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BUENOS AIRES
1909
Imp. y estereotipia de La Nación.—Buenos Aires.
Capítulos: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII, XIV, XV, XVI, XVII, XVIII, XIX, XX, XXII, XXIII, XXIV, XXV
Este libro, cuyo argumento es puro, como una corriente de agua cristalina, será, sin duda, apreciado en todo su valor por los lectores de la Biblioteca de La Nación.
Sudermann, como todos los escritores de las razas del Norte, es hondamente intenso bajo la aparente sencillez de los temas que desarrolla, que encierran curiosos y emocionantes casos de morbosidades morales.
En El Deseo, una de las mejores obras del novelista germano, la trama gira, principalmente, alrededor de tres personajes, y, en esencia, dentro del alma de una muchacha, de origen humilde, extraordinariamente dotada por la Naturaleza, mental y físicamente, pero a quien profundos desequilibrios nerviosos, le forman una vida de tortura, mezcla de pasión, de cariño, de iracundias y de bondades, predominando siempre una sensibilidad casi enfermiza, casi mística, para los impulsos y actos nobles.
Y, sugerido, provocado, proseguido por esa alma intranquila y sufriente, brota, crece y estalla el drama, lleno de dolor y de piedad.
Un vivo fuego llameaba en el dormitorio del anciano médico.
Estaba él todavía en el lecho, y embargado por el sentimiento de bienestar del hombre que ve terminada la labor de su existencia. Cuando se ha estado, durante medio siglo, sentado doce horas por día en un cabriolé de médico de campo, sacudido y zangoloteado por los guijarros y los mogotes de tierra, bien se le pueden pegar a uno las sábanas alguna vez, sobre todo cuando ha dejado su tarea a salvo en manos de otro más joven.
Alargó y estiró sus miembros cascados y volvió a hundir en las almohadas su rostro gastado y amarillento, salpicado de ásperos vellos blancos, cual un viejo granito por el musgo de Islandia. Pero la costumbre, esa ama imperiosa que, durante tantos años, fuera indispensable o no, lo había sacado de su cama antes del amanecer, no le permitió descansar ni aun entonces.
Suspiró, bostezó, se avergonzó de su pereza y tomó la campanilla puesta a su cabecera, en la mesa de noche.
Su ama de llaves, vieja ruina, tan canosa y destruida como él, apareció en el umbral.
—¿Qué hora es, señora Liebetreu?—le gritó.
Al venerable reloj de la Floresta Negra que estaba colgado cerca de la cama del doctor, y cuyo despertador estridente había interrumpido más de una vez de un modo desagradable sus sueños de la mañana, no se le había dado cuerda desde el día en que el joven médico adjunto había llegado a Gromowo, «para que yo sepa bien—se complacía en decir el doctor—que en lo sucesivo mi vida está en reposo.»
—Las ocho menos cuarto, señor doctor—respondió la anciana, ocupándose en arreglar la tapa de la estufa.
—¡Vaya! ¡vaya!—exclamó él, enderezándose.—¡Qué perezoso me he vuelto! Y... ¿han llegado cartas?
—Sí, varias por correo y una que trajo personalmente el joven señor Hellinger hace dos horas.
—¡Pero, si hace dos horas, era todavía de noche!
—Sí; me dijo que tenía que ir hasta la granja y que no podía esperar más. Ya anoche, cuando el señor doctor estaba en El Águila Negra, vino y se quedó esperando casi dos horas.
—¿Y por qué no me mandó usted llamar?—gritó el doctor con el tono gruñón de un anciano bonachón pero bilioso.
—¿Acaso no nos lo prohibió él?—replicó la ama de llaves, exactamente en el mismo tono, sin que esto pareciera indicar ninguna arrogancia de su parte: era más bien el eco del carácter del anciano.—Estuvo sentado en el gabinete de trabajo hasta las diez (o mejor dicho no se sentó) iba de un lado a otro como una fiera, se reía, hablaba solo; yo desconocía a nuestro tranquilo y apacible joven; entonces le llevé cerveza, seis botellas; se las bebió todas, y tuve que beber con él... En fin, tenía algo de trastornado.
—¡Eh! ¡eh!—murmuró el anciano riéndose por lo bajo.—Me parece que allí hay algo de Olga. Al fin, ella se habrá... ¿Y son para hoy esas cartas?—exclamó de repente, como si estuviera lleno de furor, aun cuando su rostro permanecía sonriente.
Y cuando la ama de llaves, refunfuñando, hubo satisfecho su deseo, sin vacilar tomó de entre las cartas la que no llevaba estampilla, y no concedió siquiera una mirada a las demás.
Una alegre emoción hacía temblar sus manos, mientras desdoblaba el papel, y con su viejo rostro encanecido, radiante de gozo, leyó:
«Querido viejo tío:
»Debes ser el primero en saberlo... Si siquiera te tuviera a mi lado, si pudiera estrechar tus viejas y leales manos y decirte, mis ojos en los tuyos, todo lo que siento en el corazón... Todavía no lo creo, la cabeza me da vueltas cuando pienso en ello. Tío querido, en los peores días de prueba me ayudaste y protegiste. Tú solo tendiste los brazos a Marta cuando todos—y hasta mis mismos padres—le volvían la espalda, llenos de frialdad y de desconfianza. ¡No pudiste conservármela, tío querido! Dios la llamó a sí, y cuando, cerca del cuerpo de mi mujer, mi razón amenazaba extraviarse, tú me tomaste la cabeza entre tus brazos y me hablaste como habría podido hacerlo un sacerdote.
»Y triunfaste. No creo que yo pueda volverle a tomar gusto a la vida, que pueda volver a ser lo que era antes de que las preocupaciones materiales y mi pasión por Marta hubieran entorpecido y vaciado mi pobre cabeza. La misma Marta, mi misma querida mujer, en los tres años que duró nuestra apacible dicha, no pudo obtener este resultado. Pero la vida parece querer darme ahora todo lo que todavía puede tener para mí de alegría y de tranquilidad.
»Tú sabes, tío, cómo, en medio de mi dolor, me dejé llevar por un afecto sin cesar creciente por la hermana de mi querida muerta, mi prima Olga. Todo te lo confesé, busqué consuelo cerca de ti cuando me atormentaba, cuando me reprochaba mi infidelidad para aquella cuyo luto aún llevaba. Y me dijiste entonces:
—»¿Si la muerta pudiera buscar una segunda madre para su hijo, elegiría a otra que a esa hermana, que era, después de ti, lo que ella más quería en el mundo?
»Me quedé espantado hasta el fondo del alma, pues jamás me habría atrevido a alzar los ojos hacia ella. Pero tú no cesaste de exhortarme, tanto, que por fin, hace ocho días, armándome de todo mi valor, le pedí que compartiera mi suerte. Ella se negó, tú lo sabes.
»Se puso pálida como una muerta; en seguida me tendió la mano y me dijo, resistiéndose:
—»Renuncia a esa idea, Roberto; yo no puedo ser tu mujer.
»Y yo, al retirarme, muy avergonzado, me decía: ¡esto no es más que lo que mereces, presuntuoso!
»Y he aquí que hoy, querido tío... no puedo escribirlo... Mi mano se detiene. ¡Es tal la felicidad y tan inesperada, que casi me abruma! ¡Mañana, tío, mañana te lo contaré todo!
»Por la mañana tengo que ir a la granja. Volveré como a las doce, e inmediatamente haré la penosa diligencia ante mis padres. Mi madre nada sospecha todavía: he aquí sus proyectos trastornados una vez más, por lo cual Olga tendrá mucho que sufrir. Hasta temo que concluya por despedirla de la casa. ¡Con tal de que yo la tenga bajo mi techo antes!
»Son las tres de la mañana: basta por hoy.
»Tu muy agradecido y muy feliz, Roberto Hellinger.»
El viejo médico enjugó una lágrima que rodaba por su mejilla. «¡El buen muchacho!»—murmuró.—«¡Cómo remolinean los sentimientos en su cerebro acalorado, y qué franqueza en todo esto, qué rectitud en la menor palabra! Verdaderamente, es muy digno de ti, mi buena y noble niña: es el único a quien yo te daría con placer. Y ahora voy a ver si tú también tienes confianza en el viejo tío. Voy a cerciorarme de ello inmediatamente.»
Y riéndose y gruñendo escondió la cabeza entre las almohadas. Luego, de repente, gritó con voz que resonó en toda la casa como un trueno:
—¡Mil millones!... ¿Dónde está mi pantalón?
Se lo llevaron, y cinco minutos después, el anciano se hallaba ya listo, delante de su espejo; sólo le faltaba su peluca de un gris amarillento.
—Mi sombrero... mi abrigo... mi bastón...—gritó en el corredor.
—¡Pero el café, Dios mío, el café!—gritó la vieja desde la cocina, más fuerte aún, si esto era posible.
—¡Bueno, pero pronto entonces!—replicó él, siempre en el mismo tono.—Es preciso que esté aquí antes de que yo haya concluido de leer mis cartas.
Y, refunfuñando de impaciencia, tomó el montón de cartas que se había quedado hasta entonces en la mesa de noche sin que él le hiciera caso. Eran ofertas de vino, el anuncio de un nacimiento en casa de Cohn,—¡un pobre ciego con un hijo recién nacido!—y de repente se estremeció, mientras una sonrisa aparecía de nuevo en su rostro.
—¡Diantre! No me esperaba esto—murmuró con satisfacción.—Ella tampoco ha podido dormirse sin hacer al viejo tío el confidente de su dicha. Eso está bien, hijos míos; os lo tendremos en cuenta.
Y con la misma alegre prisa con que había abierto la carta de Roberto Hellinger, rompió el nuevo sobre.
Pero apenas había comenzado a leer, cuando con un grito ahogado retrocedió dos pasos, tambaleándose, como un hombre que recibe un golpe por sorpresa. Su rostro gris se volvió de una palidez gredosa, sus ojos salieron de sus órbitas, y sus viejos y secos dedos apretaron como garras el papel que temblaba.
Cuando la ama de llaves entró con el café, encontró a su amo sentado como una mole inerte en un ángulo del sofá, con la frente cubierta de gruesas gotas de sudor y mirando fijamente con sus ojos apagados el papel que sus manos estrujaban todavía con un apretón casi convulsivo.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Señor doctor!—exclamó la anciana dejando caer con estrépito la bandeja sobre la mesa.
Estas exclamaciones le hicieron volver en sí. Se hizo dar agua, de la cual bebió ávidamente dos grandes tragos, se humedeció la frente y las sienes con el resto, e hizo señas a la ama de llaves para que se alejara.
Y entonces, después de haber echado el cerrojo a la puerta, recogió la carta y se puso a leer con voz ahogada y temblorosa:
«Mi querido amigo, mi segundo padre:
»Cuando lea usted estas líneas, habré cesado de vivir. He reunido y conservado cuidadosamente las pociones de morfina que usted me dio, cuando después de la muerte de Marta, perdí el sueño; habrá lo suficiente, así lo espero, para asegurarme el descanso.
»Usted que me protegió como un segundo padre, será el único en saber por qué he tomado esta extrema resolución. En las largas noches de invierno, cuando la tempestad sacudía mi ventana y yo no podía dormir, he escrito en todos sus detalles lo que me atormenta desde hace largo tiempo, lo que no me dejará un instante de reposo hasta que me haya dormido para siempre. En mi estante de libros encontrará usted, escondido detrás de los volúmenes de Heine, un cuaderno azul. Guárdeselo usted, sin que los demás lo noten; y cuando lo haya usted leído todo, vaya usted a mi tumba y rece un Padre Nuestro.
»Cuide usted de que me entierren al lado de Marta. Mucho la he querido. Ella es quien me arrastra detrás de sí.
»Usted lo comprenderá todo cuando haya leído mi historia: quizá hasta sabe usted de mi secreto más de lo que yo sospecho. Alguna vez, en el delirio de la enfermedad, debo haber revelado feas cosas. ¿Por qué si no, habría usted alejado de mi lecho a todos mis parientes?
»¿Se horrorizó usted de lo que dejaba escapar mi miserable boca? ¿Me compadece usted? ¿Me desprecia usted? Pero no, seguramente, usted no me desprecia; si así fuera, ¿me habría usted podido demostrar tanto afecto? Por otra parte, lea usted mi cuaderno, allí está todo.
»Al principio no le estaba destinado a usted. Yo quería enviarlo, después de muchos años, cuando a nuestra vez hubiéramos sido viejos, al hombre a quien pertenece mi alma, para que supiera por qué lo había rechazado.
»Las cosas han cambiado de rumbo: hoy, en un momento de olvido, me dejé caer en sus brazos. He visto, demasiado tarde, que ya no había manera de escapármele. Pero antes que ser suya, prefiero darme la muerte.
»Y todavía tengo que dirigir a usted una súplica. Es la súplica de una moribunda y, si está en poder de usted, accederá usted a ella.
»Oculte usted al mundo entero—y ante todo a aquel a quien amo—que me he dado la muerte. ¡Ojalá crea que lo que me ha matado es la alegría! Destruiré todo lo que pudiera revelar un suicidio: los únicos signos aparentes serán los de una muerte de aneurisma o de congestión.
»Se lo suplico a usted desde el fondo del corazón; otórgueme usted todavía esta satisfacción suprema. Muero sin pesar y no tengo miedo. Hace tanto tiempo que no duermo bien, que necesito reposo.—Olga Bremer.»
El anciano experimentaba un sentimiento de angustia absoluta. Se bamboleaba, apretaba los puños y se golpeaba la frente; en seguida volvió a caer sobre una silla.
—Es una locura, una completa locura—gimió enjugándose las gotas de sudor que cubrían su frente.—Hija mía, ¿qué es lo que ha pasado por ti? ¿Qué te ha obscurecido así la razón? ¡Mi pobre, pobre y querida niña!
Luego se levantó de un salto y buscó con sus manos temblorosas su sombrero y su abrigo.
¡Socorrer! ¡socorrer! ¡arrancar su víctima a la muerte! He ahí el pensamiento que, por el momento, le llenaba el espíritu. Un instante tuvo la idea de que quizá la joven no había puesto seriamente su proyecto en ejecución; pero la desechó inmediatamente. Había aprendido a conocerla demasiado en otras circunstancias para poder creerla capaz de una falta de valor, de un desfallecimiento de la voluntad.
Pero quizá la dosis que había tomado era demasiado débil, quizá el tiempo—hacía más de un año que Marta había muerto de parto, y en esa época era cuando él había dado a Olga la poción calmante—quizá el tiempo había atenuado la fuerza del veneno. Sí, sí, así era; era preciso que así fuera. Mal conservada, la morfina puede descomponerse y volverse inofensiva.
¡Adelante, pues, para salvarla, si no es demasiado tarde! El doctor daba vueltas en su cuarto, buscando algo, sin saber qué. Luego tomó de nuevo la carta.
—¿Y qué es lo que me pides? Hija, hija mía, ¿te figuras que sea cosa tan fácil violar un juramento, renunciar, como se arrojaría un cascarón vacío, a los deberes a los cuales uno ha permanecido fiel durante medio siglo? Niña, no sospechas lo que pides a un hombre de honor.
En seguida, acercando mucho el papel a sus ojos, volvió a leer una vez más este pasaje: «Es la súplica de una moribunda... se lo suplico a usted desde el fondo del corazón; otórgueme usted todavía esta satisfacción suprema.»
Por sus ajadas mejillas rodaban gruesas lágrimas.
—Es imposible, hija mía, es imposible, por bien que sepas suplicar. Y aun cuando lo quisiera, me traicionaría yo mismo. No soy ya más que una pobre y vieja ruina, y no soy dueño de mis nervios. Lo notarían a la primera ojeada. Mas, para que no hayas... suplicado... en vano... a tu tío... quiero... por lo menos... ensayar. Por ti y por Roberto, es necesario ante todo salvarte. ¡Día de Dios! Viejo, sé hombre todavía por lo menos una vez en tu vida. ¡Es preciso que la salves, es preciso, es preciso, es preciso!
Y tan ligero como sus piernas cascadas podían llevarlo, se precipitó—empujando a su paso a la ama de llaves que escuchaba en la puerta—y echó a andar por la escarcha helada y punzante de la mañana de invierno.
La pareja de los viejos Hellinger, sentados a la mesa para el desayuno, presentaba la imagen de la tranquilidad y de la serenidad más perfectas. Del tubo del aparato de cobre para hacer café, cuyo vientre, bruñido y lustroso, reflejaba el fulgor rojo del fuego, se elevaba un ligero vapor azulado que volvía a bajar hacia la mesa, en nubecillas, empañaba el azucarero de plata y coronaba con un rocío las tazas de café.
El señor Hellinger llevaba toda la barba, bien cuidada y blanca como la nieve; sus facciones regulares y todavía jóvenes, sus mejillas sonrosadas, respiraban la bondad y el gozo de vivir. Cómodamente extendido en su sillón azul floreado, con la bata recogida sobre las rodillas, parecía esperar con una resignación apacible lo que el destino, bajo la forma de su mujer, le reservaba para ese día.
Esta acababa de echar un poco de café en el filtro, y se limpiaba minuciosamente los dedos con su delantal de tela blanca adamascada, adornado, a la rusa, con anchas tiras de bordadura roja. Su cofia alba, cuyas cintas estaban sólidamente atadas bajo su carnosa barba, se inclinaba un poco sobre la oreja izquierda, y su rudo y áspero rostro de viejo dragón, de facciones ligeramente hinchadas como se ve en las mujeres de edad que beben de buen grado un trago de coñac en la copa de sus maridos, brillaba lleno de energía y de decisión en su marco de encajes. Se veía en su aspecto que estaba acostumbrada a dominar, a doblegarlo todo, y aun la sonrisa de perpetua amargura que vagaba por su ancha boca, demostraba hasta qué punto acostumbraba a perseguir, sin dejarse detener, la realización de sus planes.
Y, para no permanecer inactiva hasta que el café hubiera pasado, tomó el tejido de gruesa lana que en su condición de «Presidenta de la Asociación de las mujeres» y de «Directora de la comisión de los pobres,» no se permitía jamás abandonar, y con una rapidez inaudita hizo deslizar las agujas brillantes en sus manos huesosas y habituadas al trabajo.
—Adalberto, ¿no tienes noticias de Roberto?—preguntó con voz ruda y metálica, que debía penetrar hasta en los menores rincones de la casa.
La pregunta pareció desagradar al anciano, quien movió la cabeza como si hubiera querido rechazarla lejos; ella turbaba su quietud matinal.
—Un hijo muy afectuoso, hay que confesarlo—continuó ella, y su amarga sonrisa se acentuó aún más.—Hace ocho días que no se ha dejado ver ni ha dado señales de vida. ¡Si habitara en la luna, no vendría con más rareza!
El señor Hellinger refunfuñó algo en su barba y se preparó a tomar su larga pipa.
—Parece que todavía hay algo que no va bien,—continuó ella.—En estos últimos tiempos, sobre todo, se ha vuelto tan raro: suele dar vueltas en mi derredor sin decirme una palabra amable. Me imagino que debe tener encima algún pago que no puede hacer.
—¡Pobre muchacho!—dijo el anciano, e hizo chasquear su lengua, sin duda para desechar ese pensamiento desagradable.
—¡Sí, pobre muchacho!—repuso ella en tono burlón.—¿Todavía lo compadeces, quizá? ¿Eres capaz de haberle dado otra vez algo a hurtadillas?
Él, en señal de protesta, levantó sus manos blancas y bien cuidadas, pero no tuvo sin embargo el valor de mirarla de frente.
—Adalberto—dijo ella en tono amenazador,—no quiero que eso vuelva a suceder. Lo que le das a él nos lo quitas a nosotros y nuestros demás hijos. ¡Si todavía fuera digno de ello! Pero «quien no quiere escuchar debe padecer.» Si por arrogancia y por obstinación corre a su pérdida...
—Permite, Enriqueta...—insinuó el señor Hellinger tímidamente.
—Yo nada permito, querido Adalberto—replicó ella.—¡Quien no quiere escuchar, digo, debe padecer! Si, en su negra ingratitud, no quiere seguir los consejos de su madre, tan llena de ternura que se inquieta sólo por él, que pasa las noches cavilando y atormentándose...
Y se frotó los ojos con su delantal, como si hubieran estado llenos de lágrimas.
—¡Pero Enriqueta!—volvió a decir él.
—¡Adalberto, no me contradigas! Ya sabes que te paso todas tus locuras; te permito quedarte en El Águila Negra todo el tiempo que quieres; te dejo beber de ese mal vino tinto que cuesta tan caro, todo lo que puedes soportar; te preparo la cena cuando vuelves tarde a casa; y, a propósito, bien podrías evitar el volcar tres sillas como lo hiciste ayer. En resumen, me parece que tienes muy poca consideración por tu vieja y fiel esposa; pero ¿qué era lo que quería decir? Sí, en cuanto a mis planes, me harás el servicio de no mezclarte en ellos, por que no los comprendes. ¿Tienes siquiera una idea de todo lo que he hecho ya por ese bribón de Roberto? Correr y viajar de un lado a otro, hacer visitas, escribir cartas, y sabe Dios cuántas otras cosas. Lo presenté a cinco o seis jóvenes extremadamente ricas, se las traje en una bandeja, de modo que no tenía más que extender la mano. ¿Pero qué hizo? Supongo que todavía te acuerdas del ataque que tuve cuando, hace cuatro años, nos trajo a Marta, ¡a esa pobre y enfermiza criatura! Todos mis achaques vienen de allí.
