plato de la fruta, por ser demasiadamente húmeda, y el plato del
otro manjar también le mandé quitar, por ser demasiadamente caliente y
tener muchas especies, que acrecientan la sed; y el que mucho bebe mata y
consume el húmedo radical, donde consiste la vida.

-Desa manera, aquel plato de perdices que están allí asadas, y, a mi
parecer, bien sazonadas, no me harán algún daño.

A lo que el médico respondió:

-Ésas no comerá el señor gobernador en tanto que yo tuviere vida.

-Pues, ¿por qué? -dijo Sancho.

Y el médico respondió:

-Porque nuestro maestro Hipócrates, norte y luz de la medicina, en un
aforismo suyo, dice: Omnis saturatio mala, perdices autem pessima. Quiere
decir: "Toda hartazga es mala; pero la de las perdices, malísima".

-Si eso es así -dijo Sancho-, vea el señor doctor de cuantos manjares hay
en esta mesa cuál me hará más provecho y cuál menos daño, y déjeme comer
dél sin que me le apalee; porque, por vida del gobernador, y así Dios me le
deje gozar, que me muero de hambre, y el negarme la comida, aunque le pese
al señor doctor y él más me diga, antes será quitarme la vida que
aumentármela.

-Vuestra merced tiene razón, señor gobernador -respondió el médico-; y así,
es mi parecer que vuestra merced no coma de aquellos conejos guisados que
allí están, porque es manjar peliagudo. De aquella ternera, si no fuera
asada y en adobo, aún se pudiera probar, pero no hay para qué.

Y Sancho dijo:

-Aquel platonazo que está más adelante vahando me parece que es olla
podrida, que por la diversidad de cosas que en las tales ollas podridas
hay, no podré dejar de topar con alguna que me sea de gusto y de provecho.

-Absit! -dijo el médico-. Vaya lejos de nosotros tan mal pensamiento: no
hay cosa en el mundo de peor mantenimiento que una olla podrida. Allá las
ollas podridas para los canónigos, o para los retores de colegios, o para
las bodas labradorescas, y déjennos libres las mesas de los gobernadores,
donde ha de asistir todo primor y toda atildadura; y la razón es porque
siempre y a doquiera y de quienquiera son más estimadas las medicinas
simples que las compuestas, porque en las simples no se puede errar y en
las compuestas sí, alterando la cantidad de las cosas de que son
compuestas; mas lo que yo sé que ha de comer el señor gobernador ahora,
para conservar su salud y corroborarla, es un ciento de cañutillos de
suplicaciones y unas tajadicas subtiles de carne de membrillo, que le
asienten el estómago y le ayuden a la digestión.

Oyendo esto Sancho, se arrimó sobre el espaldar de la silla y miró de hito
en hito al tal médico, y con voz grave le preguntó cómo se llamaba y dónde
había estudiado. A lo que él respondió:

-Yo, señor gobernador, me llamo el doctor Pedro Recio de Agüero, y soy
natural de un lugar llamado Tirteafuera, que está entre Caracuel y
Almodóvar del Campo, a la mano derecha, y tengo el grado de doctor por la
universidad de Osuna.

A lo que respondió Sancho, todo encendido en cólera:

-Pues, señor doctor Pedro Recio de Mal Agüero, natural de Tirteafuera,
lugar que está a la derecha mano como vamos de Caracuel a Almodóvar del
Campo, graduado en Osuna, quíteseme luego delante, si no, voto al sol que
tome un garrote y que a garrotazos, comenzando por él, no me ha de quedar
médico en toda la ínsula, a lo menos de aquellos que yo entienda que son
ignorantes; que a los médicos sabios, prudentes y discretos los pondré
sobre mi cabeza y los honraré como a personas divinas. Y vuelvo a decir que
se me vaya, Pedro Recio, de aquí; si no, tomaré esta silla donde estoy
sentado y se la estrellaré en la cabeza; y pídanmelo en residencia, que yo
me descargaré con decir que hice servicio a Dios en matar a un mal médico,
verdugo de la república. Y denme de comer, o si no, tómense su gobierno,
que oficio que no da de comer a su dueño no vale dos habas.

Alborotóse el doctor, viendo tan colérico al gobernador, y quiso hacer
tirteafuera de la sala, sino que en aquel instante sonó una corneta de
posta en la calle, y, asomándose el maestresala a la ventana, volvió
diciendo:

-Correo viene del duque mi señor; algún despacho debe de traer de
importancia.

Entró el correo sudando y asustado, y, sacando un pliego del seno, le puso
en las manos del gobernador, y Sancho le puso en las del mayordomo, a quien
mandó leyese el sobreescrito, que decía así: A don Sancho Panza, gobernador
de la ínsula Barataria, en su propia mano o en las de su secretario. Oyendo
lo cual, Sancho dijo:

-¿Quién es aquí mi secretario?

Y uno de los que presentes estaban respondió:

-Yo, señor, porque sé leer y escribir, y soy vizcaíno.

-Con esa añadidura -dijo Sancho-, bien podéis ser secretario del mismo
emperador. Abrid ese pliego, y mirad lo que dice.

Hízolo así el recién nacido secretario, y, habiendo leído lo que decía,
dijo que era negocio para tratarle a solas. Mandó Sancho despejar la sala,
y que no quedasen en ella sino el mayordomo y el maestresala, y los demás y
el médico se fueron; y luego el secretario leyó la carta, que así decía:

A mi noticia ha llegado, señor don Sancho Panza, que unos enemigos míos y
desa ínsula la han de dar un asalto furioso, no sé qué noche; conviene
velar y estar alerta, porque no le tomen desapercebido. Sé también, por
espías verdaderas, que han entrado en ese lugar cuatro personas disfrazadas
para quitaros la vida, porque se temen de vuestro ingenio; abrid el ojo, y
mirad quién llega a hablaros, y no comáis de cosa que os presentaren. Yo
tendré cuidado de socorreros si os viéredes en trabajo, y en todo haréis
como se espera de vuestro entendimiento. Deste lugar, a 16 de agosto, a las
cuatro de la mañana.

Vuestro amigo,

El Duque.

Quedó atónito Sancho, y mostraron quedarlo asimismo los circunstantes; y,
volviéndose al mayordomo, le dijo:

-Lo que agora se ha de hacer, y ha de ser luego, es meter en un calabozo al
doctor Recio; porque si alguno me ha de matar, ha de ser él, y de muerte
adminícula y pésima, como es la de la hambre.

-También -dijo el maestresala- me parece a mí que vuesa merced no coma de
todo lo que está en esta mesa, porque lo han presentado unas monjas, y,
como suele decirse, detrás de la cruz está el diablo.

-No lo niego -respondió Sancho-, y por ahora denme un pedazo de pan y obra
de cuatro libras de uvas, que en ellas no podrá venir veneno; porque, en
efecto, no puedo pasar sin comer, y si es que hemos de estar prontos para
estas batallas que nos amenazan, menester será estar bien mantenidos,
porque tripas llevan corazón, que no corazón tripas. Y vos, secretario,
responded al duque mi señor y decidle que se cumplirá lo que manda como lo
manda, sin faltar punto; y daréis de mi parte un besamanos a mi señora la
duquesa, y que le suplico no se le olvide de enviar con un propio mi carta
y mi lío a mi mujer Teresa Panza, que en ello recibiré mucha merced, y
tendré cuidado de servirla con todo lo que mis fuerzas alcanzaren; y de
camino podéis encajar un besamanos a mi señor don Quijote de la Mancha,
porque vea que soy pan agradecido; y vos, como buen secretario y como buen
vizcaíno, podéis añadir todo lo que quisiéredes y más viniere a cuento. Y
álcense estos manteles, y denme a mí de comer, que yo me avendré con
cuantas espías y matadores y encantadores vinieren sobre mí y sobre mi
ínsula.

En esto entró un paje, y dijo:

-Aquí está un labrador negociante que quiere hablar a Vuestra Señoría en un
negocio, según él dice, de mucha importancia.

-Estraño caso es éste -dijo Sancho- destos negociantes. ¿Es posible que
sean tan necios, que no echen de ver que semejantes horas como éstas no son
en las que han de venir a negociar? ¿Por ventura los que gobernamos, los
que somos jueces, no somos hombres de carne y de hueso, y que es menester
que nos dejen descansar el tiempo que la necesidad pide, sino que quieren
que seamos hechos de piedra marmol? Por Dios y en mi conciencia que si me
dura el gobierno (que no durará, según se me trasluce), que yo ponga en
pretina a más de un negociante. Agora decid a ese buen hombre que entre;
pero adviértase primero no sea alguno de los espías, o matador mío.

-No, señor -respondió el paje-, porque parece una alma de cántaro, y yo sé
poco, o él es tan bueno como el buen pan.

-No hay que temer -dijo el mayordomo-, que aquí estamos todos.

-¿Sería posible -dijo Sancho-, maestresala, que agora que no está aquí el
doctor Pedro Recio, que comiese yo alguna cosa de peso y de sustancia,
aunque fuese un pedazo de pan y una cebolla?

-Esta noche, a la cena, se satisfará la falta de la comida, y quedará
Vuestra Señoría satisfecho y pagado -dijo el maestresala.

-Dios lo haga -respondió Sancho.

Y, en esto, entró el labrador, que era de muy buena presencia, y de mil
leguas se le echaba de ver que era bueno y buena alma. Lo primero que dijo
fue:

-¿Quién es aquí el señor gobernador?

-¿Quién ha de ser -respondió el secretario-, sino el que está sentado en la
silla?

-Humíllome, pues, a su presencia -dijo el labrador.

Y, poniéndose de rodillas, le pidió la mano para besársela. Negósela
Sancho, y mandó que se levantase y dijese lo que quisiese. Hízolo así el
labrador, y luego dijo:

-Yo, señor, soy labrador, natural de Miguel Turra, un lugar que está dos
leguas de Ciudad Real.

-¡Otro Tirteafuera tenemos! -dijo Sancho-. Decid, hermano, que lo que yo os
sé decir es que sé muy bien a Miguel Turra, y que no está muy lejos de mi
pueblo.

-Es, pues, el caso, señor -prosiguió el labrador-, que yo, por la
misericordia de Dios, soy casado en paz y en haz de la Santa Iglesia
Católica Romana; tengo dos hijos estudiantes que el menor estudia para
bachiller y el mayor para licenciado; soy viudo, porque se murió mi mujer,
o, por mejor decir, me la mató un mal médico, que la purgó estando preñada,
y si Dios fuera servido que saliera a luz el parto, y fuera hijo, yo le
pusiere a estudiar para doctor, porque no tuviera invidia a sus hermanos el
bachiller y el licenciado.

-De modo -dijo Sancho- que si vuestra mujer no se hubiera muerto, o la
hubieran muerto, vos no fuérades agora viudo.

-No, señor, en ninguna manera -respondió el labrador.

-¡Medrados estamos! -replicó Sancho-. Adelante, hermano, que es hora de
dormir más que de negociar.

