Hasta agora no he tocado derecho ni llevado cohecho, y no puedo pensar en
qué va esto; porque aquí me han dicho que los gobernadores que a esta
ínsula suelen venir, antes de entrar en ella, o les han dado o les han
prestado los del pueblo muchos dineros, y que ésta es ordinaria usanza en
los demás que van a gobiernos, no solamente en éste.

Anoche, andando de ronda, topé una muy hermosa doncella en traje de varón y
un hermano suyo en hábito de mujer; de la moza se enamoró mi maestresala, y
la escogió en su imaginación para su mujer, según él ha dicho, y yo escogí
al mozo para mi yerno; hoy los dos pondremos en plática nuestros
pensamientos con el padre de entrambos, que es un tal Diego de la Llana,
hidalgo y cristiano viejo cuanto se quiere.

Yo visito las plazas, como vuestra merced me lo aconseja, y ayer hallé una
tendera que vendía avellanas nuevas, y averigüéle que había mezclado con
una hanega de avellanas nuevas otra de viejas, vanas y podridas; apliquélas
todas para los niños de la doctrina, que las sabrían bien distinguir, y
sentenciéla que por quince días no entrase en la plaza. Hanme dicho que lo
hice valerosamente; lo que sé decir a vuestra merced es que es fama en este
pueblo que no hay gente más mala que las placeras, porque todas son
desvergonzadas, desalmadas y atrevidas, y yo así lo creo, por las que he
visto en otros pueblos.

De que mi señora la duquesa haya escrito a mi mujer Teresa Panza y
enviádole el presente que vuestra merced dice, estoy muy satisfecho, y
procuraré de mostrarme agradecido a su tiempo: bésele vuestra merced las
manos de mi parte, diciendo que digo yo que no lo ha echado en saco roto,
como lo verá por la obra.

No querría que vuestra merced tuviese trabacuentas de disgusto con esos mis
señores, porque si vuestra merced se enoja con ellos, claro está que ha de
redundar en mi daño, y no será bien que, pues se me da a mí por consejo que
sea agradecido, que vuestra merced no lo sea con quien tantas mercedes le
tiene hechas y con tanto regalo ha sido tratado en su castillo.

Aquello del gateado no entiendo, pero imagino que debe de ser alguna de las
malas fechorías que con vuestra merced suelen usar los malos encantadores;
yo lo sabré cuando nos veamos.

Quisiera enviarle a vuestra merced alguna cosa, pero no sé qué envíe, si no
es algunos cañutos de jeringas, que para con vejigas los hacen en esta
ínsula muy curiosos; aunque si me dura el oficio, yo buscaré qué enviar de
haldas o de mangas.

Si me escribiere mi mujer Teresa Panza, pague vuestra merced el porte y
envíeme la carta,que tengo grandísimo deseo de saber del estado de mi casa,
de mi mujer y de mis hijos. Y con esto, Dios libre a vuestra merced de mal
intencionados encantadores, y a mí me saque con bien y en paz deste
gobierno, que lo dudo, porque le pienso dejar con la vida, según me trata
el doctor Pedro Recio.

Criado de vuestra merced,

Sancho Panza, el Gobernador.

Cerró la carta el secretario y despachó luego al correo; y, juntándose los
burladores de Sancho, dieron orden entre sí cómo despacharle del gobierno;
y aquella tarde la pasó Sancho en hacer algunas ordenanzas tocantes al buen
gobierno de la que él imaginaba ser ínsula, y ordenó que no hubiese
regatones de los bastimentos en la república, y que pudiesen meter en ella
vino de las partes que quisiesen, con aditamento que declarasen el lugar de
donde era, para ponerle el precio según su estimación, bondad y fama, y el
que lo aguase o le mudase el nombre, perdiese la vida por ello.

Moderó el precio de todo calzado, principalmente el de los zapatos, por
parecerle que corría con exorbitancia; puso tasa en los salarios de los
criados, que caminaban a rienda suelta por el camino del interese; puso
gravísimas penas a los que cantasen cantares lascivos y descompuestos, ni
de noche ni de día. Ordenó que ningún ciego cantase milagro en coplas si no
trujese testimonio auténtico de ser verdadero, por parecerle que los más
que los ciegos cantan son fingidos, en perjuicio de los verdaderos.

Hizo y creó un alguacil de pobres, no para que los persiguiese, sino para
que los examinase si lo eran, porque a la sombra de la manquedad fingida y
de la llaga falsa andan los brazos ladrones y la salud borracha. En
resolución: él ordenó cosas tan buenas que hasta hoy se guardan en aquel
lugar, y se nombran Las constituciones del gran gobernador Sancho Panza.

Capítulo LII. Donde se cuenta la aventura de la segunda dueña Dolorida, o
Angustiada, llamada por otro nombre doña Rodríguez

Cuenta Cide Hamete que estando ya don Quijote sano de sus aruños, le
pareció que la vida que en aquel castillo tenía era contra toda la orden de
caballería que profesaba, y así, determinó de pedir licencia a los duques
para partirse a Zaragoza, cuyas fiestas llegaban cerca, adonde pensaba
ganar el arnés que en las tales fiestas se conquista.

Y, estando un día a la mesa con los duques, y comenzando a poner en obra su
intención y pedir la licencia, veis aquí a deshora entrar por la puerta de
la gran sala dos mujeres, como después pareció, cubiertas de luto de los
pies a la cabeza, y la una dellas, llegándose a don Quijote, se le echó a
los pies tendida de largo a largo, la boca cosida con los pies de don
Quijote, y daba unos gemidos tan tristes, tan profundos y tan dolorosos,
que puso en confusión a todos los que la oían y miraban; y, aunque los
duques pensaron que sería alguna burla que sus criados querían hacer a don
Quijote, todavía, viendo con el ahínco que la mujer suspiraba, gemía y
lloraba, los tuvo dudosos y suspensos, hasta que don Quijote, compasivo, la
levantó del suelo y hizo que se descubriese y quitase el manto de sobre la
faz llorosa.

Ella lo hizo así, y mostró ser lo que jamás se pudiera pensar, porque
descubrió el rostro de doña Rodríguez, la dueña de casa, y la otra enlutada
era su hija, la burlada del hijo del labrador rico. Admiráronse todos
aquellos que la conocían, y más los duques que ninguno; que, puesto que la
tenían por boba y de buena pasta, no por tanto que viniese a hacer locuras.
Finalmente, doña Rodríguez, volviéndose a los señores, les dijo:

-Vuesas excelencias sean servidos de darme licencia que yo departa un poco
con este caballero, porque así conviene para salir con bien del negocio en
que me ha puesto el atrevimiento de un mal intencionado villano.

El duque dijo que él se la daba, y que departiese con el señor don Quijote
cuanto le viniese en deseo. Ella, enderezando la voz y el rostro a don
Quijote, dijo:

-Días ha, valeroso caballero, que os tengo dada cuenta de la sinrazón y
alevosía que un mal labrador tiene fecha a mi muy querida y amada fija, que
es esta desdichada que aquí está presente, y vos me habedes prometido de
volver por ella, enderezándole el tuerto que le tienen fecho, y agora ha
llegado a mi noticia que os queredes partir deste castillo, en busca de las
buenas venturas que Dios os depare; y así, querría que, antes que os
escurriésedes por esos caminos, desafiásedes a este rústico indómito, y le
hiciésedes que se casase con mi hija, en cumplimiento de la palabra que le
dio de ser su esposo, antes y primero que yogase con ella; porque pensar
que el duque mi señor me ha de hacer justicia es pedir peras al olmo, por
la ocasión que ya a vuesa merced en puridad tengo declarada. Y con esto,
Nuestro Señor dé a vuesa merced mucha salud, y a nosotras no nos desampare.

A cuyas razones respondió don Quijote, con mucha gravedad y prosopopeya:

-Buena dueña, templad vuestras lágrimas, o, por mejor decir, enjugadlas y
ahorrad de vuestros suspiros, que yo tomo a mi cargo el remedio de vuestra
hija, a la cual le hubiera estado mejor no haber sido tan fácil en creer
promesas de enamorados, las cuales, por la mayor parte, son ligeras de
prometer y muy pesadas de cumplir; y así, con licencia del duque mi señor,
yo me partiré luego en busca dese desalmado mancebo, y le hallaré, y le
desafiaré, y le mataré cada y cuando que se escusare de cumplir la
prometida palabra; que el principal asumpto de mi profesión es perdonar a
los humildes y castigar a los soberbios; quiero decir: acorrer a los
miserables y destruir a los rigurosos.

-No es menester -respondió el duque- que vuesa merced se ponga en trabajo
de buscar al rústico de quien esta buena dueña se queja, ni es menester
tampoco que vuesa merced me pida a mí licencia para desafiarle; que yo le
doy por desafiado, y tomo a mi cargo de hacerle saber este desafío, y que
le acete, y venga a responder por sí a este mi castillo, donde a entrambos
daré campo seguro, guardando todas las condiciones que en tales actos
suelen y deben guardarse, guardando igualmente su justicia a cada uno, como
están obligados a guardarla todos aquellos príncipes que dan campo franco a
los que se combaten en los términos de sus señoríos.

-Pues con ese seguro y con buena licencia de vuestra grandeza -replicó don
Quijote-, desde aquí digo que por esta vez renuncio a mi hidalguía, y me
allano y ajusto con la llaneza del dañador, y me hago igual con él,
habilitándole para poder combatir conmigo; y así, aunque ausente, le
desafío y repto, en razón de que hizo mal en defraudar a esta pobre, que
fue doncella y ya por su culpa no lo es, y que le ha de cumplir la palabra
que le dio de ser su legítimo esposo, o morir en la demanda.

Y luego, descalzándose un guante, le arrojó en mitad de la sala, y el duque
le alzó, diciendo que, como ya había dicho, él acetaba el tal desafío en
nombre de su vasallo, y señalaba el plazo de allí a seis días; y el campo,
en la plaza de aquel castillo; y las armas, las acostumbradas de los
caballeros: lanza y escudo, y arnés tranzado, con todas las demás piezas,
sin engaño, superchería o superstición alguna, examinadas y vistas por los
jueces del campo.

-Pero, ante todas cosas, es menester que esta buena dueña y esta mala
doncella pongan el derecho de su justicia en manos del señor don Quijote;
que de otra manera no se hará nada, ni llegará a debida ejecución el tal
desafío.

-Yo sí pongo -respondió la dueña.

-Y yo también -añadió la hija, toda llorosa y toda vergonzosa y de mal
talante.

Tomado, pues, este apuntamiento, y habiendo imaginado el duque lo que había
de hacer en el caso, las enlutadas se fueron, y ordenó la duquesa que de
allí adelante no las tratasen como a sus criadas, sino como a señoras
aventureras que venían a pedir justicia a su casa; y así, les dieron cuarto
aparte y las sirvieron como a forasteras, no sin espanto de las demás
criadas, que no sabían en qué había de parar la sandez y desenvoltura de
doña Rodríguez y de su malandante hija.

Estando en esto, para acabar de regocijar la fiesta y dar buen fin a la
comida, veis aquí donde entró por la sala el paje que llevó las cartas y
presentes a Teresa Panza, mujer del gobernador Sancho Panza, de cuya
llegada recibieron gran contento los duques, deseosos de saber lo que le
había sucedido en su viaje; y, preguntándoselo, respondió el paje que no lo
podía decir tan en público ni con breves palabras: que sus excelencias
fuesen servidos de dejarlo para a solas, y que entretanto se entretuviesen
con aquellas cartas. Y, sacando dos cartas, las puso en manos de la
duquesa. La una decía en el sobreescrito: Carta para mi señora la duquesa
tal, de no sé dónde, y la otra: A mi marido Sancho Panza, gobernador de la
ínsula Barataria, que Dios prospere más años que a mí. No se le cocía el
pan, como suele decirse, a la duquesa hasta leer su carta, y abriéndola y
leído para sí, y viendo que la podía leer en voz alta para que el duque y
los circunstantes la oyesen, leyó desta manera:

Carta de Teresa Panza a la Duquesa

Mucho contento me dio, señora mía, la carta que vuesa grandeza me escribió,
que en verdad que la tenía bien deseada. La sarta de corales es muy buena,
y el vestido de caza de mi marido no le va en zaga. De que vuestra señoría
haya hecho gobernador a Sancho, mi consorte, ha recebido mucho gusto todo
este lugar, puesto que no hay quien lo crea, principalmente el cura, y mase
Nicolás el barbero, y Sansón Carrasco el bachiller; pero a mí no se me da
nada; que, como ello sea así, como lo es, diga cada uno lo que quisiere;
aunque, si va a decir verdad, a no venir los corales y el vestido, tampoco
yo lo creyera, porque en este pueblo todos tienen a mi marido por un porro,
y que, sacado de gobernar un hato de cabras, no pueden imaginar para qué
gobierno pueda ser bueno. Dios lo haga, y lo encamine como vee que lo han
menester sus hijos.

Yo, señora de mi alma, estoy determinada, con licencia de vuesa merced, de
meter este buen día en mi casa, yéndome a la corte a tenderme en un coche,
para quebrar los ojos a mil envidiosos que ya tengo; y así, suplico a vuesa
excelencia mande a mi marido me envíe algún dinerillo, y que sea algo qué,
porque en la corte son los gastos grandes: que el pan vale a real, y la
carne, la libra, a treinta maravedís, que es un juicio; y si quisiere que
no vaya, que me lo avise con tiempo, porque me están bullendo los pies por
ponerme en camino; que me dicen mis amigas y mis vecinas que, si yo y mi
hija andamos orondas y pomposas en la corte, vendrá a ser conocido mi
marido por mí más que yo por él, siendo forzoso que pregunten muchos:
''-¿Quién son estas señoras deste coche?'' Y un criado mío responder: ''-La
mujer y la hija de Sancho Panza, gobernador de la ínsula Barataria''; y
desta manera será conocido Sancho, y yo seré estimada, y a Roma por todo.

Pésame, cuanto pesarme puede, que este año no se han cogido bellotas en
este pueblo; con todo eso, envío a vuesa alteza hasta medio celemín, que
una a una las fui yo a coger y a escoger al monte, y no las hallé más
mayores; yo quisiera que fueran como huevos de avestruz.

No se le olvide a vuestra pomposidad de escribirme, que yo tendré cuidado
de la respuesta, avisando de mi salud y de todo lo que hubiere que avisar
deste lugar, donde quedo rogando a Nuestro Señor guarde a vuestra grandeza,
y a mí no olvide. Sancha, mi hija, y mi hijo besan a vuestra merced las
manos.

La que tiene más deseo de ver a vuestra señoría que de escribirla, su
criada,

Teresa Panza.

Grande fue el gusto que todos recibieron de oír la carta de Teresa Panza,
principalmente los duques, y la duquesa pidió parecer a don Quijote si
sería bien abrir la carta que venía para el gobernador, que imaginaba debía
de ser bonísima. Don Quijote dijo que él la abriría por darles gusto, y así
lo hizo, y vio que decía desta manera:

Carta de Teresa Panza a Sancho Panza su marido

Tu carta recibí, Sancho mío de mi alma, y yo te prometo y juro como
católica cristiana que no faltaron dos dedos para volverme loca de
contento. Mira, hermano: cuando yo llegué a oír que eres gobernador, me
pensé allí caer muerta de puro gozo, que ya sabes tú que dicen que así mata
la alegría súbita como el dolor grande. A Sanchica, tu hija, se le fueron
las aguas sin sentirlo, de puro contento. El vestido que me enviaste tenía
delante, y los corales que me envió mi señora la duquesa al cuello, y las
cartas en las manos, y el portador dellas allí presente, y, con todo eso,
creía y pensaba que era todo sueño lo que veía y lo que tocaba; porque,
¿quién podía pensar que un pastor de cabras había de venir a ser gobernador
de ínsulas? Ya sabes tú, amigo, que decía mi madre que era menester vivir
mucho para ver mucho: dígolo porque pienso ver más si vivo más; porque no
pienso parar hasta verte arrendador o alcabalero, que son oficios que,
aunque lleva el diablo a quien mal los usa, en fin en fin, siempre tienen y
manejan dineros. Mi señora la duquesa te dirá el deseo que tengo de ir a la
corte; mírate en ello, y avísame de tu gusto, que yo procuraré honrarte en
ella andando en coche.

El cura, el barbero, el bachiller y aun el sacristán no pueden creer que
eres gobernador, y dicen que todo es embeleco, o cosas de encantamento,
como son todas las de don Quijote tu amo; y dice Sansón que ha de ir a
buscarte y a sacarte el gobierno de la cabeza, y a don Quijote la locura de
los cascos; yo no hago sino reírme, y mirar mi sarta, y dar traza del
vestido que tengo de hacer del tuyo a nuestra hija.

Unas bellotas envié a mi señora la duquesa; yo quisiera que fueran de oro.
Envíame tú algunas sartas de perlas, si se usan en esa ínsula.

Las nuevas deste lugar son que la Berrueca casó a su hija con un pintor de
mala mano, que llegó a este pueblo a pintar lo que saliese; mandóle el
Concejo pintar las armas de Su Majestad sobre las puertas del Ayuntamiento,
pidió dos ducados, diéronselos adelantados, trabajó ocho días, al cabo de
los cuales no pintó nada, y dijo que no acertaba a pintar tantas baratijas;
volvió el dinero, y, con todo eso, se casó a título de buen oficial; verdad
es que ya ha dejado el pincel y tomado el azada, y va al campo como
gentilhombre. El hijo de Pedro de Lobo se ha ordenado de grados y corona,
con intención de hacerse clérigo; súpolo Minguilla, la nieta de Mingo
Silvato, y hale puesto demanda de que la tiene dada palabra de casamiento;
malas lenguas quieren decir que ha estado encinta dél, pero él lo niega a
pies juntillas.

Hogaño no hay aceitunas, ni se halla una gota de vinagre en todo este
pueblo. Por aquí pasó una compañía de soldados; lleváronse de camino tres
mozas deste pueblo; no te quiero decir quién son: quizá volverán, y no
faltará quien las tome por mujeres, con sus tachas buenas o malas.

Sanchica hace puntas de randas; gana cada día ocho maravedís horros, que
los va echando en una alcancía para ayuda a su ajuar; pero ahora que es
hija de un gobernador, tú le darás la dote sin que ella lo trabaje. La
fuente de la plaza se secó; un rayo cayó en la picota, y allí me las den
todas.

Espero respuesta désta y la resolución de mi ida a la corte; y, con esto,
Dios te me guarde más años que a mí o tantos, porque no querría dejarte sin
mí en este mundo.

Tu mujer,

Teresa Panza.

Las cartas fueron solenizadas, reídas, estimadas y admiradas; y, para
acabar de echar el sello, llegó el correo, el que traía la que Sancho
enviaba a don Quijote, que asimesmo se leyó públicamente, la cual puso en
duda la sandez del gobernador.

Retiróse la duquesa, para saber del paje lo que le había sucedido en el
lugar de Sancho, el cual se lo contó muy por estenso, sin dejar
circunstancia que no refiriese; diole las bellotas, y más un queso que
Teresa le dio, por ser muy bueno, que se aventajaba a los de Tronchón
Recibiólo la duquesa con grandísimo gusto, con el cual la dejaremos, por
contar el fin que tuvo el gobierno del gran Sancho Panza, flor y espejo de
todos los insulanos gobernadores.

Capítulo LIII. Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Sancho
Panza

''Pensar que en esta vida las cosas della han de durar siempre en un estado
es pensar en lo escusado; antes parece que ella anda todo en redondo, digo,
a la redonda: la primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al
otoño, y el otoño al invierno, y el invierno a la primavera, y así torna a
andarse el tiempo con esta rueda continua; sola la vida humana corre a su
fin ligera más que el tiempo, sin esperar renovarse si no es en la otra,
que no tiene términos que la limiten''. Esto dice Cide Hamete, filósofo
mahomético; porque esto de entender la ligereza e instabilidad de la vida
presente, y de la duración de la eterna que se espera, muchos sin lumbre de
fe, sino con la luz natural, lo han entendido; pero aquí, nuestro autor lo
dice por la presteza con que se acabó, se consumió, se deshizo, se fue como
en sombra y humo el gobierno de Sancho.

El cual, estando la séptima noche de los días de su gobierno en su cama, no
harto de pan ni de vino, sino de juzgar y dar pareceres y de hacer
estatutos y pragmáticas, cuando el sueño, a despecho y pesar de la hambre,
le comenzaba a cerrar los párpados, oyó tan gran ruido de campanas y de
voces, que no parecía sino que toda la ínsula se hundía. Sentóse en la
cama, y estuvo atento y escuchando, por ver si daba en la cuenta de lo que
podía ser la causa de tan grande alboroto; pero no sólo no lo supo, pero,
añadiéndose al ruido de voces y campanas el de infinitas trompetas y
atambores, quedó más confuso y lleno de temor y espanto; y, levantándose en
pie, se puso unas chinelas, por la humedad del suelo, y, sin ponerse
sobrerropa de levantar, ni cosa que se pareciese, salió a la puerta de su
aposento, a tiempo cuando vio venir por unos corredores más de veinte
personas con hachas encendidas en las manos y con las espadas
desenvainadas, gritando todos a grandes voces:

-¡Arma, arma, señor gobernador, arma!; que han entrado infinitos enemigos
en la ínsula, y somos perdidos si vuestra industria y valor no nos socorre.

Con este ruido, furia y alboroto llegaron donde Sancho estaba, atónito y
embelesado de lo que oía y veía; y, cuando llegaron a él, uno le dijo:

-¡Ármese luego vuestra señoría, si no quiere perderse y que toda esta
ínsula se pierda!

-¿Qué me tengo de armar -respondió Sancho-, ni qué sé yo de armas ni de
socorros? Estas cosas mejor será dejarlas para mi amo don Quijote, que en
dos paletas las despachará y pondrá en cobro; que yo, pecador fui a Dios,
no se me entiende nada destas priesas.

-¡Ah, señor gobernador! -dijo otro-. ¿Qué relente es ése? Ármese vuesa
merced, que aquí le traemos armas ofensivas y defensivas, y salga a esa
plaza, y sea nuestra guía y nuestro capitán, pues de derecho le toca el
serlo, siendo nuestro gobernador.

-Ármenme norabuena -replicó Sancho.

Y al momento le trujeron dos paveses, que venían proveídos dellos, y le
pusieron encima de la camisa, sin dejarle tomar otro vestido, un pavés
delante y otro detrás, y, por unas concavidades que traían hechas, le
sacaron los brazos, y le liaron muy bien con unos cordeles, de modo que
quedó emparedado y entablado, derecho como un huso, sin poder doblar las
rodillas ni menearse un solo paso. Pusiéronle en las manos una lanza, a la
cual se arrimó para poder tenerse en pie. Cuando así le tuvieron, le
dijeron que caminase, y los guiase y animase a todos; que, siendo él su
norte, su lanterna y su lucero, tendrían buen fin sus negocios.

-¿Cómo tengo de caminar, desventurado yo -respondió Sancho-, que no puedo
jugar las choquezuelas de las rodillas, porque me lo impiden estas tablas
que tan cosidas tengo con mis carnes? Lo que han de hacer es llevarme en
brazos y ponerme, atravesado o en pie, en algún postigo, que yo le
guardaré, o con esta lanza o con mi cuerpo.

-Ande, señor gobernador -dijo otro-, que más el miedo que las tablas le
impiden el paso; acabe y menéese, que es tarde, y los enemigos crecen, y
las voces se aumentan y el peligro carga.

Por cuyas persuasiones y vituperios probó el pobre gobernador a moverse, y
fue dar consigo en el suelo tan gran golpe, que pensó que se había hecho
pedazos. Quedó como galápago encerrado y cubierto con sus conchas, o como
medio tocino metido entre dos artesas, o bien así como barca que da al
través en la arena; y no por verle caído aquella gente burladora le
tuvieron compasión alguna; antes, apagando las antorchas, tornaron a
reforzar las voces, y a reiterar el ¡arma! con tan gran priesa, pasando por
encima del pobre Sancho, dándole infinitas cuchilladas sobre los paveses,
que si él no se recogiera y encogiera, metiendo la cabeza entre los
paveses, lo pasara muy mal el pobre gobernador, el cual, en aquella
estrecheza recogido, sudaba y trasudaba, y de todo corazón se encomendaba a
Dios que de aquel peligro le sacase.

Unos tropezaban en él, otros caían, y tal hubo que se puso encima un buen
espacio, y desde allí, como desde atalaya, gobernaba los ejércitos, y a
grandes voces decía:

-¡Aquí de los nuestros, que por esta parte cargan más los enemigos! ¡Aquel
portillo se guarde, aquella puerta se cierre, aquellas escalas se tranquen!
¡Vengan alcancías, pez y resina en calderas de aceite ardiendo!
¡Trinchéense las calles con colchones!