—¡Pero, Enriqueta!
—Mi querido Adalberto, te ruego que no me vuelvas a cantar tu antífona: «Marta era mi carne y mi sangre;» ya lo sabemos. Pero, si quería mostrárseme como una sobrina afectuosa y agradecida, ¿por qué no le trajo la dote necesaria? ¡Porque nada tenía, naturalmente, nada! Mi hermano murió indigente como una rata de iglesia. ¿Es esto decente en un miembro de mi familia? Pero, en fin, que hiciera de sus bienes lo que se le antojara, poco me importa; sólo que no tenía necesidad de echarnos a su hija en los brazos.
—Pero... ya está muerta—observó el señor Hellinger.
—Sí, ya está muerta—replicó su esposa juntando las manos.—Yo no diré: alabado sea Dios, porque eso sería pecado; pero ya que el buen Dios lo ha decidido así, quiero por lo menos aprovechar y tratar de reparar la locura de Roberto. Mientras estabas en El Águila Negra, bebiendo tu vino tinto, me puse nuevamente en campaña, trabajé, tomé nuevas informaciones; ya no tiene más que elegir. Tiene a Gertrudis Lenzmann, con una dote de ocho mil pesos al contado, y otro tanto a la muerte de su padre; tiene a la chica Versen, todavía muy joven, es cierto, pues acaba de ser confirmada, pero esa tendrá aún más. Y todavía me quedan otras tres o cuatro. ¿Pero qué crees que contesta a mis proposiciones? «Madre, dice, si vuelves a acometerme con eso, conseguirás no volver a verme.» ¿Hase visto jamás? No faltaría más que una cosa: que, después de Marta, tomara todavía a su hermana, y entonces a su vieja y bondadosa madre no le quedaría más que morir. A propósito, ¿dónde se ha metido hoy la señorita? Son cerca de las nueve, y no se ha presentado todavía. Puede ser que en la casa de mi señor hermano, que tenía costumbres polacas, cultivaran el hábito de quedarse en la cama hasta las doce—¡pero en una casa bien manejada como la mía, no habría que pensar en eso, Adalberto! Yo sabré poner orden.
—No comprendo, mi querida Enriqueta, por qué me diriges los reproches que son para tu sobrina.
—¡Si consintieras en no volver a tomarla bajo tu protección, Adalberto! Pero, naturalmente, ya yo no tengo derecho de decir nada: se me desobedece y traiciona en mi propia casa. Por otra parte, dentro de poco voy a poner fin a todo esto. Hace un año entero que la tengo a mi lado, y ya comienza a ser perfectamente inútil.
—¿Pero acaso no trabaja de la mañana a la noche en cuidar la casa de Roberto? ¿Se pasa un solo día sin que vaya a la granja? ¡No seas tan injusta con ella, Enriqueta!
Ella le lanzó una mirada de compasión:
—Si no fueras tan niño, como lo has sido siempre, Adalberto, se podría conversar contigo. Eso mismo es lo que comienza a parecerme peligroso ¿ves? ¿Crees, entonces, que ella no tiene sus motivos para ir a pavonearse todos los días en la granja y darse tonos de ama delante de él y de los sirvientes? ¡Oh! ¡Es muy lista, mi sobrina Olga! ¡Ya habrá hecho todo lo que depende de ella para acostumbrarlo a la idea de que a ella—sólo a ella—le toca de derecho el lugar de la muerta! Si no es eso ¿qué tendría que ir a hacer todos los días a la granja?
—Creo que el hijo de Marta justifica suficientemente su conducta.
—¡Naturalmente! ¡Naturalmente! ¡Cuántas cosas te hacen creer con cuentos de nodriza! Ella sabe bien por qué lo hace y por qué ama a ese pobre niño hasta comérselo a caricias: ¡conoce el camino que lleva al corazón del padre!
—Pero tal vez no lo quiere—insinuó el viejo Hellinger.
Ella soltó la risa.
—¡Mi querido Adalberto! Cuando un hombre posee una propiedad a las puertas de la ciudad, una muchacha pobre lo quiere siempre, y, si yo no pongo fin a todos estos manejos mostrándole la puerta, podría muy bien suceder que un día Roberto la tomara por la mano y nos dijera: «Ahora, papá y mamá, tengan ustedes la bondad de darnos su bendición.» Pero, antes que ver una cosa semejante, Adalberto...
En el mismo instante, un gran ruido de pasos resonó en el vestíbulo; y casi en seguida golpearon con fuerza a la puerta.
—¡Toma!—dijo la señora Hellinger.—He ahí uno que hace tanto estruendo como un alguacil. ¡Todavía no estamos en ese estado, sin embargo!
Y con mucha suavidad, y mucha tranquilidad, dijo: «¡Adelante!»
El viejo médico penetró en la habitación. Tenía el sombrero echado hacia atrás, la bufanda le colgaba de los hombros, y su pecho jadeaba como después de una carrera desenfrenada. Se olvidó de dar los buenos días y no hizo más que lanzar en torno suyo una mirada hosca e investigadora.
—¡En nombre del Cielo, doctor!—le gritó el señor Hellinger precipitándose a su encuentro.—¡Nos embistes como un toro!
La señora Hellinger, al contrario, asumió su aspecto áspero y refunfuñó algo como: «modales de fumadero.»
Cuando el doctor vio la tranquila mesa del desayuno y a sus amigos que, con la cara de todos los días, lo miraban con estupor, se dejó caer en una silla con un suspiro de alivio. ¡Así, pues, la terrible cosa no se había realizado! Pero, un instante después, la ansiedad volvió a apoderarse de él.
—¿Dónde está Olga?—tartamudeó alzando los ojos hacia la puerta, como si fuera a verla entrar en ese instante.
—¿Olga?—dijo la señora Hellinger encogiéndose de hombros.—¡Qué sé yo! Sin duda va a venir de un momento a otro; ¿es por algo urgente?
—¡Alabado sea Dios!—exclamó el doctor juntando las manos.—¡De modo que ya ha bajado!
—No, eso no—dijo la señora Hellinger.—La señora Duquesa se ha dignado dormir hoy un poco más.
—¡Dios del Cielo!—exclamó de nuevo él.—¡Y nadie ha ido a verla! ¿Nadie sabe nada de ella?
—Doctor ¿qué te pasa?—gritó el viejo Hellinger que comenzaba a inquietarse.
Sin duda, el doctor se acordó en ese momento de la súplica que terminaba la carta de despedida de Olga; comprendió que, de ese modo, su deseo de respetar la voluntad de la joven iba necesariamente a quedar sin efecto, e hizo un último y lastimoso esfuerzo para guardar el secreto.
—¿Qué me pasa?—balbució con una sonrisa dolorosa.—¡Pues nada! ¿Qué había de tener? ¡Mil millones!...
Y, en seguida, abandonando todo fingimiento gritó:
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Has permitido la espantosa desgracia! ¡La has dejado de tu mano!
Y poco le faltó para dejar correr sus lágrimas; pero, reuniendo toda la energía que quedaba en su cuerpo gastado, se enderezó recto como una I:
—Venid al cuarto de Olga—dijo,—y no os asustéis, cualquiera que sea el estado en que la encontréis.
El viejo Hellinger palideció y su mujer se puso a gritar y sollozar: se aferraba al brazo del doctor y quería saber lo que había sucedido, pero éste no decía una palabra más.
Así subieron los tres la escalera que conducía al cuarto de Olga, mientras que en el vestíbulo los sirvientes se reunían y los contemplaban curiosamente con los ojos muy abiertos.
Delante de la puerta de la habitación de Olga, la señora Hellinger tuvo un ataque de desesperación.
—Toque usted, doctor—dijo con un sollozo.—Yo no puedo.
El anciano tocó.
Nadie contestó.
Tocó una vez más y puso el oído en el agujero de la cerradura.
Siempre el mismo silencio.
Entonces la señora Hellinger se puso a gritar:
—Olga, querida hija mía, abre; somos nosotros, tu tío, tu tía, y tu viejo tío el doctor. Puedes abrir sin temor, querida mía.
El doctor dio vuelta al botón; la puerta estaba cerrada. Quiso mirar por el agujero de la cerradura; estaba tapado.
—¡Manda buscar al cerrajero, Adalberto!—dijo.
—¡No!—gritó la señora Hellinger, mandando de repente al diablo toda su pena.—Yo no lo sufriré; no ha de suceder así: la vergüenza sería demasiado grande; yo no podría sobrevivirle. ¡Qué vergüenza! ¡qué vergüenza!
El doctor le lanzó una mirada en que se leían el asco y el desprecio. Pero ella no le hizo caso.
—Tú eres fuerte, Hellinger—dijo.—Apóyate contra la puerta, quizá consigas romper la cerradura.
El señor Hellinger era un coloso. Apoyó uno de sus robustos hombros en la tabla cuyas junturas, al primer esfuerzo, comenzaron a crujir.
—Despacio—le dijo su mujer.—Los sirvientes están en el vestíbulo.
—¡Idos a hacer algo en la cocina, montón de perezosos!—gritó en la escalera su voz regañona.
Abajo se oyeron golpes de puertas. Un segundo empujón, y una de las tablas se partió por en medio; por la rendija, un rayo de luz se filtró en la semiobscuridad del corredor.
—Déjeme mirar por allí—dijo el doctor, el cual, esperando lo peor, había recuperado su serenidad y su sangre fría.
Hellinger arrancó algunas astillas de madera, de manera que, por la abertura, se pudiera ver todo el cuarto.
Frente a la puerta, a pocos pasos de la ventana, estaba la cama. La sobrecama arrojada a los pies formaba un montón blanco detrás del cual brillaba la línea rubia de las trenzas de Olga; también se alcanzaba a ver una parte de la frente, que resaltaba tan blanca como la sábana. Los pies estaban descubiertos; parecían haberse estirado en convulsiones contra la madera de la cama y después haber vuelto a caer sin fuerza.
A la cabecera, la ropa estaba cuidadosamente doblada en una silla; las enaguas y las medias puestas las unas sobre las otras muy en orden, y sobre la pequeña alfombra del lado de la cama las zapatillas dispuestas de manera de poder deslizar en ellas los pies al levantarse.
Sobre el mármol de la mesa de noche, medio apoyado contra la lámpara, reposaba un libro, todavía abierto, como si se le hubiera dejado allí en el momento de apagar la luz. Sobre todo aquello parecía cernerse esa paz serena e indefinible que revela el alma pura de una niña. La que allí moraba se había dormido la víspera con una plegaria para despertarse en la mañana con una sonrisa.
Cuando el doctor hubo hecho su examen en silencio, se apartó de la abertura.
—Pasa tu brazo por allí, Adalberto—dijo,—y procura alcanzar la cerradura. Ella la ha cerrado por dentro.
Pero la señora Hellinger, apretándose contra la puerta, suplicó a grandes gritos a «su querido tesoro» que se despertara y abriera ella misma. Al fin, se consiguió apartarla y abrir la puerta.
Los tres se acercaron a la cama.
El rostro blanco como un mármol parecía mirarlos con sus ojos vidriosos, medio cerrados, en los labios una sonrisa extática.
La encantadora cabeza, de líneas firmes y nobles, se inclinaba un poco sobre el hombro izquierdo, y su abundante cabellera suelta se desparramaba en brillantes rizos sobre el fresco pecho que la camisa de noche, desgarrada, dejaba en descubierto. El botón de nácar, al cual se adhería un jirón de tela y que se había quedado en el ojal, era lo único que indicaba que, antes de dormirse, la joven había debido ser presa de una violenta agitación.
—Duermes, tesoro mío, dime que duermes,—dijo la señora Hellinger sollozando.—Dime que no has hecho semejante afrenta a tu tía, a tu querida tía que te ha criado y cuidado como a su propia hija.
Y, al mismo tiempo que hablaba, se apoderó de la mano lívida que colgaba y trató de levantarla.
Su marido, más sensible, se había ocultado el rostro entre las manos y lloraba.
El doctor no se dejó llevar por la emoción. Había sacado de su bolsillo su estuche, y, rechazando a la señora Hellinger con un ademán apenas cortés, se inclinó sobre el pecho que, con un movimiento brusco, había descubierto por completo.
Cuando se enderezó su rostro estaba mortalmente pálido.
—¡Una última tentativa!—dijo.
E hizo una rápida incisión horizontal en el brazo, en el sitio en que una arteria se dibujaba en línea azulada en la blancura nívea de la carne. Los bordes de la herida se apartaron sin llenarse de sangre; sólo al cabo de unos segundos, dos o tres gotas negras rezumaron lentamente.
Entonces el anciano arrojó lejos de sí el luciente bisturí, y con las manos juntas, luchando con las lágrimas, se puso a rezar un Pater Noster.
El mismo día, a eso de las doce, a través de los terrenos pantanosos que se extienden en varias millas al norte de Gromowo, un ligero carruaje de un caballo se dirigía hacia la pequeña ciudad.
Tan tupidas y pesadas que parecía que se las pudiera tocar con las manos, las nubes se extendían sobre la llanura. De trecho en trecho se alzaba en el aire cargado de vapor un nudoso tronco de sauce, completamente saturado de humedad, cubierto de gotitas brillantes, colgadas en largas filas de las desnudas ramas.
Las ruedas se hundían profundamente, en el barro del camino, que corría entre las marchitas hierbas del lodazal, y el agua saltaba a cada instante hasta la caja del coche. El que lo conducía poco se preocupaba del paisaje que lo rodeaba: sumido en sus pensamientos, permanecía sumido en su rincón, y sólo se enderezaba a ratos, cuando las riendas amenazaban escaparse de sus manos indolentes. Entonces se diseñaba la estructura poderosa de sus miembros, su pecho levantado se ensanchaba como si fuera a hacer estallar la gruesa capa gris que lo encerraba dentro de sus pliegues.
Su estatura recordaba la del viejo Hellinger, quizá en mayor proporción, y el rostro también presentaba una semejanza que no podía engañar; pero las facciones, que en el padre habían conservado, hasta bajo los cabellos blancos, una amable dulzura, se habían acentuado en él en pliegues duros y graves que indicaban, al mismo tiempo que la altivez, un humor sombrío y siempre inquieto. Una barba rizada y desaliñada envolvía las mejillas bronceadas con sus vellos rudos y enredados, y adquiría en las extremidades de la boca un matiz más claro y caía sobre el pecho en dos puntas de un rubio apagado.
Era Roberto Hellinger, el propietario de la granja de Gromowo, el prometido de Olga.
De la felicidad que le había llegado la víspera, su frente no dejaba adivinar gran cosa. Sus ojos grises, medio velados, miraban fijamente a lo lejos, y una arruga de inquietud le juntaba sin cesar las cejas. Era que sabía que tendría todavía mucho que hacer antes de poder llevarse a su novia a su casa; largas horas de luchas penosas lo esperaban, y la victoria misma no le llevaría más que inquietudes y tormentos. Volvía a ver con el pensamiento los tiempos difíciles que había atravesado, y que apenas alumbraron algunos rayos de sol.
Hacía seis años ya que su padre le dejó solemnemente, en su condición de hijo mayor, la granja, la antigua propiedad familiar, para retirarse a la pequeña ciudad y llevar en ella una vida apacible y cómoda. Desde ese día comenzó su vida de miseria, pues desde entonces llevaba un yugo tan pesado, que sus mismos hombros de gigante amenazaban romperse bajo la carga: todo lo que conseguía ganar con sus manos encallecidas, todo lo que ahorraba en sus gastos personales, desaparecía absorbido por las reclamaciones de los suyos. Y no podía quejarse; todo sucedía conforme al derecho más estricto, pues la herencia fue exactamente distribuida hasta el último centavo entre él y sus seis hermanos y hermanas—sin hablar de la reserva que habían estipulado para ellos los padres.
Cada teja de su techo y cada terrón de sus campos estaba empeñado; sobre cada espiga que maduraba estaban fijos los ojos desconfiados de su madre, que vigilaba severamente para que los réditos no se atrasaran un minuto.
¿Acaso no estaba en su derecho? ¿Podía él exigir que lo quisiera con mayor cariño que a sus otros hijos? Sus hermanos tenían que seguir una carrera, sus hermanas se habían casado, gracias a la dote; todos y todas fijaban en él miradas ansiosas y ávidas como en el autor y el sostén de su dicha.
¡Los réditos! Tal era la palabra aterradora que en lo sucesivo resonaba a toda hora, amenazante, en sus oídos, y por la noche le hacía despertarse sobresaltado y llenaba sus sueños de visiones espantosas.
¡Los réditos! ¡Cuántas veces, por causa de ellos, se había golpeado la frente con los puños cerrados! ¡Cuántas veces había corrido, obsesionado, atontado, a través de los campos fangosos, para escaparse de esa tropa de demonios chispeantes; cuántas veces, en un acceso de loco furor, rompió con el puño algún utensilio, arado o vara de coche, como si cualquier arma le hubiera parecido buena para combatirlos! Pero ellos no le dejaban reposo; lejos de eso, le seguían con más tenacidad y más de cerca, le chupaban más y más ávidamente, hasta la médula, todo el vigor de su juventud.
¿Y de qué le servía dominarlos, si alguna vez lo conseguía? A esa hidra le brotaban sin cesar nuevas cabezas. De trimestre en trimestre se alzaba, más temible, hinchándose más desmesuradamente ante sus ojos llenos de angustia, y dispuesta a precipitarse sobre él, a aplastarlo con el peso de su mole gigantesca.
Así se había arrastrado su vida de plazo en plazo, como la de un condenado, desde el día solemne que fue alegremente celebrado y rociado con vino y con champaña en El Águila Negra.
¡Si siquiera su madre se hubiera mostrado indulgente! Pero no le perdonaba uno solo de los espárragos que se habían reservado en la primavera, ni tampoco el carruaje para sus paseos, en la época de la cosecha, cuando los caballos tienen tanto que hacer en los campos.
«Quien no quiere escuchar debe padecer,» era su máxima predilecta, y él nada escuchaba ¡oh! absolutamente nada. Con una palabrita, con un simple «sí,» habría podido poner término a todos sus tormentos, habría podido vivir hasta el fin de sus días en la abundancia y en la alegría; y que no quisiera pronunciarlo, por una obstinación estúpida e inconcebible, que todas sus diligencias para casarlo quedaran infructuosas, era lo que su madre no podía perdonarle.
Dos años transcurrieron así. Entonces sintió que, si continuaba esa existencia, iba forzosamente, tarde o temprano, a sucumbir del todo. La vacilación, el temor, lo enervaban más y más: resolvió, pues, buscar un fin, y exigir del destino la parte de felicidad razonable que le habían prometido la mirada leal de dos ojos azules y el silencio de dos labios pálidos.
Y llegó el día en que llevó como esposa bajo su techo a la amada de su juventud, que hacía poco se había quedado huérfana y sin hogar.
Era un sombrío y triste día de noviembre; las nubes grises corrían en el cielo como siniestros pájaros. Temblorosa y muy pálida con su vestido negro, la delicada y enfermiza criatura se suspendía de su brazo y se estremecía bajo las miradas con que la examinaban los extraños, en las cuales se mezclaban la compasión y el desdén.
Su suegra la había acogido con reproches e imprecaciones, y transcurrió casi un año antes que entre ellas se establecieran relaciones algo tolerables.
Marta se había mostrado valerosa y activa, y había, no obstante su mala salud, trabajado de la mañana a la noche para poner en orden todo lo que un amo, largo tiempo soltero, había dejado ir a la deriva.
Y cuando, después de tres años de vida común, llena de paz y de consuelo, el Cielo prometió bendecir su unión, ella no cesó, aunque su estado exigía los mayores cuidados, de ir y venir, arreglándolo y dirigiéndolo todo, en la cocina, en la bodega y en la casa. Casi parecía que hubiera querido ganar así para su marido la dote que no había podido llevarle.
En tales circunstancias—dos días después del nacimiento del niño,—Olga había llegado de improviso a Gromowo. Roberto no la había visto desde el día de su casamiento; y casi se asustó de su aspecto al verla dirigirse hacia él tan altiva, dura e impenetrable, tan maravillosamente se había desarrollado su hermosura.
¡Y esa mujer era la que ahora iba a ser suya! ¡Qué mundo de sufrimientos, sin embargo; cuántos días de sorda desesperación, y cuántas noches de horripilantes fantasmas habían transcurrido entre aquel día y el presente!
Roberto se estremecía; no quería pensar más en ello; ahora todo parecía arreglado. La imagen transfigurada de Marta le sonreía apaciblemente desde arriba y lo bendecía, y, como una flor brotada de su tumba, la dicha parecía abrirse de nuevo para él.
Las torres de la pequeña ciudad se acercaban progresivamente; se destacaban cada vez más detrás de los bosques de alisos. Un cuarto de hora después, el carruaje rodaba en la calle mal pavimentada.
Apenas Roberto hubo pasado la puerta de la ciudad, notó que a su paso la gente lo trataba de manera enteramente singular. Los unos lo evitaban, los otros levantaban su gorra con ademán torpe, y tan pronto como podían, decentemente, se alejaban de él. Por el contrario, en todas las casas por delante de las cuales pasaba, las ventanas se cubrían de rostros que lo observaban gravemente y que, al ser saludados por él, desaparecían tímidamente detrás de las cortinas.