-Digo, pues -dijo el labrador-, que este mi hijo que ha de ser bachiller se
enamoró en el mesmo pueblo de una doncella llamada Clara Perlerina, hija de
Andrés Perlerino, labrador riquísimo; y este nombre de Perlerines no les
viene de abolengo ni otra alcurnia, sino porque todos los deste linaje son
perláticos, y por mejorar el nombre los llaman Perlerines; aunque, si va
decir la verdad, la doncella es como una perla oriental, y, mirada por el
lado derecho, parece una flor del campo; por el izquierdo no tanto, porque
le falta aquel ojo, que se le saltó de viruelas; y, aunque los hoyos del
rostro son muchos y grandes, dicen los que la quieren bien que aquéllos no
son hoyos, sino sepulturas donde se sepultan las almas de sus amantes. Es
tan limpia que, por no ensuciar la cara, trae las narices, como dicen,
arremangadas, que no parece sino que van huyendo de la boca; y, con todo
esto, parece bien por estremo, porque tiene la boca grande, y, a no
faltarle diez o doce dientes y muelas, pudiera pasar y echar raya entre las
más bien formadas. De los labios no tengo qué decir, porque son tan sutiles
y delicados que, si se usaran aspar labios, pudieran hacer dellos una
madeja; pero, como tienen diferente color de la que en los labios se usa
comúnmente, parecen milagrosos, porque son jaspeados de azul y verde y
aberenjenado; y perdóneme el señor gobernador si por tan menudo voy
pintando las partes de la que al fin al fin ha de ser mi hija, que la
quiero bien y no me parece mal.

-Pintad lo que quisiéredes -dijo Sancho-, que yo me voy recreando en la
pintura, y si hubiera comido, no hubiera mejor postre para mí que vuestro
retrato.

-Eso tengo yo por servir -respondió el labrador-, pero tiempo vendrá en que
seamos, si ahora no somos. Y digo, señor, que si pudiera pintar su
gentileza y la altura de su cuerpo, fuera cosa de admiración; pero no puede
ser, a causa de que ella está agobiada y encogida, y tiene las rodillas con
la boca, y, con todo eso, se echa bien de ver que si se pudiera levantar,
diera con la cabeza en el techo; y ya ella hubiera dado la mano de esposa a
mi bachiller, sino que no la puede estender, que está añudada; y, con todo,
en las uñas largas y acanaladas se muestra su bondad y buena hechura.

-Está bien -dijo Sancho-, y haced cuenta, hermano, que ya la habéis pintado
de los pies a la cabeza. ¿Qué es lo que queréis ahora? Y venid al punto sin
rodeos ni callejuelas, ni retazos ni añadiduras.

-Querría, señor -respondió el labrador-, que vuestra merced me hiciese
merced de darme una carta de favor para mi consuegro, suplicándole sea
servido de que este casamiento se haga, pues no somos desiguales en los
bienes de fortuna, ni en los de la naturaleza; porque, para decir la
verdad, señor gobernador, mi hijo es endemoniado, y no hay día que tres o
cuatro veces no le atormenten los malignos espíritus; y de haber caído una
vez en el fuego, tiene el rostro arrugado como pergamino, y los ojos algo
llorosos y manantiales; pero tiene una condición de un ángel, y si no es
que se aporrea y se da de puñadas él mesmo a sí mesmo, fuera un bendito.

-¿Queréis otra cosa, buen hombre? -replicó Sancho.

-Otra cosa querría -dijo el labrador-, sino que no me atrevo a decirlo;
pero vaya, que, en fin, no se me ha de podrir en el pecho, pegue o no
pegue. Digo, señor, que querría que vuesa merced me diese trecientos o
seiscientos ducados para ayuda a la dote de mi bachiller; digo para ayuda
de poner su casa, porque, en fin, han de vivir por sí, sin estar sujetos a
las impertinencias de los suegros.

-Mirad si queréis otra cosa -dijo Sancho-, y no la dejéis de decir por
empacho ni por vergüenza.

-No, por cierto -respondió el labrador.

Y, apenas dijo esto, cuando, levantándose en pie el gobernador, asió de la
silla en que estaba sentado y dijo:

-¡Voto a tal, don patán rústico y mal mirado, que si no os apartáis y
ascondéis luego de mi presencia, que con esta silla os rompa y abra la
cabeza! Hideputa bellaco, pintor del mesmo demonio, ¿y a estas horas te
vienes a pedirme seiscientos ducados?; y ¿dónde los tengo yo, hediondo?; y
¿por qué te los había de dar, aunque los tuviera, socarrón y mentecato?; y
¿qué se me da a mí de Miguel Turra, ni de todo el linaje de los Perlerines?
¡Va de mí, digo; si no, por vida del duque mi señor, que haga lo que tengo
dicho! Tú no debes de ser de Miguel Turra, sino algún socarrón que, para
tentarme, te ha enviado aquí el infierno. Dime, desalmado, aún no ha día y
medio que tengo el gobierno, y ¿ya quieres que tenga seiscientos ducados?

Hizo de señas el maestresala al labrador que se saliese de la sala, el cual
lo hizo cabizbajo y, al parecer, temeroso de que el gobernador no ejecutase
su cólera, que el bellacón supo hacer muy bien su oficio.

Pero dejemos con su cólera a Sancho, y ándese la paz en el corro, y
volvamos a don Quijote, que le dejamos vendado el rostro y curado de las
gatescas heridas, de las cuales no sanó en ocho días, en uno de los cuales
le sucedió lo que Cide Hamete promete de contar con la puntualidad y
verdad que suele contar las cosas desta historia, por mínimas que sean.

Capítulo XLVIII. De lo que le sucedió a don Quijote con doña Rodríguez, la
dueña de la duquesa, con otros acontecimientos dignos de escritura y de
memoria eterna

Además estaba mohíno y malencólico el mal ferido don Quijote, vendado el
rostro y señalado, no por la mano de Dios, sino por las uñas de un gato,
desdichas anejas a la andante caballería. Seis días estuvo sin salir en
público, en una noche de las cuales, estando despierto y desvelado,
pensando en sus desgracias y en el perseguimiento de Altisidora, sintió que
con una llave abrían la puerta de su aposento, y luego imaginó que la
enamorada doncella venía para sobresaltar su honestidad y ponerle en
condición de faltar a la fee que guardar debía a su señora Dulcinea del
Toboso.

-No -dijo creyendo a su imaginación, y esto, con voz que pudiera ser oída-;
no ha de ser parte la mayor hermosura de la tierra para que yo deje de
adorar la que tengo grabada y estampada en la mitad de mi corazón y en lo
más escondido de mis entrañas, ora estés, señora mía, transformada en
cebolluda labradora, ora en ninfa del dorado Tajo, tejiendo telas de oro y
sirgo compuestas, ora te tenga Merlín, o Montesinos, donde ellos quisieren;
que, adondequiera eres mía, y adoquiera he sido yo, y he de ser, tuyo.

El acabar estas razones y el abrir de la puerta fue todo uno. Púsose en pie
sobre la cama, envuelto de arriba abajo en una colcha de raso amarillo, una
galocha en la cabeza, y el rostro y los bigotes vendados: el rostro, por
los aruños; los bigotes, porque no se le desmayasen y cayesen; en el cual
traje parecía la más extraordinaria fantasma que se pudiera pensar.

Clavó los ojos en la puerta, y, cuando esperaba ver entrar por ella a la
rendida y lastimada Altisidora, vio entrar a una reverendísima dueña con
unas tocas blancas repulgadas y luengas, tanto, que la cubrían y enmantaban
desde los pies a la cabeza. Entre los dedos de la mano izquierda traía una
media vela encendida, y con la derecha se hacía sombra, porque no le diese
la luz en los ojos, a quien cubrían unos muy grandes antojos. Venía pisando
quedito, y movía los pies blandamente.

Miróla don Quijote desde su atalaya, y cuando vio su adeliño y notó su
silencio, pensó que alguna bruja o maga venía en aquel traje a hacer en él
alguna mala fechuría, y comenzó a santiguarse con mucha priesa. Fuese
llegando la visión, y, cuando llegó a la mitad del aposento, alzó los ojos
y vio la priesa con que se estaba haciendo cruces don Quijote; y si él
quedó medroso en ver tal figura, ella quedó espantada en ver la suya,
porque, así como le vio tan alto y tan amarillo, con la colcha y con las
vendas, que le desfiguraban, dio una gran voz, diciendo:

-¡Jesús! ¿Qué es lo que veo?

Y con el sobresalto se le cayó la vela de las manos; y, viéndose a escuras,
volvió las espaldas para irse, y con el miedo tropezó en sus faldas y dio
consigo una gran caída. Don Quijote, temeroso, comenzó a decir:

-Conjúrote, fantasma, o lo que eres, que me digas quién eres, y que me
digas qué es lo que de mí quieres. Si eres alma en pena, dímelo, que yo
haré por ti todo cuanto mis fuerzas alcanzaren, porque soy católico
cristiano y amigo de hacer bien a todo el mundo; que para esto tomé la
orden de la caballería andante que profeso, cuyo ejercicio aun hasta hacer
bien a las ánimas de purgatorio se estiende.

La brumada dueña, que oyó conjurarse, por su temor coligió el de don
Quijote, y con voz afligida y baja le respondió:

-Señor don Quijote, si es que acaso vuestra merced es don Quijote, yo no
soy fantasma, ni visión, ni alma de purgatorio, como vuestra merced debe de
haber pensado, sino doña Rodríguez, la dueña de honor de mi señora la
duquesa, que, con una necesidad de aquellas que vuestra merced suele
remediar, a vuestra merced vengo.

-Dígame, señora doña Rodríguez -dijo don Quijote-: ¿por ventura viene
vuestra merced a hacer alguna tercería? Porque le hago saber que no soy de
provecho para nadie, merced a la sin par belleza de mi señora Dulcinea del
Toboso. Digo, en fin, señora doña Rodríguez, que, como vuestra merced salve
y deje a una parte todo recado amoroso, puede volver a encender su vela, y
vuelva, y departiremos de todo lo que más mandare y más en gusto le
viniere, salvando, como digo, todo incitativo melindre.

-¿Yo recado de nadie, señor mío? -respondió la dueña-. Mal me conoce
vuestra merced; sí, que aún no estoy en edad tan prolongada que me acoja a
semejantes niñerías, pues, Dios loado, mi alma me tengo en las carnes, y
todos mis dientes y muelas en la boca, amén de unos pocos que me han
usurpado unos catarros, que en esta tierra de Aragón son tan ordinarios.
Pero espéreme vuestra merced un poco; saldré a encender mi vela, y volveré
en un instante a contar mis cuitas, como a remediador de todas las del
mundo.

Y, sin esperar respuesta, se salió del aposento, donde quedó don Quijote
sosegado y pensativo esperándola; pero luego le sobrevinieron mil
pensamientos acerca de aquella nueva aventura, y parecíale ser mal hecho y
peor pensado ponerse en peligro de romper a su señora la fee prometida, y
decíase a sí mismo:

-¿Quién sabe si el diablo, que es sutil y mañoso, querrá engañarme agora
con una dueña, lo que no ha podido con emperatrices, reinas, duquesas,
marquesas ni condesas? Que yo he oído decir muchas veces y a muchos
discretos que, si él puede, antes os la dará roma que aguileña. Y ¿quién
sabe si esta soledad, esta ocasión y este silencio despertará mis deseos
que duermen, y harán que al cabo de mis años venga a caer donde nunca he
tropezado? Y, en casos semejantes, mejor es huir que esperar la batalla.
Pero yo no debo de estar en mi juicio, pues tales disparates digo y pienso;
que no es posible que una dueña toquiblanca, larga y antojuna pueda mover
ni levantar pensamiento lascivo en el más desalmado pecho del mundo. ¿Por
ventura hay dueña en la tierra que tenga buenas carnes? ¿Por ventura hay
dueña en el orbe que deje de ser impertinente, fruncida y melindrosa?
¡Afuera, pues, caterva dueñesca, inútil para ningún humano regalo! ¡Oh,
cuán bien hacía aquella señora de quien se dice que tenía dos dueñas de
bulto con sus antojos y almohadillas al cabo de su estrado, como que
estaban labrando, y tanto le servían para la autoridad de la sala aquellas
estatuas como las dueñas verdaderas!