En fin, él nombraba con todo ahínco todas las baratijas e instrumentos y
pertrechos de guerra con que suele defenderse el asalto de una ciudad, y el
molido Sancho, que lo escuchaba y sufría todo, decía entre sí:

-¡Oh, si mi Señor fuese servido que se acabase ya de perder esta ínsula, y
me viese yo o muerto o fuera desta grande angustia!

Oyó el cielo su petición, y, cuando menos lo esperaba, oyó voces que
decían:

-¡Vitoria, vitoria! ¡Los enemigos van de vencida! ¡Ea, señor gobernador,
levántese vuesa merced y venga a gozar del vencimiento y a repartir los
despojos que se han tomado a los enemigos, por el valor dese invencible
brazo!

-Levántenme -dijo con voz doliente el dolorido Sancho.

Ayudáronle a levantar, y, puesto en pie, dijo:

-El enemigo que yo hubiere vencido quiero que me le claven en la frente. Yo
no quiero repartir despojos de enemigos, sino pedir y suplicar a algún
amigo, si es que le tengo, que me dé un trago de vino, que me seco, y me
enjugue este sudor, que me hago agua.

Limpiáronle, trujéronle el vino, desliáronle los paveses, sentóse sobre su
lecho y desmayóse del temor, del sobresalto y del trabajo. Ya les pesaba a
los de la burla de habérsela hecho tan pesada; pero el haber vuelto en sí
Sancho les templó la pena que les había dado su desmayo. Preguntó qué hora
era, respondiéronle que ya amanecía. Calló, y, sin decir otra cosa, comenzó
a vestirse, todo sepultado en silencio, y todos le miraban y esperaban en
qué había de parar la priesa con que se vestía. Vistióse, en fin, y poco a
poco, porque estaba molido y no podía ir mucho a mucho, se fue a la
caballeriza, siguiéndole todos los que allí se hallaban, y, llegándose al
rucio, le abrazó y le dio un beso de paz en la frente, y, no sin lágrimas
en los ojos, le dijo:

-Venid vos acá, compañero mío y amigo mío, y conllevador de mis trabajos y
miserias: cuando yo me avenía con vos y no tenía otros pensamientos que los
que me daban los cuidados de remendar vuestros aparejos y de sustentar
vuestro corpezuelo, dichosas eran mis horas, mis días y mis años; pero,
después que os dejé y me subí sobre las torres de la ambición y de la
soberbia, se me han entrado por el alma adentro mil miserias, mil trabajos
y cuatro mil desasosiegos.

Y, en tanto que estas razones iba diciendo, iba asimesmo enalbardando el
asno, sin que nadie nada le dijese. Enalbardado, pues, el rucio, con gran
pena y pesar subió sobre él, y, encaminando sus palabras y razones al
mayordomo, al secretario, al maestresala y a Pedro Recio el doctor, y a
otros muchos que allí presentes estaban, dijo:

-Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad;
dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta
muerte presente. Yo no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulas
ni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas. Mejor se me entiende
a mí de arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas, que de dar leyes ni de
defender provincias ni reinos. Bien se está San Pedro en Roma: quiero
decir, que bien se está cada uno usando el oficio para que fue nacido.
Mejor me está a mí una hoz en la mano que un cetro de gobernador; más
quiero hartarme de gazpachos que estar sujeto a la miseria de un médico
impertinente que me mate de hambre; y más quiero recostarme a la sombra de
una encina en el verano y arroparme con un zamarro de dos pelos en el
invierno, en mi libertad, que acostarme con la sujeción del gobierno entre
sábanas de holanda y vestirme de martas cebollinas. Vuestras mercedes se
queden con Dios, y digan al duque mi señor que, desnudo nací, desnudo me
hallo: ni pierdo ni gano; quiero decir, que sin blanca entré en este
gobierno y sin ella salgo, bien al revés de como suelen salir los
gobernadores de otras ínsulas. Y apártense: déjenme ir, que me voy a
bizmar; que creo que tengo brumadas todas las costillas, merced a los
enemigos que esta noche se han paseado sobre mí.

-No ha de ser así, señor gobernador -dijo el doctor Recio-, que yo le daré
a vuesa merced una bebida contra caídas y molimientos, que luego le vuelva
en su prístina entereza y vigor; y, en lo de la comida, yo prometo a vuesa
merced de enmendarme, dejándole comer abundantemente de todo aquello que
quisiere.

-¡Tarde piache! -respondió Sancho-. Así dejaré de irme como volverme turco.
No son estas burlas para dos veces. Por Dios que así me quede en éste, ni
admita otro gobierno, aunque me le diesen entre dos platos, como volar al
cielo sin alas. Yo soy del linaje de los Panzas, que todos son testarudos,
y si una vez dicen nones, nones han de ser, aunque sean pares, a pesar de
todo el mundo. Quédense en esta caballeriza las alas de la hormiga, que me
levantaron en el aire para que me comiesen vencejos y otros pájaros, y
volvámonos a andar por el suelo con pie llano, que, si no le adornaren
zapatos picados de cordobán, no le faltarán alpargatas toscas de cuerda.
Cada oveja con su pareja, y nadie tienda más la pierna de cuanto fuere
larga la sábana; y déjenme pasar, que se me hace tarde.

A lo que el mayordomo dijo:

-Señor gobernador, de muy buena gana dejáramos ir a vuesa merced, puesto
que nos pesará mucho de perderle, que su ingenio y su cristiano proceder
obligan a desearle; pero ya se sabe que todo gobernador está obligado,
antes que se ausente de la parte donde ha gobernado, dar primero
residencia: déla vuesa merced de los diez días que ha que tiene el
gobierno, y váyase a la paz de Dios.

-Nadie me la puede pedir -respondió Sancho-, si no es quien ordenare el
duque mi señor; yo voy a verme con él, y a él se la daré de molde; cuanto
más que, saliendo yo desnudo, como salgo, no es menester otra señal para
dar a entender que he gobernado como un ángel.

-Par Dios que tiene razón el gran Sancho -dijo el doctor Recio-, y que soy
de parecer que le dejemos ir, porque el duque ha de gustar infinito de
verle.

Todos vinieron en ello, y le dejaron ir, ofreciéndole primero compañía y
todo aquello que quisiese para el regalo de su persona y para la comodidad
de su viaje. Sancho dijo que no quería más de un poco de cebada para el
rucio y medio queso y medio pan para él; que, pues el camino era tan corto,
no había menester mayor ni mejor repostería. Abrazáronle todos, y él,
llorando, abrazó a todos, y los dejó admirados, así de sus razones como de
su determinación tan resoluta y tan discreta.

Capítulo LIV. Que trata de cosas tocantes a esta historia, y no a otra
alguna

Resolviéronse el duque y la duquesa de que el desafío que don Quijote hizo
a su vasallo, por la causa ya referida, pasase adelante; y, puesto que el
mozo estaba en Flandes, adonde se había ido huyendo, por no tener por
suegra a doña Rodríguez, ordenaron de poner en su lugar a un lacayo gascón,
que se llamaba Tosilos, industriándole primero muy bien de todo lo que
había de hacer.

De allí a dos días dijo el duque a don Quijote como desde allí a cuatro
vendría su contrario, y se presentaría en el campo, armado como caballero,
y sustentaría como la doncella mentía por mitad de la barba, y aun por toda
la barba entera, si se afirmaba que él le hubiese dado palabra de
casamiento. Don Quijote recibió mucho gusto con las tales nuevas, y se
prometió a sí mismo de hacer maravillas en el caso, y tuvo a gran ventura
habérsele ofrecido ocasión donde aquellos señores pudiesen ver hasta dónde
se estendía el valor de su poderoso brazo; y así, con alborozo y contento,
esperaba los cuatro días, que se le iban haciendo, a la cuenta de su deseo,
cuatrocientos siglos.

Dejémoslos pasar nosotros, como dejamos pasar otras cosas, y vamos a
acompañar a Sancho, que entre alegre y triste venía caminando sobre el
rucio a buscar a su amo, cuya compañía le agradaba más que ser gobernador
de todas las ínsulas del mundo.

Sucedió, pues, que, no habiéndose alongado mucho de la ínsula del su
gobierno -que él nunca se puso a averiguar si era ínsula, ciudad, villa o
lugar la que gobernaba-, vio que por el camino por donde él iba venían seis
peregrinos con sus bordones, de estos estranjeros que piden la limosna
cantando, los cuales, en llegando a él, se pusieron en ala, y, levantando
las voces todos juntos, comenzaron a cantar en su lengua lo que Sancho no
pudo entender, si no fue una palabra que claramente pronunciaba limosna,
por donde entendió que era limosna la que en su canto pedían; y como él,
según dice Cide Hamete, era caritativo además, sacó de sus alforjas medio
pan y medio queso, de que venía proveído, y dióselo, diciéndoles por señas
que no tenía otra cosa que darles. Ellos lo recibieron de muy buena gana, y
dijeron:

-¡Guelte! ¡Guelte!

-No entiendo -respondió Sancho- qué es lo que me pedís, buena gente.

Entonces uno de ellos sacó una bolsa del seno y mostrósela a Sancho, por
donde entendió que le pedían dineros; y él, poniéndose el dedo pulgar en la
garganta y estendiendo la mano arriba, les dio a entender que no tenía
ostugo de moneda, y, picando al rucio, rompió por ellos; y, al pasar,
habiéndole estado mirando uno dellos con mucha atención, arremetió a él,
echándole los brazos por la cintura; en voz alta y muy castellana, dijo:

-¡Válame Dios! ¿Qué es lo que veo? ¿Es posible que tengo en mis brazos al
mi caro amigo, al mi buen vecino Sancho Panza? Sí tengo, sin duda, porque
yo ni duermo, ni estoy ahora borracho.

Admiróse Sancho de verse nombrar por su nombre y de verse abrazar del
estranjero peregrino, y, después de haberle estado mirando sin hablar
palabra, con mucha atención, nunca pudo conocerle; pero, viendo su
suspensión el peregrino, le dijo:

-¿Cómo, y es posible, Sancho Panza hermano, que no conoces a tu vecino
Ricote el morisco, tendero de tu lugar?

Entonces Sancho le miró con más atención y comenzó a rafigurarle, y ,
finalmente, le vino a conocer de todo punto, y, sin apearse del jumento, le
echó los brazos al cuello, y le dijo:

-¿Quién diablos te había de conocer, Ricote, en ese traje de moharracho que
traes? Dime: ¿quién te ha hecho franchote, y cómo tienes atrevimiento de
volver a España, donde si te cogen y conocen tendrás harta mala ventura?

-Si tú no me descubres, Sancho -respondió el peregrino-, seguro estoy que
en este traje no habrá nadie que me conozca; y apartémonos del camino a
aquella alameda que allí parece, donde quieren comer y reposar mis
compañeros, y allí comerás con ellos, que son muy apacible gente. Yo tendré
lugar de contarte lo que me ha sucedido después que me partí de nuestro
lugar, por obedecer el bando de Su Majestad, que con tanto rigor a los
desdichados de mi nación amenazaba, según oíste.

Hízolo así Sancho, y, hablando Ricote a los demás peregrinos, se apartaron
a la alameda que se parecía, bien desviados del camino real. Arrojaron los
bordones, quitáronse las mucetas o esclavinas y quedaron en pelota, y todos
ellos eran mozos y muy gentileshombres, excepto Ricote, que ya era hombre
entrado en años. Todos traían alforjas, y todas, según pareció, venían bien
proveídas, a lo menos, de cosas incitativas y que llaman a la sed de dos
leguas.

Tendiéronse en el suelo, y, haciendo manteles de las yerbas, pusieron sobre
ellas pan, sal, cuchillos, nueces, rajas de queso, huesos mondos de jamón,
que si no se dejaban mascar, no defendían el ser chupados. Pusieron
asimismo un manjar negro que dicen que se llama cavial, y es hecho de
huevos de pescados, gran despertador de la colambre. No faltaron aceitunas,
aunque secas y sin adobo alguno, pero sabrosas y entretenidas. Pero lo que
más campeó en el campo de aquel banquete fueron seis botas de vino, que
cada uno sacó la suya de su alforja; hasta el buen Ricote, que se había
transformado de morisco en alemán o en tudesco, sacó la suya, que en
grandeza podía competir con las cinco.

Comenzaron a comer con grandísimo gusto y muy de espacio, saboreándose con
cada bocado, que le tomaban con la punta del cuchillo, y muy poquito de
cada cosa, y luego, al punto, todos a una, levantaron los brazos y las
botas en el aire; puestas las bocas en su boca, clavados los ojos en el
cielo, no parecía sino que ponían en él la puntería; y desta manera,
meneando las cabezas a un lado y a otro, señales que acreditaban el gusto
que recebían, se estuvieron un buen espacio, trasegando en sus estómagos
las entrañas de las vasijas.

Todo lo miraba Sancho, y de ninguna cosa se dolía; antes, por cumplir con
el refrán, que él muy bien sabía, de "cuando a Roma fueres, haz como
vieres", pidió a Ricote la bota, y tomó su puntería como los demás, y no
con menos gusto que ellos.

Cuatro veces dieron lugar las botas para ser empinadas; pero la quinta no
fue posible, porque ya estaban más enjutas y secas que un esparto, cosa que
puso mustia la alegría que hasta allí habían mostrado. De cuando en cuando,
juntaba alguno su mano derecha con la de Sancho, y decía:

-Español y tudesqui, tuto uno: bon compaño.

Y Sancho respondía: Bon compaño, jura Di!

Y disparaba con una risa que le duraba un hora, sin acordarse entonces de
nada de lo que le había sucedido en su gobierno; porque sobre el rato y
tiempo cuando se come y bebe, poca jurisdición suelen tener los cuidados.
Finalmente, el acabársele el vino fue principio de un sueño que dio a
todos, quedándose dormidos sobre las mismas mesas y manteles; solos Ricote
y Sancho quedaron alerta, porque habían comido más y bebido menos; y,
apartando Ricote a Sancho, se sentaron al pie de una haya, dejando a los
peregrinos sepultados en dulce sueño; y Ricote, sin tropezar nada en su
lengua morisca, en la pura castellana le dijo las siguientes razones:

-«Bien sabes, ¡oh Sancho Panza, vecino y amigo mío!, como el pregón y bando
que Su Majestad mandó publicar contra los de mi nación puso terror y
espanto en todos nosotros; a lo menos, en mí le puso de suerte que me
parece que antes del tiempo que se nos concedía para que hiciésemos
ausencia de España, ya tenía el rigor de la pena ejecutado en mi persona y
en la de mis hijos. Ordené, pues, a mi parecer como prudente, bien así como
el que sabe que para tal tiempo le han de quitar la casa donde vive y se
provee de otra donde mudarse; ordené, digo, de salir yo solo, sin mi
familia, de mi pueblo, y ir a buscar donde llevarla con comodidad y sin la
priesa con que los demás salieron; porque bien vi, y vieron todos nuestros
ancianos, que aquellos pregones no eran sólo amenazas, como algunos decían,
sino verdaderas leyes, que se habían de poner en ejecución a su determinado
tiempo; y forzábame a creer esta verdad saber yo los ruines y disparatados
intentos que los nuestros tenían, y tales, que me parece que fue
inspiración divina la que movió a Su Majestad a poner en efecto tan
gallarda resolución, no porque todos fuésemos culpados, que algunos había
cristianos firmes y verdaderos; pero eran tan pocos que no se podían oponer
a los que no lo eran, y no era bien criar la sierpe en el seno, teniendo
los enemigos dentro de casa. Finalmente, con justa razón fuimos castigados
con la pena del destierro, blanda y suave al parecer de algunos, pero al
nuestro, la más terrible que se nos podía dar. Doquiera que estamos
lloramos por España, que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria
natural; en ninguna parte hallamos el acogimiento que nuestra desventura
desea, y en Berbería, y en todas las partes de África, donde esperábamos
ser recebidos, acogidos y regalados, allí es donde más nos ofenden y
maltratan. No hemos conocido el bien hasta que le hemos perdido; y es el
deseo tan grande, que casi todos tenemos de volver a España, que los más de
aquellos, y son muchos, que saben la lengua como yo, se vuelven a ella, y
dejan allá sus mujeres y sus hijos desamparados: tanto es el amor que la
tienen; y agora conozco y experimento lo que suele decirse: que es dulce el
amor de la patria. Salí, como digo, de nuestro pueblo, entré en Francia, y,
aunque allí nos hacían buen acogimiento, quise verlo todo. Pasé a Italia y
llegué a Alemania, y allí me pareció que se podía vivir con más libertad,
porque sus habitadores no miran en muchas delicadezas: cada uno vive como
quiere, porque en la mayor parte della se vive con libertad de conciencia.
Dejé tomada casa en un pueblo junto a Augusta; juntéme con estos
peregrinos, que tienen por costumbre de venir a España muchos dellos, cada
año, a visitar los santuarios della, que los tienen por sus Indias, y por
certísima granjería y conocida ganancia. Ándanla casi toda, y no hay pueblo
ninguno de donde no salgan comidos y bebidos, como suele decirse, y con un
real, por lo menos, en dineros, y al cabo de su viaje salen con más de cien
escudos de sobra que, trocados en oro, o ya en el hueco de los bordones, o
entre los remiendos de las esclavinas, o con la industria que ellos pueden,
los sacan del reino y los pasan a sus tierras, a pesar de las guardas de
los puestos y puertos donde se registran. Ahora es mi intención, Sancho,
sacar el tesoro que dejé enterrado, que por estar fuera del pueblo lo podré
hacer sin peligro y escribir o pasar desde Valencia a mi hija y a mi mujer,
que sé que está en Argel, y dar traza como traerlas a algún puerto de
Francia, y desde allí llevarlas a Alemania, donde esperaremos lo que Dios
quisiere hacer de nosotros; que, en resolución, Sancho, yo sé cierto que la
Ricota mi hija y Francisca Ricota, mi mujer, son católicas cristianas, y,
aunque yo no lo soy tanto, todavía tengo más de cristiano que de moro, y
ruego siempre a Dios me abra los ojos del entendimiento y me dé a conocer
cómo le tengo de servir. Y lo que me tiene admirado es no saber por qué se
fue mi mujer y mi hija antes a Berbería que a Francia, adonde podía vivir
como cristiana.»

A lo que respondió Sancho:

-Mira, Ricote, eso no debió estar en su mano, porque las llevó Juan
Tiopieyo, el hermano de tu mujer; y, como debe de ser fino moro, fuese a lo
más bien parado, y séte decir otra cosa: que creo que vas en balde a buscar
lo que dejaste encerrado; porque tuvimos nuevas que habían quitado a tu
cuñado y tu mujer muchas perlas y mucho dinero en oro que llevaban por
registrar.

-Bien puede ser eso -replicó Ricote-, pero yo sé, Sancho, que no tocaron a
mi encierro, porque yo no les descubrí dónde estaba, temeroso de algún
desmán; y así, si tú, Sancho, quieres venir conmigo y ayudarme a sacarlo y
a encubrirlo, yo te daré docientos escudos, con que podrás remediar tus
necesidades, que ya sabes que sé yo que las tienes muchas.

-Yo lo hiciera -respondió Sancho-, pero no soy nada codicioso; que, a
serlo, un oficio dejé yo esta mañana de las manos, donde pudiera hacer las
paredes de mi casa de oro, y comer antes de seis meses en platos de plata;
y, así por esto como por parecerme haría traición a mi rey en dar favor a
sus enemigos, no fuera contigo, si como me prometes docientos escudos, me
dieras aquí de contado cuatrocientos.

-Y ¿qué oficio es el que has dejado, Sancho? -preguntó Ricote.

-He dejado de ser gobernador de una ínsula -respondió Sancho-, y tal, que a
buena fee que no hallen otra como ella a tres tirones.

-¿Y dónde está esa ínsula? -preguntó Ricote.

-¿Adónde? -respondió Sancho-. Dos leguas de aquí, y se llama la ínsula
Barataria.

-Calla, Sancho -dijo Ricote-, que las ínsulas están allá dentro de la mar;
que no hay ínsulas en la tierra firme.

-¿Cómo no? -replicó Sancho-. Dígote, Ricote amigo, que esta mañana me partí
della, y ayer estuve en ella gobernando a mi placer, como un sagitario;
pero, con todo eso, la he dejado, por parecerme oficio peligroso el de los
gobernadores.

-Y ¿qué has ganado en el gobierno? -preguntó Ricote.

-He ganado -respondió Sancho- el haber conocido que no soy bueno para
gobernar, si no es un hato de ganado, y que las riquezas que se ganan en
los tales gobiernos son a costa de perder el descanso y el sueño, y aun el
sustento; porque en las ínsulas deben de comer poco los gobernadores,
especialmente si tienen médicos que miren por su salud.

-Yo no te entiendo, Sancho -dijo Ricote-, pero paréceme que todo lo que
dices es disparate; que, ¿quién te había de dar a ti ínsulas que
gobernases? ¿Faltaban hombres en el mundo más hábiles para gobernadores que
tú eres? Calla, Sancho, y vuelve en ti, y mira si quieres venir conmigo,
como te he dicho, a ayudarme a sacar el tesoro que dejé escondido; que en
verdad que es tanto, que se puede llamar tesoro, y te daré con que vivas,
como te he dicho.

-Ya te he dicho, Ricote -replicó Sancho-, que no quiero; conténtate que por
mí no serás descubierto, y prosigue en buena hora tu camino, y déjame
seguir el mío; que yo sé que lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su
dueño.

-No quiero porfiar, Sancho -dijo Ricote-, pero dime: ¿hallástete en nuestro
lugar, cuando se partió dél mi mujer, mi hija y mi cuñado?

-Sí hallé -respondió Sancho-, y séte decir que salió tu hija tan hermosa
que salieron a verla cuantos había en el pueblo, y todos decían que era la
más bella criatura del mundo. Iba llorando y abrazaba a todas sus amigas y
conocidas, y a cuantos llegaban a verla, y a todos pedía la encomendasen a
Dios y a Nuestra Señora su madre; y esto, con tanto sentimiento, que a mí
me hizo llorar, que no suelo ser muy llorón. Y a fee que muchos tuvieron
deseo de esconderla y salir a quitársela en el camino; pero el miedo de ir
contra el mandado del rey los detuvo. Principalmente se mostró más
apasionado don Pedro Gregorio, aquel mancebo mayorazgo rico que tú conoces,
que dicen que la quería mucho, y después que ella se partió, nunca más él
ha parecido en nuestro lugar, y todos pensamos que iba tras ella para
robarla; pero hasta ahora no se ha sabido nada.

-Siempre tuve yo mala sospecha -dijo Ricote- de que ese caballero adamaba a
mi hija; pero, fiado en el valor de mi Ricota, nunca me dio pesadumbre el
saber que la quería bien; que ya habrás oído decir, Sancho, que las
moriscas pocas o ninguna vez se mezclaron por amores con cristianos viejos,
y mi hija, que, a lo que yo creo, atendía a ser más cristiana que
enamorada, no se curaría de las solicitudes de ese señor mayorazgo.

-Dios lo haga -replicó Sancho-, que a entrambos les estaría mal. Y déjame
partir de aquí, Ricote amigo, que quiero llegar esta noche adonde está mi
señor don Quijote.

-Dios vaya contigo, Sancho hermano, que ya mis compañeros se rebullen, y
también es hora que prosigamos nuestro camino.

Y luego se abrazaron los dos, y Sancho subió en su rucio, y Ricote se
arrimó a su bordón, y se apartaron.

Capítulo LV. De cosas sucedidas a Sancho en el camino, y otras que no hay
más que ver

El haberse detenido Sancho con Ricote no le dio lugar a que aquel día
llegase al castillo del duque, puesto que llegó media legua dél, donde le
tomó la noche, algo escura y cerrada; pero, como era verano, no le dio
mucha pesadumbre; y así, se apartó del camino con intención de esperar la
mañana; y quiso su corta y desventurada suerte que, buscando lugar donde
mejor acomodarse, cayeron él y el rucio en una honda y escurísima sima que
entre unos edificios muy antiguos estaba, y al tiempo del caer, se
encomendó a Dios de todo corazón, pensando que no había de parar hasta el
profundo de los abismos. Y no fue así, porque a poco más de tres estados
dio fondo el rucio, y él se halló encima dél, sin haber recebido lisión ni
daño alguno.