Movió la cabeza pensativamente; sin embargo, como su espíritu estaba ocupado con la lucha a la cual se preparaba, no hizo gran caso de aquello y ya no miró ni a derecha ni a izquierda.
En la esquina de la plaza del mercado—en el sitio donde estaba antes la casilla de impuestos—se hallaba la vieja ama de llaves del doctor: tenía las manos ocultas bajo su delantal azul y una cara de entierro.
Cuando el coche se acercó, ella le hizo seña de que se detuviera.
—¡Vamos, señora Liebetreu!—dijo él alegremente.—¡Al fin me encuentro con alguien que no huye al verme!
La anciana alzó los ojos al cielo para no verse obligada a mirarlo.
—¡Ah, mi joven señor!—dijo, se le llamaba siempre el joven señor, para distinguirlo de su padre, aunque hacía tiempo que había cumplido los treinta.—El señor doctor ruega a usted que entre en su casa: querría hablar primero con usted, pues tiene algo que decirle.
—¿Es muy urgente lo que tiene que decirme?
La vieja se asustó; creyó que a ella iba a incumbirle el cuidado de darle la penosa noticia.
—¡Ah! ¡Qué sé yo!—exclamó.—No me ha dicho más que eso.
—Bueno, salude usted afectuosamente a mi tío, y dígale que tengo que hablar primero con mis padres—él sabe de qué se trata—y que inmediatamente después iré a verlo.
La anciana murmuró algo, pero las palabras se ahogaron en su garganta.
El carruaje continuó su camino hacia la casa del viejo Hellinger, situada bajo la sombra de viejos y soberbios tilos, como bajo un dosel. Los vidrios de las ventanas le dirigían miradas amistosas; las lustrosas tejas del techo brillaban; se sentía, como siempre, que ese techo abrigaba el reposo de una vejez rodeada de amplias comodidades. Ató su caballo en la verja del jardín y subió con paso pesado y ruidoso la pequeña escalinata, a lo largo de la cual, en grandes tiestos, los ásteres medio muertos bajaban lamentablemente la cabeza.
La campanilla hizo oír su ruidoso repique en toda la casa, pero nadie se presentó a recibirlo. Arrojó su capa empapada por la lluvia sobre uno de los grandes cofres de roble en que estaban sepultados los tesoros de la ropa maternal. Después entró en la sala, estaba desierta.
—Los viejos son muy capaces de estar durmiendo la siesta—murmuró;—creo que hoy será prudente dejarlos dormir.
Se dejó caer en el rincón de un sofá y miró a la puerta, pues esperaba, en sus adentros, que Olga hubiera visto su coche a la entrada, y bajara para tenderle la mano.
No tardó en impacientarse. ¿Y si Olga había ido a la granja? Pero no; ella sabía que él debía venir para hablar con sus padres.
Por fin se decidió: «Voy a ir a llamar a su puerta,» y se levantó.
Contuvo una sonrisa al estirar sus robustos miembros. Cuando, desde la víspera por la tarde, había aspirado sin tregua a encontrase con ella, se sentía invadido, en el momento de volver a verla, por una especie de aprensión singular. Esa timidez, esa confusión que en otros tiempos se apoderaban siempre de él en su presencia, volvían a dominarlo. ¿Era posible que hubiera tenido la víspera a esa mujer en sus brazos? ¿Y si se había arrepentido, si fuera a devolverle su palabra?
Pero en ese instante, toda su audacia se despertó. Abrió los brazos en toda su extensión, y, sonriendo a ese reflejo de felicidad con que lo inundaba el recuerdo de las recientes horas, exclamó:
—¡Que haga la prueba! ¡Con estas mis manos la alzo y me la llevo a casa! ¡Puesto que Marta ha dicho «sí,» yo querría ver que alguien se opusiera!
Y de puntillas, para no despertar a sus padres, subió la escalera que no por eso dejaba de gemir bajo su peso.
Delante de la puerta del cuarto de Olga, se detuvo estupefacto: veía la raya de luz que penetraba en el corredor por la rotura de la madera.
Tocó la puerta sin obtener respuesta: no obstante, entró.
*
* *
Un segundo después, la casa se conmovía hasta sus cimientos, como si el techo se desplomara.
Los dos ancianos que se habían retirado a su dormitorio para recuperar las fuerzas después de las horas dolorosas de la mañana, se levantaron espantados.
Llamaron a los sirvientes; pero éstos habían volado a hacer que la ciudad no quedara por más tiempo privada de las últimas noticias del triste acontecimiento.
—Sube tú—dijo a su marido la mujer, tan resuelta de ordinario.
Y, estremeciéndose, extendió la mano hacia el frasco de gotas de Hoffman, que estaba siempre a su alcance. Era la primera vez en su vida que tenía miedo.
Cuando el viejo Hellinger penetró en la habitación de arriba, el espectáculo con que se encontró le heló la sangre en las venas.
El cuerpo de su hijo yacía en el suelo, cuan largo era. Debía, en su caída, haberse agarrado de los montantes de la parihuela sobre la cual habían puesto a la muerta y arrastrado todo consigo, pues, sobre él, entre tablas rotas, el cadáver estaba extendido, en su larga camisa, con su rostro helado sobre el de Roberto, y los desnudos brazos sobre la frente de éste.
En ese momento, Roberto recuperó el sentido y se enderezó. La cabeza de la muerta se deslizó y golpeó el suelo...
—¡Roberto, hijo mío!—gritó el anciano precipitándose hacia él.
Este, con los ojos muy abiertos, paseaba en su derredor una mirada vidriosa; parecía no haber vuelto en sí todavía. De repente descubrió uno de los brazos de Olga que, en el momento en que el cuerpo resbalaba hacia un lado, se había atravesado sobre su pecho. Su mirada recorrió aquel brazo hasta el hombro, hasta el cuello, hasta el blanco rostro que sonreía fijamente.
Sostenido por los dos brazos de su padre, se levantó. Vacilaba sobre sus piernas, como un toro que ha recibido un hachazo.
—¡Por Dios, hijo mío, vuelve en ti!—exclamó el anciano tomándolo por los hombros.—La desgracia se ha consumado. Somos hombres, tenemos que resignarnos.
Roberto le lanzó una mirada tímida, desesperada, como un niño. Luego se inclinó hacia el cadáver, lo levantó y lo puso en la cama rechazando con el pie la parihuela destrozada. En seguida se sentó junto a ella, a la cabecera, y maquinalmente enrollaba en su dedo índice un mechón de la suelta cabellera.
El viejo comenzó a temer por la razón de su hijo.
—Roberto—dijo acercándose a él.—Tranquilízate, sal de aquí, con quedarte no le devolverás la vida.
El joven prorrumpió en una risa tan estridente y tan siniestra, que su padre se estremeció hasta la médula de los huesos.
Su estupor acababa de disiparse de improviso; saltó con los ojos brillantes, e hinchadas las venas de las sienes.
—¿Dónde está mi madre?—gritó avanzando hacia el anciano.
Este trató de calmarlo.
—¡Por piedad, tén un poco de paciencia! Todo te lo contaremos.
La señora Hellinger, quien, desde hacía ya un momento, escuchaba en la escalera, introdujo en ese momento la cabeza por la puerta. Pasando por delante de su padre, Roberto se precipitó hacia ella con violencia, como si fuera a empuñarla por el cuello. Pero tenía todavía suficiente razón para comprender lo monstruoso de su conducta. Dejó caer sus brazos, inertes; se sentía sofocado, como si la cólera, que trataba de contener, fuera a ahogarlo.
—Madre—dijo,—es necesario que me rindas cuentas; quiero una respuesta... ¿Por qué ha muerto Olga?
La anciana se le acercó con expresión de tierna compasión, e hizo un movimiento como para arrojarse a su cuello llorando; pero, con un ademán rudo, él la apartó.
—Dejemos eso, madre—dijo.—¡Devuélvemela!...
—Pero, Roberto—gimió ella,—¿es así cómo un hijo trata a su madre? ¡Adalberto, dile tú cuáles son las consideraciones que un hijo debe a su madre!
Roberto se apoderó de las manos de su padre.
—No te mezcles en esto, padre—dijo...—La cuenta que hoy tengo que arreglar con mi madre, sólo a nosotros dos concierne. Madre, te lo pregunto una vez más: ¿por qué ha muerto Olga?
Se había apoyado contra la pared y miraba a su madre fijamente con los ojos inyectados de sangre.
Mientras tanto, la señora Hellinger se había echado a llorar.
—¿Acaso lo sé?—dijo sollozando.—¿Acaso puede saberlo alguien? La hemos encontrado en su cama, nada más. La infeliz criatura ha traído la vergüenza a nuestra casa, en señal de agradecimiento...
—No la ultrajes, madre—dijo él con un gruñido feroz.—¡Muy bien sabes que era mi novia!
Ella lanzó un grito de sorpresa, y su marido hizo un ademán de extrañeza.
—¿Cómo, madre! ¿No lo sabías?—gritó Roberto golpeándose la frente con ambos puños.—¿Ella nada te dijo? ¿No fue a buscarte anoche para contarte lo que había pasado entre nosotros durante el día?
—¡Nada me dijo!—gimió ella.—Apenas si me dirigió una sílaba, y se encerró en su cuarto...
—Madre—dijo él acercándose hasta tocarla,—cuando te hube confesado todo, ¿no te dirigiste a su conciencia? ¿No le predicaste que, si me amaba verdaderamente, debía renunciar a mí, porque hacía mi desgracia, y sabe Dios cuántas otras cosas? Madre ¿no has hecho eso?
—¡Mi propio hijo no me cree! ¡Mi propio hijo me acusa de falsedad!—gimió la vieja.—¡He ahí el agradecimiento que obtengo hoy de mis hijos!
Él le tomó la mano.
—Madre—dijo,—mucho me has hecho sufrir en todos estos últimos años. Los peores dolores, los más amargos que he tenido que padecer, te los debo a ti.
—¡Dios de misericordia!—exclamó ella con voz aguda.—¡He ahí el agradecimiento! ¡He ahí el agradecimiento!
—Pero todo el mal que nos has hecho, a Marta y a mí, te lo perdonaré, madre,—continuó Roberto,—sí ¡y aun más! Te pediré perdón de rodillas por haber alimentado a veces malos pensamientos contra ti, pero es necesario que me otorgues una cosa: es preciso que me jures aquí, sobre este cadáver, que nada sabías, que en todo me has dicho la verdad.
Y la acercó al cadáver que parecía contemplarlo con su sonrisa de beatitud, como una novia que sonríe a su novio.
—¿Acaso es necesario semejante juramento entre nosotros?—dijo ella en tono dolorido dirigiéndole, con sus hinchados ojos, una mirada amarga y furiosa.
Pero le dejó hacer. Roberto puso la mano derecha de su madre sobre la frente de la muerta; ella la acarició diciendo entre sus sollozos:
—¡Lo juro, mi querida! ¡Bien lo sabes tú, tú, que yo ignoraba todo y que jamás te he exigido nada malo!
Entonces exhaló un suspiro de alivio, como si descubriera de improviso lo ventajoso que era para ella y para su familia ese lúgubre acontecimiento. En la tierna caricia con que rozó el rostro de la muerta había un agradecimiento sincero.
En el mismo instante el viejo médico entró precipitadamente en la habitación. Había querido ir al encuentro de Roberto para prepararlo a la espantosa noticia, y veía con terror que llegaba demasiado tarde.
El viejo Hellinger se adelantó vivamente a recibirlo y le cuchicheó en el oído:
—¡Lléveselo usted, está como un loco! Aquí nada podremos obtener de él.
Roberto se había quedado inmóvil, abrazado a las columnas de la cama; su pecho jadeaba; su rostro parecía petrificado por un dolor sombrío, sin lágrimas.
El doctor frotó su ruda barba gris contra el hombro del joven y gruñó con ese tono de consuelo áspero que, mejor que cualquier otro, llega al corazón de los hombres enérgicos:
—Ven, hijo mío. No hagas locuras; ¡no turbes su reposo!
Roberto se estremeció e inclinó dos o tres veces la cabeza.
Y, de repente, como vencido por el dolor, cayó de rodillas delante de la cama gritando:
—¿Por qué has muerto?
¿Por qué había muerto Olga?
Tal era la cuestión que, en lo sucesivo, preocupó exclusivamente a toda la ciudad. En la calle, en las mesas de los cafés, en los bancos de las cervecerías, no se hablaba de otra cosa. Todos se lanzaban en las más extravagantes conjeturas, aventuraban las hipótesis más osadas, pero no por eso estaba nadie más adelantado.
Unos hablaban de amor desgraciado, otros de amor demasiado feliz, y otros pretendían absolutamente haber dicho siempre, desde mucho antes, que Olga concluiría mal, seguramente.
Ya en vida, su actitud altiva, sombría y taciturna, había sido un enigma para aquellos buenos burgueses, y su muerte se les presentaba como un enigma aún más difícil. Era imperdonable.
Entretanto, descubrieron que el doctor había sido el primero en recibir la noticia del suicidio, y el único a quien ella hubiera confiado su proyecto.
La gente se apiñaba en torno suyo, le sitiaba su casa, pero él se obstinaba en guardar silencio. Con una aspereza, de que él sólo era capaz, mostraba la puerta a los preguntones importunos. El mismo día había echado al fuego la carta de Olga, pues temía que la justicia viniera a pedírsela. Por otra parte, la causa de la muerte era tan evidente, que se había podido renunciar a hacer la autopsia. Como era de prever, la muerta no había logrado hacer desaparecer completamente las huellas de su suicidio: en el vaso encontrado en su mesa de noche, quedaban adheridas al vidrio, gotas de un líquido cuyo sabor indicaba claramente, aun a los profanos, que se trataba de una solución de morfina. El descubrimiento fue completo cuando encontraron en el jardín, en el suelo, entre unos matorrales de oxiacanto, los fragmentos de un frasco, en cuyo cuello una parte del veneno disuelto había dejado un reguero blanco, de cambiantes reflejos. Manifiestamente, había sido arrojado por la ventana, y tenía aún el rótulo que indicaba, con la fecha de la receta, la manera de tomar la poción.
En estas condiciones, habría sido pura locura de parte del viejo médico, aun cuando a ello se hubiera atrevido, querer ocultar la intención del suicidio, pues toda suposición de un simple abuso de narcótico quedaba descartada.
No por eso dejaba de abrumarse con reproches por no haber podido cumplir el último deseo de la muerta, y se juraba a sí mismo guardar más fielmente que nunca el secreto sobre los motivos de esa resolución desesperada.
¡Si siquiera hubiera podido saberlo él mismo! Pero los días pasaban y todavía no había podido entrar en posesión del legado que le había hecho Olga.
La señora Hellinger desconfiaba de él, le decía en su cara que siempre había maquinado intrigas con la muerta, y a sus espaldas agregaba que, si no hubiera prescripto soluciones de morfina de una violencia inconsiderada, la pobre Olga habría vivido en paz mucho tiempo todavía. Poco faltaba para que echara sobre el viejo amigo de la casa la responsabilidad de la muerte de su sobrina.
En todo caso, no permitía que se quedara solo, ni siquiera por un segundo, en el cuarto de la muerta. Tenía la puerta cuidadosamente cerrada: no toleraría—decía ella para explicar su conducta,—que los objetos dejados por Olga, considerados por ella como reliquias sagradas, fueran profanados por manos y miradas extrañas.
Y así crecía de hora en hora el peligro de que ese cuaderno en que Olga había escrito su confesión, cayese en manos de su tía.
¡Que se le antojara escudriñar entre los volúmenes que guarnecían el estante, y sucedía la desgracia!
A esa zozobra, que llevaba todos los días al anciano a casa de los Hellinger, se agregaba la inquietud creciente que le inspiraba Roberto quien, desde ese día de espanto, había caído en un abatimiento profundo y desesperante.
Parecía haber perdido por completo el uso de la palabra, no soportaba a nadie a su lado y evitaba aún a su viejo amigo; huraño y mudo, vagaba días enteros por los campos; permanecía noches enteras sentado junto a la cuna de su hijo, mirándolo fijamente con sus ojos enrojecidos y quemados por el llanto.
Esto es por lo menos lo que contaban los criados, quienes, en tres ocasiones, lo habían encontrado por la mañana en esa actitud.
En torno del ataúd de Olga los cirios habían concluido de arder. Los invitados, que hacía largo rato se mantenían en religioso silencio alrededor del catafalco, comenzaban a agitarse y a preocuparse de la cena.
La señora Hellinger, que recibía los pésames y ensalzaba con gran refuerzo de lágrimas y de pañuelo las virtudes de la difunta, se reveló de improviso, en medio de su dolor, ama de casa previsora y de primer orden. Los invitados respiraron con alivio cuando las puertas del comedor se abrieron y, de una mesa resplandeciente, asados, compotas y ensaladas de arenques, les enviaron sus sabrosos perfumes.
El viejo Hellinger, después de haber alabado al Señor, bebió con algunos amigos privilegiados el vino superior que reservara para la solemnidad de la noche. Pero no estaban de acuerdo sobre si una inocente partida de Boston lastimaría el dolor general, y resolvieron enviar una diputación a la dueña de casa para pedirle su autorización.
Había tanta vida y movimiento en casa de los Hellinger, que parecía que se celebrara allí una boda.
El doctor, que no llegó sino muy tarde a la alegre reunión, buscó por todas partes a Roberto con mirada ansiosa, sin descubrirlo.
Entonces dirigiose en particular a uno de los invitados, le preguntó si lo había visto. Sí; había venido, había lanzado en su derredor miradas extrañas y feroces, luego se había esquivado en silencio cuando se le tendía la mano. Minutos más tarde, se notó su desaparición.
El doctor fue al vestíbulo y buscó, entre los abrigos de los convidados, el de Roberto: todavía estaba allí.
Con la familiaridad de un viejo pariente, se puso en busca suya en las habitaciones de atrás, vacías y silenciosas, pues los criados estaban ocupados en servir.
Encontró al joven en un pequeño y obscuro cuarto, donde estaban amontonados los muebles que había sido necesario sacar de las otras habitaciones, sentado en un cofre de madera volcado, meditando, con la cabeza entre las manos.
—Roberto, amigo mío, ¿qué haces ahí?—le gritó.
—Ustedes siempre tan alegres por allá, ¿verdad?
El doctor le puso las manos sobre los hombros:
—Me inquietas, amigo mío. Hace tres días que no nos diriges la palabra... si continúas así, vas a perder la razón.
—¿Qué quieres?—replicó Roberto con un suspiro que se escapó de su pecho como un grito.—Estoy tranquilo, completamente tranquilo.
Volvió a dejar caer entre las manos su enmarañada cabeza y pareció sumergirse de nuevo en su meditación.
El anciano se sentó a su lado y se puso a prodigarle buenas palabras.
Nada olvidó de lo que se acostumbra a decir en casos semejantes, agregándole, de su parte, más de una enérgica palabra de consuelo.
Roberto permanecía inmóvil; apenas con un signo manifestaba que escachaba. Sin embargo, como el anciano no acababa, le interrumpió diciéndole:
—Deja eso, tío; esos son consuelos buenos para los chiquillos. A la única pregunta, de la cual depende para mí la muerte o la vida, no puedes, tú tampoco, darme una respuesta.
—¿Qué pregunta?
—Tío querido, ve, estoy tranquilo en este momento, extraordinariamente tranquilo, no tengo indicio de fiebre ni de locura, ¡y me creerás si te digo que no sé cómo podré sobrevivir a esta noche!
—¡En nombre del Cielo! ¿Qué quieres hacer?
El joven sacudió los hombros.
—Lo ignoro—dijo;—lo que el momento me sugiera. Lo único que me apena, es ese pobre pequeñuelo que tendrá que crecer sin padre; quizá lo lleve conmigo, no sé. No sé más que una cosa y es que no puedo continuar viviendo así.
El anciano, temblando de ansiedad, lo llenó de reproches. Eso era una cobardía sólo digna de un miserable, de un espíritu debilitado.
—Tendrías razón, tío, si fuera su muerte la que me hiciera dudar de mí y de mi dicha. Pero ¡Dios del Cielo!—lanzó una carcajada penetrante y amarga,—hace tiempo que renuncié a toda pretensión a la felicidad. Por lo que me atañe, sobrellevaré tranquilamente el dolor de su pérdida; conozco eso, sí; ya he puesto a una en la tumba, y continuaré amontonando y economizando dinero, como ya lo he hecho durante tanto tiempo, y eso en medio de los más profundos pesares; porque los intereses, ¿sabes? no se preocupan de lo que tiene uno dentro de la cabeza, ni de si la tristeza y la desesperación le adormecen a uno la mano; hay que pagarlos. Pero no es eso, tío, lo que me trastorna el alma, pues la tengo bien trastornada, puedes creérmelo; ante mis ojos brotan chispas sin interrupción; los calofríos me estremecen todo el cuerpo y la sangre me bulle en las venas, como fuego. Y al mismo tiempo estoy muy tranquilo; veo con claridad y precisión las cosas. Sólo hay una que no puedo descubrir; que se alza noche y día ante mis ojos como un espectro, como una sombra espantosa, y cuando quiero asirla se me escapa, y esa cosa es: «¿Por qué ha muerto Olga?»