Y, diciendo esto, se arrojó del lecho, con intención de cerrar la puerta y
no dejar entrar a la señora Rodríguez; mas, cuando la llegó a cerrar, ya la
señora Rodríguez volvía, encendida una vela de cera blanca, y cuando ella
vio a don Quijote de más cerca, envuelto en la colcha, con las vendas,
galocha o becoquín, temió de nuevo, y, retirándose atrás como dos pasos,
dijo:

-¿Estamos seguras, señor caballero? Porque no tengo a muy honesta señal
haberse vuesa merced levantado de su lecho.

-Eso mesmo es bien que yo pregunte, señora -respondió don Quijote-; y así,
pregunto si estaré yo seguro de ser acometido y forzado.

-¿De quién o a quién pedís, señor caballero, esa seguridad? -respondió la
dueña.

-A vos y de vos la pido -replicó don Quijote-, porque ni yo soy de mármol
ni vos de bronce, ni ahora son las diez del día, sino media noche, y aun un
poco más, según imagino, y en una estancia más cerrada y secreta que lo
debió de ser la cueva donde el traidor y atrevido Eneas gozó a la hermosa y
piadosa Dido. Pero dadme, señora, la mano, que yo no quiero otra seguridad
mayor que la de mi continencia y recato, y la que ofrecen esas
reverendísimas tocas.

Y, diciendo esto, besó su derecha mano, y le asió de la suya, que ella le
dio con las mesmas ceremonias.

Aquí hace Cide Hamete un paréntesis, y dice que por Mahoma que diera, por
ver ir a los dos así asidos y trabados desde la puerta al lecho, la mejor
almalafa de dos que tenía.

Entróse, en fin, don Quijote en su lecho, y quedóse doña Rodríguez sentada
en una silla, algo desviada de la cama, no quitándose los antojos ni la
vela. Don Quijote se acorrucó y se cubrió todo, no dejando más de el rostro
descubierto; y, habiéndose los dos sosegado, el primero que rompió el
silencio fue don Quijote, diciendo:

-Puede vuesa merced ahora, mi señora doña Rodríguez, descoserse y desbuchar
todo aquello que tiene dentro de su cuitado corazón y lastimadas entrañas,
que será de mí escuchada con castos oídos, y socorrida con piadosas obras.

-Así lo creo yo -respondió la dueña-, que de la gentil y agradable
presencia de vuesa merced no se podía esperar sino tan cristiana respuesta.
«Es, pues, el caso, señor don Quijote, que, aunque vuesa merced me vee
sentada en esta silla y en la mitad del reino de Aragón, y en hábito de
dueña aniquilada y asendereada, soy natural de las Asturias de Oviedo, y de
linaje que atraviesan por él muchos de los mejores de aquella provincia;
pero mi corta suerte y el descuido de mis padres, que empobrecieron antes
de tiempo, sin saber cómo ni cómo no, me trujeron a la corte, a Madrid,
donde por bien de paz y por escusar mayores desventuras, mis padres me
acomodaron a servir de doncella de labor a una principal señora; y quiero
hacer sabidor a vuesa merced que en hacer vainillas y labor blanca ninguna
me ha echado el pie adelante en toda la vida. Mis padres me dejaron
sirviendo y se volvieron a su tierra, y de allí a pocos años se debieron de
ir al cielo, porque eran además buenos y católicos cristianos. Quedé
huérfana, y atenida al miserable salario y a las angustiadas mercedes que
a las tales criadas se suele dar en palacio; y, en este tiempo, sin que
diese yo ocasión a ello, se enamoró de mi un escudero de casa, hombre ya en
días, barbudo y apersonado, y, sobre todo, hidalgo como el rey, porque era
montañés. No tratamos tan secretamente nuestros amores que no viniesen a
noticia de mi señora, la cual, por escusar dimes y diretes, nos casó en paz
y en haz de la Santa Madre Iglesia Católica Romana, de cuyo matrimonio
nació una hija para rematar con mi ventura, si alguna tenía; no porque yo
muriese del parto, que le tuve derecho y en sazón, sino porque desde allí a
poco murió mi esposo de un cierto espanto que tuvo, que, a tener ahora
lugar para contarle, yo sé que vuestra merced se admirara.»

Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente, y dijo:

-Perdóneme vuestra merced, señor don Quijote, que no va más en mi mano,
porque todas las veces que me acuerdo de mi mal logrado se me arrasan los
ojos de lágrimas. ¡Válame Dios, y con qué autoridad llevaba a mi señora a
las ancas de una poderosa mula, negra como el mismo azabache! Que entonces
no se usaban coches ni sillas, como agora dicen que se usan, y las señoras
iban a las ancas de sus escuderos. Esto, a lo menos, no puedo dejar de
contarlo, porque se note la crianza y puntualidad de mi buen marido. «Al
entrar de la calle de Santiago, en Madrid, que es algo estrecha, venía a
salir por ella un alcalde de corte con dos alguaciles delante, y, así como
mi buen escudero le vio, volvió las riendas a la mula, dando señal de
volver a acompañarle. Mi señora, que iba a las ancas, con voz baja le
decía: ''-¿Qué hacéis, desventurado? ¿No veis que voy aquí?'' El alcalde,
de comedido, detuvo la rienda al caballo y díjole: ''-Seguid, señor,
vuestro camino, que yo soy el que debo acompañar a mi señora doña
Casilda'', que así era el nombre de mi ama. Todavía porfiaba mi marido, con
la gorra en la mano, a querer ir acompañando al alcalde, viendo lo cual mi
señora, llena de cólera y enojo, sacó un alfiler gordo, o creo que un
punzón, del estuche, y clavósele por los lomos, de manera que mi marido dio
una gran voz y torció el cuerpo, de suerte que dio con su señora en el
suelo. Acudieron dos lacayos suyos a levantarla, y lo mismo hizo el alcalde
y los alguaciles; alborotóse la Puerta de Guadalajara, digo, la gente
baldía que en ella estaba; vínose a pie mi ama, y mi marido acudió en casa
de un barbero diciendo que llevaba pasadas de parte a parte las entrañas.
Divulgóse la cortesía de mi esposo, tanto, que los muchachos le corrían por
las calles, y por esto y porque él era algún tanto corto de vista, mi
señora la duquesa le despidió, de cuyo pesar, sin duda alguna, tengo para
mí que se le causó el mal de la muerte. Quedé yo viuda y desamparada, y con
hija a cuestas, que iba creciendo en hermosura como la espuma de la mar.
Finalmente, como yo tuviese fama de gran labrandera, mi señora la duquesa,
que estaba recién casada con el duque mi señor, quiso traerme consigo a
este reino de Aragón y a mi hija ni más ni menos, adonde, yendo días y
viniendo días, creció mi hija, y con ella todo el donaire del mundo: canta
como una calandria, danza como el pensamiento, baila como una perdida, lee
y escribe como un maestro de escuela, y cuenta como un avariento. De su
limpieza no digo nada: que el agua que corre no es más limpia, y debe de
tener agora, si mal no me acuerdo, diez y seis años, cinco meses y tres
días, uno más a menos. En resolución: de esta mi muchacha se enamoró un
hijo de un labrador riquísimo que está en una aldea del duque mi señor, no
muy lejos de aquí. En efecto, no sé cómo ni cómo no, ellos se juntaron, y,
debajo de la palabra de ser su esposo, burló a mi hija, y no se la quiere
cumplir; y, aunque el duque mi señor lo sabe, porque yo me he quejado a él,
no una, sino muchas veces, y pedídole mande que el tal labrador se case con
mi hija, hace orejas de mercader y apenas quiere oírme; y es la causa que,
como el padre del burlador es tan rico y le presta dineros, y le sale por
fiador de sus trampas por momentos, no le quiere descontentar ni dar
pesadumbre en ningún modo.» Querría, pues, señor mío, que vuesa merced
tomase a cargo el deshacer este agravio, o ya por ruegos, o ya por armas,
pues, según todo el mundo dice, vuesa merced nació en él para deshacerlos y
para enderezar los tuertos y amparar los miserables; y póngasele a vuesa
merced por delante la orfandad de mi hija, su gentileza, su mocedad, con
todas las buenas partes que he dicho que tiene; que en Dios y en mi
conciencia que de cuantas doncellas tiene mi señora, que no hay ninguna que
llegue a la suela de su zapato, y que una que llaman Altisidora, que es la
que tienen por más desenvuelta y gallarda, puesta en comparación de mi
hija, no la llega con dos leguas. Porque quiero que sepa vuesa merced,
señor mío, que no es todo oro lo que reluce; porque esta Altisidorilla
tiene más de presunción que de hermosura, y más de desenvuelta que de
recogida, además que no está muy sana: que tiene un cierto allento cansado,
que no hay sufrir el estar junto a ella un momento. Y aun mi señora la
duquesa... Quiero callar, que se suele decir que las paredes tienen oídos.

-¿Qué tiene mi señora la duquesa, por vida mía, señora doña Rodríguez?
-preguntó don Quijote.

-Con ese conjuro -respondió la dueña-, no puedo dejar de responder a lo que
se me pregunta con toda verdad. ¿Vee vuesa merced, señor don Quijote, la
hermosura de mi señora la duquesa, aquella tez de rostro, que no parece
sino de una espada acicalada y tersa, aquellas dos mejillas de leche y de
carmín, que en la una tiene el sol y en la otra la luna, y aquella
gallardía con que va pisando y aun despreciando el suelo, que no parece
sino que va derramando salud donde pasa? Pues sepa vuesa merced que lo
puede agradecer, primero, a Dios, y luego, a dos fuentes que tiene en las
dos piernas, por donde se desagua todo el mal humor de quien dicen los
médicos que está llena.

-¡Santa María! -dijo don Quijote-. Y ¿es posible que mi señora la duquesa
tenga tales desaguaderos? No lo creyera si me lo dijeran frailes descalzos;
pero, pues la señora doña Rodríguez lo dice, debe de ser así. Pero tales
fuentes, y en tales lugares, no deben de manar humor, sino ámbar líquido.
Verdaderamente que ahora acabo de creer que esto de hacerse fuentes debe de
ser cosa importante para salud.

Apenas acabó don Quijote de decir esta razón, cuando con un gran golpe
abrieron las puertas del aposento, y del sobresalto del golpe se le cayó a
doña Rodríguez la vela de la mano, y quedó la estancia como boca de lobo,
como suele decirse. Luego sintió la pobre dueña que la asían de la garganta
con dos manos, tan fuertemente que no la dejaban gañir, y que otra persona,
con mucha presteza, sin hablar palabra, le alzaba las faldas, y con una, al
parecer, chinela, le comenzó a dar tantos azotes, que era una compasión; y,
aunque don Quijote se la tenía, no se meneaba del lecho, y no sabía qué
podía ser aquello, y estábase quedo y callando, y aun temiendo no viniese
por él la tanda y tunda azotesca. Y no fue vano su temor, porque, en
dejando molida a la dueña los callados verdugos (la cual no osaba
quejarse), acudieron a don Quijote, y, desenvolviéndole de la sábana y de
la colcha, le pellizcaron tan a menudo y tan reciamente, que no pudo dejar
de defenderse a puñadas, y todo esto en silencio admirable. Duró la batalla
casi media hora; saliéronse las fantasmas, recogió doña Rodríguez sus
faldas, y, gimiendo su desgracia, se salió por la puerta afuera, sin decir
palabra a don Quijote, el cual, doloroso y pellizcado, confuso y pensativo,
se quedó solo, donde le dejaremos deseoso de saber quién había sido el
perverso encantador que tal le había puesto. Pero ello se dirá a su tiempo,
que Sancho Panza nos llama, y el buen concierto de la historia lo pide.