Tentóse todo el cuerpo, y recogió el aliento, por ver si estaba sano o
agujereado por alguna parte; y, viéndose bueno, entero y católico de salud,
no se hartaba de dar gracias a Dios Nuestro Señor de la merced que le había
hecho, porque sin duda pensó que estaba hecho mil pedazos. Tentó asimismo
con las manos por las paredes de la sima, por ver si sería posible salir
della sin ayuda de nadie; pero todas las halló rasas y sin asidero alguno,
de lo que Sancho se congojó mucho, especialmente cuando oyó que el rucio se
quejaba tierna y dolorosamente; y no era mucho, ni se lamentaba de vicio,
que, a la verdad, no estaba muy bien parado.

-¡Ay -dijo entonces Sancho Panza-, y cuán no pensados sucesos suelen
suceder a cada paso a los que viven en este miserable mundo! ¿Quién dijera
que el que ayer se vio entronizado gobernador de una ínsula, mandando a sus
sirvientes y a sus vasallos, hoy se había de ver sepultado en una sima, sin
haber persona alguna que le remedie, ni criado ni vasallo que acuda a su
socorro? Aquí habremos de perecer de hambre yo y mi jumento, si ya no nos
morimos antes, él de molido y quebrantado, y yo de pesaroso. A lo menos, no
seré yo tan venturoso como lo fue mi señor don Quijote de la Mancha cuando
decendió y bajó a la cueva de aquel encantado Montesinos, donde halló quien
le regalase mejor que en su casa, que no parece sino que se fue a mesa
puesta y a cama hecha. Allí vio él visiones hermosas y apacibles, y yo veré
aquí, a lo que creo, sapos y culebras. ¡Desdichado de mí, y en qué han
parado mis locuras y fantasías! De aquí sacarán mis huesos, cuando el cielo
sea servido que me descubran, mondos, blancos y raídos, y los de mi buen
rucio con ellos, por donde quizá se echará de ver quién somos, a lo menos
de los que tuvieren noticia que nunca Sancho Panza se apartó de su asno, ni
su asno de Sancho Panza. Otra vez digo: ¡miserables de nosotros, que no ha
querido nuestra corta suerte que muriésemos en nuestra patria y entre los
nuestros, donde ya que no hallara remedio nuestra desgracia, no faltara
quien dello se doliera, y en la hora última de nuestro pasamiento nos
cerrara los ojos! ¡Oh compañero y amigo mío, qué mal pago te he dado de tus
buenos servicios! Perdóname y pide a la fortuna, en el mejor modo que
supieres, que nos saque deste miserable trabajo en que estamos puestos los
dos; que yo prometo de ponerte una corona de laurel en la cabeza, que no
parezcas sino un laureado poeta, y de darte los piensos doblados.

Desta manera se lamentaba Sancho Panza, y su jumento le escuchaba sin
responderle palabra alguna: tal era el aprieto y angustia en que el pobre
se hallaba. Finalmente, habiendo pasado toda aquella noche en miserables
quejas y lamentaciones, vino el día, con cuya claridad y resplandor vio
Sancho que era imposible de toda imposibilidad salir de aquel pozo sin ser
ayudado, y comenzó a lamentarse y dar voces, por ver si alguno le oía; pero
todas sus voces eran dadas en desierto, pues por todos aquellos contornos
no había persona que pudiese escucharle, y entonces se acabó de dar por
muerto.

Estaba el rucio boca arriba, y Sancho Panza le acomodó de modo que le puso
en pie, que apenas se podía tener; y, sacando de las alforjas, que también
habían corrido la mesma fortuna de la caída, un pedazo de pan, lo dio a su
jumento, que no le supo mal, y díjole Sancho, como si lo entendiera:

-Todos los duelos con pan son buenos.

En esto, descubrió a un lado de la sima un agujero, capaz de caber por él
una persona, si se agobiaba y encogía. Acudió a él Sancho Panza, y,
agazapándose, se entró por él y vio que por de dentro era espacioso y
largo, y púdolo ver, porque por lo que se podía llamar techo entraba un
rayo de sol que lo descubría todo. Vio también que se dilataba y alargaba
por otra concavidad espaciosa; viendo lo cual, volvió a salir adonde estaba
el jumento, y con una piedra comenzó a desmoronar la tierra del agujero, de
modo que en poco espacio hizo lugar donde con facilidad pudiese entrar el
asno, como lo hizo; y, cogiéndole del cabestro, comenzó a caminar por
aquella gruta adelante, por ver si hallaba alguna salida por otra parte. A
veces iba a escuras, y a veces sin luz, pero ninguna vez sin miedo.

-¡Válame Dios todopoderoso! -decía entre sí-. Esta que para mí es
desventura, mejor fuera para aventura de mi amo don Quijote. Él sí que
tuviera estas profundidades y mazmorras por jardines floridos y por
palacios de Galiana, y esperara salir de esta escuridad y estrecheza a
algún florido prado; pero yo, sin ventura, falto de consejo y menoscabado
de ánimo, a cada paso pienso que debajo de los pies de improviso se ha de
abrir otra sima más profunda que la otra, que acabe de tragarme. ¡Bien
vengas mal, si vienes solo!

Desta manera y con estos pensamientos le pareció que habría caminado poco
más de media legua, al cabo de la cual descubrió una confusa claridad, que
pareció ser ya de día, y que por alguna parte entraba, que daba indicio de
tener fin abierto aquel, para él, camino de la otra vida.

Aquí le deja Cide Hamete Benengeli, y vuelve a tratar de don Quijote,
que, alborozado y contento, esperaba el plazo de la batalla que había de
hacer con el robador de la honra de la hija de doña Rodríguez, a quien
pensaba enderezar el tuerto y desaguisado que malamente le tenían fecho.

Sucedió, pues, que, saliéndose una mañana a imponerse y ensayarse en lo que
había de hacer en el trance en que otro día pensaba verse, dando un repelón
o arremetida a Rocinante, llegó a poner los pies tan junto a una cueva,
que, a no tirarle fuertemente las riendas, fuera imposible no caer en ella.
En fin, le detuvo y no cayó, y, llegándose algo más cerca, sin apearse,
miró aquella hondura; y, estándola mirando, oyó grandes voces dentro; y,
escuchando atentamente, pudo percebir y entender que el que las daba decía:

-¡Ah de arriba! ¿Hay algún cristiano que me escuche, o algún caballero
caritativo que se duela de un pecador enterrado en vida, o un desdichado
desgobernado gobernador?

Parecióle a don Quijote que oía la voz de Sancho Panza, de que quedó
suspenso y asombrado, y, levantando la voz todo lo que pudo, dijo:

-¿Quién está allá bajo? ¿Quién se queja?

-¿Quién puede estar aquí, o quién se ha de quejar -respondieron-, sino el
asendereado de Sancho Panza, gobernador, por sus pecados y por su mala
andanza, de la ínsula Barataria, escudero que fue del famoso caballero don
Quijote de la Mancha?

Oyendo lo cual don Quijote, se le dobló la admiración y se le acrecentó el
pasmo, viniéndosele al pensamiento que Sancho Panza debía de ser muerto, y
que estaba allí penando su alma, y llevado desta imaginación dijo:

-Conjúrote por todo aquello que puedo conjurarte como católico cristiano,
que me digas quién eres; y si eres alma en pena, dime qué quieres que haga
por ti; que, pues es mi profesión favorecer y acorrer a los necesitados
deste mundo, también lo seré para acorrer y ayudar a los menesterosos del
otro mundo, que no pueden ayudarse por sí propios.

-Desa manera -respondieron-, vuestra merced que me habla debe de ser mi
señor don Quijote de la Mancha, y aun en el órgano de la voz no es otro,
sin duda.

-Don Quijote soy -replicó don Quijote-, el que profeso socorrer y ayudar en
sus necesidades a los vivos y a los muertos. Por eso dime quién eres, que
me tienes atónito; porque si eres mi escudero Sancho Panza, y te has
muerto, como no te hayan llevado los diablos, y, por la misericordia de
Dios, estés en el purgatorio, sufragios tiene nuestra Santa Madre la
Iglesia Católica Romana bastantes a sacarte de las penas en que estás, y
yo, que lo solicitaré con ella, por mi parte, con cuanto mi hacienda
alcanzare; por eso, acaba de declararte y dime quién eres.

-¡Voto a tal! -respondieron-, y por el nacimiento de quien vuesa merced
quisiere, juro, señor don Quijote de la Mancha, que yo soy su escudero
Sancho Panza, y que nunca me he muerto en todos los días de mi vida; sino
que, habiendo dejado mi gobierno por cosas y causas que es menester más
espacio para decirlas, anoche caí en esta sima donde yago, el rucio
conmigo, que no me dejará mentir, pues, por más señas, está aquí conmigo.

Y hay más: que no parece sino que el jumento entendió lo que Sancho dijo,
porque al momento comenzó a rebuznar, tan recio, que toda la cueva
retumbaba.

-¡Famoso testigo! -dijo don Quijote-. El rebuzno conozco como si le
pariera, y tu voz oigo, Sancho mío. Espérame; iré al castillo del duque,
que está aquí cerca, y traeré quien te saque desta sima, donde tus pecados
te deben de haber puesto.

-Vaya vuesa merced -dijo Sancho-, y vuelva presto, por un solo Dios, que ya
no lo puedo llevar el estar aquí sepultado en vida, y me estoy muriendo de
miedo.

Dejóle don Quijote, y fue al castillo a contar a los duques el suceso de
Sancho Panza, de que no poco se maravillaron, aunque bien entendieron que
debía de haber caído por la correspondencia de aquella gruta que de tiempos
inmemoriales estaba allí hecha; pero no podían pensar cómo había dejado el
gobierno sin tener ellos aviso de su venida. Finalmente, como dicen,
llevaron sogas y maromas; y, a costa de mucha gente y de mucho trabajo,
sacaron al rucio y a Sancho Panza de aquellas tinieblas a la luz del sol.
Viole un estudiante, y dijo:

-Desta manera habían de salir de sus gobiernos todos los malos
gobernadores, como sale este pecador del profundo del abismo: muerto de
hambre, descolorido, y sin blanca, a lo que yo creo.

Oyólo Sancho, y dijo:

-Ocho días o diez ha, hermano murmurador, que entré a gobernar la ínsula
que me dieron, en los cuales no me vi harto de pan siquiera un hora; en
ellos me han perseguido médicos, y enemigos me han brumado los güesos; ni
he tenido lugar de hacer cohechos, ni de cobrar derechos; y, siendo esto
así, como lo es, no merecía yo, a mi parecer, salir de esta manera; pero el
hombre pone y Dios dispone, y Dios sabe lo mejor y lo que le está bien a
cada uno; y cual el tiempo, tal el tiento; y nadie diga "desta agua no
beberé", que adonde se piensa que hay tocinos, no hay estacas; y Dios me
entiende, y basta, y no digo más, aunque pudiera.

-No te enojes, Sancho, ni recibas pesadumbre de lo que oyeres, que será
nunca acabar: ven tú con segura conciencia, y digan lo que dijeren; y es
querer atar las lenguas de los maldicientes lo mesmo que querer poner
puertas al campo. Si el gobernador sale rico de su gobierno, dicen dél que
ha sido un ladrón, y si sale pobre, que ha sido un para poco y un
mentecato.

-A buen seguro -respondió Sancho- que por esta vez antes me han de tener
por tonto que por ladrón.

En estas pláticas llegaron, rodeados de muchachos y de otra mucha gente, al
castillo, adonde en unos corredores estaban ya el duque y la duquesa
esperando a don Quijote y a Sancho, el cual no quiso subir a ver al duque
sin que primero no hubiese acomodado al rucio en la caballeriza, porque
decía que había pasado muy mala noche en la posada; y luego subió a ver a
sus señores, ante los cuales, puesto de rodillas, dijo:

-Yo, señores, porque lo quiso así vuestra grandeza, sin ningún merecimiento
mío, fui a gobernar vuestra ínsula Barataria, en la cual entré desnudo, y
desnudo me hallo: ni pierdo, ni gano. Si he gobernado bien o mal, testigos
he tenido delante, que dirán lo que quisieren. He declarado dudas,
sentenciado pleitos, siempre muerto de hambre, por haberlo querido así el
doctor Pedro Recio, natural de Tirteafuera, médico insulano y
gobernadoresco. Acometiéronnos enemigos de noche, y, habiéndonos puesto en
grande aprieto, dicen los de la ínsula que salieron libres y con vitoria
por el valor de mi brazo, que tal salud les dé Dios como ellos dicen
verdad. En resolución, en este tiempo yo he tanteado las cargas que trae
consigo, y las obligaciones, el gobernar, y he hallado por mi cuenta que no
las podrán llevar mis hombros, ni son peso de mis costillas, ni flechas de
mi aljaba; y así, antes que diese conmigo al través el gobierno, he querido
yo dar con el gobierno al través, y ayer de mañana dejé la ínsula como la
hallé: con las mismas calles, casas y tejados que tenía cuando entré en
ella. No he pedido prestado a nadie, ni metídome en granjerías; y, aunque
pensaba hacer algunas ordenanzas provechosas, no hice ninguna, temeroso que
no se habían de guardar: que es lo mesmo hacerlas que no hacerlas. Salí,
como digo, de la ínsula sin otro acompañamiento que el de mi rucio; caí en
una sima, víneme por ella adelante, hasta que, esta mañana, con la luz del
sol, vi la salida, pero no tan fácil que, a no depararme el cielo a mi
señor don Quijote, allí me quedara hasta la fin del mundo. Así que, mis
señores duque y duquesa, aquí está vuestro gobernador Sancho Panza, que ha
granjeado en solos diez días que ha tenido el gobierno a conocer que no se
le ha de dar nada por ser gobernador, no que de una ínsula, sino de todo el
mundo; y, con este presupuesto, besando a vuestras mercedes los pies,
imitando al juego de los muchachos, que dicen "Salta tú, y dámela tú", doy
un salto del gobierno, y me paso al servicio de mi señor don Quijote; que,
en fin, en él, aunque como el pan con sobresalto, hártome, a lo menos, y
para mí, como yo esté harto, eso me hace que sea de zanahorias que de
perdices.

Con esto dio fin a su larga plática Sancho, temiendo siempre don Quijote
que había de decir en ella millares de disparates; y, cuando le vio acabar
con tan pocos, dio en su corazón gracias al cielo, y el duque abrazó a
Sancho, y le dijo que le pesaba en el alma de que hubiese dejado tan presto
el gobierno; pero que él haría de suerte que se le diese en su estado otro
oficio de menos carga y de más provecho. Abrazóle la duquesa asimismo, y
mandó que le regalasen, porque daba señales de venir mal molido y peor
parado.

Capítulo LVI. De la descomunal y nunca vista batalla que pasó entre don
Quijote de la Mancha y el lacayo Tosilos, en la defensa de la hija de la
dueña doña Rodríguez

No quedaron arrepentidos los duques de la burla hecha a Sancho Panza del
gobierno que le dieron; y más, que aquel mismo día vino su mayordomo, y les
contó punto por punto, todas casi, las palabras y acciones que Sancho había
dicho y hecho en aquellos días, y finalmente les encareció el asalto de la
ínsula, y el miedo de Sancho, y su salida, de que no pequeño gusto
recibieron.

Después desto, cuenta la historia que se llegó el día de la batalla
aplazada, y, habiendo el duque una y muy muchas veces advertido a su lacayo
Tosilos cómo se había de avenir con don Quijote para vencerle sin matarle
ni herirle, ordenó que se quitasen los hierros a las lanzas, diciendo a don
Quijote que no permitía la cristiandad, de que él se preciaba, que aquella
batalla fuese con tanto riesgo y peligro de las vidas, y que se contentase
con que le daba campo franco en su tierra, puesto que iba contra el decreto
del Santo Concilio, que prohíbe los tales desafíos, y no quisiese llevar
por todo rigor aquel trance tan fuerte.

Don Quijote dijo que Su Excelencia dispusiese las cosas de aquel negocio
como más fuese servido; que él le obedecería en todo. Llegado, pues, el
temeroso día, y habiendo mandado el duque que delante de la plaza del
castillo se hiciese un espacioso cadahalso, donde estuviesen los jueces del
campo y las dueñas, madre y hija, demandantes, había acudido de todos los
lugares y aldeas circunvecinas infinita gente, a ver la novedad de aquella
batalla; que nunca otra tal no habían visto, ni oído decir en aquella
tierra los que vivían ni los que habían muerto.

El primero que entró en el campo y estacada fue el maestro de las
ceremonias, que tanteó el campo, y le paseó todo, porque en él no hubiese
algún engaño, ni cosa encubierta donde se tropezase y cayese; luego
entraron las dueñas y se sentaron en sus asientos, cubiertas con los mantos
hasta los ojos y aun hasta los pechos, con muestras de no pequeño
sentimiento. Presente don Quijote en la estacada, de allí a poco,
acompañado de muchas trompetas, asomó por una parte de la plaza, sobre un
poderoso caballo, hundiéndola toda, el grande lacayo Tosilos, calada la
visera y todo encambronado, con unas fuertes y lucientes armas. El caballo
mostraba ser frisón, ancho y de color tordillo; de cada mano y pie le
pendía una arroba de lana.

Venía el valeroso combatiente bien informado del duque su señor de cómo se
había de portar con el valeroso don Quijote de la Mancha, advertido que en
ninguna manera le matase, sino que procurase huir el primer encuentro por
escusar el peligro de su muerte, que estaba cierto si de lleno en lleno le
encontrase. Paseó la plaza, y, llegando donde las dueñas estaban, se puso
algún tanto a mirar a la que por esposo le pedía. Llamó el maese de campo a
don Quijote, que ya se había presentado en la plaza, y junto con Tosilos
habló a las dueñas, preguntándoles si consentían que volviese por su
derecho don Quijote de la Mancha. Ellas dijeron que sí, y que todo lo que
en aquel caso hiciese lo daban por bien hecho, por firme y por valedero.

Ya en este tiempo estaban el duque y la duquesa puestos en una galería que
caía sobre la estacada, toda la cual estaba coronada de infinita gente, que
esperaba ver el riguroso trance nunca visto. Fue condición de los
combatientes que si don Quijote vencía, su contrario se había de casar con
la hija de doña Rodríguez; y si él fuese vencido, quedaba libre su
contendor de la palabra que se le pedía, sin dar otra satisfación alguna.

Partióles el maestro de las ceremonias el sol, y puso a los dos cada uno en
el puesto donde habían de estar. Sonaron los atambores, llenó el aire el
son de las trompetas, temblaba debajo de los pies la tierra; estaban
suspensos los corazones de la mirante turba, temiendo unos y esperando
otros el bueno o el mal suceso de aquel caso. Finalmente, don Quijote,
encomendándose de todo su corazón a Dios Nuestro Señor y a la señora
Dulcinea del Toboso, estaba aguardando que se le diese señal precisa de la
arremetida; empero, nuestro lacayo tenía diferentes pensamientos: no
pensaba él sino en lo que agora diré:

Parece ser que, cuando estuvo mirando a su enemiga, le pareció la más
hermosa mujer que había visto en toda su vida, y el niño ceguezuelo, a
quien suelen llamar de ordinario Amor por esas calles, no quiso perder la
ocasión que se le ofreció de triunfar de una alma lacayuna y ponerla en la
lista de sus trofeos; y así, llegándose a él bonitamente, sin que nadie le
viese, le envasó al pobre lacayo una flecha de dos varas por el lado
izquierdo, y le pasó el corazón de parte a parte; y púdolo hacer bien al
seguro, porque el Amor es invisible, y entra y sale por do quiere, sin que
nadie le pida cuenta de sus hechos.

Digo, pues, que, cuando dieron la señal de la arremetida, estaba nuestro
lacayo transportado, pensando en la hermosura de la que ya había hecho
señora de su libertad, y así, no atendió al son de la trompeta, como hizo
don Quijote, que, apenas la hubo oído, cuando arremetió, y, a todo el
correr que permitía Rocinante, partió contra su enemigo; y, viéndole partir
su buen escudero Sancho, dijo a grandes voces:

-¡Dios te guíe, nata y flor de los andantes caballeros! ¡Dios te dé la
vitoria, pues llevas la razón de tu parte!

Y, aunque Tosilos vio venir contra sí a don Quijote, no se movió un paso de
su puesto; antes, con grandes voces, llamó al maese de campo, el cual
venido a ver lo que quería, le dijo:

-Señor, ¿esta batalla no se hace porque yo me case, o no me case, con
aquella señora?

-Así es -le fue respondido.

-Pues yo -dijo el lacayo- soy temeroso de mi conciencia, y pondríala en
gran cargo si pasase adelante en esta batalla; y así, digo que yo me doy
por vencido y que quiero casarme luego con aquella señora.

Quedó admirado el maese de campo de las razones de Tosilos; y, como era uno
de los sabidores de la máquina de aquel caso, no le supo responder palabra.
Detúvose don Quijote en la mitad de su carrera, viendo que su enemigo no
le acometía. El duque no sabía la ocasión porque no se pasaba adelante en
la batalla, pero el maese de campo le fue a declarar lo que Tosilos decía,
de lo que quedó suspenso y colérico en estremo.

En tanto que esto pasaba, Tosilos se llegó adonde doña Rodríguez estaba, y
dijo a grandes voces:

-Yo, señora, quiero casarme con vuestra hija, y no quiero alcanzar por
pleitos ni contiendas lo que puedo alcanzar por paz y sin peligro de la
muerte.

Oyó esto el valeroso don Quijote, y dijo:

-Pues esto así es, yo quedo libre y suelto de mi promesa: cásense en hora
buena, y, pues Dios Nuestro Señor se la dio, San Pedro se la bendiga.

El duque había bajado a la plaza del castillo, y, llegándose a Tosilos, le
dijo:

-¿Es verdad, caballero, que os dais por vencido, y que, instigado de
vuestra temerosa conciencia, os queréis casar con esta doncella?

-Sí, señor -respondió Tosilos.

-Él hace muy bien -dijo a esta sazón Sancho Panza-, porque lo que has de
dar al mur, dalo al gato, y sacarte ha de cuidado.

Íbase Tosilos desenlazando la celada, y rogaba que apriesa le ayudasen,
porque le iban faltando los espíritus del aliento, y no podía verse
encerrado tanto tiempo en la estrecheza de aquel aposento. Quitáronsela
apriesa, y quedó descubierto y patente su rostro de lacayo. Viendo lo cual
doña Rodríguez y su hija, dando grandes voces, dijeron:

-¡Éste es engaño, engaño es éste! ¡A Tosilos, el lacayo del duque mi señor,
nos han puesto en lugar de mi verdadero esposo! ¡Justicia de Dios y del
Rey, de tanta malicia, por no decir bellaquería!

-No vos acuitéis, señoras -dijo don Quijote-, que ni ésta es malicia ni es
bellaquería; y si la es, y no ha sido la causa el duque, sino los malos
encantadores que me persiguen, los cuales, invidiosos de que yo alcanzase
la gloria deste vencimiento, han convertido el rostro de vuestro esposo en
el de este que decís que es lacayo del duque. Tomad mi consejo, y, a pesar
de la malicia de mis enemigos, casaos con él, que sin duda es el mismo que
vos deseáis alcanzar por esposo.

El duque, que esto oyó, estuvo por romper en risa toda su cólera, y dijo:

-Son tan extraordinarias las cosas que suceden al señor don Quijote que
estoy por creer que este mi lacayo no lo es; pero usemos deste ardid y
maña: dilatemos el casamiento quince días, si quieren, y tengamos encerrado
a este personaje que nos tiene dudosos, en los cuales podría ser que
volviese a su prístina figura; que no ha de durar tanto el rancor que los
encantadores tienen al señor don Quijote, y más, yéndoles tan poco en usar
estos embelecos y transformaciones.

-¡Oh señor! -dijo Sancho-, que ya tienen estos malandrines por uso y
costumbre de mudar las cosas, de unas en otras, que tocan a mi amo. Un
caballero que venció los días pasados, llamado el de los Espejos, le
volvieron en la figura del bachiller Sansón Carrasco, natural de nuestro
pueblo y grande amigo nuestro, y a mi señora Dulcinea del Toboso la han
vuelto en una rústica labradora; y así, imagino que este lacayo ha de morir
y vivir lacayo todos los días de su vida.

A lo que dijo la hija de Rodríguez:

-Séase quien fuere este que me pide por esposa, que yo se lo agradezco; que
más quiero ser mujer legítima de un lacayo que no amiga y burlada de un
caballero, puesto que el que a mí me burló no lo es.

En resolución, todos estos cuentos y sucesos pararon en que Tosilos se
recogiese, hasta ver en qué paraba su transformación; aclamaron todos la
vitoria por don Quijote, y los más quedaron tristes y melancólicos de ver
que no se habían hecho pedazos los tan esperados combatientes, bien así
como los mochachos quedan tristes cuando no sale el ahorcado que esperan,
porque le ha perdonado, o la parte, o la justicia. Fuese la gente,
volviéronse el duque y don Quijote al castillo, encerraron a Tosilos,
quedaron doña Rodríguez y su hija contentísimas de ver que, por una vía o
por otra, aquel caso había de parar en casamiento, y Tosilos no esperaba
menos.