El anciano se estremeció. Recordaba la carta y la promesa que la muerta había exigido de él.
Roberto continuó:
—Una voz me grita sin cesar en los oídos: «¡Tuya es la culpa!» ¿Cómo? No lo sé, pues por muy profundamente que escudriñe en mi alma, no encuentro que le haya hecho ningún mal, y sin embargo no puedo hacer callar la voz. Yo me digo: «Es una idea fija.» «Te forjas tormentos, eres un loco, un criminal, un criminal para contigo mismo y para tu hijo.» ¡Pero de nada me sirve todo eso, tío querido! No puedo hacerla callar. Y, en fin, ¿acaso no tiene razón? ¿Acaso, sin mí, Olga no estaría todavía viva? Si lo que pasó la noche anterior no hubiera...
Se detuvo estremeciéndose y se ocultó el rostro entre las manos. Un sollozo sin lágrimas sacudió todo su robusto cuerpo.
En seguida dijo:
—Tío, quisiera—no puedo pensar en ello, me hace perder la razón,—me parece... que es necesario que con mis manos destruya todo lo que me rodea, que lo haga pedazos todo.
—Sin embargo, es necesario que reunas tus ideas, amigo mío—dijo el doctor,—y que me cuentes todo, punto por punto; sólo de ese modo podremos aclarar este enigma.
El silencio reinó en la habitación obscura. El anciano temblaba de pies a cabeza; veía la silueta de aquel cuerpo vigoroso destacarse negra sobre el fondo claro de la ventana; veía los movimientos del pecho que subía y bajaba alternativamente, que silbaba y gemía como un volcán; sentía el hálito ardiente de la respiración de Roberto en su rostro.
—Reúne tus ideas, amigo mío—repuso suavemente.
El joven luchaba por tomar una determinación. Al fin, volviendo a encontrar su energía, se enderezó y dijo:
—«Pues bien, tío, vas a saberlo todo... Desde el día en que Olga rechazó mi pedido tan altiva y fríamente, no me había vuelto a encontrar con ella. Sin duda continuaba yendo como antes a la granja, para ocuparse del niño y de la casa, ya entonces sabía que lo hacía por amor a Marta y no por mí, pero había como un acuerdo tácito entre nosotros para evitarnos. Ella elegía las horas en que sabía que yo estaba afuera, en los campos o en los establos, y yo no volvía a casa antes de haberla visto desaparecer detrás del portón.
»El martes tuve imperiosamente que salir para ir a los campos. Media legua más allá de la ciudad, a causa del mal estado del camino, el eje se rompe. Como no había llevado cochero y no alcanzaba a ver alma viviente, monto en el caballo con arneses y todo, y vuelvo a casa en busca de ayuda. En el patio, el mayordomo me dice que hacía rato que la señorita se había marchado. Comenzaba ya a caer la noche.
—»Muy bien, no hay ningún peligro, pienso, y entro en la casa.
»En el momento en que abro la puerta de la sala, distingo en el crepúsculo una sombra que se desliza precipitadamente hacia afuera.
—»¿Quién puede ser?—me digo.
»Y la sigo.
»En el cuarto del niño, ¿a quién encuentro? A ella, muy ocupada en correr el cerrojo de la puerta del corredor, que, como sabes, está siempre cerrada para evitar la corriente de aire. Espantado, quiero retirarme; imposible; me siento completamente paralizado. Al verme, ella se detiene, y, como sobrecogida de vergüenza, se oculta el rostro entre las manos.
»Entonces, tío, me siento atraído, voy a precipitarme hacia ella; pero me contengo a tiempo al pensar en quién es ella y quién soy yo.
»Veo que sus manos tiemblan.
—»No tienes por qué enojarte, Olga—le digo balbuciendo,—no he querido causarte un desagrado. Si estoy aquí es por casualidad; en lo sucesivo tomaré mis medidas para que no vuelvas a encontrarme.
»Entonces deja caer sus manos y me dirige una mirada tal, que me siento estremecer. Marta nunca me miró así—pienso.—Quiero hablar, pero no encuentro las palabras, tan turbado y sobrecogido estoy. Su elevada estatura se alza delante de la puerta, como si allí quisiera buscar un amparo contra mí. Yo oía su respiración oprimida. Por fin reúno todo mi valor.
—»Olga—digo,—ha sido presunción de mi parte el atreverme a tenderte la mano: sé muy bien que no soy digno de ti, te suplico desde el fondo del corazón, olvídalo, yo nunca te lo recordaré.
»Y en ese instante, tío—¿cómo pintarte lo que pasó?—déjame un instante... ¡el recuerdo!... Pero ¿para qué? seré fuerte, querido tío, voy a dominarme.
»En ese instante, ella se precipita hacia mí, me rodea con sus brazos y me cubre el rostro de besos; después, de improviso, cae con un suspiro, y allí se queda desplomada a mis pies, como herida por un rayo. Y yo, como en un sueño, la miro fijamente.
—»No es posible—me grita una voz,—es una locura; ¡tú apenas te atrevías a alzar los ojos hacia ella como hacia una divinidad, y ella es quien ahora se arroja al cuello de un hombre que no la merece!
»Tenía miedo de tocarla; sin embargo, fue necesario que la levantara, y cuando la tuve en mis brazos, se puso a sollozar amargamente, como si hubiera querido llorar hasta morir.
—»Olga, ¿por qué lloras?—le digo.—Todo queda arreglado ahora.
«Pero he ahí que yo también, gran tonto, me pongo a llorar como un niño.
—»Perdóname, Roberto—dice su voz en mi oído.—Mucho te he hecho sufrir, pero nunca más lo haré, nunca más.
—»¿Y ahora me amarás?—pregunto, pues todavía no puedo creerlo.
—»¡Oh, Roberto! ¡Roberto! ¡Te amo! ¡Oh, sí! ¡Te amo más que a todo en el mundo!—y oculta su rostro en mi hombro.
»Sí, tío, pero escucha lo que sigue. Al ver aquella cabeza con sus rubios rizos descansar, llena de abandono, sobre mi hombro, una pregunta se me presenta: ¿es ésta la misma Olga que, hace ocho días, se volvía tan pálida y tan altiva, mientras que, humilde y tímido, tú implorabas su consentimiento?
»Y le digo entonces:
—»Olga, ¿cómo has podido torturarme así? ¿Acaso he cambiado en tan poco tiempo?
»La veo ponerse más blanca que el yeso que cubre la pared y su voz murmura en mi oído:
—»¡Nada me preguntes, en nombre del Cielo, nada me preguntes!
»Y una angustia nace en mí; quizás la perderé mañana como la he conquistado hoy.
—»Olga—le digo,—si eres tan inconstante en tus resoluciones, quién me responderá de que...
»Me interrumpo, pues la expresión de su rostro me impone silencio. Ella se desprende de mis brazos y se deja caer en una silla.
—»Puesto que quieres saber—me dice, fijando los ojos en el suelo, como sumida en una meditación sombría,—me ha faltado el valor, he dudado de tu amor y creído que me harías sentir que no te llevaba más que mi pobreza.
»Pero su mentira, como una llamarada, le enrojece la frente.
—»¡Olga!—exclamo.—¿Has podido pensar eso de mí? ¿No te acuerdas?...
»Y lo que le recordé fue cierta noche, en casa de su padre, cuando fui a pedir la mano de Marta y en que estuve a punto de retirarme tristemente con una negativa, pues Marta quería sacrificarse y sacrificar su dicha, para que yo pudiera elegir a otra. Y entonces, ella, Olga, en medio de la noche, había ido a buscarme y me había abierto los ojos, a mí, pobre insensato y ciego, diciéndome palabras, palabras llenas de desprecio por el dinero y que habían sonado en mis oídos como el canto de triunfo del amor. Se las repetí textualmente, pues cada una de ellas se había grabado en mi alma, inolvidable: «Así, pues, en otros tiempos te sentías llena de valor, de grandeza de alma cuando hablabas por Marta, y ahora que se trata de ti...»
»Y al gritarle esto la miraba de frente, tío. Ella se esforzaba en sonreír, y sonreía constantemente; pero esa sonrisa se heló en sus labios y de repente la vi desplomarse como una mole, sin sentido.
»Mucho trabajo me costó hacerla volver en sí, pues no quería llamar a nadie en mi ayuda. Un buen cuarto de hora permaneció tendida en el suelo, más o menos como está ahora, luego abrió los ojos y me examinó por largo rato en silencio con una expresión tan dolorosa, tan cansada y desesperada, que la angustia y la inquietud me invadieron. Después juntó las manos y me dijo en voz baja y suplicante:
—»Dame tiempo, Roberto; he presumido demasiado de mis fuerzas; es necesario que me acostumbre a esta idea.
»Pero me sentía tan embargado por mi reciente dicha, por una alegría tan loca, que creía poder obligarla por fuerza a ser ella también dichosa.
—»¡Si nos amamos, Olga—le grito,—y si nuestra querida muerta aprueba este amor, yo quisiera ver si alguien podría censurarlo! Alégrate, pues, querida niña, recupera tu valor.
»Pero ella no tenía alegría ni valor. Y sólo ahora, ahora que está muerta, comprendo claramente hasta qué punto se sentía miserable y quebrantada, allí tendida sobre los cojines, ella que ordinariamente se mostraba para sí y para los demás tan altiva y estricta. Era como si algún prodigioso dolor hubiera roto en ella el resorte íntimo de la vida. Hoy veo todo eso claramente; entonces nada veía, nada quería ver. Y continuaba animándola con todas las palabras consoladoras que podía encontrar. Ella me escuchaba sin decir palabra—a veces me aprobaba con un movimiento de la cabeza—y una sonrisa que expresaba tristeza y cansancio indecibles, vagaba por sus labios. Todo eso lo atribuía yo a la emoción violenta del momento y a los pesares de los últimos años; debían presentarse en su alma con una intensidad tanto más grande, cuanto que sentía apuntar para ella una nueva felicidad que iba a borrarlos para siempre.
—»Y nuestra primera visita, Olga—le digo,—será al cementerio. Cuando hayamos orado sobre la tumba de Marta, la resistencia de mi madre o la malevolencia del mundo entero, no tendrán ya por qué inquietarnos.
»Ella dejó caer las manos que cubrían su rostro, y, mirándome con ojos dilatados por el espanto, me dijo con voz apenas perceptible:
—»¿Al cementerio... conmigo?
—»Sí, contigo—repliqué,—y en seguida, si lo quieres.
»Un estremecimiento recorrió todo su cuerpo, y, con voz singularmente alterada, replicó:
—»Tén paciencia hasta mañana, mañana haré lo que quieras.
—»Sí, mi niña muy amada—le digo entonces,—y de aquí a mañana desecha tus ideas negras y piensa en que ella no nos guarda rencor. Nosotros no la olvidaremos, ciertamente. ¿Y el común dolor que nos causa su pérdida, no debe unirnos más estrechamente para toda la vida? Su imagen no nos abandonará, ¿y no crees que ella bendeciría nuestra unión desde el fondo de su corazón, si de lo alto del Cielo pudiera vernos? ¿No nos ha legado al niño para que juntos velemos por él y que nunca lo confiemos a gente extraña?
»Entonces se dejó caer de rodillas delante de la cuna en que la débil criatura dormía con el sueño de los bienaventurados y apoyó la frente sobre su cabecita.
»Así permaneció por largo rato sin que yo intentara perturbarla.
»Cuando se levantó, su rostro había vuelto a tomar esa serenidad impasible que siempre le habíamos conocido hasta entonces. Me tendió la mano diciéndome:
—»Vete, amigo mío, déjame sola.
»Y me alejé, pues quería complacerla en todo; ni siquiera la tomé en mis brazos.
»Un cuarto de hora después, la vi cruzar el patio. Yo la acechaba desde mi ventana, pero ella no volvió la cabeza.
»Al día siguiente por la mañana... tú sabes, querido tío, cómo la encontré; y en aquel instante se descargó sobre mí un rayo. Podré encanecer y envejecer, ese momento me ha quitado para siempre toda alegría; helará para siempre toda sonrisa en mis labios. Pero por lo menos podría vivir todavía; podría arrastrar todavía esta miserable existencia para que el niño no se viera privado de la mezquina parte de felicidad a que tiene derecho; pero para eso sería necesario que yo supiera una cosa, que me viera libre de un espantoso tormento; de lo contrario, es imposible. Con la mejor voluntad del mundo, es imposible; si no fuera así, me consumiría vivo. Es necesario que alguien venga, aunque sea de ultratumba, a decirme por qué ha muerto Olga.»
*
* *
Nuevamente el silencio reinó en la habitación obscura; no se oía más que la respiración de los dos hombres y la fuga precipitada de una rata que había acompañado el relato de Roberto con el ruido monótono de sus dientes.
El anciano sostenía una violenta lucha consigo mismo. ¿Debía acaso revelar el secreto de la vida de Olga como había ya vendido el de su muerte? ¿Pero no se trataba de una buena acción en este caso? ¿No se trataba de libertar a aquel a quien ella había amado sobre todo de las torturas en que se agitaba, ya fueran producidas por una loca idea o por una secreta conciencia de su responsabilidad? Un milagro, un favor divino, según parecía, permitían a la boca cerrada para siempre abrirse una vez más para devolver el reposo al muy amado.
El doctor exhaló un profundo suspiro: había tomado su resolución.
—¿Y si ella lo hubiera pensado, Roberto—dijo,—si hubiera pensado en contestarte desde el fondo de su tumba?
Roberto lanzó un grito y lo asió por la muñeca.
—¿Qué quieres decir con eso, tío?
—Si no te hubieras soterrado en tu dolor como un topo en su cueva, si no hubieras huido ante todo rostro humano, sabrías desde hace tiempo lo que hasta los gorriones se cuentan en los techos: que en la mañana de su muerte, yo recibí una carta de ella...
—Tú, tío, de ella...
—¡Oh, amigo mío! Me estás rompiendo los huesos. Escúchame primero tranquilamente.
Y le contó lo que contenía la carta.
Roberto había dado un salto y se mesaba los cabellos. Sus ojos, fijos en el anciano, resplandecían en la obscuridad.
—Ese cuaderno, dámelo; ¿dónde está?
El doctor le explicó el peligro que corría el secreto de Olga y la inquietud que esto le causaba a él mismo.
—¡Espérate, voy a ir a buscarlo!—exclamó Roberto dirigiéndose hacia la puerta.
El anciano lo detuvo.
—Tu madre tiene la llave; cuida de que nada sospeche.
La puerta está rota a medias; acabaré de romperla...
—Te oirán de abajo...
—¡Están demasiado divertidos!—replicó Roberto con risa aguda.—Ven, vamos juntos.
Y por una puerta de atrás, a lo largo del corredor obscuro y de la escalera que crujía, los dos se deslizaron como dos ladrones que se hubieran introducido en la casa aprovechándose de la ceremonia.
Consiguieron abrir la puerta más fácilmente de lo que esperaban; la cerradura, ya floja, cedió como si se abriera sola.
Ambos se detuvieron en el umbral, sobrecogidos de emoción, cuando el cuarto obscuro, iluminado solamente por el fulgor dudoso de las estrellas, se abrió ante sus ojos. Toda huella de la muerta había desaparecido; sólo la cama vacía, cuyos montantes se dibujaban negros sobre la pared gris, hacía ver que la que lo ocupaba había elegido otro lecho. Un ligero perfume emanado de su ropa, un olor fino de jabón, flotaba aún en la habitación. Las mismas toallas de las cuales se había servido, todavía colgadas de la pared, formaban, al lado de la estufa de loza, una mancha blanca de fantástica apariencia.
Roberto, incapaz de tenerse en pie, se dejó caer en una silla y, a grandes bocanadas, ávidamente, como si sollozara, aspiró el perfume que llenaba el aire. Se habría dicho que así quería absorber los últimos efluvios de su amada.
Un fulgor breve, brillante, vaciló de improviso a través del cuarto, bailando por las paredes, vagando en reflejos amarillentos sobre el escritorio, e hizo brotar de la obscuridad, como un espectro agazapado, la mesa de tocador cubierta de blanco.
El doctor había encendido un fósforo y buscaba la pequeña lámpara de pantalla verde que iluminó las noches sin sueño de Olga. Todavía estaba en la mesa, en el mismo lugar en que Olga la apagó para sumirse en la noche eterna. El recipiente de vidrio estaba todavía lleno de petróleo; su dueño se había dado prisa para entregarse al descanso.
Con precaución, levantó el tubo para encender la mecha; la llama, atenuada por la pantalla, iluminó con un resplandor apacible y suave el espacio silencioso.
Entonces se acercó al estante sobre el cual se alineaban los volúmenes de lomos lucientes y dorados. Su mano buscó a tientas durante un momento por la pared y sacó algo azul en forma de rollo.
—¡Aquí está, Roberto!—exclamó triunfante.—Vámonos.
El joven meneó silenciosamente la cabeza.
El anciano insistió de nuevo y entonces Roberto dijo:
—Aquí es donde vamos a leerlo, tío; aquí, donde ella lo ha escrito.
—¿Y si alguien nos sorprendiera?—observó el doctor, atemorizado.
Roberto se encogió de hombros y con el dedo señaló el piso. En el silencio, un ruido confuso de voces subía hasta ellos, con risas moderadas, ahogadas, como lo requieren las conveniencias en una casa en que hay un muerto.
El doctor cedió de buen grado; entonces acercaron suavemente sus sillas al círculo luminoso de la lámpara, y ya no se oyó más que el silbido del viento de invierno que agitaba las peladas copas de los tilos y la voz monótona y velada del lector acompañada por el coro de invitados al velorio, que por momentos se elevaba hasta un sordo estruendo para extinguirse en seguida en un murmullo.
Perdóname, querida hermana, si evoco tu sombra que ha transfigurado la muerte, y sufre que en memoria del amor que tuviste por mí y del ardiente afecto que hacía palpitar mi corazón por ti, trate de expiar la falta que gravita pesadamente sobre mí y cuya carga tendré sin embargo que soportar hasta el fin de mi existencia. Déjame revivir una vez más todo lo que me diste de ternura y de bondad, y olvidar con este recuerdo el frío de la soledad que hiela mis miembros como un soplo exhalado de tu tumba.
¡Qué loca era y qué impía, en sentirme sola mientras tú viviste! Tu amor era la atmósfera que me envolvía, la sonrisa de tus ojos el rayo de sol que me daba la vida, y tu palabra, que consolaba y exhortaba, era esa voz divina que todos llevamos en nosotros, esa voz sublime que escuchamos sin comprenderla.
¿Y cómo te he agradecido todo eso, hermana querida? He llegado a ser una extraña para ti. Me veo reducida a pensar en ti con angustia, con tortura, y la conciencia de mi falta me hace palidecer cuando el murmurio del viento trae tu nombre a mis oídos. Entre nosotras se alza un espectro feroz, de miradas ardientes, horroroso y grotesco a la vez, con serpientes entrelazadas en sus cabellos, y que extiende hacia mí sus manos armadas de garras para separarme eternamente de ti.
Si en vez de ser un fantasma fuera un ser de carne y de sangre, si lo que he cometido fuera una falta, un crimen, lucharía contra él, lo derribaría con las últimas fuerzas de mi voluntad desfalleciente, o me dejaría ahogar por sus manos sangrientas, pero es algo inasible que se desvanece en el vacío: es un demonio que se burla de mí, un vapor que me rodea... y cuyo veneno sin embargo me mata lentamente.
Es un deseo...
Un simple deseo, ¡nada más!
¿Lo notaste? ¿Se reflejó en tus ojos moribundos? ¿Viste el espectro alzarse a tu cabecera, cuando, santa y buena criatura, exhalabas el último aliento de una existencia que no fue más que amor, a ese espectro que habían engendrado la Envidia y la Ingratitud, y que había introducido, yo, desdichada, en tu apacible interior?
Si tuviera todavía la fe del niño que balbucía, confiaría la angustia de mi alma al Dios Todopoderoso, al buen Dios—pero a nadie tengo en el Cielo ni en la tierra que pueda compadecerse de mí, a nadie más que a tu imagen transfigurada.
¡Pobre de mí! Ella también se aparta de mí, ella también se oculta llorando cuando este demonio se presenta a mi alma.
Y, sin embargo, no era muy humano lo que sentí. ¿Por qué no somos unos seres de luz, sin deseos y puros como el éter? ¿Por qué no somos más que polvo, ligados al polvo, viviendo del polvo y volviendo al polvo cuando nos desprendemos de esta gran falta que es la existencia? Es la gran falta de mi vida la que quiero contar aquí, la falta de la cual hemos sido víctimas, tú, yo y también un tercero, que es puro y bueno, y que sin embargo ha sido la causa de todo.
*
* *
Yo era una niña pacífica y predispuesta a la soledad.
Quien se ha visto siempre rodeado de amor y nunca ha conocido otra cosa que el amor, aprende a menudo más fácilmente que nadie, a bastarse a sí mismo; y, sin embargo, yo llevaba en el corazón una inagotable reserva de amor. Lo prodigaba a los animales, acariciando a los perros, besando a los gatos y ahogando a los gansos por cariño. Una de mis pasiones era jugar en la caballeriza. Me sentía a mi gusto en la litera elástica y flexible, entre los cascos de mis caballos predilectos, que nunca me hacían daño; o bien me trepaba al pesebre donde permanecía horas enteras mirándome en los ojos pardos de mis queridos amigos.