Capítulo XLIX. De lo que le sucedió a Sancho Panza rondando su ínsula

Dejamos al gran gobernador enojado y mohíno con el labrador pintor y
socarrón, el cual, industriado del mayordomo, y el mayordomo del duque, se
burlaban de Sancho; pero él se las tenía tiesas a todos, maguera tonto,
bronco y rollizo, y dijo a los que con él estaban, y al doctor Pedro Recio,
que, como se acabó el secreto de la carta del duque, había vuelto a entrar
en la sala:

-Ahora verdaderamente que entiendo que los jueces y gobernadores deben de
ser, o han de ser, de bronce, para no sentir las importunidades de los
negociantes, que a todas horas y a todos tiempos quieren que los escuchen y
despachen, atendiendo sólo a su negocio, venga lo que viniere; y si el
pobre del juez no los escucha y despacha, o porque no puede o porque no es
aquél el tiempo diputado para darles audiencia, luego les maldicen y
murmuran, y les roen los huesos, y aun les deslindan los linajes.
Negociante necio, negociante mentecato, no te apresures; espera sazón y
coyuntura para negociar: no vengas a la hora del comer ni a la del dormir,
que los jueces son de carne y de hueso y han de dar a la naturaleza lo que
naturalmente les pide, si no es yo, que no le doy de comer a la mía, merced
al señor doctor Pedro Recio Tirteafuera, que está delante, que quiere que
muera de hambre, y afirma que esta muerte es vida, que así se la dé Dios a
él y a todos los de su ralea: digo, a la de los malos médicos, que la de
los buenos, palmas y lauros merecen.

Todos los que conocían a Sancho Panza se admiraban, oyéndole hablar tan
elegantemente, y no sabían a qué atribuirlo, sino a que los oficios y
cargos graves, o adoban o entorpecen los entendimientos. Finalmente, el
doctor Pedro Recio Agüero de Tirteafuera prometió de darle de cenar aquella
noche, aunque excediese de todos los aforismos de Hipócrates. Con esto
quedó contento el gobernador, y esperaba con grande ansia llegase la noche
y la hora de cenar; y, aunque el tiempo, al parecer suyo, se estaba quedo,
sin moverse de un lugar, todavía se llegó por él el tanto deseado, donde
le dieron de cenar un salpicón de vaca con cebolla, y unas manos cocidas de
ternera algo entrada en días. Entregóse en todo con más gusto que si le
hubieran dado francolines de Milán, faisanes de Roma, ternera de Sorrento,
perdices de Morón, o gansos de Lavajos; y, entre la cena, volviéndose al
doctor, le dijo:

-Mirad, señor doctor: de aquí adelante no os curéis de darme a comer cosas
regaladas ni manjares esquisitos, porque será sacar a mi estómago de sus
quicios, el cual está acostumbrado a cabra, a vaca, a tocino, a cecina, a
nabos y a cebollas; y, si acaso le dan otros manjares de palacio, los
recibe con melindre, y algunas veces con asco. Lo que el maestresala puede
hacer es traerme estas que llaman ollas podridas, que mientras más podridas
son, mejor huelen, y en ellas puede embaular y encerrar todo lo que él
quisiere, como sea de comer, que yo se lo agradeceré y se lo pagaré algún
día; y no se burle nadie conmigo, porque o somos o no somos: vivamos todos
y comamos en buena paz compaña, pues, cuando Dios amanece, para todos
amanece. Yo gobernaré esta ínsula sin perdonar derecho ni llevar cohecho, y
todo el mundo traiga el ojo alerta y mire por el virote, porque les hago
saber que el diablo está en Cantillana, y que, si me dan ocasión, han de
ver maravillas. No, sino haceos miel, y comeros han moscas.

-Por cierto, señor gobernador -dijo el maestresala-, que vuesa merced tiene
mucha razón en cuanto ha dicho, y que yo ofrezco en nombre de todos los
insulanos desta ínsula que han de servir a vuestra merced con toda
puntualidad, amor y benevolencia, porque el suave modo de gobernar que en
estos principios vuesa merced ha dado no les da lugar de hacer ni de pensar
cosa que en deservicio de vuesa merced redunde.

-Yo lo creo -respondió Sancho-, y serían ellos unos necios si otra cosa
hiciesen o pensasen. Y vuelvo a decir que se tenga cuenta con mi sustento y
con el de mi rucio, que es lo que en este negocio importa y hace más al
caso; y, en siendo hora, vamos a rondar, que es mi intención limpiar esta
ínsula de todo género de inmundicia y de gente vagamunda, holgazanes, y mal
entretenida; porque quiero que sepáis, amigos, que la gente baldía y
perezosa es en la república lo mesmo que los zánganos en las colmenas, que
se comen la miel que las trabajadoras abejas hacen. Pienso favorecer a los
labradores, guardar sus preeminencias a los hidalgos, premiar los virtuosos
y, sobre todo, tener respeto a la religión y a la honra de los religiosos.
¿Qué os parece desto, amigos? ¿Digo algo, o quiébrome la cabeza?

-Dice tanto vuesa merced, señor gobernador -dijo el mayordomo-, que estoy
admirado de ver que un hombre tan sin letras como vuesa merced, que, a lo
que creo, no tiene ninguna, diga tales y tantas cosas llenas de sentencias
y de avisos, tan fuera de todo aquello que del ingenio de vuesa merced
esperaban los que nos enviaron y los que aquí venimos. Cada día se veen
cosas nuevas en el mundo: las burlas se vuelven en veras y los burladores
se hallan burlados.

Llegó la noche, y cenó el gobernador, con licencia del señor doctor Recio.
Aderezáronse de ronda; salió con el mayordomo, secretario y maestresala, y
el coronista que tenía cuidado de poner en memoria sus hechos, y alguaciles
y escribanos, tantos que podían formar un mediano escuadrón. Iba Sancho en
medio, con su vara, que no había más que ver, y pocas calles andadas del
lugar, sintieron ruido de cuchilladas; acudieron allá, y hallaron que eran
dos solos hombres los que reñían, los cuales, viendo venir a la justicia,
se estuvieron quedos; y el uno dellos dijo:

-¡Aquí de Dios y del rey! ¿Cómo y que se ha de sufrir que roben en poblado
en este pueblo, y que salga a saltear en él en la mitad de las calles?

-Sosegaos, hombre de bien -dijo Sancho-, y contadme qué es la causa desta
pendencia, que yo soy el gobernador.

El otro contrario dijo:

-Señor gobernador, yo la diré con toda brevedad. Vuestra merced sabrá que
este gentilhombre acaba de ganar ahora en esta casa de juego que está aquí
frontero más de mil reales, y sabe Dios cómo; y, hallándome yo presente,
juzgué más de una suerte dudosa en su favor, contra todo aquello que me
dictaba la conciencia; alzóse con la ganancia, y, cuando esperaba que me
había de dar algún escudo, por lo menos, de barato, como es uso y costumbre
darle a los hombres principales como yo, que estamos asistentes para bien y
mal pasar, y para apoyar sinrazones y evitar pendencias, él embolsó su
dinero y se salió de la casa. Yo vine despechado tras él, y con buenas y
corteses palabras le he pedido que me diese siquiera ocho reales, pues sabe
que yo soy hombre honrado y que no tengo oficio ni beneficio, porque mis
padres no me le enseñaron ni me le dejaron, y el socarrón, que no es más
ladrón que Caco, ni más fullero que Andradilla, no quería darme más de
cuatro reales; ¡porque vea vuestra merced, señor gobernador, qué poca
vergüenza y qué poca conciencia! Pero a fee que, si vuesa merced no
llegara, que yo le hiciera vomitar la ganancia, y que había de saber con
cuántas entraba la romana.

-¿Qué decís vos a esto? -preguntó Sancho.

Y el otro respondió que era verdad cuanto su contrario decía, y no había
querido darle más de cuatro reales porque se los daba muchas veces; y los
que esperan barato han de ser comedidos y tomar con rostro alegre lo que
les dieren, sin ponerse en cuentas con los gananciosos, si ya no supiesen
de cierto que son fulleros y que lo que ganan es mal ganado; y que, para
señal que él era hombre de bien y no ladrón, como decía, ninguna había
mayor que el no haberle querido dar nada; que siempre los fulleros son
tributarios de los mirones que los conocen.

-Así es -dijo el mayordomo-. Vea vuestra merced, señor gobernador, qué es
lo que se ha de hacer destos hombres.

-Lo que se ha de hacer es esto -respondió Sancho-: vos, ganancioso, bueno,
o malo, o indiferente, dad luego a este vuestro acuchillador cien reales, y
más, habéis de desembolsar treinta para los pobres de la cárcel; y vos, que
no tenéis oficio ni beneficio y andáis de nones en esta ínsula, tomad luego
esos cien reales, y mañana en todo el día salid desta ínsula desterrado por
diez años, so pena, si lo quebrantáredes, los cumpláis en la otra vida,
colgándoos yo de una picota, o, a lo menos, el verdugo por mi mandado; y
ninguno me replique, que le asentaré la mano.

Desembolsó el uno, recibió el otro, éste se salió de la ínsula, y aquél se
fue a su casa, y el gobernador quedó diciendo:

-Ahora, yo podré poco, o quitaré estas casas de juego, que a mí se me
trasluce que son muy perjudiciales.

-Ésta, a lo menos -dijo un escribano-, no la podrá vuesa merced quitar,
porque la tiene un gran personaje, y más es sin comparación lo que él
pierde al año que lo que saca de los naipes. Contra otros garitos de menor
cantía podrá vuestra merced mostrar su poder, que son los que más daño
hacen y más insolencias encubren; que en las casas de los caballeros
principales y de los señores no se atreven los famosos fulleros a usar de
sus tretas; y, pues el vicio del juego se ha vuelto en ejercicio común,
mejor es que se juegue en casas principales que no en la de algún oficial,
donde cogen a un desdichado de media noche abajo y le desuellan vivo.

-Agora, escribano -dijo Sancho-, yo sé que hay mucho que decir en eso.

Y, en esto, llegó un corchete que traía asido a un mozo, y dijo:

-Señor gobernador, este mancebo venía hacia nosotros, y, así como columbró
la justicia, volvió las espaldas y comenzó a correr como un gamo, señal que
debe de ser algún delincuente. Yo partí tras él, y, si no fuera porque
tropezó y cayó, no le alcanzara jamás.

-¿Por qué huías, hombre? -preguntó Sancho.

A lo que el mozo respondió:

-Señor, por escusar de responder a las muchas preguntas que las justicias
hacen.

-¿Qué oficio tienes?

-Tejedor.

-¿Y qué tejes?

-Hierros de lanzas, con licencia buena de vuestra merced.

-¿Graciosico me sois? ¿De chocarrero os picáis? ¡Está bien! Y ¿adónde
íbades ahora?