Capítulo LVII. Que trata de cómo don Quijote se despidió del duque, y de lo
que le sucedió con la discreta y desenvuelta Altisidora, doncella de la
duquesa

Ya le pareció a don Quijote que era bien salir de tanta ociosidad como la
que en aquel castillo tenía; que se imaginaba ser grande la falta que su
persona hacía en dejarse estar encerrado y perezoso entre los infinitos
regalos y deleites que como a caballero andante aquellos señores le hacían,
y parecíale que había de dar cuenta estrecha al cielo de aquella ociosidad
y encerramiento; y así, pidió un día licencia a los duques para partirse.
Diéronsela, con muestras de que en gran manera les pesaba de que los
dejase. Dio la duquesa las cartas de su mujer a Sancho Panza, el cual lloró
con ellas, y dijo:

-¿Quién pensara que esperanzas tan grandes como las que en el pecho de mi
mujer Teresa Panza engendraron las nuevas de mi gobierno habían de parar en
volverme yo agora a las arrastradas aventuras de mi amo don Quijote de la
Mancha? Con todo esto, me contento de ver que mi Teresa correspondió a ser
quien es, enviando las bellotas a la duquesa; que, a no habérselas enviado,
quedando yo pesaroso, me mostrara ella desagradecida. Lo que me consuela es
que esta dádiva no se le puede dar nombre de cohecho, porque ya tenía yo el
gobierno cuando ella las envió, y está puesto en razón que los que reciben
algún beneficio, aunque sea con niñerías, se muestren agradecidos. En
efecto, yo entré desnudo en el gobierno y salgo desnudo dél; y así, podré
decir con segura conciencia, que no es poco: "Desnudo nací, desnudo me
hallo: ni pierdo ni gano".

Esto pasaba entre sí Sancho el día de la partida; y, saliendo don Quijote,
habiéndose despedido la noche antes de los duques, una mañana se presentó
armado en la plaza del castillo. Mirábanle de los corredores toda la gente
del castillo, y asimismo los duques salieron a verle. Estaba Sancho sobre
su rucio, con sus alforjas, maleta y repuesto, contentísimo, porque el
mayordomo del duque, el que fue la Trifaldi, le había dado un bolsico con
docientos escudos de oro, para suplir los menesteres del camino, y esto aún
no lo sabía don Quijote.

Estando, como queda dicho, mirándole todos, a deshora, entre las otras
dueñas y doncellas de la duquesa, que le miraban, alzó la voz la
desenvuelta y discreta Altisidora, y en son lastimero dijo:

-Escucha, mal caballero;

detén un poco las riendas;

no fatigues las ijadas

de tu mal regida bestia.

Mira, falso, que no huyas

de alguna serpiente fiera,

sino de una corderilla

que está muy lejos de oveja.

Tú has burlado, monstruo horrendo,

la más hermosa doncella

que Dïana vio en sus montes,

que Venus miró en sus selvas.

Cruel Vireno, fugitivo Eneas,

Barrabás te acompañe; allá te avengas.

Tú llevas, ¡llevar impío!,

en las garras de tus cerras

las entrañas de una humilde,

como enamorada, tierna.

Llévaste tres tocadores,

y unas ligas, de unas piernas

que al mármol puro se igualan

en lisas, blancas y negras.

Llévaste dos mil suspiros,

que, a ser de fuego, pudieran

abrasar a dos mil Troyas,

si dos mil Troyas hubiera.

Cruel Vireno, fugitivo Eneas,

Barrabás te acompañe; allá te avengas.

De ese Sancho, tu escudero,

las entrañas sean tan tercas

y tan duras, que no salga

de su encanto Dulcinea.

De la culpa que tú tienes

lleve la triste la pena;

que justos por pecadores

tal vez pagan en mi tierra.

Tus más finas aventuras

en desventuras se vuelvan,

en sueños tus pasatiempos,

en olvidos tus firmezas.

Cruel Vireno, fugitivo Eneas,

Barrabás te acompañe; allá te avengas.

Seas tenido por falso

desde Sevilla a Marchena,

desde Granada hasta Loja,

de Londres a Inglaterra.

Si jugares al reinado,

los cientos, o la primera,

los reyes huyan de ti;

ases ni sietes no veas.

Si te cortares los callos,

sangre las heridas viertan,

y quédente los raigones

si te sacares las muelas.

Cruel Vireno, fugitivo Eneas,

Barrabás te acompañe; allá te avengas.

En tanto que, de la suerte que se ha dicho, se quejaba la lastimada
Altisidora, la estuvo mirando don Quijote, y, sin responderla palabra,
volviendo el rostro a Sancho, le dijo:

-Por el siglo de tus pasados, Sancho mío, te conjuro que me digas una
verdad. Dime, ¿llevas por ventura los tres tocadores y las ligas que esta
enamorada doncella dice?

A lo que Sancho respondió:

-Los tres tocadores sí llevo; pero las ligas, como por los cerros de Úbeda.

Quedó la duquesa admirada de la desenvoltura de Altisidora, que, aunque la
tenía por atrevida, graciosa y desenvuelta, no en grado que se atreviera a
semejantes desenvolturas; y, como no estaba advertida desta burla, creció
más su admiración. El duque quiso reforzar el donaire, y dijo:

-No me parece bien, señor caballero, que, habiendo recebido en este mi
castillo el buen acogimiento que en él se os ha hecho, os hayáis atrevido a
llevaros tres tocadores, por lo menos, si por lo más las ligas de mi
doncella; indicios son de mal pecho y muestras que no corresponden a
vuestra fama. Volvedle las ligas; si no, yo os desafío a mortal batalla,
sin tener temor que malandrines encantadores me vuelvan ni muden el rostro,
como han hecho en el de Tosilos mi lacayo, el que entró con vos en batalla.

-No quiera Dios -respondió don Quijote- que yo desenvaine mi espada contra
vuestra ilustrísima persona, de quien tantas mercedes he recebido; los
tocadores volveré, porque dice Sancho que los tiene; las ligas es
imposible, porque ni yo las he recebido ni él tampoco; y si esta vuestra
doncella quisiere mirar sus escondrijos, a buen seguro que las halle. Yo,
señor duque, jamás he sido ladrón, ni lo pienso ser en toda mi vida, como
Dios no me deje de su mano. Esta doncella habla, como ella dice, como
enamorada, de lo que yo no le tengo culpa; y así, no tengo de qué pedirle
perdón ni a ella ni a Vuestra Excelencia, a quien suplico me tenga en mejor
opinión, y me dé de nuevo licencia para seguir mi camino.

-Déosle Dios tan bueno -dijo la duquesa-, señor don Quijote, que siempre
oigamos buenas nuevas de vuestras fechurías. Y andad con Dios; que,
mientras más os detenéis, más aumentáis el fuego en los pechos de las
doncellas que os miran; y a la mía yo la castigaré de modo, que de aquí
adelante no se desmande con la vista ni con las palabras.

-Una no más quiero que me escuches, ¡oh valeroso don Quijote! -dijo
entonces Altisidora-; y es que te pido perdón del latrocinio de las ligas,
porque, en Dios y en mi ánima que las tengo puestas, y he caído en el
descuido del que yendo sobre el asno, le buscaba.

-¿No lo dije yo? -dijo Sancho-. ¡Bonico soy yo para encubrir hurtos! Pues,
a quererlos hacer, de paleta me había venido la ocasión en mi gobierno.

Abajó la cabeza don Quijote y hizo reverencia a los duques y a todos los
circunstantes, y, volviendo las riendas a Rocinante, siguiéndole Sancho
sobre el rucio, se salió del castillo, enderezando su camino a Zaragoza.

Capítulo LVIII. Que trata de cómo menudearon sobre don Quijote aventuras
tantas, que no se daban vagar unas a otras

Cuando don Quijote se vio en la campaña rasa, libre y desembarazado de los
requiebros de Altisidora, le pareció que estaba en su centro, y que los
espíritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asumpto de sus
caballerías, y, volviéndose a Sancho, le dijo:

-La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres
dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la
tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede
y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor
mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto
el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido;
pues en metad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de
nieve, me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la
hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos;
que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes
recebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso
aquél a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de
agradecerlo a otro que al mismo cielo!

-Con todo eso -dijo Sancho- que vuesa merced me ha dicho, no es bien que se
quede sin agradecimiento de nuestra parte docientos escudos de oro que en
una bolsilla me dio el mayordomo del duque, que como píctima y confortativo
la llevo puesta sobre el corazón, para lo que se ofreciere; que no siempre
hemos de hallar castillos donde nos regalen, que tal vez toparemos con
algunas ventas donde nos apaleen.

En estos y otros razonamientos iban los andantes, caballero y escudero,
cuando vieron, habiendo andado poco más de una legua, que encima de la
yerba de un pradillo verde, encima de sus capas, estaban comiendo hasta una
docena de hombres, vestidos de labradores. Junto a sí tenían unas como
sábanas blancas, con que cubrían alguna cosa que debajo estaba; estaban
empinadas y tendidas, y de trecho a trecho puestas. Llegó don Quijote a los
que comían, y, saludándolos primero cortésmente, les preguntó que qué era
lo que aquellos lienzos cubrían. Uno dellos le respondió:

-Señor, debajo destos lienzos están unas imágines de relieve y entabladura
que han de servir en un retablo que hacemos en nuestra aldea; llevámoslas
cubiertas, porque no se desfloren, y en hombros, porque no se quiebren.

-Si sois servidos -respondió don Quijote-, holgaría de verlas, pues
imágines que con tanto recato se llevan, sin duda deben de ser buenas.

-Y ¡cómo si lo son! -dijo otro-. Si no, dígalo lo que cuesta: que en verdad
que no hay ninguna que no esté en más de cincuenta ducados; y, porque vea
vuestra merced esta verdad, espere vuestra merced, y verla ha por vista de
ojos.

Y, levantándose, dejó de comer y fue a quitar la cubierta de la primera
imagen, que mostró ser la de San Jorge puesto a caballo, con una serpiente
enroscada a los pies y la lanza atravesada por la boca, con la fiereza que
suele pintarse. Toda la imagen parecía una ascua de oro, como suele
decirse. Viéndola don Quijote, dijo:

-Este caballero fue uno de los mejores andantes que tuvo la milicia divina:
llamóse don San Jorge, y fue además defendedor de doncellas. Veamos esta
otra.

Descubrióla el hombre, y pareció ser la de San Martín puesto a caballo, que
partía la capa con el pobre; y, apenas la hubo visto don Quijote, cuando
dijo:

-Este caballero también fue de los aventureros cristianos, y creo que fue
más liberal que valiente, como lo puedes echar de ver, Sancho, en que está
partiendo la capa con el pobre y le da la mitad; y sin duda debía de ser
entonces invierno, que, si no, él se la diera toda, según era de
caritativo.

-No debió de ser eso -dijo Sancho-, sino que se debió de atener al refrán
que dicen: que para dar y tener, seso es menester.

Rióse don Quijote y pidió que quitasen otro lienzo, debajo del cual se
descubrió la imagen del Patrón de las Españas a caballo, la espada
ensangrentada, atropellando moros y pisando cabezas; y, en viéndola, dijo
don Quijote:

-Éste sí que es caballero, y de las escuadras de Cristo; éste se llama don
San Diego Matamoros, uno de los más valientes santos y caballeros que tuvo
el mundo y tiene agora el cielo.

Luego descubrieron otro lienzo, y pareció que encubría la caída de San
Pablo del caballo abajo, con todas las circunstancias que en el retablo de
su conversión suelen pintarse. Cuando le vido tan al vivo, que dijeran que
Cristo le hablaba y Pablo respondía.

-Éste -dijo don Quijote- fue el mayor enemigo que tuvo la Iglesia de Dios
Nuestro Señor en su tiempo, y el mayor defensor suyo que tendrá jamás:
caballero andante por la vida, y santo a pie quedo por la muerte,
trabajador incansable en la viña del Señor, doctor de las gentes, a quien
sirvieron de escuelas los cielos y de catedrático y maestro que le enseñase
el mismo Jesucristo.

No había más imágines, y así, mandó don Quijote que las volviesen a cubrir,
y dijo a los que las llevaban:

-Por buen agüero he tenido, hermanos, haber visto lo que he visto, porque
estos santos y caballeros profesaron lo que yo profeso, que es el ejercicio
de las armas; sino que la diferencia que hay entre mí y ellos es que ellos
fueron santos y pelearon a lo divino, y yo soy pecador y peleo a lo humano.
Ellos conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padece
fuerza, y yo hasta agora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos;
pero si mi Dulcinea del Toboso saliese de los que padece, mejorándose mi
ventura y adobándoseme el juicio, podría ser que encaminase mis pasos por
mejor camino del que llevo.

-Dios lo oiga y el pecado sea sordo -dijo Sancho a esta ocasión.

Admiráronse los hombres, así de la figura como de las razones de don
Quijote, sin entender la mitad de lo que en ellas decir quería. Acabaron de
comer, cargaron con sus imágines, y, despidiéndose de don Quijote,
siguieron su viaje.

Quedó Sancho de nuevo como si jamás hubiera conocido a su señor, admirado
de lo que sabía, pareciéndole que no debía de haber historia en el mundo ni
suceso que no lo tuviese cifrado en la uña y clavado en la memoria, y
díjole:

-En verdad, señor nuestramo, que si esto que nos ha sucedido hoy se puede
llamar aventura, ella ha sido de las más suaves y dulces que en todo el
discurso de nuestra peregrinación nos ha sucedido: della habemos salido sin
palos y sobresalto alguno, ni hemos echado mano a las espadas, ni hemos
batido la tierra con los cuerpos, ni quedamos hambrientos. Bendito sea
Dios, que tal me ha dejado ver con mis propios ojos.

-Tú dices bien, Sancho -dijo don Quijote-, pero has de advertir que no
todos los tiempos son unos, ni corren de una misma suerte, y esto que el
vulgo suele llamar comúnmente agüeros, que no se fundan sobre natural razón
alguna, del que es discreto han de ser tenidos y juzgar por buenos
acontecimientos. Levántase uno destos agoreros por la mañana, sale de su
casa, encuéntrase con un fraile de la orden del bienaventurado San
Francisco, y, como si hubiera encontrado con un grifo, vuelve las espaldas
y vuélvese a su casa. Derrámasele al otro Mendoza la sal encima de la mesa,
y derrámasele a él la melancolía por el corazón, como si estuviese obligada
la naturaleza a dar señales de las venideras desgracias con cosas tan de
poco momento como las referidas. El discreto y cristiano no ha de andar en
puntillos con lo que quiere hacer el cielo. Llega Cipión a África, tropieza
en saltando en tierra, tiénenlo por mal agüero sus soldados; pero él,
abrazándose con el suelo, dijo: ''No te me podrás huir, África, porque te
tengo asida y entre mis brazos''. Así que, Sancho, el haber encontrado con
estas imágines ha sido para mí felicísimo acontecimiento.

-Yo así lo creo -respondió Sancho-, y querría que vuestra merced me dijese
qué es la causa por que dicen los españoles cuando quieren dar alguna
batalla, invocando aquel San Diego Matamoros: "¡Santiago, y cierra,
España!" ¿Está por ventura España abierta, y de modo que es menester
cerrarla, o qué ceremonia es ésta?

-Simplicísimo eres, Sancho -respondió don Quijote-; y mira que este gran
caballero de la cruz bermeja háselo dado Dios a España por patrón y amparo
suyo, especialmente en los rigurosos trances que con los moros los
españoles han tenido; y así, le invocan y llaman como a defensor suyo en
todas las batallas que acometen, y muchas veces le han visto visiblemente
en ellas, derribando, atropellando, destruyendo y matando los agarenos
escuadrones; y desta verdad te pudiera traer muchos ejemplos que en las
verdaderas historias españolas se cuentan.

Mudó Sancho plática, y dijo a su amo:

-Maravillado estoy, señor, de la desenvoltura de Altisidora, la doncella de
la duquesa: bravamente la debe de tener herida y traspasada aquel que
llaman Amor, que dicen que es un rapaz ceguezuelo que, con estar lagañoso,
o, por mejor decir, sin vista, si toma por blanco un corazón, por pequeño
que sea, le acierta y traspasa de parte a parte con sus flechas. He oído
decir también que en la vergüenza y recato de las doncellas se despuntan y
embotan las amorosas saetas, pero en esta Altisidora más parece que se
aguzan que despuntan.

-Advierte, Sancho -dijo don Quijote-, que el amor ni mira respetos ni
guarda términos de razón en sus discursos, y tiene la misma condición que
la muerte: que así acomete los altos alcázares de los reyes como las
humildes chozas de los pastores, y cuando toma entera posesión de una alma,
lo primero que hace es quitarle el temor y la vergüenza; y así, sin ella
declaró Altisidora sus deseos, que engendraron en mi pecho antes confusión
que lástima.

-¡Crueldad notoria! -dijo Sancho-. ¡Desagradecimiento inaudito! Yo de mí sé
decir que me rindiera y avasallara la más mínima razón amorosa suya.
¡Hideputa, y qué corazón de mármol, qué entrañas de bronce y qué alma de
argamasa! Pero no puedo pensar qué es lo que vio esta doncella en vuestra
merced que así la rindiese y avasallase: qué gala, qué brío, qué donaire,
qué rostro, que cada cosa por sí déstas, o todas juntas, le enamoraron; que
en verdad en verdad que muchas veces me paro a mirar a vuestra merced desde
la punta del pie hasta el último cabello de la cabeza, y que veo más cosas
para espantar que para enamorar; y, habiendo yo también oído decir que la
hermosura es la primera y principal parte que enamora, no teniendo vuestra
merced ninguna, no sé yo de qué se enamoró la pobre.

-Advierte, Sancho -respondió don Quijote-, que hay dos maneras de
hermosura: una del alma y otra del cuerpo; la del alma campea y se muestra
en el entendimiento, en la honestidad, en el buen proceder, en la
liberalidad y en la buena crianza, y todas estas partes caben y pueden
estar en un hombre feo; y cuando se pone la mira en esta hermosura, y no en
la del cuerpo, suele nacer el amor con ímpetu y con ventajas. Yo, Sancho,
bien veo que no soy hermoso, pero también conozco que no soy disforme; y
bástale a un hombre de bien no ser monstruo para ser bien querido, como
tenga los dotes del alma que te he dicho.

En estas razones y pláticas se iban entrando por una selva que fuera del
camino estaba, y a deshora, sin pensar en ello, se halló don Quijote
enredado entre unas redes de hilo verde, que desde unos árboles a otros
estaban tendidas; y, sin poder imaginar qué pudiese ser aquello, dijo a
Sancho:

-Paréceme, Sancho, que esto destas redes debe de ser una de las más nuevas
aventuras que pueda imaginar. Que me maten si los encantadores que me
persiguen no quieren enredarme en ellas y detener mi camino, como en
venganza de la riguridad que con Altisidora he tenido. Pues mándoles yo
que, aunque estas redes, si como son hechas de hilo verde fueran de
durísimos diamantes, o más fuertes que aquélla con que el celoso dios de
los herreros enredó a Venus y a Marte, así la rompiera como si fuera de
juncos marinos o de hilachas de algodón.

Y, queriendo pasar adelante y romperlo todo, al improviso se le ofrecieron
delante, saliendo de entre unos árboles, dos hermosísimas pastoras; a lo
menos, vestidas como pastoras, sino que los pellicos y sayas eran de fino
brocado, digo, que las sayas eran riquísimos faldellines de tabí de oro.
Traían los cabellos sueltos por las espaldas, que en rubios podían competir
con los rayos del mismo sol; los cuales se coronaban con dos guirnaldas de
verde laurel y de rojo amaranto tejidas. La edad, al parecer, ni bajaba de
los quince ni pasaba de los diez y ocho.

Vista fue ésta que admiró a Sancho, suspendió a don Quijote, hizo parar al
sol en su carrera para verlas, y tuvo en maravilloso silencio a todos
cuatro. En fin, quien primero habló fue una de las dos zagalas, que dijo a
don Quijote:

-Detened, señor caballero, el paso, y no rompáis las redes, que no para
daño vuestro, sino para nuestro pasatiempo, ahí están tendidas; y, porque
sé que nos habéis de preguntar para qué se han puesto y quién somos, os lo
quiero decir en breves palabras. En una aldea que está hasta dos leguas de
aquí, donde hay mucha gente principal y muchos hidalgos y ricos, entre
muchos amigos y parientes se concertó que con sus hijos, mujeres y hijas,
vecinos, amigos y parientes, nos viniésemos a holgar a este sitio, que es
uno de los más agradables de todos estos contornos, formando entre todos
una nueva y pastoril Arcadia, vistiéndonos las doncellas de zagalas y los
mancebos de pastores. Traemos estudiadas dos églogas, una del famoso poeta
Garcilaso, y otra del excelentísimo Camoes, en su misma lengua
portuguesa, las cuales hasta agora no hemos representado. Ayer fue el
primero día que aquí llegamos; tenemos entre estos ramos plantadas algunas
tiendas, que dicen se llaman de campaña, en el margen de un abundoso arroyo
que todos estos prados fertiliza; tendimos la noche pasada estas redes de
estos árboles para engañar los simples pajarillos, que, ojeados con nuestro
ruido, vinieren a dar en ellas. Si gustáis, señor, de ser nuestro huésped,
seréis agasajado liberal y cortésmente; porque por agora en este sitio no
ha de entrar la pesadumbre ni la melancolía.

Calló y no dijo más. A lo que respondió don Quijote:

-Por cierto, hermosísima señora, que no debió de quedar más suspenso ni
admirado Anteón cuando vio al improviso bañarse en las aguas a Diana, como
yo he quedado atónito en ver vuestra belleza. Alabo el asumpto de vuestros
entretenimientos, y el de vuestros ofrecimientos agradezco; y, si os puedo
servir, con seguridad de ser obedecidas me lo podéis mandar; porque no es
ésta la profesión mía, sino de mostrarme agradecido y bienhechor con todo
género de gente, en especial con la principal que vuestras personas
representa; y, si como estas redes, que deben de ocupar algún pequeño
espacio, ocuparan toda la redondez de la tierra, buscara yo nuevos mundos
por do pasar sin romperlas; y porque deis algún crédito a esta mi
exageración, ved que os lo promete, por lo menos, don Quijote de la Mancha,
si es que ha llegado a vuestros oídos este nombre.

-¡Ay, amiga de mi alma -dijo entonces la otra zagala-, y qué ventura tan
grande nos ha sucedido! ¿Ves este señor que tenemos delante? Pues hágote
saber que es el más valiente, y el más enamorado, y el más comedido que
tiene el mundo, si no es que nos miente y nos engaña una historia que de
sus hazañas anda impresa y yo he leído. Yo apostaré que este buen hombre
que viene consigo es un tal Sancho Panza, su escudero, a cuyas gracias no
hay ningunas que se le igualen.

-Así es la verdad -dijo Sancho-: que yo soy ese gracioso y ese escudero que
vuestra merced dice, y este señor es mi amo, el mismo don Quijote de la
Mancha historiado y referido.

-¡Ay! -dijo la otra-. Supliquémosle, amiga, que se quede; que nuestros
padres y nuestros hermanos gustarán infinito dello, que también he oído yo
decir de su valor y de sus gracias lo mismo que tú me has dicho, y, sobre
todo, dicen dél que es el más firme y más leal enamorado que se sabe, y que
su dama es una tal Dulcinea del Toboso, a quien en toda España la dan la
palma de la hermosura.

-Con razón se la dan -dijo don Quijote-, si ya no lo pone en duda vuestra
sin igual belleza. No os canséis, señoras, en detenerme, porque las
precisas obligaciones de mi profesión no me dejan reposar en ningún cabo.

Llegó, en esto, adonde los cuatro estaban un hermano de una de las dos
pastoras, vestido asimismo de pastor, con la riqueza y galas que a las de
las zagalas correspondía; contáronle ellas que el que con ellas estaba era
el valeroso don Quijote de la Mancha, y el otro, su escudero Sancho, de
quien tenía él ya noticia, por haber leído su historia. Ofreciósele el
gallardo pastor, pidióle que se viniese con él a sus tiendas; húbolo de
conceder don Quijote, y así lo hizo.

Llegó, en esto, el ojeo, llenáronse las redes de pajarillos diferentes que,
engañados de la color de las redes, caían en el peligro de que iban
huyendo. Juntáronse en aquel sitio más de treinta personas, todas
bizarramente de pastores y pastoras vestidas, y en un instante quedaron
enteradas de quiénes eran don Quijote y su escudero, de que no poco
contento recibieron, porque ya tenían dél noticia por su historia.
Acudieron a las tiendas, hallaron las mesas puestas, ricas, abundantes y
limpias; honraron a don Quijote dándole el primer lugar en ellas; mirábanle
todos, y admirábanse de verle.