Pero el nicho del perro era el lugar donde mejor me hallaba. Allí me encontraba dormida con frecuencia a eso del mediodía, y no era cosa fácil sacarme del nicho, pues Nerón, que por lo demás era un perro tan bueno y tan cariñoso, enseñaba los dientes a cualquiera que franqueaba el círculo que su cadena le permitía recorrer, aun cuando éste fuera su amo.
Mi cariño se extendía hasta las plantas. Las rosas me hacían el efecto de princesas cautivas, y exhalaba quejas para que las libertaran, los girasoles eran sacerdotes revestidos con sus hábitos sacerdotales, y las dalias, jóvenes polacas con papalinas rojas. Sabía reunir así en mi derredor en el jardín a la humanidad entera, y encontraba la copia más bella que el original, pues se mantenía muy quieta cuando yo desempeñaba el papel del Destino ante ella.
La propiedad que mi padre había arrendado, antiguo feudo de un magnate polaco, estaba inmediata a la frontera prusiana, en una montaña, uno de cuyos lados descendía en suave declive por un parque inculto, hacia unos campos desnudos, mientras que el otro caía a pico en una pequeña corriente de agua, en cuya orilla opuesta se hallaba una miserable aldea polaca.
Cuando uno se colocaba al borde de la pendiente, la mirada caía sobre los ruinosos techos de bardas cuyas grietas dejaban pasar el humo; se veía claramente el movimiento de la sucia callejuela, donde los niños medio desnudos chapoteaban en los charcos cenagosos, y las mujeres permanecían perezosamente agachadas en el umbral de sus casas, mientras que los hombres cubiertos de harapos se dirigían, con la pala en el hombro, hacia el despacho de bebidas.
En verdad, nada tenía de muy seductor aquel pequeño agujero, y la chusma de cosacos de fronteras, que trotaban de acá para allá amodorrados sobre sus rocines extenuados, no era como para realzar su prestigio. Y, sin embargo, para mis ojos de niña, aquel lugar estaba cubierto de un encanto indecible, cuya sensación experimento aún, cuando me vuelvo a ver fascinada por esos cuadros maravillosos, sentada durante horas enteras en la hierba, inmóvil, contemplando de lo alto aquel hormiguero cuyas formas no eran más grandes que los hombrecillos de madera de mis cajas de juguetes.
Bajar allí me estaba prohibido, y tampoco tenía deseos de ello, desde que, en la baraúnda de un día de mercado en que mi padre me había llevado, me vi casi aplastada entre las ruedas de un carro.
Pero era muy hermoso cuando, desde arriba y muy por encima de las inmundicias y del tumulto, se sumergía la mirada en ese mundo de hormigas, que parecía tan ínfimo, que se podía, como el mismo Dios, abarcarlo de una ojeada, pero que crecía cada vez más hasta tomar proporciones gigantescas e inquietantes, a medida que se trataba de penetrarlo.
Por una rareza singular, no he conservado de esa época más que un recuerdo vago de las personas cuya vida ha estado más estrechamente asociada a la mía; sin duda porque las impresiones siguientes han borrado las primeras. Mi padre era un hombre pequeño, robusto y rechoncho, de barba y cabellos negros y cortos, calzado con altas botas lucientes y vestido de una hopalanda de basto paño verdoso. Me sonreía desde que me veía, me daba una palmadita amistosa en el cuello, o me pellizcaba los brazos, y en seguida desaparecía. Estaba siempre ocupado, el pobre papá; mientras vivió, no lo vi reposar un solo instante.
Mamá era desde aquella época muy corpulenta, comía continuamente confituras y era devota de la siesta. Pero eso no le impedía estar en activa ocupación de la noche a la mañana, aunque se arrastrara de mala gana de un lado a otro y no le gustara que anduvieran detrás de ella y la abrumaran a preguntas.
Entre la familia estaba, en aquel tiempo, el primo Roberto, a quien nuestros parientes de Prusia habían enviado para que aprendiera con papá a dirigir una granja. Era un mozo alto, de anchas espaldas y vigoroso cuello, con unas barbas rubias que me gustaba tirar cuando me ponía en sus rodillas para meterme en la cabeza el A, B, C, con gran esfuerzo de trozos de regaliz. Creo que siempre fui su buena amiga, aunque él no haya debido quererme más que a los otros discípulos, pues la cara que tenía entonces ha desaparecido en la niebla como todas las demás.
No recuerdo exactamente más que una escena: una tarde de verano Roberto había cogido a Marta por sus rubias trenzas, y riéndose y gritando corría tras de ella por el patio, por la casa y por el jardín.
—¿Qué es lo que le haces a Marta, bribonzuelo?—le gritó papá.
—Me ha hecho una travesura—respondió él, sin soltarla, mientras ella continuaba gritando.
—Cuando yo tenía tu edad, sabía vengarme de una muchacha mejor que tú—dijo riéndose papá, quien nunca desperdiciaba la ocasión de decir una broma.
—¿Y cómo se hace?—preguntó mi primo.
—¡Bah! ¡Si no lo sabes!—replicó papá.
—Se le da un beso, señor Roberto—dijo un viejo jardinero que pasaba justamente con sus regaderas.
Todavía lo veo delante de mis ojos quedarse de repente inmóvil, rojo de rubor, y dejar caer de sus manos las trenzas sin saber dónde dirigir sus miradas. Papá se moría de risa; en cuanto a Marta, se escapó a la carrera.
Cuando fui a sacudir su puerta, se había encerrado: no volvió a aparecer sino a la hora de la cena. Bajo los cabellos que le caían sobre la frente, en desorden, parecía perdida en sus pensamientos y muy intimidada.
Cuando comparo hoy el rostro pálido, flaco y resignado que me llena el alma entera, con esa cara pícara, de mejillas llenas y sonrosadas, que a veces se me aparece, resplandeciente, desde el fondo de mi pequeña infancia, me cuesta trabajo concebir que hayan realmente pertenecido a una sola y misma persona.
—¡Cómo le flotaban sobre las espaldas sus largas trenzas rubias! ¡Con qué expresión atenta de precoz ama de casa, recorrían sus ojos la extensión de la gran mesa, en torno de la cual todos juntos, condiscípulos y celadores—una galería de mandíbulas hambrientas—esperábamos impacientes la comida! ¡Y, con qué alegría extendía la mano cada uno, cuando, con una sonrisa maliciosa, ella alcanzaba los platos!
Sólo hoy comprendo qué camino doloroso tenía que recorrer, hoy que me preparo yo misma para el largo y penoso viaje al cabo del cual se abre para mí una tumba solitaria, más triste aún que la suya.
Entonces yo no era más que una niña y alzaba los ojos, sin sospechar nada, hacia la que vino a ser mi maestra, casi antes de haber abandonado ella misma los vestidos cortos.
Efectivamente, fue en aquella época cuando nuestros negocios comenzaron a declinar. Papá tenía que hacer frente a sus deudas; malas cosechas e inundaciones, tres años consecutivos, le quitaron toda esperanza de volver a levantarse, y las penas se amontonaron cada vez más sobre nuestra casa.
Hubo que economizar en nuestros gastos, todo aquello de que fuera posible privarse; las relaciones con los propietarios vecinos fueron limitadas, el personal reducido, y la anciana institutriz que había educado a Marta, y que debía terminar su tarea conmigo, tuvo también que dejarnos.
Marta, que era siete años mayor que yo, y se disponía a estrenar su primer vestido largo, tomó su lugar.
De este modo las relaciones que se establecieron entre nosotras no podían ser puramente las de hermana a hermana; ella fue la protectora y yo la protegida, hasta que cambiamos nuestros papeles.
Podía yo tener once años, cuando advertí por primera vez que Marta había cambiado singularmente de modales y de aspecto. Habría debido notarlo antes, pues tenía la costumbre de mirar en mi derredor con los ojos muy abiertos; pero en la monotonía de los días que se deslizan uno tras otro, las alteraciones que producen en torno nuestro el tiempo y las penas, se escapan fácilmente.
Pero entonces puse atención, y vi adelgazarse su rostro cada vez más, de día en día borrarse los colores de sus mejillas, y hundírsele los ojos más profundamente.
Ya no cantaba, y su risa tenía una entonación de cansancio y velada, tan particular que me hacía sufrir al oírla, y más de una vez estuve a punto de gritarle: «¡No te rías!»
Hacia la misma época, se puso enfermiza; se quejaba de dolores de cabeza, de calambres en el estómago, y le costaba trabajo ir de un lado a otro por la casa. Naturalmente, papá y mamá no podían dejar de notar su estado. Un día la envolvieron en gruesas mantas, y no obstante su resistencia, la llevaron a Prusia a consultar a un médico; éste se encogió de hombros, prescribió píldoras de hierro y aconsejó un cambio de aire.
Debía haber aconsejado algo más, que preocupaba mucho a nuestros padres, al menos a papá, pues ya hacía mucho tiempo que nada podía sacar a mamá de su apatía.
A menudo, cuando Marta, meditabunda, miraba fijamente frente a ella, él la observaba de reojo, meneaba la cabeza, exhalaba un suspiro, salía del cuarto cerrando la puerta con estrépito.
Pero cualesquiera que fuesen los sufrimientos que padecía, su trabajo no se resentía de ello; de tan lejos como la recuerde, jamás la vi un segundo desocupada. Muy niña aún, permanecía al lado del fogón con su libro de lecciones o vigilaba la lejía al mismo tiempo que hacía sus redacciones. Desde que fue mujer, agregó todos los deberes que le imponía mi instrucción a las preocupaciones sin número que da una gran casa a la que la dirige. Mamá se había retirado por completo y la dejaba ordenar y dirigir a su antojo, con tal que las compotas y otras golosinas obtuvieran su aprobación.
Yo, que era horriblemente mimada por toda la casa, tenía vergüenza de mi inacción y trataba de aliviarla en parte de sus trabajos, pero ella me rechazaba suavemente y me despedía.
—Deja, queridita—me decía acariciándome las mejillas,—eres la princesa de la familia; continúa.
Eso me ofendía. Habría soportado todo salvo que me despidiera cuando iba a ofrecerme con el corazón desbordante de ternura.
Una noche la vi llorar. Me deslicé afuera, al jardín, y sostuve un rudo combate. El deseo de ir en su ayuda me ahogaba; pero no me atrevía a acercármele y echarle los brazos al cuello para consolarla. Cuando estuve en cama, la necesidad de brindarle mi ternura se apoderó de mí con nuevas fuerzas: me levanté, y en camisa, como estaba, me aventuré por el corredor obscuro.
Permanecí largo rato delante de su puerta, temblando de frío y de miedo, con la mano sobre el botón. Al fin me armé de valor y entré muy suavemente en su cuarto.
La encontré arrodillada junto a la cama, con el rostro oculto en la almohada, y parecía orar.
Me quedé inmóvil en el umbral, pues no me atrevía a perturbarla.
Al fin, se volvió y al verme se levantó estremeciéndose.
—¿Qué quieres?—balbució.
Yo me colgué de ella y mis sollozos habrían enternecido a un corazón de piedra.
—¡En nombre del Cielo, querida! ¿Qué tienes?—gritó.
No me hallaba en estado de proferir una palabra. Pero ella, con un movimiento maternal, tomó una gruesa manta de lana, me envolvió en ella y me colocó en su regazo, aunque yo ya era más grande que ella.
—Vamos, confiésate, tesoro mío. ¿Qué ocurre?—me preguntó acariciándome las mejillas.
Reuní todo mi valor, y con la cara oculta en su cuello, le dije en un sollozo:
—Marta, quiero ayudarte.
Siguió un largo silencio, y cuando alcé los ojos, vi vagar por sus labios una sonrisa indeciblemente amarga y triste. Entonces me tomó la cabeza entre sus manos, me besó en la frente y me dijo:
—Ven, voy a acostarte, querida. Yo nada tengo, pero tú, me parece que tienes fiebre.
De un salto me puse en pie.
—¡Oh! ¡Haces mal, Marta!—exclamé.—No me dejaré despedir así. No estoy enferma y tampoco soy tan tonta para no ver que te estás consumiendo y que, cada día, encierras en ti nuevos pesares. Si no tienes ninguna confianza en mí, acabaré por creer que nada quieres tener de común conmigo, y que todo ha concluido entre nosotras.
Ella juntó las manos mirándome con sorpresa.
—¿Qué te pasa, querida? Ya no te reconozco... Ven, ven, voy a acostarte—repitió.
—Es inútil, puedo ir sola—dije.
Entonces ella vio que era necesario acordar a la niña una palabra de explicación.
—Mira, Olga—dijo atrayéndome hacia sí,—tienes razón. Tengo muchas penas, y si tuvieras más edad y pudieras comprenderlas, seguramente serías la primera a quien se las confiaría. Pero antes es necesario que aprendas también a conocer la vida.
—¿Y en qué conoces la vida mejor que yo?—exclamé, siempre con altanería.
Ella se contentó con sonreír, y esa sonrisa de una tristeza tan dulce, me dio un golpe en el corazón. Tuve un vago presentimiento, apenas perceptible, como el que se podría experimentar al ver un templo cerrado o islas lejanas rodeadas de palmeras. Y Marta continuó:
—Pero de aquí allá, y para eso falta mucho todavía, debo llevar sola el peso que me oprime. Te agradezco mucho, hermanita, tu buena voluntad, y te amaré aún más por ello si esto es posible. Ahora, vete, y duerme bien, tenemos mucho que estudiar mañana...
Y dicho esto, me empujó afuera.
Me quedé en el corredor, como una réproba, contemplando la puerta que acababa de cerrarse tan duramente tras de mí. Después apoyé la cabeza en la pared y lloré silenciosa y amargamente. A partir de ese día, Marta redobló su cariño y su bondad hacia mí, pero yo no quería verlo; permanecía impenetrable para ella como ella lo había sido para mí, y en mi alma se arraigó, cada vez más profundamente, el sentimiento penoso de que el mundo no necesitaba de mi amor.
Es evidente que un incidente como éste, por sí solo, no podía tener una influencia decisiva sobre mi carácter. Una niña tan joven como yo lo era entonces, se deja arrastrar con demasiada facilidad por la corriente de impresiones nuevas para que unos minutos de este género puedan producir sobre ella un efecto durable, y el hecho es que no necesité mucho tiempo para olvidar aquella noche. Pero lo que no olvidaba, era la idea de que nadie había en la tierra que estuviera dispuesto a compartir sus penas conmigo y que estaba reducida a mí misma y a mis libros, hasta el día en que se me encontrara bastante madura para participar de la existencia de los vivos.
Y más y más, me sumergía en los tesoros de los poetas, ninguno de los cuales me rechazaba de su más íntimo santuario. Aprendía con Tasso a sentirme miserable y sublime; sabía lo que Manfredo iba a buscar a las heladas cimas de los Alpes; me lamentaba con Tecla de la felicidad terrestre de la cual yo había gozado, de la vida y del amor, que habían concluido para mí. Pero, por sobre todo, Ifigenia era mi heroína y mi ideal.
Con ella llenaba mi joven alma solitaria de toda la poesía que hay en no ser comprendida; pasar por el mundo como ella, como sacerdotisa bienhechora y en un renunciamiento sublime, me parecía la vocación claramente designada para mi existencia. Si para realizarla hubiera podido llevar, yo también, los blancos velos de la virgen griega, cuyos pliegues noblemente dispuestos habrían convenido tan bien a mi cuerpo de niña desarrollada antes de tiempo, mi felicidad habría sido completa.
A juzgar por las apariencias, yo era en aquellos años una criatura intratable e imperiosa, que sin el menor empacho contestaba con impertinencia y que gustaba levantarse de la mesa en plena comida cuando algo me desagradaba.
A pesar de todo eso, o quizá a causa de eso mismo, todos me mimaban, y mi voluntad, si esta palabra tiene un valor aplicable a un niño, tenía fuerza de ley en toda la casa.
A los quince años era tan grande y tan fuerte como ahora, y no faltaba de vez en cuando algún joven campesino galante que me dijera que yo era muy bonita, mucho más bonita que todas las otras, y que Marta en particular.
Eso me chocaba, pues todavía la vanidad no tenía cabida en mí.
En esa época soñé una noche que Marta había muerto. Cuando me desperté, mi almohada estaba inundada de lágrimas; en todo el día no hice más que ir y venir en torno de mi hermana como una criminal: me parecía que tenía sobre la conciencia una falta grave cometida contra ella.
Después de la comida Marta se había recostado por un rato en el canapé, otra vez con su dolor de cabeza. Cuando entré en la habitación en ese momento, y vi sobre el brazo del sofá su rostro, pálido como la cera, con los ojos cerrados, quedé como si me hubiera herido un rayo.
Creí ver en realidad su cadáver ante mis ojos.
Caí de rodillas delante del canapé y le cubrí de besos la boca y la frente. Su rostro se transfiguró, abrió los ojos y me contempló como si viera una visión; pero luego que volvió en sí, sus facciones readquirieron su expresión de gravedad y de tristeza.
—¡Vaya, vaya! ¿Qué tienes, hijita?—dijo.—Estas no son cosas que haces todos los días.
Me rechazó suavemente, y también esta vez permanecí parada, abandonada a mí misma, con el corazón desbordante. Sin embargo, cuando ya me iba, me llamó y murmuró:
—Te quiero mucho, hermanita.
La noche de ese mismo día noté en cierto momento que parecía sonreírse interiormente. Papá también lo notó, porque aquello no era usual, y, tomándole la cabeza con las manos, le dijo:
—¿Qué te ha ocurrido, Martita? ¡Estás hoy fresca como una flor!
Marta se ruborizó hasta la raíz de los cabellos, pero yo le tomé la mano a hurtadillas por debajo de la mesa, diciéndome:
—¡Ya sabemos lo que nos hace tan felices!
Al día siguiente por la mañana, cuando tomábamos nuestro café, papá entró con una carta abierta en la mano.
—Una ave forastera viene a albergarse en nuestro nido—dijo riéndose.—¡Adivinen cómo se llama!
Y dicho esto, miró a Marta de reojo con expresión un tanto cómica. Me pareció que ella se ponía más pálida que de costumbre y la taza que tenía en la mano tembló perceptiblemente.
—¿Esa ave ha venido ya alguna vez?—preguntó lentamente y en voz baja, sin alzar los ojos.
—¡Vaya si ha venido!—dijo papá sin dejar de reírse.
—Entonces, es... Roberto Hellinger—dijo.
Y exhaló un profundo suspiro como si le hubiera costado mucho decir aquello.
—¡Mil truenos! ¡Adivinas bien, chicuela!—dijo papá amenazándola con el dedo.
Ella nada contestó, y con su paso lento y cansado se dirigió hacia la puerta; en toda la tarde nadie la volvió a ver.
Por mi parte, la visita del primo me dejaba bastante indiferente. Su imagen de otros tiempos, tal cual se me presentaba confusamente, no era como para llenar de ensueños ardientes una romántica cabeza de quince años.
Pero la actitud de Marta me había llamado la atención.
Al día siguiente, desde muy temprano, la oí ir y venir a pasos precipitados, en el piso superior, por los cuartos de huéspedes.
Fui a buscarla, pues tenía curiosidad de ver lo que la ocupaba en esas habitaciones habitualmente cerradas.
Había abierto todas las ventanas, sacado las sobrecamas y las cortinas, y en chanclas, corría en medio del desorden, de un cuarto al otro. Se cogía el rostro con ambas manos y se reía sola con una risa tan extraña, que no se sabía si era llanto.
Cuando le pregunté: «¿Qué haces ahí, Marta?» se estremeció, me miró muy confusa y sólo entonces pareció darse cuenta del lugar en que se encontraba.
—Ya lo ves: preparo las camas—balbució al cabo de un instante.
—¿Para quién?—pregunté.
—¿Acaso no sabes que esperamos una visita?
—¿Y eso es lo que te regocija tan terriblemente?—repliqué, encogiéndome ligeramente de hombros.
—¿Y por qué no había de regocijarme? Es nuestro primo.
—¿Y nada más?—dije yo amenazándola con el dedo, como lo había visto hacer la víspera a papá.
Entonces, de improviso, ella se puso muy grave y me dirigió con sus grandes ojos tristes una mirada tan llena de reproche, que sentí que la sangre me afluía, ardiente, al rostro. Volví la cara a un lado, y como ya no podía seguir representando el papel de mujer superior, me dirigí a la puerta.
A partir de ese instante, el primo Roberto me dio mucho qué pensar. Me parecía evidente que él y Marta se amaban, y sobrecogida por la vibración misteriosa con que la idea del gran desconocido llena a los seminiños de mi edad, comencé a representarme la manera cómo había podido nacer ese amor.
Corría a través de los bosquecillos silvestres del parque y me decía:
—Aquí es donde se han paseado secretamente.
Me deslizaba en la sombra de los follajes y me decía:
—Aquí es donde se han dado cita.
Me dejaba caer en los bancos de césped húmedo y me decía:
—Aquí es donde han cambiado dulces palabras.