-Señor, a tomar el aire.

-Y ¿adónde se toma el aire en esta ínsula?

-Adonde sopla.

-¡Bueno: respondéis muy a propósito! Discreto sois, mancebo; pero haced
cuenta que yo soy el aire, y que os soplo en popa, y os encamino a la
cárcel. ¡Asilde, hola, y llevadle, que yo haré que duerma allí sin aire
esta noche!

-¡Par Dios -dijo el mozo-, así me haga vuestra merced dormir en la cárcel
como hacerme rey!

-Pues, ¿por qué no te haré yo dormir en la cárcel? -respondió Sancho-. ¿No
tengo yo poder para prenderte y soltarte cada y cuando que quisiere?

-Por más poder que vuestra merced tenga -dijo el mozo-, no será bastante
para hacerme dormir en la cárcel.

-¿Cómo que no? -replicó Sancho-. Llevalde luego donde verá por sus ojos el
desengaño, aunque más el alcaide quiera usar con él de su interesal
liberalidad; que yo le pondré pena de dos mil ducados si te deja salir un
paso de la cárcel.

-Todo eso es cosa de risa -respondió el mozo-. El caso es que no me harán
dormir en la cárcel cuantos hoy viven.

-Dime, demonio -dijo Sancho-, ¿tienes algún ángel que te saque y que te
quite los grillos que te pienso mandar echar?

-Ahora, señor gobernador -respondió el mozo con muy buen donaire-, estemos
a razón y vengamos al punto. Prosuponga vuestra merced que me manda llevar
a la cárcel, y que en ella me echan grillos y cadenas, y que me meten en un
calabozo, y se le ponen al alcaide graves penas si me deja salir, y que él
lo cumple como se le manda; con todo esto, si yo no quiero dormir, y
estarme despierto toda la noche, sin pegar pestaña, ¿será vuestra merced
bastante con todo su poder para hacerme dormir, si yo no quiero?

-No, por cierto -dijo el secretario-, y el hombre ha salido con su
intención.

-De modo -dijo Sancho- que no dejaréis de dormir por otra cosa que por
vuestra voluntad, y no por contravenir a la mía.

-No, señor -dijo el mozo-, ni por pienso.

-Pues andad con Dios -dijo Sancho-; idos a dormir a vuestra casa, y Dios os
dé buen sueño, que yo no quiero quitárosle; pero aconséjoos que de aquí
adelante no os burléis con la justicia, porque toparéis con alguna que os
dé con la burla en los cascos.

Fuese el mozo, y el gobernador prosiguió con su ronda, y de allí a poco
vinieron dos corchetes que traían a un hombre asido, y dijeron:

-Señor gobernador, este que parece hombre no lo es, sino mujer, y no fea,
que viene vestida en hábito de hombre.

Llegáronle a los ojos dos o tres lanternas, a cuyas luces descubrieron un
rostro de una mujer, al parecer, de diez y seis o pocos más años, recogidos
los cabellos con una redecilla de oro y seda verde, hermosa como mil
perlas. Miráronla de arriba abajo, y vieron que venía con unas medias de
seda encarnada, con ligas de tafetán blanco y rapacejos de oro y aljófar;
los greguescos eran verdes, de tela de oro, y una saltaembarca o ropilla de
lo mesmo, suelta, debajo de la cual traía un jubón de tela finísima de oro
y blanco, y los zapatos eran blancos y de hombre. No traía espada ceñida,
sino una riquísima daga, y en los dedos, muchos y muy buenos anillos.
Finalmente, la moza parecía bien a todos, y ninguno la conoció de cuantos
la vieron, y los naturales del lugar dijeron que no podían pensar quién
fuese, y los consabidores de las burlas que se habían de hacer a Sancho
fueron los que más se admiraron, porque aquel suceso y hallazgo no venía
ordenado por ellos; y así, estaban dudosos, esperando en qué pararía el
caso.

Sancho quedó pasmado de la hermosura de la moza, y preguntóle quién era,
adónde iba y qué ocasión le había movido para vestirse en aquel hábito.
Ella, puestos los ojos en tierra con honestísima vergüenza, respondió:

-No puedo, señor, decir tan en público lo que tanto me importaba fuera
secreto; una cosa quiero que se entienda: que no soy ladrón ni persona
facinorosa, sino una doncella desdichada a quien la fuerza de unos celos ha
hecho romper el decoro que a la honestidad se debe.

Oyendo esto el mayordomo, dijo a Sancho:

-Haga, señor gobernador, apartar la gente, porque esta señora con menos
empacho pueda decir lo que quisiere.

Mandólo así el gobernador; apartáronse todos, si no fueron el mayordomo,
maestresala y el secretario. Viéndose, pues, solos, la doncella prosiguió
diciendo:

-«Yo, señores, soy hija de Pedro Pérez Mazorca, arrendador de las lanas
deste lugar, el cual suele muchas veces ir en casa de mi padre.»

-Eso no lleva camino -dijo el mayordomo-, señora, porque yo conozco muy
bien a Pedro Pérez y sé que no tiene hijo ninguno, ni varón ni hembra; y
más, que decís que es vuestro padre, y luego añadís que suele ir muchas
veces en casa de vuestro padre.

-Ya yo había dado en ello -dijo Sancho.

-Ahora, señores, yo estoy turbada, y no sé lo que me digo -respondió la
doncella-; pero la verdad es que yo soy hija de Diego de la Llana, que
todos vuesas mercedes deben de conocer.

-Aún eso lleva camino -respondió el mayordomo-, que yo conozco a Diego de
la Llana, y sé que es un hidalgo principal y rico, y que tiene un hijo y
una hija, y que después que enviudó no ha habido nadie en todo este lugar
que pueda decir que ha visto el rostro de su hija; que la tiene tan
encerrada que no da lugar al sol que la vea; y, con todo esto, la fama dice
que es en estremo hermosa.

-Así es la verdad -respondió la doncella-, y esa hija soy yo; si la fama
miente o no en mi hermosura ya os habréis, señores, desengañado, pues me
habéis visto.

Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente; viendo lo cual el secretario, se
llegó al oído del maestresala y le dijo muy paso:

-Sin duda alguna que a esta pobre doncella le debe de haber sucedido algo
de importancia, pues en tal traje, y a tales horas, y siendo tan principal,
anda fuera de su casa.

-No hay dudar en eso -respondió el maestresala-; y más, que esa sospecha la
confirman sus lágrimas.

Sancho la consoló con las mejores razones que él supo, y le pidió que sin
temor alguno les dijese lo que le había sucedido; que todos procurarían
remediarlo con muchas veras y por todas las vías posibles.

-«Es el caso, señores -respondió ella-, que mi padre me ha tenido encerrada
diez años ha, que son los mismos que a mi madre come la tierra. En casa
dicen misa en un rico oratorio, y yo en todo este tiempo no he visto que el
sol del cielo de día, y la luna y las estrellas de noche, ni sé qué son
calles, plazas, ni templos, ni aun hombres, fuera de mi padre y de un
hermano mío, y de Pedro Pérez el arrendador, que, por entrar de ordinario
en mi casa, se me antojó decir que era mi padre, por no declarar el mío.
Este encerramiento y este negarme el salir de casa, siquiera a la iglesia,
ha muchos días y meses que me trae muy desconsolada; quisiera yo ver el
mundo, o, a lo menos, el pueblo donde nací, pareciéndome que este deseo no
iba contra el buen decoro que las doncellas principales deben guardar a sí
mesmas. Cuando oía decir que corrían toros y jugaban cañas, y se
representaban comedias, preguntaba a mi hermano, que es un año menor que
yo, que me dijese qué cosas eran aquéllas y otras muchas que yo no he
visto; él me lo declaraba por los mejores modos que sabía, pero todo era
encenderme más el deseo de verlo. Finalmente, por abreviar el cuento de mi
perdición, digo que yo rogué y pedí a mi hermano, que nunca tal pidiera ni
tal rogara...»

Y tornó a renovar el llanto. El mayordomo le dijo:

-Prosiga vuestra merced, señora, y acabe de decirnos lo que le ha sucedido,
que nos tienen a todos suspensos sus palabras y sus lágrimas.

-Pocas me quedan por decir -respondió la doncella-, aunque muchas lágrimas
sí que llorar, porque los mal colocados deseos no pueden traer consigo
otros descuentos que los semejantes.

Habíase sentado en el alma del maestresala la belleza de la doncella, y
llegó otra vez su lanterna para verla de nuevo; y parecióle que no eran
lágrimas las que lloraba, sino aljófar o rocío de los prados, y aun las
subía de punto y las llegaba a perlas orientales, y estaba deseando que su
desgracia no fuese tanta como daban a entender los indicios de su llanto y
de sus suspiros. Desesperábase el gobernador de la tardanza que tenía la
moza en dilatar su historia, y díjole que acabase de tenerlos más
suspensos, que era tarde y faltaba mucho que andar del pueblo. Ella, entre
interrotos sollozos y mal formados suspiros, dijo:

-«No es otra mi desgracia, ni mi infortunio es otro sino que yo rogué a mi
hermano que me vistiese en hábitos de hombre con uno de sus vestidos y que
me sacase una noche a ver todo el pueblo, cuando nuestro padre durmiese;
él, importunado de mis ruegos, condecendió con mi deseo, y, poniéndome este
vestido y él vestiéndose de otro mío, que le está como nacido, porque él no
tiene pelo de barba y no parece sino una doncella hermosísima, esta noche,
debe de haber una hora, poco más o menos, nos salimos de casa; y, guiados
de nuestro mozo y desbaratado discurso, hemos rodeado todo el pueblo, y
cuando queríamos volver a casa, vimos venir un gran tropel de gente, y mi
hermano me dijo: ''Hermana, ésta debe de ser la ronda: aligera los pies y
pon alas en ellos, y vente tras mí corriendo, porque no nos conozcan, que
nos será mal contado''. Y, diciendo esto, volvió las espaldas y comenzó, no
digo a correr, sino a volar; yo, a menos de seis pasos, caí, con el
sobresalto, y entonces llegó el ministro de la justicia que me trujo ante
vuestras mercedes, adonde, por mala y antojadiza, me veo avergonzada ante
tanta gente.»

-¿En efecto, señora -dijo Sancho-, no os ha sucedido otro desmán alguno, ni
celos, como vos al principio de vuestro cuento dijistes, no os sacaron de
vuestra casa?

-No me ha sucedido nada, ni me sacaron celos, sino sólo el deseo de ver
mundo, que no se estendía a más que a ver las calles de este lugar.

Y acabó de confirmar ser verdad lo que la doncella decía llegar los
corchetes con su hermano preso, a quien alcanzó uno dellos cuando se huyó
de su hermana. No traía sino un faldellín rico y una mantellina de damasco
azul con pasamanos de oro fino, la cabeza sin toca ni con otra cosa
adornada que con sus mesmos cabellos, que eran sortijas de oro, según eran
rubios y enrizados. Apartáronse con el gobernador, mayordomo y maestresala,
y, sin que lo oyese su hermana, le preguntaron cómo venía en aquel traje, y
él, con no menos vergüenza y empacho, contó lo mesmo que su hermana había
contado, de que recibió gran gusto el enamorado maestresala. Pero el
gobernador les dijo:

-Por cierto, señores, que ésta ha sido una gran rapacería, y para contar
esta necedad y atrevimiento no eran menester tantas largas, ni tantas
lágrimas y suspiros; que con decir: ''Somos fulano y fulana, que nos
salimos a espaciar de casa de nuestros padres con esta invención, sólo por
curiosidad, sin otro designio alguno'', se acabara el cuento, y no
gemidicos, y lloramicos, y darle.