Finalmente, alzados los manteles, con gran reposo alzó don Quijote la voz,
y dijo:

-Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque algunos dicen
que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento, ateniéndome a lo
que suele decirse: que de los desagradecidos está lleno el infierno. Este
pecado, en cuanto me ha sido posible, he procurado yo huir desde el
instante que tuve uso de razón; y si no puedo pagar las buenas obras que me
hacen con otras obras, pongo en su lugar los deseos de hacerlas, y cuando
éstos no bastan, las publico; porque quien dice y publica las buenas obras
que recibe, también las recompensara con otras, si pudiera; porque, por la
mayor parte, los que reciben son inferiores a los que dan; y así, es Dios
sobre todos, porque es dador sobre todos y no pueden corresponder las
dádivas del hombre a las de Dios con igualdad, por infinita distancia; y
esta estrecheza y cortedad, en cierto modo, la suple el agradecimiento. Yo,
pues, agradecido a la merced que aquí se me ha hecho, no pudiendo
corresponder a la misma medida, conteniéndome en los estrechos límites de
mi poderío, ofrezco lo que puedo y lo que tengo de mi cosecha; y así, digo
que sustentaré dos días naturales en metad de ese camino real que va a
Zaragoza, que estas señoras zagalas contrahechas que aquí están son las más
hermosas doncellas y más corteses que hay en el mundo, excetado sólo a la
sin par Dulcinea del Toboso, única señora de mis pensamientos, con paz sea
dicho de cuantos y cuantas me escuchan.

Oyendo lo cual, Sancho, que con grande atención le había estado escuchando,
dando una gran voz, dijo:

-¿Es posible que haya en el mundo personas que se atrevan a decir y a jurar
que este mi señor es loco? Digan vuestras mercedes, señores pastores: ¿hay
cura de aldea, por discreto y por estudiante que sea, que pueda decir lo
que mi amo ha dicho, ni hay caballero andante, por más fama que tenga de
valiente, que pueda ofrecer lo que mi amo aquí ha ofrecido?

Volvióse don Quijote a Sancho, y, encendido el rostro y colérico, le dijo:

-¿Es posible, ¡oh Sancho!, que haya en todo el orbe alguna persona que diga
que no eres tonto, aforrado de lo mismo, con no sé qué ribetes de malicioso
y de bellaco? ¿Quién te mete a ti en mis cosas, y en averiguar si soy
discreto o majadero? Calla y no me repliques, sino ensilla, si está
desensillado Rocinante: vamos a poner en efecto mi ofrecimiento, que, con
la razón que va de mi parte, puedes dar por vencidos a todos cuantos
quisieren contradecirla.

Y, con gran furia y muestras de enojo, se levantó de la silla, dejando
admirados a los circunstantes, haciéndoles dudar si le podían tener por
loco o por cuerdo. Finalmente, habiéndole persuadido que no se pusiese en
tal demanda, que ellos daban por bien conocida su agradecida voluntad y que
no eran menester nuevas demostraciones para conocer su ánimo valeroso, pues
bastaban las que en la historia de sus hechos se referían, con todo esto,
salió don Quijote con su intención; y, puesto sobre Rocinante, embrazando
su escudo y tomando su lanza, se puso en la mitad de un real camino que no
lejos del verde prado estaba. Siguióle Sancho sobre su rucio, con toda la
gente del pastoral rebaño, deseosos de ver en qué paraba su arrogante y
nunca visto ofrecimiento.

Puesto, pues, don Quijote en mitad del camino -como os he dicho-, hirió el
aire con semejantes palabras:

-¡Oh vosotros, pasajeros y viandantes, caballeros, escuderos, gente de a
pie y de a caballo que por este camino pasáis, o habéis de pasar en estos
dos días siguientes! Sabed que don Quijote de la Mancha, caballero andante,
está aquí puesto para defender que a todas las hermosuras y cortesías del
mundo exceden las que se encierran en las ninfas habitadoras destos prados
y bosques, dejando a un lado a la señora de mi alma Dulcinea del Toboso.
Por eso, el que fuere de parecer contrario, acuda, que aquí le espero.

Dos veces repitió estas mismas razones, y dos veces no fueron oídas de
ningún aventurero; pero la suerte, que sus cosas iba encaminando de mejor
en mejor, ordenó que de allí a poco se descubriese por el camino
muchedumbre de hombres de a caballo, y muchos dellos con lanzas en las
manos, caminando todos apiñados, de tropel y a gran priesa. No los hubieron
bien visto los que con don Quijote estaban, cuando, volviendo las espaldas,
se apartaron bien lejos del camino, porque conocieron que si esperaban les
podía suceder algún peligro; sólo don Quijote, con intrépido corazón, se
estuvo quedo, y Sancho Panza se escudó con las ancas de Rocinante.

Llegó el tropel de los lanceros, y uno dellos, que venía más delante, a
grandes voces comenzó a decir a don Quijote:

-¡Apártate, hombre del diablo, del camino, que te harán pedazos estos
toros!

-¡Ea, canalla -respondió don Quijote-, para mí no hay toros que valgan,
aunque sean de los más bravos que cría Jarama en sus riberas! Confesad,
malandrines, así a carga cerrada, que es verdad lo que yo aquí he
publicado; si no, conmigo sois en batalla.

No tuvo lugar de responder el vaquero, ni don Quijote le tuvo de desviarse,
aunque quisiera; y así, el tropel de los toros bravos y el de los mansos
cabestros, con la multitud de los vaqueros y otras gentes que a encerrar
los llevaban a un lugar donde otro día habían de correrse, pasaron sobre
don Quijote, y sobre Sancho, Rocinante y el rucio, dando con todos ellos en
tierra, echándole a rodar por el suelo. Quedó molido Sancho, espantado don
Quijote, aporreado el rucio y no muy católico Rocinante; pero, en fin, se
levantaron todos, y don Quijote, a gran priesa, tropezando aquí y cayendo
allí, comenzó a correr tras la vacada, diciendo a voces:

-¡Deteneos y esperad, canalla malandrina, que un solo caballero os espera,
el cual no tiene condición ni es de parecer de los que dicen que al enemigo
que huye, hacerle la puente de plata!

Pero no por eso se detuvieron los apresurados corredores, ni hicieron más
caso de sus amenazas que de las nubes de antaño. Detúvole el cansancio a
don Quijote, y, más enojado que vengado, se sentó en el camino, esperando a
que Sancho, Rocinante y el rucio llegasen. Llegaron, volvieron a subir amo
y mozo, y, sin volver a despedirse de la Arcadia fingida o contrahecha, y
con más vergüenza que gusto, siguieron su camino.

Capítulo LIX. Donde se cuenta del extraordinario suceso, que se puede
tener por aventura, que le sucedió a don Quijote

Al polvo y al cansancio que don Quijote y Sancho sacaron del
descomedimiento de los toros, socorrió una fuente clara y limpia que entre
una fresca arboleda hallaron, en el margen de la cual, dejando libres, sin
jáquima y freno, al rucio y a Rocinante, los dos asendereados amo y mozo se
sentaron. Acudió Sancho a la repostería de su alforjas, y dellas sacó de lo
que él solía llamar condumio; enjuagóse la boca, lavóse don Quijote el
rostro, con cuyo refrigerio cobraron aliento los espíritus desalentados. No
comía don Quijote, de puro pesaroso, ni Sancho no osaba tocar a los
manjares que delante tenía, de puro comedido, y esperaba a que su señor
hiciese la salva; pero, viendo que, llevado de sus imaginaciones, no se
acordaba de llevar el pan a la boca, no abrió la suya, y, atropellando por
todo género de crianza, comenzó a embaular en el estómago el pan y queso
que se le ofrecía.

-Come, Sancho amigo -dijo don Quijote-, sustenta la vida, que más que a mí
te importa, y déjame morir a mí a manos de mis pensamientos y a fuerzas de
mis desgracias. Yo, Sancho, nací para vivir muriendo, y tú para morir
comiendo; y, porque veas que te digo verdad en esto, considérame impreso en
historias, famoso en las armas, comedido en mis acciones, respetado de
príncipes, solicitado de doncellas; al cabo al cabo, cuando esperaba
palmas, triunfos y coronas, granjeadas y merecidas por mis valerosas
hazañas, me he visto esta mañana pisado y acoceado y molido de los pies de
animales inmundos y soeces. Esta consideración me embota los dientes,
entorpece las muelas, y entomece las manos, y quita de todo en todo la
gana del comer, de manera que pienso dejarme morir de hambre: muerte la más
cruel de las muertes.

-Desa manera -dijo Sancho, sin dejar de mascar apriesa- no aprobará vuestra
merced aquel refrán que dicen: "muera Marta, y muera harta". Yo, a lo
menos, no pienso matarme a mí mismo; antes pienso hacer como el zapatero,
que tira el cuero con los dientes hasta que le hace llegar donde él quiere;
yo tiraré mi vida comiendo hasta que llegue al fin que le tiene determinado
el cielo; y sepa, señor, que no hay mayor locura que la que toca en querer
desesperarse como vuestra merced, y créame, y después de comido, échese a
dormir un poco sobre los colchones verdes destas yerbas, y verá como cuando
despierte se halla algo más aliviado.

Hízolo así don Quijote, pareciéndole que las razones de Sancho más eran de
filósofo que de mentecato, y díjole:

-Si tú, ¡oh Sancho!, quisieses hacer por mí lo que yo ahora te diré, serían
mis alivios más ciertos y mis pesadumbres no tan grandes; y es que,
mientras yo duermo, obedeciendo tus consejos, tú te desviases un poco lejos
de aquí, y con las riendas de Rocinante, echando al aire tus carnes, te
dieses trecientos o cuatrocientos azotes a buena cuenta de los tres mil y
tantos que te has de dar por el desencanto de Dulcinea; que es lástima no
pequeña que aquella pobre señora esté encantada por tu descuido y
negligencia.

-Hay mucho que decir en eso -dijo Sancho-. Durmamos, por ahora, entrambos,
y después, Dios dijo lo que será. Sepa vuestra merced que esto de azotarse
un hombre a sangre fría es cosa recia, y más si caen los azotes sobre un
cuerpo mal sustentado y peor comido: tenga paciencia mi señora Dulcinea,
que, cuando menos se cate, me verá hecho una criba, de azotes; y hasta la
muerte, todo es vida; quiero decir que aún yo la tengo, junto con el deseo
de cumplir con lo que he prometido.

Agradeciéndoselo don Quijote, comió algo, y Sancho mucho, y echáronse a
dormir entrambos, dejando a su albedrío y sin orden alguna pacer del
abundosa yerba de que aquel prado estaba lleno a los dos continuos
compañeros y amigos Rocinante y el rucio. Despertaron algo tarde, volvieron
a subir y a seguir su camino, dándose priesa para llegar a una venta que,
al parecer, una legua de allí se descubría. Digo que era venta porque don
Quijote la llamó así, fuera del uso que tenía de llamar a todas las ventas
castillos.

Llegaron, pues, a ella; preguntaron al huésped si había posada. Fueles
respondido que sí, con toda la comodidad y regalo que pudiera hallar en
Zaragoza. Apeáronse y recogió Sancho su repostería en un aposento, de quien
el huésped le dio la llave; llevó las bestias a la caballeriza, echóles sus
piensos, salió a ver lo que don Quijote, que estaba sentado sobre un poyo,
le mandaba, dando particulares gracias al cielo de que a su amo no le
hubiese parecido castillo aquella venta.

Llegóse la hora del cenar; recogiéronse a su estancia; preguntó Sancho al
huésped que qué tenía para darles de cenar. A lo que el huésped respondió
que su boca sería medida; y así, que pidiese lo que quisiese: que de las
pajaricas del aire, de las aves de la tierra y de los pescados del mar
estaba proveída aquella venta.

-No es menester tanto -respondió Sancho-, que con un par de pollos que nos
asen tendremos lo suficiente, porque mi señor es delicado y come poco, y yo
no soy tragantón en demasía.

Respondióle el huésped que no tenía pollos, porque los milanos los tenían
asolados.

-Pues mande el señor huésped -dijo Sancho- asar una polla que sea tierna.

-¿Polla? ¡Mi padre! -respondió el huésped-. En verdad en verdad que envié
ayer a la ciudad a vender más de cincuenta; pero, fuera de pollas, pida
vuestra merced lo que quisiere.

-Desa manera -dijo Sancho-, no faltará ternera o cabrito.

-En casa, por ahora -respondió el huésped-, no lo hay, porque se ha
acabado; pero la semana que viene lo habrá de sobra.

-¡Medrados estamos con eso! -respondió Sancho-. Yo pondré que se vienen a
resumirse todas estas faltas en las sobras que debe de haber de tocino y
huevos.

-¡Por Dios -respondió el huésped-, que es gentil relente el que mi huésped
tiene!, pues hele dicho que ni tengo pollas ni gallinas, y ¿quiere que
tenga huevos? Discurra, si quisiere, por otras delicadezas, y déjese de
pedir gallinas.

-Resolvámonos, cuerpo de mí -dijo Sancho-, y dígame finalmente lo que
tiene, y déjese de discurrimientos, señor huésped.

Dijo el ventero:

-Lo que real y verdaderamente tengo son dos uñas de vaca que parecen manos
de ternera, o dos manos de ternera que parecen uñas de vaca; están cocidas
con sus garbanzos, cebollas y tocino, y la hora de ahora están diciendo:
''¡Coméme! ¡Coméme!''

-Por mías las marco desde aquí -dijo Sancho-; y nadie las toque, que yo las
pagaré mejor que otro, porque para mí ninguna otra cosa pudiera esperar de
más gusto, y no se me daría nada que fuesen manos, como fuesen uñas.

-Nadie las tocará -dijo el ventero-, porque otros huéspedes que tengo, de
puro principales, traen consigo cocinero, despensero y repostería.

-Si por principales va -dijo Sancho-, ninguno más que mi amo; pero el
oficio que él trae no permite despensas ni botillerías: ahí nos tendemos en
mitad de un prado y nos hartamos de bellotas o de nísperos.

Esta fue la plática que Sancho tuvo con el ventero, sin querer Sancho pasar
adelante en responderle; que ya le había preguntado qué oficio o qué
ejercicio era el de su amo.

Llegóse, pues, la hora del cenar, recogióse a su estancia don Quijote,
trujo el huésped la olla, así como estaba, y sentóse a cenar muy de
propósito. Parece ser que en otro aposento que junto al de don Quijote
estaba, que no le dividía más que un sutil tabique, oyó decir don Quijote:

-Por vida de vuestra merced, señor don Jerónimo, que en tanto que trae la
cena leamos otro capítulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha.

Apenas oyó su nombre don Quijote, cuando se puso en pie, y con oído alerto
escuchó lo que dél trataban, y oyó que el tal don Jerónimo referido
respondió:

-¿Para qué quiere vuestra merced, señor don Juan, que leamos estos
disparates? Y el que hubiere leído la primera parte de la historia de don
Quijote de la Mancha no es posible que pueda tener gusto en leer esta
segunda.

-Con todo eso -dijo el don Juan-, será bien leerla, pues no hay libro tan
malo que no tenga alguna cosa buena. Lo que a mí en éste más desplace es
que pinta a don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso.

Oyendo lo cual don Quijote, lleno de ira y de despecho, alzó la voz y dijo:

-Quienquiera que dijere que don Quijote de la Mancha ha olvidado, ni puede
olvidar, a Dulcinea del Toboso, yo le haré entender con armas iguales que
va muy lejos de la verdad; porque la sin par Dulcinea del Toboso ni puede
ser olvidada, ni en don Quijote puede caber olvido: su blasón es la
firmeza, y su profesión, el guardarla con suavidad y sin hacerse fuerza
alguna.

-¿Quién es el que nos responde? -respondieron del otro aposento.

-¿Quién ha de ser -respondió Sancho- sino el mismo don Quijote de la
Mancha, que hará bueno cuanto ha dicho, y aun cuanto dijere?; que al buen
pagador no le duelen prendas.

Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando entraron por la puerta de su aposento
dos caballeros, que tales lo parecían, y uno dellos echando los brazos al
cuello de don Quijote, le dijo:

-Ni vuestra presencia puede desmentir vuestro nombre, ni vuestro nombre
puede no acreditar vuestra presencia: sin duda, vos, señor, sois el
verdadero don Quijote de la Mancha, norte y lucero de la andante
caballería, a despecho y pesar del que ha querido usurpar vuestro nombre y
aniquilar vuestras hazañas, como lo ha hecho el autor deste libro que aquí
os entrego.

Y, poniéndole un libro en las manos, que traía su compañero, le tomó don
Quijote, y, sin responder palabra, comenzó a hojearle, y de allí a un poco
se le volvió, diciendo:

-En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de
reprehensión. La primera es algunas palabras que he leído en el prólogo; la
otra, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos, y
la tercera, que más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía de
la verdad en lo más principal de la historia; porque aquí dice que la mujer
de Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutiérrez, y no llama tal, sino
Teresa Panza; y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podrá
temer que yerra en todas las demás de la historia.

A esto dijo Sancho:

-¡Donosa cosa de historiador! ¡Por cierto, bien debe de estar en el cuento
de nuestros sucesos, pues llama a Teresa Panza, mi mujer, Mari Gutiérrez!
Torne a tomar el libro, señor, y mire si ando yo por ahí y si me ha mudado
el nombre.

-Por lo que he oído hablar, amigo -dijo don Jerónimo-, sin duda debéis de
ser Sancho Panza, el escudero del señor don Quijote.

-Sí soy -respondió Sancho-, y me precio dello.

-Pues a fe -dijo el caballero- que no os trata este autor moderno con la
limpieza que en vuestra persona se muestra: píntaos comedor, y simple, y no
nada gracioso, y muy otro del Sancho que en la primera parte de la historia
de vuestro amo se describe.

-Dios se lo perdone -dijo Sancho-. Dejárame en mi rincón, sin acordarse de
mí, porque quien las sabe las tañe, y bien se está San Pedro en Roma.

Los dos caballeros pidieron a don Quijote se pasase a su estancia a cenar
con ellos, que bien sabían que en aquella venta no había cosas
pertenecientes para su persona. Don Quijote, que siempre fue comedido,
condecenció con su demanda y cenó con ellos; quedóse Sancho con la olla con
mero mixto imperio; sentóse en cabecera de mesa, y con él el ventero, que
no menos que Sancho estaba de sus manos y de sus uñas aficionado.

En el discurso de la cena preguntó don Juan a don Quijote qué nuevas tenía
de la señora Dulcinea del Toboso: si se había casado, si estaba parida o
preñada, o si, estando en su entereza, se acordaba -guardando su honestidad
y buen decoro- de los amorosos pensamientos del señor don Quijote. A lo que
él respondió:

-Dulcinea se está entera, y mis pensamientos, más firmes que nunca; las
correspondencias, en su sequedad antigua; su hermosura, en la de una soez
labradora transformada.

Y luego les fue contando punto por punto el encanto de la señora Dulcinea,
y lo que le había sucedido en la cueva de Montesinos, con la orden que el
sabio Merlín le había dado para desencantarla, que fue la de los azotes de
Sancho.

Sumo fue el contento que los dos caballeros recibieron de oír contar a don
Quijote los estraños sucesos de su historia, y así quedaron admirados de
sus disparates como del elegante modo con que los contaba. Aquí le tenían
por discreto, y allí se les deslizaba por mentecato, sin saber determinarse
qué grado le darían entre la discreción y la locura.

Acabó de cenar Sancho, y, dejando hecho equis al ventero, se pasó a la
estancia de su amo; y, en entrando, dijo:

-Que me maten, señores, si el autor deste libro que vuesas mercedes tienen
quiere que no comamos buenas migas juntos; yo querría que, ya que me llama
comilón, como vuesas mercedes dicen, no me llamase también borracho.

-Sí llama -dijo don Jerónimo-, pero no me acuerdo en qué manera, aunque sé
que son malsonantes las razones, y además, mentirosas, según yo echo de ver
en la fisonomía del buen Sancho que está presente.

-Créanme vuesas mercedes -dijo Sancho- que el Sancho y el don Quijote desa
historia deben de ser otros que los que andan en aquella que compuso Cide
Hamete Benengeli, que somos nosotros: mi amo, valiente, discreto y
enamorado; y yo, simple gracioso, y no comedor ni borracho.

-Yo así lo creo -dijo don Juan-; y si fuera posible, se había de mandar que
ninguno fuera osado a tratar de las cosas del gran don Quijote, si no fuese
Cide Hamete, su primer autor, bien así como mandó Alejandro que ninguno
fuese osado a retratarle sino Apeles.

-Retráteme el que quisiere -dijo don Quijote-, pero no me maltrate; que
muchas veces suele caerse la paciencia cuando la cargan de injurias.

-Ninguna -dijo don Juan- se le puede hacer al señor don Quijote de quien él
no se pueda vengar, si no la repara en el escudo de su paciencia, que, a mi
parecer, es fuerte y grande.

En estas y otras pláticas se pasó gran parte de la noche; y, aunque don
Juan quisiera que don Quijote leyera más del libro, por ver lo que
discantaba, no lo pudieron acabar con él, diciendo que él lo daba por leído
y lo confirmaba por todo necio, y que no quería, si acaso llegase a noticia
de su autor que le había tenido en sus manos, se alegrase con pensar que le
había leído; pues de las cosas obscenas y torpes, los pensamientos se han
de apartar, cuanto más los ojos. Preguntáronle que adónde llevaba
determinado su viaje. Respondió que a Zaragoza, a hallarse en las justas
del arnés, que en aquella ciudad suelen hacerse todos los años. Díjole
don Juan que aquella nueva historia contaba como don Quijote, sea quien
se quisiere, se había hallado en ella en una sortija, falta de invención,
pobre de letras, pobrísima de libreas, aunque rica de simplicidades.

-Por el mismo caso -respondió don Quijote-, no pondré los pies en Zaragoza,
y así sacaré a la plaza del mundo la mentira dese historiador moderno, y
echarán de ver las gentes como yo no soy el don Quijote que él dice.

-Hará muy bien -dijo don Jerónimo-; y otras justas hay en Barcelona, donde
podrá el señor don Quijote mostrar su valor.

-Así lo pienso hacer -dijo don Quijote-; y vuesas mercedes me den licencia,
pues ya es hora para irme al lecho, y me tengan y pongan en el número de
sus mayores amigos y servidores.

-Y a mí también -dijo Sancho-: quizá seré bueno para algo.

Con esto se despidieron, y don Quijote y Sancho se retiraron a su aposento,
dejando a don Juan y a don Jerónimo admirados de ver la mezcla que había
hecho de su discreción y de su locura; y verdaderamente creyeron que éstos
eran los verdaderos don Quijote y Sancho, y no los que describía su autor
aragonés.

Madrugó don Quijote, y, dando golpes al tabique del otro aposento, se
despidió de sus huéspedes. Pagó Sancho al ventero magníficamente, y
aconsejóle que alabase menos la provisión de su venta, o la tuviese más
proveída.

Capítulo LX. De lo que sucedió a don Quijote yendo a Barcelona

Era fresca la mañana, y daba muestras de serlo asimesmo el día en que don
Quijote salió de la venta, informándose primero cuál era el más derecho
camino para ir a Barcelona sin tocar en Zaragoza: tal era el deseo que
tenía de sacar mentiroso aquel nuevo historiador que tanto decían que le
vituperaba.

Sucedió, pues, que en más de seis días no le sucedió cosa digna de ponerse
en escritura, al cabo de los cuales, yendo fuera de camino, le tomó la
noche entre unas espesas encinas o alcornoques; que en esto no guarda la
puntualidad Cide Hamete que en otras cosas suele.

Apeáronse de sus bestias amo y mozo, y, acomodándose a los troncos de los
árboles, Sancho, que había merendado aquel día, se dejó entrar de rondón
por las puertas del sueño; pero don Quijote, a quien desvelaban sus
imaginaciones mucho más que la hambre, no podía pegar sus ojos; antes iba y
venía con el pensamiento por mil géneros de lugares. Ya le parecía hallarse
en la cueva de Montesinos; ya ver brincar y subir sobre su pollina a la
convertida en labradora Dulcinea; ya que le sonaban en los oídos las
palabras del sabio Merlín que le referían las condiciones y diligencias que
se habían de hacer y tener en el desencanto de Dulcinea. Desesperábase de
ver la flojedad y caridad poca de Sancho su escudero, pues, a lo que creía,
solos cinco azotes se había dado, número desigual y pequeño para los
infinitos que le faltaban; y desto recibió tanta pesadumbre y enojo, que
hizo este discurso:

-Si nudo gordiano cortó el Magno Alejandro, diciendo: ''Tanto monta cortar
como desatar'', y no por eso dejó de ser universal señor de toda la Asia,
ni más ni menos podría suceder ahora en el desencanto de Dulcinea, si yo
azotase a Sancho a pesar suyo; que si la condición deste remedio está en
que Sancho reciba los tres mil y tantos azotes, ¿qué se me da a mí que se
los dé él, o que se los dé otro, pues la sustancia está en que él los
reciba, lleguen por do llegaren?