El jardín entero, la casa, el patio y todo lo que conocía desde que había venido al mundo, se iluminaba de repente con una nueva luz que se difundía por todas partes con un reflejo purpúreo. Una vida maravillosa parecía haber surgido allí. Me había sumergido de tal modo en esas imaginaciones, que concluía por creer que era yo quien había vivido ese amor. Cuando volví a ver a Marta, no osaba alzar los ojos a ella, como si yo hubiera llevado el secreto oculto en mi seno y ella fuera quien no debiera adivinarlo.
Pero, cuando, a la mañana siguiente, me di exacta cuenta de que Marta había realmente vivido todo lo que yo no hacía más que soñar, eso me turbó por completo, y desde un rincón obscuro, la examiné sin interrupción, con mirada temerosa y escrutadora, como a un ser que perteneciera a otro mundo.
Me fijé en que cada cinco minutos salía al terrado, desde donde se podía ver la puerta de entrada, pero entonces me guardé muy bien de dirigirle preguntas indiscretas. Me imaginaba ser ya una confidente, una cómplice.
Era un día claro de septiembre, de una hermosura maravillosa. Sobre el llano y en el bosque flotaban como velos rosados; hilos plateados temblaban silenciosos en el aire; el río llevaba un manto de vapor, una paz religiosa se cernía sobre todo el paisaje. Me fui al bosque, pues jamás podía encontrar suficiente soledad para soñar a mis anchas. En las ramas de los álamos se oía ya el roce de las hojas amarillentas, y los helechos dejaban caer sus tallos como criaturas heridas que apenas pueden tenerse en pie.
—Me entristecí: «La Naturaleza entera va a morir—dije;—¡Ah! ¡Si se pudiera morir con ella!»
Entonces me acordé de todas las burlas que había leído u oído sobre las impresiones sentimentales del otoño.
—Qué odiosas son esas bromas—me dije.—Pero de mí nadie se burlará; sabré esconderme y sabré ocultar lo que siento. A nadie interesa lo que pasa dentro de mí; y bien se me puede considerar como una muchacha fría y sin corazón, con tal de que sepa yo que este corazón palpita lleno de ardor y de amor por la humanidad.
—Sí, aquel fue un día henchido de encanto, día admirable; y daría con gusto todo lo que me queda de vida, si pudiera volver a él.
Y la noche... la veo todavía como si fuera hoy. Las ventanas estaban abiertas, los tallos flexibles de la viña virgen se mecían con el viento, y, desde muy lejos, un trote de caballos, un chasquido de lanzas y de sables llegaban hasta mis oídos. Nada podía ver, pues la obscuridad lo cubría todo, pero yo sabía que era una tropa de cosacos que recorría la frontera.
Entonces cerré los ojos y soñé: un grupo de jinetes avanza; a su cabeza viene el hijo del Rey, rubio y magnífico, sobre su blanco palafrén. Yo soy la Princesa y estoy sentada en la torrecilla de la antigua mansión; el renombre de mi hermosura se ha extendido de tal modo en la comarca, que el hijo del Rey se ha decidido a venir, escoltado por lo más selecto de sus cortesanos, para verme y pedir mi mano al viejo caballero, mi padre.
Y en eso me acuerdo de Marta, y me pregunto si a ella, en su calidad de primogénita, no le corresponde la primacía. Pero, para consolarme, me digo que, como ella ama a su Roberto, no necesita de ningún Príncipe.
Y me figuro entonces lo que daré a todos los míos cuando haya subido al trono: a Marta, un espléndido aderezo; a papá, un cofre de hierro lleno de oro; a mamá, una gran caja de piñas azucaradas.
El chasquido de lanzas desaparece a lo lejos, y con él mi sueño.
Roberto llegó al día siguiente.
En el momento en que el carruaje que lo conducía, rodó bajo el portón, Marta estaba al lado del fogón. Corrí a buscarla y le susurré en el oído:
—Marta, creo que ahí está.
Pero ella me demostró en seguida que yo no era su confidente: me miró un instante fijamente y me preguntó, como si su espíritu estuviera lejos:
—¿De quién quieres hablar?
—¿De quién? Pues del primo, naturalmente.
—¿Y por qué me dices eso tan misteriosamente?
Y como al oír eso me encogí de hombros, ella tomó la espumadera que había dejado caer y volvió a su tarea.
—¿Y esa es toda la alegría que sientes?—continué, encogiendo el labio con expresión despreciativa.
Pero ella me apartó con la mano izquierda, con una brusquedad inacostumbrada.
—¡Vete, chiquilla, te lo ruego!
Y he ahí cómo yo recibí al primo Roberto en su lugar.
En el instante en que salí al terrado, él bajaba del carruaje.
«No es mucho mejor que papá,» fue mi primer pensamiento. Era alto, de estatura gigantesca, el pecho y las espaldas anchas, el rostro moreno, con dos ojillos azules, y encuadrado por una barba rubia, erizada, una de aquellas barbas que llevaban los antiguos lasquenetes.
—«No falta más que la yugular,»—pensé para mis adentros.
De un salto salvó varios escalones y riéndose vino a mí:
—¡Hola! ¡Buenos días, Marta!—gritó.
Luego, de improviso, se estremeció, me miró de los pies a la cabeza y se quedó como petrificado en medio de la escalera.
—¡Yo no me llamo Marta, sino Olga!—dije un poco humillada.
—¡Ya me lo decía yo!...—exclamó sacudiéndose, y, adelantándose hacia mí, me alargó una mano roja y tosca de trabajador, toda encallecida y agrietada.
—«¡Qué palurdo!»—me dije mentalmente.
Cuando ya estuvimos dentro de la casa, me examinó nuevamente.
—Todavía eras una pequeñuela, cuando salí de aquí, y me parece verdaderamente extraordinario que te asemejes tanto a Marta.
—«¿Yo, parecerme a Marta?—pensé—¿Cuándo me habré parecido a Marta?»
—Pero no—continuó,—ella no era tan alta, sus cabellos eran más claros, no tenía esa expresión tan altiva, y... no miraba con ojos tan severos.
—¡Ah, Dios del Cielo!—me dije.—¿Acaso nunca has visto los ojos de Marta?
En ese instante se abrió muy suavemente la puerta de la cocina, y por la abertura, no más ancha que la mano, ella se escurrió en la habitación. No se había quitado el delantal; su rostro estaba tan blanco como él, y los labios le temblaban.
—Bienvenido seas, Roberto—le dijo tímidamente por detrás, pues él se había vuelto hacia mí.
Al primer sonido de esa voz, Roberto se dio media vuelta bruscamente, y entonces se quedaron un rato frente a frente sin hacer un movimiento, sin articular una sílaba.
Yo temblaba; hacía dos días que acechaba ese momento, y he ahí que el resultado burlaba lastimosamente mi espera.
Al fin se acercaron lentamente el uno al otro y se besaron. Pero ese mismo beso no me gustó; a mí no me habría besado de otra manera.
—Sí, pero ni siquiera lo ha hecho—agregué para mis adentros.
Después permanecieron nuevamente inmóviles y silenciosos. Mi corazón latía con tanta violencia, que tuve que apretarme el pecho con las dos manos.
Al fin, Marta le dijo:
—¿No quieres sentarte, Roberto?
Él hizo un ademán de asentimiento y se dejó caer en un rincón del sofá que crujió bajo su peso. Continuaba mirándola incesantemente; al cabo de un largo rato, dijo:
—¡Mucho has cambiado, Marta!
Al oír esto me pareció que me daban una bofetada.
Una sonrisa de una tristeza indecible rozó los labios de Marta:
—Sí—dijo.—¡Mucho debo haber cambiado!
Nuevo silencio. Se habría dicho que Roberto necesitaba mucho tiempo para encontrar palabras capaces de expresar su pensamiento.
—¿Cómo es que jamás he sabido que estabas enferma?—concluyó por decir.
—No lo sé—replicó ella con una dulzura en que se descubría un poco de amargura.
—¿No podías escribírmelo?
—Pero, ¿acaso nos escribimos?
Roberto empujó con irritación el pie de la mesa.
—Pero cuando uno no está bien... entonces... entonces...
No supo decir más.
Yo apreté los puños: ¡habría sabido concluir tan bien la frase por él!
—Tú sabes—dijo Marta,—que el enfermo es siempre el último en saber que no está bien.
—Yo creía que él debía saberlo mejor que nadie.
—¿Y si uno juzga que no vale la pena hacerle caso?
Esta vez Marta habló sin amargura, en el tono tranquilo y moderado que le era habitual, y, sin embargo, cada palabra me partía el corazón.
—¡Oh, Marta!—gritaba una voz dentro de mí.—¿Por qué me has rechazado?
En eso ella soltó una risa breve y preguntó a Roberto cómo estaban en su casa, y lo que hacían mi tío y mi tía.
—Pero primero, quisiera saber lo que hacen mi tío y mi tía—dijo mirando en su derredor hasta en los rincones.
Yo estaba tan contenta de ver disiparse el embarazo que los oprimía, que al verlos buscar por el cuarto tan cómicamente, prorrumpí en una risa estrepitosa.
Ambos se volvieron hacia mí, sorprendidos, como si sólo entonces notaran mi presencia.
—¿Y qué dices de nuestra Olguita?—preguntó Marta, tomándome por la mano con ademán maternal.—¿Te gusta?
—Ahora un poco más—dijo examinándome.—Antes me pareció demasiado enseñorada.
—Sin embargo, no podía saltarte al cuello en seguida—repliqué.
—¿Y por qué no?—repuso con una sonrisa.—¿Crees que no habría habido bastante lugar para ti?
—No—dije, para que supiera de una vez cómo había que tratarme.—Ese no es mi lugar.
Entonces me miró muy azorado, y dijo meneando la cabeza:
—¡Cáspita! La chiquilla es mordaz.
Yo iba a replicar, pero papá entró.
En la mesa no los perdí de vista, pero nada sospechoso hubo que observar; apenas si cambiaron algunas miradas.
—Más tarde, cuando nuestros padres duerman—me dije,—tratarán de escaparse.—Pero me equivoqué. Se quedaron tranquilamente en la sala y ni una sola vez trataron de alejarme. Él fumaba, sentado en un rincón del canapé; ella estaba sentada cinco pasos más allá, junto a la ventana, con su bordado.
—Quizá son demasiado tímidos—me dije,—y esperan que la ocasión se presente sola.—Hice dos o tres observaciones, para ver si cambiaban de lugar, y salí de la habitación. Luego, con el corazón palpitante, esperé media hora, encerrada en mi cuarto y contando los minutos antes de atreverme a volver.
—Ahora—me dije,—él se le acercará, le tomará la mano y la mirará por largo rato en los ojos. ¿Me amas siempre?—le preguntará,—y ella, ruborizándose, con una mirada húmeda, se dejará caer sobre su pecho.
Cerré los ojos y suspiré. Las sienes me palpitaban, me sentía cada vez más embriagada por las imágenes que me representaba y me figuraba su continuación; lo veía caer de rodillas delante de ella, y, con miradas ardientes, balbucir juramentos apasionados de amor y de fidelidad.
Me sabía de memoria lo que él le decía en ese momento, y no menos bien lo que ella le contestaba: habría podido soplarle las palabras.
Cuando pasó la media hora, me consulté para saber si les otorgaría todavía algunos instantes: yo era entonces su providencia, y, en esta calidad, les acordé graciosamente mi protección, con una sonrisa.
—¡Ojalá puedan vaciar hasta el fondo la copa del deleite!—pensé, y resolví ir todavía a dar una vuelta por el jardín. Pero la curiosidad me dominaba a tal extremo, que a la mitad del camino volví sobre mis pasos.
Me acerqué sin ruido hasta la puerta, pero apenas hallé el valor necesario para dar vuelta al botón: la idea de lo que iba a presenciar me oprimía el pecho hasta ahogarme.
¿Y qué fue lo que vi?
Roberto estaba todavía sentado, como yo lo había dejado, en una esquina del canapé; había fumado su cigarro, del que no le quedaba ya más que la punta entre los dedos, y el bordado de Marta contenía una flor que antes no existía.
—¿Por qué te encoges de hombros con ademán tan despreciativo?—me preguntó Marta.
Y Roberto agregó:
—Parece que no tengo la aprobación de la señorita.
—Así, pues, siempre mis buenas intenciones son objeto de insultos—me dije, y salí golpeando violentamente la puerta detrás de mí.
Toda esa noche, loca de mí, me la pasé despierta hasta el amanecer, representándome la manera cómo yo, Olga Bremer, habría procedido en el lugar de uno y otro. Unas veces era Roberto y otras Marta; sentía, hablaba, obraba por ellos, y en el silencio de mi dormitorio resonaba el murmullo apasionado de un amor ardiente, desdeñoso del mundo entero.
Como para mi gusto, las cosas se presentaban demasiado simples, inventé un montón de dificultades: negativa de los padres, cita nocturna en la frontera y sorpresa por los cosacos, encarcelamiento, maldición paternal, fuga, y, por fin, muerte común en las aguas, pues un verdadero amor no me parecía dignamente sellado y concluido sino por la muerte.
Cuando me levanté, al día siguiente por la mañana, tenía zumbidos en la cabeza, y ante mis ojos bailaban manchas de luz verdes y amarillas.
Al ver mi semblante, Marta juntó las manos por encima de su cabeza, y Roberto, que otra vez estaba sentado en la esquina del sofá, envuelto nuevamente en nubes de humo, exclamó:
—¿Has pasado la noche llorando o bailando?
—Bailando—repliqué,—en el Brocken con otras brujas.
—No se puede sacar una palabra racional de esta chiquilla,—dijo moviendo la cabeza.
—A preguntas necias...—repliqué.
—¡Vaya! no volveré a abrir la boca—dijo riéndose;—de lo contrario se me serviría desde por la mañana un plato de necedades como en mi vida he comido.
Marta me dirigió una mirada de reproche. Yo huí al fondo del parque, al lugar más sombreado, y oculté mi encendida cara entre el fresco follaje.
Poco me faltaba para llorar.
—He ahí, pues, mi destino—me decía:—desconocida por todo el mundo, aislada y desdeñada con mi corazón ardiente de amor, marchitándome en mi rincón sin que nadie me solicite, mientras que en torno mío todo se entrelaza y satisface su pasión en ardientes besos.
Sí, en sueño, había substituido tan bien a Marta en su amor, que había llegado a tomarme por la heroína: el desencanto no podía hacerse esperar.
¡Si por lo menos a ellos dos se les hubiera ocurrido, más tarde, seguir los vuelos de mi imaginación! pero mientras más tiempo Roberto permanecía entre nosotros, más observaba las relaciones de Marta con él, y más me convencía de que el interés que yo les prodigaba, se perdía totalmente.
Ella, encarnación de la ama de casa, fría y tímida, sometida a todas las fatalidades de la existencia cuotidiana; él, encarnación del propietario, pesado y obtuso, incapaz de toda pasión. Discurría en esta forma, mientras mi corazón estuvo lleno del sentimiento amargo de que yo pasaba inadvertida y era inútil. Entonces ocurrió un incidente que no sólo suavizó mi humor, sino que hasta modificó sensiblemente mi juicio sobre nuestro primo.
Hacía cuatro días que Roberto estaba en casa, cuando vino a buscarme de improviso y me dijo:
—Olguita, quisiera pedirte algo; ¿no vendrías a hacer un paseo a caballo conmigo?
—¡Qué honor!—repliqué.
—No, no hay que volver a empezar en ese tono—dijo con una risa en la cual se notaba algo de enfado.—Tratemos de ser buenos camaradas por media hora, ¿quieres?
Su ingenua franqueza me agradó: dije que sí.
Cuando nuestros caballos pasaron el portón, Marta estaba en la ventana de la cocina y nos hizo señas con su delantal blanco.
—Ves, Marta—dije para mis adentros,—así es cómo me iría con él a través del vasto mundo, si fuera su querida.
Yo no tenía entonces más que una noción bastante confusa de lo que es una «querida» y no vacilaba en elevar a Marta a esa dignidad.
—Monta bien—pensé en seguida;—mi «hijo del rey» no sería mejor jinete.
Y entonces me sorprendí al ver que me había erguido, orgullosa y alegre, en mi silla, invadida por un indefinible sentimiento de bienestar que me hacía correr un estremecimiento por todo el cuerpo.
Roberto nada decía, pero con frecuencia se inclinaba hacia mí y me hacía una seña amistosa, como si juzgase prudente consolidar nuestro pacto cada cinco minutos: trabajo inútil, pues nada estaba más lejos de mi imaginación que la idea de romperlo. Cuando hubimos trotado una media hora a un paso bastante vivo, detuvo su caballo y me dijo:
—¿Bueno, chiquilla?
—¿Qué hay, «grande»?
—¿Regresamos?
—¡Oh, no!
No estaba dispuesta a renunciar tan fácilmente a lo que me llenaba de una satisfacción tan completa.
—Entonces, ¡al bosque de Illowo!—dijo él señalando la mancha azulada que cerraba el horizonte a lo lejos.
Hice un signo afirmativo, y di tal latigazo a mi caballo, que éste se irguió y partió dando saltos.
—¡Bravo, por la chica de quince años!—gritó él detrás de mí.
—¡Dispense, dieciséis!—repliqué, volviéndome a medias hacia él.—Por otra parte, si me vuelves a echar en cara mi juventud, ¡se acabó nuestra camaradería!
—¡En nombre del Cielo!—dijo él riéndose.
Y continuamos nuestra carrera sin decir palabra.
El bosque de Illowo está dividido por una pequeña corriente de agua, cuyas orillas se hallan tan cerca la una de la otra, que las ramas de los álamos que las pueblan a cada lado, se entrelazan y forman por encima del espejo obscuro de las aguas una alta bóveda de verdura que, a cada desvío del riachuelo, termina en un muro de follaje, para volver a formarse inmediatamente después.
Bajo esa bóveda, junto al borde del agua, conocía desde mi infancia más de un escondrijo, donde me pasaba las horas enteras, leyendo o soñando, mientras mi caballo, un poco más arriba, pacía tranquilamente en el bosque.
Y como esta vez íbamos lentamente, por entre los troncos de árbol, se me ocurrió hacerle conocer uno de mis retiros.
—Quiero bajar—le grité,—ven a ayudarme a echar pie a tierra.
De un salto bajó de su caballo e hizo lo que yo le pedía.
—¿Qué quieres hacer?—me preguntó.
—Vas a verlo—dije,—pero primero suelta los caballos...
—¡No faltaba más!—dijo Roberto riéndose.—Me haces el efecto de quien quiere coger las liebres poniéndoles un grano de sal bajo la cola.
E hizo ademán de atar las riendas a un tronco de árbol.
—¡Suéltalos!—ordené.
Y como él no obedecía castigué a los caballos con mi varilla: antes que él hubiera pensado en sostener más fuertemente las bridas, los caballos galopaban ya libremente en el bosque.
—¿Y ahora?—dijo mi primo poniéndose las manos en los bolsillos.—¿Te imaginas que van a dejarse coger otra vez?
—Por ti, no—respondí riéndome, pues estaba segura de mis favoritos.
Y cuando al oír un ligero silbido de mis labios, ambos acudieron desde lejos dando brincos y vinieron a rozar suavemente mi cuello con sus hocicos, esperando una caricia, mi corazón se dilató: me sentía orgullosa de que hubiera en la tierra criaturas, aunque privadas de razón, que se inclinaban ante mi poder y me eran sumisas por afecto, y alcé hacia Roberto una mirada triunfante: ahora él debía saber quién era yo y qué pretendía.
Pero vi muy bien que todavía yo no le imponía.
—¡Maravilloso, chica!—dijo él, y nada más.
En seguida me dio un golpecito paternal en el hombro y se recostó perezosamente en el césped. Los rayos de sol que pasaban a través de las ramas, relucían en su barba: me pareció un gigante en reposo, semejante a los que nos pintan las leyendas del Norte.
Pero en el momento en que, al contemplarlo, iba a sumergirme en mis visiones románticas, se puso a bostezar terriblemente, de tal modo que volví a caer repentina y bruscamente en la prosa.
—¡Pero no nos vamos a quedar aquí, mi señor primo!
—No seas loca, chiquilla—dijo él cerrando los ojos.—Haz como yo, vamos a dormir.
Tuve un impulso de alegría, y, acercándomele, lo cogí por el cuello y lo sacudí fuertemente.
Quiso asir mi vestido, pero yo me escapé, lo que le hizo levantarse vivamente para correr tras de mí.
Entonces, tranquilamente me adelanté hacia él y le dije:
—Bueno, ahora, ven.
Por entre espesos matorrales, lo conduje a la base de la pendiente escarpada, al pie de la cual reposaba el agua profunda semejante a un espejo obscuro. Allí, los árboles de anchas hojas y toda clase de plantas trepadoras formaban, al engancharse a una salida de la roca, una cuna natural, donde había sombra aun en pleno mediodía.
Allí fue donde le hice entrar.
—¡Mil truenos! He aquí un lindo rincón, chica—dijo él al mismo tiempo que se extendía cómodamente sobre la piedra, tanto que sus pies caían casi al nivel del agua.
—Ven, ponte a mi lado; hay sitio para los dos.
Lo obedecí, pero me senté de manera que mi mirada pudiera dominarlo.
Él fingía dormir, y de cuando en cuando, por entre sus párpados medio cerrados, alzaba los ojos hacia mí.
De repente se me ocurrió esta idea:
«¿Si fueras Marta, qué harías en este momento?»