-Así es la verdad -respondió la doncella-, pero sepan vuesas mercedes que
la turbación que he tenido ha sido tanta, que no me ha dejado guardar el
término que debía.

-No se ha perdido nada -respondió Sancho-. Vamos, y dejaremos a vuesas
mercedes en casa de su padre; quizá no los habrá echado menos. Y, de aquí
adelante, no se muestren tan niños, ni tan deseosos de ver mundo, que la
doncella honrada, la pierna quebrada, y en casa; y la mujer y la gallina,
por andar se pierden aína; y la que es deseosa de ver, también tiene deseo
de ser vista. No digo más.

El mancebo agradeció al gobernador la merced que quería hacerles de
volverlos a su casa, y así, se encaminaron hacia ella, que no estaba muy
lejos de allí. Llegaron, pues, y, tirando el hermano una china a una reja,
al momento bajó una criada, que los estaba esperando, y les abrió la
puerta, y ellos se entraron, dejando a todos admirados, así de su gentileza
y hermosura como del deseo que tenían de ver mundo, de noche y sin salir
del lugar; pero todo lo atribuyeron a su poca edad.

Quedó el maestresala traspasado su corazón, y propuso de luego otro día
pedírsela por mujer a su padre, teniendo por cierto que no se la negaría,
por ser él criado del duque; y aun a Sancho le vinieron deseos y barruntos
de casar al mozo con Sanchica, su hija, y determinó de ponerlo en plática a
su tiempo, dándose a entender que a una hija de un gobernador ningún marido
se le podía negar.

Con esto, se acabó la ronda de aquella noche, y de allí a dos días el
gobierno, con que se destroncaron y borraron todos sus designios, como se
verá adelante.

Capítulo L. Donde se declara quién fueron los encantadores y verdugos que
azotaron a la dueña y pellizcaron y arañaron a don Quijote, con el suceso
que tuvo el paje que llevó la carta a Teresa Sancha, mujer de Sancho Panza

Dice Cide Hamete, puntualísimo escudriñador de los átomos desta verdadera
historia, que al tiempo que doña Rodríguez salió de su aposento para ir a
la estancia de don Quijote, otra dueña que con ella dormía lo sintió, y
que, como todas las dueñas son amigas de saber, entender y oler, se fue
tras ella, con tanto silencio, que la buena Rodríguez no lo echó de ver; y,
así como la dueña la vio entrar en la estancia de don Quijote, porque no
faltase en ella la general costumbre que todas las dueñas tienen de ser
chismosas, al momento lo fue a poner en pico a su señora la duquesa, de
cómo doña Rodríguez quedaba en el aposento de don Quijote.

La duquesa se lo dijo al duque, y le pidió licencia para que ella y
Altisidora viniesen a ver lo que aquella dueña quería con don Quijote; el
duque se la dio, y las dos, con gran tiento y sosiego, paso ante paso,
llegaron a ponerse junto a la puerta del aposento, y tan cerca, que oían
todo lo que dentro hablaban; y, cuando oyó la duquesa que Rodríguez había
echado en la calle el Aranjuez de sus fuentes, no lo pudo sufrir, ni menos
Altisidora; y así, llenas de cólera y deseosas de venganza, entraron de
golpe en el aposento, y acrebillaron a don Quijote y vapularon a la dueña
del modo que queda contado; porque las afrentas que van derechas contra la
hermosura y presunción de las mujeres, despierta en ellas en gran manera la
ira y enciende el deseo de vengarse.

Contó la duquesa al duque lo que le había pasado, de lo que se holgó mucho,
y la duquesa, prosiguiendo con su intención de burlarse y recibir
pasatiempo con don Quijote, despachó al paje que había hecho la figura de
Dulcinea en el concierto de su desencanto -que tenía bien olvidado Sancho
Panza con la ocupación de su gobierno- a Teresa Panza, su mujer, con la
carta de su marido, y con otra suya, y con una gran sarta de corales ricos
presentados.

Dice, pues, la historia, que el paje era muy discreto y agudo, y, con deseo
de servir a sus señores, partió de muy buena gana al lugar de Sancho; y,
antes de entrar en él, vio en un arroyo estar lavando cantidad de mujeres,
a quien preguntó si le sabrían decir si en aquel lugar vivía una mujer
llamada Teresa Panza, mujer de un cierto Sancho Panza, escudero de un
caballero llamado don Quijote de la Mancha, a cuya pregunta se levantó en
pie una mozuela que estaba lavando, y dijo:

-Esa Teresa Panza es mi madre, y ese tal Sancho, mi señor padre, y el tal
caballero, nuestro amo.

-Pues venid, doncella -dijo el paje-, y mostradme a vuestra madre, porque
le traigo una carta y un presente del tal vuestro padre.

-Eso haré yo de muy buena gana, señor mío -respondió la moza, que mostraba
ser de edad de catorce años, poco más a menos.

Y, dejando la ropa que lavaba a otra compañera, sin tocarse ni calzarse,
que estaba en piernas y desgreñada, saltó delante de la cabalgadura del
paje, y dijo:

-Venga vuesa merced, que a la entrada del pueblo está nuestra casa, y mi
madre en ella, con harta pena por no haber sabido muchos días ha de mi
señor padre.

-Pues yo se las llevo tan buenas -dijo el paje- que tiene que dar bien
gracias a Dios por ellas.

Finalmente, saltando, corriendo y brincando, llegó al pueblo la muchacha,
y, antes de entrar en su casa, dijo a voces desde la puerta:

-Salga, madre Teresa, salga, salga, que viene aquí un señor que trae cartas
y otras cosas de mi buen padre.

A cuyas voces salió Teresa Panza, su madre, hilando un copo de estopa, con
una saya parda. Parecía, según era de corta, que se la habían cortado por
vergonzoso lugar, con un corpezuelo asimismo pardo y una camisa de pechos.
No era muy vieja, aunque mostraba pasar de los cuarenta, pero fuerte,
tiesa, nervuda y avellanada; la cual, viendo a su hija, y al paje a
caballo, le dijo:

-¿Qué es esto, niña? ¿Qué señor es éste?

-Es un servidor de mi señora doña Teresa Panza -respondió el paje.

Y, diciendo y haciendo, se arrojó del caballo y se fue con mucha humildad a
poner de hinojos ante la señora Teresa, diciendo:

-Déme vuestra merced sus manos, mi señora doña Teresa, bien así como mujer
legítima y particular del señor don Sancho Panza, gobernador propio de la
ínsula Barataria.

-¡Ay, señor mío, quítese de ahí; no haga eso -respondió Teresa-, que yo no
soy nada palaciega, sino una pobre labradora, hija de un estripaterrones y
mujer de un escudero andante, y no de gobernador alguno!

-Vuesa merced -respondió el paje- es mujer dignísima de un gobernador
archidignísimo; y, para prueba desta verdad, reciba vuesa merced esta carta
y este presente.

Y sacó al instante de la faldriquera una sarta de corales con estremos de
oro, y se la echó al cuello y dijo:

-Esta carta es del señor gobernador, y otra que traigo y estos corales son
de mi señora la duquesa, que a vuestra merced me envía.

Quedó pasmada Teresa, y su hija ni más ni menos, y la muchacha dijo:

-Que me maten si no anda por aquí nuestro señor amo don Quijote, que debe
de haber dado a padre el gobierno o condado que tantas veces le había
prometido.

-Así es la verdad -respondió el paje-: que, por respeto del señor don
Quijote, es ahora el señor Sancho gobernador de la ínsula Barataria, como
se verá por esta carta.

-Léamela vuesa merced, señor gentilhombre -dijo Teresa-, porque, aunque yo
sé hilar, no sé leer migaja.

-Ni yo tampoco -añadió Sanchica-; pero espérenme aquí, que yo iré a llamar
quien la lea, ora sea el cura mesmo, o el bachiller Sansón Carrasco, que
vendrán de muy buena gana, por saber nuevas de mi padre.

-No hay para qué se llame a nadie, que yo no sé hilar, pero sé leer, y la
leeré.

Y así, se la leyó toda, que, por quedar ya referida, no se pone aquí; y
luego sacó otra de la duquesa, que decía desta manera:

Amiga Teresa:

Las buenas partes de la bondad y del ingenio de vuestro marido Sancho me
movieron y obligaron a pedir a mi marido el duque le diese un gobierno de
una ínsula, de muchas que tiene. Tengo noticia que gobierna como un
girifalte, de lo que yo estoy muy contenta, y el duque mi señor, por el
consiguiente; por lo que doy muchas gracias al cielo de no haberme engañado
en haberle escogido para el tal gobierno; porque quiero que sepa la señora
Teresa que con dificultad se halla un buen gobernador en el mundo, y tal me
haga a mí Dios como Sancho gobierna.

Ahí le envío, querida mía, una sarta de corales con estremos de oro; yo me
holgara que fuera de perlas orientales, pero quien te da el hueso, no te
querría ver muerta: tiempo vendrá en que nos conozcamos y nos comuniquemos,
y Dios sabe lo que será. Encomiéndeme a Sanchica, su hija, y dígale de mi
parte que se apareje, que la tengo de casar altamente cuando menos lo
piense.

Dícenme que en ese lugar hay bellotas gordas: envíeme hasta dos docenas,
que las estimaré en mucho, por ser de su mano, y escríbame largo,
avisándome de su salud y de su bienestar; y si hubiere menester alguna
cosa, no tiene que hacer más que boquear: que su boca será medida, y Dios
me la guarde. Deste lugar.

Su amiga, que bien la quiere,

La Duquesa.

-¡Ay -dijo Teresa en oyendo la carta-, y qué buena y qué llana y qué
humilde señora! Con estas tales señoras me entierren a mí, y no las
hidalgas que en este pueblo se usan, que piensan que por ser hidalgas no
las ha de tocar el viento, y van a la iglesia con tanta fantasía como si
fuesen las mesmas reinas, que no parece sino que tienen a deshonra el mirar
a una labradora; y veis aquí donde esta buena señora, con ser duquesa, me
llama amiga, y me trata como si fuera su igual, que igual la vea yo con el
más alto campanario que hay en la Mancha. Y, en lo que toca a las bellotas,
señor mío, yo le enviaré a su señoría un celemín, que por gordas las pueden
venir a ver a la mira y a la maravilla. Y por ahora, Sanchica, atiende a
que se regale este señor: pon en orden este caballo, y saca de la
caballeriza güevos, y corta tocino adunia, y démosle de comer como a un
príncipe, que las buenas nuevas que nos ha traído y la buena cara que él
tiene lo merece todo; y, en tanto, saldré yo a dar a mis vecinas las nuevas
de nuestro contento, y al padre cura y a maese Nicolás el barbero, que tan
amigos son y han sido de tu padre.

-Sí haré, madre -respondió Sanchica-; pero mire que me ha de dar la mitad
desa sarta; que no tengo yo por tan boba a mi señora la duquesa, que se la
había de enviar a ella toda.

-Todo es para ti, hija -respondió Teresa-, pero déjamela traer algunos
días al cuello, que verdaderamente parece que me alegra el corazón.

-También se alegrarán -dijo el paje- cuando vean el lío que viene en este
portamanteo, que es un vestido de paño finísimo que el gobernador sólo un
día llevó a caza, el cual todo le envía para la señora Sanchica.