Con esta imaginación se llegó a Sancho, habiendo primero tomado las riendas
de Rocinante, y acomodádolas en modo que pudiese azotarle con ellas,
comenzóle a quitar las cintas, que es opinión que no tenía más que la
delantera, en que se sustentaban los greguescos; pero, apenas hubo llegado,
cuando Sancho despertó en todo su acuerdo, y dijo:

-¿Qué es esto? ¿Quién me toca y desencinta?

-Yo soy -respondió don Quijote-, que vengo a suplir tus faltas y a remediar
mis trabajos: véngote a azotar, Sancho, y a descargar, en parte, la deuda a
que te obligaste. Dulcinea perece; tú vives en descuido; yo muero deseando;
y así, desatácate por tu voluntad, que la mía es de darte en esta soledad,
por lo menos, dos mil azotes.

-Eso no -dijo Sancho-; vuesa merced se esté quedo; si no, por Dios
verdadero que nos han de oír los sordos. Los azotes a que yo me obligué han
de ser voluntarios, y no por fuerza, y ahora no tengo gana de azotarme;
basta que doy a vuesa merced mi palabra de vapularme y mosquearme cuando en
voluntad me viniere.

-No hay dejarlo a tu cortesía, Sancho -dijo don Quijote-, porque eres duro
de corazón, y, aunque villano, blando de carnes.

Y así, procuraba y pugnaba por desenlazarle. Viendo lo cual Sancho Panza,
se puso en pie, y, arremetiendo a su amo, se abrazó con él a brazo partido,
y, echándole una zancadilla, dio con él en el suelo boca arriba; púsole
la rodilla derecha sobre el pecho, y con las manos le tenía las manos, de
modo que ni le dejaba rodear ni alentar. Don Quijote le decía:

-¿Cómo, traidor? ¿Contra tu amo y señor natural te desmandas? ¿Con quien te
da su pan te atreves?

-Ni quito rey, ni pongo rey -respondió Sancho-, sino ayúdome a mí, que soy
mi señor. Vuesa merced me prometa que se estará quedo, y no tratará de
azotarme por agora, que yo le dejaré libre y desembarazado; donde no,

Aquí morirás, traidor,

enemigo de doña Sancha.

Prometióselo don Quijote, y juró por vida de sus pensamientos no tocarle en
el pelo de la ropa, y que dejaría en toda su voluntad y albedrío el
azotarse cuando quisiese.

Levantóse Sancho, y desvióse de aquel lugar un buen espacio; y, yendo a
arrimarse a otro árbol, sintió que le tocaban en la cabeza, y, alzando las
manos, topó con dos pies de persona, con zapatos y calzas. Tembló de miedo;
acudió a otro árbol, y sucedióle lo mesmo. Dio voces llamando a don Quijote
que le favoreciese. Hízolo así don Quijote, y, preguntándole qué le había
sucedido y de qué tenía miedo, le respondió Sancho que todos aquellos
árboles estaban llenos de pies y de piernas humanas. Tentólos don Quijote,
y cayó luego en la cuenta de lo que podía ser, y díjole a Sancho:

-No tienes de qué tener miedo, porque estos pies y piernas que tientas y no
vees, sin duda son de algunos forajidos y bandoleros que en estos árboles
están ahorcados; que por aquí los suele ahorcar la justicia cuando los
coge, de veinte en veinte y de treinta en treinta; por donde me doy a
entender que debo de estar cerca de Barcelona.

Y así era la verdad como él lo había imaginado.

Al parecer alzaron los ojos, y vieron los racimos de aquellos árboles, que
eran cuerpos de bandoleros. Ya, en esto, amanecía, y si los muertos los
habían espantado, no menos los atribularon más de cuarenta bandoleros vivos
que de improviso les rodearon, diciéndoles en lengua catalana que
estuviesen quedos, y se detuviesen, hasta que llegase su capitán.

Hallóse don Quijote a pie, su caballo sin freno, su lanza arrimada a un
árbol, y, finalmente, sin defensa alguna; y así, tuvo por bien de cruzar
las manos e inclinar la cabeza, guardándose para mejor sazón y coyuntura.

Acudieron los bandoleros a espulgar al rucio, y a no dejarle ninguna cosa
de cuantas en las alforjas y la maleta traía; y avínole bien a Sancho que
en una ventrera que tenía ceñida venían los escudos del duque y los que
habían sacado de su tierra, y, con todo eso, aquella buena gente le
escardara y le mirara hasta lo que entre el cuero y la carne tuviera
escondido, si no llegara en aquella sazón su capitán, el cual mostró ser de
hasta edad de treinta y cuatro años, robusto, más que de mediana
proporción, de mirar grave y color morena. Venía sobre un poderoso caballo,
vestida la acerada cota, y con cuatro pistoletes -que en aquella tierra se
llaman pedreñales- a los lados. Vio que sus escuderos, que así llaman a los
que andan en aquel ejercicio, iban a despojar a Sancho Panza; mandóles que
no lo hiciesen, y fue luego obedecido; y así se escapó la ventrera.
Admiróle ver lanza arrimada al árbol, escudo en el suelo, y a don Quijote
armado y pensativo, con la más triste y melancólica figura que pudiera
formar la misma tristeza. Llegóse a él diciéndole:

-No estéis tan triste, buen hombre, porque no habéis caído en las manos de
algún cruel Osiris, sino en las de Roque Guinart, que tienen más de
compasivas que de rigurosas.

-No es mi tristeza -respondió don Quijote- haber caído en tu poder, ¡oh
valeroso Roque, cuya fama no hay límites en la tierra que la encierren!,
sino por haber sido tal mi descuido, que me hayan cogido tus soldados sin
el freno, estando yo obligado, según la orden de la andante caballería, que
profeso, a vivir contino alerta, siendo a todas horas centinela de mí
mismo; porque te hago saber, ¡oh gran Roque!, que si me hallaran sobre mi
caballo, con mi lanza y con mi escudo, no les fuera muy fácil rendirme,
porque yo soy don Quijote de la Mancha, aquel que de sus hazañas tiene
lleno todo el orbe.

Luego Roque Guinart conoció que la enfermedad de don Quijote tocaba más en
locura que en valentía, y, aunque algunas veces le había oído nombrar,
nunca tuvo por verdad sus hechos, ni se pudo persuadir a que semejante
humor reinase en corazón de hombre; y holgóse en estremo de haberle
encontrado, para tocar de cerca lo que de lejos dél había oído; y así, le
dijo:

-Valeroso caballero, no os despechéis ni tengáis a siniestra fortuna ésta
en que os halláis, que podía ser que en estos tropiezos vuestra torcida
suerte se enderezase; que el cielo, por estraños y nunca vistos rodeos, de
los hombres no imaginados, suele levantar los caídos y enriquecer los
pobres.

Ya le iba a dar las gracias don Quijote, cuando sintieron a sus espaldas un
ruido como de tropel de caballos, y no era sino un solo, sobre el cual
venía a toda furia un mancebo, al parecer de hasta veinte años, vestido de
damasco verde, con pasamanos de oro, greguescos y saltaembarca, con
sombrero terciado, a la valona, botas enceradas y justas, espuelas, daga y
espada doradas, una escopeta pequeña en las manos y dos pistolas a los
lados. Al ruido volvió Roque la cabeza y vio esta hermosa figura, la cual,
en llegando a él, dijo:

-En tu busca venía, ¡oh valeroso Roque!, para hallar en ti, si no remedio,
a lo menos alivio en mi desdicha; y, por no tenerte suspenso, porque sé que
no me has conocido, quiero decirte quién soy: y soy Claudia Jerónima, hija
de Simón Forte, tu singular amigo y enemigo particular de Clauquel
Torrellas, que asimismo lo es tuyo, por ser uno de los de tu contrario
bando; y ya sabes que este Torrellas tiene un hijo que don Vicente
Torrellas se llama, o, a lo menos, se llamaba no ha dos horas. Éste, pues,
por abreviar el cuento de mi desventura, te diré en breves palabras la que
me ha causado. Viome, requebróme, escuchéle, enamoréme, a hurto de mi
padre; porque no hay mujer, por retirada que esté y recatada que sea, a
quien no le sobre tiempo para poner en ejecución y efecto sus atropellados
deseos. Finalmente, él me prometió de ser mi esposo, y yo le di la palabra
de ser suya, sin que en obras pasásemos adelante. Supe ayer que, olvidado
de lo que me debía, se casaba con otra, y que esta mañana iba a desposarse,
nueva que me turbó el sentido y acabó la paciencia; y, por no estar mi
padre en el lugar, le tuve yo de ponerme en el traje que vees, y
apresurando el paso a este caballo, alcancé a don Vicente obra de una legua
de aquí; y, sin ponerme a dar quejas ni a oír disculpas, le disparé estas
escopetas, y, por añadidura, estas dos pistolas; y, a lo que creo, le debí
de encerrar más de dos balas en el cuerpo, abriéndole puertas por donde
envuelta en su sangre saliese mi honra. Allí le dejo entre sus criados, que
no osaron ni pudieron ponerse en su defensa. Vengo a buscarte para que me
pases a Francia, donde tengo parientes con quien viva, y asimesmo a rogarte
defiendas a mi padre, porque los muchos de don Vicente no se atrevan a
tomar en él desaforada venganza.

Roque, admirado de la gallardía, bizarría, buen talle y suceso de la
hermosa Claudia, le dijo:

-Ven, señora, y vamos a ver si es muerto tu enemigo, que después veremos lo
que más te importare.

Don Quijote, que estaba escuchando atentamente lo que Claudia había dicho y
lo que Roque Guinart respondió, dijo:

-No tiene nadie para qué tomar trabajo en defender a esta señora, que lo
tomo yo a mi cargo: denme mi caballo y mis armas, y espérenme aquí, que yo
iré a buscar a ese caballero, y, muerto o vivo, le haré cumplir la palabra
prometida a tanta belleza.

-Nadie dude de esto -dijo Sancho-, porque mi señor tiene muy buena mano
para casamentero, pues no ha muchos días que hizo casar a otro que también
negaba a otra doncella su palabra; y si no fuera porque los encantadores
que le persiguen le mudaron su verdadera figura en la de un lacayo, ésta
fuera la hora que ya la tal doncella no lo fuera.

Roque, que atendía más a pensar en el suceso de la hermosa Claudia que en
las razones de amo y mozo, no las entendió; y, mandando a sus escuderos que
volviesen a Sancho todo cuanto le habían quitado del rucio, mandándoles
asimesmo que se retirasen a la parte donde aquella noche habían estado
alojados, y luego se partió con Claudia a toda priesa a buscar al herido, o
muerto, don Vicente. Llegaron al lugar donde le encontró Claudia, y no
hallaron en él sino recién derramada sangre; pero, tendiendo la vista por
todas partes, descubrieron por un recuesto arriba alguna gente, y diéronse
a entender, como era la verdad, que debía ser don Vicente, a quien sus
criados, o muerto o vivo, llevaban, o para curarle, o para enterrarle;
diéronse priesa a alcanzarlos, que, como iban de espacio, con facilidad lo
hicieron.

Hallaron a don Vicente en los brazos de sus criados, a quien con cansada y
debilitada voz rogaba que le dejasen allí morir, porque el dolor de las
heridas no consentía que más adelante pasase.

Arrojáronse de los caballos Claudia y Roque, llegáronse a él, temieron los
criados la presencia de Roque, y Claudia se turbó en ver la de don Vicente;
y así, entre enternecida y rigurosa, se llegó a él, y asiéndole de las
manos, le dijo:

-Si tú me dieras éstas, conforme a nuestro concierto, nunca tú te vieras en
este paso.

Abrió los casi cerrados ojos el herido caballero, y, conociendo a Claudia,
le dijo:

-Bien veo, hermosa y engañada señora, que tú has sido la que me has muerto:
pena no merecida ni debida a mis deseos, con los cuales, ni con mis obras,
jamás quise ni supe ofenderte.

-Luego, ¿no es verdad -dijo Claudia- que ibas esta mañana a desposarte con
Leonora, la hija del rico Balvastro?

-No, por cierto -respondió don Vicente-; mi mala fortuna te debió de llevar
estas nuevas, para que, celosa, me quitases la vida, la cual, pues la dejo
en tus manos y en tus brazos, tengo mi suerte por venturosa. Y, para
asegurarte desta verdad, aprieta la mano y recíbeme por esposo, si
quisieres, que no tengo otra mayor satisfación que darte del agravio que
piensas que de mí has recebido.

Apretóle la mano Claudia, y apretósele a ella el corazón, de manera que
sobre la sangre y pecho de don Vicente se quedó desmayada, y a él le tomó
un mortal parasismo. Confuso estaba Roque, y no sabía qué hacerse.
Acudieron los criados a buscar agua que echarles en los rostros, y
trujéronla, con que se los bañaron. Volvió de su desmayo Claudia, pero no
de su parasismo don Vicente, porque se le acabó la vida. Visto lo cual de
Claudia, habiéndose enterado que ya su dulce esposo no vivía, rompió los
aires con suspiros, hirió los cielos con quejas, maltrató sus cabellos,
entregándolos al viento, afeó su rostro con sus propias manos, con todas
las muestras de dolor y sentimiento que de un lastimado pecho pudieran
imaginarse.

-¡Oh cruel e inconsiderada mujer -decía-, con qué facilidad te moviste a
poner en ejecución tan mal pensamiento! ¡Oh fuerza rabiosa de los celos, a
qué desesperado fin conducís a quien os da acogida en su pecho! ¡Oh esposo
mío, cuya desdichada suerte, por ser prenda mía, te ha llevado del tálamo a
la sepultura!

Tales y tan tristes eran las quejas de Claudia, que sacaron las lágrimas de
los ojos de Roque, no acostumbrados a verterlas en ninguna ocasión.
Lloraban los criados, desmayábase a cada paso Claudia, y todo aquel
circuito parecía campo de tristeza y lugar de desgracia. Finalmente, Roque
Guinart ordenó a los criados de don Vicente que llevasen su cuerpo al lugar
de su padre, que estaba allí cerca, para que le diesen sepultura. Claudia
dijo a Roque que querría irse a un monasterio donde era abadesa una tía
suya, en el cual pensaba acabar la vida, de otro mejor esposo y más eterno
acompañada. Alabóle Roque su buen propósito, ofreciósele de acompañarla
hasta donde quisiese, y de defender a su padre de los parientes y de todo
el mundo, si ofenderle quisiese. No quiso su compañía Claudia, en ninguna
manera, y, agradeciendo sus ofrecimientos con las mejores razones que supo,
se despedió dél llorando. Los criados de don Vicente llevaron su cuerpo, y
Roque se volvió a los suyos, y este fin tuvieron los amores de Claudia
Jerónima. Pero, ¿qué mucho, si tejieron la trama de su lamentable historia
las fuerzas invencibles y rigurosas de los celos?

Halló Roque Guinart a sus escuderos en la parte donde les había ordenado, y
a don Quijote entre ellos, sobre Rocinante, haciéndoles una plática en que
les persuadía dejasen aquel modo de vivir tan peligroso, así para el alma
como para el cuerpo; pero, como los más eran gascones, gente rústica y
desbaratada, no les entraba bien la plática de don Quijote. Llegado que fue
Roque, preguntó a Sancho Panza si le habían vuelto y restituido las alhajas
y preseas que los suyos del rucio le habían quitado. Sancho respondió que
sí, sino que le faltaban tres tocadores, que valían tres ciudades.

-¿Qué es lo que dices, hombre? -dijo uno de los presentes-, que yo los
tengo, y no valen tres reales.

-Así es -dijo don Quijote-, pero estímalos mi escudero en lo que ha dicho,
por habérmelos dado quien me los dio.

Mandóselos volver al punto Roque Guinart, y, mandando poner los suyos en
ala, mandó traer allí delante todos los vestidos, joyas, y dineros, y todo
aquello que desde la última repartición habían robado; y, haciendo
brevemente el tanteo, volviendo lo no repartible y reduciéndolo a dineros,
lo repartió por toda su compañía, con tanta legalidad y prudencia que no
pasó un punto ni defraudó nada de la justicia distributiva. Hecho esto, con
lo cual todos quedaron contentos, satisfechos y pagados, dijo Roque a don
Quijote:

-Si no se guardase esta puntualidad con éstos, no se podría vivir con
ellos.

A lo que dijo Sancho:

-Según lo que aquí he visto, es tan buena la justicia, que es necesaria que
se use aun entre los mesmos ladrones.

Oyólo un escudero, y enarboló el mocho de un arcabuz, con el cual, sin
duda, le abriera la cabeza a Sancho, si Roque Guinart no le diera voces que
se detuviese. Pasmóse Sancho, y propuso de no descoser los labios en tanto
que entre aquella gente estuviese.

Llegó, en esto, uno o algunos de aquellos escuderos que estaban puestos por
centinelas por los caminos para ver la gente que por ellos venía y dar
aviso a su mayor de lo que pasaba, y éste dijo:

-Señor, no lejos de aquí, por el camino que va a Barcelona, viene un gran
tropel de gente.

A lo que respondió Roque:

-¿Has echado de ver si son de los que nos buscan, o de los que nosotros
buscamos?

-No, sino de los que buscamos -respondió el escudero.

-Pues salid todos -replicó Roque-, y traédmelos aquí luego, sin que se os
escape ninguno.

Hiciéronlo así, y, quedándose solos don Quijote, Sancho y Roque, aguardaron
a ver lo que los escuderos traían; y, en este entretanto, dijo Roque a don
Quijote:

-Nueva manera de vida le debe de parecer al señor don Quijote la nuestra,
nuevas aventuras, nuevos sucesos, y todos peligrosos; y no me maravillo que
así le parezca, porque realmente le confieso que no hay modo de vivir más
inquieto ni más sobresaltado que el nuestro. A mí me han puesto en él no sé
qué deseos de venganza, que tienen fuerza de turbar los más sosegados
corazones; yo, de mi natural, soy compasivo y bien intencionado; pero, como
tengo dicho, el querer vengarme de un agravio que se me hizo, así da con
todas mis buenas inclinaciones en tierra, que persevero en este estado, a
despecho y pesar de lo que entiendo; y, como un abismo llama a otro y un
pecado a otro pecado, hanse eslabonado las venganzas de manera que no sólo
las mías, pero las ajenas tomo a mi cargo; pero Dios es servido de que,
aunque me veo en la mitad del laberinto de mis confusiones, no pierdo la
esperanza de salir dél a puerto seguro.

Admirado quedó don Quijote de oír hablar a Roque tan buenas y concertadas
razones, porque él se pensaba que, entre los de oficios semejantes de
robar, matar y saltear no podía haber alguno que tuviese buen discurso, y
respondióle:

-Señor Roque, el principio de la salud está en conocer la enfermedad y en
querer tomar el enfermo las medicinas que el médico le ordena: vuestra
merced está enfermo, conoce su dolencia, y el cielo, o Dios, por mejor
decir, que es nuestro médico, le aplicará medicinas que le sanen, las
cuales suelen sanar poco a poco y no de repente y por milagro; y más, que
los pecadores discretos están más cerca de enmendarse que los simples; y,
pues vuestra merced ha mostrado en sus razones su prudencia, no hay sino
tener buen ánimo y esperar mejoría de la enfermedad de su conciencia; y si
vuestra merced quiere ahorrar camino y ponerse con facilidad en el de su
salvación, véngase conmigo, que yo le enseñaré a ser caballero andante,
donde se pasan tantos trabajos y desventuras que, tomándolas por
penitencia, en dos paletas le pondrán en el cielo.

Rióse Roque del consejo de don Quijote, a quien, mudando plática, contó el
trágico suceso de Claudia Jerónima, de que le pesó en estremo a Sancho, que
no le había parecido mal la belleza, desenvoltura y brío de la moza.

Llegaron, en esto, los escuderos de la presa, trayendo consigo dos
caballeros a caballo, y dos peregrinos a pie, y un coche de mujeres con
hasta seis criados, que a pie y a caballo las acompañaban, con otros dos
mozos de mulas que los caballeros traían. Cogiéronlos los escuderos en
medio, guardando vencidos y vencedores gran silencio, esperando a que el
gran Roque Guinart hablase, el cual preguntó a los caballeros que quién
eran y adónde iban, y qué dinero llevaban. Uno dellos le respondió:

-Señor, nosotros somos dos capitanes de infantería española; tenemos
nuestras compañías en Nápoles y vamos a embarcarnos en cuatro galeras, que
dicen están en Barcelona con orden de pasar a Sicilia; llevamos hasta
docientos o trecientos escudos, con que, a nuestro parecer, vamos ricos y
contentos, pues la estrecheza ordinaria de los soldados no permite mayores
tesoros.

Preguntó Roque a los peregrinos lo mesmo que a los capitanes; fuele
respondido que iban a embarcarse para pasar a Roma, y que entre entrambos
podían llevar hasta sesenta reales. Quiso saber también quién iba en el
coche, y adónde, y el dinero que llevaban; y uno de los de a caballo dijo:

-Mi señora doña Guiomar de Quiñones, mujer del regente de la Vicaría de
Nápoles, con una hija pequeña, una doncella y una dueña, son las que van en
el coche; acompañámosla seis criados, y los dineros son seiscientos
escudos.

-De modo -dijo Roque Guinart-, que ya tenemos aquí novecientos escudos y
sesenta reales; mis soldados deben de ser hasta sesenta; mírese a cómo le
cabe a cada uno, porque yo soy mal contador.

Oyendo decir esto los salteadores, levantaron la voz, diciendo:

-¡Viva Roque Guinart muchos años, a pesar de los lladres que su perdición
procuran!

Mostraron afligirse los capitanes, entristecióse la señora regenta, y no se
holgaron nada los peregrinos, viendo la confiscación de sus bienes. Túvolos
así un rato suspensos Roque, pero no quiso que pasase adelante su tristeza,
que ya se podía conocer a tiro de arcabuz, y, volviéndose a los capitanes,
dijo:

-Vuesas mercedes, señores capitanes, por cortesía, sean servidos de
prestarme sesenta escudos, y la señora regenta ochenta, para contentar
esta escuadra que me acompaña, porque el abad, de lo que canta yanta, y
luego puédense ir su camino libre y desembarazadamente, con un salvoconduto
que yo les daré, para que, si toparen otras de algunas escuadras mías que
tengo divididas por estos contornos, no les hagan daño; que no es mi
intención de agraviar a soldados ni a mujer alguna, especialmente a las que
son principales.

Infinitas y bien dichas fueron las razones con que los capitanes
agradecieron a Roque su cortesía y liberalidad, que, por tal la tuvieron,
en dejarles su mismo dinero. La señora doña Guiomar de Quiñones se quiso
arrojar del coche para besar los pies y las manos del gran Roque, pero él
no lo consintió en ninguna manera; antes le pidió perdón del agravio que le
hacía, forzado de cumplir con las obligaciones precisas de su mal oficio.
Mandó la señora regenta a un criado suyo diese luego los ochenta escudos
que le habían repartido, y ya los capitanes habían desembolsado los
sesenta. Iban los peregrinos a dar toda su miseria, pero Roque les dijo que
se estuviesen quedos, y volviéndose a los suyos, les dijo:

-Destos escudos dos tocan a cada uno, y sobran veinte: los diez se den a
estos peregrinos, y los otros diez a este buen escudero, porque pueda decir
bien de esta aventura.

Y, trayéndole aderezo de escribir, de que siempre andaba proveído, Roque
les dio por escrito un salvoconduto para los mayorales de sus escuadras, y,
despidiéndose dellos, los dejó ir libres, y admirados de su nobleza, de su
gallarda disposición y estraño proceder, teniéndole más por un Alejandro
Magno que por ladrón conocido. Uno de los escuderos dijo en su lengua
gascona y catalana:

-Este nuestro capitán más es para frade que para bandolero: si de aquí
adelante quisiere mostrarse liberal séalo con su hacienda y no con la
nuestra.

No lo dijo tan paso el desventurado que dejase de oírlo Roque, el cual,
echando mano a la espada, le abrió la cabeza casi en dos partes,
diciéndole:

-Desta manera castigo yo a los deslenguados y atrevidos.