Y un pavor tal se apoderó de mí, que la sangre me subió hirviente a la cara.
—¿Eres miedosa, chiquilla?—me preguntó.
Yo sacudí la cabeza.
—Entonces, ven.
—Ya estoy a tu lado.
—Ponte allí, delante de mí.
Hice lo que me pedía: mis pies tocaban casi el borde de la piedra.
De pronto, se levantó, me asió, rápido como el rayo, por la cintura, y en el mismo instante me sentí suspendida sobre el agua.
Lo miré riéndome.
—¡Cómo!... ¡Cómo!...—dijo.—¡No hay de qué reírse! Si te dejara caer...
—Me ahogaría... Pues bien, ¡déjame caer!
—No. Antes quiero que me confieses algo.
—¿Qué?
—¿Por qué no puedes sufrirme?
Respiré profundamente. Al mismo tiempo sentí que las suelas de mis botines tocaban ya la superficie del agua: él no podía dejarme caer más. Una deliciosa sensación de desfallecimiento me invadió.
—Pero yo puedo sufrirte—le dije.
—¿Por qué entonces me contestas siempre de tan mala manera?
—Porque soy una muchacha mal criada.
—¡Enhorabuena!—dijo él, riéndose.
Y, con un movimiento brusco, me alzó como una pluma: yo me volví a encontrar de pie sobre la piedra.
—Bueno, ahora siéntate; vamos a conversar seriamente.
Me tomó la mano y continuó:
Mira, soy un hombre sencillo, he trabajado mucho y pensado poco en ejercitar mi espíritu. Tú, con tu vivacidad, me ganas fácilmente; por eso es que siempre me cuesta trabajo hablarte. Tú no lo haces con mala intención, bien lo sé, pues en nuestra familia no se conoce la maldad; pero de todos modos eso no conviene. Tengo casi doce años más que tú, tú eres todavía una chiquilla, o poco menos... ¿Tengo razón?
—Tienes razón...—respondí humildemente.
Y me preguntaba aparte lo que se había hecho mi altivez.
—¿Por qué, pues, procedías así?
—Porque quería agradarte.
Y exhalé un profundo suspiro.
Él me miró en los ojos con asombro.
—Porque quería mostrarte que no soy una tontuela, que tengo la cabeza muy a plomo, que yo...
Me detuve muy confusa. Roberto se mordía la barba y miraba frente a él, pensativo.
—¡Miren eso!—dijo.—Pues bien, creo que yo te estaba tomando por el mal lado. ¡Qué suerte que haya seguido el consejo de Marta!
—¿De Marta? ¿Qué consejo te ha dado?
—Tómala aparte, uno de estos días—me ha dicho,—y explícate con ella. Cuando Olga no quiere a alguién, lo aborrece, y me daría mucha pena que no te tuviera cariño.
—¿Marta ha dicho eso?—exclamé, y las lágrimas me asomaron a los ojos.—¡Qué corazón, qué corazón de oro!
—Sí, ha dicho eso y muchas otras cosas más para explicar tu temperamento y excusarte. Y como amo a Marta...
—¿La amas?—dije, interrumpiéndolo, ávida de saber más.
—Sí, profundamente—respondió él pensativo, con los ojos fijos en el agua que corría a sus pies.
Mi corazón latía tan precipitadamente, que apenas podía respirar. ¡Así, pues, él me tomaba por confidente, me convertía en su aliada! Habría querido saltarle al cuello, inmediatamente, tan agradecida me sentía hacia él.
—Y... ¿ella lo sabe?
—Debe saberlo... es una cosa que no se puede ocultar...
—¿Cómo?...—balbucí.—¿Tú no... no... se lo has dicho?
Roberto sacudió tristemente la cabeza.
Yo caí desde lo alto de las nubes. ¡De modo que los bosquecillos de nuestro jardín nunca habían prestado su abrigo a dos enamorados; la luna, que brillaba por entre las ramas, nunca había sido testigo de besos clandestinos! ¡Puras quimeras todas mis imaginaciones!
Pero, en medio de mi desilusión, sentía una profunda compasión por ese gigante, que, sin más fuerzas que un niño, buscaba amparo en mí. Me juré que su confianza en mí no sería vana.
—¿Y por qué has guardado silencio?—insistí.
Pareció que consideraba mi extrema juventud con un poco de desconfianza; sin embargo, dijo con un profundo suspiro:
—En aquel tiempo, yo era un muchacho tímido y no encontraba el valor necesario para hablar. ¡En esos primeros años de locura se siente uno tan transportado, si obtiene siquiera un apretón de manos a hurtadillas! Se figura uno que el mismo matrimonio no podrá ofrecer un deleite mayor. Pero en realidad tú no puedes comprender eso.
—¿Quién sabe?—repliqué en mi inocencia.—Mucho he leído ya sobre eso.
—En resumen—prosiguió él,—yo era entonces más o menos tan ingenuo como tú ahora. Y hoy, ¿sabes? hoy, si hablo, la menor palabra me vincula a ella, con cadena indisoluble, y para siempre.
—¿Entonces, no quieres vincularte?—le pregunté con sorpresa.
—No tengo derecho para ello—gritó,—no tengo derecho. No sé si podré hacerla feliz.
—¡Oh! ¡Francamente... si no lo sabes!...
Encogí el labio con desprecio y dentro de mí, llegué a esta conclusión: «¡Entonces, no la ama!»
Pero él, con los ojos chispeantes, se animó más:
—Compréndeme, niña. Si eso dependiera de mí, no pediría más que llevarla toda mi vida en mis brazos, para que su pie nunca tropezara con las piedras del camino. Pero... ¡oh! ¡esta miseria, esta miseria!
Y se mesaba los cabellos de tal modo, que yo me sentía realmente turbada. Nunca habría creído posible que ese hombre tan tranquilo y grave pudiera volverse tan apasionado.
—Confíame tus tormentos, Roberto—dije, poniéndole la mano en el hombro.—No soy más que una chica, muy sencilla, pero eso desahogará tu corazón.
—¡No puedo!—gimió,—¡no puedo!
—¿Y por qué?
—Porque sería mortificante... hasta para ti. No puedo decirte más que una cosa: Marta es una criatura delicada, tierna e impresionable; jamás podría resistir al torrente de penas y de tormentos que caería sobre ella: se doblaría como una frágil caña al primer soplo de la tormenta. ¿De qué me serviría tener que llevarla al cementerio pocos años después de nuestro matrimonio?
Un helado calofrío me pasa por todo el cuerpo cuando pienso en la horrible manera en que debía realizarse esa frase, llena de presentimiento, pero en aquel momento nada vino a advertírmelo: sólo experimentaba un vivo deseo de dar a ese amor, por demás prosaico para mi gusto, un giro tan romántico como fuera posible. Desgraciadamente no había gran cosa que hacer. Por lo menos asumí una expresión capaz y busqué en mi memoria algunas de las frases que las venerables sibilas o los confesores dan ordinariamente como viático a los amantes desgraciados.
Y él, como un gran niño que era, bebió esas tontas palabras de consuelo con la avidez de un hombre que se muere de sed.
—¿Pero tendrá paciencia ella también?—me preguntó, y parecía perder nuevamente el valor.
—¡Sí, la tendrá! ¡Confía plenamente!—grité con arrebato.—Puesto que espera desde hace tanto tiempo, podrá muy bien tener paciencia uno o dos años más. Ya verás cómo se somete de buen grado.
—¡Y si, aun más tarde, ese casamiento no pudiera realizarse!—objetó Roberto.—¡Si yo defraudara su esperanza, si hubiera jugado con su corazón! ¡No, no hablaré; antes me arrancarán la lengua, no hablaré!
—Si no querías hablar, ¿para qué viniste entonces?
Dios sabe cómo ese pensamiento de doble filo vino a mi espíritu de joven aturdida. Sentí confusamente que al pronunciar esas palabras cometía un acto de crueldad, pero... ya era tarde.
Vi palidecer su rostro, sentí que su respiración ardiente se exhalaba en un suspiro.
—Soy un hombre de honor, Olga—murmuró entre dientes;—¿para qué atormentarme? Pero, ya que has hecho la pregunta, tendrás una respuesta. He venido porque ya no podía vivir sin ella, porque quería beber en sus ojos el consuelo y la fuerza necesarios para las tristezas venideras, y porque... porque, en el fondo, acariciaba siempre la secreta esperanza de que las cosas aquí pudieran tomar otro giro, que todo pudiera arreglarse para que yo me la llevara conmigo.
—¿Y las cosas no se arreglan?
—¡No!... No preguntes por qué. Conténtate con esta respuesta: ¡no!
De repente se inclinó hacia mí, se apoderó de mis manos y me dijo desde el fondo del corazón:
—Ves, Olga, cómo nuestro compañerismo ha tenido mejor resultado que el que podíamos esperar uno y otro hace media hora. ¿Querrías asistirme fielmente, y ayudarme en cuanto estuviera en tu poder?
—Sí, te ayudaré—respondí, y al decir esto me sentí penetrada de la solemnidad de mi promesa.
—Veo que ya no eres una niña—continuó él,—eres una joven enérgica e inteligente, y si emprendes algo, no flaquearás. ¿Quieres velar por ella, para que no se desaliente, si todavía esta vez me voy sin haber hablado? ¿Lo quieres?
—Sí, velaré—repetí.
—¿Y quieres escribirme de cuando en cuando para decirme cómo está, si se siente bien, si sigue animosa? ¿Quieres?
—Te escribiré—volví a contestar.
—Entonces, ven, dame un beso, y seamos buenos amigos en lo sucesivo y para siempre.
Y me besó en los labios...
Cinco minutos después estábamos a caballo, y trotábamos rápidamente hacia la casa, pues ya comenzaba a obscurecer.
—¡Cuánto han tardado!—dijo Marta que estaba en el terrado, con su delantal blanco, y nos sonreía desde lejos.
Cuando la vi, experimenté el sentimiento de que toda la ternura que yo pudiera prodigarle, sería poca. Me precipité hacia ella y la besé impetuosamente. Pero, al mismo tiempo tuve pena, pues me parecía que así borraba de mis labios el beso de Roberto. Me desprendí de sus brazos, con el corazón oprimido, y me alejé. En la mesa, esa misma noche, no cesé de mirar a mi primo, pues me imaginaba que me recordaría con una seña nuestro convenio secreto. Pero él no pensó en ello; sólo cuando todos se levantaron deseándose «buena digestión,» me estrechó la mano de un modo muy particular, como nunca lo había hecho antes.
Esto me hizo tan feliz como si hubiera recibido un magnífico presente.
Esa noche, me costó mucho trabajo esperar el momento en que me encontraría en mi cama, con la vela apagada. Me gustaba quedarme así, una hora por lo menos, con los ojos bien abiertos en la obscuridad, y soñando: tenía la facultad de poder quedarme despierta todo el tiempo que quería, y de dormirme tan pronto como me parecía conveniente; para ello no tenía más que hundir la nariz en la almohada, y era cosa hecha. Esta vez me estiré en mi cama con un sentimiento de bienestar que nunca había conocido en mi vida. Todos los deseos de mi existencia me parecían colmados. Mis mejillas ardían y en mis labios tenía, todavía sensible, la picazón ligera del primer beso con que un hombre—papá, naturalmente, no contaba,—los hubiera rozado.
Y si, contemplándolo de cerca, ese beso se dirigía también a otra, ¿qué me importaba? Era tan joven todavía, que no podía pretender semejante cosa para mí sola.
Volví una vez más a mi idea predilecta: ¿Qué haría yo si estuviera en el lugar de Marta? De esta suerte, no necesitaba desgarrar el tejido de imaginaciones, que no eran más que puras quimeras—ese día me lo había probado bien,—pero podía trabajar en él con toda tranquilidad, y fue lo que hice en mi desvelo o en mis sueños, hasta la mañana siguiente.
Dos días después, Roberto partió. Algunas horas antes de marcharse tuvo una larga conversación con Marta en el jardín.
Los vi internarse en él sin sentir celos, y fue para mí un placer indecible el guardar la puerta para que nadie los sorprendiera.
Cuando reaparecieron, estaban silenciosos y fijaban en el suelo sus miradas serias y tristes.
No, no se había declarado, bien lo vi a la primera ojeada, pero había hablado del porvenir e insinuado sin duda algunas palabritas de tímida esperanza.
En el momento en que iba a subir al carruaje se encontró por casualidad solo conmigo algunos segundos. Me tomó la mano y murmuró:
—¿No revelarás una sola palabra? ¿Puedo contar con ello?
Hice un signo de afirmación enérgica.
—¿Y me escribirás pronto?
—Seguramente.
—¿Adónde debo dirigirte la respuesta?
Me quedé azorada: no había pensado en ello. Pero, como los minutos eran contados, nombré al azar a un viejo mayordomo que me había demostrado siempre más afecto que nadie.
El tiempo transcurría. Lo mismo que antes, los días sucedían a los días, y sin embargo, ¡cuán nuevo y particular se había vuelto el mundo para mí!
Ya no necesitaba estudiar el amor en los libros, ni mirarlo de lejos; había penetrado en persona en todo mi ser, sus dulces enigmas me envolvían por todas partes y podía—¡oh deleite!—divertirme con ellos: estaba sumergida hasta la cabeza en la intriga que debía asegurar la felicidad de mi hermana.
Era maravilla ver, después de esa visita de Roberto, cómo Marta volvía a la vida y recuperaba a la vez fuerzas, colores y salud. Esos pocos días de existencia en común con él habían obrado sobre ella como un baño fortificante, y más aun la milagrosa fuente de la esperanza, de la cual había bebido furtivamente a grandes tragos.
Sin duda, no había recobrado su brillante alegría de otros tiempos, que esos siete años de ansiosa espera parecían haberse llevado irrevocablemente; ni cantos ni risas se escapaban ya de sus labios, pero un brillo suave y cálido animaba sus facciones como si una luz salida del alma, las iluminara. Ya no se arrastraba por la casa a pasos lentos y cansados, y cuando alguien se le acercaba, ella lo acogía con una sonrisa amistosa.
Como su dicha necesitaba desahogarse en afecto, se me acercaba más y más y procuraba penetrar en mi pensamiento taciturno y solitario. Eso no hacía más que aumentar mi cariño e impulsarme a rogar a Dios para que derramara sus bendiciones sobre ella, pero no le daba mi confianza.
Mientras no me abriera su corazón ella misma, no podía ni quería confesarle cuán profundamente mis ojos habían penetrado ya en él.
Más de una vez me sorprendí contemplándola con un sentimiento maternal, si puedo decirlo, pues desde que estaba en correspondencia seguida con Roberto, me figuraba que verdaderamente tenía la felicidad de ambos en mis manos.
En mi presunción, me consideraba fácilmente como un buen genio, vestido de blanco, con una palma en la mano, y cuya sonrisa vertía bendiciones. Mientras tanto, contaba los días hasta la llegada de una carta de Roberto, y corría de acá para allá, con las mejillas encendidas, cuando, al fin, la llevaba sobre mi corazón.
Esas cartas se me habían hecho tan necesarias, que me era difícil concebir cómo había podido vivir antes sin ellas. So pretexto de contarle los hechos y dichos de Marta, sabía muy bien ahuyentar las penas de su corazón con mi charla, infantil y loca como gusta a los hombres, para poder sentirse superiores a nosotras, o seria y llena de madurez, como se había vuelto mi corazón. Le agradaba mi cháchara, cualquiera que fuera su tono, como se escucha con gusto el gorjeo de un pájaro cantor, y yo no pedía más. ¡Le estaba tan agradecida porque me había asociado a su grande y sincera pasión, a mí, a la chicuela a quien todavía hacían salir de la habitación cuando la gente grande quería hablar de cosas serias! Toda mi dignidad, toda la importancia que yo tenía a mis propios ojos, me venían de ese papel de protectora.
Así crecía yo con ese amor, me alimentaba con esa pasión, de la que nunca la menor migaja debía caer para mí de la mesa.
Cuando llegó el otoño, noté que Marta manifestaba una agitación extraordinaria. Andaba con paso febril por su cuarto, permanecía a veces la mitad de la noche en la ventana, hablaba en voz alta haciendo ademanes cuando creía estar sola, y se estremecía violentamente cuando se veía sorprendida.
Informé fielmente a Roberto de lo que había observado y le pregunté además si no había hecho quizá esperar su visita para aquella época, pues toda la manera de ser de Marta me parecía provocada por una sobreexcitación enfermiza de la espera.
Tuve ocasión de estar satisfecha de los conocimientos psicológicos de mis diecisiete años, pues mis previsiones eran justas.
Profundamente abatido, me escribió que efectivamente, al separarse de ella, había expresado la esperanza de poder volver en el otoño siguiente con cara más alegre; pero se había equivocado: estaba, más que nunca, sumergido en las penas y en las deudas, y trabajaba como un esclavo sin ver brillar el menor fulgor de esperanza.
«Por lo menos—le contesté,—líbrala del tormento de la espera e informa a nuestros padres, con miramientos, de tu situación.»
Así lo hizo: dos días después, papá, muy apenado, trajo la carta que a causa de mi juventud, todavía demasiado irracional, yo no debía leer.
Esa carta tuvo sobre el ánimo de Marta una influencia que me asustó y me conmovió. La sobreexcitación de las últimas semanas desapareció repentinamente, como barrida de golpe, y dejó el lugar a ese abatimiento desesperado que, ya una vez antes de la venida de Roberto, la había convertido en una sombra: nuevamente se enflaqueció, y dos surcos profundos se abrieron en torno de sus ojos, otra vez tuvo que recurrir a las gotas de valeriana en los momentos frecuentes en que se retorcía en crisis dolorosas, otra vez también le había vuelto ese perpetuo deseo de llorar que, a la menor ocasión, se daba curso en torrentes de lágrimas.
Esta vez, papá no mandó buscar al médico: podía fijar el dianóstico él mismo. Hasta mamá se compadeció de los sufrimientos de la desdichada, tanto como se lo permitía su apatía, y ésta no consentía que se alejase de la estufa para atender a su hija enferma.
En cuanto a mí, encontré entonces por primera vez la ocasión de mostrar a los míos que ya no era una criatura y que mi voluntad tenía algún valor, aun cuando se tratara de cosas serias.
Asumí toda la dirección de la casa, y por más que todos sonrieron maliciosamente y protestaron, y Marta me explicó repetidas veces que jamás consentiría que yo, la más joven, la suplantase, me las compuse tan bien que al cabo de quince días yo era quien manejaba toda la casa.
Fue aquella la única época en que tuviéramos todos que disputar con Marta; pero poco a poco fuerza le fue reconocer que lo que yo hacía era por amor a ella, y finalmente concluyó por ser la primera en agradecérmelo. Por otra parte, se acostumbró a cederme en más de un punto, aunque tratando de disimularse a sí misma mi influencia y dando a entender que había que dejar hacer su voluntad a los niños.
En mi correspondencia con Roberto, aprendí por primera vez que se puede mentir por amor. Le disimulé el triste efecto que había producido su carta; sí, no me ruborizaba de escribirle que todo marchaba perfectamente. Procedía así porque estaba persuadida de que la verdad lo habría sumido en una multitud de nuevos cuidados y pesares, que no dejarían de abatirlo, puesto que nada podía remediar. Pero entonces se me hacía terriblemente difícil conservar el tono de charla ligera, y muy a menudo las bromas se helaban en la punta de mi pluma.
Y todo se ensombrecía de día en día en torno nuestro. Papá estaba cabizbajo, porque las malas cosechas habían defraudado sus más bellas esperanzas; mamá murmuraba, porque nadie iba a distraerla, y Marta se marchitaba cada vez más.
Las fiestas de Navidad llegaron, tan tristes como nunca hasta entonces nuestro apacible interior había visto otras.
En torno del flamante árbol de Navidad, que esta vez yo había adornado e iluminado en lugar de Marta, permanecíamos inmóviles sin saber qué decirnos, tan oprimido teníamos el corazón. Y, como nadie se decidía a hacerlo, tuve que esforzarme en reír y hacer lo posible para borrar las arrugas de inquietud que surcaban todas las frentes. Pero casi no encontré eco y por último nos dimos la mano deseándonos buenas noches para retirarnos cada uno a nuestro cuarto, puesto que no sabíamos cómo entrar en materia los unos con los otros.
Cuando llegué al lado de Marta, que estaba sentada en un rincón, con los ojos fijos en las velas que comenzaban a apagarse, sentí que un doloroso estremecimiento me atravesó el pecho, como si le hubiera hecho un agravio que debiera reparar; pero ignoraba cuál podía ser ese agravio.
Ella me dijo al besarme en la frente;
—¡Que Dios te conserve tu valiente corazón, Olguita! Te agradezco mucho las bromas que te has esforzado en decir hoy.
No supe qué contestar, pues ese sentimiento de culpabilidad que no podía definir, me desgarraba el corazón.
Cuando me encontré sola en mi cuarto, me dije: «¡Bueno, ahora vas a festejar la Navidad!» Saqué las cartas de Roberto de la gaveta en que las tenía cuidadosamente escondidas y resolví leerlas hasta una hora avanzada de la noche.
La tempestad sacudía los postigos, la nieve, empujada por las ráfagas del viento, barría los vidrios con un roce ligero y la lámpara de pantalla verde suspendida del cielo raso, esparcía sobre mí su fulgor apacible.