-Que me viva él mil años -respondió Sanchica-, y el que lo trae, ni más ni
menos, y aun dos mil, si fuere necesidad.

Salióse en esto Teresa fuera de casa, con las cartas, y con la sarta al
cuello, y iba tañendo en las cartas como si fuera en un pandero; y,
encontrándose acaso con el cura y Sansón Carrasco, comenzó a bailar y a
decir:

-¡A fee que agora que no hay pariente pobre! ¡Gobiernito tenemos! ¡No, sino
tómese conmigo la más pintada hidalga, que yo la pondré como nueva!

-¿Qué es esto, Teresa Panza? ¿Qué locuras son éstas, y qué papeles son
ésos?

-No es otra la locura sino que éstas son cartas de duquesas y de
gobernadores, y estos que traigo al cuello son corales finos; las avemarías
y los padres nuestros son de oro de martillo, y yo soy gobernadora.

-De Dios en ayuso, no os entendemos, Teresa, ni sabemos lo que os decís.

-Ahí lo podrán ver ellos -respondió Teresa.

Y dioles las cartas. Leyólas el cura de modo que las oyó Sansón Carrasco, y
Sansón y el cura se miraron el uno al otro, como admirados de lo que habían
leído; y preguntó el bachiller quién había traído aquellas cartas.
Respondió Teresa que se viniesen con ella a su casa y verían el mensajero,
que era un mancebo como un pino de oro, y que le traía otro presente que
valía más de tanto. Quitóle el cura los corales del cuello, y mirólos y
remirólos, y, certificándose que eran finos, tornó a admirarse de nuevo, y
dijo:

-Por el hábito que tengo, que no sé qué me diga ni qué me piense de estas
cartas y destos presentes: por una parte, veo y toco la fineza de estos
corales, y por otra, leo que una duquesa envía a pedir dos docenas de
bellotas.

-¡Aderézame esas medidas! -dijo entonces Carrasco-. Agora bien, vamos a ver
al portador deste pliego, que dél nos informaremos de las dificultades que
se nos ofrecen.

Hiciéronlo así, y volvióse Teresa con ellos. Hallaron al paje cribando un
poco de cebada para su cabalgadura, y a Sanchica cortando un torrezno para
empedrarle con güevos y dar de comer al paje, cuya presencia y buen adorno
contentó mucho a los dos; y, después de haberle saludado cortésmente, y él
a ellos, le preguntó Sansón les dijese nuevas así de don Quijote como de
Sancho Panza; que, puesto que habían leído las cartas de Sancho y de la
señora duquesa, todavía estaban confusos y no acababan de atinar qué sería
aquello del gobierno de Sancho, y más de una ínsula, siendo todas o las más
que hay en el mar Mediterráneo de Su Majestad. A lo que el paje respondió:

-De que el señor Sancho Panza sea gobernador, no hay que dudar en ello; de
que sea ínsula o no la que gobierna, en eso no me entremeto, pero basta que
sea un lugar de más de mil vecinos; y, en cuanto a lo de las bellotas, digo
que mi señora la duquesa es tan llana y tan humilde, que no -decía él-
enviar a pedir bellotas a una labradora, pero que le acontecía enviar a
pedir un peine prestado a una vecina suya. Porque quiero que sepan vuestras
mercedes que las señoras de Aragón, aunque son tan principales, no son tan
puntuosas y levantadas como las señoras castellanas; con más llaneza tratan
con las gentes.

Estando en la mitad destas pláticas, saltó Sanchica con un halda de güevos,
y preguntó al paje:

-Dígame, señor: ¿mi señor padre trae por ventura calzas atacadas después
que es gobernador?

-No he mirado en ello -respondió el paje-, pero sí debe de traer.

-¡Ay Dios mío -replicó Sanchica-, y que será de ver a mi padre con
pedorreras! ¿No es bueno sino que desde que nací tengo deseo de ver a mi
padre con calzas atacadas?

-Como con esas cosas le verá vuestra merced si vive -respondió el paje-.
Par Dios, términos lleva de caminar con papahígo, con solos dos meses que
le dure el gobierno.

Bien echaron de ver el cura y el bachiller que el paje hablaba
socarronamente, pero la fineza de los corales y el vestido de caza que
Sancho enviaba lo deshacía todo; que ya Teresa les había mostrado el
vestido. Y no dejaron de reírse del deseo de Sanchica, y más cuando Teresa
dijo:

-Señor cura, eche cata por ahí si hay alguien que vaya a Madrid, o a
Toledo, para que me compre un verdugado redondo, hecho y derecho, y sea al
uso y de los mejores que hubiere; que en verdad en verdad que tengo de
honrar el gobierno de mi marido en cuanto yo pudiere, y aun que si me
enojo, me tengo de ir a esa corte, y echar un coche, como todas; que la que
tiene marido gobernador muy bien le puede traer y sustentar.

-Y ¡cómo, madre! -dijo Sanchica-. Pluguiese a Dios que fuese antes hoy que
mañana, aunque dijesen los que me viesen ir sentada con mi señora madre en
aquel coche: ''¡Mirad la tal por cual, hija del harto de ajos, y cómo va
sentada y tendida en el coche, como si fuera una papesa!'' Pero pisen ellos
los lodos, y ándeme yo en mi coche, levantados los pies del suelo. ¡Mal
año y mal mes para cuantos murmuradores hay en el mundo, y ándeme yo
caliente, y ríase la gente! ¿Digo bien, madre mía?

-Y ¡cómo que dices bien, hija! -respondió Teresa-. Y todas estas venturas,
y aun mayores, me las tiene profetizadas mi buen Sancho, y verás tú, hija,
cómo no para hasta hacerme condesa: que todo es comenzar a ser venturosas;
y, como yo he oído decir muchas veces a tu buen padre, que así como lo es
tuyo lo es de los refranes, cuando te dieren la vaquilla, corre con
soguilla: cuando te dieren un gobierno, cógele; cuando te dieren un
condado, agárrale, y cuando te hicieren tus, tus, con alguna buena dádiva,
envásala. ¡No, sino dormíos, y no respondáis a las venturas y buenas dichas
que están llamando a la puerta de vuestra casa!

-Y ¿qué se me da a mí -añadió Sanchica- que diga el que quisiere cuando me
vea entonada y fantasiosa: "Viose el perro en bragas de cerro...", y lo
demás?

Oyendo lo cual el cura, dijo:

-Yo no puedo creer sino que todos los deste linaje de los Panzas nacieron
cada uno con un costal de refranes en el cuerpo: ninguno dellos he visto
que no los derrame a todas horas y en todas las pláticas que tienen.

-Así es la verdad -dijo el paje-, que el señor gobernador Sancho a cada
paso los dice, y, aunque muchos no vienen a propósito, todavía dan gusto, y
mi señora la duquesa y el duque los celebran mucho.

-¿Que todavía se afirma vuestra merced, señor mío -dijo el bachiller-, ser
verdad esto del gobierno de Sancho, y de que hay duquesa en el mundo que le
envíe presentes y le escriba? Porque nosotros, aunque tocamos los presentes
y hemos leído las cartas, no lo creemos, y pensamos que ésta es una de las
cosas de don Quijote, nuestro compatrioto, que todas piensa que son hechas
por encantamento; y así, estoy por decir que quiero tocar y palpar a
vuestra merced, por ver si es embajador fantástico o hombre de carne y
hueso.

-Señores, yo no sé más de mí -respondió el paje- sino que soy embajador
verdadero, y que el señor Sancho Panza es gobernador efectivo, y que mis
señores duque y duquesa pueden dar, y han dado, el tal gobierno; y que he
oído decir que en él se porta valentísimamente el tal Sancho Panza; si en
esto hay encantamento o no, vuestras mercedes lo disputen allá entre ellos,
que yo no sé otra cosa, para el juramento que hago, que es por vida de mis
padres, que los tengo vivos y los amo y los quiero mucho.

-Bien podrá ello ser así -replicó el bachiller-, pero dubitat Augustinus.

-Dude quien dudare -respondió el paje-, la verdad es la que he dicho, y
esta que ha de andar siempre sobre la mentira,como el aceite sobre el agua;
y si no, operibus credite, et non verbis: véngase alguno de vuesas mercedes
conmigo, y verán con los ojos lo que no creen por los oídos.

-Esa ida a mí toca -dijo Sanchica-: lléveme vuestra merced, señor, a las
ancas de su rocín, que yo iré de muy buena gana a ver a mi señor padre.

-Las hijas de los gobernadores no han de ir solas por los caminos, sino
acompañadas de carrozas y literas y de gran número de sirvientes.

-Par Dios -respondió Sancha-, tan bién me vaya yo sobre una pollina como
sobre un coche. ¡Hallado la habéis la melindrosa!

-Calla, mochacha -dijo Teresa-, que no sabes lo que te dices, y este señor
está en lo cierto: que tal el tiempo, tal el tiento; cuando Sancho, Sancha,
y cuando gobernador, señora, y no sé si diga algo.

-Más dice la señora Teresa de lo que piensa -dijo el paje-; y denme de
comer y despáchenme luego, porque pienso volverme esta tarde.

A lo que dijo el cura:

-Vuestra merced se vendrá a hacer penitencia conmigo, que la señora Teresa
más tiene voluntad que alhajas para servir a tan buen huésped.

Rehusólo el paje; pero, en efecto, lo hubo de conceder por su mejora, y el
cura le llevó consigo de buena gana, por tener lugar de preguntarle de
espacio por don Quijote y sus hazañas.

El bachiller se ofreció de escribir las cartas a Teresa de la respuesta,
pero ella no quiso que el bachiller se metiese en sus cosas, que le tenía
por algo burlón; y así, dio un bollo y dos huevos a un monacillo que sabía
escribir, el cual le escribió dos cartas, una para su marido y otra para la
duquesa, notadas de su mismo caletre, que no son las peores que en esta
grande historia se ponen, como se verá adelante.

Capítulo LI. Del progreso del gobierno de Sancho Panza, con otros sucesos
tales como buenos

Amaneció el día que se siguió a la noche de la ronda del gobernador, la
cual el maestresala pasó sin dormir, ocupado el pensamiento en el rostro,
brío y belleza de la disfrazada doncella; y el mayordomo ocupó lo que della
faltaba en escribir a sus señores lo que Sancho Panza hacía y decía, tan
admirado de sus hechos como de sus dichos: porque andaban mezcladas sus
palabras y sus acciones, con asomos discretos y tontos.

Levantóse, en fin, el señor gobernador, y, por orden del doctor Pedro
Recio, le hicieron desayunar con un poco de conserva y cuatro tragos de
agua fría, cosa que la trocara Sancho con un pedazo de pan y un racimo de
uvas; pero, viendo que aquello era más fuerza que voluntad, pasó por ello,
con harto dolor de su alma y fatiga de su estómago, haciéndole creer Pedro
Recio que los manjares pocos y delicados avivaban el ingenio, que era lo
que más convenía a las personas constituidas en mandos y en oficios graves,
donde se han de aprovechar no tanto de las fuerzas corporales como de las
del entendimiento.