Pasmáronse todos, y ninguno le osó decir palabra: tanta era la obediencia
que le tenían.

Apartóse Roque a una parte y escribió una carta a un su amigo, a Barcelona,
dándole aviso como estaba consigo el famoso don Quijote de la Mancha, aquel
caballero andante de quien tantas cosas se decían; y que le hacía saber que
era el más gracioso y el más entendido hombre del mundo, y que de allí a
cuatro días, que era el de San Juan Bautista, se le pondría en mitad de la
playa de la ciudad, armado de todas sus armas, sobre Rocinante, su caballo,
y a su escudero Sancho sobre un asno, y que diese noticia desto a sus
amigos los Niarros, para que con él se solazasen; que él quisiera que
carecieran deste gusto los Cadells, sus contrarios, pero que esto era
imposible, a causa que las locuras y discreciones de don Quijote y los
donaires de su escudero Sancho Panza no podían dejar de dar gusto general a
todo el mundo. Despachó estas cartas con uno de sus escuderos, que, mudando
el traje de bandolero en el de un labrador, entró en Barcelona y la dio a
quien iba.

Capítulo LXI. De lo que le sucedió a don Quijote en la entrada de
Barcelona, con otras cosas que tienen más de lo verdadero que de lo
discreto

Tres días y tres noches estuvo don Quijote con Roque, y si estuviera
trecientos años, no le faltara qué mirar y admirar en el modo de su vida:
aquí amanecían, acullá comían; unas veces huían, sin saber de quién, y
otras esperaban, sin saber a quién. Dormían en pie, interrompiendo el
sueño, mudándose de un lugar a otro. Todo era poner espías, escuchar
centinelas, soplar las cuerdas de los arcabuces, aunque traían pocos,
porque todos se servían de pedreñales. Roque pasaba las noches apartado de
los suyos, en partes y lugares donde ellos no pudiesen saber dónde estaba;
porque los muchos bandos que el visorrey de Barcelona había echado sobre su
vida le traían inquieto y temeroso, y no se osaba fiar de ninguno, temiendo
que los mismos suyos, o le habían de matar, o entregar a la justicia: vida,
por cierto, miserable y enfadosa.

En fin, por caminos desusados, por atajos y sendas encubiertas, partieron
Roque, don Quijote y Sancho con otros seis escuderos a Barcelona. Llegaron
a su playa la víspera de San Juan en la noche, y, abrazando Roque a don
Quijote y a Sancho, a quien dio los diez escudos prometidos, que hasta
entonces no se los había dado, los dejó, con mil ofrecimientos que de la
una a la otra parte se hicieron.

Volvióse Roque; quedóse don Quijote esperando el día, así, a caballo, como
estaba, y no tardó mucho cuando comenzó a descubrirse por los balcones del
Oriente la faz de la blanca aurora, alegrando las yerbas y las flores, en
lugar de alegrar el oído; aunque al mesmo instante alegraron también el
oído el son de muchas chirimías y atabales, ruido de cascabeles, ''¡trapa,
trapa, aparta, aparta!'' de corredores, que, al parecer, de la ciudad
salían. Dio lugar la aurora al sol, que, un rostro mayor que el de una
rodela, por el más bajo horizonte, poco a poco, se iba levantando.

Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar,
hasta entonces dellos no visto; parecióles espaciosísimo y largo, harto más
que las lagunas de Ruidera, que en la Mancha habían visto; vieron las
galeras que estaban en la playa, las cuales, abatiendo las tiendas, se
descubrieron llenas de flámulas y gallardetes, que tremolaban al viento y
besaban y barrían el agua; dentro sonaban clarines, trompetas y chirimías,
que cerca y lejos llenaban el aire de suaves y belicosos acentos.
Comenzaron a moverse y a hacer modo de escaramuza por las sosegadas aguas,
correspondiéndoles casi al mismo modo infinitos caballeros que de la ciudad
sobre hermosos caballos y con vistosas libreas salían. Los soldados de las
galeras disparaban infinita artillería, a quien respondían los que estaban
en las murallas y fuertes de la ciudad, y la artillería gruesa con
espantoso estruendo rompía los vientos, a quien respondían los cañones de
crujía de las galeras. El mar alegre, la tierra jocunda, el aire claro,
sólo tal vez turbio del humo de la artillería, parece que iba infundiendo y
engendrando gusto súbito en todas las gentes.

No podía imaginar Sancho cómo pudiesen tener tantos pies aquellos bultos
que por el mar se movían. En esto, llegaron corriendo, con grita, lililíes
y algazara, los de las libreas adonde don Quijote suspenso y atónito
estaba, y uno dellos, que era el avisado de Roque, dijo en alta voz a don
Quijote:

-Bien sea venido a nuestra ciudad el espejo, el farol, la estrella y el
norte de toda la caballería andante, donde más largamente se contiene. Bien
sea venido, digo, el valeroso don Quijote de la Mancha: no el falso, no el
ficticio, no el apócrifo que en falsas historias estos días nos han
mostrado, sino el verdadero, el legal y el fiel que nos describió Cide
Hamete Benengeli, flor de los historiadores.

No respondió don Quijote palabra, ni los caballeros esperaron a que la
respondiese, sino, volviéndose y revolviéndose con los demás que los
seguían, comenzaron a hacer un revuelto caracol al derredor de don Quijote;
el cual, volviéndose a Sancho, dijo:

-Éstos bien nos han conocido: yo apostaré que han leído nuestra historia y
aun la del aragonés recién impresa.

Volvió otra vez el caballero que habló a don Quijote, y díjole:

-Vuesa merced, señor don Quijote, se venga con nosotros, que todos somos
sus servidores y grandes amigos de Roque Guinart.

A lo que don Quijote respondió:

-Si cortesías engendran cortesías, la vuestra, señor caballero, es hija o
parienta muy cercana de las del gran Roque. Llevadme do quisiéredes, que yo
no tendré otra voluntad que la vuestra, y más si la queréis ocupar en
vuestro servicio.

Con palabras no menos comedidas que éstas le respondió el caballero, y,
encerrándole todos en medio, al son de las chirimías y de los atabales, se
encaminaron con él a la ciudad, al entrar de la cual, el malo, que todo lo
malo ordena, y los muchachos, que son más malos que el malo, dos dellos
traviesos y atrevidos se entraron por toda la gente, y, alzando el uno de
la cola del rucio y el otro la de Rocinante, les pusieron y encajaron
sendos manojos de aliagas. Sintieron los pobres animales las nuevas
espuelas, y, apretando las colas, aumentaron su disgusto, de manera que,
dando mil corcovos, dieron con sus dueños en tierra. Don Quijote, corrido y
afrentado, acudió a quitar el plumaje de la cola de su matalote, y Sancho,
el de su rucio. Quisieran los que guiaban a don Quijote castigar el
atrevimiento de los muchachos, y no fue posible, porque se encerraron entre
más de otros mil que los seguían.

Volvieron a subir don Quijote y Sancho; con el mismo aplauso y música
llegaron a la casa de su guía, que era grande y principal, en fin, como de
caballero rico; donde le dejaremos por agora, porque así lo quiere Cide
Hamete.

Capítulo LXII. Que trata de la aventura de la cabeza encantada, con otras
niñerías que no pueden dejar de contarse

Don Antonio Moreno se llamaba el huésped de don Quijote, caballero rico y
discreto, y amigo de holgarse a lo honesto y afable, el cual, viendo en su
casa a don Quijote, andaba buscando modos como, sin su perjuicio, sacase a
plaza sus locuras; porque no son burlas las que duelen, ni hay pasatiempos
que valgan si son con daño de tercero. Lo primero que hizo fue hacer
desarmar a don Quijote y sacarle a vistas con aquel su estrecho y acamuzado
vestido -como ya otras veces le hemos descrito y pintado- a un balcón que
salía a una calle de las más principales de la ciudad, a vista de las
gentes y de los muchachos, que como a mona le miraban. Corrieron de nuevo
delante dél los de las libreas, como si para él solo, no para alegrar aquel
festivo día, se las hubieran puesto; y Sancho estaba contentísimo, por
parecerle que se había hallado, sin saber cómo ni cómo no, otras bodas de
Camacho, otra casa como la de don Diego de Miranda y otro castillo como el
del duque.

Comieron aquel día con don Antonio algunos de sus amigos, honrando todos y
tratando a don Quijote como a caballero andante, de lo cual, hueco y
pomposo, no cabía en sí de contento. Los donaires de Sancho fueron tantos,
que de su boca andaban como colgados todos los criados de casa y todos
cuantos le oían. Estando a la mesa, dijo don Antonio a Sancho:

-Acá tenemos noticia, buen Sancho, que sois tan amigo de manjar blanco y de
albondiguillas, que, si os sobran, las guardáis en el seno para el otro
día.

-No, señor, no es así -respondió Sancho-, porque tengo más de limpio que de
goloso, y mi señor don Quijote, que está delante, sabe bien que con un puño
de bellotas, o de nueces, nos solemos pasar entrambos ocho días. Verdad es
que si tal vez me sucede que me den la vaquilla, corro con la soguilla;
quiero decir que como lo que me dan, y uso de los tiempos como los hallo; y
quienquiera que hubiere dicho que yo soy comedor aventajado y no limpio,
téngase por dicho que no acierta; y de otra manera dijera esto si no mirara
a las barbas honradas que están a la mesa.

-Por cierto -dijo don Quijote-, que la parsimonia y limpieza con que Sancho
come se puede escribir y grabar en láminas de bronce, para que quede en
memoria eterna de los siglos venideros. Verdad es que, cuando él tiene
hambre, parece algo tragón, porque come apriesa y masca a dos carrillos;
pero la limpieza siempre la tiene en su punto, y en el tiempo que fue
gobernador aprendió a comer a lo melindroso: tanto, que comía con tenedor
las uvas y aun los granos de la granada.

-¡Cómo! -dijo don Antonio-. ¿Gobernador ha sido Sancho?

-Sí -respondió Sancho-, y de una ínsula llamada la Barataria. Diez días la
goberné a pedir de boca; en ellos perdí el sosiego, y aprendí a despreciar
todos los gobiernos del mundo; salí huyendo della, caí en una cueva, donde
me tuve por muerto, de la cual salí vivo por milagro.

Contó don Quijote por menudo todo el suceso del gobierno de Sancho, con que
dio gran gusto a los oyentes.

Levantados los manteles, y tomando don Antonio por la mano a don Quijote,
se entró con él en un apartado aposento, en el cual no había otra cosa de
adorno que una mesa, al parecer de jaspe, que sobre un pie de lo mesmo se
sostenía, sobre la cual estaba puesta, al modo de las cabezas de los
emperadores romanos, de los pechos arriba, una que semejaba ser de bronce.
Paseóse don Antonio con don Quijote por todo el aposento, rodeando muchas
veces la mesa, después de lo cual dijo:

-Agora, señor don Quijote, que estoy enterado que no nos oye y escucha
alguno, y está cerrada la puerta, quiero contar a vuestra merced una de las
más raras aventuras, o, por mejor decir, novedades que imaginarse pueden,
con condición que lo que a vuestra merced dijere lo ha de depositar en los
últimos retretes del secreto.

-Así lo juro -respondió don Quijote-, y aun le echaré una losa encima, para
más seguridad; porque quiero que sepa vuestra merced, señor don Antonio
-que ya sabía su nombre-, que está hablando con quien, aunque tiene oídos
para oír, no tiene lengua para hablar; así que, con seguridad puede vuestra
merced trasladar lo que tiene en su pecho en el mío y hacer cuenta que lo
ha arrojado en los abismos del silencio.

-En fee de esa promesa -respondió don Antonio-, quiero poner a vuestra
merced en admiración con lo que viere y oyere, y darme a mí algún alivio de
la pena que me causa no tener con quien comunicar mis secretos, que no son
para fiarse de todos.

Suspenso estaba don Quijote, esperando en qué habían de parar tantas
prevenciones. En esto, tomándole la mano don Antonio, se la paseó por la
cabeza de bronce y por toda la mesa, y por el pie de jaspe sobre que se
sostenía, y luego dijo:

-Esta cabeza, señor don Quijote, ha sido hecha y fabricada por uno de los
mayores encantadores y hechiceros que ha tenido el mundo, que creo era
polaco de nación y dicípulo del famoso Escotillo, de quien tantas
maravillas se cuentan; el cual estuvo aquí en mi casa, y por precio de mil
escudos que le di, labró esta cabeza, que tiene propiedad y virtud de
responder a cuantas cosas al oído le preguntaren. Guardó rumbos, pintó
carácteres, observó astros, miró puntos, y, finalmente, la sacó con la
perfeción que veremos mañana, porque los viernes está muda, y hoy, que lo
es, nos ha de hacer esperar hasta mañana. En este tiempo podrá vuestra
merced prevenirse de lo que querrá preguntar, que por esperiencia sé que
dice verdad en cuanto responde.

Admirado quedó don Quijote de la virtud y propiedad de la cabeza, y estuvo
por no creer a don Antonio; pero, por ver cuán poco tiempo había para hacer
la experiencia, no quiso decirle otra cosa sino que le agradecía el haberle
descubierto tan gran secreto. Salieron del aposento, cerró la puerta don
Antonio con llave, y fuéronse a la sala, donde los demás caballeros
estaban. En este tiempo les había contado Sancho muchas de las aventuras y
sucesos que a su amo habían acontecido.

Aquella tarde sacaron a pasear a don Quijote, no armado, sino de rúa,
vestido un balandrán de paño leonado, que pudiera hacer sudar en aquel
tiempo al mismo yelo. Ordenaron con sus criados que entretuviesen a Sancho
de modo que no le dejasen salir de casa. Iba don Quijote, no sobre
Rocinante, sino sobre un gran macho de paso llano, y muy bien aderezado.
Pusiéronle el balandrán, y en las espaldas, sin que lo viese, le cosieron
un pargamino, donde le escribieron con letras grandes: Éste es don Quijote
de la Mancha. En comenzando el paseo, llevaba el rétulo los ojos de cuantos
venían a verle, y como leían: Éste es don Quijote de la Mancha, admirábase
don Quijote de ver que cuantos le miraban le nombraban y conocían; y,
volviéndose a don Antonio, que iba a su lado, le dijo:

-Grande es la prerrogativa que encierra en sí la andante caballería, pues
hace conocido y famoso al que la profesa por todos los términos de la
tierra; si no, mire vuestra merced, señor don Antonio, que hasta los
muchachos desta ciudad, sin nunca haberme visto, me conocen.

-Así es, señor don Quijote -respondió don Antonio-, que, así como el fuego
no puede estar escondido y encerrado, la virtud no puede dejar de ser
conocida, y la que se alcanza por la profesión de las armas resplandece y
campea sobre todas las otras.

Acaeció, pues, que, yendo don Quijote con el aplauso que se ha dicho, un
castellano que leyó el rétulo de las espaldas, alzó la voz, diciendo:

-¡Válgate el diablo por don Quijote de la Mancha! ¿Cómo que hasta aquí has
llegado, sin haberte muerto los infinitos palos que tienes a cuestas? Tu
eres loco, y si lo fueras a solas y dentro de las puertas de tu locura,
fuera menos mal; pero tienes propiedad de volver locos y mentecatos a
cuantos te tratan y comunican; si no, mírenlo por estos señores que te
acompañan. Vuélvete, mentecato, a tu casa, y mira por tu hacienda, por tu
mujer y tus hijos, y déjate destas vaciedades que te carcomen el seso y te
desnatan el entendimiento.

-Hermano -dijo don Antonio-, seguid vuestro camino, y no deis consejos a
quien no os los pide. El señor don Quijote de la Mancha es muy cuerdo, y
nosotros, que le acompañamos, no somos necios; la virtud se ha de honrar
dondequiera que se hallare, y andad en hora mala, y no os metáis donde no
os llaman.

-Pardiez, vuesa merced tiene razón -respondió el castellano-, que aconsejar
a este buen hombre es dar coces contra el aguijón; pero, con todo eso, me
da muy gran lástima que el buen ingenio que dicen que tiene en todas las
cosas este mentecato se le desagüe por la canal de su andante caballería; y
la enhoramala que vuesa merced dijo, sea para mí y para todos mis
descendientes si de hoy más, aunque viviese más años que Matusalén, diere
consejo a nadie, aunque me lo pida.

Apartóse el consejero; siguió adelante el paseo; pero fue tanta la priesa
que los muchachos y toda la gente tenía leyendo el rétulo, que se le hubo
de quitar don Antonio, como que le quitaba otra cosa.

Llegó la noche, volviéronse a casa; hubo sarao de damas, porque la mujer de
don Antonio, que era una señora principal y alegre, hermosa y discreta,
convidó a otras sus amigas a que viniesen a honrar a su huésped y a gustar
de sus nunca vistas locuras. Vinieron algunas, cenóse espléndidamente y
comenzóse el sarao casi a las diez de la noche. Entre las damas había dos
de gusto pícaro y burlonas, y, con ser muy honestas, eran algo
descompuestas, por dar lugar que las burlas alegrasen sin enfado. Éstas
dieron tanta priesa en sacar a danzar a don Quijote, que le molieron, no
sólo el cuerpo, pero el ánima. Era cosa de ver la figura de don Quijote,
largo, tendido, flaco, amarillo, estrecho en el vestido, desairado, y,
sobre todo, no nada ligero. Requebrábanle como a hurto las damiselas, y él,
también como a hurto, las desdeñaba; pero, viéndose apretar de requiebros,
alzó la voz y dijo:

-Fugite, partes adversae!: dejadme en mi sosiego, pensamientos mal venidos.
Allá os avenid, señoras, con vuestros deseos, que la que es reina de los
míos, la sin par Dulcinea del Toboso, no consiente que ningunos otros que
los suyos me avasallen y rindan.

Y, diciendo esto, se sentó en mitad de la sala, en el suelo, molido y
quebrantado de tan bailador ejercicio. Hizo don Antonio que le llevasen en
peso a su lecho, y el primero que asió dél fue Sancho, diciéndole:

-¡Nora en tal, señor nuestro amo, lo habéis bailado! ¿Pensáis que todos los
valientes son danzadores y todos los andantes caballeros bailarines? Digo
que si lo pensáis, que estáis engañado; hombre hay que se atreverá a matar
a un gigante antes que hacer una cabriola. Si hubiérades de zapatear, yo
supliera vuestra falta, que zapateo como un girifalte; pero en lo del
danzar, no doy puntada.

Con estas y otras razones dio que reír Sancho a los del sarao, y dio con su
amo en la cama, arropándole para que sudase la frialdad de su baile.

Otro día le pareció a don Antonio ser bien hacer la experiencia de la
cabeza encantada, y con don Quijote, Sancho y otros dos amigos, con las dos
señoras que habían molido a don Quijote en el baile, que aquella propia
noche se habían quedado con la mujer de don Antonio, se encerró en la
estancia donde estaba la cabeza. Contóles la propiedad que tenía,
encargóles el secreto y díjoles que aquél era el primero día donde se había
de probar la virtud de la tal cabeza encantada; y si no eran los dos amigos
de don Antonio, ninguna otra persona sabía el busilis del encanto, y aun si
don Antonio no se le hubiera descubierto primero a sus amigos, también
ellos cayeran en la admiración en que los demás cayeron, sin ser posible
otra cosa: con tal traza y tal orden estaba fabricada.

El primero que se llegó al oído de la cabeza fue el mismo don Antonio, y
díjole en voz sumisa, pero no tanto que de todos no fuese entendida:

-Dime, cabeza, por la virtud que en ti se encierra: ¿qué pensamientos tengo
yo agora?

Y la cabeza le respondió, sin mover los labios, con voz clara y distinta,
de modo que fue de todos entendida, esta razón:

-Yo no juzgo de pensamientos.

Oyendo lo cual, todos quedaron atónitos, y más viendo que en todo el
aposento ni al derredor de la mesa no había persona humana que responder
pudiese.

-¿Cuántos estamos aquí? -tornó a preguntar don Antonio.

Y fuele respondido por el propio tenor, paso:

-Estáis tú y tu mujer, con dos amigos tuyos, y dos amigas della, y un
caballero famoso llamado don Quijote de la Mancha, y un su escudero que
Sancho Panza tiene por nombre.

¡Aquí sí que fue el admirarse de nuevo, aquí sí que fue el erizarse los
cabellos a todos de puro espanto! Y, apartándose don Antonio de la cabeza,
dijo:

-Esto me basta para darme a entender que no fui engañado del que te me
vendió, ¡cabeza sabia, cabeza habladora, cabeza respondona y admirable
cabeza! Llegue otro y pregúntele lo que quisiere.

Y, como las mujeres de ordinario son presurosas y amigas de saber, la
primera que se llegó fue una de las dos amigas de la mujer de don Antonio,
y lo que le preguntó fue:

-Dime, cabeza, ¿qué haré yo para ser muy hermosa?

Y fuele respondido:

-Sé muy honesta.

-No te pregunto más -dijo la preguntanta.

Llegó luego la compañera, y dijo:

-Querría saber, cabeza, si mi marido me quiere bien, o no.

Y respondiéronle:

-Mira las obras que te hace, y echarlo has de ver.

Apartóse la casada diciendo:

-Esta respuesta no tenía necesidad de pregunta, porque, en efecto, las
obras que se hacen declaran la voluntad que tiene el que las hace.

Luego llegó uno de los dos amigos de don Antonio, y preguntóle:

-¿Quién soy yo?

Y fuele respondido:

-Tú lo sabes.

-No te pregunto eso -respondió el caballero-, sino que me digas si me
conoces tú.

-Sí conozco -le respondieron-, que eres don Pedro Noriz.

-No quiero saber más, pues esto basta para entender, ¡oh cabeza!, que lo
sabes todo.

Y, apartándose, llegó el otro amigo y preguntóle:

-Dime, cabeza, ¿qué deseos tiene mi hijo el mayorazgo?

-Ya yo he dicho -le respondieron- que yo no juzgo de deseos, pero, con todo
eso, te sé decir que los que tu hijo tiene son de enterrarte.

-Eso es -dijo el caballero-: lo que veo por los ojos, con el dedo lo
señalo.

Y no preguntó más. Llegóse la mujer de don Antonio, y dijo:

-Yo no sé, cabeza, qué preguntarte; sólo querría saber de ti si gozaré
muchos años de buen marido.

Y respondiéronle:

-Sí gozarás, porque su salud y su templanza en el vivir prometen muchos
años de vida, la cual muchos suelen acortar por su destemplanza.

Llegóse luego don Quijote, y dijo:

-Dime tú, el que respondes: ¿fue verdad o fue sueño lo que yo cuento que me
pasó en la cueva de Montesinos? ¿Serán ciertos los azotes de Sancho mi
escudero? ¿Tendrá efeto el desencanto de Dulcinea?

-A lo de la cueva -respondieron- hay mucho que decir: de todo tiene; los
azotes de Sancho irán de espacio, el desencanto de Dulcinea llegará a
debida ejecución.

-No quiero saber más -dijo don Quijote-; que como yo vea a Dulcinea
desencantada, haré cuenta que vienen de golpe todas las venturas que
acertare a desear.

El último preguntante fue Sancho, y lo que preguntó fue:

-¿Por ventura, cabeza, tendré otro gobierno? ¿Saldré de la estrecheza de
escudero? ¿Volveré a ver a mi mujer y a mis hijos?

A lo que le respondieron:

-Gobernarás en tu casa; y si vuelves a ella, verás a tu mujer y a tus
hijos; y, dejando de servir, dejarás de ser escudero.

-¡Bueno, par Dios! -dijo Sancho Panza-. Esto yo me lo dijera: no dijera más
el profeta Perogrullo.

-Bestia -dijo don Quijote-, ¿qué quieres que te respondan? ¿No basta que
las respuestas que esta cabeza ha dado correspondan a lo que se le
pregunta?

-Sí basta -respondió Sancho-, pero quisiera yo que se declarara más y me
dijera más.