En el momento en que colocaba cómodamente delante de mí el paquetito de cartas, oí junto a mí, en el dormitorio de Marta, el ruido sordo de una caída, y luego un murmullo indistinto que me pareció el de una oración mezclada con sollozos.
«¡He ahí cómo celebra la noche de Navidad!»—pensé juntando involuntariamente las manos. Sentí otra vez un dolor en el corazón, como si mi conducta hacia mi hermana fuera falsa y cruel. Y continué devanándome los sesos hasta que vi claramente que sólo las cartas eran culpables.
«¿No es por su bien por lo que escribo y por lo que guardo silencio?»—me pregunté.
Pero mi conciencia no se dejó seducir. No. Aquello fue como si un rayo me hiriera en la cara, pues sentí con qué delicias mi corazón acariciaba esas cartas.
«¿Qué no daría ella por una de estas hojas?»—me dije en seguida.—«Ella que comienza a dudar del amor de Roberto, que lucha con la angustiosa idea de que, si no ha venido, es únicamente porque quiere arrancarla de su corazón.»
«Y tú oyes sus sollozos—continuaba una voz dentro de mí,—y la dejas presa de sus torturas mientras que tú te deleitas pensando en que tienes un secreto con él, con él, que pertenece sólo a ella.»
Me escondí la cara entre las manos: la vergüenza se apoderaba de mí tan violentamente, que tuve miedo de la luz que me alumbraba. «¡Dale esas cartas!»—me gritó repentinamente una voz, y me lo gritó tan alto y con tanta claridad, que me pareció que era la tempestad la que me había lanzado esas palabras al oído.
Entonces tuve que sostener una lucha terrible. Sin embargo, cada vez que mi buena voluntad cedía, instada por el temor de faltar a la palabra que había dado a Roberto, y por el deseo de seguir todavía en correspondencia secreta con él, el ruido de los sollozos y de la oración de Marta llegaba hasta mí más claro, y me trastornaba a tal punto los sentidos, que me parecía que iba a verme obligada a huir hasta el fin del mundo, para no oírlo más.
Y concluí por cumplir conmigo misma. Tomé las cartas, las reuní en un elegante paquete que até con una cinta y me dispuse a llevárselas a su cuarto.
«¡Este será su regalo de Navidad!»—dije pensando en que ese año no había podido hacerle, como de costumbre, un bordado o un tejido; y, como siempre agrada, cuando se hace un regalo, cierto aparato para ocultar la alegría que desborda del corazón, resolví representar todavía un poco la comedia, antes de entregárselas.
Bajé a medio vestir, tal como estaba, a la sala del piso inferior, donde se encontraban nuestros regalos, bajo el árbol de Navidad. Tanteando en la obscuridad, busqué su plato, recogí los objetos que estaban al lado de éste, y por encima de todo coloqué el paquete de cartas.
Cargada de esta manera, me acerqué a su puerta y toqué.
Oí un roce, el ruido que hace una persona que se levanta bruscamente, y, al cabo de un intervalo bastante largo—sin duda el tiempo necesario para enjugarse los ojos,—su voz resonó muy cerca de la puerta, preguntando quién estaba allí y qué querían.
—Soy yo, Marta—dije.—Te traigo tu plato; lo habías dejado abajo.
—Llévalo a tu cuarto, iré a buscarlo mañana—respondió ella.
Y en la voz tenía sollozos que se esforzaba en disimular.
—Pero un nuevo regalo ha venido a agregarse a los demás—dije.
Y también mis palabras estaban medio ahogadas por las lágrimas.
—¡Bien! Me lo darás mañana—replicó,—ya estoy desvestida.
—Pero ese regalo es mío—dije.
Y, como en la bondad de su corazón, temió ofenderme, no obstante su inmenso dolor, me abrió la puerta.
Me lancé hacia ella y lloré sobre su hombro, apretando convulsivamente el plato con la mano izquierda.
—¿Qué tienes, querida?—me preguntó acariciándome.—En toda la casa eras la única que conservabas tu buen humor, y ahora...
Me armé de valor y, acercándola a la luz, le mostré el plato. A la primera ojeada reconoció la letra; se puso blanca como el yeso que cubría las paredes, y, con sus ojos enrojecidos por las lágrimas, me miró fijamente como si hubiera perdido la razón.
—Tómalo, pues—dije,—tómalo.
Ella extendió la mano, pero la retiró con un ademán brusco: se hubiera dicho que había tocado un hierro candente.
—Ves, Marta—dije, deseando vengarme de su silencio y para darme cierta importancia,—no has querido tener confianza en mí, me has tratado siempre como a una criatura, pero todo lo he adivinado, y, mientras tú te desesperabas, yo he obrado.
Ella continuaba mirándome fijamente, desconcertada, sin comprender.
—Crees que Roberto no se inquieta por ti—continué.—Sin embargo, he tenido que darle cuenta de tu vida, de tu salud, cada semana regularmente.
Marta retrocedió tambaleándose, se llevó las manos a la cabeza, y, de improviso, una especie de calofrío la sacudió. Se adelantó hacia mí, me tomó las manos y con voz singularmente velada, dijo:
—¡Mírame de frente, Olga! ¿Quién de los dos ha escrito la primera carta?
—¡Yo!—dije asombrada, no sabiendo todavía adónde quería ir a parar.
—¿Y tú le has... le has revelado mi estado, me has... ofrecido... Olga?
—¿Qué idea es esa?—dije.—El mismo fue quien me confesó todo, cuando estaba aquí... ¡Oh! Me conocía mejor que tú—agregué, no queriendo dejar escapar de mi juego ese ligero triunfo,—no se avergonzó de tomarme de confidente.
—¡Alabado sea Dios!—murmuró ella con un profundo suspiro, juntando las manos.
—Pero ven, Marta—dije llevándola a la mesa.—Vamos a festejar la Navidad.
Entonces leímos juntas las cartas, una tras otra, y, en cada una de ellas, en cada una de las frases sencillas y desmañadas, aparecía el corazón afectuoso de Roberto, su corazón de oro; arrojaba en nuestras almas abrumadas por el dolor una llamarada ardiente que nos consolaba y nos devolvía la alegría. Reíamos y llorábamos, con las mejillas apoyadas una contra otra, y nos estrechábamos con fuerza las manos, como para procurarnos recíprocamente la sensación de esas vivas y vigorosas presiones, que prodigaba su tosca mano roja.
Y de pronto, estábamos en uno de esos párrafos en que él me rogaba encarecidamente que cuidara a Marta, que velara sobre ella, ésta se sintió abrumada bajo el peso de su felicidad, y, me ruborizo al decirlo, se dejó caer delante de mí y apoyó sus labios en mi mano.
Pero, por violenta que fuera mi emoción, ya no sentía trazas de ese dolor punzante que, hacía poco todavía, junto al árbol de Navidad, me oprimía el corazón. Había cancelado mi deuda y fue en completa libertad, con el corazón aligerado, como me juré velar en lo sucesivo como un ángel tutelar sobre mi hermana que, mucho más que yo, niña simple y sin experiencia, necesitaba apoyo y protección.
Y ella lo sintió también, pues, aunque hasta entonces me hubiera tratado como a una criatura, se abandonó a mi dirección sin resistencia.
Al fin había conseguido lo que deseaba mi corazón. Existía un ser humano a quien podía mimar y acariciar a mi gusto, y como entonces nada nos separaba ya, dediqué a mi hermana toda la ternura que durante tanto tiempo había dormido inactiva en el fondo de mi alma.
No fue poca la sorpresa de mi padre y de mi madre al ver en nuestras relaciones, que en los últimos tiempos sobre todo dejaban mucho que desear, esa intimidad, esa cordialidad nuevas, y a la misma Marta le era difícil acostumbrarse a ello.
Me miraba siempre con extrañeza y decía a menudo:
—¡Cómo habría podido adivinar nunca que había en ti tanto afecto!
Si hubiera sabido qué sacrificio había hecho revelando mi secreto, habría dado aún más valor a mi cariño.
En verdad, mis presentimientos no me habían engañado: desde el momento en que Marta tuvo las cartas en sus manos, se acabó para siempre la dicha que me causaba ese convenio secreto con Roberto.
Ya no era para mí más que un extraño y, cuando me sentaba a escribirle, me parecía ser una simple máquina encargada de copiar los pensamientos de otros: así me sucedía a menudo entregar a Marta una carta sin haberla leído, tal como acababa de recibirla de manos del mayordomo.
A veces sentía remordimientos al pensar que abusaba de la confianza de Roberto, pues él no sospechaba que Marta estuviera en el secreto; pero, cuando la miraba, cuando veía desplegarse su sonrisa, y brillar en sus ojos soñadores la paz y la felicidad, me decía que era imposible que hubiera procedido mal, y mis escrúpulos se acallaban.
Hasta entonces no había engañado más que a él; muy pronto mi traición debía alcanzar también a Marta.
El invierno y la primavera pasaron velozmente y llegó el momento en que las gavillas comenzaron a amontonarse en los trojes.
Roberto debía venir tan pronto como la cosecha hubiera terminado; «pero hasta entonces—escribía,—habrá que vencer más de una grave dificultad.»
Un día, papá entró en la cocina donde estábamos, y tomando una expresión indiferente, se paseó un instante por entre los calderos, resoplando y golpeando con su varilla las largas cañas de sus botas.
—¿Te has vuelto inspector de cocinas hoy, papá?—dije.
Él soltó una risa breve y dijo:
—Sí, me he vuelto inspector de cocinas.
Y después de haber andado todavía algunos minutos en silencio, se detuvo de improviso delante de Marta y dijo:
—Si tuvieras tiempo, hija mía, ¿podrías quizá venir un momento? Tu madre y yo tenemos que hablarte.
—¡Vaya, vaya, ahora comprendo esos largos preliminares! ¿Puedo asistir yo también a la entrevista?
—No—respondió él,—tú te quedarás en la cocina.
Durante un instante el silencio reinó en la casa; en torno mío el vapor silbaba, las cacerolas cantaban, la sirvienta hacía gran ruido al limpiar los cuchillos, pero de repente se oyó, dominando todo ese ruido, un grito breve y estridente que no podía provenir más que de Marta.
Temblorosa agucé el oído, y en el mismo instante papá se precipitó en la cocina gritando:
—¡Agua!
Pasé a su lado como una exhalación, y encontré a mi hermana tendida en el suelo, sin conocimiento, con la cabeza sobre las rodillas de mamá.
—¿Qué le han hecho ustedes a Marta?—grité dejándome caer de rodillas junto a ésta.
Nadie me contestó. Mamá, desatinada, se retorcía las manos, y papá se mordía el bigote, sin duda para retener las lágrimas.
Entonces, al inclinarme hacia mi hermana, vi en el suelo, junto a ella, una hoja de papel de carta rayado de azul; me apoderé de él tan vivamente como pude, sin que nadie notara ese movimiento. Después me apresuré a hacer lo más urgente, que era hacer volver en sí a Marta y acompañé a su cuarto a la desdichada, que dirigía en su derredor miradas atontadas.
Una vez allí la acosté. Con los ojos fijos en el cielo raso, me pedía de cuando en cuando de beber; parecía no haber recuperado sus sentidos todavía.
Pero yo saqué en secreto la carta de mi bolsillo y leí lo que transcribo aquí literalmente, pues he conservado cuidadosamente ese monumento del amor de una madre y de una hermana:
«¡Mi hermano muy querido, mi muy querida cuñada!
»Una circunstancia muy triste para mí me obliga a escribiros hoy. Estáis persuadidos, no lo dudo, de que os quiero mucho y de que mi corazón no tiene deseo más vivo que el de conservar con vosotros y vuestros hijos las relaciones más cordiales. Desde que estoy en el mundo, no os he hecho más que bien, no os he atestiguado otra cosa que afecto y vosotros me habéis correspondido siempre. En nombre de ese afecto os dirijo hoy una súplica, dictada por mi corazón de madre torturado por la angustia. Esta mañana mi hijo Roberto vino a casa y nos declaró, a mi marido y a mí, que tenía la intención de pediros la mano de vuestra hija Marta; al mismo tiempo solicitaba nuestro consentimiento, del cual no podía abstenerse, como buen hijo y buen amo de casa, pues, ¡ay de mí! todavía necesitará más de una vez nuestra ayuda.
»Si hubiera escuchado la voz de mi corazón, le habría saltado al cuello con lágrimas de gozo, pero me fue necesario conservar toda mi sangre fría, por mi marido y por mi hijo, que no son uno y otro más que dos niños, y me vi obligada a decirle que ese casamiento no podía hacerse.
»Mi querido hermano, no quiero reprocharte el que no hayas sabido conservar tu fortuna: lejos de mí el pensamiento de mezclarme en cosas que no me importan; pero, en el punto en que estamos, me permitiréis os diga que vuestra propiedad está gravada de deudas y que vuestras hijas, fuera de un ajuar que, quiero creerlo, será rico, no podrán contar con un centavo de dote.
»Por otra parte, los bienes de mi hijo Roberto están también cargados de deudas; efectivamente, ha tenido que pagar fuertes sumas para desinteresar a sus hermanos y hermanas, y además nosotros hemos conservado sobre la propiedad una hipoteca cuyos intereses nos hacen vivir, lo mismo que a mis otros hijos. En estas condiciones un casamiento con una joven pobre lo llevaría infaliblemente a la ruina.
»No hablo de la salud de vuestra hija Marta, que, a juzgar por vuestras cartas, debe ser una persona débil y enfermiza, incapaz por consiguiente de llevar con vigor el peso de una labor tan grande y de hacer la felicidad de Roberto; tan sólo el pensamiento de verla entrar en casa de mi hijo con las manos vacías basta para convencerme de que sería desgraciada y no podría menos que hacerlo desgraciado a él mismo.
»Si vuestra hija Marta ama realmente a mi hijo, no le será difícil, en el interés mismo de la felicidad de su primo, renunciar a él, esto en el caso de que Roberto tuviera el valor de pedir su mano, no obstante la prohibición de sus padres; pero no preveo, ni siquiera puedo concebir, en un hijo, semejante desobediencia a la voluntad paternal.
»Conozco demasiado, mis queridos amigos, el afecto que profesáis a vuestra hermana, para no estar persuadida de que negaréis como yo, desde hoy, y para siempre, vuestro consentimiento a esa unión funesta e irracional.
»Vuestra hermana que os querrá siempre,
»Juana Hellinger.
»P. S.—¿La cosecha es buena por allá? Aquí el centeno de invierno ha dado, pero las patatas sufren mucho de la enfermedad.»
Al leer esa prosa vulgar e hipócrita, me acometió un furor tal, que solté una violenta carcajada, y tirando la carta al suelo me puse a pisotearla.
Un ligero suspiro de Marta, a quien, sin duda, mi risa había hecho mal, me volvió a la razón.
Allí yacía ella, desesperada, como quebrantada por el golpe que habría debido, por el contrario, retemplar su valor y darle nuevas fuerzas para la resistencia. Y, mientras yo la miraba, torturada por el pensamiento de estar condenada al papel de espectadora impotente, mi corazón dejó escapar una vez más, con un suspiro, ese lamento de otras veces: «¡Que no esté yo en su lugar!» ¡Pero cuántas cosas nuevas encerraba hoy! Lo que antes no había sido más que una locura, una niñada, había hecho lugar a sentimientos serios: el valor del sacrificio y la confianza en mi fuerza.
Entonces resolví obrar, si acaso era todavía tiempo. Quise primero ir a buscar a mis padres, decirles lo que había hecho, que estaba desde hacía mucho tiempo al corriente de la situación, y finalmente exigir de ellos que me diesen en el consejo de familia el lugar al cual tenía derecho, a pesar de mi juventud.
Pero deseché en seguida esta idea. Tan pronto como hubiera tomado parte en las deliberaciones de familia, mi deber sería no proceder en contra de sus designios. Y no podía contribuir a la salvación de mi pobre hermana, como lo entendía y siguiendo el plan que había concebido, sino a condición de fingir una ignorancia absoluta.
Muy pronto vi en qué estado estaban las cosas. Cada uno había guardado de la carta lo que respondía mejor a su temperamento.
Papá, herido en su orgullo de hombre pobre, habría en lo sucesivo considerado como una vergüenza el dejar entrar a su hija en una familia en que se la miraría con malos ojos. Mamá, por su parte, se había dejado enternecer por los testimonios de afecto de que la carta estaba sembrada, y estimaba que no se debía burlar la confianza de su cuñada.
¿Y Marta?
Aquella noche, mientras yo velaba junto a su cama, sentí que su mano ardiente se posaba sobre la mía y su débil brazo me atraía suavemente hacia ella.
—Tengo que hablarte, Olga—murmuró, con la mirada siempre tristemente fija en el cielo raso.
—¿Si esperáramos hasta mañana?—respondí.
—No—dijo ella,—en el intervalo podrían suceder cosas que no deben producirse. A partir de hoy, todo ha concluido entre él y yo.
—Entonces conoces muy mal a Roberto—dije.
—Pero yo me conozco bien—dijo ella.—Yo soy quien rompe.
—¡Marta!—grité espantada.
—Bien sé que esto me matará—dijo ella.—¿Pero qué importa? Mi vida poco vale. Eso es mejor que hacerlo desgraciado.
—La fiebre es la que te hace hablar así, Marta—exclamé,—pues no te creo tan tonta como para dejarte hechizar por los melindres de esa vieja bruja.
—Siento demasiado que dice la verdad—dijo ella.
Un helado calofrío recorrió todo mi cuerpo al oírla proferir, con el tono tranquilo de un colegial que recita una lección, esas palabras de una tristeza desesperante.
—No protestes—continuó,—no es sólo de hoy que lo sé; siempre tuve ese presentimiento, y verdaderamente no necesitaba asustarme tanto hoy. Pero, qué quieres, causa siempre impresión el ver de repente escrita con todas sus letras la sentencia que hasta entonces uno no se atrevía a confesar a su propia conciencia.
Traté de consolarla con toda la elocuencia de que era capaz, hundí a la tía en el abismo más negro del infierno, y demostré a Marta menudamente que ella había nacido para desempeñar en la casa de Roberto el papel de ángel bienhechor. Pero todo fue inútil, no conseguí hacer revivir su fe en sí misma; el golpe la había herido demasiado profundamente. Por último me pidió que no escribiera una sola carta más a Roberto y que rompiera para siempre toda relación con él.
Me sentí espantada hasta el fondo del alma por mí misma quizá tanto como por ella; me negué con toda la energía que pude encontrar en mí; pero ella insistió, y, ante la amenaza que me hizo de revelar a la familia mi correspondencia con Roberto, tuve que consentir de grado o por fuerza.
Entonces vinieron días tristes; Marta vagaba, semejante a un fantasma. Papá, siempre a caballo, recorría como un montaraz los campos y los bosques, no asistía regularmente a las comidas y para ninguna de nosotras tenía una buena palabra. Mamá, nuestra bonachona mamá, tejía sentada en su rincón y de cuando en cuando enjugaba sus lágrimas, echando en su derredor miradas inquietas para ver si nadie lo había notado. ¡Ah, sí, aquella fue una época bien triste!
Yo había recibido de Roberto dos cartas apremiantes. Me decía que la inquietud lo devoraba y me suplicaba que le enviara noticias a vuelta de correo. No se lo dije a Marta, pero cumplí mi promesa.
Ocho días pasaron; entonces noté que mis padres deliberaban acerca de la respuesta que debían enviar a la tía. Papá era de opinión, para que no se pudiera siquiera sospecharlo de querer obtener ese casamiento por medios desleales, de comprometerse definitivamente por una promesa, y mamá decía: «sí,» como decía «sí» a todo lo que no tenía relación con las jaleas o las confituras.
Ese día Marta declaró que le era imposible levantarse de la cama; no sentía vivos dolores—decía,—pero sus piernas se negaban a llevarla.
Así veía yo adelantar el desastre, cada vez más amenazador. No podía esperar más: «Ven a cumplir tu compromiso mientras todavía es tiempo»—escribí a Roberto. Y, para mayor seguridad, bajé yo misma a la ciudad y entregué la carta al postillón que justamente se preparaba a partir para Prusia.
En el momento en que el sobre se escapó de mis manos, sentí como una puñalada en el corazón; se habría dicho que con esa carta entregaba mi alma a potencias desconocidas.
Tres veces quise volver sobre mis pasos para recoger la carta, pero cuando ya estuve decidida a hacerlo, el postillón estaba lejos.
A mi vez, cuando ascendí la colina que conduce a la casa, me oculté entre las malezas y lloré amargamente.
A partir de ese momento, fui presa de una agitación como nunca la he sentido en mi vida. Me parecía que una fiebre abrasadora me consumía; durante la noche, iba y venía en mi cuarto sin poder encontrar descanso; de día, estaba continuamente en acecho y cada vez que oía el ruido de un carruaje, toda mi sangre se retiraba de mi corazón.
A mis padres les contestaba disparatadamente y las criadas, en la cocina, comenzaban a sacudir la cabeza con expresión inquieta.
Una joven que espera a su prometido no habría estado más loca.
Esa fiebre duró cuatro días, y fue una felicidad que los míos estuvieran absortos en sus propios pensamientos, sin lo cual mis modales no habrían dejado de despertar sospechas.