Con esta sofistería padecía hambre Sancho, y tal, que en su secreto
maldecía el gobierno y aun a quien se le había dado; pero, con su hambre y
con su conserva, se puso a juzgar aquel día, y lo primero que se le ofreció
fue una pregunta que un forastero le hizo, estando presentes a todo el
mayordomo y los demás acólitos, que fue:

-Señor, un caudaloso río dividía dos términos de un mismo señorío (y esté
vuestra merced atento, porque el caso es de importancia y algo
dificultoso). Digo, pues, que sobre este río estaba una puente, y al cabo
della, una horca y una como casa de audiencia, en la cual de ordinario
había cuatro jueces que juzgaban la ley que puso el dueño del río, de la
puente y del señorío, que era en esta forma: "Si alguno pasare por esta
puente de una parte a otra, ha de jurar primero adónde y a qué va; y si
jurare verdad, déjenle pasar; y si dijere mentira, muera por ello ahorcado
en la horca que allí se muestra, sin remisión alguna". Sabida esta ley y la
rigurosa condición della, pasaban muchos, y luego en lo que juraban se
echaba de ver que decían verdad, y los jueces los dejaban pasar
libremente. Sucedió, pues, que, tomando juramento a un hombre, juró y dijo
que para el juramento que hacía, que iba a morir en aquella horca que allí
estaba, y no a otra cosa. Repararon los jueces en el juramento y dijeron:
''Si a este hombre le dejamos pasar libremente, mintió en su juramento, y,
conforme a la ley, debe morir; y si le ahorcamos, él juró que iba a morir
en aquella horca, y, habiendo jurado verdad, por la misma ley debe ser
libre''. Pídese a vuesa merced, señor gobernador, qué harán los jueces del
tal hombre; que aun hasta agora están dudosos y suspensos. Y, habiendo
tenido noticia del agudo y elevado entendimiento de vuestra merced, me
enviaron a mí a que suplicase a vuestra merced de su parte diese su parecer
en tan intricado y dudoso caso.

A lo que respondió Sancho:

-Por cierto que esos señores jueces que a mí os envían lo pudieran haber
escusado, porque yo soy un hombre que tengo más de mostrenco que de agudo;
pero, con todo eso, repetidme otra vez el negocio de modo que yo le
entienda: quizá podría ser que diese en el hito.

Volvió otra y otra vez el preguntante a referir lo que primero había dicho,
y Sancho dijo:

-A mi parecer, este negocio en dos paletas le declararé yo, y es así: el
tal hombre jura que va a morir en la horca, y si muere en ella, juró
verdad, y por la ley puesta merece ser libre y que pase la puente; y si no
le ahorcan, juró mentira, y por la misma ley merece que le ahorquen.

-Así es como el señor gobernador dice -dijo el mensajero-; y cuanto a la
entereza y entendimiento del caso, no hay más que pedir ni que dudar.

-Digo yo, pues, agora -replicó Sancho- que deste hombre aquella parte que
juró verdad la dejen pasar, y la que dijo mentira la ahorquen, y desta
manera se cumplirá al pie de la letra la condición del pasaje.

-Pues, señor gobernador -replicó el preguntador-, será necesario que el tal
hombre se divida en partes, en mentirosa y verdadera; y si se divide, por
fuerza ha de morir, y así no se consigue cosa alguna de lo que la ley pide,
y es de necesidad espresa que se cumpla con ella.

-Venid acá, señor buen hombre -respondió Sancho-; este pasajero que decís,
o yo soy un porro, o él tiene la misma razón para morir que para vivir y
pasar la puente; porque si la verdad le salva, la mentira le condena
igualmente; y, siendo esto así, como lo es, soy de parecer que digáis a
esos señores que a mí os enviaron que, pues están en un fil las razones de
condenarle o asolverle, que le dejen pasar libremente, pues siempre es
alabado más el hacer bien que mal, y esto lo diera firmado de mi nombre, si
supiera firmar; y yo en este caso no he hablado de mío, sino que se me vino
a la memoria un precepto, entre otros muchos que me dio mi amo don Quijote
la noche antes que viniese a ser gobernador desta ínsula: que fue que,
cuando la justicia estuviese en duda, me decantase y acogiese a la
misericordia; y ha querido Dios que agora se me acordase, por venir en este
caso como de molde.

Así es -respondió el mayordomo-, y tengo para mí que el mismo Licurgo, que
dio leyes a los lacedemonios, no pudiera dar mejor sentencia que la que el
gran Panza ha dado. Y acábese con esto la audiencia desta mañana, y yo daré
orden como el señor gobernador coma muy a su gusto.

-Eso pido, y barras derechas -dijo Sancho-: denme de comer, y lluevan casos
y dudas sobre mí, que yo las despabilaré en el aire.

Cumplió su palabra el mayordomo, pareciéndole ser cargo de conciencia matar
de hambre a tan discreto gobernador; y más, que pensaba concluir con él
aquella misma noche haciéndole la burla última que traía en comisión de
hacerle.

Sucedió, pues, que, habiendo comido aquel día contra las reglas y aforismos
del doctor Tirteafuera, al levantar de los manteles, entró un correo con
una carta de don Quijote para el gobernador. Mandó Sancho al secretario que
la leyese para sí, y que si no viniese en ella alguna cosa digna de
secreto, la leyese en voz alta. Hízolo así el secretario, y, repasándola
primero, dijo:

-Bien se puede leer en voz alta, que lo que el señor don Quijote escribe a
vuestra merced merece estar estampado y escrito con letras de oro, y dice
así:

Carta de don Quijote de la Mancha a Sancho Panza, gobernador de la ínsula
Barataria

Cuando esperaba oír nuevas de tus descuidos e impertinencias, Sancho amigo,
las oí de tus discreciones, de que di por ello gracias particulares al
cielo, el cual del estiércol sabe levantar los pobres, y de los tontos
hacer discretos. Dícenme que gobiernas como si fueses hombre, y que eres
hombre como si fueses bestia, según es la humildad con que te tratas; y
quiero que adviertas, Sancho, que muchas veces conviene y es necesario, por
la autoridad del oficio, ir contra la humildad del corazón; porque el buen
adorno de la persona que está puesta en graves cargos ha de ser conforme a
lo que ellos piden, y no a la medida de lo que su humilde condición le
inclina. Vístete bien, que un palo compuesto no parece palo. No digo que
traigas dijes ni galas, ni que siendo juez te vistas como soldado, sino que
te adornes con el hábito que tu oficio requiere, con tal que sea limpio y
bien compuesto.

Para ganar la voluntad del pueblo que gobiernas, entre otras has de hacer
dos cosas: la una, ser bien criado con todos, aunque esto ya otra vez te lo
he dicho; y la otra, procurar la abundancia de los mantenimientos; que no
hay cosa que más fatigue el corazón de los pobres que la hambre y la
carestía.

No hagas muchas pragmáticas; y si las hicieres, procura que sean buenas, y,
sobre todo, que se guarden y cumplan; que las pragmáticas que no se
guardan, lo mismo es que si no lo fuesen; antes dan a entender que el
príncipe que tuvo discreción y autoridad para hacerlas, no tuvo valor para
hacer que se guardasen; y las leyes que atemorizan y no se ejecutan, vienen
a ser como la viga, rey de las ranas: que al principio las espantó, y con
el tiempo la menospreciaron y se subieron sobre ella.

Sé padre de las virtudes y padrastro de los vicios. No seas siempre
riguroso, ni siempre blando, y escoge el medio entre estos dos estremos,
que en esto está el punto de la discreción. Visita las cárceles, las
carnicerías y las plazas, que la presencia del gobernador en lugares tales
es de mucha importancia: consuela a los presos, que esperan la brevedad de
su despacho; es coco a los carniceros, que por entonces igualan los pesos,
y es espantajo a las placeras, por la misma razón. No te muestres, aunque
por ventura lo seas -lo cual yo no creo-, codicioso, mujeriego ni glotón;
porque, en sabiendo el pueblo y los que te tratan tu inclinación
determinada, por allí te darán batería, hasta derribarte en el profundo de
la perdición.

Mira y remira, pasa y repasa los consejos y documentos que te di por
escrito antes que de aquí partieses a tu gobierno, y verás como hallas en
ellos, si los guardas, una ayuda de costa que te sobrelleve los trabajos y
dificultades que a cada paso a los gobernadores se les ofrecen. Escribe a
tus señores y muéstrateles agradecido, que la ingratitud es hija de la
soberbia, y uno de los mayores pecados que se sabe, y la persona que es
agradecida a los que bien le han hecho, da indicio que también lo será a
Dios, que tantos bienes le hizo y de contino le hace.

La señora duquesa despachó un propio con tu vestido y otro presente a tu
mujer Teresa Panza; por momentos esperamos respuesta.

Yo he estado un poco mal dispuesto de un cierto gateamiento que me sucedió
no muy a cuento de mis narices; pero no fue nada, que si hay encantadores
que me maltraten, también los hay que me defiendan.

Avísame si el mayordomo que está contigo tuvo que ver en las acciones de la
Trifaldi, como tú sospechaste, y de todo lo que te sucediere me irás dando
aviso, pues es tan corto el camino; cuanto más, que yo pienso dejar presto
esta vida ociosa en que estoy, pues no nací para ella.

Un negocio se me ha ofrecido, que creo que me ha de poner en desgracia
destos señores; pero, aunque se me da mucho, no se me da nada, pues, en fin
en fin, tengo de cumplir antes con mi profesión que con su gusto, conforme
a lo que suele decirse: amicus Plato, sed magis amica veritas. Dígote este
latín porque me doy a entender que, después que eres gobernador, lo habrás
aprendido. Y a Dios, el cual te guarde de que ninguno te tenga lástima.

Tu amigo,

Don Quijote de la Mancha.

Oyó Sancho la carta con mucha atención, y fue celebrada y tenida por
discreta de los que la oyeron; y luego Sancho se levantó de la mesa, y,
llamando al secretario, se encerró con él en su estancia, y, sin dilatarlo
más, quiso responder luego a su señor don Quijote, y dijo al secretario
que, sin añadir ni quitar cosa alguna, fuese escribiendo lo que él le
dijese, y así lo hizo; y la carta de la respuesta fue del tenor siguiente:

Carta de Sancho Panza a don Quijote de la Mancha

La ocupación de mis negocios es tan grande que no tengo lugar para rascarme
la cabeza, ni aun para cortarme las uñas; y así, las traigo tan crecidas
cual Dios lo remedie. Digo esto, señor mío de mi alma, porque vuesa merced
no se espante si hasta agora no he dado aviso de mi bien o mal estar en
este gobierno, en el cual tengo más hambre que cuando andábamos los dos por
las selvas y por los despoblados.

Escribióme el duque, mi señor, el otro día, dándome aviso que habían
entrado en esta ínsula ciertas espías para matarme, y hasta agora yo no he
descubierto otra que un cierto doctor que está en este lugar asalariado
para matar a cuantos gobernadores aquí vinieren: llámase el doctor Pedro
Recio, y es natural de Tirteafuera: ¡porque vea vuesa merced qué nombre
para no temer que he de morir a sus manos! Este tal doctor dice él mismo de
sí mismo que él no cura las enfermedades cuando las hay, sino que las
previene, para que no vengan; y las medecinas que usa son dieta y más
dieta, hasta poner la persona en los huesos mondos, como si no fuese mayor
mal la flaqueza que la calentura. Finalmente, él me va matando de hambre, y
yo me voy muriendo de despecho, pues cuando pensé venir a este gobierno a
comer caliente y a beber frío, y a recrear el cuerpo entre sábanas de
holanda, sobre colchones de pluma, he venido a hacer penitencia, como si
fuera ermitaño; y, como no la hago de mi voluntad, pienso que, al cabo al
cabo, me ha de llevar el diablo.