Con esto se acabaron las preguntas y las respuestas, pero no se acabó la
admiración en que todos quedaron, excepto los dos amigos de don Antonio,
que el caso sabían. El cual quiso Cide Hamete Benengeli declarar luego, por
no tener suspenso al mundo, creyendo que algún hechicero y extraordinario
misterio en la tal cabeza se encerraba; y así, dice que don Antonio Moreno,
a imitación de otra cabeza que vio en Madrid, fabricada por un estampero,
hizo ésta en su casa, para entretenerse y suspender a los ignorantes; y la
fábrica era de esta suerte: la tabla de la mesa era de palo, pintada y
barnizada como jaspe, y el pie sobre que se sostenía era de lo mesmo, con
cuatro garras de águila que dél salían, para mayor firmeza del peso. La
cabeza, que parecía medalla y figura de emperador romano, y de color de
bronce, estaba toda hueca, y ni más ni menos la tabla de la mesa, en que se
encajaba tan justamente, que ninguna señal de juntura se parecía. El pie de
la tabla era ansimesmo hueco, que respondía a la garganta y pechos de la
cabeza, y todo esto venía a responder a otro aposento que debajo de la
estancia de la cabeza estaba. Por todo este hueco de pie, mesa, garganta y
pechos de la medalla y figura referida se encaminaba un cañón de hoja de
lata, muy justo, que de nadie podía ser visto. En el aposento de abajo
correspondiente al de arriba se ponía el que había de responder, pegada la
boca con el mesmo cañón, de modo que, a modo de cerbatana, iba la voz de
arriba abajo y de abajo arriba, en palabras articuladas y claras; y de esta
manera no era posible conocer el embuste. Un sobrino de don Antonio,
estudiante agudo y discreto, fue el respondiente; el cual, estando avisado
de su señor tío de los que habían de entrar con él en aquel día en el
aposento de la cabeza, le fue fácil responder con presteza y puntualidad a
la primera pregunta; a las demás respondió por conjeturas, y, como
discreto, discretamente. Y dice más Cide Hamete: que hasta diez o doce días
duró esta maravillosa máquina; pero que, divulgándose por la ciudad que don
Antonio tenía en su casa una cabeza encantada, que a cuantos le preguntaban
respondía, temiendo no llegase a los oídos de las despiertas centinelas de
nuestra Fe, habiendo declarado el caso a los señores inquisidores, le
mandaron que lo deshiciese y no pasase más adelante, porque el vulgo
ignorante no se escandalizase; pero en la opinión de don Quijote y de
Sancho Panza, la cabeza quedó por encantada y por respondona, más a
satisfación de don Quijote que de Sancho.

Los caballeros de la ciudad, por complacer a don Antonio y por agasajar a
don Quijote y dar lugar a que descubriese sus sandeces, ordenaron de correr
sortija de allí a seis días; que no tuvo efecto por la ocasión que se dirá
adelante. Diole gana a don Quijote de pasear la ciudad a la llana y a pie,
temiendo que, si iba a caballo, le habían de perseguir los mochachos, y
así, él y Sancho, con otros dos criados que don Antonio le dio, salieron a
pasearse.

Sucedió, pues, que, yendo por una calle, alzó los ojos don Quijote, y vio
escrito sobre una puerta, con letras muy grandes: Aquí se imprimen libros;
de lo que se contentó mucho, porque hasta entonces no había visto emprenta
alguna, y deseaba saber cómo fuese. Entró dentro, con todo su
acompañamiento, y vio tirar en una parte, corregir en otra, componer en
ésta, enmendar en aquélla, y, finalmente, toda aquella máquina que en las
emprentas grandes se muestra. Llegábase don Quijote a un cajón y preguntaba
qué era aquéllo que allí se hacía; dábanle cuenta los oficiales, admirábase
y pasaba adelante. Llegó en otras a uno, y preguntóle qué era lo que hacía.
El oficial le respondió:

-Señor, este caballero que aquí está -y enseñóle a un hombre de muy buen
talle y parecer y de alguna gravedad- ha traducido un libro toscano en
nuestra lengua castellana, y estoyle yo componiendo, para darle a la
estampa.

-¿Qué título tiene el libro? -preguntó don Quijote.

-A lo que el autor respondió:

-Señor, el libro, en toscano, se llama Le bagatele.

-Y ¿qué responde le bagatele en nuestro castellano? -preguntó don Quijote.

-Le bagatele -dijo el autor- es como si en castellano dijésemos los
juguetes; y, aunque este libro es en el nombre humilde, contiene y
encierra en sí cosas muy buenas y sustanciales.

-Yo -dijo don Quijote- sé algún tanto de el toscano, y me precio de cantar
algunas estancias del Ariosto. Pero dígame vuesa merced, señor mío, y no
digo esto porque quiero examinar el ingenio de vuestra merced, sino por
curiosidad no más: ¿ha hallado en su escritura alguna vez nombrar piñata?

-Sí, muchas veces -respondió el autor.

-Y ¿cómo la traduce vuestra merced en castellano? -preguntó don Quijote.

-¿Cómo la había de traducir -replicó el autor-, sino diciendo olla?

-¡Cuerpo de tal -dijo don Quijote-, y qué adelante está vuesa merced en el
toscano idioma! Yo apostaré una buena apuesta que adonde diga en el toscano
piache, dice vuesa merced en el castellano place; y adonde diga più, dice
más, y el su declara con arriba, y el giù con abajo.

-Sí declaro, por cierto -dijo el autor-, porque ésas son sus propias
correspondencias.

-Osaré yo jurar -dijo don Quijote- que no es vuesa merced conocido en el
mundo, enemigo siempre de premiar los floridos ingenios ni los loables
trabajos. ¡Qué de habilidades hay perdidas por ahí! ¡Qué de ingenios
arrinconados! ¡Qué de virtudes menospreciadas! Pero, con todo esto, me
parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de
las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por
el revés, que, aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las
escurecen, y no se veen con la lisura y tez de la haz; y el traducir de
lenguas fáciles, ni arguye ingenio ni elocución, como no le arguye el que
traslada ni el que copia un papel de otro papel. Y no por esto quiero
inferir que no sea loable este ejercicio del traducir; porque en otras
cosas peores se podría ocupar el hombre, y que menos provecho le trujesen.
Fuera desta cuenta van los dos famosos traductores: el uno, el doctor
Cristóbal de Figueroa, en su Pastor Fido, y el otro, don Juan de Jáurigui,
en su Aminta, donde felizmente ponen en duda cuál es la tradución o cuál el
original. Pero dígame vuestra merced: este libro, ¿imprímese por su cuenta,
o tiene ya vendido el privilegio a algún librero?

-Por mi cuenta lo imprimo -respondió el autor-, y pienso ganar mil ducados,
por lo menos, con esta primera impresión, que ha de ser de dos mil cuerpos,
y se han de despachar a seis reales cada uno, en daca las pajas.

-¡Bien está vuesa merced en la cuenta! -respondió don Quijote-. Bien parece
que no sabe las entradas y salidas de los impresores, y las
correspondencias que hay de unos a otros; yo le prometo que, cuando se vea
cargado de dos mil cuerpos de libros, vea tan molido su cuerpo, que se
espante, y más si el libro es un poco avieso y no nada picante.

-Pues, ¿qué? -dijo el autor-. ¿Quiere vuesa merced que se lo dé a un
librero, que me dé por el privilegio tres maravedís, y aún piensa que me
hace merced en dármelos? Yo no imprimo mis libros para alcanzar fama en el
mundo, que ya en él soy conocido por mis obras: provecho quiero, que sin él
no vale un cuatrín la buena fama.

-Dios le dé a vuesa merced buena manderecha -respondió don Quijote.

Y pasó adelante a otro cajón, donde vio que estaban corrigiendo un pliego
de un libro que se intitulaba Luz del alma; y,en viéndole, dijo:

-Estos tales libros, aunque hay muchos deste género, son los que se deben
imprimir, porque son muchos los pecadores que se usan, y son menester
infinitas luces para tantos desalumbrados.

Pasó adelante y vio que asimesmo estaban corrigiendo otro libro; y,
preguntando su título, le respondieron que se llamaba la Segunda parte del
Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal vecino de
Tordesillas.

-Ya yo tengo noticia deste libro -dijo don Quijote-, y en verdad y en mi
conciencia que pensé que ya estaba quemado y hecho polvos, por
impertinente; pero su San Martín se le llegará, como a cada puerco, que las
historias fingidas tanto tienen de buenas y de deleitables cuanto se llegan
a la verdad o la semejanza della, y las verdaderas tanto son mejores cuanto
son más verdaderas.

Y, diciendo esto, con muestras de algún despecho, se salió de la emprenta.
Y aquel mesmo día ordenó don Antonio de llevarle a ver las galeras que en
la playa estaban, de que Sancho se regocijó mucho, a causa que en su vida
las había visto. Avisó don Antonio al cuatralbo de las galeras como aquella
tarde había de llevar a verlas a su huésped el famoso don Quijote de la
Mancha, de quien ya el cuatralbo y todos los vecinos de la ciudad tenían
noticia; y lo que le sucedió en ellas se dirá en el siguiente capítulo.

Capítulo LXIII. De lo mal que le avino a Sancho Panza con la visita de las
galeras, y la nueva aventura de la hermosa morisca

Grandes eran los discursos que don Quijote hacía sobre la respuesta de la
encantada cabeza, sin que ninguno dellos diese en el embuste, y todos
paraban con la promesa, que él tuvo por cierto, del desencanto de Dulcinea.
Allí iba y venía, y se alegraba entre sí mismo, creyendo que había de ver
presto su cumplimiento; y Sancho, aunque aborrecía el ser gobernador, como
queda dicho, todavía deseaba volver a mandar y a ser obedecido; que esta
mala ventura trae consigo el mando, aunque sea de burlas.

En resolución, aquella tarde don Antonio Moreno, su huésped, y sus dos
amigos, con don Quijote y Sancho, fueron a las galeras. El cuatralbo, que
estaba avisado de su buena venida, por ver a los dos tan famosos Quijote y
Sancho, apenas llegaron a la marina, cuando todas las galeras abatieron
tienda, y sonaron las chirimías; arrojaron luego el esquife al agua,
cubierto de ricos tapetes y de almohadas de terciopelo carmesí, y, en
poniendo que puso los pies en él don Quijote, disparó la capitana el cañón
de crujía, y las otras galeras hicieron lo mesmo, y, al subir don Quijote
por la escala derecha, toda la chusma le saludó como es usanza cuando una
persona principal entra en la galera, diciendo: ''¡Hu, hu, hu!'' tres
veces. Diole la mano el general, que con este nombre le llamaremos, que era
un principal caballero valenciano; abrazó a don Quijote, diciéndole:

-Este día señalaré yo con piedra blanca, por ser uno de los mejores que
pienso llevar en mi vida, habiendo visto al señor don Quijote de la Mancha:
tiempo y señal que nos muestra que en él se encierra y cifra todo el valor
del andante caballería.

Con otras no menos corteses razones le respondió don Quijote, alegre
sobremanera de verse tratar tan a lo señor. Entraron todos en la popa, que
estaba muy bien aderezada, y sentáronse por los bandines, pasóse el cómitre
en crujía, y dio señal con el pito que la chusma hiciese fuera ropa, que se
hizo en un instante. Sancho, que vio tanta gente en cueros, quedó pasmado,
y más cuando vio hacer tienda con tanta priesa, que a él le pareció que
todos los diablos andaban allí trabajando; pero esto todo fueron tortas y
pan pintado para lo que ahora diré. Estaba Sancho sentado sobre el
estanterol, junto al espalder de la mano derecha, el cual ya avisado de lo
que había de hacer, asió de Sancho, y, levantándole en los brazos, toda la
chusma puesta en pie y alerta, comenzando de la derecha banda, le fue dando
y volteando sobre los brazos de la chusma de banco en banco, con tanta
priesa, que el pobre Sancho perdió la vista de los ojos, y sin duda pensó
que los mismos demonios le llevaban, y no pararon con él hasta volverle por
la siniestra banda y ponerle en la popa. Quedó el pobre molido, y jadeando,
y trasudando, sin poder imaginar qué fue lo que sucedido le había.

Don Quijote, que vio el vuelo sin alas de Sancho, preguntó al general si
eran ceremonias aquéllas que se usaban con los primeros que entraban en las
galeras; porque si acaso lo fuese, él, que no tenía intención de profesar
en ellas, no quería hacer semejantes ejercicios, y que votaba a Dios que,
si alguno llegaba a asirle para voltearle, que le había de sacar el alma a
puntillazos; y, diciendo esto, se levantó en pie y empuñó la espada.

A este instante abatieron tienda, y con grandísimo ruido dejaron caer la
entena de alto abajo. Pensó Sancho que el cielo se desencajaba de sus
quicios y venía a dar sobre su cabeza; y, agobiándola, lleno de miedo, la
puso entre las piernas. No las tuvo todas consigo don Quijote; que también
se estremeció y encogió de hombros y perdió la color del rostro. La chusma
izó la entena con la misma priesa y ruido que la habían amainado, y todo
esto, callando, como si no tuvieran voz ni aliento. Hizo señal el cómitre
que zarpasen el ferro, y, saltando en mitad de la crujía con el corbacho o
rebenque, comenzó a mosquear las espaldas de la chusma, y a largarse poco a
poco a la mar. Cuando Sancho vio a una moverse tantos pies colorados, que
tales pensó él que eran los remos, dijo entre sí:

-Éstas sí son verdaderamente cosas encantadas, y no las que mi amo dice.
¿Qué han hecho estos desdichados, que ansí los azotan, y cómo este hombre
solo, que anda por aquí silbando, tiene atrevimiento para azotar a tanta
gente? Ahora yo digo que éste es infierno, o, por lo menos, el purgatorio.

Don Quijote, que vio la atención con que Sancho miraba lo que pasaba, le
dijo:

-¡Ah Sancho amigo, y con qué brevedad y cuán a poca costa os podíades vos,
si quisiésedes, desnudar de medio cuerpo arriba, y poneros entre estos
señores, y acabar con el desencanto de Dulcinea! Pues con la miseria y pena
de tantos, no sentiríades vos mucho la vuestra; y más, que podría ser que
el sabio Merlín tomase en cuenta cada azote déstos, por ser dados de buena
mano, por diez de los que vos finalmente os habéis de dar.

Preguntar quería el general qué azotes eran aquéllos, o qué desencanto de
Dulcinea, cuando dijo el marinero:

-Señal hace Monjuí de que hay bajel de remos en la costa por la banda del
poniente.

Esto oído, saltó el general en la crujía, y dijo:

-¡Ea hijos, no se nos vaya! Algún bergantín de cosarios de Argel debe de
ser éste que la atalaya nos señala.

Llegáronse luego las otras tres galeras a la capitana, a saber lo que se
les ordenaba. Mandó el general que las dos saliesen a la mar, y él con la
otra iría tierra a tierra, porque ansí el bajel no se les escaparía. Apretó
la chusma los remos, impeliendo las galeras con tanta furia, que parecía
que volaban. Las que salieron a la mar, a obra de dos millas descubrieron
un bajel, que con la vista le marcaron por de hasta catorce o quince
bancos, y así era la verdad; el cual bajel, cuando descubrió las galeras,
se puso en caza, con intención y esperanza de escaparse por su ligereza;
pero avínole mal, porque la galera capitana era de los más ligeros bajeles
que en la mar navegaban, y así le fue entrando, que claramente los del
bergantín conocieron que no podían escaparse; y así, el arráez quisiera que
dejaran los remos y se entregaran, por no irritar a enojo al capitán que
nuestras galeras regía. Pero la suerte, que de otra manera lo guiaba,
ordenó que, ya que la capitana llegaba tan cerca que podían los del bajel
oír las voces que desde ella les decían que se rindiesen, dos toraquís, que
es como decir dos turcos borrachos, que en el bergantín venían con estos
doce, dispararon dos escopetas, con que dieron muerte a dos soldados que
sobre nuestras arrumbadas venían. Viendo lo cual, juró el general de no
dejar con vida a todos cuantos en el bajel tomase, y, llegando a embestir
con toda furia, se le escapó por debajo de la palamenta. Pasó la galera
adelante un buen trecho; los del bajel se vieron perdidos, hicieron vela en
tanto que la galera volvía, y de nuevo, a vela y a remo, se pusieron en
caza; pero no les aprovechó su diligencia tanto como les dañó su
atrevimiento, porque, alcanzándoles la capitana a poco más de media milla,
les echó la palamenta encima y los cogió vivos a todos.

Llegaron en esto las otras dos galeras, y todas cuatro con la presa
volvieron a la playa, donde infinita gente los estaba esperando, deseosos
de ver lo que traían. Dio fondo el general cerca de tierra, y conoció que
estaba en la marina el virrey de la ciudad. Mandó echar el esquife para
traerle, y mandó amainar la entena para ahorcar luego luego al arráez y a
los demás turcos que en el bajel había cogido, que serían hasta treinta y
seis personas, todos gallardos, y los más, escopeteros turcos. Preguntó el
general quién era el arráez del bergantín y fuele respondido por uno de los
cautivos, en lengua castellana, que después pareció ser renegado español:

-Este mancebo, señor, que aquí vees es nuestro arráez.

Y mostróle uno de los más bellos y gallardos mozos que pudiera pintar la
humana imaginación. La edad, al parecer, no llegaba a veinte años.
Preguntóle el general:

-Dime, mal aconsejado perro, ¿quién te movió a matarme mis soldados, pues
veías ser imposible el escaparte? ¿Ese respeto se guarda a las capitanas?
¿No sabes tú que no es valentía la temeridad? Las esperanzas dudosas han de
hacer a los hombres atrevidos, pero no temerarios.

Responder quería el arráez; pero no pudo el general, por entonces, oír la
respuesta, por acudir a recebir al virrey, que ya entraba en la galera, con
el cual entraron algunos de sus criados y algunas personas del pueblo.

-¡Buena ha estado la caza, señor general! -dijo el virrey.

-Y tan buena -respondió el general- cual la verá Vuestra Excelencia agora
colgada de esta entena.

-¿Cómo ansí? -replicó el virrey.

-Porque me han muerto -respondió el general-, contra toda ley y contra toda
razón y usanza de guerra, dos soldados de los mejores que en estas galeras
venían, y yo he jurado de ahorcar a cuantos he cautivado, principalmente a
este mozo, que es el arráez del bergantín.

Y enseñóle al que ya tenía atadas las manos y echado el cordel a la
garganta, esperando la muerte.

Miróle el virrey, y, viéndole tan hermoso, y tan gallardo, y tan humilde,
dándole en aquel instante una carta de recomendación su hermosura, le vino
deseo de escusar su muerte; y así, le preguntó:

-Dime, arráez, ¿eres turco de nación, o moro, o renegado?

A lo cual el mozo respondió, en lengua asimesmo castellana:

-Ni soy turco de nación, ni moro, ni renegado.

-Pues, ¿qué eres? -replicó el virrey.

-Mujer cristiana -respondió el mancebo.

-¿Mujer y cristiana, y en tal traje y en tales pasos? Más es cosa para
admirarla que para creerla.

-Suspended -dijo el mozo-, ¡oh señores!, la ejecución de mi muerte, que no
se perderá mucho en que se dilate vuestra venganza en tanto que yo os
cuente mi vida.

¿Quién fuera el de corazón tan duro que con estas razones no se ablandara,
o, a lo menos, hasta oír las que el triste y lastimado mancebo decir
quería? El general le dijo que dijese lo que quisiese, pero que no esperase
alcanzar perdón de su conocida culpa. Con esta licencia, el mozo comenzó a
decir desta manera:

-«De aquella nación más desdichada que prudente, sobre quien ha llovido
estos días un mar de desgracias, nací yo, de moriscos padres engendrada. En
la corriente de su desventura fui yo por dos tíos míos llevada a Berbería,
sin que me aprovechase decir que era cristiana, como, en efecto, lo soy, y
no de las fingidas ni aparentes, sino de las verdaderas y católicas. No me
valió, con los que tenían a cargo nuestro miserable destierro, decir esta
verdad, ni mis tíos quisieron creerla; antes la tuvieron por mentira y por
invención para quedarme en la tierra donde había nacido, y así, por fuerza
más que por grado, me trujeron consigo. Tuve una madre cristiana y un padre
discreto y cristiano, ni más ni menos; mamé la fe católica en la leche;
criéme con buenas costumbres; ni en la lengua ni en ellas jamás, a mi
parecer, di señales de ser morisca. Al par y al paso destas virtudes, que
yo creo que lo son, creció mi hermosura, si es que tengo alguna; y, aunque
mi recato y mi encerramiento fue mucho, no debió de ser tanto que no
tuviese lugar de verme un mancebo caballero, llamado don Gaspar Gregorio,
hijo mayorazgo de un caballero que junto a nuestro lugar otro suyo tiene.
Cómo me vio, cómo nos hablamos, cómo se vio perdido por mí y cómo yo no muy
ganada por él, sería largo de contar, y más en tiempo que estoy temiendo
que, entre la lengua y la garganta, se ha de atravesar el riguroso cordel
que me amenaza; y así, sólo diré cómo en nuestro destierro quiso
acompañarme don Gregorio. Mezclóse con los moriscos que de otros lugares
salieron, porque sabía muy bien la lengua, y en el viaje se hizo amigo de
dos tíos míos que consigo me traían; porque mi padre, prudente y prevenido,
así como oyó el primer bando de nuestro destierro, se salió del lugar y se
fue a buscar alguno en los reinos estraños que nos acogiese. Dejó
encerradas y enterradas, en una parte de quien yo sola tengo noticia,
muchas perlas y piedras de gran valor, con algunos dineros en cruzados y
doblones de oro. Mandóme que no tocase al tesoro que dejaba en ninguna
manera, si acaso antes que él volviese nos desterraban. Hícelo así, y con
mis tíos, como tengo dicho, y otros parientes y allegados pasamos a
Berbería; y el lugar donde hicimos asiento fue en Argel, como si le
hiciéramos en el mismo infierno. Tuvo noticia el rey de mi hermosura, y la
fama se la dio de mis riquezas, que, en parte, fue ventura mía. Llamóme
ante sí, preguntóme de qué parte de España era y qué dineros y qué joyas
traía. Díjele el lugar, y que las joyas y dineros quedaban en él
enterrados, pero que con facilidad se podrían cobrar si yo misma volviese
por ellos. Todo esto le dije, temerosa de que no le cegase mi hermosura,
sino su codicia. Estando conmigo en estas pláticas, le llegaron a decir
cómo venía conmigo uno de los más gallardos y hermosos mancebos que se
podía imaginar. Luego entendí que lo decían por don Gaspar Gregorio, cuya
belleza se deja atrás las mayores que encarecer se pueden. Turbéme,
considerando el peligro que don Gregorio corría, porque entre aquellos
bárbaros turcos en más se tiene y estima un mochacho o mancebo hermoso que
una mujer, por bellísima que sea. Mandó luego el rey que se le trujesen
allí delante para verle, y preguntóme si era verdad lo que de aquel mozo le
decían. Entonces yo, casi como prevenida del cielo, le dije que sí era;
pero que le hacía saber que no era varón, sino mujer como yo, y que le
suplicaba me la dejase ir a vestir en su natural traje, para que de todo en
todo mostrase su belleza y con menos empacho pareciese ante su presencia.
Díjome que fuese en buena hora, y que otro día hablaríamos en el modo que
se podía tener para que yo volviese a España a sacar el escondido tesoro.
Hablé con don Gaspar, contéle el peligro que corría el mostrar ser hombre;
vestíle de mora, y aquella mesma tarde le truje a la presencia del rey, el
cual, en viéndole, quedó admirado y hizo disignio de guardarla para hacer
presente della al Gran Señor; y, por huir del peligro que en el serrallo de
sus mujeres podía tener y temer de sí mismo, la mandó poner en casa de unas
principales moras que la guardasen y la sirviesen, adonde le llevaron
luego. Lo que los dos sentimos (que no puedo negar que no le quiero) se
deje a la consideración de los que se apartan si bien se quieren. Dio luego
traza el rey de que yo volviese a España en este bergantín y que me
acompañasen dos turcos de nación, que fueron los que mataron vuestros
soldados. Vino también conmigo este renegado español -señalando al que
había hablado primero-, del cual sé yo bien que es cristiano encubierto y
que viene con más deseo de quedarse en España que de volver a Berbería; la
demás chusma del bergantín son moros y turcos, que no sirven de más que de
bogar al remo. Los dos turcos, codiciosos e insolentes, sin guardar el
orden que traíamos de que a mí y a este renegado en la primer parte de
España, en hábito de cristianos, de que venimos proveídos, nos echasen en
tierra, primero quisieron barrer esta costa y hacer alguna presa, si
pudiesen, temiendo que si primero nos echaban en tierra, por algún acidente
que a los dos nos sucediese, podríamos descubrir que quedaba el bergantín
en la mar, y si acaso hubiese galeras por esta costa, los tomasen. Anoche
descubrimos esta playa, y, sin tener noticia destas cuatro galeras,
fuimos descubiertos, y nos ha sucedido lo que habéis visto. En resolución:
don Gregorio queda en hábito de mujer entre mujeres, con manifiesto peligro
de perderse, y yo me veo atadas las manos, esperando, o, por mejor decir,
temiendo perder la vida, que ya me cansa.» Éste es, señores, el fin de mi
lamentable historia, tan verdadera como desdichada; lo que os ruego es que
me dejéis morir como cristiana, pues, como ya he dicho, en ninguna cosa he
sido culpante de la culpa en que los de mi nación han caído.